Por Raúl, hace 1 mes y 10 días

Salinger muy personal

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Ha muerto Salinger, autor de la magistral El guardián entre el centeno. La lectura de esta novela ha marcado a lectores voraces durante muchas generaciones. Fue un autor capaz de hacer en su momento lo que ahora, quizá fuese imposible: ir a contracorriente, mostrar la vida de un adolescente desde los ángulos más obtusos, dedicar casi el resto de su vida a callar y no a figurar.

Desde el punto de vista más personal, hay dos cosas que no soporto de esta novela, aunque ninguna sea culpa de su autor: la primera, la cantidad de profesores que nos las hemos dado de enrollados con nuestros alumnos «sugiriendo» su lectura --obligada, naturalmente-- aunque luego estuviésemos muy atentos para que no se saliesen un ápice de las líneas que les marcaba el sistema. Y, sobre todo, que el hijoputa de Chapman llevara un ejemplar de la novela cuando asesinó a Lennon pegándole ocho tiros.

Y luego dicen que la literatura no es peligrosa. En cualquier caso, Salinger era muy, muy grande. Adiós, maestro.

Por Raúl, hace 1 mes y 14 días

Primeras experiencias con un libro electrónico

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Habíamos tratado en el blog el tema del libro electrónico ya en dos ocasiones (1 y 2). Eran estas entradas meras conjeturas sobre algo de lo que no tenía experiencia directa ni conocimiento práctico. La cuestión del libro electrónico, desde que apareció, siempre me ha interesado, no sólo por aquello de estar à la page en la cuestión de la relación de las nuevas tecnologías con la cultura, sino también porque creo que es muy necesario estar atentos a los nuevos formatos en la transmisión de la información.

Ahora que tengo uno, me gustaría contar (sin entrar en cuestiones de detalle, que abordaremos en otra ocasión) las primeras experiencias de lectura con un lector de libros electrónicos. Mi primera sorpresa, pese a conocer las dimensiones, fue el tamaño del aparato una vez que lo tienes en las manos: sorprendentemente fino y relativamente ligero. Mi segunda sorpresa, la calidad de las letras y gráficos en pantalla. Al no tratarse de una pantalla retroiluminada, la apariencia es muy cálida y con gran parecido al papel. Una vez descargados algunos libros (se pueden comprar, claro está, versiones de pago, pero hay muchísimas obras clásicas disponibles en PDF y no sujetas ya a derechos de autor), llega el momento de los primeros manejos, que son muy sencillos e intuitivos: apenas cuatro movimientos te hacen familiarizarte con él. Y, después, lo más importante: sentarse relajadamente y empezar la lectura. Tras unos primeros momentos de adaptación, la sensación es fabulosa: el mejor indicador de esa sensación era precisamente eso, que me mantenía con la sensación habitual de la lectura y no ante un experimento. El soporte había pasado a ser eso, un útil transmisor de palabras. La ficción sigue manejando sus hilos de la misma manera que con la celulosa. Sólo una cuestión se me ha hecho más dificultosa, que es la sensación de avance en la lectura. En el libro, esa percepción es mágicamente táctil; en el caso del libro electrónico, te acabas acostumbrando a la línea de progresión y a los marcadores de lectura, con los que no pierdes nunca la referencia.

En definitiva, ahora que tengo almacenados unas decenas de libros, me siento como aquel que cargaba su mochila de libros para un verano, pero con el peso de uno de ellos. Puedo marcar y hacer anotaciones (aunque, en este caso, el proceso es mucho más fatigoso que ante un libro convencional). Otra de las grandes virtudes (y que creo que va a proporcionar muchas alegrías a todas aquellas personas con deficiencias visuales) es la adaptación del tamaño de letra y el ajuste de los márgenes. En seguida te haces con el formato que resulta más cómodo.

En el campo de las anécdotas, la facilidad para leer en la cama: ya no tienes que sujetar hojas, sino que, placidamente, pulsas un botón. Comodidad absoluta.

Insisto: lo más importante es el no haber sustituido la lectura por otra cosa que no sea la lectura misma. La lectura es cosa que uno siempre tiene entre manos.

¿Miedos? La seguridad de que la tecnología nos arrojará una avalancha de modelos, posibilidades y actualizaciones que irán dejando los modelos obsoletos muy pronto.

Ahora me voy a leer. Tengo unos cuantos libros (sí, libros) esperando.

(Imagen de The Approximate Photographer.)

Por Raúl, hace 6 meses y 5 días

Lectura en clase: el plan

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Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.

He titulado la entrada «Lectura en clase: el plan» al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear... Todos ellos --y muchos otros-- son factores que conviene no olvidar.

Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados «Planes de fomento de la lectura». Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y --sobre todo-- sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.

Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de «fomento de la lectura» hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe --tristemente-- mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán... pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a «contar cuentos». Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.

Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores,  hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: «Seis profesores en busca de autor». Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas... o nacidos precisamente para ese bajo propósito.

Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean... y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando --insisto-- el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.

Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.

No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.

Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie. :)

(La imagen es de florian.b)

Por Raúl, hace 10 meses y 15 días

Madrid. Libros

Día del Libro

Ayer tenía el día tonto. Pese a ser burgalés, castellano y español, mantengo siempre las distancias con las festividades locales, regionales y estatales. Soy un honroso apátrida con enseñas circunstanciales. Con tendencia ocasional a la misantropia, tampoco soy de celebrar casi nada, pero hago mis excepciones. Por ejemplo, la fiesta del Día del Libro en general y con Cervantes y Shakespeare como dignos generales. Ayer, me dio el arrebato y me acerqué a Madrid. Paseo del Prado, calle Alcalá, Gran Vía, Plaza de Callao... Lo justo para sumergirme en libros nuevos y volúmenes antiguos y de ocasión, para entrar en las librerías y que las librerías sacasen sus libros a la calle. Una deliciosa mañana en la que llovían páginas de imaginación por todas partes. Feliz día, amigos (aunque sea con un día de retraso).

Por Raúl, hace 1 año

Libros electrónicos

El Kindle 2, de Amazon

Hace un año, publiqué una entrada titulada «¿Serán aparatejos como Kindle los sustitutos del libro?» Como estudioso de los nuevos fenómenos comunicativos -¡qué pedante suena eso, por Dios!-, sigo bastante de cerca estos asuntos desde hace años. El lector de libros electrónicos de Amazon, tiene ahora una nueva versión, llamada Kindle 2. Una auténtica preciosidad. Los puristas del papel estarán ya a punto de abordar mi página, pero creo también en la estética de la electrónica. El Kindle es bonito. El iPhone es precioso. Los Mac, la quintaesencia de la elegancia útil. Tampoco soy sospechoso de pertenecer a las sagas de los deseñosos de lo añejo. Uno es filólogo y ha tenido entre sus manos libros maravillosos, los ha palpado, los ha olido. Ha pasado por sus páginas y ha acariciado más lomos de papel que nalgas de mujer (no sé si para bien o para mal de los libros y de las mujeres). Y me he deleitado horas y horas con la lectura de esos aparatos llamados libros. Sin embargo, en esto del libro electrónico soy un echado para adelante. Desde luego, creo que a los medios de prensa escrita les quedan dos telediarios en su formato y concepción actual. Ya he dicho por ahí que antes las enciclopedías en voluminosos volúmenes engalanaban el salón y nuestros deberes escolares; luego el paso fue la enciclopedia en CD-ROM, luego en DVD... y luego la Red, la Red y la Red. Con toda la actualización, con ninguna discriminación por parte de los que no saben distinguir la información del conocimiento. Leo en El País un interesante análisis sobre los interrogantes que caen en España sobre los libros electrónicos y lo que más me preocupa es que en España el vacío sobre el libro electrónico llena todos los anaqueles de la estantería digital, por más que tengamos un lector de estos libros de cuño español: Papyre. Decía más arriba que el libro es un aparato, cosa que parecemos olvidar. Y que lo que es normal y tradicional antes era novedoso. Fue novedoso el formato en cuadernillos cortados y encuadernados, fue novedoso el papel, fueron novedosos los diversos sistemas de escritura, fue novedosa la imprenta. El objeto tradicional libro es tradicional ahora. Pese a la estima que suelo tener por todos las opiniones de José Antonio Millán, todo un experto en el tema, no estoy de acuerdo con él en la matización que hace a los libros de en el artículo citado antes. Según Millán, los libros de texto no desaparecerán porque las teorías cognitivistas dicen que se aprende mejor sobre el papel. ¿Se ha aprendido siempre en las escuelas con libros de texto? ¿Han cambiado los libros de texto? En los libros electrónicos se puede subrayar, se puede «pasar página», se puede ampliar la letra... y se pueden llevar todos de todas las materias, más diccionarios, más atlas, más enciclopedias... en tan sólo 260 gramos. Creo que, poco a poco, cuando estos aparatos bajen de precio y el mercado español esté menos obsesionado por el posible pirateo análogo al cinemotográfico y musical, el futuro estará ahí. Y, además de los libros técnicos, la literatura gris y otras cosas, leeremos a Cervantes, a Shakespeare y a Proust en un Kindle por poco dinero, sin que esto signifique que el papel desaparezca de la faz de la tierra. ¿Por qué no?

Por Raúl, hace 1 año

Alguien con quien hablar

Alguien con quien hablar

Lo digo muchas veces, pero no me canso de repetirlo: me gustan las bibliotecas. Siento sensaciones inigualables cuando cojo un libro que ha sido cómplice de otros suspiros, desvelos y reflexiones, pero reconozco que me siento inmensamente feliz cuando me encuentro, ingenuamente, el primero de esa deseada larga lista. Cada vez que acudo a una biblioteca pública, me acerco al rincón de las novedades y me deleito con el estreno de una interesante compañía. Ayer me ocurrió esto cuando acudí a la biblioteca de mis queridos Burgostecarios (aunque sería más correcto poner un femenino colectivo, dado que son casi todo lúcidas mujeres) y me encontré el libro Alguien con quien hablar de Ángel Gabilondo. Me gusta Ángel Gabilondo porque es todo lo sesudo y ameno que se puede ser cuando profundiza en cuestiones metafísicas y es todo lo profundo y ameno que se puede ser cuando emprende las cuestiones desde una óptica muy humana (que también es metafísica). Todavía no he hecho más que pasar páginas, escoger fragmentos, en las caricias preliminares que requiere un libro de estas características. Por lo menos, ahora tengo Algo con lo que hablar. Espero que me conteste.

Por Raúl, hace 1 año

Padres. Hijos. Lectura

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Si me preguntáis cómo he llegado hasta el(los) tema(s) de la entrada de hoy, confieso que no podría dar cuenta de ello. Me pasa como cuando llegas a casa y no recuerdas haber cogido el coche ni tampoco una parte mínima del trayecto. He llegado a un mismo magacín en Internet (Slate), pero en dos ediciones distintas: la francesa y la estadounidense. En las dos aparecen dos artículos interesantes que tienen que ver con los hijos y los padres que paso a glosaros (a mi manera, claro). Dedicaré la entrad de hoy al primero de ellos.

Alan E. Kazdin (profesor de la Universidad de Yale), escribe un interesante artículo titulado «La lecture n'est pas élémentaire»  que trata sobre el eterno problema de incitar a nuestros tiernos infantes a la lectura. El artículo parte de presupuestos mínimos: la situación de la lectura en la escuela es tan preocupante que se trata ahora, al menos, de alcanzar unos mínimos sin los cuales es imposible comprender el mundo (si somos ambiciosos) y de comprender las materias que estudia y mejorar el acceso a determinados puestos de trabajo (si acudimos a los mínimos de los mínimos). Teniendo en cuenta que las estadísticas sobre la capacidad de leer correctamente (entendiendo lo que se lee, claro) son preocupantes, parece que no está de más incidir en las estrategias que puedan mitigar este gran problema social.

Aunque la comunicación por medio del lenguaje sea un aprendizaje natural en los seres humanos, la lectura y la escritura no lo son. Por lo tanto, el proceso de aprendizaje de ambos es más dificultoso que la comunicación oral. Leer no es sino un conjunto de capacidades espefícicas que se unifican en el acto global de la lectura. Por consiguiente, el conocimiento de todos esos componentes específicos va a aportarnos unas vías de solución más eficaces al problema. Estos componentes son: el vocabulario (conocer el sentido del mayor número de palabras), la comprensión (establecer vínculos entre la experiencia humana y lo que aparece en la página escrita), la conciencia fonológica (identificar y manipular las unidades del lenguaje oral como palabras, sílabas, juegos de sonidos, rimas); la descodificación (poder descomponer las palabras para encontrar los fonemas constituyentes y para reconocer las palabras que nunca se habían visto antes), y la soltura para leer de manera rápida, precisa y con la entonación adecuada.

¿El mecanismo para alcanzar todo esto? Para Kazdin, el juego y la implicación de la lectura con la vida cotidiana. Todas las competencias específicas básicas que pueda ir adquiriendo el niño desde que es un bebé son una responsabilidad que debe iniciarse en el seno familiar para luego desarrollarse y complementarse en la escuela. 

Leer a los niños en voz alta desde que son pequeños, dejar que los niños tengan libros al alcance de sus manos, vincular la lectura a una rutina que se repita a determinadas horas del día, escoger lecturas interesantes y dejar al niño poder escoger los libros que se van a leer, jugar con los sonidos y las rimas, cantar y jugar con palabras y frases inventadas...

Con el tiempo, la escritura será una aliada de la lectura. El error (ese mágico y despreciado don humano) le hará comprender las letras y los fonemas de cada palabra. Aunque el niño ya lea en el cole, los padres debemos seguir acompañándole en sus lecturas y tendremos que ser cómplices también de ejercicios de escritura divertidos. Podemos también hacerles partícipes de lo que estamos leyendo nosotros. Incitemos a nuestro hijo a seguir la lectura de una serie de libros o de tebeos con un mismo personaje o tema para que él mismo sea partícipe de su proceso de lectura y haremos de la lectura de nuestros hijos un proyecto a largo plazo.

¡Los diccionarios! ¿Cómo vamos a inculcar la necesidad de utilizarlos si los niños no nos ven hacerlo a nosotros? Tengamos siempre uno a mano y molestémonos en consultar con él los significados sobre los que recaiga alguna duda. Un poco más allá, podemos enzarzarnos con nuestros hijos en juegos en los que el diccionario sea protagonista de nuevas experiencias que vayan más allá de la lectura monda y lironda. Y, más allá todavía, juguemos con las palabras mismas, con sus sonidos, con sus rimas, con sus raíces... No hagamos de la lectura una lección (entre otras cosas, porque nosotros ni sabemos de eso ni es nuestra función), sino un momento de intimidad con las palabras y las páginas escritas.

Regularidad más que ritmo acelarado lleno de frenadas que nos hagan desbarrar. Búsqueda de momentos apacibles y divertidos... Incidencia en la lectura en una lectura en voz alta habitual y amena, incidencia en la pronunciación para que los niños relacionen adecuadamente los sonidos.

Le lectura, qué duda cabe, es una de nuestras asignaturas más difíciles. Como padres y como seres humanos. Pero tiene una metas tan útiles, tan gratas y tan placenteras que merece la pena hacer un esfuerzo... siempre que sea un esfuerzo divertido y metódico. Muchas veces nos quejamos como padres de cosas de las que tendríamos que haber sido protagonistas. Cuando llega el momento de las quejas, quizá deberíamos volver la vista atrás, no vaya a ser que nos hayamos dejado alguna tarea pendiente...

(Imagen de Mainblanche)

Por Raúl, hace 1 año y 2 meses

Sangre

Blood Nose, de Steve Kay

A vuelto la moda de la sangre (si es que alguna vez había dejado de estar presente). La sangre es un símbolo de muchas cosas pero, por encima de todas, es imagen pura y nítida de la vida, por serlo también de la muerte. El personaje que mejor encarna este imaginario de la sangre es el vampiro, un no-muerto que vive a perpetuidad si no hay estaca a mano que lo remedie. El relato vampírico suele estar lleno de elementos mesiánicos y sexuales entremezclados con el anhelo de trascendencia y ha estado presente desde hace siglos en muchas culturas. Tuvo su investidura en la categoría de mito cultural con el Drácula de Bram Stoker (nunca hubo una novela más moderna, con todos los adelantos de la época mezclados con la atávica sociedad anclada en el Medievo), aunque existen magníficos precedentes, que pueden deleitarnos en la magnífica antología que Círculo de Lectores editó hace ya unos años. La literatura y el cine, desde muy pronto, siguieron el reguero de esta sangre maldita con mayor o menor fortuna, pero también con mayor o menor distorsión del mito original. La deformación ha llegado hasta tal punto que casi todos creemos saber muchas cosas sobre el Drácula auténtico (el Drácula «auténtico» que conocemos, no Vlad Tepes, el Drácula auténtico, héroe nacional por su lucha contra la invasión otomana: un buen ejemplo de que a veces es más auténtica la ficción que la realidad) pero siempre descubrimos ángulos originales si volvemos al noble valaco de Stoker.

Me gustan los vampiros, aunque nunca haya sido mucho del género del terror por el terror, del mismo modo que me ha gustado 007, aunque no me suelen gustar esas películas de acción que agitan demasiado el Martini en los cócteles del efecto especial. Y he seguido los relatos de vampiros con interés, aunque no con exceso de preitesía. Lo he seguido desde las grandes obras maestras hasta obras menores y he encontrado cosas interesantes incluso en éstas últimas. Me seduce, por ejemplo, la ducha sangrienta del inicio de la saga de Blade, aunque no creo que aporte mucho más al género. He leído algunas cosas de Anne Rice y viendo algunas secuencias de la película Entrevista con el vampiro sentí que podía haber sido una obra maestra, aunque le faltó un poco. Me gustó ver de lejos la crueldad de la condesa húngara Erzsébet Bathory leyendo la biografía novelada (Ella, Drácula) de Javier García Sánchez.

Aunque no me gusta seguir el hilo de las modas, confieso haber descubierto hace pocos meses la tetralogía vampírica de Stephenie Meyer. Cuando escucho o leo la expresión «fenómeno literario» me echo a temblar, porque creo que los mayores fenómenos literarios son Cervantes, Shakespeare o Proust, por citar tres evidencias, que suelen calificarse de otras maneras más alejadas de las técnicas de mercado. No obstante, empecé Crepúsculo y su lectura me resultó entretenida, siempre que uno tenga sus neuronas adormiladas en tardes de diciembre. Ahora estoy con Luna nueva, y creo que hasta aquí hemos llegado. Este «fenómeno», que ahora es mayor porque lo vemos en las pantallas de cine, es bastante representativo de lo que es la cultura mediática contemporánea. Los vampiros protagonistas de Meyer son vegetarianos. Y buenos. Y castos. Es decir, el sinónimo de lo poco atrayente de un vampiro y lo más lejano a su quintaesencia para aproximarse de forma ñoña al arquetipo (de la misma forma que, según escuché ayer en una radio escolar de nuestra ciudad, una profesora corregía a una niña de infantil por decir que el cazador mató al lobo en el cuento: parece que es mejor educar a los niños con la mentira que con la verdad, aunque sea cruel). A mí me gusta más lo vampíricamente correcto que el desvío pacato de los pilares de la maldad y sus vicisitudes.

Sin embargo, tenemos otro acercamiento al mundo del vampiro que guarda ciertos paralelismos con una «dulcificación» del vampiro pero que no lo eximen de su pasado glorioso. True Blood es una serie de televisión ambientada en el ambiente sureño estadounidense y esa «sangre verdadera» no es sino la imagen de marca de una sangre falsa (sintética, fabricada en Japón) y diferenciada en grupos sanguíneos que se sirve en los bares a temperatura ambiente (37 grados centígrados, claro está). El sur profundo de Bon Temps ya no lo es tanto de su pasado esclavista como de su presente anclado en el mismo pasado de siempre: el de las convenciones, los noches en el porche, la tartita de la abuela, los conocidos del pueblo siempre (al que no ha llegado todavía Starbucks) y la discriminación racial, ahora centrada en los no-muertos. Pero en True Blood vemos la autenticidad de las historias de vampiros de siempre: la autenticidad de la sangre, de la tensión, de la intriga, de la perversión, del sexo y de la violencia que emanan por encima de esos convencionalismos y se sublevan en ellos. Me gusta ver el poder de seducción de los vampiros y, llegado ya al ecuador de la serie, se me están poniendo los dientes largos.

Los vampiros han resucitado. ¡Vivan los vampiros!

(Imagen de Steve Kay)

Por Raúl, hace 1 año y 6 meses

La vuelta al mundo en 80 libros... y más

 Libros

Radio Nacional ha realizado un conjunto de programas radiofónicos (que también se pueden escuchar en línea) en los que se realiza una interesante visión de la lectura a partir de 80 libros. Por otro lado, cien escritores en español escogen los libros que han cambiado su vida (aquí la lista completa; por cierto, con errores muy graves de transcripción). El verano es la estación del año de la playa y de la sombrilla, de la piscina y de las gafas de sol, de la radio y del apartamento en la costa. De la horchata, del helado de combinaciones imposibles (y no me refiero a esto) y del granizado de limón. Pondría que del café con hielo, pero soy de una rara estirpe de elegidos que odia el café (sí, también su olor) y que prolonga su infancia a base de Cola Cao. El verano también es, una vez más, el tiempo de la música escuchada con más reposo y más hondura... y de la lectura. En la sombrilla, en el solaz del apartamento, con una horchata a mano. El verano es -también- la estación mágica que nos acerca a la ficción. A la vida.

Por Raúl, hace 1 año y 7 meses

Por qué escribimos historias

Wordle K

Decíamos que las palabras forman nubes. La lectura es nuestra manera de acumular palabras y experiencias en esas nubes que, henchidas de términos, acaban por pesar tanto en nuestra cabeza como para que un día decidamos que se derramen por nuestras manos hacia la pluma, hacia el lápiz o hacia el teclado. Se transforman, entonces, en formaciones nebulosas dirigidas hacia el papel o hacia la pantalla. Surgidas de nuestro universo, de nuestros miedos, de nuestras alegrías, de nuestras emociones. Con todos los defectos y virtudes de haberlas bebido, deglutido y expulsado. Con el inmenso placer -teñido de vergüenza- de que sean compartidas con otros. Con la ilusión de pulsar la a, la m, la o y la r y que alguien adivine que hablamos de sentimientos y con la intención e pulsar la o, la d, la i y la o y que alguien piense que hablamos desde la frustración y del rencor. Con la ingenuidad de que las crean nuestras y exclusivas, o con la excesiva condescendencia de pensar que son prestadas y totalmente ajenas. Recibimos las palabras para ordenarlas en un nuevo caos. Contamos las mismas historias de siempre con nuevos medios para convertir los mismos argumentos en la piel de nuestro relato. Con la impotencia de no ser Shakespeare y con la altivez de pensar que somos diferentes. Con la debida cautela y el factor de protección necesario y con la temeridad de estar demasiado expuestos al sol, que cuartea el cutis de nuestras frases. Contamos las historias de nuestra soledad para no sentirnos solos. Y contamos las historias de nuestra felicidad para crear ficciones. La ficción de que los demás crean que somos felices.

(La imagen procede de la libertad que me he tomado de hacer con Wordle la nube de palabras del Sr. K, ejemplo de cómo se escriben historias)

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