— Verba volant

Archive
Libros

Hace cosa de un mes, escribía sobre una entrada sobre el libro electrónico y la poca previsión de la industria electoral. La tienda de Amazon ya tiene su sección española y muchos españoles han decidido regalar o regalarse un aparato para leer libros electrónicos gracias a que esta tienda vende un magnífico modelo, la última versión de Kindle, por 99 euros. Insisto en lo que comentaba entonces: muchos usuarios se compran el aparato y luego emprenden la búsqueda de libros para comprar. Probablemente, muchos de esos lectores no son conscientes de lo mucho (o lo poco, según se mire) que ha cambiado el panorama editorial español con respecto a ediciones electrónicos. Por decirlo de manera fina, podemos decir que las editoriales españolas no han decidido cambiar su política comercial, sino que las iniciativas de Amazon les han obligado a cambiarla o, al menos, a intentarlo. (Antes de entrar en otros detalles, diremos que, hace meses, en lo que se refiere a la edición en papel, ya podía darse la paradoja de que un libro editado en España costaba más barato comprado desde Estados Unidos (portes incluidos) que comprado en la librería de la esquina.)

Antonio Fraguas (hijo) publicada el otro día en El País un artículo titulado “Guerra abierta por el precio del libro”. Un resumen rápido del mismo podría ser que las editoriales españolas han tenido que espabilar –o, al menos, tienden a pensar que algún día de estos, antes de llorar, tendrán que espabilar– ante la política de precios de la gran tienda en Internet por excelencia. De hecho, leemos hoy, también en El País, que Anagrama decide anticipar en unos días la salida de la última novela de Paul Auster en formato electrónico a un precio inicial y temporal de 11 euros, que será de 15 dos semanas después. Cada uno es muy libre de poner el precio que quiera a un libro, pero ¿no resulta un poco cara una edición electrónica por 15 euros en comparación con los costes que entraña una edición en papel? En definitiva, que me temo que esa guerra de las editoriales será, a la postre, una batalla perdida porque ganará Amazon. Y el triunfo no vendrá de ser un mastodonte que devora todo lo que le rodea, sino de alguien que ha decidido desde hace mucho tiempo hacer las cosas tirando a bien (en los pedidos de libros en papel, un libro puede llegarte de Estados Unidos o Alemania en tres días, como tuve ocasión de comprobar personalmente con un pedido realizado el día 3 de enero que me llegó el día 5, a un precio extraordinario).

Pero todo eso son batallas. Al libro electrónico, para ganar la guerra del negocio, le quedan unos cuantos detalles. Un ejemplo: me decidí estas Navidades a regalar un libro a un familiar. Compré religiosamente el libro, que quedó descargado en tres segundos en mi ordenador. Cuando quise grabarlo para mandárselo por correo electrónico, me di cuenta de que tiene una protección que imposibilita que lo lea alguien desde un dispositivo electrónico que no sea mío. ¿La conclusión? Tuve que descargar una edición pirata para que poder regalársela.

Yo sigo insistiendo: o convertimos el comercio de libros en algo agradable y fácil (además de económico) o, cuando nos despistemos, no encontraremos a nadie en este mundo que quiera comprarlos. Decidirá, simplemente, leerlos.

Read More

Para todo lo que quiero decir aquí, es necesario hacer un poco de historia personal. Empecé a enamorarme de la lectura cuando tenía unos diez u once años (unos cuantos menos, si contamos los tebeos de Mortadelo y Filemón, Astérix y El capitán Trueno). Como tantos otros, comencé con sagas literarias de Enid Blyton, pasé por todos los autores de la literatura clásica de aventuras, luego fijé mis obsesiones en la novela policíaca (que, junto con la novela negra, me ha acompañado siempre en mi voracidad lectora) y, poco a poco, fui ampliando mi abanico de lecturas. Tuve la suerte de nacer en una casa con libros y con una familia que inspiró y alentó mi afición. Todo el dinero que recibía por mi cumpleaños y Reyes lo invertía en libros. Cuando esto no alcanzaba, conté con la complicidad de Humi, mi librera (luego me enteré que la librería que regentaba, Granado, tuvo una de las trastiendas más ricas a la hora de combatir la incultura y las prohibiciones en el franquismo), con la que llegué a un pacto: yo cogía el libro que quería y no lo tenía que pagar hasta ir a comprar el siguiente. Con el tiempo, mis queridos libros, mis apreciadas lecturas, lograron cambiar mi visión del mundo, ampliaron mi experiencia, compensaron todo aquello que, por motivos diversos, no había podido vivir. Las estanterías se quedaban cortas, las baldas eran insuficientes, los volúmenes se apilaban.

Cuando la ficción no fue suficiente, llegaron los libros de divulgación, los ensayos, los libros de historia primero, los de psicología y los de filosofía después. Llegó el momento de decidir una carrera y los estudios de Filología Hispánica me exigieron, no sin placer, el ir haciéndome con un gran caudal de literatura clásica hispánica y, a la par, con estudios monográficos sobre literatura y sobre lingüística. El número de libros y lecturas siguió creciendo cuando decidí realizar los estudios de posgrado y la tesis doctoral. Alguna que otra beca alivió mis gastos (o, mejor dicho, los de mis padres y de mi hermana, que hicieron un impagable –nunca mejor dicho– esfuerzo para que no me faltara nunca ni una página de las que yo considerara necesarias). Como todavía no tenía una relación laboral con ninguna institución universitaria y vivía en una ciudad sin muchos recursos bibliográficos, tuve que emprender viajes a otras ciudades de España e, incluso, salir al extranjero para acudir a bibliotecas y adquirir libros en librerías especializadas. Mi campo de investigación era tan estrecho y, a la vez, tan vasto, que necesité de un grandísimo caudal bibliográfico. No fueron pocos los años en los que me llegué a gastar, ya trabajando, más de medio millón de pesetas anuales en libros. Trabajaba en un centro de secundaria en el que te miraban con los ojos torcidos si te gastabas demasiado, con lo que muchos de los materiales pedagógicos que necesitaba también corrieron por mi cuenta.

En conclusión, el no-sé-dónde firmante acumula una librería de unos siete mil volúmenes: un montón de dinero bien invertido, en directa proporción a la satisfacción y los réditos personales y profesionales que me han dado. Todavía me parecen pocos libros, pero diferentes situaciones profesionales y personales acarrearon problemas de espacio y almacenamiento. Amigo como soy de las nuevas tecnologías, decidí hace unos tres años comprarme en Amazon un Kindle (comprado por internet en los EE. UU., ya que hasta solo hace cuestión de unas semanas se puede adquirir en la reciente tienda on line española). Embebecido por la ilusión de la causa y el efecto, pensaba yo (no lo había comprobado previamente) que el caudal de libros disponibles sería enorme, en uno u otro formato. Por la tarde, lo primero que hice es entrar en internet para comprar El asedio de Pérez-Reverte en edición electrónica. Los resultados de Google me mostraban unas cuantas páginas en las que el libro salía gratis a través de una descarga, pero yo no buscaba eso. Perdí algo así como dos horas hasta que descubrí que, simplemente, no podía hacer lo que había sido mi hábito durante años: pagar por el libro que quería comprar. Opté por la descarga gratuita (y no sé aún si ilegal, alegal o vaya usted a saber qué). En los días y semanas siguientes, seguí haciendo el intento. Ante mi extrañeza y mi asombro, la industria editorial española no disponía de ningún mecanismo para que yo pudiera utilizar mi dispositivo (y esto era válido para cualquier otro modelo, para cualquier otra marca) con libros pagados. Me acostumbré a descargar los libros que no leía en papel. Me familiaricé con determinadas páginas, con determinados programas que convertían formatos. Me acostumbré a no pagar por lo que había pagado durante décadas.

Hasta fechas bien recientes, la estrategia editorial española, en lo que se refiere al libro electrónico, ha sido errática en algunas ocasiones y, en otras muchas más, ineficaz o inexistente. Algunos autores tomaron iniciativas honradas y valientes, pero eran tan pocos los que las emprendían que los dispositivos electrónicos de lectura crecieron en un bosque en el que no había casi árboles autóctonos y, a los amigos de la naturaleza, nos obligaron a plantar especies de otras latitudes, a veces saltando una valla y sacando ese pino foráneo del cepellón.

Estando las cosas tal y como están, algunos autores mantienen absurdas posturas negacionistas en las que confunden, por puro odio, por pura ignorancia, el contenido con el continente. Es el caso de Juan Manuel de Prada, en una reacción iracunda de aquel que ve que se le puede acabar el pastel de postre o, incluso, el primer plato. Otros autores son mucho más razonables: algunos de ellos, fueron de los pocos que vieron el problema con suficiente antelación y perspectiva. Es el caso de Lorenzo Silva, que mantiene una actitud lógicamente combativa, pero siempre educada y prudente. El ya puso a disposición de todo el que quisiera algunas de sus obras de manera gratuita; de aquellas que se podían descargar pagando, el coste era más que razonable. De hecho, si vemos ahora los precios de sus libros en formato electrónico en Amazon, comprobamos que los precios son justos y necesarios: toda su serie de libros de Chamorro y Bevilacqua por menos de cinco euros, etc. En otros casos, en otros autores, la diferencia entre el libro en papel y el formato electrónico es tan pequeña que se parece a una tomadura de pelo más que a cualquier otra cosa.

La encrucijada de las editoriales españolas y de los autores llega ahora: convencer a quienes han visto que se puede ver el Cielo gratis para decirles que tienen que pasar por caja con una tarifa reducida. Y ahora llega la pregunta: ¿será demasiado tarde, cuando todos los internautas tienen una librera que ya no se llama Humi y que te deja llevarte un libro sin pagar por este, ni por el siguiente?

(Imagen de Leandro Suárez.)

Read More

La casualidad (o no) ha provocado que haya enlazado dos lecturas magistrales sobre el acto de correr. El primer libro que devoré en media tarde es Correr, de Jean Echenoz, una biografía novelada del gran Emil Zatopek, atleta del que tantas cosas hay que decir y del que tantas cosas conviene aprender. El segundo libro que ahora ocupa mi lectura y mi mesilla es De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami, en el que este novelista japonés cuanta su experiencia más personal como escritor y la vincula al mundo de la escritura. Algún día tengo que escribir largo y tendido sobre el acto de correr y lo que supone como filosofía y como experiencia de vida, pero hoy creo que el mejor regalo es el de un texto de Marciano Durán titulado “Esos locos que corren”. Ganad siete minutos de vuestra vida escuchando el texto recitado por el autor con atención. Porque correr, para algunos, es la parte de un todo del que solo adivinamos fragmentos.

(Imagen de Zetson.)

Read More

Pirata Libros

El País publica una noticia  (“Los piratas ponen rumbo al libro”) firmada por Antonio Fraguas en la que se muestra a los autores con un temblor que les recorre todo el cuerpo al pensar que la piratería del libro anda ya con intentos de abordaje y con visos de llegar al gran expolio sufrido por la industria musical y cinematográfica. Es esta una noticia que no lo es, porque todavía no ha ocurrido, a lo que se añade un elemento que tiene que hacer pensar al sector editorial español: se habla de libros de autores españoles disponibles para la descarga en sitios ilegales. Se habla de algunos autores escandalizados ante la gran ola que se les puede venir encima, pero no se menciona que ningún honrado lector que desee leer las obras de estos autores en su flamante lector de libros electrónicos puede acceder a la compra de esas obras por la vía legal.

Es más que evidente que, en el momento en el que los libros se vendan en formato digital, éstos serán susceptibles de entrar en el entramado de las descargas a precio cero, pero la vía digital va a ser una realidad inexorable para los libros del futuro. Será una realidad tan inexorable como para transmutar, probablemente, alguno de los pilares del libro tradicional y para que los autores puedan optar por nuevas vías de creación literarias. Es ése un camino que tendrán que recorrer, expuestos a escorar, a zozobrar, a hacer aguas. Y, pese a quien pese y digan lo que digan los sectores interesados, hay autores que van a salir ganando. Los superventas en formato best-seller serán tan pirateados como comprados y, por lo tanto, seguirán forrándose en mayor o menor medida. Mientras, muchos autores con talento tendrán una salida más fácil hacia el mundo de los lectores con los formatos digitales y la distribución de sus obras no estará tan envarada y tan viciada como lo está con la política interesada y torticera de muchas editoriales. Y yo, por fin, me alegro por los poetas, expuestos hasta ahora al sufrimiento de la edición minoritaria y con salidas mínimas y que ahora, quizá, lo puedan tener tan fácil para llegar como difícil para ser leído entre los lectores, que parecemos haber olvidado el mágico camino de la poesía.

(Mientras tanto, yo tengo que alternar la compra legal de algunos libros que no quiero en papel con su versión digital “ilegal”. ¿Es contradicción o intersección de mundos?)

(Imagen de Pesky Library.)

Read More

Flecha

Nuestras vidas son los ríos de música callada y de soledad sonora que van a dar en el prado verde y ameno donde cualquier vasallo es bueno si tuviera buen señor. Mientras, por el aire queda un soplo de aliento de las vidas que supuraban las heridas, una vez que se aúnan el pañal y la mortaja. Rosa y azucena son las distancias exactas que median en la competición por tu cabello, con oros bruñidos escogidos en la vena más excelsa. Las mesas se abastecen con más elementos que las vajillas de fino oro labradas, cuando el aire se serena con la hermosura de una luz aún no usada. Los desmayos aportan dicha y los olvidos nunca fueron tan dulces como cuando sabes que puedes pasar las noches pasando páginas de claro en claro, del mismo modo que los días se oscurecen con la turbiedad del sueño, del cansancio y de la imaginación. Algo debe de andar podrido en nuestras vidas cuando se nos ocurre cambiar severas puñaladas por la usura de un mísero reloj, cuando el botín conseguido con la sangre nos atenaza el alma, cuando nuestra vida se resume en un bollo mojado tristemente en una taza de té. Nunca me gustó andar con una patata en el bolsillo de una gabardina, aunque no estuviese caliente, aunque fuera 16 de junio y residiéramos en Dublín. Las flores son reducto del amor, ese ángel terrible que nos obliga a divagar en torno a un mar que nos llena de reflexión y de locura.

Porque la vida, toda nuestra vida, es una nota a pie de página de todas las letras que leímos.

Read More

Llamas

Hace ya unos cuantos meses hablábamos del espanto de los planes de lectura y ahora tocan las famosas, temibles y horripilantes fichas de lectura. Es costumbre muy arraigada entre el profesorado de Lengua y Literatura en la educación secundaria mandar realizar fichas de lectura de las lecturas obligatorias de libros. A cualquiera que tenga dos dedos de frente se le puede ocurrir que esto de fiscalizar la lectura tiene las consecuencias contrarias a las que los profesores se proponen como principio: el gusto por la lectura.

El profesor de Literatura lucha en muchos frentes y con enemigos de distinta índole y su propósito suele ser bueno. Él sabe de los beneficios de la lectura, la ha disfrutado en sus carnes y quiere inyectar a sus alumnos el antídoto contra la estupidez, pero ha elegido mal sus armas.

Es cierto que hay alumnos que no leen si no se les obliga. Sin embargo, ¿acabarán degustando la lectura por la vía de la obligación?

Es cierto que hay muchos alumnos que, si leen, leen de forma desordenada y con poco criterio. Sin embargo, ¿no es cierto que todos los que amamos la lectura lo hacemos más o menos así y no nos gustan las imposiciones? ¿No es cierto, además, que el poco criterio se lo hemos inculcado nosotros haciéndoles pasar por un sinfín de libros que no merecen la pena, sin ninguna calidad añadida al marchamo “literatura juvenil?

Es cierto que la enseñanza de la Literatura ha de programarse y escalonarse de una forma más o menos seria. Sin embargo, ¿no es menos cierto que el trabajo día a día en una clase con una buena motivación, con buenas recomendaciones y con los estímulos adecuados puede conducirnos a mejores resultados?

No nos vendría mal a los profesores darnos un paseo por dos libros de Daniel Pennac, Mal de escuela y –sobre todo– Como una novela. A muchos estas dos obras les servirían para repensar lo que están haciendo, por muy buena intención que tengan. Bien es cierto que muchos profesores han perdido el gusto por leer, que buscan la lectura como excusa, que se se escudan en su trabajo cotidiano para leer siempre lo mismo (“A ver si este libro que ha salido nuevo les gusta a los chicos”), que han  perdido horizontes y perspectivas porque ya no leen ensayos sobre su trabajo, que no se actualizan. Pero todas sus frustraciones no se solucionan con las famosas y horripilantes fichas de lectura. He oído excusas de todo tipo para exigirlas, pero a mí siempre me cabe la misma pregunta: ¿qué pasaría si alguien me mandara hacer esa misma ficha de lectura de los libros que leo? Creo que la respuesta entre los amantes de la lectura sería la misma.

En cualquier caso, me imagino la reacción de los alumnos. A fin de cuentas, es una tarea más de las muchas que tienen que hacer en el colegio o en el instituto y, por lo tanto, nunca percibirán la lectura de la Literatura como algo diferenciador, único y especial.

Quememos, entre todos, las fichas de lectura. Hagamos de la lectura un maravilloso vicio sin castigo. No convirtamos los libros en trámites de documentos administrativos.

(Como las entradas sobre estas cuestiones suelen tomarlas mis conocidos –y son más de uno y más de dos los que suelen sentirse aludidos–como ataques personales, diré que el post de hoy lo ha motivado el ver el modelo de ficha de lectura que tiene que hacer mi hijo en su lectura obligatoria de estas vacaciones . La imagen es de José Ramón Vega.)

Read More

Guardian 655x1024

Ha muerto Salinger, autor de la magistral El guardián entre el centeno. La lectura de esta novela ha marcado a lectores voraces durante muchas generaciones. Fue un autor capaz de hacer en su momento lo que ahora, quizá fuese imposible: ir a contracorriente, mostrar la vida de un adolescente desde los ángulos más obtusos, dedicar casi el resto de su vida a callar y no a figurar.

Desde el punto de vista más personal, hay dos cosas que no soporto de esta novela, aunque ninguna sea culpa de su autor: la primera, la cantidad de profesores que nos las hemos dado de enrollados con nuestros alumnos “sugiriendo” su lectura –obligada, naturalmente– aunque luego estuviésemos muy atentos para que no se saliesen un ápice de las líneas que les marcaba el sistema. Y, sobre todo, que el hijoputa de Chapman llevara un ejemplar de la novela cuando asesinó a Lennon pegándole ocho tiros.

Y luego dicen que la literatura no es peligrosa. En cualquier caso, Salinger era muy, muy grande. Adiós, maestro.

Read More

Kindle2

Habíamos tratado en el blog el tema del libro electrónico ya en dos ocasiones (1 y 2). Eran estas entradas meras conjeturas sobre algo de lo que no tenía experiencia directa ni conocimiento práctico. La cuestión del libro electrónico, desde que apareció, siempre me ha interesado, no sólo por aquello de estar à la page en la cuestión de la relación de las nuevas tecnologías con la cultura, sino también porque creo que es muy necesario estar atentos a los nuevos formatos en la transmisión de la información.

Ahora que tengo uno, me gustaría contar (sin entrar en cuestiones de detalle, que abordaremos en otra ocasión) las primeras experiencias de lectura con un lector de libros electrónicos. Mi primera sorpresa, pese a conocer las dimensiones, fue el tamaño del aparato una vez que lo tienes en las manos: sorprendentemente fino y relativamente ligero. Mi segunda sorpresa, la calidad de las letras y gráficos en pantalla. Al no tratarse de una pantalla retroiluminada, la apariencia es muy cálida y con gran parecido al papel. Una vez descargados algunos libros (se pueden comprar, claro está, versiones de pago, pero hay muchísimas obras clásicas disponibles en PDF y no sujetas ya a derechos de autor), llega el momento de los primeros manejos, que son muy sencillos e intuitivos: apenas cuatro movimientos te hacen familiarizarte con él. Y, después, lo más importante: sentarse relajadamente y empezar la lectura. Tras unos primeros momentos de adaptación, la sensación es fabulosa: el mejor indicador de esa sensación era precisamente eso, que me mantenía con la sensación habitual de la lectura y no ante un experimento. El soporte había pasado a ser eso, un útil transmisor de palabras. La ficción sigue manejando sus hilos de la misma manera que con la celulosa. Sólo una cuestión se me ha hecho más dificultosa, que es la sensación de avance en la lectura. En el libro, esa percepción es mágicamente táctil; en el caso del libro electrónico, te acabas acostumbrando a la línea de progresión y a los marcadores de lectura, con los que no pierdes nunca la referencia.

En definitiva, ahora que tengo almacenados unas decenas de libros, me siento como aquel que cargaba su mochila de libros para un verano, pero con el peso de uno de ellos. Puedo marcar y hacer anotaciones (aunque, en este caso, el proceso es mucho más fatigoso que ante un libro convencional). Otra de las grandes virtudes (y que creo que va a proporcionar muchas alegrías a todas aquellas personas con deficiencias visuales) es la adaptación del tamaño de letra y el ajuste de los márgenes. En seguida te haces con el formato que resulta más cómodo.

En el campo de las anécdotas, la facilidad para leer en la cama: ya no tienes que sujetar hojas, sino que, placidamente, pulsas un botón. Comodidad absoluta.

Insisto: lo más importante es el no haber sustituido la lectura por otra cosa que no sea la lectura misma. La lectura es cosa que uno siempre tiene entre manos.

¿Miedos? La seguridad de que la tecnología nos arrojará una avalancha de modelos, posibilidades y actualizaciones que irán dejando los modelos obsoletos muy pronto.

Ahora me voy a leer. Tengo unos cuantos libros (sí, libros) esperando.

(Imagen de The Approximate Photographer.)

Read More

libros02

Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.

He titulado la entrada “Lectura en clase: el plan” al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear… Todos ellos –y muchos otros– son factores que conviene no olvidar.

Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados “Planes de fomento de la lectura”. Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y –sobre todo– sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.

Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de “fomento de la lectura” hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe –tristemente– mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán… pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a “contar cuentos”. Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.

Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores,  hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: “Seis profesores en busca de autor”. Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas… o nacidos precisamente para ese bajo propósito.

Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean… y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando –insisto– el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.

Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.

No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.

Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie. :)

(La imagen es de florian.b)

Read More

Día del Libro

Ayer tenía el día tonto. Pese a ser burgalés, castellano y español, mantengo siempre las distancias con las festividades locales, regionales y estatales. Soy un honroso apátrida con enseñas circunstanciales. Con tendencia ocasional a la misantropia, tampoco soy de celebrar casi nada, pero hago mis excepciones. Por ejemplo, la fiesta del Día del Libro en general y con Cervantes y Shakespeare como dignos generales. Ayer, me dio el arrebato y me acerqué a Madrid. Paseo del Prado, calle Alcalá, Gran Vía, Plaza de Callao… Lo justo para sumergirme en libros nuevos y volúmenes antiguos y de ocasión, para entrar en las librerías y que las librerías sacasen sus libros a la calle. Una deliciosa mañana en la que llovían páginas de imaginación por todas partes. Feliz día, amigos (aunque sea con un día de retraso).

Read More