Por Raúl, hace 4 meses y 8 días

Los libros electrónicos y la piratería

Pirata Libros

El País publica una noticia  («Los piratas ponen rumbo al libro») firmada por Antonio Fraguas en la que se muestra a los autores con un temblor que les recorre todo el cuerpo al pensar que la piratería del libro anda ya con intentos de abordaje y con visos de llegar al gran expolio sufrido por la industria musical y cinematográfica. Es esta una noticia que no lo es, porque todavía no ha ocurrido, a lo que se añade un elemento que tiene que hacer pensar al sector editorial español: se habla de libros de autores españoles disponibles para la descarga en sitios ilegales. Se habla de algunos autores escandalizados ante la gran ola que se les puede venir encima, pero no se menciona que ningún honrado lector que desee leer las obras de estos autores en su flamante lector de libros electrónicos puede acceder a la compra de esas obras por la vía legal.

Es más que evidente que, en el momento en el que los libros se vendan en formato digital, éstos serán susceptibles de entrar en el entramado de las descargas a precio cero, pero la vía digital va a ser una realidad inexorable para los libros del futuro. Será una realidad tan inexorable como para transmutar, probablemente, alguno de los pilares del libro tradicional y para que los autores puedan optar por nuevas vías de creación literarias. Es ése un camino que tendrán que recorrer, expuestos a escorar, a zozobrar, a hacer aguas. Y, pese a quien pese y digan lo que digan los sectores interesados, hay autores que van a salir ganando. Los superventas en formato best-seller serán tan pirateados como comprados y, por lo tanto, seguirán forrándose en mayor o menor medida. Mientras, muchos autores con talento tendrán una salida más fácil hacia el mundo de los lectores con los formatos digitales y la distribución de sus obras no estará tan envarada y tan viciada como lo está con la política interesada y torticera de muchas editoriales. Y yo, por fin, me alegro por los poetas, expuestos hasta ahora al sufrimiento de la edición minoritaria y con salidas mínimas y que ahora, quizá, lo puedan tener tan fácil para llegar como difícil para ser leído entre los lectores, que parecemos haber olvidado el mágico camino de la poesía.

(Mientras tanto, yo tengo que alternar la compra legal de algunos libros que no quiero en papel con su versión digital «ilegal». ¿Es contradicción o intersección de mundos?)

(Imagen de Pesky Library.)

Por Raúl, hace 4 meses y 12 días

No leemos el futuro con las líneas de nuestras manos

Flecha

Nuestras vidas son los ríos de música callada y de soledad sonora que van a dar en el prado verde y ameno donde cualquier vasallo es bueno si tuviera buen señor. Mientras, por el aire queda un soplo de aliento de las vidas que supuraban las heridas, una vez que se aúnan el pañal y la mortaja. Rosa y azucena son las distancias exactas que median en la competición por tu cabello, con oros bruñidos escogidos en la vena más excelsa. Las mesas se abastecen con más elementos que las vajillas de fino oro labradas, cuando el aire se serena con la hermosura de una luz aún no usada. Los desmayos aportan dicha y los olvidos nunca fueron tan dulces como cuando sabes que puedes pasar las noches pasando páginas de claro en claro, del mismo modo que los días se oscurecen con la turbiedad del sueño, del cansancio y de la imaginación. Algo debe de andar podrido en nuestras vidas cuando se nos ocurre cambiar severas puñaladas por la usura de un mísero reloj, cuando el botín conseguido con la sangre nos atenaza el alma, cuando nuestra vida se resume en un bollo mojado tristemente en una taza de té. Nunca me gustó andar con una patata en el bolsillo de una gabardina, aunque no estuviese caliente, aunque fuera 16 de junio y residiéramos en Dublín. Las flores son reducto del amor, ese ángel terrible que nos obliga a divagar en torno a un mar que nos llena de reflexión y de locura.

Porque la vida, toda nuestra vida, es una nota a pie de página de todas las letras que leímos.

Por Raúl, hace 4 meses y 25 días

Las temibles y horripilantes fichas de lectura

Llamas

Hace ya unos cuantos meses hablábamos del espanto de los planes de lectura y ahora tocan las famosas, temibles y horripilantes fichas de lectura. Es costumbre muy arraigada entre el profesorado de Lengua y Literatura en la educación secundaria mandar realizar fichas de lectura de las lecturas obligatorias de libros. A cualquiera que tenga dos dedos de frente se le puede ocurrir que esto de fiscalizar la lectura tiene las consecuencias contrarias a las que los profesores se proponen como principio: el gusto por la lectura.

El profesor de Literatura lucha en muchos frentes y con enemigos de distinta índole y su propósito suele ser bueno. Él sabe de los beneficios de la lectura, la ha disfrutado en sus carnes y quiere inyectar a sus alumnos el antídoto contra la estupidez, pero ha elegido mal sus armas.

Es cierto que hay alumnos que no leen si no se les obliga. Sin embargo, ¿acabarán degustando la lectura por la vía de la obligación?

Es cierto que hay muchos alumnos que, si leen, leen de forma desordenada y con poco criterio. Sin embargo, ¿no es cierto que todos los que amamos la lectura lo hacemos más o menos así y no nos gustan las imposiciones? ¿No es cierto, además, que el poco criterio se lo hemos inculcado nosotros haciéndoles pasar por un sinfín de libros que no merecen la pena, sin ninguna calidad añadida al marchamo «literatura juvenil?

Es cierto que la enseñanza de la Literatura ha de programarse y escalonarse de una forma más o menos seria. Sin embargo, ¿no es menos cierto que el trabajo día a día en una clase con una buena motivación, con buenas recomendaciones y con los estímulos adecuados puede conducirnos a mejores resultados?

No nos vendría mal a los profesores darnos un paseo por dos libros de Daniel Pennac, Mal de escuela y –sobre todo– Como una novela. A muchos estas dos obras les servirían para repensar lo que están haciendo, por muy buena intención que tengan. Bien es cierto que muchos profesores han perdido el gusto por leer, que buscan la lectura como excusa, que se se escudan en su trabajo cotidiano para leer siempre lo mismo («A ver si este libro que ha salido nuevo les gusta a los chicos»), que han  perdido horizontes y perspectivas porque ya no leen ensayos sobre su trabajo, que no se actualizan. Pero todas sus frustraciones no se solucionan con las famosas y horripilantes fichas de lectura. He oído excusas de todo tipo para exigirlas, pero a mí siempre me cabe la misma pregunta: ¿qué pasaría si alguien me mandara hacer esa misma ficha de lectura de los libros que leo? Creo que la respuesta entre los amantes de la lectura sería la misma.

En cualquier caso, me imagino la reacción de los alumnos. A fin de cuentas, es una tarea más de las muchas que tienen que hacer en el colegio o en el instituto y, por lo tanto, nunca percibirán la lectura de la Literatura como algo diferenciador, único y especial.

Quememos, entre todos, las fichas de lectura. Hagamos de la lectura un maravilloso vicio sin castigo. No convirtamos los libros en trámites de documentos administrativos.

(Como las entradas sobre estas cuestiones suelen tomarlas mis conocidos –y son más de uno y más de dos los que suelen sentirse aludidos–como ataques personales, diré que el post de hoy lo ha motivado el ver el modelo de ficha de lectura que tiene que hacer mi hijo en su lectura obligatoria de estas vacaciones . La imagen es de José Ramón Vega.)

Por Raúl, hace 7 meses y 5 días

Salinger muy personal

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Ha muerto Salinger, autor de la magistral El guardián entre el centeno. La lectura de esta novela ha marcado a lectores voraces durante muchas generaciones. Fue un autor capaz de hacer en su momento lo que ahora, quizá fuese imposible: ir a contracorriente, mostrar la vida de un adolescente desde los ángulos más obtusos, dedicar casi el resto de su vida a callar y no a figurar.

Desde el punto de vista más personal, hay dos cosas que no soporto de esta novela, aunque ninguna sea culpa de su autor: la primera, la cantidad de profesores que nos las hemos dado de enrollados con nuestros alumnos «sugiriendo» su lectura --obligada, naturalmente-- aunque luego estuviésemos muy atentos para que no se saliesen un ápice de las líneas que les marcaba el sistema. Y, sobre todo, que el hijoputa de Chapman llevara un ejemplar de la novela cuando asesinó a Lennon pegándole ocho tiros.

Y luego dicen que la literatura no es peligrosa. En cualquier caso, Salinger era muy, muy grande. Adiós, maestro.

Por Raúl, hace 7 meses y 9 días

Primeras experiencias con un libro electrónico

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Habíamos tratado en el blog el tema del libro electrónico ya en dos ocasiones (1 y 2). Eran estas entradas meras conjeturas sobre algo de lo que no tenía experiencia directa ni conocimiento práctico. La cuestión del libro electrónico, desde que apareció, siempre me ha interesado, no sólo por aquello de estar à la page en la cuestión de la relación de las nuevas tecnologías con la cultura, sino también porque creo que es muy necesario estar atentos a los nuevos formatos en la transmisión de la información.

Ahora que tengo uno, me gustaría contar (sin entrar en cuestiones de detalle, que abordaremos en otra ocasión) las primeras experiencias de lectura con un lector de libros electrónicos. Mi primera sorpresa, pese a conocer las dimensiones, fue el tamaño del aparato una vez que lo tienes en las manos: sorprendentemente fino y relativamente ligero. Mi segunda sorpresa, la calidad de las letras y gráficos en pantalla. Al no tratarse de una pantalla retroiluminada, la apariencia es muy cálida y con gran parecido al papel. Una vez descargados algunos libros (se pueden comprar, claro está, versiones de pago, pero hay muchísimas obras clásicas disponibles en PDF y no sujetas ya a derechos de autor), llega el momento de los primeros manejos, que son muy sencillos e intuitivos: apenas cuatro movimientos te hacen familiarizarte con él. Y, después, lo más importante: sentarse relajadamente y empezar la lectura. Tras unos primeros momentos de adaptación, la sensación es fabulosa: el mejor indicador de esa sensación era precisamente eso, que me mantenía con la sensación habitual de la lectura y no ante un experimento. El soporte había pasado a ser eso, un útil transmisor de palabras. La ficción sigue manejando sus hilos de la misma manera que con la celulosa. Sólo una cuestión se me ha hecho más dificultosa, que es la sensación de avance en la lectura. En el libro, esa percepción es mágicamente táctil; en el caso del libro electrónico, te acabas acostumbrando a la línea de progresión y a los marcadores de lectura, con los que no pierdes nunca la referencia.

En definitiva, ahora que tengo almacenados unas decenas de libros, me siento como aquel que cargaba su mochila de libros para un verano, pero con el peso de uno de ellos. Puedo marcar y hacer anotaciones (aunque, en este caso, el proceso es mucho más fatigoso que ante un libro convencional). Otra de las grandes virtudes (y que creo que va a proporcionar muchas alegrías a todas aquellas personas con deficiencias visuales) es la adaptación del tamaño de letra y el ajuste de los márgenes. En seguida te haces con el formato que resulta más cómodo.

En el campo de las anécdotas, la facilidad para leer en la cama: ya no tienes que sujetar hojas, sino que, placidamente, pulsas un botón. Comodidad absoluta.

Insisto: lo más importante es el no haber sustituido la lectura por otra cosa que no sea la lectura misma. La lectura es cosa que uno siempre tiene entre manos.

¿Miedos? La seguridad de que la tecnología nos arrojará una avalancha de modelos, posibilidades y actualizaciones que irán dejando los modelos obsoletos muy pronto.

Ahora me voy a leer. Tengo unos cuantos libros (sí, libros) esperando.

(Imagen de The Approximate Photographer.)

Por Raúl, hace 1 año

Lectura en clase: el plan

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Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.

He titulado la entrada «Lectura en clase: el plan» al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear... Todos ellos --y muchos otros-- son factores que conviene no olvidar.

Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados «Planes de fomento de la lectura». Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y --sobre todo-- sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.

Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de «fomento de la lectura» hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe --tristemente-- mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán... pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a «contar cuentos». Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.

Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores,  hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: «Seis profesores en busca de autor». Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas... o nacidos precisamente para ese bajo propósito.

Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean... y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando --insisto-- el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.

Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.

No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.

Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie. :)

(La imagen es de florian.b)

Por Raúl, hace 1 año y 4 meses

Madrid. Libros

Día del Libro

Ayer tenía el día tonto. Pese a ser burgalés, castellano y español, mantengo siempre las distancias con las festividades locales, regionales y estatales. Soy un honroso apátrida con enseñas circunstanciales. Con tendencia ocasional a la misantropia, tampoco soy de celebrar casi nada, pero hago mis excepciones. Por ejemplo, la fiesta del Día del Libro en general y con Cervantes y Shakespeare como dignos generales. Ayer, me dio el arrebato y me acerqué a Madrid. Paseo del Prado, calle Alcalá, Gran Vía, Plaza de Callao... Lo justo para sumergirme en libros nuevos y volúmenes antiguos y de ocasión, para entrar en las librerías y que las librerías sacasen sus libros a la calle. Una deliciosa mañana en la que llovían páginas de imaginación por todas partes. Feliz día, amigos (aunque sea con un día de retraso).

Por Raúl, hace 1 año y 6 meses

Libros electrónicos

El Kindle 2, de Amazon

Hace un año, publiqué una entrada titulada «¿Serán aparatejos como Kindle los sustitutos del libro?» Como estudioso de los nuevos fenómenos comunicativos -¡qué pedante suena eso, por Dios!-, sigo bastante de cerca estos asuntos desde hace años. El lector de libros electrónicos de Amazon, tiene ahora una nueva versión, llamada Kindle 2. Una auténtica preciosidad. Los puristas del papel estarán ya a punto de abordar mi página, pero creo también en la estética de la electrónica. El Kindle es bonito. El iPhone es precioso. Los Mac, la quintaesencia de la elegancia útil. Tampoco soy sospechoso de pertenecer a las sagas de los deseñosos de lo añejo. Uno es filólogo y ha tenido entre sus manos libros maravillosos, los ha palpado, los ha olido. Ha pasado por sus páginas y ha acariciado más lomos de papel que nalgas de mujer (no sé si para bien o para mal de los libros y de las mujeres). Y me he deleitado horas y horas con la lectura de esos aparatos llamados libros. Sin embargo, en esto del libro electrónico soy un echado para adelante. Desde luego, creo que a los medios de prensa escrita les quedan dos telediarios en su formato y concepción actual. Ya he dicho por ahí que antes las enciclopedías en voluminosos volúmenes engalanaban el salón y nuestros deberes escolares; luego el paso fue la enciclopedia en CD-ROM, luego en DVD... y luego la Red, la Red y la Red. Con toda la actualización, con ninguna discriminación por parte de los que no saben distinguir la información del conocimiento. Leo en El País un interesante análisis sobre los interrogantes que caen en España sobre los libros electrónicos y lo que más me preocupa es que en España el vacío sobre el libro electrónico llena todos los anaqueles de la estantería digital, por más que tengamos un lector de estos libros de cuño español: Papyre. Decía más arriba que el libro es un aparato, cosa que parecemos olvidar. Y que lo que es normal y tradicional antes era novedoso. Fue novedoso el formato en cuadernillos cortados y encuadernados, fue novedoso el papel, fueron novedosos los diversos sistemas de escritura, fue novedosa la imprenta. El objeto tradicional libro es tradicional ahora. Pese a la estima que suelo tener por todos las opiniones de José Antonio Millán, todo un experto en el tema, no estoy de acuerdo con él en la matización que hace a los libros de en el artículo citado antes. Según Millán, los libros de texto no desaparecerán porque las teorías cognitivistas dicen que se aprende mejor sobre el papel. ¿Se ha aprendido siempre en las escuelas con libros de texto? ¿Han cambiado los libros de texto? En los libros electrónicos se puede subrayar, se puede «pasar página», se puede ampliar la letra... y se pueden llevar todos de todas las materias, más diccionarios, más atlas, más enciclopedias... en tan sólo 260 gramos. Creo que, poco a poco, cuando estos aparatos bajen de precio y el mercado español esté menos obsesionado por el posible pirateo análogo al cinemotográfico y musical, el futuro estará ahí. Y, además de los libros técnicos, la literatura gris y otras cosas, leeremos a Cervantes, a Shakespeare y a Proust en un Kindle por poco dinero, sin que esto signifique que el papel desaparezca de la faz de la tierra. ¿Por qué no?

Por Raúl, hace 1 año y 6 meses

Alguien con quien hablar

Alguien con quien hablar

Lo digo muchas veces, pero no me canso de repetirlo: me gustan las bibliotecas. Siento sensaciones inigualables cuando cojo un libro que ha sido cómplice de otros suspiros, desvelos y reflexiones, pero reconozco que me siento inmensamente feliz cuando me encuentro, ingenuamente, el primero de esa deseada larga lista. Cada vez que acudo a una biblioteca pública, me acerco al rincón de las novedades y me deleito con el estreno de una interesante compañía. Ayer me ocurrió esto cuando acudí a la biblioteca de mis queridos Burgostecarios (aunque sería más correcto poner un femenino colectivo, dado que son casi todo lúcidas mujeres) y me encontré el libro Alguien con quien hablar de Ángel Gabilondo. Me gusta Ángel Gabilondo porque es todo lo sesudo y ameno que se puede ser cuando profundiza en cuestiones metafísicas y es todo lo profundo y ameno que se puede ser cuando emprende las cuestiones desde una óptica muy humana (que también es metafísica). Todavía no he hecho más que pasar páginas, escoger fragmentos, en las caricias preliminares que requiere un libro de estas características. Por lo menos, ahora tengo Algo con lo que hablar. Espero que me conteste.

Por Raúl, hace 1 año y 6 meses

Padres. Hijos. Lectura

mainblanche

Si me preguntáis cómo he llegado hasta el(los) tema(s) de la entrada de hoy, confieso que no podría dar cuenta de ello. Me pasa como cuando llegas a casa y no recuerdas haber cogido el coche ni tampoco una parte mínima del trayecto. He llegado a un mismo magacín en Internet (Slate), pero en dos ediciones distintas: la francesa y la estadounidense. En las dos aparecen dos artículos interesantes que tienen que ver con los hijos y los padres que paso a glosaros (a mi manera, claro). Dedicaré la entrad de hoy al primero de ellos.

Alan E. Kazdin (profesor de la Universidad de Yale), escribe un interesante artículo titulado «La lecture n'est pas élémentaire»  que trata sobre el eterno problema de incitar a nuestros tiernos infantes a la lectura. El artículo parte de presupuestos mínimos: la situación de la lectura en la escuela es tan preocupante que se trata ahora, al menos, de alcanzar unos mínimos sin los cuales es imposible comprender el mundo (si somos ambiciosos) y de comprender las materias que estudia y mejorar el acceso a determinados puestos de trabajo (si acudimos a los mínimos de los mínimos). Teniendo en cuenta que las estadísticas sobre la capacidad de leer correctamente (entendiendo lo que se lee, claro) son preocupantes, parece que no está de más incidir en las estrategias que puedan mitigar este gran problema social.

Aunque la comunicación por medio del lenguaje sea un aprendizaje natural en los seres humanos, la lectura y la escritura no lo son. Por lo tanto, el proceso de aprendizaje de ambos es más dificultoso que la comunicación oral. Leer no es sino un conjunto de capacidades espefícicas que se unifican en el acto global de la lectura. Por consiguiente, el conocimiento de todos esos componentes específicos va a aportarnos unas vías de solución más eficaces al problema. Estos componentes son: el vocabulario (conocer el sentido del mayor número de palabras), la comprensión (establecer vínculos entre la experiencia humana y lo que aparece en la página escrita), la conciencia fonológica (identificar y manipular las unidades del lenguaje oral como palabras, sílabas, juegos de sonidos, rimas); la descodificación (poder descomponer las palabras para encontrar los fonemas constituyentes y para reconocer las palabras que nunca se habían visto antes), y la soltura para leer de manera rápida, precisa y con la entonación adecuada.

¿El mecanismo para alcanzar todo esto? Para Kazdin, el juego y la implicación de la lectura con la vida cotidiana. Todas las competencias específicas básicas que pueda ir adquiriendo el niño desde que es un bebé son una responsabilidad que debe iniciarse en el seno familiar para luego desarrollarse y complementarse en la escuela. 

Leer a los niños en voz alta desde que son pequeños, dejar que los niños tengan libros al alcance de sus manos, vincular la lectura a una rutina que se repita a determinadas horas del día, escoger lecturas interesantes y dejar al niño poder escoger los libros que se van a leer, jugar con los sonidos y las rimas, cantar y jugar con palabras y frases inventadas...

Con el tiempo, la escritura será una aliada de la lectura. El error (ese mágico y despreciado don humano) le hará comprender las letras y los fonemas de cada palabra. Aunque el niño ya lea en el cole, los padres debemos seguir acompañándole en sus lecturas y tendremos que ser cómplices también de ejercicios de escritura divertidos. Podemos también hacerles partícipes de lo que estamos leyendo nosotros. Incitemos a nuestro hijo a seguir la lectura de una serie de libros o de tebeos con un mismo personaje o tema para que él mismo sea partícipe de su proceso de lectura y haremos de la lectura de nuestros hijos un proyecto a largo plazo.

¡Los diccionarios! ¿Cómo vamos a inculcar la necesidad de utilizarlos si los niños no nos ven hacerlo a nosotros? Tengamos siempre uno a mano y molestémonos en consultar con él los significados sobre los que recaiga alguna duda. Un poco más allá, podemos enzarzarnos con nuestros hijos en juegos en los que el diccionario sea protagonista de nuevas experiencias que vayan más allá de la lectura monda y lironda. Y, más allá todavía, juguemos con las palabras mismas, con sus sonidos, con sus rimas, con sus raíces... No hagamos de la lectura una lección (entre otras cosas, porque nosotros ni sabemos de eso ni es nuestra función), sino un momento de intimidad con las palabras y las páginas escritas.

Regularidad más que ritmo acelarado lleno de frenadas que nos hagan desbarrar. Búsqueda de momentos apacibles y divertidos... Incidencia en la lectura en una lectura en voz alta habitual y amena, incidencia en la pronunciación para que los niños relacionen adecuadamente los sonidos.

Le lectura, qué duda cabe, es una de nuestras asignaturas más difíciles. Como padres y como seres humanos. Pero tiene una metas tan útiles, tan gratas y tan placenteras que merece la pena hacer un esfuerzo... siempre que sea un esfuerzo divertido y metódico. Muchas veces nos quejamos como padres de cosas de las que tendríamos que haber sido protagonistas. Cuando llega el momento de las quejas, quizá deberíamos volver la vista atrás, no vaya a ser que nos hayamos dejado alguna tarea pendiente...

(Imagen de Mainblanche)

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