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Libros

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Es cierto: el mundo de los libros, del cine, de los discos, del periodismo y de otras industrias culturales se va al garete. ¿De quién es la culpa? No lo sé. Juro que no lo sé. Pero no estoy nada de acuerdo con la respuesta, casi unánime, que se da desde el mundo de la industria: la culpa es de la cultura del todo gratis y de las descargas ilegales. Parecemos olvidar que la industria estaba antes y las descargas ilegales después. También olvidamos que hubo un momento de vacilaciones y de decisiones equivocadas, que a veces perduran. No voy a hacer una entrada extensa, sino que voy a comentar algunos pocos ejemplos.

Empecemos por el cine. Los que hemos al cine durante toda una vida, sabemos que no hay nada comparable con ver una historia en pantalla grande (no olvidemos esto de las pantallas grandes: algunas salas de multisalas tienen una pantalla, en proporción, más pequeña que la de algunos televisores actuales). La costumbre de ir al cine se mantenía incluso en grupos de jóvenes que aprovechaban con deleite el día del espectador. En un momento determinado, se nos convenció de que ir al cine era acudir a un espectáculo carísimo por el que, además de las entradas, teníamos que ir avituallados por chocolatinas, palomitas y bebidas gigantescas. Comprar una película en vídeo primero o en DVD después no era nada barato. ¿Qué ocurrió? Qué la gente vio que podía ver una película gratis en su casa por… nada. No es que no se quiera ir al cine: las iniciativas recientes de abaratar durante unos días el precio de las entradas nos demuestran que seguimos queriendo ver el cine en pantalla grande. En cuanto a pagar por ver el cine en casa, la decisión inicial de hacer tanto negocio por las copias ha llevado al negocio hasta su destrucción. Cuando han querido reaccionar, ha sido demasiado tarde.

Podemos hablar del mundo de las series de televisión. Primero llegaron las iniciativas de los canales de televisión generalista, que acabaron con nuestra paciencia inundando de publicidad y alargando algo que podíamos ver descargado en menos de cuarenta y cinco minutos. Algunos de los aficionados descubrimos que podíamos ver una serie subtitulada al español traducida por un colectivo de personas de forma desinteresada justo al día siguiente de ser estrenadas en su país de origen. Una vez más, cuando se han visto con el agua al cuello, han intentado reaccionar, pero ya es tarde. En este caso concreto, yo estaría dispuesto a pagar de mil amores u a cantidad razonable por ver casa capítulo de mis series favoritas… o por una tarifa plana que me permita verlas todas. En otros países, ya es posible. Aquí no nos dejan.

En el mundo de la música, llegó un momento en el que comprar un disco costaba un ojo de la cara. Poco a poco, además, el concepto de disco se reducía en muchos casos a dos canciones decentes y diez mierdas de relleno. Cuando llegó el momento de pagar por los discos un precio razonable, alguien descubrió que se podía hacer gratis de forma rápida.

Vayamos a los periódicos. Las plataformas digitales mediante las que podemos leer periódicos nos ofrecen un producto viejo: el PDF poco mejorado del periódico que se puede leer en papel. Poco importa que hayas pagado religiosamente: no te enterarás de las novedades y, además, antes de entrar en cada periódico concreto te abrasarán con publicidad.

¿Los libros? Cuando me compré mi primer lector de libros electrónicos, estuve durante dos horas intentando comprar un libro determinado de forma legal. Me fue imposible. Durante el proceso, mi experiencia fue un auténtico tutorial en el que conocí de forma fácil y accesible plataformas que me lo ofrecían gratis. Además, en España somos doblemente imbéciles. El ejemplo de las imágenes de esta entrada es suficientemente ilustrativo: un libro no cuesta lo que nos dicen que cuesta, porque vemos que en Estados  Unidos los precios son otros. Y el desfase no se debe solo al IVA. Cuando la diferencia entre el precio de un libro en edición electrónica y la edición en papel sea justa, la gente comprará y no descargará libros. Bueno, me equivoco: habremos llegado demasiado tarde.

Para que no haya dudas de lo que escribo y no se interprete de forma errónea, diré que soy de los que paga. Me he gastado dinerales en todos esos productos y sigo pagando por muchos de ellos. En el caso de la prensa digital, ya me he hartado y me daré de baja de Kiosko y Más y Orbyt. En el caso de los libros electrónicos, me estoy cansando ante la injusticia de unos precios que no tienen sentido. Eso sí, no dudo ni un momento en comprar cuando tengo la sensación de no ser timado. ¿Música? Hay grupos excelentes que ponen a nuestra disposición de manera gratuita. En otros casos, pago por cada canción y no compró el reto de la porquería que ofrece el disco. En cuanto al cine, ya no voy. Me gusta ver el cine en versión original y lo busco donde me lo ofrecen. Y, en el caso de las series, las veo religiosamente el día después de ser estrenadas también en versión original. Algún idiota perdió la oportunidad de hacer negocio conmigo. Igual no es demasiado tarde. Pero, a lo mejor, los listos o los inadaptados, por querer ganar tan pronto, han perdido definitivamente la partida.

 

 

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Ha pasado muchas veces, demasiadas. Pero, para mí, hoy (14 de noviembre), es el día que lo explica todo, que todo lo ejemplifica. Hace cien años, Marcel Proust publicó Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann), el que sería el primer libro de su obra En busca del tiempo perdido, una de las catedrales de la literatura universal.

Hoy nadie discute el carácter de obra maestra de La Recherche –aunque tengo la impresión de que Proust puede ser un autor conocido, pero poco leído, incluso por lectores avezados–, pero es necesario recordarlo: Marcel Proust tuvo que publicar la novela por su cuenta, una vez que fuera rechazado por una editorial. Eso lo explica todo, aunque muchas veces lo olvidemos: el mundo de la creación está expuesto al vaivén de voluntades, desidias e ignorancias. De lecturas a medias, de lecturas superficiales. Confiamos en los criterios de selección de las editoriales. Confiamos en los críticos literarios. Confían en nosotros, los profesores de esto de la Filología. Pero no tenemos ni idea. Nadie tiene ni zorra idea. Establecemos parámetros con nuestros gustos, que muchas veces son horribles y damos juicios de valor con un criterio, aunque nada nos demuestra que ese criterio pase a estar adjetivado de forma positiva. Un servidor, que se doctoró en el área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, ha tenido que aguantar muchas veces los argumentos de la crítica científica (queda mucho mejor esto que la realidad, que solo es cientificista), cargada de razones… a posteriori. Es como si todos le negasen los 180 grados a un triángulo hasta que alguien se lo estampa en la cabeza.

Tan pagados estamos de nosotros mismos, que nos creemos que nuestra verdad es la verdad. Pero lo grave es que, como tantas otras veces –demasiadas, seguramente–, À la recherche du temps perdu podía no haber llegado a estar entre nosotros, para hacernos presentes la mezcla más sugerente entre literatura, arte y vida. Leí las primeras páginas de Por el camino de Swann a los veinte años y, desde entonces, mi vida es una aventura literaria diferente. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Esa dilatación expansiva y gozosa de la escritura. Ese retorcimiento inteligente de la sintaxis, que pude saborear en francés en uno de los mejores regalos que me han hecho, que me llegó a Valladolid desde la distancia. Esos intentos infantiles de intentar traducir párrafos y párrafos sin conseguir ni siquiera un brillo entre tanto espejo. Esa vuelta y vuelta hacia el tiempo, cuando el principio es el final y el final es el principio de todo. Aún recuerdo cuando llegué con devoción a la habitación de Proust en el Museo Carnavalet de París,  el lugar donde la prisión del artista obcecado por cerrar su obra supuso la libertad y el gozo del mundo entero.

Por eso, os animo a todos a que no olvidéis un día como el de hoy: 14 de octubre. Para que desconfiéis de todo y de todos. Y para que tengáis presente, de hoy hasta el final de los días, uno de las afirmaciones irrevocables: no tenemos ni zorra idea cuando se trata de juicios estéticos, cuando se trata de valoraciones. Pero somos expertos en hacer homenajes.

(La imagen que encabeza la entrada es una de las páginas manuscritas de la obra de Proust.)

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Una cosa es que los poetas existan, otra que los conozcamos y otra que los descubramos. Por muchas y tristes razones, a veces no se dan ninguna de esas tres cosas. Pero hoy, un día después de los 50 años de la muerte de Luis Cernuda, quiero hablar del descubrimiento.

Cernuda existía, qué duda acabe, aunque muriese tres años antes de que yo naciese. Y lo conocía, pero poco. Solo había leído unos poquitos poemas suyos, gracias a la buena elección de textos que nos brindaban aquellos magníficos libros escolares a cargo de Fernando Lázaro y Vicente Correa. Pero fueron unas lecturas en clase, rápidas y desganadas por parte de un profesor que poco tenía que decir(nos) de la auténtica literatura, fuera de cuatro fechas y un elenco de cuestiones generales.

Pero mi auténtico descubrimiento de Luis Cernuda se produjo en el área de Traumatología de un hospital. Tenía yo 17 años y un tendón rotuliano maltrecho. Estaba esperando mi cita con el traumatólogo y me llevé un libro. No sé por qué fue aquel en concreto. Era una antología poética de Luis Cernuda de la editorial Alianza. Como el sistema de citas en aquellos tiempos era caótico, la espera se prolongó: nunca he agradecido más una tardanza. Abrí el libro de Cernuda y leí una poesía. Me produjo una sensación desconcertante. Leí otra y me pareció sobrecogedora. Fue leyendo, en orden y en desorden, releí y subrayé versos (todavía tengo esa edición guardada y muchas veces vuelvo a ella). Nunca había experimentado nada igual. Luis Cernuda, de alguna manera, se convirtió en el primer poeta, en mi primer poeta. Existían otros y los conocía, pero no los había descubierto (afortunadamente, los años y la experiencia me llevaron a descubrir a unos cuantos más. Nunca muchos: no es bueno descubrir a demasiados).

Cernuda me pareció más moderno que ninguno. Alguien que había muerto antes de que yo naciese y, pese a todo, radicalmente contemporáneo, actual para un joven que leía. No conocía nada de sus circunstancias personales, solo descubría a un poeta en permanente estado de lucha, de contradicción. De querer una cosa y encontrarse a diario lo contrario. Los dos planos en los que vivimos y en en los que soñamos. Alguno pensará que digo una barbaridad cuando siento que Cernuda es más actual que Lorca para nosotros, hoy. No digo mejor, no digo peor: digo más actual.

Luego llegó la lectura entera de La realidad y el deseo. Y más tarde el estudiar Filología. Y analizar a Cernuda (me hace mucha gracia ver por internet un incipiente comentario mío sobre uno de sus poemas, sobre uno de mis preferidos. Y disfrutar conociendo más.

Los poetas existen. Los conocemos. Pero yo descubrí a Cernuda durante una larga y maravillosa tarde. En el área de Traumatología.

(Después de escribir este texto, me he encontrado en una red social con unas palabras que evidencian que hay algo mejor que descubrir a un poeta: ayudar a que otros, en este caso algunos de mis alumnos, lo descubran. Gracias por tus observaciones, Alberto. Sabes bien de lo que hablamos cuando hablamos de «¡Oh capitán, mi capitán!» La imagen es de Erwin Morales. )

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE DE TELEVISIÓN

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What Remains. Una reciente producción de la BBC de cuatro capítulos. Sí, es una serie con tintes policíacos y de misterio con asesino desconocido hasta (casi) el último momento, pero no es solo eso. Iremos conociendo a los inquilinos de un pequeño edificio y, a la par, avanzaremos en el conocimiento de las miserias de la especie humana. Y no me refiero solo a grandes miserias, sino a las determinantes, a aquellos pequeños detalles que, paulatinamente, hacen que nuestros actos y nuestras voluntades se decanten de un lado de la balanza. El edificio en el que se desarrolla la acción no es solo un continente, sino que dota de contenido a las historias y a las vidas.

PELÍCULA

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Amour es una película dirigida por Michael Haneke en 2012. Es recomendable por tantas cosas que no es posible agotarlas todas sin desvelar parte de su quintaesencia. Baste decir que trata el tema del alzhéimer desde una perspectiva descarnada y nada fácil, con las actuaciones magníficas de su pareja protagonista. Que nadie espere sensiblería, músiquita con violín de fondo y lágrimas fáciles. Los que hemos vivido de cerca esta enfermedad, nos sentimos identificados y horrorizados a partes iguales.

Y se me olvidaba: el piso de París, en el que está rodada la película y en el que se desarrolla prácticamente toda la (in)acción deslumbra porque acaba siendo un personaje más, quizá determinante. Como ocurría con la sugerencia televisiva, el continente es contenido.

CANCIÓN

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Iba a elegir alguna de mis últimas canciones prosificadas, pero he resuelto no repetirme. Sin poder dar un juicio racional sino emocional (en el fondo, creo que todos nuestros juicios tienen más de lo segundo que lo primero, que no es sino una justificación ulterior), he elegido «50 Ways to Say Goodbye», de Train en su disco California 37. Los aficionados a Silvio Rodríguez me dirán que estoy loco si la comparo con la magistral «Ojalá», de Silvio Rodríguez, pero no hay más que escucharla con cierta atención para ver que no hay mayor muestra de el amor que el intento de desamor, con sus justificaciones y sus mentiras. Es una canción demasiado alegre como para ponerte triste y demasiado triste como para ponerte alegre, lo que es sinónimo de la combinación perfecta (Como anécdota, en el vídeo podéis ver a David Hasselhoff. Sí, el de El coche fantástico).

LIBRO

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Entre muchas de las posibilidades que tenía entre manos, me decanto hoy por Las lágrimas de san Lorenzo de Julio Llamazares (Alfaguara, 2013). La casualidad llevó a que leyera el libro justo en los días en los que las Perseidas iluminaban el cielo con sus luces y sus sueños. Leer a Julio Llamazares puede desconcertar a los lectores poco avisados. En muchos de sus libros da la impresión de estar contando las cosas de forma casi improvisada, en un cúmulo de anécdotas y comentarios en voz alta dispersos y desordenados. Nada más lejos de la realidad: a medida que vamos leyendo, veremos que Julio Llamazares es uno de los mejores narradores en los que, hablando de instantes, nos retrata el Tiempo.

(Esta es la segunda entrada de la serie Sugerencias.)

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Por mi trabajo y por mis aficiones, es muy frecuente que me pidan me piden que recomiende algún libro, alguna película, alguna serie de televisión. También es cierto que, en otras ocasiones, sobre todo cuando estoy en clase, doy también recomendaciones aunque no me las pidan…

El otro día, al hilo de una conversación tuitera sobre un libro, hice unas sugerencias de lectura y una amiga me propuso  que incorporara algunas de ellas a mi blog. Me pareció buena idea, así que ahí va la primera tanda.

En torno a estas sugerencias, diré varias cosas:

  1. Como no podía ser de otro modo, son personales y muy poco transferibles. Subjetivas, por lo tanto.
  2. No pretendo (ni quiero) realizar ninguna crítica académica ni sesuda.
  3. No todas las sugerencias tienen por qué ser actuales. En ocasiones, es bueno también acudir al rescate de lo olvidado.
  4. En la mayor parte de las ocasiones, hablaré muy poco del argumento y me centraré… en alguna cosa.
  5. Intentaré, eso sí, que sean de provecho para los visitantes del blog.
  6. Como es habitual, en el caso de las series de televisión y las películas me refiero siempre a la versión original.
  7. El que me haga caso, tendrá minutos, horas o días de entretenimiento. Y se acordará de mí, o no.

SERIE DE TELEVISIÓN

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Orange Is the New Black (2013). Es una serie de ambiente carcelario creada por Jenji Kohan, conocida por la magnífica Weeds. ¿Sus señas de identidad? Que cuando parece que es una comedia descubrimos que es más trágica de lo que parece y cuando parece un drama nos damos cuenta de que es muy divertida. Meter a una niña pija, muy rubia y blanquita, en una cárcel es todo un «experimento sociológico». Y nada es lo que parece, lo que nos hace descubrir que nosotros tampoco.

Tráiler de la serie.

PELÍCULA

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No recomiendo una, sino tres, ya que se trata de una trilogía:

 ¿Qué digo? Pues, que el que no las haya visto, las vea. Y, por supuesto (y como no podía ser de otro modo), que empiece por el principio. No pienso decir nada del argumento. He leído un montón de críticas sobre estas tres películas y me han parecido, casi todas, desacertadas.

Ya que no digo nada, voy a decir algo. Al director, Richard Linklater, habría que hacer un monumento. Lo mismo que a los dos protagonistas, especialmente a Julie Delpi. Los diálogos son fantásticos y hay alardes cinematográficos tan complicados y que hacen las cosas tan fluidas que son para enmarcar.

Por no poner, no quiero ni poner ningún fragmento. O sí, voy a poner esto.

CANCIÓN

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No solo recomiendo la canción, sino también y, ante todo, la canción + videoclip. Se trata de Wake Me Up, de  Avicii. Lo descubrí gracias a un antiguo alumno, Rodrigo Mena, que lo recomendó en las redes sociales.

Puede que no sea solo un videoclip de un DJ de moda. Puede que no solo haya una chica guapa (y una niña encantadora). Si se lee la letra de la canción y se compara con el vídeo, quizás haya que pensar y todo. Para que luego hablen (mal) de la música dance.

LIBRO

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La invención del amor, de José Ovejero. Porque un amor que no es puede serlo. Porque, a veces, es bueno ver las cosas desde la altura. Porque, de tanto inventarnos las cosas, igual hasta surgen realidades.

 

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Ayer fue un día de orgullo para la Universidad de Burgos: por la mañana, recibía el doctorado honoris causa y, por la tarde, se celebraba un encuentro con Umberto Eco en el Teatro Principal. Desde el punto personal, fue un día feliz. Desde el punto de vista de la ficción, Eco es uno de los narradores más hábiles que conozco. Desde el punto de vista teórico, las investigaciones de Eco han acompañado mi vida académica en muchos sentidos: primero, como profesor de Semiótica en el Grado en Español de mi universidad; segundo, como investigador de la cultura medieval (mi tesis doctoral reflexionaba sobre aspectos lingüísticos y teórico literarios de la literatura del Medievo y dediqué, en su día, un extenso estudio –no publicado– a la filosofía de San Buenaventura, un filósofo franciscano del siglo XIII); tercero, como interesado en la indagación de los aspectos relativos a los mass media. De alguna manera, veo en Eco el reflejo de lo que me gustaría ser y el imposible de alcanzarlo.

En el encuentro arriba mencionado, los asistentes teníamos la posibilidad de hacer preguntas por escrito. Eco fue desgranando con acierto, inteligencia y gran sentido del humor todas las cuestiones que le plantearon. Las primeras palabras de Eco creo que impidieron que se le plantease mi pregunta. Umberto Eco empezó diciendo que había algunas preguntas tontas que siempre se le planteaban en este tipo de encuentros. Una de ellas era por qué había llamado así a su novela El nombre de la rosa, a lo que él mismo, con ironía, respondió: «Porque Pinocho estaba ya registrado».

Mi pregunta podía sonar a algo parecido (puede que, por eso, los moderadores decidieron descartarla; puede también, que lo impidiese el tiempo y la cantidad de cuestiones que se le plantearon), pero no lo era en absoluto. Mi pregunta era: «¿De cuántas maneras puede considerarse la rosa en El nombre de la rosa? Me hubiese gustado mucho saber su opinión al respecto, porque no tiene fácil respuesta para un lector. La rosa se puede entender desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, el genial filósofo del siglo XIV, desde la estética y los planteamientos teóricos sobre la belleza e, incluso, desde la reflexión metafísica sobre la esencia del ser y sus ejemplificaciones… Pero seguro que la respuesta de Eco hubiese sido iluminadora.

Una rosa es una rosa. Pero el signo ‘rosa’ tiene muchos vericuetos. Es casi un laberinto, más allá del nombre.

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Hace cosa de un mes, escribía sobre una entrada sobre el libro electrónico y la poca previsión de la industria electoral. La tienda de Amazon ya tiene su sección española y muchos españoles han decidido regalar o regalarse un aparato para leer libros electrónicos gracias a que esta tienda vende un magnífico modelo, la última versión de Kindle, por 99 euros. Insisto en lo que comentaba entonces: muchos usuarios se compran el aparato y luego emprenden la búsqueda de libros para comprar. Probablemente, muchos de esos lectores no son conscientes de lo mucho (o lo poco, según se mire) que ha cambiado el panorama editorial español con respecto a ediciones electrónicos. Por decirlo de manera fina, podemos decir que las editoriales españolas no han decidido cambiar su política comercial, sino que las iniciativas de Amazon les han obligado a cambiarla o, al menos, a intentarlo. (Antes de entrar en otros detalles, diremos que, hace meses, en lo que se refiere a la edición en papel, ya podía darse la paradoja de que un libro editado en España costaba más barato comprado desde Estados Unidos (portes incluidos) que comprado en la librería de la esquina.)

Antonio Fraguas (hijo) publicada el otro día en El País un artículo titulado «Guerra abierta por el precio del libro». Un resumen rápido del mismo podría ser que las editoriales españolas han tenido que espabilar –o, al menos, tienden a pensar que algún día de estos, antes de llorar, tendrán que espabilar– ante la política de precios de la gran tienda en Internet por excelencia. De hecho, leemos hoy, también en El País, que Anagrama decide anticipar en unos días la salida de la última novela de Paul Auster en formato electrónico a un precio inicial y temporal de 11 euros, que será de 15 dos semanas después. Cada uno es muy libre de poner el precio que quiera a un libro, pero ¿no resulta un poco cara una edición electrónica por 15 euros en comparación con los costes que entraña una edición en papel? En definitiva, que me temo que esa guerra de las editoriales será, a la postre, una batalla perdida porque ganará Amazon. Y el triunfo no vendrá de ser un mastodonte que devora todo lo que le rodea, sino de alguien que ha decidido desde hace mucho tiempo hacer las cosas tirando a bien (en los pedidos de libros en papel, un libro puede llegarte de Estados Unidos o Alemania en tres días, como tuve ocasión de comprobar personalmente con un pedido realizado el día 3 de enero que me llegó el día 5, a un precio extraordinario).

Pero todo eso son batallas. Al libro electrónico, para ganar la guerra del negocio, le quedan unos cuantos detalles. Un ejemplo: me decidí estas Navidades a regalar un libro a un familiar. Compré religiosamente el libro, que quedó descargado en tres segundos en mi ordenador. Cuando quise grabarlo para mandárselo por correo electrónico, me di cuenta de que tiene una protección que imposibilita que lo lea alguien desde un dispositivo electrónico que no sea mío. ¿La conclusión? Tuve que descargar una edición pirata para que poder regalársela.

Yo sigo insistiendo: o convertimos el comercio de libros en algo agradable y fácil (además de económico) o, cuando nos despistemos, no encontraremos a nadie en este mundo que quiera comprarlos. Decidirá, simplemente, leerlos.

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Para todo lo que quiero decir aquí, es necesario hacer un poco de historia personal. Empecé a enamorarme de la lectura cuando tenía unos diez u once años (unos cuantos menos, si contamos los tebeos de Mortadelo y Filemón, Astérix y El capitán Trueno). Como tantos otros, comencé con sagas literarias de Enid Blyton, pasé por todos los autores de la literatura clásica de aventuras, luego fijé mis obsesiones en la novela policíaca (que, junto con la novela negra, me ha acompañado siempre en mi voracidad lectora) y, poco a poco, fui ampliando mi abanico de lecturas. Tuve la suerte de nacer en una casa con libros y con una familia que inspiró y alentó mi afición. Todo el dinero que recibía por mi cumpleaños y Reyes lo invertía en libros. Cuando esto no alcanzaba, conté con la complicidad de Humi, mi librera (luego me enteré que la librería que regentaba, Granado, tuvo una de las trastiendas más ricas a la hora de combatir la incultura y las prohibiciones en el franquismo), con la que llegué a un pacto: yo cogía el libro que quería y no lo tenía que pagar hasta ir a comprar el siguiente. Con el tiempo, mis queridos libros, mis apreciadas lecturas, lograron cambiar mi visión del mundo, ampliaron mi experiencia, compensaron todo aquello que, por motivos diversos, no había podido vivir. Las estanterías se quedaban cortas, las baldas eran insuficientes, los volúmenes se apilaban.

Cuando la ficción no fue suficiente, llegaron los libros de divulgación, los ensayos, los libros de historia primero, los de psicología y los de filosofía después. Llegó el momento de decidir una carrera y los estudios de Filología Hispánica me exigieron, no sin placer, el ir haciéndome con un gran caudal de literatura clásica hispánica y, a la par, con estudios monográficos sobre literatura y sobre lingüística. El número de libros y lecturas siguió creciendo cuando decidí realizar los estudios de posgrado y la tesis doctoral. Alguna que otra beca alivió mis gastos (o, mejor dicho, los de mis padres y de mi hermana, que hicieron un impagable –nunca mejor dicho– esfuerzo para que no me faltara nunca ni una página de las que yo considerara necesarias). Como todavía no tenía una relación laboral con ninguna institución universitaria y vivía en una ciudad sin muchos recursos bibliográficos, tuve que emprender viajes a otras ciudades de España e, incluso, salir al extranjero para acudir a bibliotecas y adquirir libros en librerías especializadas. Mi campo de investigación era tan estrecho y, a la vez, tan vasto, que necesité de un grandísimo caudal bibliográfico. No fueron pocos los años en los que me llegué a gastar, ya trabajando, más de medio millón de pesetas anuales en libros. Trabajaba en un centro de secundaria en el que te miraban con los ojos torcidos si te gastabas demasiado, con lo que muchos de los materiales pedagógicos que necesitaba también corrieron por mi cuenta.

En conclusión, el no-sé-dónde firmante acumula una librería de unos siete mil volúmenes: un montón de dinero bien invertido, en directa proporción a la satisfacción y los réditos personales y profesionales que me han dado. Todavía me parecen pocos libros, pero diferentes situaciones profesionales y personales acarrearon problemas de espacio y almacenamiento. Amigo como soy de las nuevas tecnologías, decidí hace unos tres años comprarme en Amazon un Kindle (comprado por internet en los EE. UU., ya que hasta solo hace cuestión de unas semanas se puede adquirir en la reciente tienda on line española). Embebecido por la ilusión de la causa y el efecto, pensaba yo (no lo había comprobado previamente) que el caudal de libros disponibles sería enorme, en uno u otro formato. Por la tarde, lo primero que hice es entrar en internet para comprar El asedio de Pérez-Reverte en edición electrónica. Los resultados de Google me mostraban unas cuantas páginas en las que el libro salía gratis a través de una descarga, pero yo no buscaba eso. Perdí algo así como dos horas hasta que descubrí que, simplemente, no podía hacer lo que había sido mi hábito durante años: pagar por el libro que quería comprar. Opté por la descarga gratuita (y no sé aún si ilegal, alegal o vaya usted a saber qué). En los días y semanas siguientes, seguí haciendo el intento. Ante mi extrañeza y mi asombro, la industria editorial española no disponía de ningún mecanismo para que yo pudiera utilizar mi dispositivo (y esto era válido para cualquier otro modelo, para cualquier otra marca) con libros pagados. Me acostumbré a descargar los libros que no leía en papel. Me familiaricé con determinadas páginas, con determinados programas que convertían formatos. Me acostumbré a no pagar por lo que había pagado durante décadas.

Hasta fechas bien recientes, la estrategia editorial española, en lo que se refiere al libro electrónico, ha sido errática en algunas ocasiones y, en otras muchas más, ineficaz o inexistente. Algunos autores tomaron iniciativas honradas y valientes, pero eran tan pocos los que las emprendían que los dispositivos electrónicos de lectura crecieron en un bosque en el que no había casi árboles autóctonos y, a los amigos de la naturaleza, nos obligaron a plantar especies de otras latitudes, a veces saltando una valla y sacando ese pino foráneo del cepellón.

Estando las cosas tal y como están, algunos autores mantienen absurdas posturas negacionistas en las que confunden, por puro odio, por pura ignorancia, el contenido con el continente. Es el caso de Juan Manuel de Prada, en una reacción iracunda de aquel que ve que se le puede acabar el pastel de postre o, incluso, el primer plato. Otros autores son mucho más razonables: algunos de ellos, fueron de los pocos que vieron el problema con suficiente antelación y perspectiva. Es el caso de Lorenzo Silva, que mantiene una actitud lógicamente combativa, pero siempre educada y prudente. El ya puso a disposición de todo el que quisiera algunas de sus obras de manera gratuita; de aquellas que se podían descargar pagando, el coste era más que razonable. De hecho, si vemos ahora los precios de sus libros en formato electrónico en Amazon, comprobamos que los precios son justos y necesarios: toda su serie de libros de Chamorro y Bevilacqua por menos de cinco euros, etc. En otros casos, en otros autores, la diferencia entre el libro en papel y el formato electrónico es tan pequeña que se parece a una tomadura de pelo más que a cualquier otra cosa.

La encrucijada de las editoriales españolas y de los autores llega ahora: convencer a quienes han visto que se puede ver el Cielo gratis para decirles que tienen que pasar por caja con una tarifa reducida. Y ahora llega la pregunta: ¿será demasiado tarde, cuando todos los internautas tienen una librera que ya no se llama Humi y que te deja llevarte un libro sin pagar por este, ni por el siguiente?

(Imagen de Leandro Suárez.)

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La casualidad (o no) ha provocado que haya enlazado dos lecturas magistrales sobre el acto de correr. El primer libro que devoré en media tarde es Correr, de Jean Echenoz, una biografía novelada del gran Emil Zatopek, atleta del que tantas cosas hay que decir y del que tantas cosas conviene aprender. El segundo libro que ahora ocupa mi lectura y mi mesilla es De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami, en el que este novelista japonés cuanta su experiencia más personal como escritor y la vincula al mundo de la escritura. Algún día tengo que escribir largo y tendido sobre el acto de correr y lo que supone como filosofía y como experiencia de vida, pero hoy creo que el mejor regalo es el de un texto de Marciano Durán titulado «Esos locos que corren». Ganad siete minutos de vuestra vida escuchando el texto recitado por el autor con atención. Porque correr, para algunos, es la parte de un todo del que solo adivinamos fragmentos.

(Imagen de Zetson.)

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Pirata Libros

El País publica una noticia  («Los piratas ponen rumbo al libro») firmada por Antonio Fraguas en la que se muestra a los autores con un temblor que les recorre todo el cuerpo al pensar que la piratería del libro anda ya con intentos de abordaje y con visos de llegar al gran expolio sufrido por la industria musical y cinematográfica. Es esta una noticia que no lo es, porque todavía no ha ocurrido, a lo que se añade un elemento que tiene que hacer pensar al sector editorial español: se habla de libros de autores españoles disponibles para la descarga en sitios ilegales. Se habla de algunos autores escandalizados ante la gran ola que se les puede venir encima, pero no se menciona que ningún honrado lector que desee leer las obras de estos autores en su flamante lector de libros electrónicos puede acceder a la compra de esas obras por la vía legal.

Es más que evidente que, en el momento en el que los libros se vendan en formato digital, éstos serán susceptibles de entrar en el entramado de las descargas a precio cero, pero la vía digital va a ser una realidad inexorable para los libros del futuro. Será una realidad tan inexorable como para transmutar, probablemente, alguno de los pilares del libro tradicional y para que los autores puedan optar por nuevas vías de creación literarias. Es ése un camino que tendrán que recorrer, expuestos a escorar, a zozobrar, a hacer aguas. Y, pese a quien pese y digan lo que digan los sectores interesados, hay autores que van a salir ganando. Los superventas en formato best-seller serán tan pirateados como comprados y, por lo tanto, seguirán forrándose en mayor o menor medida. Mientras, muchos autores con talento tendrán una salida más fácil hacia el mundo de los lectores con los formatos digitales y la distribución de sus obras no estará tan envarada y tan viciada como lo está con la política interesada y torticera de muchas editoriales. Y yo, por fin, me alegro por los poetas, expuestos hasta ahora al sufrimiento de la edición minoritaria y con salidas mínimas y que ahora, quizá, lo puedan tener tan fácil para llegar como difícil para ser leído entre los lectores, que parecemos haber olvidado el mágico camino de la poesía.

(Mientras tanto, yo tengo que alternar la compra legal de algunos libros que no quiero en papel con su versión digital «ilegal». ¿Es contradicción o intersección de mundos?)

(Imagen de Pesky Library.)

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