— Verba Volant

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Tag "Canciones prosificadas"

Ya no crees en la gente, te has vuelto nihilista, sueñas con no soñar. Y tomas pastillas rosas. No recuerdo el momento en el que dije que el cielo se está abriendo bajo tus pies.

Y te diría que te vengas conmigo a cualquier otra parte. Estoy perdido entre las sombras, pero, de momento, te recuerdo con tres notas sencillas y una bandera tan blanca como tu corazón.

Canción prosificada de modo minimalista y modificada a voluntad de «A cualquier otra parte», de Dorian. La imagen está tomada unas horas antes de que llegue el otoño.

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Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.

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Cuando, aburrido, miro por la ventana, invento otra vida diferente en la misma ciudad. Por si un día me dejas y todo acaba, te pido que pintes las estrellas de plata para que me imagine que estamos los dos a mandos de una nave espacial. Viajaríamos de madrugada, sin que nos haga falta decir ni una palabra. Y, cuando estés despistada, imaginaré que te hago una foto con las nubes blancas como detrás. Desde aquí, en lo alto domino el horizonte donde veía claro el porvenir: tres ilusiones, dos recuerdos. Y ese firmamento que dibuja el caminito multicolor.

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De hecho, más de una vez te he querido abrazar por temor a perderte después y pienso en aquel piloto que sobrevuela e peligro desde que el cielo amenazaba con lloverse. Y hoy, al verte llorar, me he acordado del calor de la casa en aquel invierno y el frío que siento en mi corazón.

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A veces, tengo ganas de fiesta, ganas de que acabe el invierno y vuelva el momento de nadar en el mar. Soñar en el verano me hace más fácil ilusionarme con un cambio de final. Todavía guardo algunos poemas y algunas cartas que nos escribíamos entonces y ahora te harían reír. Me imagino tu cara triste, mi amor de plata. Imagino que todo vuelve a empezar y que seamos delfines viviendo en toda la inmensidad del mar.

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Cuando la rutina pese demasiado, nos iremos en un viaje infinito con esa tonta y maravillosa sensación de libertad. Partiremos hacia el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto, un paraíso de bosques y montañas, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes. Sobre un mapa imaginario, dibujaremos caminos y nos invadirá una ilusión desconocida por avanzar entre sus curvas y pedregales. Llegaremos al fondo, ese del que me has hablado tanto, donde los miedos y los temores se convierten en paisajes.

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Procura no cruzar al otro lado, no dejes que te engañe la frontera. Yo me quedaré a vivir siempre, viviendo los momentos de nuestro pasado. No dejes de viajar en tranvías y trenes, recuerda cómo me besabas y acuérdate de esa canción pop que envuelve nuestra vida hasta todos los finales. No te vayas demasiado lejos, quédate a vivir de este lado. Si necesitas olvidar y estar callada, quédate dormida en los hoteles, escucha el rumor de los volcanes y deja bien cerrado tu pequeño mundo, en el que podrás curar cualquier herida. Y, si un día decides volver, rodea tu cabeza con mis manos. Así quiero quedarme. Para siempre.

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El frío de este invierno que me habita, el cansancio y la costumbre, no conocen ni siquiera un ápice de un amor tan bien guardado, atento siempre a tu mirada. El color de los días tristes no consigue apagar nada. Y sigo viendo dos cuerpos abrazados, sobre un amor tan fuerte.

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Ven a bailar y, si te quieres quedar, te llevaré hasta el cielo en mi coche.

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Quisiera ser un planeta que girase alrededor de ti. Tú serías la estrella de mi corazón y conseguirías borrar todas mis huellas. Cuando tengo una pena muy grande, confieso que me encanta mirar tu cara, tan graciosa cuando bebes zumo de limón. Para olvidar esas penas, esos miedos, esa noche oscura, te besaré en espiral cuando no nos mire nadie. Entre tanta mentira y tanta canción, no paro de reír con una sonrisa inocente, demasiado infantil, que me hace pensar qué tonta es la vida y qué grande es nuestro amor. Así que piénsalo, necesito algo más en esta vida: estrellas. O limones.

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(Canciones prosificadas, modificadas y distribuidas a voluntad del sublime disco de Family, Un soplo en el corazón. Con imagen de Silke Remmery).

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La oscuridad va cortando el día y la soledad llama a mi puerta. Mientras todo se vuelve triste, salgo, como todas las tardes, al bar de siempre, ese que está al otro lado de las vías del tren. Me siento, como siempre, a una mesa para dos, al fondo del local. Y, como siempre, me siento solo, con esa silla vacía delante que muestra de forma gráfica siete maneras de perderte, entre esas luces de neón de resplandor leve.

Hay siempre aquí un espacio para los animales solitarios, seres que contemplan cómo se rompieron sus sueños mientras contemplan el ajetreo de grupos, la alegría de las parejas que viven de forma salvaje y libre. Cuando cierro los ojos, te veo entre las sombras de este bar lleno de partículas de polvo en suspensión y no sé cómo ahogar esa angustiosa necesidad de descargar mi pena.

Veo ahora cuántas veces me he plegado a las mentiras diciéndole a mi corazón que algún día estarías contigo, sentados frente a frente en ese bar con una cerveza cómplice.

Pero creo que estaré bien, que esas luces, ese polvo y la música triste que invade el ambiente de animales solitarios me sostendrán. Adivinaré todas las señales de los sueños que has querido cumplir, de una vida llena y cargada de sonrisas. Escucho esta canción, que adivina lo que pienso y siento que este dolor profundo que habita en mí nunca se va a terminar.

Pero creo que estaré bien, que esas luces, ese polvo y la música triste me sostendrán. Aquí siempre tendré un lugar para recordarte, entre otros animales solitarios, seres que contemplan cómo se rompieron sus sueños.

(Canción prosificada, traducida y modificada a voluntad de «Neon moon”, de Brooks y Dunn, aquí acompañados de Kacey Musgraves).

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Ahora que la adolescencia y la juventud son un septiembre demasiado lejano, lleno de sonrisas y esperanzas. Ahora que los años de estudiante se difuminan entre se difuminan entre amores, lecturas y trenes que acabaron en una vía muerta.

Ahora que aquellos tiempos evocan una playa o un mercado en África, los viajes interminables de autobús para jugar un partido que yo no ganaba, los ratos muertos en mi habitación para leer un Astérix o hacer flexiones hasta quedar sin aliento.

Ahora que quedan tan lejos las jornadas intensas en la Escuela de Idiomas, las tardes y las noches en Valladolid buscando una buena conversación, una cerveza y unas bravas en la zona de Cantarranas. Ahora que se diluyen las cañas en dos vasos, el zurracapote y las chinchiminas, las sesiones de cineclub, la construcción de las vidas entre sueños.

Ahora que casi llego a fin de mes, que pago (más o menos) las facturas, que ya no escribo cartas ni correos. Ahora que cumplo más años que promesas, ahora que llego pronto a todos los sitos que no me importan.

Ahora que paso las noches de claro en claro y no logro dormir de un tirón, ahora que la noche es un rumor de risa ajena que se aleja por la calle y me congela el corazón.

Ahora que respiro a escondidas y que no me pierdo en las sábanas de la madrugada. Ahora que ya no encuentro en las radio las canciones que me inspiran, ahora que me miro en el espejo y me reconozco a duras penas.

Ahora que veo los telediarios pensando que reflejan un mundo en el que no vivo, ahora que los bares ya no son lugar de encuentro sino de reafirmación y de costumbres.

Ahora que, aunque no tenga edad, me gusta sentir cada momento y dejo que la lluvia me moje el rostro, las mejillas y las gotas se deslicen por el cuello. Ahora que reconozco en mis gestos las manías de mis padres, ahora que me desvisto entre la tormenta. Ahora que todo se vuelve verdad, cuando los palacios se derrumban y solo se adivina la hierba en sus solares.

Ahora que recuerdo un vaso que casi se desmenuza entre las manos, ahora que he aprendido a olvidar las reglas, ahora que respiro con 280 letras a las que le sumo los espacios.

Ahora que las noches sin luz me han enseñado a encontrar en las caracolas el sonido de todos los colores, la estridencia que se apaga entre esa incapacidad mía para distinguir el negro del blanco.

Ahora, en el momento en el que el otoño ilumina mis mañanas. Cuando dejo resbalar el reloj para dejar que el tiempo se detenga. Ahora, que cambio de razones y, como siempre, me niego a vestirme de domingo.

Este texto pertenece a la serie de Canciones prosificadas. Recoge dos canciones de Ismael Serrano, «Ahora» y «Ahora que te encuentro», que sirven de base e inspiración pero que estas imbricadas y modificadas a voluntad. Imagen de Razi Machay

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Lado, corazón, alma, soledad. Razón, existir. Religión. Besos, calor, amor, pasión. Bien, mal, luz, vida. Vida, amor, razón, existir.

Historia, amor.

(Canción tan prosificada de «Historia de un amor» que se ha quedado en el esqueleto de los sustantivos).

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Imagen de Joàn Abella

Si piensas que el mundo no se puede reducir a esto, ponte frente a un espejo y pregúntale (pregúntate) por qué la vida gira, gira y gira sin una razón. Por qué todo viene de la nada, por qué nada permanece, por qué no queda nada dentro de ti.

A veces, no hay nada mejor que estar en silencio y pensar en esa primavera ligera que todavía no ha llegado. Y mirar cómo toda la vida gira infinita sin una razón. Y ver esa vida pasar, contemplar cómo viene de la nada y no queda nada dentro de ti. Sin ninguna razón, gira infinita. Gira y gira.

(Este texto está inspirado en la primera canción que escuché en 2018. Por propia esencia, pertenecería a la serie de canciones prosificadas, pero me guardo la canción porque me da la gana. He dicho… o no he dicho. La fotografía es de Joàn Abella).


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Son las cuatro de la mañana y sigo contemplando cómo duerme con ese respirar lleno de calma, entre el calor de esas sábanas que dejan atisbar un hombro perfecto. La penumbra de la habitación devuelve el eco de su presencia: esa blusa arrojada con mimo sobre el sillón, ese pañuelo revuelto en espiral perfecta sobre el chifonier, el bolso entreabierto en el suelo enseñando parte de tu mundo secreto.

Son las cuatro y diez y aprovecho cada instante, con el ansia de retener en mi memoria todos los detalles de nuestra historia. Cada palabra susurrada, cada promesa. La primera vez que bailamos, cuando dos metros cuadrados fueron la mejor expresión del paraíso. Aquella vez que me tomaste de la mano y me llevaste a explorar los momentos más excelsos de mi vida. Ese viaje hacia el interior, el trayecto más fecundo por el que hemos caminado. 

Son las cinco menos veinte. Con la mano escondida debajo de la almohada, solo contemplo la espalda. Me sé de memoria todos los vericuetos de tu columna vertebral, la forma exacta de tus omoplatos. Parte de mi cordura se pierde donde adivino que amanecen tus clavículas. 

Son las cinco y veintitrés y no puedo soportar el avance irremediable de los dígitos de ese cangilón solitario que abandona agua fresca para recoger incertidumbre y soledad. Siento un dolor irremediable, la nada llena mi estómago y siento que, poco a poco, el tiempo apaga todas las estrellas. 

Las horas siguen corriendo por el reloj de la mesilla, que ilumina cada segundo futuro de certero desamparo. Cuando amanezca otra vez, se acabarán todas las auroras. Y solo me queda pedir que el tiempo se detenga entre magnitudes que, sin ella, no significan nada.

Cuando los rayos del sol iluminen otras vidas, yo, sin su amor, no seré nada.

Imagen de RocorCanción prosificada de «El reloj», ese bolero perfecto, como homenaje a Lucho Gatica

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Aguas en abril, flores en mayo, en octubre frío, viento, hojas y castañas por lo suelos. Las tiendas acaban de cerrar y no sé de qué verso te deslizaste ni en qué parada de autobuses te perdí. Beso a una estatua de sal mientras se fue mi tren, se fue mi barco y me encuentro solo en mi puerto de mar.

Me visto de terraza sin licencia, me lanzo al cielo en vuelo sin motor, persigo algún indicio de tu amor. Cuando se acerque la primavera, cumpliré años y camino solo por la orilla del río, mientras soy un extraño muy conocido para ti.

Aguas en abril, flores en mayo, en octubre frío, viento, hojas y castañas por lo suelos. Estoy como la fuente de los delfines cuando hiela, mi horóscopo me dice que entro en un túnel sin final y a ti te pone que tienes que huir de la estabilidad y la rutina. Hoy la luna está en cuarto menguante y aún tengo que escribir otro verso de amor.

Las tiendas acaban de cerrar y no sé de qué verso te deslizaste ni en qué parada de autobuses te perdí. Beso a una estatua de sal mientras se fue mi tren, se fue mi barco y me encuentro solo en mi puerto de mar. No vi las orejas al lobo cuando me avisaste: aunque sonría, no soy feliz. Octubre abre las puertas a noviembre, los días se van apagando y, en diciembre no hay tiempo para ir a Madrid para asistir a un musical que me cure y me calme.

Hoy la luna está en cuarto menguante y aún tengo que escribir otro verso de amor.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “Aguas abril”, de Luis Pastor, aquí acompañado de Bebé).




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Me dijeron que la concepción cristiana legitimó el concepto de seres humanos con principio y final. Y que el final lo determinaba todo, desde el principio hasta todo lo vivido, que no era sino intermedio. Y le dijeron que la concepción cíclica era natural y naturalista. Pero a mí siempre me han cabido todas las dudas y, mezclando y destilando,  siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar.

Aunque me cueste, confieso que, con el tiempo, he renunciado a renunciar. Que no me resigno a que me queden inquietudes y dudas. Y no me conformo con decirle que no al placer. Que no me resigno a pensar como todo el mundo. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche, a sus desarrollos y consecuencias.

En mis sueños, que son pesadillas, sueño que estoy acabado y confundido. Y siento que, al final, me he convertido en lo que no he querido. Es duro de aceptar, pero no me pienso resignar.

Y, aunque siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar, confieso que he renunciado a renunciar. No me resigno a pensar como todo el mundo. No me conformo con decirle que no al placer. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche. Por eso espero a la madrugada, vigilante, con los ojos abiertos.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “¿Por qué a mí me cuesta tanto?”, de Fangoria y Asier Etxeandía, con imagen de Distant Reality).

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