— Verba volant

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Tag "Canciones prosificadas"

Tengo una extraña sensación dentro de mí. No soy de los que se guardan las cosas para sí mismos y mis recursos, mis circunstancias, no son para tirar cohetes. Pero quiero que sepas que, si tuviera dinero, compraría una gran casa en la que pudiéramos vivir. Y me gustaría también ser escultor para construir un mundo con mis manos, o un hombre que hace pócimas y remedios para venderlos por las ferias de las ciudades, de los pueblos. En fin, sé que no es mucho, pero lo mejor que puedo hacer es esto: escribir una canción y regalártela y que sepas que es solo para ti. Y, ahora, puedo decirles a todos que esta es tu canción. Una canción que puede ser sencilla, pero que ahora es tuya y solo tuya. Espero que no te moleste que traduzca a palabras lo maravillosa que me puede resultar la vida mientras tú estás en el mundo. Los versos fluyen poco a poco, aunque alguno se ha enquistado entre el sujeto y el predicado. Pero un día soleado ha colaborado a su  elaboración mientras escribía estas líneas. De hecho, el sol se enciende especialmente para las personas que, como tú, contribuyen a incrementar su luz. Perdóname que, ahora mismo, no sepa con certeza si tus ojos son verdes o marrones. En el fondo, da igual: lo que quiero decirte con esta canción es que tienes los ojos más dulces que han podido devolver una mirada.

(Versión prosificada y modificada y traducida libremente de “Your song”, de Elton John. Cuando estaba escribiendo la entrada, escuchaba la versión de Ellie Goulding. La imagen es de Lunamom58.)

 

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No quiero más dramas en mi vida. Desde ahora, solo quiero vivir comedias entretenidas. Así que no, no me vengas con tragedias, llantos y celos. No me llames para lo de siempre, no me molestes, ya no me interesa. Por si no lo entiendes, te lo repito una y mil veces: me cansa, me harta estar triste. Voy a olvidarme de los problemas. Por eso, he decidido enterrar la pena y el dolor. A fin de cuentas, ¿qué más da? ¿Qué más da si todo es mentira? Al menos, deja que me ría. Si todo a a acabar igual, cambiemos la perspectiva. ¿De qué sirven esas quejas continuas, que acaban ya derivando en el más puro aburrimiento? Por muy negro que nos lo pinten, el futuro todavía sigue en blanco. ¿No te das cuenta de que todo está lleno de posibilidades? Así que no, no me vengas con tragedias, llantos y celos. No quiero más dramas en mi vida.

Desde ahora, solo quiero vivir comedias entretenidas.

 

(Versión prosificada y modificada libremente de “Dramas y comedias”, de Fangoria. La imagen es de Joël-Evelyn François.)

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Empieza a caer la noche.

Debajo del puente, las sombras habituales comienzan a verse y el ambiente se perturba peligrosamente. Cuando el mundo se mira debajo del puente, compruebas que todo cambia mucho más rápido, que los giros vitales son mucho más bruscos que en el mundo corriente. Allí, todos juegan fuerte.

Debajo del puente los hombres se regalan y las mujeres se venden. Y, aunque nadie piensa en la muerte, esta gobierna con el desparpajo de lo inexorable. Cuando todo se duerme, las chicas del puerto y sus hombres valientes lloran a sus espaldas. Una mirada se cruza. El reloj se detiene. Porque, debajo del puente, el tiempo corre con sus propias reglas.

Nunca sabrás la verdad si no te atreves a bajar, al menos una vez, para ver lo que ocurre debajo del puente. Porque debajo del puente nada está prohibido. Los mejores amigos se baten en duelo. Se queman los archivos secretos. Y se desdibuja la raya que dibuja la escala social: los hombres más ricos se convierten en mendigos.

Es necesario aprender a moverse debajo del puente. Los errores se pagan eternamente. Debajo del puente, para bien o para mal, no puedes perderte. Y nunca nadie es inocente. Ya lo sabes: allí, el tiempo corre con sus propias reglas. Ven a verme ahora. Ahora que la noche empieza a caer sobre la ciudad y sobre nuestros sueños. No hay nada que esté  prohibido debajo del puente.

(Versión prosificada y modificada a voluntad de “Debajo del puente”, de Ariel Rot. La imagen es de Conrade_S.)

 

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Tengo un gran problema: podría pasarme la vida soñando. Soñaría en todo momento que te tengo entre mis brazos. Soñaría cuando me siento triste, en mitad de la nada y de la noche, o cuando siento que es cada vez más necesario que me abraces fuerte. Soñaría que pruebo tus labios, que saben a vino y rosas. Te necesito tanto que podría morir, si es todavía posible morir de amor. Y lo bueno es que podría soñar por las noches y por los días, por las aceras y por las nubes, siempre hacia abajo. Y sí, lo reconozco, es un problema: podría pasarme la vida soñando.

(Versión prosificada y modificada a voluntad de “All I have to do is dream”, de Everly Brothers. La imagen es de Hartwig.)

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Crossroads

Me resulta auténticamente difícil expresar así, en unas pocas líneas acompañadas de música, mis emociones encontradas, mis pensamientos más íntimos, mi agradecimiento por haberme enseñado lo que, de verdad, significa tener éxito en la vida. Por ejemplo,  sé que eres la única que ha sabido descubrir el niño que todavía guardo en mi interior, al margen de todas las capas y las apariencias.

Quiero que sepas una cosa: mi vida está entre tus manos, en los surcos que marcan las vidas, en los pliegues que insinúan el destino. Necesito pedirte que permanezcas junto a mí, en un lugar mucho más profundo que la superficie, junto a tu corazón, para que la distancia o la ausencia no nos mantengan separados. Siempre me gustó tener la ilusión de que todo esté escrito allí arriba, en las estrellas.

Deja que te explique una cosa importante: nunca quise causarte ninguna pena, ningún dolor. Sé que, a veces, puedo parecer distante, pero, ahora y para siempre, te quiero. Y estaré siempre en deuda contigo. Porque tú –y solo tú– eres la otra mitad del cielo.

(Canción prosificada y modificada de la magnífica “Woman”, de John Lennon. Imagen de Riley Alethea Butler)

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Querida Eva:

Desde que te marchaste, solo puedo pensar en los recuerdos que me deja tu ausencia. Te fuiste con determinación, sin pensar en las consecuencias, sin tener en cuenta lo que dejabas atrás. Ahora paso las noches en vela y tan solo puedo empañar tu ausencia cuando miro en el móvil las fotografías que me enviaste. Te veo preciosa, dándote un baño en el mar, tostándote plácidamente en la arena.  Y, desde la nostalgia, me alegro de que seas feliz.  Mientras tanto, a mí no me queda más que sentir la pena eterna de seguir viviendo sin tu amor.

Me pregunto constante e insistentemente qué voy a hacer ahora que te has marchado. Incluso me persigue la ilusión, quizás sin fundamento, de que aún puedas quererme, de que aún puedas necesitar algo de mí, de que lo que sientes por mí sea algo que se acerque, aunque sea tímidamente y desde la distancia, a lo que es el amor.

Pero te has marchado sin mirar hacia atrás. Y solo me queda la última imagen que tengo de ti, cuando hacías la maleta (sí, esa preciosa maleta de cuero que te regalé para nuestros viajes comunes y que ahora haces y desharás para desenvolverte sola sin mí) y en ese precioso bikini de rayas con el que, hoy, te bañas y aprovechas para que el sol dore tu cuerpo, alejándote del crudo invierno.

Tuyo para siempre, buscando la fórmula con la que encuentre la quintaesencia de nuestro amor.

(Versión prosificada y modificada a mi antojo de “Eva María”, canción de Fórmula V, perteneciente a la serie Canciones prosificadas y con imagen de @alain.g.)

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Llovía a cántaros, pero ella caminaba por la carretera sin paraguas. Yo tenía uno: la suerte había estado de mi parte cuando, esa misma mañana, se lo robé a un amigo. Me apresuré a rescatarla y le propuse que se protegiera del agua, que se secase un poco su carita. Con una voz tremendamente dulce, me dijo, simplemente: “Sí”. En ese mismo momento, ese rincón del paraguas se convirtió en un rinconcito del paraíso. Tenía un no-sé-qué angelical que hacía que valiese la pena esa permuta de un ángulo de tela por un techo en el mismo cielo. Era el nuestro un camino blando entre los charcos, tierno entre las cargadas nubes. Escuchábamos juntos el canto hermoso del cielo sobre el paraguas. Me hubiera gustado que hubiese sido el día del diluvio universal para seguir viendo caer la lluvia, para seguir resguardándola en este pequeño refugio, durante cuarenta días y cuarenta noches.

Para mi desgracia, pese a la tormenta, los caminos van siempre hacia alguna parte, hacia algún destino. Y el suyo, de repente, hizo un quiebro, en el horizonte mismo de mi locura. Y ella tomó su camino, después de decirme con gran delicadeza: “Gracias”. Simplemente. Y yo me quedé contemplando, cada vez más lejos, cómo partía grácilmente hacia mi olvido.

(Canción prosificada y levemente modificada de “Le Parapluie”, la encantadora canción de Georges Brassens, que escucho habitualmente en la versión de Yan Tiersen y Natalia Regnier. La imagen es de Chris de Rham. Se me antoja una canción ideal para estos días de lluvia.)

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Todavía no sé si quedaron atrás los días negros, pero tenemos la certeza de la llegada inminente de los días más grises. Y tengo miedo de que me dejes solo, de que me dejes sin arropar y sienta frío. Quedaron atrás los días verdes atrás, quizá los azules están preparados para llegar. Y tengo miedo de que, sin avisar, una marea me inunde. Tengo miedo de que los pájaros mueran sin ti, de que las piedras lloren sangre de tanto frío. Tengo miedo de que la gente sea cobarde y, sobre todo, tengo miedo de morirme sin ti. Los días rojos murieron, quizá lleguen a nacer días blancos. Y tengo miedo de que esta entrada no te guste y sientas frío. Los días marrones se esfumaron y los días violetas, quizá, nos visiten. Y tengo tanto miedo de que se olviden la utopía en el portal, tanto miedo de sentir frío… Tengo miedo de que los pájaros mueran sin ti, de que las piedras lloren sangre de tanto frío. Tengo Tengo miedo de que esta entrada no te guste. Y tengo miedo de que la gente sea cobarde y, sobre todo, tengo miedo de morirme sin ti.

Días de colores

(Canción prosificada y adaptada de “Días de Colores”, de Celtas Cortos. La imagen es de Daniel Bunster.)

 

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Y ahora, que puedo escribirte estas líneas, recuerdo cuando llegaste. Tus pasos, callados como el misterio de los sencillos. Tus ojos inquietos. Tu cuerpo altivo. La sonrisa de tus dedos llenó mis palabras, mis acordes, con cada letra y cada nota de tu nombre. Me es muy difícil recordar cuántas páginas y cuántos escenarios han vivido nuestra angustia por el hoy, nuestra alegría por el mañana. Quizá nuestra inquietud por un pasado que no existe. En la soledad o entre nuestros amigos, en la plaza o en un triste exilio más allá de donde el mar habla con las olas, nunca me ha faltado tu aliento. Y, si el azar te lleva lejos, que los dioses guarden tu camino. Que te acompañen los pájaros. Que te acaricien las estrellas. Y en un rincón de esta voz, de esta mano que te escribe, mientras pueda hacerla oír, siempre estará escondido tu sonido. Y tu nombre.

Laura

(Canción prosificada, adaptada y traducida con libertad de “Laura”, la maravillosa canción que Lluis Llach dedicó a la mujer que siempre le ha acompañado en los conciertos. Al parecer, un día le entregó la partitura de esta canción unos minutos antes de comenzar la actuación: Laura no sabía que el contenido iba dirigido a ella. Al descubrirlo, dentro de la actuación, dentro del escenario, tocando la música que era un homenaje, rompió a llorar. La imagen es de David Pons.)

Alguna vez habrá que reivindicar de verdad a los grandes.

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Cuando estás conmigo, la habitación no tiene paredes. Cuando estás a mi lado, el techo ya no existe. Podemos contemplar el cielo y nosotros estamos solos, abandonados, como si no hubiera nadie más en el mundo. La música suena para ti, para mí, en la inmensidad de nuestro cielo. El cielo.

Il infinito in una stanza

(Versión prosificada y modificada de “Il cielo in una stanza”, de Mina, que nos recuerda que siempre fueron bellas las canciones de amor. La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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