Ese pequeño rincón del Paraíso

Llovía a cántaros, pero ella caminaba por la carretera sin paraguas. Yo tenía uno: la suerte había estado de mi parte cuando, esa misma mañana, se lo robé a un amigo. Me apresuré a rescatarla y le propuse que se protegiera del agua, que se secase un poco su carita. Con una voz tremendamente dulce, me dijo, simplemente: «Sí». En ese mismo momento, ese rincón del paraguas se convirtió en un rinconcito del paraíso. Tenía un no-sé-qué angelical que hacía que valiese la pena esa permuta de un ángulo de tela por un techo en el mismo cielo. Era el nuestro un camino blando entre los charcos, tierno entre las cargadas nubes. Escuchábamos juntos el canto hermoso del cielo sobre el paraguas. Me hubiera gustado que hubiese sido el día del diluvio universal para seguir viendo caer la lluvia, para seguir resguardándola en este pequeño refugio, durante cuarenta días y cuarenta noches.

Para mi desgracia, pese a la tormenta, los caminos van siempre hacia alguna parte, hacia algún destino. Y el suyo, de repente, hizo un quiebro, en el horizonte mismo de mi locura. Y ella tomó su camino, después de decirme con gran delicadeza: «Gracias». Simplemente. Y yo me quedé contemplando, cada vez más lejos, cómo partía grácilmente hacia mi olvido.

(Canción prosificada y levemente modificada de «Le Parapluie», la encantadora canción de Georges Brassens, que escucho habitualmente en la versión de Yan Tiersen y Natalia Regnier. La imagen es de Chris de Rham. Se me antoja una canción ideal para estos días de lluvia.)

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