— Verba Volant

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malos mejores

(La primera parte de esta entrada.) Si tuviese que destacar algo por encima de todo, subrayaría cosas como estas: los disfraces, que son el amuleto de la ficción para los peques; los momentos de lectura con linterna de mi hermano (siete años mayor) y las parrafadas en la cama que acababan con mi madre, zapatilla en mano, asegurándose de que el grosor de las mantas nos aseguraba una reprimenda que jamás se convertía en color; los momentos en los que la casa se llenaba con los amigos de mi hermana (once años mayor que yo): la magia de las personas mayores (así me lo parecían a mí, cuando eran solo jóvenes), la celebración de sus cumpleaños. En el salón de esa casa Fiti contagió a mi hermano la pasión por la montaña. En el mismo lugar Longi cantaba, contaba chistes Madrigal o la magia de Félix (hoy mi cuñado), con su gran virtud para abrir la ilusión a un niño. Yo era el espectador privilegiado. Me imagino también que el niño pesado que incordia la conversación y las confidencias. Sin embargo, no puedo evitar que mis mejores recuerdos estén en las construcciones con el Exin Castillos o el despliegue bélico de los soldaditos, tanques y aviones (que tendrían su continuación en nuestra próxima cas). Fernando, mi hermano, tenía una habilidad especialísima para esas construcciones. Creo que la manera de construir, planificada, ordenada, bien ejecutada y con resultados siempre diferentes, me cambió la vida para siempre. O, al menos, eso creo.

La casa de la calle San Agustín fue también la casa de los momentos malos, cuando mi padre enfermó de depresión. Allí también aprendí a construir los castillos de la soledad y el silencio. De la introspección de un niño que necesitaba estar callado. De unos momentos que no recuerdo de forma global (por fortuna, la resiliencia de niño y la ayuda de todos hace que, en ningún momento, considere que mi infancia fuese traumática ni nada parecido), pero que han hecho de mí parte de lo que soy.

Esta casa, para mí, es la del otoño con mi abuelo, en busca de castañas (que luego estarían almacenadas en una caja de metal con agua en mi primer intento de inventar una calefacción) en lo que era el Hospicio y ahora es el parque de San Agustín; la del verano de las comidas en la terraza; la del invierno en el que mi padre decidió sacar parte de la casa (literalmente) a ese parque para hacer fotografías. Nunca le podré agradecer a mi padre su genialidad desbordante, su cerebro en constante ebullición creativa, su manera tan peculiar de ser distinto, del mismo modo que nunca podré agradecer suficientemente a mi madre su discreción, su labor callada para que el suelo nos mantuviese en la tierra.

La casa de San Agustín era, también, el lugar de paso de innumerables amigos de mis padres a los que mi padre traía a comer sin avisar. El lugar donde se celebró el banquete de mi primera comunión. El improvisado ring donde aprendí alguna de las reglas de boxeo. La aventura de colarme en la casa de los vecinos por los barrotes que separaban nuestra terraza de la suya cuando estaban de vacaciones y mi padre jugándose el tipo por el exterior para rescatarme. La casa de los vecinos, a la que me invitaban a comer y Maruja me reñía por quedarme alelado con los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente.

Las casas de nuestras vidas son las construcciones de nuestro ser, de nuestros vicios y de nuestras virtudes. Los lugares donde formulamos nuestros sueños, donde llegan las primeras pesadillas. Los lugares en los que vivimos y a los que nunca podremos regresar, a no ser que un día nos sentemos e intentamos recuperar algo de su esencia.

(Esta entrada pertenece a la serie Casas en las que he vivido.)

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Hemos de partir de una base: cuando alguien decide escribir un blog, lo hace porque le da la gana. O puede que no le dé la gana: hay algunos casos (muy pocos) en los que un blog está vinculado a un contrato y, por lo tanto, es una forma sumamente decente de ganar dinero. Pero como este es un caso poco frecuente, pongámonos en lo primero.

La segunda premisa, esa que nos preguntan algunos amigos escépticos es: ¿Por qué se escribe un blog? Yo siempre digo lo mismo: porque su autor tiene algo que decir. Cuando digo que «tiene algo que decir» no estoy sosteniendo que el resto de la humanidad no pueda pensar que el esfuerzo es baldío o improductivo. A lo que me refiero es a que el autor piensa que tiene algo que contar y que puede haber gente que pueda leerlo. A uno le da por escribir cosas de actualidad; a otro por hacer crítica de libros, de televisión, de toros o de vaya usted a saber qué; a otro le da por hacer un blog profesionalizante, relacionado con cuestiones de su trabajo, mientras que a otro le da por hacerlo de sus aficiones; al de más allá le da por establecer un blog un espacio de creación literaria, fotográfica, artística en general; a otro le da la gana contarnos lo que hace en el día a día. Unos blogs parten de la realidad, otros parten de la ficción, otros mezclan una y otra en proporciones diversas.

La tercera cuestión es que, en el momento de crear un blog, estás abriendo un espacio –más o menos, según gustos y circunstancias– para que otros te lean. Es una cuestión que controlas en cierta medida y que, en otras, se te escapa por completo. Es controlada porque cada uno va estableciendo un haz de relaciones con algunos blogs afines o con amigos de manera que el blog es un espacio común (y a veces de intercambio): algunos son muy hábiles en establecer esos espacios comunes y otros no quieren hacerlo o son muy zotes (y no son mejores unos que otros; simplemente, son diferentes). Se escapa porque el azar de los buscadores hace que se llegue a los lugares más insospechados o porque lo que fue en un principio casualidad, acabó por hacerse causa y pasó a formar parte del grupo de relaciones estables. En el blog hay asiduos y gente que va y viene. Gente constante y gente que abandona. Personas que se vinculan y personas que no. Alguien que comenta y alguien silente. Trolls y gilipollas. Gente crítica. Lectores inteligentes y descifradores de signos poco avezados. Buena gente y personas con malos propósitos. Gente en busca de amistad. Individualidades en busca de colectividades. Algún colectivo en busca de conexiones. Pero, como he dicho, el blog expone a la lectura. En el momento que un autor expone hacia afuera, está ya haciendo un ejercicio de exponerse (en varios sentidos). Está expuesto a que a los lectores (pocos, muchos) les guste la tónica general del blog, sean proselitistas, tengan división de opiniones o, simplemente, lo aborrezcan. Existen lectores que, de tanto leerlo, lo quieren hacer suyo. Los hay también que quieren que el blog cambie para que sea como quieren ellos. El autor puede enfocar y canalizar lecturas y formas de recepción, pero no es (ni puede ser) un dique de contención frente a lo dicho. Las palabras salen –vuelan– y, en ese mismo momento, incluso las que parecen destinadas a ir a un punto fijo, acaban por tener una trayectoria en cierta medida incontrolable. Además, puede involucrase en la medida en la que le parezca oportuno en la retroalimentación de la comunicación interviendo (o no) en los comentarios.

Y nos queda el mensaje, ese espacio de intersección entre autor y lectores, ese vínculo común formado por la palabra, la tipografía, el color, el diseño, la fotografía, la imagen, la estética. Lo único verdaderamente tangible, aunque inaprensible. El autor lo acota y el receptor lo rompe. El autor lo lanza y el receptor lo apresa o lo esquiva  o lo ignora. Los contenidos se retroalimentan y acaban por configurar un mensaje múltiple compuesto por múltiples entradas que, de hecho, pueden guardar cierta coherencia (rastreable en temas, en categorías, en etiquetas, en series). Porque un blog suele tener un sendero por el camina, aunque a veces se separe de él. El blog nace por un camino y puede coger un atajo, o llegar a su fin pronto, o quedarse en punto muerto, o perderse en un laberinto, o puede empezar por una carreta secundaria y acabar en una autopista (o viceversa). Cuando hay suerte, evoluciona hacia otra cosa. Y a veces evoluciona para mejor.

Para acabar, me queda por hablar del narrador del blog. Partiendo de que un blog puede ser colectivo (e incluso puede subordinarse con estructuras complejas de instancias enunciadoras), es frecuente que, en los blogs de carácter más personal o creativos muchas personas no lleguen a diferenciar al autor del narrador. Una vivencia personal puede entremezclarse con la ficción exactamente igual que en otras manifestaciones literarias. La pregunta sobre «¿Quién habla»? no puede ser más pertinente. Los autores, en este caso, suelen oscilar en diferentes grados de ambigüedades y les corresponde a los lectores ir parcelando y poniendo en suspensión toda atribución segura. Ese es el ámbito donde realidad y ficción quedan deslindadas pero confundidas, amalgamadas pero seccionadas. Por eso mismo, son muy curiosas las reacciones ante estos espacios emocionales.

Como reflexión final, solo quiero que los lectores de este blog reflexionen sobre lo que esta entrada dice de forma explícita y sobre las cosas que esconde. Es una buena manera de compartir la experiencia en este viaje maravilloso, aunque no llegue a ninguna parte.

(He querido hacer esta reflexión desde un terreno neutro pero personal. La reflexión teórica sobre el proceso de enunciación y recepción de los blogs exigiría otros métodos y otros lugares. Y sí, en este caso, el narrador soy yo. Y el autor soy yo. Y, como siempre, puede que los dos seamos diferentes. O no…)

La imagen que encabeza la entrada es de Hardtomakeastand.

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¡Firmes!

No sé por qué, pero últimamente no escribo más que sobre la enseñanza. No me gusta mucho dar vueltas a estos temas con los que convivo en el día a día, pero últimamente la patata de la educación anda tan caliente que hay que atreverse a meter la mano en las brasas.

Hoy quiero hablar del debate existente en la sociedad sobre la pérdida de respeto a los profesores y la merma de su autoridad. Obviamente, estos dos asuntos son tan serios como para no tomarlos a la ligera. El papel del profesor en la actualidad está viviendo horas bajas, eso nadie lo duda. Los medios de comunicación y la experiencia personal alumbran unos cuantos casos y es un fenómeno que se extiende desde la educación primaria hasta la universitaria. Sin embargo, no me gustan nada las medidas que algunos proponen para solucionar el problema «a la francesa». ¿De verdad el tratar de usted a los profesores o el ponerse en pie cuando ellos entren en clase es una muestra del respeto de los alumnos y de la autoridad de los profesores? Eso me recuerda a los padres que contaban que tenían que tratar a los padres de usted. ¿Eran aquellos mejores padres e hijos? ¿Se solucionaría el problema con la implantación de una ley marcial, con alineaciones –y alienaciones– de los alumnos en el patio a golpe de silbato?

Quizá el problema del respeto y la autoridad no sea tan sólo algo de nuestro presente; quizá obedezca a todos los presentes de la historia de la educación. Mi padre nació en 1925 y se educó en colegios de Miranda de Ebro y de Vitoria. Recuerdo muchas de las anécdotas que contaba de esos años de colegio, pero la que más me impresionaba era cuando contaba que, el último día de curso, todos los alumnos cogían los tinteros y los estampaban contra la fachada del edificio. ¿Os imagináis el revuelo mediático si ocurriera algo similar en la actualidad?

Tengo la suerte de haber sido respetado por la casi totalidad de mis alumnos en los veinte años que llevo dando clase. También creo tener autoridad en el aula y fuera de ella. Compagino ambas con un trato más que afable con mis alumnos, entre bromas mutuas y en un ambiente distendido, que creo que es el óptimo para aprender. Eso no significa nunca que no sepamos en qué lado estamos profesor y alumno. No hemos perdido en ningún momento la vertical ni la horizontal. El que los alumnos se levanten al unísono cuando yo entro en clase no añadiría ni quitaría ninguna autoridad. El profesor de esa inquietante película que es La ola consigue de sus alumnos esa y otras muchas cosas y, sin embargo, los derroteros llevan hacia otro lado, un autoritarismo de laboratorio.

Es cierto que hay que establecer mecanismos para que no haya faltas de respeto ni de disciplina. Es cierto que hay que crear una conciencia social de lo importante y respetable que es el oficio de enseñar. Es cierto que muchos profesores han pasado por experiencias desagradables que no están incluidas en el título que obtuvo ni en el sueldo que le pagan. Es cierto que tenemos que fomentar el trabajo serio y responsable. En este contexto, un usted y un «A sus órdenes, Mein Herr» son detalles irrelevantes que no conducen a nada.

Y otra cosa, que justifica el título de la entrada: no soy oyente habitual de la radio vespertina, pero el otro día tuve la ocasión de escuchar un programa en el que se hablaba de este tema. Hablaba un fulano que, con voz rasgada y compungida, decía que conocía personalmente a muchas personas que habían tenido que abandonar la enseñanza por culpa de los alumnos. Puede estar en lo cierto, no conozco el contexto. En mi caso, conozco también a compañeros de diferentes latitudes que han acabado de baja y que han abandonado la enseñanza. En esos ejemplos que conozco, se habían dado también otras malas prácticas que no partían de la parte baja del árbol, sino que estaban en la copa. Malos modos, gritos, menoscabo del trabajo de cada uno, insultos, puñaladas por la espalda. Porque –no lo olvidemos– las faltas de respeto y los problemas de autoridad están en todos los sitios. Buscar sólo en un sitio es errar el tiro.

(La fotografía es de Merak)

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Tiburón

A veces me pongo triste: lo sé. Pero que conste que «me pongo triste», pero no creo serlo. Como algunos, con buen criterio, me recrimináis esa tendencia a la melancolía, hago una entrada con «sonrisa». La tenéis aquí, en esta bonita foto que ilustra la entrada. Una sonrisa mirando a la cámara, enseñando bien los dientes, como Cachuli en sus buenos tiempos con la Pantoja. Rodeados de amigos.

Me gustan los tiburones; siempre me han gustado (de hecho, creo que reanudaré una serie que tengo un poco abandona en el blog). Pero una noticia que he leído esta mañana me ha decepcionado, porque los pone a nuestro nivel humano: «Los tiburones blancos cazan como los psicópatas». Yo creía que este ser malos hasta decir basta con selección, intención y sin propósito de enmienda. Todo psicópate trabaja utilizando un patrón. Y, donde hay patrón, no manda marinero.

(Mafi –sobre todo tú–, perdóname: sé que no te gustan los malos y se que que querías que pusiese una sonrisa en esta entrada. Lo he hecho: si le quitamos alguna cosilla, puede ser gracioso)

(Imagen de g-na)

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Acrobatics

Nena, se acabaron las elecciones a ser lo más. [Los enemigos de los hipervínculos, podéis perfectamente realizar la lectura de la entrada sin tener que ir a salto de mata. Los fanáticos del salto hipertextual, acudiréis a un homenaje autocomplaciente.] Se acabó parecer más fuerte para luego dar un traspiés. Se acabaron los días oscuros sin novedad. Se acabó no tener ni siquiera un hueco para mi felicidad. Se han acabado las excusas y se acabó llorar. Se acabó parar el tiempo como un mísero niñato a lo Peter Pan. Porque cada vez que hablabas, cada vez que me ignorabas, cada vez que te reías gustándote como sólo tú sabes gustarte cuando te ríes, yo ensayaba algún intrépido final: mi triple salto mortal. Se acabaron las medias tintas al hablar. Se acabó buscar refugio para esa seguridad, que corre el peligro de volverse cíclica y crónica. Se han acabado mis delirios de inmortalidad. Se acabó ser el primero en escapar a la voz de «maricón el útlimo». Se acabaron los líos, las prisas, la mediocridad. Se acabó soñar en todo para nunca despertar. Ya estoy harto de esperar: quiero más. Ten en cuenta, nena, que cada vez que hablabas, cada vez que me ignorabas y cada vez que te reías de todo en general y de mí en particular, gustándote con perfidia, yo ensayaba algún intrépido final: mi triple salto mortal.

(Versión prosificada y levemente adaptada de Triple salto mortal, de La casa azul y con imagen de Flamsmark)

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Epi y Blas

Recupero una noticia aparecida ya hace tiempo en la que se nos informa de que los contenidos en DVD de Barrio Sésamo, el genial invento de Jim Henson, serán aptos sólo para adultos en Estados Unidos. Más o menos aquellas fechas, me enteraba de que los turcos tergiversan el bodrio de Heidi impidiendo que se le vean las bragas y, además, que a otro de sus personajes le dibujan con un velo en los libros turcos de Spyri. Hasta que no he visto con detenimiento enfermizo el vídeo, no me había percatado del exhibicionismo insano de la chiquilla en el columpio. Quizás sea esa la razón de que todos los hombres que nos hayamos encontrado a lo largo de nuestra infancia con el personaje tengamos esas tendencias obscenas y guarrindongas. Yo creía que Heidi me había marcado en mi infancia por otras razones, como la tendencia de Pedro a beber abriendo de manera desmesurada e irreal la boca, o por la maravillosísima señorita Rottenmeier, que seguramente engrosará algún día la serie de Verba volant titulada «Los malos son los mejores».

El caso de Sesame Street es aún mucho peor. No sé si la memoria me traiciona, pero creo que la serie tuvo su origen como complemento educativo de las clases norteamericanas desfavorecidas, más proclives al absentismo escolar y con muchas horas con el televisor por delante. Ahora resulta que el contenido -sobre todo, el original de Epi, Blas, Coco o el Monstruo de las galletas, no los bodrios añadidos con actores reales- de una las series que ha sabido educar divirtiendo y con presupuestos originalísimos no es apto para los pequeños. ¿Las razones? Una niña invita a un desconocido a su casa; Epi solicita a Blas que le pase el jabón en la ducha (y que no me venga ningún comentarista «original» a soltar la gracieta de la homosexualidad de ambos: creo que están tan pasados de rosca como a los censores que estamos criticando). Por cierto, al Monstruo de las galletas le han aplicado una dieta hipocalórica y ahora le da por engullir verduras.

Estamos haciendo a nuestros hijos hipersensibles. Y hemos llegado al extremo de que ya no nos importa tergiversar el pasado, el presente y el futuro. Yo propongo que, para no menoscabar su desarrollo sensitivo, borremos de los libros la existencia de las guerrras y cambiemos todas las fotos horrendas de los desastres bélicos por las sonrisas aprofidentadas de los actores de High School Musical. También sugiero que un grupo de artistas de una junta parroquial pase la brocha blanca por las pinturas negras de Goya para que Saturno pase a devorar un salmonete (el akelarre pasará a ser el ambigú de los pijos del Ferrero Rocher). Los hombres del tiempo (ahora subidos de categoría para pasar a ser meteorólogos), por su parte, tendrán que augurar un tiempo primaveral permanente (de hecho, esa es la presión continua de los hosteleros).

Y se me olvidaba lo más importante. Los padres estaremos de acuerdo con todas estas chuminadas, llevaremos a nuestros hijos a una escuela multideportiva para que muevan un poco el culo (aunque previamente les llevemos a todas partes en coche o les hayamos dejado tirados indiscriminadamente delante de una videoconsola, o les premiemos constantemente invitándoles a una hamburguesa triple en el Burger de la esquina), les anularemos totalmente su capacidad crítica, les protegeremos del mundo con la billetera abierta. Y, sobretodo, nos tiraremos en el sofá con la babilla caída para ver una mierda de programa, no leeremos un puto libro en nuestra vida, nos dejaremos resbalar por la mierda de la corrección política y jamás de los jamases nos enfrentaremos ante la realidad para explicársela tal y como es. En justa correspondencia, ellos acabarán disparando por ahí cuatro tiros a alguien cuando estén muy frustraditos o alguien les lleve la contraria. Por gilipollas.

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La mirada

Ando entre desesperado e incrédulo. Una serie de misteriosas coincidencias empiezan a dominar mi vida y van a llegar a poder conmigo: es ya conocida por los asiduos parroquianos de Verba volant mi preferencia por los malos, a los que voy dedicando toda una serie titulada «Los malos son los mejores». Pero, últimamente, las cosas se ponen feas: hago un test de personalidad y se me diagnostica como triunfador con tendencias psicópatas y asesinas. Blogófago propone un meme como experimento divertido y, sin que medie ninguna otra voluntad que la del azar, a mí me sale una portada de disco cuyo grupo es Horror Conventions, el título del trabajo es «Otherwise they’ll kill you» y la foto es una sombra acechante. Dedico una entrada a Dexter y tres personas, sin ninguna relación entre ellas, me dicen que, cuando ven la serie, les recuerda mucho la personalidad difusa y obtusa de Dexter Morgan a mi forma de ser (por lo visto, difusa y obtusa). Y no es menos cierto que tenía unas notas tomadas con unas reflexiones del angelito psicópata: «¿Soy bueno? ¿Soy malo? Dejé de preguntarme esas cosas. No tengo las respuestas. ¿Alguien las tiene?» y quería ilustrar esos pensamientos para reflejar mi manera de concebir el mundo. Yo creía que todos éramos así, pero se conoce que respondemos principalmente a estos parámetros la ficción (Dexter) y yo (¿realidad?).

Por cierto, un antiguo vecino mío lleva pasando a mi lado tres veces sin saludarme, con mirada displicente. Y yo, como Hannibal Lecter, no soporto la mala educación. Voy a tener que darle unas lecciones…

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Cylotono1

Uno de los anuncios promocionales de la campaña Castilla y León es vida de la Junta reza:

«No hace falta ser filósofo para saber lo que es vida y lo que no»

Yo para estas cosas soy muy tarugo, y me pasa lo siguiente: que siempre estoy de acuerdo con todo y siempre estoy en desacuerdo con todo. Las dos cosas a la vez. Lo mismo me parece que no hace falta ser filósofo para saber lo que es vida como que, precisamente, hay que ser filósofo para saber lo que es vida. El problema -igual- es no saber lo que es ser un filósofo, pero eso sería pedantería y arrogancia, porque significaría que yo sí sé lo que es ser filósofo y los que han ideado la campaña no. Si todo esto es evidente, la entrada acabaría ahí. Como creo que igual es evidente pero no «tan» evidente, me permito aburrir al que no haya desistido ya con alguna observación.

Le he dedicado unas poquitas horas de mi vida a la filosofía como profesor, lo que no me hace filósofo, ni mucho menos. Sobre todo cuando pienso en Sócrates, que no escribió una línea en su vida y al que ya le hemos dedicado algo de atención en nuestro blog. Los filósofos griegos eran amigos de charlar, de darle al banquete, de utilizar el ágora como lugar de encuentro y reunión. La filosofía no era la cosa en la que la hemos convertido algunos malos profesores: era algo que tenía mucho que ver con nuestra vida. Un alumno me decía esta mañana que el lema era correcto, sólo dejaría de serlo si dijera: «No hace falta ser filosófo para saber lo que es la vida». A mí siempre me divierte pensar la anécdota, casi con seguridad apócrifa, de un Diógenes recostado a la entrada de su barril ante el mismísimo Alejandro Magno diciendo a éste que lo único que necesitaba era que se apartase un poquitín para que no le quitase el sol. ¿Es esto vida o esto es la vida? No le encuentro mucha diferencia.

Bueno, a estas alturas de la película no creo que haya nadie que siga leyendo, pero, entonces, se perderá lo mejor. Me gusta mucho la definición de filósofos que da Pitágoras de los filósofos. Una, la más conocida, es la de que fue el mismo Pitágoras el «inventor» de la palabra filosofía. Se le ocurrió a alguien llamarle sabio y él le contesto algo así: «No me llames sabio, porque sólo la divinidad lo es. Yo soy, simplemente, amigo de la sabiduría (filósofo)». Creo que supone todo un ejemplo de falta de arrogancia y de dar al término su significado más genuino. Pero la anécdota que nos aporta Diógenes Laercio sobre Pitágoras y que da sentido a este post es la que sigue:

Comparaba Pitágoras la vida humana con una fiesta o competición llena de gente: unos vienen a luchar, son los protagonistas; otros, a comprar y vender cosas durante el espectáculo, y son aquellos que sacan su beneficio. Y otros, que vienen a ver el espectáculo: esos son los mejores. Y esos, precisamente, son los filósofos.

Creo que la campaña de la Junta de Castilla y León iba por ahí, pero al revés. En todo caso, por lo que a mí respecta, que me gusta casi siempre ser espectador , creo que tengo momentos muchos más filosóficos que éste a lo largo del día. Por ejemplo, cuando salgo a correr con mi perro. Él es muy cínico, y me entiende.

(La foto es de Cintia08)

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