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Amor

Hoy es 14 de febrero, así que la historia que cuento hoy es la más apropiada. Es el día de la banda sonora de “Historias de amor” de OBK, no porque sea una canción que me guste (en realidad, la detesto), sino porque, probablemente, coincida en el tiempo con el hecho que voy a contaros. Si seguimos la letra de esa canción, probablemente podríamos rastrear muchos de los enamoramientos que acontecieron durante aquellos años.

Antes de empezar, es conveniente que diga que, en esta serie de historias, habrá, con toda probabilidad, muchas historias de amor. Llevar más de 25 años entre jóvenes y adolescentes supone haberlo vivido casi todo: parejas perfectas que duran un día, parejas imperfectas a los que veo ahora ya por segunda vez con un carrito de bebé, parejas destinadas a no conocerse que se conocieron (y vaya si se conocieron), parejas de ahora que ellos ni siquiera se pudieron imaginar entonces, rollos de una noche que duraron una noche y rollos de una noche que duraron cuatro años, parejas que no lo fueron y que, años después, se reencontraron y se amaron.

La historia que cuento hoy tiene algo de anécdota previa que narraré a medias, porque la cosa dará más de sí. Diré que conocí a Clara en 1.º de BUP (el actual 3.º de la ESO). Fui, en ese curso, su profesor de Educación Física. Clara era una chica que se alojaba en una residencia de monjas. No sé si exactamente era novicia, pero parece que su destino estaba enfocado a la vida religiosa. Era una estudiante extraordinaria y, como suele ser frecuente, no muy hábil en las cuestiones deportivas. Pero esa formará parte de otra historia (que podría titularse algo así como “La chica que sacó todo sobresalientes y a la que suspendí una evaluación de Educación Física”. Pero vayamos a la historia de hoy.

Me reencontré con Clara en 3.º de BUP (1.º de bachillerato) como profesor de Filosofía. Olvidada ya la Educación Física, Clara era una de esas estudiantes ejemplares. Inteligente sin ser altiva, brillante sin visos de repelencia. Dedicada, en resumen, a aprender mucho, a no dejar nada en el tintero, a esforzarse por alcanzar mucho conocimiento con excelentes resultados. La asignatura de Filosofía ese primer año exigía tener un pensamiento ordenado, que relacionase conceptos para llevarlos siempre un poco más allá, y Clara lo hacía a las mil maravillas. Ese año, como era habitual en ella, sacó unas calificaciones magníficas.

Empezamos el curso de COU (2.º de bachillerato) y yo me estrenaba como tutor en ese curso (sustituía en esa función a uno de los profesores más veteranos, que no se tomó muy bien el cambio, pero eso es —también— otra historia). Asumía una responsabilidad muy grande para haber llegado hacía muy poco a la enseñanza e intentaba gestionar lo mejor posible todas las contingencias de una clase numerosísima.

Como sé que estáis esperando con intriga el episodio romántico y yo estoy, deliberadamente, dando vueltas y vueltas para postergarlo, lleguemos ya a él. Ese año, llegó a clase un chico nuevo. Decía en alguna entrada anterior que había dado clase en secundaria a chicos con una edad muy similar a la que tenía yo en esos años. Juan José (Juanjo) no llegaba a ser como yo, pero no andaba muy lejos. Como siempre en estos casos, había vivido circunstancias algo peculiares. La fundamental, en su caso, era que había pasado unos años viviendo en Irlanda. Había vuelto a España, a Burgos, y decidió finalizar los estudios para acceder a la universidad. Juanjo era un tipo simpático, de pensamiento ágil y maduro. Era un placer dar clase de Historia de la Filosofía a una mente con una persona con una cabeza tan bien asentada.

Juanjo se sentaba en la parte central de la clase, en la última fila. Uno de esos cambios azarosos que realizaba yo como tutor a lo largo del curso para que los alumnos no se anclaran a un sitio motivó que, en la segunda evaluación, Clara, que siempre era alumna de primeras filas por propia iniciativa, recalase en la última fila, a la derecha de Juanjo. Lo que al principio era distancia entre ellos se convirtió en colaboración. Lo que era solo cooperación, después se convirtió en compañerismo. Lo que era una buena relación entre compañeros, se convirtió en sintonía y simpatía. Yo me alegraba porque veía una evolución sana en Clara, que seguía centrada pero estaba más alegre, más madura, y en Juanjo, que, pese a ser “el nuevo” en la clase se interesaba más todavía en integrarse.

Un día, sonaron las señales de alarma. No las había detectado unas semanas antes. Y eso que atisbé en alguna ocasión una mirada rápida, una sonrisa cómplice entre ellos. Las atribuí, simplemente, a esa manera que tenían de ir conociéndose. Algunos profesores se quejaron de que el rendimiento de Clara había bajado sustancialmente. Uno de los profesores, en modo cotilla, murmuró algo como puesesqueyolaveotodoeldíahablandoconJuanjo. Hablé con ella y, con una cara luminosa y resplandenciente, me dijo que no le pasaba nada. Yo le dije que muy bien, que me alegraba de que no le pasase nada, pero que se pusiese las pilas. En definitiva, nada que no diga un tutor preocupado en esas circunstancias.

Unas semanas más tarde, el bajón de resultados se tradujo en un fracaso académico absoluto. Primero hablé con Clara, que me desveló lo que ya era un secreto a voces. Juanjo y ella, simplemente, se habían enamorado. Y yo, como tutor preocupado pero nada habituado a lidiar con esas contingencias, le dije algo así como que muy bien, que me alegraba… pero añadí que si se lo había pensado bien, que meditara… no sé muy bien qué más le dije ni qué más le tenía que decir.

Al día siguiente, hablé con los dos. Comprobé que la cosa iba muy en serio. A mí, por supuesto, no me importaba la historia en sí (es más, me alegraba), sino el hecho de que Clara no la llegaba a compaginar con su vertiente académica. Los años y los sentimientos le habían hecho cambiar de rumbo vital en un ángulo próximo a los 180 grados y yo lo comprendía, pero, como profesor, intentaba también que mantuviese el ritmo habitual para finalizar ese último curso y enfocar ya su vida como ella quisiese, como ellos deseasen.

Clara no aprobó ese curso. Perdí el rastro de Clara y Juanjo y no sé cómo acabó la historia. Pero todavía recuerdo esa sonrisa cómplice, cuando Juanjo y Clara descubrieron el amor.

(Pequeña observación: mientras escribía esta entrada, estaba escuchando una lista de reproducción de canciones románticas. Cuando escribía las últimas líneas —azares de la vida—, sonada “The Power of Love”, de Jennifer Rush. Acordándome de Clara y Juanjo, me han entrado ganas de llorar. ¡Feliz día de San Valentín, Clara, que sé que me estarás leyendo! Feliz día de San Valentín, amigos, ahora que me estáis leyendo).

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Nick.

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Con veintinueve años como profesor a mis espaldas impartiendo clase a jóvenes y adolescentes, es obvio que he contemplado de cerca muchas historias de amor. Muchas de ellas, claro está, responden a un esquema muy básico. Otras, sin embargo, están llenas de matices. Con toda probabilidad hablaré en varias ocasiones de las relaciones amorosas entre mis alumnos, pero hoy toca hacerlo de dos parejas en concreto.

Marisa y Vicente

La historia de Marisa y Vicente empieza de manera poco habitual, se desarrolla de forma convencional y acaba… como veréis al final. Marisa es una chica muy especial en todos los sentidos: brillante y estudiosa, pero no empollona; atenta, educada y callada, pero no empalagosa. Una alumna excelente con una inteligencia vigorosa ,que no alardea y a la que le gusta pasar desapercibida. Vicente es el típico chulo, ansioso de hacerse notar. No se trata de un rebelde con o sin causa, sino de un adolescente con sobredosis de prepotencia y que cree deslumbrar al mundo con una camiseta ajustadísima de caladitos que uno no puede imaginar ni en sus peores sueños. Habría que decir mucho de Vicente, pero daría para muchas entradas que no se merece (o quizás sí, en el futuro, no sé).

Les di clase de Filosofía en 3.º de BUP (un día tendré que contar algo sobre las asignaturas que imparto y las que impartí, Educación Física incluida). Todo sucedió de forma inesperada o, al menos, yo me perdí todos los preámbulos. Un día, en clase, Marisa atendió más a la cara de Vicente que a las teorías de Locke sobre el origen de las instituciones. Y, desde luego, ponía más ojitos al chaval que al contrato social de Rousseau. Vicente esbozó una sonrisa ladeada y autosuficiente y le lanzó un amago de beso. Yo me hice el loco y seguí con aquello del Homo homini lupus de Hobbes.

En los cambios de clase, Marisa cambió su asiento y las conversaciones con los compañeros de alrededor por encuentros felices con Vicente y el perchero donde colgaban las cazadoras de una primavera calurosa y las promesas de amor sin fin. En estos trances, yo me decía que esto no era posible, que es una historia que no acabaría bien. Pero me había equivocado tantas veces que llegué a pensar que tenía que dejar de pensar, que era una historia fuera de los alcances del entendimiento.

Un día, llegaron las pruebas de la tercera evaluación. Tocaba examen de Matemáticas. Marisa y Vicente estaban sentados en la misma fila y sus mesas estaban próximas. Vi a Vicente mirar a Marisa. Vi a Marisa mirar a Vicente. Pensé qué bonito es el amor. La profesora de Matemáticas, que venía de otra clase, llegó para relevarme. Cuando salió del examen, fue a la sala de profesores, sacó los exámenes de Marisa y de Vicente y descubrió el pastel, luego confesado por Marisa: le había chivado dos problemas a Vicente. El chico no perdió nada, pero Marisa suspendió ese examen y tuvo que ir al examen final. Marisa cargó con la culpa; Vicente, sin embargo, nunca intentó exculpar a Marisa, no hizo ni pizca para salvar su pellejo, no mostró ni medio gramo de empatía.

Pasaron los exámenes y la historia de Marisa y Vicente se acabó. Naturalmente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para salvaguardar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de KittyKaht.

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¿Existe el amor eterno? Es cosa de preguntarse y de responderse. De cuestionarse las cosas serenamente, con papel y lápiz. De hacer cálculos.

(Imagen de Nicolas Raymond.)

 

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No se juega con los besos de amor. Era tan bonita la idea de que alguien filmase a veinte personas desconocidas compuestas en diez parejas para ver cómo sería su primer beso. Era tan conmovedor el ver los titubeos iniciales y las presentaciones, los labios temblorosos, la pasión desencadenada. La timidez y la osadía. Las ganas de volcarse y las ganas de ser recibido… Y, sobre todo, era tan conmovedora la sonrisa…

Y sabemos que toda realidad es ficción en el fondo y en la forma. Que el mundo es un teatro y la vida es sueño. Pero no se juega, no. No se juega con los besos de amor, que siempre anidan en lo más profundo de nuestro ser. De nuestra imaginación.

Y, de banda sonora, el Salut d’amore de Edward Elgar.

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Squeeze

Fue la historia de amor más corta del mundo. No duró nada.

(Imagen de Ragazza Brucia.)

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Pero de pie

Por todos los rincones nos acecha el amor, por todos los rincones. A veces, lo buscas por las flores, por el sol, por los espacios azules. Pero no está. No lo encuentras por ningún resquicio de la evidencia.

Un día, refugiado en la tristeza de lo profundo, emerge. Y, sin darte cuenta, descubres que el amor no solo se busca, sino que se encuentra. No solo encuentra, sino que se busca. Simplemente, tienes que estar preparado.

(Fotografía de Alfonso González, al que le agradezco que me haya dado permiso para utilizarla en esta entrada.)

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No pido muchas cosas para Navidad, no me interesan los regalos. De hecho, solo hay una cosa que necesito verdadera, auténticamente: el único regalo que pido eres tú. Lo deseo más de lo que podrías imaginarte, de verdad. ¿Te importaría concederme ese deseo, que ese deseo se haga real? Eres la única persona que persigue atrapar sin tristeza mi mirada azul, la única con la que quiero envolver mis sentimientos más profundos en papel de regalo. Más allá de las luces que brillan por todas partes, más allá de las risas que llenan el aire, las calles y las casas, solo pido una cosa que necesito verdaderamente: el único regalo que quiero eres tú.

Versiones prosificadas y modificadas a voluntad de dos canciones: “All I Want for Christmas is You”, de Mariah Carey (aquí el vídeo de una actuación de Mariah Carey en el Rockefeller Center) y “Last Christmas”, de Wham! (este es el vídeo original). Con imagen de Gonzalo Merat.

 

 

 

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En una noche desvelada, la mirada se ha ido desplazado por los objetos, agazapados en la oscuridad, hacia las luces led que impiden que la tiniebla sea absoluta. En un momento, casi un fogonazo de luz negra, me he preguntado si existirá, en algún momento, alguien que me necesite. Alguien que me necesite de forma prolongada y fecunda. Me he preguntado si, por una vez en mi vida, podré llegar a caminar sin miedo para, de alguna manera, saber que puedo ser fuerte y estable.

Mis ojos se han cerrado, pero no para dormir, sino para iluminar el quicio de las estrellas. Y les he preguntado a esos puntos de luz si, por una vez en mi vida, podré llegar a tocar lo que solo anida en los sueños. Si habrá alguien que, con esa calidez que solo tienen los cuerpos, haga que mis sueños ya no sean las pesadillas que me sobresaltan. Me he incorporado, me he acercado a la cocina, he bebido medio vaso de agua. Cuando he dejado el vaso en el fregadero, se me ha ocurrido preguntarme si, por una vez en la vida, voy a ser capaz de conseguir que la tristeza no me haga daño. Si, solo por una vez, podré decir que no me siento solo. Y, cuando mi cuerpo se relajaba para poder abandonarse al sueño, he acabado preguntando a mi duermevela si el amor me devolverá la vida. Si alguien, por una vez en mi vida, me necesita.

(Versión prosificada y modificada a voluntad con reducto más posibilista y onírico, de “For Once in My Life”, en la versión cantada por Stevie Wonder. La imagen es de Nate2b.)

 

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Hoy he leído a Dante. Me decía al oído: “A mitad de camino de mi vida me encontré en una senda oscura”. Me ha dejado apesadumbrado y con una necesidad, una petición que te hago aquí.

Llévame hasta la luna. Volando, déjame llegar hacia las estrellas y déjame ver cómo es la primavera en Júpiter o en Marte. Ya sabes que me gusta jugar con las palabras y con los vuelos: toma mi mano y bésame hasta el último aliento. Llena mi vida de canciones y déjame que yo te las cante una y otra vez, en este viaje nuestro por el Universo. Eres todo a lo que aspiro, todo lo que quiero, todo lo que adoro. Seguro que, en nuestro viaje, descubrimos alguno de los secretos ignotos que siempre girarán en torno a nosotros, en torno a nuestro universo unidos. Llena mi vida de canciones y déjala que yo te las convierta en palabras que vuelen. Hasta la luna.

(Versión prosificada y modificada a voluntad –Dante es “mío”, lo mismo que mis obsesiones, y no “de” la canción– de “Fly me to the Moon”, una canción de Bart Howard que hizo justamente famosa Frank Sinatra. Mientras escribía escuchaba la versión de Diana Krall. La imagen es de Frédéric Bisson.)

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