— Verba Volant

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Amor

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¿Existe el amor eterno? Es cosa de preguntarse y de responderse. De cuestionarse las cosas serenamente, con papel y lápiz. De hacer cálculos.

(Imagen de Nicolas Raymond.)

 

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No se juega con los besos de amor. Era tan bonita la idea de que alguien filmase a veinte personas desconocidas compuestas en diez parejas para ver cómo sería su primer beso. Era tan conmovedor el ver los titubeos iniciales y las presentaciones, los labios temblorosos, la pasión desencadenada. La timidez y la osadía. Las ganas de volcarse y las ganas de ser recibido… Y, sobre todo, era tan conmovedora la sonrisa…

Y sabemos que toda realidad es ficción en el fondo y en la forma. Que el mundo es un teatro y la vida es sueño. Pero no se juega, no. No se juega con los besos de amor, que siempre anidan en lo más profundo de nuestro ser. De nuestra imaginación.

Y, de banda sonora, el Salut d’amore de Edward Elgar.

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Squeeze

Fue la historia de amor más corta del mundo. No duró nada.

(Imagen de Ragazza Brucia.)

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Pero de pie

Por todos los rincones nos acecha el amor, por todos los rincones. A veces, lo buscas por las flores, por el sol, por los espacios azules. Pero no está. No lo encuentras por ningún resquicio de la evidencia.

Un día, refugiado en la tristeza de lo profundo, emerge. Y, sin darte cuenta, descubres que el amor no solo se busca, sino que se encuentra. No solo encuentra, sino que se busca. Simplemente, tienes que estar preparado.

(Fotografía de Alfonso González, al que le agradezco que me haya dado permiso para utilizarla en esta entrada.)

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No pido muchas cosas para Navidad, no me interesan los regalos. De hecho, solo hay una cosa que necesito verdadera, auténticamente: el único regalo que pido eres tú. Lo deseo más de lo que podrías imaginarte, de verdad. ¿Te importaría concederme ese deseo, que ese deseo se haga real? Eres la única persona que persigue atrapar sin tristeza mi mirada azul, la única con la que quiero envolver mis sentimientos más profundos en papel de regalo. Más allá de las luces que brillan por todas partes, más allá de las risas que llenan el aire, las calles y las casas, solo pido una cosa que necesito verdaderamente: el único regalo que quiero eres tú.

Versiones prosificadas y modificadas a voluntad de dos canciones: “All I Want for Christmas is You”, de Mariah Carey (aquí el vídeo de una actuación de Mariah Carey en el Rockefeller Center) y “Last Christmas”, de Wham! (este es el vídeo original). Con imagen de Gonzalo Merat.

 

 

 

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En una noche desvelada, la mirada se ha ido desplazado por los objetos, agazapados en la oscuridad, hacia las luces led que impiden que la tiniebla sea absoluta. En un momento, casi un fogonazo de luz negra, me he preguntado si existirá, en algún momento, alguien que me necesite. Alguien que me necesite de forma prolongada y fecunda. Me he preguntado si, por una vez en mi vida, podré llegar a caminar sin miedo para, de alguna manera, saber que puedo ser fuerte y estable.

Mis ojos se han cerrado, pero no para dormir, sino para iluminar el quicio de las estrellas. Y les he preguntado a esos puntos de luz si, por una vez en mi vida, podré llegar a tocar lo que solo anida en los sueños. Si habrá alguien que, con esa calidez que solo tienen los cuerpos, haga que mis sueños ya no sean las pesadillas que me sobresaltan. Me he incorporado, me he acercado a la cocina, he bebido medio vaso de agua. Cuando he dejado el vaso en el fregadero, se me ha ocurrido preguntarme si, por una vez en la vida, voy a ser capaz de conseguir que la tristeza no me haga daño. Si, solo por una vez, podré decir que no me siento solo. Y, cuando mi cuerpo se relajaba para poder abandonarse al sueño, he acabado preguntando a mi duermevela si el amor me devolverá la vida. Si alguien, por una vez en mi vida, me necesita.

(Versión prosificada y modificada a voluntad con reducto más posibilista y onírico, de “For Once in My Life”, en la versión cantada por Stevie Wonder. La imagen es de Nate2b.)

 

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Hoy he leído a Dante. Me decía al oído: “A mitad de camino de mi vida me encontré en una senda oscura”. Me ha dejado apesadumbrado y con una necesidad, una petición que te hago aquí.

Llévame hasta la luna. Volando, déjame llegar hacia las estrellas y déjame ver cómo es la primavera en Júpiter o en Marte. Ya sabes que me gusta jugar con las palabras y con los vuelos: toma mi mano y bésame hasta el último aliento. Llena mi vida de canciones y déjame que yo te las cante una y otra vez, en este viaje nuestro por el Universo. Eres todo a lo que aspiro, todo lo que quiero, todo lo que adoro. Seguro que, en nuestro viaje, descubrimos alguno de los secretos ignotos que siempre girarán en torno a nosotros, en torno a nuestro universo unidos. Llena mi vida de canciones y déjala que yo te las convierta en palabras que vuelen. Hasta la luna.

(Versión prosificada y modificada a voluntad –Dante es “mío”, lo mismo que mis obsesiones, y no “de” la canción– de “Fly me to the Moon”, una canción de Bart Howard que hizo justamente famosa Frank Sinatra. Mientras escribía escuchaba la versión de Diana Krall. La imagen es de Frédéric Bisson.)

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Esta tarde, como buena parte de la mañana, de los días, he estado corrigiendo prácticas de los alumnos. Ayer, en un momento de descanso, sonó una canción y escuché atentamente, recordando. Recordando y encontrándome. Desde entonces, la he escuchado muchas veces, en dos versiones –los vericuetos del corazón son en ocasiones lentos, acelerados otras veces–. Cuando te cierras al amor, no te das cuenta de que, casi sin darte cuenta, estás congelado, el corazón con las venas y las arterias obturadas.

Al final, sin embargo, brota la verdad: a poco que se desvela la realidad, veo que sigo desangrándome. Pese a las dudas, pese a las confusiones, no he llegado a caerme del todo en el pozo de las tinieblas. Tus abrazos me aportan fiebre y, por lo tanto, calor y no enfermedad. Entre la soledad, contemplo tu rostro. Mientras todo en este mundo se cierra, mis venas se abren para seguir sangrando amor. Aunque todo parezca detenerse, las cicatrices desvelarán siempre el origen: la hemorragia del amor. Aunque todo parezca en calma, congelado. Aunque lo parezca.

(Versión prosificada –contextualizada ad hoc– y modificada a voluntad de “Bleeding Love”, de Leona Lewis, pero también usando la versión de Jamie Knight. La imagen es de Kuzeytac.)

 

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Sí, soy consciente. No sé mucho de Historia, ni tampoco de Biología. No he abierto nunca un libro de Ciencias ni soy muy bueno para los idiomas. Pero sí estoy seguro de una cosa: te quiero. Y también sé que, si me amas, el mundo sería maravilloso.

La Geografía, el Álgebra o la Trigonometría me pillan muy lejanas. Pero me basta sumar: uno más uno son dos. Y si esa sencilla fórmula nos incluye a ti y a mí, el mundo sería el mejor de los mundos posibles.

Ni pretendo ni busco ser un estudiante de sobresaliente, pero intento ser un estudiante con matrícula de honor si puedo conseguir que tú me quieras de forma intensa y apasionada.

Sí, soy consciente. No sé mucho de Historia, ni tampoco de Biología. No he abierto nunca un libro de Ciencias ni soy muy bueno para los idiomas. Pero sí estoy seguro de una cosa: te quiero. Y también sé que, si me amas, el mundo sería maravilloso. El mejor de los mundos habitables.

(Versión prosificada y modificada a voluntad de “Wonderful World”, de Sam Cooke. La imagen es de Camil Tulcan. Esta magnífica canción guarda también un magnífico recuerdo, con la secuencia del garaje en la película Único testigo – Witness, donde la música, en un poblado Hamish, retoma su máximo esplendor.)

 

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Soledad

Puede que no estés, puede que me encuentre en otro lugar del mundo –también es posible que tú te encuentres en cualquier otra parte–. Pero, cuando tú no estás conmigo, me equivoco cada medio segundo. Cuando no estás, la soledad siempre es la peor de las consejeras. Si tú no estás, nunca se me abre el paracaídas, pero siempre me empeño en saltar.  Cuando no estás conmigo, cada espacio vacío me pregunta cuándo volverás. Mientras tanto, me dedico a escribir líneas feroces, siempre crueles conmigo mismo. Siempre que no estás conmigo, me limito a esperar que vuelvas. Puede que no estés, pero también es posible que esté perdido en el laberinto más oscuro. Pero, cuando no estás, la soledad es la peor de las consejeras.

Si no estás, tan solo espero verte llegar por esa puerta. Porque lo que ocurre, lo que me ocurre, es que te quiero cada vez más, siempre esperando que vuelvas.

 

(Versión prosificada y modificada a voluntad de “Cuando no estás”, de Andrés Calamaro. La imagen es de Javiera Peña.)

 

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