— Verba Volant

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Amor

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Esta tarde, como buena parte de la mañana, de los días, he estado corrigiendo prácticas de los alumnos. Ayer, en un momento de descanso, sonó una canción y escuché atentamente, recordando. Recordando y encontrándome. Desde entonces, la he escuchado muchas veces, en dos versiones –los vericuetos del corazón son en ocasiones lentos, acelerados otras veces–. Cuando te cierras al amor, no te das cuenta de que, casi sin darte cuenta, estás congelado, el corazón con las venas y las arterias obturadas.

Al final, sin embargo, brota la verdad: a poco que se desvela la realidad, veo que sigo desangrándome. Pese a las dudas, pese a las confusiones, no he llegado a caerme del todo en el pozo de las tinieblas. Tus abrazos me aportan fiebre y, por lo tanto, calor y no enfermedad. Entre la soledad, contemplo tu rostro. Mientras todo en este mundo se cierra, mis venas se abren para seguir sangrando amor. Aunque todo parezca detenerse, las cicatrices desvelarán siempre el origen: la hemorragia del amor. Aunque todo parezca en calma, congelado. Aunque lo parezca.

(Versión prosificada –contextualizada ad hoc– y modificada a voluntad de “Bleeding Love”, de Leona Lewis, pero también usando la versión de Jamie Knight. La imagen es de Kuzeytac.)

 

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Sí, soy consciente. No sé mucho de Historia, ni tampoco de Biología. No he abierto nunca un libro de Ciencias ni soy muy bueno para los idiomas. Pero sí estoy seguro de una cosa: te quiero. Y también sé que, si me amas, el mundo sería maravilloso.

La Geografía, el Álgebra o la Trigonometría me pillan muy lejanas. Pero me basta sumar: uno más uno son dos. Y si esa sencilla fórmula nos incluye a ti y a mí, el mundo sería el mejor de los mundos posibles.

Ni pretendo ni busco ser un estudiante de sobresaliente, pero intento ser un estudiante con matrícula de honor si puedo conseguir que tú me quieras de forma intensa y apasionada.

Sí, soy consciente. No sé mucho de Historia, ni tampoco de Biología. No he abierto nunca un libro de Ciencias ni soy muy bueno para los idiomas. Pero sí estoy seguro de una cosa: te quiero. Y también sé que, si me amas, el mundo sería maravilloso. El mejor de los mundos habitables.

(Versión prosificada y modificada a voluntad de “Wonderful World”, de Sam Cooke. La imagen es de Camil Tulcan. Esta magnífica canción guarda también un magnífico recuerdo, con la secuencia del garaje en la película Único testigo – Witness, donde la música, en un poblado Hamish, retoma su máximo esplendor.)

 

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Soledad

Puede que no estés, puede que me encuentre en otro lugar del mundo –también es posible que tú te encuentres en cualquier otra parte–. Pero, cuando tú no estás conmigo, me equivoco cada medio segundo. Cuando no estás, la soledad siempre es la peor de las consejeras. Si tú no estás, nunca se me abre el paracaídas, pero siempre me empeño en saltar.  Cuando no estás conmigo, cada espacio vacío me pregunta cuándo volverás. Mientras tanto, me dedico a escribir líneas feroces, siempre crueles conmigo mismo. Siempre que no estás conmigo, me limito a esperar que vuelvas. Puede que no estés, pero también es posible que esté perdido en el laberinto más oscuro. Pero, cuando no estás, la soledad es la peor de las consejeras.

Si no estás, tan solo espero verte llegar por esa puerta. Porque lo que ocurre, lo que me ocurre, es que te quiero cada vez más, siempre esperando que vuelvas.

 

(Versión prosificada y modificada a voluntad de “Cuando no estás”, de Andrés Calamaro. La imagen es de Javiera Peña.)

 

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No tengas miedo a la felicidad porque la felicidad no existe. Ni aquí, ni en ninguna otra parte. Moriremos mañana, así que no digas nada. Es el tiempo de besarnos. Voy a quererte con toda mi alma. ¿Sabías que no existe ningún tesoro escondido en ningún lugar recóndito?: está justo aquí, a nuestro lado. Tan cerca, que casi nos hace caer. Vivir una sola vez es perjudicial para nuestra salud, así que es el momento de disfrutar de los buenos momentos, como estos que me ofreces tú, ahora, aquí. Puesto que un poco más o menos de sal no va a cambiar nada en el mar ni en ninguna otra parte, vamos a querernos apasionadamente, vamos a entrelazar nuestras manos, vamos a abrazarnos.

No tengas miedo a la felicidad: la felicidad no existe. Ahora, en este momento, tan solo voy a dedicarme a quererte con toda mi alma.

(Versión prosificada y modificada y libremente de “Le Bonheur”, de la cantante francesa Berry. La imagen es de Dani Álvarez.)

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El suave murmullo de tu respiración acaricia mis ensueños. Y cómo ríe la vida cuando tus ojos escapan mi mirada hacia tu mirar. Tu sonrisa, aunque solo sea un esbozo, es para mí un cántico eterno. Porque, con tus risas, todo se olvida y todas las heridas dejan de sangrar. El día que me quieras, las flores se vestirán de fiesta con sus mejores galas y las campanas dirán al viento que eres mía y las fuentes se volverán locas haciendo manar el amor. Y la noche que me quieras las estrellas, desde el cielo oscuro, nos mirarán con un punto de envidia. Y un rayo misterioso hará nido en tu pelo y las luciérnagas curiosas adivinarán que tú eres mi único consuelo en este mundo de sombras. El día que me quieras, el caos devenirá armonía, el amanecer tendrá más luz y los manantiales cantarán aún con más alegría. El día que me quieras, los pájaros cantarán todavía más afinados, la vida florecerá con colores aún más especiales. Y el dolor quedará en un punto concreto del olvido. Y la noche que me quieras, no me hará falta mirar a las estrellas. Toda mi noche será luz.

(Versión prosificada y modificada y libremente de “El día que me quieras”, de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera. Cuando estaba escribiendo la entrada, escuchaba la versión de Andrés Calamaro. La imagen es de Elido Turco.)

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Fotografía de El Mundo

De vez en cuando, uno hace una reforma y se encuentra con la sorpresa. Es lo que ocurrió el otro día en Toledo, al descubrir una carta fechada el 29 de octubre de 1700 introducida en una viga de madera. Es la historia de Alfonso y de María. Una historia de un Alfonso que se abrasa en amores. Una historia de correspondencia, quizás en los dos sentidos del término. Una historia de una carta escondida. Lo suficiente para que no fuese manifiesta. Lo suficiente para perdurar. Un Alfonso que escribe por premura y que concluye: «siendo Dios servido, espero la respuesta.»

Y, en la incertidumbre consecuencia del amor, no saber si María respondió. Y un hoy con el mañana dilatado.

(La noticia, de la agencia EFE, apareció en El Mundo el 20 de abril de 2013. La fotografía es la que ilustra la noticia.)

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Crossroads

Me resulta auténticamente difícil expresar así, en unas pocas líneas acompañadas de música, mis emociones encontradas, mis pensamientos más íntimos, mi agradecimiento por haberme enseñado lo que, de verdad, significa tener éxito en la vida. Por ejemplo,  sé que eres la única que ha sabido descubrir el niño que todavía guardo en mi interior, al margen de todas las capas y las apariencias.

Quiero que sepas una cosa: mi vida está entre tus manos, en los surcos que marcan las vidas, en los pliegues que insinúan el destino. Necesito pedirte que permanezcas junto a mí, en un lugar mucho más profundo que la superficie, junto a tu corazón, para que la distancia o la ausencia no nos mantengan separados. Siempre me gustó tener la ilusión de que todo esté escrito allí arriba, en las estrellas.

Deja que te explique una cosa importante: nunca quise causarte ninguna pena, ningún dolor. Sé que, a veces, puedo parecer distante, pero, ahora y para siempre, te quiero. Y estaré siempre en deuda contigo. Porque tú –y solo tú– eres la otra mitad del cielo.

(Canción prosificada y modificada de la magnífica «Woman», de John Lennon. Imagen de Riley Alethea Butler)

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Querida Eva:

Desde que te marchaste, solo puedo pensar en los recuerdos que me deja tu ausencia. Te fuiste con determinación, sin pensar en las consecuencias, sin tener en cuenta lo que dejabas atrás. Ahora paso las noches en vela y tan solo puedo empañar tu ausencia cuando miro en el móvil las fotografías que me enviaste. Te veo preciosa, dándote un baño en el mar, tostándote plácidamente en la arena.  Y, desde la nostalgia, me alegro de que seas feliz.  Mientras tanto, a mí no me queda más que sentir la pena eterna de seguir viviendo sin tu amor.

Me pregunto constante e insistentemente qué voy a hacer ahora que te has marchado. Incluso me persigue la ilusión, quizás sin fundamento, de que aún puedas quererme, de que aún puedas necesitar algo de mí, de que lo que sientes por mí sea algo que se acerque, aunque sea tímidamente y desde la distancia, a lo que es el amor.

Pero te has marchado sin mirar hacia atrás. Y solo me queda la última imagen que tengo de ti, cuando hacías la maleta (sí, esa preciosa maleta de cuero que te regalé para nuestros viajes comunes y que ahora haces y desharás para desenvolverte sola sin mí) y en ese precioso bikini de rayas con el que, hoy, te bañas y aprovechas para que el sol dore tu cuerpo, alejándote del crudo invierno.

Tuyo para siempre, buscando la fórmula con la que encuentre la quintaesencia de nuestro amor.

(Versión prosificada y modificada a mi antojo de «Eva María», canción de Fórmula V, perteneciente a la serie Canciones prosificadas y con imagen de @alain.g.)

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Llovía a cántaros, pero ella caminaba por la carretera sin paraguas. Yo tenía uno: la suerte había estado de mi parte cuando, esa misma mañana, se lo robé a un amigo. Me apresuré a rescatarla y le propuse que se protegiera del agua, que se secase un poco su carita. Con una voz tremendamente dulce, me dijo, simplemente: «Sí». En ese mismo momento, ese rincón del paraguas se convirtió en un rinconcito del paraíso. Tenía un no-sé-qué angelical que hacía que valiese la pena esa permuta de un ángulo de tela por un techo en el mismo cielo. Era el nuestro un camino blando entre los charcos, tierno entre las cargadas nubes. Escuchábamos juntos el canto hermoso del cielo sobre el paraguas. Me hubiera gustado que hubiese sido el día del diluvio universal para seguir viendo caer la lluvia, para seguir resguardándola en este pequeño refugio, durante cuarenta días y cuarenta noches.

Para mi desgracia, pese a la tormenta, los caminos van siempre hacia alguna parte, hacia algún destino. Y el suyo, de repente, hizo un quiebro, en el horizonte mismo de mi locura. Y ella tomó su camino, después de decirme con gran delicadeza: «Gracias». Simplemente. Y yo me quedé contemplando, cada vez más lejos, cómo partía grácilmente hacia mi olvido.

(Canción prosificada y levemente modificada de «Le Parapluie», la encantadora canción de Georges Brassens, que escucho habitualmente en la versión de Yan Tiersen y Natalia Regnier. La imagen es de Chris de Rham. Se me antoja una canción ideal para estos días de lluvia.)

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Cuando estás conmigo, la habitación no tiene paredes. Cuando estás a mi lado, el techo ya no existe. Podemos contemplar el cielo y nosotros estamos solos, abandonados, como si no hubiera nadie más en el mundo. La música suena para ti, para mí, en la inmensidad de nuestro cielo. El cielo.

Il infinito in una stanza

(Versión prosificada y modificada de «Il cielo in una stanza», de Mina, que nos recuerda que siempre fueron bellas las canciones de amor. La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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