¿Cómo nos prefieren ellas: machos, metrosexuales, alguna otra variedad?
Depende de dónde hayan nacido ellas. Lisa DeBruine y Ben Jones han realizado una investigación (la noticia, en Público) según la cual las mujeres prefieren a hombres prototípicamente «machos» en países más subdesarrollados, dejando el campo abierto a la metrosexualidad en países más desarrolladas. La cosa tiene su fundamento en nuestra disposición genética, según la cual las hembras (sean de la especie que sean; en este caso, las mujeres) buscan siempre una pareja con posibilidades para la procreación y, posteriormente, para el cuidado y protección de la familia. Así, dependiendo del contexto social en el que se habite, priman más unas cualidades masculinas que otras en la atracción que sienten por nosotros.
¿La solución para nosotros? El mimetismo estratégico, es decir, el desarrollar más unas cualidades u otras según el hábitat. Y, si somos viajeros, la metamorfosis. Aunque, ahora que lo pienso, y dado que estamos en crisis, ¿qué tengo que hacer ahora, dejarme la barba de tres días o aplicarme con fruición al depilado pectoral y a las cremitas? Qué mundo, Dios, qué mundo...
Como no podía ser de otro modo, la animación gráfico-musical tenía que ser ésta:
ELLA. No sé quién dijo que lo más complicado de escribir un diálogo es que cada personaje hable de manera distinta, que se note que cada cual tenga su propia individualidad.
ÉL. Hija, hablas como una enciclopedia. En cualquier caso, debe de ser difícil. Tienes razón.
ELLA. El mismo que dijo lo de la individualidad decía que, además, la opinión del autor podía estar en un personaje, pero también podía encontrarse en la suma de las opiniones destiladas por cada uno. Algo así como el perspectivismo.
ÉL. «Opiniones destiladas», «Perspectivismo». Te ha quedado de puta madre.
ELLA. ¿Estás pasando de todo o, simplemente, intentas ser un contrapunto? Hubo otro que dijo que una de las lacras del diálogo era que el autor hiciera trampa de personaje, que sólo servía como contrapunto para construir al otro.
ÉL. «Lacras». «Contrapunto». Te vas superando.
ELLA. Me da la impresión de que me oyes pero no me escuchas. No sé la manía que tenéis los hombres de desviar la atención cuando os dicen cuatro palabras seguidas.
ÉL. Es que hablas demasiado. Así de simple.
ELLA. ¿Pero cómo quieres construir una realidad compleja en la que uno se evade? ¿Cómo quieres que un diálogo no lo sea de besugos y derive en una conversación?
ÉL. Iba a subrayar alguna expresión, pero no lo hago porque luego te enfadas. ¿No sería más fácil que me digas lo que quieres que te diga?
ELLA. Mira, ese no es un defecto del diálogo novelístico, sino del diálogo entre las personas. No quiero que me digas lo que quiero escuchar. Quiero que me digas algo que no sea una expresión que me invite a quedarme callada.
ÉL. Vale, nena. ¿Qué quieres que hagamos esta noche? ¿Alguna guarrería?
ELLA. ¿Ves? Pasas del cachondeo a la obscenidad. ¿Es un estereotipo o todos los hombres sois iguales?
ÉL. Calla, calla. Que empieza el fútbol. Y otra cosa: no sigas trabajando. Te vas a acabar poniendo enferma.
Amigos del alma: después de unas entradas infernales, llenas de tristeza, me obligo a mí mismo a desdramatizar. Hoy no me salía ninguna entrada que no fuera triste, así que he borrado todas las líneas que pasaban por la cabeza y por la pantalla para dejar que la amargura, hoy, se vaya por el desagüe.
Lo curioso de todo esto es que hay muchas personas que, en la vida real, piensan que soy un frívolo y que no me tomo las cosas en serio. Creo que la manera más seria de afrontar las cosas es reírse de ellas. Un terapeuta de dichos metafóricos denominaría esto «humor desde el balcón». Sin embargo, los que me conozcan sólo por el blog pensarán que soy un tipo mustio, triste y coñazo. Si a todo esto le añadimos unas cuantas circunstancias personales funestas, la vida de uno puede pasar a ser considerada por el espectador como un melodrama lacrimógeno.
Por lo tanto, hoy me he obligado a escribir esta entrada para que mi rostro sonría a través del blanco luminiscente. Y sí, hoy saco a pasear por la Red el lado frívolo que me caracteriza habitualmente en la Vida. Reírse –además– es una cosa muy seria.
No sé, no sé. Resulta que Súper Coco, que tantas cosas elementales nos enseñó, no tenía razón cuando soltaba a la audiencia su prolegómeno («Hola, amigos...»). Si no se tiene razón al principio, tampoco se tiene al final. Por eso, también estaba equivocado Porky en su tartamudeada despedida («E... E... E... Esto es todo, amigos»). Y no digamos el bueno de Roberto Carlos, el cantante que tenía amigos sin fin. Tal y como afirma Robin Dunbar en The Times (aquí la noticia en El País), el número de amigos es limitado, al menos en Internet. Aunque la soledad lleve a muchos a extender las zarpas de la amistad por Internet recopilando amigos en las redes sociales, parece que nuestro cerebro no está capacitado para mantener dignamente más de 150 contactos en Internet. Lo gracioso es que, por muchas amistades que agreguemos, lo único que hacemos al final es pasar de ellos como la mierda (algo muy parecido a la vida real, pero con menos gente). En el interludio, hemos ganado un gran poder muscular en nuestras manos, entrenadas por gracia de darle a la ruedecita del ratón para viajar rápidamente por la pantalla y buscar a quien nos interesa.
En las redes sociales encontramos nuestras vidas pasadas, nuestro dudoso presente y todo el futuro de lo evanescente. Lo mismo que te encuentras en el bar con alguien que te da la palmada en la espalda, en Facebook nos topamos con quien no conocemos para que rece una plegaria por nuestra maltrecha alma, para que nos anime en los momentos difíciles, para que se ría de nuestras gracias. La Red magnifica lo insignificante a ráfagas de contactos que, por superficiales y paradójicos, se antojan profundos y duraderos. No me refiero al contacto sincero y afable que mantienen muchos, sino a esa tendencia perversa de pensar que las identidades digitales son idénticas a las personales. En el espacio virtual, todos somos unos tíos majetes, enrollados, serviciales, dispuestos, alegres. En la vida real, no pasamos del aprobado raspado. Por eso, en lo que a las amistades se refiere, en lo personal no pasamos de los cinco lobitos de la mano.
No lo olvidemos: Internet nos hace conocer a personas (y mundos) inabarcables en las restringidas dimensiones espacio-temporales. Favorece el contacto (que, a veces, conduce a un escalón más). Pero nos sobran los amigos. Al menos, en la Red. Y esto ha sido todo, Amigos.
Me resulta difícil escribir para ti, alguien que nunca leerá esta entrada porque bastante tiene con intentar entender lo básico. Nunca sabrás lo que es una carta de batalla, ni tampoco alcanzarás a entender la ironía que subyace en el nombre que heredaste de tu padre y cuya etimología nunca llegarás a conocer. Nunca el nombre de un ilustre y cultivado emperador romano quedó tan enmierdado como el día que el cura arrojó el agua bendita sobre tu cabecita. Por no saber, tampoco sabrás que tu apodo es muy ilustrativo de lo que eres, aunque nunca llegarás a su categoría mitológica.
Entre otras cosas, te digo que no tienes ni puta idea de mi vida privada, por mucho que te la hayan graznado tus amigos. Que no eres nadie para juzgarme. Que no eres nadie para condenarme. Todo el desprecio por los demás deberías revertirlo en ti mismo (no te cobres el contrarreembolso) por no saber las cuatro reglas elementales, que no radican en la aritmética sino en la cortesía y en la buena educación. Los que te conocemos, sabemos que no eres capaz de articular un pensamiento refinado, que tienes una mente embrutecida, que eres primitivo en el peor de los sentidos del término. Que no puedes expresarte con fluidez. Seguramente, no sabrás la indisolubilidad de vínculos entre la lengua y nuestro pensamiento. Si tu habla pudiera reflejarse en un espejo, verías la imagen de tu tremenda blasfemia.
En vez de ocuparte de los asuntos de los demás y de lo que no conoces (nadie sabe las verdades enteras si no conoce todas las versiones), preocúpate de tus asuntos. Intenta que tu imbecilidad, tu negligencia o tus chanchullos no te lleven a la cárcel. Quizá algún día supiste hacer la o con un canuto, de esos que te gustaron. No te creas que el dinero de una empresa heredada de un sector ahora en crisis te hace un ser espléndido. No te creas que tener cochecitos caros te hace ser un tipo importante, aunque te lo creas. Por preocuparte de algo importante, te invito a no atragantarte con los espumarajos que sueltas por tu boca. Bastante tienes con lo tuyo.
O sea, conocido del alma, que te metas tu desprecio por donde te quepa. Y procura decir la verdad cuando te hagan un test psicotécnico. Así que vale, que, por si no lo sabes, significa adiós en latín.
Una presa en el saco de la ignominia, una huida hacia delante. La seriedad como arma y como escudo. El gesto adusto, la mirada angulosa y angulada. Un mohín de reprobación en el semblante. Aquí nadie se ríe, que la vida es muy seria y no está el horno para bollos. Y lo digo yo, que soy el que manda. Las cosas no son lo que parecen, todo es grave siendo ingrávido; todo es volátil, pero pesa, como las consecuencias de nuestros actos. Por eso, él se decidió a no tolerar la risa, ni la broma, ni el labio curvado fácil. Padecía gelotofobia y no lo sabía. Por si acaso.
(Entrada dedicada a todos los intolerantes y poco sonrientes con los que nos toca vivir. Imagen de ViaMoi.)
Se ha hablado en Verba volant sobre la enseñanza, a veces con criterios reformistas; casi siempre con matices positivos. Naturalmente, el que uno lleve veinte años ganándose la vida en el oficio tiene algo que ver con esa visión positiva. La profesión es, vacaciones aparte, muy dura en muchos aspectos y es preciso reivindicar las muchas cosas positivas del oficio de enseñar ante la sociedad. Pero hoy, como es viernes, me ha dado la vena canalla y voy a hablar desde otra óptica menos complaciente. Como suele ocurrir últimamente, me ha venido la inspiración gracias a la magistral Californication (tercera temporada, capítulo 11). en un momento de la serie, oímos a uno de los personajes: «Eso es lo bonito de la enseñanza. Ninguno de nosotros puede funcionar en el mundo real, por eso acabamos aquí». Con los debidos matices, tiene más razón que un santo.
Los profesores somos, en muchas ocasiones, unos entes extraños y escurridizos y no tenemos bien engrasados los mecanismos de funcionamiento en el mundo real. Contamos con varios defectos graves. Por ejemplo, siempre nos sentimos superiores en todo a nuestros alumnos, aunque es la inteligencia uno de nuestros aspectos más queridos. Nos creemos más listos que nuestros alumnos y nos gusta aspirar esa falsa superioridad en cada momento. Nos gusta escucharnos. En ocasiones, nos gusta más demostrar que sabemos mucho a conseguir que nuestros alumnos aprendan. Conozco profesores cuyos alumnos, durante años, han tenido tantas notas ínfimas como aprobados: jamás se han parado en repensar su metodología. Alegan falta de trabajo por parte de sus alumnos (lo cual podría ser cierto), pero si a ellos les hubieran aplicado ese nivel de exigencia a esos años seguirían repitiendo bachillerato. Por regla general, somos malos compañeros. No aplicamos en nosotros mismos los valores que queremos inculcar a los demás. Funcionamos bien, mal o regular en las clases pero somos muy poco hábiles, eficaces y constructivos en el trabajo colectivo. Preferimos los alumnos-mueble a los alumnos talentosos pero diferentes. Alabamos más la sumisión mediocre que un talento obtuso. Atendemos poco a las necesidades de los alumnos excelentes y, sin que sea una paradoja, despreciamos el trabajo con los que más lo necesitan. Nos gusta el cotilleo, el cuchicheo y la delación para salvar el culo cuando las cosas vienen mal dadas. Nos formamos poco. Hay muchos profesores que piensan que la titulación y las enseñanzas que tuvimos en tiempos sumamente pretéritos nos avala para un conocimiento universal o perpetuo. Nos apuntamos a los cursillos de formación (que, la verdad sea dicha, suelen ser muy malos) sólo si nos obligan o si dan puntos, pero somos renuentes a aceptar que nos queda mucho por saber y que hay que actualizarse desde el punto de vista del conocimiento, pero también desde el punto de vista pedagógico. Somos cabezotas y persistimos en el error. Pensamos con frecuencia que nuestras asignaturas son más importantes que las demás. Por supuesto, también pensamos que las impartimos mejor que el resto de los mortales. Y, claro está, nos creemos dueños y señores de nuestros exiguos feudos. Por último, como al resto de los mortales, nos gusta el poder. Algunos pasean su cargo (o lo han paseado) como si hubieran ganado la playa de Omaha en el desembarco de Normandía.
Todo lo dicho, en mayor o menor medida, con un rasero o con otro, es aplicable a todos los niveles de la enseñanza. Y eso es lo grave: educamos para vivir en mundo más allá del nuestro y lo hacemos sentados en la poltrona de nuestro minúsculo e insignificante mundo particular. Así les va. Así nos va.
Contaré muy brevemente alguna historia en la que los blogs tienen el germen del genio creador. Es una serie que tiene la voluntad de no seguir, a no ser que la curiosidad del respetable no se vea saciada con una primera entrega.
Se dice de Mateo Sáez de Granda que trabajaba de auxiliar en una bibloteca de su municipio, Foz (Lugo). Se inició en la escritura con un blog colectivo en el que, de manera muy amena, se trataban cosas relacionadas con los libros y las bibliotecas. Mateo, que era el encargado de las reflexiones más sesudas (con ese), fue incorporando a sus prolijas descripciones y narraciones elementos entresacados exclusivamente de su magín. En una ocasión, llegó a la osadía de glosar de forma pormenorizada un título que jamás existió, lo que provocó un exceso de trabajo a sus compañeros a él mismo, con lectores ávidos de un argumento policíaco que él mismo había ideado y que no se encontraba, hasta entonces, escrito en ninguna parte. Gracias a esta idea, surgió el embrión de su primera novela, El asesino del bocadillo de chopped, al que la crítica saludó como un auténtico descubrimiento, ya que realizaba la simbiosis perfecta entre la novela policíaca de corte selecto con la novela negra de tintes más neorrealistas.
Pedro Menéndez Sadornil fue un escritor parco en palabras. Se afanaba en el mundo de las letras sin escribir ni leer. Mantenía a duras penas un par de blos de materia diversa y dispersa. En uno de ellos, empezó aplicándose al noble oficio del corta-pega para desarrollar, posteriormente, un estilo más fluido enlazando constantemente a la Wikipedia. Entre post y post, fue dando muestras de veta creativa en otro blog, más personal. Gusta de sacarse fotos autobiográficas con el peso de la cabeza apoyada en una mano, en actitud de reflexión suprema. La contemplación ensimismada de una de esas fotos le aportó la inspiración que le faltaba: se pasó al mundo de la lírica con un poemario celestial de tema mitológico. Hablaba de traiciones y venganzas, enmarcado todo ello en un trasunto medieval, con bestiario incluido. Sus enemigos no le perdonan su genialidad, achacándole una propensión, quizá excesiva, hacia un narcisismo caprichoso. Sus amigos, envidiosos de su talento, ensalzan cada estrofa leída con un «olé mi niño» que a él le deja muy contento.
Simoná Orive se inventaba historias desde pequeña. La más sonada y famosa era la de estar muy malita, que corroboraba con un termómetro aproximado a la fuente de luz más cercana. Entre delirio y lamento fingido, se leyó en la cama todos los libros de Tintín, Astérix y Mafalda. Aturdida por la ficción, decidió incorporarla a sus escritos y a su vida de forma permanente. Su fortuna literaria fue inversamente proporcional a los éxitos profesionales, dado que utilizaba en estos elementos puramente ficcionales mientras que dedicaba todo su esfuerzo en la veracidad de aquellos. De esta manera, surgió su libro En busca de la respuesta al trastorno mental, que nació con una voluntad meramente descriptiva y que, alcanzó, sin embargo, una fama más que notable entre las novelas de corte psicológico que adaptaban el realismo del XIX a nuestra atropellada vida moderna.
Rafael Fontibre de Urdaneta era, según todos aquellos que lo conocieron, un notas. Empezó a escribir un blog para contar lo triste que estaba y acabó escribiendo sobre lo divino y sobre lo humano. No tenía metas ni fronteras. A golpe de enlaces caprichosos, se metía en cosas que ignoraba y metía el cazo frecuentemente. De hecho, esas confusiones y ese estilo entrecortado e indifinido le granjeó un enorme éxito de lectores, que creían entender aquello que él no decía. Animado por la confusión, empezó a escribir más de sus sentimientos y menos de lo externo. Ente otras cosas, porque su ego pensaba tanto en sí mismo que llegó a olvidarse de los demás. Como la escritura es cosa muy del yo, esa elasticidad para contar emociones le proporcionó el título: Fragmentos para una teoría del caos. Su virtud partió de un defecto: él quería escribir con una novela con unos personajes definidos que fuesen relacionándose (es decir, intentó copiar a aquellos novelistas corales de los años cuarenta), pero su parca imaginación le llevó a escribir, cada vez, fragmentos con un protagonista diferente. Al final, un famoso crítico de los de suplemento semanal saludó el libro como «una ordenación caótica del Cosmos». Preguntado el autor por sus intenciones, se dedicó a contar fotos en una serie farragosa de desaciertos en blanco y negro y en colorines.
Ruperto Caparrós era un viajero empedernido. Se pasaba todo el día dando la vuelta a sus mundos locales e internacionales. Al menos, eso es lo quedó reflejado en su blog, al que título Libro de brújulas y azares. En el fondo y en secreto, iba sacando ideas de sus amigos, armados --ellos sí-- de billetera abundante. Con esas notas, llegó a dar la vuelta al mundo tres veces y por lugares no coincidentes. Cada entrada de su blog era venerada y corroborada por los viajeros intrépidos de medio mundo. Tuvo que dar un paso de gigante al publicar una versión multilingüe en el que cada entrada se traducía a diez lenguas comunitarias, para lo que tuvo que pedir ayuda a sus lectores, que pasaron a realizar versiones diferentes de la misma historia, cada uno con su propio estilo.
(Espero que alguno de mis lectores de vea retratado, contando con que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. )