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Burlas

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No lo puedo evitar, me ha hecho gracia la noticia que ha aparecido hoy en El Mundo: ¡La profesora de Ciencias sale en una película porno!

Vayamos primero con los hechos: la profesora Tera Myers, profesora de Ciencias en un instituto de Misuri desde 2007, ha sido apartada de la actividad académica para dedicarse a tareas administrativas al descubrirse un lejano pasado como actriz de películas pornográficas. No es la primera vez que la señora Myers, de 38 años, es apartada de la docencia al descubrirse su secreto, ya que en 2006 su contrato como docente en un instituto de Kentucky como docente no fue renovado al descubrirse su pasado.

Vayamos ahora con las cosas sustanciosas. La primera, que aparece en el periódico mencionado en el apartado de dedicado a la educación. La segunda, alguna de sus declaraciones, que han sido resaltadas en negrita: «Cuánto disfruto enseñando» (la frase textual era: «Soy una chica que ha cogido caminos equivocados a lo largo de su vida, pero cualquiera que haya presenciado mis clases sabrá cuánto disfruto enseñando y cuánto me motivan mis estudiantes. Eso es lo que debería de primar, no mi pasado»). Por otro lado, no deja de ser la graciosa la situación de que la otrora llamada Rikki Andersan, famosa por su papel en la película Culo inquieto, explique unos agitados adolescentes cuestiones relacionadas con la reproducción de plantas y animales.

Pero lo más cachondo de todo es cómo fue descubierto el pastel en los centros docentes en los que enseñó: en el de Kentucky, la mujer rellenó el dato de su participación como actriz de cine para adultos en su historial laboral, pero dicho historial no fue comprobado: cayó al abismo por los magníficos conocimientos cinematográficos de algunos de sus compañeros y padres de alumnos (todos, claro está, varones), amantes de algunas variantes genéricas del séptimo arte. En el caso de Misuri, el especialista fue un alumno del instituto: lejos de conformarse con sus aficiones deportivas (béisbol o baloncesto, imaginamos), salir con sus amigos y flirtear con la chica rubia de la taquilla de al lado o dedicarse en cuerpo y alma al ensayo obligatorio para el martes sobre El Señor de las Moscas, el muchachote que invitará a su novia de toda la vida al baile de graduación decidió especializarse en el cine X de los años 90, al agotar su conocimiento sobre el cine pornográfico más actual (las malas lenguas decían que últimamente estaba cansado; muy, muy cansado).

Tod ello delata tantos recovecos e intríngulis sobre el ser humano que es iluminador para la Humanidad en general y para la historia de los hombres en general. En fin, la burla lleva también a la reflexión de si alguien es deudor de su pasado después de veinte años. Pero hoy preferimos ese ángulo obtuso, por marrano.

(Imagen de Necro-Loup.)

 

 

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Hoy iba a escribir que recibo por parte de algunas personas un trato que no me merezco. Hoy iba a decir que ese trato no solo es un insulto para mí, sino también y de forma directamente indirecta hacia alguna persona muy relacionada conmigo. Hoy iba a indignarme por las discriminaciones consensuadas o silenciadas, pero siempre tergiversadas. Hoy pensaba que todos los reos tienen derecho a la defensa, máxime cuando jueces y fiscales deberían de contar ahora con otro tipo de argumentos. Hoy pensaba para mis adentros si hay culpables individuales o los resquemores parten de un todo monolítico e indiviso…

En cambio, borro todo lo dicho y lo pensado. Estoy viendo la primera temporada de How I met your mother, una maravillosa serie que me da la oportunidad de congraciarme con la sonrisa y con el mundo. Los veinte minutos mágicos que dura cada capítulo me sirven de terapia contra los agobios y las ansiedades, contra la mala baba, que se sustituye por la buena, que procede de contemplar algo divertido e inteligente, brillante sin ser pedante y siempre, siempre con mucha chispa. Llevo vistos hoy cuatro capítulos (tengo la primera temporada casi recién empezada) que me ayudan a olvidar muchas cosas y, sobre todo, a aparcar los malos pensamientos y centrarme en el humor, que es el eje preferente sobre el que quiero centrar de mi vida, hartito como estoy de hermetismos y silencios.

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Estimadas majestades:

Por la presente –y con algo de retraso– les envío por medio de estas palabras que vuelan por los aires al son de la lluvia esta misiva. Frente a lo que dirán muchos de congéneres, sobre todo si son pequeños, tengo que confesarles que he sido malo. En comparación con el resto de la humanidad, a la que no llego ni a la altura del zapato, mi existencia es execrable y maledicente. Tengo malos pensamientos a todas horas. No veo a los demás con buenos ojos. Mis palabras son, a veces, más sucias que una boca necesitada de empastes. Tiendo a escarbar en la inmundicia más que intentar limpiarla. No tengo mucha confianza en este mundo, a excepción de alguna de las pocas excepciones (entre las que se encuentran animales irracionales, seres benevolentes pero no fumados y alguna que otra persona a la que le queda por esbozar una sonrisa sincera).

Ando a tientas y tentando porque no me fío de los golpes que puedan darme. Me he acostumbrado a desconfiar de la oscuridad, pero también del sol cuando brilla demasiado alto. Tiendo a desconfiar de las lágrimas y de las penitencias que algunos dicen cargar. No creo en la paz mundial, en la dicha de todos y para todos, en las energías alternativas. Las sonrisas de los niños empiezan a parecerme semejantes a las de las niñas buenas de las películas malas. Dudo del cielo, que seguro que está cercano a caerse encima de nuestras cabezas.

Desconfío del agua del grifo, pero también del agua embotellada. No me consuelan los cuidados del control de los alimentos, porque sé que el peligro acecha también sobre los vegetales (y de qué manera). Todavía no sé por qué hay cuadros que cuestan mucho dinero y otros nada e ignoro por qué los escritores de éxito se lo merecen tanto. No daría ni un tuit por un juicio dudoso. Ni por una mirada severa. Ni por tantas calladas por respuestas.

No espero nada de la vida más allá de un transcurso y evolución de los minutos en su estado natural. No pongo la mano en el fuego porque no me gusta el olor de la carne quemada y no soporto el dolor de las ampollas (que, como a todo el mundo, me duelen más que a nadie). Tomo la palabra antes de que me la quiten. Reservo mis saludos para mantener la boca llena de la saliva necesaria para no ahogarme. Mantengo un porte distante para proteger de empellones mi carnet de identidad.

Por lo tanto, el arriba firmante no les pide a sus majestades (con minúscula porque sí y porque lo dice la Real Academia) absolutamente nada. Se lo pueden repartir ustedes, en su generosidad suprema y divina, entre aquellos que se lo merezcan, o sean meritorios, o hagan méritos. No quiero ni carbón, porque es falso y demasiado dulce.

Y, para que conste, soy, en esto de los mensajes epifánicos, más que agnóstico: republicano. Desde la tierna edad de aquellos (muy remotos) siete años.

(Imagen de Antonio Tajuelo.)

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Sorna Byron - Sornavirón

De cómo las nuevas tecnologías en el reconocimiento del habla convierten un soplamocos (o sornavirón) en una ilustre e hipotética hermana del famoso poeta romántico inglés.

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Para los que piensen que este es un blog disperso, intentaremos desmentir esta afirmación (por otro lado, completamente cierta) con un sesudo análisis de la actualidad de actualidad. Por un momento, nos convertiremos en uno de esos sabiondos (o sabihondos) que se ponen delante de un micrófono hablando como si todo lo sucedido en el mundo cupiera en su cabecita (cabezota). Hay unas cuantas noticias que me han llamado la atención en el profundo análisis que llevo a cabo cada vez que me levanto de la cama (aunque la realidad es que me limito, como todo el mundo, a echar un vistazo rápido a algunos titulares, a meterme en la lectura en diagonal de algunas noticias y a cercenar esa lectura, como mucho, al tercer párrafo).

No sé por dónde empezar, así que empezaré por la más tonta: una empresa ha mandado a tomar viento a alguno de sus empleados (varones) por hacer un ranking de sus nuevas compañeras de trabajo. Si la cosa hubiera sido al revés, la cosa no pasaría de «Vaya, qué cachondas y enrolladas son estas en el trabajo». Pero como está el asunto este del género, tal y como lo llaman los especialistas de la cosa sin hacer caso a los especialistas de la palabra, pues van y les echan. Todavía recuerdo el anuncio de Coca Cola Light en el que a unas oficinistas se les quedaban los pantis acartonados al ver que al obrerete de enfrente le tocaba la hora del refresco. El spot causó una auténtica conmoción y fue saludado como la anulación del machismo y objetualización del cuerpo femenino cuando, en el fondo, lo que se hacía no era anularlo, sino sustituirlo por su contrario. Probablemente estos muchachotes se hayan pasado al hacer a sus nuevas compañeras un análisis demasiado explícito con acompañamiento gráfico y on line que condujo a una campaña viral que les ha rebotado y, al final, les ha explotado en su cara. En el fondo, ese «repaso de la actualidad» lo hacemos hombres y mujeres a la hora del café, porque la actualidad es la novedad y la novedad viene del nuevo (o de la nueva). Y, como no se conoce su profundidad, este análisis se parcializa en los granos de la cara, la nariz, el muslamen y sus orígenes ancestrales.

La segunda noticia va de hazañas espaciales. Como mi primer recuerdo (al menos, eso creo) fue el de un tipo pisando la luna con la voz de Jesús Hermida al fondo, siempre me ha gustado esa gran odisea de llegar al lugar donde antes reposaban los sueños y los despistes, donde cualquier ser humano en sus cabales hubiera negado que podríamos llegar hace unos siglos (y al lugar al que algunos negacionistas iluminados niegan que hayamos llegado. Eso es que no se han leído este libro…). Y la noticia de hoy rezuma magia y, por lo tanto, infantilismo rodeado de encanto: unos entusiastas del espacio han mandado un avión de papel «pil0tado» con un Playmobil hasta el límite de la atmósfera (veintisiete mil metros, oigan) con la ayuda logística de un globo de helio. Sin operación controlada desde Houston con un tipo con chaleco, sin una pieza que salta en pedazos y jode la marrana, sin ordenadores antiquísimos para avatares modernísimos. Bello.

La tercera, lo que ya sabíamos, pero puesto en serio y por escrito de forma contrastada: la alfabetización deja huella en el cerebro y lo «formatea» de forma distinta al de un analfabeto. Mucho se ha hablado de la cultura oral y de los tránsitos de la oralidad a la escritura (y paso de poner enlaces: McLuhan, Havelock…) para defenderlas o atacarlas (Platón echaba pestes de la escritura, oigan –o lean–). Pero, como el cerebro es plástico, las cosas que (nos) pasan por la cabeza no (nos) pasan en balde.

Y la última, que llega en este lugar cuando, de haber sido la primera, me hubiese hecho un hombre más feliz: los especialistas dicen que las mentes que tienden a la divagación son más infelices que la de aquellas que funcionan con el «sota, caballo y rey«. Así que lo que yo creía que era una chorrada, eso del «los filósofos están todos locos», eso del «profesor chiflado», eso del «científico absorto», sí todo, eso, no hace sino plasmar (y «plastificar», je) lo que este blog, a lo que me dedico, a todo lo que pasa por mi cabeza. Y sí, lo voy a tener que comentar con el psiquiatra. Je. Je, je.

(Imagen de Zachary Veach.)

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Joder, que me apellido Urbina. Y no se trata de ser de letras o de ciencias, de ser del Barça o del Madrid, de ser de la Virgen de Regla o de la del Rocío. Se trata de apellidarse Urbina. Dicen que es una cuestión de prevalencias (o de quitarlas, mejor). Que si antes era de una manera, que si luego, hace una década y un poco podía llegar a ser de otra. Pero ahora llega la decisión, que es una decisión poco decidida a instalarse ahora mismo, ya que se emplaza para dentro de dos años. Apellidarse Urbina ha significado varias cosas en la vida, buenas (muchas) y malas (otras), pero siempre ha significado, ante todo, una: estar en el colegio en la clase D de cuatro posibles. Y, además, ser de los últimos de estas clases, aunque tuve años en los que se dio la extraña circunstancia de que era de los últimos, pero no tanto (ahí estaban Urién, Vargas, Yartu, Zaleski –sí, ese que salió algunas veces en las revistas del corazón, que si Paloma Lago, que si la otra–, Zamarriego y Zorzano).

Sea lo que sea, a los Urbinas, Urienes, Vargas, Yartus, Zaleskis, Zamarriegos y Zorzanos nos han jodido a base de bien. Porque, a no ser que nuestra pareja esté de acuerdo en que nuestro apellido (Urbina, Urién, etc.) sea el primero, la cosa se decidirá de forma negativa para nosotros. Las decisiones (casi todas ellas) son discutibles, sobre todo cuando no nos favorecen. Y se puede decidir que el primer apellido sea el del padre (que si machismo, que si siglos de represión: se quita. Pues vale). Se puede decidir que sea el de la madre (que si ya era hora, que si para compensar, que si yo lo he parido de mis mismitas entrañas. Se pone. Pues también). Se puede decidir ponerle el apellido del vecino de abajo o del técnico del mantenimiento del ascensor –que cobra una pasta– o de la farmecéutica, la primera que nos brindó la dicha del anís para los gases o Dalsy, el bendito Dalsy. Pero no se puede decir que decida el orden alfabético. Y no se puede porque es el orden aleatorio menos aleatorio que existe. Porque discrimina. Porque ya ocurre en las oposiciones, cuando los Arnaiz y los Urbina protestaban, unos porque les tocaba leer los primeros y el tribunal estaba demasiado fresco y resabiado, otros porque leían los últimos y el tribunal estaba resabiado y hasta los cojones.

Por eso, ciudadanos de España de la s en adelante, no podemos dejar que nos hagan esta putada. Yo no creo que tenga más hijos, a no ser que la Pataky se me ponga tontorrona. Pero tengo un hijo. Y, cuando me presente a su chorba, ya no le podré preguntar si es de buena familia, si estudia o trabaja, si es una chica seria o una lagarta. Lo único que me importará será La Pregunta: «Oye, guapa… ¿y tú cómo te apellidas?». Y mi único consuelo, ante al futurible y más que probable desacuerdo familiar, sea que ella sea descendiente de un Urién, de un Vargas, de un Yartu, de un Zaleski, de un Zamarriego o de un Zorzano (por otra parte, no me llegaría a gustar demasiado que, en vez de en una cena de Nochevieja en mi casa pareciese que tuviese a mi lado al número 32 de la clase de 7º D).

Así que, hablando de orden alfabético, propongo una chorrada todavía más grande, en la que se unen cosas tan terribles como órdenes alfabéticos, boletines oficiales del estado y oposiciones. ¿Y si, en caso de desavenencia, la prevalencia se cuenta a partir de la letra del puto sorteo de las oposiciones? (Pero, por favor, que no tenga la mala suerte, en el caso de que la Pataky se ponga calenturienta, de que todo sea como este año.)

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Pues sí, ya no sé si soy héroe o villano, decidido o tarambana. Ya he mostrado explícitamente mis querencias, ya desvelé hace tiempo alguno de mis desapegos. Pero hoy ha vuelto a surgir en mí esa vena canalla con la que me mantengo, odiando al mundo y sus circunstancias, a la realidad y a sus circunstantes.

No me gustan las personas que mantienen la sonrisa un segundo más de lo preciso. No me gustan los iluminados, que piensan que todo es jauja menos cuando la responsabilidad les toca a ellos. No me gustan los que dicen que se sienten jóvenes aunque no lo sean, ni me gustan los que se sienten viejos antes de tiempo. No me gustan los que afirman que la belleza está en el interior, porque mienten (relativamente) más que hablan. No me gustan los que dan lecciones magistrales a poco que te descuides. No me gustan los que dicen que lo primero que se llevarían a una isla desierta es un libro cuando no han leído un libro en su puta vida, o lo han hecho de Pascuas a Ramos, o leen cosas que mejor que se quedasen en la litera del barco. No me gustan los que reprimen sus palabras y sus sentimientos. Por regla general y muy pocas excepciones, no me gustan las personas que ven una película y dicen «Prefiero el libro», ni me gustan las personas que les recomiendan un libro y dicen «¿No han hecho una película?». No me gustan los que piensan que correr es de cobardes. No me gustan las personas que tienen horchata en las venas. No me gustan aquellos que levantan un poco el mentón de lado para dárselas de importantes (no, tampoco me gusta el gesto ni lo disculpo cuando se aprietan el nudo de la corbata). Hablando de vestimentas, no me gustan los hiperpijos; tampoco me gustan los «auténticos» que van con cualquier cosa que pillan por esencia y por principio. No me gustan los políticos, y mira que me gustaría que alguno se acercase a lo que creo que la sociedad necesita. No me gustan los que dicen que Internet ha roto con las relaciones personales, y tampoco los que dicen que los niños matarán por jugar a juegos violentos sin mirar primero a la educación que les dan los padres. No me gusta que el mundo de las reuniones grupales se haya convertido en un PowerPoint continuo. No me gustan los cascarrabias ni los meapilas. Y, para acabar (no con lo que no me gusta pero sí con esta entrada), diré también que no me gusta pertenecer a ningún grupillo hasta las últimas consecuencias, porque creo que, al final, siempre hay cierto regusto friqui.

Y para que no todo sea malo, acabaré (como anticipo de otra entrada, que seguro que vendrá) diciendo que me gusta nadar durante mucho tiempo sentido, y sentir la respiración pausada, y pensar en mis cosas mientras doy brazadas, e imaginar que, si nadase lo suficiente, todo podría ser distinto.

(Y la imagen de la entrada es de Brittney Bush Bollay. Y sí, también me gusta.)

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