Por Raúl, hace 1 mes y 11 días

La pelota en el tejado

Tennisball

«Aquel que dijo 'Más vale tener suerte que talento', conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control. En un partido, hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y, durante una fracción de segundo, puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte, sigue hacia delante y ganas, o no lo hace y pierdes.»

Así comienza Match Point, película dirigida por Woody Allen. Y se me ocurren varias cosas: la primera, que en los partidos de tenis el jugador afortunado que logra ganar un tanto gracias a este punto de suerte, pide disculpas a su rival. La segunda, se me insinuó cuando se acercaba el final de la película. Hay veces que la pelota cae de tu lado de la red; crees que has perdido el punto; lamentas y saboreas -somos un poco masoquistas- la derrota; y la vida -la suerte, el sino, el hado- pone la victoria de tu lado. Pero para eso hay que esperar al final. Del partido. De la vida. De la película.

Por Raúl, hace 1 mes y 28 días

Con una sonrisa

Philadelph

El American Film Institute ha lanzado una lista con las cien mejores películas de la historia del cine divididas en diez categorías: el 10 Top 10, tal y como lo denomina esta institución. Entre los filmes elegidos como mejores comedias románticas se encuentran las excelentes Luces de la ciudad de Chaplin (1931), Annie Hall de Woody Allen (1977), Sucedió una noche de Capra (1934), Vacaciones en Roma deWyler (1957) o Historias de Filadelfia y La costilla de Adán, ambas de Cukor (1940 y 1949). Es una gloria bendita que el cine nos haya regalado tal cúmulo de sonrisas, tal cantidad de sentimientos agradables (y agridulces) y tal porción ingente de minutos en los que hemos conseguido vislumbrar una realidad poco frecuente en nuestras vidas pero perenne en las ansias de nuestro corazón. Un antiguo alumno y ahora amigo, tuvo unos desagradables episodios de transtornos obsesivo-compulsivos con poca fortuna en su tratamiento hasta que un psiquiatra le ofreció la píldora perfecta: comedias y musicales del mejor cine clásico. Una tarde relajada, una pantalla (si es posible de cine, mejor) y una de estas películas es el mejor cóctel de fármacos para superar nuestros laberintos, nuestros miedos. Algunos dirán que esto es evasión, pero no, amigos, no. Es inmersión. Inmersión en el mejor de los mundos posibles. El de la ficción. El de nuestra imaginación.

Por Raúl, hace 3 meses y 7 días

En las historias. En su justo centro

 El infierno, por Marina Núñez

Decía el otro día Arturo Pérez-Reverte que, a diferencia de otros (como Javier Marías, al que puso de ejemplo), él no quiere ser el autor de las lecturas que le apasionan: el prefiere ser el personaje. Tanto en el cine como en la literatura, esta es la auténtica visión, la visión del niño que quiere mimetizarse con sus personajes favoritos, meterse en el centro de la historia y que la vida suspenda sus tediosos vaivenes por la tensión narrativa de la auténtica aventura. Quizá la diferencia entre el adulto y el niño sea que el primero prefiere dirigir, manipular, administrar, mientras que el segundo quiere vivir, desarrollarse, expandirse. A mí me gusta la postura del niño. Por aquello de la ficción, pero también por aquello de la inmadura madurez y la responsable irresponsabilidad. Me gustan las historias y la imaginación. Y ser un personaje de una historia en la que la densidad vital sea tan grande que no haya promedio certero entre la rentabilidad, la equidistancia y la aburrida monserga del vivir pausado. Vivir gracias a la vida de las historias y no vivir gracias a la historia de la vida. Es una ficción, lo sé. Es una fruslería ñoña, lo reconozco. Pero si no sientes así la vida corres un peligro. Que la vida te atrape a ti, te apriete con fuerza entre sus manos y seas, tú mismo, una ficción. Como en Tron. Como en El show de Truman. Prefiero ser la estrofa triste de una vieja canción de amor.

Por Raúl, hace 3 meses y 19 días

La semilla inmortal

Seeds

Nuestras vidas son los ríos narrados que van a dar al mar, que es contar nuestro sentido al final. O, lo que es lo mismo, nuestra vida es la vida única e irrepetible del argumento ya contado. Lo decía Borges en el cuento titulado «Los cuatro ciclos»: «Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.» A nosotros, los que habíamos nacido en el siglo del cine, parecía aguardarnos la esperanza de que fuera distinto, pero es lo mismo. Siempre lo mismo. Jordí Balló y Xavier Pérez escribieron La semilla inmortal, en la que devolvían a nuestros corazones toda la historia del cine y, por lo tanto, toda nuestra historia, amarrada a un número muy reducido de argumentos que eran modernos porque son clásicos. Siempre hemos buscado tesoros; hemos tenido un hogar (interno o externo) al que intentar retornar; nos hemos esforzado por crear nuevas patrias o impelidos a extendernos por nuevos territorios. Y nos hemos topado tanto con benefactores desconocidos como con malignos destructores, que nos han tentado y con los que -a veces- hemos pactado. Hemos buscado la venganza templada o sedienta de humores sanguíneos con tanta fuerza como la que hemos derrochado buscando en el amor la sensación prohibida, el sentimiento que nos redime o la seducción incansable. Ebrios de poder, intentamos desdoblarnos en múltiples seres, pero también conocernos a nosotros mismos. En el camino, hemos intentado crear vidas desde la humanidad o desde el artificio. Y lo mismo nos da por escalar hacia el cielo que nos empecinamos en descender a los nuestros infiernos.

Mira que lo decía Platón en un bello pasaje del Fedro, del que Balló y Pérez extraen el título de su libro: «se plantan y se siembran en ella [en el alma] discursos unidos al conocimiento; discursos capaces de defenderse a sí mismos y a su sembrador, que no son estériles, sino que tienen una simiente de la que en otros caracteres germinan otros discursos capaces de transmitir siempre esa semilla de un modo inmortal, haciendo feliz a su poseedor en el más alto grado que le es posible al hombre.» (Platón, Fedro, 276e-277a). Algunos científicos se enorgullecen de haber logrado que germine una semilla de palmera de hace 2.000 años. Pobres incautos. No saben que esa semilla, como nuestras vidas, germinó en el momento de ser contada. Del brote, de los frutos, todavía no sabemos nada. Somos una historia ya contada. Pero hay una pequeña pega: al final, no sabemos cómo va acabar.

Por Raúl, hace 6 meses y 6 días

¿Mueren nuestros sueños?

 

Cine con intermitencias

Me había ocurrido antes, probablemente desde que era muy pequeño, pero no me di cuenta hasta unos nefastos primeros días de julio de de 1997: habían muerto James Stewart y Robert Mitchum. Parecerá ingenuo y sensiblero, pero era la constatación inefable de que los grandes estaban cayendo para no volver a aparecer. Ya no habría héroes a medio camino entre la debilidad y la fortaleza (El hombre que mató a Liberty Valance, Caballero sin espada, La ventana indiscreta, ¡Qué bello es vivir!) ni grandullones engreídos con gran maldad (o inseguridad) a flor de piel (La noche del cazador, Cara de ángel, El cabo del terror).

Y, desde ese año fatídico, he sido testigo consciente de esa demolición de los actores que construyen mis sueños. En 1998, desapareció Frank Sinatra, menospreciado a veces como actor: quienes recuerden su papel secundario en De aquí a la eternidad o su egregia interpretación de un drogadicto en El hombre del brazo de oro tendrán mucho que callar. En 1999, Stanly Kubrick, a mitad de camino entre la genialidad y el narcisismo, al que le dio por parir, ni más ni menos, Senderos de gloria, Espartaco o La chaqueta metálica (lo siento, menciono estas porque son mis preferidas). El siglo acababa en 2000 con Alec Guiness y Walter Matthau, el constructor de puentes sobre el río Kwai y el mejor comediante del robo (El quinteto de la muerte) , el mejor amigo canalla de la historia (Primera plana). En 2001, cayó Jack Lemmon, el amigo decente de Mattahau, el mejor representante de la clase media americana, del hombre normal capaz, como todos los hombres mortales en caso de desequilibro persecutorio, de enfundarse unas faldas y echarse en los brazos de un vejete en Con faldas y a lo loco, o de agazaparse en su gabán esperando que sus superiores saliesen de su vida, sus amores y su Apartamento. En 2002, Frankenheimer, el hombre que llevó a Burt Lancaster a criar pájaros como metáforas de libertad en El hombre de Alcatraz. Especialmente insoportable fue 2003: Gregory Peck, la elegancia sutil del periodista de Vacaciones en Roma o el abogado sereno y pertinaz de Matar a un ruiseñor. Y, sobre todo, Katharine Hepburn: lloré su muerte tanto como he disfrutado sus películas. El terremoto femenino de La fiera de mi niña, de La costilla de Adán, de Historias de Filadelfia... La única que me ha llegado a parecer la mujer más bella de la tierra sin serlo, la única que cautivaba por cada gesto, por cada poro de su piel. Marlon Brando en 2004 (no se puede decir lo que ya está dicho). Robert Wise en 2005, con West Side Story como logro (y con Sonrisas y lágrimas como tedio lacrimógeno). En 2007, ni más ni menos que Jane Wyman, la joya de Días sin huella y tantas otras; Deborah Kerr, en la playa del deseo de Burt Lancaster, en el amor condenado de una cita en el Empire State (Tú y yo, el melodrama lacrimógeno convertido en obra maestra); Glenn Ford, abofeteado y abofeteador, en la justa correspondencia que media entre amor y odio de Gilda y padre putativo (el San José de nuestro mundo contemporáneo) de Supermán. Llevamos unos meses de 2008 y se nos ha caído Richard Widmark: El beso de la muerte, Vencedores o vencidos. El mejor malo, el bueno más arrogante. Y una sonrisa tras la que no sabes si te espera la muerte, la seducción o la inteligencia.

Eso, para que luego Platón nos dijese algo de unos esclavos en una caverna que miran fijamente una pared con reflejos. Para que luego nos diga ese griego sabiondo que, mirando esos reflejos, los esclavos no contemplan la auténtica realidad, que esa realidad está fuera. Si miramos allí, al mundo real, todos estos genios están muertos. Si estamos al abrigo de los maravillosos reflejos de la pantalla, seguimos contemplando la verdad (la auténtica) y nuestros sueños. Una vez más. Y, en la esclavitud de nuestra mirada, conseguimos nuestra libertad.

(Imagen de movimente)

Por Raúl, hace 7 meses y 21 días

Ganar para perder

Tránsito. Ganar para perder

Me quejaba en una entrada reciente de los males que, ha mi juicio, aquejan a la capital burgalesa. Hoy creo que es de justicia destacar alguna cosa buena, máxime cuando se trata noticias que afectan a los amigos. Hoy se ha celebrado el reestreno de Tránsito. Ganar para perder, (puede verse aquí un retazo), un magnífico corto dirigido por Francisco Álvarez, joven director burgalés con gran talento e iniciativa con el que tengo el honor de colaborar en un proyecto futuro. Dafne Cinema está emprendiendo un camino artístico digno de mención en nuestro panorama cinematográfico. Dignos de tener en cuenta.

Y Francisco Álvarez es muy muy joven (y rueda ya a menudo con oficio y medios profesionales), pero más jóvenes son todavía tres chavalillos (Álvaro López, Jonathan Arce y Diego Arnaiz), que andan iniciándose en esto de contar historias cámara en ristre y que son creadores de Producciones D.T.L (Demasiado Tiempo Libre). Enfrentándose a los problemas técnicos que supone la realización de una serie, han ido buscando soluciones técnicas e imaginativas que les deparan un buen futuro. Ánimo, chicos. Podéis seguir su serie en el enlace anterior, pero también en Youtube.

Por Raúl, hace 9 meses y 21 días

Los malos son los mejores (IV): el ama de llaves de Rebeca

Mrs. Danvers, el ama de llaves de Rebeca

En una repaso reivindicativo a los malos de la ficción no puede faltar la malísima Mrs. Danvers, el ama de llaves de Rebeca, la genial película de Hitchcock. Si queremos meter en un mismo paquete arrogancia, cinismo, idolatría e -incluso- un lesbianismo inaudito para la época, este es nuestro personaje. Reconozco que no he leído la novela de Daphne Du Maurier, por lo que no puedo decir aquello de «la novela es mucho mejor que el libro». La actriz que le dio vida, Judith Anderson, era una de esas maravillas que perfilaban magistralmente a los personajes secundarios, como ocurrió también en Laura de Otto Preminger (película que esconde un personaje que se unirá a esta serie de «Los malos son los mejores» en cuanto el futuro lo depare) y que brindó sus dones interpretativos a lo largo de una larga carrera llena de reconocimiento, pero no de premios. Una de las mujeres que logran llenar la pantalla con su presencia con su porte y con su mirada más que con unos escasos ciento sesenta centímetros de altura.

Y si en la película el espíritu de Rebeca campa a sus anchas frente a la encogida Joan Fontaine, el mérito es de Mrs. Danvers. Rebeca ha abastecido al mundo de la moda con las rebequitas, esas chaquetas con las que la apócrifa y advenediza Sra. de Winter tiene que abrigarse el alma encogida y sobrecogida por el pánico escénico de saberse en el lugar equivocado e inadecuado. Pero, sobre todo, la película ha regalado el dicho que todos los que tenemos ya unos añitos encima hemos oído a nuestras madres: «Es más mala que el ama de llaves de Rebeca». En la foto que encabeza esta entrada, la vemos en la secuencia en la que presentan a la reciente esposa de Maxim al personal de servicio. Y allí aparece Mrs. Danvers, el ángel custodio de la casa y del espíritu de la que siempre será su señora. Demuestra su poder por contraste, incitando a la locura y al suicidio, con las malas artes de aconsejar el vestido más inapropiado para la fiesta, con la indelicadeza de hacer tocar las prendas más delicadas («¿Ha visto algo más delicado? Mire, ¡puede verse mi mano a su través!»), con la virtud de la omnipresencia física que mantiene la presencia viva de su señora, a la que tanto amaba. Con todo detalle. Con todo cuidado. Con tanta pasión... Y cuando pierde, pierde a lo grande, sin medias tintas y llevándose a todo por delante. Sin medias tintas ni ambages. Con dos cojones (el entendido en la película, me perdonará la grosería como licencia poética: ¿era el de la Sra. Danvers por su señora un amor espiritual?)