— Verba volant

Archive
Lectura

Hace cosa de un mes, escribía sobre una entrada sobre el libro electrónico y la poca previsión de la industria electoral. La tienda de Amazon ya tiene su sección española y muchos españoles han decidido regalar o regalarse un aparato para leer libros electrónicos gracias a que esta tienda vende un magnífico modelo, la última versión de Kindle, por 99 euros. Insisto en lo que comentaba entonces: muchos usuarios se compran el aparato y luego emprenden la búsqueda de libros para comprar. Probablemente, muchos de esos lectores no son conscientes de lo mucho (o lo poco, según se mire) que ha cambiado el panorama editorial español con respecto a ediciones electrónicos. Por decirlo de manera fina, podemos decir que las editoriales españolas no han decidido cambiar su política comercial, sino que las iniciativas de Amazon les han obligado a cambiarla o, al menos, a intentarlo. (Antes de entrar en otros detalles, diremos que, hace meses, en lo que se refiere a la edición en papel, ya podía darse la paradoja de que un libro editado en España costaba más barato comprado desde Estados Unidos (portes incluidos) que comprado en la librería de la esquina.)

Antonio Fraguas (hijo) publicada el otro día en El País un artículo titulado “Guerra abierta por el precio del libro”. Un resumen rápido del mismo podría ser que las editoriales españolas han tenido que espabilar –o, al menos, tienden a pensar que algún día de estos, antes de llorar, tendrán que espabilar– ante la política de precios de la gran tienda en Internet por excelencia. De hecho, leemos hoy, también en El País, que Anagrama decide anticipar en unos días la salida de la última novela de Paul Auster en formato electrónico a un precio inicial y temporal de 11 euros, que será de 15 dos semanas después. Cada uno es muy libre de poner el precio que quiera a un libro, pero ¿no resulta un poco cara una edición electrónica por 15 euros en comparación con los costes que entraña una edición en papel? En definitiva, que me temo que esa guerra de las editoriales será, a la postre, una batalla perdida porque ganará Amazon. Y el triunfo no vendrá de ser un mastodonte que devora todo lo que le rodea, sino de alguien que ha decidido desde hace mucho tiempo hacer las cosas tirando a bien (en los pedidos de libros en papel, un libro puede llegarte de Estados Unidos o Alemania en tres días, como tuve ocasión de comprobar personalmente con un pedido realizado el día 3 de enero que me llegó el día 5, a un precio extraordinario).

Pero todo eso son batallas. Al libro electrónico, para ganar la guerra del negocio, le quedan unos cuantos detalles. Un ejemplo: me decidí estas Navidades a regalar un libro a un familiar. Compré religiosamente el libro, que quedó descargado en tres segundos en mi ordenador. Cuando quise grabarlo para mandárselo por correo electrónico, me di cuenta de que tiene una protección que imposibilita que lo lea alguien desde un dispositivo electrónico que no sea mío. ¿La conclusión? Tuve que descargar una edición pirata para que poder regalársela.

Yo sigo insistiendo: o convertimos el comercio de libros en algo agradable y fácil (además de económico) o, cuando nos despistemos, no encontraremos a nadie en este mundo que quiera comprarlos. Decidirá, simplemente, leerlos.

Read More

Para todo lo que quiero decir aquí, es necesario hacer un poco de historia personal. Empecé a enamorarme de la lectura cuando tenía unos diez u once años (unos cuantos menos, si contamos los tebeos de Mortadelo y Filemón, Astérix y El capitán Trueno). Como tantos otros, comencé con sagas literarias de Enid Blyton, pasé por todos los autores de la literatura clásica de aventuras, luego fijé mis obsesiones en la novela policíaca (que, junto con la novela negra, me ha acompañado siempre en mi voracidad lectora) y, poco a poco, fui ampliando mi abanico de lecturas. Tuve la suerte de nacer en una casa con libros y con una familia que inspiró y alentó mi afición. Todo el dinero que recibía por mi cumpleaños y Reyes lo invertía en libros. Cuando esto no alcanzaba, conté con la complicidad de Humi, mi librera (luego me enteré que la librería que regentaba, Granado, tuvo una de las trastiendas más ricas a la hora de combatir la incultura y las prohibiciones en el franquismo), con la que llegué a un pacto: yo cogía el libro que quería y no lo tenía que pagar hasta ir a comprar el siguiente. Con el tiempo, mis queridos libros, mis apreciadas lecturas, lograron cambiar mi visión del mundo, ampliaron mi experiencia, compensaron todo aquello que, por motivos diversos, no había podido vivir. Las estanterías se quedaban cortas, las baldas eran insuficientes, los volúmenes se apilaban.

Cuando la ficción no fue suficiente, llegaron los libros de divulgación, los ensayos, los libros de historia primero, los de psicología y los de filosofía después. Llegó el momento de decidir una carrera y los estudios de Filología Hispánica me exigieron, no sin placer, el ir haciéndome con un gran caudal de literatura clásica hispánica y, a la par, con estudios monográficos sobre literatura y sobre lingüística. El número de libros y lecturas siguió creciendo cuando decidí realizar los estudios de posgrado y la tesis doctoral. Alguna que otra beca alivió mis gastos (o, mejor dicho, los de mis padres y de mi hermana, que hicieron un impagable –nunca mejor dicho– esfuerzo para que no me faltara nunca ni una página de las que yo considerara necesarias). Como todavía no tenía una relación laboral con ninguna institución universitaria y vivía en una ciudad sin muchos recursos bibliográficos, tuve que emprender viajes a otras ciudades de España e, incluso, salir al extranjero para acudir a bibliotecas y adquirir libros en librerías especializadas. Mi campo de investigación era tan estrecho y, a la vez, tan vasto, que necesité de un grandísimo caudal bibliográfico. No fueron pocos los años en los que me llegué a gastar, ya trabajando, más de medio millón de pesetas anuales en libros. Trabajaba en un centro de secundaria en el que te miraban con los ojos torcidos si te gastabas demasiado, con lo que muchos de los materiales pedagógicos que necesitaba también corrieron por mi cuenta.

En conclusión, el no-sé-dónde firmante acumula una librería de unos siete mil volúmenes: un montón de dinero bien invertido, en directa proporción a la satisfacción y los réditos personales y profesionales que me han dado. Todavía me parecen pocos libros, pero diferentes situaciones profesionales y personales acarrearon problemas de espacio y almacenamiento. Amigo como soy de las nuevas tecnologías, decidí hace unos tres años comprarme en Amazon un Kindle (comprado por internet en los EE. UU., ya que hasta solo hace cuestión de unas semanas se puede adquirir en la reciente tienda on line española). Embebecido por la ilusión de la causa y el efecto, pensaba yo (no lo había comprobado previamente) que el caudal de libros disponibles sería enorme, en uno u otro formato. Por la tarde, lo primero que hice es entrar en internet para comprar El asedio de Pérez-Reverte en edición electrónica. Los resultados de Google me mostraban unas cuantas páginas en las que el libro salía gratis a través de una descarga, pero yo no buscaba eso. Perdí algo así como dos horas hasta que descubrí que, simplemente, no podía hacer lo que había sido mi hábito durante años: pagar por el libro que quería comprar. Opté por la descarga gratuita (y no sé aún si ilegal, alegal o vaya usted a saber qué). En los días y semanas siguientes, seguí haciendo el intento. Ante mi extrañeza y mi asombro, la industria editorial española no disponía de ningún mecanismo para que yo pudiera utilizar mi dispositivo (y esto era válido para cualquier otro modelo, para cualquier otra marca) con libros pagados. Me acostumbré a descargar los libros que no leía en papel. Me familiaricé con determinadas páginas, con determinados programas que convertían formatos. Me acostumbré a no pagar por lo que había pagado durante décadas.

Hasta fechas bien recientes, la estrategia editorial española, en lo que se refiere al libro electrónico, ha sido errática en algunas ocasiones y, en otras muchas más, ineficaz o inexistente. Algunos autores tomaron iniciativas honradas y valientes, pero eran tan pocos los que las emprendían que los dispositivos electrónicos de lectura crecieron en un bosque en el que no había casi árboles autóctonos y, a los amigos de la naturaleza, nos obligaron a plantar especies de otras latitudes, a veces saltando una valla y sacando ese pino foráneo del cepellón.

Estando las cosas tal y como están, algunos autores mantienen absurdas posturas negacionistas en las que confunden, por puro odio, por pura ignorancia, el contenido con el continente. Es el caso de Juan Manuel de Prada, en una reacción iracunda de aquel que ve que se le puede acabar el pastel de postre o, incluso, el primer plato. Otros autores son mucho más razonables: algunos de ellos, fueron de los pocos que vieron el problema con suficiente antelación y perspectiva. Es el caso de Lorenzo Silva, que mantiene una actitud lógicamente combativa, pero siempre educada y prudente. El ya puso a disposición de todo el que quisiera algunas de sus obras de manera gratuita; de aquellas que se podían descargar pagando, el coste era más que razonable. De hecho, si vemos ahora los precios de sus libros en formato electrónico en Amazon, comprobamos que los precios son justos y necesarios: toda su serie de libros de Chamorro y Bevilacqua por menos de cinco euros, etc. En otros casos, en otros autores, la diferencia entre el libro en papel y el formato electrónico es tan pequeña que se parece a una tomadura de pelo más que a cualquier otra cosa.

La encrucijada de las editoriales españolas y de los autores llega ahora: convencer a quienes han visto que se puede ver el Cielo gratis para decirles que tienen que pasar por caja con una tarifa reducida. Y ahora llega la pregunta: ¿será demasiado tarde, cuando todos los internautas tienen una librera que ya no se llama Humi y que te deja llevarte un libro sin pagar por este, ni por el siguiente?

(Imagen de Leandro Suárez.)

Read More

El otro día me llegó la noticia de que un padre prohibía a su hija leer Drácula. La niña tiene diez años, pero el padre no se basaba en la edad, sino en la simbología anticristiana de la novela, siendo el colegio en el que estudia su hija un centro concertado. No me extraña nada. Recuerdo a los lectores que, hace unos cuantos años, un padre castellano de pro protestaba porque en el colegio el profesor de Literatura había mandado a los alumnos leer el Diario de un cazador de Delibes y protestaba porque don Miguel se descolgaba con el reflejo del habla coloquial con unas cuantas palabrotas. Y la lista de protestas de padres, asociaciones y demás seguro que no cabría ni en mil entradas extensas. Cuando analizaba con mis alumnos la Celestina o leíamos algunos pasajes de El libro de Buen Amor les decía: “Si vais a vuestra casa este mediodía y comentáis que habéis estado leyendo estos libros, seguro que vuestros padres se ponen muy contentos y piensan que estáis leyendo libros muy importantes. Esto pasa porque mucha gente no ha tenido la oportunidad de leer estas obras: si algunos leyesen algunos de los pasajes que hemos comentado en clase, seguro que se escandalizaban”. También me acuerdo de que, de pequeño, estaba leyendo El árbol de los deseos de Steinbeck y mi madre me miraba con desconfianza por una interpretación desviada del título del libro, lo que no hace sino avalar que opinamos cargados de prejuicios. Sabemos también que el desfile de adaptaciones políticamente correctas de muchos clásicos están triunfando por encima de la razón (y si no, que se lo pregunten a Mark Twain, que estará removiéndose en la tierra al ver cómo modifican algunas de sus palabras y dulcifican algunos pasajes de un sur de EE. UU. que fue siempre profundo.)

No sé qué tienen algunas manifestaciones artísticas (y, en esto, creo que la Literatura y el Cine ocupan un lugar destacado) para desatar este cúmulo de fanatismos y despropósitos. Prefiero mil veces que mi hijo lea Lolita (libro que hoy, quizás, sería imposible de publicar), La naranja mecánica Drácula que alguna de las bazofias bienintencionadas que pueblan los colegios y los institutos del mundo entero. Porque creo que educa más el arte en sí que las buenas intenciones y forman mejor las mentes las buenas ideas que los consejos y las consejas. Y, por supuesto, los padres tienen todo el derecho a intervenir en la educación que reciben sus hijos en el colegio, pero quizás haya elementos que están por encima de toda intervención que, en este caso, es una grave injerencia. Si las creencias religiosas de una niña flojean por leer a Bram Stoker a lo mejor la culpa no la tiene el genial irlandés… y casi prefiero no decir quién la tiene.

Drácula es la típica novela recomendable para enzarzarse en el apasionante mundo de la Literatura. Una obra llena de genialidades, un libro lleno de secretos que, todo aquel que no lo ha leído, cree conocer. Una obra en el límite entre Oriente y Occidente, entre la modernidad y la tradición, entre el realismo y la fantasía. Una lección de narrativa. Y, sobre, todo, el descubrimiento de un personaje apasionante. Al padre en cuestión le vendría muy bien releer (o, seguramente, leer) Drácula. Quzás esa nueva lectura le descubriría que Stoker plantea muchos rasgos mesiánicos y establece muchos paralelismos con la figura de Jesucristo. Pero lo que sucede es que los padres confunden la realidad con la ficción. Ni Nabokov era un pedófilo ni Stoker tenía que ser un apologeta del vampirismo. Y es que, en definitiva, ¿a nadie se le ha ocurrido pensar que se pueden escribir ficciones?

El error, a mi juicio, está en confundir planos: la narrativa de ficción puede contar mentiras llenas de verdades del mismo modo que la historia está llena de ficciones e interpretaciones. Las obras de arte deciden contarnos la verdad profunda de las cosas, que es mucho más rica que la timorata, anecdótica, pacata y mojigata de lo que algunos piensan (mirándose en su reflejo). Y, sí, señores: con este panorama, sucede lo que sucede. Así nos luce el pelo.

(Imagen de Hidrophobica. Leí la noticia gracias a un tuit de @tonisolano.)

Read More

Captura De Pantalla 2010 12 08 A Las 17 00 53

El día 7 de diciembre, Mario Vargas Llosa leyó su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura 2010. En un discurso magistral, habla de muchas circunstancias personales que giran en torno a la lectura y a la escritura (a lo que se unen otras reflexiones enlazadas con ellas). En esta entrada reproducimos alguno de los pasajes del discurso, que podéis leer en formato web o en pdf y ver en vídeo (1, 2, 3, 4 y 5). Obviamente, la selección es muy personal y añade a lo que le interesa a Vargas Llosa lo que más me llega a mí en lo que concierne a la lectura y la escritura.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura.

esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. […] La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad.

Ella [mi mujer] hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

(Imagen de Harrison Gunter.)

Read More

IMG_4266-1

Mónica no se ha despertado hoy demasiado pronto. Aunque está agobiada por el trabajo y por otras muchas preocupaciones, Mónica ha cambiado el ritmo de sus noches. Antes escogía con primor los últimos momentos del día: se obligaba a dejar abandonada cualquier tarea que tuviese que ver con el trabajo y se enfrascaba en alguna serie de calidad que le sobrecogiese o, si era cómica, le hiciera esbozar una sonrisa inteligente. Mónica ha descubierto que el pasatiempo inteligente y la nocturnidad  no son buenos compañeros y ahora se decanta por películas emitidas por alguna emisora de televisión. Se deja llevar por un argumento fácil que consiga mecer y acompasar sus ritmos circadianos, que mitigue con los dramas de otros los lados más oscuros de su vida.

Decíamos que Mónica ha dejado las sábanas emitiendo una falta de sintonía entre el amanecer y el equilibrio natural que le caracteriza. Se ha dirigido a la cocina casi titubeante y ha propinado a su cuerpo al necesario chute de café, al que seguirá una rápida visita al cuarto de baño y una apertura de ventanas que inunde su casa de los sonidos de la calle. Después de otro café, Mónica ha decidido empezar el día con nuevas rutinas. Se ha resistido a la tentación de mirar las noticias en internet, se ha demorado más de lo habitual en el sofá de su cuarto de estar sin hacer otra cosa que ver asomar sus tobillos por las perneras del pijama.

Mónica se ha dirigido  a la mesa y ha cogido su libro. Está contenta, porque hoy emprende una historia nueva. Mónica piensa que los libros hacen mella en cada capa de su existencia. Ahora lee en un libro electrónico de última generación y piensa que apretar un botón es menos cruel que pasar página, porque pasar página es necesariamente una metáfora y apretar un botón es, quizás, un símbolo. Ahora la vida no se le escurre cuando le queda medio centímetro de lectura. Una barra de estado le muestra que los destinos no se perciben a montones, sino que son líneas rectas en las que uno se desarrolla en un tanto por ciento ignorando cuánto monta el total.

Mónica ha soñado con esos mundos imaginarios pensando que son mundos reales; ha pensado que los mundos reales no son más que imaginaciones que se miran en el espejo de sus neuronas.  Mónica va avanzando y, de momento, se niega a señalar los párrafos más concomitantes con la línea divisoria de sus sueños. Quiere que su mañana sea un continuo avanzar sin detenerse, una mañana sin nada reseñable más que sus anhelos de vivir en otras vidas.

Cuando ha pasado un buen rato enfrascada en su libro, Mónica se ha metido en la ducha para dejar resbalar sus frustraciones. Se ha secado de forma muy incompleta el pelo. Ha llegado a su habitación, ha abierto un cajón y ha dudado con qué prendas empezar el duro acto de vivir. Luego ha sonreído con un fondo de ojos tristes y ha decidido que la fantasía es el único acto inteligente que le queda a la humanidad. Se ha sentido inmanente y transcendente, se ha visto de frente y de través. Ha acabado enfundándose una blusa y ha bajado a la calle a respirar de forma directa esos pequeños retazos de verano que tiritan, aún, en su corazón.

Escrita mientas escuchaba Shania Twain – From This Moment On. («Una mañana para Mónica» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

Read More

Pirata Libros

El País publica una noticia  (“Los piratas ponen rumbo al libro”) firmada por Antonio Fraguas en la que se muestra a los autores con un temblor que les recorre todo el cuerpo al pensar que la piratería del libro anda ya con intentos de abordaje y con visos de llegar al gran expolio sufrido por la industria musical y cinematográfica. Es esta una noticia que no lo es, porque todavía no ha ocurrido, a lo que se añade un elemento que tiene que hacer pensar al sector editorial español: se habla de libros de autores españoles disponibles para la descarga en sitios ilegales. Se habla de algunos autores escandalizados ante la gran ola que se les puede venir encima, pero no se menciona que ningún honrado lector que desee leer las obras de estos autores en su flamante lector de libros electrónicos puede acceder a la compra de esas obras por la vía legal.

Es más que evidente que, en el momento en el que los libros se vendan en formato digital, éstos serán susceptibles de entrar en el entramado de las descargas a precio cero, pero la vía digital va a ser una realidad inexorable para los libros del futuro. Será una realidad tan inexorable como para transmutar, probablemente, alguno de los pilares del libro tradicional y para que los autores puedan optar por nuevas vías de creación literarias. Es ése un camino que tendrán que recorrer, expuestos a escorar, a zozobrar, a hacer aguas. Y, pese a quien pese y digan lo que digan los sectores interesados, hay autores que van a salir ganando. Los superventas en formato best-seller serán tan pirateados como comprados y, por lo tanto, seguirán forrándose en mayor o menor medida. Mientras, muchos autores con talento tendrán una salida más fácil hacia el mundo de los lectores con los formatos digitales y la distribución de sus obras no estará tan envarada y tan viciada como lo está con la política interesada y torticera de muchas editoriales. Y yo, por fin, me alegro por los poetas, expuestos hasta ahora al sufrimiento de la edición minoritaria y con salidas mínimas y que ahora, quizá, lo puedan tener tan fácil para llegar como difícil para ser leído entre los lectores, que parecemos haber olvidado el mágico camino de la poesía.

(Mientras tanto, yo tengo que alternar la compra legal de algunos libros que no quiero en papel con su versión digital “ilegal”. ¿Es contradicción o intersección de mundos?)

(Imagen de Pesky Library.)

Read More

Robot

Los seres humanos tememos a las máquinas, pese a que somos sus constructores (o precisamente por eso). Las hemos temido siempre en función de diferentes razones que van desde lo externo (nos llegarán a quitar el trabajo) hasta lo interno (nos hacen seres inútiles). Los seres humanos, que hemos concebido estructural y ontológicamente a las máquinas, hemos ido parcelando nuestros miedos y los hemos ido volcando en diferentes manifestaciones artísticas (entre todas, siempre me quedaré con Metrópolis, Blade Runner y, ahora Battlestar Galactica).

Vicente Verdú publicó en El País el pasado día 8 un artículo titulado “Mirar sin ver bien” en el que volcaba ese miedo interno de los humanos hacia los avances tecnológicos. La argumentación no es nueva: las máquinas privan a los seres humanos del esfuerzo y esta privación nos convierte, paulatinamente, en seres anquilosados e inútiles. Es cierto que la especie humana está evolutivamente dotada para soportar grandes esfuerzos físicos, pero la evolución cultural nos ha ido apartando de ellos gracias a rampas, palancas, ruedas y poleas, y así sucesivamente. A mis cuarenta y tres años, pertenezco a una generación que vio a su madre de rodillas en el suelo fregando el suelo esponja en mano. Los sucesivos avances que fueron llenando las casas han ido facilitando la vida. Y así ha ocurrido en todos los ámbitos vitales y laborales.

Lo que hace de la técnica algo nuevo convierte a ésta también en algo rigurosamente contemporáneo y, por lo tanto, difícil de entender y de justificar. Nadie niega la conveniencia de una grúa en la construcción ni de una lavadora en una cocina, pero sí cuestiona el invento de hoy para el futuro. Recuerdo que en mi generación empezamos odiando los móviles. Alguno también odiaba los ordenadores. Ahora casi nadie denuncia su uso sin abuso porque lo hemos incorporado a nuestra realidad cotidiana. En el inicio de los sistema de navegación para coches, se hicieron miles de chistes con el TomTom y, aunque nadie descarte el encanto de las incertidumbres del viaje, tampoco niega nadie la comodidad del transporte puerta a puerta, sin rodeos ni peligrosas vacilaciones.

Uno de los avances más de moda en la actualidad son los libros electrónicos, de los que existe ya una amplia variedad de modelos y prestaciones. Se les ha atacado desde algunos frentes sin recato y con presupuestos poco realistas. El soporte escrito en general y el libro como soporte de la escritura en particular han variado muchísimo a lo largo de la historia y nosotros, en la actualidad, defendemos al libro de hoy porque es el que conocemos, pero no porque haya sido el formato tradicional unívoco a lo largo de los siglos. Nos imaginamos una Biblioteca de Alejandría como una biblioteca actual pero a lo bestia, pero con ello no hacemos sino deformar la realidad y acomodarla a nuestros días. En días más recientes, otro aparato aglutinador de libros electrónicos y de otras muchas cosas ha salido a la venta en Estados Unidos y ha acaparado portadas de periódicos, cabeceras de informativos y entradas y entradas de blogs. Me refiero, claro está, al famoso iPad de Apple. Lo primero que se ha hecho es satanizarlo sin conocerlo (también hay que reconocer que se ha venerado en el ara de la estrategia de marketing más compulsiva). Ahora nos tocará empezar a sacarle pegas sin una conciencia despierta que vea que, probablemente, éste u otros aparatos similares cambiarán a medio plazo nuestra manera de comunicarnos y, por lo tanto, revolucionará nuestra manera de estar en contacto con muchas manifestaciones culturales.

En el ámbito estricto de la literatura y la lectura, creo que el miedo a estos aparatejos viene más de lo que pueda ocurrir con el libro como modelo de negocio que de la negación de sus posibles virtudes. Mucha de la información escrita y audiovisual que recibimos diariamente procede ya de Internet. Todos sabemos hacia donde va la prensa escrita en su formato tradicional. Vemos ya que las televisiones se abren a las redes sociales y a Internet. Utilizamos medios diversos para repescar nuestros productos cinematográficos favoritos. Vemos retransmisiones deportivas o extractos de telediarios en el móvil.

Querámoslo a no, leeremos libros en nuevos aparatos, aunque no nos privemos del gusto del contacto con el papel de hoy para mañana. ¿No nos deleitamos ya con la lectura de blogs, que han ampliado nuestra perspectiva cultural e informativa con productos de calidad sorprendente. Probablemente, estos dispositivos acabarán construyendo un nuevo modelo de lectura y los creadores aprovecharan la ventaja electrónica para ofrecernos nuevas propuestas (obsérvese lo original de planteamientos como el de un Romeo y una Julieta en Twitter).

Vistas así las cosas, la tecnología no va a restar, no nos va a privar de las cosas buenas que teníamos, sino que va añadir a éstas otros retos, otras perspectivas, otros caminos y otros horizontes.

(Dicho lo dicho, no deja de ser gracioso y pertinente este vídeo. No os lo perdáis. La foto que encabeza la entrada es de Don Solo.)

Read More

Llamas

Hace ya unos cuantos meses hablábamos del espanto de los planes de lectura y ahora tocan las famosas, temibles y horripilantes fichas de lectura. Es costumbre muy arraigada entre el profesorado de Lengua y Literatura en la educación secundaria mandar realizar fichas de lectura de las lecturas obligatorias de libros. A cualquiera que tenga dos dedos de frente se le puede ocurrir que esto de fiscalizar la lectura tiene las consecuencias contrarias a las que los profesores se proponen como principio: el gusto por la lectura.

El profesor de Literatura lucha en muchos frentes y con enemigos de distinta índole y su propósito suele ser bueno. Él sabe de los beneficios de la lectura, la ha disfrutado en sus carnes y quiere inyectar a sus alumnos el antídoto contra la estupidez, pero ha elegido mal sus armas.

Es cierto que hay alumnos que no leen si no se les obliga. Sin embargo, ¿acabarán degustando la lectura por la vía de la obligación?

Es cierto que hay muchos alumnos que, si leen, leen de forma desordenada y con poco criterio. Sin embargo, ¿no es cierto que todos los que amamos la lectura lo hacemos más o menos así y no nos gustan las imposiciones? ¿No es cierto, además, que el poco criterio se lo hemos inculcado nosotros haciéndoles pasar por un sinfín de libros que no merecen la pena, sin ninguna calidad añadida al marchamo “literatura juvenil?

Es cierto que la enseñanza de la Literatura ha de programarse y escalonarse de una forma más o menos seria. Sin embargo, ¿no es menos cierto que el trabajo día a día en una clase con una buena motivación, con buenas recomendaciones y con los estímulos adecuados puede conducirnos a mejores resultados?

No nos vendría mal a los profesores darnos un paseo por dos libros de Daniel Pennac, Mal de escuela y –sobre todo– Como una novela. A muchos estas dos obras les servirían para repensar lo que están haciendo, por muy buena intención que tengan. Bien es cierto que muchos profesores han perdido el gusto por leer, que buscan la lectura como excusa, que se se escudan en su trabajo cotidiano para leer siempre lo mismo (“A ver si este libro que ha salido nuevo les gusta a los chicos”), que han  perdido horizontes y perspectivas porque ya no leen ensayos sobre su trabajo, que no se actualizan. Pero todas sus frustraciones no se solucionan con las famosas y horripilantes fichas de lectura. He oído excusas de todo tipo para exigirlas, pero a mí siempre me cabe la misma pregunta: ¿qué pasaría si alguien me mandara hacer esa misma ficha de lectura de los libros que leo? Creo que la respuesta entre los amantes de la lectura sería la misma.

En cualquier caso, me imagino la reacción de los alumnos. A fin de cuentas, es una tarea más de las muchas que tienen que hacer en el colegio o en el instituto y, por lo tanto, nunca percibirán la lectura de la Literatura como algo diferenciador, único y especial.

Quememos, entre todos, las fichas de lectura. Hagamos de la lectura un maravilloso vicio sin castigo. No convirtamos los libros en trámites de documentos administrativos.

(Como las entradas sobre estas cuestiones suelen tomarlas mis conocidos –y son más de uno y más de dos los que suelen sentirse aludidos–como ataques personales, diré que el post de hoy lo ha motivado el ver el modelo de ficha de lectura que tiene que hacer mi hijo en su lectura obligatoria de estas vacaciones . La imagen es de José Ramón Vega.)

Read More

Kindle2

Habíamos tratado en el blog el tema del libro electrónico ya en dos ocasiones (1 y 2). Eran estas entradas meras conjeturas sobre algo de lo que no tenía experiencia directa ni conocimiento práctico. La cuestión del libro electrónico, desde que apareció, siempre me ha interesado, no sólo por aquello de estar à la page en la cuestión de la relación de las nuevas tecnologías con la cultura, sino también porque creo que es muy necesario estar atentos a los nuevos formatos en la transmisión de la información.

Ahora que tengo uno, me gustaría contar (sin entrar en cuestiones de detalle, que abordaremos en otra ocasión) las primeras experiencias de lectura con un lector de libros electrónicos. Mi primera sorpresa, pese a conocer las dimensiones, fue el tamaño del aparato una vez que lo tienes en las manos: sorprendentemente fino y relativamente ligero. Mi segunda sorpresa, la calidad de las letras y gráficos en pantalla. Al no tratarse de una pantalla retroiluminada, la apariencia es muy cálida y con gran parecido al papel. Una vez descargados algunos libros (se pueden comprar, claro está, versiones de pago, pero hay muchísimas obras clásicas disponibles en PDF y no sujetas ya a derechos de autor), llega el momento de los primeros manejos, que son muy sencillos e intuitivos: apenas cuatro movimientos te hacen familiarizarte con él. Y, después, lo más importante: sentarse relajadamente y empezar la lectura. Tras unos primeros momentos de adaptación, la sensación es fabulosa: el mejor indicador de esa sensación era precisamente eso, que me mantenía con la sensación habitual de la lectura y no ante un experimento. El soporte había pasado a ser eso, un útil transmisor de palabras. La ficción sigue manejando sus hilos de la misma manera que con la celulosa. Sólo una cuestión se me ha hecho más dificultosa, que es la sensación de avance en la lectura. En el libro, esa percepción es mágicamente táctil; en el caso del libro electrónico, te acabas acostumbrando a la línea de progresión y a los marcadores de lectura, con los que no pierdes nunca la referencia.

En definitiva, ahora que tengo almacenados unas decenas de libros, me siento como aquel que cargaba su mochila de libros para un verano, pero con el peso de uno de ellos. Puedo marcar y hacer anotaciones (aunque, en este caso, el proceso es mucho más fatigoso que ante un libro convencional). Otra de las grandes virtudes (y que creo que va a proporcionar muchas alegrías a todas aquellas personas con deficiencias visuales) es la adaptación del tamaño de letra y el ajuste de los márgenes. En seguida te haces con el formato que resulta más cómodo.

En el campo de las anécdotas, la facilidad para leer en la cama: ya no tienes que sujetar hojas, sino que, placidamente, pulsas un botón. Comodidad absoluta.

Insisto: lo más importante es el no haber sustituido la lectura por otra cosa que no sea la lectura misma. La lectura es cosa que uno siempre tiene entre manos.

¿Miedos? La seguridad de que la tecnología nos arrojará una avalancha de modelos, posibilidades y actualizaciones que irán dejando los modelos obsoletos muy pronto.

Ahora me voy a leer. Tengo unos cuantos libros (sí, libros) esperando.

(Imagen de The Approximate Photographer.)

Read More

libros02

Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.

He titulado la entrada “Lectura en clase: el plan” al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear… Todos ellos –y muchos otros– son factores que conviene no olvidar.

Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados “Planes de fomento de la lectura”. Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y –sobre todo– sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.

Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de “fomento de la lectura” hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe –tristemente– mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán… pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a “contar cuentos”. Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.

Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores,  hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: “Seis profesores en busca de autor”. Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas… o nacidos precisamente para ese bajo propósito.

Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean… y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando –insisto– el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.

Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.

No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.

Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie. :)

(La imagen es de florian.b)

Read More