— Verba Volant

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Lectura

fonSimetría fallida

Luis ha salido de trabajar y ha entrado en la estación de metro. Nada más bajar las escaleras y enfilar el primer pasillo, ha tenido una sensación extraña: tan solo tres personas en una estación del centro y en hora punta. Cuando ha girado hacia la izquierda para coger la línea que le dejaría cerca de su casa, Luis se ha encontrado totalmente solo. Al llegar al andén, un panel indicaba que el metro tardaría todavía cuatro minutos y cuarenta segundos. Luis se ha puesto a mirar el plano con las líneas que ya conoce de memoria y ha contemplado los anuncios de un espectáculo musical.

El metro, al fin, ha llegado y Luis, dudando, ha entrado por la puerta de la derecha. Se ha sentado en uno de los asientos libres. En frente, una mujer y su hijo, de unos cuatro años, con las rodillas peladas y tomando un helado con las manos invadidas ya de chocolate y vainilla. Justo al lado de Luis, una mujer leyendo, con la pierna izquierda subida y apoyada en el asiento en una postura extraña. Sandalias blancas, cómodas, pedicura cuidada que contrasta con su aspecto informal. Sin poder evitarlo, Luis mira el libro que tiene en sus manos. Una sensación rara inunda su ánimo. Proust, El tiempo recobrado. Es justo el último volumen de la novela (En busca del tiempo perdido) que él empezó a leer ayer por la noche, Del lado de los Swann. Esa noche, Luis no pudo conciliar el sueño: la prosa larga y una amargura que le conectaba con todos los miedos de su infancia. La mujer baja la pierna y sube la otra, en un movimiento extrañamente sincopado. Pasa página y, con un lapicero, subraya una frase. Luis no puede evitar seguir conectado con ella,  invadiendo la intimidad de la lectora. La megafonía a del tren señala la próxima estación y la muchacha, en la parte superior de la página, escribe de forma rápida pero elefante una frase: “No evites nunca caer en la locura “. El metro frena para entrar en el andén y la chica, antes de levantarse, mira a Luis y sonríe. Luis la sigue con la mirada hasta que sale sosteniendo el libro en su regazo. Las puertas se cierran y el tren sale. Sus ojos marrones eran sorprendentemente claros.

(Imagen «Simetría fallida». Esta entrada es el fragmento número 49 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Sí, voy a hablar del Día del Libro. Sí, 23 de abril, día del libro. Día para hablar de libros y de lecturas, de placeres y de sufrimientos, de ideas llevadas a la realidad entre técnica, imaginación y talento. Día de celebración, aunque los dos grandes maestros que fueron Cervantes y Shakespeare pertenecieran a calendarios distintos y los datos digan una cosa y la hoja con números diga otra muy distinta. Es bueno que se hable de libros, aunque la paradoja apareje hablar y no leer, hablar y no escribir. Es como hablar del tiempo, pero más bonito, más hondo, más sentido. Es hablar con palabras altisonantes, esas de las que muchos escritores abominaron.

Pero permitidme que hoy, ahora, hable de obligaciones. Las obligaciones son para las cosas que pueden ser obligatorias. Y las lecturas solo pueden ser opciones. Entiendo que los profesores, sobre todo en algunos niveles, obliguen a leer a los alumnos y tengan buenos propósitos, pero las consecuencias son nefastas. Lo he afirmado en muchas ocasiones y no me canso de repetirlo. Como dijo Pennac, el verbo leer no soporta el imperativo y tiene toda la razón y aporta todas las razones. Leer es un vicio que funciona por contagio, por casualidad, por no sé cuántas cosas azarosas y no calculadas (¿se podrá elaborar una planificación para no planificar planes de lectura?), pero es casi imposible que se contagie por imposición.

Y ahora viene algo peor: si obligar a leer es nefasto, obligar a leer y no acompañar a los alumnos en la obligación es algo indigno. Es como decirle a un urbanita que solo ha visto la naturaleza en un póster con frase hortera de Tagore: “Mira, ahí tienes el K2: lo tienes que subir por cojones. Mira a ver cómo te las apañas”. ¿Qué le pasará al sufrido e improvisado escalador, que no tiene las destrezas, la forma física, la técnica; a él, que no está aclimatado a las alturas, que no sabe cubrirse del sol para que no le deslumbre y no sabe protegerse de las grietas y de las aristas?

¿Qué tiene que ser un profesor de Lengua y Literatura en lo que a esta última respecta? Lo primero, tiene que ser un devoto de la lectura y un conocer profundo de las ficciones. Lo segundo, tiene que ser un inspirador, nunca un mamporrero. Y, por último, tiene que ser un sherpa, por aquello de subir montañas. Todo lo demás son chorradas. Y si no, acabaremos bailando como leemos (y esto solo tendrá sentido si hemos visto Danzad, danzad, malditos). Eso sí, es todo un espectáculo.

(Esta entrada inicia una serie que ya venía cultivando en el blog en alguna ocasión: “Voy a hablar de…”. Se trata de entradas críticas sobre algún tema más o menos de actualidad o algún acontecimiento digno de hincarle el diente. La imagen pertenece a la película citada en el último párrafo.)

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE

Ray Donovan (2013) es la constatación de que Showtime es un canal que tiene un recorrido admirable (DexterHomeland, The Big, Californication, Weeds) y constituye un auténtico referente en la mezcla de calidad y atractivo para el público. ¿Quién es Ray Donovan? Digamos, en pocas palabras, que es un “facilitador”, alguien que soluciona los problemas a personas influyentes y famosas de Hollywood. Claro, cada uno soluciona los problemas como quiere y como puede y, para ello, no se puede andar en comparaciones con las monjas ursulinas. Y si, además, tiene un padre que acaba de salir de la cárcel después de ni se sabe cuánto tiempo y se une a la fiesta para fastidiarla, la cosa se anima bastante. El protagonista, Liev Schreiber, borda su papel (además de su rudeza, tiene una maravillosa voz, incompatible con una versión doblada). Y si, además, tiene un padre al que da vida y vidorra Jon Voight, para qué contar.

PELÍCULA

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Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010). Un servidor que, aunque no lo parezca, es muy de comedias románticas, agradece otras visiones cinematográficas del amor. Porque, en esta película, como en la vida, hay dosis del (des)amor todas sus escalas. Una mirada diferente y tan gratificante que uno es capaz de sentirse atrapado e –incluso identificado– en todas sus etapas. Porque el amor nace, se reproduce y muere.

LIBRO

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Tenía difícil la elección y, de hecho, guardo para próximas ediciones las recomendaciones que tenía en mente. Y, en esta ocasión, elijo, sin lugar a dudas, Canadá, de Richard Ford. (Anagrama, 2013). Lo único malo, que ya denuncié aquí, es la editorial española, que se empeña en (im)poner a sus libros en formato electrónico, en comparación con el precio del ejemplar en papel. Pero esto va de literatura y no de precios. Esta novela es una novela sobre la familia que dejará de serlo. Trata de decisiones equivocadas. De miradas infantiles. De atracos y condenas. Y de la llegada a un país igual, pero distinto. Y viceversa.

CANCIÓN

John-Lennon

 “Real Love ”, de John Lennon. A un servidor, John Lennon le parece uno de esos portentos, de esos prodigios que no se pueden explicar con palabras. Por eso, no voy ni siquiera intentar justificarme. Mi devoción por Lennon va más allá del fanatismo y del papanatismo. Es algo real y palpable, con lo que convivo de forma agradabilísima desde hace años. “Real Love”, como canción,  tiene una historia complicada, enrevesada. Parte de una grabación de Lennon al piano y grabada con magnetófono y concluye con una forma de resurrección, cuando, en 1995, los otros tres Beatles acompañan con arreglos, música y voz a la grabación de su compañero (bendita antología para la BBC, que rescató también “Free as a Bird”). La versión de Lennon es Lennon en estado puro. Y la versión de 1995 son Beatles en estado puro. Lo cual no es sino una forma igual y distinta de decir lo mismo de diferentes modos. Y, en cualquier caso, si se sabe esperar, siempre llega el amor. El de verdad.

(Esta es la quinta entrada de la serie Sugerencias.)

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Un escritor, sea en un blog o en bloc, siempre se plantea cómo llegan los escritos a sus lectores. Y es difícil que estos, los receptores, no tengan que ver, de algún modo, con lo que escribe el autor. Es complicado abstraerse de gustos, de consejos, de influencias y, sobre todo, de éxitos.

Como no podía ser de otro modo, cada uno tiene unos objetivos al escribir y parte de unos principios. En mi caso, escribo porque me gusta y escribo de lo que me gusta. A ráfagas, a impulsos. Con series y planificaciones, sí, pero también adaptando el tono y el tema al día en el que se escribe, al sentimiento que uno tiene. Como llevo ya muchos años en esto, sé perfectamente lo que más gusta y lo que no: hay entradas con centenares de visitas y entradas con docenas escasas. Lo natural sería fijarse en los números y escribir con ellos como destino final…

Pero no. Escribiré esas entradas que les gustan a centenares solo cuando me apetezca escribirlas y porque las considere adecuadas al momento. Y, francamente, me quedo con las entradas más íntimas o más difíciles (o más simbólicas). Aunque exista únicamente una persona que las lea y disfrute con ellas, seguiré. Lo haré por los lectores, sumados uno a uno; lo haré por mí, para no terminar con mis principios.

(Imagen de Gilles Chiroleu.)

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Es cierto: el mundo de los libros, del cine, de los discos, del periodismo y de otras industrias culturales se va al garete. ¿De quién es la culpa? No lo sé. Juro que no lo sé. Pero no estoy nada de acuerdo con la respuesta, casi unánime, que se da desde el mundo de la industria: la culpa es de la cultura del todo gratis y de las descargas ilegales. Parecemos olvidar que la industria estaba antes y las descargas ilegales después. También olvidamos que hubo un momento de vacilaciones y de decisiones equivocadas, que a veces perduran. No voy a hacer una entrada extensa, sino que voy a comentar algunos pocos ejemplos.

Empecemos por el cine. Los que hemos al cine durante toda una vida, sabemos que no hay nada comparable con ver una historia en pantalla grande (no olvidemos esto de las pantallas grandes: algunas salas de multisalas tienen una pantalla, en proporción, más pequeña que la de algunos televisores actuales). La costumbre de ir al cine se mantenía incluso en grupos de jóvenes que aprovechaban con deleite el día del espectador. En un momento determinado, se nos convenció de que ir al cine era acudir a un espectáculo carísimo por el que, además de las entradas, teníamos que ir avituallados por chocolatinas, palomitas y bebidas gigantescas. Comprar una película en vídeo primero o en DVD después no era nada barato. ¿Qué ocurrió? Qué la gente vio que podía ver una película gratis en su casa por… nada. No es que no se quiera ir al cine: las iniciativas recientes de abaratar durante unos días el precio de las entradas nos demuestran que seguimos queriendo ver el cine en pantalla grande. En cuanto a pagar por ver el cine en casa, la decisión inicial de hacer tanto negocio por las copias ha llevado al negocio hasta su destrucción. Cuando han querido reaccionar, ha sido demasiado tarde.

Podemos hablar del mundo de las series de televisión. Primero llegaron las iniciativas de los canales de televisión generalista, que acabaron con nuestra paciencia inundando de publicidad y alargando algo que podíamos ver descargado en menos de cuarenta y cinco minutos. Algunos de los aficionados descubrimos que podíamos ver una serie subtitulada al español traducida por un colectivo de personas de forma desinteresada justo al día siguiente de ser estrenadas en su país de origen. Una vez más, cuando se han visto con el agua al cuello, han intentado reaccionar, pero ya es tarde. En este caso concreto, yo estaría dispuesto a pagar de mil amores u a cantidad razonable por ver casa capítulo de mis series favoritas… o por una tarifa plana que me permita verlas todas. En otros países, ya es posible. Aquí no nos dejan.

En el mundo de la música, llegó un momento en el que comprar un disco costaba un ojo de la cara. Poco a poco, además, el concepto de disco se reducía en muchos casos a dos canciones decentes y diez mierdas de relleno. Cuando llegó el momento de pagar por los discos un precio razonable, alguien descubrió que se podía hacer gratis de forma rápida.

Vayamos a los periódicos. Las plataformas digitales mediante las que podemos leer periódicos nos ofrecen un producto viejo: el PDF poco mejorado del periódico que se puede leer en papel. Poco importa que hayas pagado religiosamente: no te enterarás de las novedades y, además, antes de entrar en cada periódico concreto te abrasarán con publicidad.

¿Los libros? Cuando me compré mi primer lector de libros electrónicos, estuve durante dos horas intentando comprar un libro determinado de forma legal. Me fue imposible. Durante el proceso, mi experiencia fue un auténtico tutorial en el que conocí de forma fácil y accesible plataformas que me lo ofrecían gratis. Además, en España somos doblemente imbéciles. El ejemplo de las imágenes de esta entrada es suficientemente ilustrativo: un libro no cuesta lo que nos dicen que cuesta, porque vemos que en Estados  Unidos los precios son otros. Y el desfase no se debe solo al IVA. Cuando la diferencia entre el precio de un libro en edición electrónica y la edición en papel sea justa, la gente comprará y no descargará libros. Bueno, me equivoco: habremos llegado demasiado tarde.

Para que no haya dudas de lo que escribo y no se interprete de forma errónea, diré que soy de los que paga. Me he gastado dinerales en todos esos productos y sigo pagando por muchos de ellos. En el caso de la prensa digital, ya me he hartado y me daré de baja de Kiosko y Más y Orbyt. En el caso de los libros electrónicos, me estoy cansando ante la injusticia de unos precios que no tienen sentido. Eso sí, no dudo ni un momento en comprar cuando tengo la sensación de no ser timado. ¿Música? Hay grupos excelentes que ponen a nuestra disposición de manera gratuita. En otros casos, pago por cada canción y no compró el reto de la porquería que ofrece el disco. En cuanto al cine, ya no voy. Me gusta ver el cine en versión original y lo busco donde me lo ofrecen. Y, en el caso de las series, las veo religiosamente el día después de ser estrenadas también en versión original. Algún idiota perdió la oportunidad de hacer negocio conmigo. Igual no es demasiado tarde. Pero, a lo mejor, los listos o los inadaptados, por querer ganar tan pronto, han perdido definitivamente la partida.

 

 

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE DE TELEVISIÓN

Borgen

Borgen. Es una serie danesa que ha terminado ya su tercera temporada. Trata sobre el gobierno y el poder y la mirada desde la perspectiva de un país nórdico es de lo más vivificante. Gracias a esta magnífica producción, vemos los problemas que tienen los daneses con su democracia. La clave está, además de en las interesantes historias personales, en cómo resuelven ellos esos problemas. Además, sirve como contraste. No puedo ni imaginarme una serie de estas características en una serie española. Nosotros, para la política, solo sabemos hacer comedias.

PELÍCULA

Dans la maison

Dans la maison, película de François Ozon (2012) basada en la obra del dramaturgo español Juan Mayorga El chico de la última fila, es una película apasionante. El punto de partida es un trabajo escolar encargado por un profesor. Entre la medianía de los trabajos de todos los alumnos, destaca la composición de Claude, brillante y desconcertante. La obligación de un profesor, en este caso, es animar al alumno al escribir. Esto suscita curiosidad, hasta que la literatura empieza a mezclarse con la vida. Y, como en la vida, todo se descontrola.

CANCIÓN

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Hoy, como en el caso del libro recomendado, nos iremos unos años atrás. La canción que sugiero para que recuperéis (o descubráis) es “Beyond my control”, de Milène Farmer. Está inspirada en dos personajes de Les Liaisons dangereuses (mal traducido en español por Las amistades peligrosas. El que haya leído el libro o visto la película, sabrá que esas relaciones tienen cualquier cosa menos amistad: de hecho, aparece repetida la voz de Malkovich en un corte de la adaptación cinematográfica de la novela. Una canción de amor y muerte. Y no digo más.

LIBRO

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Hoy no voy a hablar de un libro de reciente aparición, sino de una novela de 2005. Se trata de Brooklyn Follies, de Paul Auster. Podéis consultar aquí un dosier coordinado por Jocelyn Dupont con artículos y reflexiones sobre el libro (en inglés y en francés). Cuando algún amigo me recomienda un libro para leer, de forma casi inevitable me sale este, por varias razones. La principal, porque Auster tiene una manera de contar las historias tan peculiar y atrayente que, ya solo por esto, merece la pena adentrarse en estas ficciones. En este caso, además, encandila la historia del protagonista, del que no voy a dar muchos datos. Nathan, que está recuperándose de un cáncer y acabada una etapa desde el punto de vista familiar, regresa a Brooklyn. Su vida ha cambiado tanto, que espera que, por sí sola, cambie de rumbo de nuevo. Y en las novelas, como en la vida, a veces el azar cumple su cometido. Conviene, para acabar, recordar unas palabras del autor, que se encuentran en la reseña de Guelbenzu a la novela: “Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente: ‘Si te sientes realmente feliz, deberías escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia’. Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando alegría en la vida. Me pareció que éste era un momento para recordarlo”.

(Esta es la tercera entrada de la serie Sugerencias.)

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Por mi trabajo y por mis aficiones, es muy frecuente que me pidan me piden que recomiende algún libro, alguna película, alguna serie de televisión. También es cierto que, en otras ocasiones, sobre todo cuando estoy en clase, doy también recomendaciones aunque no me las pidan…

El otro día, al hilo de una conversación tuitera sobre un libro, hice unas sugerencias de lectura y una amiga me propuso  que incorporara algunas de ellas a mi blog. Me pareció buena idea, así que ahí va la primera tanda.

En torno a estas sugerencias, diré varias cosas:

  1. Como no podía ser de otro modo, son personales y muy poco transferibles. Subjetivas, por lo tanto.
  2. No pretendo (ni quiero) realizar ninguna crítica académica ni sesuda.
  3. No todas las sugerencias tienen por qué ser actuales. En ocasiones, es bueno también acudir al rescate de lo olvidado.
  4. En la mayor parte de las ocasiones, hablaré muy poco del argumento y me centraré… en alguna cosa.
  5. Intentaré, eso sí, que sean de provecho para los visitantes del blog.
  6. Como es habitual, en el caso de las series de televisión y las películas me refiero siempre a la versión original.
  7. El que me haga caso, tendrá minutos, horas o días de entretenimiento. Y se acordará de mí, o no.

SERIE DE TELEVISIÓN

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Orange Is the New Black (2013). Es una serie de ambiente carcelario creada por Jenji Kohan, conocida por la magnífica Weeds. ¿Sus señas de identidad? Que cuando parece que es una comedia descubrimos que es más trágica de lo que parece y cuando parece un drama nos damos cuenta de que es muy divertida. Meter a una niña pija, muy rubia y blanquita, en una cárcel es todo un “experimento sociológico”. Y nada es lo que parece, lo que nos hace descubrir que nosotros tampoco.

Tráiler de la serie.

PELÍCULA

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No recomiendo una, sino tres, ya que se trata de una trilogía:

 ¿Qué digo? Pues, que el que no las haya visto, las vea. Y, por supuesto (y como no podía ser de otro modo), que empiece por el principio. No pienso decir nada del argumento. He leído un montón de críticas sobre estas tres películas y me han parecido, casi todas, desacertadas.

Ya que no digo nada, voy a decir algo. Al director, Richard Linklater, habría que hacer un monumento. Lo mismo que a los dos protagonistas, especialmente a Julie Delpi. Los diálogos son fantásticos y hay alardes cinematográficos tan complicados y que hacen las cosas tan fluidas que son para enmarcar.

Por no poner, no quiero ni poner ningún fragmento. O sí, voy a poner esto.

CANCIÓN

Weak Me Up

No solo recomiendo la canción, sino también y, ante todo, la canción + videoclip. Se trata de Wake Me Up, de  Avicii. Lo descubrí gracias a un antiguo alumno, Rodrigo Mena, que lo recomendó en las redes sociales.

Puede que no sea solo un videoclip de un DJ de moda. Puede que no solo haya una chica guapa (y una niña encantadora). Si se lee la letra de la canción y se compara con el vídeo, quizás haya que pensar y todo. Para que luego hablen (mal) de la música dance.

LIBRO

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La invención del amor, de José Ovejero. Porque un amor que no es puede serlo. Porque, a veces, es bueno ver las cosas desde la altura. Porque, de tanto inventarnos las cosas, igual hasta surgen realidades.

 

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Ayer fue un día de orgullo para la Universidad de Burgos: por la mañana, recibía el doctorado honoris causa y, por la tarde, se celebraba un encuentro con Umberto Eco en el Teatro Principal. Desde el punto personal, fue un día feliz. Desde el punto de vista de la ficción, Eco es uno de los narradores más hábiles que conozco. Desde el punto de vista teórico, las investigaciones de Eco han acompañado mi vida académica en muchos sentidos: primero, como profesor de Semiótica en el Grado en Español de mi universidad; segundo, como investigador de la cultura medieval (mi tesis doctoral reflexionaba sobre aspectos lingüísticos y teórico literarios de la literatura del Medievo y dediqué, en su día, un extenso estudio –no publicado– a la filosofía de San Buenaventura, un filósofo franciscano del siglo XIII); tercero, como interesado en la indagación de los aspectos relativos a los mass media. De alguna manera, veo en Eco el reflejo de lo que me gustaría ser y el imposible de alcanzarlo.

En el encuentro arriba mencionado, los asistentes teníamos la posibilidad de hacer preguntas por escrito. Eco fue desgranando con acierto, inteligencia y gran sentido del humor todas las cuestiones que le plantearon. Las primeras palabras de Eco creo que impidieron que se le plantease mi pregunta. Umberto Eco empezó diciendo que había algunas preguntas tontas que siempre se le planteaban en este tipo de encuentros. Una de ellas era por qué había llamado así a su novela El nombre de la rosa, a lo que él mismo, con ironía, respondió: “Porque Pinocho estaba ya registrado”.

Mi pregunta podía sonar a algo parecido (puede que, por eso, los moderadores decidieron descartarla; puede también, que lo impidiese el tiempo y la cantidad de cuestiones que se le plantearon), pero no lo era en absoluto. Mi pregunta era: “¿De cuántas maneras puede considerarse la rosa en El nombre de la rosa? Me hubiese gustado mucho saber su opinión al respecto, porque no tiene fácil respuesta para un lector. La rosa se puede entender desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, el genial filósofo del siglo XIV, desde la estética y los planteamientos teóricos sobre la belleza e, incluso, desde la reflexión metafísica sobre la esencia del ser y sus ejemplificaciones… Pero seguro que la respuesta de Eco hubiese sido iluminadora.

Una rosa es una rosa. Pero el signo ‘rosa’ tiene muchos vericuetos. Es casi un laberinto, más allá del nombre.

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Hablar es una habilidad natural de los seres humanos. En mayor o menor medida, todos nosotros somos capaces de comunicarnos por medio de la palabra para transmitir nuestras necesidades básicas y para hacer partícipes de nuestro estado de ánimo, de nuestras emociones y de nuestras inquietudes. Luego –claro está– aparece la mayor o menor capacidad para lograr que esta habilidad se convierta en un arte de persuasión poderosamente eficaz. Aprendemos a hablar en el seno de la vida social: desde el núcleo familiar inicial, pasamos por diferentes escalas a medida que nos relacionamos con nuestros vecinos, con nuestros compañeros de colegio, connuestros colegas… o a fuerza de viajar y de vivir otras muchas experiencias.

La escritura, sin embargo, no es algo natural entre los seres humanos. Lo parece porque vivimos en la ficción de una sociedad con un porcentaje de alfabetización muy elevado. Y aquí es donde llega el problema: la escritura es una realidad cultural desde hace siglos, pero también es una entelequia. En el fondo, siempre lo ha sido.

Desde la óptica de la lectura, la palabra escrita se divulgaba con frecuencia en voz alta ante un auditorio en lecturas colectivas en una práctica que ha durado siglos. Incluso la lectura en silencio fue una innovación que dejó patidifuso a San Agustín, cuando descubrió a Ambrosio pasar las páginas de un libro en plácida lectura silente. El fenómeno de la lectura nunca ha llegado plenamente a la totalidad de la población y siempre ha tenido escalas problemáticas que no vamos a tratar aquí.

Desde el ángulo de la escritura, la cosa es todavía más difícil. Si la alfabetización por medio de la lectura es, aunque inconstante, más o menos fecunda (aunque habría que hablar tanto de los niveles de lectura…), la escritura siempre ha sido mucho más problemática. Sobre todo, porque decir que se escribe como se habla es una falacia (es más, escribir como se habla sería la quintaesencia de un profundo ejercicio de estilística que pocos escritores han conseguido). Escribir supone aprender a escribir, lo que equivale traspasar al código escrito las propiedades del código hablado. Y como casi todo el mundo piensa que esa traslación es más o menos automática, le dedica poco tiempo e interés a este cometido. Aparentemente, se le da mucha importancia a la escritura en la enseñanza. Y sí, instruimos en el noble arte de la caligrafía –que le llevó a Steve Jobs al gusto por el diseño único e irrepetible– mejorando en aspectos psicomotrices, pero no alcanzamos a profundizar lo suficiente en que escribir bien debería de ser algo esencial en una cultura como la nuestra.

A poco que escarbemos en el asunto de la enseñanza de la escritura, descubrimos poco o nulo conocimiento sobre las reglas ortográficas, sintácticas y compositivas del texto escrito de una buena parte de profesiones que necesitan expresarse por medio de la palabra. De entre ellas, el colectivo de los profesores, por su trascendencia, merece unas líneas. En el ámbito de la docencia, muchos parecen ignorar las sabias palabras de Fernando Lázaro Carreter, maestro de tantas cosas: “Todo profesor en español es profesor de español” (por supuesto, esto es traducible a todas las lenguas del ancho mundo). La corrección de la transmisión escrita no es un asunto propio de filólogos, ya que la lengua no es un reducto exclusivo de eruditos, sino patrimonio de todos. Es extraño y abominable ver la cantidad de gente que comete tantísimos errores a la hora de plasmar el objeto de comunicación por medio del canal escrito. No se trata, en este caso, de ser más o menos inteligentes, sino de pasar por el necesario período de aprendizaje. No nos engañemos: el camino, quizás, no es sencillo de recorrer, pero no es tan tortuoso como para abandonarlo. Es frecuente ver exámenes con faltas de ortografía, carteles en los centros escolares sin las tildes pertinentes, páginas web de centros escolares y universitarios en los que la pulcritud sintáctica brilla por su ausencia. Como en la actualidad la maquetación de un texto escrito es tan sencilla, parece que olvidamos que las palabras tienen algo más de lo que aparece en sus alrededores.

Unas cuantas circunstancias personales más o menos recientes me han dejado patidifuso: docentes y profesionales que ignoran los misterios –no tan profundos– de la puntuación, que redactan de forma vacilante e incorrecta, que se inventan grafías… Y no se trata de errores esporádicos, que todos cometemos –yo el primero y mil veces–, ni siquiera de desidia. Se trata de algo que pasa resbalando por el escrito porque los productores del mismo no llegan a convencerse de que la forma y el contenido son dos caras de la misma moneda.

Necesitamos ser comprendidos, necesitamos comunicarnos, necesitamos expresar nuestro pensamiento oralmente… y por escrito. En caso contrario, llegaremos a ese estado de incomunicación que manifiesta Belén Esteban, esa gran comunicadora: “¿Me entiendes?”.

(Imagen de Chuck Patch.)

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Hace cosa de un mes, escribía sobre una entrada sobre el libro electrónico y la poca previsión de la industria electoral. La tienda de Amazon ya tiene su sección española y muchos españoles han decidido regalar o regalarse un aparato para leer libros electrónicos gracias a que esta tienda vende un magnífico modelo, la última versión de Kindle, por 99 euros. Insisto en lo que comentaba entonces: muchos usuarios se compran el aparato y luego emprenden la búsqueda de libros para comprar. Probablemente, muchos de esos lectores no son conscientes de lo mucho (o lo poco, según se mire) que ha cambiado el panorama editorial español con respecto a ediciones electrónicos. Por decirlo de manera fina, podemos decir que las editoriales españolas no han decidido cambiar su política comercial, sino que las iniciativas de Amazon les han obligado a cambiarla o, al menos, a intentarlo. (Antes de entrar en otros detalles, diremos que, hace meses, en lo que se refiere a la edición en papel, ya podía darse la paradoja de que un libro editado en España costaba más barato comprado desde Estados Unidos (portes incluidos) que comprado en la librería de la esquina.)

Antonio Fraguas (hijo) publicada el otro día en El País un artículo titulado “Guerra abierta por el precio del libro”. Un resumen rápido del mismo podría ser que las editoriales españolas han tenido que espabilar –o, al menos, tienden a pensar que algún día de estos, antes de llorar, tendrán que espabilar– ante la política de precios de la gran tienda en Internet por excelencia. De hecho, leemos hoy, también en El País, que Anagrama decide anticipar en unos días la salida de la última novela de Paul Auster en formato electrónico a un precio inicial y temporal de 11 euros, que será de 15 dos semanas después. Cada uno es muy libre de poner el precio que quiera a un libro, pero ¿no resulta un poco cara una edición electrónica por 15 euros en comparación con los costes que entraña una edición en papel? En definitiva, que me temo que esa guerra de las editoriales será, a la postre, una batalla perdida porque ganará Amazon. Y el triunfo no vendrá de ser un mastodonte que devora todo lo que le rodea, sino de alguien que ha decidido desde hace mucho tiempo hacer las cosas tirando a bien (en los pedidos de libros en papel, un libro puede llegarte de Estados Unidos o Alemania en tres días, como tuve ocasión de comprobar personalmente con un pedido realizado el día 3 de enero que me llegó el día 5, a un precio extraordinario).

Pero todo eso son batallas. Al libro electrónico, para ganar la guerra del negocio, le quedan unos cuantos detalles. Un ejemplo: me decidí estas Navidades a regalar un libro a un familiar. Compré religiosamente el libro, que quedó descargado en tres segundos en mi ordenador. Cuando quise grabarlo para mandárselo por correo electrónico, me di cuenta de que tiene una protección que imposibilita que lo lea alguien desde un dispositivo electrónico que no sea mío. ¿La conclusión? Tuve que descargar una edición pirata para que poder regalársela.

Yo sigo insistiendo: o convertimos el comercio de libros en algo agradable y fácil (además de económico) o, cuando nos despistemos, no encontraremos a nadie en este mundo que quiera comprarlos. Decidirá, simplemente, leerlos.

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