— Verba volant

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Música

Tengo una extraña sensación dentro de mí. No soy de los que se guardan las cosas para sí mismos y mis recursos, mis circunstancias, no son para tirar cohetes. Pero quiero que sepas que, si tuviera dinero, compraría una gran casa en la que pudiéramos vivir. Y me gustaría también ser escultor para construir un mundo con mis manos, o un hombre que hace pócimas y remedios para venderlos por las ferias de las ciudades, de los pueblos. En fin, sé que no es mucho, pero lo mejor que puedo hacer es esto: escribir una canción y regalártela y que sepas que es solo para ti. Y, ahora, puedo decirles a todos que esta es tu canción. Una canción que puede ser sencilla, pero que ahora es tuya y solo tuya. Espero que no te moleste que traduzca a palabras lo maravillosa que me puede resultar la vida mientras tú estás en el mundo. Los versos fluyen poco a poco, aunque alguno se ha enquistado entre el sujeto y el predicado. Pero un día soleado ha colaborado a su  elaboración mientras escribía estas líneas. De hecho, el sol se enciende especialmente para las personas que, como tú, contribuyen a incrementar su luz. Perdóname que, ahora mismo, no sepa con certeza si tus ojos son verdes o marrones. En el fondo, da igual: lo que quiero decirte con esta canción es que tienes los ojos más dulces que han podido devolver una mirada.

(Versión prosificada y modificada y traducida libremente de “Your song”, de Elton John. Cuando estaba escribiendo la entrada, escuchaba la versión de Ellie Goulding. La imagen es de Lunamom58.)

 

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Hoy iba a ser un domingo más, lleno de minutos y de vacíos, exento de contenido y continente. Cuando intentaba aportarle algo de cordura, ha llegado Rachmaninov con su Rapsodia sobre un tema de Paganini a rescatarme. Y no hace falta que diga que el alma se me ha subido por las paredes a las cuatro esquinas de la habitación. Que mi cabeza ha dado un paso más hacia los quicios de lo insondable. Que mis mandíbulas, cansadas de tanto atenazar el mundo, se han relajado hasta dejar notar la paz.

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El otro día me preguntaron por qué me gustaba Franco Battiato en vez de Loquillo. Y yo dije que eso no era cierto, que me gustaba Loquillo. Que Loquillo me tenía que gustar de forma perdurable y permanente, desde aquel Cadillac solitario. Porque el sentimiento de soledad es universal. Aunque no fume. Aunque no conduzca un Cadillac. Aunque hoy, a estas horas no esté borracho. Y aunque tampoco me encuentre bajo las palmeras, que son tan solitarias como el Tibidabo, como un castaño cercano al Arlanzón. Y dije que me gustaba Loquillo desde esos inicios y hasta el final, ese Balmoral en el que, con él, rememoramos la paradoja de que, no siéndolo, seguimos siendo los de entonces.

Pero no dije lo más importante. Que me gusta más Battiato desde sus principios. Porque busco un centro de gravedad permanente. En medio de todos los absurdos.

(La imagen es de Duegnazio.)

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Hoy me he dado cuenta que tengo anotadas muchas ideas que aún me faltan por contar.

Todavía tengo que hablar de los detalles, algunos de ellos interesantemente irrelevantes, de mi reciente viaje a Dubái y a Doha. Un diálogo lleno de fingida verosimilitud mezclada con auténtica realidad. Una cercana experiencia docente que me ha llenado por dentro y por fuera. Unas noticias zoológicas sobre calamares y chipirones. Un par de entradas sobre los avances y retrocesos en la construcción de mis ficciones. Una relación de mis tropezones, recaídas e incorporaciones. Una mirada al tendido. Una carta llena de despecho y amargura. Y una apología de la esperanza.

Sin embargo, hoy me quedo aquí, anclado en las canciones. Y, por encima de todas, una: esta canción de Fort Atlantic, titulada “There is love”. Dejo, también, la letra de la canción más abajo.

“Don’t let the sadness grow
You’re beautiful, don’t you know?
It’s easy to dive into doubt
But harder to climb back out.

Don’t drink from the well
Where the bitterness dwells
That water is wasting your time
And push past the anger
And cynical strangers
Whose sharp words are always unkind
Oh, there is love we can find
We will find.
When lies get a voice in your ear

And whisper your deepest fears
You can either believe
Or look through these empty things

Acknowledge the hard things
As ships that are passing
Don’t let pain destroy your life
Pray that your misses
Find gentle forgiveness
As deep as the hue of red wine
Oh, there is love we can find
We will find.
Come hearts that are scared and alone
Let love give you warmth in the cold
Let faith and hope lead you on
Let joy be the theme of your song…”

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Querida Eva:

Desde que te marchaste, solo puedo pensar en los recuerdos que me deja tu ausencia. Te fuiste con determinación, sin pensar en las consecuencias, sin tener en cuenta lo que dejabas atrás. Ahora paso las noches en vela y tan solo puedo empañar tu ausencia cuando miro en el móvil las fotografías que me enviaste. Te veo preciosa, dándote un baño en el mar, tostándote plácidamente en la arena.  Y, desde la nostalgia, me alegro de que seas feliz.  Mientras tanto, a mí no me queda más que sentir la pena eterna de seguir viviendo sin tu amor.

Me pregunto constante e insistentemente qué voy a hacer ahora que te has marchado. Incluso me persigue la ilusión, quizás sin fundamento, de que aún puedas quererme, de que aún puedas necesitar algo de mí, de que lo que sientes por mí sea algo que se acerque, aunque sea tímidamente y desde la distancia, a lo que es el amor.

Pero te has marchado sin mirar hacia atrás. Y solo me queda la última imagen que tengo de ti, cuando hacías la maleta (sí, esa preciosa maleta de cuero que te regalé para nuestros viajes comunes y que ahora haces y desharás para desenvolverte sola sin mí) y en ese precioso bikini de rayas con el que, hoy, te bañas y aprovechas para que el sol dore tu cuerpo, alejándote del crudo invierno.

Tuyo para siempre, buscando la fórmula con la que encuentre la quintaesencia de nuestro amor.

(Versión prosificada y modificada a mi antojo de “Eva María”, canción de Fórmula V, perteneciente a la serie Canciones prosificadas y con imagen de @alain.g.)

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La música, como el cine, como la literatura, como la vida, es clasista. Cada uno habla desde el canon sociocultural esperable en una persona de sus circunstancias y alabará la música clásica, o el jazz, o la música étnica, o el rap, el indie o la jota aragonesa. Yo, sin disentir de lo anterior, anticipando que ni en el arte ni en la vida todo está al mismo nivel, reconozco que, para mí los niveles absolutos son casi imposibles de establecer: lo denostado un día para a ser referencia futura, lo hiperalabado y prestigiado otro cae en el más absoluto de los olvidos, el ni fu ni fa de la lista de éxitos horizontales pasa a estar entre la lista de clásicos más verticales. El cantautor de referencia pasa a ser un cronista de lo trillado, el acogotado folclórico para a tener un hueco nostálgico en el corazón… En fin, que soy partidario de que, aunque hay que ser muy cuidadoso con el uso de los minutos, hay un tiempo para cada cosa.

Por eso, hoy voy a hacer un elogio de la música dance. Sí, dance, disco, eso. La música ha estado perpetuamente vinculada al baile, desde la música popular a la música de la corte, desde la verbena popular al agarrado libidinoso del guateque que nos mostró el cine, desde el rock’n'roll revolucionario hasta el agitado twist, pasando por el guitarreo ficticio heavy. Y lo mismo que ocurre con el cine, en el que se pone en escalafones más altos las tragedias que a las comedias, en el que el género musical fue concebido por muchos como un género de segunda, la música dance ocupa un lugar esencial en algunos momentos de nuestras vidas. En casa o en un local, se agradece que, por unos momentos, los latidos del corazón se aceleren sin que medien sustos. Estimula que, por un instante, decidamos subir el volumen que contrasta con el silencio de nuestras vidas. Nos agrada que nos cuenten historias en las que la letra sea solo un acompañamiento (a veces trivial, a veces más profundo) que podamos bailar girando y girando, con los ojos cerrados, olvidando unos segundos los parámetros, las referencias.

Hay días que es necesario poner música, respirar hondo y bailar. Aunque sea por dentro.

(Imagen de Spectrum Textures.)

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Enseñemos a los niños a seguir un buen camino, enseñemos a los niños todo el caudal de belleza que habita en su interior, démosles una buena dosis de autoestima para que recorran el camino de forma más fácil. A fin de cuentas, los niños son nuestro futuro y su risa nos devuelve en presente todos los días pasados, toda la felicidad de cuando éramos como ellos. Todos necesitamos un modelo, a alguien en el que reflejarse primero y proyectarse después.

Desgraciadamente, yo no tuve esa suerte: no tuve a nadie que me viese por dentro, que viese a través de mí todos los recovecos en los que proyectar luz. Me tuve que construir un lugar solitario en el que habitar, en el que aprender de mí. Por eso, decidí hace mucho tiempo que no caminaría nunca a la sombra de nadie. Si fallo o si tengo éxito, viviré –al menos– como creo que debo vivir, como creo que se debe construir una vida (mi vida). Podrán arrebatarme todo lo que poseo, pero no podrán nunca quitarme la dignidad. He aprendido, entre mis luces y mis sombras, que el amor más grande de todos me está pasando a mí. He logrado encontrar el amor más grande de todos en mí, aprendiendo a amarme con toda la dulzura de las caricias del universo.

Si, por los azares del destino, llegas a un sitio solitario y no al lugar con el que tanto has soñado, vuelve a apretar los puños y encuentra tu fuerza en el amor, ahora que sabes que es posible encontrar ese amor. El más grande de todos.

 (Versión prosificada y libremente modificada de “Greatest Love of All”, una canción de Whitney Houston de 1985. Ahora que Whitney se nos ha ido, ahora que somos conscientes de que todo lo que le faltaba nos faltará a nosotros.)

Greatest Love of All

 

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Mi indiferencia natural, curtida en mil batallas contra la pereza, borra del mapa cualquier muestra de amor y sentimiento de empatía. Porque, en mi vida, todo acaba como empieza. Y en plan travestí radical, le doy la espalda a cualquier muestra de tristeza. ¿Melancolía, decepción?¿Felicidad, tentación? En esta vida, todo podría ir a peor. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y no sabes cuánto me cuesta aceptar que no volverás. Por el momento, miro la vida pasar. Pero, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar… Pasado el tiempo, sigo igual. A veces, incluso pienso que he perdido la cabeza. A veces pienso que he perdido la cabeza. Y algunos días, sin razón, ya ni siquiera siento latir mi corazón. Siempre he sido fuerte, aunque haya dudado muchas veces si la vida nose ha reído de mí. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y cuesta aceptar que no volverás. A veces, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar.

Versión prosificada y ligeramente adaptada de la canción “Miro la vida pasar” de Fangoria, todo un himno estoico contemporáneo, con imagen de Pollobarda.)

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Te pido que escuches una confesión, un secreto que nace de un corazón desierto. Con tres palabras, puedo decirte todas mis cosas. Puedo decirte las cosas bellas que habitan en mi corazón. Ven, dame tus manos y toma las mías: te voy a confiar todos mis deseos. Recuerda que son tres palabras las que encierran todas mis alegrías, todas mis angustias. Esas palabras, ya lo sabes, solo se esconden tras la canción porque, con tres palabras, puedo decirte todas mis cosas. Las cosas que habitan en el corazón, que encierran todas mis alegrías y todas mis angustias. Son tres palabras que encierra la canción y, juntas, son preciosas.

Tres palabras - Nat King Cole

Porque, en el ritmo del bolero, se encierra el ritmo de nuestro mundo.

(Versión prosificada y modificada a voluntad del bolero de Osvaldo Farnés cantado por Nat King Cole. Imagen de Diana Susselman.)

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Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

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