— Verba Volant

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Música

Lado, corazón, alma, soledad. Razón, existir. Religión. Besos, calor, amor, pasión. Bien, mal, luz, vida. Vida, amor, razón, existir.

Historia, amor.

(Canción tan prosificada de “Historia de un amor” que se ha quedado en el esqueleto de los sustantivos).

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Son las cuatro de la mañana y sigo contemplando cómo duerme con ese respirar lleno de calma, entre el calor de esas sábanas que dejan atisbar un hombro perfecto. La penumbra de la habitación devuelve el eco de su presencia: esa blusa arrojada con mimo sobre el sillón, ese pañuelo revuelto en espiral perfecta sobre el chifonier, el bolso entreabierto en el suelo enseñando parte de tu mundo secreto.

Son las cuatro y diez y aprovecho cada instante, con el ansia de retener en mi memoria todos los detalles de nuestra historia. Cada palabra susurrada, cada promesa. La primera vez que bailamos, cuando dos metros cuadrados fueron la mejor expresión del paraíso. Aquella vez que me tomaste de la mano y me llevaste a explorar los momentos más excelsos de mi vida. Ese viaje hacia el interior, el trayecto más fecundo por el que hemos caminado. 

Son las cinco menos veinte. Con la mano escondida debajo de la almohada, solo contemplo la espalda. Me sé de memoria todos los vericuetos de tu columna vertebral, la forma exacta de tus omoplatos. Parte de mi cordura se pierde donde adivino que amanecen tus clavículas. 

Son las cinco y veintitrés y no puedo soportar el avance irremediable de los dígitos de ese cangilón solitario que abandona agua fresca para recoger incertidumbre y soledad. Siento un dolor irremediable, la nada llena mi estómago y siento que, poco a poco, el tiempo apaga todas las estrellas. 

Las horas siguen corriendo por el reloj de la mesilla, que ilumina cada segundo futuro de certero desamparo. Cuando amanezca otra vez, se acabarán todas las auroras. Y solo me queda pedir que el tiempo se detenga entre magnitudes que, sin ella, no significan nada.

Cuando los rayos del sol iluminen otras vidas, yo, sin su amor, no seré nada.

Imagen de RocorCanción prosificada de “El reloj”, ese bolero perfecto, como homenaje a Lucho Gatica

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Me dijeron que la concepción cristiana legitimó el concepto de seres humanos con principio y final. Y que el final lo determinaba todo, desde el principio hasta todo lo vivido, que no era sino intermedio. Y le dijeron que la concepción cíclica era natural y naturalista. Pero a mí siempre me han cabido todas las dudas y, mezclando y destilando,  siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar.

Aunque me cueste, confieso que, con el tiempo, he renunciado a renunciar. Que no me resigno a que me queden inquietudes y dudas. Y no me conformo con decirle que no al placer. Que no me resigno a pensar como todo el mundo. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche, a sus desarrollos y consecuencias.

En mis sueños, que son pesadillas, sueño que estoy acabado y confundido. Y siento que, al final, me he convertido en lo que no he querido. Es duro de aceptar, pero no me pienso resignar.

Y, aunque siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar, confieso que he renunciado a renunciar. No me resigno a pensar como todo el mundo. No me conformo con decirle que no al placer. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche. Por eso espero a la madrugada, vigilante, con los ojos abiertos.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “¿Por qué a mí me cuesta tanto?”, de Fangoria y Asier Etxeandía, con imagen de Distant Reality).

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Estaña y Eurovisión son dos términos especialmente peligrosos si se ponen juntos. Las experiencias vividas por todos los eurofans de nuestro país en los últimos tiempos (ya unos cuantos años) están frecuentemente sembradas de esperanza, pero acaban en el choque ineludible y contundente de una clasificación adversa. Pese a que seamos multitud los que no seguimos con fervor este concurso de canciones y países en el que la polémica es frecuente, viviríamos en otro país y en otro mundo si no conociésemos algunos pormenores del devenir de nuestros cantantes.

Este año, después de que cantase el gallo en la última edición (basta poner “Manuel Navarro en Google para que le acompañe este lapsus vocal en el resultado de la búsqueda), parece que España está ilusionada con Amaia y Alfred y su canción (algo empalagosa, a mi modo de ver). Y España entera está con ganas de superar trabas y barreras y lograr una buena clasificación.

En este contexto, aparecen unas declaraciones de Edurne, nuestra representante en 2015 y que ocupó los puestos de cola: “Creo que van a hacer un papelón”.

Tengo a Edurne por una persona discreta, educada y bienintencionada, por lo que me extrañó mucho leer este titular, así que leo la noticia entera. Todo en sus declaraciones son elementos optimistas y piropos para la pareja y su canción: “me encantan”, “tienen magia”, “tienen talentazo”, “la canción es preciosa”. Nada pues, de rencor ni envidias, ni malas palabras. Edurne está segura de que participar en Eurovisión es una ocasión de goce y disfrute en una experiencia difícil de olvidar. Esto último se supone también afirmado en el plano positivo, imagino.

Edurne no dice lo que el titular dice que dice (sí, ya sé que esto es un lío). Lo que afirma Edurne es:

“Estoy segura de que van a hacer un papelón increíble”

Así que tenemos que acudir aquí, de forma inevitable, a la palabra papelón y realizar un breve análisis del término. De forma muy sencilla y breve, no es necesario conocer de manera muy profunda nuestra lengua puede deducir que la palabra papelón está compuesta por papel y un morfema derivativo. Este morfema, a veces, tiene carácter aumentativo. Así, un muchacho guapetón sabemos que es muy guapo, del mismo modo que, si es muy simpático, diremos que es simpaticón. Y así lo concibe, al parecer, Edurne. Por eso, afirma que Amaia y Alfred van a hacer un gran papel. Lo que pasa es que, en español, el sufijo –on tiene muchos otros matices (que no cabe analizar aquí). Pero resulta que, en la palabra papelón, no hay nada de aumentativo, como piensa Edurne. El Diccionario de la Lengua Española define papelón en su cuarta acepción –que es la que viene al caso– como “Actuación deslucida o ridícula de alguien”.

Partimos, por supuesto, de que una comunidad de hablantes (o un hablante particular) puede dar el sentido que quiera a una palabra. Una palabra, a través del uso, puede cambiar de significado y puede emplearse con sentidos diferentes. Pero un hablante tiene que conocer también el significado y el sentido que se otorga a una palabra en el conjunto de sus hablantes.

Y, obviamente, hablar de cantantes, eurovisiones y papelones no es lo más adecuado. Lo tenemos que reconocer, a la espera de que Amaia y Alfred hagan un grandísimo papel y que el orgullo patrio brille por esta España que vive cantando… o que vive cuando cantan y ganan sus representantes.

Imagen de Juan Haro Rodríguez.

Esta entrada ha sido publicada primero en mi blog académico ScriptaManent.

 

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Decidme: ¿qué se siente al ser tan joven? Me gustaría saber lo que se siente cuando no se ve el final, lo que se siente cuando se vuela sobre el mar. Decidme qué se siente cuando te sientes eterno. Me gustaría saber lo que se siente en pleno caos emocional, cuando el tiempo sobra y brota por los resquicios. Decidme: ¿qué se siente en el vacío celestial?

Por más que lo intento, no consigo recordar lo que se siente al ser tan joven, pero tiene que ser maravilloso. Lo olvidé entre proyectos de sublevación, lo olvidé entre lamentables achaques de sinceridad, lo olvidé programando la huida cuando me sumergí en el delirio de la seguridad. Ahora, muero sin atreverme a alzar la voz. De alguna manera, esta tranquilidad sin dolor es algo parecido al final. Y eso que hoy, por un momento, pensé que podía volver a suceder. Soñé que tenía todavía una oportunidad para subir y subir y subir sin mirar atrás.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “¿Qué se siente al ser tan joven?”, de La casa azul, con imagen de Chat des Balkans)

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¿Os ha pasado? Escucháis una canción en bucle. La descubrís un día. Y la escucháis. No tiene nada de especial, pensáis. Estáis con Spotify y aguardáis hasta que queden solo unos segundos. Y apretáis el botón para que empiece otra vez. Os ponéis a hacer otra cosa y la tenéis como música de fondo. Y repetís. Luego os ponéis a trabajar y ya está instalada en vuestros auriculares. De forma tenaz y perseverante, va conquistando vuestro espacio y vuestra cabeza. Desde luego, hace ya unas cuantas reproducciones que está añadida en vuestra biblioteca musical. Os sorprendéis con ella cuando os laváis los dientes, cuando os ducháis. Comiendo un bocadillo de jamón. Y no se resigna a permanecer en la insistencia durante un día. Dura más, a veces tres días, a veces una semana. Es lo que me ha ocurrido a mí. Otra vez más. Pensáis que es una obsesión. Y tenéis razón. Toda la repetida, ritual y resistente.

Razón.

Imagen de Gabriel Fernández.

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Podríamos poner otros ejemplos de música electrónica, dance, house, disco. Pero sí, explica nuestras vidas. Lo primero, porque este tipo de música se ajusta a nuestro corazón acelerado. Un patrón rítmico que ajusta nuestros latidos a medida que nos movemos a un ritmo desenfrenado. O quizás es que nuestro corazón ya estaba acelerado previamente y necesita una vía de escape en una música que se ajuste a él. Lo segundo, porque es extremadamente simple: se limita a impulsos primarios, estribillos repetidos, palabras que, al fin, pueden ser basura o abstracción. Y lo último, porque en una construcción fría, casi de laboratorio, se esconde una necesidad imperiosa de sacar lo que todos llevamos dentro.

Es lo que dice Joe Crepúsculo en esta canción: “Mi fábrica de baile no cabe en tu corazón pequeño”. No es solo una constatación, es una provocación. Un reto. Lo grande frente a lo pequeño, lo dinámico frente a lo estático, la vida frente a estar muerto (en vida).

Por lo tanto, vivamos para bailar, siempre y cuando eso sea equivalente a bailar para vivir.

 

Enlace a “Mi fábrica de baile” en Spotify.

Imagen de Peter Gorges.

 

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Iba a hablar de maravillas y excelencias, de esperanzas y consuelos, de las fuerzas para permanecer. De sonrisas, de manos tendidas, de suertes y fortunas. Del todo sin división en partes. De no saber cómo ni por qué.

Iba a hablar de luz, de sentimientos a ras de piel y resquicios hasta el tuétano tuétano. De palabras, truenos, sonidos y abrazos. De sueños con los ojos abiertos de par en par. De rostros, voces, rotos, descosidos. De sentidos.

Iba a hablar de ángeles sin demonios, de plumas y bichos raros, de lugares a los que no perteneces. De controles, de cuerpos y de almas. De personas especiales, singulares e irrepetibles.

Iba a contar historias de locuras sencillas, de trazos curvos inmensamente rectos, de fuegos y temblores, de días sin sus noches respectivas. De calles, ríos y canciones.

Iba a contar esas historias hasta que me quedé en silencio, mecido entre los destellos de un susurro.

 

 

 

 

 

 

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La música de nuestras vidas. No es la música tuya, ni la mía. Es una sintonía vital colectiva y azarosa, que escucho porque la escuchas tú, porque aparece sin más, que suena en un momento y que te acompaña siempre.

Es la música que suena cuando bailas, cuando besas. O la que escuchas mientras tomas un pincho de tortilla. O la que escuchas en la radio. O la del vídeo cuando está la televisión encendida y destella en la MTV. O la de la película que tanto te gustaba.

La música de nuestras vidas no la escogemos. Tampoco es la que más nos gusta. Ni la que escuchamos con más frecuencia. Es la que está agazapada y te estrangula con un recuerdo, la que te devuelve un momento de alegría intensa, inmensa, la que sonaba tras un adiós estrepitoso.

Es una música hecha en un presente y que sonará también en el futuro, pero de la que solo somos conscientes cuando nos evoca un pasado.

Es la música de nuestras vidas. La que nos elige para siempre. La que suena, a veces, dentro de nuestro corazón.

Imagen de Cees Wouda.

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Subway

Estás ahí, mirando hacia atrás. Y el tiempo pasa a toda velocidad por tu ventana. Intentas ralentizarlo. Mojarlo como las galletas en la leche, siempre de dos en dos, para que empapen y aguanten juntas todas las vicisitudes. El tiempo, sin embargo, va demasiado rápido.

¿Te acuerdas cuando nos dijeron que lo nuestro había surgido demasiado rápido y que, inevitablemente, sería efímero? Miro ahora por la ventana para ver esa cara y esa sonrisa. Intento congelar esa imagen para que no se contagie con la tristeza que te angustia desde hace días (quizás semanas, quizás más tiempo aún). Miras el tiempo pasar a toda velocidad por tu ventana e intentas atraparlo. Porque todo pasa demasiado rápido. Y, si te detienes a pensarlo, se desgaja. Y no quieres perder ni un segundo de un tiempo que se consume a toda velocidad. Por eso, merece detenerse, mojar las galletas en leche. Como siempre, de dos en dos. Para que empapen y aguanten juntas todas las vicisitudes.

(Canción prosificada, traducida, modificada a voluntad y añadiendo lo que me viene en gana de “Fast” de Luke, con imagen de Hernán Piñera).

 

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