— Verba volant

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Música

Mi indiferencia natural, curtida en mil batallas contra la pereza, borra del mapa cualquier muestra de amor y sentimiento de empatía. Porque, en mi vida, todo acaba como empieza. Y en plan travestí radical, le doy la espalda a cualquier muestra de tristeza. ¿Melancolía, decepción?¿Felicidad, tentación? En esta vida, todo podría ir a peor. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y no sabes cuánto me cuesta aceptar que no volverás. Por el momento, miro la vida pasar. Pero, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar… Pasado el tiempo, sigo igual. A veces, incluso pienso que he perdido la cabeza. A veces pienso que he perdido la cabeza. Y algunos días, sin razón, ya ni siquiera siento latir mi corazón. Siempre he sido fuerte, aunque haya dudado muchas veces si la vida nose ha reído de mí. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y cuesta aceptar que no volverás. A veces, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar.

Versión prosificada y ligeramente adaptada de la canción “Miro la vida pasar” de Fangoria, todo un himno estoico contemporáneo, con imagen de Pollobarda.)

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Te pido que escuches una confesión, un secreto que nace de un corazón desierto. Con tres palabras, puedo decirte todas mis cosas. Puedo decirte las cosas bellas que habitan en mi corazón. Ven, dame tus manos y toma las mías: te voy a confiar todos mis deseos. Recuerda que son tres palabras las que encierran todas mis alegrías, todas mis angustias. Esas palabras, ya lo sabes, solo se esconden tras la canción porque, con tres palabras, puedo decirte todas mis cosas. Las cosas que habitan en el corazón, que encierran todas mis alegrías y todas mis angustias. Son tres palabras que encierra la canción y, juntas, son preciosas.

Tres palabras - Nat King Cole

Porque, en el ritmo del bolero, se encierra el ritmo de nuestro mundo.

(Versión prosificada y modificada a voluntad del bolero de Osvaldo Farnés cantado por Nat King Cole. Imagen de Diana Susselman.)

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Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

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La cara que no consigo olvidar. El rastro del placer o del remordimiento. Mi tesoro o el precio que tengo que pagar. La canción que el verano tararea o el frío que acompaña al otoño. Infinidad de cosas diferentes: la bella o la bestia, la escasez o la demasía, el arrastre hacia el cielo o la conversión en el infierno. El espejo en el que contemplo los sueños, la sonrisa reflejada y retratada en la superficie de las aguas.  Lo que parece ser y lo que no es, lo que no es y lo parece. Los ojos de recovecos tan íntimos cuando se lamenta, cuando llora. La vuelta del pasado, la presencia del ahora, la llegada desde el mundo de las sombras. Todo lo que tendré presente hasta el día en que me muera. La razón para sobrevivir. La asunción de sus risas y de sus lágrimas. El significado de todas las cosas que habitan por debajo de los cielos.

(Versión prosificada y libremente modificada de “She”, de Elvis Costello, en una tarde en la que, sin querer, me acordé de Notting Hill.)

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Y entonces llega un día que, al verlo pasar, se parece a otros tantos (a ese día, a ese otro, al de más allá). Y entonces llega un día que recuerda lo que hicimos, lo que dijimos; que recuerda también a nuestras voces y a nuestras sombras, reflejadas en la pared. Y entonces llega un día en el que también queda el recuerdo de las flores que cogí para ti. La primavera es, hoy, el recuerdo de las flores de invierno, flores de otros momentos, de otras temporadas, de otras estaciones. La memoria y los recuerdos de otros momentos. Quizás no sean más que flores de las que no se puede decir más: que los días parecen distintos, que las vidas pasan por los segundos y por los minutos y por las horas para dejar el olor de la eternidad.  Y, entonces, llega un día que, al verlo pasar, percibes que se parece a otros muchos. Que se parece a nuestras voces, a nuestras sombras, que se reflejan en la pared. Y entonces llega un día en el que tienes en la mano esas flores. Nada más que flores: las flores que he cogido para ti.

(Versión prosificada y adaptada muy libremente de la canción “Nient’altro che fiori“, de Gianmaria Testa. Y creada a raíz de una sesión intensiva escuchando canciones italianas de amor, con una imagen de Vvillamon.)

 

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Sí, James Bond rememora África y baila con lobos. Lo que es lo mismo que decir que se el otro día se nos fue John Barry, uno de los grandes. Y van quedando menos…

(Reconozco que, de entre todas sus composiciones, me quedo con el tema de James Bond, que se erige, audiovisualmente, en uno de los comienzos de película más impactantes de la historia del cine.)

John Barry Orchestra – James Bond Theme (From “Dr. No.”)
John Barry – Main Title (I Had A Farm In Africa)
John Barry – The John Dunbar Theme (film version)

Una versión del James Bond Theme: Moby – James Bond Theme (Moby’s Re-Version)

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Te mueves más que el negro de los Boney M, decían. Hoy, sin embargo, esto ha dejado de ser cierto, ya que Bobby Farell, ese cantante y bailarín tirillas y eléctrico, ha muerto a los 61 años. La música de los Boney M era de todo menos profunda y transcendental, pero para inundó de energía nuestras largas noches de los ochenta. Y siguió con nosotros todas las Navidades.

Va por ti, Bobby Farell: bailarín y cantante macarra, pachanguero y excesivo pero que hoy ha dejado un poso de tristeza en esta noche de presuntas alegrías.

Y, sin que sirva de precedente, aprovecho estas horas, una vez más, en las que nadie me lee para desearos a todos Feliz Año Nuevo. Que los langostinos, el turrón y el cava os acompañen en las profundas noches de los días señalados.

Boney M. – Feliz Navidad

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Porque la vida puede condensarse en las pausadas, en las lentas canciones de amor. Porque quizás el miocardio no es parte de nuestra fisiología. Porque los muros son, a veces, blandos como la gelatina en tardes de verano y, en otras ocasiones, permanecen impertérritos ante nuestros gritos. Porque los acordes de la música son las teclas que tocan nuestra pasión. Porque los violines registran los recuerdos, el piano el presente y las guitarras eléctricas el futuro de nuestra prisión. Porque, de vez en cuando, en nuestras vidas se enquistan las palabras por el miedo a desentonar. Porque la vida es una carrera marcada por el ritmo duro que te impide respirar. Porque, en el momento más insospechado, empieza a derramarse la lluvia y tú, dudoso, dubitativo, optas por pararte, alzar los brazos hacia el cielo, levantar la cara y desafiar cada gota que te salpica el rostro. Porque las escenas de amor de las películas son tan falsas como para ser reales. Porque en los libros encuentras demasiadas cosas de las que dices, quizás alejadas de tus propias circunstancias, quizás demasiado próximas como para sentirlas ajenas. Porque te molesta mucho que haya quien confunda las líneas que escribes con el latido de tu pulso. Porque piensas que lo que escribes se limita a esparcir tus grietas a los cuatro puntos cardinales de manera personal y, pese a todo, intransferible. Porque te molesta el frío cuando sopla el viento helado, pero te agrada como pocas cosas en la vida el temblor de las calles de tu ciudad cuando permanecen –secas, quietas– a varios grados bajo cero.

Porque la vida es una larga, pausada canción del amor que a veces no comienza por el principio. Porque quizás nuestras volubilidades no provengan del sistema linfático, sino que contengan mucha más bilis de la que parece a simple vista. Porque el sistema de un solista seguido de un coro explica mucho de la manera de escribir canciones. Porque la honradez no se mide andando, sino corriendo, sino sufriendo; no a bote pronto, sino con el paso de cada tarde que uno pasa consigo mismo.

Porque hay un momento en las largas, en las pausadas, en las dulces canciones de amor que te llevan a dar vueltas y vueltas a las cosas pequeñas –dulces, pausadas– que construyen tus minutos día a día. Que son segundos: eternidades.

(Imagen de Julius Dillier.)

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Las aulas por los suelos

Mañana de sábado, con un empecinamiento mental propio del insomnio (parcial, intermitente). Un par de horas delante de pantallas más o menos grandes. Sentado ahora ante la del ordenador. Auriculares puestos. Música, claro. Genius para dejar que el azar racionalizado mediatice los gustos, la realidad. Con montones de historias que contar: hoy tristes por encima de todas las cosas. Con la intuición (errada, infundada) de que el color de los ojos filtra la realidad de maneras diferentes. Con la sensación de que el espectáculo tiene que continuar, porque los buenos rockeros (músicos, en general) nunca mueren. Con las campanas de la navidez, que es Navidad sólo porque la canta John Lennon. Con la seguridad de que la palabra sonrisa suena mejor en otros idiomas, por aquello de lo ajeno. En aviones que flotan sobre los aires pese a los estados de alerta, pese a los pájaros de mal agüero. Con los sentimientos a flor de piel (con una piel que se moja y no se seca). Con las figuras de la protección que ahora quedan en un segundo plano, atentas a un discurso lejano y aburrido.

Mañana de sábado con ganas de escribir y con la única posibilidad de captar sensaciones al vuelo. Pensando en lo uno y en lo otro a cada paso en el camino, a cada piedra que te hace tropezar. Con la música como única bandera entre los territorios que no existen. Con la batería, que provoca alteraciones taquicárdicas en los cansados corazones. Con la necesidad de que los ritmos acompasen una época que no es sino dodecafonismo. Esperando que los resquicios de los muros permitan los susurros, las verdades a media.

Mañana de sábado, con la sensación firme, serena y segura de ser, pese a la hora, un Cowboy de medianoche. Sí, ese que llegaba a la ciudad con su mundo cargado de ilusiones y se alejó en un autobús al lado de la Muerte.

Harry Nilsson – Everybody’s Talkin’ (y unas cuantas más).

(La fotografía está tomada en la Facultad de Derecho de la UBU. Lo juro.)

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Aunque tengan ya treinta años, siempre me han conmovido las historias de amor y pasión. Aunque tengan treinta años, siempre me han gustado los ritmos alocados y dislocados, que son los que más se parecen a la vida y a nuestro corazón. Lobos y caperucitas juntos, revueltos. Todo un compendio de realidad, imaginario cultural y antropología.

(La Orquesta Mondragón editó en 1980 el disco Bon Voyage, en el que estaba esta “Caperucita feroz”. Quizá un acercamiento demasiado ingenuo y fuera de contexto piense que sea pop o rock’n'rol.)

Quizá muchos desconozcan que el letrista de esta canción (y otras muchas del grupo) fue el poeta Luis Alberto de Cuenca. No os perdáis este vídeo, en el que explica el origen de la canción y la recita como lo que es: una gran manifestación del amor. La imagen que ilustra la entrada es de Maliciasennoire. Os dejo más abajo otro vídeo de la canción y aquí el vínculo de Spotify: Orquesta Mondragon Con Moderatto – Caperucita Feroz

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