— Verba volant

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Realidad

Son días estos en los que no te dan ni gatos ni liebres. Días en los que abismos sublunares se acentúan más que las grietas personales, más hondas por ser el último escalón del descenso a los infiernos, que ya no tienen galerías, ni ríos ni lagunas para olvidar. Días en los que cambian las formas para no cambiar los fondos (días en los que cambian los fondos para no cambiar las formas, que son suyas de siempre. Suyas propias. Suyas por los siglos de los siglos). Días estos en los que no se sabe si es mejor recordar como recurso fácil u olvidar como función catártica. Días en los que los grados de acercamiento se cuentan con números demasiado grandes como para ser contados. Días sin ayer ni mañana, pero días sin hoy, que era el único eslabón que nos quedaba para estar sujetos al mundo. Días con sus noches, cada vez más cortas, cada vez más largas.

(Imagen de Sergio Bertolini.)

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Hemos de partir de una base: cuando alguien decide escribir un blog, lo hace porque le da la gana. O puede que no le dé la gana: hay algunos casos (muy pocos) en los que un blog está vinculado a un contrato y, por lo tanto, es una forma sumamente decente de ganar dinero. Pero como este es un caso poco frecuente, pongámonos en lo primero.

La segunda premisa, esa que nos preguntan algunos amigos escépticos es: ¿Por qué se escribe un blog? Yo siempre digo lo mismo: porque su autor tiene algo que decir. Cuando digo que “tiene algo que decir” no estoy sosteniendo que el resto de la humanidad no pueda pensar que el esfuerzo es baldío o improductivo. A lo que me refiero es a que el autor piensa que tiene algo que contar y que puede haber gente que pueda leerlo. A uno le da por escribir cosas de actualidad; a otro por hacer crítica de libros, de televisión, de toros o de vaya usted a saber qué; a otro le da por hacer un blog profesionalizante, relacionado con cuestiones de su trabajo, mientras que a otro le da por hacerlo de sus aficiones; al de más allá le da por establecer un blog un espacio de creación literaria, fotográfica, artística en general; a otro le da la gana contarnos lo que hace en el día a día. Unos blogs parten de la realidad, otros parten de la ficción, otros mezclan una y otra en proporciones diversas.

La tercera cuestión es que, en el momento de crear un blog, estás abriendo un espacio –más o menos, según gustos y circunstancias– para que otros te lean. Es una cuestión que controlas en cierta medida y que, en otras, se te escapa por completo. Es controlada porque cada uno va estableciendo un haz de relaciones con algunos blogs afines o con amigos de manera que el blog es un espacio común (y a veces de intercambio): algunos son muy hábiles en establecer esos espacios comunes y otros no quieren hacerlo o son muy zotes (y no son mejores unos que otros; simplemente, son diferentes). Se escapa porque el azar de los buscadores hace que se llegue a los lugares más insospechados o porque lo que fue en un principio casualidad, acabó por hacerse causa y pasó a formar parte del grupo de relaciones estables. En el blog hay asiduos y gente que va y viene. Gente constante y gente que abandona. Personas que se vinculan y personas que no. Alguien que comenta y alguien silente. Trolls y gilipollas. Gente crítica. Lectores inteligentes y descifradores de signos poco avezados. Buena gente y personas con malos propósitos. Gente en busca de amistad. Individualidades en busca de colectividades. Algún colectivo en busca de conexiones. Pero, como he dicho, el blog expone a la lectura. En el momento que un autor expone hacia afuera, está ya haciendo un ejercicio de exponerse (en varios sentidos). Está expuesto a que a los lectores (pocos, muchos) les guste la tónica general del blog, sean proselitistas, tengan división de opiniones o, simplemente, lo aborrezcan. Existen lectores que, de tanto leerlo, lo quieren hacer suyo. Los hay también que quieren que el blog cambie para que sea como quieren ellos. El autor puede enfocar y canalizar lecturas y formas de recepción, pero no es (ni puede ser) un dique de contención frente a lo dicho. Las palabras salen –vuelan– y, en ese mismo momento, incluso las que parecen destinadas a ir a un punto fijo, acaban por tener una trayectoria en cierta medida incontrolable. Además, puede involucrase en la medida en la que le parezca oportuno en la retroalimentación de la comunicación interviendo (o no) en los comentarios.

Y nos queda el mensaje, ese espacio de intersección entre autor y lectores, ese vínculo común formado por la palabra, la tipografía, el color, el diseño, la fotografía, la imagen, la estética. Lo único verdaderamente tangible, aunque inaprensible. El autor lo acota y el receptor lo rompe. El autor lo lanza y el receptor lo apresa o lo esquiva  o lo ignora. Los contenidos se retroalimentan y acaban por configurar un mensaje múltiple compuesto por múltiples entradas que, de hecho, pueden guardar cierta coherencia (rastreable en temas, en categorías, en etiquetas, en series). Porque un blog suele tener un sendero por el camina, aunque a veces se separe de él. El blog nace por un camino y puede coger un atajo, o llegar a su fin pronto, o quedarse en punto muerto, o perderse en un laberinto, o puede empezar por una carreta secundaria y acabar en una autopista (o viceversa). Cuando hay suerte, evoluciona hacia otra cosa. Y a veces evoluciona para mejor.

Para acabar, me queda por hablar del narrador del blog. Partiendo de que un blog puede ser colectivo (e incluso puede subordinarse con estructuras complejas de instancias enunciadoras), es frecuente que, en los blogs de carácter más personal o creativos muchas personas no lleguen a diferenciar al autor del narrador. Una vivencia personal puede entremezclarse con la ficción exactamente igual que en otras manifestaciones literarias. La pregunta sobre “¿Quién habla”? no puede ser más pertinente. Los autores, en este caso, suelen oscilar en diferentes grados de ambigüedades y les corresponde a los lectores ir parcelando y poniendo en suspensión toda atribución segura. Ese es el ámbito donde realidad y ficción quedan deslindadas pero confundidas, amalgamadas pero seccionadas. Por eso mismo, son muy curiosas las reacciones ante estos espacios emocionales.

Como reflexión final, solo quiero que los lectores de este blog reflexionen sobre lo que esta entrada dice de forma explícita y sobre las cosas que esconde. Es una buena manera de compartir la experiencia en este viaje maravilloso, aunque no llegue a ninguna parte.

(He querido hacer esta reflexión desde un terreno neutro pero personal. La reflexión teórica sobre el proceso de enunciación y recepción de los blogs exigiría otros métodos y otros lugares. Y sí, en este caso, el narrador soy yo. Y el autor soy yo. Y, como siempre, puede que los dos seamos diferentes. O no…)

La imagen que encabeza la entrada es de Hardtomakeastand.

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Buena se ha montado entre Arcadi Espada y Javier Cercas. Tal y como nos cuentan en El País, un artículo de Cercas defendiendo a Francisco Rico de las críticas vertidas contra el ilustre filólogo por haber afirmado que él no ha fumado un cigarrillo en su vida en un escrito contra la ley antitabaco ha desencadenado una virulenta respuesta de Arcadi Espada en la que se insinúa la implicación de Cercas en un asunto relacionado con una trama de explotación sexual. Como de la lectura de los enlaces cada lector puede sacar las conclusiones oportunas de cada postura, yo solo me quedaré con mi visión, que no puede ser más que personal y poco transferible. Creo que todos ellos hacen mal y casi a partes iguales. Rico, porque ataca a la ley antitabaco como si el hecho de ser fumador no interfiriera de algún modo en los razonamientos (que, a no ser que sean demostraciones, están siempre impregnados de algo nuestro). Cercas, porque pone tanto énfasis en defender a Rico que llega a confundir a base de paralelismos el cariño que tiene de su maestro con el uso debido o indebido de la ironía o del humor en la práctica periodística (insisto: no es lo mismo atacar una ley desde el presupuesto del fumador del que no fuma. Además, no todos los lectores de un periódico tienen por qué conocer a Francisco Rico y, por lo tanto, quedan engañados y, por lo tanto, empañados, con su afirmación). Espada, porque se pasa veinte mil pueblos afilando hasta sacar demasiada punta al argumento de Cercas. No es cosa esta de bromas y veras o de ficciones para explicar verdades y verdades para explicar ficciones. Es, en el fondo, la puñetera manía que tenemos los seres humanos de salirnos siempre con la nuestra pensando que lo estamos haciendo de modo aséptico y, por ende, objetivo. Y, más en el fondo, todos razonamos con la mierda que hemos pisado bajo la suela de nuestros zapatos.

(Imagen de .Bambo.)

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Hoy cumplo 44 años que, sin serlo, se asemejan bastante a una cantidad redonda, por aquello de la repetición de dígitos. Nunca he aprovechado un 29 de abril para hacer un balance de cuentas, pero creo que la situación de la economía mundial está necesitada de no olvidar el cashflow y cuánto dinerito vital queda en el bolsillo.

Por lo tanto, haré para mí (y para quien quiera acompañarme) un pequeño balance global.

  1. Vivir durante 44 años supone haber pasado en este mundo más de 16.000 días, aunque el primer millar casi no cuenta para eso de la memoria, ya que no guardo ningún recuerdo por debajo de los tres años (puestos a ser estrictos, creo que muchos de los que creo tener posteriores –algunos muy recientes– son inventados).
  2. Dieciséis mil días dan para una valoración global: si ponemos la cosa al 50% y recapacito, creo que al menos ocho mil días han dado  de sí lo justo como para decir que ha merecido la pena vivirlos.
  3. En el polo negativo, diré que estos años me han castigado con tres muertes espantosas. Las dos últimas –las de mis padres_ no dejan de ser lógicas, aunque tristes. A fin de cuentas, mis padres tuvieron el privilegio de sobrepasar los ochenta años y, por lo tanto, brindarnos muchísimas alegrías, aunque su fallecimiento sea un mazazo del que, a unos pocos años vista, todavía no he logrado recuperarme del todo. La primera fue la de mi hermano, con una vida quebrada a los 19 años cuando yo tenía 12. Sin comentarios.
  4. Mi vida académica fue creciendo año a año y mi vida laboral también, aunque bifurcada en dos senderos bien distintos y con satisfacción desigual. He sudado tinta para mejorar y he sacrificado muchos años para conseguir llegar hasta aquí. El currículum, desde mi punto de vista, se hace por medio del esfuerzo y no por medio del mangoneo, el tráfico de influencias, las lamidas de culo ni la puñalada trapera. He sufrido, pero el sufrimiento se ha visto, en mayor o menor medida, recompensado. En cuanto al trabajo, me complace que sea mejor acogido por quienes más estima merecen para mí.
  5. En lo personal, he acogido puntos de felicidad con muchos otros de catástrofe. A lo largo de los años, me he dado cuenta de que la vida escuece más cuantas más llagas tienes.
  6. Cuento con amigos fieles. Sé que los tengo ahí, aunque muchas veces me olvide de ellos y no les frecuente como ellos se merecen.
  7. Desde hace ya unos cuantos años, mi conciliación con todos los elementos que tengo que abarcar a lo largo del día me desborda. He llegado a un punto en el que he tenido que abandonarme y, siendo como soy, el abandono me hace zozobrar todavía más.
  8. En el polo de lo positivo, he visto hechos realidad algunos de mis sueños. He visitado lugares mágicos. Unos cuantos países rodeados de calles que me han hecho deambular por mi existencia y han ampliado mi vida en muchos miles de kilómetros cuadrados. En concreto, haber tenido el privilegio de volver una y mil veces a París y haber disfrutado de su luz y de su lluvia merecen, para mí, toda una vida.
  9. Tengo una familia maravillosa. Existe, y eso es decir ya suficiente. Están ahí, y eso es decir mucho. Nos necesitamos mutuamente, y eso es ya como para estar contento.
  10. Entre los vinculados a mi sangre,  tengo un hijo, lo que equivale a decirlo todo. No hay nada mejor en este mundo que haber engendrado algo tuyo pero distinto, algo dependientemente independiente.
  11. Podría decir muchas cosas más, dulces y amargas. Pero sólo diré lo último: a día de hoy, creo que mi vida oscila entre los dos polos: uno, el de cumplir tantos días vividos como para ser suficientes; otro, el de no tener tantos como para esperar que vengan más. Entre estas dos cosas me ubico y me debato. En mi agenda, los 29 de abril, me recuerdo siempre: “Felicidades, amigo. Ya va quedando menos…”, no siendo esta una frase desesperanzada.

Pues eso.

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El pasado día no-sé-cuál, nuestra querida televisión pública emitió un reportaje elaborado por Comando Actualidad titulado ¿Los ricos también lloran? Gracias a Fernando Berlín, tuve noticia de él en primer lugar; gracias a la multidifusión primero y a la TVE “a la carta” después, tuve la suerte de poder contemplarlo en toda su inmensidad. ¡Qué ocasión magnífica, amigos! ¡Qué gran oportunidad de aprendizaje para la vida! En la entrada anterior hablaba yo de la televisión y decía que la tele es como la vida misma,  sólo que vista y reflejada a través de espejos cóncavos y convexos. Y, lejos de haberme quitado esa idea de la cabeza, el “visionado” [consultad el hipervínculo, plis] de esa obra maestra me ha hecho reafirmarme, como el busto y la piel celulítica en los anuncios de cosmética femenina, en mi obstinada opinión.

Los detalles los dejo para aquellos que quieran el deleite intensivo de los cincuenta y ocho minutos (y cincuenta y nueve segundos, que también cuentan). Pero basta con que veáis este pequeño extracto de YouTube para que os hagáis una pequeña idea:

La pavita del reportaje [se ruega volver a pinchar en el enlace del DRAE], Carmen Lomana, habla de lo duro que es ser rico en tiempos de crisis: por solidaridad, ella gasta mucho menos (y lo dice mientras se va probando modelito tras modelito y sus complementos respectivos en una tienda exclusiva), tiene una dedicación intensiva a su trabajo, que no sabemos cuál es pero que debe ser digno de una tesis doctoral (y no lo digo de coña): se despierta a las nueve de la mañana, se tira una horita en la cama poniéndose al tanto de sus cosas y luego se levanta para estresarse e ir de tiendas. Los mercadillos callejeros le divierten, aunque nunca haya pisado ninguno.

Decía la chorba que ser rico es muy duro en tiempos de crisis: los ricos son tan pobres en tiempos difíciles que no disponen más que inversiones patrimoniales; nada de dinero en efectivo. Y, además, los ricos no son pobres (claro está) y por eso no están acostumbrados a serlo, y a pedir, y a pasar vergüenza por algo que, seguramente, se merecen. Los ricos, por eso mismo, lo pasan fatal, por la falta de hábito.

Escuchando esto, vuelvo a descubrir que la tele es como la vida misma. Si no hubiese sido un reportaje, todo el mundo hubiese afirmado que era un montaje de cámara oculta. Pero no, amigos, la tele es reflejo de la realidad porque esta gente existe, va por la calle (por algunas calles) y habla. No digo que pague sus impuestos, porque les será más fácil evadirlos que al pobrete de turno.

Y uno se lamenta de que no corran otros tiempos y de que ya no se monten guillotinas en las plazas públicas, con toda una turba de miserables que dejan sus obligaciones limosneras contemplando en masa una buena segada de cabezas. Por pija, por rica y, sobre todas las cosas, por gilipollas.

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Telebasura 

Por mucho que lo neguemos, la televisión es un espejo de la realidad. Lo que ya no sé es si es un espejo plano, cóncavo o convexo, o si Valle-Inclán aceptaría así, tal cual, la metáfora. En la televisión tenemos de todo, incluso lo que no existe. Incluso lo que existe porque la televisión lo dice. Nos enteramos por la televisión de noticias que no existen, conocemos por la televisión a personas que no existen. En la medida en la que escogemos unos canales y no otros, el grado del conocimiento de lo real asciende por momentos. A mayor consonancia y concordancia con la realidad nuestra de cada día, menor grado de similitud con lo que de verdad es. La realidad es así. Lo que pasa es que nosotros no queremos verlo.

(Ejemplo vivo de que en la televisión cabe de todo es la imagen que encabeza la entrada, que no está manipulada. Eso es todo lo que cabe en una televisión. Y más.)

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Road line

El (¿la?) skyline está muy lejos, en las comisuras de los horizontes de la ciudad, paralela a nuestras ideas y a nuestros sueños. Es la belleza figurada de lo moderno, de lo urbanita. De todo lo que queremos ser, a orillas del Hudson. En Manhattan. Sin dejar crecer en la rebeldía de nuestros cabellos. Un día, a punto de caer, miré al suelo y lo encontré bello. En líneas perpendiculares al deseo de lo mejor, en beneficio de lo que es, sin espera del mañana. Hoy por hoy, el (¿la?) road line es lo que toca, lo que está más cercano a las suelas de nuestros zapatos, a la imaginación cercana de lo real que es un poco de asfalto, acalorados con el día y con unos zapatos muy muy desgastados. Cansados de andar muertos por las aceras de la vida, seguimos la línea visible que indica el camino. Hacia ninguna parte. Qué más da. Otro día –quizá– levantaremos los ojos hacia el cielo, aunque quizá ya no quede tiempo.

(Imagen de Steve Hanna)

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foam

Las espumas de los dioses llegan a nuestro puerto y nosotros, ajenos a la ofrenda, dejamos el arco tensado sin disparar la flecha. Cuando la reflexión se torna en no-acción, el tiro nos sale por la culata y nos devuelve todas las desgracias con sonrisas flacas, el rictus enrarecido. Los pasados son tradición y sirven para recordar, y anclarse, y anquilosarse. Los futuros son indefinición y, por tanto, son momentos para el éxito y para el fracaso. Como no dice el refrán, nunca hace sol a gusto de los frioleros, pero el fracaso es el eslabón perdido de todo progreso. Las vidas, dice el cantante, se van llenando de días tristes y opacos que ocultamos de nuestra biografía, pero las miserias deben sacarse al sol de la plaza pública, y del mercado, y del barco que arriba a puerto cargado de su botín de peces. Nunca hubo nada más bello que restregar nuestro lado oscuro por los mofletes de las mentes biempensantes, de los burgueses sin sabor, de los que se niegan a hablar porque piensan que las palabras duelen más que los silencios. Nunca hubo nada más bello que la salazón de un sufrimiento mal llevado, bien expresado, culminado felizmente. Si ponemos en fila india a todos los majaderos del universo, un leve impulso de indiferencia nos llevaría a la consumación mundial de la infamia, pero la porquería no es patrimonio de nadie. Ni siquiera de los buenos. Un bucle de palabras me lleva por un flujo de conciencia ordenada. Sin ir, no llegaba a ninguna parte.

Relato de Chipirón Negro remitido a mi correo hace un mes. Hay que escarbar, pero con él se saca agua de un pozo seco. Lo juro.

(Imagen de Nickwheeleroz)

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Questions

Las preguntas son los termómetros de la ontología del mundo, los barómetros de nuestro conocimiento y los manómetros de nuestra curiosidad. Se lanzan al aire en números diversos: si se hace sólo una, se supone tan importante como para hacerla grande -la “gran pregunta”- y su aplicación vendrá a indagar sobre seres supremos o, en el campo más terrenal, podrá constituir el lema de la última prueba  de un macroevento que hará temporalmente rico a un concursante televisivo. El dos, que sería un número insignificante, pasa a ser esencial por su paridad (que será del gusto de hombres -y mujeres- modernos -as-) y por su contrariedad, por lo que sería un buen número para un programa radiofónico en el que coges a Solbes y le preguntas una cuestión sobre la balanza de pagos y otra sobre cómo le gustan más los huevos, si fritos o en tortilla. Lo del tres me lo imaginaba: como buen número de la perfección y lo divino -no se olviden las tres virtudes teologales o el cuento de los tres cerditos ( no es coña…)-, da puertas al campo de los seudomísticos y alucinados varios dando lugar a un pack de preguntas profundas, o ñoñas, o de esas “que te hacen pensar”. El cuatro es de lo más material -abarca tanto los cuatro elementos de Empédocles, como las cuatro estaciones (las de Vivaldi y las otras), como las esquinitas que tiene mi cama- así que me lo imagino en las páginas de no-sé-qué-color (soy daltónico) de los periódicos, llenas de guarismos, gráficas para arriba, gráficas para abajo, quesitos en porciones desiguales.

Lo que no me podía imaginar es que ayer iba a vivir una experiencia iniciática. Tuve la enorme suerte de asistir  como espectador a una prueba de esas de las que sólo vive Ali Babá (véase también aquí). Primera pregunta (grave): contestación deíctica, pero correcta; segunda pregunta (insistente): contestación nominalmente impecable; tercera pregunta (redundante): contestación irrefutable, inconfundible; cuarta pregunta (inquisitorial, machacona): contestación equivalente, con una palabra añadida. Fueron necesarias cuatro preguntas para contestar lo mismo, cuatro indagaciones sobre el sujeto para llegar hasta su estirpe.

La pragmática, sagaz parte de la lingüística, ya nos decía que las interrogaciones no sólo preguntan,  sino que, por contra, hacen otras muchas cosas (invitan, afirman, sojuzgan…). Y sí, los números son símbolos. Y el cuatro -aquí- es el símbolo de los gilipollas.

(La imagen es de Oberazzi)

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