— Verba Volant

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Iba a hablar de maravillas y excelencias, de esperanzas y consuelos, de las fuerzas para permanecer. De sonrisas, de manos tendidas, de suertes y fortunas. Del todo sin división en partes. De no saber cómo ni por qué.

Iba a hablar de luz, de sentimientos a ras de piel y resquicios hasta el tuétano tuétano. De palabras, truenos, sonidos y abrazos. De sueños con los ojos abiertos de par en par. De rostros, voces, rotos, descosidos. De sentidos.

Iba a hablar de ángeles sin demonios, de plumas y bichos raros, de lugares a los que no perteneces. De controles, de cuerpos y de almas. De personas especiales, singulares e irrepetibles.

Iba a contar historias de locuras sencillas, de trazos curvos inmensamente rectos, de fuegos y temblores, de días sin sus noches respectivas. De calles, ríos y canciones.

Iba a contar esas historias hasta que me quedé en silencio, mecido entre los destellos de un susurro.

 

 

 

 

 

 

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Soltando un poco la cuerda de las vacaciones, estaba preparando unas cosas del trabajo. Unos textos con sus ejemplos ilustrativos, cosas de palabras, acciones y contextos. Luego me vino un recuerdo. Fui dejando poco a poco el ordenador y

me puse a leer versos

para sentir el frío de una tarde cálida

en la que pisábamos las mismas baldosas

ese día en que, después de la tormenta,

pisaste sobre una losa hueca

y el agua nos invadió las pantorrillas.

Y leía que el alma nos ha cortado a su medida, a solas, sin el testigo de todo lo que no somos. Después, no sé por qué, aparté los libros y los auriculares me devolvieron unas palabras en forma de canción, que, más que notas, eran recuerdos convertidos en fotografías del alma y pensando que

Vivo cerca del paraíso, pero el reino

no es de nuestro mundo:

está cerca de un zumo a la luz de una galleta,

próximo el edén distante,

dormida tú en el sofá tras una noche de perros y pesadillas

y yo desvelando cada pliegue de un trayecto conocido.

Son momentos de ensoñación en los que todo se nubla para vislumbrar una verdad más allá, que traspasa muchos millones de segundos con el suelo en todo lo alto y el cielo brillando por todos los suelos. Unas notas que desvelan y revelan

Que nos sentaremos

frente a frente

para reconocernos

pensando en esa poca habilidad tuya

para reconocer los rostros

en los contextos adecuados

y esa incapacidad mía

para las tareas más cotidianas.

Es una búsqueda de las huellas, un acto reflejo de perderse en todos los laberintos. Tú, que pensabas que la vida era fácil, hasta que cada meandro iba a demostrar que el agua que llega a la mar no podía nunca ser la misma. En un principio, fue un sueño.

La coincidencia de que nos pasen

las mismas cosas por la cabeza

Es una ilusión, dijiste. Demasiado bueno

para ser verdad.

¿Existe el amor o solo consiste

en un proyecto,

en un balance de cuentas,

en una manera de olvidarse en los detalles?

¿La vida era eso?

Revelarse contra la conformidad

y negar que todos los días sean uniformes,

que el horizonte es imposible y no un problema de bulto,

 de no encontrar

la manilla de la puerta.

Pasa todo por unos retazos, como esa aseveración que aún persiste con toda el alma, ese concepto tan bello de estar juntos, que es permanecer y alegrarse y transcender. Una locura equilibrada que se construye con cada fragmento de una historia que se perfila rato a rato.

 

Buscando una emboscada de abrazos sin medida,

un vaho que empañe todos los reflejos

de la mirada de todos los que no pueden ser tú.

Hoy hace frío, lejos del tiempo. Nada más desapacible que una espera a solas, en el portal del dolor. Nos toca ver la noche desde ángulos distantes,

y sentir que es un consuelo

que todo el universo se resuma

en los márgenes,

que, como todo el mundo sabe,

son lo único importante.

 

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Bajo el sol

speral acto de irse, el esfuerzo de recoger todo lo imprescindible en un espacio reducido (preferiblemente con ruedas y en espacio cuantificable en unidades de volumen). El resultado de dejar las cosas atrás sin saber lo que te espera, sin conocer el entorno ni el barrio ni el grado de comodidad de un colchón que te soportará de ahora en adelante. El transcurso de muchas horas en las que caben todos los pensamientos, todas los miedos y todas las esperanzas. El hecho de irse en una proporción no deseada ni deseable. En un proceso en el que todo lo tienes que convertir: las palabras que son extrañas porque serán tan mías como suyas, las monedas y el efecto de las horas sobre los meridianos. La decisión, esa meditación entre la necesidad de estar repicando y estar presente en todas las procesiones del bendito y agobiante acto del trabajo.

Me voy. Cuando aquí todas las hojas respiren el frío sobre el suelo, yo me voy. Hacia la primavera.

Imagen de Jorge Gobbi.

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Desde la azotea del Círculo de Bellas Artes, por Manuel

A medida que pasaban las horas, las horas frescas de la mañana se han convertido en una contundente descarga de sol y de calor. Te encuentras en el centro de la ciudad, abarrotado de paseantes y de turistas. Asciendes a duras penas por la Gran Vía y te atreves a entrar en alguna tienda para salir harto de aglomeraciones y con las manos vacías. Ni siquiera La Casa del Libro consigue que te quedes más de diez minutos: has elegido mal las estanterías y los aparadores, llenos de mercancía que no te atrapa. La suerte no te acompaña, porque deambulas por la literatura policíaca y te encuentras con obras ya deglutidas. Te has desviado hacia Chueca para regalarte el estómago con una cerveza bien fría y unas tapas que la acompañan de forma generosa.

Ha pasado el tiempo y han caído las primeras horas de la tarde. Te has cansado de andar hacia ninguna parte. Te agobia el paso rápido, ansioso, de todos los que caminan con algún sentido. Cuando te sentías al límite, has recordado la forma recomendable de escapar. Has cogido el ascensor, que ha trepado hacia la azotea del Círculo de Bellas Artes. El sol quedaba tamizado por harapos de sombras, en las que te has cobijado de forma agradecida. Te has tumbado y has cerrado los ojos, escuchando una música ambiental que acompañaba de forma agradable el momento. Cuando sentías que el sueño te vencía, te has resistido, te has puesto en pie. Te has acercado a la barandilla y has visto la ciudad calmada desde el silencio. Y, envuelto en la serenidad y la belleza, has pensado en esa llama eterna.

La imagen es de M a n u e l

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Fantasie

Pensar solo con la fantasía. Volar hasta lo más alto. Caminar sin mirar atrás. Tener fuerza para despegar. Y luchar. Luchar hasta la locura.

(Propósitos sintonizados con unos minutos de descanso y música, con imagen de Andrea)

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compass

Es tiempo de locuras, de máscaras, de caricias, de disparar a la luna con balas de fogueo. Es tiempo de captar el olor de una habitación vacía, de bailar delante de un espejo, de abolir de una vez por todas los puntos cardinales.

Es tiempo de salir a la calle en zapatillas, equipados para un nuevo combate. Es tiempo de confundir los colores y tergiversar todas las enseñanzas que algún día nos confundieron.

Es la hora de calibrar el parpadeo de las estrellas, de ver el sol antes de que amanezca. Es la hora de perseguir la lluvia en los días de primavera. Es la hora de agazaparnos en las evidencias. Es la hora. Y que las calles escondidas escuchen nuestros pasos.

(Imagen de Mike Harrods.)

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No tengas miedo: el único riesgo es caer dentro de la cordura. Y la única manera de recobrar tu cordura es volverte complemente loco: sabes que los dolores del corazón solo los curan los vendavales, las tormentas. El amor dura todo el tiempo que permanecemos aquí, mirándote sin perder detalle. ¿Es lícito sentirse insípido por tener el descaro de amar? No podemos cerrar los ojos ignorando que se puede quedar atrapado entre el miedo de sentir algo dulce. Y prestar atención a todas las cosas que no son importantes.

Recoger todos esas nimiedades para construir una historia. Para dar mil significados a una sola palabra, para atribuir mil sentidos a un detalle liviano. Todo es para ti, para los días en los que el viento y el frío te hace recogerte en tu bufanda para quedar fuera de la vista y del alcance de todo lo demás.

Y hacer las cosas bien. Pintar las cosas con colores diferentes a los de siempre. Y, sin dejar que se sequen, colgar todas y cada una en un muro para que todos las ignoren.  Sabes que soy capaz de apagar todas las estrellas si eso te hace olvidar un segundo de tu abismo. Te transportaré lejos de todo. Estaré allí cuando te caigas. Estaré ahí cuando asciendas y que cambie la línea del horizonte. Devoto, escucho cada palabras que pronuncias, y miro tus labios por un espejo que me transporta a ese lado desconocido, a ese lado que yo no sospechaba y que se encuentra cercano a la verdad. Mientras tanto, seguimos con la locura como única forma de no volvernos cuerdos.

Fuera de nuestro alcance, se llega al horizonte si extiendes los brazos para mirar por debajo la belleza, para descubrir la perfección debajo de las pequeñas imperfecciones. Mirando dentro. Escalando muros y quitando escalas para contemplar todo lo bello sin pensar en las consecuencias. Esta noche, bajo el aura de los sueños, somos seres imperfectos viviendo nuestro instante de equilibrio.

Después de muchos años mirando, he logrado al fin contemplar el mundo. Brillante bajo los días locos, bajo una ciudad que se mueve bajo el dolor de nuestras almas. Encender el mundo bajo todas las formas conocidas. ¿Permanecerás bajo mi esperanza y bajo mi dolor? La lluvia ha dejado su sonido y, ahora, nosotros gritamos entre todos los silencios para no oír más allá de nuestras voces, entre el resplandor de los charcos. A la luz de la luna.

(Imagen de Ron Sombilon.)

  

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Desde hace seis años, Isabel trabaja como monitora en un centro deportivo. Para Isabel, el gimnasio formaba una parte importante de su vida. Entraba a la sala, se subía a la tarima, contemplaba a todos los asistentes y esbozaba una amplia sonrisa. Isabel sabe que el trabajo desvela una parte importante de su concepción de la vida y, por eso, intentaba hacer llevaderos los momentos más duros de las sesiones. Un comentario acertado, una pequeña maldad, una observación que denota conocimiento… Desde hace unos meses, Isabel se siente algo más perdida. En otras ocasiones, pese a encontrarse mal, pese a estar triste, a Isabel esas horas de contacto directo con el esfuerzo le servían para sobreponerse. Para dar algo más. Para olvidar los sinsabores de todo lo cotidiano.

Ahora, sin embargo, Isabel entre en una sala repleta y se siente vacía. La rutina, que antes le servía para sobreponerse, ahora se le viene encima con todos los pesos. Isabel piensa, ahora, que un día es igual a otro, que una sesión es igual a otra, que el mundo se comprime en sesenta minutos que han de pasar pronto para volver a la realidad. A veces, Isabel se marcha a casa escuchando la música del coche a todo volumen para olvidar. No obstante, no hay ni un solo día en el que sueñe con volver a iluminar la sala con la sonrisa, para que cada día sea único, especial. No hay ningún día en el que no sueñe en volver a comenzar.

 

(Imagen de Michael Kötter. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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La ficción, por muy planificada que esté, tiene sus momentos, sus sorpresas. Hoy voy, muy brevemente, de alguna de estas circunstancias.

La primera tiene que ver con espacios vacíos, momentos en los que la metáfora de un agujero negro es toda una realidad (como todas las metáforas, que no son sino una realidad de nuestros procesos cognitivos). Estuve días y días saltando entre no escribir nada y rellenar borradores de tres líneas que no me llevaban a ninguna parte. Ante esto, solo caben dos opciones: tirar la toalla o esperar sin desesperar. Afortunadamente, hice lo segundo.

La segunda tiene que ver, precisamente, con ese momento de espera. Cuando todo parecía perdido, surge un momento –que surge, naturalmente, cuando estás haciendo otra cosa– y que me ha ayudado a relacionar muchas de las ideas que tenía cogidas por los pelos. Hoy están ya en el proceso de quedar arraigadas en el cuero cabelludo.

La tercera está relacionada con la primera y la segunda. Entre los espacios vacíos y esos saltos cualitativos que se dan por la improvisación pero que son posibles por la perseverancia, una entrevista que me realizaron el viernes –y de la cual daré noticia en su momento– me llevó a una constatación: que no había dejado por escrito aquí ninguna de estos avatares. Y que, en forma de borradores, algunas entradas están empujando para que cuente cosas.

Eso hago. Eso haré. Lo prometo.

(Imagen de Bachmont. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

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