— Verba volant

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Adolescencia y distancia; recuerdo de futuro con proyectos y de pasados sin ansiedades. Ventanas todavía no empañadas, puertas cerradas sin pestillos. Luz sin estertores. El azar como base para una de las últimas causas, personales e intransferibles. Ojos todavía no fatigados de sostener con la mirada el mundo. El aire matizado por las rendijas de las persianas. Pintarse los labios para enfrentarse al mundo y, sobre todo, para subsanar sus sequedades. Contar historias para no dormir, para quedarse dormido y para reflexionar debajo de las mantas. Comer con la moderación del inane y sobrepasarse con el exceso del compulsivo. Luchar para no quedarse en la cuneta, correr para avanzar despacio, saberse de memoria el trayecto para luego perderse por los quicios de las puertas que no se deben traspasar. Sacarse las espinas de todas las heridas laceradas, utilizar con moderación el yodo y el agua oxigenada. Fumar para intentar ser y beber para ser consciente de olvidar. Acudir a las citas para ver qué pasa. Temer y temblar frente a las sacudidas. Buscar lo que nadie ha encontrado y encontrar lo que no se busca. Estudiar por obligación, para comprender, para claudicar. Leer por pasión y por principios, desde el incio hasta que te pida el cuerpo más. Y la suerte, que no sabemos hacia qué precipicio nos llevará, ni cuándo, ni dónde. Para nunca pensar en un después.

(Imagen de R-Queso, palabras robadas y transformadas de un papel arrojado a la nada.)

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El contestador automático tiene fama de aparato incómodo e impersonal. Es frecuente que sintamos una rabia interna o, al menos, una molestia fundamentada cuando llamamos a alguien y se interpone entre nosotros el contestador. Nuestra reacción frustrada es la de colgar violentamente maldiciendo nuestra mala suerte. Pero creo que el contestador automático puede cumplir una importante función social. Ahora que la crisis aprieta y los psicoterapeutas están tan caros, podemos utilizarlo como interlocutor de nuestras filias y fobias, de nuestras neurosis y carencias afectivas.

El requisito previo es disponer de una tarifa plana para nuestro teléfono. El segundo, armarnos de paciencia. El tercero, aguardar agazapados la suerte. Y así, cuando salga el mensaje pregrabado e impersonal de Movistar marcando un número al azar, aprovecharemos para desencadenar nuestra ira: “Hola, grandísimo hijo de la gran puta. Tengo apuros económicos, no llego a fin de mes y estoy del gobierno y de los políticos hasta los cojones.” Si preparamos con premiditación –y, en este caso, necesaria nocturnidad– el asalto a una multinacional que nos avisa de que el horario de atención al cliente es de nueve de la mañana a diez de la noche, de lunes a sábado, diremos: “Estoy en contra del libre mercado y de la libre circulación de las mercancías. Y Fidel y Corea del Norte, la antigua URSS y Ho-Chi-Ming están en vuestro punto de mira”.

Como las voces son los registros del alma, esperaremos la llegada de una voz masculina autoritaria y rígida para dejar, simplemente: “Irás al gimnasio, pero tienes una tripa que parece una mochila. Chulo, más que chulo”, o, si somos crueles, “Te quedan menos de tres telediarios”. Seguramente, a algunos esto les parecerá una crueldad innecesaria, pero no olvidemos que se trata de una terapia nuestra y contra el mundo, una manera infantil y enrabietada de liberar la adrenalina en un grito desgarrado y sólo mitigado por la línea telefónica, que deformará algo nuestra voz y nuestros sentimientos más ocultos.

Y, otra vez, como las voces son los registros del alma, cuando llegue una voz femenina y aterciopelada, con un regusto de melancolía, nos reconciliaremos con el mundo: “Hola, ¿qué tal estás? Hace mucho tiempo que no sé de ti, que no me llamas. Los otoños enfrían nuestros huesos. No confundas la marcha de la vida con la de las estrellas, porque nunca fueron paralelas. No confíes en la simbiosis, ni en la receta de bizcocho de tu madre, ni en nada que no sea un corazón compungido puesto frente a frente. Recuerda que los días son las alfombras rizadas de unos ríos que no pasaron sin mojarnos tiernamente. Si todavía hay un momento de esplendor en esta delgada vida, es el canto de tu voz. Nos llamamos, si eso”.

Frente a todo esto, tenemos otro gran enemigo tecnológico: el identificador de llamadas, que nos puede llevar a la cárcel, al odio, a la ignominia. O a los rincones más sinceros de un corazón al que no conocemos. Todavía.

(Imagen de Susan NYC. Entrada surgida al hilo de Ismael Serrano – Mensaje En El Contestador)

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El viajero ha recordado lo que piensan muchos, que, en las sociedades contemporáneas, hemos cambiado la noción del viaje por la del desplazamiento, medido en horas computables a ritmo constante. Esa visión convierte a los personajes del trayecto en meros traspasadores de provincias, comunidades y fronteras a ritmos vertiginosos. No obstante, este turista no concibe sólo el viaje como destino y es amigo de las horas muertas, rellenas siempre de alguna circunstancia. Le agradan las horas diletantes en las que se empieza sin haber llegado, porque el recorrido es vida, e importa, y conmueve.

Este viajero ha comenzado el viaje contante y sonante con un trayecto en coche hasta Madrid para llegar al aeropuerto. Le gusta llegar con tiempo suficiente a todas partes y ha establecido un margen suficiente en el que los kilómetros no se cuentan como una unidad de longitud sino como una medida de tiempo. Pese a su previsión, el viajero no contaba con la vergonzosa situación del país en el que vive, que pasa por ser de primera y está a la cola de los países con los que ansía codearse: ha sufrido los nervios de encontrarse encarcelado en atascos en una carretera en los que los carriles adelgazaban a ritmo de obras que nunca deberían de coincidir con ciertos meses, con ciertas fechas. Entonces, ha pensado que se puede gozar del viaje como premisa previa que luego puede ser refutada en una conclusión, que es cagarse en la madre de todas las autoridades (in)competentes.

Y, después, ha pensado que su viaje empezaría. Luego. Más tarde. Mucho más tarde.

(Imagen de Luz A. Villa, sobre un deseo de lo que hubiese sido la A-1.)

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Banco

Son las diez y media de la mañana. Teresa está sentada en un banco público, con la mirada entreverada entre el infinito y el deambular de los viandantes por la acera. Teresa ha salido pronto de casa y ha llevado algo de calzado para que lo arregle el zapatero. Pese a vivir desde hace muchos años fuera de su ciudad natal, Teresa es fiel a muchas de las rutinas de su infancia y su juventud. Del mismo modo que sabe que la carne, el pan y la fruta nunca sabrán como en aquellos alegres días de infancia, también es perfectamente consciente de que no existe en el mundo un zapatero mejor que aquel que te arregló los desaguisados de las patadas que empezaste a dar a la vida y a aquellos zapatos a los que hubo que cambiar dos veces de suela. Su madre insistía en que debía de tirarlos, que estaban viejos. Pero Teresa les adornaba de betún para tapar sus costras y los frotaba con la bayeta como si le fuera en ello la vida. Esa restauración la consagraba con la vida, porque las personas empezamos nuestra felicidad por el bienestar de nuestras extremidades y la culminamos con la consciencia de que existen algunos sueños imposibles. Hoy, el zapatero le ha dado a Teresa uno de los mejores regalos que se puede recibir en este loco mundo. Le ha dicho que se fuese a hacer unos recados y que a los veinte minutos volviese a recoger los zapatos. Teresa ha salido del zapatero con la nariz arrugada por el olor fuerte de la cola mezclada con el cuero y con la sensación de que su tiempo, ese tiempo traicionero que nos empecinamos en malgastar en las rutinas, se ha detenido hoy durante veinte minutos. Los mismos veinte minutos en los que Teresa, pensando en sus cosas y ofreciendo al mundo su sonrisa, ha permanecido apaciblemente sentada en un banco, congraciada con el sol y con el aire.

(Imagen de _Teb.)

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No es un género cinematográfico español, pero me gustan las road movies. La carretera como una metáfora de la vida. Un coche que es, muchas veces, un emblema. Miles de kilómetros en el camino. Carreteras secundarias. En ocasiones, una huida. En ocasiones, una aventura. En ocasiones, una búsqueda. La parada en el bar y en la gasolinera. La mirada fija en el horizonte, que nunca se acerca. El codo fuera de la ventanilla y el aire hinchando las mangas de la camisa. El pelo vapuleado por la corriente generada. Una mirada cómplice al asiento del copiloto. El acompañante con las piernas apoyadas en la guantera. El viaje como expiación y como expiración. El trayecto que inspira. Una radio que oscila buscando frecuencias y, al final, siempre una canción country, que puede que nos cuente la historia de un vaquero que regresa.

Por eso me gustan las road movies. Porque se va. Y, con el perfil invertido de los héroes cansados clásicos, no se regresa si no es para volver al camino. Again.

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Silueta

Quiero que sepas que me duele en lo más hondo el haberme perdido tantos años de tu infancia. La ausencia de una vida juntos día a día hace que sólo pueda conocerte parcialmente. Tú, que eres tan mío como yo tuyo, vas perdiendo paulatinamente muchos rasgos de mi identidad. Se te ve en la forma de hablar, en las inflexiones de voz. Viéndote y oyéndote, reconozco otros tonos, distintos ademanes. Vas formándote como una persona sin que yo pueda hacer mucho, sin que pueda acompañarte en el día a día. Tengo la suerte de verte a menudo. En esos momentos, tan importantes para mí, mi estado de ánimo no me hace el mejor compañero. Intento mantenerme a flote, esbozar una sonrisa, mostrarme esperanzado. Pero, cuando ya no puedo más, me desinflo y tú lo notas. Me dices que siempre estoy cansado; que ya no me río como antes. Viéndote, descubro cada minuto que no te veo. Pasas por mi vida y yo por la tuya, pero como extraños compañeros ajenos a la lógica. Compartimos muchas aficiones, pero no las desarrollamos en el día a día. Las noches se convierten en una ausencia de tus cenas, de tus sonrisas, de tus enfados. La cotidianidad se convierte en algo excepcional, en la excepción que confirma una regla inexistente. Cuando intento levantar la cabeza para mirar hacia al futuro, contemplo todas las cosas que me seguiré perdiendo. Eres un tipo cojonudo. Y no lo digo porque eres tú, sino porque es verdad. Con todos tus defectos y con todas tus virtudes.

Tienes por delante una vida dura, resultado de dos mitades que no son un todo. A veces pienso que soy muy injusto cuando pienso en ti desde mi yo y no desde el tuyo. Te tragas una a una todas tus frustraciones. Disimulas para que no se note tu tristeza. Intentas contentar a todo el mundo. Se nota que te haces muchas preguntas, pero nunca las vuelcas hacia fuera, temeroso de las respuestas. Te sientes atrapado por una situación que no comprendes. Nosotros –y los demás– no te hemos ayudado –no te han ayudado– a que pudieses conseguir que todos los engranajes encajaran en tu cabeza. Te conviertes en el diplomático perfecto, en el más adulto de todos. Estás muy por encima de nosotros, anquilosados en nuestras posiciones. Siempre hay alguien que piensa lo mejor para ti. Pero nadie te ha preguntado nunca lo que piensas. Si te soy sincero, siento que pinto poco en lo que será el proyecto general de tu vida. Aprenderás de lo que puedas ver, de las cosas que los demás juzguen importantes. Sirvo para arreglar pequeños desaguisados, pero no para mucho más. Aunque tenga que tomar decisiones que no son fáciles, intentaré no defraudarte. Procuraré servir para algo positivo en tu vida. Haré todo lo posible porque tu vida sea feliz. Las cosas son difíciles pero tú aguantas como un campeón. Espero que todas las adversidades te hagan más fuerte.

Me creía en la obligación de escribir esta entrada. Parece subjetiva, pero intenta objetivizar. Los días pasan y necesitaba sacar fuera alguno de mis demonios. Seguro que habrá más de uno que me ataque por estas líneas. Pero el tiempo pasa y, en este caso y, lamentándolo mucho, tu tiempo ni mi tiempo son los suyos. Hay algunos tiempos comunes, pero otros nos pertenecen como la cara y el envés de la moneda. Los minutos pasan de forma muy diferente viendo el toro desde la barrera. Además, creo que tienes todo el derecho a saber lo que pienso, aunque no vayas a leer estas líneas. Por si acaso no lo sabías, te quiero con todo el alma. Por ti he tomado algunas de las decisiones más difíciles. Quizá muchos todavía no comprendan todo el dolor y la angustia que me han causado. Lo dicho: tu vida avanza. No dejes nunca de intentar ser feliz, aunque te pongamos tantos obstáculos en tu –todavía breve– recorrido por la vida. Adelante, compañero. Adelante.

(Imagen de Thomas Hawk.)

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