— Verba Volant

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Símbolo

De la misma constatación de que no hay dos sin tres surge la idea de Los Panchos, Los Tres Sudamericanos y el Trío Sacapuntas (ah, perdón, no; me he equivocado).

No juegues a la excusa, ni a la tapadera del negocio sucio de las armas cargadas por demonios. Los venenos se acumulan en la sangre y, pese a los torniquetes (que te impiden el paso fluido de la sangre para la función de fluir hasta los recovecos del corazón), pese a las medidas preventivas, pese a las vacunas alojadas entre la frialdad de la nevera donde todo miasma queda conservado, el mal fluye y fluye hasta agarrotar los músculos y embotar cabezas. Nuestra existencia no es todo lo que se predica, ni todo lo que se adivina, ni todo lo que se esconde. El ritmo, simplemente, acelera los efectos contundentes del tiempo que te posas en una vida cansina, adocenada y muerta por el asco, por el tedio y por los prospectos de los medicamentos.

(Imagen de Max Westby.)

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La primera no viene sola. Queda escoltada por la inocencia mancillada de la boca.

Los sonidos del piano definen los pasos por el mundo como los niños, obstinados en andar jugando y en jugar andando entre las baldosas de colores. Si añadimos un clarinete y una voz pautada por el  jazz, el paso por el mundo se contagia durante unos segundos por la calma. Es evidente que las notas de la partitura marcan los derroteros de la existencia, con bemoles, con sostenidos y con varias claves para resolver irresolubles enigmas. Las mentes son cabezas y las cabezas mentes. Los cuerpos son cuerpos, solamente. Y no hay más que una glándula pineal como posible descriptora de sus interacciones. Es la ley de la vida, de las notas y de la propiedad horizontal, aunque sea algo más alta que ancha.

(Imagen de Seraphina.)

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Se acaban los cuartos, que son cuatro. Empieza la ingesta, esperada con toda la antelación que exigen trescientos y pico días de la mano, con toda la precipitación de no pensar que todo dura unos segundos.

Toda una vida por delante, lo cual es mentira, porque puede que quede la mitad. ¿Dónde viviste lo pasado? ¿Exprimiste el jugo con los sabores certeros de que los años no iban a correr nunca? Todos son los deseos de la vida, para quedarse en escobajos entre los que elegir la madurez sin pasarse, sin quedarse corto. La mirada en el retrovisor se distorsiona. La mirada por la luna del coche está mediatizada por la mierda de los pájaros, los mosquitos pulverizados, el polvo del camino. Siempre, siempre hay un ángulo más que muerto.

(Imagen de Vincent Van Dam.)

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una camisetilla arrugada que tenía por ahí

Hay veces que las cosas dejan de serlo para convertirse en símbolos. Hay veces en que las personas dejan de serlo para convertirse en silencios. Nadie ve los toros desde la barrera, a no ser que sea uno rico o lo inviten a la corrida (bonita palabra), fume un cigarro y arroje la ceniza en ese inmenso cenicero. En todo caso, en cualquier caso, es más fácil arrugar una camiseta que doblarla. La vida es una pausa sincopada de músicas que no pegan, y vivir en el purgatorio es más fácil que sobrevivir en el infierno. Quema menos.

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Bodegón de calcetines 1 

Sin haber sido consciente de ello, los calcetines han formado ya un tallo narrativo en Verba volant. Los calcetines son símbolos de muchas cosas. Son símbolo de lo encerrado de la existencia, de lo sudoroso de la vida, de los rotos que ya no son descosidos. Pero, sobre todo, los calcetines son el elogio de la pareja. Salvo que seas mutilado por alguna sinrazón desafortunada o funesta, no hay calcetín sin pareja. El calcetín no es feliz si no es dual. Cualquier otro intercambio, cualquier otra permuta, deshace el orden cósmico de los calcetines unidos. El calcetín tiende, por su propia higiene, a la separación en el lavado de la misma manera que tiende a la reagrupación familiar en el momento de la recogida.

Sin embargo, como ya hemos dicho, aunque los calcetines no hayan nacido para estar solos, después del momento paradisiaco original, cuando están pegados con una grapa y una etiqueta, una vez pasado el peligro de la tijera para cortar el hilo umbilical que los une, sólo soportan juntos el primer lavado. Más tarde, el tambor de la lavadora será el túnel de la existencia, que los lleva a desgajarse, a perderse, a desparejarse. 

Después, una vez resignados a la dualidad perdida, los dejamos reposar en un cajón. Ellos aguardan reclinados, como los divorciados en el bar de las segundas oportunidades. Alguna vez encuentran otra pareja. Y –así– hasta los siglos de los lavados. Hasta los lavados de los siglos.

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Isla desierta

Me gustan todas las ficciones -libros, películas, series de televisión- que giran en torno a los naufragios y las islas desiertas. Creo que en todas ellas hay profundísimas reflexiones sobre la supervivencia y  la soledad, la autosuperación y la reflexión sobre nuestra existencia. Me gusta concebirlas como grandes metáforas del destino de los seres humanos, con todas nuestras miserias y nuestras grandezas encerradas en un entorno natural y unos cuantos metros cuadrados rodeados por el agua del mar. Parece que la llegada a la isla es el primer momento de una vida dentro de la vida y la salida futurible el momento de redención y salvación. La isla desierta es símbolo, a partes iguales, de nuestros deseos paradisíacos de soledad en contacto con la naturaleza bella y de nuestros miedos cegadores a esa misma soledad con sus privaciones. Todo lo malo y lo bueno del estado salvaje.

La pregunta «¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?» es ya un clásico trillado en el género de la entrevista periodística y en las conversaciones relajadas cuando están a punto de ponerse hondas. Cuando me han hecho esa pregunta, no he sabido muy bien qué responder. Admiro y envidio a todos aquellos que dan una respuesta atinada e ingeniosa que les salvaría de todos los males y penurias en sus años de obligada reclusión. Ahora mismo me lo pregunto a mí mismo y vuelvo a no dar con ninguna respuesta que no sea excesivamente chorra.

Reconozco, sin embargo, que se me da muy bien la formulación de la pregunta opuesta: «¿Qué tres cosas no te llevarías a una isla desierta?». Digo la formulación, no su respuesta, que seguramente sería igual de tontorrona e infantiloide. A estas alturas de la película de nuestras vidas de naufragios, sé que mis deseos poco iban a solucionar la realidad de las cosas. La isla desierta es una imposición y no un abanico de oportunidades. Cuando me hacen la pregunta o yo formulo la contraria, vienen a mi mente nombres concretos de personas. Y cada vez me llevaría menos personas a la isla (aunque cada vez pienso que algunas de ellas se merecerían permanecer allí, por sí solas y sufriendo con su soledad).

Llevo ya muchísimos meses viviendo en una isla desierta. Entre momentos difíciles, momentos de angustia y días y días en los que no sabría si aguantaría más inclemencias del tiempo, sigo vivo, pese a quien le pese. Y me he ido sumergiendo en los divertidos momentos de divagación vital que supone entretenerse con las cosas pequeñas del día a día. He desarrollado mis pequeñas manías, mis pequeños trucos de supervivencia, mis pequeños rituales del día a día. He caído mil veces y me he levantado otras mil. 

Permeneciendo en esta isla vital, he ido rellenando este cuaderno de bitácora. Unas veces, mis entradas han ido penetrando en el diálogo del que manda un mensaje en una botella. Otras veces, mi discurso se ha ido viciando con una permanente y obsesiva divagación, entreteniéndome en el hilo de los discursos y no intentando salir en su resolución.

Y ahora me pregunto y os pregunto: «¿Qué tres cosas no te llevarías a una isla desierta?», sabiendo que en la respuesta nunca está la salvación.

(Imagen de Cloning Girl)

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Questions

Las preguntas son los termómetros de la ontología del mundo, los barómetros de nuestro conocimiento y los manómetros de nuestra curiosidad. Se lanzan al aire en números diversos: si se hace sólo una, se supone tan importante como para hacerla grande –la «gran pregunta»– y su aplicación vendrá a indagar sobre seres supremos o, en el campo más terrenal, podrá constituir el lema de la última prueba  de un macroevento que hará temporalmente rico a un concursante televisivo. El dos, que sería un número insignificante, pasa a ser esencial por su paridad (que será del gusto de hombres -y mujeresmodernos as-) y por su contrariedad, por lo que sería un buen número para un programa radiofónico en el que coges a Solbes y le preguntas una cuestión sobre la balanza de pagos y otra sobre cómo le gustan más los huevos, si fritos o en tortilla. Lo del tres me lo imaginaba: como buen número de la perfección y lo divino -no se olviden las tres virtudes teologales o el cuento de los tres cerditos ( no es coña…)-, da puertas al campo de los seudomísticos y alucinados varios dando lugar a un pack de preguntas profundas, o ñoñas, o de esas «que te hacen pensar». El cuatro es de lo más material -abarca tanto los cuatro elementos de Empédocles, como las cuatro estaciones (las de Vivaldi y las otras), como las esquinitas que tiene mi cama- así que me lo imagino en las páginas de no-sé-qué-color (soy daltónico) de los periódicos, llenas de guarismos, gráficas para arriba, gráficas para abajo, quesitos en porciones desiguales.

Lo que no me podía imaginar es que ayer iba a vivir una experiencia iniciática. Tuve la enorme suerte de asistir  como espectador a una prueba de esas de las que sólo vive Ali Babá (véase también aquí). Primera pregunta (grave): contestación deíctica, pero correcta; segunda pregunta (insistente): contestación nominalmente impecable; tercera pregunta (redundante): contestación irrefutable, inconfundible; cuarta pregunta (inquisitorial, machacona): contestación equivalente, con una palabra añadida. Fueron necesarias cuatro preguntas para contestar lo mismo, cuatro indagaciones sobre el sujeto para llegar hasta su estirpe.

La pragmática, sagaz parte de la lingüística, ya nos decía que las interrogaciones no sólo preguntan,  sino que, por contra, hacen otras muchas cosas (invitan, afirman, sojuzgan…). Y sí, los números son símbolos. Y el cuatro -aquí- es el símbolo de los gilipollas.

(La imagen es de Oberazzi)

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URB_1136b

Muchos antiguos ya lo sabían, pero era un conocimiento matemático, exacto, realizado en torno a sombras, figuras y cálculos. La evidencia, para que lo sea, ha de serlo de todos, comprobado desde la excelencia máxima de todas las cosas, de todos los conocimientos, que no es sino su concreción, cuando las partículas del conocimiento teórico se han unido a la masa de la experiencia. En un momento determinado, todo un grupo de designios y esperanzas se concretaron en un proyecto que acabó por «redondear la imagen de la Tierra», en una bellísima expresión acuñada por Fernándo García de Cortázar y José Manuel González Vesga en su Breve Historia de España. No por descubrir nada, sino por ensanchar el mundo. A nosotros nos ensancharon por el Mediterráneo y, en justa correspondencia, agrandamos el mundo hacia el Atlántico.

Por lo que a mí respecta, -ya lo he dicho alguna otra vez– soy  un patriota que piensa, con Canetti, que «La única patria, la verdadera, es uno mismo». Y soy tanto de civilizaciones de ancho mundo como de concepciones patrióticas virtuales. Y soy tan individualista como para que todos los imperios me vengan anchos y tan colectivista como para gustarme algunos pasos de la humanidad que plasmaron nuestros sueños. No me siento mucho de nada, sino ser humano. Me gustan unas palabras del reciente premio Nobel de literatura, Le Clézio en una entrevista: «La lengua francesa es, quizá, mi auténtico país». Yo puedo traducir y trasladar estas palabras al español. Y entonces, me doy cuenta de que este día, 12 de octubre, tiene sentido. La lengua, una patria común, me hace sentir muy unido a millones de personas. Bienvenidos a la Tierra Común. Bienvenidos.

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Montannarusa

El momento ha llegado, amigos de Verba volant, paseantes asiduos y discontinuos por este mazacote de palabras que a veces se aglutina y a veces se desguaza y, muy frecuentemente, se fragmenta y engorda al mismo tiempo en un son de acordes y desacuerdos con uno mismo y con los demás. No hablaré de septiembre. No hablaré de la vuelta de las vacaciones. No hablaré de síndromes, ni síndones, ni síncopas. Chipirón negro ha vuelto. Llevaba muchas veces sin aparecer por este blog, pero también muchas entradas sin aparecer por mi correo electrónico. Hace unos poquitos días, recibí un mensaje de lo más romántico: «Hola, Garbanzo negro. No sé de dónde procede tu fuente de inspiración, pero en el momento en el que te dejo solo un rato, parece que las musas se han escondido en los recovecos de la ramplonería. ¿Te prohíbes a ti mismo pensar en vacaciones? ¿Estás alicaido? ¿Un período de crisis creativa, quizás? ¿Dónde está todo aquello que justificaba que algunos visitásemos tu blog con la esperanza de encontrar para econtrarte y para encontrarnos?» Joder, según ella, sólo se salvan los blogólogos interiores (no es la única que lo piensa) y alguna foto… y poco más. «Eso sí, con tus autorretratos me parto de risa. Sólo imaginarme a un chinado con la cámara vuelta hacia sí mismo y chas, chas, chas me ha hecho curvar la boca en forma de sonrisa. Hay que tener mucho tiempo libre para coger una pelota de tenis y chas chas, una bolsa de naranjas y chas chas…» Es el momento de reconocer que todavía me falta una serie de fotos con una botella de agua y otras chuminadas más.

Pero en los últimos mensajes le ha dado por dos obsesiones. La primera, las montañas rusas. «¿Qué es tu vida? ¿Una balsa en un pantano, el agua en calma, a dos palmos de la orilla? ¿Un abismo sin fondo? Mira, Garbanzo. La vida es una montaña rusa. Subidas y bajadas. Pero con una diferencia: en la montaña rusa, las bajadas son bruscas, pero esperadas. Y te montas porque te da la gana. En la vida, te pagan el billete. Si te bajas en marcha, te pegas el morrazo padre. Y las bajadas llegan sin subidas previas. Y la suerte es más que no caer: la suerte es que el ajetreo no le haga a tu estómago bailar más de lo preciso. Si llega ese momento, no te queda otra: vomitar. Eso sí: cuidado con salpicar, que los ácidos se limpian fatal.»

Y la segunda, los cuentos. Ella cuenta que un día estaba oyendo en la playa a una madre que le contaba a su hijo el cuento de Garbancito. La madre decía con voz aflautada «A Garbancito no piséis…». Y ha decidido convertirme en un héroe de cuento. Pequeño pero insistente, insignificante pero egregio: «Garban(cito), eres el héroe de todos los fracasos y el paladín de las palabras perdidas. Es hora de que te des cuenta, de que lo afrontes, de que lo asumas. Anota cada momento en el que tu vida se ha ido al traste, cada detalle que has convertido en herida, cada desliz que te ha hecho desear  que no has nacido. Y dale la vuelta. Conviértelo en tu fuerza, en tu cabina de la montaña rusa. Agárrate bien, y disfruta».

Sólo queda otra de cuentos. Como veis por el título de la entrada, «Chipirón negro se viste de rojo». Y también tiene que ver con otro cuento, según me cuenta: «Tú, que eres tan listo, sabrás que Caperucita roja se llama Le petit Chaperon Rouge en francés. Chaperon. Chipirón. Hoy he decidido liarme la capa a la cabeza y cambiar las motas negras de mis ojos por el rojo del vestido de fiesta. Lo hago por ti, Garban(cito). La fiesta, son tus 250 entradas y tu año largo de existencia [en efecto, mi primera entrada, todavía en Blogger, es de mediados de agosto de 2007]. Recuérdalo. El rojo es un vestido de gala. Pero Caperucita es una chica rebelde contra las normas de la vida. Y piensa quién es el malo en todos los cuentos. Sólo te doy una pista: el lobo no es el malo. Pero lo demás, lo tendrás que descubrir tú. Tú, que eres tan listo… apunta, apunta.»

Y, en esta ocasión, no entiendo nada de lo que me dice. Pero yo apunto. Ya estoy en plena feria. ¿Alguien me paga otro viaje?

(La imagen es de infelix)
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Mont Saint-Michel

Me gusta la clasificación tradicional de los pecados y las virtudes. Obviamente, no me introduzco en vericuetos religiosos, sino en el sendero de lo antropológico. Pecados y virtudes no son sino manifestaciones simbólicas del haz y del envés, del yin y el yang: una búsqueda de la armonía universal dispuesta en opuestos inalcanzables y, por ende, formas muy plásticas de reflejarnos como lo que somos y lo que deseamos, de lo que tememos y de lo que queremos ser. Lo mismo que decimos que no hay derecho sin deber, no hay pecado sin virtud (y viceversa). Ambos son un marco de referencia sobre el que nos situamos ante la realidad, tanto para acogerla como para rechazarla, tanto para excedernos como para contenernos.

Me gustan los pecados y las virtudes porque me gustan los símbolos. Y a todos nos apetece, de vez en cuando, darnos un paseo por el Infierno de la Divina Comedia o por el asesinato cruel, premeditado y artístico de Se7en o El jardín de las delicias del Bosco, de la misma manera que nos gusta aproximarnos a las películas de Frank Capra para deleitarnos en las bondades del ser humano (¡quiero vivir doscientos años para ver cuatrocientas veces Caballero sin espada!).

Me gustan los números y su simbología. Lo mismo te sirven para construir una catedral gótica que un laberinto o un cuento infantil. De entre ellos, tienen un notorio rendimiento interpretativo el tres, el cuatro y la suma y la multiplicación de estos (el 7 y el 12). Lo perfecto del tres, lo terrenal del cuatro y sus combinaciones. Lo que yo decía nada más empezar: la mezcla de pecado y virtud. Desde luego, la lista que sigue no tiene un ápice de irreverente (por aquello de la mezcla): buscad en el poso de los recuerdos y tendréis a los Tres Cerditos junto a Ricitos de Oro con los Tres Ositos o (ni más ni menos) el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; a los Cuatro Evangelistas, junto a los Cuatro Puntos Cardinales o los Cuatro Jinetes del Apocalipsis o las Cuatro Estaciones; a los Siete Enanitos de Blancanieves junto a los Siete Días de la Semana, al cómputo bíblico de las Setenta Veces Siete, El Séptimo Sello o Las Siete Novias y Los Siete Hermanos; a los Doce Meses junto con las Doce Plagas de Egipto, las Doce Tribus de Israel, los Doce Miembros del Jurado (con o sin piedad) o los Doce Apóstoles.

Siete virtudes, que son cuatro (cardinales), instituidas por Platón -prudencia, justicia, fortaleza y templanza- y tres (teologales) – fe, esperanza y caridad- para siete pecados capitales -lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia-. Un orbe simbólico equilibrado y perfecto. Yo soy muy de cuadricular las cosas, así que el aumento de la nómina de los pecados a otros siete pecados (pecados sociales) que ha explicado el arzobispo Gianfranco Girotti no me gusta ni un pelo, porque el catorce no es ni número mágico ni nada que se le parezca (bueno, sí: se parece al número complementario que suele salir en la lotería Primitiva). Y porque, como decía antes, no hay derecho sin deber: yo quiero siete virtudes sociales, porque me gusta ser bueno. Como decía mi padre: «Yo, antes, era vanidoso. Pero me curé… y ahora soy perfecto».

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