— Verba Volant

Confidencias a medianoche en un programa de radio

El otro día, en esos intermedios que deja el insomnio en medio de la noche, llegué a un podcast de una emisora de radio. Era un programa de conversaciones pausadas, emitido también en una madrugada de no hace mucho. La locutora enlazaba unas cuantas intervenciones de los oyentes sobre la soledad. Y llamó una mujer. No recuerdo cómo se llamaba. Creo que era Mónica, quizá Sofia… poco importa. O,  mejor dicho, importa mucho para los cercanos a esa Mónica, quizá Sofía. Hablaba de las relaciones de pareja, de los conformismos y acomodaciones, de la soledad o de la vida en compañía. En contra de lo que fue habitual en la conversación anterior (yo no escuché el programa entero, estaba ya empezado), era una voz cálida, sin atisbo de desesperación. Me llamó mucho la atención su postura, que no se podía tildar de resignada, sobre su deseo de no estar sola. No era acomodaticia, no era pragmática. Ni estoica ni escéptica. Es muy difícil de explicar, pero parecía toda una lección aprendida con la sabiduría de los años y de las experiencias. No necesariamente negativas, pero sí aleccionadoras. No dijo su edad, pero daba la impresión de que estaba por la década de los cuarenta. Con esos datos inexactos, hice la media de una voz que aparentaba menos años y unas palabras que aparentaban unos pocos más.

Yo no quiero estar sola, decía. Tengo pareja y no la cambiaría por otra. No pronunció la palabra amor. Tampoco ninguna otra que designase o se refiriese a un hecho que fuera más allá de la complicidad o la compañía. Quizás esas fueran suficientes. ¿Y la felicidad?, dice en un momento la locutora. A estas edades, no conozco a ninguna pareja que sea feliz, dice Mónica, quizá Sofía. De happy flower, solo las fotos en Instagram con una frase bonita. De puertas para adentro, un misterio. Bueno, no un misterio. Un misterio no, el paso del tiempo. ¿Qué haría yo con alguien distinto después de ese boom de enamoramiento súbito y repentino?

Reconozco que me despisté un rato. No sé si se me fue el santo al cielo, si estaba pensando en algo que se dijo o me quedé un rato dormido. Mónica, quizá Sofía, hablaba ahora de su pareja. No recuerdo su nombre, Santi quizá. Dijo su nombre un par de veces. No lo hizo desde la admiración, pero tampoco desde la rutina. Como si todos los que escuchásemos supiésemos y conociésemos, como si fuese algo habitual. Quizás porque todos tengamos algo similar a unos metros. Hablaba ella de la familia: al parecer, la locutora había emprendido otro ángulo para completar la perspectiva. Se mencionó la palabra construcción. Construir una familia, creo que fue. No estoy muy seguro, porque esa tarde había estado viendo un capítulo de la segunda temporada de The Crown y no sé si era la expresión de Mónica, quizá Sofía, o algo que me había montado yo pensando en todo lo que se decía. En la serie, me daba la impresión de que el todo era mayor que las partes a cualquier precio, y no por tratarse de la supervivencia de la monarquía, sino también porque era una manera de sobrevivir persistiendo por parte de la reina Isabel, de esta sí recuerdo el nombre, claro. En los únicos momentos en los que la voz de Mónica, quizá Sofía, se ilumina, habla de los hijos. Me encantan los niños, hubiese tenido muchos más.

La conversación dura unos pocos minutos más. Percibo que la locutora se contamina con las palabras de Mónica, quizá Sofía. No llego a saber si es cosa del oficio, una falsa manera de sintonizar o de lo contrario, pero me da la impresión de que la conversación le afecta de verdad. Son ya las tres de la madrugada, dice (aunque yo estoy escuchando esto no sé muy bien a qué hora de la noche y otro día diferente), amigos oyentes. Esto ha sido todo por hoy. Un programa sobre la soledad con corazones solitarios. Hoy, con varios testimonios para afirmarla o para negarla, para afianzarse o sublevarse. Buenas noches y que tengáis unos sueños dulces. Ellos serán, al menos, los que os acompañen.

Con imagen de Flavio.

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