Hoy iba a escribir una entrada preciosa, llena de dulzura, escrita con técnica impecable y rebosante de buenas ideas. Cuando la he empezado a componer, se ha convertido en algo adocenado y previsible. Por lo tanto, me queda pegarme con las palabras un buen rato. Intentar que salga a flote o, al menos, que sobreviva. Para eso, habrá que esperar a mañana.
(Exclusiva: Chipirón me ha vuelto a hacer un regalo. Como en otra ocasión, ha escrito una entrada que publicaré en breve. Tendrá el espacio que se merece, porque está llena de talento.)
«No dejes que otros se den por aludidos, no escribas para todos ni para nadie, Garbanzo Negro: limítate a escribir para ti y para el pulso acelerado de tus venas. Olvídate del respetable, que no lo es tanto, y céntrate en eso que se te da también que tú, a base de impertinencias, llamas ego, probablemente sin saber muy bien a qué te refieres. Antes lo decía para picarte, pero ahora veo que dejas de escribir por miedo a hacerlo. Nunca te había visto tan timorato, tan vacilante. No permitas que otros te roben las palabras ni que las pongan en sus bocas: es como coger una dentadura postiza ajena y encajarla en tus encías a base de martillazos. Tu estilo es tuyo porque eres tú; eso lo levanta en todo lo que eres y lo desciende a lo más zafio, pero es tuyo, impersonal, intransferible. No aceptes todos los envites ni tires todas las toallas: siempre tiene que quedar margen para un órdago con el que ganar o perder la partida; siempre tiene que quedarte un trozo de felpa para quitarte la sangre, el sudor y las lágrimas. Nunca he creído que leer tu blog fuese la aproximación a la transparencia, porque ni siquiera en la literatura no existe cristasol a tiempo completo; tampoco es todo opacidad, porque las láminas de lo opaco suelen construirse con aglomerado barato que, rasca que te rasca, te deja llegar hasta el otro lado. Tu blog es tuyo, Garbanzo Negro. De nadie más y de nadie menos. Sigue escribiendo al ritmo frenético de esas venas palpitantes. (Hoy, como ves, me he permitido el lujo de portarme bien y de no meterme contigo. Tuya efectísima (sic): Chipirón Negro.)
Hoy tengo muy pocas palabras mías que decir que no sean las de mi apreciada Chipirón, quizá el único asidero que en estas semanas me ha mantenido en el reino (e infierno) de la escritura con lo que dice (ha vuelto hace tiempo a la costumbre del comentario privado diario) y con lo que calla.
Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.
Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.
Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: «Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos».
Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: «¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.»
Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.
(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero --hoy-- ella manda. Así que, por el momento, no diré «adiós», sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias...)
Siempre me lamento de no ser «más malo», que no peor. Me queda el gusanillo dentro. Mi serie de «Los malos son los mejores» me resarce de mis carencias, me pone a tono con el mundo y me equipara a lo malo-malísimo que nos ampara más para fuera, pero también para nuestro interior, que acecha sin que nos demos cuenta. Ser malo nos protege de las inclemencias, de los temperamentos. Si son buenos, para que se jodan; si son malos, para ganar la carrera de la perversidad.
En mi todavía reducida cuenta de modelos dignos de elogio, me había olvidado yo de la femme fatale, esta mujer que le mira al protagonistas de las novelas y las películas de cine negro un poco de través, entre peligrosa, inocente y astuta, y de la que el sujeto se enamorará hasta las trancas. Mujeres que son malas pero que no lo parecen, o que lo parecen y lo son, pero siempre definidas por la belleza, por la elegancia y por ser muchísimo más astutas que los hombres, tan incautos ellos, que se dejan engañar, que quieren ser engañados o, simplemente, que las contemplan como las vacas al ver pasar el tren.
El otro día revisité Perdición, una película de las épocas añoradas en las que el Cine se escribía sin mayúsculas y le volví a dar un par de vueltas al asunto. Walter Neff (Fred MacMurray) se las da de listo para buscar el modelo de asesinato más rentable, mientras Phyllips (Barbara Stanwyck) ya le había dado las vueltas por anticipado para dárselas a Neff con queso. Pero querría hoy recordar a una mala-malísima que recupera la esencia de la femme fatale hasta las últimas consecuencias. Se trata, cómo no, de Jessica, la bellísima dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? tiene una de las mejores frases de la historia del cine, para mi gusto: «Yo no soy mala, es que me han dibujado así» (tiene otra más sicalíptica, que recordamos al lado cerdete de los lectores del blog: «¿Tienes un conejo escondido en la gabardina o es que te alegras de verme?»).
Y el «es que me han dibujado así» me lleva a enlazar con las «otras cuestiones». La identidad de Chipirón Negro ha sido atribuida a diferentes personas. Se han establecido cotejos, análisis psicológicos, evidencias, marcas de nacimiento y --casi, casi-- análisis genéticos. Ante ellos, creo que ya dije en una ocasión que yo poco podía decir que no hubiese dicho Flaubert. Cuando al escritor francés le preguntaron quién era madame Bovary, no dudó en contestar: «Madame Bovary soy yo». Y sí, Chipirón Negro soy yo en la medida en la que yo filtro sus mensajes, la pongo en una entrada y no en otra, omito muchas cosas que dice y otras las cambio de orden. Es mi obligación como autor y --casi siempre-- narrador de este blog. Para los chipironnegroescépticos, vuelvo a repetir que tiene una existencia real y efectiva que está fuera de mí mismo. Lo que ya no sé es si tiene veinticuatro u ochenta y tres años, si es analista financiera, diseñadora gráfica o, simplemente, es un viajante de géneros textiles de Sabadell.
Si mi opinión vale de algo --y, en este caso, es tan válida como la de cualquiera--, creo que Chipirón es una mujer. Coincido con Yago en que tiene pinta de ser lista o, por lo menos, muy observadora de pequeños detalles. Y no sé nada más, ni nada menos.
Por lo tanto, yo me he encargado de «dibujar» a este personaje, que tiene su trasunto en el mundo real (o todo lo real que es el mundo cibernético). Y, por último, os preguntaréis por qué hablar de Chipirón al hablar de las femmes fatales, y yo sólo puedo decir que no lo sé, la dibujé así. Pero tiene pinta de tener un lado oscuro, que es el que saca a pasear en/con este blog. Pero seguro que, más allá del código binario, tiene un corazoncito que late al mismo ritmo que el del resto de los mortales... y una sonrisa pícara que piense: «Garbanzo negro, siempre estás equivocado».
(La ilustración pertenece a Tim O'Brien, vía Pasa la vida)
DI. Este ha sido el lacónico mensaje que, hace unos días, me envió mi ignota Chipirón negro. Lacónico y redundante, pensé. Porque las palabras, y más cuando son voladoras, dicen. Por si mismas o --mejor-- por el sujeto que se acurruca después, dotándolas de significados. Luego le di alguna vuelta de más, porque sus mensajes suelen llevar carga escondida, y me dije que había estado mucho tiempo sin escribir una entrada, así que su imperativo era una manera de animarme a la escritura.
Me quedé sin saberlo hasta hace unos pocos días, cuando una secuencia ordenada de mensajes enhebraron el hilo. El primero era también de lo más escueto: «Vaya, Garbanzo Negro. Y yo pensé que sabías latín: DI». Le empecé a dar vueltas a todas las conjugaciones posibles hasta que, por fin, me di cuenta de lo elemental: era un número romano. En efecto, la aparición --cada vez más espaciada-- de Chipirón Negro en esos mensajes a mi bandeja de correo suelen estar emparejadas con las efemérides. Y un mensaje recibido unos minutos más tarde lo corroboraba: «He estado esperando que te las apañeses sin mí para tu entrada número 500, pero veo que no sirves para nada, Garbanzo. Te has tirado doce entrada para pasar por las narices al respetable tus viajes por el Caribe disfrazándolo de relato profundo. Tú mismo, turista. Tú mismo. Por lo menos, yo te sirvo los temas en bandeja. DI, Garbanzo. DI».
Si he de ser sincero, no se me había pasado por alto la inminencia de mi entrada 500 en un blog. Quinientas entradas son muchas y consolidan, creo, un trabajo asiduo durante mucho tiempo. Fui dándole vueltas a posibles ideas, pero ninguna me parecía buena. Ninguna, al menos, digna de servir de frontera.
Chipirón me dejo algún mensaje más en los que me dejaba pequeños puntos de partida. «Garbanzo, ahora me toca dejar unas miguitas de pan para que no te pierdas. Seguro que eres de los que necesita un GPS para ir a la tienda de la esquina. 501 es un número muy tuyo. Te pega». La pequeña certeza de que Chipirón es alguien que me conoce realmente o que posee un umbral olfativo sorprendente en lo que a mí se refiere. Ya casi no los uso, pero tuve una época marcada en mis piernas por los Levi's 501. No era cuestión de pijotería. Simplemente, me gustaban. Otro día contaré los azarosos viajes de un día en tren hasta Hendaya para comparme los pantalones en Francia. Tengo algún resquicio de mi gusto por la marca, como un par de camisetas con el logotipo de la marca estampado.
Sin embargo, ahora mismo no me identifico entre-en-con ellos, así que no entendía la idea de Chipirón. El mensaje que me mandaría un poco más tarde --os recuerdo que nunca le contesto a los correos-- no me aclaraba nada. Más bien, lo enturbiaba. Ponía tan sólo: «Argentina». Como no tengo nada que ver con Argentina, a no ser el hechizo que comparto con muchos de mis paisanos por su acento, o la calidad de algunos de sus anuncios publicitarios, no sabía por dónde iban los tiros. Tampoco he visitado el país, tristemente; no conozco a ningún argentino... En fin, un lío. A los pocos minutos, llegó otro cibermensaje. «Jóvenes argentinos». Decidí tirar por la calle de en medio y me fui a Google a teclear esto. Y casi me vuelvo loco, porque no veía ni común denominador, ni máximo común divisor, ni mínimo común múltiplo. Ni por el derecho ni por el revés. Ni por el haz ni por el envés. Pero como tengo como principal virtud y defecto --a partes iguales-- la cabezonería enconada, seguí rastreando y, en este caso, creo que lo encontré. Esta vez pillé a Chipirón antes de que se las diese de lista, ella que tanto me lo recrimina. En el sistema de votación obligatorio en Argentina, existe un grupo de jóvenes llamados los «jóvenes 501» que, para burlarse de un sistema autoritario de democracia (una buena contradicción, albicelestial para ser argentina), deciden justificar su inasistencia a las votaciones por encontrarse a 501 kilómetros de su jurisdicción electoral, justo el límite impuesto por su legislación.
Me senté como un gilipollas ante Gmail esperando que pasasen los minutos para ver su nuevo mensaje. Éste se hizo esperar un par de horitas. Entre otras cosas, decía: «Sí, Garbanzo. DI. 501. Argentina: todas las pistas para un tipo listo. Anfibologías, Indeterminaciones e Incógnitas a partes iguales e inconexas. Aunque últimamente eres un blando, aunque últimamente tu blog se ha quedado más vacío de contenidos para convertirse en un blog de sentidos, creo que eres un joven, con perdón, 501: un tío que lucharía por votar cuando no le dejasen y que se aleja de elegir cuando le obligan. El 501, como los pantalones vaqueros, es un signo de frontera y de límite. De encontrarse siempre fuera sin poder sentirse nunca de ningún sitio. Eres un puñetero blando, Garbanzo Negro 501, un ángel custodio de las ventanas que esperan un salto. La cobertura del azar detiene tus ladridos, que ansían ser dentelladas y que no lo consiguen. Eres un tipo de la frontera, que se acerca cuando le echan y se aleja cuando le acercan. La contradicción permanente, un niño en el buen sentido de la palabra y un puñetero crío en el sentido malo. La función de tu blog está empezada. La empezaste hace mucho. La has continuado con la tierra de la frontera, con los sudores de la risa y las lágrimas de la tristeza. Ahora te queda celebrarla sólo un rato y pasar página. Hasta llegar a otras quinientas».
Yo, en esta ocasión, me dedico a celebrar mi entrada 501 como al pardillo al que sus amigos le dan una fiesta sorpresa. Pero una cosa es cierta: algo de ese espíritu 501 me queda. Y también mucha carretera.
Chipirón ha vuelto al ataque de Verba volant. De nuevo y con sus bríos habituales, impertinentes y lejanos, adecuados y cariñosos en la distancia. Su último mensaje comienza con una frase lapidaria: «Tú lo que necesitas es una fiesta de pijamas» y, otra vez más, vuelve a ser un compendio de su filosofía de vida aplicada a mi persona. Contando con que no la reconocería ni en fotografía y que ahora no comenta ya día a día cada entrada a través de mi correo electrónico, sino que se hace la remolona y la proporción en las apuestas mensajes-entradas es de 3 a 1 (más o menos), me ha sorprendido la renovada contundencia con la que se mete conmigo.
«Garbanzo negro, lo de la fiesta de pijamas es un eufemismo. Como no soy tan ordinaria como tú, no voy a decir lo que pienso pero sí voy a pensar lo que digo, para que no se diga». Eso ha sido un breve resumen de una larga introducción para que la entienda. Por ejemplo, me dice que lo del pijama me lo tome como si estuviésemos hablando ante un psicoanalista con acento argentino. Y me dice cosas sobre la dualidad pijama-sueño y pijama-cama que --hay que reconocerlo-- me han sobrepasado.
Y luego sigue: «Garbanzo negro, tendrás que planteártelo. ¿Escribes un blog para llorar un poco, para sentirte querido, para sentirte reconocido? Vas dado. Ya no se lleva eso de chico melancólico y triste llorando por las esquinas. ¿Sabes lo que más valoramos las mujeres de un tío? Sentido del humor; inteligencia; belleza. Por ese orden. En tu blog, te asomas con cabreos, salidas de tono y rabietas de una adolescencia que pareces haber tenido desde que naciste y con la que te morirás, si te descuidas. ¿Dónde está el Garbanzo negro más caústico que la sosa que acudía a la vida como una fiesta?».
No sé, pero yo creo que está equivocada en algo, pero no llego a saber en qué. Quizás lo que ocurra es que tenga la razón en todo, y yo no me haya dado cuenta. O no quiera reconocerlo. Y sigue: «Das la impresión de haberte abandonado al sino de estar más solo que la una, cuando tu destino es la apertura. Amargado, más que amargado».
Os ahorro algún que otro insulto más, para transcribiros el colofón: «Una fiesta de pijamas, Garbanzo negro. Una buena fiesta de pijamas, con saltos y brincos en el colchón, pelea de almohadas y un gran revolcón. Eso es lo que te hace falta».
Soy díscolo, pero obediente. Me he puesto el pijama, he vestido mi boca de sonrisa festiva, he llegado a mi habitación y no había nadie. Hoy, me montaré la fiesta yo solo, cantaré el «Make 'Em Laugh» hasta que, extenuado, me ahogue en mi propia risa, convertida en rictus. Pero no me gusta bailar solo, así que esto se va acabar. Tienes toda la razón, Chipirón negro: «Una fiesta de pijamas». Y si no, al tiempo.
Bueno, amigos: hemos llegado a nuestra entrada 300. Como ya dije hace unos cuantos días, Chipirón negro me orientó hacia una idea que creo que sirve a las mil maravillas para celebrar la piedra de toque que supone haberos machacado durante tanto tiempo (casi año y medio). Sabedora de mi pasión por la serie In treatment (dentro de poco, aparecerá ya en España bajo el título En terapia), me sugirió que tomase como base para esta entrada un tipo de terapia que aparece en el capítulo 35. En dicho capítulo, el terapeuta acude con su mujer a la consulta de una colega para salvar su matrimonio. Las cosas se estancan y ella sugiere que utilicen una técnica denominada Imago, que consiste, básicamente, en un modo de encauzar el diálogo de pareja por el que se intenta que se reflejen los sentimientos del otro. El ejemplo que aparece en la serie es el siguiente: «Estoy disgustada por lo que pasó anoche», a lo que el otro dice: «Oigo que estás disgustada por lo que pasó anoche». Inevitablemente, este reflejo de los sentimientos del otro nos hace asumirlos, objetivizarlos, aunque también nos hace disentir y matizar. Pues bien, mi entada 300 va a ser una terapia de diálogo conmigo mismo. Os pido dos cosas: paciencia y continuidad. Si no tenéis a mano unos pocos minutos, interés, y una fuente de audio, es mejor que paséis de la entrada. Va a ser pausada y pronfunda. ¿Listos? El procedimiento de actuación va a ser el siguiente: acompañaré el texto escrito con un texto grabado. Vosotros tenéis que leer el texto a medida que vais escuchándolo, para contrastar esa dualidad de la técnica Imago. Empezamos:
Imago #1
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Me siento solo. Inmensamente solo en la soledad de las noches, con el miedo metido en el cuerpo. Cierro los ojos para oír voces, para registrar recuerdos, para ver pasar por mis párpados las imágenes de mi vida, de mis seres queridos y de un yo que cuelga de sí mismo. Me arropo para robar un poco de calidez al edredón, para sentir en mi cuerpo algo parecido al calor humano, el calor de mí mismo, derivado a un trozo sintético que es prolongación de mi existencia. Agotado, me siento despertar en el sobresalto de la noche, incorporándome para cerciorarme de que existo, de que hay luz artificial en algún resquicio de la noche, en algún resquicio de mi alma. Me duermo por obstinación y por obligación, insertando la voluntad en la oscura noche, alejando con los varapalos de la insistencia los monstruos que acechan en las tinieblas. Sueño con los días que vendrán. Me despierto y sueño.
Imago #2
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Soy traidor y traicionado a partes equidistantes. Un héroe convertido en villano, un villano convertido en héroe. He inundado mis alrededores de lágrimas y sonrisas a partes iguales. Me he sentido herido con el más afilado de los cuchillos, zaherido en el orgullo de mi vanidad. Me he visto a mí mismo envuelto en muchas cosas que no son, en muchas cosas que no pienso, en muchas cosas que no comparto. He sido prisionero de mi independencia, esclavo de mi destino. He visto derramar vacuidad a mi alrededor y no supe enfrentarme, no supe pronunciar palabras. He oído palabras de injusticia y no supe refrenarlas, he oído las voces vanas del consejo resabiado y no supe escupirlas con mi desprecio. He devuelto todos esos ropajes con villanía y alevosía, con crueldad y estulticia. En el intercambio, no he ganado nada. Golpes y golpes en la cara, en el honor, en el carné de identidad. En el mercadillo de la vida, me han quitado la existencia y se han quedado con el cambio. Culpa suya. Culpa mía.
Imago #3
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Reconozco que me gusta reír, que mi vida ha tenido momentos intensos y que intento curvar los labios con sonrisas. La vida me ha ido propinando golpes muy duros y siempre me he intentado levantar, como el soldado tiroteado que se incorpora para buscar refugio. Me gusta transmitir la alegría que no tengo, la broma que no albergo. Desprendo la vida en capas y me quedo a veces con sus estratos amables. Intento avanzar un paso, aunque retroceda cuatro. Me hago gracia a mí mismo, lo que es sinónimo de afirmar que me doy pena. Voy por ahí borrando las tachaduras, los renglones torcidos de un Dios que se me aleja. Soy el pesimista que no se resigna, el agorero que no triunfa. La nota grave a la que se le escapa siempre la sorna y el retintín. Resabiado pero inocente, malintencionado con la bondad de intentar hacer pasar un rato amable. Gamberro con la inconsciencia del adolescente, niño adulto pataleando por las jugarretas de la vida. Reconozco que la risa es el único condado que se resiste al reino de la infelicidad.
Imago #4
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Soy demasiado duro en mis juicios, demasiado taxativo. Aunque quede un poco feo decirlo, aprovecharé ahora que estoy solo en casa y no me escucha nadie para decir que, además, disfruto con esa rigidez en mis valoraciones. No perdono las tachas ni siquiera en aquellos que han sido mis amigos. Decía alguien que si tenía que elegir entre el camino de la amistad o el camino de la verdad, él elegiría sin lugar a dudas el camino de la verdad. Me parecía ésta una afirmación absurda, pero los designios de mi yo profundo han acabado por comulgar con esta idea. ¿Por qué había de perdonar a mis amigos aquello que no me perdono a mí mismo? ¿Por qué había de consentirles algo que ni yo mismo me permito? Eso me ha ido afirmando en la fortaleza de mis más sólidas amistades y, a la vez, me ha ido obligando a tachar de la lista a aquellos que me han vendido por un plato de lentejas. Con su pan se lo coman. Me acuso de estrangular todo por el pasapuré de la razón y luego verter el resultado por el tamiz de los sentimientos. Tan asquerosamente emocional como para basarme en la razón, tan repugnantemente racional como para dejarme vencer por los sentimientos.
Imago #5
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¿Miedo? Estoy aterrorizado. En el sofá de casa, se me empieza a nublar la vista. Intento enfocar, encontrar un punto de referencia. Empiezo a sentir un frío tan grande por el cuerpo que se me extiende por el alma. Me abrigo en posición fetal y veo llegar el abismo. Lloro con lágrimas incontenibles resbalando por las mejillas, siento el dolor más profundo en el centro de mi corazón acelerado. Intento atrapar la vida a bocanadas de aire irrefrenable, pero la necesidad tiene mayor densidad que el aire. Los desórdenes de mi cuerpo pasean a sus anchas por el infinito y ni siquiera llego a ser consciente de mí mismo. Veo pasar los segundos como si fuesen horas. Los escalofríos son a veces tan fuertes que el dolor de espalda me dura días. La opresión en la cabeza, la de un submarinista en un vertiginoso proceso de descompresión. Poco a poco, la tormenta pasa. El cansancio se pasea por mis huesos de punta a punta. Me quedo dormido, aferrado al sueño, con la esperanza de ver otro amanecer. Hasta que el suplicio vuelve.
Imago # 6
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Soy un enemigo malo de cojones. Impaciente en mi enfado, tremendamente calmo en la espera. Me agazapo y repto. Escondo mi maldad por todas las oquedades. Me gusta contemplar a mis presas desde arriba, esperando que caigan en la telaraña de su propia hijoputez. Siempre caen, los muy cabrones. He visto cosas que no pueden perdonarse, la mejilla se te vuelve aunque quieras proponerla como ofrenda. He visto pasear por sus miradas la maldad, la comparación, el asco. He visto reflejar su ignonimia en tres palabras que no diré, que se me han grabado en el alma, en su más justo centro. Estoy alerta. Estoy al acecho. Pero me temo que ellos caerán, pero no en mis garras, sino presos de su propia mierda.
Imago # 7
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Esta terapia me está rompiendo por dentro. He reflexionado sobre lo dicho y no me gusta. No me gusto. Me gustaría ser ese cuerpo libre de destino. Me gustaría ser esa alma pura no atacada por la pena. He dicho que soy malo y me gusta. Pero me arrepiento. No se puede ir por la vida como acaparador de vicios y pecados. Hago el mal dos mil veces y en el interior de mi silencio pido perdón por ello. Soy la consecuencia de todos mis fracasos, pero no quiero y me rebelo. Chipirón me ha puesto un examen muy duro. Un examen de conciencia que parece el estadio previo a la confesión de los pecados. De todas las culpas. Pero he visto atisbar un retazo de alma limpia, lo que no quiere decir que sea un retazo de alma coherente. Lo he visto pero se me ha escapado. Con lo bonito que era.
Imago #8. Coda
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Aviso a los navegantes. Esto es un ejercicio de estilo. Mi alma no está ni limpia ni sucia. Y mi cuerpo no está ni libre de penas ni exento de condenas. El blog es una expresión del yo, una información del yo, pero también expresión e información del mundo. A muchos les hubiera gustado verme aquí retratado para alabarme o retarme en duelo. Siento decepcionarles. Me he vaciado por dentro tanto como he vaciado mi voz, tanto como he vaciado mis dedos sobre las teclas. Pero cuidado: igual entre mentira y mentira se atisba una porción de realidad, o entre verdad y verdad se dicen cuatro cosas. En los blogs, como en la vida. Si habéis llegado hasta aquí, os doy las gracias y mi enhorabuena por vuestra paciencia. Habéis sido mejores compañeros que muchos, habéis estado más cerca que la mayoría. Pero no lo olvidéis. Esta puede ser la última de estas entradas de palabras voladoras. O tal vez la primera de otras setecientas. Que la palabra os acompañe, pero no la cacéis. Dejad que vuele por la nube de vuestras conciencias y por el gusto de vuestros pareceres. El mundo es bello. A veces. Y muchas gracias, Chipirón. Siempre tuyo. Un saludo (ahora que no nos escuchan).
Tengo a Chipirón negro algo olvidada. Ella me lo recrimina: «Oye, Garbanzo negro, qué pasa: ¿sólo me vas a sacar cuando te diga alguna idea para tu entrada número 300? Te metes en armarios, te introduces en el insomnio y no sales... Si algo conozco por tus entradas (y veo que ya hay algunos que te van catando), todo en estas palabras es más real de lo que parece, más real de lo que tú mismo te crees». Ella me habló en uno de sus comentarios privados -es cierto- de los armarios como símbolos de nuestro mundo, basándose en una entrada que escribí hace tiempo. Y también es cierto que me ha aportado alguna observación interesante sobre el miedo, la angustia y sus consecuencias. Ahora ha pasado del lado de la contundencia en un correo que decía solamente: «Te lo digo muy en serio: tienes que tomarte algo». A mí -lo digo ahora- me pareció que traspasaba la barrera del comentario para pasarse a la del consejo, y no sé si eso es bueno o malo. Pero también ha seguido con las ficciones, como cuando habla de In Treatment, una serie que también ha aparecido en Verba volant. En efecto, me ha dado una genial idea que estoy desarrollando para la entrada que me comenta (faltan casi quince días para la conmemoración). No voy a chafar la sorpresa, pero adelanto algo: «¿Por qué no haces una entrada en conversación contra-contigo mismo? Será una batalla desigual. Seguro que tú, que eres tan listo, no sales ganando. Tienes el talento del ganador, pero paseas tus derrotas». Bueno, que me enrollo: a lo que iba. Ese «Tienes que tomarte algo» me desconcertó, pero el desconcierto tardó menos de un día. Al siguiente, tuve otro correo que decía: «Sí, no te extrañes. Te lo sigo diciendo muy en serio, Garbanzo negro. Hay veces que uno quiere salir de todo y -como tú dices- no sale de nada menos de su vida. Te lo repito muy en serio: tienes que tomarte algo. Algo que te ayude con las penas y los pesares . Y yo tengo tu antídoto. Por ejemplo, puedes tomarte un respiro». Ha dicho. Amén.
Unas veces, buscamos para encontrar; otras, encontramos sin buscar. Los caminos son laberintos que nos conducen a algún sitio, ya sea al camino de la nada, al camino de algo o al camino de nosotros mismos, encerrados para siempre en sus intersecciones. Otra cosa muy distinta es que el destino al que lleguemos sea el que nos habíamos propuesto a la hora de partir. La historia de la ciencia, la historia de los hombres y la historia de nuestras vidas está llena de esos vericuetos, lo que no hace sino demostrar que habitamos un mundo de vasos comunicantes en los que uno tira por allí y sale por allá, vaya usted a saber por dónde. Es apasionante contemplar la historia del mundo como la historia de las invenciones y de los descubrimientos: sin ir más lejos -y mira que traspasó el fin del mundo- Colón fue a las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que era ya muy viejo y nosotros, posteriormente, nos inventamos otro mundo leyenda tras leyenda. Luego, algunos se inventan que otros descubrieron que la Tierra era redonda, algo sabido por los que tienen que saber, es decir, por los sabios que intentan descubrir el mundo hacia fuera inventándolo hacia dentro.
Caminamos como navegamos y navegamos como caminamos. Por eso, tras una mañana de navegación dura pero azarosa, con las velas al viento pero sin brújula, me he encontrado con la serendipia. Por azar, quizás. O por necesidad transcendental. Porque los caminos del Señor son inescrutables (Isaías, 55, 6), pero los caminos de los hombres sí se pueden escudriñar. Otra cosa muy distinta es que, con excesiva frecuencia, el tiro nos salga por la culata. En mi vida, nunca busco cuando encuentro (cómo si buscar y descubrir fueran parte de lo mismo). Pero lo cierto es que no me canso de buscar.
(Gracias a la serendipia, me he encontrado con la serendipia en este blog. Y la foto que he hecho con motivo de esta entrada se la debo a la inspiración de Mafaldia en un comentario a la entrada precedente. No está exprimida, pero hemos seripendiado el jugo. Gracias a ello, puede comprobarse que no todo es tan negro como lo pintan.)
El momento ha llegado, amigos de Verba volant, paseantes asiduos y discontinuos por este mazacote de palabras que a veces se aglutina y a veces se desguaza y, muy frecuentemente, se fragmenta y engorda al mismo tiempo en un son de acordes y desacuerdos con uno mismo y con los demás. No hablaré de septiembre. No hablaré de la vuelta de las vacaciones. No hablaré de síndromes, ni síndones, ni síncopas. Chipirón negro ha vuelto. Llevaba muchas veces sin aparecer por este blog, pero también muchas entradas sin aparecer por mi correo electrónico. Hace unos poquitos días, recibí un mensaje de lo más romántico: «Hola, Garbanzo negro. No sé de dónde procede tu fuente de inspiración, pero en el momento en el que te dejo solo un rato, parece que las musas se han escondido en los recovecos de la ramplonería. ¿Te prohíbes a ti mismo pensar en vacaciones? ¿Estás alicaido? ¿Un período de crisis creativa, quizás? ¿Dónde está todo aquello que justificaba que algunos visitásemos tu blog con la esperanza de encontrar para econtrarte y para encontrarnos?» Joder, según ella, sólo se salvan los blogólogos interiores (no es la única que lo piensa) y alguna foto... y poco más. «Eso sí, con tus autorretratos me parto de risa. Sólo imaginarme a un chinado con la cámara vuelta hacia sí mismo y chas, chas, chas me ha hecho curvar la boca en forma de sonrisa. Hay que tener mucho tiempo libre para coger una pelota de tenis y chas chas, una bolsa de naranjas y chas chas...» Es el momento de reconocer que todavía me falta una serie de fotos con una botella de agua y otras chuminadas más.
Pero en los últimos mensajes le ha dado por dos obsesiones. La primera, las montañas rusas. «¿Qué es tu vida? ¿Una balsa en un pantano, el agua en calma, a dos palmos de la orilla? ¿Un abismo sin fondo? Mira, Garbanzo. La vida es una montaña rusa. Subidas y bajadas. Pero con una diferencia: en la montaña rusa, las bajadas son bruscas, pero esperadas. Y te montas porque te da la gana. En la vida, te pagan el billete. Si te bajas en marcha, te pegas el morrazo padre. Y las bajadas llegan sin subidas previas. Y la suerte es más que no caer: la suerte es que el ajetreo no le haga a tu estómago bailar más de lo preciso. Si llega ese momento, no te queda otra: vomitar. Eso sí: cuidado con salpicar, que los ácidos se limpian fatal.»
Y la segunda, los cuentos. Ella cuenta que un día estaba oyendo en la playa a una madre que le contaba a su hijo el cuento de Garbancito. La madre decía con voz aflautada «A Garbancito no piséis...». Y ha decidido convertirme en un héroe de cuento. Pequeño pero insistente, insignificante pero egregio: «Garban(cito), eres el héroe de todos los fracasos y el paladín de las palabras perdidas. Es hora de que te des cuenta, de que lo afrontes, de que lo asumas. Anota cada momento en el que tu vida se ha ido al traste, cada detalle que has convertido en herida, cada desliz que te ha hecho desear que no has nacido. Y dale la vuelta. Conviértelo en tu fuerza, en tu cabina de la montaña rusa. Agárrate bien, y disfruta».
Sólo queda otra de cuentos. Como veis por el título de la entrada, «Chipirón negro se viste de rojo». Y también tiene que ver con otro cuento, según me cuenta: «Tú, que eres tan listo, sabrás que Caperucita roja se llama Le petit Chaperon Rouge en francés. Chaperon. Chipirón. Hoy he decidido liarme la capa a la cabeza y cambiar las motas negras de mis ojos por el rojo del vestido de fiesta. Lo hago por ti, Garban(cito). La fiesta, son tus 250 entradas y tu año largo de existencia [en efecto, mi primera entrada, todavía en Blogger, es de mediados de agosto de 2007]. Recuérdalo. El rojo es un vestido de gala. Pero Caperucita es una chica rebelde contra las normas de la vida. Y piensa quién es el malo en todos los cuentos. Sólo te doy una pista: el lobo no es el malo. Pero lo demás, lo tendrás que descubrir tú. Tú, que eres tan listo... apunta, apunta.»
Y, en esta ocasión, no entiendo nada de lo que me dice. Pero yo apunto. Ya estoy en plena feria. ¿Alguien me paga otro viaje?