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Chipirón negro

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Chipirón ha vuelto. Pese a la importancia que ha tenido en este blog (los visitantes nuevos o más reciente pueden rebuscar en este enlace), poco a poco fue desapareciendo. De alguna manera, no sé si queriéndolo o no, sus reflexiones, sus aportaciones y, sobre todo, sus imprecaciones aportaban la chispa justo donde era necesario encender una llama. Poco a poco, fue desapareciendo: ya no me mandaba esos mensajes que, inicialmente, reflexionaban sobre cada entrada y luego fueron desapareciendo hasta casi desvanecerse. Incluso alguno de los últimos mensajes más relevantes que me remitió eran tan sumamente duros que no me atrevía a ponerlos en el blog (nunca la he contestado de forma directa por correo electrónico).

Sin embargo, hace dos días recibí un mensaje nuevo de Chipirón (sí, lectores nuevos, así se hace llamar) dirigido a Garbanzo Negro (sí, sí, me llama/llamaba así siempre). Entresaco alguna de sus observaciones:

¿Por qué no desapareces del mundo virtual? Es mucho mejor borrarse del mapa que ir esparciendo tus miserias. ¿Te merece la pena seguir cuando ya no tienes nada que decir? Antes, cuando no tenías nada que decir, te inventabas un mundo con palabras. A lo mejor eras el Garbanzo Negro de la vida, pero las cosas que decían aportaban algo de caldo (jugo y calidez) a esa parte de ti que está en sombras.

Me temo que no desapareces porque no te atreves. Igual piensas que todo vale, que tienes a todos tus seguidores fieles a tus pamplinas. Pero no, seguro que, del mismo modo que yo lo he hecho, muchos han ido dejando de visitarte y, sobre todo, de leerte.

Te lo tengo que decir porque si no reviento: antes el blog era parte de tu vida o una parte importante de las partes de la vida. Ahora publican cuando te viene en gana, de Pascuas a Ramos. Sin ningún orden, tú que te tienes por mente privilegiada y ordenada. Eres una patraña. Los compromisos están para cumplirlos o para romperlos, pero nunca para dejarlos a medias. Ahora todo, incluso algunas buenas ideas, es un hilo roto, sin sentido. Antes, por lo menos, estabas perdido en tus laberintos pero tenías algo (eso, un hilo) que te permitía alejarte del Minotauro. Ahora no, ahora te arrastras por el suelo del laberinto. Seguramente tu laberinto no tenga salida (eso lo sabes tú mejor que nadie) pero, al menos, camina y piérdete con dignidad.

Prosificas canciones, qué bonito. Traducir mal una canción y sacarla de contexto igual no es una mala idea, pero siempre que digas hacia dónde nos quieres conducir.

Sigues escribiendo diálogos. Me fastidia reconocerlo, pero algunos me gustaban. Pocas veces he sentido tanto la soledad, el silencio y la incomunicación como leyendo tus diálogos. Pero antes ese Él y Ella conversaban más y progresaban en esa incomunicación. Ahora están metidos en los mundos de Yupi. Cuando empezábamos a ver algo más allá, vas y te atascas. Vaya mierda, Garbanzo Negro, vaya mierda.

¿Y los Fragmentos para una teoría del caos? ¿Dónde están? Una idea que podía haber conducido a un vínculo narrativo nada desdeñable se convierten en soliloquios de revista barata. ¿Cuándo vas a darles un impulso y volver al hilo inicial, cuando las historias se entrecruzaban? ¿Se te acabaron las ganas?

También ha desaparecido el espíritu de las primeras entradas (primeras pero muchas, aunque muy lejanas). Esos post eran porciones del universo vinculadas al conocimiento externo en forma de enlaces. Eran líneas muy curradas, que aportaban algo más allá de las pelotillas del ombligo. Luego siempre las girabas hacia ti, pero te hacían mejor porque, al menos, servías de contraste. Ahora no sirves para nada.

No te creas que tengo mucho más que decir. Escribe, desaparece o muere.

Bueno, pues estas han sido las lindezas. Hoy no tengo muchas ganas de pensar. De hecho, una cosa es cierta: hace mucho que no pienso. Mañana veré lo que hago, si escribir o desaparecer. Lo último no depende de mí.

(La imagen es de José Luis Cernadas.)

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Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

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En la entrada anterior, en la que prometía que la iba a liar parda, no contaba con algún desajuste técnico que me ha impedido cumplir esa promesa. No puedo adelantar nada, así que no lo haré. Sin embargo, creo que la entrada 700 de Verba volant merecía algo especial. No sé si para vosotros lo será, pero sí lo es para mí. Ahí va.)

Soy el buscador intuitivo de Google. Como sabéis, basta que empecéis a teclear en mi buscador para que yo os sugiera alguna de las miles de historias que me han contado y que yo me limito a devolver. Me impresionan vuestras confidencias, agazapadas en el anonimato imposible. Preguntándome, susurráis gritando al mundo vuestras preocupaciones y vuestros anhelos, vuestros miedos y alegrías. Podría contaros muchas de las historias que me contaron, pero me limitaré a aquellas que hacen referencia a la edad y todos sus espejos, todos sus reflejos.

Os presento a una chica, llamémosla Míriam. Me dice: «Tengo 14 años y quiero adelgazar». Aunque luego me va contando más datos, yo me quedo con la imagen de Míriam bajando del coche cuando su madre la deja en el colegio. Cuando enfila hacia la entrada del colegio, comprueba que dos chicas de su curso miran hacia donde está está ella y sonríen. Míriam, instintivamente, se ha colocado bien el jersey del uniforme, ahuecándolo por la cintura. Luego ha bajado un poco su falda de cuadros. Sin quererlo, ha caminado más deprisa. A la hora del recreo, ha ido al baño y se ha enfrentado con un espejo que le devuelve un cuerpo todavía por hacer. Desde hace unos meses, tira parte por el fregadero parte de la leche que le dan en el desayuno. Y se preocupa ella misma de abastecerse de galletas. Ha ido reduciendo tanto su ración que ha acabado por no comer ninguna. Carolina ahora está contenta porque muchas desconocidas buscan en el ordenador con las mismas ansias que las suyas y ya no cuenta con otra cosa que la obsesión por su figura. Ana y Mila le han dado muchos consejos: mucha agua mezclada con tabasco; una manzana cortadita en trozos muy pequeños. Carolina no sabe que ha comenzado a formar parte de la película que marcará su vida.

Míriam tiene 16 años, lo mismo que Mario. Son amigos desde hace unos meses. Sin darse cuenta, al estar delante del ordenador lo primero que hacen, al entrar en Tuenti, es mirar el perfil del otro, sus fotos. La última frase que escribió cada uno formó parte de un extraño complot en el que uno se dirigía al otro sin que el resto de sus amigos lo supiera. Mientras chatean, cada vez ignoran más el pitido del resto de sus conocidos. Viven en una nebulosa que se ha ido transformando en pequeños paseos juntos después del colegio, en ratos sentados tomando un helado. El viernes pasado fueron con todos sus amigos a beber coca-cola mezclada con el vino más barato del supermercado. Pese a no ser unos novatos en el ritual de la litrona, fueron bebiendo hasta que los brindis acababan por derramar más calimocho del que ingerían. No hacía falta: todo era ya demasiado. Mario se alejó del grupo para apoyarse en un árbol y Míriam lo acompañó. Mario se encontraba atontado y ella se acercó para mirarle muy de cerca. El resto fue parte de su beso apasionado que los convertía en pareja. Sin ellos saberlo, después de unos pocos días buscaron en mis entrañas la misma afirmación, llena de vacilaciones, llena de deseos de respuesta: «Tengo 16 años y quiero hacer el amor».

Olga y Luis son el caso contrario. Ambos tienen 18 años. Manifiestan su preocupación con una frase desnuda y llena de sinceridad: «Tengo 18 años y no tengo novia», dice él. «Tengo 18 años y no tengo novio», dice ella. Lo que ellos no saben es que suelen tener costumbres muy parecidas. Olga aprovecha la wifi gratuita del bar Carabás para consultar su correo y mirar alguna cosilla en la web desde su netbook azulón (un regalo de cumpleaños) mientras se toma un café con leche. Y Luis, en el mismo bar, maneja su portátil para distraerse mientras toma su café descafeinado de cafetera cuando acaba su sesión de clases vespertina. Con una sonrisa cargada de bites, compruebo que, en el momento de hacer la búsqueda, ambos se encuentran, simultáneamente, bajo la IP del mismo bar. El azar, esa batidora de casualidades llenas de causalidad, hará que Luis se levante a pedir otro café y se enganche con el asa de la bandolera de Olga. Los reductos del descafeinado harán el resto.

(Y así, amigos, comienza una nueva serie en el blog: Historias de Google. Espero que os guste. La imagen es de Richard Miles y, por razones muy difíciles de explicar, estaba escuchando esta canción cuando tecleaba algunas líneas: Don’t Write Me Off. Otra sorpresa: como ya ocurrió una vez, una de estas tres historias está escrita por Chipirón negro, que me regaló la idea.)

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Dibujo de tiza

Hoy iba a escribir una entrada preciosa, llena de dulzura, escrita con técnica impecable y rebosante de buenas ideas. Cuando la he empezado a componer, se ha convertido en algo adocenado y previsible. Por lo tanto, me queda pegarme con las palabras un buen rato. Intentar que salga a flote o, al menos, que sobreviva. Para eso, habrá que esperar a mañana.

(Exclusiva: Chipirón me ha vuelto a hacer un regalo. Como en otra ocasión, ha escrito una entrada que publicaré en breve. Tendrá el espacio que se merece, porque está llena de talento.)

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Puesta de sol. Coche

“No dejes que otros se den por aludidos, no escribas para todos ni para nadie, Garbanzo Negro: limítate a escribir para ti y para el pulso acelerado de tus venas. Olvídate del respetable, que no lo es tanto, y céntrate en eso que se te da también que tú, a base de impertinencias, llamas ego, probablemente sin saber muy bien a qué te refieres. Antes lo decía para picarte, pero ahora veo que dejas de escribir por miedo a hacerlo. Nunca te había visto tan timorato, tan vacilante. No permitas que otros te roben las palabras ni que las pongan en sus bocas: es como coger una dentadura postiza ajena y encajarla en tus encías a base de martillazos. Tu estilo es tuyo porque eres tú; eso lo levanta en todo lo que eres y lo desciende a lo más zafio, pero es tuyo, impersonal, intransferible. No aceptes todos los envites ni tires todas las toallas: siempre tiene que quedar margen para un órdago con el que ganar o perder la partida; siempre tiene que quedarte un trozo de felpa para quitarte la sangre, el sudor y las lágrimas. Nunca he creído que leer tu blog fuese la aproximación a la transparencia, porque ni siquiera  en la literatura no existe cristasol a tiempo completo; tampoco es todo opacidad, porque las láminas de lo opaco suelen construirse con aglomerado barato que, rasca que te rasca, te deja llegar hasta el otro lado. Tu blog es tuyo, Garbanzo Negro. De nadie más y de nadie menos. Sigue escribiendo al ritmo frenético de esas venas palpitantes. (Hoy, como ves, me he permitido el lujo de portarme bien y de no meterme contigo. Tuya efectísima (sic): Chipirón Negro.)

Hoy tengo muy pocas palabras mías que decir que no sean las de mi apreciada Chipirón, quizá el único asidero que en estas semanas me ha mantenido en el reino (e infierno) de la escritura con lo que dice (ha vuelto hace tiempo a la costumbre del comentario privado diario) y con lo que calla.

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Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.

Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada  de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.

Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: “Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos”.

Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: “¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.”

Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.

(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero –hoy– ella manda. Así que, por el momento, no diré “adiós”, sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias…)

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Siempre me lamento de no ser “más malo”, que no peor. Me queda el gusanillo dentro. Mi serie de “Los malos son los mejores” me resarce de mis carencias, me pone a tono con el mundo y me equipara a lo malo-malísimo que nos ampara más para fuera, pero también para nuestro interior, que acecha sin que nos demos cuenta. Ser malo nos protege de las inclemencias, de los temperamentos. Si son buenos, para que se jodan; si son malos, para ganar la carrera de la perversidad.

En mi todavía reducida cuenta de modelos dignos de elogio, me había olvidado yo de la femme fatale, esta mujer que le mira al protagonistas de las novelas y las películas de cine negro un poco de través, entre peligrosa, inocente y astuta, y de la que el sujeto se enamorará hasta las trancas. Mujeres que son malas pero que no lo parecen, o que lo parecen y lo son, pero siempre definidas por la belleza, por la elegancia y por ser muchísimo más astutas que los hombres, tan incautos ellos, que se dejan engañar, que quieren ser engañados o, simplemente, que las contemplan como las vacas al ver pasar el tren.

El otro día revisité Perdición, una película de las épocas añoradas en las que el Cine se escribía sin mayúsculas y le volví a dar un par de vueltas al asunto. Walter Neff (Fred MacMurray) se las da de listo para buscar el modelo de asesinato más rentable, mientras Phyllips (Barbara Stanwyck) ya le había dado las vueltas por anticipado para dárselas a Neff con queso. Pero querría hoy recordar a una mala-malísima que recupera la esencia de la femme fatale hasta las últimas consecuencias. Se trata, cómo no, de Jessica, la bellísima dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? tiene una de las mejores frases de la historia del cine, para mi gusto: “Yo no soy mala, es que me han dibujado así” (tiene otra más sicalíptica, que recordamos al lado cerdete de los lectores del blog: “¿Tienes un conejo escondido en la gabardina o es que te alegras de verme?”).

Y el “es que me han dibujado así” me lleva a enlazar con las “otras cuestiones”. La identidad de Chipirón Negro ha sido atribuida a diferentes personas. Se han establecido cotejos, análisis psicológicos, evidencias, marcas de nacimiento y –casi, casi– análisis genéticos. Ante ellos, creo que ya dije en una ocasión que yo poco podía decir que no hubiese dicho Flaubert. Cuando al escritor francés le preguntaron quién era madame Bovary, no dudó en contestar: “Madame Bovary soy yo”. Y sí, Chipirón Negro soy yo en la medida en la que yo filtro sus mensajes, la pongo en una entrada y no en otra, omito muchas cosas que dice y otras las cambio de orden. Es mi obligación como autor y –casi siempre– narrador de este blog. Para los chipironnegroescépticos, vuelvo a repetir que tiene una existencia real y efectiva que está fuera de mí mismo. Lo que ya no sé es si tiene veinticuatro u ochenta y tres años, si es analista financiera, diseñadora gráfica o, simplemente, es un viajante de géneros textiles de Sabadell.

Si mi opinión vale de algo –y, en este caso, es tan válida como la de cualquiera–, creo que Chipirón es una mujer. Coincido con Yago en que tiene pinta de ser lista o, por lo menos, muy observadora de pequeños detalles. Y no sé nada más, ni nada menos.

Por lo tanto, yo me he encargado de “dibujar” a este personaje, que tiene su trasunto en el mundo real (o todo lo real que es el mundo cibernético). Y, por último, os preguntaréis por qué hablar de Chipirón al hablar de las femmes fatales, y yo sólo puedo decir que no lo sé, la dibujé así. Pero tiene pinta de tener un lado oscuro, que es el que saca a pasear en/con este blog. Pero seguro que, más allá del código binario, tiene un corazoncito que late al mismo ritmo que el del resto de los mortales… y una sonrisa pícara que piense: “Garbanzo negro, siempre estás equivocado”.

(La ilustración pertenece a Tim O’Brien, vía Pasa la vida)

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levis

DI. Este ha sido el lacónico mensaje que, hace unos días, me envió mi ignota Chipirón negro. Lacónico y redundante, pensé. Porque las palabras, y más cuando son voladoras, dicen. Por si mismas o –mejor– por el sujeto que se acurruca después, dotándolas de significados. Luego le di alguna vuelta de más, porque sus mensajes suelen llevar carga escondida, y me dije que había estado mucho tiempo sin escribir una entrada, así que su imperativo era una manera de animarme a la escritura.

Me quedé sin saberlo hasta hace unos pocos días, cuando una secuencia ordenada de mensajes enhebraron el hilo. El primero era también de lo más escueto: “Vaya, Garbanzo Negro. Y yo pensé que sabías latín: DI”. Le empecé a dar vueltas a todas las conjugaciones posibles hasta que, por fin, me di cuenta de lo elemental: era un número romano. En efecto, la aparición –cada vez más espaciada– de Chipirón Negro en esos mensajes a mi bandeja de correo suelen estar emparejadas con las efemérides. Y un mensaje recibido unos minutos más tarde lo corroboraba: “He estado esperando que te las apañeses sin mí para tu entrada número 500, pero veo que no sirves para nada, Garbanzo. Te has tirado doce entrada para pasar por las narices al respetable tus viajes por el Caribe disfrazándolo de relato profundo. Tú mismo, turista. Tú mismo. Por lo menos, yo te sirvo los temas en bandeja. DI, Garbanzo. DI”.

Si he de ser sincero, no se me había pasado por alto la inminencia de mi entrada 500 en un blog. Quinientas entradas son muchas y consolidan, creo, un trabajo asiduo durante mucho tiempo. Fui dándole vueltas a posibles ideas, pero ninguna me parecía buena. Ninguna, al menos, digna de servir de frontera.

Chipirón me dejo algún mensaje más en los que me dejaba pequeños puntos de partida. “Garbanzo, ahora me toca dejar unas miguitas de pan para que no te pierdas. Seguro que eres de los que necesita un GPS para ir a la tienda de la esquina. 501 es un número muy tuyo. Te pega”. La pequeña certeza de que Chipirón es alguien que me conoce realmente o que posee un umbral olfativo sorprendente en lo que a mí se refiere. Ya casi no los uso, pero tuve una época marcada en mis piernas por los Levi’s 501. No era cuestión de pijotería. Simplemente, me gustaban. Otro día contaré los azarosos viajes de un día en tren hasta Hendaya para comparme los pantalones en Francia. Tengo algún resquicio de mi gusto por la marca, como un par de camisetas con el logotipo de la marca estampado.

Sin embargo, ahora mismo no me identifico entre-en-con ellos, así que no entendía la idea de Chipirón. El mensaje que me mandaría un poco más tarde –os recuerdo que nunca le contesto a los correos– no me aclaraba nada. Más bien, lo enturbiaba. Ponía tan sólo: “Argentina”. Como no tengo nada que ver con Argentina, a no ser el hechizo que comparto con muchos de mis paisanos por su acento, o la calidad de algunos de sus anuncios publicitarios, no sabía por dónde iban los tiros. Tampoco he visitado el país, tristemente; no conozco a ningún argentino… En fin, un lío. A los pocos minutos, llegó otro cibermensaje. “Jóvenes argentinos”. Decidí tirar por la calle de en medio y me fui a Google a teclear esto. Y casi me vuelvo loco, porque no veía ni común denominador, ni máximo común divisor, ni mínimo común múltiplo. Ni por el derecho ni por el revés. Ni por el haz ni por el envés. Pero como tengo como principal virtud y defecto –a partes iguales– la cabezonería enconada, seguí rastreando y, en este caso, creo que lo encontré. Esta vez pillé a Chipirón antes de que se las diese de lista, ella que tanto me lo recrimina. En el sistema de votación obligatorio en Argentina, existe un grupo de jóvenes llamados los “jóvenes 501” que, para burlarse de un sistema autoritario de democracia (una buena contradicción, albicelestial para ser argentina), deciden justificar su inasistencia a las votaciones por encontrarse a 501 kilómetros de su jurisdicción electoral, justo el límite impuesto por su legislación.

Me senté como un gilipollas ante Gmail esperando que pasasen los minutos para ver su nuevo mensaje. Éste se hizo esperar un par de horitas. Entre otras cosas, decía: “Sí, Garbanzo. DI. 501. Argentina: todas las pistas para un tipo listo. Anfibologías, Indeterminaciones e Incógnitas a partes iguales e inconexas. Aunque últimamente eres un blando, aunque últimamente tu blog se ha quedado más vacío de contenidos para convertirse en un blog de sentidos, creo que eres un joven, con perdón, 501: un tío que lucharía por votar cuando no le dejasen y que se aleja de elegir cuando le obligan. El 501, como los pantalones vaqueros, es un signo de frontera y de límite. De encontrarse siempre fuera sin poder sentirse nunca de ningún sitio. Eres un puñetero blando, Garbanzo Negro 501, un ángel custodio de las ventanas que esperan un salto. La cobertura del azar detiene tus ladridos, que ansían ser dentelladas y que no lo consiguen. Eres un tipo de la frontera, que se acerca cuando le echan y se aleja cuando le acercan. La contradicción permanente, un niño en el buen sentido de la palabra y un puñetero crío en el sentido malo. La función de tu blog está empezada. La empezaste hace mucho. La has continuado con la tierra de la frontera, con los sudores de la risa y las lágrimas de la tristeza. Ahora te queda celebrarla sólo un rato y pasar página. Hasta llegar a otras quinientas”.

Yo, en esta ocasión, me dedico a celebrar mi entrada 501 como al pardillo al que sus amigos le dan una fiesta sorpresa. Pero una cosa es cierta: algo de ese espíritu 501 me queda. Y también mucha carretera.

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pijama

Chipirón ha vuelto al ataque de Verba volant. De nuevo y con sus bríos habituales, impertinentes y lejanos, adecuados y cariñosos en la distancia. Su último mensaje comienza con una frase lapidaria: “Tú lo que necesitas es una fiesta de pijamas” y, otra vez más, vuelve a ser un compendio de su filosofía de vida aplicada a mi persona. Contando con que no la reconocería ni en fotografía y que ahora no comenta ya día a día cada entrada a través de mi correo electrónico, sino que se hace la remolona y la proporción en las apuestas mensajes-entradas es de 3 a 1 (más o menos), me ha sorprendido la renovada contundencia con la que se mete conmigo.

“Garbanzo negro, lo de la fiesta de pijamas es un eufemismo. Como no soy tan ordinaria como tú, no voy a decir lo que pienso pero sí voy a pensar lo que digo, para que no se diga”.  Eso ha sido un breve resumen de una larga introducción para que la entienda. Por ejemplo, me dice que lo del pijama me lo tome como si estuviésemos hablando ante un psicoanalista con acento argentino. Y me dice cosas sobre la dualidad pijama-sueño y pijama-cama que –hay que reconocerlo– me han sobrepasado.

Y luego sigue: “Garbanzo negro, tendrás que planteártelo. ¿Escribes un blog para llorar un poco, para sentirte querido, para sentirte reconocido? Vas dado. Ya no se lleva eso de chico melancólico y triste llorando por las esquinas. ¿Sabes lo que más valoramos las mujeres de un tío? Sentido del humor; inteligencia; belleza. Por ese orden. En tu blog, te asomas con cabreos, salidas de tono y rabietas de una adolescencia que pareces haber tenido desde que naciste y con la que te morirás, si te descuidas. ¿Dónde está el Garbanzo negro más caústico que la sosa que acudía a la vida como una fiesta?”.

No sé, pero yo creo que está equivocada en algo, pero no llego a saber en qué. Quizás lo que ocurra es que tenga la razón en todo, y yo no me haya dado cuenta. O no quiera reconocerlo. Y sigue: “Das la impresión de haberte abandonado al sino de estar más solo que la una, cuando tu destino es la apertura. Amargado, más que amargado”.

Os ahorro algún que otro insulto más, para transcribiros el colofón: “Una fiesta de pijamas, Garbanzo negro. Una buena fiesta de pijamas, con saltos y brincos en el colchón, pelea de almohadas y un gran revolcón. Eso es lo que te hace falta”.

Soy díscolo, pero obediente. Me he puesto el pijama, he vestido mi boca de sonrisa festiva, he llegado a mi habitación y no había nadie. Hoy, me montaré la fiesta yo solo, cantaré el “Make ‘Em Laugh” hasta que, extenuado, me ahogue en mi propia risa, convertida en rictus. Pero no me gusta bailar solo, así que esto se va acabar. Tienes toda la razón, Chipirón negro: “Una fiesta de pijamas”. Y si no, al tiempo.

 

 

(La imagen es Marcela Paz)

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Bueno, amigos: hemos llegado a nuestra entrada 300. Como ya dije hace unos cuantos días, Chipirón negro me orientó hacia una idea que creo que sirve a las mil maravillas para celebrar la piedra de toque que supone haberos machacado durante tanto tiempo (casi año y medio). Sabedora de mi pasión por la serie In treatment (dentro de poco, aparecerá ya en España bajo el título En terapia), me sugirió que tomase como base para esta entrada un tipo de terapia que aparece en el capítulo 35. En dicho capítulo, el terapeuta acude con su mujer a la consulta de una colega para salvar su matrimonio. Las cosas se estancan y ella sugiere que utilicen una técnica denominada Imago, que consiste, básicamente, en un modo de encauzar el diálogo de pareja por el que se intenta que se reflejen los sentimientos del otro. El ejemplo que aparece en la serie es el siguiente: “Estoy disgustada por lo que pasó anoche”, a lo que el otro dice: “Oigo que estás disgustada por lo que pasó anoche”. Inevitablemente, este reflejo de los sentimientos del otro nos hace asumirlos, objetivizarlos, aunque también nos hace disentir y matizar. Pues bien, mi entada 300 va a ser una terapia de diálogo conmigo mismo. Os pido dos cosas: paciencia y continuidad. Si no tenéis a mano unos pocos minutos, interés, y una fuente de audio, es mejor que paséis de la entrada. Va a ser pausada y pronfunda. ¿Listos? El procedimiento de actuación va a ser el siguiente: acompañaré el texto escrito con un texto grabado. Vosotros tenéis que leer el texto a medida que vais escuchándolo, para contrastar esa dualidad de la técnica Imago. Empezamos:

Imago #1

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Me siento solo. Inmensamente solo en la soledad de las noches, con el miedo metido en el cuerpo. Cierro los ojos para oír voces, para registrar recuerdos, para ver pasar por mis párpados las imágenes de mi vida, de mis seres queridos y de un yo que cuelga de sí mismo. Me arropo para robar un poco de calidez al edredón, para sentir en mi cuerpo algo parecido al calor humano, el calor de mí mismo, derivado a un trozo sintético que es prolongación de mi existencia. Agotado, me siento despertar en el sobresalto de la noche, incorporándome para cerciorarme de que existo, de que hay luz artificial en algún resquicio de la noche, en algún resquicio de mi alma. Me duermo por obstinación y por obligación, insertando la voluntad en la oscura noche, alejando con los varapalos de la insistencia los monstruos que acechan en las tinieblas. Sueño con los días que vendrán. Me despierto y sueño.

Imago #2

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Soy traidor y traicionado a partes equidistantes. Un héroe convertido en villano, un villano convertido en héroe. He inundado mis alrededores de lágrimas y sonrisas a partes iguales. Me he sentido herido con el más afilado de los cuchillos, zaherido en el orgullo de mi vanidad. Me he visto a mí mismo envuelto en muchas cosas que no son, en muchas cosas que no pienso, en muchas cosas que no comparto. He sido prisionero de mi independencia, esclavo de mi destino. He visto derramar vacuidad a mi alrededor y no supe enfrentarme, no supe pronunciar palabras. He oído palabras de injusticia y no supe refrenarlas, he oído las voces vanas del consejo resabiado y no supe escupirlas con mi desprecio. He devuelto todos esos ropajes con villanía y alevosía, con crueldad y estulticia. En el intercambio, no he ganado nada. Golpes y golpes en la cara, en el honor, en el carné de identidad. En el mercadillo de la vida, me han quitado la existencia y se han quedado con el cambio. Culpa suya. Culpa mía.

Imago #3

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Reconozco que me gusta reír, que mi vida ha tenido momentos intensos y que intento curvar los labios con sonrisas. La vida me ha ido propinando golpes muy duros y siempre me he intentado levantar, como el soldado tiroteado que se incorpora para buscar refugio. Me gusta transmitir la alegría que no tengo, la broma que no albergo. Desprendo la vida en capas y me quedo a veces con sus estratos amables. Intento avanzar un paso, aunque retroceda cuatro. Me hago gracia a mí mismo, lo que es sinónimo de afirmar que me doy pena. Voy por ahí borrando las tachaduras, los renglones torcidos de un Dios que se me aleja. Soy el pesimista que no se resigna, el agorero que no triunfa. La nota grave a la que se le escapa siempre la sorna y el retintín. Resabiado pero inocente, malintencionado con la bondad de intentar hacer pasar un rato amable. Gamberro con la inconsciencia del adolescente, niño adulto pataleando por las jugarretas de la vida. Reconozco que la risa es el único condado que se resiste al reino de la infelicidad.

Imago #4

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Soy demasiado duro en mis juicios, demasiado taxativo. Aunque quede un poco feo decirlo, aprovecharé ahora que estoy solo en casa y no me escucha nadie para decir que, además, disfruto con esa rigidez en mis valoraciones. No perdono las tachas ni siquiera en aquellos que han sido mis amigos. Decía alguien que si tenía que elegir entre el camino de la amistad o el camino de la verdad, él elegiría sin lugar a dudas el camino de la verdad. Me parecía ésta una afirmación absurda, pero los designios de mi yo profundo han acabado por comulgar con esta idea. ¿Por qué había de perdonar a mis amigos aquello que no me perdono a mí mismo? ¿Por qué había de consentirles algo que ni yo mismo me permito? Eso me ha ido afirmando en la fortaleza de mis más sólidas amistades y, a la vez, me ha ido obligando a tachar de la lista a aquellos que me han vendido por un plato de lentejas. Con su pan se lo coman. Me acuso de estrangular todo por el pasapuré de la razón y luego verter el resultado por el tamiz de los sentimientos. Tan asquerosamente emocional como para basarme en la razón, tan repugnantemente racional como para dejarme vencer por los sentimientos.

Imago #5

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¿Miedo? Estoy aterrorizado. En el sofá de casa, se me empieza a nublar la vista. Intento enfocar, encontrar un punto de referencia. Empiezo a sentir un frío tan grande por el cuerpo que se me extiende por el alma. Me abrigo en posición fetal y veo llegar el abismo. Lloro con lágrimas incontenibles resbalando por las mejillas, siento el dolor más profundo en el centro de mi corazón acelerado. Intento atrapar la vida a bocanadas de aire irrefrenable, pero la necesidad tiene mayor densidad que el aire. Los desórdenes de mi cuerpo pasean a sus anchas por el infinito y ni siquiera llego a ser consciente de mí mismo. Veo pasar los segundos como si fuesen horas. Los escalofríos son a veces tan fuertes que el dolor de espalda me dura días. La opresión en la cabeza, la de un submarinista en un vertiginoso proceso de descompresión. Poco a poco, la tormenta pasa. El cansancio se pasea por mis huesos de punta a punta. Me quedo dormido, aferrado al sueño, con la esperanza de ver otro amanecer. Hasta que el suplicio vuelve.

Imago # 6

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Soy un enemigo malo de cojones. Impaciente en mi enfado, tremendamente calmo en la espera. Me agazapo y repto. Escondo mi maldad por todas las oquedades. Me gusta contemplar a mis presas desde arriba, esperando que caigan en la telaraña de su propia hijoputez. Siempre caen, los muy cabrones. He visto cosas que no pueden perdonarse, la mejilla se te vuelve aunque quieras proponerla como ofrenda. He visto pasear por sus miradas la maldad, la comparación, el asco. He visto reflejar su ignonimia en tres palabras que no diré, que se me han grabado en el alma, en su más justo centro. Estoy alerta. Estoy al acecho. Pero me temo que ellos caerán, pero no en mis garras, sino presos de su propia mierda.

Imago # 7

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Esta terapia me está rompiendo por dentro. He reflexionado sobre lo dicho y no me gusta. No me gusto. Me gustaría ser ese cuerpo libre de destino. Me gustaría ser esa alma pura no atacada por la pena. He dicho que soy malo y me gusta. Pero me arrepiento. No se puede ir por la vida como acaparador de vicios y pecados. Hago el mal dos mil veces y en el interior de mi silencio pido perdón por ello. Soy la consecuencia de todos mis fracasos, pero no quiero y me rebelo. Chipirón me ha puesto un examen muy duro. Un examen de conciencia que parece el estadio previo a la confesión de los pecados. De todas las culpas. Pero he visto atisbar un retazo de alma limpia, lo que no quiere decir que sea un retazo de alma coherente. Lo he visto pero se me ha escapado. Con lo bonito que era.

Imago #8. Coda

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Aviso a los navegantes. Esto es un ejercicio de estilo. Mi alma no está ni limpia ni sucia. Y mi cuerpo no está ni libre de penas ni exento de condenas. El blog es una expresión del yo, una información del yo, pero también expresión e información del mundo. A muchos les hubiera gustado verme aquí retratado para alabarme o retarme en duelo. Siento decepcionarles. Me he vaciado por dentro tanto como he vaciado mi voz, tanto como he vaciado mis dedos sobre las teclas. Pero cuidado: igual entre mentira y mentira se atisba una porción de realidad, o entre verdad y verdad se dicen cuatro cosas. En los blogs, como en la vida. Si habéis llegado hasta aquí, os doy las gracias y mi enhorabuena por vuestra paciencia. Habéis sido mejores compañeros que muchos, habéis estado más cerca que la mayoría. Pero no lo olvidéis. Esta puede ser la última de estas entradas de palabras voladoras. O tal vez la primera de otras setecientas. Que la palabra os acompañe, pero no la cacéis. Dejad que vuele por la nube de vuestras conciencias y por el gusto de vuestros pareceres. El mundo es bello. A veces. Y muchas gracias, Chipirón. Siempre tuyo. Un saludo (ahora que no nos escuchan).

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