Por Raúl, hace 1 mes y 30 días

Creciendo hacia ninguna parte

Piramide

Abraham Maslow es el psicólogo por excelencia de las teorías jerárquicas sobre las necesidades humanas y la motivación. La base de todo -como casi siempre- es antigua y había sido formulada por Aristóteles: «Primero, vivir; después, filosofar». Pero estas intuiciones geniales del filósofo griego requerían una formulación más profunda. Es lo que consiguió Maslow con su famosísima Pirámide.

Decía Maslow que las necesidades humanas tenían un orden escalar. El primer nivel en la pirámide es el de las necesidades básicas (respirar, comer y beber, descansar...). Obviamente, si no tienes cumplidas éstas, difícilmente vives, por lo que su no obtención nos hace cerrar el chiringuito. Posteriormente, necesitamos sentirnos seguros y protegidos, por lo que sentirnos sanos, con un empleo que nos ampare con ingresos y recursos económicos y propiedades, así como un entorno familiar que nos haga sentirnos pertenecientes a un clan. El terreno de los afectos viene después: asociarnos, participar, sentirnos aceptados son necesidades propias de la tendencia natural de los seres humanos a las relaciones sociales. Necesitamos querer y sentirnos queridos, necesitamos tener un arraigo y el sentirnos parte de algo. Sólo así podemos sentir estima por nosotros mismos: el respecto hacia uno mismo, la confianza, la independencia, la sensación de libertad son sus signos concéntricos, mientras que también se extiende hacia una necesidad periférica de sentirse respetado por los demás: aprecio, reconocimiento, estatus, dignidad. Todos estos escalones son niveles de carencias, necesidades que debemos completar. El último es el escalón más alto: la autorrealización, la necesidad de ser. Cuando hemos alcanzado -más o menos- los niveles anteriores, llegamos a la cúspide. A la felicidad.

Pensaba yo en esta pirámide, con papel y boli, marcando y subrayando lo que tenía y lo que no. Descanso, protección, entorno familiar, propiedad, arraigo, confianza, independencia, respeto... La felicidad se ha puesto muy alta, vivir se ha puesto muy caro. Y yo estoy hasta los mismísimos de intentar subir para luego resbalar. La vida parece una puta prueba de obstáculos y yo siempre penalizo para tener que volver a la primera casilla del juego. Primero, vivir; después, filosofar. La vida como escalera, la felicidad como superación. Aristóteles, Maslow: que os den. Y mira que me jode matar al mensajero...

(Imagen de Slaff)

Por Raúl, hace 10 meses

Un diálogo tomado por los pelos

 

Depilación

Lo dice Vicente Verdú en su espléndido artículo «El soñado cuerpo de los otros»: a nuestra salud le sienta bien el hablar con los demás. Nuestro aislamiento y nuestras tercas fronteras se ablandan y matizan gracias al contacto en diálogo con los otros cuando hablamos de nuestros problemas. El artículo de Verdú nos recuerda, además, las ideas del magnífico psiquiatra Eugenio Borgna, especialista en enfermedades nerviosas, que pone el acento de sus teorías en la necesidad de recobrar el «espacio del alma» y la intersección de nuestro espacio anímico con el de los demás. Surge, entonces, un cuerpo social más nutrido de emociones sinceras. Surge, entonces, un individuo que ya no está menoscabado por una interiorización narcisista.

El diálogo y el contacto surge, a veces, como una reflexión en torno a nuestro propio cuerpo, tal y como señala Laura Restrepo en una divertidísima disertación en torno a la depilación. Yo nunca he pasado por el trance, así que sólo me hago una pequeña idea de lo que supone cuando agarro algún pelillo de la nariz y lo estiro lentamente a su desesperación (pero ese es un acto narcisista y perverso perpetrado ante el espejo). La depilación supone entrega y confrontación a partes -nunca mejor dicho- iguales. Quiero creer que las empleadas (o empleados) de los centros de depilación son los nuevos psicoanalistas de nuestro tiempo. Por de pronto, desnudas tu alma y, como poco, tus pantorrillas. Y te expones ante la incertidumbre del dolor certero. Tus miedos quedan en el grito o en el gesto arrugado. Y, mientras, alguien te va seccionando poco a poco la epidermis y tus sentimientos. No quiero caer en pormenores burdos, pero no sería extraño desvelar un poco de tu vida si dices: «Pues mira, me vas a depilar por ahí, y me lo vas a dejar con la M de mi Manolo». La depilación se manifiesta como el antes (peludo) el ahora (doloroso) y el después (desnudo y limpio) de nuestras vidas. Además, no hay depilación sin un porqué: la exhibición social, el baño púb(l)ico, la escena íntima. Todo un compendio de futuros diálogos, mudos o explícitos, con los cuerpos de los otros. «Mira, Manolín, lo que me han hecho». A lo que Manolo, que es muy bruto, espetará: «Pero esa M, ¿es mayúscula o minúscula?. Conchi, Conchi».

Y es que, del «espacio del alma» al «espacio del cuerpo», hay sólo cuatrocientos once pelos de diferencia. Como las palabras de esta entrada.

(La foto es de ArteSana*)