Por Raúl, hace 7 meses y 24 días

Mensaje en una cerveza

Mensa Bot

Me gustó mucho aquella entrada de Blogófago dedicada a una aplicación que congela nuestros mensajes para que sean enviados a su destinatario pasado un lapso de tiempo determinado. Y viene a cuento ahora el asunto gracias a una noticia aparecida en la edición electrónica de The Independent (luego la leí en El País, de cuya página he copiado la foto): se ha encontrado en una botella un mensaje de hace 90 años, escrita por el «tío Pete» y dirigida a un soldado americano durante la I Guerra Mundial. Aunque contiene algunos fragmentos de contenido racista repugnante (critica severamente la inclusión de soldados negros entre los combatientes), me gusta eso de preservar los mensajes para el futuro. Lo cotidiano revive en nuestro presente, las pulsiones de otros perviven en nuestra memoria y se comparten las inquietudes con alguien totalmente ajeno en el tiempo y en el espacio. En el momento que unos arqueólogos franceses la descubrieron, el sargento Liepman ha recuperado en nosotros retazos de su vida y el tío Pete vuelve a pasear sus prejuicios ante nosotros. Les hace más humanos a ellos gracias al futuro y a nosotros nos descubre vidas y sensaciones gracias al pasado. Y todo, en una botella de cerveza. ¿No habéis pensado, blogueros burgaleses, que quizá el tío Pete, olvidando por un momento sus atávicos y rancios pensamientos, nos ha mandado un guiño premonitorio desde un día lejano para recordanos nuestro presente? Hacedme caso, que de criptografía sé un rato: Liepman y su tío, en el fondo, quieren que nos tomemos unas cervezas a su salud.

Por Raúl, hace 10 meses y 8 días

Los días y los días

Reflejos

Desde luego, me hubiese gustado que esto hubiese sido un autorretrete del Sr. K. (o alguno de los productos derivados), auténtico género con reglas a lo cine Dogma 95. Tristemente, es un estado de ánimo.

Hoy he pasado por la luz de la mañana
como el cubo por el brocal de las sombras.
Me he dirigido hacia mi rostro en el espejo
y me ha devuelto una imagen gastada
que no cesa de dar la razón al tiempo.

Mi comer inútil se ha detenido pausadamente
en la quinta patata frita que acompaña
al quinto bocado de un filete
poco hecho, como mi vida.

La tarde de letargo y siesta, la pantalla de un televisor,
la cena y el correo.

Una mirada por la ventana va percibiendo
el tránsito de la transparencia al espejo.
Otra vez el juez, el puñetero juez de mi cerebro.

Y el resultado final, ya lo sabéis.
Dormir un día más
aferrado firmemente
a la almohada y al mundo.
Para no caerme.
Para soñar.
Para esperar otro día, y un espejo nuevo.

Por Raúl, hace 10 meses y 20 días

Abismo, la primera a la derecha

Abismo

Es difícil evitar la tentación: frente al precipicio, te acercas paso a paso al abismo hasta que tu misma sombra desaparece. Tus pies avanzan hasta el último confín, pero tu mente y tu espalda recta intentan sostenerte con el hilo de la esperanza. Enfocas tu mirada hacia un punto fijo, allá por el horizonte, esa frontera lábil a la que nunca llegas, por más que avances. Y tus ojos se detienen en la última nube del último kilómetro que abarca tu obstinada visión. Mueves la cabeza. Una, dos veces: hacia un lado y hacia el otro. Intentas relajar todo tu ser, cansado por mil avatares, luchas y desencuentros. Das la vuelta al pasado y al presente. Y tienes el futuro a tus pies. Sólo falta un pequeño empuje, la decisión de dar un último paso al frente. El abismo se encuentra en el primer desvío, a la derecha. Por una vez, decides pararte y descansar.

(La fotografía es de Nicholas Laughlin)