— Verba Volant

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Supervivencia

Aunque no tengas la delicadeza de contemplar con pasión los días y las noches. Aunque no tengas la visión enfocada para apreciar los matices de los fondos y de las figuras. Aunque no poseas el don de la ebriedad en la pasión y en la sequía. Aunque no pongas el tono a la música de la vida. Aunque no contemples la existencia como una secuencia de una fotografías. Aunque no pienses en el más acá. Aunque te parezca lejano lo cercano. Aunque no dejes que la lluvia moje tu rostro todos los días. Aunque tu soledad no esté cercada por hitos bien definidos. Aunque no dejes que se te acerquen los pasos de la dicha. Aunque no dejes romper las cadenas que te hacen llagas. Aunque no pienses en el camino más que cargado de dioptrías. Aunque no fuiste nunca soldado ni ganaste ninguna batalla que no fuese pírrica. Aunque la ansiedad esconda tus sonrisas y haga emerger tus fracasos. Aunque la pintura figurativa no te sirva para explicar el sentido del mundo. Aunque no tengas nada imprescindible. Aunque el ego te aproxime a los territorios del abismo. Aunque lo imposible no sea solo una palabra. Aunque tus cicatrices no se curen con un poco de yodo y una gasa limpia. Aunque el día de hoy no tenga ni una línea aún escrita. Aunque los telediarios no te pongan en estado de alerta. Aunque no consideres las calles suficientemente iluminadas. Aunque morir sea tan solo una parte del recorrido, sigues ahí: con las uñas afiladas, enseñando los dientes. Dispuesto a luchar por cada gramo que pese tu alma.

(Imagen de Colton Witt.)

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Titanic

Benno Torgler, profesor de economía en la  Queensland University of Technology in Brisbane (Australia), ha publicado un interesante artículo (aquí la reseña en el The New York Times) sobre el instinto de supervivencia y la interiorización de las normas sociales en los naufragios del Titanic y del Lusitania. Por supuesto, las circunstancias de los dos naufragios son diferentes: los pasajeros del Lusitania sabían que cualquier barco británico era susceptible de un ataque alemán; además, probablemente habían conocido la tragedia del Titanic y conocían que las posibilidades de supervivencia eran escasas. Parece que los pasajeros del Titanic observaron de manera bastante estricta y “educada” los protocolos de salvamento para intentar proteger a los más débiles; mientras tanto, los pasajeros del Lusitania optaron por la consigna de “maricón el último” y emprendieron una denodada y avasalladora lucha por la supervivencia.

Sin embargo, al margen de estos importantes factores, lo que me ha atraído del estudio es otra posible causa que ven los investigadores en la reacción de los pasajeros: el tiempo. Parece que el Titanic tardó en hundirse dos horas y cuarenta minutos, mientras que el Lusitania se fue a pique en apenas dieciocho. En tiempos cortos, dicen los investigadores, predominan nuestras reacciones instintivas de supervivencia. En tiempos más largos, el evidente impulso de supervivencia queda acortado y matizado por las normas sociales que cada uno de nosotros ha interiorizado tras cierta preparación genética y un necesario período de aprendizaje.

Me resulta curioso que todo ese tiempo de angustia que vivieron los pasajeros del Titanic les sirviera a muchos para hacer lo que tenían que hacer como seres pertenecientes a una colectividad por encima de la individualidad más instintiva. En el caso de estos pasajeros, no sirvió el dicho de “maricón el último”, sino que imperó una serenidad que, sinceramente, admiro. ¿Qué haríamos cada uno de nosotros en un caso semejante?

(Por cierto, soy consciente de que el título de esta entrada me apartará de algunos ordenadores que pertenecen a redes públicas. Pero la ocasión –y la educación– merecían correr ese riesgo.)

 

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pijama

Chipirón ha vuelto al ataque de Verba volant. De nuevo y con sus bríos habituales, impertinentes y lejanos, adecuados y cariñosos en la distancia. Su último mensaje comienza con una frase lapidaria: “Tú lo que necesitas es una fiesta de pijamas” y, otra vez más, vuelve a ser un compendio de su filosofía de vida aplicada a mi persona. Contando con que no la reconocería ni en fotografía y que ahora no comenta ya día a día cada entrada a través de mi correo electrónico, sino que se hace la remolona y la proporción en las apuestas mensajes-entradas es de 3 a 1 (más o menos), me ha sorprendido la renovada contundencia con la que se mete conmigo.

“Garbanzo negro, lo de la fiesta de pijamas es un eufemismo. Como no soy tan ordinaria como tú, no voy a decir lo que pienso pero sí voy a pensar lo que digo, para que no se diga”.  Eso ha sido un breve resumen de una larga introducción para que la entienda. Por ejemplo, me dice que lo del pijama me lo tome como si estuviésemos hablando ante un psicoanalista con acento argentino. Y me dice cosas sobre la dualidad pijama-sueño y pijama-cama que –hay que reconocerlo– me han sobrepasado.

Y luego sigue: “Garbanzo negro, tendrás que planteártelo. ¿Escribes un blog para llorar un poco, para sentirte querido, para sentirte reconocido? Vas dado. Ya no se lleva eso de chico melancólico y triste llorando por las esquinas. ¿Sabes lo que más valoramos las mujeres de un tío? Sentido del humor; inteligencia; belleza. Por ese orden. En tu blog, te asomas con cabreos, salidas de tono y rabietas de una adolescencia que pareces haber tenido desde que naciste y con la que te morirás, si te descuidas. ¿Dónde está el Garbanzo negro más caústico que la sosa que acudía a la vida como una fiesta?”.

No sé, pero yo creo que está equivocada en algo, pero no llego a saber en qué. Quizás lo que ocurra es que tenga la razón en todo, y yo no me haya dado cuenta. O no quiera reconocerlo. Y sigue: “Das la impresión de haberte abandonado al sino de estar más solo que la una, cuando tu destino es la apertura. Amargado, más que amargado”.

Os ahorro algún que otro insulto más, para transcribiros el colofón: “Una fiesta de pijamas, Garbanzo negro. Una buena fiesta de pijamas, con saltos y brincos en el colchón, pelea de almohadas y un gran revolcón. Eso es lo que te hace falta”.

Soy díscolo, pero obediente. Me he puesto el pijama, he vestido mi boca de sonrisa festiva, he llegado a mi habitación y no había nadie. Hoy, me montaré la fiesta yo solo, cantaré el “Make ‘Em Laugh” hasta que, extenuado, me ahogue en mi propia risa, convertida en rictus. Pero no me gusta bailar solo, así que esto se va acabar. Tienes toda la razón, Chipirón negro: “Una fiesta de pijamas”. Y si no, al tiempo.

 

 

(La imagen es Marcela Paz)

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Rama Nieb

“Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar… te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad.”

Este es el fragmento talismán de Léolo, la película (podéis leer una interesante crítica aquí) de ese genio canadiense llamado Jean-Claude Lauzon (fallecido en un accidente de aviación a los cuarenta y cuatro años: ¡lo que le hubiese quedado por contar a este hombre!. Mira que la vida es perra). Porque sueño, yo no estoy loco…

El sueño nos priva de la locura, que es tanto como decir que nos aleja de esos ríos infernales, del que Leteo es muestra y paradigma. Quevedo se negó a cruzar el río del olvido aceptando las leyes del olvido para emprender ese viaje de vuelta imposible (“nadar sabe mi llama el agua fría / y perder el respeto a ley severa”), mientras Baudelaire estaba más que tentado a darse un chapuzón en esas aguas que borran la memoria (“¡Quiero dormir! ¡Dormir antes que vivir! /En un sueño tan dulce como la muerte”. La confusión metafórica de la muerte con el sueño engaña nuestra existencia, la bordea del símbolo de la mentira. Convierte el sueño en algo pasivo, quieto y sin sentido. El ensueño (palabra que, paradógicamente, procede de insomnio) de la vigilia, el dulce sueño alejado de la pesadilla, el pálpito que nos regala nuestra dura cabecita cuando se niega a pensar que su función sea pensar y pensar, nos alejan de la locura porque nos sumergen en ella.

Sabemos que soñamos porque alguna vez estamos locos, sabemos que estamos tenazmente despiertos porque muchas veces nos asalta la locura. Mientras sueño, yo no lo estoy. A veces, me veo en el trance de dormirme y recorre mi cuerpo la parálisis del sueño: mis músculos se relajan y siento que caigo por el precipicio. Otras veces, sueño que me despierto y me encuentro con un asqueroso aparato tronando en mis manos. Hay ocasiones en las que me despierto en medio de la noche y, contradictoriamente, bebo para mear o meo para beber. Y, ahora mismo, en el cauce del día que lleva hacia la noche, no sé en qué lado de la orilla me encuentro. Estoy preparado para nadar y para sumergirme, para pensar y para soñar. En el caso de que me duerma, se ruega que nadie me moleste.

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 Nihil novum sub solem

“Se puede mantener la dignidad en la nada más absoluta”. Buceando en entradas antiguas de mis blogs favoritos, rescato esta fantástica expresión de Fran, el autor de referencia cuando voy caminando en el desierto. Y la relaciono con la imagen que encabeza esta entrada, en latín: “Si no hay nada nuevo bajo el sol, ¿por qué continuar?” Nada nuevo hay bajo el sol. Continuamos y caminamos por desiertos y por caminos baldíos. Esperamos un horizonte que nunca llega, esquivamos a la muerte, agazapada en cada bache interpuesto entre el devenir y de nuestro destino. Buscamos algo en ninguna parte. Bajo un sol de justicia injusta, sorteamos la confusión entre el continuar y el continuismo. Todo el calor, toda nuestra inconsistencia soportada con la cabeza muy muy alta. No vaya a ser que, en algún recodo del camino, nos encontremos con las respuestas a todas nuestras preguntas. O, mejor, con una mirada que nos devuelva el brillo de nuestras pupilas cansadas. Bajo el sol no hay nada nuevo, salvo nosotros mismos.

(La imagen es de Patrick Denker

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Preso

En efecto, los negros e hispanos son muy tenidos en cuenta en EE UU, frente a lo que uno puede pensar: en una población carcelaria que supera los dos millones, por cada preso blanco que habita dulcemente en una cárcel estadounidense habrá del orden de seis reclusos negros y tres reclusos hispanos. Es una buena proporción. También se tiene muy en cuenta a los drogadictos, pero se olvidan de ofrecerles tratamientos terapéuticos a la mitad, más o menos. Otro dato muy halagüeño es el del número de muertes y asesinatos en las cárceles: un ocho por ciento dejará de molestar a la sociedad por la vía del suicidio o del asesinato, ahorrando una futura inversión en penas capitales, tan caras y molestas. Porque 3.350 personas esperan ansiosas a que se les aplique la justicia suprema. Aquí los negros también cuentan, porque suman, ni más ni menos, el cuarenta por ciento de los futuros ajusticiados, aunque sean tan sólo un doce por ciento de la población nortemericana. Los retrasados mentales también se suman a las estadísticas: ya sabemos que esto no es óbice para que sean ejecutados. Incluso ha habido casos en los que, ellos sí, han sido sometidos a terapia para luego cumplir la sentencia. Casi dos mil adolescentes experimentan un bonito y novedoso sistema por el que serán condenados a cadena perpetua y no se podrán apelar sus sentencias, todo esto en un país en el que sabemos que jamás de los jamases se ha cometido un fallo judicial. El ejército estadounidense presume de una poderosa presencia en sus patrióticas cárceles, ya que un diez por ciento de los presos ha pasado por el ejército de forma voluntaria y, entre ellos, un veintitrés por cierto ha honrado a su país cometiendo delitos de violación y acoso sexual. Y, como no todo van a ser guantánamos y detenciones ilegales de la CIA en provincias-extranjero, el país más avanzado del mundo cuenta con un número cada vez mayor de centros penitenciarios privados, que, además de recortar el gasto público y estar mejor acondicionados, favorecen una separación entre presos distinguidos y la chusma.

La visita a las prisiones de otros países es también sumamente alentadora: en Brasil, una mujer fue violada en una celda. Nada extraño, si añadimos que permaneció en ella con otros veinte hombres durante un mes. Al final, igual hasta tuvo suerte. En Argentina, el setenta por cierto de los condenados reinciden. De estos, la mitad cometerá otros delitos antes de que pasen tres años. En los casos en los que la escolarización ha sido más alta, el número de presos y de reincidentes ha bajado, pero no creo que esto preocupe mucho a las autoridades. En toda Latinoamérica, el setenta por ciento de los presos no están condenados, sino procesados.

Para novedades exportables, nada como el invento de Turquía para paliar el hacinamiento de los presos: han instaurado un sistema de “camas calientes” por el cual los presos duermen por turnos.

Quedan otros muchos países, otras muchas realidades, pero para qué seguir. Como decían algunos, “los presos no tienen buena prensa”. Y otro recluso decía, con acierto: “Nos tratan como a animales y nos piden que, cuando salgamos, nos traten como personas”.

Como ayer tenía el día libre (ya sabéis aquello de los profesores, las vacaciones y los puentes…) me dediqué a transcribir algunos datos de un magnífico pero triste paseo por las cárceles del mundo en el programa Hoy por hoy del día 6 de diciembre. Que nos aproveche.

(La fotografía es de Gipics)

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Reflejos

Desde luego, me hubiese gustado que esto hubiese sido un autorretrete del Sr. K. (o alguno de los productos derivados), auténtico género con reglas a lo cine Dogma 95. Tristemente, es un estado de ánimo.

Hoy he pasado por la luz de la mañana
como el cubo por el brocal de las sombras.
Me he dirigido hacia mi rostro en el espejo
y me ha devuelto una imagen gastada
que no cesa de dar la razón al tiempo.

Mi comer inútil se ha detenido pausadamente
en la quinta patata frita que acompaña
al quinto bocado de un filete
poco hecho, como mi vida.

La tarde de letargo y siesta, la pantalla de un televisor,
la cena y el correo.

Una mirada por la ventana va percibiendo
el tránsito de la transparencia al espejo.
Otra vez el juez, el puñetero juez de mi cerebro.

Y el resultado final, ya lo sabéis.
Dormir un día más
aferrado firmemente
a la almohada y al mundo.
Para no caerme.
Para soñar.
Para esperar otro día, y un espejo nuevo.

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Mendigo

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