— Verba Volant

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Tag "Fotos que no existen"

La imagen encuadra a una pareja que descansa durmiendo sobre el césped. En seguida, los detalles revelan alguna cuestión del contexto en el que, seguramente, se produce. Están tumbados boca abajo, en una contorsión casi imposible producto de los movimientos inconscientes de la noche. El brazo de él descansa de forma relajada sobre el homóplato de ella, que mantiene el que tiene visible doblado en un ángulo extraño. Ella tiene por encima algo parecido a un forro polar y él lleva un jersey muy sucio lleno de briznas de hierba. Muy cerca de sus cabezas, tres latas grandes de cerveza y un brick de vino barato. Un poco más lejos, un poco de papel de aluminio en el que se adivinan los restos de un bocadillo de embutido.

La fotografía desvela un equilibrio contradictorio entre la tensión de dos cuerpos agotados por el exceso y la paz del sueño al fin sobrevenido. Por la luz podemos deducir que no está amaneciendo y que la pareja, por lo tanto, prolonga su descanso. En suma, esta imagen no tendría nada de extraordinario, nada reseñable más allá de lo comentado a no ser por un detalle. En la esquina inferior derecha, casi totalmente fuera del encuadre, se aprecia un calzado (parece una bota de tipo militar) y parte de la pierna de una persona que contempla la imagen.

(Esta entrada pertenece a la serie Catálogo de fotos que no existen. Por su propia esencia, no va acompañada de ninguna imagen.)

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He tenido mucha fortuna. Rebuscando por los lugares donde las cosas se pierden y no se encuentran, he hallado una caja pequeña, llena de fotografías. Son imágenes de un set de rodaje. Misteriosamente, ninguna corresponde a la foto que comentábamos el otro día, la del hombre de mirada amenazante y la mujer vista de espaldas. Estas no son capturas de fotogramas, sino instantáneas captadas durante el rodaje de lo que parece una película y también durante los descansos.

No he podido evitar un vistazo rápido y compulsivo de imágenes hasta encontrar, de nuevo, imágenes de ese hombre y esa mujer. Y hemos encontrado algunas. La más impactante es una fotografía en la que se ve, al hombre y a la mujer de perfil. La tensión de la imagen que comentábamos el otro día sigue palpándose en el ambiente. El hombre sigue mostrando esa mirada dura (aunque el ángulo no permite que nos fijemos adecuadamente en los gestos). Parece una mirada dura, mantenida, intimidante. Desde esta perspectiva, no diríamos ya que está enfadado sino que, pura y llanamente, es un hombre dominante. A diferencia de la fotografía anterior, ahora sí vemos a la mujer. Su perfil nos enseña una nariz corta, estéticamente perfecta. Y, como en el caso del hombre, sobresale su mirada, que no es fácil de interpretar. Mantiene la mirada, pero no de forma amenazante, sino serena. Es una mirada hacia el fondo de los ojos y no hacia su superficie. Se diría que, más que una mirada de reproches, es una mirada cargada de interrogantes. También llama mucho la atención la mano izquierda, extendida a lo largo de su cuerpo, con una pequeña flexión en el codo. Y un puño cerrado, pero no agarrotado. El espectador, también en esta ocasión, no puede más que ponerse del lado de esa mujer, llena de enérgica calma.

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Más que de una fotografía, parece tratarse de un fotograma:  el encuadre no procede tanto de una elección disparada, sino un movimiento continuo capturado con una pausa. No obstante, la calidad de la imagen es bastante buena.

En la fotografía hay dos personajes. Si la suposición de que procede de una imagen en movimiento, es el plano al que, seguramente, seguirá un contraplano. Tal y como lo vemos nosotros, el personaje principal aparece ligeramente ladeado, mirando casi al frente, hacia el otro personaje. Tiene el pelo castaño claro, ligeramente ondulado. Nariz fina y breve. Mentón fino y recortado. Lo que más llama la atención es su mirada: parece que sus ojos desprenden una fijeza que puede suponer obsesión, incluso crueldad. Parece que ha dicho algo o está a punto de decirlo.

Precisamente por esa dureza en el gesto y en la mirada, el que ve la fotografía se pone a favor del otro personaje, sin lugar a dudas una mujer. En la imagen, ocupa buena parte de la parte inferior derecha. Pelo largo y oscuro, un poco despeinado. La posición de la cabeza lleva a pensar que está mirando al hombre de mirada severa. Cualquiera de nosotros daría lo que fuera por contemplar el rostro de esa mujer y conocer un poco más de sus secretos.

(Esta entrada pertenece a la serie Catálogo de fotos que no existen. Por su propia esencia, no va acompañada de ninguna imagen.)

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A primera vista, es una fotografía típica de una boda. Una más: un grupo de personas organizadas de forma más o menos jerárquica en torno a los novios. Sin embargo, a nada que observemos con algo más de detenimiento, es una muestra de que el instante que capta una imagen fotográfica, que algunas veces es tan inexacto y tramposo, se desvela en otras ocasiones como todo un ejemplo de que el momento congelado es el que recoge la realidad auténtica.

Un par de niños, en la parte baja, se tiran de las mangas de unas camisas demasiado peripuestas. En la parte izquierda, tres personas más o menos jóvenes que, por lo que parece, son hermanos de él o de ella, posan con una postura artificial, engolada, hierática. En la parte derecha, dos personas sonríen con una gran alegría que, sin duda, tiene procedencia en un chiste, en una chorrada que les hace parecer lo que, sin duda, son: poco convencionales y ajenos a todo este sarao. Los padres de ella y él –no sabemos exactamente quién es de quién– son de lo más dispar. Una de las madres permanece triste, con la mirada perdida; la otra, mantiene un gesto engolado y autosuficiente. Entre los padres, el del traje cruzado mira a la camara y su expresión viene a preguntar un qué-hago-yo-aquí, mientras que el otro ha sido pillado por el fotógrafo haciendo un gesto estirando la mandíbula hacia arriba. Ella mira directamente a la cámara, con unos morritos que, más que sensuales o circunstanciales, son víctimas de no saber muy bien qué hacer. Y él aparece encajado entre toda la gente, con la impresión de que no cabe en la foto. Con los hombros encogidos, intentando hacerse un sitio. Y, lo más llamativo, con la vista en el horizonte.

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Lo primero que llama nuestra atención, al ver la imagen, es la duda: a simple vista, no puede saberse si se trata de una fotografía o de una pintura hiperrealista. El primer impulso, acostumbrado ya al asombro ante el detalle del que son capaces algunos pintores, es pensar que es la imagen de una pintura. Pero no. Un análisis más detenido me lleva a la certeza de que es una fotografía. En este caso concreto, me parece mucho más difícil reflejar el contenido por medio de una cámara de fotos que utilizando el pincel.

Una vez resuelta la duda, paso a la inquietud. ¿Cómo es posible sacar una fotografía como esta? La imagen refleja, ni más ni menos, la habitación de Las Meninas. Ahora puede entenderse la duda inicial, pues son muchas las variantes pictóricas sobre el cuadro de Velázquez; pero, en una foto, la cosa cambia. Lo que más llama la atención es la ausencia de personajes. La escena es un decorado perfecto. La curiosidad me lleva al ordenador para ver el original y contrastar que el fotógrafo, de modo deslumbrante, ha reproducido hasta el más mínimo detalle. Le ha tenido que llevar semanas ajustar el estudio con todos los detalles: puertas, espejos, ventanas, lienzo, suelo, lámpara… Incluso ha sabido reproducir, seguramente con focos magistralmente dispuestos, los ángulos de la luz sobre los objetos. Al no haber personajes, están ausentes las sombras. Me paso el día volviendo a coger la fotografía intentando jugar a ver las diferencias, pero no las encuentro. Obviamente, los contornos de los objetos son más duros, pero todo lo demás permanece exacto al cuadro original.

La ausencia de personajes es total: tampoco aparecen los reyes en el espejo, ni los cuadros superiores tienen figuras. No puedo evitar sentir desasosiego ante la materialidad total, la perfecta captación de la vida ausente. Podría parecer, en una primera visión apresurada, que el artista ha querido quitar toda figura (humana y animal) para plasmar el paso del tiempo, pero la escena permanece limpia, no está atravesada por el deseo de visión contrastiva entre el pasado y el futuro.

No obstante, creo que se me escapa algo, que la fotografía me supera y me traspasa. Por último, cuando ya creo que había agotado mis posibilidades de análisis, acabo cayendo en el último detalle, quizás el más trascendental, el que se procesa de forma inconsciente pero que se escapa a la observación. A la fotografía le falta el aire.

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Esta foto se muestra especial esquiva para un análisis objetivo, en la medida que un comentario de un ser humano pueda serlo. La dificultad proviene no tanto de la foto, del género, de la técnica, sino del contenido. La imagen se presenta con algunas deficiencias técnicas que, lejos de menoscabar su valía, la aumenta. Se trata de un robado, la imagen de un hombre avanzando por la calle. Decíamos que las carencias técnicas se disculpan porque importa mucho más el instante, la pose, las maneras. Incluso el ligero desenfoque y la salida de cuadro acrecientan la sensación de prisa, tanto en el movimiento del protagonista como de aquel que se arriesgó a captar el instante. El fondo evidencia una foto tomada en la actualidad. Se percibe por el modelo de coche que aparece a la izquierda. No obstante, es una foto que, por su blanco y negro sucio y poco realzado en sus contrastes, parece mucho más antigua. En estos tiempos de retoques mágicos es difícil apostar, es aventurado arriesgarse, pero estamos por afirmar que se tomó con un cámara analógica y que la necesidad imperiosa de realizar el disparo en ese momento, y no en otro, impidió el ajuste de todos los parámetros. Decíamos que el protagonista es un hombre que avanza hacia la cámara, que parece encontrarse a unos tres metros a la derecha de nosotros, que la contemplamos. Una de las cosas que más sorprende es el avance iracundo de su pierna izquierda, en un paso decidido e implacable hacia delante. De hecho, la pierna derecha aparece casi descompuesta, artificial. El hombre viste una especie de gabardina que permanece abierta, adivinando un aleteo proveniente del impulso. Las manos permanecen en los bolsillos y los codos ligeramente salidos. La mirada desconcierta. Es una mirada dura, contextualizada por un gesto hosco, con la boca cerrada hasta hacerse mínima, ligeramente contraída hacia un lado. La mirada, decíamos, desconcierta porque los ojos del hombre están mirando directamente a cámara. No sabemos si se ha visto sorprendido y ha descubierto al que ha intentado invadir su intimidad o, simplemente, el barrido de su mirada ha coincidido con el momento del disparo. Para la suerte del fotógrafo, deseamos que haya sido lo segundo. La apariencia del hombre da a entender que, en el caso de haberse sentido acosado, la fortuna del carrete, de la cámara o incluso del artista (ignoramos si profesional o improvisad) hubiesen corrido serio peligro. La mirada transmite tal determinación aderezada con odio que, segundos después de abandonar la contemplación de la imagen, permanece grabada con dureza en nuestro recuerdo.

Decíamos que la foto escapaba al análisis objetivo. En efecto, el hombre que aparece en esta fotografía soy yo mismo, su analista. Y el hombre de la fotografía viste una gabardina que yo nunca he tenido y pasea por una ciudad que tampoco reconozco. Días después de mirarla y mirarla, todavía sigo haciendo preguntas. Todavía sigo buscando respuestas.

Pet Shop Boys - Fugitive

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Más que de una fotografía, se trata de una composición, casi un collage. El soporte es un cartón en formato folio, de esos que antes se usaban para escribir en los colegios. Tiene las esquinas levantadas y, en alguno de los bordes, tiene alguna merma de capas. Es inevitable pensar que tiene ya muchos años pero, pese a los lustros acumulados, está solamente manchado por el paso del polvo y de los meses transcurridos uno a uno durante un largo intervalo. Las manchas y los poros evidencian una calidad mejorable. Sobre el cartón, varias fotografías de tamaño muy pequeño, pero no todas de carnet, con bordes irregulares. La fijación de alguna de ellas al cartón es deficiente y, a poco que uno se descuide, acaban despegándose y dejando los restos de un papel adhesivo ya reseco y carente de su función inicial. Cuando se caen algunas de esas fotos, se ve que hay cosas escritas al dorso (fechas, nombres, lugares, pequeñas impresiones). La caligrafía es siempre la misma, angulosa pero elegante, propia de etapas en las que se obligaba a escribir de forma elegante. Inequívocamente, se trata del trazo de una pluma: los trazos más gruesos según el ángulo de escritura, los desvaríos de la tinta obstinada en extenderse por los puntos de las íes. Habrá unas siete fotos en el cartón, todas de personas mirando a la cámara. El tono predominante es sepia, matizado y graduado en escalas. Una cosa llama la atención por encima de todas: los rostros, los movimientos intuidos, los gestos adivinados, carecen totalmente de alma. Instalados en algún momento del pasado, las personas parecen adivinar que van a ser contempladas desde un callejón del tiempo en el que ya no estarán presentes. De alguna manera, se adivinan abocadas al destino de la muerte.

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Una playa y un día nublado. Una mujer. El plano es perfecto: un contrapicado angulado, tomado necesariamente desde el agua. La línea del horizonte queda tan alta que, detrás de la mujer, sólo se contempla la arena, un fondo de toldos y sombrillas desenfocados y, ya muy arriba, un cielo encapotado. Se nos olvidaba decir que la instantánea luce un blanco y negro violento y granulado. La mujer viste un traje de baño negro muy cerrado, propio más de una nadadora que de una bañista ocasional y, sorprende, sobre todo, por su postura: está totalmente erguida, con los brazos pegados al cuerpo y ligeramente de puntillas, exactamente como si se dispusiese a saltar en el trampolín más que a meterse en el agua corriendo por la arena. Mantiene la cabeza ligeramente levantada y parece haber cogido todo el aire que pueden almacenar sus pulmones. A su lado, en el suelo, unas chanclas y un albornoz.

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Un teléfono sobre una mesa abarrotada de papeles. Unas líneas rasgadas más que escritas en un bloc de notas de cuadrículas grandes. Es una composición difícil porque rompe la armonía. Un fotógrafo experimentado hubiera elegido un encuadre en el que sólo apareciera el cuaderno, pero ha decidido incluir el artilugio electrónico por alguna razón que se nos escapa. El teléfono guarda una línea demasiado paralela a la de las notas escritas. Una opción más acertada podría haber sido haberlo situado encima de la página de la izquierda. A fuerza de ser sinceros, tenemos que reconocer que, sin embargo, el graduado de la escala de grises y el granulado ligero dota a la imagen de un empaque envidiable. Es una de esas fotos que, por alguna razón ignota, nos estremecen. El punto de atención del encuadre está en esas líneas escritas con prisa, en un ángulo que no permite su perfecta lectura. Se trata de una de esas letras de imprenta que arrastran los trazos con una personalidad vigorosa. Parece una nota dirigida a un destinatario cuyo nombre, por lo que se adivina, no aparece por ninguna parte. Entre lo difuso, se adivinan unas palabras de reproche. Después de contemplar la foto durante un período de tiempo que lo hace reflexivo, es imposible quitarse de encima un sentimiento de lástima, de complicidad compartida.

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La imagen es un picado total y violento, angulado. Una fotografía de esas en las que el blanco y negro se agradece, algo granulado. Espeso. Ha tenido que tomarse, forzosamente, desde una escalera. Una mujer inunda el plano. Tiene los brazos totalmente estirados y las palmas abiertas. Sonríe inundada por la alegría. Lo que sorprende en esta imagen, tan preparada, es su total espontaneidad. La sonrisa parece franca, sin rictus extremos ni exagerados. Los labios, algo carnosos, y los dientes acaparan el centro del enfoque, ya que esos brazos estirados a los que hemos hecho mención sólo sirven para subrayar esa franqueza y mitigar parcialmente la verticalidad. La mujer exhibe todas sus virtudes en un todo parcelado de pequeñas impefecciones que la hacen más atractiva. El objetivo  ha captado una piel con poros abundantes que un maquillaje hubiera eliminado, pero que también le hubiera restado fuerza. El contorno de los ojos alberga algunos pliegues oscuros que no proceden de edad, sino de una preocupación latente que contrarresta la sonrisa. La nariz aloja unas pecas diminutas que recuerdan una infancia llena de tratadas. La imagen refleja un rostro transido por las experiencias y, pese a todo, triunfante de optimismo. Lleva un jersey de cuello alto acompañado de una larguísima bufanda de punto que se difumina en el fondo. Su mirada directa hacia la cámara refuerza el halo de sinceridad, como si nada pudiera esconderse en esta imagen y, por lo tanto, ésta no tuviese un antes ni un después.

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