— Verba volant

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Tag "Fotos que no existen"

Lo primero que llama nuestra atención, al ver la imagen, es la duda: a simple vista, no puede saberse si se trata de una fotografía o de una pintura hiperrealista. El primer impulso, acostumbrado ya al asombro ante el detalle del que son capaces algunos pintores, es pensar que es la imagen de una pintura. Pero no. Un análisis más detenido me lleva a la certeza de que es una fotografía. En este caso concreto, me parece mucho más difícil reflejar el contenido por medio de una cámara de fotos que utilizando el pincel.

Una vez resuelta la duda, paso a la inquietud. ¿Cómo es posible sacar una fotografía como esta? La imagen refleja, ni más ni menos, la habitación de Las Meninas. Ahora puede entenderse la duda inicial, pues son muchas las variantes pictóricas sobre el cuadro de Velázquez; pero, en una foto, la cosa cambia. Lo que más llama la atención es la ausencia de personajes. La escena es un decorado perfecto. La curiosidad me lleva al ordenador para ver el original y contrastar que el fotógrafo, de modo deslumbrante, ha reproducido hasta el más mínimo detalle. Le ha tenido que llevar semanas ajustar el estudio con todos los detalles: puertas, espejos, ventanas, lienzo, suelo, lámpara… Incluso ha sabido reproducir, seguramente con focos magistralmente dispuestos, los ángulos de la luz sobre los objetos. Al no haber personajes, están ausentes las sombras. Me paso el día volviendo a coger la fotografía intentando jugar a ver las diferencias, pero no las encuentro. Obviamente, los contornos de los objetos son más duros, pero todo lo demás permanece exacto al cuadro original.

La ausencia de personajes es total: tampoco aparecen los reyes en el espejo, ni los cuadros superiores tienen figuras. No puedo evitar sentir desasosiego ante la materialidad total, la perfecta captación de la vida ausente. Podría parecer, en una primera visión apresurada, que el artista ha querido quitar toda figura (humana y animal) para plasmar el paso del tiempo, pero la escena permanece limpia, no está atravesada por el deseo de visión contrastiva entre el pasado y el futuro.

No obstante, creo que se me escapa algo, que la fotografía me supera y me traspasa. Por último, cuando ya creo que había agotado mis posibilidades de análisis, acabo cayendo en el último detalle, quizás el más trascendental, el que se procesa de forma inconsciente pero que se escapa a la observación. A la fotografía le falta el aire.

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Esta foto se muestra especial esquiva para un análisis objetivo, en la medida que un comentario de un ser humano pueda serlo. La dificultad proviene no tanto de la foto, del género, de la técnica, sino del contenido. La imagen se presenta con algunas deficiencias técnicas que, lejos de menoscabar su valía, la aumenta. Se trata de un robado, la imagen de un hombre avanzando por la calle. Decíamos que las carencias técnicas se disculpan porque importa mucho más el instante, la pose, las maneras. Incluso el ligero desenfoque y la salida de cuadro acrecientan la sensación de prisa, tanto en el movimiento del protagonista como de aquel que se arriesgó a captar el instante. El fondo evidencia una foto tomada en la actualidad. Se percibe por el modelo de coche que aparece a la izquierda. No obstante, es una foto que, por su blanco y negro sucio y poco realzado en sus contrastes, parece mucho más antigua. En estos tiempos de retoques mágicos es difícil apostar, es aventurado arriesgarse, pero estamos por afirmar que se tomó con un cámara analógica y que la necesidad imperiosa de realizar el disparo en ese momento, y no en otro, impidió el ajuste de todos los parámetros. Decíamos que el protagonista es un hombre que avanza hacia la cámara, que parece encontrarse a unos tres metros a la derecha de nosotros, que la contemplamos. Una de las cosas que más sorprende es el avance iracundo de su pierna izquierda, en un paso decidido e implacable hacia delante. De hecho, la pierna derecha aparece casi descompuesta, artificial. El hombre viste una especie de gabardina que permanece abierta, adivinando un aleteo proveniente del impulso. Las manos permanecen en los bolsillos y los codos ligeramente salidos. La mirada desconcierta. Es una mirada dura, contextualizada por un gesto hosco, con la boca cerrada hasta hacerse mínima, ligeramente contraída hacia un lado. La mirada, decíamos, desconcierta porque los ojos del hombre están mirando directamente a cámara. No sabemos si se ha visto sorprendido y ha descubierto al que ha intentado invadir su intimidad o, simplemente, el barrido de su mirada ha coincidido con el momento del disparo. Para la suerte del fotógrafo, deseamos que haya sido lo segundo. La apariencia del hombre da a entender que, en el caso de haberse sentido acosado, la fortuna del carrete, de la cámara o incluso del artista (ignoramos si profesional o improvisad) hubiesen corrido serio peligro. La mirada transmite tal determinación aderezada con odio que, segundos después de abandonar la contemplación de la imagen, permanece grabada con dureza en nuestro recuerdo.

Decíamos que la foto escapaba al análisis objetivo. En efecto, el hombre que aparece en esta fotografía soy yo mismo, su analista. Y el hombre de la fotografía viste una gabardina que yo nunca he tenido y pasea por una ciudad que tampoco reconozco. Días después de mirarla y mirarla, todavía sigo haciendo preguntas. Todavía sigo buscando respuestas.

Pet Shop Boys - Fugitive

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Más que de una fotografía, se trata de una composición, casi un collage. El soporte es un cartón en formato folio, de esos que antes se usaban para escribir en los colegios. Tiene las esquinas levantadas y, en alguno de los bordes, tiene alguna merma de capas. Es inevitable pensar que tiene ya muchos años pero, pese a los lustros acumulados, está solamente manchado por el paso del polvo y de los meses transcurridos uno a uno durante un largo intervalo. Las manchas y los poros evidencian una calidad mejorable. Sobre el cartón, varias fotografías de tamaño muy pequeño, pero no todas de carnet, con bordes irregulares. La fijación de alguna de ellas al cartón es deficiente y, a poco que uno se descuide, acaban despegándose y dejando los restos de un papel adhesivo ya reseco y carente de su función inicial. Cuando se caen algunas de esas fotos, se ve que hay cosas escritas al dorso (fechas, nombres, lugares, pequeñas impresiones). La caligrafía es siempre la misma, angulosa pero elegante, propia de etapas en las que se obligaba a escribir de forma elegante. Inequívocamente, se trata del trazo de una pluma: los trazos más gruesos según el ángulo de escritura, los desvaríos de la tinta obstinada en extenderse por los puntos de las íes. Habrá unas siete fotos en el cartón, todas de personas mirando a la cámara. El tono predominante es sepia, matizado y graduado en escalas. Una cosa llama la atención por encima de todas: los rostros, los movimientos intuidos, los gestos adivinados, carecen totalmente de alma. Instalados en algún momento del pasado, las personas parecen adivinar que van a ser contempladas desde un callejón del tiempo en el que ya no estarán presentes. De alguna manera, se adivinan abocadas al destino de la muerte.

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Una playa y un día nublado. Una mujer. El plano es perfecto: un contrapicado angulado, tomado necesariamente desde el agua. La línea del horizonte queda tan alta que, detrás de la mujer, sólo se contempla la arena, un fondo de toldos y sombrillas desenfocados y, ya muy arriba, un cielo encapotado. Se nos olvidaba decir que la instantánea luce un blanco y negro violento y granulado. La mujer viste un traje de baño negro muy cerrado, propio más de una nadadora que de una bañista ocasional y, sorprende, sobre todo, por su postura: está totalmente erguida, con los brazos pegados al cuerpo y ligeramente de puntillas, exactamente como si se dispusiese a saltar en el trampolín más que a meterse en el agua corriendo por la arena. Mantiene la cabeza ligeramente levantada y parece haber cogido todo el aire que pueden almacenar sus pulmones. A su lado, en el suelo, unas chanclas y un albornoz.

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Un teléfono sobre una mesa abarrotada de papeles. Unas líneas rasgadas más que escritas en un bloc de notas de cuadrículas grandes. Es una composición difícil porque rompe la armonía. Un fotógrafo experimentado hubiera elegido un encuadre en el que sólo apareciera el cuaderno, pero ha decidido incluir el artilugio electrónico por alguna razón que se nos escapa. El teléfono guarda una línea demasiado paralela a la de las notas escritas. Una opción más acertada podría haber sido haberlo situado encima de la página de la izquierda. A fuerza de ser sinceros, tenemos que reconocer que, sin embargo, el graduado de la escala de grises y el granulado ligero dota a la imagen de un empaque envidiable. Es una de esas fotos que, por alguna razón ignota, nos estremecen. El punto de atención del encuadre está en esas líneas escritas con prisa, en un ángulo que no permite su perfecta lectura. Se trata de una de esas letras de imprenta que arrastran los trazos con una personalidad vigorosa. Parece una nota dirigida a un destinatario cuyo nombre, por lo que se adivina, no aparece por ninguna parte. Entre lo difuso, se adivinan unas palabras de reproche. Después de contemplar la foto durante un período de tiempo que lo hace reflexivo, es imposible quitarse de encima un sentimiento de lástima, de complicidad compartida.

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La imagen es un picado total y violento, angulado. Una fotografía de esas en las que el blanco y negro se agradece, algo granulado. Espeso. Ha tenido que tomarse, forzosamente, desde una escalera. Una mujer inunda el plano. Tiene los brazos totalmente estirados y las palmas abiertas. Sonríe inundada por la alegría. Lo que sorprende en esta imagen, tan preparada, es su total espontaneidad. La sonrisa parece franca, sin rictus extremos ni exagerados. Los labios, algo carnosos, y los dientes acaparan el centro del enfoque, ya que esos brazos estirados a los que hemos hecho mención sólo sirven para subrayar esa franqueza y mitigar parcialmente la verticalidad. La mujer exhibe todas sus virtudes en un todo parcelado de pequeñas impefecciones que la hacen más atractiva. El objetivo  ha captado una piel con poros abundantes que un maquillaje hubiera eliminado, pero que también le hubiera restado fuerza. El contorno de los ojos alberga algunos pliegues oscuros que no proceden de edad, sino de una preocupación latente que contrarresta la sonrisa. La nariz aloja unas pecas diminutas que recuerdan una infancia llena de tratadas. La imagen refleja un rostro transido por las experiencias y, pese a todo, triunfante de optimismo. Lleva un jersey de cuello alto acompañado de una larguísima bufanda de punto que se difumina en el fondo. Su mirada directa hacia la cámara refuerza el halo de sinceridad, como si nada pudiera esconderse en esta imagen y, por lo tanto, ésta no tuviese un antes ni un después.

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Es una chica que, pese a su insultante juventud, parece mayor. Se muestra en escorzo, en una diagonal que va desde su cadera hasta su rostro. Llama la atención su carpeta, abrazada al cuerpo con ambas manos, que recibe una luz privilegiada y en la que aparecen dibujados dos niños pequeños, niño y niña de perfil, ella ofreciéndole una manzana, único objeto en color de la ilustración. La chica es muy mona, con unas facciones muy agradables aunque endurecidas por el baño de color negro de su pelo. Esboza una sonrisa a medias, pero no es una sonrisa forzada. Parece el gesto de una persona inteligente, que sabe ver más allá de la cámara que la enfoca. Lleva un pirsin en la aleta izquierda de la nariz que no resulta demasiado extravagante. Sus ojos son oscuros, almendrados y con un brillo algo apagado por el día, muy nuboso, espeso. Como fondo, unos árboles en la escala multicolor del otoño. Cuando se contempla atentamente, la fotografía produce una sensación extraña, difícil de definir. Se diría que el tiempo, anclado en ella, es mucho más espeso que en las fotografías convencionales. Sin duda, la persona que ha realizado el retrato tiene talento, porque ha sabido acercarse lo justo para no utilizar el zoom y no desvirtuarlo con la mentira de un falso acercamiento. Cuando dejamos de mirar la foto, su mirada nos persigue.

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La imagen es un plano general. Por la luz, parece tomada en los momentos previos al declive del día. En el parque, o paseo, o conjunto ajardinado más o menos salvajemente se pueden apreciar perfectamente las leyes de fuga, con un punto final desdibujado por la distancia. En el tercio superior y entre esas líneas, un hombre. Tiene unos pantalones demasiado anchos, un jersey con las mangas demasiado largas. Todo apunta a la pista de la ropa obtenida en un contenedor, en un centro de caridad. El hombre, al que sólo vemos de espaldas, tiene la espalda ligeramente encorvada. En su mano derecha, arrastra una maleta de cuadros ayudado por una correa. La maleta parece trastabillearse hacia la derecha, casi a punto de zozobrar, pese a que el hombre intenta dominarla con pulso firme. Por lo que nos deja ver la fotografía, el hombre avanza a tientas, en algún punto entre la nada y el infinito.

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La “noche americana”. Para nuestro gusto, el flash que expone en demasía el retrato. Sobre un fondo negro, un hombre y una mujer emulan a la Marilyn Monroe del Play Boy de 1953. El trabajo fotográfico previo parece que ha sido intenso. Se cambia el rojo de la foto original por un negro que hace resaltar los cuerpos con el foco amerillo. La posición de los modelos ha sido estudiada también con el máximo detalle. En lo que sin duda es un efecto deliberado de analogía –o de contraste–, es el hombre el que ocupa la posición exacta de Marilyn. Como decimos, sorprende el cuidado milimétrico de la postura. La mujer hace lo propio a la inversa, en una especie de figura del yin y el yang. El efecto es especialmente fuerte, porque el hombre es muy moreno y su compañera pálida en extremo.

El conjunto sería armónico si no fuese por la depilación de la mujer, que brilla por su ausencia y por la tripa inconmensurable del hombre, que parece reventar. Sin embargo, esto no parece ser óbice para que los modelos se sientan a gusto en su papel. Sin duda, son unos profesionales. La foto carece de cualquier marca o indicio que nos ayude para una explicación ulterior Sólo las iniciales Y. F. A., estampadas en un sello azul al dorso, entresacan el trabajo de su anonimato.

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Son dos niñas más bien pequeñas. De unos cinco años la mayor y tres la menor. Están en una playa, en blanco y negro. En un blanco y negro real, no digitalizado, de cuando las fotografías se revelaban en tamaño casi diminuto y los bordes eran ondulados, como los sellos. No se distingue mucho del fondo: un mar algo picado, con una ola espumosa acercándose a la orilla; una mujer anciana a la derecha, con una falda enrollada en sus piernas y visitando cautelosamente el secreto de las aguas.

La niña que ronda los cinco años está en bañador, un gracioso conjunto de una pieza con un tirante muy estirado y el otro a punto de descolgarse por el hombro. Mantiene muy fija la vista en la cámara. Por el tipo de instantánea, seguro que su padre anda por detrás diciendo alguna tontería mientras se agacha para realizar un buen encuadre. Tiene una mirada triste y el pelo alborotado por los desórdenes del viento, el agua y la sal. La niña pequeña parece su hermanita. Existe un parecido innegable, un corte de cara ligeramente ovalado, una boca con labios muy delgados. Un aire de familia, en definitiva. Esta niña tiene un vestido sin mangas y corto. Su rodilla izquierda está llena de arena, lo mismo que sus pantorrillas. Las manos están alojadas en unos bolsillos diminutos. Para tener estiradas las manos –un rasgo seguro de timidez–, los hombros se mantienen en una postura irreal, demasiado articulados hacia delante y con el cuerpo balanceado hacia la cámara. La niña pequeña mira fijamente a un punto superior y más alejado de la cámara. Parece que se extraña de algo.

Un día de juegos, un día de playa en los alegres días de infancia. Un día que no se recuerda en concreto más que cuando se visita el álbum de fotos un día cualquiera de los restantes momentos de su vida.

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