— Verba Volant

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Abismo

No estás seguro, no sabes si estás bien o mal o regular. Si echas de menos la calle o estás a gusto en casa. Si te gustaría tener más tiempo para ti o no disponer de un minuto, que las tareas te acogotasen el cerebro o que las ideas se desplazasen sin moverse, planas, en todo el sentido de la inercia.

No estás seguro de cómo está el mundo por fuera. Si es apolipsis o colapso, si es centro o periferia, si se acomoda a la norma al descontrol. No conoces remedios infalibles ni para la política ni para la ciencia ni para el bienestar interior. Ni eres consciente de si tu cuerpo es una síncopa o un apócope.

No tienes muy claro qué canción escoger, que película elegir, qué libro dejar a medias y cuál exprimir hasta las ultimas consecuencias. No sabes a quién llamar, a quién acudir, ni siquiera estás muy seguro si quieres contemplar qué es lo que les ocurre a otros o permanecer en la más ignominiosa de las ignorancias.

No sabes si vas o vienes, aunque sabes que no vas a ningún lado ni vienes de ningún sitio. Tampoco sabes si irás o vendrás. Ni hacía dónde, ni cómo. Cuándo no depende de ti.

Y así pasan días y días y días. Y tú no estás ni eres. Ni te manifiestas.

Imagen de Bart.

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Sucedió hace casi una semana ya. Me enteré de la muerte de Carlos Alonso a través de las redes sociales de un modo tristemente progresivo: primero, vi el perfil de la Policía Local de Burgos con un crespón negro. Después, leí mencionado un nombre, Carlos, sin dar más detalles. ¿Cuántos policías locales podían llamarse Carlos? Más adelante, un detalle significativo me hizo temer lo peor: hablaron de la sonrisa de Carlos. Y un poco más tarde, llegó el dato contundente: su vinculación con el mundo del baloncesto.

De este modo me enteré de que Carlos había muerto. En ese estado de confusión y abatimiento, pensé en la última vez que le vi, que es una historia que se cuenta en tres vueltas.

Primera vuelta

Fue el día 19 de diciembre pasado, en el cross del Crucero. Como era frecuente, él era uno de los policías locales encargados de vigilar el recorrido de la prueba, que tenía tres vueltas.

Y allí, mientras corría la primera vuelta, del cross del Crucero, vi a Carlos por primera. Nos saludamos con la mano, dijimos cuatro palabras y, sobre todo, sonreímos.

No hay característica que definiese mejor a Carlos que su sonrisa. Conocí a Carlos, primero, jugando mil y una veces al baloncesto en el patio de El Molinillo, de los jesuitas, que fue durante unos cuantos años embrión espontáneo de vocaciones deportivas y de buenas relaciones humanas. Después, fuimos compañeros en el Gromber, equipo de baloncesto de tercera división (el equivalente aproximado de la actual liga EBA, para entendernos). Tuvimos ocasión de conocernos bien, de charlar largo y tendido. Y de reírnos. Porque Carlos se reía de todo y con todos. Carlos tenía una risa contagiosa para manifestar su alegría y sus penas, de las que siempre sacaba su lado más positivo.

Segunda vuelta

Estaba yo a puntito de llegar a la segunda vuelta y dio la casualidad de que Carlos estaba de espaldas en ese momento. Pero, como por arte de magia, miró de reojo, se giró y me dijo: «Joder, Raúl, qué fino te has quedado, macho». Yo iba con la respiración a mil y le dije alguna tontería con la que, una vez más, nos volvimos a reír.

Con Carlos no experimentabas solamente un momento de risas y sonrisas, sino que te hacía sentirte bien. Después de muchos años de jugar al baloncesto y de vernos de manera rápida y casi fortuita, coincidimos en un gimnasio, en el que ambos hacíamos spinning. Como el trabajaba por turnos, a veces aprovechaba los momentos que tenía por la mañana para darle a los pedales. Y, en los momentos previos a la clase y, después, en la salida y en los vestuarios, retomábamos nuestras conversaciones uniendo lo que ocurrió hace mil años y lo que nos había sucedido antes de ayer por la tarde.

Esos ratitos de charla distendida sobre asuntos ligeros, pero también sobre algunas cosas más personales, ligadas al hoy o al ayer, me reconciliaban con el mundo. Yo, que tiendo a envenenarme por dentro, admiraba mucho esa manera de estar en el mundo, liviano y firme, sometido a la levitación con las más rotundas consecuencias.

Tercera vuelta

En el Cross, estaba ya con ganas de terminar. ¡Qué duro se estaba haciendo el recorrido, cuesta tras cuesta! Llegué a la tercera vuelta. No había mucha gente alrededor esta vez…

Después de no coincidir durante mucho tiempo en el gimnasio, me encontraba con cierta frecuencia a Carlos. Como he dicho, muchas veces en las carreras. Pero también en otras ocasiones, mientras él hacia la ronda a pie con su inseparable Jose Antón. Algunas veces, si la cosa estaba tranquila, podíamos intercambiar unos minutitos en los que resumíamos todo lo que nos sucedía. Era un ponerse al día en cuatro patadas, en brincos de actualidad sobre nuestro presente, aunque es cierto que muchas veces salía la chispa del pasado, con anécdotas que, compartidas, eran todavía más sugerentes y deliciosas. Nunca te despedías de Carlos sin que te diese la sensación de que había merecido la pena cada momento pasado con él.

Como digo, estaba completando ya la vuelta, la tercera. Vi a Carlos y, cuando estuvimos uno a la altura del otro, nos moríamos de risa. Era gracioso ese carrusel del recorrido, con él como eje sobre el que yo corría, ya con muchas ganas de acabar, como decía más arriba.

Nos vimos, nos dijimos esas gracias que nos gastábamos siempre y yo le dije: «Bueno, Carlos, nos vemos en la siguiente».

Y ahora, cuando han pasado unos días, cuando ha pasado ese tiempo de despedida inminente (los antiguos compañeros de baloncesto andábamos por las afueras del tanatorio como almas en pena hasta que, poco a poco, fuimos encontrándonos y dándonos un abrazo), cuando recuerdo las preciosas palabras de su hija, no puedo dejar de imaginarme a Carlos con su risa, con su manera de contemplar el mundo. Aunque ya no vuelva a coincidir con él en ninguna vuelta. De la vida, de una carrera.

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Este es el título que tenía preparado para una entrada que había escrito hace unos días y no lo voy a cambiar porque me gusta y porque (me) desconcierta.

Todo parte de un estar hasta los huevos infinito. En momentos de avalancha, de opiniones sin pausa, de redes sociales que llenan de ruido y de reacciones virulentas, necesito refugiarme.

Ahora mismo, tendría que estar interviniendo en unos foros de mis asignaturas de modalidad virtual, pero me acojo al derecho a cansarme, a dejarme llevar por lo que me apetece. Y, en momentos de saturación, me refugio en las ficciones.

Me cobijo en los mundos que adoro, en los momentos con los que tanto disfruto, en las vidas imaginadas que son reales porque las incorporo, trocito a trocito, a mi manera de concebir el mundo. Y, a diferencia del ruido sin más, estas me aportan paz y desasosiego y tristeza y esperanza en dosis medicinales que me enseñan siempre sin darme lecciones.

Podría hablar de los libros que acabo de leer y el que estoy leyendo, pero no voy a decir que estoy acabando Fran Kiss Stein, de Jeanette Winterson, que juega con la creación de ese monstruo y trata de su creación en el siglo XIX y las maneras de aproximarlo a nuestro momento.

No voy a hacer enumeraciones ni análisis ni nada de nada. Solo voy a decir que me he enamorado en la guerra fría del blanco y negro y el formato cuatro tercios de Cold War. Que he visto el miedo al futuro en Los días que vendrán. Que, en El cuento de las comadrejas, he distinguido a los que saben de la vida y a los que no saben, a los que cazan y a los que son cazados por el humor, por la experiencia, por tener más secretos que nadie. Me he reído y me he sobrecogido con Jojo Rabbit. ¿Qué majadero puede pensar que trata el problema de nazis y de los judíos con poco respeto? Roman Griffin Davis se merece un monumento (mucho más que mi adorada Scarlett) y la película, en general me devuelve esas ganas de pensar en cosas difíciles de manera muy simple. He visto Parasite. Me he pasado la película en pleno debate de ping-pong: se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece-no-se-lo-merece-se-lo-merece. Todavía no tengo un juicio claro, pero sé que, cuando le he dado tantas vueltas a una ficción, suele merecérselo.

Sobre todo, porque pienso en el momento del plan que nunca falla, que consiste exactamente en no tener un plan. Porque la vida no funciona por modelos establecidos previamente. Porque el futuro está basado en la máxima más sabia: «Si no tienes un plan, nada puede salir mal». Lo que significa que la esperanza es ir ajustándote a una realidad de la que no escapas.

Y he acabado, claro, con la risa. La risa que no ríe, la gracia que no existe, el ser humano descompuesto en maquillaje, en colores y en formas que, en el fondo, son tan serias que asustan. Porque la vida del Joker asusta. Entre otras cosas, porque la vida, cuando te la han servido en la bandeja de la precariedad, de la maldad y de la ruindad, sale mal siempre. Y luego hay imbéciles que piensan que nuestras miserias más recónditas son ejemplos para la revuelta, para el descontento en masa.

Me gustan las ficciones que me cuentan, que desgranan y explican lo que siento ahora, cuando tendría que estar escribiendo mensajes en los foros. Cuando tendría que estar en un sinvivir, que me aleja demasiado de mis fantasmas.

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Aunque no me haga ninguna falta para recordarlo, cada 17 de enero salta un aviso en el calendario:

De manera ingenua e infantil, desde las ocho de la mañana, le he ido dando a «Posponer». El aviso salta y salta cada diez minutos y yo me niego a «Cerrar». Nada sirve de consuelo, nada salva la herida profunda, la pena anclada en el pecho.

Desde hace 13 años, los amaneceres del 17 de enero me causan pánico. A medida que avanza el día recuerdo la consciencia perdida, la diálisis interrumpida. La magia solamente salva un momento: cuando, en busca de una habitación libre, hay un tránsito de la planta de Nefrología a la Infantil, único lugar donde quedaba una cama libre. No encuentro lugar más apropiado para el tránsito para una persona con ese espíritu tan especial, travieso, juguetón.

Cuando no hay nada que hacer, solamente queda esperar, sentado en la parte derecha de la cama. Cogiendo una mano que no sé ya si siente. Horrorizado por los pitidos constantes del saturador de oxígeno.

Empezada la tarde, llega el desenlace y nunca he sido capaz de procesarlo bien. Quizás porque esos intensos ojos azules seguían abiertos. Quizás porque, en un momento, aprovechando que estábamos él y yo a solas, me vi obligado a cerrarlos. Para no verlos nunca más.

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Soy el tipo menos hábil del mundo. Escribo sobre mi segundo día de vacaciones eligiendo el momento menos propicio, cuando todo el mundo está de camino hacia algún sitio en el que pasar un rato de langostinos y de turrones, cuando todo el mundo está en esa espera en la que queda con los amigos para apurar una cerveza, un vino, una copa de cava hasta el momento en el que se desplace a esa ingesta de langostinos y turrones.

Hoy ha sido un día raro. He vuelto a realizar esa paradiña nocturna a la que ya estoy acostumbrado para volver a Shameless. Tenía una mañana llena de proyectos, que se han quedado en otro capítulo de Shameless, un tiempo más largo del que deseaba para solventar cosas del trabajo a través del correo y, eso sí, un buen momento de lectura. No había dicho que estoy leyendo Terra alta, de Cercas. Jamás de los jamases había leído a un semifinalista y a un finalista del Planeta de forma consecutiva, pero Vilas y su Alegría se lo merecían y quería volver a Cercas. Tampoco había dicho que, en esa ronda de libros muy vendidos, opté por abandonar el último libro de Dolores Redondo, que me estaba quitando un tiempo precioso que necesitaba para otras cosas. Estoy disfrutando del libro de Cercas por razones que no sean obvias.

Me he sentido muy ridículo yendo al supermercado a comprar unos panecillos. Había largas colas de personas ultimando el acopio de los víveres sin fin de la Nochebuena y yo, al llegar a la caja, estiro la mano con mi bolsita de un panecillo integral y tres panecillos normales para que me lleguen para la comida y para el desayuno de mañana y pasado en forma de tostadas.

Luego, esta vez sí, he ido al gimnasio. Qué a gusto me siento cuando cargo con las pesas al ritmo de la música. Es una rutina sincrónica en la que, a veces, se me va el santo al cielo sin perder el compás pero perdiéndome en mis cosas. Antes he vibrado un rato. No con la vida ni con la música, sino con una máquina que vibra. La utilizo para calentar los músculos, para endurecer las fibras. Luego, cuando llego al vestuario, me miro al espejo, saco músculo y pongo cara de malo. Qué a gusto me siento.

Prescindo de muchas cosas prescindibles que no quiero contar, que no interesan a nadie. Porque ya os he dicho que no me gusta la Navidad y que me pone de muy mala leche. Esto me afecta solo a mí: me parece estupendo que al resto de la humanidad con mayúscula la Navidad les parezca estupenda. Yo paso sigilosamente.

Acabo por hablar de música. Me doy cuenta de que últimamente escucho mucho a Bach. Hace muchos años, era muy de Beethoven. Luego era muy de Mozart. Pero creo que soy de Bach, definitivamente. El azar me ha llevado a una canción de Morat que explica mucho de mi vida. El dedo en el iPad me ha llevado a «Hungry Heart» de Springsteen. Y ahora, que pongo el punto final a esta entrada, escucho «September», de Earth, Wind & Fire.

La imagen es de Nathalie.

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Es esta una tarde con lluvia y sin gimnasio, con letras sin historias. Con demonios y sin balas, con azares sin destinos. Es esta una tarde a la que pronto devora la noche, a la que golpea un viento lleno de gotas y de hojas y de heridas.

Es esta una tarde con fragmentos de recuerdos mal asimilados, de melodías demasiado tristes. Es esta una tarde con esa melancolía que va masticando los minutos, que va rellenando de huecos todo lo que parecían buenas ideas.

Es esta una tarde de rincones sin barrer, de aristas inmensas, una tarde que es guarida de bestias viejas, preparadas para asaltar cualquier rayo de luz entre los coches que deambulan por las calles.

Es esta una tarde llena de opacidades transparentes, repleta de dolor sin saber por qué, de esperanza sin esperar nada. Esta tarde, con letras sin historias.

Con imagen de René Brumoso.

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Bianca entra al museo en el turno de mañana. Son las ocho menos cuarto y va pasando por los controles para empleados que van realizando con cierta desgana sus compañeros de seguridad. Se dirige a los vestuarios para ponerse un uniforme que, desde hace un par de meses, le queda mucho más holgado. En el cuello de la camisa le caben ya dos dedos.

Tres compañeras suyas, entre risas, comentan algo de una cena del día anterior, a la que Bianca no fue. Pese a llevar ya nueve meses como vigilante de sala en los Museos Vaticanos, aún no se ha integrado del todo en las rutinas de ocio de todos los que trabajan allí. Mientras sale junto a ellas, antes de llegar a su puesto, se detiene a hablar con Carlo, que está cerca de ella, también en las salas de arte religioso moderno. Carlo siempre está sonriente, aunque hoy tiene cara de no haber dormido bien, o no haber dormido suficiente.

Carlo y Bianca han charlado mucho sobre sus circunstancias a lo largo de las semanas que han compartido en salas colindantes. Se sienten insignificantes, entre obras maestras fabulosas, pero siempre condicionadas a ser un lugar de paso entre Rafael y Miguel Ángel. La Capilla Sixtina parece el destino al que todo turista se abalanza y la prisa solamente se matiza cuando los miembros del safari turístico en el que se han convertido los museos se detienen ante la sencillez, maestría y, por qué no decirlo, ingenuidad de Rafael. A Bianca le gustó mucho cuando Carlo y ella, al acabar la jornada al poco de empezar, le dijo que Rafael le recordaba a los dibujos de Walt Disney.

Bianca no puede evitar recordar su primer gran trabajo, en la galería de Villa Borghese. Después de acabar los estudios universitarios de Historia del Arte y aterrizar como camarera en una trattoria, siempre había querido trabajar en un museo. Cuando vio que las plazas más codiciadas eran poco accesibles para ella y sus circunstancias, Bianca empezó como vigilante de sala y le pareció el paraíso. Todas las mañanas se enfrentaba a la contemplación y al deleite del rapto de Proserpina. Bianca llegó a conocer cada gesto, cada músculo, cada matiz, sorprendida por cómo conseguía el escultor mostrar la delicadeza del muslo hendido por la mano vigorosa. La galería era, en muchos momentos del día, un remanso de paz, solo revuelta en las horas punta o en los meses de avalancha.

Bianca, empujada por su hermano y sus padres, decidió dar el salto a los Museos Vaticanos pensando que cambiaba de dimensión y categoría. Todo salió bien y quedó por encima de otros aspirantes. Cuando la mujer que se hizo por primera vez de estos museos reunió a todos los vigilantes de sala para contarles su nueva filosofía sobre las exposiciones y las obras, Bianca se contagió de su entusiasmo. Recuerda esa charla con cierta nostalgia, todos los trabajadores vigorizados por la arenga y rematando el acto con un sonoro aplauso.

El primer destino fue la Capilla Sixtina, ni más ni menos. Pero Bianca tuvo pocas oportunidades de dialogar con el genio y las pinturas al fresco. Se sentía ridícula dando palmadas (tanto ruido para exigir silencio) y recordando cada medio segundo que estaba prohibido sacar fotografías. Bianca empezó a notar que la capilla la asfixiaba, la exprimía. Que los turistas manaban por la sala e irrumpían de forma salvaje en la delicada vida del arte para mancillarlo con su interesada indiferencia, con sus voces elevadas, esas que Bianca tenía la obligación de sofocar.

Después de algunos cambios, instalaron a Bianca en la zona de obras contemporáneas. En concreto, Bianca cohabitaba desde hace mucho con el estudio sobre el retrato del papa Inocencio X de Velázquez, de Francis Bacon. El primer día, no pudo evitar quedarse contemplando al papa retratado para dentro, sintiendo, por un lado, un profundo rechazo y, por otro, una extraña sintonía. Fue un ritual que seguía nada más entrar a la sala.

Después, llegó al vacío. Sin apenas percibirlo, Bianca fue asimilando todas las rutinas. Conoce al dedillo el número de pasos que hay desde su silla hasta la pared del fondo. Hace apuestas sobre sí misma sobre el visitante que se detendrá delante de alguno de los cuadros de la sala y, normalmente, no se equivoca. Contempla los mohínes de extrañeza, de rechazo incluso, que a algunos les provoca la obra de Bacon. Ve cómo farfullan críticas a ese retrato hondo, tan modernamente realista y la indiferencia o el desconocimiento de muchos ante las diferentes gradaciones de lo bello.

Bianca pasó a fijarse en cómo iban vestidos los turistas, cargados de libros, audioguías y planos. O, simplemente, libres de toda carga, ligeros en ese camino que conduce a ninguna parte o a todos los sitios. No puede reprimir inventar historias sobre las vidas de todos los transeúntes, como la historia que, adornada mil veces, se ha convertido en un clásico de las conversaciones entre amigos, la de la señora que acude cada martes por la mañana, contempla y siente el silencio del cuadro de Bacon y llora cada vez que se marcha.

Hace un par de semanas, llegó el momento más triste para Bianca. Se dirigió hacia su puesto, en la silla junto a la ventana, sin alzar ni una sola vez la vista para disfrutar de lo que tanto ama. El tiempo ya no pasa girando sobre las obras de arte, sino sobre el cómputo de mujeres sin pendientes, de hombres con cazadora gris o de ancianos con bastón.

De tanto vigilar que no suceda nada, Bianca ha acabado por vaciar su existencia. En su trabajo y en su vida, ha pasado de sentir placer a sentir nervios, y de sentir nervios a sentir miedo. El miedo que ahora le atenaza la garganta cuando, al acabar la jornada, le entran ganas de llorar.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

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La historia de hoy es una de las primeras que tenía en la cabeza por motivos que vais a comprender muy pronto, pero también es una de las entradas que más me costaba escribir por motivos fáciles de entender. Es la historia de Blanca. Es una historia dura. Y no puede comenzar más que de modo abrupto.

Blanca cruzaba un paso de peatones tranquilamente. Atravesó el primer tramo de la calle sin dificultades, dejando los coches detenidos a la izquierda. Miró a la derecha y vio que un vehículo se detenía para dejarla pasar y dio los primeros pasos para completar el cruce. Un hijo de la gran puta, que no vio a Blanca (precisamente por el coche que le dejaba pasar), la atropelló. Se trataba, sin duda, de una de esas personas que van por la vida sin prisa y sin precaución, que no piensan en que siempre puede haber alguien que pague las consecuencias de tu imprudencia, tu temeridad y tu estulticia. Blanca sufrió un accidente terrible. Fue conducida al hospital y permaneció en coma durante varios días.

Echemos ahora la vista atrás. Blanca llegaba al instituto procedente de otro colegio. Se incorporaba a 1.º de bachillerato. Al pasar la lista, dije su nombre. Y la llamé Blanqui. «Blanca, me dijo ella». «Vale, Blanqui, estupendo», dije yo. Era una chica alegre y encantadora. Siempre tenía una sonrisa dibujando su boca, siempre miraba las cosas de manera positiva. Tenía una forma de ser que encandilaba a todo el mundo. Se hacía querer. Yo le gastaba muchas bromas y ella me las devolvía con una gracia infinita. Todos sus compañeros la adoraban y vivimos con ella unos momentos formidables. En los pasillos, le gustaba preguntarme qué tipo de música estaba escuchando esa semana. Y hablábamos un poco de nuestros gustos, de nuestras concordancias y de nuestras sintonías, de nuestras moderneces y mi gusto extravagante que aunaba lo tradicional y la música electrónica. Lo último que escuchó Blanca antes del accidente, antes de que su vida cambiase para siempre, fue la melodía en sus auriculares.

Como decía, Blanca permaneció en la UCI en coma durante varios días. En uno de esos momentos cercanos al accidente, hablé con la familia para ver si podía ayudar en algo. Y me dijeron que podía ir a verla. Llegué al hospital y tuve que enfrentarme a mis miedos más profundos. Solamente había entrado en la Unidad de Cuidados Intensivos unos años atrás, cuando mi padre estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante mucho tiempo. Pasé allí unos momentos muy duros y recuerdo estremecido la sensación que tenía cuando me iba acercando por el semicírculo de la sala (ahora era una distinta) hasta llegar a mi padre entubado. Por aquel entonces, solo se le podía ver a través de unos cristales. En el vestíbulo previo a la UCI se veía ya el cariño que desprendía Blanca. Había algunos compañeros suyos haciendo guardia, mostrando su fidelidad y su aprecio. Sabían que no podían verla, pero querían permanecer cerca. En sus caras de dolor se traducían mil y un sentimientos. Vi a sus padres, destrozados pero íntegros. En su inmenso sufrimiento, siempre hubo palabras para la esperanza. Me puse la bata, las calzas y todo lo demás y pasé a ver a Blanca. Permanecía conectada a miles de aparatos que emitían extraños sonidos. Le cogí las manos y le hablé cuatro palabras. Las máquinas detectaron su reacción. Blanca había escuchado mi voz y había reaccionado.

Esta historia es de Blanca y no mía, que quede claro. Y yo aquí no tengo ningún protagonismo ni quiero tenerlo. Naturalmente, me hace una ilusión especial que mi voz (que no fue la única, luego hubo otras) sirviese para conectar a Blanqui con el mundo. Lo que saco de esta parte de la historia es la conexión que podemos tener con nuestros alumnos, que va mucho más allá de todo hasta que llega lo auténticamente importante.

Blanca salió del coma, pero tardó en hablar. Poco a poco, con mucho esfuerzo y constancia, pasó a una silla de ruedas. Un día, pasado un tiempo, nos hizo una visita al instituto y, entre las palabras que apenas esbozaba, ya soltó una de sus gracias. Me reí a carcajadas, le di un beso y aguanté mis ganas de llorar hasta que me quedé solo.

Poco a poco, Blanca ha ido mejorando. Muy poco a poco. Tiene unos padres entregados que nunca se han rendido. Y Blanca ha ido consiguiendo conquistas maravillosas gracias a su esfuerzo. Ahora habla muy bien, se ha atiborrado a hacer pasatiempos como sopas de letras para mantener la mente ejercitada. Y se maneja con WhatsApp estupendamente para comunicarse con todos los que la queremos. Va a la piscina casi a diario para hacer sus ejercicios. Ahora, con mucha perseverancia, ha logrado ponerse en pie para empezar a conquistar el mundo de nuevo dando unos pocos pasos. Me envía algún vídeo con sus progresos y yo solo puedo sentir admiración por su fuerza de voluntad y por su valentía.

Iba a acabar esta entrada acordándome de dónde estará el hijo de puta que causó esta desgracia, pero no procede que le concedamos más que dos segundos de nuestro tiempo. Es hora de pensar en Blanca, en su dulzura, en su gracia inmensa. Que no es pasado, sino presente. Un presente cargado de proyectos, de ilusiones y de un futuro que se consigue paso a paso.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de John Fraissinet.

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No me gustaría hacer de estas entradas una loa complaciente para todos aquellos que fueron o son sus protagonistas legítimos, autocomplaciente para mí. La enseñanza, con todo lo que supone convivir con personas jóvenes o adolescentes, tiene cientos de vertientes maravillosas, pero no es tampoco perfecta. Muchas veces falla por los profesores, por los alumnos, por las familias, por un sistema anquilosado. Me atrevería a decir que también, quizás, por el azar o por la casualidad. En definitiva, en el oficio de enseñar y formar a personas hay muchísimas cosas cosas que se nos escapan, a veces muchas más de las que tenemos controladas, asentadas.

Por esa razón, me ha venido a la cabeza hoy la historia de un chico del que ni siquiera recuerdo el nombre. Por mis aulas, en casi treinta años, han pasado miles de alumnos y es imposible guardar memoria de todos y cada uno de ellos, con sus nombres, caras y apellidos. Pero, aunque reconozco y veo ahora la cara de este chico, no soy capaz de saber cómo se llamaba. Y, por lo que adivinaréis muy pronto, hablar en esta historia de un chico sin nombre será especialmente significativo.

Le di clase de Educación Física un año y ni siquiera me acuerdo de si era buen o mal alumno. Le di clase de Filosofía en 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) y no recuerdo ninguna cosa relevante de él. Ninguna intervención en clase. Ninguna pregunta realizada o respondida. Ningún comportamiento fuera de lo normal. Ni siquiera recuerdo un comportamiento normal. Solo me viene a la memoria que se sentaba en clase y pasaba desapercibido y transparente hasta que llegaba la siguiente. Sí recuerdo sus notas, pero no sus exámenes. Sacaba siempre un notable alto, notas cercanas al ocho, lo que evidenciaba que tenía una capacidad para razonar y expresar muy bien lo que pensaba (de eso se trataba, a fin de cuentas, en Filosofía). Pero no recuerdo ninguna cosa que dejase escrita y a la que yo hubiese dado una relevancia especial. En suma, lo hubiese tenido por buen alumno si hubiese pensado más en él.

Ahí acabó mi historia con ese chico del que no recuerdo el nombre. Pasó luego por COU, pero yo no le di clase. Y fue luego a la Escuela Politécnica para hacer una de las que se denominaban entonces ingenierías técnicas, que se hacían en tres años. Creo que fue Ingeniaría Técnica Industrial, pero no estoy seguro, de eso me enteré más tarde.

Al parecer, el chico del que no recuerdo el nombre, estando en tercero, suspendió una asignatura por primera vez en su vida. Es preciso señalar que estas carreras eran bastante difíciles y no era frecuente que los alumnos las aprobasen a la primera y de un tirón. Se presentó en septiembre y la volvió a suspender. No estaba preparado para el fracaso y entró en un bucle de melancolía. Sus padres lograron con gran alivio que aceptase ir al pueblo durante el fin de semana para intentar olvidarse de todo. Un día, cuando la tarde empezaba a avanzar de forma inexorable, le dijo a su abuela que le hiciese una tortilla de patatas para cenar. Salió de casa. Fue a la orilla del río y, al parecer, se ató una piedra al cuerpo con una cuerda que había cogido en casa. Se tiró al río. Y desapareció de las vidas de todos, de su vida misma.

Puede pensarse que esta historia me toca solamente de modo marginal, pero, cuando nos enteramos en el instituto de la noticia en las primeras reuniones del curso, me afectó profundamente. Me pregunté cuántas vidas pasarían por la mía de puntillas siendo profesor. Cuántos pequeños (o grandes) detalles ignoro e ignoraré. Cuántas congojas, problemas o frustraciones pueden pasar por la vida de esos chicos sin que les demos importancia, sin que les prestemos atención. Cuántas personas han pasado por mi lado sin ser muy consciente de que hay algo mucho más profundo, mucho más hondo, que los circunda y, en ocasiones, les agobia, les ata hasta que se hunden. Puede que todo lo que le pasaba al chico fuese, simplemente inescrutable. Ni siquiera sabemos los detalles y los matices de lo que es, para mí, una vida ignorada. Pero el hecho de no haber sabido nada de él, de no haberle reconocido, el hecho de que ni siquiera recuerde su nombre es muy significativo.

Al encontrarme con algún exalumno de aquellos años por la calle, cuando me preguntan si me acuerdo de él, me pongo muy contento cuando veo esa cara, por la que han transcurrido los años y las experiencias, y me viene a la mente un nombre, un apellido, alguna evidencia de que, un día, estuvo conmigo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hefin Owen.


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Pese a haber pasado lustros, recuerdo ese día como si fuese hoy. Estábamos en clase de Literatura en 2.º de BUP (equivalente a 4.º de la ESO) y creo no engañarme si en el aula reinaba una calma extraña y premonitoria. Andaba yo enredado en la explicación de los aspectos formales y métricos de la poesía del siglo XIV, antes de entrar en harina y leer las Coplas de Jorge Manrique y comentarlas. Estaba acabando ya esos preliminares cuando llamaron a la puerta de la clase. El conserje entró y pregunto: «¿Fernando Rodríguez?». En ese momento, ese silencio extraño se tensó hasta el infinito y Fernando (todos le llamábamos Fer), que estaba hacia la mitad de la fila que yo tenía a la izquierda, soltó un «¡Joder!», se levantó, recogió el libro y el cuaderno y puso rumbo al pasillo y siguió al conserje hasta que los perdí de vista al doblar la esquina.

Todos sabíamos lo que significaba ese «¿Fernando Rodríguez»» y ese «Joder». El padre de Fer estaba muy enfermo y se temía lo peor desde hace días. El momento había llegado y el respeto y el cariño que todos teníamos por el chaval nos hizo mantener unos segundos la clase en vilo, callada y estupefacta. Yo, que era el responsable natural de la clase, era el que tenía que dar el paso. Me recompuse en la silla y dije algo así como que el mejor homenaje que podíamos dar a Fer y a su padre era seguir con la clase. Eso fue lo mejor que se me ocurrió para salir del trance. Carraspeé, continué con una serie de vaguedades rápidas e inconexas sobre los ejes temáticos de las Coplas y llegaba el momento de empezar con la lectura. No quería dejar la responsabilidad de pasar por aquel trago a ninguno de sus compañeros y comencé con el «Recuerde el alma dormida». No pasé del «Cómo se viene la muerte / tan callando». Ahí tendría que haber parado la lectura para hablar de ese encabalgamiento tan magistral y significativo, pero me detuve porque no podía contener las lágrimas. Se me escapó un «Que le den por culo, este año no se leen las Coplas de Jorge Manrique» y pasamos a otros textos más livianos que nos liberaron de la congoja.

Cuando he contado esta anécdota, algunos listos me han dicho, a lo largo de los años, que hombre, pues qué mejor momento; que vaya, pero cómo va irse una clase sin ver a Manrique; que jolín, qué pena, qué angustia, podías haber dejado que lo leyera un compañero; que bueno, pues haber continuado cuando Fer volviese a clase pasados esos días. Pero yo no me arrepiento ni un solo minuto de haber dejado que el genial Jorge Manrique se escapase esa clase, ese año, de las vidas de esos chicos de 16 años, de esos compañeros y amigos que habían asistido al anuncio de la noticia fatal para su amigo.

No es difícil imaginar que siempre he tenido un aprecio especial por Fer. Tengo que contar otras historias de Fer y de sus compañeros, hasta llegar al día, muchos años después, en el que, entre compañeros, unas chuletillas y un poco de vino, hablamos de literatura. Otra vez. Pero eso tendrá que esperar para otro momento, en otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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