— Verba Volant

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Abismo

Estamos rodeados del mierda. Hasta el cuello y subiendo peligrosamente, en avance lento pero implacable, hacia la comisura de los labios.

Estamos rodeados de mierda por todas partes y en todos los sentidos. Por donde quiera que uno mire, se acerca una avalancha de mierda dispuesta a inquietarnos. Como esas mareas crecientes que ocurren cuando uno pasea por la playa: caminamos confiados, pero, a veces, el mar puede más que nosotros y la ola, inexorablemente, se acerca para derribarnos.

Miramos hacia abajo y vemos mierda. Hacia arriba, cae mierda de las galerías celestiales. Mierda a diestro y siniestro, para dar y regalar. En ocasiones, hay tanta mierda que daría para repartir con gusto, en un alarde de bondad exquisita y armonía universal. Estamos tan rodeados de mierda que podríamos pensar que la hierba es marrón y marrones los cielos, marrón el aliento de la vida. Pero no.

A día de hoy, me consuela que la piel no sea tan permeable como para que la inmundicia penetre y llegue a los órganos vitales. Y el entrenamiento pertinaz nos enseña a cerrar bien la boca, a contener la respiración lo suficiente para que lleguen momentos espléndidos en los que podamos respirar a pulmón abierto. El azul del cielo gana al marrón por goleada y el color avellana de nuestras miradas es mucho más que un modo de ver: es una manera de estar en un mundo compartido, pero único. Intransferible. El olor fresco y dulce de una vida desgajada en momentos vale más  que toda la porquería rociada por el mundo. Y cuando parece que todo será un desagüe que desembocará en un río que desembocará en un mar, el tiempo se congela en cristales perfectos e infinitos. Y su reflejo vale más que un todo que, como sabe quien sabe, es mucho menos que la suma de las partes.

(Imagen de Brandon Warren).

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Estoy escuchando “Forever Young” de Alphaville y me llama la atención aquello de que “The music is for the sad men”. La música es para personas tristes. La música puede ser para todo, para todos, pero a mí no hay nada que me guste más que escuchar canciones tristes. Me llenan de vacíos, horadan mi plenitud y socavan plácidamente la poca autoestima que me queda en el bolsillo, aquel que se va descosiendo poco a poco cuando tiras de un hilo.

Cuánto tiempo sin escuchar esta canción. Cuánto tiempo para llegar a las contradicciones. En 1984 yo quería ser joven para siempre, pero no sabía nada de lo rápido que pasa la eternidad. No era consciente de que tenía que haber aprovechado para bailar hasta que no me quedasen fuerzas. En tiempos en los que la disyuntiva era morir joven o ser eterno. Épocas en los que se vivía con el impulso de no tener nada por delante. Cuando saltabas, llegabas a la luna.

Pasa un día, una semana, un año y, sin querer, llegas a otro extremo de la vida. La eternidad es ver pasar los días y sobrevivir entre cargas, pesos infinitos. Pensar en la agilidad con la que subes las escaleras, con la que corres y con la que vives… y no darte cuenta de la trampa: antes la agilidad venía de serie, igual que la sonrisa o la lágrima trágica que era sincera pero cándida.

Estoy escuchando a Alphaville y me doy cuenta de todo por lo que he pasado para querer seguir siempre joven de modo eterno. Y conformarme con que me quiten lo poco que he bailado.

 

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DJ, by Catrin Austin

Todo va bien cuando no piensas. Mejor no raspar mucho: ¡nada de espátulas! Te dejas llevar, cierras los ojos y pasas por la vida de puntillas, no vayas a dejar una huella demasiado profunda, identificable (indeleble, qué palabra). Aplastas el tedio por la vuelta de la esquina sin levantarte demasiado, sin esforzarte tampoco en dormir, esa bendita posición horizontal. Te limitas a respirar (no demasiado fuerte, intentando no sentir que te puedes ahogar, por fin). Toda va bien cuando te aíslas y no piensas más que en sentir las cosas por encima, resbalando por la rutina: la crueldad de un cielo siempre nublado, tempestuoso. Caminas hacia el terreno conocido, con una precisión digna del maldito GPS, que impide tu tendencia natural al extravío.

Pero hay días. Otras noches en las que todo se derrumba. Un atisbo de lucidez, un quicio de ternura, un encuentro, un giro, un autorreconocimiento en la ronda de sospechosos en la que tú eres el único, mil veces repetido. Entonces, solo entonces, encuentras la salvación. Allí, en la música disco.

Como música de fondo, por supuesto, “Last Night a DJ Saved My Live”, la historia del DJ que tantas veces me ha salvado (en todas sus versiones). Con imagen de Catrin Austin.

 

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Leviathan #whale

Todo el mundo sabe ya que los libros de autoayuda tienen utilidad para una sola persona: su autor, que a consta de escribir una serie de obviedades y simplificaciones con un hilo narrativo atrayente y facilón para un público ávido y poco exigente, puede tener la suerte de acumular un buen dinerito y favorecer su contratación de charlas y la aparición en medios de comunicación para contar su fórmula del éxito, o de la felicidad o del vaya usted a saber qué.

Sin embargo, cada vez que pienso en un consejo sabio, certero y lleno de verdad, me acuerdo del inicio de Moby Dick. Después del famoso “Llamadme Ismael”, Melville, a través de su narrador, escribe:

Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda.

Así que ya sabéis, amigos navegantes. Cuando vuestra alma se inunde de noviembres y de lluvias, cada vez que penséis que estáis muertos en vida, cada vez que todo vuestro ser se inunde de suspicacias e impulsividades, pensad en Ismael y haceos a la mar lo antes posible. Lo malo es que Ismael sabía perfectamente cuál era el mar que necesitaba. Vosotros tendréis que descubrirlo, ahora que todavía estáis a tiempo.

(Imagen de Christopher Michel)

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Querido diario:

Te escribo hoy, 7 de enero de 2016, tras mucho tiempo de ausencia. Y lo hago más por lo que quiero callar que por lo que que quede reflejado en estas líneas. Es muy difícil –todo un acto de injusticia– establecer nuestra existencia como una balanza en la que pesas circunstancias vitales de las que ignoras casi todo, sobre todo cuando alguien ya ha elegido por ti el lado más cruel de tu destino. Conoces la ya frecuente dificultad que tengo para dormir. Empiezo la lucha aferrándome al edredón y sintiendo una amargura que me acompaña en los primeros sueños. Luego, de repente, abro los ojos entre la pesadilla, con ese dolor extraño que no consigo localizar porque me temo que pertenece a un lugar recóndito que se llama alma. Me entristece que haya tenido que empezar a sentir ese dolor como algo familiar, que parece que me acompaña a donde quiera que vaya. Conozco la sensación y reconozco que me da mucho miedo. Mientras tanto, los días pasan y no me dicen nada. Todo es una monotonía tremenda que me lleva siempre a lo mismo. A la ausencia y a sentirme a gusto entre esas tardes frías y lluviosas que tanto se parecen a lo que soy. A veces me pregunto si hay en todo esto algo de autocomplacencia algo de pose de hombre maldito, pero creo que es una sensación que refleja perfectamente algo que ya no es cómo me siento, sino lo que soy.

No puedo escribir más, compréndeme. No eres el tipo de diario que tiene una cerradura en forma de corazón. Y, si lo fueses, la llave que lo abre no es más que una manera cruel de hurgar en una herida que ya es eterna.

(La imagen es de Alonis)

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Lobby

Hoy estaba muy cansado. Me he pasado la noche viajando en ómnibus desde una ciudad cercana a los Andes a una ciudad más grande, jesuítica. Tras tomar –coger nunca nunca– el taxi, he llegado al hotel. Pese a ser muy temprano, me han dejado entrar en la habitación antes de la hora habitual. El recepcionista era un hombre grande. En el momento de entrar en la recepción, tenía en las manos un celular que le quedaba chiquito entre unas manos que lo amenazaban como un juguete.

He llegado a la habitación, me he desprendido de toda mi ropa, que ha quedado en el piso abandonada por las horas de traslados, de sudores breves. Me he metido bajo la ducha aliviado, poniendo de forma progresiva el agua un poquito más caliente de lo normal y luego un poco más. El agua me ha devuelto a la vida. Llegaba el momento de la limpieza: he cogido el sobrecito del champú y he intentado abrirlo. Imposible. He intentado buscar una fecha indicadora, una hendidura breve, un resquicio para la rotura. Al final, he tenido que coger la pastilla de jabón. La he pasado por el pelo, he disuelto el jabón en las manos pero, al llegar al aclarado, he certificado que todo intento había sido inútil.

Al vestirme, he pasado por recepción para explicarle al recepcionista mi problema (en otras ocasiones, suelo llevar un cortaúñas en el neceser, pero esta vez tenía que pasar todo como equipaje de mano y no sabía si lo iban a considerar un objeto cortante y peligroso). Le he explicado el problema y el recepcionista, habitualmente serio, se ha muerto de risa. “Pero mirá, qué tontería, solo tenés que hacer así”. Y coge uno de los sobres de champú con dedos regordetes y lo gira sobre su eje. “Et voilà”. Yo no me he atrevido a decir ni voilà ni chorras, que lo he intentado de todas las maneras, casi hasta por implosión.

Pero me ha hecho gracia el tipo. Me he quedado en el mostrador un rato, platicando. En un momentito, ha abierto la boca. Y ha dicho: Perdoná, estoy fatigado. ¿Toda la noche en laburando, le pregunto yo? Y el dice: Sí, toda la tarde. ¿Y a qué hora acabas? Ya mismo. Pués descansá, le digo yo. Últimamente realizo una extra mezcla entre el acento y la gramática local y la rudeza de mi vocabulario y mi estilo. Extraño. Muy extraño, piensan casi todos.

Me quedo sentado en el sofá del vestíbulo y, al cabo de cinco minutos, veo al recepcionista que sale de una puertecita lateral. Lleva los mismos pantalones formales, negros, pero ha cambiado su camisa blanca, elegante, por una remera de un gris avejentado de los Ramones. Tras pasar unos segundos de que haya salido de la puerta del hotel, me levanto y miro hacia la izquierda. Está a media cuadra. Camina con un brío descoordinado, a grandes zancadas, pero demasiado arqueado. No sé por qué, dedico seguirlo.

Intento mantener una distancia prudente. Él sigue por la avenida hasta llegar a la perpendicular más grande, 27 de abril. Intento retener el nombre, pero me preocupa porque por acá hay que conocer la historia para reconocer las calles. Porque ingenuamente, te quedas con el dato aproximado y luego te topas con la 25 de mayo. Y la 9 de julio. Y la has liado.

En fin: gira la segunda a la derecha. Yo tardo todavía más de treinta segundos en llegar. Miro y no le veo (no consigo eliminar mi leísmo, es acérrimo). Nada, imposible. Abandonando toda esperanza, decido abandonar. Camino más despacio cuando veo una terraza a nuestro hombre. Está sentado, las piernas muy abiertas, casi repantingado. Una camarera jovencita le está preguntando y él dice: Una Quilmes de cañón, gracias. Enseguida, señor, le dice ella. Retrocedo hasta la sombra de un árbol, sintiendo la imbecilidad inocente del niño de dos años que se esconde detrás de un babero. Pero la distancia, parece es suficiente. Saco el móvil y disimulo.

Llega la camarera con un vaso de cerveza enorme. El recepcionista ha dado un trago inmenso y se ha ventilado casi medio vaso. Ha dejado el vaso con cierta rudeza y, poco después de tragar, parece que la cerveza le ha producido una devolución en forma de gas, breve pero intensa. El recepcionista ha levantado un poco la cara, poniendo los ojos un poco más allá de la línea del horizonte. Ha cogido el vaso con esa mano inmensa y ha rematado todo lo que quedaba. Me cobrás, le ha dicho. Sí, claro. Cuarenta y dos pesos. Toma cincuenta y quedate con el cambio. Gracias. Chao.

Nuestro hombre se ha levantado. El empedrado de la calle le ha echado un poco para atrás, casi se cae. Esta vez, le he dado mucha más ventaja. Sé que me lo preguntaréis, así que os lo digo. ¿Que por qué lo he hecho? No lo sé. ¿Tenía miedo de ser descubierto? Sí. Y, más que miedo, tenía pánico a hacer el ridículo y terror a lo que pensaría de mí el recepcionista. Si me tomaría por un chalado. Si se pondría violento y me arrearía una bofetada que me dejaría tumbado.

Pero la curiosidad ha sido más poderosa. He vuelto a emprender el camino. El recepcionista ha entrado una confitería y ha comprado unos pastelitos. No sé como se llaman. Hace dos días compré unos parecidos, pero no me atreví a preguntar. Tres de esos, dije. La dependienta me puso tres, pero yo no dije nada.

Yo esperaba mirando el escaparate de una ferretería. Qué cara era la llave. Aquí tiene que ser imposible ser plomero. El recepcionista sale y yo le sigo. Al poco, se detiene en seco en una de las pocas calles por las que no pasaba nadie. Estamos muy lejos ya de nuestro lugar de partida Mira a un lado y a otro. Y, al poco rato, anda otros diez pasos y se mete en un hueco para mí todavía ignoto. Espero un rato prudente. Me acero de forma prudente, al llegar a la altura de la desaparición, leo un letrero que pone hotel. Y, tras el cristal, al fondo, veo a nuestro hombre. Se está ajustando el penúltimo botón de una camisa blanca.

La casualidad ha hecho que la música en modo aleatorio sonase “Leonel, el feo”, de Bajofondo. La imagen es de Dystopos.

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Así es tu vida, por Raúl Urbina

Caminaba rápido, yendo de un lugar a otro en el trabajo. Miro a la izquierda y me encuentro tu mensaje. Primero restándole importancia: un grafiti, sin más. Luego, más sosegado, me paro y hago una fotografía con el móvil. Me pregunto si esta afirmación se dirige a cualquiera que lea la sentencia. Después me enfado porque personalizo: ¿y tú cómo sabes algo es mi vida? Y pienso que su vida será un mierda. Imbécil. Quién es alguien para meterse en la vida de los demás, sobre todo si no me conoce personalmente. Sigo parado, mirando y mirando, leyendo y leyendo. Y paso a preguntarme si mi vida es una mierda. Si pienso que mi vida es una mierda, si no pienso que lo sea, pero los demás que me conocen sí. La indignación da paso a la tristeza. Sigo caminando, pensando que sí, amigo, que tienes razón… y yo no lo sabía

La imagen, tomada muy cerca de mi Facultad, pertenece a mi galería de Flickr.

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"Cruce de cables", por Raúl Urbina

María ha pasado una mala noche. Se despertó de forma súbita en medio de la oscura calma. Con los ojos cegados de legañas, abre el frigorífico y bebe con calma medio vaso de agua. Ese frío repentino espabila aún más a María, que se queda sentada todavía un rato en la cocina. Cuando parece más tranquila, María vuelve a la cama, se acuesta y cierra los ojos con demasiada fuerza, con una persistencia que, justamente, tiene el efecto contrario. María nota rebotar su corazón contra las sábanas y nota que su respiración, que intenta ser profunda, se acelera.

María cierra los ojos todavía con más fuerza y nota que, tras la desesperación, brota la rabia. Se incorpora, recoge las almohadas para ponerlas en la espalda y apoya la espalda contra el cabecero de la cama. Con los ojos abiertos en medio de la oscuridad, María piensa que todos los momentos de felicidad eran aparentes, que su estrategia para evadir los problemas ha fracasado. Sacar todas sus preocupaciones intentando dejarlas en una esquina conseguía tranquilizarla, pero María sabe que también ha creado un vacío irreparable. La comedia de su vida ha durado demasiado y ahora llega la realidad, que casi nunca ha sido mágica para María.

Pasan las horas y se percibe ya una luz ligera que vaticina la mañana. María sabe que el miedo ha vuelto de su destierro, quizá para no marcharse nunca más.

(La fotografía pertenece a mi galería de Flickr. Esta entrada es el fragmento número 48 de la serie Fragmentos para una teoría del caos)

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Hate & Anger, by Timothy Vogel

Hoy me he puesto a hacer todo tipo de test de forma compulsiva. Aunque veo en ellos más un pasatiempo que cualquier atisbo de verdad científica, he leído algunas de las conclusiones y he percibido entre líneas algunas cosas que me han dado miedo.

Por ejemplo, me dicen que yo no soy yo, que soy capaz de poner cara de circunstancias con mucho esfuerzo y por agradar a los demás, pero que cada vez me cuesta más soportar esa carga de apariencia. Me dicen que acabo por caer prisionero de mi propia imagen. Que debería tener el derecho de enfadarme y, por qué no, de cogerle el gusto a la disconformidad y a la disidencia, que es mi estado natural (pero interior).

Y otras pruebas me descubren un síndrome que padezco, que en francés (la locura es que todos estos test me ha dado por hacerlos en esta bella lengua) se llama “syndrome de la cocotte-minute” (la olla a presión de toda la vida), ese en el que aguantas, aguantas y aguantas y en un segundo, explotas con toda tu ira. Sí ese síndrome tan ineficaz que a ti genera luego culpabilidad, que crea tan mal rollo… y que no solucionada nada.

(Imagen de Timothy Vogel)

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