Por Raúl, hace 26 días

Sincera-mente

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Los días pesan como losas y las noches se abalanzan como demonios. La mente se embota con una fecha de caducidad ya caducada, mientras el cuerpo sufre un anquilosamiento por un peso mayor que el de los años, por un peso más severo que el de una gravedad demasiado grave. Hoy pienso lo que pensaba y en lo que me reafirmo. La vida produce demasiado sufrimiento.

Me he intentado engañar  contagiando una sonrisa a mi alrededor. Me ha intentado sostener extendiendo los brazos y abriendo las manos para ser más estable. He intentado respirar hondo mil y una veces, con la cara mirando hacia lo alto. Pero la vida produce sufrimiento.

He procurado fijarme en las cosas bellas. He intentado buscar las pequeñas esencias y delicias del Universo. He tentado los pequeños retazos de vapores positivos. La vida, sin embargo, produce demasiado sufrimiento.

He buscado la justicia divina y la de los hombres. Me he dicho a mí mismo que no existe el miedo. Y me han dicho muchas veces que tenía que mantenerme en pie, pero todavía no me han enseñado cómo se consigue. Me han dado argumentos racionales para referirse a las emociones. Han esgrimido sentimientos cuando debían convencer a la parte demasiado racional de mi cerebro. La vida, no le demos más vueltas, produce sufrimiento extremo.

He intentado llorar, mirar mi lado íntimo, buscar refugio entre las sombras. He intentado cobijarme de una tormenta que nunca cesa. Me siento solo hasta sentir dolor físico y no me consuela la soledad del resto de mis congéneres. Me siento tan vacío como lo pueda estar la nada en su negligente negritud. Me siento romántico en el más estricto sentido del término y también en el más dramático.

El ánimo se me cae a pedazos de una enfermedad que no puede ser sino la lepra de los sentimientos. No puedo dar un paso más y el abismo se me echa encima con una rotundidad que asusta. No es la primera vez que veo la muerte mirándome a los ojos. En el espejo de la consciencia, la veía con un color de ojos que no era el mío. La veía diluida en un contorno que no se me asemejaba. Se peinaba con un aspecto que me resultaba extraño. Sin embargo, ahora que compruebo que la vida produce sufrimiento sumo, veo a la muerte dibujarse y adaptarse extrañamente a mi silueta, la veo desde fuera y la veo ajustarse poco a poco en todos mis contornos.

Decían que la vida es bella. Eso aparecía en una película en la que, sobreviviendo en un juego demasiado serio, se ganaban puntos y se daban los buenos días con formas recurrentes, casuales, casi mágicas. Pero la vida es obtusa, cruel y puta. Cuando se empeña a perseguirte, lo hace hasta cortarte el aliento. Cuando se empeña en joderte, lo hace hasta que ya no puedes gritar «Basta». Te enmudece con su mierda disfrazada de belleza.

Cuando caes y no te levantas, cuando después de caer descubres que el suelo es sólo una repisa más que conduce al sótano de lo hondo, cuando después de seguir cayendo no llegas a ver el fondo, descubres un abismo demasiado negro para ser cierto. La vida cansa y no me sostengo. La vida aprieta y ahoga, sin más pan bajo el brazo que el de la desesperación.

Pese a los intentos vanos, veo mi vida cerrada a cal y canto con un fin que cae en el abismo, en el choque violento, en la ingesta que conduzca a un sueño con el que no despierte. Lo peor de la vida es que, pese a los poetas, no es metáfora de nada. Ni es vehículo, ni tránsito.

Cada día intento insuflarme fuerzas, pero el aliento se acaba. No veo el momento de ver el final y las despedidas son siempre tristes. La vida es una broma en una fiesta a la que no nos invitaron. Y no tiene ni puta gracia.

(Imagen de Dalibor Levícek.)

Por Raúl, hace 1 mes y 4 días

Algún rincón del cielo

Torres

Y alzas la vista. Y lo ves todo demasiado alto. E intentas extender la mano y la perspectiva te engaña, haciéndote creer que puedes alcanzar algún rincón del cielo. Y el cristal te ciega. Y comprendes que la verticalidad es ontológica y la horizontalidad es existencial. Y comprendes que no cabes en el mundo ni lo a lo alto ni a lo ancho porque te queda demasiado grande, porque te queda demasiado estrecho. Y la belleza te ciega y la fealdad te abruma. Y no llegas a comprender el secreto del reino de los ángeles. Y miras hacia el suelo, que se cuartea y se resquebraja entre tus pies. Y procuras respirar hondo, pero te atragantas. Y, al final, respiras tan hondo que hiperventilas. Y el corazón te late a mil por hora. Y tu percepción de las cosas se te nubla. Y te arrodillas en el suelo. Y no lloras pero, sin saber por qué, las lagrimas afloran de tus ojos y resbalan sin medida. Y te incorporas por cojones (y porque te duelen las rodillas). Y odias vivir arrastrado, sin abrigo y sin medida. Y escuchas a María Callas y piensas que cuando llegará la diosa para realizar el sortilegio de los bosques. Y sientes con la razón. Y razonas con el corazón. Y te haces un lío, que a la vez es oxímoron, paralelismo y quiasmo. Y te invades de amargura. Y gritas basta porque el cielo te hace daño.

Por Raúl, hace 1 mes y 12 días

Objetivar la depresión

Depresión

Objetivar la depresión es una de las tareas más complicadas cuando se está dentro. Del mismo modo que casi no hay modo de arreglar un ascensor si se está en su interior, hablar de la depresión sin victimismos, derrotas y autocomplacencias es una meta difícilmente conseguible.

La depresión es una de las enfermedades más terribles para el que la padece y una de las más absurdas para el que la ve padecer (si ese ver padecer no te toca de muy cerca). Algunos de los reflejos de este espejo –a veces cóncavo, a veces convexo, pero nunca plano– pueden ser desgajarse de la tristeza y no conseguirlo, sentir un grado supremo de inutilidad y ver que la razón es uno mismo, seguir en el camino por inercia (o por miedo), no ser capaz de llevar los proyectos y ponerlos en marcha, no tener proyectos. La depresión conduce al aislamiento de no querer estar con nadie y a la contradicción eufórica en los momentos de subida, tan escasos y patéticos. La depresión te mantiene entre el pozo de la medicación y el pozo directo del abismo. Lo peor, con diferencia, llega cuando estás solo. En el quicio de la media tarde, cuando la luz natural se apaga y buscamos el abrigo del hogar, uno se sienta en el sofá y siente un vacío que no se rellena más que comiendo de forma compulsiva y desordenada y con dosis exageradas de televisión basura con la mirada no enfocada hacia ninguna parte.

Como decía, lo curioso es el contraste entre el deprimido y su mundo circundante. Por más que los que te rodeen conozcan tu dolor profundo, al no ser éste objetivado ni objetivable pasa a ser olvidado. La tortura de tener una vida sin plazos, la actitud de mantenerse en la indefinición y en los compromisos vacíos son para el deprimido las patadas que consiguen hundirlo aún más en una enfermedad que pocos consideran como tal. Las conductas de uno, entonces, pasan a ser injustificables y, por lo tanto, vituperables y punibles. Si para un atleta que tiene un hueso de la pierna fracturado la escayola le exime (tristemente) de seguir con su entrenamiento y, por lo tanto, no se le exigen nuevos retos en la convalecencia, en la vida del deprimido el mundo gira alrededor y él tiene que seguir danzando. Si no puede, se le critica. Si se cae, se le recrimina. Si no se levanta, pocos se acercan a echarle una mano.

Hay una cosa más difícil aún que objetivar una depresión: padecerla. Cuando la mente está tan turbia, tan perdida como para no poder racionalizar la existencia con criterios medianamente serenos, la cabeza se acogota, se inclina. De esta manera, es muy difícil ver el horizonte. Y, con el rostro y el ánimo encogido, lo único que queda es buscar el calor de tus propios brazos en los días difíciles del invierno. Y eso no es la cura, sino el parche.

(Imagen de ·S)

Por Raúl, hace 1 mes y 14 días

Objetivar la soledad

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La soledad. Desde el orgullo de la soledad independiente al oprobio de la soledad impuesta, los seres humanos nos encontramos solos. Vamos teniendo pequeñas dosis de soledad impuesta hasta que llega un día en el que nadie nos acompañará al cruzar nuestra última meta. La soledad ha sido enaltecida y envilecida hasta el extremo, pero --paradójicamente-- pocas veces se reflexiona sobre ella desde dentro. ¿Aislamiento o aislacionismo? ¿Hermetismo o nada? ¿Privaticidad o ausencia?

La soledad está colmada de pequeños ritos, guiños hacia el trastorno o la patología. Primero, unas palabras musitadas. Después, una reflexión en voz alta. Una conversación esquizofrénica, por último. El rito de hacerse compañía a uno mismo. El rito de la música y de la televisión, testigos fehacientes del eco que devuelve lo que es uno. El rito más terrible, el protocolo minucioso del sueño. Una cama demasiado grande hace más palpable estar solo que unos miles de kilómetros de desierto. La ausencia de la caricia, de que alguien duerme nuestra duermevela o que alguien vela nuestro respirar acompasado. No hay mayor sintonía que la de dos cuerpos que acompasan su sueño, después de la dura batalla.

En el universo de lo social, la soledad es el estigma. Meditar con uno mismo no es mejor que meditar con otros. Convivir con nuestras pequeñas obsesiones no es mejor que estamparse con los hábitos de los demás. La soledad es una de las cimas abisales de nuestra propia humanidad, quizá la más rotunda y la de más calado. Quizá nuestro laberinto más retorcidamente endiablado. Por eso, la soledad es la coraza que nos protege de la vida y, por eso mismo, la que nos hace zozobrar poco a poco.

(Imagen de John Althouse Cohen.)

Por Raúl, hace 1 mes y 23 días

Por los pelos

Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.

Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada  de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.

Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: «Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos».

Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: «¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.»

Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.

(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero --hoy-- ella manda. Así que, por el momento, no diré «adiós», sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias...)

Por Raúl, hace 2 meses y 3 días

Pues sí, iba a escribir una entrada

Pues sí, iba a escribir una entrada. Había seleccionado un par de temas suculentos, con enlace abundante, con parafernalia varia. Con fotos bonitas. Luego me ha dado pereza y me iba a poner con el catálogo de las fotos que no existen. Luego la mente se me ha quedado en blanco alpino. Mi corazón no estaba con ánimo para ponerle sesos al caos, así que he querido hablar de los signos, o de las metáforas, o de la vida. Pero me temo que hoy ha sido uno de esos días en los que iba a escribir una entrada. Y, escribiéndola, no la he escrito. Y, no escribiéndola, la he escrito. Porque las apariencias engañan. Porque la verdad y la mentira se encuentran en el mismo cuadrante del mapa de nuestro Universo.

Por Raúl, hace 2 meses y 9 días

Mónica. Alas Fragmentos #22

Monica

Mónica se siente extraña. Por un lado, percibe el agobio, la presión, las llamadas de teléfono persistentes, inoportunas. Por otro lado, ahora que la presión cede, se siente algo vacía. Hasta ahora, hasta ese día, notaba una presencia continua, quizá exasperante. Sin embargo, esa presencia hacía de Mónica una persona aún más viva. Mónica, mujer de ojos vivarachos y felices, ahora tiene una mirada apagada. Mónica achaca ese cambio a un cansancio que no se mitiga, a unas migrañas inoportunas, a un trabajo intenso pero que no la llena. Su vida ha girado hacia la soledad, hacia el ostracismo, hacia un mundo en el que las palabras sólo habitan en las páginas de los libros y sólo se cantan en los programas de televisión de cada atardecer. Mónica piensa en lo pasajero de su existencia, en su libertad, en su independencia, pero también sabe que la prisión de la compañía es a veces una vivífica liberación. Ahora rodea sus horas de objetos que ya no tienen significado y que ya no le devuelven los sentidos. Mónica se ha sentado en el sofá de su casa. Ha dejado en la mesa una bandeja con un poco de jamón, queso de oveja bien curado y una copa de vino. Rememora las tardes felices de su vida. Rememora sus agobios. Rememora sus obsesiones. Mira de nuevo la cadena metafórica que la tenía atada y ahora, con el candado vacío, se siente prisionera de su soledad. Mónica piensa que era una mujer con alas de recorrido corto. Ahora, Mónica se siente mutilada en sus vuelos hacia el anochecer.

(«Mónica. Alas» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

(Espléndida imagen de Sator Arepo, al que le agradezo que haya dado su permiso para utilizarla.)

Por Raúl, hace 2 meses y 26 días

Catálogo de fotos que no existen #9

Un teléfono sobre una mesa abarrotada de papeles. Unas líneas rasgadas más que escritas en un bloc de notas de cuadrículas grandes. Es una composición difícil porque rompe la armonía. Un fotógrafo experimentado hubiera elegido un encuadre en el que sólo apareciera el cuaderno, pero ha decidido incluir el artilugio electrónico por alguna razón que se nos escapa. El teléfono guarda una línea demasiado paralela a la de las notas escritas. Una opción más acertada podría haber sido haberlo situado encima de la página de la izquierda. A fuerza de ser sinceros, tenemos que reconocer que, sin embargo, el graduado de la escala de grises y el granulado ligero dota a la imagen de un empaque envidiable. Es una de esas fotos que, por alguna razón ignota, nos estremecen. El punto de atención del encuadre está en esas líneas escritas con prisa, en un ángulo que no permite su perfecta lectura. Se trata de una de esas letras de imprenta que arrastran los trazos con una personalidad vigorosa. Parece una nota dirigida a un destinatario cuyo nombre, por lo que se adivina, no aparece por ninguna parte. Entre lo difuso, se adivinan unas palabras de reproche. Después de contemplar la foto durante un período de tiempo que lo hace reflexivo, es imposible quitarse de encima un sentimiento de lástima, de complicidad compartida.

Por Raúl, hace 3 meses

Se desliza

Tobogán

La vida se desliza por los tubos de la obediencia, por la caía leve hacia el ordeno y el mando. Abismo infinito. Las puertas permanecen cerradas al campo, al aire pleno en los pulmones, al futuro orientado hacia la ilusión. Sigilosamente, se nos cuelan los años por el quicio de las obligaciones y al porvenir le quedan cada vez menos hojas en nuestro escueto calendario. Mientras tanto, una rampa inmaculada y blanca nos aguarda.

Por Raúl, hace 3 meses y 14 días

Reality came around

piano

La única manera de salvar el abismo es caer en él, salpimentando las heridas para que escuezan (quizás también para que sanen). Al ritmo de las bellas canciones tristes. Al ritmo de las tristes historia de amor. Al ritmo de la penumbra, más tremenda si está destartalada. Ahora, dibujando los huecos y las ausencias, me siento a cantar en silencio a voz en grito. Ahora, planeando una huida hacia todos los confines de los cuatro rincones de mi cuarto. Con una voz sustentada en un piano, las manos acuchillando las notas dulces y amargas. Con una sucesión de vidas que se perfilan en un pasado, en una piel tostada, quemada por un sol que ya no ilumina ninguna parte, que ya no esparce el brillo con el lenguaje de las hadas. Los viajes son interrogantes de triángulos escalenos. Faros con chorros de mentiras que obligan a esquivar los puertos, que obligan a nadar en mar bravío y a pecho descubierto. Cavamos palmo a palmo nuestra tumba sin encontrar una lápida que ilustre nuestros nombres y ponga las dos fechas, la primera ya segura, la última ya definitiva. No quedará nada de nosotros pasado un tiempo. Ni puta la falta que hace.

(Divagación espesa surgida de haber regresado a las canciones que nos ponen tristes. Hoy tocaba ésta, con imagen de Sashamd.)

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