Por Raúl, hace 3 meses

Mónica no ha podido dormir - Fragmentos #23

Bed

Mónica sabe que cometía un error al meterse en la cama. Es perfectamente consciente de que el sueño no se puede inducir con los ojos como platos, los nervios exaltados y el cerebro en efervescencia. Pese a todo, lo intenta. Ocupa su lado de la cama de forma obediente. Hace fuerza en los párpados para mantenerlos cerrados, pero su mente empieza a recorrer todas las miserias de lo acontecido a lo largo del día. Los problemas con el trabajo la están matando. Mónica es una mujer plenamente consciente de las pequeñas miserias de su vida, pero intenta siempre esconderlas bajo una sonrisa muy explícita y con un brillo especial en los ojos. A lo largo de toda la jornada, ha intentado engañar su abatimiento con esos mismos gestos, pero un pelo algo menos peinado y unos movimientos más recurrentes y nerviosos la delatan. Mónica sigue pensando en sus cosas, pero la cama no le ayuda a contemplar las cosas desde una perspectiva vertical, que comprenda todos los estratos de las situaciones. La horizontalidad aplana su vista hasta obcecarse monográficamente en argumentos recurrentes que son ciertos, pero no suficientes, pero no únicos. Mónica se resiste a dar la primera vuelta sobre sí misma, del mismo modo que se obstina en intentar no sucumbir a ponerse bien la pernera del pijama, abigarrada en torno a la pantorrilla. Teme que las arrugas del pijama se mezclen con las arrugas de la vida y el lecho sea un terreno de batalla. Mónica siente pasar los segundos, pero sabe que tardarán mucho en convertirse en minutos y serán una eternidad transformados en horas. Mónica va repasando monólogo a monólogo todos los lados negativos y se ha olvidado de dibujar mentalmente una tabla de doble entrada que le sirva para la resolución de sus conflictos externos e internos. Antes lo hacía de forma explícita, en un viejo cuaderno de su época universitaria, con un papel reciclado pero con empaque. Ahora continúa con el sendero de la tabla única que, por lo tanto, no es su salvación. Mónica ha dejado de buscar una salida porque sabe que, en el fondo, la vida es un laberinto en el que es más fácil encontrarse con el Minotauro que con el hilo de Ariadna. Muchas veces ese hilo es tan frágil, tan transparente, que pasa a menudo por delante de sus narices sin que ella acierte a verlo. Y el toro es mitológico y fuerte y grande y temible. Y las pesadillas pesan más que los sueños bellos. Mónica sigue respirando fuerte, engañando a la vigilia. Cansada de todo sin descansar de nada, Mónica se ha levantado. Ha caminado a tientas entre su cansancio y la oscuridad. Se ha arropado con una manta de cuadros en el sofá. Y, casi sin quererlo, se ha olvidado por un momento de que tenía sueño y de que estaba preocupada. Ahora su respiración ficticia ya no es una ficción.

(Imagen de Javier L. Navarrete.)

Por Raúl, hace 3 meses y 14 días

Sueños de niño

Disco2

El abismo de acostarse, para no dormir quizas. Para no despertarse. Con un millón de notas de música agitada en la cabeza, como un vídeo de Lady Gaga a mil revoluciones, sin orden ni concierto. Con la venganza del amor, con los malos tragos de pasar por el quicio de la vida. Los auriculares enquistados en una cabeza atronada por múltiples percusiones sintetizadas. El caos de la música dance atragantado en la amígdala. Intentando darle un sentido a las rectas trazadas con tiralíneas. Y buscando desesperadamente un pijama de pantalones a rayas y camiseta azul para enfundarlo en el cuerpo cansado de los trotes y vapuleos de la vida. Los minutos pasan por los ojos cerrados a dieciocho fotogramas por segundo, que es la velocidad de las cosas mudas en este ensordecedor mundo de sombras. Hasta los mismísimos de encontrar tu estilo en otros sitios, sin saber si el estilo no es tuyo o es que otros se lo apropian. Sin saber dónde nos espera el próximo salto hacia el otro confín de un universo que se escribe sin mayúsculas. La necesidad como extremo y como contingencia. Los acordes fáciles de música pegadiza, pegajosa, que se acopla a tu cuerpo, con los vaivenes del ritmo y de la desesperación. Fashion, baby. Fashion, baby. ¿Hasta dónde llegan los vocablos que siempre debieron escribirse y, sobre todo, pronunciarse en francés? Un mal trago lo tiene cualquiera, pero el atragantón de la vida nos hace deglutir las voces procesadas por las líneas telefónicas. El sueño de la fama produce sombras, monstruos que revientan como la distribución cuerpo-alma, discutida en torno a la glándula pineal. ¿Mentiras del hipotálamo? Somos espejos convertidos en neuronas, plásticas hasta estirarse como los malos alimentos. La buena alimentación se traduce en migas, dicen. Tabla de salvación, afirmaría Hansel. Afirmaría Gretel. Las casas de chocolate son la grande y nutricia y falsa madre. Son la pista que nos lleva hacia el abismo, se tuerza hacia la derecha o hacia la izquierda. Hacia el centro nunca. Es muy obvio. Y anida el ansia de perfección, que es la última de nuestras imperfecciones. ¿Alguna vez fue verdadera la teoría triple de nuestro cerebro? ¿Se descompone en capas, como si de prospecciones arqueológicas hablásemos, meditásemos. Siempre hay quien visita yacimientos para ver las piernas de las mujeres. Es la finalidad última de las escaleras de vanos recortados. No me llames por los nombres que no tengo. Los cadáveres ya no habitan en los cementerios, sino en los armarios, llenos a rebosar de ropa fuera de temporada. ¿Por qué mi mini-mando no obedece a los dictados de la con(s)ciencia? Se habla de lo que no se sabe. De lo que no se siente. De lo que no se paladea con el velo de la vergüenza. La historia de nuestras vidas es una comedia musical que acaba con unas zapatillas y un albornoz en una plaza en una madrugada demasiado caliente para ser tratada con los tonos de la muerte. Necesito desesperadamente el azul turquesa para salvar al mundo de los colores tristes. A fuerza de credulidad, tendré que conformarme con lo que dicen. Aunque todavía me resulta difícil creer que alguien sea asesinado en frente de Central Park. El acto de escribir canciones. El acto de pensarlas. El acto de dibujarlas con las manos. Por eso el mundo es una constante espera de la mirada recibida. Del local brumoso y enloquecido en el que los cuerpos sólo están hechos para bailar y para beber a espuertas. ¿Son los sentimientos la llave de nuestros enojos? Una voz canta y la remezcla la repite como coro pertinaz, impertinente. El interrogante individual se convierte en la interrogación del mundo y, por ende, de la esencia. ¿Habitó alguna vez entre nosotros la partitura que no había de ser cantada, tocada, bailada? Qué maravilla pulsar una tecla y escuchar una voz repetida hasta la saciedad, hasta el hartazgo, hasta la penúltima escalera esculpida por el demiurgo que, de creer a Cioran, sólo puede ser aciago. A lo lejos oigo unas voces que me hablan para que retorne hacia el hilo que me entresaque del laberinto. Puta Ariadna. Ahora que estaba escuchando a las sirenas en forma de unos vecinos: los muy cabrones, siempre se olvidan de apagar el despertador.

(Imagen de Roberto Castaño.)

Por Raúl, hace 4 meses y 8 días

Objetivando la ansiedad

Ansiedad

El conocimiento experimentado de la ansiedad, lejos de mejorar la situación del que la padece, la agrava aún más. El primer ataque de ansiedad se experimenta como una sensación agobiante con una muerte cierta: el que lo sufre no da crédito al desorden en cascada de todo su ordenamiento corporal, que parece hacer agua y motiva una pérdida de control sobre lo que nos ocurre. Lo primero que le viene a la mente al ansioso neófito es que está sufriendo un ataque al corazón. Duda de lo certero de sus sensaciones; no controla la respiración, que parece que se desboca; siente intervalos de frío y de calor. Cuando parece que la tormenta arrecia, padece un cansancio extremo que se combina un miedo atroz a quedarse dormido y no despertar.

El primer ataque, cuando pasa, es concebido como una excepción anómala motivada por no-se-sabe-qué. Y, como tal excepción, se piensa que es único, irrepetible. No se concibe una repetición de un acto tan violento y tan cruel: los que te circundan piensan que es una reacción meramente psíquica y –creen ellos– carente de importancia real. Lo que no se comprende desde fuera es que la sensación real del que sufre de ansiedad permanece tan apegada a su conciencia como si fuera cierto. Es un sufrimiento, por tanto, que no sale gratis al que la padece. El mal fisiológico no es el que aparenta, sino otro. El cuerpo desencadena ese conjunto horrible de síntomas porque, de alguna manera, el sistema simpático recibe las señales equivocadas análogas a las de una sensación de gravísimo peligro. Y cuando desencadena estos síntomas, el sujeto los padece con la misma estructura de lo real. Esa conciencia dolorosa de una realidad extrema retuerce al sujeto. Desgraciadamente, es muy frecuente que los ataques de ansiedad visiten con mayor o frecuencia a los pacientes. ¿Lo peor? Saben que les ocurrirá, pero no saben cuándo, ni cómo, lo cual motiva un grandísimo desconcierto. No digamos ya si uno intenta indagar en el porqué.

Desde el punto de vista personal, la ansiedad me ataca por las noches: un poquito después de la cena. Me siento en el sofá y, de repente, llega el infierno. Desde hace unos años, los ataques los vivo y padezco en solitario. El sentimiento de desconcierto es total, porque a veces me encuentro tirado en el suelo, en posición fetal y llorando de miedo. En esos momentos, me siento la persona más desvalida del mundo. Cuando el sistema parasimpático establece el equilibrio perdido, me encuentro con la desorientación del que ha perdido totalmente el rumbo. Me siento como un despojo humano tan débil como para caer y tan fuerte como para no reventar. En una decisión probablemente equivocada, he intentado esquivar los medicamentos ansiolíticos. Me daba miedo pensar que mi equilibrio dependiese de una pastilla sublingual. En el fondo, la cuestión no es sino ésta: ¿pueden lograr los fármacos que el monstruo ataque de nuevo?

No sé cuándo atacará otro vez. He tenido días con más de tres ataques. He pasado semanas sin sufrir ninguno. Pero siempre tienes la certeza absoluta de que, en el momento más inesperado, volverán. Hoy he pasado por dos momentos horripilantes. Y, tras la tormenta, necesitaba objetivarlos. Me siento muy, muy cansado. El ataque ha pasado, pero sigo con todo el miedo del mundo alojado en el cuerpo.

(Imagen de Stathis_1980.)

Por Raúl, hace 5 meses y 1 día

Cosas que hacer cuando estás muerto (blogológicamente muerto)

Cortocircuito

Mi ausencia en Verba volant llega ya a nivel de rotación trienal de cultivos (parece que éste toca barbecho). Quizá sea mejor calificarla de pájara monumental. El que haya experimentado una sabrá a lo que me refiero: vas corriendo (o en bici) y te encuentras muy bien, vas a ritmo o incluso aceleras un poquito con una media sonrisa. Disfrutas hasta del paisaje. De repente, las piernas se te agarrotan en perfecta consonancia con una cabeza que se atonta, que pierde la noción del tiempo y el espacio. Cuando llega la pájara, no hay nada que hacer. No puedes continuar con el ritmo y lo que queda es ir al trantrán con la mirada perdida pero con un único objetivo: llegar, a ser posible vivo.

Bueno, pues algo de esto me está ocurriendo. Cuando antes siempre acudían mil ideas en hilera, ahora no llegan ni metiendo el cubo en el pozo, que parece seco. Cuando antes juntabas cuatro palabras y dos igual hasta quedaban bonitas, ahora te sientas y miras la pantalla como una vaca viendo pasar el tren.

¿Qué se hace mientras se está blogológicamente muerto? Lees (poco). Te apalancas horas y horas en la televisión para sufrir una sobredosis de basura. Escuchas música, pero no toda la que querías. Miras por la ventana cómo pasa la vida por los cuerpos de los demás. Consumes unos días de tu tiempo en no hacer absolutamente nada, en el sentido más absoluto del término.

Eso sí, has revivido en otros gracias a las películas y las series que van enriqueciendo esa vida que no tienes. Has pensado de forma difusa y lateral, pensando en la plasticidad del cerebro. Al final, llegas a la conclusión de que el tuyo es más plastilina que plástico y que tus neuronas son más cristales llenos de mierda que otra cosa.

Escribes alguna cosilla en Twitter, porque es éste un medio de ráfagas y tienes todavía munición con la que disparar unos tiros aunque no valgan ni con mucho para ganar batallas. Y, de todas esas ideas escupidas, piensas que hay una que tiene más sentido que las demás: que estás haciendo una copia de seguridad de tu disco duro y que, cuando el volcado estaba en proceso, un corte de luz ha mandado todo a la mierda.

(Imagen de GONZOfoto.)

Por Raúl, hace 6 meses y 10 días

Sincera-mente

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Los días pesan como losas y las noches se abalanzan como demonios. La mente se embota con una fecha de caducidad ya caducada, mientras el cuerpo sufre un anquilosamiento por un peso mayor que el de los años, por un peso más severo que el de una gravedad demasiado grave. Hoy pienso lo que pensaba y en lo que me reafirmo. La vida produce demasiado sufrimiento.

Me he intentado engañar  contagiando una sonrisa a mi alrededor. Me ha intentado sostener extendiendo los brazos y abriendo las manos para ser más estable. He intentado respirar hondo mil y una veces, con la cara mirando hacia lo alto. Pero la vida produce sufrimiento.

He procurado fijarme en las cosas bellas. He intentado buscar las pequeñas esencias y delicias del Universo. He tentado los pequeños retazos de vapores positivos. La vida, sin embargo, produce demasiado sufrimiento.

He buscado la justicia divina y la de los hombres. Me he dicho a mí mismo que no existe el miedo. Y me han dicho muchas veces que tenía que mantenerme en pie, pero todavía no me han enseñado cómo se consigue. Me han dado argumentos racionales para referirse a las emociones. Han esgrimido sentimientos cuando debían convencer a la parte demasiado racional de mi cerebro. La vida, no le demos más vueltas, produce sufrimiento extremo.

He intentado llorar, mirar mi lado íntimo, buscar refugio entre las sombras. He intentado cobijarme de una tormenta que nunca cesa. Me siento solo hasta sentir dolor físico y no me consuela la soledad del resto de mis congéneres. Me siento tan vacío como lo pueda estar la nada en su negligente negritud. Me siento romántico en el más estricto sentido del término y también en el más dramático.

El ánimo se me cae a pedazos de una enfermedad que no puede ser sino la lepra de los sentimientos. No puedo dar un paso más y el abismo se me echa encima con una rotundidad que asusta. No es la primera vez que veo la muerte mirándome a los ojos. En el espejo de la consciencia, la veía con un color de ojos que no era el mío. La veía diluida en un contorno que no se me asemejaba. Se peinaba con un aspecto que me resultaba extraño. Sin embargo, ahora que compruebo que la vida produce sufrimiento sumo, veo a la muerte dibujarse y adaptarse extrañamente a mi silueta, la veo desde fuera y la veo ajustarse poco a poco en todos mis contornos.

Decían que la vida es bella. Eso aparecía en una película en la que, sobreviviendo en un juego demasiado serio, se ganaban puntos y se daban los buenos días con formas recurrentes, casuales, casi mágicas. Pero la vida es obtusa, cruel y puta. Cuando se empeña a perseguirte, lo hace hasta cortarte el aliento. Cuando se empeña en joderte, lo hace hasta que ya no puedes gritar «Basta». Te enmudece con su mierda disfrazada de belleza.

Cuando caes y no te levantas, cuando después de caer descubres que el suelo es sólo una repisa más que conduce al sótano de lo hondo, cuando después de seguir cayendo no llegas a ver el fondo, descubres un abismo demasiado negro para ser cierto. La vida cansa y no me sostengo. La vida aprieta y ahoga, sin más pan bajo el brazo que el de la desesperación.

Pese a los intentos vanos, veo mi vida cerrada a cal y canto con un fin que cae en el abismo, en el choque violento, en la ingesta que conduzca a un sueño con el que no despierte. Lo peor de la vida es que, pese a los poetas, no es metáfora de nada. Ni es vehículo, ni tránsito.

Cada día intento insuflarme fuerzas, pero el aliento se acaba. No veo el momento de ver el final y las despedidas son siempre tristes. La vida es una broma en una fiesta a la que no nos invitaron. Y no tiene ni puta gracia.

(Imagen de Dalibor Levícek.)

Por Raúl, hace 6 meses y 16 días

Algún rincón del cielo

Torres

Y alzas la vista. Y lo ves todo demasiado alto. E intentas extender la mano y la perspectiva te engaña, haciéndote creer que puedes alcanzar algún rincón del cielo. Y el cristal te ciega. Y comprendes que la verticalidad es ontológica y la horizontalidad es existencial. Y comprendes que no cabes en el mundo ni lo a lo alto ni a lo ancho porque te queda demasiado grande, porque te queda demasiado estrecho. Y la belleza te ciega y la fealdad te abruma. Y no llegas a comprender el secreto del reino de los ángeles. Y miras hacia el suelo, que se cuartea y se resquebraja entre tus pies. Y procuras respirar hondo, pero te atragantas. Y, al final, respiras tan hondo que hiperventilas. Y el corazón te late a mil por hora. Y tu percepción de las cosas se te nubla. Y te arrodillas en el suelo. Y no lloras pero, sin saber por qué, las lagrimas afloran de tus ojos y resbalan sin medida. Y te incorporas por cojones (y porque te duelen las rodillas). Y odias vivir arrastrado, sin abrigo y sin medida. Y escuchas a María Callas y piensas que cuando llegará la diosa para realizar el sortilegio de los bosques. Y sientes con la razón. Y razonas con el corazón. Y te haces un lío, que a la vez es oxímoron, paralelismo y quiasmo. Y te invades de amargura. Y gritas basta porque el cielo te hace daño.

Por Raúl, hace 6 meses y 24 días

Objetivar la depresión

Depresión

Objetivar la depresión es una de las tareas más complicadas cuando se está dentro. Del mismo modo que casi no hay modo de arreglar un ascensor si se está en su interior, hablar de la depresión sin victimismos, derrotas y autocomplacencias es una meta difícilmente conseguible.

La depresión es una de las enfermedades más terribles para el que la padece y una de las más absurdas para el que la ve padecer (si ese ver padecer no te toca de muy cerca). Algunos de los reflejos de este espejo –a veces cóncavo, a veces convexo, pero nunca plano– pueden ser desgajarse de la tristeza y no conseguirlo, sentir un grado supremo de inutilidad y ver que la razón es uno mismo, seguir en el camino por inercia (o por miedo), no ser capaz de llevar los proyectos y ponerlos en marcha, no tener proyectos. La depresión conduce al aislamiento de no querer estar con nadie y a la contradicción eufórica en los momentos de subida, tan escasos y patéticos. La depresión te mantiene entre el pozo de la medicación y el pozo directo del abismo. Lo peor, con diferencia, llega cuando estás solo. En el quicio de la media tarde, cuando la luz natural se apaga y buscamos el abrigo del hogar, uno se sienta en el sofá y siente un vacío que no se rellena más que comiendo de forma compulsiva y desordenada y con dosis exageradas de televisión basura con la mirada no enfocada hacia ninguna parte.

Como decía, lo curioso es el contraste entre el deprimido y su mundo circundante. Por más que los que te rodeen conozcan tu dolor profundo, al no ser éste objetivado ni objetivable pasa a ser olvidado. La tortura de tener una vida sin plazos, la actitud de mantenerse en la indefinición y en los compromisos vacíos son para el deprimido las patadas que consiguen hundirlo aún más en una enfermedad que pocos consideran como tal. Las conductas de uno, entonces, pasan a ser injustificables y, por lo tanto, vituperables y punibles. Si para un atleta que tiene un hueso de la pierna fracturado la escayola le exime (tristemente) de seguir con su entrenamiento y, por lo tanto, no se le exigen nuevos retos en la convalecencia, en la vida del deprimido el mundo gira alrededor y él tiene que seguir danzando. Si no puede, se le critica. Si se cae, se le recrimina. Si no se levanta, pocos se acercan a echarle una mano.

Hay una cosa más difícil aún que objetivar una depresión: padecerla. Cuando la mente está tan turbia, tan perdida como para no poder racionalizar la existencia con criterios medianamente serenos, la cabeza se acogota, se inclina. De esta manera, es muy difícil ver el horizonte. Y, con el rostro y el ánimo encogido, lo único que queda es buscar el calor de tus propios brazos en los días difíciles del invierno. Y eso no es la cura, sino el parche.

(Imagen de ·S)

Por Raúl, hace 6 meses y 26 días

Objetivar la soledad

Montmartre1

La soledad. Desde el orgullo de la soledad independiente al oprobio de la soledad impuesta, los seres humanos nos encontramos solos. Vamos teniendo pequeñas dosis de soledad impuesta hasta que llega un día en el que nadie nos acompañará al cruzar nuestra última meta. La soledad ha sido enaltecida y envilecida hasta el extremo, pero --paradójicamente-- pocas veces se reflexiona sobre ella desde dentro. ¿Aislamiento o aislacionismo? ¿Hermetismo o nada? ¿Privaticidad o ausencia?

La soledad está colmada de pequeños ritos, guiños hacia el trastorno o la patología. Primero, unas palabras musitadas. Después, una reflexión en voz alta. Una conversación esquizofrénica, por último. El rito de hacerse compañía a uno mismo. El rito de la música y de la televisión, testigos fehacientes del eco que devuelve lo que es uno. El rito más terrible, el protocolo minucioso del sueño. Una cama demasiado grande hace más palpable estar solo que unos miles de kilómetros de desierto. La ausencia de la caricia, de que alguien duerme nuestra duermevela o que alguien vela nuestro respirar acompasado. No hay mayor sintonía que la de dos cuerpos que acompasan su sueño, después de la dura batalla.

En el universo de lo social, la soledad es el estigma. Meditar con uno mismo no es mejor que meditar con otros. Convivir con nuestras pequeñas obsesiones no es mejor que estamparse con los hábitos de los demás. La soledad es una de las cimas abisales de nuestra propia humanidad, quizá la más rotunda y la de más calado. Quizá nuestro laberinto más retorcidamente endiablado. Por eso, la soledad es la coraza que nos protege de la vida y, por eso mismo, la que nos hace zozobrar poco a poco.

(Imagen de John Althouse Cohen.)

Por Raúl, hace 7 meses y 7 días

Por los pelos

Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.

Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada  de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.

Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: «Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos».

Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: «¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.»

Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.

(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero --hoy-- ella manda. Así que, por el momento, no diré «adiós», sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias...)

Por Raúl, hace 7 meses y 15 días

Pues sí, iba a escribir una entrada

Pues sí, iba a escribir una entrada. Había seleccionado un par de temas suculentos, con enlace abundante, con parafernalia varia. Con fotos bonitas. Luego me ha dado pereza y me iba a poner con el catálogo de las fotos que no existen. Luego la mente se me ha quedado en blanco alpino. Mi corazón no estaba con ánimo para ponerle sesos al caos, así que he querido hablar de los signos, o de las metáforas, o de la vida. Pero me temo que hoy ha sido uno de esos días en los que iba a escribir una entrada. Y, escribiéndola, no la he escrito. Y, no escribiéndola, la he escrito. Porque las apariencias engañan. Porque la verdad y la mentira se encuentran en el mismo cuadrante del mapa de nuestro Universo.

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