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Abismo

No me gustaría hacer de estas entradas una loa complaciente para todos aquellos que fueron o son sus protagonistas legítimos, autocomplaciente para mí. La enseñanza, con todo lo que supone convivir con personas jóvenes o adolescentes, tiene cientos de vertientes maravillosas, pero no es tampoco perfecta. Muchas veces falla por los profesores, por los alumnos, por las familias, por un sistema anquilosado. Me atrevería a decir que también, quizás, por el azar o por la casualidad. En definitiva, en el oficio de enseñar y formar a personas hay muchísimas cosas cosas que se nos escapan, a veces muchas más de las que tenemos controladas, asentadas.

Por esa razón, me ha venido a la cabeza hoy la historia de un chico del que ni siquiera recuerdo el nombre. Por mis aulas, en casi treinta años, han pasado miles de alumnos y es imposible guardar memoria de todos y cada uno de ellos, con sus nombres, caras y apellidos. Pero, aunque reconozco y veo ahora la cara de este chico, no soy capaz de saber cómo se llamaba. Y, por lo que adivinaréis muy pronto, hablar en esta historia de un chico sin nombre será especialmente significativo.

Le di clase de Educación Física un año y ni siquiera me acuerdo de si era buen o mal alumno. Le di clase de Filosofía en 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) y no recuerdo ninguna cosa relevante de él. Ninguna intervención en clase. Ninguna pregunta realizada o respondida. Ningún comportamiento fuera de lo normal. Ni siquiera recuerdo un comportamiento normal. Solo me viene a la memoria que se sentaba en clase y pasaba desapercibido y transparente hasta que llegaba la siguiente. Sí recuerdo sus notas, pero no sus exámenes. Sacaba siempre un notable alto, notas cercanas al ocho, lo que evidenciaba que tenía una capacidad para razonar y expresar muy bien lo que pensaba (de eso se trataba, a fin de cuentas, en Filosofía). Pero no recuerdo ninguna cosa que dejase escrita y a la que yo hubiese dado una relevancia especial. En suma, lo hubiese tenido por buen alumno si hubiese pensado más en él.

Ahí acabó mi historia con ese chico del que no recuerdo el nombre. Pasó luego por COU, pero yo no le di clase. Y fue luego a la Escuela Politécnica para hacer una de las que se denominaban entonces ingenierías técnicas, que se hacían en tres años. Creo que fue Ingeniaría Técnica Industrial, pero no estoy seguro, de eso me enteré más tarde.

Al parecer, el chico del que no recuerdo el nombre, estando en tercero, suspendió una asignatura por primera vez en su vida. Es preciso señalar que estas carreras eran bastante difíciles y no era frecuente que los alumnos las aprobasen a la primera y de un tirón. Se presentó en septiembre y la volvió a suspender. No estaba preparado para el fracaso y entró en un bucle de melancolía. Sus padres lograron con gran alivio que aceptase ir al pueblo durante el fin de semana para intentar olvidarse de todo. Un día, cuando la tarde empezaba a avanzar de forma inexorable, le dijo a su abuela que le hiciese una tortilla de patatas para cenar. Salió de casa. Fue a la orilla del río y, al parecer, se ató una piedra al cuerpo con una cuerda que había cogido en casa. Se tiró al río. Y desapareció de las vidas de todos, de su vida misma.

Puede pensarse que esta historia me toca solamente de modo marginal, pero, cuando nos enteramos en el instituto de la noticia en las primeras reuniones del curso, me afectó profundamente. Me pregunté cuántas vidas pasarían por la mía de puntillas siendo profesor. Cuántos pequeños (o grandes) detalles ignoro e ignoraré. Cuántas congojas, problemas o frustraciones pueden pasar por la vida de esos chicos sin que les demos importancia, sin que les prestemos atención. Cuántas personas han pasado por mi lado sin ser muy consciente de que hay algo mucho más profundo, mucho más hondo, que los circunda y, en ocasiones, les agobia, les ata hasta que se hunden. Puede que todo lo que le pasaba al chico fuese, simplemente inescrutable. Ni siquiera sabemos los detalles y los matices de lo que es, para mí, una vida ignorada. Pero el hecho de no haber sabido nada de él, de no haberle reconocido, el hecho de que ni siquiera recuerde su nombre es muy significativo.

Al encontrarme con algún exalumno de aquellos años por la calle, cuando me preguntan si me acuerdo de él, me pongo muy contento cuando veo esa cara, por la que han transcurrido los años y las experiencias, y me viene a la mente un nombre, un apellido, alguna evidencia de que, un día, estuvo conmigo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hefin Owen.


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Pese a haber pasado lustros, recuerdo ese día como si fuese hoy. Estábamos en clase de Literatura en 2.º de BUP (equivalente a 4.º de la ESO) y creo no engañarme si en el aula reinaba una calma extraña y premonitoria. Andaba yo enredado en la explicación de los aspectos formales y métricos de la poesía del siglo XIV, antes de entrar en harina y leer las Coplas de Jorge Manrique y comentarlas. Estaba acabando ya esos preliminares cuando llamaron a la puerta de la clase. El conserje entró y pregunto: “¿Fernando Rodríguez?”. En ese momento, ese silencio extraño se tensó hasta el infinito y Fernando (todos le llamábamos Fer), que estaba hacia la mitad de la fila que yo tenía a la izquierda, soltó un “¡Joder!”, se levantó, recogió el libro y el cuaderno y puso rumbo al pasillo y siguió al conserje hasta que los perdí de vista al doblar la esquina.

Todos sabíamos lo que significaba ese “¿Fernando Rodríguez”” y ese “Joder”. El padre de Fer estaba muy enfermo y se temía lo peor desde hace días. El momento había llegado y el respeto y el cariño que todos teníamos por el chaval nos hizo mantener unos segundos la clase en vilo, callada y estupefacta. Yo, que era el responsable natural de la clase, era el que tenía que dar el paso. Me recompuse en la silla y dije algo así como que el mejor homenaje que podíamos dar a Fer y a su padre era seguir con la clase. Eso fue lo mejor que se me ocurrió para salir del trance. Carraspeé, continué con una serie de vaguedades rápidas e inconexas sobre los ejes temáticos de las Coplas y llegaba el momento de empezar con la lectura. No quería dejar la responsabilidad de pasar por aquel trago a ninguno de sus compañeros y comencé con el “Recuerde el alma dormida”. No pasé del “Cómo se viene la muerte / tan callando”. Ahí tendría que haber parado la lectura para hablar de ese encabalgamiento tan magistral y significativo, pero me detuve porque no podía contener las lágrimas. Se me escapó un “Que le den por culo, este año no se leen las Coplas de Jorge Manrique” y pasamos a otros textos más livianos que nos liberaron de la congoja.

Cuando he contado esta anécdota, algunos listos me han dicho, a lo largo de los años, que hombre, pues qué mejor momento; que vaya, pero cómo va irse una clase sin ver a Manrique; que jolín, qué pena, qué angustia, podías haber dejado que lo leyera un compañero; que bueno, pues haber continuado cuando Fer volviese a clase pasados esos días. Pero yo no me arrepiento ni un solo minuto de haber dejado que el genial Jorge Manrique se escapase esa clase, ese año, de las vidas de esos chicos de 16 años, de esos compañeros y amigos que habían asistido al anuncio de la noticia fatal para su amigo.

No es difícil imaginar que siempre he tenido un aprecio especial por Fer. Tengo que contar otras historias de Fer y de sus compañeros, hasta llegar al día, muchos años después, en el que, entre compañeros, unas chuletillas y un poco de vino, hablamos de literatura. Otra vez. Pero eso tendrá que esperar para otro momento, en otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Antes de empezar con esta historia, tengo que comenzar dando las gracias a todas las personas a las que les gustan estas entradas relacionadas con los alumnos y me han animado a seguir con la serie. Y también pido perdón por el parón de tres días: me he tomado la licencia de seguir el patrón académico de descansar el fin de semana y el día de fiesta de la universidad (28 de enero, santo Tomás de Aquino).

Vayamos a la historia de hoy, que es complicada de contar. Digo que es complicada de contar porque, necesariamente, tengo que omitir más de un dato por razones obvias de privacidad. Si en todas estas entradas procedo con especial cuidado, en esta ocasión la precaución se multiplica.

Lourdes era una chica que, un fin de semana de primavera, decidió poner fin a su vida. No importan mucho los detalles (y, si importan, no los podemos dejar reflejados aquí). El caso es que solamente un reducido grupo de personas conocimos esta circunstancia y yo, que era su tutor, me encontraba entre ellas. Lourdes estudiaba COU (el actual 2.º de Bachillerato) y, a raíz de este problema, del que no salió muy perjudicada físicamente, estuvo ingresada en la planta de Psiquiatría del Divino Vallés.

Como tutor, tuve una larga conversación con la madre sobre lo que podía ser más conveniente para Lourdes. Al parecer, los médicos aconsejaban que, aunque ingresada y medicada, podía ser positivo que retomase, en cierta medida, la rutina académica. Una profesora de ciencias y yo nos íbamos acercando al hospital para ayudarla e ir poniéndole al día de lo que se hacía en clase.

El primer día que llegué a la planta de Psiquiatría reconozco que me sorprendí y asusté. El protocolo de acceso era muy rígido, sin poder acceder al área con ningún objeto punzante y teniendo que cumplir una serie de requisitos totalmente lógicos pero muy severos. La sorpresa dio lugar a la inquietud al ver la planta desde dentro. Lourdes se encontraba, en el momento en el que llegué, en una habitación compartida en la que había camas con abrazaderas para inmovilizar a algunas enfermas. Un grupo de chicas acudía con desgana a la hora de una merienda forzada, aunque también es cierto que se oía también alguna conversación más animada. No obstante, el ambiente era ciertamente opresivo para el visitante. Pero a lo que íbamos: decía que Lourdes estaba en la cama con una gran sonrisa. Era una chica de natural alegre y casi siempre estaba de buen humor. Uno no puede evitar pensar qué procesión llevaría por dentro y qué gran tensión habría entre esa sonrisa vista desde fuera y esa pena interna que atenazaba su mundo interior. Pero, sobre todo, en ese momento, se veía en Lourdes una sonrisa de agradecimiento. Naturalmente, nadie dijo ni una palabra sobre todo lo que había ocurrido: nos limitábamos a hablar con toda naturalidad de lo que quedaba por hacer en clase como si estos días Lourdes hubiese estado en cama por culpa de una gripe.

Los días pasaban y Lourdes pudo ir enfrentándose a las pruebas finales de COU desde el hospital. Nada impedía que ella fuese progresando en sus estudios (era buena estudiante) y fuese aprobando. El aprobado en COU dio paso a la gran pregunta: ¿y la Selectividad? Lourdes estaba en condiciones de aprobar la Selectividad en la convocatoria de junio, pero su situación de ingreso hospitalario en un área cerrada parecía imposibilitar que hiciese el examen en la universidad. Yo pregunté a la madre por esta circunstancia y me dijo que los médicos no ponían ninguna pega a que realizase la prueba de acceso a la universidad. La única condición es que alguien se encargase de ir a recogerla al hospital, la vigilase en todo momento y la volviese a acompañar al hospital al finalizar cada jornada. Bastaba, en suma, firmar unos papeles.

Necesariamente tengo que hacer aquí otro paréntesis en la historia. Pertenece a lo más íntimo en las historias de las familias y no voy a ser yo el que se dedique a juzgarlo. Digamos tan solo que sentí el impulso de ayudar a Lourdes y me comprometí a ser quien le sirviese de acompañante y de sombra. Era algo arriesgado, pero no se trataba, a mi juicio, de nada heroico. A fin de cuentas, como he dicho antes, yo era su tutor y era el encargado, como vocal de centro, de estar en las aulas de los exámenes junto con mis alumnos. Nada más natural que iniciar la jornada un poco antes en el hospital y finalizarla por la tarde-noche en el mismo sitio.

No es esta la ocasión para reseñar más detalles. Solamente puedo decir que todo fue como la seda, que Lourdes se adaptó muy bien a las circunstancias, que hizo todos los exámenes sin problemas y que todos cumplimos con los protocolos, tal y como nos habían pedido los médicos. Lourdes aprobó la Selectividad con una nota más que digna, por lo que teníamos muchas razones para estar contentos.

Tengo que decir que jamás recibí un agradecimiento por parte de la familia de Lourdes. Esto me entristeció al principio, porque creo que mi grado de compromiso e implicación fue grande y hubiese sido el responsable si algo hubiese salido mal. Con el tiempo, me he dado cuenta de que tampoco necesitaba ese agradecimiento. Me basta con saber que Lourdes pasó con nota ese momento de su vida. Y eso es mucho más importante que cualquier otra cosa. Me basta con acordarme, en definitiva, de su sonrisa.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Thomas Hawk.

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Temblor y nube, desorden y cuidado, oscuridad y entresijo, cuento y mutismo, lloro y esbozo, escucha y ruido.

Súplica y recuerdo, ausencia y papel, abrazo y supervivencia, cerca y quizá, baile y cuadrado, palabras y farol.

Azúcar y deseo, ardor y calma, rocío y nube, frío y matiz, castigo e infinito, navegación e ímpetu.

Eternidad y horizonte. Perfume y sesgo. Color y mixtura. Roce y respingo. Sintonía y candelabro. Acelga y paraíso. 

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James Mason y Judy Garland en la versión de George Cukor

Ha nacido una estrella (A Star is Born, 2018) es un remake de una película de 1976, que es un remake de una película de 1954, remake a su vez de una película de 1937.

Tengo un ligerísimo recuerdo de la película original, un recuerdo vívido de la versión de 1954 (esta película de George Cukor se encuentra entre mis favoritas), no he visto la de 1976. El viernes pasado, vi la nueva versión, dirigida por Bradley Cooper y protagonizada por el mismo Cooper y Lady Gaga. Como es habitual, me niego a hacer una crítica organizada y pautada de la película. Para eso hay plumas mucho mejores y más capacitadas. Yo, como casi siempre en este blog, hablo de intuiciones y de sensaciones, personales y poco transferibles.

La película me gustó, y eso que iba con el cuchillo entre los dientes para realizar una punción abdominal a la primera de cambio. Bradley Cooper no es, claro está, ni George Cukor ni James Mason (entre otras cosas, porque casi nadie puede ser Cukor y Mason), pero Lady Gaga, no siendo Judy Garland, creo que aporta una interpretación que sobrepasa el marbete de digna para convertirse, a mi juicio, en interesante. Y disfruté con esta historia que es una historia de victorias contada con una derrota o una historia de derrotas contada con una victoria. O, lo más seguro, ambas cosas a la vez.

En un momento de la película, se dice: “Music is essentially 12 notes between any octave, 12 notes and the octave repeat. It’s the same story told over and over, forever. All any artist can offer this world is how they see those 12 notes. That’s it”. Y lo que me interesa es que, así la música procede de esa repetición, el mundo de la ficción (es decir, nuestro mundo), también contiene esa historia contada una y otra vez. Eso es la ficción. Y la vida.

Ha nacido una estrella es, por su propia trayectoria como película, la historia que se repite una y otra vez. Y esto no es un demérito, sino parte de su grandeza. Porque en las canciones, como en la vida, se utiliza un conjunto limitado de notas en diferentes escalas y duraciones para expresar lo ilimitado y lo inexorable. Por que en la vida, como en las canciones, se reproducen variantes infinitas de un mismo modelo que nos afecta a todos, del que hemos bebido todos, que hemos insuflado todos.

A mí me gusta ver la misma historia repetida una y otra vez. Leo poemas que me gustan de modo insistente, veo películas que me apasionan hasta exprimir el penúltimo detalle, escucho las mismas canciones en bucle hasta que descubro que, siendo las mismas, soy yo el que cambio con ellas. Todo esto lo hago de forma compulsiva, enfermiza y perseverante. Siento, así, que voy adivinando las notas de una melodía que me suena demasiado o demasiado poco.

Me gusta la historia que cuenta y recuenta esta película (que son varias películas para la misma historia o la misma película para diferentes vidas, que son siempre la misma). Me siento identificado con el protagonista masculino en sus líneas de declive. Le acompaño en su bajada a los infiernos, en su canto de un cisne que se queda sin voz. Y me apasionan, como metáfora, el albornoz y las zapatillas de Norman Maine.

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R. sabía que tenía que estar haciendo otra cosa. Corregir unas pruebas, estar disciplinadamente realizando de forma secuenciada sus tareas. Una tras otra.

En cambio, abrió la ventana en un día frío, desapacible, no especialmente feo. Un soplo de aire le empujó las mejillas hacia el interior de la habitación. Se puso los auriculares y se encomendó al “descubrimiento semanal” de Spotify. Bingo. Una canción que no conocía de Fabio McNamara. Gritando amor. Que si un día se enfrentaba al destino. Que el cielo abrió su corazón. Que no hay remedio ni solución. Que piensa en ella (en él, no sé) las veinticuatro.

Cerró los ojos para escuchar la canción otra vez más, de manera que las notas se intercalen en cada una de las neuronas. Volvió a la ventana. Se asomó otra vez. Ahora caían unas gotitas de lluvia que el viento introdujo en el interior de su casa. Vaya, el parqué a tomar por culo. Mala suerte.

Se levantó y fue hacia la cocina bailando. Sin ritmo pero sin pausa. Anda que no han pasado años sin saber que existía esa canción. Con la precisión de un cirujano plástico, R. saltó al vacío. Y se quedó sin música. Y sin auriculares.

Imagen de David Burillo.

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Estoy sentado en un sillón mirando la pared. El color amarillo, que tanto me gustaba, ahora está desgastado por el tiempo y por el hastío. Lo pintaría de blanco, pienso. No por la luz y el vigor, sino por que es mucho más fácil igualarlo con el techo, que también necesita una capa de pintura. Pero quién se pone a pintar ahora. No por pintar, sino por los preparativos. Y porque te arrepientes cuando estás en la primera media pared y estás perdido. No hay vuelta atrás. Tampoco estaba tan mal, seguro que piensas. De momento, se está bien aquí sentado, a una distancia prudente de todo. Sé que tengo que regar la planta, esa que está justo al lado del radiador. Hace falta ser espabilado. Se reseca a la primera de cambio. Esta mañana, he metido el dedo en la tierra y estaba totalmente seca, pero me ha dado una pereza enorme volver y echar agua. Esta tarde, he dicho. Y hasta ahora, que es esta tarde y no lo pienso hacer. Es inaudito, pienso. si no me cuesta nada. Me siento mucho mejor con la fascinación que me produce el vientecillo que entra por el agujero de la cuerda de la persiana. Mi mano está mecida por un fino e intenso viento polar que contrasta con el latido de mi corazón, que siento palpitar en el brazo derecho.

Intento reconstruir todo lo que me pasa e intento quitar, como la RAE, todas las letras mayúsculas que sobran por mis resquicios. Sentir para adentro sin sufrir, qué contradicción. Me da miedo que lleguen las ideas en esa avalancha peligrosa que aturde y ciega. Prefiero ideas a pinceladas gruesas para verlas luego de lejos. Se está bien aquí, lejos de multitudes. Hablando alto sin que te oigan. En un ascenso sin cansancio. O ascensión, no sé. Cara a cara con lo otro, con el pasado y una luz que se enciende cuando apago los ojos. Me pesan ahora tanto los párpados, dando por sentado que el océano es demasiado grande. Qué pena que no tenga a mano el móvil para poner música, porque sonaría Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit de Bach para mecerme entre la belleza, como hacía cuando vivía en casa de mis padres, en el que me mecía escuchando música, literalmente. Sonreír con gesto bobo y extático. Pero solo me imagino y me falta alguna nota, que confundo con otras composiciones. Con esos párpados pesados, miro de frente y veo chiribitas, no sé, luces, no sé, pequeñas porciones de luz, como amebas, que se van desplazando lentamente por los párpados hasta que se escapan.

Entono ahora un mantra de insensatez. Discuto conmigo mismo, pero me doy la razón para que no enzarzarme en una lucha dialéctica que, seguramente, me da a cansar. Se me ha dormido una pierna, me cago en todo. No me pienso mover. Pero es que no puedo soportar el hormigueo. Ahora mi pierna izquierda es un alma solitaria, abandonada al pantano del riego sanguíneo. Parece que se pasa, me siento mejor. Me muevo un poco y alcanzo a escuchar el rumor de las risas ajenas que resuenan en la calle. Y me pierdo en esa pared amarilla desgastada por el tiempo y por el hastío.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr. Que no es la pared amarilla, pero sí la de mi corazón.

 

 

 

 

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¿Te sientes confundido? ¿Tienes sensación de vértigo? ¿Te zumban los oídos? Quizás te duela la cabeza y te encuentres muy cansado. Si te fijas bien, tienes la piel enrojecida y con picores en la tripa y en la cara interna de los brazos y de las piernas. Ves de forma poco nítida, tienes la piel de gallina y, probablemente, sientas algún calambre y dolor en las articulaciones.

Si estás en casa y en el sofá, no tengo ni idea de lo que te ocurre. Seguro que tienes un serio problema que precisa de atención médica, así que llama al 112.

Si te has metido en el agua, padeces una hidrocución. Seguro que te ha dado el sol a base de bien, o que has realizado mucho ejercicio, o que has comido sin dejar nada en el plato y lo has regado con cerveza bien fresquita. A lo mejor tomas algún psicofármaco para recuperarte de lo tuyo. En ese caso, procura que alguien te saque de los grandes charcos en los que te metes, porque puede que tu corazón, ya entrado en años, no aguante la embestida.

Todo el mundo lo llama “corte de digestión”, pero no lo es. A veces uno confunde las cosas. Quizás porque no las entiende, quizás porque las entiende como quiere. Así que apúntate la palabra, a ti que te gusta hablar haciendo el pino.

Imagen de Óscar F. Hevia.

 

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Un mono.

Dos camisetas.

Un jersey.

Una camisa.

Un calzoncillo.

Dos fundas de almohada.

Una correa.

Una toalla.

Una servilleta.

Dos pañuelos.

Un par de calcetines.

Una manta,

Una cazuela.

Un bote.

Según sus carceleros, estas eran las pertenencias de Miguel Hernández cuando murió en la cárcel de Alicante un 28 de marzo de 1942 a los 31 años. Murió con todo el sufrimiento y la injusticia. Menos mal que nos dejó tantos textos llenos de belleza como para pensar que, en este mundo perverso, hay personas que permanecen entre nosotros con brillos interminables.

Imagen de Vic.

 

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Hoy voy a escribir la entrada más dolorosa. Me llaman por la mañana para decirme que se ha muerto Pedro. Uno de mis amigos. De esos amigos que lo son hasta el tuétano, de los buenos de verdad. Y me ha roto el alma en todas sus aristas. Habíamos estado hace muy poco en una celebración grande. Juntándonos para celebrar un buen momento que era también nuestro. Y estuvimos un rato prolongado abrazados, diciendo lo que ya sabíamos pero que a veces es conveniente susurrar en voz alta. De ese día, queda el último libro que compartimos, el libro de Santi que firmamos todos para Javi: haciendo camino. Y, ahora, andando por el camino de la vida, resulta que tú ya no estás.

No son estas las típicas palabras que se dicen cuando alguien se ha ido: Pedro era una persona inmensamente buena, única. Conozco a muy pocas personas a las que no se le puedan poner pegas. Discreto, comedido, fiel a todo y a todos. Nunca vi en él ningún defecto tan típico de muchos otros y, desde luego, tan típico de mí mismo: ningún doblez, ninguna mala leche. Estar con él suponía tener a alguien a tu lado de forma incondicional. Y siempre sin hacerse notar. Sin estridencias.

Pedro se ha ido. Se nos ha ido. A su mujer, a sus dos hijos, a sus padres, a su hermana. A todos esos amigos que le adorábamos porque veíamos en él un ejemplo limpio para poder imitar como personas.

Pedro, amigo, teníamos una cita pendiente. Unos días en Grecia, nuestro objetivo desde el día 26 de mayo. Pero te juro por lo más sagrado que todos los que estábamos allí iremos a ese lugar mágico.

Nos juntaremos y nos abrazaremos muy fuerte y pensaremos en ti. Y dedicaremos todos los minutos del mundo a darte las gracias por haber estado con nosotros y por habernos enseñado el camino de las personas buenas. De las buenas de verdad.

Imagen de Hartwig HKD.

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