Noto con profunda tristeza que Verba volant está de capa caída. Desde hace unas cuantas semanas (casi meses), hay algo que me preocupa muchísimo más que la falta de ideas: noto que me faltan las ganas de escribir o que, simplemenet, se me olvida el hecho de que tengo abierto ese vehículo de comunicación. Lo primero que se le ocurre a uno ante esta situación es que, quizá, vaya siendo el momento de dejarlo. Entre otras cosas, porque es bastante poco probable que el mundo explote ante tan relativo desastre. Sin embargo, me voy a esforzarme para que esto no ocurra. Y esta entrada va precisamente de eso, de las razones de mi escritura.
Cuando han llegado los momentos de pensar han dejarlo, he necesitado recuperar los momentos en los que empecé. Verba volant nació un bendito 19 de agosto de 2007. Crearlo fue, para mí (no hablo de la Humanidad, a la que le puede importar un bledo), una magnífica idea: creía que tenía algo que decir (aunque fuera para mí mismo); pensaba que tenía un proyecto creativo y cultural entre las manos y que podía ponerlo en práctica; estaba convencido de que, al margen de la calidad, de la cantidad o de la intensidad, era algo que necesitaba, viviendo casi siempre en el puñetero borde del abismo. Los principios fueron solitarios porque así era muy deseo. Al poco tiempo, la lectura del mismo se ampliaría con la amable y cordial acogida en la Burgosfera. Y, un poquito después, el blog siguió creciendo y creciendo con un número de lectores más o menos recurrentes que iba aumentando paulatinamente. Me consta que les gustaba a una, dos, tres, cuatro o cinco personas (y eso, para mí, era más que suficiente). Había un poquito de creación literaria, una miajita de experimentación, un incipiente interés por la fotografía, algo de reflexión teórica deliberadamente personalizada… Todo esto se ha mantenido con una inmensa ilusión, un no desdeñable esfuerzo (si pasásemos todo esto a papel, contaría con miles de páginas) y servía también como una auténtica terapia. Puestos a sufrir en este mundo, no estaba mal escribir sobre ese sufrimiento y, de paso, beneficiarme de la catarsis.
Como era un proyecto mío y muy personal, decidí escribir sobre lo que me daba la gana. Y con estas reflexiones en voz alta llegaron los problemas. Pensaba yo que, privado de todo como estaba, enjuiciado por la pequeña ciudad en la que vivo y sometido al arbitrio severo de encorsetados clanes, podría utilizar este pequeño espacio com lugar de libertad. La sorpresa vino en forma de ataques virulentos, enfados sublimes, acometidas e intentos de que parase. Cualquiera que haya seguido la trayectoria del blog, sabrá que no he sacado el cuchillo a pasear en demasiadas ocasiones. Todos los que saben leer entre líneas (es decir, todos los que saben leer) son perfectamente conscientes de dos cosas: una, que todo esto era un asunto mío; dos, que gritaba por no llorar y que los destinatarios no eran nunca los mismos. Por otro lado, quizá sea más o menos defendible que aquel que ha tenido que tener la boca bien cerrada durante tanto tiempo pudiese abrirla de vez en cuando, sobre todo cuando ha tenido que escuchar tanto disparate; sobre todo cuando un servidor tenía como abogado defensor tan solo a su espejo, que es feo, está manchado y tiene un reflejo contradictorio. Tuve que aguantar lo que nadie sabe. Las estadísticas mostraban diariamente que quienes me negaban el pan y la sal (y que nunca llegarán a saber las raíces de todas las cosas, de todos los males) entrasen de forma compulsiva al blog para darse por aludidos. Había otras veces en las que, después de haber sucedido algún hecho muy desagradable en el que yo era el agraviado de forma pública, mi respuesta literaria y, desde luego, carente de referencias concretas, se leía con lupa para que tuviese otro tipo de consecuencias.
No es bueno vivir con esa presión. Por fortuna, supe librarme de la obsesión de visitar la página de estadísticas para liberarme también de esa carga que, a mi pesar, sigue existiendo. Lo que es obvio, no lo era para algunos: este blog no era un lugar nacido de mi deseo de meterme con nadie, sino que era un lugar en el que, simplemente, el que hablaba era yo. Y al hablar, uno habla de muchas cosas: de las que le rodean y de las que no. Invito a cualquier sabiondo a vivir durante años privado de lo que más quiere, en condiciones lamentables, sufriendo ataques de ansiedad cada dos por tres. Y con otros males todavía peores acechando.
Como digo, no he superado la etapa del sufrimiento porque, desgraciadamente, creo que esto acechaba en mi temperamento y temo que no desaparezca por completo nunca. Sin embargo, el blog seguía sirviéndome para otras muchas cosas. Nacieron algunas series que me empujaron a la idea de escribir varios libros, animado por muchas personas que me lo aconsejaban en las líneas del blog y, sobre todo, en charlas con una cerveza entre las manos. Lo más duro era ver que las personas que más cerca podían haber estado de todo esto tomaban el blog como ese saco de inmundicias vomitorias. Jamás recibí un empujón amable. Jamás una palabra grata. Nada de esto parecía tener ningún mérito. Lo gracioso es que si esto hubiese sido idea de cualquier otro con un acento o un tono de voz diferente al mío, le hubieran puesto en los altares.
Y eso es precisamente lo que me ha llevado a escribir esta entrada, con un aviso para navegantes: el que firma esto va a seguir escribiendo de lo que se le salga en la punta del níspero. Voy a seguir siendo tan educado como algunos lo son conmigo. Voy a seguir utilizando mi cabecita para inventarme historias. Voy a intentar seguir algunos de los principios que me inculcaron y también voy a romper con muchos otros. Voy a procurar compartir con los demás algunas pequeñas habilidades que poseo y también a manifestar mi ignorancia de todo lo que no entiendo. Nada ni nadie va a hacer que me calle y solo yo decidiré sobre qué o sobre quién hablar.
Y otra cosa más: en estas líneas, estaré del lado de todos los que quieran acompañarme, de forma amable, tierna, benévola o crítica. Pero, en mi vida, solo voy a admitir a aquellos, que de acuerdo o no conmigo, decidan estar a mi lado. Porque, aunque no lo parezca, me gustaría que todos los días que configuren el resto de mi vida estén llenos de conversaciones, de guiños cómplices y de sonrisas. Y al que no le guste, que le den por los cuatro puntos cardinales.
(Imagen de Jorge Fabra.)
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