— Verba Volant

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Tener un blog tiene muchas ventajas, pero una por encima de todas: es tuyo. Mientras tengas esto claro, todo irá bien. Porque tener un blog tiene muchas ventajas, señaladas ya en muchos sitios. También acarrea cosas negativas, pero eso ya es cosa que no cabe aquí (hoy).

Es cierto que uno escribe para que lo lean, pero también que lo que escribe tiene que partir de uno, ser de uno, conformar el “uno”. Los demás son una parte consustancial del todo, pero el yo es un inicio. Siendo tuyo, haces con él lo que te da la gana. Porque eliges, enfocas o proyectas las cosas para que sean lo que quieras que sean. O haces lo que puedes, o haces por poder.

La ventaja de tener algo tuyo es que lo manejas y nadie te lo impone. Ni la actualidad ni las circunstancias, a no ser que tú lo decidas. Por eso, has decidido no ser cáustico. Ni violento. Como es tuyo, eliges. Y eliges, entre todo lo tuyo, todo lo que sea de tu gusto y todo lo que te haga sentir bien. Que un día será otra cosa, diferente y opuesta, pero de la que se saquen lecciones de vida (tu vida, la vida, quién sabe).

Y, como consecuencia, dialogas, narras y cuentas. Lo tuyo. Lo que te interesa por encima de todas las circunstancias. Esa es la ventaja. Las reclamaciones, al saco de las con(s)ciencias.

Imagen de Aftab Uzzaman.

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Esta no es una entrada para suscitar reacciones ni emociones, sino una idea que me ha estado rondando durante semanas. Cada día encontraba un pretexto para no escribir, para no pensar en escribir, para no tener la más mínima predisposición de ponerme a la tarea. No me venían ideas ni inspiraciones, ni mirando al cielo ni al infierno. No funcionaba eso de ponerse a escribir delante de la pantalla en blanco, porque la pantalla seguía inmaculada, porque las letras aporreadas acababan en la papelera (de reciclaje).

Es una entrada para lo que no quiero comentarios públicos ni privados del tipo Jo, te necesitamos. Jo, eres lo mejor. Jo, no nos abandones en este mundo de tinieblas. Nadie es imprescindible –se han ido ya tantos– y mucho menos yo y mucho menos este blog y mucho menos cuando las palabras vuelan, se van. Y punto.

Pero ayer, no sé por qué, me di cuenta de algo que sabía sobradamente en teoría pero no tanto en la práctica. Que las palabras curan y sublevan, encienden y mitigan. Y, a veces, aunque sea por pura enfermedad, sanan.

Así que no. Me niego a dejarlo. Seguiré. Intentaré observar y devolver, pensar y expresar, sufrir y supurar.

Lo iba a dejar. Pero todavía hay Verba volant. Por un tiempo.

La imagen es un cuadro de John Baldessari en el MoMA de Nueva York.

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Estas últimas semanas, ha llegado a este blog una avalancha de spam que hacía todo muy difícil de manejar. Me he visto obligado a cambiar la configuración de algunos parámetros del blog y alguna cosa más. También he tenido que borrar algunas cosas que se habían colado por la puerta de atrás. Ahora creo que está todo en orden y funciona como es debido.

Mis disculpas por la irregularidad de aparición de entradas de los últimos días, pero la casa hay que tenerla limpia.

(La imagen procede del The Washington State Department of Transportation.)

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Querido diario:

Hoy, abrigado en el calor de un día frío, quiero volver a ti, contarte mis pensamientos más íntimos y luego cerrarlos con una llave, anudada al cuello como la cuerda que arrastra los kilos de cemento que te arrojarán al mar en momentos de tormento.

Cansado de correr cada vez más despacio, exhausto de una meta que no llega, quiero confiarte un miedo atroz, un miedo que lo único que no me impide es pensar mi propio miedo. Nuestros mayores defectos no son los de la inconsciencia, sino los que proceden de nuestra razón cuando está atenta. Últimamente, tengo la necesidad de salir a respirar, de ensanchar mi mundo con momentos que me nublen el pensamiento lúcido. Que encojan todo lo que no sea vigor exhortado, respiración frecuente, sudoración, esfuerzo máximo.

Las noches se me aclaran por mitades, en las que lleno mi zozobra y mi vigilia con largos momentos de ficción, en medio de la noche callada. Hoy una pieza de Bach me ha transportado hacia un mundo celestial, un momento de jazz me ha desplazado hacia la niebla. Otras muchas canciones se han sucedido mientras estaba tumbado en el sofá y tenía los ojos plenamente abiertos. No quería cerrarlos, no podía cerrarlos.

La noche lúcida ha convertido las primeras horas de la mañana en momentos turbios, de resaca de un descanso que no llega. Pienso que me marcho y que me voy a un mundo del que no voy regresar. El mundo nunca es el mismo para nosotros, que somos paréntesis plenamente prescindibles. Y me veo intentando cruzar un río, reconfortado, sin llegar a divisar –aún– lo que hay en la otra orilla.

(Con imagen de See-Ming Lee.)

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Un escritor, sea en un blog o en bloc, siempre se plantea cómo llegan los escritos a sus lectores. Y es difícil que estos, los receptores, no tengan que ver, de algún modo, con lo que escribe el autor. Es complicado abstraerse de gustos, de consejos, de influencias y, sobre todo, de éxitos.

Como no podía ser de otro modo, cada uno tiene unos objetivos al escribir y parte de unos principios. En mi caso, escribo porque me gusta y escribo de lo que me gusta. A ráfagas, a impulsos. Con series y planificaciones, sí, pero también adaptando el tono y el tema al día en el que se escribe, al sentimiento que uno tiene. Como llevo ya muchos años en esto, sé perfectamente lo que más gusta y lo que no: hay entradas con centenares de visitas y entradas con docenas escasas. Lo natural sería fijarse en los números y escribir con ellos como destino final…

Pero no. Escribiré esas entradas que les gustan a centenares solo cuando me apetezca escribirlas y porque las considere adecuadas al momento. Y, francamente, me quedo con las entradas más íntimas o más difíciles (o más simbólicas). Aunque exista únicamente una persona que las lea y disfrute con ellas, seguiré. Lo haré por los lectores, sumados uno a uno; lo haré por mí, para no terminar con mis principios.

(Imagen de Gilles Chiroleu.)

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Hace poco Verba volant llegaba a las 1.000 entradas y hoy está de aniversario: este blog cumple seis años. Hubo otros proyectos web, incluso blogs, antes de este antes que este, desde hace la friolera de 10 años, pero Verba volant es el que ha perdurado.

En los años en los que fui profesor de Filosofía en la educación secundaria, no dejaba de explicar la importancia de distinguir lo contingente de lo necesario. Si bien lo necesario estaba bien claro para todos, no ocurría lo mismo con lo contingente: lo que es, pero puede no ser; lo que no es, pero puede ser. Esta es la esencia misma de muchos de los proyectos humanos, de los proyectos personales. Verba volant no existía y, a raíz de un consejo, de una confianza expresada en palabras y hechos, nació. Nació siendo contingente y sigue siéndolo, porque basta con poner un punto final para que así sea. Pero, siendo por esencia contingente, se ha convertido para mí en algo necesario. No siempre puedo dedicarle el mismo tiempo ni el mismo ímpetu. No siempre la expiración produce inspiración, pero el blog sigue ahí, permanentemente en mi cabeza en forma de ideas, de proyectos y de realidades.

Como digo, el blog nació del ánimo y de la confianza que yo no tenía en mí mismo. Afortunadamente, siempre hay alguien que piensa en que tienes alguna remota capacidad para expresar cosas a través de palabras. Y, necesariamente, tengo que dar las gracias.

Todavía quedarán palabras para construir historias e historias para construir palabras. Aunque las palabras vuelen y no siempre puedan atraparse. Porque las cosas son, pero pueden no ser. No son, pero pueden ser.

(Imagen de Lisa Ruokis.)

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Me gusta ver las cosas en colores. De blanco oscuro y de negro claro. De azul burdeos y de rojo lima. De gris pistacho y de verde prusia. De morado azabache y de rosa mostaza. De violeta limón y de marrón cobalto.

Me gusta ver las cosas en colores, pero soy daltónico. Y no veo lo que ven las personas normales, sino que vivo en un mundo en el que mi cerebro juega con unas mezclas extrañas, para mí naturales. Nací en un mundo en el que las tonalidades de las cosas no se asimilaban a la palabra de los demás y en el que las palabras sobre las realidades que yo veía no podían comprenderse.

Así soy, por dentro y por fuera. Y este blog lanza palabras al aire. Intento que con mil colores. A veces, con colores que no conoce nadie.

He decidido celebrar las mil entradas de Verba volant sin estridencias, pero intentando condensar en nada todo de lo que son capaces mis silencios, mis contradicciones y mi manera de enfrentarme a la realidad. Que es la misma, básicamente, que la que utilizo cuando me enfrento a las palabras. Gracias a todos los que estuvisteis, los que están y los que llegarán. Gracias de colores.

(Imagen de Dough Weller.)

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Estaba tan pendiente de encontrar ideas para esta entrada que, por eso mismo, he estado a punto de no escribirla. En los días pasados, le di vueltas a la cosa: que si una entrada “bomba”, que si una de las series de este blog para una entrada (diálogo, blogólogo interior, canciones prosificadas…). Ayer, en unas horas de insomnio, maquiné un “fragmento para una teoría del caos” en el que se añadía a la lista un nuevo personaje, que era el que narraría esta entrada… Pedí consejo a través de las redes sociales y me llegaron a aconsejar no que no escribiera nada, sino que escribiera NADA así, con mayúsculas.

Y sigo uno de esos consejos para hacer una entrada en la que no cabe la ficción ni la reflexión, sino un balance. Aunque inicialmente empecé con Verba volant bajo la plataforma de Blogger –conviene decir también que hubo otros conatos de blog con ese nombre, ya casi perdidos–, enseguida me trasladé a un dominio propio, URBINAVOLANT.com, del que este blog es parte. URBINAVOLANT es un proyecto en marcha todavía no extendido en todas sus ramas. De momento, acoge con ilusión también mi trabajo como profesor universitario (y antes, también, como profesor de secundaria y bachillerato). Tendrá, en el futuro, otras cosas, pero no quiero anticipar nada que me comprometa.

La primera entrada del blog tenía como título “Empezamos este cuaderno de bitácora…con el nombre”. Desde el 19 de agosto de 2007, la palabra blog ha triunfado y yo me he unido a ella. No obstante, reconozco la predilección que tengo por la expresión cuaderno de bitácora: el cuaderno de navegación que se guarda en un armario justo al lado de la brújula de un barco. Pocos elementos son tan significativos para entender lo que es este blog como el cuaderno de navegación o la brújula. Cuaderno sobre el que se reflexiona sobre los rumbos; brújula como elemento externo que apunta los destinos en relación a su origen magnético.

Con el tiempo, ha cabido de todo: las ficciones y reflexiones que apuntaba más arriba. Todo ello, siempre, bajo el punto de vista personal, con los mecanismos del ego-hic-nunc (yo, aquí, ahora). No es una cuestión de egocentrismo, sino de perspectiva. Al principio, primaban más las reflexiones. Después, la ficción fue dando bocados a todo lo demás en elementos mucho más conectados entre sí de lo que cabría esperar en una lectura superficial. Porque un blog no es una suma de elementos inconexos (o, al menos, yo no lo concibo así). Incluso cuando yo mismo lo creía, sabias aportaciones externas y reflexiones propias a posteriori me han enseñado a verlo de otro modo. Tanto es así, que algunas series, que se ven desde un lado más o menos frívolo, pueden tener interpretaciones de más calado. Creo.

¿Qué me ha enseñado el blog? Son tantas las cosas que he aprendido que no caben en una entrada con vocación sintética. En resumen, me ha servido para descubrir el poder catártico de la escritura, que yo creía mera teoría. Me ha demostrado también que soy capaz de escribir mucho. De ese mucho, he aprendido a deslindar lo que le gusta a los demás y lo que me gusta a mí. De 900 entradas, estoy razonablemente contento con unas cuantas.

También he conseguido conectar con otras muchas personas. Gracias a este mundo, he conocido a unas cuantas personas que merecen mucho la pena. También es cierto que, en un momento dado, decidí dar un giro para salirme del círculo cerrado en el que los blogs a veces se convierten para abrir una espirar en la que Burgos sigue siendo un elemento de referencia, pero en el que ya hay bastante más lectores de Madrid o de Barcelona. Contemplo con sorpresa que me han llegado amables palabras sobre mi trabajo desde muchas localidades de España y, con más sorpresa todavía, de muchos otros lugares de fuera, con Argentina, México, Chile y Estados Unidos a la cabeza. Qué es lo que personas tan distantes entre sí han llegado a ver en unas palabras que vuelan es la pregunta que, sinceramente, aún no estoy preparado para responder.

En el último año, el número de entradas ha descendido. Reconozco que me he encontrado, a veces, desbordado de trabajo y, en otras ocasiones, yermo de ideas. Esto me llevó a pensar muchas veces a abandonar, cosa que no pienso a hacer. Tengo nuevos proyectos y, sobre todo, palabras que quiero seguir impulsando por el aire para que alguien las junte y les dé todo su significado.

Sería tremendamente injusto si no agradeciese a algunas personas el impulso que me dieron para que este blog viese la luz. Lo sería también si no diese las gracias a los seguidores fieles, discontinuos o esporádicos (algunos se manifiestan en los comentarios, otros a través de las redes sociales, otros utilizando el correo electrónico y muchos más con el silencio). Del mismo modo que algunos quisieron poner piedras en el camino, han sido muchos más los que lo allanaron con sus ánimos. A los más fieles y que me siguen preguntando, les digo que Chipirón sigue viva. Me da tantos palos que prefiero mantener sus comentarios en silencio, pero reconozco que tiene algunos partidarios a los que les repartiré próximamente alguna dosis de su dulce veneno.

He retraso tanto esta entrada que casi la hago coincidir con los cinco años de vida de Verba volant, pero me he desperezado y me comprometo a celebrar, también, este quinto cumpleaños. Gracias a todos los que estáis ahí.

(Imagen de Julen Landa.)

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Noto con profunda tristeza que Verba volant está de capa caída. Desde hace unas cuantas semanas (casi meses), hay algo que me preocupa muchísimo más que la falta de ideas: noto que me faltan las ganas de escribir o que, simplemenet, se me olvida el hecho de que tengo abierto ese vehículo de comunicación. Lo primero que se le ocurre a uno ante esta situación es que, quizá, vaya siendo el momento de dejarlo. Entre otras cosas, porque es bastante poco probable que el mundo explote ante tan relativo desastre. Sin embargo, me voy a esforzarme para que esto no ocurra. Y esta entrada va precisamente de eso, de las razones de mi escritura.

Cuando han llegado los momentos de pensar en dejarlo, he necesitado recuperar los momentos en los que empecé. Verba volant nació un bendito 19 de agosto de 2007. Crearlo fue, para mí (no hablo de la Humanidad, a la que le puede importar un bledo), una magnífica idea: creía que tenía algo que decir (aunque fuera para mí mismo); pensaba que tenía un proyecto creativo y cultural entre las manos y que podía ponerlo en práctica; estaba convencido de que, al margen de la calidad, de la cantidad o de la intensidad, era algo que necesitaba, viviendo casi siempre en el puñetero borde del abismo. Los principios fueron solitarios porque así era muy deseo. Al poco tiempo, la lectura del mismo se ampliaría con la amable y cordial acogida en la Burgosfera. Y, un poquito después, el blog siguió creciendo y creciendo con un número de lectores más o menos recurrentes que iba aumentando paulatinamente. Me consta que les gustaba a una, dos, tres, cuatro o cinco personas (y eso, para mí, era más que suficiente). Había un poquito de creación literaria, una miajita de experimentación, un incipiente interés por la fotografía, algo de reflexión teórica deliberadamente personalizada… Todo esto se ha mantenido con una inmensa ilusión, un no desdeñable esfuerzo (si pasásemos todo esto a papel, contaría con miles de páginas) y servía también como una auténtica terapia. Puestos a sufrir en este mundo, no estaba mal escribir sobre ese sufrimiento y, de paso, beneficiarme de la catarsis.

Como era un proyecto mío y muy personal, decidí escribir sobre lo que me daba la gana. Y con estas reflexiones en voz alta llegaron los problemas. Pensaba yo que, privado de todo como estaba, enjuiciado por la pequeña ciudad en la que vivo y sometido al arbitrio severo de encorsetados clanes, podría utilizar este pequeño espacio com lugar de libertad. La sorpresa vino en forma de ataques virulentos, enfados sublimes, acometidas e intentos de que parase. Cualquiera que haya seguido la trayectoria del blog, sabrá que no he sacado el cuchillo a pasear en demasiadas ocasiones. Todos los que saben leer entre líneas (es decir, todos los que saben leer) son perfectamente conscientes de dos cosas: una, que todo esto era un asunto mío; dos, que gritaba por no llorar y que los destinatarios no eran nunca los mismos. Por otro lado, quizá sea más o menos defendible que aquel que ha tenido que tener la boca bien cerrada durante tanto tiempo pudiese abrirla de vez en cuando, sobre todo cuando ha tenido que escuchar tanto disparate; sobre todo cuando un servidor tenía como abogado defensor tan solo a su espejo, que es feo, está manchado y tiene un reflejo contradictorio. Tuve que aguantar lo que nadie sabe. Las estadísticas mostraban diariamente que quienes me negaban el pan y la sal (y que nunca llegarán a saber las raíces de todas las cosas, de todos los males) entrasen de forma compulsiva al blog para darse por aludidos. Había otras veces en las que, después de haber sucedido algún hecho muy desagradable en el que yo era el agraviado de forma pública, mi respuesta literaria y, desde luego, carente de referencias concretas, se leía con lupa para que tuviese otro tipo de consecuencias.

No es bueno vivir con esa presión. Por fortuna, supe librarme de la obsesión de visitar la página de estadísticas para liberarme también de esa carga que, a mi pesar, sigue existiendo. Lo que es obvio, no lo era para algunos: este blog no era un lugar nacido de mi deseo de meterme con nadie, sino que era un lugar en el que, simplemente, el que hablaba era yo. Y al hablar, uno habla de muchas cosas: de las que le rodean y de las que no. Invito a cualquier sabiondo a vivir durante años privado de lo que más quiere, en condiciones lamentables, sufriendo ataques de ansiedad cada dos por tres. Y con otros males todavía peores acechando.

Como digo, no he superado la etapa del sufrimiento porque, desgraciadamente, creo que esto acechaba en mi temperamento y temo que no desaparezca por completo nunca. Sin embargo, el blog seguía sirviéndome para otras muchas cosas. Nacieron algunas series que me empujaron a la idea de escribir varios libros, animado por muchas personas que me lo aconsejaban en las líneas del blog y, sobre todo, en charlas con una cerveza entre las manos. Lo más duro era ver que las personas que más cerca podían haber estado de todo esto tomaban el blog como ese saco de inmundicias vomitorias. Jamás recibí un empujón amable. Jamás una palabra grata. Nada de esto parecía tener ningún mérito. Lo gracioso es que si esto hubiese sido idea de cualquier otro con un acento o un tono de voz diferente al mío, le hubieran puesto en los altares.

Y eso es precisamente lo que me ha llevado a escribir esta entrada, con un aviso para navegantes: el que firma esto va a seguir escribiendo de lo que se le salga en la punta del níspero. Voy a seguir siendo tan educado como algunos lo son conmigo. Voy a seguir utilizando mi cabecita para inventarme historias. Voy a intentar seguir algunos de los principios que me inculcaron y también voy a romper con muchos otros. Voy a procurar compartir con los demás algunas pequeñas habilidades que poseo y también a manifestar mi ignorancia de todo lo que no entiendo. Nada ni nadie va a hacer que me calle y solo yo decidiré sobre qué o sobre quién hablar.

Y otra cosa más: en estas líneas, estaré del lado de todos los que quieran acompañarme, de forma amable, tierna, benévola o crítica. Pero, en mi vida, solo voy a admitir a aquellos, que de acuerdo o no conmigo, decidan estar a mi lado. Porque, aunque no lo parezca, me gustaría que todos los días que configuren el resto de mi vida estén llenos de conversaciones, de guiños cómplices y de sonrisas. Y al que no le guste, que le den por los cuatro puntos cardinales.

(Imagen de Jorge Fabra.)

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Por ser una entrada que no deseo que sea vista de forma indiscriminada, esta entrada solo se puede ver introduciendo una contraseña. El que esté interesado en leerla, estaré encantado de proporcionársela si me la pide.

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