— Verba volant

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Noto con profunda tristeza que Verba volant está de capa caída. Desde hace unas cuantas semanas (casi meses), hay algo que me preocupa muchísimo más que la falta de ideas: noto que me faltan las ganas de escribir o que, simplemenet, se me olvida el hecho de que tengo abierto ese vehículo de comunicación. Lo primero que se le ocurre a uno ante esta situación es que, quizá, vaya siendo el momento de dejarlo. Entre otras cosas, porque es bastante poco probable que el mundo explote ante tan relativo desastre. Sin embargo, me voy a esforzarme para que esto no ocurra. Y esta entrada va precisamente de eso, de las razones de mi escritura.

Cuando han llegado los momentos de pensar han dejarlo, he necesitado recuperar los momentos en los que empecé. Verba volant nació un bendito 19 de agosto de 2007. Crearlo fue, para mí (no hablo de la Humanidad, a la que le puede importar un bledo), una magnífica idea: creía que tenía algo que decir (aunque fuera para mí mismo); pensaba que tenía un proyecto creativo y cultural entre las manos y que podía ponerlo en práctica; estaba convencido de que, al margen de la calidad, de la cantidad o de la intensidad, era algo que necesitaba, viviendo casi siempre en el puñetero borde del abismo. Los principios fueron solitarios porque así era muy deseo. Al poco tiempo, la lectura del mismo se ampliaría con la amable y cordial acogida en la Burgosfera. Y, un poquito después, el blog siguió creciendo y creciendo con un número de lectores más o menos recurrentes que iba aumentando paulatinamente. Me consta que les gustaba a una, dos, tres, cuatro o cinco personas (y eso, para mí, era más que suficiente). Había un poquito de creación literaria, una miajita de experimentación, un incipiente interés por la fotografía, algo de reflexión teórica deliberadamente personalizada… Todo esto se ha mantenido con una inmensa ilusión, un no desdeñable esfuerzo (si pasásemos todo esto a papel, contaría con miles de páginas) y servía también como una auténtica terapia. Puestos a sufrir en este mundo, no estaba mal escribir sobre ese sufrimiento y, de paso, beneficiarme de la catarsis.

Como era un proyecto mío y muy personal, decidí escribir sobre lo que me daba la gana. Y con estas reflexiones en voz alta llegaron los problemas. Pensaba yo que, privado de todo como estaba, enjuiciado por la pequeña ciudad en la que vivo y sometido al arbitrio severo de encorsetados clanes, podría utilizar este pequeño espacio com lugar de libertad. La sorpresa vino en forma de ataques virulentos, enfados sublimes, acometidas e intentos de que parase. Cualquiera que haya seguido la trayectoria del blog, sabrá que no he sacado el cuchillo a pasear en demasiadas ocasiones. Todos los que saben leer entre líneas (es decir, todos los que saben leer) son perfectamente conscientes de dos cosas: una, que todo esto era un asunto mío; dos, que gritaba por no llorar y que los destinatarios no eran nunca los mismos. Por otro lado, quizá sea más o menos defendible que aquel que ha tenido que tener la boca bien cerrada durante tanto tiempo pudiese abrirla de vez en cuando, sobre todo cuando ha tenido que escuchar tanto disparate; sobre todo cuando un servidor tenía como abogado defensor tan solo a su espejo, que es feo, está manchado y tiene un reflejo contradictorio. Tuve que aguantar lo que nadie sabe. Las estadísticas mostraban diariamente que quienes me negaban el pan y la sal (y que nunca llegarán a saber las raíces de todas las cosas, de todos los males) entrasen de forma compulsiva al blog para darse por aludidos. Había otras veces en las que, después de haber sucedido algún hecho muy desagradable en el que yo era el agraviado de forma pública, mi respuesta literaria y, desde luego, carente de referencias concretas, se leía con lupa para que tuviese otro tipo de consecuencias.

No es bueno vivir con esa presión. Por fortuna, supe librarme de la obsesión de visitar la página de estadísticas para liberarme también de esa carga que, a mi pesar, sigue existiendo. Lo que es obvio, no lo era para algunos: este blog no era un lugar nacido de mi deseo de meterme con nadie, sino que era un lugar en el que, simplemente, el que hablaba era yo. Y al hablar, uno habla de muchas cosas: de las que le rodean y de las que no. Invito a cualquier sabiondo a vivir durante años privado de lo que más quiere, en condiciones lamentables, sufriendo ataques de ansiedad cada dos por tres. Y con otros males todavía peores acechando.

Como digo, no he superado la etapa del sufrimiento porque, desgraciadamente, creo que esto acechaba en mi temperamento y temo que no desaparezca por completo nunca. Sin embargo, el blog seguía sirviéndome para otras muchas cosas. Nacieron algunas series que me empujaron a la idea de escribir varios libros, animado por muchas personas que me lo aconsejaban en las líneas del blog y, sobre todo, en charlas con una cerveza entre las manos. Lo más duro era ver que las personas que más cerca podían haber estado de todo esto tomaban el blog como ese saco de inmundicias vomitorias. Jamás recibí un empujón amable. Jamás una palabra grata. Nada de esto parecía tener ningún mérito. Lo gracioso es que si esto hubiese sido idea de cualquier otro con un acento o un tono de voz diferente al mío, le hubieran puesto en los altares.

Y eso es precisamente lo que me ha llevado a escribir esta entrada, con un aviso para navegantes: el que firma esto va a seguir escribiendo de lo que se le salga en la punta del níspero. Voy a seguir siendo tan educado como algunos lo son conmigo. Voy a seguir utilizando mi cabecita para inventarme historias. Voy a intentar seguir algunos de los principios que me inculcaron y también voy a romper con muchos otros. Voy a procurar compartir con los demás algunas pequeñas habilidades que poseo y también a manifestar mi ignorancia de todo lo que no entiendo. Nada ni nadie va a hacer que me calle y solo yo decidiré sobre qué o sobre quién hablar.

Y otra cosa más: en estas líneas, estaré del lado de todos los que quieran acompañarme, de forma amable, tierna, benévola o crítica. Pero, en mi vida, solo voy a admitir a aquellos, que de acuerdo o no conmigo, decidan estar a mi lado. Porque, aunque no lo parezca, me gustaría que todos los días que configuren el resto de mi vida estén llenos de conversaciones, de guiños cómplices y de sonrisas. Y al que no le guste, que le den por los cuatro puntos cardinales.

(Imagen de Jorge Fabra.)

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Por ser una entrada que no deseo que sea vista de forma indiscriminada, esta entrada solo se puede ver introduciendo una contraseña. El que esté interesado en leerla, estaré encantado de proporcionársela si me la pide.

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Has jugado mucho con el uso de la segunda persona del singular para referirte a ti mismo. Has usado hasta el abuso de las estructuras anafóricas e, incluso, paralelísticas. Has reincidido en el empleo de una puntuación seca, casi mutilada. Has tendido los grupos sintácticos en estructuras triádicas por influencia de la lógica medieval y de Calderón de la Barca. Has reincidido en una suerte de oxímoros feroces que, de tan violentos, pueden pasar desapercibidos, del mismo modo que has conseguido esconder al gran público parte de tus quiasmos. Has desquiciado la semántica con falsas atribuciones a los referentes. Has intentado manejar los mecanismos pragmáticos, a los que eres tan aficionado, y a veces estos se te han vuelto contra ti cuando menos te lo esperabas. Pese al formato en el que te manejas, muchos de tus párrafos han resultado demasiado largos para este medio, que lo es más de esencias breves que de longitudes. Y te ha gustado acabar tus entradas de forma taxativa, cortando el aliento a los lectores como un cuchillo. Así. Porque sí.

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Vivimos en el mundo 2.0, en el que se cuentan las redes sociales por el número de amigos o seguidores, los blogs por número de “enganches” a las RSS o por la cantidad de comentarios que origina cada entrada. Pese a que pueda parecerlo, no es un mundo nuevo. Es un mundo paralelo y deudor de de las listas de los libros más vendidos, de las canciones que están en el top (40, 100, el número que se quiera), de los ingresos que originan las películas en las salas y en su venda en diferentes soportes. Es el mundo de la cantidad, de los números que ennoblecen cuanto más altos sean y más significativos.

Todo aquel que esté un poco al tanto de cómo se originan estas escalas, sabe que, tras el poso de verdad, se esconde la trampa: los números se hinchan, las cantidades se compran y todo gira en torno a un modelo de negocio, lo que equivale a decir que, tras el número, se esconde una técnica de mercado. ¿Es paralela esta situación en la parcela del mundo 2.0 que no desea ser negocio? No sé, a ciencia cierta, cuál es la contestación. Quizá podría adivinarla si a ese 2.0 gratuito se le tentara con las mieles de la publicidad y una oportunidad auténtica de ganar dinero. Lo que sí se es que, en la minoría, por muy mayoritaria que sea, también se esconde la estrategia.

Hay que decir, ante todo, que no hay una postura más genuina o auténtica que otra. Cada uno hace con sus amigos, sus seguidores o sus comentaristas lo que quiere (o lo que puede). A veces puede ser gratificante crear toda una comunidad de acólitos que parezcan obligados a danzar al ritmo de una sugerencia (a veces, desvirtuando una buena idea). A mí me dijeron ayer que escribía un blog para mí mismo (lo cual no es sinónimo de que sea un blog personal). Me lo tomé como un cumplido, aunque quizá no se sepa que, a veces, la difusión de un blog y su lectura sea una práctica privada que no tiene por qué ser ostentosa, ni aparatosa, ni registrada en forma de comentario o avalada con una exposición estadística. La lectura va por dentro de todos aquellos que se reconocen, al menos en parte, en las palabras que, siendo de otros, son suyas.

La creatividad no es sinónimo de cantidad. Ni todo lo contrario.

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Verba volant llega, con esta, a las 800 entradas. Esta celebración, precisamente, se me estaba atragantando en la cabeza y en los dedos, pasando por el corazón. A lo largo de estas vacaciones, me he encontrado con decenas de entradas que no quería escribir, con unas poquitas que intentaba evitar y, a la postre, con ninguna que celebrase el acontecimiento.

Entre las poquitas que quería evitar, se encuentran algunas en las que el blog se iba a abalanzar, como hace otras veces, contra lo divino y lo humano (más bien lo segundo que lo primero). Y, al final, no lo he hecho porque he pensado que no lo merecía la ocasión y, ante todo, porque por una vez en mi vida voy a permanecer calladito para no sacar a pasear mi connatural instinto asesino.

Poco diré también de las que no quería escribir. No quería ni recursos fáciles, ni poesía barata, ni análisis superficial, medio ni profundo, ni series. Punto.

La preocupación me ha ido viniendo a medida que pasaban los días con lo que sí quería escribir y no podía. Ni una idea más o menos brillante. Ni un contenido para asociar. Ni un recurso con el que enganchar. Y me preguntaba, a lo largo de muchos días y de muchos momentos, si esto no era barbecho sino desertificación y abandono. Me decía, constantemente, si 800 entradas no eran demasiadas. Si todo lo que quería decir estaba dicho. En definitiva, si ya no tenía nada que contar. Me intentaba convencer de que todavía quedaba mucho recorrido, pero el tiempo se empecinaba en demostrar otra cosa. Y cuanto más demoraba la escritura, menos ganas tenía de seguir escribiendo.

En muchas ocasiones, me he encontrado releyendo muchas entradas del blog de las que no guardaba ningún recuerdo. Entre hallazgos y decepciones, he visto algo que me agradaba por encima de muchas otras cosas: el título de algunas entradas, que me ha gustado por encima de las palabras que lo desarrollaban. Me he preguntado también por algún significado oculto, por algún matiz contextualizado y por otros muchos sacados de contexto, he pensado en las asociaciones entre imagen y texto.

También me he cuestionado el blog como herramienta de lectura. Me he ido alejando deliberadamente de algún tipo de receptores y, con mi nula pero deliberada interacción, he dejado escapar a muchos de los que buscaban aquí otra cosa que no eran, simplemente, palabras; de los que no buscaban aquí, simplemente, palabras mías. Desde el punto de vista de la recepción, las estadísticas me dicen que el blog es mucho más “universal” a medida que se alejaba del terruño del espacio que se alcanza a simple vista. He visto en esta “universalización” muchas cosas malas, pero también muchas cosas buenas o, por lo menos, regulares.

En definitiva, he escrito esta entrada número 800 para mí mismo más que para nadie en particular. La he escrito más porque yo necesitaba escribirla, en plenitud de creación onanista, más que porque alguno de vosotros necesitase leerla. A medida que la he ido pensando, componiendo y escribiendo, me he dado cuenta de que necesitaba seguir haciéndolo.

Y ahora solo me hace falta compañeros de viaje: viejos y nuevos, amigos y desconocidos. Nada tiene que volver a ser lo mismo. Como decía mi adorado Ángel González, “habrá palabras para la nueva historia / y es preciso encontrarlas antes de que sea demasiado tarde”.

(Como adelanto de algunas cosas, diré que seguiré diciendo.)

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Hemos de partir de una base: cuando alguien decide escribir un blog, lo hace porque le da la gana. O puede que no le dé la gana: hay algunos casos (muy pocos) en los que un blog está vinculado a un contrato y, por lo tanto, es una forma sumamente decente de ganar dinero. Pero como este es un caso poco frecuente, pongámonos en lo primero.

La segunda premisa, esa que nos preguntan algunos amigos escépticos es: ¿Por qué se escribe un blog? Yo siempre digo lo mismo: porque su autor tiene algo que decir. Cuando digo que “tiene algo que decir” no estoy sosteniendo que el resto de la humanidad no pueda pensar que el esfuerzo es baldío o improductivo. A lo que me refiero es a que el autor piensa que tiene algo que contar y que puede haber gente que pueda leerlo. A uno le da por escribir cosas de actualidad; a otro por hacer crítica de libros, de televisión, de toros o de vaya usted a saber qué; a otro le da por hacer un blog profesionalizante, relacionado con cuestiones de su trabajo, mientras que a otro le da por hacerlo de sus aficiones; al de más allá le da por establecer un blog un espacio de creación literaria, fotográfica, artística en general; a otro le da la gana contarnos lo que hace en el día a día. Unos blogs parten de la realidad, otros parten de la ficción, otros mezclan una y otra en proporciones diversas.

La tercera cuestión es que, en el momento de crear un blog, estás abriendo un espacio –más o menos, según gustos y circunstancias– para que otros te lean. Es una cuestión que controlas en cierta medida y que, en otras, se te escapa por completo. Es controlada porque cada uno va estableciendo un haz de relaciones con algunos blogs afines o con amigos de manera que el blog es un espacio común (y a veces de intercambio): algunos son muy hábiles en establecer esos espacios comunes y otros no quieren hacerlo o son muy zotes (y no son mejores unos que otros; simplemente, son diferentes). Se escapa porque el azar de los buscadores hace que se llegue a los lugares más insospechados o porque lo que fue en un principio casualidad, acabó por hacerse causa y pasó a formar parte del grupo de relaciones estables. En el blog hay asiduos y gente que va y viene. Gente constante y gente que abandona. Personas que se vinculan y personas que no. Alguien que comenta y alguien silente. Trolls y gilipollas. Gente crítica. Lectores inteligentes y descifradores de signos poco avezados. Buena gente y personas con malos propósitos. Gente en busca de amistad. Individualidades en busca de colectividades. Algún colectivo en busca de conexiones. Pero, como he dicho, el blog expone a la lectura. En el momento que un autor expone hacia afuera, está ya haciendo un ejercicio de exponerse (en varios sentidos). Está expuesto a que a los lectores (pocos, muchos) les guste la tónica general del blog, sean proselitistas, tengan división de opiniones o, simplemente, lo aborrezcan. Existen lectores que, de tanto leerlo, lo quieren hacer suyo. Los hay también que quieren que el blog cambie para que sea como quieren ellos. El autor puede enfocar y canalizar lecturas y formas de recepción, pero no es (ni puede ser) un dique de contención frente a lo dicho. Las palabras salen –vuelan– y, en ese mismo momento, incluso las que parecen destinadas a ir a un punto fijo, acaban por tener una trayectoria en cierta medida incontrolable. Además, puede involucrase en la medida en la que le parezca oportuno en la retroalimentación de la comunicación interviendo (o no) en los comentarios.

Y nos queda el mensaje, ese espacio de intersección entre autor y lectores, ese vínculo común formado por la palabra, la tipografía, el color, el diseño, la fotografía, la imagen, la estética. Lo único verdaderamente tangible, aunque inaprensible. El autor lo acota y el receptor lo rompe. El autor lo lanza y el receptor lo apresa o lo esquiva  o lo ignora. Los contenidos se retroalimentan y acaban por configurar un mensaje múltiple compuesto por múltiples entradas que, de hecho, pueden guardar cierta coherencia (rastreable en temas, en categorías, en etiquetas, en series). Porque un blog suele tener un sendero por el camina, aunque a veces se separe de él. El blog nace por un camino y puede coger un atajo, o llegar a su fin pronto, o quedarse en punto muerto, o perderse en un laberinto, o puede empezar por una carreta secundaria y acabar en una autopista (o viceversa). Cuando hay suerte, evoluciona hacia otra cosa. Y a veces evoluciona para mejor.

Para acabar, me queda por hablar del narrador del blog. Partiendo de que un blog puede ser colectivo (e incluso puede subordinarse con estructuras complejas de instancias enunciadoras), es frecuente que, en los blogs de carácter más personal o creativos muchas personas no lleguen a diferenciar al autor del narrador. Una vivencia personal puede entremezclarse con la ficción exactamente igual que en otras manifestaciones literarias. La pregunta sobre “¿Quién habla”? no puede ser más pertinente. Los autores, en este caso, suelen oscilar en diferentes grados de ambigüedades y les corresponde a los lectores ir parcelando y poniendo en suspensión toda atribución segura. Ese es el ámbito donde realidad y ficción quedan deslindadas pero confundidas, amalgamadas pero seccionadas. Por eso mismo, son muy curiosas las reacciones ante estos espacios emocionales.

Como reflexión final, solo quiero que los lectores de este blog reflexionen sobre lo que esta entrada dice de forma explícita y sobre las cosas que esconde. Es una buena manera de compartir la experiencia en este viaje maravilloso, aunque no llegue a ninguna parte.

(He querido hacer esta reflexión desde un terreno neutro pero personal. La reflexión teórica sobre el proceso de enunciación y recepción de los blogs exigiría otros métodos y otros lugares. Y sí, en este caso, el narrador soy yo. Y el autor soy yo. Y, como siempre, puede que los dos seamos diferentes. O no…)

La imagen que encabeza la entrada es de Hardtomakeastand.

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Para los que no hayan profundizado en el ámbito de los derechos en el mundo de internet, es preciso recordar que algunos autores optan por fórmulas de copyright, dado que quieren proteger (creo que de forma totalmente legítima) el uso de sus obras. Otros optan por diferentes fórmulas de licencia Creative Commons. La que yo escogí desde el principio para este blog (y para mis fotos de Flickr) es una denominada de “Reconocimiento-Sin obra derivada”, lo que significa que aquel que lo desee puede “copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra”, pero siempre con el reconocimiento (es decir, que tiene que aparecer explícitamente la procedencia de la obra) y sin la posibilidad de realizar obras derivadas (“no se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de esta obra). Además, tampoco está permitido que la obra que utilice estos materiales gane dinero gracias a ese uso.

En mi práctica particular como creador de un blog, me gusta ser especialmente cuidadoso con estas cuestiones: cito las palabras que no son mías, hago referencias mediante enlaces a las entradas de otros blogs y cito la procedencia de las fotografías (que siempre están también bajo una licencia de reconocimiento; si tienen los derechos reservados, pido el consentimiento pertinente a su autor). En algunas ocasiones, he tenido problemas con autores de otros blogs, que han cogido fotografías que no eran mías y las han colgado para ilustrar sus entradas sin ningún tipo de referencia. Aunque, en este caso, la culpa es suya y solo suya, me he molestado en escribirles para hacerles saber que las imágenes tenían una licencia y que el autor tenía todo el derecho a que su obra fuese reconocida. He de decir que casi todo el mundo es sensato y, una vez que se da cuenta de su error (y, la mayor parte de las veces, de una inconsciente ignorancia), subsana el error o suprime la imagen. En otras ocasiones, he visto cómo algunas publicaciones han robado mis fotos (y algunas de mi hijo) para publicarlas en otros blogs e incluso en alguna publicación de carácter comercial…

El objeto de esta entrada es alzar la voz contra el empleo que un blog concreto hace de mis textos. Lo había comentado ya en otras entradas de forma menos explícita, pero ha llegado un momento en el que empiezo a estar harto. Hay ocasiones en los que el uso de un determinado estilo paralelo al mío llega a lo enfermizo. Contra ello poco se puede hacer porque, en el fondo, todos hemos aprendido a escribir a través de otros textos y tenemos un conjunto de influencias más o menos explícitas. En cualquier caso, me sorprende que alguien no tenga la independencia y el criterio suficiente para hacer cositas que salgan de su magín. Sin duda el talento puede emplearse en tirar hacia delante y no en calcar. Pero lo que más me molesta es ver expresiones literalmente calcadas de mis textos. No lo entiendo, porque, como también recordé en otra ocasión, puestos a copiar, hay muchísimos autores con un talento desmesuradamente mayor que el mío. Por lo tanto, no comprendo esa obcecación en coger mis modestas palabras sin hacer referencia a ellas y, además, sin mi permiso. No es una cuestión de apetencias, sino de estatus legal: uno está obligado a hacerlo. Y punto. Lo demás es infringir una norma y pasarse las obligaciones legales por el arco del triunfo. Lo he dejado estar durante mucho tiempo, pero, como he dicho, estoy más que cansado.

El ámbito de la creación y sus relaciones siempre ha sido de gran interés para el estudio de las obras artísticas. La intertextualidad es una textura que amalgama hilos de distintas procedencias, matices y colores  y abarca nociones tan alejadas y controvertidas entre sí como el homenaje y el plagio. Todos entendemos que escribimos gracias a otros textos, tal y como he dicho más arriba, y que nuestra práctica como escritores obedece a lo que hemos leído (si no, que se lo pregunten a Cervantes en el Quijote, ese gran libro de libros). Pero vivimos ahora un mundo en el que parece que cada uno coge lo que le parece de donde le parece sin rendir cuentas a nadie. No se trata de cobrar, porque un servidor escribe gratis (y a mucha honra), sino de que el sentido común impere sobre tanta práctica que, aunque probablemente no malintencionada, es torticera a más no poder. Algún amigo me comentó hace mucho que, en el fondo, me debería de sentir orgulloso de episodios como este que relato. Sintiéndolo mucho, no me siento a gusto con estas prácticas: mis palabras vuelan, pero eso no significa que alguien las atrape con una red y las lleve para su casa diciendo que son suyas.

(Ya “fuera de cuadro”, espero encontrar una reacción prudente y equilibrada de mis palabras en el destinatario de las mismas. Y espero que el resto de mis pacientes lectores sepa comprenderlas. Creedme que sé de lo que hablo.)

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Después de tres años con el mismo diseño, Verba volant ha entrado en el baño para acicalarse un poquito: una ducha con un poquito de gel exfoliante y champú para cabellos grasos; un poquito de base para un maquillaje tremendamente discreto; apenas un poquito de raya en el ojo. Como somos amigos de cosas  sencillas, seguimos con ese mismo principio estético que ya poseía la plantilla antigua, aunque la tipografía y la maquetación queda más cuca y moderna.

Todavía estamos en fase de pruebas, así que todavía puede haber algunos cambios: falta la cabecera que nos ha acompañado desde el principio, algunas traducciones, algunos ajustes…

Espero que os guste.

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Como soy un desastre, se me pasó celebrar los tres años de Verba volant. Como cuando miras los kilómetros que llevas recorridos en el coche y esperas ver el mágico 111.111 y te ha pillado en medio de la autovía Burgos-Vallolid, algo debió pasar para que me olvidase completamente de la efeméride. Mañana va a ser otro día de celebración muy diferente, así que hoy me voy a limitar a un análisis cuantitativo y (más o menos) externo.

Verba volant nació un ya lejano 19 de agosto de 2007. Como aparece en la entrada, esto supone el paso de 3 años, 2 meses y 9 días. Es decir, 166 semanas. Es decir, 1.166 días. Es decir, 27.984 horas. Es decir, 1.679.040 minutos. Es decir, 100.742.400 segundos. ¿Sólo números? No. Escribir un blog durante años no supone vivir por y para él todos esos días, pero sí tenerlo presente en la cabeza día tras día (a veces, hora tras hora). Buscar motivos, ideas, imágenes, ángulos, perspectivas. Por lo tanto, creo que no es azaroso decir que, en tres años de blog, uno le ha dado una pequeña parate de su vida.

¿Más datos objetivos? Como todo blog que se precie, los inicios son titubeantes. Verba volant nació para uso y consumo de su autor, sin ninguna pretensión de ir mucho más allá. Entonces, gracias a una magnífica iniciativa académica de mi compañero (y amigo) Pedro Ojeda, la Universidad de Burgos albergó unas interesantísimas jornadas en las que tuve la oportunidad de conocer la Burgosfera y alguno de sus más eximios representantes. Un efecto de contagio y una empatía con algunos de esos blogueros me llevó a subirme al carro. Fui muy bien acogido y, además, excelentemente asesorado, y gracias a la marca del Sr. K, Blogófago (¿qué hubiese hecho si el decano de los bloggers burgaleses no hubiese tenido la santa paciencia de enseñarme los vericuetos técnicos del asunto?), La acequia, Caminando en el desierto (y otros muchos, que conste). La Burgosfera, por lo tanto, dio un empuje y una difusión al blog. Los números de las visitas aumentaban, pero de momento, era un blog más o menos local.

Nunca pensé que fuese a durar tanto. Lo digo sinceramente. Soy vago e inconstante por naturaleza, pero también es cierto que soy duro de pelar cuando me pongo en serio a hacer algo. Creía que el blog no iba a ser esa “cosa” suficientemente seria, pero los datos parecen avalar lo contrario.

Luego llegaron las estadísticas: de no queres trascendencia, a la inevitable curiosidad por cuánta gente habría al otro lado. Algunas de los lectores respiran a través de los comentarios (y en este blog han respirado bien Bipolar, Merche Pallarés, Kokycid, Judit, Gelu, Pedro, el añorado Manzacosas, Mafaldia y otros muchos). Pero otros muchos esperan agazapados al otro lado de la pantalla y no queda otro remedio que los analizadores estadísticos. Éstos me dicen que el blog ha crecido exponencialmente (sin que vea yo la causa de tanto éxito, lo digo sinceramente). También me dicen que Verba volant nació siendo un blog en Burgos (aunque no “de/sobre Burgos). Los puntitos del mapa me indicaban que casi todo el tráfico se generaba en mi ciudad. Poco a poco, a lo largo del segundo año, cada vez se extendían más por España (y, tímidamente, por el extranjero). Ahora mismo, es un blog un poquito menos provincianos. Aunque mantiene aproximadamente la mitad de las visitas desde España, la otra mitad se desperdiga por México, Argentina y Chile (con una presencia relativamente importante) y, dentro de los países de habla no primordialmente España, se encuentra Estados Unidos. Dentro de España, las visitas desde Burgos son las más numerosas, pero ha crecido mucho en Madrid y Barcelona (mi querida Merche seguro que tiene algo que ver). Luego están Sevilla, Valencia, Zaragoza, Bilbao, Murcia, Málaga y Vigo.

¿Lo bonito de todo lo referido a los países, regiones y localidades? Que me consta que en algunos sitios se entra en Verba volant porque me conocen (normalmente para bien). Pero me agrada mucho también la llegada al blog por vía de los buscadores, encuentros azarosos que, a veces, perduran. Incluso me agrada que alguien llegue y se plante a leer un minutito una entrada para no volver jamás. Además de la lógica llegada de los visitantes diarios a través de las suscripciones RSS o por correo electrónico, a la que se suman también Twitter, Facebook y Tuenti, la búsqueda de algunos términos en la web hace que se llegue, por ejemplo, a través de la fiesta de pijamas, del peso de la lana, de las frases de El secreto de sus ojos, de los besos torcidos o de la noche en que descubrí el miedo. Dentro de las categorías, se llega a Verba volant muy frecuentemente a través de la soledad (¡qué bonito que la expresión de la soledad haga que nos encontremos juntos a través de ella!).

¿Más cosas curiosas? Refiriéndome tan sólo a las visitas de estos dos últimos días, el que alguien teclease pijama, libro, beso, “cómo llenar una postal”, retruécano, papelitos o politesse condujo a alguien a mi blog. Y son, no me lo neguéis, palabras bonitas.

Podría aburriros con más cosas, pero la entrada se está haciendo larga. Tengo que dar las gracias a tantas personas que sólo me caben en el corazón. Pero lo de hoy ha sido un análisis cuantitativo, pero la próxima entrada será la número 700, así que os emplazo a mañana (o pasado) para que, si queréis, os unáis a la fiesta. Me gustaría liarda parda. Las palabras llevan volando muchos días, amigos.

Y lo que queda.

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URB Punta Cana 2010 - Raúl 145-1

Pues sí, se te atraganta la vida, se te hace la  cabeza un lío. Piensas que se te acaban todas las ideas y que, esta vez sí, te encuentras en mi mitad de la tierra baldía. Tienes cada día, como mucho, una triste idea y se te escapa entre las teclas;  tienes miedo de escribir historias llenas de vaivenes; mantienes la idea de que la creatividad es mucho más que seiscientas ochenta y tantas entradas de las que, mirando el retrovisor, ya no te acuerdas, porque tienes la mirada fija en la entrada que no es y en la que no será. No es fácil convertir las melodías del alma en frases con sujeto y predicado. Escribir es una tarea difícil porque es un proyecto de futuro basado en las letras del pasado, que ahora no se acompasan con música, en las que los acordes son más discordantes que la realidad. Ves alrededor los cadáveres de otros blogs insignes y te asalta la imagen de cuatro soldados malnacidos que se mantienen en pie a duras penas, sabiendo que la caída está cerca. En ocasiones, sientes reflotar un concepto, que se acaba sumergiendo de nuevo para depositarse en las gotas más secas del tintero.

Pues sí, se te atraganta la vida y las palabras sólo regurgitan a borbotones, similares a los estertores de lo que está vivo sólo durante unos instantes. Pese a todo, piensas que aún hay mucho caos agazapado en tu cabeza como para resignarte; pese a todo, piensas que todavía quedan historias por contar. Pero no sabes cuándo, ni cómo, ni por qué. Porque la vida es un baúl lleno de interrogantes resguardado por la llave de la creatividad. Y tú, de momento, esa llave la has perdido.

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