— Verba volant

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Laberintos

Me había dado cuenta, para hasta hoy nunca de esta manera. Había hecho muchas risas siempre en torno a la frase de Groucho, aquella que decía “Nunca formaría parte de un club que me admitiese como socio”. Cuando se me conoce poco, me tildan de distante. Gano algo con el trato más íntimo, pero me siento incapaz de no darme cuenta de que pertenezco siempre a un club inexistente, aquel que no podría formarse, aquel que no tendría socios conformes y coexistentes. No me siento de ninguna parte. No creo sentirme bien en ningún clan de esos a los que un montón de gente se siente feliz de pertenecer. Por no sentir, no me siento a gusto ni siquiera conmigo mismo. Soy demasiado severo con los próximos y demasiado frío con los remotos. Soy de los que piensan que la vida es algo así como una fiesta a la que uno asiste como invitado a regañadientes. De los que se siente a gusto viendo las cosas como si estuviese mirando desde el otro lado del cristal. De los que no bailan. De los que se resisten a cualquier tipo de conga que no sea la de llevar el gentío hacia otra parte. De los asépticos. De los furiosos. De los incondescendientes. De los se arrepiente de haber ido a algún sitio a hacer algo.

Mi vida es una coraza en la que temo siempre al enemigo, que no es otro que el que se refleja en el espejo.

(Imagen de Clav.)

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¿Y se el mundo fuese una estela creada para las falsas esperanzas de los náufragos? ¿Y si los días azules sirviesen para mostrar con más crudeza los días grises de un severo invierno? ¿Y si las realidades nunca se pudiesen confundir con las realidades? ¿Y si el valor no fue nunca otra cosa que una imprudencia premeditada? ¿Y si el arte no nos ayudase nunca a escalar en los grados de belleza? ¿Y si todos los actos de nuestra vida no fueran solo exculpaciones? ¿Y si alguna vez fuimos pecadores y no víctimas? ¿Y si las elecciones no se realizasen por afinidades sino por comodidades? ¿Y si los caminos no condujesen a Roma ni a ninguna otra parte? ¿Y si el verbo escuchar solo fuera un sinónimo de oír a lo lejos?

¿Y si no hubo victorias sino batallas perdidas? ¿Y si el mar fuese tan solo una gran masa de agua con incertidumbres por debajo? ¿Y si los rayos ultravioletas, los rayos infrarrojos, fuesen nada más que excusas para no ver más que las apariencias? ¿Y si la separación no fuese más que una frontera? ¿Y si todo esto no fuese más que una manera de rezumar la violencia que palpita? ¿Y si el desengaño no fuese otra cosa que un burofax que certificase las tristezas más amargas? ¿Y si la naturaleza fuese algo que queda demasiado lejos del semáforo más cercano?

¿Y si las pasiones no tuvieran más justificación que ser razonamientos que circulan por la sinapsis de tapadillo? ¿Y si fuésemos unos entes perdidos entre el mañana y el ayer? ¿Y si nunca crecimos? ¿Y si nunca hubiésemos hecho otra cosa que envejecer? ¿Y si esto solo fuese una broma macabra para reírse al saber que, una vez, tuvimos miedo?

(Imagen de Rémy Saglier.)

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Javier ha mirado por la ventana. La claridad y el alboroto de los viandantes, animados por el sol y un tiempo primaveral de verdad, le ha contagiado con una sonrisa. Javier se conoce lo suficiente como para saber que este movimiento hacia arriba de los labios, aparentemente fácil, no es impostado. Le ha salido de forma espontánea por primera vez desde hace tiempo. Las últimas semanas le han acostumbrado al peso del silencio y de la preocupación, al toma y daca de las tensiones que acaban por desparramarse entre los quicios de la nada. Javier sigue mirando y decide unirse a la fiesta del deambular callejero aprovechando la hora de luz y, por lo tanto, de un tiempo amable que le acaricie las mejillas.

Baja las escaleras de casa con la precaución de que no le duela el menisco, torturado por un movimiento brusco y por años y años de rigores deportivos. Javier abre la puerta del portal e, inconscientemente, inhala una porción de aire que hace suyo degustándolo y reteniéndolo durante unos segundos. Su terapeuta le enseñó a dosificar su respiración, a controlar sus tiempos para controlar sus nervios. Para cualquiera que no lo conozca, la personalidad de Javier es tan suave como la seda, reposada, serena y racional. En el interior, Javier es otra cosa: inseguro en su seguridad, razonable en su zozobra. Javier avanza en su paseo hacia un jardín cercano. Una joven empuja la silla de ruedas de una mujer que permanece con las piernas tapadas por una manta. La joven maneja la silla con soltura y, mientras empuja con la mano izquierda, aprovecha la izquierda de cuando en cuando para ir pelando y masticando pipas. La mujer tuerce la boca musitando alguna palabra, pero la joven sigue, indiferente, con su mirada fija hacia el horizonte. Javier se fija en un padre que, con los riñones al aire, empuja el sillín de la bici de un niño pequeño que tiene dentro de sí todos los miedos del equilibrio. El niño llora y el padre ríe más como recurso de atenuación que otra cosa. Al poco, se detiene sin haber podido conseguir su objetivo. Javier, sin querer, deja de prestar atención a su entorno para volverse hacía sí mismo. De forma compulsiva, coge el móvil y rastrea los mensajes y las últimas novedades de las redes sociales. Javier sabe que su vida se parece a una chabola elaborada con materiales de baja calidad y que se desmoronará a poco que las inclemencias del tiempo le den un par de envites. Ahora se fija en una pareja de chicos muy jóvenes que comparten la música de su reproductor, él con el auricular en su oreja izquierda y ella con el suyo en la derecha. Se dicen algo y se empujan, en un movimiento chocantemente armónico y cómplice.

Súbitamente, Javier se da la vuelta y emprende el camino de regreso. El sol ha ido quedando derrotado por la tarde, por el viento frío escondido tras las esquinas. Ha subido a su casa por el ascensor. Al llegar a su vivienda, se ha puesto la ropa de casa y, de nuevo, ha vuelto a ver la vida desde la ventana.

(Esta entrada permanece al proyecto narrativo Fragmentos para una teoría del caos. Imagen de Victoria Gracia.)

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Hay días en los que te levantas indemne y, sin embargo, te vas cayendo de la cama a medida que la nieve se transforma en gotas de lluvia. Te caes por sorpresa y por debilidad, porque el mundo es mundo y porque sí. Hay días que te vas estrellando contra ese horizonte que nunca llega, contra el contenedor de plásticos y metales demasiado lleno, ante una manifestación a favor de las causas perdidas. Hay días en que te estampas contra muros hábilmente decorados, ante los tambores de corazones que no son el tuyo. Hay días en los que un suspiro vale mucho más que una queja, en los que un bostezo es un grito de angustia. Hay días en los que escribir es reír, pero lo más frecuente es que la letra sea la herida abierta para el desaliento. Hay días en los que gritarías pero no te atreves, en los que callarías pero no puedes. Hay días en los que te revolcarías por el pan rallado y el huevo para conseguir una carne más jugosamente perfecta. Hay días a los que hay que dejar pasar como puertas abiertas con demasiadas corrientes de aire como para parar, reflexionar y decir basta. Hay días. Que siempre es mucho, aunque parezca poco.

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Malos días son hoy para las propias palabras, ahora que hay alguien que pregunta si la locura es algo que pasa de puntillas o aparece clavada en tu sonrisa.

Después de haber embargado las ilusiones para esconderlas en el rincón donde se almacenan las pelusas, los cables y los sueños que un día se desmenuzaron. Después de mostrar la vulnerabilidad a pecho descubierto y tras esconder los labios. Después de haber arrojado las interrogativas indirectas y las subordinadas de lugar tiempo y modo. Después de pasar la vida entera viajando en el asiento equivocado, entre la ventanilla y el pasillo. Después de que los segundos transcurrieran de taquicardia en taquicardia, tras una bombeo de sangre y otro de lodo espeso y poco maleable. Después de luchar en todas las batallas perdidas. Después de caminar para no encontrar ni para encontrarse. Después de aparecer en la fiesta vestido con andrajos y tras acudir a los hechos cotidianos demasiado encorsetado. Después de confesarme con el pretérito imperfecto de indicativo y el pretérito pluscuamperfecto. Después de borrar los trazos que esconden los bocetos de las ilusiones. Después de equivocar la forma de musitar las palabras más terribles. Después de asistir a los conciertos de la muerte apretando la mano de lo que se extingue. Después de pensar en lo poco reversible que es tu cuerpo. Después de invertir el paso por las escaleras que conducen a las ventanas de la luz y del calor. Después de nacer para morir y de no morir para vivir. Después de aprender aquellas cosas inútiles y después de ignorar todos los elementos sustanciales.

Malos días son hoy para las palabras propias, para las propias palabras, ahora que ahogan más que calman. Ahora que callan más de lo que proclaman.

(Imagen de Harald Henkel.)

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El otro día, David tuvo que viajar a la ciudad en la que estudió la carrera. Por supuesto, había estado allí en muchas más ocasiones después de los años de doctorado, pero siempre eran visitas muy rápidas para realizar alguna gestión, por alguna cita en el médico o para hacer algunas compras en algunas tiendas en las que siempre encuentra lo que busca. Sin embargo, David hoy ha terminado sus compromisos pronto y ha decidido dar un paseo por las calles que le acompañaron durante años. Sin saber muy bien hacia dónde iba, el paseo le ha llevado a la plaza donde se encontraba la facultad cuando estudiaba y, de forma mecánica y pese al frío, se ha sentado en un banco próximo. Los ojos de David han contemplado la conjunción del edificio antiguo con otro más moderno por el que tantas veces entró a las aulas y a la biblioteca del departamento y, casi sin querer, David ha ido repasando, en una mezcla pausada y acelerada, el primer día, en el que fatalmente entró tarde en clase, ese otro día en el que la concesión de una beca le certificaría que podría contar con el dinero suficiente para realizar los estudios de posgrado, los ratitos aprovechados para tomar una cerveza en la terraza cercana en esas deliciosas tardes de primavera o los momentos en los que salía radiante con su novia cogidos de la mano y ajenos a todos los problemas del mundo. David se ha levantado del banco y se ha dirigido caminando al barrio en el que estaba su primer piso de estudiante. Aunque el acceso ha cambiado bastante, la calle en la que vivió se ha mantenido casi idéntica, con los lógicos cambios en los comercios, algún portal reformado, alguna fachada renovada pintada de otro color. Se ha parado delante del número 11 y, casi sin querer, se ha atrevido a pulsar el botón del 1.º G en el portero automático. Después de balbucir una excusa tonta, le han abierto la puerta y él ha subido por los escalones de terrazo barato. Le esperaba en la puerta semiabierta un jovencito de unos veinte años. David le ha contado una historia abreviada que ha parecido convencer al muchacho, que le ha dejado entrar en la casa. La vivienda sigue siendo un piso de estudiantes, pero David se ha sorprendido al verla totalmente envejecido. Luego lo ha pensado y le ha parecido lógico: han pasado muchos años, muchos jovencitos, muchas vidas desenfadadas y despreocupadas por lo que no es suyo más allá del plazo convenido. La cocina ha sido enriquecida con unos armarios nuevos y electrodomésticos relativamente decentes. David ha pedido al chico permiso para entrar en su antigua habitación, que le ha dejado unos momentos de intimidad y le ha dejado solo. David ha sentido una experiencia agradable con la luminosidad del cuarto. Los muebles son diferentes a los que él tenía, pero igualmente viejos, con un somier y un colchón dispuestos a torturar la espalda y una mesa demasiado alta que cojea. La sorpresa se la ha llevado David al darse la vuelta para salir de la habitación. Tras la puerta, la misma estantería que él llevó de casa, hecha de módulos ensamblados con metal. David ha recordado el momento en el que la montó, que acabó con un pellizco tremendo que le provocó una herida sangrante y mal curada. David ha sentido retroceder muchos años y le ha venido a la memoria la primera vez que durmió en su piso, tras el sorteo de habitaciones en las que se llevó la mejor de todas, la más grande y la mejor iluminada. La ciudad estaba en fiestas y tocaba El último de la fila. Como si algo hubiese removido la memoria, ha visto al joven esperando pacientemente en el salón. Le ha dado las gracias y ha salido otra vez más y definitivamente por esa puerta. Ha recorrido los veinte minutos hasta el aparcamiento, ha cogido el coche y de nuevo, una vez más, David ha vuelto, una vez más, a la rutina de su vida.

(Imagen de Dafni Douma.)

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Los dementores aparecen en las novelas de Harry Potter de J. K. Rowling. Son seres con forma humana, sin piernas, que se desplazan volando y que ocultan su rostro bajo una capucha. Se alimentan de la felicidad de las personas a las que se aproximan y transmiten en ellas un sentimiento de frío y desolación. Pueden, incluso, llegar a extraer el alma de las personas con un beso. En el fondo, parecen seres que se alimentan de lo que llena a las personas y que, a cambio, les transmiten solo el vacío más helador y profundo.

Todavía no puedo entender por qué hay quienes piensan que los dementores son seres de ficción.  Son tan reales como la vida misma.

(Imagen de Javier_Godric.)

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Mi vida es una puñetera escalera de esas que tienen los edificios antiguos en Nueva York: para que tú puedas subir, la escalera baja. Subes una, bajas dos; subes tres, bajas cinco; subes diez, bajas diecisiete. Las diferencias no son proporcionales, sino desmesuradas. En cualquier caso, mi vida lleva un cómputo que acaba siempre en números negativos, lo que quiere decir que, por mucho que lo intente, jamás llegaré al cielo.

(Imagen de Jose Quiroz Lozano.)

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Quiero que me quites la suerte. Si he de elegir a alguien para que me prive de ella, deseo que seas tú la que me la quites. Deseo que me la arranques si voy a perderte. Quítame la suerte, que es un regalo que va y viene, que hoy te toca a ti, tras perseguirla, tras abarcarla. Quítame la vida, que ahora a mí me sobra, que me ahoga en el respiro del aire que proclama tu nombre. No quiero ahora la vida, que el corazón no me deja de latir, ahorcado por un pericardio repleto de líquido, rebasado por la ausencia de fuerza en los ventrículos. De tanto suplicarte, se ha hecho fuego esta solicitud en los compases del bolero, que es el ritmo más proclive a la pena, al amor, al abandono. Si te vas a ir, solo tienes que decirlo. Si hay que elegir a alguien, pido al cielo que seas tú la que me quite la suerte, ahora que se me va la vida; ahora que el corazón duele hasta apagarse la voz en un susurro, ahora que, de tanto sufrir, el corazón olvida su latido. El rumbo se pierde sin instrumentos de navegación, el rumbo se convierte en derrota y en deriva. La ilusión se pierde por el laberinto dando tumbos. Y estos días azules se me van entre heridas envenenadas con las noches que nunca se acaban porque no empezaron. Solo espero que me creas si te juro que te quiero.  No tengo miedo a la muerte si eres tú la que me quita la vida. Solo tengo el hálito para vivir en ti. Quiero que me quites la suerte, que se ha ido perdiendo por los resquicios del tiempo. Quero que me quitas la vida, si es que voy a perderte.

(Versión prosificada y tremendamente modficiada de Rosana – Dando tumbos. Imagen de Rudi Benkovi? en DevianArt.)

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