— Verba Volant

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Literatura

Me apasiona Robinson Crusoe. El libro de Defoe contiene tantas lecturas, tantos modos de enfocar la historia, tantas maneras de ajustarla a nuestras circunstancias personales, que dibuja un bucle infinito que nos conecta con esa experiencia excepcional y dolorosa del náufrago para extrapolarla a lo que significa el sentido de nuestra existencia. Como individuo y como cultura.

Es probable que los lectores jóvenes que se acerquen a esta novela por primera vez se encuentren con algo que no esperaban. Es, por supuesto, una novela de aventuras, pero también se trata de una novela moral, filosófica, reflexiva. Lo que, en principio, podría considerarse una catástrofe personal le sirve a Robinson para sobreponerse, para construirse y construir, como símbolo de la fe en el progreso, en el hombre (blanco). A mí me gusta la obra en todas sus vertientes y en todos sus ángulos.

Reconozco que siempre me han llamado la atención las novelas que enfrentan al héroe contra la soledad y los medios que pone este para asimilarla, para acomodarse a ella o para replicarla. En novelas como Robinson, uno, buscándose a sí mismo, encuentra muchas cosas de sí que no conocía. Y, a veces, si la suerte le acompaña, se encuentra un día de la semana (por ejemplo, un viernes), con el otro.

Robinson (re)construye su existencia y establece una réplica del mundo civilizado en un mundo salvaje porque confía en sus posibilidades como ser humano y en las posibilidades que le ha dado una cultura, que ya es ilustrada. También hay ahí algo de lectura política, por supuesto. Pero a mí me gusta inclinarme por el lado personal de Robinson Crusoe, por ese joven deseoso de aventuras al que el azar, que no es sino el destino, le conduce a la aventura total.

La pregunta en la actualidad es inevitable: ¿cómo sobreviviría una persona de nuestro tiempo en la isla de Robinson? Esto me da ideas para algo que escribiré algún día de forma más pormenorizada.

Aunque el título de esta entrada incluía el título de dos libros, hablar de islas desiertas me empuja a escribir unas poquitas líneas sobre El Señor de las Moscas, de William Golding. Aquí la isla desierta nos sirve como un experimento sociológico y antropológico que ríete tú de Gran Hermano (el televisivo, claro) o de Supervivientes (el televisivo, claro). ¿Qué puede haber más idílico en este mundo que un grupo de jovenzuelos supervivientes de un accidente de avión que hacen de una isla desierta su lugar de vacación? Esta novela, analizada hasta la extenuación en sistemas escolares de otros países, creo que en España ha tenido menos recorrido en los institutos. Yo la utilicé durante muchos años en las clases de Filosofía para conectarla con las teorías de Hobbes, de Locke, de Rousseau. ¿Somos buenos por naturaleza o somos un lobo para nuestros congéneres? Aquí no puedo extenderme mucho para dar la oportunidad de descubrirlo a aquellos que no han leído la novela. Adelanto que podéis esperar juegos, clanes, luchas por el liderazgo, religión totémica incluso. Y ya no digo más.

Escribir sobre islas desiertas me ha llevado a considerar necesario hablar sobre Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Los asquerosos es una novela sobre un náufrago que no vive en una isla desierta. Comienza con notas irónicas que me recuerdan a Eduardo Mendoza hasta que va encontrando una voz propia extremadamente peculiar y original. El protagonista, Manuel, huye por un motivo más que justificado a un pueblo abandonado, que es lo más parecido en nuestros días a una isla desierta, puesto que vivimos en un mundo en el que todas las islas desiertas tienen algún turista con un vaso en la mano. Huida y acomodo en nuevo mundo, en una nueva realidad. Diría que Manuel es como Robinson, pero el mismo narrador refuta esa afirmación. Nos dice que tampoco es una escapada mística al campo a lo Thoreau en Walden. En suma, el protagonista se cobija en el mundo rural de la nada primero por necesidad y luego por una convicción. Cuando a la isla del páramo llegan los salvajes —esta vez sí, como en Robinson—, la vida de Manuel se siente amenazada. Y nosotros comprobamos la tensión entre la sociedad en la que vivimos y la sociedad de la que queremos escapar.

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La entrada de hoy iba a ser para Patria, de Fernando Aramburu, un libro magnífico en muchos sentidos. Estupendo en su forma de contar, maravilloso por lo que cuenta, dando sentido auténtico y perspectiva al problema del terrorismo y la convivencia en el País Vasco. Todo narrado desde dentro, sin medias tintas. Una historia de ciudadanos, de paisanos enfrentados que acaba como acaba. Y no digo cómo acaba porque todos sabemos cómo finaliza (o está finalizando) la historia externa del conflicto vasco, pero en esta novela el final también es importante.

Sin embargo, me decanto por un libro que también aborda el problema del terrorismo en el País Vasco. Se trata de El hombre solo, de Bernardo Atxaga, que fue publicado en 1993. Leí esta obra a los pocos meses de ser publicada y me encantó. Me gustó especialmente porque es una novela muy bien escrita, pero, ante todo, porque está narrada desde el punto de vista de un exmiembro de la banda terrorista.

Bajo la apariencia de una novela de una novela de intriga, El hombre solo es mucho más que eso. Ambientada durante la celebración del campeonato mundial de fútbol celebrado en España en 1982, Carlos, el protagonista, trabaja en un hotel de Barcelona junto a otros compañeros de la banda. Alejado de la lucha armada, su máxima ambición es olvidar todo lo pasado y mirar hacia el futuro. Pero no es tan fácil dejar atrás todo lo que uno ha sido, sobre todo cuando reflexiona sobre sí mismo y escucha voces constantes de distintos signos que le recuerdan lo que fue. El destino y las circunstancias le obligan a recuperar todos esos fantasmas del pasado para devolverlos al presente colaborando en una nueva acción de ETA.

La novela hace que conozcamos profundamente a Carlos, a un Carlos que piensa, que argumenta contra su pasado, que lucha, sobre todo, contra sí mismo, contra sus miedos y sus antiguas convicciones. Es muy difícil ponerse en la piel de alguien que ha participado en la lucha terrorista en el bando de los malos, pero todavía es más complicado sentirnos identificados con él. Cuidado, no se trata de una identificación que justifica ni exonera: se trata de acompañar al protagonista en un momento de su vida y activar todas nuestras alarmas existenciales. Porque los seres humanos, aunque estemos amparados en banderas, en insignias y consignas, somos seres perdidos en el vacío. Los hombres estamos solos.

Os invito a leer este libro. No os va a dejar indiferentes.

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Escribo esta segunda entrada sobre libros siguiendo el reto de «Siete días de libros» y lo hago subrayando que, en los días sucesivos, la elección no tiene ningún orden de preferencia.

Lo hago sobre un libro que me fascina: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. No llegué a la historia por primera vez a través del papel, sino gracias a una reposición de la serie de RTVE dirigida por Pedro Amalio López y protagonizada por el gran Pepe Martín. Tenía 12 años, pasaba parte de los veranos en Madrid y, después de comer y esperando que llegase la hora de bajar a la piscina, me tumbaba en el suelo de la salita y quedaba totalmente absorbido por esta historia de traiciones e injusticia, de venganzas y salvaciones. Llegaron luego, casi simultáneamente aquellas versiones en viñetas de las «Joyas literarias juveniles», que adaptaban textos literarios en formato cómic, que no sirvieron nunca para disuadirme de leer los textos originales sino, antes bien, me dieron magníficas ideas para elegir las historias que me gustaban.

No recuerdo la primera vez que leí el texto original de Dumas. Tendría, probablemente, unos 15 o 16 años. Conocía bien la historia, pero quedé prendado por el ritmo vertiginoso (pese a los dos grandes tomos) que tenía el autor francés para narrarla. Mi parte preferida ha sido siempre la de la fuga del Castillo de If, esos momentos de aprendizaje y preparación que convierten a Edmundo en un auténtico sabio, casi un superhombre. La primera vez, también me gustaba mucho la parte de la venganza metódica, casi cartesiana, pero en sucesivas lecturas he acabado el libro disfrutando más de la primera parte que de la segunda, aunque me agraden mucho las dos. La segunda vez que volví al libro tendría ya unos 30 años. Había comprado una nueva edición cuando era socio del Círculo de Lectores. Abrí el libro y comencé mi relectura en sábado por la mañana y, atrapado de nuevo por la historia, no abandoné la lectura (a excepción de las necesidades vitales imperiosas) hasta que me lo acabé. Tenía miedo de que se tratase de uno de esos libros a los que se vuelve pasados los años y decepciona, pero no lo hizo de ningún modo. Antes bien, me hizo fortalecer algunas intuiciones juveniles y me encandiló con otros muchos aspectos nuevos. Volví a él hace poco, unos dos o tres años y seguí padeciendo y disfrutando de estas aventuras narradas por Dumas y sus colaboradores.

Tener esta oportunidad para hablar espontáneamente de libros me ayuda a comprender algunas cosas. Yo, que creía que tenía un poso vengativo y justiciero, creo que me dejo llevar mucho más por las historias de conocimiento y de liberación. De hecho, me gusta muchísimo el proceso que sigue Alejandro para romper con esa traición inicial y cómo salva su vida gracias a su inteligencia, a su previsión, a su preparación. Me gusta mucho más el Edmundo hombre que se enfrenta al mundo y se libera que el Edmundo-dios que quiere restablecer y compensar un mundo con pesos y balanzas que ya no tienen mucho sentido más que el poético.

Para este segundo libro del reto, he elegido la historia del conde Montecristo, pero he estado a punto de cambiarla varias veces dudando entre dos libros, así que haré referencia a ellos. Son los dos también libros de aventuras. Se trata de El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, y de Scaramouche, de Rafael Sabatini. Me doy cuenta de que, como en el caso anterior, son historias vividas antes en las pantallas que en los libros. Otro denominador común entre ambas es que, en esas películas, el protagonista es Stewart Granger, un actor que siempre me ha fascinado y al que tengo que dedicar una entrada un día de estos, porque su nombre me remite también a otro gran libro, Las minas del rey Salomón y a una historia de contrabandistas, Moonfleet, que es una de mis películas preferidas.

¿Qué decir de El prisionero de Zenda? El que no haya leído esta novela, haría muy bien en abandonar la lectura de este mísero blog y empaparse de una historia que figura en torno a la figura del doble, de ese haz y envés de nosotros mismos en los que se refleja lo mejor y lo peor. Gracias a él y a las circunstancias, vivimos lo que no queremos, anhelamos lo que nunca pudimos alcanzar y adquirimos un sentido del deber que nos es ajeno, aunque nuestra vida esté constantemente en peligro.

Y, con Scaramouche, pasa lo mismo. En este caso, es muy aconsejable leer el libro y ver la película (o viceversa) para apreciar las diferencias entre ambos. Tenemos aquí, también, una historia de venganza, de nobles y lacayos, de huidas y teatro… y de cómo entre peleas de espadas uno se enfrenta a algo más que a su enemigo.

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La historia de hoy trata de una chica olvidada, muchas veces ignorada, una chica que no se ubica en los cobijos de la memoria de los profesores, puede que tampoco en la de muchos de sus compañeros. No formaba parte del núcleo cohesionado de la clase. No es que estuviera marginada o que no tuviera amigos o de que fuese un cero a la izquierda. Era una chica que, simplemente y por inercia, con el paso de los meses, se borra de nuestros recuerdos. Cuántos alumnos pasan así desapercibidos.

Pertenecía a un grupo que ya ha aparecido varias veces en esta serie con, al menos, tres protagonistas. Seguro que no figura en ninguna de las quinielas para adivinar quién será el siguiente de la serie. Me consta que algunos que ahora me están leyendo esperan (im)pacientemente su turno. Yo la recuerdo, sobre todo, por la manera apasionada que tenía de contarnos historias del Quijote.

Era el antiguo 3.º de BUP (el actual 1.º de BACH), en el que los alumnos de letras tenían una asignatura específica de Literatura (¡bendito el momento en el que las asignaturas de Lengua y Literatura estaban separadas!). Se estudiaba la literatura hasta el siglo XIX. Como se trataba de una clase magnífica, el programa de aquel año fue muy ambicioso. Contábamoscon un amplio programa de lecturas en el que, claro está, leíamos las obras completas y no fragmentos. Pese a las posibles apreturas del tiempo, les planteé la posibilidad de que leyésemos la primera parte del Quijote y ellos aceptaron.

Pocas veces he disfrutado más en unas clases en las que casi todos los alumnos respetaban el ritmo de capítulos diario pautado de antemano. La obra de Cervantes nos servía para degustar lo más excelso de la literatura y también para tratar sobre muchos aspectos de lo humano y sobre nuestra existencia que están allí y que nos afectan todavía. Pero casi todo el mundo olvida que la clase empezaba siempre con un pequeño resumen de lo que habíamos leído. Después de varias intentonas en las que el resumen de leído se tomaba como un mero trámite, designé a Rocío encargada de ese momento tan importante de la clase. El trabajo de Rocío parecía muy obvio: a fin de cuentas, contaba lo que ya sabían todos, todos lo habían leído. No era hermenéutica, no era análisis de un aspecto literario o estilístico. Aparentemente, era un trabajo que entraba dentro de la necesidad y en el que no había nada de extraordinario

Quizás pasase desapercibido a todo el mundo, pero era una delicia escuchar a Rocío, que sabía extractar lo importante para dar una visión general de los capítulos del día, pero también sabía atender a lo (falsamente) anecdótico cuando la situación lo requería. Rocío contaba el Quijote con pasión auténtica, como quien cuenta algún episodio de su vida que hubiera sucedido el día anterior. Creo que ella estaba muy contenta de que llegase su momento, la justicia (literaria, en este caso) que la ubicaba en el sitio que se merecía. En muchas ocasiones, tenía tantas cosas que contar que se atragantaba con historias y anécdotas convirtiendo a Cervantes en algo todavía más vivo.

Como ya decía al principio, Rocío es una de esas personas que pasa fácilmente a los túneles del olvido. No obstante, yo la veo casi todos los días porque trabaja cerca de donde vivo. Sigue con su afición a los pantalones de pata ancha, con esa manera peculiar de andares decididos, con las gafas de sol a manera de diadema. Me pregunto si tendrá hijos, o sobrinos. Si existe algún niño cerca de su vida y hay un libro al alcance de la mano, me imagino a Rocío contando historias y dejando fascinado al mundo de las fantasías que desea que le cuenten —una y otra vez— historias.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Carlos Romo.

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Comienzo el domingo pensando en las contradicciones que tiene nuestra existencia. A lo largo de la semana, he recibido muchos correos, que resumo en dos: un mensaje en el que se me pide que conteste y un mensaje en el que se me ruega que no lo haga. Y, como era de prever, no quiero contestar al correo que busca una respuestas y deseo con todas mis ganas contestar al que no lo espera.

Como me gusta dejarme llevar por las primeras impresiones, no voy a contestar al primer correo. No me apetece: hay algunas cosas que me dan una pereza extrema. Y me encantaría romper el pacto implícito y contestar al segundo porque me parece muy interesante y digno de atención. En definitiva, ocurre como en la referencia al gato de Schrödinger, al que aludí en una entrada de mis historias de alumnos y que compruebo en ese segundo correo que fue asimilado hasta el detalle que podría pasar más desapercibido: el gato está muerto y vivo a la vez, lo mismo que las relaciones humanas. Y mi correo, mi manera de contemplar el mundo y reaccionar frente a él, también.

Me gustaría, incluso, hacer un poco de trampa y contestar a lo incontestable del primero caso. Y no lo haré. Y, en el segundo caso, seguir con una trampa y cumplir en lo que se me confía sin contestar en el correo, pero contestándolo aquí. Y tampoco lo voy a hacer. O bueno, igual sí. Solo dos observaciones:

  1. Gracias de corazón por el mensaje.
  2. Antes que un té, desata tus instintos con un poco de Coca-Cola. Sobre todo, cuando uno está a punto de beber un té verde.

Esta mañana de domingo enlaza con la pasada, en la que decía que estaba leyendo un relato de Alice Munro recomendado por Cárol. Se trataba de «Juego niños». El viernes por la noche, me mandó un wasap y me preguntó qué me había parecido el cuento. Y yo le contesté: «Inquietante». A lo que ella me contestó que se le había quedado el corazón como un higo. Son palabras literales y que concordaban exactamente con el estado de mi corazón cuando llegué al final del relato. Y más aún cuando la recomendación de ese relato procedía de una conversación que tuvimos en la que hablábamos de esa puñetera y peligrosa memoria selectiva con la que escarbamos (o no) en nuestro pasado. En esa misma conversación chateada, Cárol me dice: «Si puedes lee ‘Dimensiones'», un cuento del mismo libro. Y es lo que hice ayer, leer un relato que me resultó igualmente inquietante que el primero, pero al revés. En el primero, estás relajado y luego te da el martillazo. En el segundo, vas recibiendo golpecitos hasta que la sospecha te atiza en la cabeza de manera contundente. Y la historia se remata de una manera más suave. Tan suave, que tienes que pensarla para descubrir dónde está la trampa. Y la trampa está tan escondida que nos descubre lo peligrosos que son algunos personajes y hasta dónde lleva su manipulación.

Pero las lecturas de la semana no han acabado ahí. Sigo disfrutando con Ordesa, de Manuel Vilas, que continúa fascinándome en ese doble proceso de identificación y de segregación. En un momento, dice Vilas: «Son dos verdades distintas, pero las dos son verdades: la del libro y la de la vida. Y juntas fundan una mentira». Y pienso que resume perfectamente bien mis reflexiones sobre los correos, sobre los gatos y sobre los relatos de Munro.

Y esto enlaza con la novela gráfica El tesoro del Cisne Negro, dibujada por Paco Roca con guion de Guillermo Corral, que he leído a lo largo de dos plácidas tardes de esta semana. Una aventura magnífica que narra una historia real de manera trepidante. A fin de cuentas, los tesoros recogidos del fondo del mar tiene mucho que ver con nuestros sueños. Acabo la novela y me fijo en la última viñeta. Voy a la cubierta del libro, me fijo en una y en otra y las comparo. Y pienso: ahora sí todo tiene sentido.

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Creo necesario realizar dos breves observaciones generales antes de contar esta historia.

La primera, que un profesor no «descubre» a nadie. En el oficio del enseñar, es muy sencillo ver al que ya está descubierto: hay alumnos muy estudiosos, inteligentes y diligentes que, aunque nuestro trabajo les venga bien para aprender y progresar, tampoco nos necesitan demasiado. Por lo tanto, existe un tipo de alumnos a los que, simplemente, se les ve y se les estimula, cosa que puede que no sea muy difícil. Sin embargo, creo que el auténtico reto de un profesor es sacar lo mejor de todos los alumnos y, dentro de esta loable tarea, «destapar» a aquellos talentos que permanecen ocultos por ser tímidos, por tener otra forma de ser o de pensar, por no obedecer a ciegas a todos los paradigmas del sistema. Es en estos casos cuando pienso que el profesor «destapa» y ellos nos descubren todo una gama de maravillas que permanecían ocultas sobre una capa, más fina o más gruesa, de discreción u otros tipos de escondite de talentos.

La segunda, una defensa apasionada de promover las lecturas «de verdad» en la enseñanza secundaria. En este blog he escrito varias entradas sobre este particular y no me voy a extender, por lo tanto, en esta cuestión. Si queremos promover la lectura, hagámoslo con libros dignos de ser promovidos y pongamos todas nuestras ganas, todo nuestro ímpetu y todos nuestros recursos para que los alumnos descubran las grandes maravillas de la literatura. Así me ocurrió durante muchos años con La vida es sueño, que era una de las lecturas fijas para mí en las asignaturas de Literatura en las que tocaba dar el Siglo de Oro. Lo que no puede hacer un docente que se precie es lanzar un libro de ese calibre al aire y esperar que los alumnos, sin más ni más, lo recojan. Las buenas lecturas deben ser acompañadas y disfrutadas entre todo el grupo. Leíamos la obra en clase y desgranábamos sus mil y una maravillas. No puedo extenderme más sobre esto (quizás lo haga en otro momento, no sé). Solamente diré que me sentí muy orgulloso de mis alumnos cuando, a raíz del intento en las redes sociales de rescatar una palabra bella cada año, se postuló la palabra arrebol. Cuando a mucha gente esta palabra no les decía nada y tenían que buscar el significado en el diccionario, yo recibí muchísimos mensajes de alumnos que recordaban los momentos en los me explayaba y me emocionaba con ella, a punto de subirme en la mesa (no sé si alguna vez lo hice: en todo caso, no lo confesaré aquí) con su belleza de forma y significado. En suma, habían conseguido recordar con cariño las palabras y sus matices.

Pero no puedo enrollarme más. Mi hijo me suele criticar por estos vericuetos que le doy a las entradas de esta serie. No le gustan alguno de los títulos que pongo (él quiere que tengan más gancho), ni estos rodeos que a mí me gustan tanto y que veo tan innecesariamente necesarios. Este párrafo, de hecho, es una prueba para comprobar si ha llegado leyendo hasta aquí.

Pero vayamos a la historia de César (que es hermano de Lucía). Conocí a César en una clase de Literatura de 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO). Era una clase llena de chavales muy inteligentes, participativos y, sobre todo, tremendamente dicharacheros. Era muy fácil dar clase a ese grupo porque siempre se sacaban cosas interesantes en un ambiente relajado, incluso divertido. César no pertenecía a ese sector participativo. Por las razones que fueren, que luego iría intuyendo, a él le gustaba permanecer al margen. Ese estar al margen podría parecer sinónimo de desinterés a alguien que no prestase demasiada atención a César. De hecho, yo no lo presté demasiada atención al principio. Pero llegó un gran momento. Íbamos a leer La vida es sueño y tocaba la hora de repartir los papeles de la obra. Había que asignar el papel de Basilio y yo, casi sin pensar, fui mirando por toda la clase y dije: «Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza». Él puso cara de malos amigos y creo que rezó algún tipo de protesta para sus adentros más externos. Leyó y lo hizo muy bien, con la serenidad de un rey que fiaba el futuro en los astros. Llegamos a la siguiente clase y la lectura continuaba. Yo solía variar los papeles. Le asigné a otra chica el papel de Rosaura, a otro chico el de Segismundo y tocaba elegir a otro Basilio. Yo fui mirando por toda la clase y dije: «Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza». Ese día la protesta y la cara de pocos amigos era más que vehemente. Quizás él pensase que lo hacía para molestar y sus compañeros que lo hacía para vacilar, pero a mí me gustó esa manera de leer el primer día. Y fuimos repitiendo la ceremonia durante todas las jornadas que duró la lectura de la obra. El inicio era siempre esa voz de protesta, que se había convertido ya en rutina. Para mí, César se había ganado un sitio de privilegio entre los alumnos de Literatura. Demostraba que sabía de lo que hablaba y, según descubrí poco después, que reforzaba lo que él leía por su cuenta, que era mucho.

Pese a haber sido mi alumno hace ya demasiado tiempo, César y yo hemos seguido manteniendo el contacto. Si llega a leer esto y pongo que le considero mi amigo, seguro que me largará un guasap con alguna palabra gruesa afirmando estar en las antípodas. Porque César es así, protestón por fuera e inteligente, anguloso y rico por dentro. Quedamos de vez en cuando (quizás menos de lo conveniente) y nos tomamos algo siempre en el mismo bar, a petición mía. Hablamos de cine y de series, de libros y de escritura. Nos reímos el uno del otro, de los gustos que tenemos, que en un inicio parecen incompatibles y que luego resultan sospechosamente próximos.

César es una de esas personas que no encajaba bien en el sistema convencional de un instituto. Contaré alguna cosa más de ese discurrir académico, que no llegó a finalizar con éxito. Y, si él me deja manteniendo este seudoanonimato, contaré algo de su historia en la que el talento y la perseverancia que ha tenido en la vida le han cundido mucho más que nuestro trabajo con él como profesores, oculto como estaba bajo la capa de Basilio, ese rey que interpretó hace tantos años y que, para mí, le confirió el linaje de los grandes entre los grandes. Porque, descubriendo a un basilio, a veces, nos descubrimos a nosotros mismos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hernán Piñera.

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Comenzaba ayer con una historia que acababa bien, pero, en la enseñanza, no todo es maravilloso ni los profesores somos ejemplos de hacer las cosas perfectamente. La historia de hoy es de las primeras que puedo contar como profesor de Literatura en 2.º de BUP. No era mi primer año como profesor en el centro, pero sí mi primera experiencia en una clase de Literatura (para todos aquellos que solo hayan vivido el sistema de la ESO y el Bachillerato, hay que recordar que durante el BUP y el COU la Lengua y la Literatura eran asignaturas independientes).

Entré en aquella clase por primera vez y, sin haber hecho yo nada relevante, tenía a Sandra, una chica de ojos claros y luminosos, entregada a la causa de la Literatura. Adoraba leer por encima de todas las cosas. Esta pasión era desaforada y desbordada, de manera que Sandra suspendía el resto de asignaturas y sacaba siempre sobresalientes en mi asignatura. Aquí fue cuando empecé a ver el lado oscuro de los claustros de profesores: los profesores «de toda la vida» y algunos de los que no eran de la vieja escuela por promoción, pero sí por devoción, no podían comprender que alguien no se enfrentase a una disciplina como materia, sino como pasión y que, por lo tanto, todo aquello que no le gustase se la traía al pairo. Tuve escuchar mil y una veces cosas como «No puede entenderse que alguien sea malo en todas las asignaturas y sea bueno en la tuya» (eso solo podía explicarse y aplicarse a las clases de Educación Física, por lo visto).

Ese traérsela todo al pairo, luego fui descubriéndolo, tenía un origen más profundo y complejo que nunca llegué a conocer con pelos y señales. Aquí nos encontramos ante la difícil frontera entre alumno y persona, persona y alumno, que a veces es difícil de matizar y de la que hablaré al final de la entrada. En una asignatura en la que se estudiaba la Literatura desde la Edad Media hasta el siglo XX, Sandra era la que hacía los comentarios más atinados, las observaciones más profundas, la que leía lo recomendado y todo lo demás. La que siempre traspasaba los límites de la materia para bien y los sublimaba. Ella quería por todos los medios sacar un diez redondo y yo bordeaba siempre sus anhelos y le ponía un más que injusto 9,75 alegando que nadie es perfecto. Lo cierto es que ella se acercaba a la perfección, pero, como profesor, creía que tenía que ponerle siempre una meta más exigente.

Naturalmente, yo intenté muchas veces que Sandra pudiese llegar a un equilibrio entre su gozo por la Literatura y su aprovechamiento académico. Me movía entre el profesor que goza con el placer de sus alumnos y el profesor que sufre y lucha para que los alumnos aprovechen sus años de formación y puedan salir adelante lo mejor posible.

En la tercera evaluación, llegamos a La Regenta. Quiero apuntar que hoy, quizá, pueda extrañarnos que se produjese algo similar en 4.º de la ESO, con la Literatura como reducto de unas pocas líneas de cada autor y escasa profundidad. Decía que estábamos leyendo fragmentos de la obra de Clarín. Le tocó leer a Sandra y llegamos al momento en el que Ana Ozores se ve necesitada de afecto, en el que se aprecian sus carencias afectivas, en el que se aprieta a la almohada para asirse a algo blando y que le aporte ternura. Sandra lo leyó con tanta sensibilidad que se creó un silencio sepulcral en la clase, en la que todos teníamos los pelos de punta. A más de uno le entraron ganas de llorar.

Podría contar muchas cosas más, pero no me quiero alargar en exceso. Como decía, algunas evidencias, comportamientos y cosas medio dichas daban a entender que Sandra pasaba por unos momentos muy difíciles desde el punto de vista personal. Era de Galicia y vivía en una residencia de monjas y, no sé por qué —o no lo quería saber—, ella no se encontraba feliz. Un día (yo vivía aún en casa de mis padres: era un pipiolo de 24 años), Sandra llamó al telefonillo de mi casa a todo llorar diciendo que bajase, que necesitaba consuelo, que tenía problemas y que precisaba de ayuda. El miedo a involucrarme más de la cuenta en una historia personal de una alumna me hizo contestar con cierta dureza. Le dije que yo era su profesor, no su amigo. Que no podía llegar a solucionar los problemas de todos porque me volvería loco. Ignoré sus lágrimas y su petición de ayuda y colgué.

No es necesario decir que, a partir de entonces, se rompió toda la magia. Sandra había vuelto a la triste realidad y comprobaba que la Literatura era una asignatura más, que yo era una persona más (o peor, la persona más arisca y menos comprensiva del universo). Y yo, ahora, tantos años después, sigo lamentándome casi de continuo por no haber respondido de forma adecuada a su petición de ayuda. Quizá, con un poco de suerte, lea esto y me pueda perdonar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para salvaguardar el secreto profesional.

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El pasado 11 de mayo de 2018, moría, a los 87 años, Gérard Genette. Ha muerto uno de los grandes teóricos de la literatura. Decir solamente que es el padre de la narratología es quedarse muy corto. En efecto, algunos de los libros de Genette desentrañan con perfecta maestría el arte de la narrativa. Formado en el estructuralismo, fue uno de los estandartes de la nouvelle critique y aplicó el método formalista con precisión e perspicacia.

He tenido la suerte de bucear con avidez en muchas de sus obras y he pasado tantas horas aprendiendo con su inteligencia que ahora me siento huérfano. Para un devoto de Marcel Proust, que Genette desvelase todos los secretos del arte de narrar a partir de esa obra supuso un descubrimiento placentero. Aquí va un recorrido muy rápido por alguna de las obras de Gérard Genette que más me han influido.

Leí Figures III, gracias a la indicación de un gran profesor de Literatura Universal en la Universidad de Valladolid, Luis Caparrós Esperante. Me acerqué un día a su despacho pidiendo material para aprender más de Proust y me dio la clave de casi todo. La lectura de su Nouveau discurs du récit complementó y agrandó su leyenda.

Interesado por muchos aspectos de la intertextualidad y fenómenos anexos para mi tesis doctoral, por indicación de mi maestro, Tomás Albaladejo, abordé Seuils y, por supuesto, Palimpsestes, obra de extraordinaria agudeza con la que uno se adentra por los vericuetos de las influencias literarias.

Y los aspectos de la enunciación en su vinculación con la pragmática, también para mi tesis doctoral, me abrieron otros caminos de Genette, tremendamente ambiciosos y creo que todavía no suficientemente explorados. Fiction et dictionL’Œuvre d’art (Immanence et transcendance) contienen realizaciones e intuiciones geniales que utilicé, sobre todo con la primera obra, para indagar en el concepto de acto de ficción.

Leer a Genette es un placer y una necesidad para todos los que quieran acercarse a los fenómenos constructivos de las obras literarias y, en general, de las obras artísticas. Así que el mejor homenaje que podemos darle es tenerle siempre presente, con su lucidez, su ironía y su manera sutil de explicar lo complejo. Consiguió crear un sistema conceptual coherente con el que podemos manejarnos de manera fluida en el campo del estudio literario.

(Esta entrada ha aparecido en mi blog académico, ScriptaManent).

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Acabo de leer el libro Los Cinco y yo, de Antonio Orejudo. Es un libro magnífico, escrito en el sendero más interesante de la autoficción, que nos hace reflexionar sobre la lectura. Sin desvelar mucho del libro, nos hace reflexionar, en realidad, sobre la lectura en tres niveles y sobre la escritura en dos. Por supuesto, es un libro que va más allá de la metaliteratura: sus reflexiones sobre el pasado y sobre el presente, sobre el presente mediatizado por el pasado, sobre el pasado mediatizado por el futuro y otras muchas cosas más lo convierten, de por sí, en una obra merecedora de una lectura atenta. Pero esa triple reflexión sobre la lectura (y su materialización en dos niveles de escritura) es una de las bases de la construcción del libro de Orejudo.

Todos esos niveles están intercalados en un mismo plano de forma muy inteligente. El primer nivel y la base de todos los demás, son los libros de Los Cinco de Enid Blyton. Aunque más joven que Orejudo, pertenezco a esa generación lectora que se formó con los libros de Los Cinco. Escribí, hace ya mucho, una entrada, titulada Thaumasía en la isla Kirrin, en la que hablaba sobre la curiosidad y admiración que me provocaron las novelas juveniles de Blyton. En casa había un par de libros, que empecé por casualidad y, durante unos años, propicié que todos los regalos de cumpleaños y de Reyes fueran completando toda la saga. Nunca he realizado, como Orejudo, una revisión –ni crítica ni acrítica– sobre estas novelas, pero la lectura de Los Cinco y yo ha conseguido reavivar esa chispa lectora juvenil que mantuve durante aquellos años. Luego llegaron lecturas de más «calidad», pero nunca las consideré «mejores», sino una evolución lógica de lo que estaba empezado y ya no podría parar.

El segundo nivel de lectura (y el primero de escritura) lo supone una supuesta novela de Rafael Reig, After five. Rafael Reig es un escritor real, amigo de Antonio Orejudo. Todo forma parte del juego literario que establece Orejudo a raíz de esta novela apócrifa: su escrito es una reflexión sobre el libro de Reig, en el que se nos habla de la vida de Julián, Dick, Ana y Jorge después de las novelas: su evolución como adolescentes y su vida como adultos. Como digo, este es el primer nivel de escritura de Orejudo, como creador de esta primera cota sobre la que escala su narración sobre los Cinco. Y un segundo nivel de lectura que se intercala necesariamente sobre el primero: no se trata ya solamente de hablar de las novelas de Los Cinco, sino de hablar de esas conexiones entre pasados y presentes. Orejudo aprovecha para, partiendo de la infancia, hablar de su juventud, de sus inquietudes, de la vocación literaria de ese Toni que está, sin ser una equivalencia exacta, tan cerca de él y de Reig en sus años de universidad. Vemos ese registro del pasado que construye la juventud sobre los cimientos de la infancia. Los Cinco son aprovechados, en este nivel, como argamasa que conjunta la niñez y la juventud como premonición de lo que puede ser el futuro.

El tercer nivel de lectura (y el segundo de escritura) es la novela Los Cinco y yo como tal. Es un nivel que, como los anteriores, asume y abarca los anteriores. Ahora se trata de cómo la lectura de los libros de Los Cinco y la necesidad narrativa que tiene el autor de hablar del libro After five de Reig le lleva a extender ese pasado y ese presente como reflexión intrapersonal, interpersonal y diría que generacional. Sin desvelar nada importante para posibles lectores de la novela, diremos que ese juego interno de narradores y lectores también los convierte, doblemente, en personajes. Y comprobaremos hasta qué punto pueden sus vidas combinarse, intercalarse, mezclarse y confundirse con las de Julián, Dick, Ana y Jorge.

Todos los lectores de Los Cinco tuvimos nuestra casa en la de tía Fanny y tío Quintín. Tuvimos experiencias gastronómicas de platos que nunca habíamos comido en nuestras casas. Tuvimos unas excursiones mágicas y llenas de peligros de la que nuestros cuerpos salieron ilesos, aunque nuestro corazón se agitó al ritmo trepidante de los acontecimientos Descubrimos que las islas y los tesoros estaban más cerca de lo que nos imaginábamos. Mientras aprendíamos a ser personas, supimos gracias a Los Cinco que la vida está llena de pasadizos secretos que servían como vasos comunicantes de nuestras experiencias adolescentes. Lo malo es que, ya de adultos, se nos olvidó todo y los pasadizos secretos los convertimos en laberintos. Pero ahí están las novelas de Los Cinco para recordarnos esa verdad y ahí está la novela de Orejudo para recordarnos que la realidad y la ficción están más unidas de lo que parece. Siempre.

 

 

 

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que tenía muy abandonada. Por su tema, aparecerá también en mi blog académico, ScriptaManent.

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Me escribe Ricardo. No nos conocemos personalmente. Al parecer, entra de vez en cuando por este blog. Me dice que le gusta leer, sobre todo novelas. Novelas de todo tipo. Empezó con las lecturas típicas del instituto y luego ha continuado él por su cuenta, de forma constante, pero, según me confiesa, también de manera desordenada. El criterio que comenta me gusta mucho. Dice que, en definitiva, lee por impulso. De todas las formas de leer, la lectura por impulso me parece estupenda porque nace de una necesidad, de algo interior que nos empuja. No tiene criterios y quizás, en alguna ocasión, deba dejarse domeñar por un orden para completar alguna laguna o descubrir algo que, por sí mismo, uno no encontraría. Pero esa es la excepción. No le hace ascos a nada y lo mismo se zampa a Poe o a Lovecraft que se desmarca con un Grisham o un Follet. Por sus manos han pasado Dumas, Dickens, Baroja, Cela, Delibes, Chejov…

Ricardo me comenta que, desde hace unos años, también escribe. Primero intentó, como casi todo el mundo, autobiografiarse en una novela demasiado pegada a sí mismo. Él no me lo dice así, pero se deduce de lo que me cuenta. Se quedó en un callejón sin salida y pasó a contar lo que pasaba: por su ventana, por su edificio (se confiesa un fanático de la mirilla de la puerta), por su calle. Me ha pasado algunos fragmentos que, a mi parecer, son bastante buenos. También hace retratos de gente de su trabajo y somete después a esos personajes a unas conversaciones a tres, cuatro o cinco bandas que muestran unos contrastes dignos de elogio. Él dice que es una literatura por prejuicio: primero juzga y luego mete en la brega a todos ellos para jugar al juego que a Ricardo más le gusta, que es el del engaño a medias.

No obstante, después de esta larga introducción, lo que Ricardo me comenta es que quiere escribir literatura fantástica o de ciencia ficción. Que está un poco harto de quedarse a pie de acera o al alcance esa mirilla que está siempre al alcance de su ojo derecho. Que quiere contar lo que no ve, pero que se imagina. O, mejor, lo que se imagina, pero muy distinto a lo que es posible dentro de nuestro mundo o muy lejos de este tiempo o este planeta. El problema, a su entender, es que su cabeza solo le da argumentos para quedarse con lo que tiene próximo, aunque su imaginación quiera volar hacia otros mundos o hacia otras dimensiones. Pero que quiere imaginar un mundo fuera de estas miserias. No para evitarlas, sino para enfocarlas de modo diferente. En suma, me dice que está harto de un realismo de andar por casa. A juzgar por todos los textos que me adjuntado, a mí no me parece que lo que escriba sea, en sentido estricto, realista, pero entiendo que desee proyectarse hacia otras dimensiones narrativas.

Según me comenta, esto no quiere decir que quiera escribir de zombis, de rubias que cabalgan sobre dragones o de seres pequeños con pelos en las plantas de los pies en busca de tesoros. Se confiesa aficionado a algunas series de televisión, pero me confiesa que, en el mundo fantástico, a él le apasionan los vampiros. Los de verdad, no esos vampiros sosos y vaporosos tan en boga en los últimos tiempos. Drácula, para él, es el paradigma de una narrativa bien entendida. Yo pienso, también, que Drácula es una novela fenomenal. De hecho, es una de mis favoritas. Pero pienso, y así se lo diré, que tiene muchos elementos realistas. Me dice que le apasiona Asimov y Philip K. Dick. Bueno, aquí hace un poco de trampa, porque de Asimov ha leído bastantes cosas, sobre todo relatos breves, pero de Dick no ha leído una sola línea, sino que lo ha deglutido en forma de Blade Runner y Minority Report. Me dice que le gustaría escribir sobre un mundo futuro sujeto a leyes, o sobre un mundo futuro sujeto a incertidumbres. Vaya, pienso yo, pero eso parece algo contradictorio. En el fondo, me parece que quiere un fondo ordenado para una distopía que explique el presente y sus contradicciones

Pienso a animar a Ricardo a que explore esas alternativas. Que piense en un persona que ame y a otra que odie y les mande al futuro a que echen un pulso. Que piense en sus peores demonios personales y los focalice en acciones de unos protagonistas que le caigan bien o mal. Pero, que no se vaya muy lejos. Que las entrañas, las filias y las fobias le van a ser muy útiles. Espero con ansia esa nueva línea de exploración de Ricardo. Quizás pueda conseguir lo que yo vivo de forma cotidiana y nunca he sido capaz de narrar: lo que pasa detrás de la mirilla que es un catalejo, lo que pasa detrás de una ventana que es uno mismo. Y sus fantasmas.

(La imagen es de Dean Hochman).

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