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Literatura

Una entrada en el blog Cuentos para descontar, escrito por Samuel Pérez, me impulsa a escribir ahora sobre el autor. Samuel, de forma subjetiva pero brillante, reflexiona sobre el estilos al escribir y creo que esto me viene al pelo para un asunto que quería contaros.

En una novela, es muy importante saber quién es el autor y, en consonancia con esa instancia productora, quién es el receptor. No me refiero ahora, aquí, ni al autor de carne y hueso ni al lector de hueso y carne. En el caso del primero, es evidente quién es: la única pega sería saber lo que es la instancia metafísica y existencial del yo; en el caso del segundo, no hay nada evidente porque, en la creación literaria, se tienen pocas seguridades sobre la(s) persona(s) que puede(n) llegar a leer nuestro texto. En la teoría de la narrativa, se han estudiado dos instancias intermedias entre el autor real y el narrador –que son el autor implícito no representado y el autor implícito representado– y otras dos para las instancias intermedias entre los lectores reales y los narratarios –que son el lector implícito no representado y el lector implícito representado–. Yo me voy a ocupar de esas instancias intermedias, sin entrar hoy en la cuestión de la representación (o no).

Iniciar una novela supone reflexionar sobre el  autor presente (aunque no esté presente de forma explícita) en el texto y lo que el lector puede deducir del mismo. Además, ese autor proyecta una imagen que recibe el lector, ese en el que piensa el autor cuando produce los materiales textuales (las teorías de la narración han llamado a este lector modelo, lector ideal, lector implícito…). Creo que la proyección de uno está en consonancia y equilibrio con la extensión al otro. En mi caso, intento escapar –y creo que lo consigo– de ese escritor que se autofagocita a sí mismo en el acto de escribir, que proyecta una imagen embelesada de sí mismo y que, de puro embelasamiento, no piensa quién se encuentra al otro lado del espejo. Ni siquiera me planteo, tampoco, el pensar tanto en el lector como para darle la papilla de las palabras que suponen los best-seller. Hacer un texto deliberadamente fácil y enfocado al mercado más que a la Literatura es algo que me repugna (aunque todos los filólogos que habitan el mundo mundial hemos tenido quizá la tentación de ganar dinero fácil, conocedores como somos de los entresijos de la literatura fácil). El estilo mixto que comenta Samuel es uno que exprime y sufre lo que Harold Bloom denominada the anxiety of influence: ha rastreado –y ha pasado– por las etapas anteriores y lucha por ser él mismo entre los textos de otros. Como me da mucho miedo el último paso que comenta Samuel, ese del estilo del Autor con mayúscula, aquel que ha llegado a la satisfacción y plenitud de saberse con un estilo propio, trabajado y sublime, me imagino que yo perteneceré a todos aquellos que intentan ser suficientemente precavidos como para saber que están luchando contra muchos elementos, algunos de los cuales se les escapan.

En lo que llevo escrito, noto que ese autor se está definiendo a sí mismo y se proyecta en unas instancias narrativas algo complejas. Más complejas de lo que había imaginado en un principio. En ningún caso el autor soy yo, aunque vaya prestando cosas mías a los narradores y a algunos personajes. En muchos casos, parto de todo el conocimiento de lo leído para crear un marasmo complejo lo suficientemente explícito para hacer cómplices a los lectores avezados, lo suficientemente sutil para que no huela. Y sí, intento crear un espacio intermedio entre acercarme a los lectores y que estos hagan –también– el esfuerzo de aproximarse.

Y, claro está, todo estos son intentos que nunca se sabrán conseguidos hasta que el proceso de comunicación narrativo no se acabe. Aunque todos los profesores de Semiótica tengamos un Umberto Eco (y su forma de construir El nombre de la rosa) en la cabeza.

(Imagen de Edgar Barany. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

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Confieso mi debilidad por el primer capítulo del Quijote. Siempre que vuelvo mis ojos a las páginas de Cervantes, sea por motivos profesionales, por puro vicio lector o –lo más frecuente– por ambas cosas a la vez, no deja de admirarme la construcción perfecta del inicio de la novela (y de toda la obra en general, por supuesto): un hombre corriente, como muchos otros en su época, con sus costumbres alimenticias, su atuendo, su fisionomía. Su afición a la lectura –con las vueltas y revueltas que da en su cabeza a las ficciones caballerescas–, que acaba por convertirse en vicio y, posteriormente, en obsesión enfermiza. Todo ello incontrolado, dentro de unos límites, hasta que toma la decisión de saltar al otro lado del espejo y decide convertir su afición, vicio y obsesión en realidad. Y cómo esa realidad no podía ser la realidad de cualquier ciudadano de a pie, sino la realidad que a él le gusta vivir.

En este proceso, se cruza la inconsistencia de los nombres y los lugares reales (no sabemos muy bien dónde vivió, no sabemos muy bien cómo se llamaba en realidad nuestro hidalgo), se pasa a un proceso de bautismo: el flaco caballo, Rocinante. Él mismo, don Quijote (en un maravilloso alarde, que no cabe aquí contar, mezclando elementos diversos de forma atinada e inteligente). Por fin, Dulcinea. Me fascina lo satisfecho que se queda don Quijote al dar nombre a la poco agraciada Aldonza Lorenzo y convertirlo en Dulcinea del Toboso. Al final, Cervantes piensa que el nombre de la dama, junto a todo las demás denominaciones, configura un nombre “músico y peregrino y significativo”.

Músico, peregrino y significativo son, ni más ni menos, las características idóneas para dotar de un nombre a las cosas y a las personas: que sea eufónico, que resulte especial y que esté dotado de significado coherente con la realidad que lo contiene. Por eso, bautizar el mundo es, de algún modo, crearlo de nuevo.

En la mayor parte de las ocasiones, los nombres nos vienen dados. Los tenemos tan apegados a nuestro devenir que se nos olvida volvernos hacia ellos. En el caso de las personas, son los padres los que dan vueltas y más vueltas hasta que eligen un nombre para sus hijos (un día tengo que contar por qué me llamo Raúl y en qué medida mi padre tomó la decisión de saltarse el consenso familiar). Nacemos con un nombre y, en la mayor parte de las ocasiones, nos morimos con él y con posibles variantes en la forma de motes e hipocorísticos. Por eso, quiero comentar un hecho mágico y singular que acontece con los estudiantes chinos que acuden a la Universidad de Burgos como alumnos de intercambio.

Conscientes sus tutores de origen y ellos mismos de la dificultad de aprender y pronunciar sus nombres, escogen un nombre español para denominarse. Lo descubrí hace tres años, cuando mis alumnas fueron presentándose en clase de Terminología y me encontré con unas chicas que eran un manojo primoroso de flores (alguna se llamaba Violeta, otra Rosa, otra Margarita). Este año, tienen nombres de mujer corrientes en español. Preciosos nombres a los que han devuelto el vigor que habían perdido en mi memoria por ser para nosotros algo repetido y rutinario. Y no solo eso: me iban diciendo sus nombres y me iban explicando por qué habían escogido ese nombre y no otro. De entre una variedad inmensa y (casi) incontrolable, ellas habían seleccionado de forma motivada, lo que suponía, en cierta medida, que habían renacido como personas o –al menos– que habían interiorizado más su forma de ser y la habían ajustado al continente y contenido de su nuevo nombre.

No sé cómo se sentirán cuando, acabado al curso, vuelvan a su país, a su hogar. Pero, de momento, Cervantes ha tenido razón, una vez más. Ha vuelto la ficción como realidad y la realidad como ficción en forma de nombres. Músicos. Y peregrinos. Y significativos.

 (Imagen de Silvia Cordero Vega.)

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La entrada de hoy surge de algunas cuestiones relacionadas con la enseñanza de la literatura y, más concretamente, de la poesía. Hace unos días, mi hijo recibió el encargo de realizar una actividad en la que tenía que buscar un poema relacionado con un tema y utilizar ese poema para dibujar los contornos de una imagen vinculada con el texto. Obviamente, en la asignatura en cuestión se estaban estudiando cuestiones que tenían que ver con la poesía visual y los caligramas.

En el momento en el que vi la tarea, le animé a no reproducir ningún texto previo con los contornos sino a crear entre los dos un caligrama desde cero. Nos pusimos de acuerdo en que trataría sobre el agua y empezamos a toquetear con las autoformas de Word para dibujar una botella. Yo le dije que podíamos trabajar con cilindros de diferentes tamaños y anchuras para dibujarla. Después de unos cuantos tanteos, conseguimos un botella medianamente decente. Después, decidimos estructurar el texto en tres partes: el tapón, la boca de la botella y el resto: pensamos en que se podía “dosificar” el texto en esas cuatro partes. Luego intentamos buscar efectos visuales con la tipografía en el ordenador:  triangulación en la boca y ondulación en las letras del fondo, con algún efecto de color. Luego llegó el texto, en el que jugamos con las palabras relacionadas con el agua y establecimos un paralelismo con las estaciones del año.

¿Para qué todo esto? Fundamentalmente, para pasar un buen rato y para ver que uno se podía divertir con el lenguaje, con los espacios. Y, por supuesto, para que una tarea no fuese eso precisamente, la elaboración de unos deberes con una rutina. Durante un buen rato, la obligación pasó a un segundo plano y el protagonismo se lo llevó el interés por la tarea misma. La respuesta del profesor es que no había que hacer eso. Es decir, no se podía pensar, crear y experimentar, sino que había que copiar, aclimatar y amoldar.

Y aquí es donde quería traer el tema de mi entrada de hoy. En principio,  está más que bien que los alumnos conozcan las tentativas que se han realizado a lo largo de muchos años para experimentar con las palabras y el espacio, para dibujar con el lenguaje y para elevar a la palabra poética y fundirla en otras dimensiones. El problema aparece cuando se hace una actividad y se valora más lo mimético que el trabajo auténticamente creativo. En el fondo, una actividad como la que se pedía está violando los principios mismos por los surgieron los caligramas y otras manifestaciones de poesía concreta y de poesía visual. Quizá un profesor pueda conformarse con la elaboración de una tarea rutinaria, si su propósito es la extraña paradoja de enseñar poesía con la rutina; pero no llego a entender que un alumno haga otra cosa mucho más relacionada en el fondo y en la forma con lo que se pide y le digan que no sirve, que haga lo que ya está hecho. ¿Por qué surgieron los caligramas de Apollinaire y las manifestaciones literarias creacionistas? ¿No surgieron en el embrión mismo de las vanguardias, asociadas e íntimamente ligadas a los avances en otras artes plásticas como la pintura?

Vaya por delante que lo que hicimos durante una hora mi hijo y yo no era, ni mucho menos, una obra maestra. Pero pensamos que experimentar con los moldes formales de un procesador de textos (insisto: juego con estructuras geométricas, color, tipografía, ondulaciones) era algo mucho más interesante que la tarea inicialmente propuesta. No me gustan las preguntas de “literatura ficción” del tipo: “¿Cómo hubiera escrito sus caligramas Apollinaire si los hubiese creado en el año 2011?” Pero seguro que aventurar una respuesta es, en este caso, más que pertinente.

Mal vamos en la enseñanza si no dejamos un pequeño espacio para la iniciativa personal, si no abrimos la mente para alejarnos de lo de siempre, si no estimulamos en vez de penalizar la creatividad.

Porque, en el fondo de los fondos, está la eterna pregunta: ¿qué queremos que nuestros jóvenes aprendan?

(El caligrama que ilustra la entrada es de Guillaume Apollinaire.)

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En la entrada de ayer citábamos extensamente fragmentos del discurso de Mario Vargas Llosa en la recepción del Premio Nobel de Literatura 2010. No obstante, reconozco que lo que más me emocionó fueron las palabras dedicadas a su mujer, sobre todo cuando dijo: “y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir“.

Me gusta percibir que uno es bueno en la mejor de sus imperfecciones, porque es lo mismo que admitir que la mejor de las perfecciones radica en las carencias que tenemos en todo lo demás. En un mundo que tiende a idealizar a los genios para asimilarlos al ideal de la perfección, es bueno que nos recuerden que a lo excelso se llega porque no se tiene que llegar a otra cosa más. Que el ser humano es incompleto y, por eso, por incompleto y por humano, necesita de las sucesivas perfecciones e imperfecciones para los demás. Aristóteles, como siempre, tenía razón: el hombre, si no es “político” (en el sentido griego del término, de ser nacido e imbricado en la polis) es, por defecto, un bruto y, por exceso, un Dios. Enhorabuena a Mario Vargas Llosa, entre otras cosas, por ser humano en grado extremo.

(Imagen de Rocío Montoya para el Colectivo Movimente.)

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El día 7 de diciembre, Mario Vargas Llosa leyó su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura 2010. En un discurso magistral, habla de muchas circunstancias personales que giran en torno a la lectura y a la escritura (a lo que se unen otras reflexiones enlazadas con ellas). En esta entrada reproducimos alguno de los pasajes del discurso, que podéis leer en formato web o en pdf y ver en vídeo (1, 2, 3, 4 y 5). Obviamente, la selección es muy personal y añade a lo que le interesa a Vargas Llosa lo que más me llega a mí en lo que concierne a la lectura y la escritura.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura.

esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. […] La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad.

Ella [mi mujer] hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

(Imagen de Harrison Gunter.)

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Copias

Como decían los antiguos presocráticos de la Escuela de Elea, “de la nada, nada sale”. Y eso vale casi para cualquier cosa, incluida la escritura y, por extensión, cualquier manifestación artística. Toda obra es una pequeña pieza de mosaico de un constructo cultural mucho más amplio en el que aquélla se inserta. Nos lo enseñaron muy bien Bajtin, Kristeva y Barthes.

Y como en esto de los influjos hay grados, formas y maneras, el campo está abierto casi para cualquier cosa, desde el pastiche hasta la parodia, desde la transposición hasta la imitación, hay mucha gente que se excede en el uso de la intertextualidad. Como ya dije en alguna otra ocasión, el estilo, pese a las evidentes influencias, es individual, propio, intransferible. Salvando cualquier distancia y analogía de calidad con este blog, no es lo mismo pintar con el estilo de Velázquez cuando pinta Velázquez o cuando pinta un discípulo de su escuela o –peor todavía– cuando un humilde pintor realiza una copia de una de sus obras en una calurosa tarde de verano en el Museo del Prado.

Desde mi humilde punto de vista, lo peor de todas las triquiñuelas del plagio procede, obviamente, cuando se copia descaradamente sin citar la fuente. Eso es un auténtico robo intelectual.  Como decía al principio, todos nos abastecemos humildemente con la genialidad de los demás. Por eso, no entiendo que, teniendo tantos modelos mucho más excelsos para copiar, alguien deslice sus palabras como si fueran mías. Al copista del Prado nunca se le ocurriría hacer un apaño con las influencias del maestro para hacer pasar lo suyo por original, en el sentido más primordial del término. Picasso nunca se planteó hacer los estudios sobre Velázquez haciendo pasar el origen como suyo, por muy fabuloso y original que fuese el resultado final.

Por eso, hoy vuelvo a estar hasta los mismísimos huevos de encontrarme con ciertas entradas en otros lugares. Igual sus autores piensan que existe una cierta telepatía artística mundial, pero, puestos a copiar, es mejor elegir a otros. Seguro que se lo merecen más.

(Imagen de Zitun.)

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Ha muerto Salinger, autor de la magistral El guardián entre el centeno. La lectura de esta novela ha marcado a lectores voraces durante muchas generaciones. Fue un autor capaz de hacer en su momento lo que ahora, quizá fuese imposible: ir a contracorriente, mostrar la vida de un adolescente desde los ángulos más obtusos, dedicar casi el resto de su vida a callar y no a figurar.

Desde el punto de vista más personal, hay dos cosas que no soporto de esta novela, aunque ninguna sea culpa de su autor: la primera, la cantidad de profesores que nos las hemos dado de enrollados con nuestros alumnos “sugiriendo” su lectura –obligada, naturalmente– aunque luego estuviésemos muy atentos para que no se saliesen un ápice de las líneas que les marcaba el sistema. Y, sobre todo, que el hijoputa de Chapman llevara un ejemplar de la novela cuando asesinó a Lennon pegándole ocho tiros.

Y luego dicen que la literatura no es peligrosa. En cualquier caso, Salinger era muy, muy grande. Adiós, maestro.

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Contaré muy brevemente alguna historia en la que los blogs tienen el germen del genio creador. Es una serie que tiene la voluntad de no seguir, a no ser que la curiosidad del respetable no se vea saciada con una primera entrega.

Se dice de Mateo Sáez de Granda que trabajaba de auxiliar en una bibloteca de su municipio, Foz (Lugo). Se inició en la escritura con un blog colectivo en el que, de manera muy amena, se trataban cosas relacionadas con los libros y las bibliotecas. Mateo, que era el encargado de las reflexiones más sesudas (con ese), fue incorporando a sus prolijas descripciones y narraciones elementos entresacados exclusivamente de su magín. En una ocasión, llegó a la osadía de glosar de forma pormenorizada un título que jamás existió, lo que provocó un exceso de trabajo a sus compañeros a él mismo, con lectores ávidos de un argumento policíaco que él mismo había ideado y que no se encontraba, hasta entonces, escrito en ninguna parte. Gracias a esta idea, surgió el embrión de su primera novela, El asesino del bocadillo de chopped, al que la crítica saludó como un auténtico descubrimiento, ya que realizaba la simbiosis perfecta entre la novela policíaca de corte selecto con la novela negra de tintes más neorrealistas.

Pedro Menéndez Sadornil fue un escritor parco en palabras. Se afanaba en el mundo de las letras sin escribir ni leer. Mantenía a duras penas un par de blos de materia diversa y dispersa. En uno de ellos, empezó aplicándose al noble oficio del corta-pega para desarrollar, posteriormente, un estilo más fluido enlazando constantemente a la Wikipedia. Entre post y post, fue dando muestras de veta creativa en otro blog, más personal. Gusta de sacarse fotos autobiográficas con el peso de la cabeza apoyada en una mano, en actitud de reflexión suprema. La contemplación ensimismada de una de esas fotos le aportó la inspiración que le faltaba: se pasó al mundo de la lírica con un poemario celestial de tema mitológico. Hablaba de traiciones y venganzas, enmarcado todo ello en un trasunto medieval, con bestiario incluido. Sus enemigos no le perdonan su genialidad, achacándole una propensión, quizá excesiva, hacia un narcisismo caprichoso. Sus amigos, envidiosos de su talento, ensalzan cada estrofa leída con un “olé mi niño” que a él le deja muy contento.

Simoná Orive se inventaba historias desde pequeña. La más sonada y famosa era la de estar muy malita, que corroboraba con un termómetro aproximado a la fuente de luz más cercana. Entre delirio y lamento fingido, se leyó en la cama todos los libros de Tintín, Astérix y Mafalda. Aturdida por la ficción, decidió incorporarla a sus escritos y a su vida de forma permanente. Su fortuna literaria fue inversamente proporcional a los éxitos profesionales, dado que utilizaba en estos elementos puramente ficcionales mientras que dedicaba todo su esfuerzo en la veracidad de aquellos. De esta manera, surgió su libro En busca de la respuesta al trastorno mental, que nació con una voluntad meramente descriptiva y que, alcanzó, sin embargo, una fama más que notable entre las novelas de corte psicológico que adaptaban el realismo del XIX a nuestra atropellada vida moderna.

Rafael Fontibre de Urdaneta era, según todos aquellos que lo conocieron, un notas. Empezó a escribir un blog para contar lo triste que estaba y acabó escribiendo sobre lo divino y sobre lo humano. No tenía metas ni fronteras. A golpe de enlaces caprichosos, se metía en cosas que ignoraba y metía el cazo frecuentemente. De hecho, esas confusiones y ese estilo entrecortado e indifinido le granjeó un enorme éxito de lectores, que creían entender aquello que él no decía. Animado por la confusión, empezó a escribir más de sus sentimientos y menos de lo externo. Ente otras cosas, porque su ego pensaba tanto en sí mismo que llegó a olvidarse de los demás. Como la escritura es cosa muy del yo, esa elasticidad para contar emociones le proporcionó el título: Fragmentos para una teoría del caos. Su virtud partió de un defecto: él quería escribir con una novela con unos personajes definidos que fuesen relacionándose (es decir, intentó copiar a aquellos novelistas corales de los años cuarenta), pero su parca imaginación le llevó a escribir, cada vez, fragmentos con un protagonista diferente. Al final, un famoso crítico de los de suplemento semanal saludó el libro como “una ordenación caótica del Cosmos”. Preguntado el autor por sus intenciones, se dedicó a contar fotos en una serie farragosa de desaciertos en blanco y negro y en colorines.

Ruperto Caparrós era un viajero empedernido. Se pasaba todo el día dando la vuelta a sus mundos locales e internacionales. Al menos, eso es lo quedó reflejado en su blog, al que título Libro de brújulas y azares. En el fondo y en secreto, iba sacando ideas de sus amigos, armados –ellos sí– de billetera abundante. Con esas notas, llegó a dar la vuelta al mundo tres veces y por lugares no coincidentes. Cada entrada de su blog era venerada y corroborada por los viajeros intrépidos de medio mundo. Tuvo que dar un paso de gigante al publicar una versión multilingüe en el que cada entrada se traducía a diez lenguas comunitarias, para lo que tuvo que pedir ayuda a sus lectores, que pasaron a realizar versiones diferentes de la misma historia, cada uno con su propio estilo.

(Espero que alguno de mis lectores de vea retratado, contando con que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. ;) )

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Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.

He titulado la entrada “Lectura en clase: el plan” al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear… Todos ellos –y muchos otros– son factores que conviene no olvidar.

Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados “Planes de fomento de la lectura”. Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y –sobre todo– sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.

Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de “fomento de la lectura” hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe –tristemente– mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán… pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a “contar cuentos”. Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.

Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores,  hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: “Seis profesores en busca de autor”. Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas… o nacidos precisamente para ese bajo propósito.

Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean… y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando –insisto– el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.

Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.

No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.

Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie. :)

(La imagen es de florian.b)

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magnitic poetry

Heridlos, caballeros. Nuestras vidas. Los ríos. La color de vuestro gesto. Postrera sombra. Desotra parte.Que de noche le mataron. Estar furioso. Un sabio un día. Hipógrifo violento. Sueños son. Ésas. No volverán. Peludo. Algodón. Bañarse con harina. Estar enamorado de sí mismo. Boca de fresa. Columpio, golondiras y golontrinas. Acercaba su cuerpo interrogante. Asesinado por el cielo, sierpe y cristal. Panderos de la madrugada. Redondeamiento del esplendor. Como el toro, tu vientre. Paraíso en sombra… Y, todo eso, acabando hace muchas. Muchas palabras, que son -a veces- más que la vida. Y, naturalmente, continuará.

(Imagen de Surrealmuse)

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