Por Raúl, hace 1 mes y 26 días

Plagios. Homenajes. Intertexto

Copias

Como decían los antiguos presocráticos de la Escuela de Elea, «de la nada, nada sale». Y eso vale casi para cualquier cosa, incluida la escritura y, por extensión, cualquier manifestación artística. Toda obra es una pequeña pieza de mosaico de un constructo cultural mucho más amplio en el que aquélla se inserta. Nos lo enseñaron muy bien Bajtin, Kristeva y Barthes.

Y como en esto de los influjos hay grados, formas y maneras, el campo está abierto casi para cualquier cosa, desde el pastiche hasta la parodia, desde la transposición hasta la imitación, hay mucha gente que se excede en el uso de la intertextualidad. Como ya dije en alguna otra ocasión, el estilo, pese a las evidentes influencias, es individual, propio, intransferible. Salvando cualquier distancia y analogía de calidad con este blog, no es lo mismo pintar con el estilo de Velázquez cuando pinta Velázquez o cuando pinta un discípulo de su escuela o –peor todavía– cuando un humilde pintor realiza una copia de una de sus obras en una calurosa tarde de verano en el Museo del Prado.

Desde mi humilde punto de vista, lo peor de todas las triquiñuelas del plagio procede, obviamente, cuando se copia descaradamente sin citar la fuente. Eso es un auténtico robo intelectual.  Como decía al principio, todos nos abastecemos humildemente con la genialidad de los demás. Por eso, no entiendo que, teniendo tantos modelos mucho más excelsos para copiar, alguien deslice sus palabras como si fueran mías. Al copista del Prado nunca se le ocurriría hacer un apaño con las influencias del maestro para hacer pasar lo suyo por original, en el sentido más primordial del término. Picasso nunca se planteó hacer los estudios sobre Velázquez haciendo pasar el origen como suyo, por muy fabuloso y original que fuese el resultado final.

Por eso, hoy vuelvo a estar hasta los mismísimos huevos de encontrarme con ciertas entradas en otros lugares. Igual sus autores piensan que existe una cierta telepatía artística mundial, pero, puestos a copiar, es mejor elegir a otros. Seguro que se lo merecen más.

(Imagen de Zitun.)

Por Raúl, hace 7 meses y 5 días

Salinger muy personal

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Ha muerto Salinger, autor de la magistral El guardián entre el centeno. La lectura de esta novela ha marcado a lectores voraces durante muchas generaciones. Fue un autor capaz de hacer en su momento lo que ahora, quizá fuese imposible: ir a contracorriente, mostrar la vida de un adolescente desde los ángulos más obtusos, dedicar casi el resto de su vida a callar y no a figurar.

Desde el punto de vista más personal, hay dos cosas que no soporto de esta novela, aunque ninguna sea culpa de su autor: la primera, la cantidad de profesores que nos las hemos dado de enrollados con nuestros alumnos «sugiriendo» su lectura --obligada, naturalmente-- aunque luego estuviésemos muy atentos para que no se saliesen un ápice de las líneas que les marcaba el sistema. Y, sobre todo, que el hijoputa de Chapman llevara un ejemplar de la novela cuando asesinó a Lennon pegándole ocho tiros.

Y luego dicen que la literatura no es peligrosa. En cualquier caso, Salinger era muy, muy grande. Adiós, maestro.

Por Raúl, hace 9 meses y 16 días

Breves anotaciones biografícas de escritores inexistentes

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Contaré muy brevemente alguna historia en la que los blogs tienen el germen del genio creador. Es una serie que tiene la voluntad de no seguir, a no ser que la curiosidad del respetable no se vea saciada con una primera entrega.

Se dice de Mateo Sáez de Granda que trabajaba de auxiliar en una bibloteca de su municipio, Foz (Lugo). Se inició en la escritura con un blog colectivo en el que, de manera muy amena, se trataban cosas relacionadas con los libros y las bibliotecas. Mateo, que era el encargado de las reflexiones más sesudas (con ese), fue incorporando a sus prolijas descripciones y narraciones elementos entresacados exclusivamente de su magín. En una ocasión, llegó a la osadía de glosar de forma pormenorizada un título que jamás existió, lo que provocó un exceso de trabajo a sus compañeros a él mismo, con lectores ávidos de un argumento policíaco que él mismo había ideado y que no se encontraba, hasta entonces, escrito en ninguna parte. Gracias a esta idea, surgió el embrión de su primera novela, El asesino del bocadillo de chopped, al que la crítica saludó como un auténtico descubrimiento, ya que realizaba la simbiosis perfecta entre la novela policíaca de corte selecto con la novela negra de tintes más neorrealistas.

Pedro Menéndez Sadornil fue un escritor parco en palabras. Se afanaba en el mundo de las letras sin escribir ni leer. Mantenía a duras penas un par de blos de materia diversa y dispersa. En uno de ellos, empezó aplicándose al noble oficio del corta-pega para desarrollar, posteriormente, un estilo más fluido enlazando constantemente a la Wikipedia. Entre post y post, fue dando muestras de veta creativa en otro blog, más personal. Gusta de sacarse fotos autobiográficas con el peso de la cabeza apoyada en una mano, en actitud de reflexión suprema. La contemplación ensimismada de una de esas fotos le aportó la inspiración que le faltaba: se pasó al mundo de la lírica con un poemario celestial de tema mitológico. Hablaba de traiciones y venganzas, enmarcado todo ello en un trasunto medieval, con bestiario incluido. Sus enemigos no le perdonan su genialidad, achacándole una propensión, quizá excesiva, hacia un narcisismo caprichoso. Sus amigos, envidiosos de su talento, ensalzan cada estrofa leída con un «olé mi niño» que a él le deja muy contento.

Simoná Orive se inventaba historias desde pequeña. La más sonada y famosa era la de estar muy malita, que corroboraba con un termómetro aproximado a la fuente de luz más cercana. Entre delirio y lamento fingido, se leyó en la cama todos los libros de Tintín, Astérix y Mafalda. Aturdida por la ficción, decidió incorporarla a sus escritos y a su vida de forma permanente. Su fortuna literaria fue inversamente proporcional a los éxitos profesionales, dado que utilizaba en estos elementos puramente ficcionales mientras que dedicaba todo su esfuerzo en la veracidad de aquellos. De esta manera, surgió su libro En busca de la respuesta al trastorno mental, que nació con una voluntad meramente descriptiva y que, alcanzó, sin embargo, una fama más que notable entre las novelas de corte psicológico que adaptaban el realismo del XIX a nuestra atropellada vida moderna.

Rafael Fontibre de Urdaneta era, según todos aquellos que lo conocieron, un notas. Empezó a escribir un blog para contar lo triste que estaba y acabó escribiendo sobre lo divino y sobre lo humano. No tenía metas ni fronteras. A golpe de enlaces caprichosos, se metía en cosas que ignoraba y metía el cazo frecuentemente. De hecho, esas confusiones y ese estilo entrecortado e indifinido le granjeó un enorme éxito de lectores, que creían entender aquello que él no decía. Animado por la confusión, empezó a escribir más de sus sentimientos y menos de lo externo. Ente otras cosas, porque su ego pensaba tanto en sí mismo que llegó a olvidarse de los demás. Como la escritura es cosa muy del yo, esa elasticidad para contar emociones le proporcionó el título: Fragmentos para una teoría del caos. Su virtud partió de un defecto: él quería escribir con una novela con unos personajes definidos que fuesen relacionándose (es decir, intentó copiar a aquellos novelistas corales de los años cuarenta), pero su parca imaginación le llevó a escribir, cada vez, fragmentos con un protagonista diferente. Al final, un famoso crítico de los de suplemento semanal saludó el libro como «una ordenación caótica del Cosmos». Preguntado el autor por sus intenciones, se dedicó a contar fotos en una serie farragosa de desaciertos en blanco y negro y en colorines.

Ruperto Caparrós era un viajero empedernido. Se pasaba todo el día dando la vuelta a sus mundos locales e internacionales. Al menos, eso es lo quedó reflejado en su blog, al que título Libro de brújulas y azares. En el fondo y en secreto, iba sacando ideas de sus amigos, armados --ellos sí-- de billetera abundante. Con esas notas, llegó a dar la vuelta al mundo tres veces y por lugares no coincidentes. Cada entrada de su blog era venerada y corroborada por los viajeros intrépidos de medio mundo. Tuvo que dar un paso de gigante al publicar una versión multilingüe en el que cada entrada se traducía a diez lenguas comunitarias, para lo que tuvo que pedir ayuda a sus lectores, que pasaron a realizar versiones diferentes de la misma historia, cada uno con su propio estilo.

(Espero que alguno de mis lectores de vea retratado, contando con que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. ;) )

Por Raúl, hace 1 año

Lectura en clase: el plan

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Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.

He titulado la entrada «Lectura en clase: el plan» al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear... Todos ellos --y muchos otros-- son factores que conviene no olvidar.

Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados «Planes de fomento de la lectura». Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y --sobre todo-- sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.

Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de «fomento de la lectura» hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe --tristemente-- mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán... pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a «contar cuentos». Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.

Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores,  hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: «Seis profesores en busca de autor». Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas... o nacidos precisamente para ese bajo propósito.

Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean... y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando --insisto-- el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.

Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.

No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.

Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie. :)

(La imagen es de florian.b)

Por Raúl, hace 1 año y 6 meses

Nuestra vida es un poema

magnitic poetry

Heridlos, caballeros. Nuestras vidas. Los ríos. La color de vuestro gesto. Postrera sombra. Desotra parte.Que de noche le mataron. Estar furioso. Un sabio un día. Hipógrifo violento. Sueños son. Ésas. No volverán. Peludo. Algodón. Bañarse con harina. Estar enamorado de sí mismo. Boca de fresa. Columpio, golondiras y golontrinas. Acercaba su cuerpo interrogante. Asesinado por el cielo, sierpe y cristal. Panderos de la madrugada. Redondeamiento del esplendor. Como el toro, tu vientre. Paraíso en sombra... Y, todo eso, acabando hace muchas. Muchas palabras, que son -a veces- más que la vida. Y, naturalmente, continuará.

(Imagen de Surrealmuse)

Por Raúl, hace 2 años

La vuelta al mundo en 80 libros... y más

 Libros

Radio Nacional ha realizado un conjunto de programas radiofónicos (que también se pueden escuchar en línea) en los que se realiza una interesante visión de la lectura a partir de 80 libros. Por otro lado, cien escritores en español escogen los libros que han cambiado su vida (aquí la lista completa; por cierto, con errores muy graves de transcripción). El verano es la estación del año de la playa y de la sombrilla, de la piscina y de las gafas de sol, de la radio y del apartamento en la costa. De la horchata, del helado de combinaciones imposibles (y no me refiero a esto) y del granizado de limón. Pondría que del café con hielo, pero soy de una rara estirpe de elegidos que odia el café (sí, también su olor) y que prolonga su infancia a base de Cola Cao. El verano también es, una vez más, el tiempo de la música escuchada con más reposo y más hondura... y de la lectura. En la sombrilla, en el solaz del apartamento, con una horchata a mano. El verano es -también- la estación mágica que nos acerca a la ficción. A la vida.

Por Raúl, hace 2 años y 1 mes

Por qué escribimos historias

Wordle K

Decíamos que las palabras forman nubes. La lectura es nuestra manera de acumular palabras y experiencias en esas nubes que, henchidas de términos, acaban por pesar tanto en nuestra cabeza como para que un día decidamos que se derramen por nuestras manos hacia la pluma, hacia el lápiz o hacia el teclado. Se transforman, entonces, en formaciones nebulosas dirigidas hacia el papel o hacia la pantalla. Surgidas de nuestro universo, de nuestros miedos, de nuestras alegrías, de nuestras emociones. Con todos los defectos y virtudes de haberlas bebido, deglutido y expulsado. Con el inmenso placer -teñido de vergüenza- de que sean compartidas con otros. Con la ilusión de pulsar la a, la m, la o y la r y que alguien adivine que hablamos de sentimientos y con la intención e pulsar la o, la d, la i y la o y que alguien piense que hablamos desde la frustración y del rencor. Con la ingenuidad de que las crean nuestras y exclusivas, o con la excesiva condescendencia de pensar que son prestadas y totalmente ajenas. Recibimos las palabras para ordenarlas en un nuevo caos. Contamos las mismas historias de siempre con nuevos medios para convertir los mismos argumentos en la piel de nuestro relato. Con la impotencia de no ser Shakespeare y con la altivez de pensar que somos diferentes. Con la debida cautela y el factor de protección necesario y con la temeridad de estar demasiado expuestos al sol, que cuartea el cutis de nuestras frases. Contamos las historias de nuestra soledad para no sentirnos solos. Y contamos las historias de nuestra felicidad para crear ficciones. La ficción de que los demás crean que somos felices.

(La imagen procede de la libertad que me he tomado de hacer con Wordle la nube de palabras del Sr. K, ejemplo de cómo se escriben historias)

Por Raúl, hace 2 años y 4 meses

Leer, leer y leer (y X): anécdotas, coda y silencio

Tablarasa

Voy a cometer el pecado de ser poco original y escribir la entrada que no debería en el día que no quiero escribirla, pero mi cerebro es tan asquerosamente cuadriculado que no es capaz de resistir este acto de deliberada decisión o deliberación decisiva (sin poder resistir, además, a la tentación de acabar esta serie de Verba volant con el número perfecto). Menos mal que voy a intentar escribirla en toda su anarquía, desorden y desenfreno. Tal y como salga de mi cabecita enferma.

Una de las anécdotas. Mi hijo, con diez años, no tendrá mañana su libro de regalo por una sencilla razón: no se lo ha merecido. Y no ha sido un castigo, sino una privación por protestar, criticar, encabritarse y un sinfín de cosas más que suceden en una librería, en el acto de la elección, y en voz baja. La lectura es un privilegio y él no contará con él mañana. A él le preocupa y a mí no, porque tendrá siempre un libro cuando quiera. Afortunadamente, los libros que quiera. Cuando se lo merezca.

Otras anécdotas, revestidas de homenaje, dedicadas a mi paso por las bibliotecas. El blog de Burgotecarios es la máxima expresión de que la biblioteca es un sitio de encuentro, sano e incluso divertido. Y muy limpio por fuera y por dentro. También es cierto que, como en todos los sitios públicos, el polvo se entremete por los rincones, los lomos y las estanterías y el aire se vicia, pero las bibliotecas me han proporcionado muchas horas de tranquilidad, serenidad y sabiduría. Voy a poner tres ejemplos. Uno, la primera vez que pisé la biblioteca de la Facultad de Teología. A los dieciocho años, y con algún enchufe que otro, un bibliotecario reticente me dejó completamente solo en una sala que frecuenté durante semanas y semanas. Al principio, por investigar. Al final, por vicio. El vicio de navegar por historias, libros y vericuetos que me han llevado a tener este conocimiento disperso, raro y de una deficiencia endiablada que me ha conducido a querer saber todo y no abarcar nada de nada. Otro, la biblioteca de lo que era el Departamento Filología en la Universidad de Valladolid, ahora trasladada a otros parajes para mí ignotos. Tuve la suerte de obtener una beca con la que obtener un poco de dinerillo a cambio de trabajar en el Departamento unas horitas (Pedro, compañero, amigo, bloguero insigne, ya estaba por allí), pero el sueldecillo lo tenía que haber pagado yo: una llave a mi disposición y mediodías y mediodías encerrado solo entre libros que mejoraron mucho lo que yo debería de haber sabido. Y el último, la biblioteca del Centro Georges Pompidou de París. Otra beca, en este caso de una entidad de ahorro, me dio la posibilidad de realizar una estancia bastante detenida en París para realizar mi tesis doctoral: las horas que pasé en esa modernísima biblioteca, que difería tanto de las que disponíamos entonces a nuestro alcance en Burgos, los fondos especializados y el descubrimiento del francés como extensa lengua literaria me llevaron a vericuetos sin los cuales no sería lo que soy. Esta biblioteca me proporcionó anécdotas como la de La chica del Pompidou (algunos comentarios se me han hecho en privado sobre esta entrada: los escribiré en la continuación que desde ahora he prometido).

La coda, irá dedicada a lo obvio, a los libros. Y a mi relación con Cervantes, y a mi relación con Shakespeare, murieran en la fecha o en el día que murieran ambos, con un calendario u otro, y a mi relación con Proust. Si tuviese que sacrificar mis lecturas a tres autores, elegiría a Cervantes, Shakespeare y Proust sin dudarlo ni un segundo. No voy a cometer la osadía de hablar de ellos, sino de mi relación con ellos. A Proust lo empecé a degustar tarde, con veinte años. Lo empecé a leer en la traducción española, pero me regalaron todos los tomos de En busca del tiempo perdido en francés y quedé seducido para siempre por su estilo. Con Cervantes tuve problemas: una equivocada y temprana elección del Quijote a los doce años acabó en fracaso, pero la edición de Martín de Riquer, a los dieciséis, me permitió descubrir al maestro de lo simple en lo simple, de lo complicado en lo sencillo. Cervantes, además, me atrapó para siempre en una de sus obsesiones, que ya son mías: las fronteras inexistentes entre la realidad y la ficción. Shakespeare fue una maravilla temprana: la inconsciencia me arrastró a leer algunas de sus obras a los catorce años y ya no he parado desde entonces. Hamlet ha pasado por mis manos, mis ojos y mis sueños en todas las etapas de mi vida lectora. Siempre disfruto, siempre aprendo, siempre me arrodillo.

Y sólo nos queda el silencio. ¡Qué deliberado acopio de palabras malgastadas tiene esta entrada! Lo mejor, las páginas que nos quedan por leer, los libros que quedan por escribir, por descubrir. Y el sueño de poder conseguir decir las cosas mejores con las palabras más bellas. ¡Quién tuviera ese don, ese privilegio!

Por Raúl, hace 2 años y 5 meses

La letra sin fin

Pollock Blog 3: Down

Babelia, el suplemento cultural de El País, dedica todo un reportaje a la «Literatura sin papel». De especial interés para los aficionados al blog como nuevo medio de expresión cultural es el artículo de Edmundo Paz Soldán, titulado «El 'blog' y la literatura del siglo XXI». Así que nada, estudiantes y estudiosos del futuro: ¿analizaremos algunas manifestaciones de la Burgosfera como quien analiza el papel de las revistas literarias en el siglo XX? Las jornadas sobre literatura y periodismo de la UBU (Mutantes: las palabras en la Red) han sido una muestra de que la Universidad puede (y debe) estar atenta a las nuevas iniciativas culturales y literarias, y no sólo beber el agua del pasado.

 

(La fotografía es de sonojacker