— Verba Volant

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Literatura

Creo necesario realizar dos breves observaciones generales antes de contar esta historia.

La primera, que un profesor no “descubre” a nadie. En el oficio del enseñar, es muy sencillo ver al que ya está descubierto: hay alumnos muy estudiosos, inteligentes y diligentes que, aunque nuestro trabajo les venga bien para aprender y progresar, tampoco nos necesitan demasiado. Por lo tanto, existe un tipo de alumnos a los que, simplemente, se les ve y se les estimula, cosa que puede que no sea muy difícil. Sin embargo, creo que el auténtico reto de un profesor es sacar lo mejor de todos los alumnos y, dentro de esta loable tarea, “destapar” a aquellos talentos que permanecen ocultos por ser tímidos, por tener otra forma de ser o de pensar, por no obedecer a ciegas a todos los paradigmas del sistema. Es en estos casos cuando pienso que el profesor “destapa” y ellos nos descubren todo una gama de maravillas que permanecían ocultas sobre una capa, más fina o más gruesa, de discreción u otros tipos de escondite de talentos.

La segunda, una defensa apasionada de promover las lecturas “de verdad” en la enseñanza secundaria. En este blog he escrito varias entradas sobre este particular y no me voy a extender, por lo tanto, en esta cuestión. Si queremos promover la lectura, hagámoslo con libros dignos de ser promovidos y pongamos todas nuestras ganas, todo nuestro ímpetu y todos nuestros recursos para que los alumnos descubran las grandes maravillas de la literatura. Así me ocurrió durante muchos años con La vida es sueño, que era una de las lecturas fijas para mí en las asignaturas de Literatura en las que tocaba dar el Siglo de Oro. Lo que no puede hacer un docente que se precie es lanzar un libro de ese calibre al aire y esperar que los alumnos, sin más ni más, lo recojan. Las buenas lecturas deben ser acompañadas y disfrutadas entre todo el grupo. Leíamos la obra en clase y desgranábamos sus mil y una maravillas. No puedo extenderme más sobre esto (quizás lo haga en otro momento, no sé). Solamente diré que me sentí muy orgulloso de mis alumnos cuando, a raíz del intento en las redes sociales de rescatar una palabra bella cada año, se postuló la palabra arrebol. Cuando a mucha gente esta palabra no les decía nada y tenían que buscar el significado en el diccionario, yo recibí muchísimos mensajes de alumnos que recordaban los momentos en los me explayaba y me emocionaba con ella, a punto de subirme en la mesa (no sé si alguna vez lo hice: en todo caso, no lo confesaré aquí) con su belleza de forma y significado. En suma, habían conseguido recordar con cariño las palabras y sus matices.

Pero no puedo enrollarme más. Mi hijo me suele criticar por estos vericuetos que le doy a las entradas de esta serie. No le gustan alguno de los títulos que pongo (él quiere que tengan más gancho), ni estos rodeos que a mí me gustan tanto y que veo tan innecesariamente necesarios. Este párrafo, de hecho, es una prueba para comprobar si ha llegado leyendo hasta aquí.

Pero vayamos a la historia de César (que es hermano de Lucía). Conocí a César en una clase de Literatura de 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO). Era una clase llena de chavales muy inteligentes, participativos y, sobre todo, tremendamente dicharacheros. Era muy fácil dar clase a ese grupo porque siempre se sacaban cosas interesantes en un ambiente relajado, incluso divertido. César no pertenecía a ese sector participativo. Por las razones que fueren, que luego iría intuyendo, a él le gustaba permanecer al margen. Ese estar al margen podría parecer sinónimo de desinterés a alguien que no prestase demasiada atención a César. De hecho, yo no lo presté demasiada atención al principio. Pero llegó un gran momento. Íbamos a leer La vida es sueño y tocaba la hora de repartir los papeles de la obra. Había que asignar el papel de Basilio y yo, casi sin pensar, fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Él puso cara de malos amigos y creo que rezó algún tipo de protesta para sus adentros más externos. Leyó y lo hizo muy bien, con la serenidad de un rey que fiaba el futuro en los astros. Llegamos a la siguiente clase y la lectura continuaba. Yo solía variar los papeles. Le asigné a otra chica el papel de Rosaura, a otro chico el de Segismundo y tocaba elegir a otro Basilio. Yo fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Ese día la protesta y la cara de pocos amigos era más que vehemente. Quizás él pensase que lo hacía para molestar y sus compañeros que lo hacía para vacilar, pero a mí me gustó esa manera de leer el primer día. Y fuimos repitiendo la ceremonia durante todas las jornadas que duró la lectura de la obra. El inicio era siempre esa voz de protesta, que se había convertido ya en rutina. Para mí, César se había ganado un sitio de privilegio entre los alumnos de Literatura. Demostraba que sabía de lo que hablaba y, según descubrí poco después, que reforzaba lo que él leía por su cuenta, que era mucho.

Pese a haber sido mi alumno hace ya demasiado tiempo, César y yo hemos seguido manteniendo el contacto. Si llega a leer esto y pongo que le considero mi amigo, seguro que me largará un guasap con alguna palabra gruesa afirmando estar en las antípodas. Porque César es así, protestón por fuera e inteligente, anguloso y rico por dentro. Quedamos de vez en cuando (quizás menos de lo conveniente) y nos tomamos algo siempre en el mismo bar, a petición mía. Hablamos de cine y de series, de libros y de escritura. Nos reímos el uno del otro, de los gustos que tenemos, que en un inicio parecen incompatibles y que luego resultan sospechosamente próximos.

César es una de esas personas que no encajaba bien en el sistema convencional de un instituto. Contaré alguna cosa más de ese discurrir académico, que no llegó a finalizar con éxito. Y, si él me deja manteniendo este seudoanonimato, contaré algo de su historia en la que el talento y la perseverancia que ha tenido en la vida le han cundido mucho más que nuestro trabajo con él como profesores, oculto como estaba bajo la capa de Basilio, ese rey que interpretó hace tantos años y que, para mí, le confirió el linaje de los grandes entre los grandes. Porque, descubriendo a un basilio, a veces, nos descubrimos a nosotros mismos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hernán Piñera.

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Comenzaba ayer con una historia que acababa bien, pero, en la enseñanza, no todo es maravilloso ni los profesores somos ejemplos de hacer las cosas perfectamente. La historia de hoy es de las primeras que puedo contar como profesor de Literatura en 2.º de BUP. No era mi primer año como profesor en el centro, pero sí mi primera experiencia en una clase de Literatura (para todos aquellos que solo hayan vivido el sistema de la ESO y el Bachillerato, hay que recordar que durante el BUP y el COU la Lengua y la Literatura eran asignaturas independientes).

Entré en aquella clase por primera vez y, sin haber hecho yo nada relevante, tenía a Sandra, una chica de ojos claros y luminosos, entregada a la causa de la Literatura. Adoraba leer por encima de todas las cosas. Esta pasión era desaforada y desbordada, de manera que Sandra suspendía el resto de asignaturas y sacaba siempre sobresalientes en mi asignatura. Aquí fue cuando empecé a ver el lado oscuro de los claustros de profesores: los profesores “de toda la vida” y algunos de los que no eran de la vieja escuela por promoción, pero sí por devoción, no podían comprender que alguien no se enfrentase a una disciplina como materia, sino como pasión y que, por lo tanto, todo aquello que no le gustase se la traía al pairo. Tuve escuchar mil y una veces cosas como “No puede entenderse que alguien sea malo en todas las asignaturas y sea bueno en la tuya” (eso solo podía explicarse y aplicarse a las clases de Educación Física, por lo visto).

Ese traérsela todo al pairo, luego fui descubriéndolo, tenía un origen más profundo y complejo que nunca llegué a conocer con pelos y señales. Aquí nos encontramos ante la difícil frontera entre alumno y persona, persona y alumno, que a veces es difícil de matizar y de la que hablaré al final de la entrada. En una asignatura en la que se estudiaba la Literatura desde la Edad Media hasta el siglo XX, Sandra era la que hacía los comentarios más atinados, las observaciones más profundas, la que leía lo recomendado y todo lo demás. La que siempre traspasaba los límites de la materia para bien y los sublimaba. Ella quería por todos los medios sacar un diez redondo y yo bordeaba siempre sus anhelos y le ponía un más que injusto 9,75 alegando que nadie es perfecto. Lo cierto es que ella se acercaba a la perfección, pero, como profesor, creía que tenía que ponerle siempre una meta más exigente.

Naturalmente, yo intenté muchas veces que Sandra pudiese llegar a un equilibrio entre su gozo por la Literatura y su aprovechamiento académico. Me movía entre el profesor que goza con el placer de sus alumnos y el profesor que sufre y lucha para que los alumnos aprovechen sus años de formación y puedan salir adelante lo mejor posible.

En la tercera evaluación, llegamos a La Regenta. Quiero apuntar que hoy, quizá, pueda extrañarnos que se produjese algo similar en 4.º de la ESO, con la Literatura como reducto de unas pocas líneas de cada autor y escasa profundidad. Decía que estábamos leyendo fragmentos de la obra de Clarín. Le tocó leer a Sandra y llegamos al momento en el que Ana Ozores se ve necesitada de afecto, en el que se aprecian sus carencias afectivas, en el que se aprieta a la almohada para asirse a algo blando y que le aporte ternura. Sandra lo leyó con tanta sensibilidad que se creó un silencio sepulcral en la clase, en la que todos teníamos los pelos de punta. A más de uno le entraron ganas de llorar.

Podría contar muchas cosas más, pero no me quiero alargar en exceso. Como decía, algunas evidencias, comportamientos y cosas medio dichas daban a entender que Sandra pasaba por unos momentos muy difíciles desde el punto de vista personal. Era de Galicia y vivía en una residencia de monjas y, no sé por qué —o no lo quería saber—, ella no se encontraba feliz. Un día (yo vivía aún en casa de mis padres: era un pipiolo de 24 años), Sandra llamó al telefonillo de mi casa a todo llorar diciendo que bajase, que necesitaba consuelo, que tenía problemas y que precisaba de ayuda. El miedo a involucrarme más de la cuenta en una historia personal de una alumna me hizo contestar con cierta dureza. Le dije que yo era su profesor, no su amigo. Que no podía llegar a solucionar los problemas de todos porque me volvería loco. Ignoré sus lágrimas y su petición de ayuda y colgué.

No es necesario decir que, a partir de entonces, se rompió toda la magia. Sandra había vuelto a la triste realidad y comprobaba que la Literatura era una asignatura más, que yo era una persona más (o peor, la persona más arisca y menos comprensiva del universo). Y yo, ahora, tantos años después, sigo lamentándome casi de continuo por no haber respondido de forma adecuada a su petición de ayuda. Quizá, con un poco de suerte, lea esto y me pueda perdonar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para salvaguardar el secreto profesional.

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El pasado 11 de mayo de 2018, moría, a los 87 años, Gérard Genette. Ha muerto uno de los grandes teóricos de la literatura. Decir solamente que es el padre de la narratología es quedarse muy corto. En efecto, algunos de los libros de Genette desentrañan con perfecta maestría el arte de la narrativa. Formado en el estructuralismo, fue uno de los estandartes de la nouvelle critique y aplicó el método formalista con precisión e perspicacia.

He tenido la suerte de bucear con avidez en muchas de sus obras y he pasado tantas horas aprendiendo con su inteligencia que ahora me siento huérfano. Para un devoto de Marcel Proust, que Genette desvelase todos los secretos del arte de narrar a partir de esa obra supuso un descubrimiento placentero. Aquí va un recorrido muy rápido por alguna de las obras de Gérard Genette que más me han influido.

Leí Figures III, gracias a la indicación de un gran profesor de Literatura Universal en la Universidad de Valladolid, Luis Caparrós Esperante. Me acerqué un día a su despacho pidiendo material para aprender más de Proust y me dio la clave de casi todo. La lectura de su Nouveau discurs du récit complementó y agrandó su leyenda.

Interesado por muchos aspectos de la intertextualidad y fenómenos anexos para mi tesis doctoral, por indicación de mi maestro, Tomás Albaladejo, abordé Seuils y, por supuesto, Palimpsestes, obra de extraordinaria agudeza con la que uno se adentra por los vericuetos de las influencias literarias.

Y los aspectos de la enunciación en su vinculación con la pragmática, también para mi tesis doctoral, me abrieron otros caminos de Genette, tremendamente ambiciosos y creo que todavía no suficientemente explorados. Fiction et dictionL’Œuvre d’art (Immanence et transcendance) contienen realizaciones e intuiciones geniales que utilicé, sobre todo con la primera obra, para indagar en el concepto de acto de ficción.

Leer a Genette es un placer y una necesidad para todos los que quieran acercarse a los fenómenos constructivos de las obras literarias y, en general, de las obras artísticas. Así que el mejor homenaje que podemos darle es tenerle siempre presente, con su lucidez, su ironía y su manera sutil de explicar lo complejo. Consiguió crear un sistema conceptual coherente con el que podemos manejarnos de manera fluida en el campo del estudio literario.

(Esta entrada ha aparecido en mi blog académico, ScriptaManent).

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Acabo de leer el libro Los Cinco y yo, de Antonio Orejudo. Es un libro magnífico, escrito en el sendero más interesante de la autoficción, que nos hace reflexionar sobre la lectura. Sin desvelar mucho del libro, nos hace reflexionar, en realidad, sobre la lectura en tres niveles y sobre la escritura en dos. Por supuesto, es un libro que va más allá de la metaliteratura: sus reflexiones sobre el pasado y sobre el presente, sobre el presente mediatizado por el pasado, sobre el pasado mediatizado por el futuro y otras muchas cosas más lo convierten, de por sí, en una obra merecedora de una lectura atenta. Pero esa triple reflexión sobre la lectura (y su materialización en dos niveles de escritura) es una de las bases de la construcción del libro de Orejudo.

Todos esos niveles están intercalados en un mismo plano de forma muy inteligente. El primer nivel y la base de todos los demás, son los libros de Los Cinco de Enid Blyton. Aunque más joven que Orejudo, pertenezco a esa generación lectora que se formó con los libros de Los Cinco. Escribí, hace ya mucho, una entrada, titulada Thaumasía en la isla Kirrin, en la que hablaba sobre la curiosidad y admiración que me provocaron las novelas juveniles de Blyton. En casa había un par de libros, que empecé por casualidad y, durante unos años, propicié que todos los regalos de cumpleaños y de Reyes fueran completando toda la saga. Nunca he realizado, como Orejudo, una revisión –ni crítica ni acrítica– sobre estas novelas, pero la lectura de Los Cinco y yo ha conseguido reavivar esa chispa lectora juvenil que mantuve durante aquellos años. Luego llegaron lecturas de más “calidad”, pero nunca las consideré “mejores”, sino una evolución lógica de lo que estaba empezado y ya no podría parar.

El segundo nivel de lectura (y el primero de escritura) lo supone una supuesta novela de Rafael Reig, After five. Rafael Reig es un escritor real, amigo de Antonio Orejudo. Todo forma parte del juego literario que establece Orejudo a raíz de esta novela apócrifa: su escrito es una reflexión sobre el libro de Reig, en el que se nos habla de la vida de Julián, Dick, Ana y Jorge después de las novelas: su evolución como adolescentes y su vida como adultos. Como digo, este es el primer nivel de escritura de Orejudo, como creador de esta primera cota sobre la que escala su narración sobre los Cinco. Y un segundo nivel de lectura que se intercala necesariamente sobre el primero: no se trata ya solamente de hablar de las novelas de Los Cinco, sino de hablar de esas conexiones entre pasados y presentes. Orejudo aprovecha para, partiendo de la infancia, hablar de su juventud, de sus inquietudes, de la vocación literaria de ese Toni que está, sin ser una equivalencia exacta, tan cerca de él y de Reig en sus años de universidad. Vemos ese registro del pasado que construye la juventud sobre los cimientos de la infancia. Los Cinco son aprovechados, en este nivel, como argamasa que conjunta la niñez y la juventud como premonición de lo que puede ser el futuro.

El tercer nivel de lectura (y el segundo de escritura) es la novela Los Cinco y yo como tal. Es un nivel que, como los anteriores, asume y abarca los anteriores. Ahora se trata de cómo la lectura de los libros de Los Cinco y la necesidad narrativa que tiene el autor de hablar del libro After five de Reig le lleva a extender ese pasado y ese presente como reflexión intrapersonal, interpersonal y diría que generacional. Sin desvelar nada importante para posibles lectores de la novela, diremos que ese juego interno de narradores y lectores también los convierte, doblemente, en personajes. Y comprobaremos hasta qué punto pueden sus vidas combinarse, intercalarse, mezclarse y confundirse con las de Julián, Dick, Ana y Jorge.

Todos los lectores de Los Cinco tuvimos nuestra casa en la de tía Fanny y tío Quintín. Tuvimos experiencias gastronómicas de platos que nunca habíamos comido en nuestras casas. Tuvimos unas excursiones mágicas y llenas de peligros de la que nuestros cuerpos salieron ilesos, aunque nuestro corazón se agitó al ritmo trepidante de los acontecimientos Descubrimos que las islas y los tesoros estaban más cerca de lo que nos imaginábamos. Mientras aprendíamos a ser personas, supimos gracias a Los Cinco que la vida está llena de pasadizos secretos que servían como vasos comunicantes de nuestras experiencias adolescentes. Lo malo es que, ya de adultos, se nos olvidó todo y los pasadizos secretos los convertimos en laberintos. Pero ahí están las novelas de Los Cinco para recordarnos esa verdad y ahí está la novela de Orejudo para recordarnos que la realidad y la ficción están más unidas de lo que parece. Siempre.

 

 

 

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que tenía muy abandonada. Por su tema, aparecerá también en mi blog académico, ScriptaManent.

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Me escribe Ricardo. No nos conocemos personalmente. Al parecer, entra de vez en cuando por este blog. Me dice que le gusta leer, sobre todo novelas. Novelas de todo tipo. Empezó con las lecturas típicas del instituto y luego ha continuado él por su cuenta, de forma constante, pero, según me confiesa, también de manera desordenada. El criterio que comenta me gusta mucho. Dice que, en definitiva, lee por impulso. De todas las formas de leer, la lectura por impulso me parece estupenda porque nace de una necesidad, de algo interior que nos empuja. No tiene criterios y quizás, en alguna ocasión, deba dejarse domeñar por un orden para completar alguna laguna o descubrir algo que, por sí mismo, uno no encontraría. Pero esa es la excepción. No le hace ascos a nada y lo mismo se zampa a Poe o a Lovecraft que se desmarca con un Grisham o un Follet. Por sus manos han pasado Dumas, Dickens, Baroja, Cela, Delibes, Chejov…

Ricardo me comenta que, desde hace unos años, también escribe. Primero intentó, como casi todo el mundo, autobiografiarse en una novela demasiado pegada a sí mismo. Él no me lo dice así, pero se deduce de lo que me cuenta. Se quedó en un callejón sin salida y pasó a contar lo que pasaba: por su ventana, por su edificio (se confiesa un fanático de la mirilla de la puerta), por su calle. Me ha pasado algunos fragmentos que, a mi parecer, son bastante buenos. También hace retratos de gente de su trabajo y somete después a esos personajes a unas conversaciones a tres, cuatro o cinco bandas que muestran unos contrastes dignos de elogio. Él dice que es una literatura por prejuicio: primero juzga y luego mete en la brega a todos ellos para jugar al juego que a Ricardo más le gusta, que es el del engaño a medias.

No obstante, después de esta larga introducción, lo que Ricardo me comenta es que quiere escribir literatura fantástica o de ciencia ficción. Que está un poco harto de quedarse a pie de acera o al alcance esa mirilla que está siempre al alcance de su ojo derecho. Que quiere contar lo que no ve, pero que se imagina. O, mejor, lo que se imagina, pero muy distinto a lo que es posible dentro de nuestro mundo o muy lejos de este tiempo o este planeta. El problema, a su entender, es que su cabeza solo le da argumentos para quedarse con lo que tiene próximo, aunque su imaginación quiera volar hacia otros mundos o hacia otras dimensiones. Pero que quiere imaginar un mundo fuera de estas miserias. No para evitarlas, sino para enfocarlas de modo diferente. En suma, me dice que está harto de un realismo de andar por casa. A juzgar por todos los textos que me adjuntado, a mí no me parece que lo que escriba sea, en sentido estricto, realista, pero entiendo que desee proyectarse hacia otras dimensiones narrativas.

Según me comenta, esto no quiere decir que quiera escribir de zombis, de rubias que cabalgan sobre dragones o de seres pequeños con pelos en las plantas de los pies en busca de tesoros. Se confiesa aficionado a algunas series de televisión, pero me confiesa que, en el mundo fantástico, a él le apasionan los vampiros. Los de verdad, no esos vampiros sosos y vaporosos tan en boga en los últimos tiempos. Drácula, para él, es el paradigma de una narrativa bien entendida. Yo pienso, también, que Drácula es una novela fenomenal. De hecho, es una de mis favoritas. Pero pienso, y así se lo diré, que tiene muchos elementos realistas. Me dice que le apasiona Asimov y Philip K. Dick. Bueno, aquí hace un poco de trampa, porque de Asimov ha leído bastantes cosas, sobre todo relatos breves, pero de Dick no ha leído una sola línea, sino que lo ha deglutido en forma de Blade Runner y Minority Report. Me dice que le gustaría escribir sobre un mundo futuro sujeto a leyes, o sobre un mundo futuro sujeto a incertidumbres. Vaya, pienso yo, pero eso parece algo contradictorio. En el fondo, me parece que quiere un fondo ordenado para una distopía que explique el presente y sus contradicciones

Pienso a animar a Ricardo a que explore esas alternativas. Que piense en un persona que ame y a otra que odie y les mande al futuro a que echen un pulso. Que piense en sus peores demonios personales y los focalice en acciones de unos protagonistas que le caigan bien o mal. Pero, que no se vaya muy lejos. Que las entrañas, las filias y las fobias le van a ser muy útiles. Espero con ansia esa nueva línea de exploración de Ricardo. Quizás pueda conseguir lo que yo vivo de forma cotidiana y nunca he sido capaz de narrar: lo que pasa detrás de la mirilla que es un catalejo, lo que pasa detrás de una ventana que es uno mismo. Y sus fantasmas.

(La imagen es de Dean Hochman).

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE

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House of Cards. Que algunos de los mejores senderos de la ficción cinematográfica ya no están de modo exclusivo en las películas no es ningún descubrimiento. De hecho, creo que no se puede hablar con criterio de la ficción cinematográfica contemporánea sin tener en cuenta el mundo de las series de televisión. House of Cards es muchas cosas. Una de ellas –y no menor– es que ha supuesto un cambio sustancial en la forma de transmisión y visión de las series televisiva. Pero la determinante es que es una de las grandes series de televisión. De las más grandes. Ya en su segunda temporada, Francis Underwood (protagonizado por Kevin Spacey) se ha convertido en un personaje inolvidable: malo y perro hasta decir basta; calculador pero no frío; estratega sin principios pero sí con finales. La intriga política es tan real que podemos tener fe en que está más cercana a la verdad que muchos informativos –que, ahora mismo, son un género de ficción–. Todo es redondo.

PELÍCULA

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Her, dirigida por Spike Jonze en 2013. Recientemente galardonada al óscar como mejor guion original, Her es una de esas películas esenciales. Theodore es un escritor de cartas manuscritas por encargo (cartas “manuscritas” dictadas a un ordenador y sacadas por una impresora, dicho sea de paso) que, tras una crisis matrimonial comienza una relación amorosa… con un sistema operativo. La cosa podría parecer extraña hasta que se ve la película y se conoce a Samantha, ese sistema operativo al que pone voz una Scarlett Johansson que, con todos los matices de su voz encantadora, sería merecedora de todos los premios de interpretación del mundo por esta película. Es una película ambientada en un futuro no muy lejano y bastante reconocible. Es un tratado magistral sobre las relaciones humanas, sus grandezas y sus carencias. Insisto en que no es una película rara. Después de verla, todos comprendemos a Theodore (¡qué grande es Joaquin Phoenix!) y, como ocurre con las mejores ficciones, nos conocemos mucho mejor a nosotros mismos.

LIBRO

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El francotirador paciente, de Arturo Pérez-Reverte. Se me puede preguntar: ¿cuál es la razón de recomendar este libro? Primero, porque creo que la literatura española de finales del XX y principios del XXI le debe unas cuantas cosas. Segundo, porque Pérez-Reverte es un escritor al que admiraba por unas cuantas obras (su Territorio comanche me parece una obra cargada de aciertos) y, sin embargo, pienso que se estaba acomodando en un tipo de literatura cargada de estereotipos demasiado obvios pero sin grandes virtudes. Y Pérez-Reverte no lo sería sin estereotipos, pero tampoco lo es sin sus aciertos. Creo que esta obra recupera muchas de las claves de sus novelas. Entretenida, bien escrita y con personajes viviendo en el margen.

CANCIÓN

La película recomendada me lleva a sugerir como canción “The Moon Song”, que pertenece a la banda sonora del filme. Cuenta con tres versiones (la que aparece durante un momento en la película está interpretada por Phoenix y Johansson). Preciosa. Y, puesta en contexto, magnífica.

(Esta es la sexta entrada de la serie Sugerencias.)

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE

Ray Donovan (2013) es la constatación de que Showtime es un canal que tiene un recorrido admirable (DexterHomeland, The Big, Californication, Weeds) y constituye un auténtico referente en la mezcla de calidad y atractivo para el público. ¿Quién es Ray Donovan? Digamos, en pocas palabras, que es un “facilitador”, alguien que soluciona los problemas a personas influyentes y famosas de Hollywood. Claro, cada uno soluciona los problemas como quiere y como puede y, para ello, no se puede andar en comparaciones con las monjas ursulinas. Y si, además, tiene un padre que acaba de salir de la cárcel después de ni se sabe cuánto tiempo y se une a la fiesta para fastidiarla, la cosa se anima bastante. El protagonista, Liev Schreiber, borda su papel (además de su rudeza, tiene una maravillosa voz, incompatible con una versión doblada). Y si, además, tiene un padre al que da vida y vidorra Jon Voight, para qué contar.

PELÍCULA

BlueValentine

Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010). Un servidor que, aunque no lo parezca, es muy de comedias románticas, agradece otras visiones cinematográficas del amor. Porque, en esta película, como en la vida, hay dosis del (des)amor todas sus escalas. Una mirada diferente y tan gratificante que uno es capaz de sentirse atrapado e –incluso identificado– en todas sus etapas. Porque el amor nace, se reproduce y muere.

LIBRO

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Tenía difícil la elección y, de hecho, guardo para próximas ediciones las recomendaciones que tenía en mente. Y, en esta ocasión, elijo, sin lugar a dudas, Canadá, de Richard Ford. (Anagrama, 2013). Lo único malo, que ya denuncié aquí, es la editorial española, que se empeña en (im)poner a sus libros en formato electrónico, en comparación con el precio del ejemplar en papel. Pero esto va de literatura y no de precios. Esta novela es una novela sobre la familia que dejará de serlo. Trata de decisiones equivocadas. De miradas infantiles. De atracos y condenas. Y de la llegada a un país igual, pero distinto. Y viceversa.

CANCIÓN

John-Lennon

 “Real Love ”, de John Lennon. A un servidor, John Lennon le parece uno de esos portentos, de esos prodigios que no se pueden explicar con palabras. Por eso, no voy ni siquiera intentar justificarme. Mi devoción por Lennon va más allá del fanatismo y del papanatismo. Es algo real y palpable, con lo que convivo de forma agradabilísima desde hace años. “Real Love”, como canción,  tiene una historia complicada, enrevesada. Parte de una grabación de Lennon al piano y grabada con magnetófono y concluye con una forma de resurrección, cuando, en 1995, los otros tres Beatles acompañan con arreglos, música y voz a la grabación de su compañero (bendita antología para la BBC, que rescató también “Free as a Bird”). La versión de Lennon es Lennon en estado puro. Y la versión de 1995 son Beatles en estado puro. Lo cual no es sino una forma igual y distinta de decir lo mismo de diferentes modos. Y, en cualquier caso, si se sabe esperar, siempre llega el amor. El de verdad.

(Esta es la quinta entrada de la serie Sugerencias.)

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE DE TELEVISIÓN

Borgen

Borgen. Es una serie danesa que ha terminado ya su tercera temporada. Trata sobre el gobierno y el poder y la mirada desde la perspectiva de un país nórdico es de lo más vivificante. Gracias a esta magnífica producción, vemos los problemas que tienen los daneses con su democracia. La clave está, además de en las interesantes historias personales, en cómo resuelven ellos esos problemas. Además, sirve como contraste. No puedo ni imaginarme una serie de estas características en una serie española. Nosotros, para la política, solo sabemos hacer comedias.

PELÍCULA

Dans la maison

Dans la maison, película de François Ozon (2012) basada en la obra del dramaturgo español Juan Mayorga El chico de la última fila, es una película apasionante. El punto de partida es un trabajo escolar encargado por un profesor. Entre la medianía de los trabajos de todos los alumnos, destaca la composición de Claude, brillante y desconcertante. La obligación de un profesor, en este caso, es animar al alumno al escribir. Esto suscita curiosidad, hasta que la literatura empieza a mezclarse con la vida. Y, como en la vida, todo se descontrola.

CANCIÓN

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Hoy, como en el caso del libro recomendado, nos iremos unos años atrás. La canción que sugiero para que recuperéis (o descubráis) es “Beyond my control”, de Milène Farmer. Está inspirada en dos personajes de Les Liaisons dangereuses (mal traducido en español por Las amistades peligrosas. El que haya leído el libro o visto la película, sabrá que esas relaciones tienen cualquier cosa menos amistad: de hecho, aparece repetida la voz de Malkovich en un corte de la adaptación cinematográfica de la novela. Una canción de amor y muerte. Y no digo más.

LIBRO

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Hoy no voy a hablar de un libro de reciente aparición, sino de una novela de 2005. Se trata de Brooklyn Follies, de Paul Auster. Podéis consultar aquí un dosier coordinado por Jocelyn Dupont con artículos y reflexiones sobre el libro (en inglés y en francés). Cuando algún amigo me recomienda un libro para leer, de forma casi inevitable me sale este, por varias razones. La principal, porque Auster tiene una manera de contar las historias tan peculiar y atrayente que, ya solo por esto, merece la pena adentrarse en estas ficciones. En este caso, además, encandila la historia del protagonista, del que no voy a dar muchos datos. Nathan, que está recuperándose de un cáncer y acabada una etapa desde el punto de vista familiar, regresa a Brooklyn. Su vida ha cambiado tanto, que espera que, por sí sola, cambie de rumbo de nuevo. Y en las novelas, como en la vida, a veces el azar cumple su cometido. Conviene, para acabar, recordar unas palabras del autor, que se encuentran en la reseña de Guelbenzu a la novela: “Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente: ‘Si te sientes realmente feliz, deberías escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia’. Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando alegría en la vida. Me pareció que éste era un momento para recordarlo”.

(Esta es la tercera entrada de la serie Sugerencias.)

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Ha pasado muchas veces, demasiadas. Pero, para mí, hoy (14 de noviembre), es el día que lo explica todo, que todo lo ejemplifica. Hace cien años, Marcel Proust publicó Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann), el que sería el primer libro de su obra En busca del tiempo perdido, una de las catedrales de la literatura universal.

Hoy nadie discute el carácter de obra maestra de La Recherche –aunque tengo la impresión de que Proust puede ser un autor conocido, pero poco leído, incluso por lectores avezados–, pero es necesario recordarlo: Marcel Proust tuvo que publicar la novela por su cuenta, una vez que fuera rechazado por una editorial. Eso lo explica todo, aunque muchas veces lo olvidemos: el mundo de la creación está expuesto al vaivén de voluntades, desidias e ignorancias. De lecturas a medias, de lecturas superficiales. Confiamos en los criterios de selección de las editoriales. Confiamos en los críticos literarios. Confían en nosotros, los profesores de esto de la Filología. Pero no tenemos ni idea. Nadie tiene ni zorra idea. Establecemos parámetros con nuestros gustos, que muchas veces son horribles y damos juicios de valor con un criterio, aunque nada nos demuestra que ese criterio pase a estar adjetivado de forma positiva. Un servidor, que se doctoró en el área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, ha tenido que aguantar muchas veces los argumentos de la crítica científica (queda mucho mejor esto que la realidad, que solo es cientificista), cargada de razones… a posteriori. Es como si todos le negasen los 180 grados a un triángulo hasta que alguien se lo estampa en la cabeza.

Tan pagados estamos de nosotros mismos, que nos creemos que nuestra verdad es la verdad. Pero lo grave es que, como tantas otras veces –demasiadas, seguramente–, À la recherche du temps perdu podía no haber llegado a estar entre nosotros, para hacernos presentes la mezcla más sugerente entre literatura, arte y vida. Leí las primeras páginas de Por el camino de Swann a los veinte años y, desde entonces, mi vida es una aventura literaria diferente. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Esa dilatación expansiva y gozosa de la escritura. Ese retorcimiento inteligente de la sintaxis, que pude saborear en francés en uno de los mejores regalos que me han hecho, que me llegó a Valladolid desde la distancia. Esos intentos infantiles de intentar traducir párrafos y párrafos sin conseguir ni siquiera un brillo entre tanto espejo. Esa vuelta y vuelta hacia el tiempo, cuando el principio es el final y el final es el principio de todo. Aún recuerdo cuando llegué con devoción a la habitación de Proust en el Museo Carnavalet de París,  el lugar donde la prisión del artista obcecado por cerrar su obra supuso la libertad y el gozo del mundo entero.

Por eso, os animo a todos a que no olvidéis un día como el de hoy: 14 de octubre. Para que desconfiéis de todo y de todos. Y para que tengáis presente, de hoy hasta el final de los días, uno de las afirmaciones irrevocables: no tenemos ni zorra idea cuando se trata de juicios estéticos, cuando se trata de valoraciones. Pero somos expertos en hacer homenajes.

(La imagen que encabeza la entrada es una de las páginas manuscritas de la obra de Proust.)

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Una cosa es que los poetas existan, otra que los conozcamos y otra que los descubramos. Por muchas y tristes razones, a veces no se dan ninguna de esas tres cosas. Pero hoy, un día después de los 50 años de la muerte de Luis Cernuda, quiero hablar del descubrimiento.

Cernuda existía, qué duda acabe, aunque muriese tres años antes de que yo naciese. Y lo conocía, pero poco. Solo había leído unos poquitos poemas suyos, gracias a la buena elección de textos que nos brindaban aquellos magníficos libros escolares a cargo de Fernando Lázaro y Vicente Correa. Pero fueron unas lecturas en clase, rápidas y desganadas por parte de un profesor que poco tenía que decir(nos) de la auténtica literatura, fuera de cuatro fechas y un elenco de cuestiones generales.

Pero mi auténtico descubrimiento de Luis Cernuda se produjo en el área de Traumatología de un hospital. Tenía yo 17 años y un tendón rotuliano maltrecho. Estaba esperando mi cita con el traumatólogo y me llevé un libro. No sé por qué fue aquel en concreto. Era una antología poética de Luis Cernuda de la editorial Alianza. Como el sistema de citas en aquellos tiempos era caótico, la espera se prolongó: nunca he agradecido más una tardanza. Abrí el libro de Cernuda y leí una poesía. Me produjo una sensación desconcertante. Leí otra y me pareció sobrecogedora. Fue leyendo, en orden y en desorden, releí y subrayé versos (todavía tengo esa edición guardada y muchas veces vuelvo a ella). Nunca había experimentado nada igual. Luis Cernuda, de alguna manera, se convirtió en el primer poeta, en mi primer poeta. Existían otros y los conocía, pero no los había descubierto (afortunadamente, los años y la experiencia me llevaron a descubrir a unos cuantos más. Nunca muchos: no es bueno descubrir a demasiados).

Cernuda me pareció más moderno que ninguno. Alguien que había muerto antes de que yo naciese y, pese a todo, radicalmente contemporáneo, actual para un joven que leía. No conocía nada de sus circunstancias personales, solo descubría a un poeta en permanente estado de lucha, de contradicción. De querer una cosa y encontrarse a diario lo contrario. Los dos planos en los que vivimos y en en los que soñamos. Alguno pensará que digo una barbaridad cuando siento que Cernuda es más actual que Lorca para nosotros, hoy. No digo mejor, no digo peor: digo más actual.

Luego llegó la lectura entera de La realidad y el deseo. Y más tarde el estudiar Filología. Y analizar a Cernuda (me hace mucha gracia ver por internet un incipiente comentario mío sobre uno de sus poemas, sobre uno de mis preferidos. Y disfrutar conociendo más.

Los poetas existen. Los conocemos. Pero yo descubrí a Cernuda durante una larga y maravillosa tarde. En el área de Traumatología.

(Después de escribir este texto, me he encontrado en una red social con unas palabras que evidencian que hay algo mejor que descubrir a un poeta: ayudar a que otros, en este caso algunos de mis alumnos, lo descubran. Gracias por tus observaciones, Alberto. Sabes bien de lo que hablamos cuando hablamos de “¡Oh capitán, mi capitán!” La imagen es de Erwin Morales. )

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