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Literatura

Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE

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House of Cards. Que algunos de los mejores senderos de la ficción cinematográfica ya no están de modo exclusivo en las películas no es ningún descubrimiento. De hecho, creo que no se puede hablar con criterio de la ficción cinematográfica contemporánea sin tener en cuenta el mundo de las series de televisión. House of Cards es muchas cosas. Una de ellas –y no menor– es que ha supuesto un cambio sustancial en la forma de transmisión y visión de las series televisiva. Pero la determinante es que es una de las grandes series de televisión. De las más grandes. Ya en su segunda temporada, Francis Underwood (protagonizado por Kevin Spacey) se ha convertido en un personaje inolvidable: malo y perro hasta decir basta; calculador pero no frío; estratega sin principios pero sí con finales. La intriga política es tan real que podemos tener fe en que está más cercana a la verdad que muchos informativos –que, ahora mismo, son un género de ficción–. Todo es redondo.

PELÍCULA

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Her, dirigida por Spike Jonze en 2013. Recientemente galardonada al óscar como mejor guion original, Her es una de esas películas esenciales. Theodore es un escritor de cartas manuscritas por encargo (cartas “manuscritas” dictadas a un ordenador y sacadas por una impresora, dicho sea de paso) que, tras una crisis matrimonial comienza una relación amorosa… con un sistema operativo. La cosa podría parecer extraña hasta que se ve la película y se conoce a Samantha, ese sistema operativo al que pone voz una Scarlett Johansson que, con todos los matices de su voz encantadora, sería merecedora de todos los premios de interpretación del mundo por esta película. Es una película ambientada en un futuro no muy lejano y bastante reconocible. Es un tratado magistral sobre las relaciones humanas, sus grandezas y sus carencias. Insisto en que no es una película rara. Después de verla, todos comprendemos a Theodore (¡qué grande es Joaquin Phoenix!) y, como ocurre con las mejores ficciones, nos conocemos mucho mejor a nosotros mismos.

LIBRO

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El francotirador paciente, de Arturo Pérez-Reverte. Se me puede preguntar: ¿cuál es la razón de recomendar este libro? Primero, porque creo que la literatura española de finales del XX y principios del XXI le debe unas cuantas cosas. Segundo, porque Pérez-Reverte es un escritor al que admiraba por unas cuantas obras (su Territorio comanche me parece una obra cargada de aciertos) y, sin embargo, pienso que se estaba acomodando en un tipo de literatura cargada de estereotipos demasiado obvios pero sin grandes virtudes. Y Pérez-Reverte no lo sería sin estereotipos, pero tampoco lo es sin sus aciertos. Creo que esta obra recupera muchas de las claves de sus novelas. Entretenida, bien escrita y con personajes viviendo en el margen.

CANCIÓN

La película recomendada me lleva a sugerir como canción “The Moon Song”, que pertenece a la banda sonora del filme. Cuenta con tres versiones (la que aparece durante un momento en la película está interpretada por Phoenix y Johansson). Preciosa. Y, puesta en contexto, magnífica.

(Esta es la sexta entrada de la serie Sugerencias.)

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE

Ray Donovan (2013) es la constatación de que Showtime es un canal que tiene un recorrido admirable (DexterHomeland, The Big, Californication, Weeds) y constituye un auténtico referente en la mezcla de calidad y atractivo para el público. ¿Quién es Ray Donovan? Digamos, en pocas palabras, que es un “facilitador”, alguien que soluciona los problemas a personas influyentes y famosas de Hollywood. Claro, cada uno soluciona los problemas como quiere y como puede y, para ello, no se puede andar en comparaciones con las monjas ursulinas. Y si, además, tiene un padre que acaba de salir de la cárcel después de ni se sabe cuánto tiempo y se une a la fiesta para fastidiarla, la cosa se anima bastante. El protagonista, Liev Schreiber, borda su papel (además de su rudeza, tiene una maravillosa voz, incompatible con una versión doblada). Y si, además, tiene un padre al que da vida y vidorra Jon Voight, para qué contar.

PELÍCULA

BlueValentine

Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010). Un servidor que, aunque no lo parezca, es muy de comedias románticas, agradece otras visiones cinematográficas del amor. Porque, en esta película, como en la vida, hay dosis del (des)amor todas sus escalas. Una mirada diferente y tan gratificante que uno es capaz de sentirse atrapado e –incluso identificado– en todas sus etapas. Porque el amor nace, se reproduce y muere.

LIBRO

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Tenía difícil la elección y, de hecho, guardo para próximas ediciones las recomendaciones que tenía en mente. Y, en esta ocasión, elijo, sin lugar a dudas, Canadá, de Richard Ford. (Anagrama, 2013). Lo único malo, que ya denuncié aquí, es la editorial española, que se empeña en (im)poner a sus libros en formato electrónico, en comparación con el precio del ejemplar en papel. Pero esto va de literatura y no de precios. Esta novela es una novela sobre la familia que dejará de serlo. Trata de decisiones equivocadas. De miradas infantiles. De atracos y condenas. Y de la llegada a un país igual, pero distinto. Y viceversa.

CANCIÓN

John-Lennon

 “Real Love ”, de John Lennon. A un servidor, John Lennon le parece uno de esos portentos, de esos prodigios que no se pueden explicar con palabras. Por eso, no voy ni siquiera intentar justificarme. Mi devoción por Lennon va más allá del fanatismo y del papanatismo. Es algo real y palpable, con lo que convivo de forma agradabilísima desde hace años. “Real Love”, como canción,  tiene una historia complicada, enrevesada. Parte de una grabación de Lennon al piano y grabada con magnetófono y concluye con una forma de resurrección, cuando, en 1995, los otros tres Beatles acompañan con arreglos, música y voz a la grabación de su compañero (bendita antología para la BBC, que rescató también “Free as a Bird”). La versión de Lennon es Lennon en estado puro. Y la versión de 1995 son Beatles en estado puro. Lo cual no es sino una forma igual y distinta de decir lo mismo de diferentes modos. Y, en cualquier caso, si se sabe esperar, siempre llega el amor. El de verdad.

(Esta es la quinta entrada de la serie Sugerencias.)

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SERIE DE TELEVISIÓN

Borgen

Borgen. Es una serie danesa que ha terminado ya su tercera temporada. Trata sobre el gobierno y el poder y la mirada desde la perspectiva de un país nórdico es de lo más vivificante. Gracias a esta magnífica producción, vemos los problemas que tienen los daneses con su democracia. La clave está, además de en las interesantes historias personales, en cómo resuelven ellos esos problemas. Además, sirve como contraste. No puedo ni imaginarme una serie de estas características en una serie española. Nosotros, para la política, solo sabemos hacer comedias.

PELÍCULA

Dans la maison

Dans la maison, película de François Ozon (2012) basada en la obra del dramaturgo español Juan Mayorga El chico de la última fila, es una película apasionante. El punto de partida es un trabajo escolar encargado por un profesor. Entre la medianía de los trabajos de todos los alumnos, destaca la composición de Claude, brillante y desconcertante. La obligación de un profesor, en este caso, es animar al alumno al escribir. Esto suscita curiosidad, hasta que la literatura empieza a mezclarse con la vida. Y, como en la vida, todo se descontrola.

CANCIÓN

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Hoy, como en el caso del libro recomendado, nos iremos unos años atrás. La canción que sugiero para que recuperéis (o descubráis) es “Beyond my control”, de Milène Farmer. Está inspirada en dos personajes de Les Liaisons dangereuses (mal traducido en español por Las amistades peligrosas. El que haya leído el libro o visto la película, sabrá que esas relaciones tienen cualquier cosa menos amistad: de hecho, aparece repetida la voz de Malkovich en un corte de la adaptación cinematográfica de la novela. Una canción de amor y muerte. Y no digo más.

LIBRO

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Hoy no voy a hablar de un libro de reciente aparición, sino de una novela de 2005. Se trata de Brooklyn Follies, de Paul Auster. Podéis consultar aquí un dosier coordinado por Jocelyn Dupont con artículos y reflexiones sobre el libro (en inglés y en francés). Cuando algún amigo me recomienda un libro para leer, de forma casi inevitable me sale este, por varias razones. La principal, porque Auster tiene una manera de contar las historias tan peculiar y atrayente que, ya solo por esto, merece la pena adentrarse en estas ficciones. En este caso, además, encandila la historia del protagonista, del que no voy a dar muchos datos. Nathan, que está recuperándose de un cáncer y acabada una etapa desde el punto de vista familiar, regresa a Brooklyn. Su vida ha cambiado tanto, que espera que, por sí sola, cambie de rumbo de nuevo. Y en las novelas, como en la vida, a veces el azar cumple su cometido. Conviene, para acabar, recordar unas palabras del autor, que se encuentran en la reseña de Guelbenzu a la novela: “Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente: ‘Si te sientes realmente feliz, deberías escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia’. Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando alegría en la vida. Me pareció que éste era un momento para recordarlo”.

(Esta es la tercera entrada de la serie Sugerencias.)

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Ha pasado muchas veces, demasiadas. Pero, para mí, hoy (14 de noviembre), es el día que lo explica todo, que todo lo ejemplifica. Hace cien años, Marcel Proust publicó Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann), el que sería el primer libro de su obra En busca del tiempo perdido, una de las catedrales de la literatura universal.

Hoy nadie discute el carácter de obra maestra de La Recherche –aunque tengo la impresión de que Proust puede ser un autor conocido, pero poco leído, incluso por lectores avezados–, pero es necesario recordarlo: Marcel Proust tuvo que publicar la novela por su cuenta, una vez que fuera rechazado por una editorial. Eso lo explica todo, aunque muchas veces lo olvidemos: el mundo de la creación está expuesto al vaivén de voluntades, desidias e ignorancias. De lecturas a medias, de lecturas superficiales. Confiamos en los criterios de selección de las editoriales. Confiamos en los críticos literarios. Confían en nosotros, los profesores de esto de la Filología. Pero no tenemos ni idea. Nadie tiene ni zorra idea. Establecemos parámetros con nuestros gustos, que muchas veces son horribles y damos juicios de valor con un criterio, aunque nada nos demuestra que ese criterio pase a estar adjetivado de forma positiva. Un servidor, que se doctoró en el área de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, ha tenido que aguantar muchas veces los argumentos de la crítica científica (queda mucho mejor esto que la realidad, que solo es cientificista), cargada de razones… a posteriori. Es como si todos le negasen los 180 grados a un triángulo hasta que alguien se lo estampa en la cabeza.

Tan pagados estamos de nosotros mismos, que nos creemos que nuestra verdad es la verdad. Pero lo grave es que, como tantas otras veces –demasiadas, seguramente–, À la recherche du temps perdu podía no haber llegado a estar entre nosotros, para hacernos presentes la mezcla más sugerente entre literatura, arte y vida. Leí las primeras páginas de Por el camino de Swann a los veinte años y, desde entonces, mi vida es una aventura literaria diferente. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Esa dilatación expansiva y gozosa de la escritura. Ese retorcimiento inteligente de la sintaxis, que pude saborear en francés en uno de los mejores regalos que me han hecho, que me llegó a Valladolid desde la distancia. Esos intentos infantiles de intentar traducir párrafos y párrafos sin conseguir ni siquiera un brillo entre tanto espejo. Esa vuelta y vuelta hacia el tiempo, cuando el principio es el final y el final es el principio de todo. Aún recuerdo cuando llegué con devoción a la habitación de Proust en el Museo Carnavalet de París,  el lugar donde la prisión del artista obcecado por cerrar su obra supuso la libertad y el gozo del mundo entero.

Por eso, os animo a todos a que no olvidéis un día como el de hoy: 14 de octubre. Para que desconfiéis de todo y de todos. Y para que tengáis presente, de hoy hasta el final de los días, uno de las afirmaciones irrevocables: no tenemos ni zorra idea cuando se trata de juicios estéticos, cuando se trata de valoraciones. Pero somos expertos en hacer homenajes.

(La imagen que encabeza la entrada es una de las páginas manuscritas de la obra de Proust.)

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Una cosa es que los poetas existan, otra que los conozcamos y otra que los descubramos. Por muchas y tristes razones, a veces no se dan ninguna de esas tres cosas. Pero hoy, un día después de los 50 años de la muerte de Luis Cernuda, quiero hablar del descubrimiento.

Cernuda existía, qué duda acabe, aunque muriese tres años antes de que yo naciese. Y lo conocía, pero poco. Solo había leído unos poquitos poemas suyos, gracias a la buena elección de textos que nos brindaban aquellos magníficos libros escolares a cargo de Fernando Lázaro y Vicente Correa. Pero fueron unas lecturas en clase, rápidas y desganadas por parte de un profesor que poco tenía que decir(nos) de la auténtica literatura, fuera de cuatro fechas y un elenco de cuestiones generales.

Pero mi auténtico descubrimiento de Luis Cernuda se produjo en el área de Traumatología de un hospital. Tenía yo 17 años y un tendón rotuliano maltrecho. Estaba esperando mi cita con el traumatólogo y me llevé un libro. No sé por qué fue aquel en concreto. Era una antología poética de Luis Cernuda de la editorial Alianza. Como el sistema de citas en aquellos tiempos era caótico, la espera se prolongó: nunca he agradecido más una tardanza. Abrí el libro de Cernuda y leí una poesía. Me produjo una sensación desconcertante. Leí otra y me pareció sobrecogedora. Fue leyendo, en orden y en desorden, releí y subrayé versos (todavía tengo esa edición guardada y muchas veces vuelvo a ella). Nunca había experimentado nada igual. Luis Cernuda, de alguna manera, se convirtió en el primer poeta, en mi primer poeta. Existían otros y los conocía, pero no los había descubierto (afortunadamente, los años y la experiencia me llevaron a descubrir a unos cuantos más. Nunca muchos: no es bueno descubrir a demasiados).

Cernuda me pareció más moderno que ninguno. Alguien que había muerto antes de que yo naciese y, pese a todo, radicalmente contemporáneo, actual para un joven que leía. No conocía nada de sus circunstancias personales, solo descubría a un poeta en permanente estado de lucha, de contradicción. De querer una cosa y encontrarse a diario lo contrario. Los dos planos en los que vivimos y en en los que soñamos. Alguno pensará que digo una barbaridad cuando siento que Cernuda es más actual que Lorca para nosotros, hoy. No digo mejor, no digo peor: digo más actual.

Luego llegó la lectura entera de La realidad y el deseo. Y más tarde el estudiar Filología. Y analizar a Cernuda (me hace mucha gracia ver por internet un incipiente comentario mío sobre uno de sus poemas, sobre uno de mis preferidos. Y disfrutar conociendo más.

Los poetas existen. Los conocemos. Pero yo descubrí a Cernuda durante una larga y maravillosa tarde. En el área de Traumatología.

(Después de escribir este texto, me he encontrado en una red social con unas palabras que evidencian que hay algo mejor que descubrir a un poeta: ayudar a que otros, en este caso algunos de mis alumnos, lo descubran. Gracias por tus observaciones, Alberto. Sabes bien de lo que hablamos cuando hablamos de “¡Oh capitán, mi capitán!” La imagen es de Erwin Morales. )

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Continuamos con una tanda de recomendaciones. Recordemos que no se trata de hacer críticas largas, sesudas y brillantes, sino de sugerencias de un empedernido visitante de las ficciones. Ni más ni menos.

SERIE DE TELEVISIÓN

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What Remains. Una reciente producción de la BBC de cuatro capítulos. Sí, es una serie con tintes policíacos y de misterio con asesino desconocido hasta (casi) el último momento, pero no es solo eso. Iremos conociendo a los inquilinos de un pequeño edificio y, a la par, avanzaremos en el conocimiento de las miserias de la especie humana. Y no me refiero solo a grandes miserias, sino a las determinantes, a aquellos pequeños detalles que, paulatinamente, hacen que nuestros actos y nuestras voluntades se decanten de un lado de la balanza. El edificio en el que se desarrolla la acción no es solo un continente, sino que dota de contenido a las historias y a las vidas.

PELÍCULA

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Amour es una película dirigida por Michael Haneke en 2012. Es recomendable por tantas cosas que no es posible agotarlas todas sin desvelar parte de su quintaesencia. Baste decir que trata el tema del alzhéimer desde una perspectiva descarnada y nada fácil, con las actuaciones magníficas de su pareja protagonista. Que nadie espere sensiblería, músiquita con violín de fondo y lágrimas fáciles. Los que hemos vivido de cerca esta enfermedad, nos sentimos identificados y horrorizados a partes iguales.

Y se me olvidaba: el piso de París, en el que está rodada la película y en el que se desarrolla prácticamente toda la (in)acción deslumbra porque acaba siendo un personaje más, quizá determinante. Como ocurría con la sugerencia televisiva, el continente es contenido.

CANCIÓN

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Iba a elegir alguna de mis últimas canciones prosificadas, pero he resuelto no repetirme. Sin poder dar un juicio racional sino emocional (en el fondo, creo que todos nuestros juicios tienen más de lo segundo que lo primero, que no es sino una justificación ulterior), he elegido “50 Ways to Say Goodbye”, de Train en su disco California 37. Los aficionados a Silvio Rodríguez me dirán que estoy loco si la comparo con la magistral “Ojalá”, de Silvio Rodríguez, pero no hay más que escucharla con cierta atención para ver que no hay mayor muestra de el amor que el intento de desamor, con sus justificaciones y sus mentiras. Es una canción demasiado alegre como para ponerte triste y demasiado triste como para ponerte alegre, lo que es sinónimo de la combinación perfecta (Como anécdota, en el vídeo podéis ver a David Hasselhoff. Sí, el de El coche fantástico).

LIBRO

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Entre muchas de las posibilidades que tenía entre manos, me decanto hoy por Las lágrimas de san Lorenzo de Julio Llamazares (Alfaguara, 2013). La casualidad llevó a que leyera el libro justo en los días en los que las Perseidas iluminaban el cielo con sus luces y sus sueños. Leer a Julio Llamazares puede desconcertar a los lectores poco avisados. En muchos de sus libros da la impresión de estar contando las cosas de forma casi improvisada, en un cúmulo de anécdotas y comentarios en voz alta dispersos y desordenados. Nada más lejos de la realidad: a medida que vamos leyendo, veremos que Julio Llamazares es uno de los mejores narradores en los que, hablando de instantes, nos retrata el Tiempo.

(Esta es la segunda entrada de la serie Sugerencias.)

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Por mi trabajo y por mis aficiones, es muy frecuente que me pidan me piden que recomiende algún libro, alguna película, alguna serie de televisión. También es cierto que, en otras ocasiones, sobre todo cuando estoy en clase, doy también recomendaciones aunque no me las pidan…

El otro día, al hilo de una conversación tuitera sobre un libro, hice unas sugerencias de lectura y una amiga me propuso  que incorporara algunas de ellas a mi blog. Me pareció buena idea, así que ahí va la primera tanda.

En torno a estas sugerencias, diré varias cosas:

  1. Como no podía ser de otro modo, son personales y muy poco transferibles. Subjetivas, por lo tanto.
  2. No pretendo (ni quiero) realizar ninguna crítica académica ni sesuda.
  3. No todas las sugerencias tienen por qué ser actuales. En ocasiones, es bueno también acudir al rescate de lo olvidado.
  4. En la mayor parte de las ocasiones, hablaré muy poco del argumento y me centraré… en alguna cosa.
  5. Intentaré, eso sí, que sean de provecho para los visitantes del blog.
  6. Como es habitual, en el caso de las series de televisión y las películas me refiero siempre a la versión original.
  7. El que me haga caso, tendrá minutos, horas o días de entretenimiento. Y se acordará de mí, o no.

SERIE DE TELEVISIÓN

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Orange Is the New Black (2013). Es una serie de ambiente carcelario creada por Jenji Kohan, conocida por la magnífica Weeds. ¿Sus señas de identidad? Que cuando parece que es una comedia descubrimos que es más trágica de lo que parece y cuando parece un drama nos damos cuenta de que es muy divertida. Meter a una niña pija, muy rubia y blanquita, en una cárcel es todo un “experimento sociológico”. Y nada es lo que parece, lo que nos hace descubrir que nosotros tampoco.

Tráiler de la serie.

PELÍCULA

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No recomiendo una, sino tres, ya que se trata de una trilogía:

 ¿Qué digo? Pues, que el que no las haya visto, las vea. Y, por supuesto (y como no podía ser de otro modo), que empiece por el principio. No pienso decir nada del argumento. He leído un montón de críticas sobre estas tres películas y me han parecido, casi todas, desacertadas.

Ya que no digo nada, voy a decir algo. Al director, Richard Linklater, habría que hacer un monumento. Lo mismo que a los dos protagonistas, especialmente a Julie Delpi. Los diálogos son fantásticos y hay alardes cinematográficos tan complicados y que hacen las cosas tan fluidas que son para enmarcar.

Por no poner, no quiero ni poner ningún fragmento. O sí, voy a poner esto.

CANCIÓN

Weak Me Up

No solo recomiendo la canción, sino también y, ante todo, la canción + videoclip. Se trata de Wake Me Up, de  Avicii. Lo descubrí gracias a un antiguo alumno, Rodrigo Mena, que lo recomendó en las redes sociales.

Puede que no sea solo un videoclip de un DJ de moda. Puede que no solo haya una chica guapa (y una niña encantadora). Si se lee la letra de la canción y se compara con el vídeo, quizás haya que pensar y todo. Para que luego hablen (mal) de la música dance.

LIBRO

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La invención del amor, de José Ovejero. Porque un amor que no es puede serlo. Porque, a veces, es bueno ver las cosas desde la altura. Porque, de tanto inventarnos las cosas, igual hasta surgen realidades.

 

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Una entrada en el blog Cuentos para descontar, escrito por Samuel Pérez, me impulsa a escribir ahora sobre el autor. Samuel, de forma subjetiva pero brillante, reflexiona sobre el estilos al escribir y creo que esto me viene al pelo para un asunto que quería contaros.

En una novela, es muy importante saber quién es el autor y, en consonancia con esa instancia productora, quién es el receptor. No me refiero ahora, aquí, ni al autor de carne y hueso ni al lector de hueso y carne. En el caso del primero, es evidente quién es: la única pega sería saber lo que es la instancia metafísica y existencial del yo; en el caso del segundo, no hay nada evidente porque, en la creación literaria, se tienen pocas seguridades sobre la(s) persona(s) que puede(n) llegar a leer nuestro texto. En la teoría de la narrativa, se han estudiado dos instancias intermedias entre el autor real y el narrador –que son el autor implícito no representado y el autor implícito representado– y otras dos para las instancias intermedias entre los lectores reales y los narratarios –que son el lector implícito no representado y el lector implícito representado–. Yo me voy a ocupar de esas instancias intermedias, sin entrar hoy en la cuestión de la representación (o no).

Iniciar una novela supone reflexionar sobre el  autor presente (aunque no esté presente de forma explícita) en el texto y lo que el lector puede deducir del mismo. Además, ese autor proyecta una imagen que recibe el lector, ese en el que piensa el autor cuando produce los materiales textuales (las teorías de la narración han llamado a este lector modelo, lector ideal, lector implícito…). Creo que la proyección de uno está en consonancia y equilibrio con la extensión al otro. En mi caso, intento escapar –y creo que lo consigo– de ese escritor que se autofagocita a sí mismo en el acto de escribir, que proyecta una imagen embelesada de sí mismo y que, de puro embelasamiento, no piensa quién se encuentra al otro lado del espejo. Ni siquiera me planteo, tampoco, el pensar tanto en el lector como para darle la papilla de las palabras que suponen los best-seller. Hacer un texto deliberadamente fácil y enfocado al mercado más que a la Literatura es algo que me repugna (aunque todos los filólogos que habitan el mundo mundial hemos tenido quizá la tentación de ganar dinero fácil, conocedores como somos de los entresijos de la literatura fácil). El estilo mixto que comenta Samuel es uno que exprime y sufre lo que Harold Bloom denominada the anxiety of influence: ha rastreado –y ha pasado– por las etapas anteriores y lucha por ser él mismo entre los textos de otros. Como me da mucho miedo el último paso que comenta Samuel, ese del estilo del Autor con mayúscula, aquel que ha llegado a la satisfacción y plenitud de saberse con un estilo propio, trabajado y sublime, me imagino que yo perteneceré a todos aquellos que intentan ser suficientemente precavidos como para saber que están luchando contra muchos elementos, algunos de los cuales se les escapan.

En lo que llevo escrito, noto que ese autor se está definiendo a sí mismo y se proyecta en unas instancias narrativas algo complejas. Más complejas de lo que había imaginado en un principio. En ningún caso el autor soy yo, aunque vaya prestando cosas mías a los narradores y a algunos personajes. En muchos casos, parto de todo el conocimiento de lo leído para crear un marasmo complejo lo suficientemente explícito para hacer cómplices a los lectores avezados, lo suficientemente sutil para que no huela. Y sí, intento crear un espacio intermedio entre acercarme a los lectores y que estos hagan –también– el esfuerzo de aproximarse.

Y, claro está, todo estos son intentos que nunca se sabrán conseguidos hasta que el proceso de comunicación narrativo no se acabe. Aunque todos los profesores de Semiótica tengamos un Umberto Eco (y su forma de construir El nombre de la rosa) en la cabeza.

(Imagen de Edgar Barany. La entrada pertenece a la serie del Proceso creativo de mi novela.)

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Confieso mi debilidad por el primer capítulo del Quijote. Siempre que vuelvo mis ojos a las páginas de Cervantes, sea por motivos profesionales, por puro vicio lector o –lo más frecuente– por ambas cosas a la vez, no deja de admirarme la construcción perfecta del inicio de la novela (y de toda la obra en general, por supuesto): un hombre corriente, como muchos otros en su época, con sus costumbres alimenticias, su atuendo, su fisionomía. Su afición a la lectura –con las vueltas y revueltas que da en su cabeza a las ficciones caballerescas–, que acaba por convertirse en vicio y, posteriormente, en obsesión enfermiza. Todo ello incontrolado, dentro de unos límites, hasta que toma la decisión de saltar al otro lado del espejo y decide convertir su afición, vicio y obsesión en realidad. Y cómo esa realidad no podía ser la realidad de cualquier ciudadano de a pie, sino la realidad que a él le gusta vivir.

En este proceso, se cruza la inconsistencia de los nombres y los lugares reales (no sabemos muy bien dónde vivió, no sabemos muy bien cómo se llamaba en realidad nuestro hidalgo), se pasa a un proceso de bautismo: el flaco caballo, Rocinante. Él mismo, don Quijote (en un maravilloso alarde, que no cabe aquí contar, mezclando elementos diversos de forma atinada e inteligente). Por fin, Dulcinea. Me fascina lo satisfecho que se queda don Quijote al dar nombre a la poco agraciada Aldonza Lorenzo y convertirlo en Dulcinea del Toboso. Al final, Cervantes piensa que el nombre de la dama, junto a todo las demás denominaciones, configura un nombre “músico y peregrino y significativo”.

Músico, peregrino y significativo son, ni más ni menos, las características idóneas para dotar de un nombre a las cosas y a las personas: que sea eufónico, que resulte especial y que esté dotado de significado coherente con la realidad que lo contiene. Por eso, bautizar el mundo es, de algún modo, crearlo de nuevo.

En la mayor parte de las ocasiones, los nombres nos vienen dados. Los tenemos tan apegados a nuestro devenir que se nos olvida volvernos hacia ellos. En el caso de las personas, son los padres los que dan vueltas y más vueltas hasta que eligen un nombre para sus hijos (un día tengo que contar por qué me llamo Raúl y en qué medida mi padre tomó la decisión de saltarse el consenso familiar). Nacemos con un nombre y, en la mayor parte de las ocasiones, nos morimos con él y con posibles variantes en la forma de motes e hipocorísticos. Por eso, quiero comentar un hecho mágico y singular que acontece con los estudiantes chinos que acuden a la Universidad de Burgos como alumnos de intercambio.

Conscientes sus tutores de origen y ellos mismos de la dificultad de aprender y pronunciar sus nombres, escogen un nombre español para denominarse. Lo descubrí hace tres años, cuando mis alumnas fueron presentándose en clase de Terminología y me encontré con unas chicas que eran un manojo primoroso de flores (alguna se llamaba Violeta, otra Rosa, otra Margarita). Este año, tienen nombres de mujer corrientes en español. Preciosos nombres a los que han devuelto el vigor que habían perdido en mi memoria por ser para nosotros algo repetido y rutinario. Y no solo eso: me iban diciendo sus nombres y me iban explicando por qué habían escogido ese nombre y no otro. De entre una variedad inmensa y (casi) incontrolable, ellas habían seleccionado de forma motivada, lo que suponía, en cierta medida, que habían renacido como personas o –al menos– que habían interiorizado más su forma de ser y la habían ajustado al continente y contenido de su nuevo nombre.

No sé cómo se sentirán cuando, acabado al curso, vuelvan a su país, a su hogar. Pero, de momento, Cervantes ha tenido razón, una vez más. Ha vuelto la ficción como realidad y la realidad como ficción en forma de nombres. Músicos. Y peregrinos. Y significativos.

 (Imagen de Silvia Cordero Vega.)

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La entrada de hoy surge de algunas cuestiones relacionadas con la enseñanza de la literatura y, más concretamente, de la poesía. Hace unos días, mi hijo recibió el encargo de realizar una actividad en la que tenía que buscar un poema relacionado con un tema y utilizar ese poema para dibujar los contornos de una imagen vinculada con el texto. Obviamente, en la asignatura en cuestión se estaban estudiando cuestiones que tenían que ver con la poesía visual y los caligramas.

En el momento en el que vi la tarea, le animé a no reproducir ningún texto previo con los contornos sino a crear entre los dos un caligrama desde cero. Nos pusimos de acuerdo en que trataría sobre el agua y empezamos a toquetear con las autoformas de Word para dibujar una botella. Yo le dije que podíamos trabajar con cilindros de diferentes tamaños y anchuras para dibujarla. Después de unos cuantos tanteos, conseguimos un botella medianamente decente. Después, decidimos estructurar el texto en tres partes: el tapón, la boca de la botella y el resto: pensamos en que se podía “dosificar” el texto en esas cuatro partes. Luego intentamos buscar efectos visuales con la tipografía en el ordenador:  triangulación en la boca y ondulación en las letras del fondo, con algún efecto de color. Luego llegó el texto, en el que jugamos con las palabras relacionadas con el agua y establecimos un paralelismo con las estaciones del año.

¿Para qué todo esto? Fundamentalmente, para pasar un buen rato y para ver que uno se podía divertir con el lenguaje, con los espacios. Y, por supuesto, para que una tarea no fuese eso precisamente, la elaboración de unos deberes con una rutina. Durante un buen rato, la obligación pasó a un segundo plano y el protagonismo se lo llevó el interés por la tarea misma. La respuesta del profesor es que no había que hacer eso. Es decir, no se podía pensar, crear y experimentar, sino que había que copiar, aclimatar y amoldar.

Y aquí es donde quería traer el tema de mi entrada de hoy. En principio,  está más que bien que los alumnos conozcan las tentativas que se han realizado a lo largo de muchos años para experimentar con las palabras y el espacio, para dibujar con el lenguaje y para elevar a la palabra poética y fundirla en otras dimensiones. El problema aparece cuando se hace una actividad y se valora más lo mimético que el trabajo auténticamente creativo. En el fondo, una actividad como la que se pedía está violando los principios mismos por los surgieron los caligramas y otras manifestaciones de poesía concreta y de poesía visual. Quizá un profesor pueda conformarse con la elaboración de una tarea rutinaria, si su propósito es la extraña paradoja de enseñar poesía con la rutina; pero no llego a entender que un alumno haga otra cosa mucho más relacionada en el fondo y en la forma con lo que se pide y le digan que no sirve, que haga lo que ya está hecho. ¿Por qué surgieron los caligramas de Apollinaire y las manifestaciones literarias creacionistas? ¿No surgieron en el embrión mismo de las vanguardias, asociadas e íntimamente ligadas a los avances en otras artes plásticas como la pintura?

Vaya por delante que lo que hicimos durante una hora mi hijo y yo no era, ni mucho menos, una obra maestra. Pero pensamos que experimentar con los moldes formales de un procesador de textos (insisto: juego con estructuras geométricas, color, tipografía, ondulaciones) era algo mucho más interesante que la tarea inicialmente propuesta. No me gustan las preguntas de “literatura ficción” del tipo: “¿Cómo hubiera escrito sus caligramas Apollinaire si los hubiese creado en el año 2011?” Pero seguro que aventurar una respuesta es, en este caso, más que pertinente.

Mal vamos en la enseñanza si no dejamos un pequeño espacio para la iniciativa personal, si no abrimos la mente para alejarnos de lo de siempre, si no estimulamos en vez de penalizar la creatividad.

Porque, en el fondo de los fondos, está la eterna pregunta: ¿qué queremos que nuestros jóvenes aprendan?

(El caligrama que ilustra la entrada es de Guillaume Apollinaire.)

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