Por Raúl, hace 15 horas y 3 minutos

Boato y compañía

Mondas

Según dicen las personas que le dan a eso del definir, el boato es tanto la «ostentación en el porte exterior» como la «vocería o gritos en aclamación de una persona». Las definiciones son muchas cosas, pero todas vienen de una etimología latina que significa algo así como poner límites, acotar lo que es una cosa -o un concepto- en contraste o comparación con las demás. El boato no suele venir sólo, sino que está casi siempre escoltado en nuestros decires por la pompa, el «acompañamiento suntuoso, numeroso y de gran aparato que se hace en una función» o incluso la «rueda que hace el pavo real, extendiendo y levantando la cola». Tanto la pompa como el boato se hacen hacia fuera, en un intento de que nuestra maltrecha personalidad supure las heridas y los complejos elevándonos a los altares de la importancia, de la arrogancia, de la altivez. Nadie está libre de esta herida supurada. Pero os juro que a mí no me gusta. Yo no soy nadie importante. No puedo extender y levantar todo un plumaje que no tengo. Y a mí tan sólo me acompañan a menudo mi sombra y mi aliento. La pompa y el boato nos acompañan desde las fiestas del vivir hasta las fiestas de la muerte. Pero luego, ya entre los terrones arcillosos y con nuestro cuerpo escoltado por los gusanos, se nos acaba para siempre. Y no vuelve nunca más.

Por Raúl, hace 16 días

Nada del otro mundo

Bambalinas

«Las anécdotas son mejores cuando no tienen nada del otro mundo». Esta entrada no se puede elaborar con mis palabras, sino con las marionetas y los hilos del post de Hernán Casciari que acabo de leer. Aprovechadlo y disfrutadlo. Merece la pena:  Backstage de un milagro menor.

(Imagen de Caro Wallis)

Por Raúl, hace 4 meses y 6 días

Fotogramas perdidos

Bugs

La vida (nuestra mi vida) es un lío propio de una madeja enredada a conciencia. Pertenezco a una naturaleza inequívocamente cíclica, en la que yo muero pero nacen otros, del mismo modo que el otoño sopla unas hojas que volverán a crecer, distintas, en primavera. Y aprecio mucho a Pitágoras, pero me niego a pensar que formemos parte de un berenjenal existencial en el que todos los seres vivos estemos tan estrechamente unidos que no podamos comer habas por el miedo de merendarnos a nuestro abuelo. Individualmente, pertenezco a una asquerosa línea recta que va desde mi nacimiento en el alfa a mi óbito en la maldita omega (al final puede que haya una prórroga vitalicia con bucle sorpresa, pero será para mí tan inesperada como llameante). Mi cerebro no acostumbra a ser tan galante como para dejar sueños bonitos en el recuerdo, pero se empecina desde hace unos meses en dejarme espantosas imágenes de muerte. Mi dormir se trastoca en pesadillas en las que me encuentro solo contemplando la muerte silenciosa y plácida de los demás, y el blanco ha dejado de ser para mí un color positivo para desmoronarse en tibios sudarios a la luz apagada de la madrugada. A punto de llegar a la que podría ser, estadísticamente -más o menos-, la mitad de mi esperanza de vida, contemplo a ésta más bien de reojo, con esa desconfianza de quien no se fía de que le vayan a dar una puñalada por la espalda. Y, como no sabía qué hacer, me dediqué ayer a mirar mi línea del tiempo, de pe a pa. Así, en tristes listas de la A a la Z. Cuando mi vista paseaba cansada por la primera, contemplaba un lejano día de abril del que yo no era consciente pero vivido en la primera persona de la reconstrucción de nuestra memoria, hecha a base de retazos, recuerdos, invenciones y rememoraciones. De ayer hasta hoy, una vida construida sobre la ficción de lo que queremos ser, sobre la mentira de lo que nunca seremos y sobre la esperanza de que los dados nos hagan avanzar, casilla a casilla, hasta nuestro destino. La lectura de nombres y más nombres me desvió hacia la segunda lista: personas fallecidas en 1966. Como soy muy dado a lo anecdótico y superficial, no supe dar mucho sentido a mi búsqueda hasta que fui consciente de encontrarlo: ese año desaparecieron Montgomery Clift y Buster Keaton . Y recordando la mirada atormentada pero limpia del primero y rememorando la cara estirada y el ingenio contumaz del segundo, me pregunto qué coño gané naciendo. Y sí, ya sé. Me conozco todos los argumentos, las frases fáciles y todos los consuelos. Pero la vida, nuestra vida, es una puta película que acaba con el The End. Y algunos la hemos llenado con muy malos -malísimos- argumentos. Y no hay que ponerse tristes: no es momento de epitafios. Pero a mí me gusta -mucho- este. ¡Ah, y como alguien me recuerde una de mis películas favoritas, le parto el cuello!

Por Raúl, hace 4 meses y 24 días

El silencio y la muerte

El triunfo de la muerte

Ayer fue un gran día. Una visita al Museo del Prado me permitió comprobar que hay ocasiones en que los museos son museos, que hay momentos en los que estos egregios edificios no son los parques temáticos en los que las administraciones, la sociedad, los individuos queremos convertirlos. La cola de la visita gratuita auguraba malos presagios pero, una vez diluida la multitud en la inmensidad, las dos horas de plácida visita me permitieron que las obras y yo nos mirásemos frente a frente, de tú a tú. Y tener una conversación privada con los maestros de tu imaginación es un lujo por el que hay que dar las gracias. Hacía mucho que no tenía el privilegio de que Velázquez me hablase de su aire con susurros siendo yo, pobre de mí, protagonista de su propia obra; Goya me explicó el expresionismo (y el impresionismo) diciéndome de que esos movimientos no son un invento del siglo XIX (llegó a confesarme que era una leyenda urbana); Ribera, que se puede dialogar con el contraste y la oscuridad en tensión magnífica. Pero reconozco que yo, cuando voy al Prado, mantengo las conversaciones más delicadas, de esas de las que fuera de un museo sólo se toman con una caña por delante, con El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo (pinchando sobre la imagen, podréis verla en su máxima resolución) . También es cierto que, siempre que lo veo, he tenido la suerte de mirar de nuevo la muerte en silencio. Como habrá que hacerlo cuando la muy puta invada nuestro destino.

(Esta entrada reconforta, después de un día horrible de julio, que me llevó a dudar de la existencia de las obras maestras)

Por Raúl, hace 6 meses y 29 días

Patatas fritas

Pese a ser carnívoro convencido, mi auténtica pasión gastronómica son las patatas fritas. Tostaditas por fuera y muy tiernas y blancas por dentro. Mi madre, muy consciente de ello, hacía que mis segundos platos tuvieran siempre ese delicioso acompañamiento.

Por Raúl, hace 6 meses y 30 días

Zapatillas

Sigo con pequeños recuerdos para salvar pequeños momentos para salvar en el recuerdo algunos instantes de mi madre (I), pero antes me gustaría agradeceros vuestro apoyo y vuestra cercanía. No obstante, prefiero que sigáis haciendo (si queréis) eso: un brevísimo apunte, aunque sea en vuestro recuerdo y no lo escribáis, sobre vuestra madre.

Cuando vivíamos en la calle San Agustín en Burgos, mi hermano y yo dormíamos en la misma habitación. Pese a la diferencia de edad (el era siete años mayor), nos gustaba liarla con alguna que otra batalla de almohadas, juegos clandestinos y a deshora con soldaditos y tanques, o travesuras mil. Al poco, y avisando desde el pasillo, llegaba mi madre, aparentando estar enfadadísima: nos propinaba un par de zapatillazos (se quitaba la zapatilla con soltura, elegancia y, sobre todo, con una enorme rapidez). Siempre se aseguraba de que hubiese mantas de por medio. Se marchaba siempre con una sonrisa apenas disimulada, de esas que quita la severidad con la blandura.

Por Raúl, hace 7 meses

¿Os puedo pedir un favor?

Los visitantes asiduos de Verba volant habréis notado mi falta a la cita con las entradas más o menos diarias en este blog. La muerte -una vez más- se ha interpuesto en nuestra familia para arrebatarnos a mi madre. El propósito de emprender una senda más positiva (esta entrada la escribí cuando ni siquiera sospechaba hacia dónde derivaría el destino unos días más tarde) me empuja a intentar no caer en la tristeza. O, si caigo, por lo menos, extraer algunas cosas positivas y no dejar que esta cabeza mía ronde solamente en lo ténebre y funesto.

Así las cosas, os pido un favor (que no sé si es un meme, ni lo quiero convertir exactamente en eso, pero sí en algo parecido). Durante unos días, voy a ir incluyendo algunas cosas positivas del recuerdo de mi madre. No quiero hacer nada ñoño, ni sensiblero: sólo recordar esas pequeñas instantáneas, a veces muy tontas, que corren el peligro de caer en el olvido. Y, si no es mucho pedir, que escribáis vosotros alguno de esos fragmentos de vida de vuestras madres cuando erais niños.

Ahí va el mío para hoy:

Cada vez que me ponía enfermo, mi madre me dejaba solo por las mañanas un cuarto de hora, aproximadamente. Era el tiempo que tardaba en bajar a la Librería Granado, cerquita de casa, para traerme un libro (a veces también un tebeo), que convertía los momentos tediosos de la enfermedad en una pequeña aventura. Un libro cada día. No importaba cuánto durase la enfermedad. 

Por Raúl, hace 7 meses y 22 días

Cuanto más conozco a la Humanidad...

Tor02

¿Qué se puede sentir cuando se muere un compañero? El pasado jueves murió. Me acompañó cientos de horas con silencios cómplices y siempre se acercaba un poco más a mí en los momentos tristes, receptivo y atento a mis emociones. Fue mi acompañante durante miles y miles de kilómetros: me ayudó en el entrenamiento de cuatro maratones y de ni se sabe cuántas carreras intermedias. Lo hizo sin preguntarme nunca la hora, a las cinco de la mañana o a las doce de la noche; sin que se desanimase por estar a treinta grados o a ocho bajo cero; ya tocase correr cuarenta minutos o dos horas y media. Ayudándome con su paso acompasado, su coreografía simétrica acorde a mis zancadas. Al acabar, estirando los músculos, entre jadeos, esbozaba lo que podría parecer una sonrisa, aunque no lo fuera. Entre todas las cosas del mundo, le gustaba jugar en la nieve, cabalgando entre los copos cuajados, deteniéndose de repente, vuelta y vuelta, para agacharse en una invitación cómplice al juego. Era grande pero sereno, agresivo a veces, pero sólo con los de su especie. Educado al ciento por ciento: nunca un sonido más alto que otro, jamás una insistencia no razonada. Aunque poca gente lo sabe, su sangre no era del todo egregia, ya que mezclaba templadamente, sobre su estirpe belga, algunos rasgos teutones. Pese a todo, era un malinés con todas las letras. Es conocido el dicho popular de que «Cuanto más conozco a la Humanidad, más quiero a mi perro». Yo no estoy del todo de acuerdo. Me asustan las palabras grandes, esas que se escriben con mayúscula. Las veo como lo abstracto que representan (es decir, nada), pero adivino tras ellas su destilación en seres concretos, en personas con nombres y apellidos. Y creo que el nutrido conjunto de seres humanos que no merecen la pena no empaña la existencia de gente en la que confiar y con la que poder caminar unos pasos en tu vida. Pero el jueves, se murió Tor, mi perro. Y él me siguió los pasos, kilómetros y kilómetros. Con frío y con calor. Y siempre se acercaba un poco a mí cuando estaba triste. Hoy, cuando escribo esto, no le tengo ya para que me consuele.

Tor011

Por Raúl, hace 8 meses y 8 días

El soldado de hielo

El soldado de hielo

Impertérrito, te mantienes adusto y arrogante en tu puesto, vigilando. La mirada al frente, sin atisbo de cansancio ni decaimiento. Siempre el mismo, nunca diferente. No piensas en otro mundo ni en otra vida, sólo te obsesiona el deber, la disciplina, el orden de las filas. Regimiento, rancho, botones limpios. La mirada imaginativa de los civiles te provoca risa y desprecio. No tienes dolor, no tienes angustia, no tienes miedo. Estás ahí, clavado en la existencia, con un destino al que apunta tu gorra de plato, tus galones, tus botas hartas de betún. Y la batalla. Ese terreno soñado, la estrategia, el mapa y el GPS. Un tiro entre ceja y ceja, piensas. Un tiro al corazón, deseas. Un tiro por la espalda, temes. Y tus pestañas, que se niegan a crecer, a convertirte en algo femenino. Hombre de pies a cabeza, con el valor presupuesto y la espalda recta. Cuartel. Formación. A sus órdenes. Mi comandante. Coche y chófer joven, temeroso de la orden, de la ruta, de tu mal humor perpetuo. Los estudios y la Academia. El matrimonio y cuatro hijos. Cumpliendo tu deber. Con tu esposa y con tu patria. El jornal escaso. Para los gustos de los que te rodean. Pero eso no importa. El deber. El jodido deber para los demás que te llena de orgullo y de bandera.

Pero cayó tu amigo, lo sostienes. Tus manos son duras. Son de hielo. Nace el sol en tu corazón. Y te derrites. Te conviertes en agua. Y fluyes hacia la muerte. Como todo el mundo.

(La imagen del soldado de hielo nació un magnífico y helado día de diciembre. Puedes ver más hielo en las fotos de Raúl)

Por Raúl, hace 8 meses y 22 días

Los malos son los mejores (III): Hannibal Lecter

La mirada de Hannibal Lecter

Vaya por delante una declaración de principios de la que ya hablé someramente en el primer artículo de la serie Los malos son los mejores dedicado al Coyote: me horroriza la violencia en nuestra vida cotidiana en cualquiera de sus manifestaciones. Y, aunque hace años la casquería tenía hasta un periódico propio (El Caso) y los casos de asesinatos siempre han sido muy del gusto del morbo popular, en la actualidad los programas de televisión y amplias secciones de los telediarios cuentan con una variada exposición de despojos humanos varios tan grande que me extraña que nos horroricemos de la mojigatería que tiene esta misma sociedad con respecto a los productos de ficción. Creo que el arte y la ficción nos sirven de cura, alivio y escape frente a nuestra dura, triste y monótona vida normal y que un poco de «maldad» en la ficción no nos hace más violentos, sino que nos resarce pacíficamente de ese impulso hacia el thánatos. Menos mal que no estoy solo cuando pienso en esto: Aristóteles en su Poética nos decía que la tragedia tenía la catarsis como componente esencial y que la visión de un caballo muerto puede ser desagradable en la realidad pero amena en la ficción.

Bueno, quizá esta entrada esté saliendo demasiado pretenciosa, pero la presencia del asesino en la ficción ha sido muy del gusto de lectores y espectadores. Es ya un tópico citar a Thomas De Quincey y su obra Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes -Alfred Hitchcock nos dio una extraordinaria lección vital y técnica de esa mezcla de arte, engreimiento y realidad en La soga utilizando este asunto-. De entre todos estos asesinos, uno de mis preferidos es Hannibal Lecter. Le conocí, como casi todos, en El silencio de los corderos, la magnífica película de Jonathan Demme, le seguí, animado ya como lector en las obras del creador del personaje, Thomas Harris, me siguió cautivando en Hannibal, dirigida por Ridley Scott, el director de Blade Runner, de la que un día habrá que hablar largamente… y me apeé en El dragón rojo, que me dejó indiferente. Y creo que no es difícil conservar en la memoria a Jodie Foster acercándose a la celda acristalada del asesino sociópata, la penetrante mirada de Anthony Hopkins que desnuda toda su interior en un vistazo, un olfateo y dos comentarios atinados. Hannibal no deja de ser elegante, aunque conozcamos sus pequeñas manías y aficiones destructoras (o vivificadoras: ¿tiene algo de personaje vampírico?). Y es capaz de asesinar salvajemente a un guardia pero quedar embebido por la belleza de un pasaje de música clásica. Es impecable en sus maneras, sea con un sombrero en una ciudad italiana o ataviado con el tosco mono carcelario en su celda de aislamiento. Y siendo abominable, abomina de la grosería, de la mala educación y de la simplicidad. Pintor, músico, humanista… brasea en vivo un apetitoso cerebro; colaborador interesado, maníaco, esnifador del aliento de Clarice Starling, pero implacable con la vulgaridad. Hannibal Lecter es uno de esos personajes que nos aterra y nos encandila a partes iguales, como ya ocurría con el Norman Bates de Psicosis, aunque Lecter lo haga desde la admiración y Norman Bates lo haga desde la compasión. Curiosamente, el apocado Bates y el psicópata transformista de la primera película de la serie tuvieron como inspiración probable un asesino real, Ed Gein. Probablemente, esto no hubiese sido posible sin la maestría del galés Anthony Hopkins, talento creativo que supo transformar una adolescencia difícil en una fuerza artística que no se detiene en la interpretación, sino que también alcanza a su labor como concertista de piano (el próximo año empieza una gira) y compositor. Pero qué malos son los malos, Dios mío. Y qué miedo y placer nos dan…

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