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Cine

Los años pasan de forma tan cruel para el cine que, cada día que pasa, nos quedamos más solos. Aunque soy, en general, poco dado a las nostalgias y poco partidario de que la fórmula “Todo tiempo pasado fue mejor” sea exacta en todos los casos, no puedo evitar sentir que, poco a poco, se está desmoronando el gran edificio de los sueños que construyó el cine norteamericano de los años 40 y 50. Como ya dije en una ocasión, la muerte de los grandes directores y actores que se iniciaron o tuvieron su esplendor en esos años se clava como una puñalada en el corazón.

Hoy ha muerto Sidnet Lumet. El mero hecho de dirigir Doce hombre sin piedad (12 Angry Men) merecería ocupar para siempre un lugar privilegiado en la historia del cine, en nuestra imaginación y en nuestros corazones. Hora y media de una película que se desarrolla casi en su integridad en una sala de deliberaciones de un jurado. Un drama judicial en la que no se juega con el efectismo del antes o del después, que no se enzarza en la batalla judicial entre abogados, fiscales y jueces. Doce hombres, algunos con las ideas demasiado claras, que tendrán la oportunidad de analizar la sociedad hacia el centro y, por lo tanto, la historia de un crimen les llevará a cuestionar sus propias actitudes ante la vida. Una película que se puede estudiar como una disección perfecta de diferente tipo de roles sociales; que puede desmenuzarse desde el ámbito de lo judicial y de lo moral; que puede contemplarse desde la óptica crítica de una sociedad demasiado superficial y categórica; que puede ser un alegato en favor del diálogo espaciado como la única manera de que el camino nos lleve a alguna parte. Pero, sobre todo, una espléndida lección de buen cine: un blanco y negro duro, excelentes actores, un juego muy inteligente de dirección que hace que lo complicado parezca sencillo. Una gran historia bien contada. Y la ficción, una vez más, como la gran maestra de todas las verdades.

El mundo, hoy, nos ha dejado un poquito más solos. Y llegará un día, no muy lejano, en el que ya no sabremos hacia dónde mirar. Menos mal que nos quedarán pantallas en las que nuestros sueños seguirán siendo corroborados por las imágenes, por las palabras, por los destinos de los que nos ayudaron a comprender todo.

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La entrada de hoy parte como una reflexión de la realidad que vivo cada día entre mis alumnos de 3.º de Comunicación Audiovisual. Aunque la asignatura que imparto es la de “Análisis del lenguaje publicitario”, los anuncios televisivos y la propia deriva de las clases conducen en muchas ocasiones a realizar algunos comentarios relacionados con películas. Mi sorpresa es mayúscula al comprobar que son una minoría los alumnos que han visto filmes esenciales en la historia del cine. Bien es cierto que esa minoría suele estar bien nutrida de conocimientos y es la que aglutina la visión –no me gusta nada la palabra visionado– de esas películas. Vista la situación, esta entrada surge como una reflexión general y no como una carga de pruebas contra nadie. Que quede claro.

En primer lugar, es importante tener en cuenta el menosprecio académico al mundo del cine. Los alumnos, mal que bien –más lo primero que lo segundo– han oído hablar de algunas obras fundamentales de la historia del arte gracias a las asignaturas de ciencias sociales, lo mismo que reconocen, aunque sea de oídas, el nombre de algunos autores importantes de la literatura. Seguro que ese conocimiento carece de la fortaleza de hace años. Seguro que en muchas ocasiones son revisiones superficiales que evitan el análisis y, por desgracia, anecdóticas. Sin embargo, un alumno puede recorrer toda la enseñanza primaria y la enseñanza secundaria obligatoria sin haber oído hablar de cine y sin haber visto más películas que las que algún profesor les ha puesto en alguna de sus asignaturas o cuando les ha entretenido con alguna muestra en las horas de tutoria. Es cierto que el conocimiento estructurado no tiene por qué garantizar una fortaleza en el saber, pero me parece contradictorio que el cine esté marginado de la senda curricular. Parto de la base de que la presencia en la enseñanza básica del cine no tiene por qué ser filtrada por los datos y el conocimiento sesudo. Parto de la base de que a todas las artes (quizá a todas las asignaturas) se accede por la vía de la pasión. Y el cine sería muy fácilmente apasionado y apasionante por la vía del contagio.

En segundo lugar, la estructura misma de la programación televisiva y la abundancia de una oferta –que se contradice, paradójicamente con una cicatería en la variedad– no han favorecido esa transmisión. Ahora las grandes películas de la historia del cine se proyectan en horarios marginales y los cantos de sirena de otros productos mediáticos hacen que los televidentes se ahoguen en el nado de otros mares. Todos nosotros, además, hemos incrementado nuestro tiempo de ocio con la conexión a internet y con los videojuegos. En definitiva, parece que queda muy poco espacio para darse cuenta de que uno se está perdiendo algo fundamental.

La entrada podría alargarse indefinidamente, así que voy a partir de algunas cuestiones personales. Alguna de ellas es compartida por mi generación  y alguna otra es propia de mis circunstancias. Nací en una época en la que, de niño, no había más que un canal (solo algo más tarde llegaría “el UHF” a Burgos). Aunque no eran películas propias de mi generación, tuve la suerte de ver en televisión alguno de esos clásicos imprescindibles. Luego me acompañó la pasión de mi padre por el buen cine. Además de sus buenas recomendaciones y su buen tino, me llevó durante muchos años a todas las películas que se proyectaban en la cartelera (y “autorizadas”, claro). (Y no tengo en cuenta las tardes de cine en el antiguo colegio de jesuitas de La Merced los domingos por la tarde o las sesiones de la Alhóndiga). Contando con que, por aquel entonces, el número de cine en Burgos era bastante elevado y la oferta variada (en algunos casos, con las mágicas sesiones continuas), vi algunas reposiciones de clásicos en pantalla grande y estuve al tanto de todo lo que ocurría en el cine de los años setenta, con todas sus grandezas y todas sus miserias. Luego la afición se fortalecería con la suerte de que llegasen a coincidir en mi ciudad, en algún momento, dos o tres cine-clubes (el universitario, el de Caja de Burgos –por aquel entonces Caja de Ahorros Municipal– y el breve recorrido del cine-club municipal) en los que proyectaban ciclos en los que se descubrían auténticas joyas marginales y se revisaban algunas obras maestras. Entre estas sesiones baratísimas y  el día del espectador, iba al cine unas tres o cuatro veces por semana. Luego llegó el vídeo. Además de ir gastando dinero en películas, me hacía una base de datos con todas las películas más o menos decentes que echaban en la televisión para luego grabarlas y contemplarlas de forma compulsiva. De ahí nació mi costumbre de ver las películas a trozos y el ver algunas de mis películas preferidas una vez tras otra, a veces (pero en contadas ocasiones) fotograma a fotograma. Eso no significa, por supuesto, que lo haya visto todo. Pero a mis cuarenta y cuatro años mis ojos han recorrido exhaustivamente gran parte de las ficciones más maravillosas de la historia de la humanidad. Ahora que el cine está, en líneas generales, en la cuerda floja, sigo mi afición con algunas de las series que han sabido recoger ese espíritu.

¿Por qué no se ven ya esas grandes películas? Ahora no cabe la excusa de esperar a que la proyecten o de gastarse fortunas en vídeos o en DVD. El buen cine se puede encontrar de forma casi gratuita o legal, o de forma totalmente gratuita y agradecida: en no pocas ocasiones, la única alternativa posible es la descarga. Pero, en cualquier caso, es muy difícil no acceder con relativa comodidad a todas esas películas. ¿Qué falta entonces? Lo he comentado más arriba: falta transmitir con pasión. En el momento en el que alguien las ha descubierto, no puede parar de verlas porque descubre que está ante algo grande y profundo, ante algo cercano y cotidiano pero que era, hasta entonces, inaprensible.

Y, para acabar, pongo otro ejemplo personal que enlaza con el argumento principal. Antes de dedicarme a la enseñanza univesitaria, tuve un tránsito profundo y gozoso en la enseñanza secundaria. Además de utilizar el cine como herramienta didáctica para todas mis asignaturas, en una de ellas pasaban cosas muy curiosas. La asignatura se llamaba “Introducción a los medios de información y comunicación”, se impartía en 4.º de la ESO y se matriculaban en ella de forma optativa los alumnos que querían. El batiburrillo hacía que conviviesen bajo la misma sala oscura alumnos de diversificación con alumnos que optaban de forma segura al bachillerato. Dedicaba un trimestre al cine y no se lo ponía fácil: comenzábamos comentando los logros de Meliès y casi siempre veíamos cine en blanco y negro. Los alumnos no duraban protestando ni tres clases. Había tres clásicos que una vez gozados y desmenuzados, siempre arrancaban los aplausos sinceros y emocionados cuando llegaba el final: eran Encadenados, de Hitchcock; Cantando bajo la lluvia, de Donen y Kelly; Laura, de Otto Preminger; Con faldas y a lo loco, de Wilder, Gilda, de Vidor, etc. Y de reconocer que, como docente, nunca fui más feliz que en aquellos momentos, cuando algunos alumnos empezaron ese glorioso proceso de emoción y descubrimiento. Es un ejemplo de que no hace falta establecer grandes niveles ni ahondar ni aburrir con dato para que se produzca el contagio.

¿Lograrán llegar a este punto esos alumnos de Comunicación Audiovisual?

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Un grupo de creadores más o menos directamente relacionados con los estudios de Comunicación Audiovisual han realizado una serie de televisión titulada Qwerty. Lo curioso del asunto es que esta serie, en principio, nació como un trabajo para una de sus asignaturas, pero está visto que el talento y las ganas de hacer cosas interesantes han hecho que ese pequeño empujón académico haya derivado en una meta mucho más ambiciosa. Aunque un servidor no ha tenido absolutamente nada que ver con esta maravillosa empresa, sí me siento tremendamente orgulloso de que muchos de los que han tenido que ver con la serie (algunos de forma reciente, otros hace ya muchísimos años) hayan pasado por mis clases. Da auténtico gusto ver cómo las grandes ideas de lo que parecían cabecitas en proceso de formación se vayan asentando en la realización de proyectos como este.

En definitiva, Qwerty es ahora, para mí, LA SERIE en internet.

Os dejo aquí el enlace al episodio piloto.

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Pozo

Alguno de vosotros, seguidores y amigos de Verba volant, os habréis preguntado qué ha motivado esa lentitud en el ritmo de publicación de las entradas. Y aunque no todo tiene en esta vida explicación y sentido, ya que no es sino laberinto, en este caso hay unas cuantas causas. Os advierto que, pese al comienzo más o menos lúdico, la cosa va en serio. Así que os animo a leer hasta el final (¡y no valen lecturas en diagonal!).

La primera es la explicación más explicable: estamos a final de curso y a las montañas de obligaciones se acumulan fuertes precipitaciones en forma de exámenes, correcciones y trabajos. Pero como en esta viña del Señor no todo es trabajo, la cinematografía tiene también la culpa para bien y para mal.

Aunque muy tarde, he empezado a descubrir Lost. Vi algunos capítulos sueltos allá por los inicios de la historia (y hace muchos años de esto) y, por aquello de la fragmentación, no me gustó. Ahora que todo el mundo la ha visto, me ha picado el gusanillo y en ello estoy. Temporada 1. Por otra parte, Breaking bad ha llegado al final de la tercera temporada y he cada vez estoy más convencido que estamos ante una de las grandes entre las grandes. La historia, lejos de empobrecerse, sigue creciendo y, con la última secuencia, uno permanece unos cuantos segundos ante el televisor un poco atontado esperando que nos den un poco más. Este cierre podría suponer un respiro, pero ya ha llegado la tercera temporada de True blood y Californication está al caer, así que la realidad de mis ficciones va a colmarse de sexo, sentimientos y pasiones al límite, horror profundo y sonrisas no solamente ligeras.

Por lo tanto, el trabajo y el vicio (a partes iguales) han ralentizado estas palabras volantes y voladoras. Pero decía que hay otro motivo, que vamos a asociar también con el cine. A los que no hayan visto la película Mujer blanca soltera busca… les será difícil manejar el paralelismo. Y como es mejor contemplar el horror que vivirlo, les diré que circunstancias ajenas a mí pero internas a este blog han vuelto a extender el desánimo. Si hace mucho tiempo había determinadas personas que buscaban y rebuscaban en este blog para verse representados (cuestión que creo superada, o al menos eso creo), desde hace un tiempo percibo (y no son delirios paranoides) algunos gestos nada sanos en algunos lugares. Ya dije en alguna entrada perdida que cada uno tiene su estilo, para bien y para mal. También es obvio que el estilo de cada cual tiene influencias múltiples y variadas, más o menos conscientes. Pero tengo el horror de contemplar que hay quien ha empezado a bucear por la blogosfera por los mares exactos por los que navego; tengo el espanto de percibir que mis palabras, mi estilo y mes querencias frecuentan de manera demasiado aproximada las palabras que tendrían que ser de otros. Me siento desdoblado sin quererlo, dividido en un Dr. Jekyll y Mr. Hyde sin haber pasado por la ingestión de la pócima tramposa. Me encuentro con alusiones y réplicas veladas que yo no he pedido y que no he querido. El mundo es abierto y ancho y libre, y cada cual es amo de sus actos y de sus palabras, pero a mí me gustaría ser amo y señor de las más que modestas líneas que tengo a bien escribir porque me da la gana y que vosotros leéis porque sois buena gente y queréis pasar un rato con ellas. Me gustaría escribir aviesa amargura –por citar una cita inexistente y, por lo tanto, ejemplificatioria– y no encontrarme al cabo de poco con ese pensamiento y palabras estampados en el reflejo de otra pantalla para querer decir no-sé-qué. No creo que mi mundo y sus expresiones sean dignos de tantos seguimientos, apéndices y réplicas. Creo que ni las he pedido ni las he estimulado. Por si fuera poco (y sin que tenga que ver con lo anterior), mi correo se ha visto incomodado por mentes pertinaces que no aceptaban un silencio. Hasta se han permitido el lujo de sentirse ofendidas por no ocupar el lugar de Chipirón, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que soy yo el que decido en mi blog el lugar que ocupa cada uno. Para eso es mío.

Y es lo que tienen las ficciones, amigos. Al final, se funden con la vida.

En definitiva, cada vez que me sentaba ante el ordenador en busca de enlazar una historia con palabras más o menos afortunadas, me asaltaba la obsesión de no querer encontrarme lo que iba a venir después. Así que tenía que explotar y contarlo a mis parroquianos, por aquello de aliviar un poco las penas. Pues eso. E insisto: no son figuraciones mías.

(La imagen es de Ignacio Conejo.)

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Ayer acabé de ver Battlestar Galactica. Tengo que escribir sobre esta serie, pero lo voy a dejar para otro día porque prefiero tamizar las emociones por el filtro de las horas. Pero no puedo dejar de lado la oportunidad de tratar un asunto del que he hablado con frecuencia pero sólo de manera tangencial. Por lo tanto, hoy hablaré, en general, de las series de televisión.

Sí, yo también pertenecía a ese grupo de enamorados del cine que se negaba a ver series de televisión. Era de los que había degustado las excelencias de las mejores películas, desde el cine clásico estadounidense hasta las más arduas y elaboradas excelencias de cine-club. Desde muy pronto, mi padre me llevaba a todas las películas que había en cartelera (y, por aquel entonces, eran muchas y, sobre todo, variadas) y, más adelante, llegaba a ver más de una película diaria entre días del espectador, días de paganini, sesiones cinéfilas, vídeo y –cada vez menos– televisión. En el televisor, por supuesto, me entretuve con las series de televisión teniéndolas siempre por un género menor e intranscendente.

Sin embargo, hace años que tuve la suerte de romper de una vez con ese prejuicio que había aparejado la maldición de haberme perdido alguna de las joyas más importantes del arte cinematográfico. Glorificar el cine y penalizar las series proviene de generalizar hasta el extremo con una perspectiva cicatera con la realidad. Creo que fue Winston Churchill el que, ante la pregunta sobre su opinión sobre los franceses, dijo: “No lo sé. No los conozco a todos”. En el caso que nos ocupa, decir que el cine es mejor que las series televisivas generaliza y, por lo tanto, miente: hay películas extraordinarias y filmes aberrantes, del mismo modo que existen series bazofiescas y otras magníficas.

Creo que una parte del prejuicio procede del que las series provengan de la televisión. Como aquí todo el mundo es de lo más culto y elevado, parece que denostar los productos televisivos proporciona puntos para entrar en el limbo de la cultura. “Es que no veo la televisión” es una expresión que muchos utilizan como azote contra los incultos. Sin embargo, esto no tiene por qué ser cierto. Existe una oferta de canales especializados de pago con prestigio bien ganado, pero, además, la moderna tecnología nos permite disfrutar de estas obras sin publicidad y sin tener que esperar a que sean dobladas al español (de eso hablaremos otro día).

No voy a extenderme mucho con más razonamientos. El que sabe de lo que hablo no necesita más palabrería y el que todavía no lo sabe no lo descubrirá hasta que aparque sus ideas preconcebidas. Sólo me limitaré a dar unas cuantas recomendaciones sin orden de preferencia. El que tenga ganas de descubrir productos culturales de elevadísima calidad, todavía está a tiempo:

  1. A dos metros bajo tierra. El sentimiento de la muerte visto desde casa.
  2. Dexter. De cómo un psicópata nos ayuda a entender nuestros propios actos.
  3. In Treatment. A veces una sala con un terapeuta y sus pacientes nos ayuda a proyectarnos en ellos y en él, que es una persona. Como todos.
  4. Battlestar Galactica. Los humanos buscando la humanidad y, mientras, tanto, perdidos de salto en salto por la galaxia sin saber si lo son. O no.
  5. True Blood. La sangre como vida y la discriminación “racial” en el profundo sur norteamericano.
  6. Los Soprano. Un mafioso en terapia y una manera de comprobar que las cosas no son siempre tan obvias como parecen, precisamente porque son obvias.
  7. Californication. Nunca ser un escritor en crisis y pervertido fue tan divertido para él y para nosotros.
  8. Breaking Bad. Una historia que surge del azar y la desgracia de la vida. Paradójicamente, empieza divertida. Paradójicamente, todo se complica.
  9. Mad Men. El mundo de la publicidad visto desde dentro de los sentimientos de los creadores de sueños.
  10. Rome. La historia de un Imperio acaba siendo la comprensión de un proceso bellamente contado más que un conjunto de datos.
  11. Weeds. Viuda, madre… y traficante de marihuana. Sin comentarios.

Después de ver todas estas y algunas más, creo que he descubierto nuevos mundos, personajes, personas y vivencias. Y, sobre todo, creo que he ganado en sabiduría.

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El Secreto De Sus Ojos

Como las vidas son cine y el cine es vida. Como la correspondencia es perfectamente asimétrica, como lo son el cine y la vida. Como las imágenes plasman nuestras imágenes y nuestras palabras pasan a ser el guión. Como todo empieza y todo a cada a ritmo de títulos de crédito a los que no todo el mundo sabe esperar. Como nunca hay una tristeza más grande que una lágrima a pantalla grande ni nunca una carcajada suena más sincera cuando sale desde el plano hacia afuera. Como somos deleitosos y diletantes esclavos en una caverna que no es la Platón, llena de reflejos y destellos de verdad. Como los que no tenemos vida intentamos reflejarnos en las historias vividas por los demás. Como todo es Uno y Uno es nada si no son tres, creo que estos tres fragmentos de El secreto de sus ojos que pueden servir de hoja de ruta:

“Me vi cenando solo y no me gusté”.

“¿Cómo se hace para vivir una vida vacía? ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?”.

“Mi vida entera fue mirar para delante. Atrás no es mi jurisdicción; me declaro incompetente.”

(En otro orden de cosas y con respecto a la peli en cuestión, digo lo siguiente: que es una obra interesante, pero que dista de ser una obra maestra; y que me hace gracia que ahora que gana un Oscar la hagamos nuestra –española– por participar en la financiación. Me hubiese gustado saber qué hubiera pasado si un filme español hubiera competido este año en la misma categoría. Es una notable película argentina. Como sigamos así, vamos a acabar pareciendo franceses.)

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Hoy, que ha muerto Eric Rohmer, me ha parecido que el paso de las estaciones será aún más triste. Y me ha parecido que será cada vez más difícil ver el rayo verde en el cielo. Porque ya no podremos ver la melancolía de la vida cotidiana contada en imágenes. De esa manera. Así.

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En descenso, joder. Me di cuenta el otro día, 21 del corriente. Lugar: reunión de padres del colegio de mi hijo. Yo, tangencial, en una esquina, escuchando a medias. Sintonizando con interferencias lo que decía el tutor con mis turbios pensamientos. Una mirada al tendido, ciento ochenta grados. Todo a mi alrededor eran caras de adultos, más viejos que el carajo. Y me dije: joder. Qué viejos. Hice cálculos: algunos no iban a la reunión del primogénito, otros se casaron mayores… Otros –joder, pensé– eran como yo, que me miro al espejo cada día y no llego a ver palpables las diferencias del transcurrir.

Cascado. Estando a punto de pensar: hay muchos jóvenes con espíritu de viejos, hay muchos viejos con espíritu joven. Chorradas, refranes de cascado. Se es joven o adulto. Con kilómetros recorridos en la recámara de un cartucho cada vez con menos balas. Empiezo a comprender. Pelos en las orejas. Joder. Todavía suaves, pelusilla. Pelillos a la mar, que es el morir. Un pelo negro que pasa de sopetón por la escala de los 256 tonos para pasarse al enemigo.

Comprendo. Comprendo a Lester Burnham. Cada día más, hasta el fondo. Un día vas a vivir el primer día del resto de tu vida y la palmas, así, entre retornos al pasado, realidades y deseos encontrados. Joder, con una cara que no se estira ni a golpe de hidratación pertinaz, constante. Con la imaginación volando por el más lascivo de los deseos, con la realidad anclada en ningún puerto. Joder. Con la mirada embriagada por la miopía del que no sabe ver. A la deriva, por las orillas del recuerdo. Cada vez más fogonazos del pasado. Joder. Alguna día todos lloraremos de viejos, supurando por los ojos las heridas de cada batalla de nuestras vidas.

¿Algún Virgilio para acompañarme al descenso por los bajos de la vida? No tiene por qué quemar: joder, basta con ser errantes viajeros por las entrañas de la noche. Joder, las vueltas que da el día cuando oscurece. Aunque quizá seamos nosotros, nuestro eje que nos arroja la luz con los raudales de la fuerza centrípeta. Joder. Tan viejos como para no apurar los días en sus horas veinticuatro.

Por eso, hoy he imaginado una película que existe, pero no he visto. Todavía. La de unos cuarentones que deciden esquilmar la existencia a tragos de desenfreno. Es un after. Sí. Nuestra existencia. Apurando cada minuto a chorros destilados de la esencia que no vivimos. Es un después, que es un antes. Joder con las palabras. Joder qué lío.

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Empire State

Siempre me han gustado las comedias románticas, desde una tienda en la esquina cargada de sorpresas, hasta un diálogo paralizado por las desgracias de la vida. Me deleito con los finales felices, porque son sino y signo del almíbar, aunque soy también capaz de tragar los finales más amargos, nos importen un bledo o sean el principio de una gran amistad, pero reconozco que me gustan los momentos difíciles, aquellos en los que se nos hace un nudo en la garganta y nos entran unas ganas irrefrenables de llorar. Me gustan los desencuentros, el retorcimiento de la trama, los detalles desapercibidos que, al final, son los momentos estelares de nuestra vida. Hoy he pensado en las comedias románticas. No he hablado casi nunca de ellas. Y me he imaginado a mí mismo en Nueva York, a los pies del Empire State, con los ojos aturdidos por la belleza. Y he pensado que subía y esperaba en la cumbre. Y nunca subía nadie. Es lo que va de la comedia romántica al sentimiento trágico de la vida.

(Fotografía de Thibault Roland.)

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niven-flynn

Cuando se mueren los actores, se mueren parte de nuestros sueños. Así lo creo y así lo dije, de hecho, en una entrada hará cosa de un año.  Hoy, la muerte de David Carradine me lo ha vuelto a corroborar. En este caso, no se han muerto tanto los sueños por un grandísimo intérprete (su padre,  John Carradine, sí lo fue), sino porque los que contemplábamos  –nunca mejor dicho– como niños la televisión de los primeros setenta vivimos algunos de nuestros momentos inolvidables gracias a Kung Fu.

Pero hoy no quería hablar de esto, porque ha sido, es y será contado durante estos días por miles de blogs de manera mucho más eficaz y brillante que la mía. Quería hablar hoy de algo que me ha llamado poderosamente la atención desde siempre: la complejísima personalidad de los actores (extensible a casi todos los que dedican sus vidas, de una u otra forma, a la creación). Para muestra, tres botones, que seguramente ampliaré en alguna entrada más en un futuro no muy lejano:

Empezando por el final del título de la entrada, vayamos a la muerte de David Carradine. Encontrado muerto en la habitación del hotel en Bankok a los setenta y dos años, desnudo y con una soga al cuello. Se trate de un suicidio o de una estimulación sexual a mayores con ausencia de oxígeno, su muerte evidencia el paso por lo extremo, poco afín a ese gusto por la cultura oriental que profesó a raíz del éxito de la serie televisiva. La imagen de un David Carradine con un tremendo éxito que, precisamente por eso, no le brindó las oportunidades de brillar en otra cosa que en el pasado, nos brinda ahora esa muerte extraña, un final no deseado, algo desajustado, para aquellos que deseamos ser como él jugando en el recreo y que ahora nos alejamos de la muerte del “pequeño saltamontes”. No es, desde luego, el caso más raro.

Otro ejemplo de vida con múltiples azares fue la de David Niven, el perfecto caballero inglés de la pantalla grande, cuya sonrisa, entre irónica y elegante, escondía más de un tenebroso secreto, entre los que se cuentan la violación siendo un niño; el descubrimiento de que no era hijo de su padre fallecido, sino del hombre con el que su madre se casó después; un suicidio frustrado y un firme propóstio de uxoricidio. El disparo fallido del que habla el título de la entrada fue el de una pistola que Niven, desesperado por la muerte de su mujer Primula. Para más inri, Primula murió en la casa de Tyron Power fugando al escondite. El gatillo del arma se encasquilló y Niven tuvo la suerte de seguir viviendo entre la bebida, las mujeres y las películas.

Quizá los dos anteriores no sean ejemplos sublimes, sino ilustraciones de que la vida de los actores, esperablemente placida y abrigada por el dinero, no se aleja demasiado de las encrucijadas de los personajes a los que encarnaron. Por eso dejo para el final una de las muestras más representativas: Errol Flynn. Acusado por algunos de ser un espía al servicio de los nazis o ensalzado por todo lo contrario (fue firme defensor de la República en nuestra Guerra Civil), Flynn era un maniático del alcohol y del sexo. Obligado por contrato a no beber una gota de alcohol durante el rodaje de una de sus películas, Errol Flynn sorprendía a todos cada mañana con una cara saludablemente lúcida, cambiando la botella y el vaso por una naranja recién cortada a la que exprimía el jugo con sus dientes y sus labios. Lo que los productores no sabían era que el actor tenía en su caravana todo un surtido de naranjas a las que previamente inyectaba todo el vodka que cabía entre sus múltiples efluvios de vitaminas. El sexo era uno de sus puntos fuertes. Como contemplador o voyeur, Flynn acogía a todo un surtido elenco de amigos en su mansión, famosa por sus fiestas orgiásticas. Sus invitados no sabían que Flynn tenía un complejo de agujeros y espejos en cada habitación, gracias a los cuales contemplaba los pinitos sexuales de sus conocidos. Pero lo verdaderamente sorprendente para propios y extraños eran los grandes fines de fiesta, en los que un Errol Flynn totalmente cocido y desnudo obsequiaba a todos con unos conciertos de piano en los que no utilizaba las manos. Dejo a la imaginación del espectador los vericuetos de la interpretación pianística del actor. Flynn murió relativamente joven, creo que a los cincuenta años, bien exprimidos y bien tocados por todos sus jugos preferidos.

En suma, muchos actores pasan por sus vidas muy alejados de lo que aconseja el bienestar facilón y burgués. Se embarcan en vidas que, sin suyas lo son, o que lo son sin ser suyas. Toda su complejidad las hace difíciles, laberínticas, extremadas. Quizá sean los destellos de la excentricidad lo que les hizo diferentes. Quizá ser diferentes les hace ser excéntricos.

Mientras tanto, nosotros quizá nunca lleguemos a exprimir de ese modo esas medias naranjas, ni se nos encasquillará el gatillo, ni buscaremos el placer en apnea. Quizá seamos más felices. Pero nunca seremos diferentes.

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