— Verba Volant

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Dignidad

Russell Crowe, Gladiator

Me gusta Gladiator (de hecho, ya he hablado una vez de ella aquí). Mejor dicho, me apasiona. Por muchos motivos, tantos como entradas podría escribir. Pero hoy voy a dar otra razón de mi afición por esta película: es la historia de un vencedor que ya ha sido derrotado o de la derrota de un vencedor. Emocionalmente, nos sentimos atados a esta historia permanente de la derrota a través de la victoria. A Máximo le han arrebatado todos los méritos que ganó en el campo de batalla por las conjuras y las envidias propias de la mediocridad. Y, en ese momento, comienza la historia magnífica de un ser humano que decide sobrevivir. No es cierto que quiera ganar, porque lo ha perdido todo. Su historia es demasiado grande para tratarse de una venganza. Su personalidad es demasiado fuerte para ser tildada de arrogante.

A Máximo Décimo Meridio solo le quedaba luchar: sabía que era la única manera de que se supiese que había perdido. Porque, aunque Máximo no lo sabía, la eternidad no existe.

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Hablé de la educación cívica (y de la falta de ella) hace muchos años en una entrada, titulada “Politesse”. En ella rememoraba una pequeña anécdota vivida en el metro de París. Es tan significativa que recomiendo vivamente su lectura antes de seguir con estas líneas. Hoy, a raíz de un par de experiencias personales acaecidas en las dos últimas semanas, me veo empujado a volver a tratar de la falta de cortesía social.

Vivimos en un país en el que hay demasiados maleducados, demasiadas personas que no matizan las palabras con la adecuada moderación. Y no me refiero a momentos en los que las circunstancias empujan a elevar el tono o en las que aflora el instinto asesino por la supervivencia. Me refiero a momentos totalmente serenos de nuestro día a día.

Vemos con frecuencia a personas que, sin más ni más, se creen con todos los derechos del mundo y, además, se atreven a defenderlos sin la necesaria prudencia, sin el filtro de las palabras recatadas. Vivimos en un país en el que a muchas personas se les ha olvidado a decir las cosas con educación (puede también, que nadie le haya inculcado). Se lo enseño constantemente a mis alumnos de Pragmática: lo que se quiere conseguir detrás de una expresión como “Pásame la sal, joder” y otra como “¿Me podrías pasar la sal, por favor?” es el mismo, pero con la segunda tenemos muchas más probabilidades de sazonar nuestra comida a nuestro gusto. La educación, por supuesto, debería ser una cuestión de principios sólidos pero, ya que no siempre es así, debería ser, al menos, una cuestión de imagen social, de proyección social de nuestro yo. Y el yo que proyectamos con nuestros actos y con nuestras palabras es denigrante y devastador. Y el otro, aquel a quien hablamos, queda como un petimetre al que solo consideramos como un obstáculo para conseguir todo aquello que nos proponemos.

Tuve la desagradable experiencia ayer con  una situación de este tipo: todas las cosas que venía haciendo como un favor y como un añadido voluntarioso a mi quehacer diario se volvían en mi contra como reproche cuando no llegaba a mantenerlas (o a intensificarlas). Hemos perdido el norte de la gratitud y hemos pasado al desvarío del yo desquiciado y egocéntrico. Y, para evitarlo, deberíamos pararnos, reflexionar y pensar, alguna vez, en considerar al que tenemos enfrente. Con esa educación. La que nos falta.

(Imagen de Ferrán Jordà.)

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Estás convencido de que es un trato injusto. Has dado muchas vueltas al asunto, tantas como para converte de que no es resquemor, de que no es pena de uno mismo. Te das cuenta del odio que anida en las decisiones. Percibes el desprecio que se cobija en cada gesto y en cada ausencia. Has intentado ver las cosas con una perspectiva amplia, en la que ya no te importa lo que te afecta directamente a ti, sino en lo que gira en tu entorno más inmediato; en lo que puede pensar alguien que no entienda ni una pizca del contexto. Piensas que la vida es un entorno hostil en el que no solo tú has tirado piedras, dado que a veces has recibido impactos contundentes que te han hecho daño a ti también. Por otro lado, has estado bien considerado solo en los tiempos en los que, por obligación o por educación, tenías que callarte, tenías que permanecer manso, tenías que bajar la cabeza y aguantar una a una todas las collejas. También tienes presente que no todo ha sido malo y que sería injusto contemplar la realidad exclusivamente con unas gafas ahumadas. Y que, en este mundo, si fuera en blanco y negro, habría ya 256 tonalidades y, por lo tanto, el mundo colorido es, por obligación, por propia esencia, un mundo lleno de matices.

Y sigues pensando. Y ves, que en el fondo, quizá la culpa no sea suya, que quizá estén en su derecho de comportarse de la manera habitual. Y, por lo tanto, también tienes muy claro que la culpa de todo esto la tiene solamente la persona que consiente y ha consentido que te traten a su antojo, como un leproso. Que la dignidad es cosa que uno defiende, pero que tienen que sustentarla los demás para que todos estemos de pie, que es la forma más sana de mirar a la cara al mundo y a sus desdichas.

(Imagen de Mario Izquierdo.)

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El bloqueo indirecto es un tecnicismo propio de las técnicas de ataque de un equipo en baloncesto: el jugador que lleva el balón –por ejemplo– pasa el balón a un jugador y va a bloquear (es decir, a intentar liberar a un compañero suyo del defensor) al jugador del lado contrario para que el que tiene la pelota se lo pase y pueda entrar o tirar a canasta. Cuando un buen entrenador quiere que su equipo juegue “por conceptos”, todos los jugadores entienden que el sistema más eficaz es agilizar el ataque por medio de bloqueos indirectos. Y los entrenamientos están plagados de variantes defensivas para evitar esa estrategia tan letal para sus equipos.

No, amigos, este blog no se ha convertido en un blog baloncestístico (y el nombre Bloqueo indirecto sería una denominación magnífica). A lo largo de un tiempo llevo viviendo y sufriendo circunstancias personales (a mí me toca ser el equipo defensor y, lo peor, soy el único jugador del equipo) en las que existe una estrategia para dejarme clavado vitalmente a las primeras de cambio. Llevo tiempo callado, porque cuando hablo parece que se desatan tormentas. No obstante, estoy harto (y más que harto) de jugar en inferioridad de condiciones. Estoy harto (y más que harto) de que algunos jueguen conmigo a capricho mediante la táctica de los bloqueos indirectos. Estoy harto (y más que harto) de desempeñar el papel de defensor resignado. Sólo quiero advertir, por aquello de las comparaciones (y de los contrastes), que en el baloncesto existe la regla de los 24 segundos: un equipo no puede estar atacando hasta agotar el tiempo, sino que sólo dispone de 24 segundos para organizar el ataque y tirar a canasta. El tiempo se acaba y, más tarde o más temprano, sonará la bocina. Y entonces veremos lo que pasa.

(Sí, hacía tiempo que no escribía una entrada de estas. Y no, no voy de víctima. Y sí, escribo esto porque el blog es mío y es casi la única cosa que hago en el mundo tal y como me da la gana. Y sí, voy a seguir diciendo cosas hasta que me salga de los cojones. Y no, no pienso que estas reflexiones sobren; no leerlas es tan sencillo como no entrar en la página. Y sí, la mayor parte de los días escribiré sobre otras cosas, pero creo que esta también puede servir de reflexión general extrapolable para otros individuos y otras circunstancias. Y sí, necesitaba escribir esto.)

Imagen de Erio.

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Hoy será la última vez que el canal televisivo CNN+ emita su programación habitual en directo y, finalmente, cerrará definitivamente sus emisiones el día 31 de diciembre. Se ha hablado, escrito (y tuiteado) mucho y, en el fondo, todo el mundo parece coincidir en que era algo inevitable. Desde luego, la televisión más rentable no tiene por qué ser la mejor y, a la inversa, la mejor televisión no será nunca rentable (y por eso, en otros países, suele estar al abrigo de un canal de pago). En el caso de CNN+, es uno de los pasos más que sufriremos con la fusión de Cuatro y Telecinco: mucho me temo que Cuatro será, cada vez más (de hecho, ya se nota), un poco más Telecinco, y eso es una pésima noticia para la televisión, para la cultura, para la información y para el entretenimiento. Sí, es cierto, hasta el más tonto (y, a veces, el más listo) puede pasarse cinco minutos Sálvame. También puede estar viéndolo cinco horas, cinco días, cinco semanas. Si es pertinaz y aguanta, puede verlo durante cinco meses. Pero creo que cualquier mente sensata piensa que, pase lo que pase y sea lo que sea, los programas de ese tipo son prescindibles. Lo mismo ocurre con el resto de programas, porque el modelo televisivo de Telecinco tiende a repetirse con otros nombres y en todas partes: todos los programas, en el fondo, son lo mismo.

Para hacernos una idea de lo que supone la desaparición de CNN+ basta con coger el mando a distancia y zapear canal por canal de ese invento que es la TDT (que iba a ser la releche, decían; que iba a tener mil y una posibilidades, decían; que iba a aumentar la oferta, decían; que iba a estar en la vanguardia tecnológica, decían; que iba a subtitular e iba a dejar apreciar los idiomas originales, decían). Después de haber hecho el paso rápido de un canal a otro hasta el final del largo recorrido, ¿qué nos queda? ¿Cuántas propuestas merecen auténticamente la pena? Y, por esta ocasión, no vamos a frivolizar y hacer chistes fáciles con La 2. Los debates no son debates, sino lugares para el grito y la falta de respeto, cuando no un toma y dale ideológico que ruboriza a toda persona juiciosa. Los informativos, a los pocos minutos, se van acercando a la noticia tonta o a la crónica de sucesos, para después dedicar casi todo el pastel a una información deportiva cada vez más sesgada por los derechos de retransmisión de cada cadena. Las noches se convierten en un desfile de taumaturgos, adivinos, loteros y teletiendas. Casi han desaparecido las buenas películas (si las hay, siempre ponen las mismas). Nos tenemos que refugiar en los rincones de internet para ver las grandes series de televisión en su idioma original. Los programas y espacios musicales han desparecido (o, irónicamente, aparecen en algunas de las cadenas de telemierda a las seis de la mañana: lo juro).  Los canales autonómicos sirven para que cada paisano vaya teniendo la sensación de estar pagando impuestos para dar dinero al localismo sesgado, al programa reciclado y a los noticieros de saldo. Mientras en algunos canales van haciendo acopio personajes mediocres, incultos y de baja estofa para instaurarlos como modelo social, un conjunto de buenos (en algunos casos, excelentes; en unos pocos, insustituibles) profesionales tendrán que abrir sus paraguas para esperar ofertas para una salida laboral cada vez más difícil y casi imposible en la televisión.

Con este panorama, parece que CNN+ no tenía sitio en la parrilla televisiva. Si no fuese porque va a ser una verdad incontestable, parecería que estamos de cachondeo. Y, no, hoy no podremos decir eso de “CNN+ somos todos” porque, dentro de unos días, CNN+ no será nada. Ni nadie.

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En esto de la muerte, por aquello de lo irreversible, es conveniente ser cautos y no tomarse las cosas a la ligera. Por eso mismo, tengo que empezar diciendo que la muerte de Rayán, el hijo de Dalila, la mujer fallecida a causa del virus de la gripe A, espanta por  el modo en el que se ha producido y se agiganta por el contexto general de desgracias que ha destrozado para siempre a una familia y, por extensión y como muestra, a un número mucho mayor de personas. Intento ponerme en el lugar de Mohamed y casi no encuentro excusas para calarme al hombro un AK-47 y empezar a pegar tiros de dolor y desesperación a todo dicho viviente.

No puedo hablar de lo que no sé, y menos aún de lo que sé un poquito y de manera incompleta, pero la muerte de Dalila tiene sesgos que invitan a pensar en una pirámide escalonada de errores, visibles o invisibles, que ayudaron al virus a llevarla hacia la tumba. En lo que a la muerte de Rayán, el bebé, la equivocación duele hasta alcanzar lo incomprensible. Una sonda se acopla al sitio equivocado y explota el desastre. Insisto: irreversible.

Tampoco creo que sea hoy el momento ni el lugar para atacar o defender a los médicos y al personal sanitario en general. Sería, en todo caso, más fácil hacer lo primero que lo segundo. Como declaración de intenciones, he de decir que yo, en general, me pongo de parte del personal sanitario. Yo me equivoco todos los días miles de veces. Muchas veces, habré cometido errores importantes y las consecuencias han podido ser importantes (un suspenso puede marcar la vida de un alumno, una décima puede privar de una beca), pero, salvo desconocimiento, mis prácticas deficientes como docente no han conducido nunca a errores letales. Eso se debe a que soy profesor y no un médico o una enfermera. Si lo fuera, igual las cosas no serían lo mismo. Adelanto también que conozco en la carne de mi familia algunos errores médicos casi fatales, así que no hablo de lo que no he vivido. Aunque también sé que he vivido y sobrevivo gracias a la actuación de muchos profesionales a lo largo de mis cuarenta y tres años de vida, lo mismo que muchos integrantes de mi familia. Pese a todo, no comprendo esta muerte de Rayán. Ni siquiera deseo que entre en mi cabeza.

El terror que ha producido esa muerte va a tener consecuencias, así que veremos su medida y sus consecuencias. Pero no me gustaría olvidar, en este caso, el honor. En un mundo –y en un país– en el que nadie es culpable de nada, en el que todo quisque escurre el bulto para esonderlo en una alfombra ya demasiado saturada en sus bajos, es de justicia alabar el reconocimiento del error y del error por parte del director médico del Gregorio Marañón. Lo fácil, lo habitual, hubiera sido empezar a negar culpas o echárselas al maestro armero. Se abrirá una investitgación. Se encontrarán culpables. Rayán no vivirá para contarlo (no hay que olvidarlo ni por un momento), pero alguien con un mínimo de decencia se ha puesto delante de un micrófono y ha reconocido, en un mundo que suele circular por los carriles que van de la hipocresía al cinismo, que una persona en el Gregorio Marañon  la ha cagado como no puede cagarla nadie. Porque era humano y, por lo tanto, suspectible de ser despistado, inútil o imbéci.l En lo humano está su culpa, en lo humano está su penitencia. Olé los cojones de la directiva del Gregorio Marañón, con la que le va a caer encima.

(La imagen de la entrada, de Quino, es digna de ser tomada muy a broma, lo que es equivalente a decir que va muy en serio.)

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La gilipollez humana no tiene límites. Bueno, sí los tiene: tiene límites en forma de cupo. A mis alumnos de “Medios de comunicación y sociedad” suelo comentarles lo peligroso que es que los temas sociales aparezcan tan frecuentemente adscritos a las páginas sobre asuntos “nacionales”. Así, los marginados pasan a engrosar el capítulo de problemas, pero no el problema de víctimas. Y las víctimas pasan a engrosar las páginas de sucesos cuando la sangre ha llegado al río (nunca mejor dicho). Por lo tanto, propongo a nuestros dirigentes que cambien los cupos por lotes. Como la palabra lote es española, ha entrado en desuso: ahora lo fetén es decir pack, así que hagamos la sandez de utilizarla con un buen fin. Propongo -decía- que la policía establezca packs de inmigrantes y se los cambie con los de la comisaría del distrito de enfrente: “Comisario Bermúdez, que tengo un pack de negro de Kenia, colombiano y pakistaní. ¿Me lo cambias por uno de ecuatoriana, ruandés y rumano?”.  A lo que Bermúdez dirá: “Joder, Mínguez, no me hagas la putada. Con lo que me ha costado atrapar al ruandés, que el muy jodido se escondía en lo oscuro”. “Bueno, Bermúdez, menos mal que estamos finos. Me acaba de llegar una remesa de búlgaro, marroquí y una polaca. ¿Hace el cambio?”. “Bueno, me lo quedo por el búlgaro, que es ropa de marca… ¿Cómo, que un búlgaro es un tipo de de Bulgaria? ¡Haberlo dicho antes!”.

Vistas así las cosas, los chinos almacenarían estos packs de inmigrantes en sus almacenes ilegales y la policía, en vez de redadas,  los compraría allí a precio de costo… digo de coste. Todos estarían tan contentos. Sobre todo Rubalcaba, que ha tenido la gentileza de aportar varios testimonios distintos, lo que es un equivalente -me temo- de tirar la piedra (o dejar que alguien la tire) y esconder la mano.

En fin. No diré lo que otros han dicho con mejores argumentos y mejor estilo. Sólo me queda por recordar una palabra de Rubalcaba durante su declaración: delicuencial. Nos hemos acostumbrado tanto a utilizar anglicismos del tipo educacional por educativo que se nos ha debido olvidar que existe la palabra delictivo… que no es sinónimo de nada, más que de sí mismo. “Empacketad”, policias, haga cupos, señor ministro. Y refresquen todos su vocabulario… y sus ideas (si es que ambas cosas no son lo mismo).

(Imagen de Junior Ribeiro)

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Tizas

Después de la entrada de ayer, sólo me queda -por ahora- descender a algunos pormenores. Por ejemplo, el hecho de que, como apuntaba Isabel Huete en uno de los comentarios, en la enseñanza hay un poco de todo. De hecho, no toda la tradición es mala ni toda la innovación buena. Seguro que algunos elementos de la enseñanza tradicional son buenos y algunas de las novedades de la novedad son vacías y nefastas. En cualquier caso, yo sigo alabando la labor de algunos compañeros que entregan generosamente su tiempo para agilizar la enseñanza adaptándola a los nuevos tiempos, compañeros que dedican sus esfuerzos a cambiar para bien el rumbo metodológico de la educación. Pondré dos ejemplos burgaleses que me vienen ahora mismo a la cabeza: Luis Oña, profesor del IES Félix Rodríguez de la Fuente de Burgos, que dedica sendos blogs a la enseñanza de la Geografía y de la Historia es un caso de entrega variada y pormenorizada. Y Luis Barriocanal, psicólogo y orientador, que lleva muchísimos años en el mundo de las aplicaciones informáticas enfocadas al mundo de la enseñanza (es un experto en Joomla), que imparte cursos para difundir sus enseñanzas y que colabora activamente en el diseño de muchos sitios web educativos. Me he querido detener hoy en el ámbito de la Enseñanza Secundaria. A veces tan tan despreciada, a veces tan olvidada. Y, para acabar, por si alguien no sabe lo que es afanarse en el mundo de la educación, recuerdo las siempre ilustrativas palabras del Diccionario académico: “Entregarse al trabajo con solicitud congojosa.- Hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir algo.- Trabajar corporalmente, como los jornaleros“. Eso es afanarse: nunca un verbo intransitivo tuvo un objeto más directo. Eso es afanarse. El resto es… otra cosa.

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Letras

Acabo de escuchar la información existencial meteorológica. El tiempo para hoy, muy nuboso en mi ciudad Posibilidad de lluvia durante todo el día, con chubascos esporádicos durante la mañana y una noche que acabará mojándonos con seguridad casi absoluta. Esto significa que las moléculas de nuestro cuerpo estarán privadas tan tempranamente de abrigo que sentiremos frío. Durante todo el día. El viento azotará nuestro rostro y podrá haber nieblas que dificulten algo, parcialmente, nuestra visión. A dos grados, con viento y con lluvia, apetece mantenerse al abrigo del tiempo, de los vaivenes del clima. Refugiarse en casa o no asomarse demasiado a la realidad, no vaya a ser que la nariz se nos quede fría. Con el miedo metido en el cuerpo, me acurruco en el diccionario. He aquí los resultados.  Las palabras, las ponéis vosotros (apuesto lo que queráis a que no sois capaces de adivinarlas), en estos días de tiempo adverso:

“Conformidad de algo con otra cosa en naturaleza, forma, calidad o cantidad. Correspondencia y proporción que resulta de muchas partes que uniformemente componen un todo. Principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos”.

“Conjunto de todas las virtudes, por el que es bueno quien las tiene. Atributo de Dios por el cual ordena todas las cosas en número, peso o medida. Ordinariamente se entiende por la divina disposición con que castiga o premia, según merece cada uno”.

“Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo. Blandura, suavidad”.

“Cualidad del que corrompe el estado habitual de las cosas”. “Que no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano”.

El tiempo, ya lo he dicho, frío. Nuboso. Posibilidad elevada de chubascos. Así durante toda la vida. Maldito otoño.

(Imagen de Alberto Gil)

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