— Verba Volant

Archive
Futuro

20131201-190028.jpg 20131201-190043.jpg

 

Es cierto: el mundo de los libros, del cine, de los discos, del periodismo y de otras industrias culturales se va al garete. ¿De quién es la culpa? No lo sé. Juro que no lo sé. Pero no estoy nada de acuerdo con la respuesta, casi unánime, que se da desde el mundo de la industria: la culpa es de la cultura del todo gratis y de las descargas ilegales. Parecemos olvidar que la industria estaba antes y las descargas ilegales después. También olvidamos que hubo un momento de vacilaciones y de decisiones equivocadas, que a veces perduran. No voy a hacer una entrada extensa, sino que voy a comentar algunos pocos ejemplos.

Empecemos por el cine. Los que hemos al cine durante toda una vida, sabemos que no hay nada comparable con ver una historia en pantalla grande (no olvidemos esto de las pantallas grandes: algunas salas de multisalas tienen una pantalla, en proporción, más pequeña que la de algunos televisores actuales). La costumbre de ir al cine se mantenía incluso en grupos de jóvenes que aprovechaban con deleite el día del espectador. En un momento determinado, se nos convenció de que ir al cine era acudir a un espectáculo carísimo por el que, además de las entradas, teníamos que ir avituallados por chocolatinas, palomitas y bebidas gigantescas. Comprar una película en vídeo primero o en DVD después no era nada barato. ¿Qué ocurrió? Qué la gente vio que podía ver una película gratis en su casa por… nada. No es que no se quiera ir al cine: las iniciativas recientes de abaratar durante unos días el precio de las entradas nos demuestran que seguimos queriendo ver el cine en pantalla grande. En cuanto a pagar por ver el cine en casa, la decisión inicial de hacer tanto negocio por las copias ha llevado al negocio hasta su destrucción. Cuando han querido reaccionar, ha sido demasiado tarde.

Podemos hablar del mundo de las series de televisión. Primero llegaron las iniciativas de los canales de televisión generalista, que acabaron con nuestra paciencia inundando de publicidad y alargando algo que podíamos ver descargado en menos de cuarenta y cinco minutos. Algunos de los aficionados descubrimos que podíamos ver una serie subtitulada al español traducida por un colectivo de personas de forma desinteresada justo al día siguiente de ser estrenadas en su país de origen. Una vez más, cuando se han visto con el agua al cuello, han intentado reaccionar, pero ya es tarde. En este caso concreto, yo estaría dispuesto a pagar de mil amores u a cantidad razonable por ver casa capítulo de mis series favoritas… o por una tarifa plana que me permita verlas todas. En otros países, ya es posible. Aquí no nos dejan.

En el mundo de la música, llegó un momento en el que comprar un disco costaba un ojo de la cara. Poco a poco, además, el concepto de disco se reducía en muchos casos a dos canciones decentes y diez mierdas de relleno. Cuando llegó el momento de pagar por los discos un precio razonable, alguien descubrió que se podía hacer gratis de forma rápida.

Vayamos a los periódicos. Las plataformas digitales mediante las que podemos leer periódicos nos ofrecen un producto viejo: el PDF poco mejorado del periódico que se puede leer en papel. Poco importa que hayas pagado religiosamente: no te enterarás de las novedades y, además, antes de entrar en cada periódico concreto te abrasarán con publicidad.

¿Los libros? Cuando me compré mi primer lector de libros electrónicos, estuve durante dos horas intentando comprar un libro determinado de forma legal. Me fue imposible. Durante el proceso, mi experiencia fue un auténtico tutorial en el que conocí de forma fácil y accesible plataformas que me lo ofrecían gratis. Además, en España somos doblemente imbéciles. El ejemplo de las imágenes de esta entrada es suficientemente ilustrativo: un libro no cuesta lo que nos dicen que cuesta, porque vemos que en Estados  Unidos los precios son otros. Y el desfase no se debe solo al IVA. Cuando la diferencia entre el precio de un libro en edición electrónica y la edición en papel sea justa, la gente comprará y no descargará libros. Bueno, me equivoco: habremos llegado demasiado tarde.

Para que no haya dudas de lo que escribo y no se interprete de forma errónea, diré que soy de los que paga. Me he gastado dinerales en todos esos productos y sigo pagando por muchos de ellos. En el caso de la prensa digital, ya me he hartado y me daré de baja de Kiosko y Más y Orbyt. En el caso de los libros electrónicos, me estoy cansando ante la injusticia de unos precios que no tienen sentido. Eso sí, no dudo ni un momento en comprar cuando tengo la sensación de no ser timado. ¿Música? Hay grupos excelentes que ponen a nuestra disposición de manera gratuita. En otros casos, pago por cada canción y no compró el reto de la porquería que ofrece el disco. En cuanto al cine, ya no voy. Me gusta ver el cine en versión original y lo busco donde me lo ofrecen. Y, en el caso de las series, las veo religiosamente el día después de ser estrenadas también en versión original. Algún idiota perdió la oportunidad de hacer negocio conmigo. Igual no es demasiado tarde. Pero, a lo mejor, los listos o los inadaptados, por querer ganar tan pronto, han perdido definitivamente la partida.

 

 

Read More

Caducidad

Lo he comentado en alguna ocasión: regulo las fechas de mi vida a corto plazo con la caducidad de los yogures, a medio plazo con las cajas de leche y, a largo plazo, con la caducidad aproximada de los envases de tomate frito. Como no soy de cálculos a muchos meses vista, suelo descartar el largo plazo de un tomate en el que no me fijo, así que mi vida se regula por el ciclo lácteo. Como dije en una entrada, es mi  vi(d)a láctea.

Acabamos casi de inaugurar mayo y, sin embargo, mi vista se proyecta hacia el 22 de mayo, fecha en la que caducan mis yogures naturales. Pese al trabajo que tengo por delante, veo que en ese día las clases de alguna de mis asignaturas estarán muy próximas al fin y me deleito ante la inminencia de los muchos exámenes y prácticas que tendré corregidos. Pero, ante todo, mi vista se proyecta hacia la caducidad de mis cajas de leche. Pese a lo que suele ser habitual, no me fijé en el dato en la última compra y hoy, cuando ha tocado abrir caja nueva, me he encontrado con el dato: la fecha preferente de consumo es el día 22 de junio. Para ese día, muchas de las cosas que empezaron casi habrán acabado. Algunas casi para siempre y todavía en el anonimato. Para ese día, el momento del amanecer será más cálido y contrastará con este frío y severo día 4 de mayo, en el que han caído unas copos de nieve rebeldes y un conato de pasar a la primavera a la reserva.

Cuando caduquen esas cajas de leche, el verano se habrá acurrucado con ternura en las ventanas y en nuestros cuerpos. Todo se verá más lejano y, por lo tanto, más cercano. Se acercarán los días de pieles oscuras y de playas y de piscinas. El agua sólo será el pretexto de las piscinas y de las exiguas tormentas. El pasado será contemplado como un proyecto y el futuro como una realidad sumergida entre los peces que nadan en el coral.

Las cajas de leche indican los adioses de lo prometido para convertirlo en realidad, para saciarlo en deuda. Y para que llegue otra noche de junio en la que vea pasar mi vida y mi futuro en un yogur y en otro envase de leche.

(Últimamente estoy un poco vago. Volveré cuando las tapas de los yogures me sean propias. Imagen de (Lolita) • 8.)

Read More

classroom

Desde la envidia consciente pero no combativa de mis 42 años, diré que uno de los mayores dones que he obtenido en los últimos diecinueve  ha sido el contacto constante con jovenzuelos que tienen entre las diecisiete primaveras y las veintitrés. No puedo soportar el resabiado discurso de que la juventud es decrépita y caprichosa y desmotivada y pasota y timorata y pusilánime. Si alguna vez es cierto lo anterior, no es culpa tanto de ellos como de sus padres, de sus profesores, de sus circunstancias. Idealizamos demasiado nuestra juventud haciéndola pasar por responsable, implicada e inserta en el orden cósmico con mil y una perfecciones. Me gusta estar con estos chicos. No creo que sea un complejo de Peter Pan con el que me niego a crecer (me niego a crecer por muchísimos otros motivos, pero nunca por este). Me gusta la chispa, la espontaneidad, la ruptura, la sonrisa que parece adivinar las cosas y no saberlas. Me gusta ver cómo se forman sus cuerpos y sus cabezas. Nunca los comparo con nada ni con nadie, porque ellos son ellos. Son el futuro de lo que nosotros fuimos y que ya nunca seremos. A nosotros nos adocena la vida, el coche de cinco puertas, el sueldo y la tarde de centro comercial, la hipoteca y la puta que lo parió, pero ellos tienen toda la vista puesta en algo que todavía no está. Lo mejor de un profesor son sus alumnos. Lo digo sin peloteo y sin que nadie me escuche, sólo vosotros. Todos los demás estamos para colaborar con ellos y educarlos, pero no para machacarlos, ni para contagiarles nuestros tics y nuestros defectos. Nunca más tendré veinte años, pero me gusta ver a mi alrededor a esos jovencillos. Aprendo todos los días con ellos. Y yo les enseño solamente mis pasados, mis miserias y los cuatro conocimientos de un cerebro oscuro. Va por ellos.

(Imagen de @LupinThe3rd)

Read More

mainblanche

Si me preguntáis cómo he llegado hasta el(los) tema(s) de la entrada de hoy, confieso que no podría dar cuenta de ello. Me pasa como cuando llegas a casa y no recuerdas haber cogido el coche ni tampoco una parte mínima del trayecto. He llegado a un mismo magacín en Internet (Slate), pero en dos ediciones distintas: la francesa y la estadounidense. En las dos aparecen dos artículos interesantes que tienen que ver con los hijos y los padres que paso a glosaros (a mi manera, claro). Dedicaré la entrad de hoy al primero de ellos.

Alan E. Kazdin (profesor de la Universidad de Yale), escribe un interesante artículo titulado “La lecture n’est pas élémentaire”  que trata sobre el eterno problema de incitar a nuestros tiernos infantes a la lectura. El artículo parte de presupuestos mínimos: la situación de la lectura en la escuela es tan preocupante que se trata ahora, al menos, de alcanzar unos mínimos sin los cuales es imposible comprender el mundo (si somos ambiciosos) y de comprender las materias que estudia y mejorar el acceso a determinados puestos de trabajo (si acudimos a los mínimos de los mínimos). Teniendo en cuenta que las estadísticas sobre la capacidad de leer correctamente (entendiendo lo que se lee, claro) son preocupantes, parece que no está de más incidir en las estrategias que puedan mitigar este gran problema social.

Aunque la comunicación por medio del lenguaje sea un aprendizaje natural en los seres humanos, la lectura y la escritura no lo son. Por lo tanto, el proceso de aprendizaje de ambos es más dificultoso que la comunicación oral. Leer no es sino un conjunto de capacidades espefícicas que se unifican en el acto global de la lectura. Por consiguiente, el conocimiento de todos esos componentes específicos va a aportarnos unas vías de solución más eficaces al problema. Estos componentes son: el vocabulario (conocer el sentido del mayor número de palabras), la comprensión (establecer vínculos entre la experiencia humana y lo que aparece en la página escrita), la conciencia fonológica (identificar y manipular las unidades del lenguaje oral como palabras, sílabas, juegos de sonidos, rimas); la descodificación (poder descomponer las palabras para encontrar los fonemas constituyentes y para reconocer las palabras que nunca se habían visto antes), y la soltura para leer de manera rápida, precisa y con la entonación adecuada.

¿El mecanismo para alcanzar todo esto? Para Kazdin, el juego y la implicación de la lectura con la vida cotidiana. Todas las competencias específicas básicas que pueda ir adquiriendo el niño desde que es un bebé son una responsabilidad que debe iniciarse en el seno familiar para luego desarrollarse y complementarse en la escuela. 

Leer a los niños en voz alta desde que son pequeños, dejar que los niños tengan libros al alcance de sus manos, vincular la lectura a una rutina que se repita a determinadas horas del día, escoger lecturas interesantes y dejar al niño poder escoger los libros que se van a leer, jugar con los sonidos y las rimas, cantar y jugar con palabras y frases inventadas…

Con el tiempo, la escritura será una aliada de la lectura. El error (ese mágico y despreciado don humano) le hará comprender las letras y los fonemas de cada palabra. Aunque el niño ya lea en el cole, los padres debemos seguir acompañándole en sus lecturas y tendremos que ser cómplices también de ejercicios de escritura divertidos. Podemos también hacerles partícipes de lo que estamos leyendo nosotros. Incitemos a nuestro hijo a seguir la lectura de una serie de libros o de tebeos con un mismo personaje o tema para que él mismo sea partícipe de su proceso de lectura y haremos de la lectura de nuestros hijos un proyecto a largo plazo.

¡Los diccionarios! ¿Cómo vamos a inculcar la necesidad de utilizarlos si los niños no nos ven hacerlo a nosotros? Tengamos siempre uno a mano y molestémonos en consultar con él los significados sobre los que recaiga alguna duda. Un poco más allá, podemos enzarzarnos con nuestros hijos en juegos en los que el diccionario sea protagonista de nuevas experiencias que vayan más allá de la lectura monda y lironda. Y, más allá todavía, juguemos con las palabras mismas, con sus sonidos, con sus rimas, con sus raíces… No hagamos de la lectura una lección (entre otras cosas, porque nosotros ni sabemos de eso ni es nuestra función), sino un momento de intimidad con las palabras y las páginas escritas.

Regularidad más que ritmo acelarado lleno de frenadas que nos hagan desbarrar. Búsqueda de momentos apacibles y divertidos… Incidencia en la lectura en una lectura en voz alta habitual y amena, incidencia en la pronunciación para que los niños relacionen adecuadamente los sonidos.

Le lectura, qué duda cabe, es una de nuestras asignaturas más difíciles. Como padres y como seres humanos. Pero tiene una metas tan útiles, tan gratas y tan placenteras que merece la pena hacer un esfuerzo… siempre que sea un esfuerzo divertido y metódico. Muchas veces nos quejamos como padres de cosas de las que tendríamos que haber sido protagonistas. Cuando llega el momento de las quejas, quizá deberíamos volver la vista atrás, no vaya a ser que nos hayamos dejado alguna tarea pendiente…

(Imagen de Mainblanche)

Read More

swimming

¿Quién puede saber lo que te he querido? Tú sabes que aún te sigo queriendo. ¿Quieres que me sacrifique a una vida solitaria? Si tú quieres, lo haré. Poco me importó que ni siquiera pudiese escuchar tu nombre cada vez que te veía: yo siempre sentiré lo mismo. Te quiero por siempre y para siempre. Te amo con todo mi corazón. Te amo cuando estamos juntos y te quiero cuando estamos separados.  Cuando -por fin- te encuentre, tu canción llenará el aire. Canta en voz alta para que pueda oírte: todo es mucho más sencillo si tú estás cerca. Y, sí, lo sabes. Si tú quieres, lo haré. Lo haré.

(Versión prosificada -y traducida con toda libertad del mundo- de “I will”, esa delicia de Paul McCartney que tiene la virtud de hacer profundo lo simple. La imagen es de Amanky)

Read More

Mensa Bot

Me gustó mucho aquella entrada de Blogófago dedicada a una aplicación que congela nuestros mensajes para que sean enviados a su destinatario pasado un lapso de tiempo determinado. Y viene a cuento ahora el asunto gracias a una noticia aparecida en la edición electrónica de The Independent (luego la leí en El País, de cuya página he copiado la foto): se ha encontrado en una botella un mensaje de hace 90 años, escrita por el “tío Pete” y dirigida a un soldado americano durante la I Guerra Mundial. Aunque contiene algunos fragmentos de contenido racista repugnante (critica severamente la inclusión de soldados negros entre los combatientes), me gusta eso de preservar los mensajes para el futuro. Lo cotidiano revive en nuestro presente, las pulsiones de otros perviven en nuestra memoria y se comparten las inquietudes con alguien totalmente ajeno en el tiempo y en el espacio. En el momento que unos arqueólogos franceses la descubrieron, el sargento Liepman ha recuperado en nosotros retazos de su vida y el tío Pete vuelve a pasear sus prejuicios ante nosotros. Les hace más humanos a ellos gracias al futuro y a nosotros nos descubre vidas y sensaciones gracias al pasado. Y todo, en una botella de cerveza. ¿No habéis pensado, blogueros burgaleses, que quizá el tío Pete, olvidando por un momento sus atávicos y rancios pensamientos, nos ha mandado un guiño premonitorio desde un día lejano para recordanos nuestro presente? Hacedme caso, que de criptografía sé un rato: Liepman y su tío, en el fondo, quieren que nos tomemos unas cervezas a su salud.

Read More

Reflejos

Desde luego, me hubiese gustado que esto hubiese sido un autorretrete del Sr. K. (o alguno de los productos derivados), auténtico género con reglas a lo cine Dogma 95. Tristemente, es un estado de ánimo.

Hoy he pasado por la luz de la mañana
como el cubo por el brocal de las sombras.
Me he dirigido hacia mi rostro en el espejo
y me ha devuelto una imagen gastada
que no cesa de dar la razón al tiempo.

Mi comer inútil se ha detenido pausadamente
en la quinta patata frita que acompaña
al quinto bocado de un filete
poco hecho, como mi vida.

La tarde de letargo y siesta, la pantalla de un televisor,
la cena y el correo.

Una mirada por la ventana va percibiendo
el tránsito de la transparencia al espejo.
Otra vez el juez, el puñetero juez de mi cerebro.

Y el resultado final, ya lo sabéis.
Dormir un día más
aferrado firmemente
a la almohada y al mundo.
Para no caerme.
Para soñar.
Para esperar otro día, y un espejo nuevo.

Read More

Abismo

Es difícil evitar la tentación: frente al precipicio, te acercas paso a paso al abismo hasta que tu misma sombra desaparece. Tus pies avanzan hasta el último confín, pero tu mente y tu espalda recta intentan sostenerte con el hilo de la esperanza. Enfocas tu mirada hacia un punto fijo, allá por el horizonte, esa frontera lábil a la que nunca llegas, por más que avances. Y tus ojos se detienen en la última nube del último kilómetro que abarca tu obstinada visión. Mueves la cabeza. Una, dos veces: hacia un lado y hacia el otro. Intentas relajar todo tu ser, cansado por mil avatares, luchas y desencuentros. Das la vuelta al pasado y al presente. Y tienes el futuro a tus pies. Sólo falta un pequeño empuje, la decisión de dar un último paso al frente. El abismo se encuentra en el primer desvío, a la derecha. Por una vez, decides pararte y descansar.

(La fotografía es de Nicholas Laughlin)

Read More