— Verba Volant

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Muerte

Jeux de miroirs

No sé por qué, esta pasada noche me he acordado de uno de los ritos que se realizan durante el Shiva dentro de la religión judía. En los siete días después del entierro de un ser querido, la familia y los amigos íntimos se reúnen para, de alguna manera, recordar al fallecido y establecer unos momentos de convivencia y empatía en su recuerdo.

El rito en cuestión consiste tapar todos los espejos de la casa. Existen muy diferentes versiones para explicar los orígenes de esta costumbre y yo soy un ignorante absoluto en lo que al judaísmo se refiere, pero me gusta aquella que afirma que necesitamos un momento de oscuridad, de reflexión. De no mirarnos desde ningún sitio externo para vernos desde el ángulo de nuestro corazón. De olvidarnos de formas para contemplarnos, por fin, a la luz de lo que somos y no de lo que parecemos.

Y creo que, en efecto, nos falta eso a todos. Nos pensamos que somos nuestro reflejo y ahora convivimos con muchos más espejos que distorsionan nuestras esencias. Nos creemos que somos lo que nos dicen, lo que decimos de nosotros mismos en permanente alabanza, lo que contemplamos bajo esa perspectiva afable y condescendiente con nosotros mismos que ahora recibe la palabra postureo. Y las pantallas nos devuelven, a modo de reflejo, la gran mentira de lo que no somos.

Quizás siete días sean muchos, pero no estaría de más prescindir de nuestros reflejos, que solo brillan como las lentejuelas en una permanente verbena sensorial de querernos demasiado intensamente sin contemplarnos más por dentro.

Decía que no sabía por qué me he acordado de este rito, pero ahora reflexiono y me doy cuenta de que tal día como hoy, hace ya unos cuantos años, fallecía mi padre en el antiguo hospital General Yagüe. Pese a sus más de ochenta años, murió en la única planta que le faltó visitar como enfermo (excepción hecha de la obstetricia, claro) y quizás la que más le convenía por su carácter. Durante muchos años yo vi mi reflejo en sus ojos azules y me sentía la persona más dichosas del mundo. En un momento terrible, sus ojos no me miraban. Y, desde entonces, creo que vivo en el permanente luto de un recuerdo entre los reflejos que ya no existen.

Imagen de Bérenger ZYLA.

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RobinWilliams, foto de IMDb

Ya escribí en alguna ocasión lo dolorosa que me resulta la muerte de los grandes actores que nos ayudaron a vivir en un mundo más amplio que el de la estrecha realidad. Hoy voy a hablar de Robin Williams, un actor al que muchos acusaban con razón de excesivo (se puede ser excesivo de muchas maneras y uno puede preferir unas a otras) con razón. Pero todos estarán de acuerdo en que un actor que ha sido Adrian Cronauer en Good Morning, Vietnam, John Keating en El club de los poetas muertos o a Sean Maguire en El indomable Will Hunting merece, más que respeto, unas cuantas reverencias.

Pero hoy no quiero hablar de sus labores de interpretación, sino de su muerte. Como suele suceder en estos casos, la mayor parte de los medios de comunicación y las redes sociales empezaron a soltar trivialidades sin fin y lugares comunes arquetípicos y prefabricados. Su pasado tortuoso por el alcohol y las drogas, sus curas de rehabilitación, su posible y terrible enfermedad neurológica actual… Por otro lado, saltaron todas las palabras gastadas sobre ese actor que nos había conducido a todos hacia momentos felices, sobre el contraste entre el que lo tiene todo y decide, pese a ello, poner punto final a su historia.

Un servidor, que no puede soportar el género hagiográfico, no puede entender el género biográfico. Las vidas se construyen sobre un cemento que todos ignoran y unos pocos ladrillos a la vista que cada cual coloca como quiere. Por muy bien que esté construida la historia desde fuera, siempre estará incompleta porque no conocemos lo que ocurre por dentro de las personas. Creemos que conocemos a las personas con alguna celebridad porque la cámara nos ha mentido con la ficción de pensar las hemos visto en un primer plano que no es el del espejo en el que cada uno se mira todas las mañanas.

Por si fuera poco, nos permitimos establecer juicios de valor sobre la riqueza y la pobreza o, lo que es peor, sobre las decisiones personales sobre la vida propia. Hablar sobre el suicidio y vincularlo a cada historia conocida desde fuera es una aberración y una incongruencia. ¿Qué sabemos nosotros de los demonios personales de Robin Williams? ¿Qué conocemos de todos los dolores agudos o no que podían aquejar su alma? ¿Qué derecho tenemos a opinar sobre una retirada definitiva?

Las historias personales son, en muchas ocasiones, historias de dolor. El que no haya sentido un dolor insoportable durante algunos tramos de su vida no tiene ni puñetera idea de lo que es la existencia. Y, tras el dolor, acechan los terrores, la ansiedad, la depresión, que son males que puede tener cualquiera.

Lo que ha ocurrido es que con la muerte de Robin Williams todos necesitamos alguna respuesta que nos sirva a nosotros. Y lo que ocurre de verdad es que nos olvidamos de lo más importante: nos olvidamos de las preguntas.

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Sepulcro catedral de Exeter

Hoy era un día en el que iba a escribir de las muertes televisivas y televisadas. Iba a escribir sobre la exposición, la explosión mediática, los minutos y minutos de los informativos dedicados a una muerte. Iba a escribir sobre la tendencia, cada vez más frecuente, de poner el hecho por encima de la persona, anteponer la audiencia por encima de casi todo.

Lo iba a hacer. Pero me he dado cuenta de que podría ser interpretado de forma aviesa, más todavía porque casi todos saben que no me gusta nada el mundo del fútbol ni sus circunstancias, centrales o periféricas. Y, desde luego, no lo hago porque no tengo nada en contra de Tito Vilanova. Al contrario, me resultaba simpática la figura de un personaje que, siendo segundo, llegó a ser primero. Y, por supuesto, porque lamento profundamente que una persona muera de esa forma, con esa enfermedad y a edad tan temprana. Y porrque, en general, admiro a las personas discretas, creo que el caso del exentrenador del Barcelona era un pequeño homenaje a los que van por el mundo casi de puntillas pero no para parecer más altos, sino para hacer poco ruido.

Pero lo que iba a hacer en la entrada de hoy –y he decidido no realizar– es mostrar la disconformidad total de engrandecer las cosas con la muerte. Vimos en la tele llorar por Adolfo Suárez a personas que, cuando era el momento, nunca le prestaron su apoyo. Vimos gemir por Gabriel García Márquez a personas que nunca abrieron uno de sus libros. Y ahora vemos llorar por Tito como si él hubiese formado parte inherente de sus vidas.

En definitiva, iba a escribir que todo lo que gira a la muerte y los medios es algo que nos sirve más para teorizar sobre los mecanismos de la psicología social que para cualquier otra cosa. Y, desde el ángulo de los receptores, también nos vale para darnos alguna lección aplicada de sociología. Pero yo pensaba, cuando iba a escribir esta entrada, que la muerte nos la pintan como algo profundamente íntimo, próximo y, por lo tanto, nos están haciendo trampa. Y también provoca que nos engañemos a nosotros mismos.

De hecho, era una entrada que tenía preparada hace unos días. En ella, tiraba de Wikipedia para ver todas las cosas que tienen un significado para mí en un día 25 de abril. Veía que se publicaba Robinson Crusoe, uno de mis libros favoritos. O que el 25 de abril no fue en día triste porque nacieron –en diferentes años, claro– Leopoldo Alas, Ella Fitgerald, Uderzo o Al Pacino. O que el 25 de abril sí nos causó otras pérdidas, tan significativas: Leon Battista Alberti, el maestro renacentista; Emilio Salgari, con el que vivimos tantas y tantas aventuras de piratas; Carol Reed, ese cineasta que nos regaló El tercer hombre; Ginger Rogers, con la que aprendimos que la vida filmada es música y baile; Alan Sillitoe, que nos mostró como nadie lo que luego descubrí tantas veces en los caminos: la soledad del corredor de fondo. Y otros más.

Pero es una entrada que he decidido no escribir, porque escribir sobre la muerte es una cosa que me ha dejado de apetecer a medida que pasaban las horas. Porque prefería dejar la muerte hoy y pasar a otra cosa. Por respeto a los muertos y para no molestar a los que hacen la fortuna con sus óbitos.

Por eso, he decidido no hacerlo. Era ley de vida.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr y está tomada en la catedral de Exeter.)

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JoanFontaine

Cada vez que ocurre es peor: van, poco a poco, muriendo los grandes del cine clásico. Quedan muy pocos. En unos días, se nos han ido Eleanor Parker, Peter O’Toole (este es un poco posterior) y Joan Fontaine. Me cuesta asumirlo y admitirlo. Soportar tanta perdida. Pero no puedo perdonar a la vida –o a la muerte– lo que nos ha hecho. Sobre todo contigo, Joan Fontaine. Dirán que quedan tus películas, es cierto. Que podremos seguir viendo esa sonrisa entremezclada con la timidez o la seducción encubierta. Tendrán razón.

Pero yo sigo deseando que mis sueños lo sean de carne y hueso. Además de Sospecha, una película tan inteligente como mal rematada, te adoré siempre como “la otra” señora de Winter en RebecaEs complicado luchar contra los fantasmas y las realidades entreveladas. Apocada, timorata, siempre dubitativa.

Pero te admiré como actriz casi hasta extremos del delirio en Carta de una desconocida. Con ese amor sobresaliente, admirativo. Contando la verdad en el último segundo. Desde el último segundo.

Prometo no abandonarte nunca, Joan Fontaine. Seguirás en mis sueños lo mismo que tus compañeros de ficción estuvieron en tus pesadillas. Vasos de leche, muertes y desgarros, sinvergüenzas con chaqué. Yo te admiro como aquella actriz que supo sonreír a medias, mejor que ninguna.

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Esta entrada la he intentado escribir muchas veces. La he tratado de objetivar. La he escrito y la he borrado. La he pormenorizado y la he abreviado. Hasta ahora, no he podido con ella porque no puedo con su contenido, que me tiene alerta todas las noches. Que me despierta de súbito. Que se aloja en mis peores pesadillas, en el territorio de los sueños oscuros que enlazan con las realidades. Y noto que tengo que sacar esa angustia hacia afuera, para que no me coma. Quizás nunca pueda superar el miedo que me produce algo que no es un recuerdo, sino algo que siento vivo como el primer día.

Vi morir a mi padre. Un año después, vi morir a mi madre. Y mi memoria ha sufrido recordando cuando estaban en el tránsito. Mi padre, por la tarde, en la planta del hospital que le faltaba por visitar y la más adecuada para él: la infantil, entre dibujos de colores. Mi madre, de un modo más solitario, entre la noche y las vagas tinieblas de una lámpara con tubo fluorescente entibiado con una toalla.

Es imposible describir el momento, porque llega e intentas asegurarte de que no ha pasado. Esperas un último latido. Una respiración. Algo que te conecte con lo que fueron. De repente, descubres con estupefacción que solo quedan sus ojos. Cuando ellos ya no están.

(Imagen de Jef Safi.)

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Hace dos días, como todos los jueves, Álvaro salía con su patinete para ir a entrenar con su equipo de baloncesto. Salía de casa con toda la ilusión de disfrutar de una sesión de entrenamiento en la que pondría lo mejor de sí mismo, en la que olvidaría las tensiones de la semana, que ya pesaba sobre la mochila al ir al colegio por la mañana. Álvaro se impulsaba y notaba pasar la vida un poco más rápido esbozando una sonrisa. Eran poco más de las cinco y media de la tarde.

Álvaro llegaba el siguiente paso de peatones. Miró de lejos al semáforo, que estaba en verde. Cuando cruzaba, un vehículo grande se lo llevó por delante. El conductor del todoterreno tenía el semáforo intermitente. Horas más tarde, Álvaro(15 años, millones de ilusiones) moría en el hospital por culpa de todas las heridas.

Podría alargarse y concretarse más la historia. Podría decirse que los padres se alarmaron al ver, hacia las nueve de la noche, que Álvaro no llegaba a casa. Podría decirse que el conductor, al parecer, se puso nervioso cuando vio al chico delante, que se atoró y confundió de manera fatal un pedal por otro, lo que demuestra lo importante que son, a veces, detalles tan grandes como unos pocos centímetros, como unos pocas décimas de segundo. Podría decirse que se intentó todo lo posible para salvar la vida hasta que ya no se pudo continuar.

En el fondo, todas las palabras que digamos sobran. Las calles se han convertido en canales por lo que navegan los automóviles. Los semáforos se han convertido más en una excusa para regular el tráfico que en una necesidad ciudadana en la que los que no son coches deberían de tener todas las prioridades. La congestión del tráfico nos ha hecho conductores más impacientes, poco observadores de lo que ocurre alrededor.

Hoy he leído que ese semáforo traidor que marcaba luces intermitentes para los conductores se pondrá en rojo cuando los viandantes tengan que cruzar. En el fondo, eso ahora no importa. Álvaro tenía 15 años y nunca podrá tener la ilusión de ir a entrenar un jueves a las seis de la tarde, con la semana acumulada de tareas y un campo de baloncesto para disfrutar de dos horas en las que el mundo se congelaba.

Puta miseria: la regulación del tráfico, las intermitencias, las preferencias. Putas ciudades que, un día, dejaron de pensar que lo más importante eran las vidas.

Va por ti, Álvaro. Por todas las canastas que no podrás meter. Por todos los días que te quedaban y que se quedaron en el tintero. Va por ti, Álvaro, allí donde estés.

(La fotografía pertenece a Alberto Urbina.)

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Quería hablar, muy brevemente, de tres palabras: pueden ser bicicleta, cuchara, manzana, aunque para nuestra familia fueron manzana, caballo, peseta. En cualquier caso, y en cualquiera de sus variantes, son tres palabras terribles. Su olvido es uno de los traumas más terribles: la constatación de que los pequeños olvidos dejan de ser accidentales para convertirse en algo de calado más hondo, más trágico. La convivencia se convierte en un proceso de pérdida de reconocimiento, de pérdida de identidad, de pérdida de lazos con todo lo que nos rodea.

Mi madre comenzó con este proceso hace ya muchos años. Dejó de recordar las cosas que sabía. Dejó de reconocer a su familia. Dejó de reconocer su propia identidad. Y, hace un par de años, dejó de estar en este mundo quebrado y quebradizo, de memorias y recuerdos. Felicidades, allí, en algún sitio, ahora que los destinos, quizá, nos protejan de la memoria.

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Los años pasan de forma tan cruel para el cine que, cada día que pasa, nos quedamos más solos. Aunque soy, en general, poco dado a las nostalgias y poco partidario de que la fórmula “Todo tiempo pasado fue mejor” sea exacta en todos los casos, no puedo evitar sentir que, poco a poco, se está desmoronando el gran edificio de los sueños que construyó el cine norteamericano de los años 40 y 50. Como ya dije en una ocasión, la muerte de los grandes directores y actores que se iniciaron o tuvieron su esplendor en esos años se clava como una puñalada en el corazón.

Hoy ha muerto Sidnet Lumet. El mero hecho de dirigir Doce hombre sin piedad (12 Angry Men) merecería ocupar para siempre un lugar privilegiado en la historia del cine, en nuestra imaginación y en nuestros corazones. Hora y media de una película que se desarrolla casi en su integridad en una sala de deliberaciones de un jurado. Un drama judicial en la que no se juega con el efectismo del antes o del después, que no se enzarza en la batalla judicial entre abogados, fiscales y jueces. Doce hombres, algunos con las ideas demasiado claras, que tendrán la oportunidad de analizar la sociedad hacia el centro y, por lo tanto, la historia de un crimen les llevará a cuestionar sus propias actitudes ante la vida. Una película que se puede estudiar como una disección perfecta de diferente tipo de roles sociales; que puede desmenuzarse desde el ámbito de lo judicial y de lo moral; que puede contemplarse desde la óptica crítica de una sociedad demasiado superficial y categórica; que puede ser un alegato en favor del diálogo espaciado como la única manera de que el camino nos lleve a alguna parte. Pero, sobre todo, una espléndida lección de buen cine: un blanco y negro duro, excelentes actores, un juego muy inteligente de dirección que hace que lo complicado parezca sencillo. Una gran historia bien contada. Y la ficción, una vez más, como la gran maestra de todas las verdades.

El mundo, hoy, nos ha dejado un poquito más solos. Y llegará un día, no muy lejano, en el que ya no sabremos hacia dónde mirar. Menos mal que nos quedarán pantallas en las que nuestros sueños seguirán siendo corroborados por las imágenes, por las palabras, por los destinos de los que nos ayudaron a comprender todo.

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Sí, James Bond rememora África y baila con lobos. Lo que es lo mismo que decir que se el otro día se nos fue John Barry, uno de los grandes. Y van quedando menos…

(Reconozco que, de entre todas sus composiciones, me quedo con el tema de James Bond, que se erige, audiovisualmente, en uno de los comienzos de película más impactantes de la historia del cine.)

John Barry Orchestra – James Bond Theme (From “Dr. No.”)
John Barry – Main Title (I Had A Farm In Africa)
John Barry – The John Dunbar Theme (film version)

Una versión del James Bond Theme: Moby – James Bond Theme (Moby’s Re-Version)

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Embalaje

Iba a escribir una entrada con este tema hace unos días que entroncaba con otra, titulada “¿Mueren nuestros sueños?”. En ella pensaba extenderme sobre el asunto de la muerte de los grandes actores, que dejan huérfana la vida de nuestros sueños. El pasado 29 de septiembre se nos iba Toni Curtis y, con él, se apagaba, una vez más, la posibilidad de ver repetido el sueño de Hollywood. Como tantas otras veces, podremos repetir y repetir los grandes momentos que vivimos no sólo con Con faldas y a lo loco, sino con El estrangulador de Boston, La carrera del siglo,  Espartaco, Los vikingos o Trapecio.

La ventaja que tienen los actores, para nosotros, que no somos próximos a ellos, es que podemos verles renacer en sus trabajos. Podemos volver a soñar en el presente gracias al pasado. Pero hay otros acontecimientos vitales acaecidos en las últimas semanas que me han obligado a escribir esta entrada con otro signo muy distinto. Conozco lo que es vivir de cerca la muerte de los seres queridos. Desgraciadamente, el espanto de la muerte me tocó cuando tenía doce años y he pasado, además, por la muerte de mis padres. Es la muerte vivida de cerca (nunca en primera persona, porque esa será la nuestra). Pero decía que en las últimas semanas la muerte se ha cebado con familias amigas. Pese a la edad (o a consecuencia de ella), se nos fue primero el padre de uno de mis mejores amigos. Luego se nos fue Ángel, que era algo más que alguien cercano, porque no pertenecía a mi sangre pero es lo que más cerca está a ella. Los dos eran personas que habían vivido y, por lo tanto, tienen todo el rédito de la experiencia que dejaron en el mundo. A los dos los conocí hace muchísimos años y, por lo tanto, uno tiene el derecho de considerarlos como algo suyo. En las muertes reales sólo cabe el recurso a la memoria y, por supuesto, a la huella profunda que dejaron en la vida de los que vivieron con ellos.

Otra muerte, de la que me he enterado esta misma mañana, es la de una chica jovencísima, que sufrió su enfermedad con un aplomo digno de encomio. Vivía con la ilusión de superarse y no se resignaba a nada. Exprimía su vida con ilusión y no decaía en el empeño de seguir.  En este caso, la prontitud de la muerte desgarra por su injusticia y su adelanto a la lógica interna de nuestro reloj definitivo.

La muerte se empeña en demostrarnos en que somos mortales, pese a quien pese y pase a quien pase. Y, ante ella, cuando no hay sueños, sólo nos quedan los recuerdos. Va por ellos.

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