— Verba volant

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Muerte

Quería hablar, muy brevemente, de tres palabras: pueden ser bicicleta, cuchara, manzana, aunque para nuestra familia fueron manzana, caballo, peseta. En cualquier caso, y en cualquiera de sus variantes, son tres palabras terribles. Su olvido es uno de los traumas más terribles: la constatación de que los pequeños olvidos dejan de ser accidentales para convertirse en algo de calado más hondo, más trágico. La convivencia se convierte en un proceso de pérdida de reconocimiento, de pérdida de identidad, de pérdida de lazos con todo lo que nos rodea.

Mi madre comenzó con este proceso hace ya muchos años. Dejó de recordar las cosas que sabía. Dejó de reconocer a su familia. Dejó de reconocer su propia identidad. Y, hace un par de años, dejó de estar en este mundo quebrado y quebradizo, de memorias y recuerdos. Felicidades, allí, en algún sitio, ahora que los destinos, quizá, nos protejan de la memoria.

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Los años pasan de forma tan cruel para el cine que, cada día que pasa, nos quedamos más solos. Aunque soy, en general, poco dado a las nostalgias y poco partidario de que la fórmula “Todo tiempo pasado fue mejor” sea exacta en todos los casos, no puedo evitar sentir que, poco a poco, se está desmoronando el gran edificio de los sueños que construyó el cine norteamericano de los años 40 y 50. Como ya dije en una ocasión, la muerte de los grandes directores y actores que se iniciaron o tuvieron su esplendor en esos años se clava como una puñalada en el corazón.

Hoy ha muerto Sidnet Lumet. El mero hecho de dirigir Doce hombre sin piedad (12 Angry Men) merecería ocupar para siempre un lugar privilegiado en la historia del cine, en nuestra imaginación y en nuestros corazones. Hora y media de una película que se desarrolla casi en su integridad en una sala de deliberaciones de un jurado. Un drama judicial en la que no se juega con el efectismo del antes o del después, que no se enzarza en la batalla judicial entre abogados, fiscales y jueces. Doce hombres, algunos con las ideas demasiado claras, que tendrán la oportunidad de analizar la sociedad hacia el centro y, por lo tanto, la historia de un crimen les llevará a cuestionar sus propias actitudes ante la vida. Una película que se puede estudiar como una disección perfecta de diferente tipo de roles sociales; que puede desmenuzarse desde el ámbito de lo judicial y de lo moral; que puede contemplarse desde la óptica crítica de una sociedad demasiado superficial y categórica; que puede ser un alegato en favor del diálogo espaciado como la única manera de que el camino nos lleve a alguna parte. Pero, sobre todo, una espléndida lección de buen cine: un blanco y negro duro, excelentes actores, un juego muy inteligente de dirección que hace que lo complicado parezca sencillo. Una gran historia bien contada. Y la ficción, una vez más, como la gran maestra de todas las verdades.

El mundo, hoy, nos ha dejado un poquito más solos. Y llegará un día, no muy lejano, en el que ya no sabremos hacia dónde mirar. Menos mal que nos quedarán pantallas en las que nuestros sueños seguirán siendo corroborados por las imágenes, por las palabras, por los destinos de los que nos ayudaron a comprender todo.

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Sí, James Bond rememora África y baila con lobos. Lo que es lo mismo que decir que se el otro día se nos fue John Barry, uno de los grandes. Y van quedando menos…

(Reconozco que, de entre todas sus composiciones, me quedo con el tema de James Bond, que se erige, audiovisualmente, en uno de los comienzos de película más impactantes de la historia del cine.)

John Barry Orchestra – James Bond Theme (From “Dr. No.”)
John Barry – Main Title (I Had A Farm In Africa)
John Barry – The John Dunbar Theme (film version)

Una versión del James Bond Theme: Moby – James Bond Theme (Moby’s Re-Version)

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Embalaje

Iba a escribir una entrada con este tema hace unos días que entroncaba con otra, titulada “¿Mueren nuestros sueños?”. En ella pensaba extenderme sobre el asunto de la muerte de los grandes actores, que dejan huérfana la vida de nuestros sueños. El pasado 29 de septiembre se nos iba Toni Curtis y, con él, se apagaba, una vez más, la posibilidad de ver repetido el sueño de Hollywood. Como tantas otras veces, podremos repetir y repetir los grandes momentos que vivimos no sólo con Con faldas y a lo loco, sino con El estrangulador de Boston, La carrera del siglo,  Espartaco, Los vikingos o Trapecio.

La ventaja que tienen los actores, para nosotros, que no somos próximos a ellos, es que podemos verles renacer en sus trabajos. Podemos volver a soñar en el presente gracias al pasado. Pero hay otros acontecimientos vitales acaecidos en las últimas semanas que me han obligado a escribir esta entrada con otro signo muy distinto. Conozco lo que es vivir de cerca la muerte de los seres queridos. Desgraciadamente, el espanto de la muerte me tocó cuando tenía doce años y he pasado, además, por la muerte de mis padres. Es la muerte vivida de cerca (nunca en primera persona, porque esa será la nuestra). Pero decía que en las últimas semanas la muerte se ha cebado con familias amigas. Pese a la edad (o a consecuencia de ella), se nos fue primero el padre de uno de mis mejores amigos. Luego se nos fue Ángel, que era algo más que alguien cercano, porque no pertenecía a mi sangre pero es lo que más cerca está a ella. Los dos eran personas que habían vivido y, por lo tanto, tienen todo el rédito de la experiencia que dejaron en el mundo. A los dos los conocí hace muchísimos años y, por lo tanto, uno tiene el derecho de considerarlos como algo suyo. En las muertes reales sólo cabe el recurso a la memoria y, por supuesto, a la huella profunda que dejaron en la vida de los que vivieron con ellos.

Otra muerte, de la que me he enterado esta misma mañana, es la de una chica jovencísima, que sufrió su enfermedad con un aplomo digno de encomio. Vivía con la ilusión de superarse y no se resignaba a nada. Exprimía su vida con ilusión y no decaía en el empeño de seguir.  En este caso, la prontitud de la muerte desgarra por su injusticia y su adelanto a la lógica interna de nuestro reloj definitivo.

La muerte se empeña en demostrarnos en que somos mortales, pese a quien pese y pase a quien pase. Y, ante ella, cuando no hay sueños, sólo nos quedan los recuerdos. Va por ellos.

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Esta entrada no pretende realizar un análisis exhaustivo y sesudo sobre el asunto de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, sino un breve acopio de pensamientos varios sobre estas cuestiones. Así que no espere nadie sistema, ni reflexión metafísica.

A lo largo de mi vida, he tenido sensaciones encontradas y contradictorias en lo que a corridas de toros se refiere. A mi padre le gustaban y me fui contagiando el gusto por este espectáculo. Todavía recuerdo el momento emotivo de compartir el pago de una plataforma de televisión de pago para sentarnos mano a mano a degustar la Feria de San Isidro. Con los toros creo que pasa como con el boxeo, por muy diferentes que sean los dos espectáculos: pasados por el filtro de la razón, probablemente sean actividades crueles y sangrientas; pero, con la emoción vibrando y el corazón como órgano rector de las impulsividades, es difícil para muchas personas no sentirse seducidos por la magia de un tipo plantado ante un toro bien juntito y desafiando a todo para crear belleza.

Los años pasaron y dejé de sentir esas emociones.  Probablemente seguía sintiendo esas mismas cosas, pero fui enfocando mi visión también hacia el lado hediondo y dolorido de la Fiesta. No fue deliberado, ni tenía un ideario en mente, ni quise pasar de la apología de algo a su destrucción. Pasó, simplemente. Y un servidor, que iba siempre a más de un espectáculo taurino al año y que era un fijo delante de la televisión, dejó plantado al espectáculo.

Escribo esta entrada tanto por la persona que fui como por la que soy ahora para preguntarme qué es lo que ha pasado ahora, con la prohibición de los toros en Cataluña. Mienten todos aquellos que dicen que no existen cuestiones políticas, porque en esta vida todo es política, por propia esencia y por etimología. No desgajamos nunca nuestras decisiones haciéndolas asépticas, sino que éstas siempre están contextualizadas e insertadas en un marco determinado, sea éste el que fuere. Y no critico esa decisión del Parlament catalán ni dejo de hacerlo. Ha habido una recogida de firmas, se aceptado una moción y se ha realizado una votación. Cada uno ha votado según unos principios, lo mismo que cada uno de nosotros, de haber podido, habría votado esto o lo otro. Se han contado los votos y ha salido lo que ha salido. Y como todas las votaciones que existen en torno a instituciones democráticas, nos gustan más o menos o las creemos bien o malintencionadas.

Pensemos por un momento en que esa decisión se haya debido a cuestiones referentes con el maltrato a los animales. Está claro que la sociedad ha ido incorporando unos sentimientos muy diferentes a los de hace años respecto a los derechos de los animales: recuerdo cómo en las fiestas del colegio de los jesuitas de Burgos, cuando yo debía de tener unos ocho años, nos amenizaron con una pelea de gallos. A nadie le extrañó, del mismo modo que era habitual por parte de alguno de mis compañeros (a mí nunca me gustó) matar a pedradas a perros o gatos, ahogar ratas y otras actividades lúdico-festivas. Hoy alguna de estas prácticas (¿por qué otras no?) están afortunadamente penalizadas.

Supongamos, pues, que hablamos de dolor y de animales. Está claro que la muerte es un hito suficientemente poderoso como para ser esgrimido como argumento, pero no llego a entender por qué esos mismos que deciden lo hacen sólo parcialmente y no luchan por el maltrato a los animales de otras formas e intensidades. Se está en contra de los toros y se esgrime el argumento de si a cualquiera de nosotros le gustaría que le clavaran una puya, unas banderillas y le remataran con un estoque, todo ello aderezado con unos vaivenes a ritmo de capa. La respuesta es obvia. Pero no entiendo por qué no nos preguntan si nos gustaría que nos pusiesen unas antorchas con fuego en la cabeza y, ensogados o no, estuviésemos a merced de una muchedumbre ansiosa de juerga.

En el caso que acabo de apuntar, hablamos de intensidades. Pero hay una cuestión muy tonta que a mí me preocupa sobremanera, que es la cuestión del tamaño. Y la pregunta es muy tonta: ¿cuál es el tamaño que tiene que tener un animal para que nos importe? O igual es cuestión de reinos animales y el asunto es defender más a los mamíferos que a otras especies, no sé. Pero sigo con lo de la pregunta tonta: ¿no sufre una mosca con los envites de un plástico que la espachurra? ¿No le aterra el acorralarla con las cortinas hasta oír un crujido? ¿No es acoso con resultado de muerte el pulverizarla con veneno? Y ahí viene otra pregunta tonta: ¿sufren los insectos con nuestros acosos y veleidades? Y otra más tonta todavía: ¿nos gustaría que hicieran lo mismo a nosotros?

Es un supuesto muy tonto e ingenuo. Lo sé. Pero no puedo evitarlo. ¿Alguien tiene lista la hoja de firmas?

(Imagen de Didier Bier.)

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Runner

Me acabo de enterar de que el pasado día 25 murió Alan Sillitoe. Sillitoe, en su novela La soledad del corredor de fondo, me enseñó, antes de correr maratones, que los corredores de fondo sienten a partes iguales dos sentimientos intercambiables: la soledad; la libertad. Las zancadas. El sudor. La respiración fuerte pero acompasada. Y todo un horizonte hacia el que mirar.

(Imagen de Hamed Saber.)

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Titanic

Benno Torgler, profesor de economía en la  Queensland University of Technology in Brisbane (Australia), ha publicado un interesante artículo (aquí la reseña en el The New York Times) sobre el instinto de supervivencia y la interiorización de las normas sociales en los naufragios del Titanic y del Lusitania. Por supuesto, las circunstancias de los dos naufragios son diferentes: los pasajeros del Lusitania sabían que cualquier barco británico era susceptible de un ataque alemán; además, probablemente habían conocido la tragedia del Titanic y conocían que las posibilidades de supervivencia eran escasas. Parece que los pasajeros del Titanic observaron de manera bastante estricta y “educada” los protocolos de salvamento para intentar proteger a los más débiles; mientras tanto, los pasajeros del Lusitania optaron por la consigna de “maricón el último” y emprendieron una denodada y avasalladora lucha por la supervivencia.

Sin embargo, al margen de estos importantes factores, lo que me ha atraído del estudio es otra posible causa que ven los investigadores en la reacción de los pasajeros: el tiempo. Parece que el Titanic tardó en hundirse dos horas y cuarenta minutos, mientras que el Lusitania se fue a pique en apenas dieciocho. En tiempos cortos, dicen los investigadores, predominan nuestras reacciones instintivas de supervivencia. En tiempos más largos, el evidente impulso de supervivencia queda acortado y matizado por las normas sociales que cada uno de nosotros ha interiorizado tras cierta preparación genética y un necesario período de aprendizaje.

Me resulta curioso que todo ese tiempo de angustia que vivieron los pasajeros del Titanic les sirviera a muchos para hacer lo que tenían que hacer como seres pertenecientes a una colectividad por encima de la individualidad más instintiva. En el caso de estos pasajeros, no sirvió el dicho de “maricón el último”, sino que imperó una serenidad que, sinceramente, admiro. ¿Qué haríamos cada uno de nosotros en un caso semejante?

(Por cierto, soy consciente de que el título de esta entrada me apartará de algunos ordenadores que pertenecen a redes públicas. Pero la ocasión –y la educación– merecían correr ese riesgo.)

 

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En esto de la muerte, por aquello de lo irreversible, es conveniente ser cautos y no tomarse las cosas a la ligera. Por eso mismo, tengo que empezar diciendo que la muerte de Rayán, el hijo de Dalila, la mujer fallecida a causa del virus de la gripe A, espanta por  el modo en el que se ha producido y se agiganta por el contexto general de desgracias que ha destrozado para siempre a una familia y, por extensión y como muestra, a un número mucho mayor de personas. Intento ponerme en el lugar de Mohamed y casi no encuentro excusas para calarme al hombro un AK-47 y empezar a pegar tiros de dolor y desesperación a todo dicho viviente.

No puedo hablar de lo que no sé, y menos aún de lo que sé un poquito y de manera incompleta, pero la muerte de Dalila tiene sesgos que invitan a pensar en una pirámide escalonada de errores, visibles o invisibles, que ayudaron al virus a llevarla hacia la tumba. En lo que a la muerte de Rayán, el bebé, la equivocación duele hasta alcanzar lo incomprensible. Una sonda se acopla al sitio equivocado y explota el desastre. Insisto: irreversible.

Tampoco creo que sea hoy el momento ni el lugar para atacar o defender a los médicos y al personal sanitario en general. Sería, en todo caso, más fácil hacer lo primero que lo segundo. Como declaración de intenciones, he de decir que yo, en general, me pongo de parte del personal sanitario. Yo me equivoco todos los días miles de veces. Muchas veces, habré cometido errores importantes y las consecuencias han podido ser importantes (un suspenso puede marcar la vida de un alumno, una décima puede privar de una beca), pero, salvo desconocimiento, mis prácticas deficientes como docente no han conducido nunca a errores letales. Eso se debe a que soy profesor y no un médico o una enfermera. Si lo fuera, igual las cosas no serían lo mismo. Adelanto también que conozco en la carne de mi familia algunos errores médicos casi fatales, así que no hablo de lo que no he vivido. Aunque también sé que he vivido y sobrevivo gracias a la actuación de muchos profesionales a lo largo de mis cuarenta y tres años de vida, lo mismo que muchos integrantes de mi familia. Pese a todo, no comprendo esta muerte de Rayán. Ni siquiera deseo que entre en mi cabeza.

El terror que ha producido esa muerte va a tener consecuencias, así que veremos su medida y sus consecuencias. Pero no me gustaría olvidar, en este caso, el honor. En un mundo –y en un país– en el que nadie es culpable de nada, en el que todo quisque escurre el bulto para esonderlo en una alfombra ya demasiado saturada en sus bajos, es de justicia alabar el reconocimiento del error y del error por parte del director médico del Gregorio Marañón. Lo fácil, lo habitual, hubiera sido empezar a negar culpas o echárselas al maestro armero. Se abrirá una investitgación. Se encontrarán culpables. Rayán no vivirá para contarlo (no hay que olvidarlo ni por un momento), pero alguien con un mínimo de decencia se ha puesto delante de un micrófono y ha reconocido, en un mundo que suele circular por los carriles que van de la hipocresía al cinismo, que una persona en el Gregorio Marañon  la ha cagado como no puede cagarla nadie. Porque era humano y, por lo tanto, suspectible de ser despistado, inútil o imbéci.l En lo humano está su culpa, en lo humano está su penitencia. Olé los cojones de la directiva del Gregorio Marañón, con la que le va a caer encima.

(La imagen de la entrada, de Quino, es digna de ser tomada muy a broma, lo que es equivalente a decir que va muy en serio.)

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mario_benedetti

No me gusta que los profesores hablemos de la muerte de los poetas. Parece que estamos ante la obligación de disculparnos, de mostrarnos fingidamente compungidos, de estar en la obligación serena de hacer nuestro trabajo, que es valorar a la poesía y a los poetas. De hecho, todos los días –más o menos– mueren personas más o menos trascendentales para la humanidad, por sus obras o por sus omisiones. De vez en cuando, mueren escritores, artistas, músicos. Y lo siento en lo más profundo del alma, por dos razones, todas ellas egoístas: por lo que supone el “ver morir” a alguien que ha sido un compañero de viaje por la vida; por lo que supone que nunca más va a hacer de guía de la interpretación profunda de lo que es la vida. Todos los días, de cuando en cuando, muere alguno, pero ahora se ha muerto Benedetti. Me da por el saco lo que digamos los profesores en nuestras clases, me da por el culo lo encumbrado que aparezca en los manuales de historia de la literatura, me la pela lo que digan los periódicos, siempre ditirámbicos con todas las muertes de las personas esenciales (“Yo le conocí”. “Qué buen tipo”. “Siempre comprometido con su causa”. “Perfecto en el fondo y en las formas”).

La muerte de Benedetti me ha sacado del momento extático del trabajo para refugiarme, con estas líneas, en un lloro sincero. Benedetti es uno de los pocos (que son muchos, pero no tantos). Es uno de los poetas que me decía cosas complejísimas con una sencillez apabullante. Uno de los pocos que enaltecía el verso haciéndolo fácil. Que decía lo que quería decir y lo que tú hubieses querido decir y no pudiste. Que se atrevió a convertir la tierra de los versos en terrenos fecundos y bellos. Él, que habló de la muerte, ha muerto. Y a diferencia de otros muchos, perfectamente permutables, nadie escribirá como él. Os lo aseguro.

Os dejo con un precioso poema titulado “Pasatiempo”. Todo una parábola de las palabras y de nuestra vida. Y, si no, al Tiempo.

(La fotografía está sacada de la página de El País)

 

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros
ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

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Hospital

Leo hoy una noticia que me ha dejado sin resuello: “la muerte se ha hecho más compleja: morir ya no es dejar de respirar o que el corazón deje de latir, sino perder la capacidad de hacerlo de forma autónoma. Una persona puede seguir respirando y manteniendo las funciones básicas de su cuerpo, y sin embargo estar muerta”. Mi corazón, de repente, se ha encogido de manera brusca, conteniendo la contracción, y todo mi sistema cardiovascular se ha quedado mudo. Por un momento, en ese paréntesis sin respiración y sin pulso, he creído que estaba muerto. El susto ha durado sólo unos instantes. Mis pulmones han vuelto a recibir el aire como el buceador después de segundos y segundos en apnea, mi corazón ha recobrado su fuerza con un latido tan fuerte que casi me perfora la sien derecha. Sin poder alcanzar a comprender los motivos, me ha venido a la cabeza una secuencia de Gattaca, esa maravilla cinematográfica de Andrew Niccol que trata de muchas cosas, pero que se gesta en torno a los corazones cansados. En una secuencia, Uma Thurman le dice a Ethan Hawke: “Tengo más suerte que muchos y menos suerte que otros”. En la era de la ingeniería genética, su corazón tiene una pequeña probabilidad de fallar. Ella no sabe que la persona a la que tiene en frente es Jerome, un superdotado intelectual y con vigora fogosidad muscular, pero también Vincent, un enclenque niño nacido por la vía natural cuyo corazón ya lleva encima unos miles latidos más de los previstos. Un poco más adelante, uno de ellos pregunta: ¿Qué problema tuviste tú en el corazón. A lo que alguien le contesta: “¿Alguna vez te rompieron el tuyo? Fue entonces cuando me di cuenta del corazón, de la respiración y de las enfermedades. Fue entonces cuando me di cuenta de que respiro y mi corazón late. Pero podría estar muerto. Autónomamente muerto.

(Imagen de ortizmj12)

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