— Verba Volant

Lado, corazón, alma, soledad. Razón, existir. Religión. Besos, calor, amor, pasión. Bien, mal, luz, vida. Vida, amor, razón, existir.

Historia, amor.

(Canción tan prosificada de “Historia de un amor” que se ha quedado en el esqueleto de los sustantivos).

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Los delfines han tenido que modificar su modo de comunicarse. Lo cuentan en Yale Environment 360.  Los océanos se han inundado de ruido por culpa de los motores de los barcos (o la explotación de petróleo y gas). En este mundo adverso, los delfines han tenido que simplificar su comunicación con sonidos menos complejos y usando una mayor frecuencia para que se les escuche por encima del ruido.

Como se afirma en el artículo que citamos más abajo, hemos obligado a reducir los complejos patrones de comunicación de los delfines y, por lo tanto, nuestros ruidos conducen a estos bellos animales a disminuir su capacidad de comunicación, la proximidad entre padres e hijos y la cohesión como grupo.

Me temo que muchos de nosotros, como los delfines, nos hemos visto abocados a modificar nuestra comunicación por culpa del ruido con el que hemos invadido nuestro mundo y el de los demás. 

El artículo de Yale Envoronment 360 está basado en el siguiente estudio:

La imagen es de Brian Wilson.

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Temblor y nube, desorden y cuidado, oscuridad y entresijo, cuento y mutismo, lloro y esbozo, escucha y ruido.

Súplica y recuerdo, ausencia y papel, abrazo y supervivencia, cerca y quizá, baile y cuadrado, palabras y farol.

Azúcar y deseo, ardor y calma, rocío y nube, frío y matiz, castigo e infinito, navegación e ímpetu.

Eternidad y horizonte. Perfume y sesgo. Color y mixtura. Roce y respingo. Sintonía y candelabro. Acelga y paraíso. 

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Imagen de Joàn Abella

Si piensas que el mundo no se puede reducir a esto, ponte frente a un espejo y pregúntale (pregúntate) por qué la vida gira, gira y gira sin una razón. Por qué todo viene de la nada, por qué nada permanece, por qué no queda nada dentro de ti.

A veces, no hay nada mejor que estar en silencio y pensar en esa primavera ligera que todavía no ha llegado. Y mirar cómo toda la vida gira infinita sin una razón. Y ver esa vida pasar, contemplar cómo viene de la nada y no queda nada dentro de ti. Sin ninguna razón, gira infinita. Gira y gira.

(Este texto está inspirado en la primera canción que escuché en 2018. Por propia esencia, pertenecería a la serie de canciones prosificadas, pero me guardo la canción porque me da la gana. He dicho… o no he dicho. La fotografía es de Joàn Abella).


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Dices que has llegado al final de uno de tus ciclos vitales, que te cansas de casi todo y de casi todos. Que la vida, cada cierto tiempo, llega a uno de esos puntos críticos en los que esperas que algo se anule, se rompa, se convierta, se transfigure o se transforme.

Afirmas que la vida se constriñe y no te deja respirar con los pulmones a pleno funcionamiento. Que necesitas personas que te aporten algo nuevo, estimulante, interesante y no sean portadoras de sus miserias, infortunios y estrecheces.

Declaras que necesitarías más de un año sabático para quitarte de encima toda la monotonía, la rutina, la reincidencia con tintes de alevosía. Para desprenderte de todos los ropajes, de las cosas respetables para quedarte solo con las importantes. 

Explicas que el mundo gira de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de arriba a abajo y de abajo arriba sin que medie ningún control por tu parte. Y que, en esos giros, te falta el punto de referencia indispensable para situarte. Y que te hartas de lo provinciano, de lo ajustado a las normas de lo de siempre una y otra vez y otra vez más y otra, del porque sí, de lo inexorable. Del tribunal de los hechos inapelables.

Esperas que llegue ese momento en el que todo estalle por los recovecos cerebrales y emocionales, en el que casi todo se convierta en nada y la nada edifique un todo que englobe los nuevos paradigmas.

Imaginas un mundo en un viaje infinito hacia grandes ciudades, hacia paraísos naturales, hacia playas sin fin. Hacia líneas de horizonte nuevas en los que los puntos cardinales sean —ahora— los lugares en los que los ángeles custodios velen por la serenidad de tu alma.

Tu vida ahora está llena de algo frío, indeterminado con todas las determinaciones, que va conquistando tu interior, que ha llegado a conquistar los huesos y está acercándose peligrosamente al corazón. En tu vida, ahora, notas que el calor irradia solo parte de tu superficie, pequeños territorios que sucumben al asedio de lo terrible.

Pero la existencia, lo sabes también —tan bien—, está llena de momentos. Es posible que la clave esté al alcance de la mano. Basta con que realices un giro perfecto y  actives un pequeño mecanismo que expulse parte del frío que pueda alojar tu interior. Pon la mano en tu pecho y verás como, poco a poco, el calor vuelve a conquistar los territorios perdidos. Al menos, de momento. La vida es eso, algo que se resume, de momento. De momentos.   

Imagen de Hernán Piñera.

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Accidente esta mañana en el carril bici de Burgos

Pues sí, voy a hablar del carril bici. Lo he hecho un poco y medio en broma en las redes sociales en estos últimos días, pero hoy he visto algo que me obliga a cagarme en las medias tintas, los olvidos y las negligencias. Así que ahí voy.

Esta mañana, al ir a trabajar a la universidad, me he encontrado con una chica tendida en el suelo, con la bicicleta a sus pies y un par de señoras que estaba llamando al 112 y ayudando con su compañía a la accidentada. Era una chica normal y corriente, una universitaria que coge habitualmente la bicicleta para desplazarse hasta su facultad. No era una persona de mal vivir que se estuviese desplazando a velocidades temerarias, ni una estrambótico que estuviese realizando vericuetos en una yincana urbana. Tampoco se trataba de una subversiva gustosa de contravenir las normas del tráfico y que trae de cabeza a peatones que se asustan de sus actos terroristas. Simplemente, se trataba de una chica normal en una bicicleta normal desplazándose en un día normal… por un carril bici que supone un atentado a la seguridad de los que circulamos por él. Si fuese mal hablado, diría que es un carril bici que, más que digno de broma, es una puta vergüenza. Pero, como soy persona comedida, solo voy a pensarlo y no decirlo.

Cuando hablas del mal estado en el que se encuentra el carril bici en nuestra ciudad, te contestan con toda una batería de sinsentidos. Cuando hablas de la (inexistente) limpieza del carril bici en Burgos te sueltan que de qué te quejas, que Burgos es una ciudad limpia. Cuando hablas de tu experiencia, en la que cada dos por tres un coche está a puntito de causar un problema serio, piensan algo perecido a “Algo habrás hecho, cabrón”, “Os lo tenéis merecido, que hacéis lo que queréis, sinvergüenzas”.

De hecho, hoy he visto el accidente del que hablo en esta entrada desde la acera de enfrente. Soy un delincuente irredento porque, a la altura del colegio Campolara, siempre voy por la acera y no por el carril bici. El tiempo me ha dado la razón. En ese tramo, el espacio es tan estrecho que los peatones se ven obligados a meterse por el carril destinado a bicicletas y el volumen de mierda y hojas caídas en el suelo es tan grande que no se puede circular (ni andar). El que las hojas estén en el suelo es cosa natural del otoño, claro. Así te lo hacen saber cuando te quejas. Lo curioso es que esas hojas no están presentes en otros sitios cercanos: ni en la calzada ni en sitios próximos en los que también hay árboles. Además, esta estación del año tiene otro capricho que no se puede remediar: la lluvia agrava con creces el estado del carril hasta límites insospechables. Y así permanece nuestro carril, adornado con una deslizante alfombra de hojas marchitas y mojadas.

Como decía, yo me he librado porque me niego a pasar por semejante carril, más digno de vías boscosas en sitios recónditos sin casi civilización. Me alejo de los sitios por donde circulan los coches porque ya me han atropellado dos veces sin tener yo ninguna culpa. Evito los lugares donde más peligro hay en el carril bici. A veces, son tan irresponsable como para salirme de este carril en lugares de curvas cerradas o accesos intransitables. Si se tercia, voy por la acera (¡Sí, a la cárcel conmigo! (o, mejor, prisión permanente sin posibilidad de revisión ni indulto). Para que no se abalancen sobre mí a los que les estoy poniendo los dientes largos, diré que intento no molestar nunca a los peatones: paso todo lo lejos de ellos que puedo y, si estoy más o menos próximo al viandante, intento evitar cualquier susto bajando la velocidad y, si es preciso, echando el pie a tierra. Los peatones, que han de ser los reyes indiscutibles de las ciudades, no tienen la culpa de nada y tienen todo el derecho a caminar tranquilos y sin sobresaltos. 

Vayamos a la importante. Para el que no se crea cómo está el carril destinado a bicicletas del que hablo, es el que aparece en la foto que aparece en esta entrada en el momento posterior al accidente (obviamente, he mantenido el anonimato de la chica ocultando en el cuadre su rostro). Por consejo de la persona del 112 (por cierto, la ambulancia ha tardado bastante en llegar), ha permanecido sin moverse en el suelo, ya que el resbalón ha sido fuerte y se ha dado un golpe en la cabeza. Estaba cantado que estas cosas iban a ocurrir (quizás hayan ocurrido muchas otras de las que no nos hemos enterado). Y el excelentísimo ayuntamiento de Burgos sigue manteniendo el carril para bicicletas en un terrible abandono. Las hojas mojadas que han provocado el accidente de hoy no han sido fruto de un día, sino que son el resultado perseverante de un servicio a los ciudadanos muy mal cuidado.

Cuando leáis estas líneas, ya podéis ir soltando toda vuestra mala baba y toda vuestra ira contra las personas que nos desplazamos en bicicleta, pero un día vamos a tener un serio disgusto gracias a un ayuntamiento que no ejecuta bien sus obligaciones. Si la ciudad contase con infraestructuras suficientes y en condiciones para desplazarse en bicicleta, todo marcharía mejor para todos.

(Ya he hablado de bicicletas, coches y peatones en otra entrada hace tiempo. Iba a decir otras muchas cosas, pero mejor me callo).

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Son las cuatro de la mañana y sigo contemplando cómo duerme con ese respirar lleno de calma, entre el calor de esas sábanas que dejan atisbar un hombro perfecto. La penumbra de la habitación devuelve el eco de su presencia: esa blusa arrojada con mimo sobre el sillón, ese pañuelo revuelto en espiral perfecta sobre el chifonier, el bolso entreabierto en el suelo enseñando parte de tu mundo secreto.

Son las cuatro y diez y aprovecho cada instante, con el ansia de retener en mi memoria todos los detalles de nuestra historia. Cada palabra susurrada, cada promesa. La primera vez que bailamos, cuando dos metros cuadrados fueron la mejor expresión del paraíso. Aquella vez que me tomaste de la mano y me llevaste a explorar los momentos más excelsos de mi vida. Ese viaje hacia el interior, el trayecto más fecundo por el que hemos caminado. 

Son las cinco menos veinte. Con la mano escondida debajo de la almohada, solo contemplo la espalda. Me sé de memoria todos los vericuetos de tu columna vertebral, la forma exacta de tus omoplatos. Parte de mi cordura se pierde donde adivino que amanecen tus clavículas. 

Son las cinco y veintitrés y no puedo soportar el avance irremediable de los dígitos de ese cangilón solitario que abandona agua fresca para recoger incertidumbre y soledad. Siento un dolor irremediable, la nada llena mi estómago y siento que, poco a poco, el tiempo apaga todas las estrellas. 

Las horas siguen corriendo por el reloj de la mesilla, que ilumina cada segundo futuro de certero desamparo. Cuando amanezca otra vez, se acabarán todas las auroras. Y solo me queda pedir que el tiempo se detenga entre magnitudes que, sin ella, no significan nada.

Cuando los rayos del sol iluminen otras vidas, yo, sin su amor, no seré nada.

Imagen de RocorCanción prosificada de “El reloj”, ese bolero perfecto, como homenaje a Lucho Gatica

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Me gustaría que me ayudaras a levantarme, tras esta noche llena de susurros. Que nos pusiésemos a hablar de todo y de nada en particular. Lo que pasa es que estás harta de escucharme y tú mantienes la voz en vilo después de haber protegido el aire con tu melodía. Ahora, en silencio, todo parece tan profundo, tan ignoto, tan extraño, que necesito que las voces llenen este vacío de madrugada. Sé que es difícil, que las palabras salen con cuentagotas cuando la garganta está constreñida, pero necesito que hablemos de todo y de nada en particular.

Necesito que me salves. Que me salves de la tierra, del cielo y de todos los venenos. Que busques un poco de aire, que me insufles ese aliento lleno de esperanza. Y quiero que me salves de ver el bosque cuando solo quiero ver árboles. 

Quiero que soples las nubes que anuncian tormenta, que enternezcas las temperaturas del otoño. Que la tristeza no se confunda con el blues. Que ilumines el camino con siete piedras blancas. Que la lluvia sea tenue, lo suficiente para que nos refresque y no nos cale hasta los huesos.

Deseo que me recuerdes todo lo que hemos callado, todos los augurios de las estrellas cuando dejan de brillar, cuando relucen con el alma enfurecida, cuando titilan en momentos sublimes y cuando tiritan en un universo que las dejó olvidadas en lugares demasiado alejados de los mundos habitables.

Te ruego que des la vuelta a todos mis conceptos, que las ideas salgan de ronda con distintos embozos, que las palabras se envíen, se derriben, se vuelquen, se perviertan y se rediman. Que me ayudes a encontrar el olor de los sinónimos y el sudor de las paráfrasis. Que las metáforas se conviertan en la torre, el faro de mi vida, que lo que se calla apuntale todos los edificios.

Me gusta que necesite, que quiera, que desee y te ruegue melodías en voces afónicas, temperaturas dignas de lluviosos climas tropicales, estrellas que se se oscurecen, titilan y tiritan. Metáforas. Faros. Olor de sinónimos y sudor de las paráfrasis. Vistas abiertas a todos los edificios… cuando solo quiero ver árboles.

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Cuando hay cosas claras y evidentes ante tus ojos, pasas directamente, como decía Descartes, a encontrar la primera verdad, la primera sustancia. Renato llegó al “Cogito ergo sum” y un servidor a “Soy un idiota y un impresentable”. Os cuento.

Llegaba hoy a casa con un poquito de prisa porque tenía que acudir a una reunión con dos alumnos en mi facultad. Llego al portal con la bici, saco la llave para abrir la puerta… y un hombre se acerca a mí. Pongo mala cara porque se acerca a mí con una carpeta azul y veo que quiere algo.

Opero, simple y llanamente, con prejuicios. Prejuicios de muchos frentes. La persona no es de aquí. De España, digo. La persona no tiene “buena pinta”. Y “buena pinta” opera aquí como discriminador absoluto, porque no significa que tenga “mala pinta”. Simplemente, no tiene la pinta de lo que un idiota e impresentable puede pensar que es normal.

Antes de que empiece a hablar, acompaño mi cara con un “no tengo tiempo”. Él sigue acercándose insistiendo en hablarme y yo le digo, de forma seca, que llego tarde a trabajar. Lo mejor de todo es que él no toma mi actitud como algo agresivo. Seguramente, esté tan acostumbrado a esas caras y esas contestaciones que las toma por naturales y no típicas de alguien idiota e impresentable.

Cuando habla, me dice “quería preguntarle…” y yo pienso qué tío más pesado, a ver qué quiere pedirme (espero, claro, que me pida dinero, como si pedir dinero fuese un delito si alguien lo necesita).

Me paro, apoyo la bici y espero eso que espero con displicencia “que me pida”. Él, con una sonrisa tan escasa de dientes como llena de dulzura, en un rostro más moreno que el mío y que denota que ha pasado toda una vida con vientos contrarios de todas partes, me pregunta, en un español que se entiende a medias, dónde está la estación de autobuses.

Todo este tiempo es el que necesita un idiota y un impresentable como yo para avergonzarse amargamente de su manera de comportarse, llena de matices discriminatorios. Y no me consuela ni un poco haberme dado cuenta de todo esto. Tampoco contarlo para que algún alma caritativa muestre su  comprensión. Cuando uno es un idiota y un impresentable, se reconoce y punto.

(Espero, por lo menos, que la lección que he recibido me sirva para el futuro: odio a los idiotas e impresentables y, por lo tanto, me cuesta horrores convivir conmigo mismo).

La imagen es de Toni Verdú Carbó.

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Aguas en abril, flores en mayo, en octubre frío, viento, hojas y castañas por lo suelos. Las tiendas acaban de cerrar y no sé de qué verso te deslizaste ni en qué parada de autobuses te perdí. Beso a una estatua de sal mientras se fue mi tren, se fue mi barco y me encuentro solo en mi puerto de mar.

Me visto de terraza sin licencia, me lanzo al cielo en vuelo sin motor, persigo algún indicio de tu amor. Cuando se acerque la primavera, cumpliré años y camino solo por la orilla del río, mientras soy un extraño muy conocido para ti.

Aguas en abril, flores en mayo, en octubre frío, viento, hojas y castañas por lo suelos. Estoy como la fuente de los delfines cuando hiela, mi horóscopo me dice que entro en un túnel sin final y a ti te pone que tienes que huir de la estabilidad y la rutina. Hoy la luna está en cuarto menguante y aún tengo que escribir otro verso de amor.

Las tiendas acaban de cerrar y no sé de qué verso te deslizaste ni en qué parada de autobuses te perdí. Beso a una estatua de sal mientras se fue mi tren, se fue mi barco y me encuentro solo en mi puerto de mar. No vi las orejas al lobo cuando me avisaste: aunque sonría, no soy feliz. Octubre abre las puertas a noviembre, los días se van apagando y, en diciembre no hay tiempo para ir a Madrid para asistir a un musical que me cure y me calme.

Hoy la luna está en cuarto menguante y aún tengo que escribir otro verso de amor.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “Aguas abril”, de Luis Pastor, aquí acompañado de Bebé).




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