— Verba Volant

Small Planets

Es la reina de los planetas, de origen misterioso y errante.  Con órbita, masa y equilibrio. A diferencia de ellos, brilla con luz propia. Diríamos que es una estrella, o nuestro sol, pero su espíritu va mucho más allá de proporcionarnos calor y de brindarnos su luz. Todo lo abarca, desde el amor al cielo, pasando por los mares. Conoce las lunas de Júpiter y los anillos de Saturno. Sabe bien lo que es un gigante helado, pero también los secretos del amor. Amanece, a veces, en dos ocasiones y conoce perfectamente que algunos planetas, como los cuerpos, son más líquidos de lo que parecen. Y, por lo tanto, más libres y menos predecibles. No le hacen falta sondas para explorar las superficies y los recovecos porque sabe encontrar todo lo que no está a simple vista. Conoce los secretos del corazón. Es la reina de los planetas, de origen misterioso y errante. Es un cántico y una alabanza de todo enigma que habita por los universos.

Imagen de Neal Fowler.

 

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Plasticine labyrinth

Llevo muchos días sin escribir. Falta de ideas y ganas, sin duda. No querer escribir determinadas cosas, eso sobre todo. Es poco habitual en mí, pero hay cosas que prefiero callarme (y así va a ser un muchos casos, en muchas ocasiones).

Pero hay una cosa que tengo la necesidad de contar. O no sé si contar o sugerir, no lo tengo muy claro. Y va sobre actos a los que te invitan.

Supongamos que recibes una invitación para acudir a un evento en el que se celebran nosécuántos años de noséqué. Te lo envuelven de forma primorosa y te dicen que eso, que acudas, que te esperan. Tal día a tal hora. Nos lo pasaremos bien. Qué buenos tiempos, oye. Te lo piensas una vez, dos y tres. Por un lado, no te lo esperabas. Por otro, te lo esperas porque no recibir ese papel hubiese sido una acción sumamente desconsiderada. Daño colateral. Esa es la conclusión a la que llegas. Lo tenemos que hacer por cojones. No queda más remedio. Tenemos que invitar a todos, también a este fulano.

Abres los ojos de la imaginación y anticipas el acto. Crees no equivocarte mucho si piensas quienes hablarán y cómo. Y, sobre todo, contemplas meridianamente que el evento no servirá —en la mente del que teje todos los mimbres— tanto para celebrar algo como para que alguien —que teje todos los mimbres— se ponga las medallas acumuladas de tantos méritos impostados. Los edificios y las instituciones tienen (y se merecen casi siempre) todos los años que se conmemoran, ni más ni menos. Y, en ellos, hay momentos de esperanzas, de éxitos y de ilusiones, pero también de desencuentros y de dictaduras, del ordeno y mando como fórmula perfecta, de la sumisión como modelo de supervivencia.

Nadie en su sano juicio puede tener la más mínima duda del cariño infinito que tengo yo a ciertas cosas en la vida. Y si ocurre, como en el caso que nos ocupa, referido a algo en el que has estado implicado —de alguna manera— desde que naciste y se ha prolongado cuando te formaste y cuando maduraste, no se puede decir más. Años y años de relaciones profundas y satisfactorias, de implicaciones y de desvelos. Precisamente por ese cariño, hubo momentos en los que hubo que plantarse, decir que por ahí no pasas. Si algo está mal, se dice y punto. No tenía por qué pasar nada, pero pasó. Porque es mejor estar callado o plegarse. Y en el absolutismo solo cabe uno, hinchado hasta lo más profundo de su ego.

Entonces, cierras los ojos. Se acaba la película. Y dices, para tus adentros, “no”. Hubo ya momentos en los que el lugar quedó protegido con alambradas, no vaya ser que te acercaras. Y eso que hubiese sido siempre para hablar bien y quedarse con lo importante. Por eso, ahora, no es el momento. Lo sientes por todos los que se fueron por allí y se preguntaron dónde estarías. Te sientes como los exiliados que no volverán nunca a su patria hasta que sus lugares queridos estén libres de dictaduras.

Estaré siempre, porque soy de ese lugar por tantas razones que dolería hasta decirlas. Pero no fui, aunque esa patria también sea mía.

Imagen de Peter Shank

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Waiting for Explosure, by Darkday

ELLA. A ver que entre en tu perfil… Sí, espera… “Aventurero. Me gusta el riesgo y que cada día sea una incógnita”.

ÉL. Sí.

ELLA. ¿Aventurero? ¿Riesgo? ¿Incógnita?

ÉL. Sí. ¿Y?

ELLA. Me meo. Casi me meo de risa cuando lo leí y ahora lo mismo. Me meo.

ÉL. ¿Por?

ELLA. Es que igual hasta te lo crees.

ÉL. Claro que me lo creo. ¿Pasa algo?

ELLA. Que no en mi vida he conocido a alguien más predecible. Eres de los que que se acuesta y ya tiene una lista de lo que va a a hacer mañana. Y te aseguro que en tu vida no hay lugar para las incógnitas.

ÉL. Pues no tienes ni idea. Me gusta la vida como un territorio que está por explorar.

ELLA. Dirás –más bien– que  te gusta la vida como un territorio que analizar.

ÉL. No es cierto y lo sabes. Me gusta lo nuevo, los interrogantes.

ELLA. No, nada de interrogantes. En eso sí te ha traicionado el perfil al escribir ese perfil molón. La incógnita es un problema al que hay que dar una solución. Y la vida es algo más que algo preconcebido, te lo puedo asegurar. Te falta vida social, salir al campo y perderte entre las montañas y tirarte a nadar en un lago sin saber a qué temperatura exacta está el agua.

ÉL. Tu piensas que la aventura desaforada y el riesgo sin control…

ELLA. Sí, es que control tienes mucho, madre mía, que si tienes. Que cosa más aburrida. Mucho pensamiento preestablecido y pocas primaveras.

(La imagen “Waiting for Explosure” es de Darkday)

 

 

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"No escape", by Jon Dickson

Se murió Miguel de la Quadra Salcedo y, en un reportaje de RTVE, el gran reportero acababa con una palabra que definía perfectamente su espíritu. La palabra era giróvago. La búsqueda en Google nos da una definición derivada y extensiva, cercana a la noción de vagabundo: “Que va de un lugar a otro sin una finalidad ni un destino determinado” o persona “que no tiene casa ni trabajo y va de un lugar a otro”. Pero también –y de de forma original– giróvago, dicho de un monje, era aquel que, “por no sujetarse a la vida regular de los anacoretas y cenobitas, vetada de uno en otro monasterio”, tal y como nos recuerda el DLE.

Como las casualidades a veces son casualidades, estos días, sin saber muy bien, he rescatado en muchas ocasiones la canción “Here I Go Again”, de Whitesnake. Ni me acordaba que, hace cuatro años, prosificaba la canción en una entrada titulada “Caminando por el único sendero que conozco”. No soy Miguel de la Quadra, claro. Mis visitas al mundo por su exterior han sido mucho más controladas y escuetas, mucho menos audaces, propias de un turista con los ojos abiertos solamente. Pero me siento muy identificado con esa noción en mi visita interior por este mundo tan inaprensible. Y releo hoy lo que escribí en 2012 y veo que me sigue siendo difícil respetar la vida regular, que hay algo en mí, bajo una pátina de aparente conformismo, que siempre me empuja a la escapatoria. Decía: “solo pido tener fuerzas para continuar, para seguir caminando”. Ese camino se refería a uno real y físico, pero también al camino de los sueños. La tozudez me ha hecho apartarme de muchos caminos. Escribía que caminaré hasta que me queden fuerzas. Y ahora releo, pienso y escucho otra canción, “Hero”, de Family of the Year. Y me sigo viendo sin querer formar parte del desfile, de poder seguir susurrando secretos. Sin ser un héroe, siendo solo una persona cualquiera.

Imagen de Jon Dickson. Esta entrada no es, en sentido estricto, una canción prosificada, aunque también pueda serlo en cierto modo.

 

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Everyone wants to be happy

Antes de que te des cuenta, puedes acabar con demasiado frío en el corazón. Por eso, digan lo que te digan, continúa. No importa que crean que estás loco: nadie salvo tú sabe la verdad. Es difícil escuchar las grandes palabras cuando, a tu alrededor, todos hablan tan alto, pero la meta es evitar la caída y, para ello, la mejor medicina es la fiebre que acompaña a tu abrazo. Todo se escurre entre nuestros dedos, menos la lluvia de cicatrices sin dolor.

(Canción prosificada, traducida y modificada a voluntad de “Bleeding Love” de Leona Lewis, con imagen de Nick Kenrick)

 

 

 

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Runners, by Marco

Esta tarde se celebra la Nocturna de Modúbar, una carrera preciosa en la que se contará con 2.500 participantes en las modalidades de carrera, senderismo y canicross. La he corrido en las dos ediciones pasadas y no dudé en apuntarme (tampoco es cuestión de dudar mucho porque, el mismo día en el que se abre la inscripción, las plazas se agotan a las pocas horas). Otros años he entrenado más. En esta ocasión, una molestísima alergia al cloro me ha dejado fuera de la piscina durante mucho tiempo y me ha impedido también prepararme en condiciones para la carrera, ya que casi no podía respirar. Si a eso le sumamos todos los días de lluvia que hemos sufrido (me gusta correr con calor, con frío, con nieve… pero nunca lloviendo), la cosa se ponía cada vez más difícil.

El caso es que la semana pasada, cuando iba entrenando 16 kilómetros a un ritmo lentísimo , pensé que no iba a correr. Que para hacerlo mal no merecía la pena. Que quería hacer la prueba, al menos, a menos de 5 minutos el kilómetro. Que el ácido láctico me iba a atenazar las piernas e iba a estar dolorido durante la prueba y dos días después. Todo eran excusas que me lo ponían muy fácil. Un pequeño tirón en un abductor apareció cuando ya quedaban pocos kilómetros para llegar a casa: pensé que lo tenía claro. Bajé un poco un ritmo –que ya era muy lento– y noté que podía seguir corriendo. Y, en ese momento, decidí que, por supuesto, participaría en la Nocturna. He corrido algún que otro maratón, muchos medios maratones y unas cuantas carreras más cortas y no me he retirado nunca. Y ahora no voy a abandonar antes de empezar. Si corro despacio, ya lo haré más rápido a la siguiente. Por lo tanto, esta noche me enfundaré la malla y la camiseta, me ataré unas zapatillas razonablemente nuevas, me pondré el frontal para iluminar las sombras de la noche y disfrutaré de un gran momento. Y pondré con imperdibles un dorsal que me empuje, un día más, a seguir. Porque no correr no es una opción.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr. Imagen de Marco.)

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Instruct the Ignorant

En 1997, Alan Sokal y Jean Bricmont publicaron un libro que causó un gran revuelo en el mundo intelectual. Se trata de Imposturas intelectuales, editado por primera vez en 1997 y con versión española en Paidós en 1998. En el libro se cuenta cómo uno de los autores, Alan Sokal, logró colar en la prestigiosa Social Text un trabajo titulado “Transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica” (“Transgressing the boundaries: toward a transformative hermeneutics of quantum gravity”) que era una paparrucha llena de palabrería sin sentido, con más notas a pie de página que texto y en el que, dotando de una pátina científica a unos conceptos procedentes del postestructuralismo, dio gato con liebre a los revisores externos, a los editores de la revista y a todos los que alabaron su genialidad.

Más allá de las reacciones en uno u otro sentido que desató el libro, lo traigo a colación hoy, sobre todo, por una cierta tendencia que se vive en la investigación (en Humanidades y Ciencias Sociales, pero también en cualquier ámbito del saber especializado) en la que prima el utilizar, dar la vuelta e incluso retorcer una serie de conceptos para encajar en un esquema de genialidad aparente. Esa misma tendencia que empuja a algunos a decir y decir sin que lo dicho tenga la más mínima enjundia. Pero, claro, se utilizan cuatro palabrejas (y no me refiero, por supuesto, a la terminología propia de un saber especializado), una batería de citas y referencias bibliográficas catapultadas sin piedad en el pie de página, mil y un incisos para que todo discurso lógico se vea alterado y desestucturado para, siendo ilegible, parecer complejo.

Todo esto, por supuesto, no es nuevo. José Cadalso ya lo criticaba en el siglo XVIII en su sátira Los eruditos a la violeta, que atacaba la erudición que lo era de forma, pero no de fondo. La sencillez es algo que posee tanto sentido común para ser estimulada por el “Escribo como hablo” de Juan de Valdés en el siglo XVI hasta “La claridad es la cortesía del filósofo” de Ortega a principios del XX. Pero se ve que, en algunos ámbitos universitarios, dictar clases y conferencias o escribir artículos y ensayos pasa por vender humo a todo incauto que se quede embobado con tanta palabrería. Y digo incautos, que no legos e inexpertos. Porque es famoso el ejemplo de una charla que dio el doctor Myron L. Fox en 1972 y que dejo apabullados a estudiantes y a expertos médicos y psiquiatras. Lo gracioso es que el Fox que hablaba no era tal, sino un actor que no entendía lo que decía.

Parece claro, tristemente, que el discurso efectista se premia más que el claro y que el timo vende más que la verdad. Eso sí, una vuelta de tuerca a algo que no lo necesita o una pose erudita y tendremos ganados a un grupo de acólitos para que la patraña siga avanzando.

(La imagen es una fotografía de Tim Green de un relieve de la catedral de Bradford)

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Still Daylight

El otro día una estudiante de un programa de intercambio de mi universidad me preguntó qué significaba “tener cintura”. Me dice que estuvo buscando en Google y que, en la búsqueda intuitiva le salían cosas relativas al ámbito físico como “tener cintura pequeña”, “tener cintura perfecta”, de esas que condicionan muy negativamente a muchas mujeres. Pero que lo había leído en una novela y que no era el significado que buscaba. Como teníamos un rato libre, entramos en el ordenador de clase al Diccionario de la Lengua Española en el portal de la RAE. Y comentamos lo que ponía (“Poseer habilidad y astucia para resolver situaciones difíciles”). Como esta expresión venía justo al lado de la de Meter a alguien en cintura (“Someterlo a unas normas de conducta acordes con lo que se considera correcto”), aproveché para comentarle que eran ambas usos coloquiales. Y que es curioso porque una de las expresiones va por el lado coercitivo y otra por la agilidad y los procedimientos inteligentes y adecuados. Para ejemplificarlo en un texto, le enseñé una entrevista al editor Jorge Herralde, en la que decía que “El editor tiene que tener cintura para adaptarse a los nuevos tiempos”. Ella dijo que, en efecto, ese es el sentido que tenía en la novela. Y seguimos hablando un poco más de eso, de que tener cintura supone adaptarse y que algo hay en ello de inteligencia sin pleitesía. Ella me dio las gracias y yo le dije que ya sabía, que yo encantado de ayudar, que era un placer hablar de las palabras, de sus sentidos y sus significados.

Cuando iba en bici hacia casa, pensé en la expresión. Y comprobé que hay que tener cintura. Además, hay otro requisito importante referido a otra parte del cuerpo que nos permita ver más allá de nuestras propias narices y contemplar el horizonte. Pero, en esas, un coche casi me atropella y yo, asustado y un poco nervioso, hice un quiebro que me salvó –creo– la vida. Y me centré en el camino y no ya en asuntos vaporosos. No me acuerdo de nada más.

Imagen de Jason Carpenter

 

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return to tender

 

Empiezo hoy una serie de entradas que no sé hacia dónde me conducirá. Se llama “Sin conocimiento ni causa” y va a tener contenidos variopintos, laxos, contradictorios incluso. Se trata, de alguna manera, de decir cosas que me apetece contar pero no quiero darles desarrollo o prefiero darles un desarrollo distinto al que le daría en otras circunstancias. Como esta introducción oscurece más que aclara (lo cual también va a ser marca de la serie), lo mejor será empezar. Hoy, con algo de música y alguna cosa más.

No quiero que el comienzo confunda: suelo prosificar canciones, pero hoy no quiero hacerlo. Quiero hablar de canciones que dan sentido a una tarde lluviosa de abril, mientras estoy sentado trabajando. Entre la rutina y la pasión, a veces solo nos separan unos acordes, y es lo que suele hacer “Light My Fire”, de The Doors. Porque siempre hay que intentar llegar a lo más alto. Porque siempre hay que intentar poner la noche en llamas. Y luego llega una conexión entre una canción y una película. La canción es “Return to Sender”, de Elvis y la película es Náufrago (Cast Away, de Robert Zemeckis). Cuando Tom Hanks vuelve y tiene que decidir con su vida y tiene un paquete de FedEx que le ha salvado, de alguna forma la vida, y tiene que devolvérselo a quien le pertenece. Poco importa, en este caso, el tiempo que ha pasado, sino el significado que tiene. Estás en un cruce de caminos y hay que decidir cuál se escoge. Luego llega “Undertow”, de Pet Shop Boys, una nueva joya de su disco recién horneado. Es bueno que se hable de resacas que tiran de uno, que te arrastra, te saca de las casillas habituales y trilladas para revolverte. La canción tiene un matiz negativo, tomando la resaca como un gran peligro, pero yo creo que es bueno, a veces, perder parte del sentido para encontrarlo. Además, siempre hay alguien al otro lado, con una brújula que te indica el camino. Y te salva.

Para eso tenemos “Faded”, de Alan Walker. Así nos podemos preguntar por dónde están las cosas que nos importan, aquellas que muchos olvidan. De eso tratan las relaciones, los vínculos estrechos, los compromisos, las implicaciones. El vértice de una pirámide que explica todas las aspiraciones. Y los sueños de llegar a la cúspide, que es la meta de todo inicio.

Creo que, por hoy, es suficiente (con imagen de Parée)

 

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Leviathan #whale

Todo el mundo sabe ya que los libros de autoayuda tienen utilidad para una sola persona: su autor, que a consta de escribir una serie de obviedades y simplificaciones con un hilo narrativo atrayente y facilón para un público ávido y poco exigente, puede tener la suerte de acumular un buen dinerito y favorecer su contratación de charlas y la aparición en medios de comunicación para contar su fórmula del éxito, o de la felicidad o del vaya usted a saber qué.

Sin embargo, cada vez que pienso en un consejo sabio, certero y lleno de verdad, me acuerdo del inicio de Moby Dick. Después del famoso “Llamadme Ismael”, Melville, a través de su narrador, escribe:

Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda.

Así que ya sabéis, amigos navegantes. Cuando vuestra alma se inunde de noviembres y de lluvias, cada vez que penséis que estáis muertos en vida, cada vez que todo vuestro ser se inunde de suspicacias e impulsividades, pensad en Ismael y haceos a la mar lo antes posible. Lo malo es que Ismael sabía perfectamente cuál era el mar que necesitaba. Vosotros tendréis que descubrirlo, ahora que todavía estáis a tiempo.

(Imagen de Christopher Michel)

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