— Verba Volant

Lo habréis comprobado: últimamente no escribo. Y es cierto, no publico entradas desde hace mucho. Es una forma de protección para que el vacío no me duela.

Vivimos momentos difíciles. En principio, hay seres raros, entre los que me cuento, que no tienen inconvenientes poderosos para sentirse necesitados de muchas cosas alrededor. Por lo tanto, sobrevivo bien. O, al menos, eso creía. A medida que pasan días, semanas y meses, todo se vuelve del mismo color.

O quizá no se vuelva todo del mismo color. No, al menos, para mí, si no lo escribo. Si lo plasmo en papel, la escala de grises me acogota la cabeza y sufro. Si lo dejo pasar, si lo vivo entre visillos sin dar cuenta de que miro y cuento, todo sobrevuela lo suficientemente ligero para ser un soplo de aire que no ahoga.

Me limito a vivir. Y no solo. Más allá de eso, me contento con vivir. Y más allá, me congratulo de vivirlo para no contarlo. Eso, es exactamente, el egoísmo existencial con el que me alimento.

Veo las estrellas y no las cuento. Cuento las zancadas y no las pongo de manifiesto. Si no se escucha, todo me suena más fácil.

Y las madrugadas transcurren corriendo, las mañanas trabajando, los mediodías comiendo, la sobremesa soñando, las tardes corrigiendo y leyendo. Los rayos últimos del sol me pillan paseando, el hambre cenando y la noche dejando que todo pase un día más.

Imagen de Camil Tucan.

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Estoy sin carretera y con manta, cargado de un frío interior que hiela el alma. Sin punto de origen ni destino, recluido en el último confín de la indiferencia, la dejadez y la apatía. Sin dar pasos que avancen ni respuestas a todos los interrogantes que ya no me brotan, que ya no me interesan.

Estiro la manta para que cubra los hombros y, entonces, los pies quedan al descubierto. Tapo los pies y empieza, otra vez más, el ciclo imposible. La televisión es un espejo donde miro con los ojos vacíos buscando algo que sea un reflejo de otra cosa. Abandono la ciencia ficción a la mitad, paso al melodrama que no me aguanta ni cinco minutos y aprieto el botón de la tragedia. De momento, solo me quedan las historias de amor.

Me cubro de penas con unos auriculares que me transporten a la verdad, al final, al oscuro lugar del que proviene mi talante natural. Y, hoy, me contento con olvidar.

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No estás seguro, no sabes si estás bien o mal o regular. Si echas de menos la calle o estás a gusto en casa. Si te gustaría tener más tiempo para ti o no disponer de un minuto, que las tareas te acogotasen el cerebro o que las ideas se desplazasen sin moverse, planas, en todo el sentido de la inercia.

No estás seguro de cómo está el mundo por fuera. Si es apolipsis o colapso, si es centro o periferia, si se acomoda a la norma al descontrol. No conoces remedios infalibles ni para la política ni para la ciencia ni para el bienestar interior. Ni eres consciente de si tu cuerpo es una síncopa o un apócope.

No tienes muy claro qué canción escoger, que película elegir, qué libro dejar a medias y cuál exprimir hasta las ultimas consecuencias. No sabes a quién llamar, a quién acudir, ni siquiera estás muy seguro si quieres contemplar qué es lo que les ocurre a otros o permanecer en la más ignominiosa de las ignorancias.

No sabes si vas o vienes, aunque sabes que no vas a ningún lado ni vienes de ningún sitio. Tampoco sabes si irás o vendrás. Ni hacía dónde, ni cómo. Cuándo no depende de ti.

Y así pasan días y días y días. Y tú no estás ni eres. Ni te manifiestas.

Imagen de Bart.

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Leo en la web que se ofrecen muchos cursos de lectura rápida, pero yo no quiero. Yo quiero que me enseñen a leer de manera muy lenta y pausada. Quiero también aprender a pasar las páginas muy despacio, doblándolas con mis dedos. O detenerme en ese tránsito y volver hacia atrás y releer siete veces una palabra que me inspire belleza o ritmo o lo que sea. Deseo con todas mis fuerzas que me enseñen a leer un pasaje y, obnubilado, poder levantar la vista y mirar el espacio que entre las cortinas para sintonizar esas frases con el rayo de luz que entra por la ventana.

Yo no quiero leer y comprender todo de manera eficaz y productiva, no quiero rentabilizar el tiempo que dedico a lo que amo. No quiero apretar el acelerador y que los ojos bombardeen las serifas de las letras, las anulen, les quiten importancia. Quiero ver el grano del papel y pararme antes de empezar un capítulo. Quiero dejarlo todo para comenzar de nuevo.

Lo que más necesito en mi vida es un curso de lectura perezosa, divagadora. No quiero la lectura acelerada.

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Me pregunto si he podido ser yo. Asintomático y alegre, en las poquísimas ocasiones que he salido del confinamiento a la farmacia o al supermercado o a donar sangre porque me lo pidieron. Protegiéndome de los demás, con el miedo en el cuerpo, resulta que todo ha podido suceder al revés de como pensaba.

Me pregunto si he podido ser yo. El causante de transmisión, pasándole la bola a otro y este a otro y este a otro más. Si he podido toser sin protección, aunque no lo piense, aunque no lo pienso. Si una cercanía no deseada ha generado que la cosa se traslade, se pose y traspase hacia los lugares nada deseados, pero propicios.

Me pregunto si, en el caso de que esa bola haya pasado de uno a otro, alguien ha podido quedar afectado gravemente, mermadas sus facultades, encerrado sin sus familiares, sin nada que no sean trajes de pesadilla en mundos de ciencia ficción. O si esa bola ha pesado tanto que ha mandado al mundo de las tinieblas a otro ser humano, agonizando en soledad, velado en la oscura individualidad de la nada, confinado para siempre, fuera de todo nuestro recuerdo.

Me pregunto, cada vez más insistentemente. ¿He podido ser yo?

Reflexión en torno a Mateo, 26:25 con imagen de Irina Souiki.

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Me siento a escribir siempre con buenas ideas, que desaparecen como por arte de magia cuando pulso la primera tecla. En mi cabeza, discurro sobre la soledad y la compañía y me vienen avalanchas de palabras exactas, ajustadas a conceptos precisos, dispuestas en períodos sintácticos llenos de elegancia. Y expreso perfectamente mis sueños y mis anhelos y mis frustraciones y mis realidades.

Bueno, no mis realidades, que no existen. Solo son manifestaciones de algo mediatizado por una percepción que es una manera de ver el mundo. Ni mi realidad ni la realidad, sino algo que está a medias. A veces, cuando quiero contar algo, pienso en un cuadro que me gusta. Y creo que sería un buen recurso describirlo, ponerle lengua a algo que es visual. O, cuando quiero subrayar algo, me siento inclinado a ponerle manifestación escrita a unas notas musicales que me agradan, que me llenan la vida de una felicidad que, como la realidad, tampoco existe, como tampoco existe exactamente la tristeza.

Me siento a escribir y los dedos esperan a la cabeza y la cabeza a los dedos. Y pulso la tecla de retroceso como manifestación de una frustración pequeña. Y selecciono con el ratón oraciones, a veces, otras veces párrafos enteros para mandarlos a la basura, esa metáfora tan bien avenida de papelera que ya no recicla. Otras, más optimista, pulso la tecla de avance de párrafo y dejo en suspensión para más adelante una modificación que no haré nunca. Me siento a escribir sobre cientos de borradores adocenados, sobre miles de notitas olvidadas en alguna parte que no se manifiesta.

Y las realidades, la felicidad y la tristeza ni siquiera llega a la ficción, llena de buenas intenciones, pero ninguna explosión, ningún movimiento tectónico. Ninguna réplica.

La imagen es de Julio César Cerletti .

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Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.

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Guardo un retrato que me hicieron hace unos años. He ido al cajón de las cosas inútiles para buscar una fotografía, la única que conservo, además de las que están incorporadas a diferentes carnés con identificaciones, permisos y más zarandajas tan prescindibles para mí ahora. También me he topado con eso que llamábamos dinero de plástico y he esbozado una sonrisa.

Es una fotografía realizada en un parque público. Yo estoy de pie, vestido adecuadamente, con un pantalón limpio, una camisa blanca, inmaculada y sin ninguna arruga. Todavía llevaba gafas (ahora mi vida es un poco más difusa). Me apoyo un árbol y esbozo una media sonrisa. El fotógrafo, recuerdo, me logró sacar este aditamento gestual tan impropio de mi naturaleza.

Ver el retrato y contemplar un cielo que era siempre azul, aunque lloviese, aunque tronara, me ha hecho caer en la cuenta de que, en algún lugar, tiene que haber una máquina de retratar. Me paso horas buscando por todos los rincones, hasta que la encuentro. Es muy antigua, me pregunto si funciona. Intento ponerla en marcha y sí, oigo ese sonidito mágico.

Ahora me paso el día retratándome. Pongo la mano en el ángulo perfecto y ensayo planos cenitales y americanos y primerísimos primeros planos. Todo lo que da de sí mi brazo, hasta que busco apoyos para jugar más con los ángulos y las posturas. Me emborracho de mí mismo en un acto de vacío endiosamiento. Cuando se me acaba un carrete que no puedo revelar, disparo imaginándome un resultado que no sucederá. Y sonrío mucho, me río, suelto carcajadas, llenas de una felicidad inmensa. Procede de la angustia sublime de que nadie me volverá a ver reír.

(Quinta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa). 

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Desde ayer, todo ha resultado fácil y contradictorio. Fue realizando una búsqueda desesperada por todos los bártulos acumulados y he descubierto un extraño artefacto. Siguiendo la lógica de un cable que acababa en una cosa con dos salientes, he conectado eso a un artilugio que estaba en la pared. Y he descubierto otro mundo.

Accionando botones, he ido viendo otros lugares distintos a mi pequeño habitáculo. Me he pasado horas y horas mirando a personas contando sucesos que me transmitían miedo. Seres casi fantásticos, fantasmas casi, saliendo de casas con gente enferma. Conexión con hospitales de campaña. Militares y policía patrullando las calles. Cada acción con el botón me transportaba a otro infierno, hasta que llegado a unas imágenes extrañas, que carecían de color. Un señor tenía pasaportes. Otro señor tocaba un piano. Una señora llevaba un sombrero que le tapaba parte de su bello rostro. Había policías y militares también, pero parecía una historia de perdedores que no finalizaba en fracaso. He oído algo de que ellos vestían de gris y tú vestías de azul. He sonreído porque he descubierto otro universo en el que me quedaría para siempre.

(Cuarta entrega de la serie Viaje alrededor de mi casa).

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