— Verba Volant

Como decía en la entrada anterior, estoy en un proceso de desaparición. Algo así como esa desaparición pixelada y difusa de algunos personajes en Deconstructing Harry, aunque más centrada en la forma que en el contenido. La realidad siempre se percibe mejor cuando va acompañada de la ficción y viceversa, algo que Woody Allen domina a la perfección.

Es un proceso (más una potencia que un acto total y absoluto) que procede del cansancio. No me canso de escribir. Sigo haciéndolo casi diariamente, aunque casi todo lo guardo para mí y para otros momentos. Tampoco me he cansado de VerbaVolant, aunque esté mucho menos presente que antes. Por encima de todas las cosas, me he cansado de las presencias insistentes y machaconas en las redes sociales. Siento que he perdido muchos momentos para dedicarme a otras cosas leyendo chuminadas (a veces, también participando yo en ellas). He profundizado en una ligereza que no me servía para ascender, sino para sobrevolar el fango a escasos milímetros del suelo. Y, de momento, no voy a seguir por esa senda. He reducido mucho mis visitas a Twitter, Facebook e Instagram. Recorro con mucha más presteza trinos, muros y fotos. Del primero, me quedo –fundamentalmente– con los contenidos, que a veces ofrecen un enlace estupendo, una reflexión actual, una noticia oportuna. Del segundo, no me borro porque me sirve para tener a tiro de tecla a muchos amigos y personas a las que aprecio. A veces es bueno saber algo de ellos, aunque no pienso estar presente en cada segundo de sus vidas. De los tres, el que más me cansa es Instagram. Entro de ciento en viento y, pese a que hay algún contenido de calidad, casi todo son oropeles y postureos. En conclusión, si la cosa no cambia y de momento, en Twitter me dedicaré a publicar cosas que entren en relación directa con mi trabajo e intentando aportar ese contenido que yo, como usuario, agradezco. Todo ese contenido se vuelca en Facebook como un espejo y así va a continuar porque puede tener cierta pertinencia. Si hago una foto maravillosa, la colgaré en Flickr, pero muy raramente en Instagram.

Vivo un momento en el que quiero que mi escritura se centre en un proyecto más grande. Todo lo que complemente o ayude a ese proyecto, estará en el blog. Todo lo que sea periférico y me guste, estará en el blog. Todo lo que me dé la gana, estará en el blog. Y el blog será ese lugar mío. Mucho más mío que esas redes sociales, en las que anunciaré las novedades de VerbaVolant porque ahora los lectores están mucho menos pendientes de las actualizaciones del blog desde que tiene una periodicidad incierta. Siento que las redes sociales, como decía arriba, me quitan tiempo para otras cosas y prefiero ahondar en mis pozos y laberintos que perderme por otros vericuetos.

También continuaré con el blog académico, ScriptaManent, y otros otros sitios web que mantengo relacionados también con mi trabajo. Como vía complementaria y más fresca que la actividad académica centrada en otras publicaciones, utilizaré ese blog siempre que tenga tiempo y ganas. Me prometo a mí mismo que seré más persistente, pero no me voy a obligar a nada.

Desde luego, no menosprecio ni un poco las presencias que cada uno decide y quiere mantener. Ni siquiera digo que, dentro de nada, me ponga yo otra vez a la tarea ligera y fútil. Pero, de momento, me he cansado. Y creo conveniente manifestarlo para que lo sepáis. Como ni el orbe ni el orden mundial no se pierde nada especial con ese desvanecimiento, desde ahora, desaparezco… aunque solo sea un poco.

Imagen de Ly. H.

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“La transparencia, Dios, la transparencia”, decía Juan Ramón hablando de su lucha hermosa con lo divino. Después de haber probado todos los moldes, necesitamos librarnos de las constricciones. Nos vanagloriamos primero de ser opacos, luego ansiamos que la luz pase sin desvelarnos. Pero llega un momento en que nos hace falta convertirnos en un cristal disimulado, que permita transmitir la luz, que es mucho más importante que nosotros. ¿En qué queda nuestra existencia? En un filtro que module algunos rayos, pero nada más. ¿Se puede confiar, aún, en nuestra necesidad? ¿No es excesiva nuestra (sobre)exposición? ¿Tan interesantes son los fragmentos de una vida reconstruida como Frankenstein en la visita del cirujano plástico?

Y la desaparición. No definitiva, no lo sé. No un derrumbe, sino una goma de borrar pautada por la paciencia. Dejando que las frases revoloteen por la cabeza y allí se queden. Ser menos sin aparentar más. Un desvanecimiento simpático, un gozo fundido en negro, un horizonte que quita para poner. Un silencio relativo, matizado. Y una implosión que ojalá revierta –algún día– en algo más grande.

Imagen de Tobi Gaulke.

 

 

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El otro día, en esos intermedios que deja el insomnio en medio de la noche, llegué a un podcast de una emisora de radio. Era un programa de conversaciones pausadas, emitido también en una madrugada de no hace mucho. La locutora enlazaba unas cuantas intervenciones de los oyentes sobre la soledad. Y llamó una mujer. No recuerdo cómo se llamaba. Creo que era Mónica, quizá Sofia… poco importa. O,  mejor dicho, importa mucho para los cercanos a esa Mónica, quizá Sofía. Hablaba de las relaciones de pareja, de los conformismos y acomodaciones, de la soledad o de la vida en compañía. En contra de lo que fue habitual en la conversación anterior (yo no escuché el programa entero, estaba ya empezado), era una voz cálida, sin atisbo de desesperación. Me llamó mucho la atención su postura, que no se podía tildar de resignada, sobre su deseo de no estar sola. No era acomodaticia, no era pragmática. Ni estoica ni escéptica. Es muy difícil de explicar, pero parecía toda una lección aprendida con la sabiduría de los años y de las experiencias. No necesariamente negativas, pero sí aleccionadoras. No dijo su edad, pero daba la impresión de que estaba por la década de los cuarenta. Con esos datos inexactos, hice la media de una voz que aparentaba menos años y unas palabras que aparentaban unos pocos más.

Yo no quiero estar sola, decía. Tengo pareja y no la cambiaría por otra. No pronunció la palabra amor. Tampoco ninguna otra que designase o se refiriese a un hecho que fuera más allá de la complicidad o la compañía. Quizás esas fueran suficientes. ¿Y la felicidad?, dice en un momento la locutora. A estas edades, no conozco a ninguna pareja que sea feliz, dice Mónica, quizá Sofía. De happy flower, solo las fotos en Instagram con una frase bonita. De puertas para adentro, un misterio. Bueno, no un misterio. Un misterio no, el paso del tiempo. ¿Qué haría yo con alguien distinto después de ese boom de enamoramiento súbito y repentino?

Reconozco que me despisté un rato. No sé si se me fue el santo al cielo, si estaba pensando en algo que se dijo o me quedé un rato dormido. Mónica, quizá Sofía, hablaba ahora de su pareja. No recuerdo su nombre, Santi quizá. Dijo su nombre un par de veces. No lo hizo desde la admiración, pero tampoco desde la rutina. Como si todos los que escuchásemos supiésemos y conociésemos, como si fuese algo habitual. Quizás porque todos tengamos algo similar a unos metros. Hablaba ella de la familia: al parecer, la locutora había emprendido otro ángulo para completar la perspectiva. Se mencionó la palabra construcción. Construir una familia, creo que fue. No estoy muy seguro, porque esa tarde había estado viendo un capítulo de la segunda temporada de The Crown y no sé si era la expresión de Mónica, quizá Sofía, o algo que me había montado yo pensando en todo lo que se decía. En la serie, me daba la impresión de que el todo era mayor que las partes a cualquier precio, y no por tratarse de la supervivencia de la monarquía, sino también porque era una manera de sobrevivir persistiendo por parte de la reina Isabel, de esta sí recuerdo el nombre, claro. En los únicos momentos en los que la voz de Mónica, quizá Sofía, se ilumina, habla de los hijos. Me encantan los niños, hubiese tenido muchos más.

La conversación dura unos pocos minutos más. Percibo que la locutora se contamina con las palabras de Mónica, quizá Sofía. No llego a saber si es cosa del oficio, una falsa manera de sintonizar o de lo contrario, pero me da la impresión de que la conversación le afecta de verdad. Son ya las tres de la madrugada, dice (aunque yo estoy escuchando esto no sé muy bien a qué hora de la noche y otro día diferente), amigos oyentes. Esto ha sido todo por hoy. Un programa sobre la soledad con corazones solitarios. Hoy, con varios testimonios para afirmarla o para negarla, para afianzarse o sublevarse. Buenas noches y que tengáis unos sueños dulces. Ellos serán, al menos, los que os acompañen.

Con imagen de Flavio.

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Los profesores de Lengua y de Lingüística nos encontramos en una situación incómoda:

Por un lado, como lingüístas, somos muy conscientes de que no existe nada que sea correcto o incorrecto. Nuestra tarea, en este sentido, es descriptiva o, como mucho, explicativa. Y cuando nos llega una variante rara, un fenómeno extraño, una forma peculiar, nos ponemos más contentos que un muchachito cateto cuando le notifican que ha sido seleccionado para Acapulco Shore. Es más, la mayor parte de la población mundial piensa que a lo largo de nuestros estudios universitarios no hemos hecho otra cosa que aprender a distinguir cosas correctas de engendros incorrectos, pero, afortunadamente, nos dedicamos a estudiar cosas más sugerentes o interesantes.

Por otro lado, como profesores de Lengua, nos encontramos en una posición privilegiada para abordar, con perspectiva, cuestiones sobre el uso del lenguaje en sociedad. Y podemos orientar y aconsejar a los demás –y aplicarnos el cuento– para realizar con éxito esa inserción en la sociedad por medio del lenguaje. En una cultura determinada, todos conocemos cuál es el protocolo para presentar a una persona y sabemos, ademas, ajustarlo a una situación determinada: parece obvio, por ejemplo, que no es lo mismo presentar a alguien en un ámbito formal que en un grupo informal de amistades. Las normas en la mesa también nos son de utilidad. Si asistimos a una comida muy protocolaria, nos ayudará sobremanera saber cómo tenemos qué sentarnos y cómo servirnos del utillaje que se encuentra a nuestra disposición. Como no nos gusta que nos pase como a Julia Roberts en Pretty Woman, es agradable y conveniente tener un consejero que nos enseñe qué copa utilizamos para el agua y cuál para el vino tinto, o qué tenedor nos viene bien para la carne y cuál para los entrantes. Asimismo, agradeceremos que nos hayan aconsejado no chupar la pala del pescado o cómo poner los cubiertos en el plato para indicar que hemos terminado o no. Lo absurdo sería pensar que todas las comidas son de postín y que estamos siempre de cena de rechupete con Isabel II en el palacio de Buckingham. Porque sería igual de incoherente estar de chuletada con amigotes (y amigotas) y menospreciar las chuletillas y el chorizo porque no nos han puesto un bajoplato y criticar la presencia de abundantes servilletas de papel, el porrón o los vasos de plástico. Y depende también de si estamos en China o en España para saber si sorber o no la sopa o cómo acercarnos la comida a la boca.

Esta –creo– es el cometido que debe de tener la ortografía en la sociedad. No para mirar por encima del hombro a nadie, no para menospreciar una variante sobre otra, no para formar parte de una élite (o elite 🙂 ). Se trata, por lo tanto, no de que impere el normativismo porque sí, sino que predomine y gane el sentido común. Como en todas las sociedades, tenemos personas apocalípticas e integradas, pro- y antisistema. Hay lingüistas punki y acomodaticios, modernos y de toda la vida. Personas que al oír la palabra RAE sufren de alteraciones del ritmo cardíaco, sudoración y arrobo, y amantes de la pleitesía extrema y de doblar el espinazo ante cualquier cosa porque la diga alguien con autoridad. La cosa, desde luego, es mucho más compleja y tiene más variantes, pero creo que sirve para esquematizar lo que quiero decir.

Es curioso que en esto de la ortografía seamos tan fieles a lo que nos han enseñado desde pequeños que nos negamos a aceptar cualquier cambio, sea o no razonable. La lengua nos la suda, pero nos negamos a admitir que guion no lleve tilde, por lógicas que sean las razones. O que, por fin, se resuelva la incoherencia que suponía que rió llevase tilde cuando río la lleva también. Que se defienda a capa y espada que las mayúsculas no llevan tilde porque algún profesor mal informado lo dijo en su momento. Tengo unos cuantos conocidos apellidados Saiz que se empecinan en poner tilde a su apellido del mismo que tengo a otros tantos próximos apellidados Díez que mantienen a capa y espada que su apellido lleva tilde. Lo importante, a mi juicio, es tener una base de educación común para saber qué hacer con las palabras y cómo escribirlas. No se trata, como digo, de denigrar al que no lo sabe, sino de que, poco a poco, todos nos podamos sentir cómodos en la escritura, que no es natural en los seres humanos como la palabra hablada y que puede no ser fácil. Como lingüistas, cada uno de nosotros puede ser fonetista, etimologista, encauzador del uso o una evolución o mezcla de todas esas cosas. A la sociedad, eso se la debe traer al pairo. Como profesores de lengua, podemos canalizara algunos conocimientos sencillos que ayuden a las personas cuando se sientan a la mesa del lenguaje escrito.

¿Llevaremos a la cárcel al que encabece un correo electrónico con la fórmula “Estimada colega” y ponga, después, una coma? Está claro que no. ¿Cadena perpetua para el que ponga mayúsculas a la primavera, a los sábados o las mañanas de abril? Ni hablar. ¿Pena de muerte por escribir mal un prefijo o un punto tras un símbolo? Ni de coña. Tomemos la ortografía como un juego de cartas. Expliquemos bien las reglas –que sean pocas y claras, por favor– y, sobre todo, animemos a la gente a jugar. Y también a juzgar y a insubordinarse. La ortografía no tiene que ser un porque sí, sino un algo razonado en su evolución. Pongo un ejemplo de regla absurda en un determinado contexto: nos ponemos a guasapear y, sin emplear ningún emoji, queremos poner la onomatopeya de una carcajada. La ortografía académica nos aconseja separar cada elemento y poner comas (ja, ja, ja, ja). Pero no olvidemos que estamos en el contexto de amigotes y chuletas. Cualquier persona sensata tirará la regla por la ventana y se reirá (jajajajaja). Es certero, eficaz y, sobre todo, rápido y práctico. Eso sí, las comas pueden salvar vidas, como nos recuerda José Antonio Millán en su libro Perdón imposible (nótese la diferencia que hay entre “Perdón imposible, que cumpla condena” y “Perdón, imposible que cumpla su condena”).

Desde hace ya unos años, puede detectarse un declive en el uso de una ortografía ajustada a las normas. Como decía más arriba, no me refiero a personas sin formación, sino a profesionales, profesores incluso, que trabajan con la palabra escrita de forma cotidiana. Lo importante, a nuestro juicio, es conocer las normas elementales de vestir. Y luego, cada cual que se vista como le dé la gana, sabiendo lo que eso representa. Si a nadie se le ocurre acudir a dar una charla a pecho descubierto o a la boda de su hermana en paños menores, estaría bien que supiera cómo puntuar de forma correcta un texto.

Imagen de Jef Safi.

Esta entrada es reproducción de la entrada con el mismo nombre en mi blog académico, ScriptaManent. Dado que su interés es general, he decidido incluirla también aquí.

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Que la felicidad es una ficción lo saben todos los que pisan este estrecho mundo. Lo que pasa es que muchos disimulamos. Silbamos mirando hacia arriba como diciendo mira, yo no he sido. Y la vida silba mirando hacia abajo diciendo mira, yo tampoco. Empatados a sentirlo, como dirían esos dos mandatarios omnipotentes en la película de Kubrick, culpables ambos. La felicidad puede consistir, quizá, en ser conscientes de que no existe. De que pilla tan lejos como un horizonte que no se puede alcanzar. Porque la tierra no es plana. Tan sencillo como eso.

Que la felicidad no existe es tan obvio como mirar un amanecer con los ojos llenos de legañas. Como a todo lo que diga yo saldrá un feliz contraargumentando, diré que no los envidio. Que yo prefiero ir haciéndome la idea para que luego no haya sorpresas ni chascos ni nada, que es lo que hay al fin y sin postre. El cielo está sobre nuestras cabezas y se tambalea. Queda muy bien en las fotos. Y mejor aún si esas fotos son las de nuestro bienestar superficial retratado en nuestra piel, que ahora son las redes asociales. Y puede que digamos joder, qué paz interior se respira, quién pudiera. Nadie puede. Ni aquellos que lo piensan. Vasos medio llenos y medio vacíos, me dicen. Vasos que se rompen digo yo. Vasos comunicantes, me dicen. Y yo solo veo que, si nos ponemos por las malas, solo quedarán unas manos cóncavas intentando retener un poco de agua. Y cada uno beberá las gotas que queden hasta morir de asco y de sed y de mortal aburrimiento.

Que la felicidad es una quimera no creáis que significa que es un sueño producto de nuestra imaginación. Significa que es un monstruo fabuloso, es decir, de fábula y no intentéis agarrarme por ahí. Y cuando veáis a un bicho con la cabeza de león, el cuerpo de cabra y la cola de dragón me lo vais contando y luego hablamos. Y que es improbable se basa en el optimismo. Que es una óptica, una perspectiva y no una realidad. Que mira, que yo es que miro desde donde quiero. Sí, claro que miras desde donde quieres. Pero eso no significa que el otro lado no esté. Y hay que contarlo todo para no faltar a la verdad. ¿Verdad? Y, si le echas algo al blanco, no es blanco, es otra cosa.

Que la felicidad sea una apropiación de la satisfacción, del gozo y del disfrute no significa que os pertenezca en exclusiva. Que sí, que ya lo sé. Que puedo sostener un lapicero con la boca para mantener el rictus y engañar al cerebro. Que sí, que no es engañar, que es estimular, que es enseñar. Que a ser feliz se aprende. Y se desaprende a la misma velocidad que una neurona recorra unos cuantos millones de sinapsis.

A mí la felicidad me cansa tanto que, a veces, ni lo intento. Como daltónico, soy plenamente consciente de que no seré capaz nunca de captar algunos colores. Que intentaré vivir momentos dulces y caricias suaves y sonidos armoniosos. Pero que siempre los contemplaré fuera de tono. Porque habito en mi mundo, que tiene sus cosas buenas, pero mi mundo está dentro de una cabeza triste y terrible. Que percibe fantasmas que, surgiendo de la noche, perseveran para adentrarse en la madrugada.

La imagen es de Gabriela Barrientos.

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Hoy las palabras se han caído. Los sustantivos se han escapado y, mezclados, han formado un corrillo, siempre convencidos de su autosuficiencia. Los adjetivos se han alineado buscando ser sobradamente considerados (y considerables) sin ser cargantes. Los verbos han montado una sesión de terapia colectiva para que sus actos tengan consecuencias.

Drama, espina, fiebre, brillo, miedo, rutina, cristal, pared, palabra, corazón.

Perdido, llorosa, desbordada, exultante, vaporosa, entreverado, inmaculada, agua, cansado.

Imaginar, escudriñar, percibir, palpar, disfrutar, fisgar, golpear, vaciar, consolar.

El resultado, el que el lector quiera. Solo son palabras

Con imagen de Deana.

 

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Esther ha salido de fiesta con un grupo de amigos. La verdad es que no son tanto un grupo de amigos como un elenco de conocidos que han coincidido para picar algo. Lo de la fiesta ha surgido después, en una suerte improvisada de encuentro de rotos para descosidos. Esther ha entrado un poco rezagada,  con Miguel y Yolanda. El local está lleno de música, plagado de un ambiente que, en otras ocasiones, Esther hubiese tildado de adocenamiento de personas. Han dejado los abrigos en una mesa que está junto a la pared, donde esperan todos los demás. Yolanda ha levantado las manos y ha hecho un quiebro de cadera que ha sido secundado, de manera casi sincrónica, por Miguel. Esther les ha imitado y se han acercado todos al lugar donde tres chicos voluntariosos están armado un ruido muy apto para bailar.

Han arribado Dani y Santi para preguntar qué querían tomar. Yolanda ha decidido por todos: cerveza y vodka. Esther baila poseída por algo extraño, como una sensación de no querer estar ahí, pero, a la vez, necesitarlo. El camarero ha llegado con las bebidas, que ha dejado en la mesa en la que se habían apalancado los sosos del grupo. Cuando los vasitos de vodka estaban llenos, todos han brindado y han apurado el trago, tal y como parece que es obligación. A Esther le ha quedado un sabor raro en la boca. No le gusta mucho beber y hoy, más que una excepción, ha querido hacer una revolución. La revuelta se ha visto acompañada de dos pintas bebidas con ansia. Miguel ríe con risa floja y Dani parece ganarles a todos en casi todo. Yolanda y Esther siguen bailando y restriegan sus caderas en un ritmo frenético que los demás no pueden seguir. La música empequeñece y ensancha a la vez una cabeza necesitada de movimientos y ritmos desaforados. Esther, en una rémora de consciencia, disfruta como nunca de ese momento. Se acuerda de los tiempos en los que el tiempo corría y ella solo tenía motivos para soñar.

Se acercan algunos rezagados de la mesa a esa pista casi improvisada para unirse a esos momentos de exploración de un camino que, no por trillado, deja de tener alguna incógnita pendiente de despejar. Sucede que a veces hay que echar cerrojos a los infiernos personales y refugiarse en los de los demás. Todos piden tres rondas más de todo. Yolanda, oportuna, aconseja acompañar esa marea con algo sólido. Hamburguesas, dice Dani. No va a ser mucho, pregunta Miguel. Las partimos por la mitad es la conclusión. Se acercan a la mesa que tenían invadida con los abrigos. Cuando una camarera llega con esa montaña de carne, Santi reparte con maña las mitades. A Esther le da le impresión de que la hamburguesa no va a caber en esa boca que empieza a estar un poco adormecida, pero aprieta con fuerza y prudencia el pan y el kétchup solo se desparrama por los dedos y no amenaza la camisa de Miguel. Cuando acaban, Yolanda y Dani pegan un grito muy agudo e invitan a los demás a seguir bailando. Esther se siente cansada. Se ha visto vencida por una noche demasiado llena y demasiado larga. En los ojos cansados de Esther se encuentra una fatiga que no es de hoy, sino que acumula muchos años de sinsabor. Si uno se fija más detenidamente, vemos las mellas que han hecho en la parte de su nariz unas gafas que Esther esconde de todo lo que no sea la intimidad de su casa. Esther coge el abrigo y, sin decir nada a nadie, sale del bar y pide un taxi, camino de su casa.

(Imagen de Mark Oakley. Esta entrada es el fragmento número 50 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

 

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Querido diario dos puntos

Hay días que cuestan, semanas que se levantan en rebeldía, años que se acumulan y sabes que me cuesta seguir con las rutinas. Lo dice una persona como yo, obsesiva en su adocenamiento. Pero ya te he contado muchas veces que luego sale esa vena, ese impulso, ese hastío. Cansancio de hacer lo que no quieres. Por facilidad, por inercia, qué se ya. La felicidad es bonita, pero no puede conseguirse levantando una esquina de la alfombra de la vida para olvidarme de toda la inmundicia. Eso no es felicidad, es máscara. Podía ser peor, sí. Todavía pueden verse los restos de esa eternidad que no se consigue más que en este mundo.

 La vida se hace una bola difícil de tragar. Sabes que me hago el firme propósito de no pensar demasiado. Pero es una terapia que, en días como hoy, se me hace imposible. Intentaré hacer las cosas en su debida secuencia, sí. Y la secuencia es premisa y la premisa lleva a una conclusión. Ni siquiera puedo ponerme a gritar: me limito a susurrar contigo mi desazón. Para que, sin encontrar nada más, este temporal me salve con algún resto de un naufragio. El ritmo para no perderme del todo, para que la noche no me conquiste hasta sus últimos recovecos.

¿Sabes un secreto? No he perdido la inspiración: lo que pasa es que escribir hasta las últimas consecuencias me deja sin fuerzas. Por eso, me quedo con la razón. Porque tengo miedo a tener siempre miedo. Porque tengo miedo de saciar el dolor con palabras, que no siempre vuelan.

Querido diario: hoy necesitaba poner un poco desorden en todo para revolver un poco mi corazón. Romper la inercia por un segundo, levantar la alfombra para que vuelen las motas de polvo escondidas y que brillen con la luz del atardecer.

 

 

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¿Os ha pasado? Escucháis una canción en bucle. La descubrís un día. Y la escucháis. No tiene nada de especial, pensáis. Estáis con Spotify y aguardáis hasta que queden solo unos segundos. Y apretáis el botón para que empiece otra vez. Os ponéis a hacer otra cosa y la tenéis como música de fondo. Y repetís. Luego os ponéis a trabajar y ya está instalada en vuestros auriculares. De forma tenaz y perseverante, va conquistando vuestro espacio y vuestra cabeza. Desde luego, hace ya unas cuantas reproducciones que está añadida en vuestra biblioteca musical. Os sorprendéis con ella cuando os laváis los dientes, cuando os ducháis. Comiendo un bocadillo de jamón. Y no se resigna a permanecer en la insistencia durante un día. Dura más, a veces tres días, a veces una semana. Es lo que me ha ocurrido a mí. Otra vez más. Pensáis que es una obsesión. Y tenéis razón. Toda la repetida, ritual y resistente.

Razón.

Imagen de Gabriel Fernández.

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