— Verba volant

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todo es fácil si conoces

las medidas y desde luego la medida de tus posibilidades

te diriges a las pesas expuestas como en un muestrario y escoges

en mi caso cuatro de cinco dos de dos y medio y dos de uno

veinticinco

la barra el step y la colchoneta que librará

a tus lumbares de mayores

inconvenientes

lo dispondrás todo entre el barullo de gente que pugna por el mejor sitio ese junto al espejo

en el que una mirada de refilón te mostrará

el avance del rigor en tus bíceps o el perfil de esa pantorilla en plena

sentadilla

todo es como en una discoteca menos

el alcohol y las verdades a medias gritadas hacia una oreja

aquí todo

es orden sincronía sudor acumulado

utopía de lo que quieres y rigor de lo que

consigues

pasas por diez canciones desde el calentamiento hasta el estiramiento qué fea queda esa rima

interna en un verso

y descubres una manera muy sutil de encontrarte frente

a frente

con tus músculos y probablemente con tus miedos

 

(Imagen de Gabriel Porras. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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el agua estaba helada y los largos
de la piscina me han
resultado interminables
notaba
que el frío se me desplazaba a las entrañas y sin
embargo no sé por
qué
me ha dado la impresión de que el frío
era solamente una excusa
para que el orden mundial me engañase
para que no
me diese cuenta
de que el verano se está acercando

(Imagen de Kate Mereand-Sinha. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios.)

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a diferencia del chorizo hay
veces que es mejor mucho mejor no repetirse no
permanecer con los ojos abiertos durante
todas las largas madrugadas en vez de
doblarse hasta la sesuda
introspección
he decidido volverme mayúsculamente superficial si superficial y
no fijarme en el fondo
sino
en la forma sin fondo
sirva
esto como
declaración de principios

(Imagen de Alexandre Duret-Lutz. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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Globos en la lluvia

Son días sin primavera. Con lluvia incansable, que moja sin contemplaciones. Son días grises, de un frío casi invernal, que anulan todo esperanza. Pero, de pronto, vas caminando por la calle y te encuentras entre los charcos un manojo de color. Y piensas que, en este mundo de sinsabores, todavía hay un pequeño resquicio de calor (de color) para el futuro.

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Ya sé que debería contemplar las cosas desde la atalaya académica de mi profesión y que debería de haber titulado la entrada “MENS, MENTIS”. Y son consciente de yo, que alterno el pensar con el deporte, veo demasiado CORPOREM (y sus obsesiones derivadas en el gimnasio). Las MENTES no las ves, porque a veces las camisetas de tirantes y los pantalones cortos, o lo bañadores, o las mallas, te impiden saber, bajo el sudor, qué es lo que anida por las entrañas y por las meninges.

Pero hoy quiero hacer lo contrario. Porque veo mucha MENTEM. Porque sufro mucha torre de marfil. Porque veo también obsesiones poco equilibradas. Y porque ocurren dos cosas: por un lado, que escuchas o lees las palabras de los de las MENTES y que no contemplas sus CORPORES,  porque no sabes si existen, aunque lo intuyes con las sentadas de tute académico y exclusivo. Y, por otro lado, porque tampoco llegas a discernir si son MENTES o, tras las palabras, tras los fuegos de artificio, no hay nada.

Así que yo, hoy, aunque sea más que evidente, sigo apostando por el MENS SANA IN CORPORE SANO. Y hoy necesitaba, desde mi atalaya, desde cualquier montículo desde el cual se divisan las cosas, que los cuerpos existen. Y son para aprovecharlos. Porque lo demás es in-sano.

(Imagen de Michael Kötter.)

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Lo bueno de tener iTunes en modo aleatorio es que empiezas escuchando a Ismael Serrano cuando los habitantes de Alfa Centauro se encuentran la sonda Voyager para buscar algo de la esencia de los seres humanos y sigues escuchando La flauta mágica de Mozart para encontrarte a la Reina de la Noche. Acto seguido, Sinéad O’Connor me enseña que no hay nada que pueda compararse a ti, cosa que ya sabía pero es una idea que la canción subraya con excelencia. Y te detienes, y buscas la letra para paladear mejor las notas acompañadas de sentido. Luego no te queda más remedio que saltarte alguna elección poco afortunada, pero enseguida descubres, con Elvis Costello, que las cosas (y, sobre todo, las personas) recuerdan a un caramelo y también que, si haces las cosas en plena sintonía, los caminos acaban encontrándose con el sol, tú que pensabas que el horizonte era inalcanzable.

Lo bueno de iTunes en modo aleatorio es que, mientras escribes una entrada, te encuentras que las canciones son como una carta, en la que se acaba con una posdata. Y, si es de los Beatles, mejor. Porque las cosas pueden, siempre, ir más allá del final.

(Imagen de Jonathan Kos-Read.)

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El suave murmullo de tu respiración acaricia mis ensueños. Y cómo ríe la vida cuando tus ojos escapan mi mirada hacia tu mirar. Tu sonrisa, aunque solo sea un esbozo, es para mí un cántico eterno. Porque, con tus risas, todo se olvida y todas las heridas dejan de sangrar. El día que me quieras, las flores se vestirán de fiesta con sus mejores galas y las campanas dirán al viento que eres mía y las fuentes se volverán locas haciendo manar el amor. Y la noche que me quieras las estrellas, desde el cielo oscuro, nos mirarán con un punto de envidia. Y un rayo misterioso hará nido en tu pelo y las luciérnagas curiosas adivinarán que tú eres mi único consuelo en este mundo de sombras. El día que me quieras, el caos devenirá armonía, el amanecer tendrá más luz y los manantiales cantarán aún con más alegría. El día que me quieras, los pájaros cantarán todavía más afinados, la vida florecerá con colores aún más especiales. Y el dolor quedará en un punto concreto del olvido. Y la noche que me quieras, no me hará falta mirar a las estrellas. Toda mi noche será luz.

(Versión prosificada y modificada y libremente de “El día que me quieras”, de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera. Cuando estaba escribiendo la entrada, escuchaba la versión de Andrés Calamaro. La imagen es de Elido Turco.)

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Son días difíciles para todos: exámenes, trámites burocráticos que lo inundan todo, correcciones y revisiones. Si fuésemos ingenuos, pensaríamos que es el final, pero solo es un elemento dentro del proceso de difusión del conocimiento, que nunca debería terminar. De alguna manera, debería ser el colofón de algo y el principio de todo.

En estos momentos –y sin ninguna demagogia– me acuerdo especialmente de los alumnos: momentos de nervios en los que lo arriesgan todo. Bueno, no sé si todo, pero a veces mucho. Un pequeño fallo –suyo, nuestro– y se juegan una beca, un borrón en el expediente. No todo en la vida se reduce a los estudios, pero durante estos días, entre la responsabilidad y la procrastinación, la cabeza a veces no da más de sí, a veces la responsabilidad atenaza, a veces no se saca partido a todo el trabajo, a veces se revela la conciencia de no haber llegado a tiempo.

En estos momentos, es bueno que Ça commence aujourd’hui. Y no lo digo en francés por capricho. Lo digo porque es así.

(Imagen de Antonio Martínez.)

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Ayer fue un día de orgullo para la Universidad de Burgos: por la mañana, recibía el doctorado honoris causa y, por la tarde, se celebraba un encuentro con Umberto Eco en el Teatro Principal. Desde el punto personal, fue un día feliz. Desde el punto de vista de la ficción, Eco es uno de los narradores más hábiles que conozco. Desde el punto de vista teórico, las investigaciones de Eco han acompañado mi vida académica en muchos sentidos: primero, como profesor de Semiótica en el Grado en Español de mi universidad; segundo, como investigador de la cultura medieval (mi tesis doctoral reflexionaba sobre aspectos lingüísticos y teórico literarios de la literatura del Medievo y dediqué, en su día, un extenso estudio –no publicado– a la filosofía de San Buenaventura, un filósofo franciscano del siglo XIII); tercero, como interesado en la indagación de los aspectos relativos a los mass media. De alguna manera, veo en Eco el reflejo de lo que me gustaría ser y el imposible de alcanzarlo.

En el encuentro arriba mencionado, los asistentes teníamos la posibilidad de hacer preguntas por escrito. Eco fue desgranando con acierto, inteligencia y gran sentido del humor todas las cuestiones que le plantearon. Las primeras palabras de Eco creo que impidieron que se le plantease mi pregunta. Umberto Eco empezó diciendo que había algunas preguntas tontas que siempre se le planteaban en este tipo de encuentros. Una de ellas era por qué había llamado así a su novela El nombre de la rosa, a lo que él mismo, con ironía, respondió: “Porque Pinocho estaba ya registrado”.

Mi pregunta podía sonar a algo parecido (puede que, por eso, los moderadores decidieron descartarla; puede también, que lo impidiese el tiempo y la cantidad de cuestiones que se le plantearon), pero no lo era en absoluto. Mi pregunta era: “¿De cuántas maneras puede considerarse la rosa en El nombre de la rosa? Me hubiese gustado mucho saber su opinión al respecto, porque no tiene fácil respuesta para un lector. La rosa se puede entender desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, el genial filósofo del siglo XIV, desde la estética y los planteamientos teóricos sobre la belleza e, incluso, desde la reflexión metafísica sobre la esencia del ser y sus ejemplificaciones… Pero seguro que la respuesta de Eco hubiese sido iluminadora.

Una rosa es una rosa. Pero el signo ‘rosa’ tiene muchos vericuetos. Es casi un laberinto, más allá del nombre.

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