Eres un paréntesis: acaba y empieza, sin nostalgia ni pena, desafíos, el Thyssen y el cielo de Madrid… y el paréntesis

Acaba y empieza

Septiembre se mete de tapadillo en el verano. El último día de piscina fue muy triste, con mucho calor, la piscina llena de nostálgicos aprovechando hasta el tuétano. Acaba la temporada de piscina y la recordaremos durante meses cuando el frío sea más profundo y parezca irreversible.

Sin nostalgia y sin pena

Tengo nostalgia y pena de que acabe al verano, pero odio a todos los que se muestran nostálgicos y penosos a la vuelta. No me gusta empezar un nuevo curso triste por lo que he perdido, sino por lo que me voy a encontrar. Buf, parezco un libro de autoayuda.

Desafíos

Este verano he llegado a una nueva meta, pero no estoy contento. Tendría que estar orgulloso y, de hecho, manifiesto ese orgullo de cara a la galería, pero, en mi fuero interno, tengo una sensación de vacío y de pena. Tengo que desafiarme mejor.

El Thyssen y el cielo de Madrid

Tendré que hablar un día de exposiciones, tendré que confesar que es la primera vez que visito el Thyssen y que tengo dos cosas que tengo que deciros de él y una se llama Mondrian. De momento, pienso en el atardecer de una tarde calurosa y en el cielo de Madrid. Y de su belleza

Eres un paréntesis

También tendría que evocar unas cuantas ficciones. Hay una que me ha llegado a lo más profundo. Fue una película que cayó durante una noche de insomnio, que era mucho mejor de lo que parecía, de esas que retratan tu vida. En ella, un personaje le dice a otro: «Eres un paréntesis». Y yo me quedé de piedra porque retrataba lo que es, de hecho, el signo de puntuación de mi vida.

Imagen de Robert Clinton.

Tardes de piscina. Para pensar en no pensar, ida y vuelta, ida y vuelta, que me han hecho temblar, que se debaten contra el viento

para pensar en no pensar

Las tardes de verano, para mí, son tardes de piscina. Tardes para nadar, para leer, para mirar, para escuchar, para palpar el césped con la planta de los pies, para no pensar, para pensar en no pensar. En el momento en el que las tardes de verano en estas latitudes se convierten en malos días de primavera o presagios de un otoño angosto, se me desbaratan los planes y la vida. Vivir un día de agosto, como mucho, a veintiún grados es una desgracia que se repite cada vez con más frecuencia. Quién tuviera una casa en otro sitio para escapar de esta ciudad.

ida y vuelta, ida y vuelta

La tarde de piscina de hoy ha sido parcial y, por lo tanto, incompleta. El entrenamiento lo ha ocupado todo. El ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta… y así cincuenta y dos veces era algo necesario, pero sin el prólogo del sol en la cara sin el colofón de un ratito de lectura y de una charla y de una cerveza, todo es más soso, más gris, más cercano a la obligación que a la bendita rutina de mis tardes de piscina.

que me han hecho temblar

Hoy he salido del agua cuando el ambiente refrescaba a golpes de viento que me han hecho temblar, que me han hecho huir desesperadamente hacia la ducha caliente, hacia la leche caliente, hacia un sol que era solo un sol de cafetería con cazadora y con pocas ganas, con mucho que decir de todo lo que no puede ser dicho.

que se debaten contra el viento

Para mí, estar una tarde de un 17 de agosto a las ocho de la tarde escribiendo en casa es un atentado contra las buenas costumbres. Mientras miro por la ventana a personas que se debaten contra el viento, pienso en lo que tendría que ser mi vida, de otro modo. Más cálida, más alegre. Con un rostro que me ilumine.

Tarde de piscina – un error de cálculo, buscando mi territorio, un entrenamiento suave, cambio con frutos secos y horchata. Y baja el sol y el ánimo en mi corazón

un error de cálculo

La tarde comienza con un tremendo error de cálculo: el miedo a que las calles cortadas por la meta de la Vuelta a Burgos dejasen cortadas algunas calles me han llevado a dejar aparcado el coche cerca del recinto de la piscina y volver corriendo a casa a mediodía. Por la tarde, enfundado con la camiseta y las mallas, con una gorra para protegerme de un sol de justicia, he arrastrado mis pies con muy pocas ganas. Nunca costó tanto llegar al paraíso.

buscando mi territorio

El césped de la piscina es una marca continua de territorios. Cada uno lo extiende como quiere y como puede, como si no hubiera pandemia, como si no existiesen más que ellos en el universo. Como casi todo el mundo, tengo algunos sitios preferidos, sobre todo aquellos en los que al principio hace sol pero, a medida que avanza la tarde, empieza a reinar una sombra deliciosa. Pero un par de chicas tienen extendidas unas toallas de ochocientos metros cuadrado; una pareja mayor tiene esparcidas las sillas en un sitio, las toallas en otro, las bolsas en otro; uno de los huecos posibles está cerca de un grupo que no para de hablar de cosas intranscendentes a volumen brutal. Hay sitio en otros lugares de la piscina, pero yo lo quiero en ese. Al final, tengo suerte y un ente solitario se marcha dejando el sitio perfecto.

entrenamiento suave

Con las idas y vueltas corriendo (trotando más bien), me daba pereza entrenar, pero hoy tocaba una sesión más o menos suave de 2 800 m, así que he ido con calma cuando había que ir. Para no aburrirme, pienso en mis cosas, claro. Para no aburrirme, juego y entreno la respiración. Largo respirando a derecha, largo respirando a izquierda, largo respiran cada tres. De tanto no querer aburrirme, empiezo el juego de alternar respiraciones: cada dos, cada tres, cada cuatro, cada cinco, cada seis y cada siete. Y la respiración se resiente y dejo de aburrirme. Tanto, que en la serie siguiente propongo aburrirme con algo más rutinario. Se me ha puesto a tiro alguien que nada dos calles más allá y voy a cazarle.

cambio de parcela buscando el sol con frutos secos y horchata

Salgo de la piscina y un señor ha puesto su silla tan cerca de la mía que, si estuviese en las condiciones idóneas, me hubiese dejado embarazado. Le digo algo porque no sé callarme y él me dice que lo siente. Me da tanta pena que me cambio de sitio yo, buscando un poco de sol y recuperándome con un puñado de frutos secos y pasas que degusto uno a uno, una a una, para que me duren. Y un poco de horchata.

baja el sol y el ánimo en mi corazón

El sol, que me calienta hasta reconfortarme por fuera y por dentro, va tomando esos ángulos de agosto que hacen que se oculte pronto. Vuelven las sombras y baja el ánimo en mi corazón. Hoy la tarde concluye cogiendo bastante pronto ese coche, ese que lo ha provocado todo.

unas cenizas en una urna, un momento prodigioso de lectura, dos imbéciles, dos chapuzones y tres cervezas

unas cenizas en una urna

Ayer empezó el día con una mezcla de tristeza, de reflexión y de encuentros. En el cementerio de Miranda de Ebro, se enterraría una urna con las cenizas de una persona muy querida de mi familia. Había muerto hace ya tiempo, pero la pandemia había evitado que esos restos de polvo enamorado reposasen en el lugar adecuado. Miré la lápida y encontré los nombres de parte de la historia familiar y me conmovió, al ver mi apellido allí escrito, ser consciente de que quedamos ya muy pocos y ni querer pensar siquiera quién puede ser el siguiente. Como siempre ocurre en los duelos, los muertos nos sirven para reconciliarnos con los que quedan, que en este caso eran personas a las que hacía muchísimos años que no veía, e incluso otras personas a las que no conocía pero que están muy próximas en la memoria de la familia.

un momento prodigioso de lectura

Casi nunca abandono de un libro (si dijera que uno de los pocos que he abandonado en varias ocasiones ha sido El señor de los anillos seguro que más de uno me guardará rencor eterno). Pienso que puede que llegue una frase sorprendente, un personaje que fascina, una recuperación prodigiosa, qué se yo. Estoy leyendo Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro. No es que no me estuviese gustando, es que me estaba confundiendo y desconcertando porque recorre un sendero que no era esperado. Y ahí estaba yo, por la tarde, una vez asentado en la piscina, avanzando en la lectura, cuando he arribado a un pasaje maravilloso. Podía verse venir, pero yo estaba despistado en mi desasosiego. Y todo encaja en la manera que a mi me gusta que encaje las lecturas, desarmándome y revolviendo las pocas ideas que me quedan en la cabeza.

dos ímbéciles

Las tardes de piscina dan para mucho, sobre todo cuando has vuelto de un acto luctuoso, has comido pronto y quieres refugiarte del sol en una sombra fresca y amena, con el sonido de agua como telón de fondo. En el devenir de las horas, pasan conocidos con los que charlas de manera más o menos detenido, con los que compartes agradables palabras intrascendentes, saludos (cordiales casi siempre, protocolarios y circunstanciales algunos), te pones al día de las vidas o qué se yo. Fue así con unas cuantas personas y, aunque la tarde fue más o menos afortunada, tuve la mala fortuna de encontrarme con dos imbéciles. Uno me hizo una de las preguntas más tontas que he tenido ocasión de responder y otro me contó de manera pormenorizada una vida, la suya, que me interesa solo en lo superficial y no en los detalles con los que fue machacando más aún que la tarde de calor plomizo.

dos chapuzones

No fue un entrenamiento como tal porque ayer era un día en el que tocaba recuperar, así que utilicé la natación para refrescarme, para gozar del agua, para notar la respiración y convivir con ella, para saber compartir la felicidad del cuerpo para que la mente se anime.

tres cervezas

En las tardes de piscina, hay un largo momento de privacidad, salpicada de esos encuentros de los que hablaba, de baños y de lecturas. Cuando las horas avanzan, me reúno siempre con unos buenos amigos. Tres cervezas, unas patatas fritas, una buena conversación y unas risas sirvieron para finalizar.

Cenizas, nombres familiares, encuentros, lecturas que te reconcilian, imbéciles que siempre son menos que las personas a las que consideras o a las que aprecias y baños de frescor hacia fuera y hacia dentro.

Otra día. Y una tarde de piscina.

Escribir es algo que se olvida (Me olvidé de escribir, hoy me toca callar)

Ayer escribía sobre la facilidad y rapidez con la que se pierde la destreza en la escritura. Cuando acabé de componer esta entrada sobre la no-escritura, aconteció una desgracia: por esos recónditos quicios del azar, me vino a la cabeza la canción «Me olvidé de vivir», aquella de Julio Iglesias… y estuve algo así como tres horas canturreando para mis adentros «Me olvidé de escribir». Que un vivales como Julio Iglesias afirme que se olvidó de vivir me pone a mí en un grave aprieto, pero yo no pensaba en eso ni en nada, solo intentaba quitarme de la cabeza esa melodía y esa forma de cantar de nuestro cantante internacional, egregio, que a mí me espanta. La duermevela todavía mantenía el pulso entre la vida que corre sin freno, la vida que se vive un momento, el juego de los sentimientos y los aplausos envueltos en sueños, hasta que pude descansar.

Me levanté a las cuatro de la mañana a beber un poco de agua y, cuando rellenaba el vaso por segunda vez, me llegó otra vez la melodía con pequeñas trazas de la letra. Mezclaba la experiencia de la vida con la de la escritura, pero yo solo quería volver a la cama, conciliar el sueño, dormir sin vivir y sin escribir, solo descansar, descansar solo. Y me pregunto ahora, a media tarde, si olvidarse de escribir es olvidarse de vivir o de sufrir o de gozar o de pensar.

Y llegué al «Hoy me toca llorar» de la canción pensando si debería finalizar con un «Hoy me toca callar».

Escribir es algo que se olvida

He intentado escribir de cuatro o cinco maneras diferentes que escribir es algo que se olvida, pero no he sabido cómo ponerlo palabra por palabra, bien redactado y con los sintagmas en su sitio. Cada vez que cambiaba algo, era para peor. La alternativa a ser incapaz de escribir que escribir es algo que se olvida —me aferro a esa expresión, que es la única que se me ocurre de forma inmediata e intuitiva— es no escribir sobre el acto de escribir.

Como soy muy cabezota, me empecino en escribir sobre el acto de no escribir, como me ocurre en muchas otras ocasiones, aunque el hecho de abandonar esa tensión y dejarme en manos de la desgana gane siempre por una diferencia abultada. Ahora me limito a escuchar a Art Pepper, pensar en las musarañas y en ese saxofón que oscila entre las paredes del salón. Y dejar abierta la puerta.

No escribir es muy sencillo para el que no escribe nunca, pero también para todos los que se sienten aturullados de palabras. Cuando escribir es menos que una decisión, pero más que una necesidad. Me gustaría saber decirlo, pero se me ha olvidado porque ahora todo este milagro compositivo se me encasquilla, se me resiste y se me revuelve en ese espacio que habitó entre la cabeza y las manos.

Un impulso no basta y toda la paciencia del mundo tampoco. Quizás debería intentarlo en un poquito a poco, pero entonces escucho el piano de Oscar Peterson y me vengo arriba, como ese sol de mi ciudad, que en ocasiones gana a las nubes y se asoma entre los estertores de un final de primavera de catorce grados centígrados.

Si supiese dibujar, dibujaría. Si supiese cantar, cantaría. Como no sé escribir, porque se me ha olvidado (quizás nunca he sabido), escribo. A ver qué pasa, a ver qué me pasa.

El monstruo somos nosotros

Empieza el día, preparo el desayuno. Mientras, tanto, escucho en El cine en la Ser una frase que me deja con la margarina a medias en el panecillo: «En las películas de monstruos, el monstruo somos nosotros». Me quedo perplejo ante algo tan obvio, pero que me había pasado desapercibido hasta ahora. Y, mientras extiendo la mermelada de melocotón, mientras llevo la bandeja hacia la mesa, mientras voy desayunando, pienso en todos los monstruos que han pasado por el cine que me gusta y voy mirándome en sus espejos.

Salgo de la aplicación de radio para ir a la música y voy recogiendo los restos del desayuno entre «Alors on dance» de Stromae, «Cómo me gustaría contarte» de Dani Martín y «Pandora’s Box». Me van apareciendo ideas para escribir sobre el bailar en general y la primera vez que escuché la canción de Stromae en una clase de spinning en el gimnasio en particular, que siempre anunciaba un esfuerzo extremo. Sobre esas personas de tu familia que ya no están y que provocan que cada vez me calle más sentimientos, que se queda como posos en un rincón del alma. Y la canción de OMD, que es una de las canciones que escucho en bucle últimamente y que me gusta por la historia que cuenta, que es una historia de cine y de fracasos.

Después de correr (me he pegado una paliza mayúscula con cuestas de esas que te hacen picadillo las piernas) y la ducha, me he puesto a ver una película tonta, Juliet naked que me ha atrapado precisamente porque me gustan las películas tontas, sobre todo cuando ves, como en las películas de monstruos, que las películas tontas me retratan mucho más que las obras maestras. Me ha gustado ver a Rose Byrne, que me ha llevado a rememorar con añoranza la genial Damages, y, claro está, a Ethan Hawke, del que hay tantas cosas que decir que me tengo que quedar callado y dejarlo para lo siguiente, pero, sobre todo, a Chris O’Dowd.

O’Dowd, un actor que me gusta porque retrata a la perfección a los bobalicones con atisbos de simpatía insulsa que están detrás de todos nosotros, como los monstruos. Da la casualidad de que, hace relativamente poco, había visto a Chris O’Dowd en la estupenda serie State of Union, miniserie que no tiene desperdicio y en la que comparte cartel con Rosamund Pike, que es una de mis actrices favoritísimas. La casualidad hizo que viese el otro día I care a lot, en la que se demuestra que Pike es una excelente actriz que domina el registro de la simpatía, pero también —y sobre todo— el de la ambivalencia de ese lado perverso que tienen los monstruos, con lo que aplicaos el cuento…

Y no sé por qué azares he recordado una película que vi hace unos cuantos meses, El buen maestro, que me gusta como me gustan todas las películas que tienen que ver con la enseñanza, sus conflictos y, ante todo, sus entresijos. Recuerdo cómo me enfadó ver que el título en español se ponía del lado del profe, mientras que el título francés Les grands esprits, que pone el foco en el talento más que en sus descubridores. Los azares me han llevado a cavilar en torno a ese mundo de las aulas en los que, como los peces globo, hay mucha redondez, pero también mucho veneno. Y los monstruos han vuelto a rondarme.

Y, con mucha gula y poco apetito, me he levantado y he partido un poco de la tarta de queso que hice ayer. Cremosa por dentro, tostadita por fuera, de esas que solo se comían en Donosti. La música me ha acompañado cucharada a cucharada. Ha vuelto, como siempre, Joe Crepúsculo y «Mi fábrica de baile». Y, con el último trozo, ha llegado «Brass in Pocket» de Pretenders, que te muestra las maneras de sentirse especial.

Como hacía mucho tiempo que no escribía, pensaba que hoy sí. Que hoy iba a escribir sobre los monstruos. Sobre nosotros.

Con imagen de Neil Schofield.

Historias de alumnos: Albano y el tigre

Vuelvo a las historias de alumnos, aunque, en esta ocasión, no lo haga para reseñar el pasado, sino como cálido abrigo hacia el presente. Esta entrada está dedicada a Albano, al que ya dediqué una entrada.

Sé que Albano está pasando por una mala racha que no es mala racha en sentido estricto, sino algo, por desgracia, mucho más consistente y evanescente (ambas cosas a la vez, de manera simultánea y paradójica). A la vida de Albano ha vuelto el tigre y, si alguien no ha pasado por este trance, resulta muy difícil de explicar para que comprenda lo que supone tener a ese felino acechando día y noche. Albano lo explica con todo lujo de detalles en una galería que va desde el exhibicionismo terapéutico hasta una buena dosis de retranca.

Y todos esos pormenores me duelen y se me clavan en el corazón porque tengo un aprecio infinito por Albano. Él ha pasado por mi vida (y yo creo que por la suya) con ese gusto por lo convivido y lo compartido, con ese sentido del humor que quizás solamente entendamos él y yo. En nuestro paso común por el instituto, no dudé a enfrentarme a los problemas que él vivía de manera tan profunda. Albano es una persona de inteligencia aguda y eso, aunque resulte aparentemente contradictorio, no ayuda para este tipo de situaciones. Era muy difícil ir conociendo muchas cosas de las que pasaban por el interior de Albano y sentir que ese problemático mundo interior era pasado por alto o ignorado por algunos de mis compañeros, que se limitaron a ser condescendientes.

El instituto quedó atrás para ambos hace muchos años, pero Albano y yo seguimos coincidiendo de una u otra manera. Trabaja en algo muy relacionado con una de sus pasiones y, desde hace años, yo le veía con un punto de equilibrio que le hacía mantenerse en pie de manera muy satisfactoria. No obstante, esta puñetera pandemia tiene muchas más secuelas de las que nos imaginamos y que los mentecatos defensores de la «libertad» son incapaces de comprender. Como consecuencia de estas cosas y, seguramente, alguna cosa más, Albano ha caído otra vez en las redes del tigre.

Y yo no puedo hacer mucho más que escribir a Albano de manera privada y dedicarle unas líneas emocionadas en público para que sepa todo lo que supone él para mí. La enfermedad del tigre acechante no admite consejos de autoayuda, pero, al margen de toda la labor de los profesionales que se encargan de su cuerpo y de su «alma», yo quiero recordar a Albano hoy un consejo que le dieron hace mucho tiempo y que a él le funcionaron:

Albano, cuando estés encerrado en ti mismo, en tu casa y en tus demonios personales, recuerda tu pasión por el cine y vuelve a ver esas películas musicales en las que la vida pasa por sus protagonistas para calar con su dicha nota a nota. Vuelve también a esas comedias de cine clásico que tanto te gustan, Albano. Especialmente, te aconsejaría que te sentases para ver a a Katharine Hepburn y Cary Grant en La fiera de mi niña. Ya sabes que la paleontología no deja de ser un puzle en el que a un dinosaurio siempre le falta alguna pieza. Y que el azar se cruza en nuestras vidas para convertir este mundo anodino en una comedia loca en la que uno se encuentra a un leopardo. Y, en esta ocasión, el felino es de verdad. Afortunadamente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Los libros finos

“los estantes repletos de libros, casi todos de lomos delgadísimos, porque casi todos son libros de poesía.”

Alejandro Zafra, Poeta Chileno

Toda nuestra vida en unas páginas. Dilatada como en las novelas, explicada como en los ensayos, mimetizada como en las obras dramáticas.

Toda una manera de aludir sin aludidos, de detallar sin descripciones, de reconocer sin anagnórisis. Nuestras existencias condensadas en esos libros finos, con pocas páginas, mucho espacio en blanco. Con las sílabas contadas, con los silencios ventilados, con una intensión necesariamente intensa para comunicar y para conocer y para identificar-nos.

Los libros finos, de lomos delgadísimos. Quién pudiera contar como los poetas.

Con una imagen de Shara Reid.