La Navidad. Parece que no, pero sí

La Navidad se acerca. Parece que no, pero sí. Y estaréis pensando que es evidente, que basta con fijarse en los supermercados hace semanas, en las calles, en algunas tiendas, en casas en los que el árbol de ha adelantado a las necesidades y a las circunstancias. Pero yo suelo tener una venda en los ojos que me impide contemplar lo que ve todo el mundo. Me pongo la venda antes de la herida y continúo así mucho mucho tiempo, como si nada ocurriese. Durante días y días, camino de puntillas para que el tiempo no me (lo) note. 

En los ratos libres cuando el día termino y llego al hotel, sin embargo, he descubierto una de mis grandes contradicciones. Tengo un par de películas de esas de ambiente navideño que están entre mis favoritas. Y no pienso deciros cuáles son. Felices sueños, sueños felices.

La imagen es de Travis Leech.

A la cama no te irás – Creo que te falta alegría y cíñete a la rutina. En Oxford

A la cama no te irás.

Durante semanas, me había comprometido conmigo mismo a dejar unos breves pensamientos en este blog cuando acabase el día. Vez tras vez, he ido incumpliendo mi promesa.

Las fuerzas nunca han sido mi fuerte. La fuerza bruta sí. La fuerza de voluntad, depende. Las fuerzas que se oponen, se equilibran o se contrarrestan habitan más en mis teorías que en mis acciones. Que ese es el problema.

En mitad de una noche de ficciones, escuchaba la expresión «Creo que te falta alegría» en esa película que me ha gustado tanto, que me ha dado tanto miedo, en la que me veo representado por eso de arrojarse a la piscina o a donde sea. Otra ronda. Esa identificación que no se produce de forma literal y, por lo tanto, es bastante más peligrosa. Los que me conocen saben que me río mucho, que me río todo el tiempo, que lo convierto todo en risa, en broma. Parecería que eso alivia la vida, pero no es cierto. Me río, simplemente, porque me falta alegría.

Lo decía ya en otro momento y la casualidad me lo ha devuelto con una versión de la misma canción: la música es para las personas tristes. La risa, cuando es auténtica, también. Es una adicción, como otra cualquiera. Y yo voy ronda tras ronda.

Luego, hace también unas semanas, llegó otro acontecimiento digno de ese «A la cama no te irás». La nueva, la última temporada de Dexter. Mi personaje de ficción favorito. ¿Se puede uno sentir identificado con un asesino en serie? No es por los asesinatos, no es por los instintos. Es por lo que se nos pasa por la cabeza. Y, en ese primer capítulo, Dexter se dice a sí mismo: «Cíñete a la rutina». Y eso es lo que hago, las dos cosas que hago. Me río porque soy triste y me ciño a la rutina porque no sé por dónde escapar. A veces, como canta Mina, el cielo está en una habitación.

Ahora viajo mucho por motivos de trabajo. Disfruto y me va bien. Todo lo que casi todo el mundo odia de los vuelos en avión son cosas que adoro porque son rutinas, una por una y repetidas siempre de igual modo. Las asimilo y me encandilan. El mundo ha cambiado mucho sin cambiar nada y ahora moverme se ha convertido en la mejor manera de quedarme quieto en el mismo distinto sitio.

A la cama no te irás y estoy en la cama. Ahora escribiendo. En Oxford. Llegué ayer por la noche para pernoctar en una casa lejana del centro, una casa que no se parecía a nada de lo que yo hubiera visto en persona hasta la fecha. Hoy, entre un frío de pelotas y rachas de viento y nieve que caía a ratos, me ido acercando a un sueño. Lo primero que he hecho ha sido entrar en el despacho de uno de mis colegas, ver una clase de esas que tienen una mesa y diez o doce sillas, en las que todo se desarrolla de forma intensa y no vomitando letanías en serie. Y he recorrido con él toda la historia. Me ha dado envidia  verlo desde fuera. En silencio. Vacío.

Me he dado cuenta de lo poco que hago y  de lo poco que valgo. De cómo, hace ya ni se sabe, desde que era bien joven, he tenido que ir disimulando, como impostor profesional, aparentando que pienso y aparentando que existo. De esa flaqueza de carácter que me empuja a envalentonarme con las cosas vanas e ir dejando para otro día las importantes. ¿Para cuándo unas cuantas frases de ficción bien escritas y construyendo una historia que no se quede entre la dudosa memoria del ordenador? ¿Para cuándo todas esas ideas que, día tras día, pienso provechosas y magníficas y prometedoras, que se convierten en la nada?

En este templo de lo académico, en la primera persona en la que he pensado fue en John L, Austin, uno de los pilares de la disciplina que adoro y en la que milito, ese que nos demostró que decir no era solo eso, sino que también era hacer.

Pero yo hago tan poco que esto solo es una declaración de inacciones. A mí, que tanto me gustaría vivir una clase con una mesa rectangular tan pequeña como para que quepan diez personas (doce como mucho).

Te falta alegría. Cíñete a la rutina, que esa música, esa que tocas y escuchas, es solo para personas tristes.

Pero me he ido a la cama rodeado de palabras. Misión cumplida.

La imagen es de Patrik Theander.

Un conductor y un ciclista (esta mañana)

Esta mañana, antes de ir a la universidad, tenía que pasar por el supermercado. Espero que no lea esto ningún representante de la policía local, pero iba por la acera. Todos los días voy por una calle muy poco transitada por la acera hasta que llego al carril para bicicletas que me deja en la puerta de mi facultad. Había poco tráfico y he pensado para mis adentros (¿para dónde si no?), condicionado por la avalancha de multas que ponen últimamente a los que vamos en bici (no sé si somos ciclistas): «No hay muchos coches. ¿Y si, por una vez, hago lo «correcto» y voy por la calzada»?.

Y eso he hecho. He ido por la calzada y, en el cruce que está justo antes del supermercado, con la preferencia para mí, un coche ha avanzado con gran «alegría» (vamos a decirlo así) sin detenerse. He tenido que pegar un frenazo de órdago. Él se ha parado a muy poquito de mí. En esta ocasión, ha habido suerte. No sé lo que hubiese ocurrido si, como toda parecía señalar, si nos hubiésemos «encontrado», pero dado el material del que están fabricados los vehículos, creo que hubiese salido perdiendo. No sé hasta qué punto. Él ha puesto cara de susto y yo creo que le he mirado fatal y seguro que ha salido de mi boca algún improperio.

He entrado en el supermercado. En un pasillo, un hombre, al que no conocía, me ha parado. Se ha identificado como el conductor. De la manera más elegante, educada, pausada y humilde que haya visto, se ha disculpado. Me ha dicho que, no sabe por qué, no me ha visto (es conveniente señalar aquí que yo iba embutido en un anorak amarillo fosfórito). No ha buscado ninguna excusa, sino que ha proyectado toda su preocupación. A su vez, yo le he dado las gracias por su forma de actuar y, a la vez, le he pedido perdón por el más que seguro improperio, del que él no era consciente.

No nos hemos dado la mano por todas las circunstancias sanitarias en tiempos de pandemia, pero nos hemos despedido con una sonrisa que se adivinaba en nuestra mirada. En mi caso, muy agradecido por encontrarme a una persona como él.

Todos nos podemos equivocar, está claro. Si él se hubiese equivocado un poco más y yo hubiese frenado un poco menos, a saber. Ya me han atropellado dos veces y, aunque no he salido nunca herido gravemente, quizás a la tercera hubiese ido la vencida.

Yo no puedo culpar a este gran tipo por sus errores. Pero sí voy a hacer una cosa a partir de ahora: como persona que utiliza la bicicleta cada día para desplazarme por la ciudad, no voy a bajar a jugármela otra vez en la calzada.

He dicho muchas veces que, en las ciudades, el peatón es el rey y no tiene que ser molestado ni asediado por nadie. Tenemos que buscar un modelo urbano que encuentre la convivencia entre peatones, ciclistas (y «patinetistas) y automovilistas. Quiero, ruego e imploro, por lo tanto, una oportunidad para que todos tengamos nuestro sitio. El mío, desde luego, no va a ser la calzada. Cuando voy por la acera, intento ir separado de los peatones y, cuando están cerca, pongo pie a tierra.

¿Os jugáis algo a que la próxima vez que escriba algo sobre este tema hablaré de la multa que me ha caído?

La imagen es de Óscar.

Listado de malas personas (con nombre y apellidos)

Un listado de malas personas ha de ser, necesariamente, personal e intransferible. Aunque podríamos llegar a un acuerdo para catalogar de forma universal a unas cuantas personas malas (casi todas tienen bigote), lo más frecuente es que los listados de esa categoría suelan ser individuales, aunque compartidos, puede, entre algunos familiares, amigos y allegados.

El propósito fundamental de esta entrada no es crear(me) enemigos, puesto que, a buen seguro, las personas a las que voy a calificar de «malas» me tienen también señalado a mí con la mira telescópica del francotirador, sino que mi objetivo, más bien, consiste en registrar de manera más o menos aséptica alguna reflexión y hacer público un catálogo de animadversiones justificadas.

Menos mal que esto es una reflexión a vuela pluma y no tengo que acudir a fuentes bibliográficas para definir el concepto. ¿Qué es ser una mala persona, en qué consiste y qué características tienen las personas malas? Serán respuestas que dejo al imaginario colectivo en el que, más o menos, todos solemos estar de acuerdo.

Pero vayamos al turrón, que siento ya la impaciencia de los lectores.

Tengo que decir que afirmar la maldad absoluta de una persona constituiría una necedad por mi parte. Pienso ahora en unas cuantas personas nefandas y convertirlas en malas en sí mismas las convertiría en mera caricatura. Es normal que tendamos a la brocha gorda, al trazo exagerado de los defectos en las personas que nos caen como el culo, pero hay que reconocer que, a buen seguro y con ejemplos en la mano, alguna cosa buena o alguna virtud pueden tener. Puede ser.

¿Qué personas malas conozco? Muchas. Muchísimas. Es fácil reconocerlas: me han hecho daño o me lo hacen todavía. No califico como plenamente malas a las que (me) lo provocan de forma inconsciente (aunque es bueno vitalizar el pensamiento reflexivo). Me refiero, más bien, a aquellas que se lo piensan y que, probablemente, se relamen en su maldad. O no en su maldad, de la que no son conscientes porque (quién sabe) todo el mundo piensa de sí mismo que es bueno, sino en su deseo de fastidiar al personal en general o a mí en particular.

A todo el que haya llegado hasta aquí, también le parecerá pertinente el que pueda obviar mi «malapersonidad». Es cierto. De hecho, no serán pocos los que están ávidos de estas líneas por lo mala persona que les parezco. Que uno es humano y no de piedra, por lo que arrastra no pocos pensamientos aviesos. Creo que una de las características más típicas de las malas personas es considerarse buenas frente al enemigo, siempre malo. Pero, como son sentimientos recíprocos, la maldad ronda por todas partes, por todos los frentes.

Bueno, que me enrollo. Vamos a ello. Sigamos.

Decía más arriba que conozco a muchas personas malas. Algunas me cayeron mal un tiempo y sigo en ello. Otras me cayeron mal, pero se me ha olvidado por qué. Otras, objetivamente, no me caen nada bien, pero contemplo sus acciones o sus omisiones con unos ojos más amables. En ese listado que voy a hacer público dentro de nada, no sería justo meter a todo el mundo el mismo saco. Otras tenían rasgos de malos-malísimos, pero era solo de cara a la galería. Es posible, incluso, que haya algunos que se creían malos, pero lo fueran en forma de algodón de azúcar.

He tenido que afilar el lapicero para sacar toda mi maldad (hay que ser muy malo y rencoroso para hacer una lista de personas malas), recuperar mi peor yo, regurgitarme de malos recuerdos o despertarme conscientemente de hechos actuales.

Y, puestos a ello, me doy cuenta de que he conocido nada más a una persona con la que he experimentado y deducido consecuentemente solo defectos y ninguna virtud. Era tan mala (hace muchos años que no tengo noticia de ella) que no es que fuese exclusivamente mala conmigo, sino que no vi tampoco ningún rasgo de bondad para ningún otro conviviente/sufriente.

Tuve la mala suerte de coincidir con él en un trabajo anterior, hace ya muchos años. Había prometido nombre y apellidos, pero, como en los periódicos, aunque no le concedo la presunción, le pondré las iniciales: M. D. B. Quizá tampoco se merezca mucho más.

Y ya estaría. Lo demás, es una escala de grises. Y a mí me gusta mirar hacia lo más claro.

Con imagen de Fryless.

 

El equilibrio, una mierda (Una mierda para el equilibrio)

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Me acuerdo del juego infantil de los balancines, en el que la mesura inicial y mi tendencia atávica a la seguridad me llevaba a la inacción hasta que el niño que tenía en frente me hacía descubrir ese lado divertido y terrorífico y desconcertante que suponía el desencajarte, tener que sujetarte con fuerza y temer lo que estaría por venir, que podía ser esa mezcla de arena y piedrecitas de la salías con un algodón chorreante de agua oxigenada.

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Por mucho que defendiese en mis clases de filosofía a Parménides como abogado del diablo y me diese por enarbolar los argumentos de Zenón de Elea con Aquiles y la tortuga, con flechas o con cualquier aporía que estuviese al alcance. Pero luego llegaba Heráclito, con ese movimiento que se demuestra andando, con ríos y fuegos y seres que somos y no somos los mismos.

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Por mucho que mi cabeza parezca que tienda al orden, a la triangulación y los círculos perfectos, que solo habitan en el exterior y tienen poco que ver con mis adentros. Una cosa es intentar que todo encaje, nadar y guardar la ropa, pensar en el paso que vas a dar para no caerte y otra cosa muy distinta es la procesión que va por dentro. De hecho, ni se me ocurre acercarme a menos de un metro de un precipicio. Porque estoy convencido de que el equilibrio es una entelequia y siempre hay una pierna que flojea, una superficie resbalaliza y un imprevisto que te arroja hacia los abismos.

No sé muy bien qué es el equilibrio. De hecho, siempre que he intentado pintar, la bazofia ha resurgido de intentar emular mis queridos neoplasticismos confundiéndolos con un exceso de simetría. Y no puedo dejar de sentirme fascinado por los excesos, las manchas, la tensión y las ausencias. Amo el arte y la literatura y el cine equilibrados, pero me desato cuando me sacan de las casillas, de los finales y de los principios ordenados.

No sé muy bien lo que es el equilibrio. Y esto no es una crítica hacia nadie, sino una constatación que me hago ahora y aquí para mí mismo. Diría que la vida es zozobra, miasma y que lo demás son ansias de que todo sea de colores más cercanos al rosa. También quiero que conste ante notario que mi pensamiento girase en torno a otras órbitas, que pudiese condensar el universo en frases bellas que conjugasen con esa congratulación cósmica.

Mientras tanto… Una mierda el equilibrio.

La imagen es de GLAS-8.

Una de cal y otra de tristeza

En el famoso dicho de «Una de cal y otra de arena», nunca he llegado a saber cuál es el término positivo y cuál el negativo y, aunque podría guglearlo ahora mismo, prefiero quedarme con la duda.

La entrada de hoy iba a estar proyectada en dos polos antagónicos, como la cal y la arena. En una parte iba a sacar toda la mala leche y en otra iba a hablar de cosas delicadas.

Se ve que me voy haciendo mayor. Cada vez me da más pereza enfadarme contra el mundo. O, mejor dicho, contra algunas de las malas personas que deambulan por este mundo. Así que la cal me va a servir para enterrar los exabruptos de lengua viperina.

Y me quedo con la tristeza como estado bello en el que habitar el mundo. Resignado a disfrutar solamente de las alegrías a tiempo parcial, hay una tristeza en la que te encuentras, con la que te identificas y, al final, con la que te acostumbras a convivir.

Viene todo esto a colación de mi última lectura, la novela El baile del reloj, de Anne Tyler. Quizás no sea una novela triste, eso lo dejo para que opine cada uno. Pero a mí, como me ocurrió ya con El turista accidental, los personajes de Tyler me dejan un profundo poso de tristeza. Me ocurrió primero con ese viajero que deambulaba por el mundo para escribir guías de viajes y me ocurre ahora con Willa, un personaje en la encrucijada.

Esa manera de emprender los viajes para no quedarse, esa prosa calmada y detallada, cargada de emociones, que me sirven para escribir en el reverso de mi vida. Porque, en la vida, siempre hay una de cal y una de tristeza.

Con imagen de Camil Tucan.

Eres un paréntesis: acaba y empieza, sin nostalgia ni pena, desafíos, el Thyssen y el cielo de Madrid… y el paréntesis

Acaba y empieza

Septiembre se mete de tapadillo en el verano. El último día de piscina fue muy triste, con mucho calor, la piscina llena de nostálgicos aprovechando hasta el tuétano. Acaba la temporada de piscina y la recordaremos durante meses cuando el frío sea más profundo y parezca irreversible.

Sin nostalgia y sin pena

Tengo nostalgia y pena de que acabe al verano, pero odio a todos los que se muestran nostálgicos y penosos a la vuelta. No me gusta empezar un nuevo curso triste por lo que he perdido, sino por lo que me voy a encontrar. Buf, parezco un libro de autoayuda.

Desafíos

Este verano he llegado a una nueva meta, pero no estoy contento. Tendría que estar orgulloso y, de hecho, manifiesto ese orgullo de cara a la galería, pero, en mi fuero interno, tengo una sensación de vacío y de pena. Tengo que desafiarme mejor.

El Thyssen y el cielo de Madrid

Tendré que hablar un día de exposiciones, tendré que confesar que es la primera vez que visito el Thyssen y que tengo dos cosas que tengo que deciros de él y una se llama Mondrian. De momento, pienso en el atardecer de una tarde calurosa y en el cielo de Madrid. Y de su belleza

Eres un paréntesis

También tendría que evocar unas cuantas ficciones. Hay una que me ha llegado a lo más profundo. Fue una película que cayó durante una noche de insomnio, que era mucho mejor de lo que parecía, de esas que retratan tu vida. En ella, un personaje le dice a otro: «Eres un paréntesis». Y yo me quedé de piedra porque retrataba lo que es, de hecho, el signo de puntuación de mi vida.

Imagen de Robert Clinton.

Tardes de piscina. Para pensar en no pensar, ida y vuelta, ida y vuelta, que me han hecho temblar, que se debaten contra el viento

para pensar en no pensar

Las tardes de verano, para mí, son tardes de piscina. Tardes para nadar, para leer, para mirar, para escuchar, para palpar el césped con la planta de los pies, para no pensar, para pensar en no pensar. En el momento en el que las tardes de verano en estas latitudes se convierten en malos días de primavera o presagios de un otoño angosto, se me desbaratan los planes y la vida. Vivir un día de agosto, como mucho, a veintiún grados es una desgracia que se repite cada vez con más frecuencia. Quién tuviera una casa en otro sitio para escapar de esta ciudad.

ida y vuelta, ida y vuelta

La tarde de piscina de hoy ha sido parcial y, por lo tanto, incompleta. El entrenamiento lo ha ocupado todo. El ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta… y así cincuenta y dos veces era algo necesario, pero sin el prólogo del sol en la cara sin el colofón de un ratito de lectura y de una charla y de una cerveza, todo es más soso, más gris, más cercano a la obligación que a la bendita rutina de mis tardes de piscina.

que me han hecho temblar

Hoy he salido del agua cuando el ambiente refrescaba a golpes de viento que me han hecho temblar, que me han hecho huir desesperadamente hacia la ducha caliente, hacia la leche caliente, hacia un sol que era solo un sol de cafetería con cazadora y con pocas ganas, con mucho que decir de todo lo que no puede ser dicho.

que se debaten contra el viento

Para mí, estar una tarde de un 17 de agosto a las ocho de la tarde escribiendo en casa es un atentado contra las buenas costumbres. Mientras miro por la ventana a personas que se debaten contra el viento, pienso en lo que tendría que ser mi vida, de otro modo. Más cálida, más alegre. Con un rostro que me ilumine.

Tarde de piscina – un error de cálculo, buscando mi territorio, un entrenamiento suave, cambio con frutos secos y horchata. Y baja el sol y el ánimo en mi corazón

un error de cálculo

La tarde comienza con un tremendo error de cálculo: el miedo a que las calles cortadas por la meta de la Vuelta a Burgos dejasen cortadas algunas calles me han llevado a dejar aparcado el coche cerca del recinto de la piscina y volver corriendo a casa a mediodía. Por la tarde, enfundado con la camiseta y las mallas, con una gorra para protegerme de un sol de justicia, he arrastrado mis pies con muy pocas ganas. Nunca costó tanto llegar al paraíso.

buscando mi territorio

El césped de la piscina es una marca continua de territorios. Cada uno lo extiende como quiere y como puede, como si no hubiera pandemia, como si no existiesen más que ellos en el universo. Como casi todo el mundo, tengo algunos sitios preferidos, sobre todo aquellos en los que al principio hace sol pero, a medida que avanza la tarde, empieza a reinar una sombra deliciosa. Pero un par de chicas tienen extendidas unas toallas de ochocientos metros cuadrado; una pareja mayor tiene esparcidas las sillas en un sitio, las toallas en otro, las bolsas en otro; uno de los huecos posibles está cerca de un grupo que no para de hablar de cosas intranscendentes a volumen brutal. Hay sitio en otros lugares de la piscina, pero yo lo quiero en ese. Al final, tengo suerte y un ente solitario se marcha dejando el sitio perfecto.

entrenamiento suave

Con las idas y vueltas corriendo (trotando más bien), me daba pereza entrenar, pero hoy tocaba una sesión más o menos suave de 2 800 m, así que he ido con calma cuando había que ir. Para no aburrirme, pienso en mis cosas, claro. Para no aburrirme, juego y entreno la respiración. Largo respirando a derecha, largo respirando a izquierda, largo respiran cada tres. De tanto no querer aburrirme, empiezo el juego de alternar respiraciones: cada dos, cada tres, cada cuatro, cada cinco, cada seis y cada siete. Y la respiración se resiente y dejo de aburrirme. Tanto, que en la serie siguiente propongo aburrirme con algo más rutinario. Se me ha puesto a tiro alguien que nada dos calles más allá y voy a cazarle.

cambio de parcela buscando el sol con frutos secos y horchata

Salgo de la piscina y un señor ha puesto su silla tan cerca de la mía que, si estuviese en las condiciones idóneas, me hubiese dejado embarazado. Le digo algo porque no sé callarme y él me dice que lo siente. Me da tanta pena que me cambio de sitio yo, buscando un poco de sol y recuperándome con un puñado de frutos secos y pasas que degusto uno a uno, una a una, para que me duren. Y un poco de horchata.

baja el sol y el ánimo en mi corazón

El sol, que me calienta hasta reconfortarme por fuera y por dentro, va tomando esos ángulos de agosto que hacen que se oculte pronto. Vuelven las sombras y baja el ánimo en mi corazón. Hoy la tarde concluye cogiendo bastante pronto ese coche, ese que lo ha provocado todo.

unas cenizas en una urna, un momento prodigioso de lectura, dos imbéciles, dos chapuzones y tres cervezas

unas cenizas en una urna

Ayer empezó el día con una mezcla de tristeza, de reflexión y de encuentros. En el cementerio de Miranda de Ebro, se enterraría una urna con las cenizas de una persona muy querida de mi familia. Había muerto hace ya tiempo, pero la pandemia había evitado que esos restos de polvo enamorado reposasen en el lugar adecuado. Miré la lápida y encontré los nombres de parte de la historia familiar y me conmovió, al ver mi apellido allí escrito, ser consciente de que quedamos ya muy pocos y ni querer pensar siquiera quién puede ser el siguiente. Como siempre ocurre en los duelos, los muertos nos sirven para reconciliarnos con los que quedan, que en este caso eran personas a las que hacía muchísimos años que no veía, e incluso otras personas a las que no conocía pero que están muy próximas en la memoria de la familia.

un momento prodigioso de lectura

Casi nunca abandono de un libro (si dijera que uno de los pocos que he abandonado en varias ocasiones ha sido El señor de los anillos seguro que más de uno me guardará rencor eterno). Pienso que puede que llegue una frase sorprendente, un personaje que fascina, una recuperación prodigiosa, qué se yo. Estoy leyendo Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro. No es que no me estuviese gustando, es que me estaba confundiendo y desconcertando porque recorre un sendero que no era esperado. Y ahí estaba yo, por la tarde, una vez asentado en la piscina, avanzando en la lectura, cuando he arribado a un pasaje maravilloso. Podía verse venir, pero yo estaba despistado en mi desasosiego. Y todo encaja en la manera que a mi me gusta que encaje las lecturas, desarmándome y revolviendo las pocas ideas que me quedan en la cabeza.

dos ímbéciles

Las tardes de piscina dan para mucho, sobre todo cuando has vuelto de un acto luctuoso, has comido pronto y quieres refugiarte del sol en una sombra fresca y amena, con el sonido de agua como telón de fondo. En el devenir de las horas, pasan conocidos con los que charlas de manera más o menos detenido, con los que compartes agradables palabras intrascendentes, saludos (cordiales casi siempre, protocolarios y circunstanciales algunos), te pones al día de las vidas o qué se yo. Fue así con unas cuantas personas y, aunque la tarde fue más o menos afortunada, tuve la mala fortuna de encontrarme con dos imbéciles. Uno me hizo una de las preguntas más tontas que he tenido ocasión de responder y otro me contó de manera pormenorizada una vida, la suya, que me interesa solo en lo superficial y no en los detalles con los que fue machacando más aún que la tarde de calor plomizo.

dos chapuzones

No fue un entrenamiento como tal porque ayer era un día en el que tocaba recuperar, así que utilicé la natación para refrescarme, para gozar del agua, para notar la respiración y convivir con ella, para saber compartir la felicidad del cuerpo para que la mente se anime.

tres cervezas

En las tardes de piscina, hay un largo momento de privacidad, salpicada de esos encuentros de los que hablaba, de baños y de lecturas. Cuando las horas avanzan, me reúno siempre con unos buenos amigos. Tres cervezas, unas patatas fritas, una buena conversación y unas risas sirvieron para finalizar.

Cenizas, nombres familiares, encuentros, lecturas que te reconcilian, imbéciles que siempre son menos que las personas a las que consideras o a las que aprecias y baños de frescor hacia fuera y hacia dentro.

Otra día. Y una tarde de piscina.