— Verba Volant

Para este sexto día hablando de libros, me decanto por uno de los que más me gustó en esa época de infancia en el que se el niño tantea el universo y lo expande e intensifica gracias a las novelas de aventuras.

Hubiese podido escoger otras novelas de Julio Verne. Sin duda, mi favorita es 20 000 leguas de viaje submarino. Por muchas razones, pero, sobre todo, por el maravilloso personaje del capitán Nemo, digno de un análisis mucho más pormenorizado y que apareció también en La isla misteriosa. Pero la novela de aventuras marinas llegó más tarde que la de las estepas siberianas, así que elijo esta y no aquella. O, mejor, elijo las dos, pero solo hablo de una.

Miguel Strogoff, el correo del zar, que tiene el reto de recorrer el camino que dista entre Moscú e Irkutsk en Siberia, lleno de amenazas y de peligros. Y, en su contra, un malo-malísimo antagonista: el malvado y rencoroso Ivan Ogareff. Como es posible que algunos visitantes de este blog no hayan leído la novela, no puedo hablar de ese momento crítico de la obra, donde al correo del zar le privan de algo fundamental para seguir con su misión. La manera de narrar las adversidades, el talante de Miguel para enfrentarse a ellas, la compañía de Nadia en su viaje…

Para mí, Irkutsk fue el símbolo de lo remoto, lejano e inalcanzable. Como anécdota, diré que, en uno de mis viajes a Rusia por motivos académicos, conocí a dos profesoras que eran de esa localidad siberiana. Me parecía imposible estar en sesiones de ponencias y comiendo o tomando un café con personas del otro confín del mundo, ese al que tuvo que llegar Strogoff para cumplir su misión.

Hablando de Julio Verne, aprovecho para mencionar El castillo de los Cárpatos, una novela muy representativa de la narrativa de fines del XIX, en el que, pasado el realismo, se vuelve al interés por lo fantástico. Aquí tenemos una historia con un malo lleno de secretos y una obsesión: una cantante de ópera, que muere aterrorizada en el escenario. A partir de ahí, la narración se desplaza a los Cárpatos, en Transilvania (nada menos). Y, con un toque de obsesión casi vampírica, asistiremos a un submundo de espíritus y apariciones, de melodías y figuras enigmáticas. Los personajes, de algún modo, se han de reconocer a sí mismos en un mundo de espejos.

En suma, me resulta una novela muy interesante por esa recreación de lo misterioso y lo romántico, mezclado con lo moderno de un modo que solamente podremos entender una vez que hayamos acabado el libro.

Y, ya que la cosa va de obsesiones, de personajes enigmáticos y cantantes de ópera, el extra no podía ser otro que El fantasma de la Ópera, de Gaston Leroux. La historia es muy conocida por sus versiones cinematográficas y el musical de éxito continuado, pero aconsejo vivamente leer la novela: tiene algunas variantes, matices y derivas en la historia que son bastante diferentes a lo que sucede en las versiones fílmicas y teatrales.

A veces, uno no sabe los misterios que habitan en el subsuelo de sus vidas, pero la literatura está ahí, muy atenta, para desvelarlos.

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Me apasiona Robinson Crusoe. El libro de Defoe contiene tantas lecturas, tantos modos de enfocar la historia, tantas maneras de ajustarla a nuestras circunstancias personales, que dibuja un bucle infinito que nos conecta con esa experiencia excepcional y dolorosa del náufrago para extrapolarla a lo que significa el sentido de nuestra existencia. Como individuo y como cultura.

Es probable que los lectores jóvenes que se acerquen a esta novela por primera vez se encuentren con algo que no esperaban. Es, por supuesto, una novela de aventuras, pero también se trata de una novela moral, filosófica, reflexiva. Lo que, en principio, podría considerarse una catástrofe personal le sirve a Robinson para sobreponerse, para construirse y construir, como símbolo de la fe en el progreso, en el hombre (blanco). A mí me gusta la obra en todas sus vertientes y en todos sus ángulos.

Reconozco que siempre me han llamado la atención las novelas que enfrentan al héroe contra la soledad y los medios que pone este para asimilarla, para acomodarse a ella o para replicarla. En novelas como Robinson, uno, buscándose a sí mismo, encuentra muchas cosas de sí que no conocía. Y, a veces, si la suerte le acompaña, se encuentra un día de la semana (por ejemplo, un viernes), con el otro.

Robinson (re)construye su existencia y establece una réplica del mundo civilizado en un mundo salvaje porque confía en sus posibilidades como ser humano y en las posibilidades que le ha dado una cultura, que ya es ilustrada. También hay ahí algo de lectura política, por supuesto. Pero a mí me gusta inclinarme por el lado personal de Robinson Crusoe, por ese joven deseoso de aventuras al que el azar, que no es sino el destino, le conduce a la aventura total.

La pregunta en la actualidad es inevitable: ¿cómo sobreviviría una persona de nuestro tiempo en la isla de Robinson? Esto me da ideas para algo que escribiré algún día de forma más pormenorizada.

Aunque el título de esta entrada incluía el título de dos libros, hablar de islas desiertas me empuja a escribir unas poquitas líneas sobre El Señor de las Moscas, de William Golding. Aquí la isla desierta nos sirve como un experimento sociológico y antropológico que ríete tú de Gran Hermano (el televisivo, claro) o de Supervivientes (el televisivo, claro). ¿Qué puede haber más idílico en este mundo que un grupo de jovenzuelos supervivientes de un accidente de avión que hacen de una isla desierta su lugar de vacación? Esta novela, analizada hasta la extenuación en sistemas escolares de otros países, creo que en España ha tenido menos recorrido en los institutos. Yo la utilicé durante muchos años en las clases de Filosofía para conectarla con las teorías de Hobbes, de Locke, de Rousseau. ¿Somos buenos por naturaleza o somos un lobo para nuestros congéneres? Aquí no puedo extenderme mucho para dar la oportunidad de descubrirlo a aquellos que no han leído la novela. Adelanto que podéis esperar juegos, clanes, luchas por el liderazgo, religión totémica incluso. Y ya no digo más.

Escribir sobre islas desiertas me ha llevado a considerar necesario hablar sobre Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Los asquerosos es una novela sobre un náufrago que no vive en una isla desierta. Comienza con notas irónicas que me recuerdan a Eduardo Mendoza hasta que va encontrando una voz propia extremadamente peculiar y original. El protagonista, Manuel, huye por un motivo más que justificado a un pueblo abandonado, que es lo más parecido en nuestros días a una isla desierta, puesto que vivimos en un mundo en el que todas las islas desiertas tienen algún turista con un vaso en la mano. Huida y acomodo en nuevo mundo, en una nueva realidad. Diría que Manuel es como Robinson, pero el mismo narrador refuta esa afirmación. Nos dice que tampoco es una escapada mística al campo a lo Thoreau en Walden. En suma, el protagonista se cobija en el mundo rural de la nada primero por necesidad y luego por una convicción. Cuando a la isla del páramo llegan los salvajes —esta vez sí, como en Robinson—, la vida de Manuel se siente amenazada. Y nosotros comprobamos la tensión entre la sociedad en la que vivimos y la sociedad de la que queremos escapar.

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La entrada de hoy iba a ser para Patria, de Fernando Aramburu, un libro magnífico en muchos sentidos. Estupendo en su forma de contar, maravilloso por lo que cuenta, dando sentido auténtico y perspectiva al problema del terrorismo y la convivencia en el País Vasco. Todo narrado desde dentro, sin medias tintas. Una historia de ciudadanos, de paisanos enfrentados que acaba como acaba. Y no digo cómo acaba porque todos sabemos cómo finaliza (o está finalizando) la historia externa del conflicto vasco, pero en esta novela el final también es importante.

Sin embargo, me decanto por un libro que también aborda el problema del terrorismo en el País Vasco. Se trata de El hombre solo, de Bernardo Atxaga, que fue publicado en 1993. Leí esta obra a los pocos meses de ser publicada y me encantó. Me gustó especialmente porque es una novela muy bien escrita, pero, ante todo, porque está narrada desde el punto de vista de un exmiembro de la banda terrorista.

Bajo la apariencia de una novela de una novela de intriga, El hombre solo es mucho más que eso. Ambientada durante la celebración del campeonato mundial de fútbol celebrado en España en 1982, Carlos, el protagonista, trabaja en un hotel de Barcelona junto a otros compañeros de la banda. Alejado de la lucha armada, su máxima ambición es olvidar todo lo pasado y mirar hacia el futuro. Pero no es tan fácil dejar atrás todo lo que uno ha sido, sobre todo cuando reflexiona sobre sí mismo y escucha voces constantes de distintos signos que le recuerdan lo que fue. El destino y las circunstancias le obligan a recuperar todos esos fantasmas del pasado para devolverlos al presente colaborando en una nueva acción de ETA.

La novela hace que conozcamos profundamente a Carlos, a un Carlos que piensa, que argumenta contra su pasado, que lucha, sobre todo, contra sí mismo, contra sus miedos y sus antiguas convicciones. Es muy difícil ponerse en la piel de alguien que ha participado en la lucha terrorista en el bando de los malos, pero todavía es más complicado sentirnos identificados con él. Cuidado, no se trata de una identificación que justifica ni exonera: se trata de acompañar al protagonista en un momento de su vida y activar todas nuestras alarmas existenciales. Porque los seres humanos, aunque estemos amparados en banderas, en insignias y consignas, somos seres perdidos en el vacío. Los hombres estamos solos.

Os invito a leer este libro. No os va a dejar indiferentes.

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Después de dos días de novelas, cambiamos al teatro. Siete días no dan para mucho, aunque haga alguna trampa, así que tengo que hablar necesariamente de Shakespeare. Proust, Shakespeare y Cervantes forman la tríada de mis autores favoritos, si es que es posible elegir, preferir, escalar y escalonar en algo tan íntimo como el ámbito de la pasión literaria.

Llegué a Shakespeare, en general, de manera bastante azarosa. A eso de los 13 años, mi madre accedió a comprarme una colección de cien libros que iban saliendo en los kioskos con una selección de clásicos (en principio, destinados a los jóvenes, pero con títulos que creo que excedían o ampliaban ese marbete). Recuerdo muy bien que, un día, tendría yo 14 años, abrí uno de esos volúmenes multicolores. Este era amarillo y contenía, creo recordar, tres obras: Hamlet, Macbeth y Romeo y Julieta. Empecé por este último, que me gustó mucho. Las otras dos obras las leí en circunstancias muy raras para mí. Yo, que era amigo de encerrarme en mi habitación, alejado de todo gracias a un larguísimo pasillo que separaba mi mundo de todo lo demás, salí a la calle un día de primavera con el libro en la mano. Fui al paseo de la Isla y, en un banco y al calor dulce de un sol que empezaba a florecer, me puse a leer. Entendía muy poco, casi nada, pero me llamaba mucho la atención la manera que tenía Shakespeare de contar esas historias. Había frases crípticas, casi sentencias, que para mí no tenían otro sentido que la belleza. Había pasajes que leía y releía porque me gustaban, conversaciones que encerraban grandes secretos de la naturaleza humana. Pero Shakespeare, por aquel entonces, no pasó de esas sensaciones, que para mí como lector no me habían llenado por completo porque no había llegado a entender hasta las últimas circunstancias, pero que ahora, vistas con perspectiva, eran más que suficientes. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare son, entre otras muchas cosas, sensaciones.

Volví a Shakespeare años después, creo que con 16, en una época en la que creo que era muy fácil sentirse identificado y comprender a Hamlet. Tipo contradictorio con muchos problemas existenciales, marcado por una tarea que no sabe muy bien cómo encarrilar, estigmatizado por una locura que no se sabe hasta qué punto es intencionada, teatralizada, estratégica. Con un amor que acaba mal, enfados, traiciones, secretos y revelaciones. Y, por dentro y por fuera, mucho teatro.

Nunca he visto Hamlet representada en un teatro. Sí la vi en la televisión, en la aclamada versión de Laurence Olivier de 1948. Y, aunque a mucha gente no le guste nada, me interesó muchísimo la versión de Kenneth Branagh que disfruté en el cine en su versión íntegra de cuatro horas. Ese Hamlet atemporal e intemporal, que pertenece a todas las épocas y que asume muchas variantes, con hallazgos inteligentes, como ese maravilloso juego de espejos que tanto juego da en el filme. Y con todos los interrogantes de la obra puestos de manifiesto. Ya había disfrutado de otras adaptaciones y versiones cinematográficas de este director.

Hamlet no solo ha acompañado mi vida como lector, sino que podría decirse que ha acompañado también a muchos jóvenes lectores que pasaron por mis clases. Llegó a ellas casi por azar, a raíz de algo que ocurrió con una lectura del Quijote, y lo hizo para quedarse. Un Hamlet acompañado, leído y comentado, discutido y e interpretado, resulta una auténtica maravilla. Creo que no dejó indiferente a casi nadie y a mí, desde un punto de vista personal, me sirvió para leerlo y releerlo en más de veinte ocasiones. Es, por lo tanto, una de las obras que he tenido más pegadas a mi evolución como lector y como ser humano. Ha cambiado conmigo, y también me ha ayudado a situarme, a comprenderme y a entender mejor esa mezcla de teatro y realidad que reviste nuestras vidas, esos desafíos que no sabemos cómo afrontar si no es con mezclas no conocidas de locura, audacia e ímpetu juvenil.

Sería injusto hacer referencia a las tragedias de Shakespeare y no comentar brevemente a una comedia que incorpora una anécdota muy importante en mi vida y que solo comentaré a medias. Se trata de El sueño de una noche de verano. Es una obra que nunca he leído y he visto representada solamente una vez. Vi algo de su magia en El club de los poetas muertos, en la que el gusto por la representación y el poso de comedia e ilusión juvenil se mezcla casi inmediatamente por la tragedia.

Tuve la suerte, como digo, de ver esta comedia de Shakespeare representada en Burgos en una larguísima representación llena de magia, plagada de sueños e irreales realidades, con el teatro dentro del teatro, con árboles, bosques y hadas. El telón se cerró. Era una noche de verano. Y hasta ahí puedo contar.

En suma, la vida es puro teatro.

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Escribo esta segunda entrada sobre libros siguiendo el reto de “Siete días de libros” y lo hago subrayando que, en los días sucesivos, la elección no tiene ningún orden de preferencia.

Lo hago sobre un libro que me fascina: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. No llegué a la historia por primera vez a través del papel, sino gracias a una reposición de la serie de RTVE dirigida por Pedro Amalio López y protagonizada por el gran Pepe Martín. Tenía 12 años, pasaba parte de los veranos en Madrid y, después de comer y esperando que llegase la hora de bajar a la piscina, me tumbaba en el suelo de la salita y quedaba totalmente absorbido por esta historia de traiciones e injusticia, de venganzas y salvaciones. Llegaron luego, casi simultáneamente aquellas versiones en viñetas de las “Joyas literarias juveniles”, que adaptaban textos literarios en formato cómic, que no sirvieron nunca para disuadirme de leer los textos originales sino, antes bien, me dieron magníficas ideas para elegir las historias que me gustaban.

No recuerdo la primera vez que leí el texto original de Dumas. Tendría, probablemente, unos 15 o 16 años. Conocía bien la historia, pero quedé prendado por el ritmo vertiginoso (pese a los dos grandes tomos) que tenía el autor francés para narrarla. Mi parte preferida ha sido siempre la de la fuga del Castillo de If, esos momentos de aprendizaje y preparación que convierten a Edmundo en un auténtico sabio, casi un superhombre. La primera vez, también me gustaba mucho la parte de la venganza metódica, casi cartesiana, pero en sucesivas lecturas he acabado el libro disfrutando más de la primera parte que de la segunda, aunque me agraden mucho las dos. La segunda vez que volví al libro tendría ya unos 30 años. Había comprado una nueva edición cuando era socio del Círculo de Lectores. Abrí el libro y comencé mi relectura en sábado por la mañana y, atrapado de nuevo por la historia, no abandoné la lectura (a excepción de las necesidades vitales imperiosas) hasta que me lo acabé. Tenía miedo de que se tratase de uno de esos libros a los que se vuelve pasados los años y decepciona, pero no lo hizo de ningún modo. Antes bien, me hizo fortalecer algunas intuiciones juveniles y me encandiló con otros muchos aspectos nuevos. Volví a él hace poco, unos dos o tres años y seguí padeciendo y disfrutando de estas aventuras narradas por Dumas y sus colaboradores.

Tener esta oportunidad para hablar espontáneamente de libros me ayuda a comprender algunas cosas. Yo, que creía que tenía un poso vengativo y justiciero, creo que me dejo llevar mucho más por las historias de conocimiento y de liberación. De hecho, me gusta muchísimo el proceso que sigue Alejandro para romper con esa traición inicial y cómo salva su vida gracias a su inteligencia, a su previsión, a su preparación. Me gusta mucho más el Edmundo hombre que se enfrenta al mundo y se libera que el Edmundo-dios que quiere restablecer y compensar un mundo con pesos y balanzas que ya no tienen mucho sentido más que el poético.

Para este segundo libro del reto, he elegido la historia del conde Montecristo, pero he estado a punto de cambiarla varias veces dudando entre dos libros, así que haré referencia a ellos. Son los dos también libros de aventuras. Se trata de El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, y de Scaramouche, de Rafael Sabatini. Me doy cuenta de que, como en el caso anterior, son historias vividas antes en las pantallas que en los libros. Otro denominador común entre ambas es que, en esas películas, el protagonista es Stewart Granger, un actor que siempre me ha fascinado y al que tengo que dedicar una entrada un día de estos, porque su nombre me remite también a otro gran libro, Las minas del rey Salomón y a una historia de contrabandistas, Moonfleet, que es una de mis películas preferidas.

¿Qué decir de El prisionero de Zenda? El que no haya leído esta novela, haría muy bien en abandonar la lectura de este mísero blog y empaparse de una historia que figura en torno a la figura del doble, de ese haz y envés de nosotros mismos en los que se refleja lo mejor y lo peor. Gracias a él y a las circunstancias, vivimos lo que no queremos, anhelamos lo que nunca pudimos alcanzar y adquirimos un sentido del deber que nos es ajeno, aunque nuestra vida esté constantemente en peligro.

Y, con Scaramouche, pasa lo mismo. En este caso, es muy aconsejable leer el libro y ver la película (o viceversa) para apreciar las diferencias entre ambos. Tenemos aquí, también, una historia de venganza, de nobles y lacayos, de huidas y teatro… y de cómo entre peleas de espadas uno se enfrenta a algo más que a su enemigo.

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En una red social, me han propuesto el reto de participar en una cadena para hablar de siete libros en siete días y proponer a otra persona que participe en esta cadena a raíz de cada libro del que hable. ¿Cómo decir que no a un reto como este, cuando leer se encuentra en el centro mismo de mi manera de vivir?

Le he dado alguna vuelta al asunto y me ha parecido adecuado ampliar en una entrada del blog algunos detalles relacionados con el libro que escojo cada día. Entre otras cosas, porque en las redes sociales cada vez soy más conciso y menos participativo. Ahí solo anoto y apunto y aquí daré algo más de extensión y de justificaciones.

Cualquier reto en el que haya que escoger siete libros se anticipa ya como un desafío imposible. En su propia imposibilidad, lo haré factible gracias a ciertas dosis reducción y (también) gracias a alguna trampa, que veréis en su momento.

Pero me resulta muy sencillo escribir el primero de la lista: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Proust llegó a mi vida cuando estudiaba cuarto de Filología Hispánica en Valladolid y se instaló en ella para siempre. Hay un hueco siempre dentro de mí para la Recherche. Aún recuerdo cuando comencé la lectura del libro en la traducción de Alianza, realizada por Pedro Salinas. Quedé inmediatamente enamorado y embelesado por una manera de contar, que era la que a mí más me gustaba de entre todas las posibles. Esa sintaxis alambicada y alargada, ese devaneo con las palabras que no es vacío sino, que en sí mismo, completa un mundo y una manera de enfrentarse a él.

Al año siguiente, allá por mi cumpleaños, recibí un regalo inesperado: se trataba de la obra completa de Proust (como sabéis, es una obra compuesta por siete novelas) en francés. La vida me enseñaría, poco después, muchas cosas sobre tiempos recuperados y tiempos perdidos. Yo no había acabado de leer todavía la obra en español, pero la lectura de la Recherche en francés supuso para mí una conmoción y un obsequio para cada uno de los sentidos hasta llegar al intelecto de una forma vaporosa, oxigenada, perfecta.

La manera de concebir el tiempo y, sobre todo, la manera de integrar el tiempo en la vida real y en nuestro sentido existencial supone uno de los mayores logros de la obra. Esa vida dilatada en mil detalles y matices, que parece perdida para siempre, es recuperada por el sentido y el tiempo de la escritura. Nunca perder el tiempo fue una manera tan estupenda de ganarlo. Nunca perderse en el detalle supuso una manera tan excelsa de encontrarlo.

Me maravilla ahora comprobar que, cuando escribo estas líneas, soy mayor que Proust. El novelista francés murió a los 51 años y, sin embargo, aquí estoy yo, incapaz de perder el tiempo y recuperarlo. Menos mal que lo atrapo de vez en cuando gracias a su prosa.

Hace falta que no vuelvo a Proust leyéndolo de parte a parte. Decididamente, tengo que buscar todo un verano para recuperar el tiempo.

La imagen que ilustra la entrada es la última página del último tomo de la obra. Demuestra de forma muy gráfica que, para hablar del tiempo y de la vida, hay que hacerlo corrigiendo mil y un matices. La vida no admite tachones y añadidos. La escritura, afortunadamente, sí.

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Como creo haber comentado ya en esta serie, queun año (hace muchos ya) un compañero de instituto y yo fuimos de excursión a París con un grupo de alumnos de 2.º de bachillerato. Fue un viaje fantástico, que nació en los dulces momentos en los que se podía viajar a la ciudad francesa desde Burgos en un tren directo nocturno. Te metías en la cama y despertabas en París. También eran los dulces momentos en los que la estación de trenes de mi ciudad estaba en el centro de la ciudad y no en el quinto pino. Ahora los viajes en tren en Burgos, desgraciadamente, se han reducido a la mínima expresión. Cuesta llegar a esa nueva estación, ultramoderna y ultravacía, que ya no es lugar de tránsito hacia un sueño sino lugar de éxodo o de huida.

He visitado tantas veces París que ya me es difícil contar las ocasiones en las que he podido disfrutar de la que fue durante muchos años mi ciudad preferida, sin lugar a dudas (y que ahora tiene, quizás, una competidora de necesaria consideración). Si exceptuamos el maravilloso verano en el que estuve allí recogiendo datos e investigando para la tesis doctoral, siempre he visitado la ciudad con gente nueva. Esto tiene un lado de negativo, el de tener que girar casi siempre sobre los mismos lugares, siempre inexcusables, siempre imprescindibles, pero tiene un ángulo maravilloso: he colaborado también a que muchos ojos nuevos descubriesen esta ciudad.

Con este grupo de alumnos, concebimos el viaje como una oportunidad para aprender, pero también para ganar en autonomía personal. Había alumnos que no se habían desenvuelto nunca por sí mismos en una ciudad grande, y menos en el extranjero, así que todos los días comenzábamos con la misma rutina. Quedábamos en el vestíbulo del hotel y explicábamos brevemente el plan de la jornada. Acto seguido, pasaba a dos personas la guía (esa que un imbécil extravió), cogíamos el plano, les daba algunas explicaciones y les pedía que nos llevasen en metro al lugar desde el que iniciaríamos nuestro recorrido. Todos los días trazábamos un camino que pudiésemos realizar andando, que es la mejor forma de disfrutar de una ciudad. Y esas dos personas nos conducían hasta la estación de metro, nos señalaban las bifurcaciones y los transbordos hasta llegar a nuestro destino.

Ese día, tocaba Nôtre Dame. Nunca he llevado a nadie a conocer la catedral de París para que la contemple desde la explanada en la que se ven de frente las torres. Creo que fue un error urbanístico abrir ese espacio tan grande, que priva al monumento gótico de su necesaria verticalidad. Por eso, ese día, como siempre, bajamos del metro en una estación en la que se llega a Nôtre Dame por un lateral. Y siempre me callo el descubrimiento hasta que el visitante nuevo, que no sabe que la tiene justo al lado, alza la vista y contempla la maravilla. No ven la catedral, sino que la descubren.

Esta ocasión la visita a la catedral era diferente. Como se trataba de un grupo numeroso, madrugamos para poder subir a las torres pronto y no esperar mucho en las largas colas de ascenso al paraíso. Al poco tiempo, se presentó un inconveniente. Esmeralda, una de las alumnas, decía que no subía. “Que no, que no subo allí arriba, que tengo vértigo. Que me dan miedo las alturas. Que no subo”. Esmeralda era una chica extraordinaria, siempre con una sonrisa amable en la boca, llena de dulzura. Pero el terror a las alturas la ofuscaba. Estuvimos un buen rato parados fuera de la cola intentando aportar razones, pero hay poco que hacer cuando las razones se chocan con un miedo visceral.

En mi fuero interno, contemplé seriamente la posibilidad de quedarme con ella dando una vuelta por las horizontalidades mientras sus compañeros disfrutaban de las verticalidades, pero una de sus amigas se acercó a Esmeralda, apretó su mano y dijo: “¿Confías en nosotras? Cierra los ojos mientras subimos las escaleras”. Esmeralda, tras pensárselo una y dos y tres veces, aceptó de forma tímida y timorata. Escoltada por sus dos compañeras a las que estrechaba las manos con nerviosismo extremo, fue ascendiendo por las escaleras. Yo iba detrás. El camino fue largo, con muchas paradas en escalones que hicieron de campo base en ese ascenso. Esmeralda lloraba y sonreía nerviosa, pero avanzaba gracias a las palabras de ánimo de sus amigas. Cada tropiezo era un centímetro ganado al miedo.

Llegamos al último tramo de la escalera, la llevamos hacia el lugar perfecto. Esmeralda todavía estaba alterada, pero se empezó a calmar. Su amiga Florence le dijo: “Ahora abre los ojos”. Y así fue como Esmeralda, gracias a sus amigas, estuvo, por primera vez, más cerca del cielo, con París a sus pies.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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La historia de hoy trata de una chica olvidada, muchas veces ignorada, una chica que no se ubica en los cobijos de la memoria de los profesores, puede que tampoco en la de muchos de sus compañeros. No formaba parte del núcleo cohesionado de la clase. No es que estuviera marginada o que no tuviera amigos o de que fuese un cero a la izquierda. Era una chica que, simplemente y por inercia, con el paso de los meses, se borra de nuestros recuerdos. Cuántos alumnos pasan así desapercibidos.

Pertenecía a un grupo que ya ha aparecido varias veces en esta serie con, al menos, tres protagonistas. Seguro que no figura en ninguna de las quinielas para adivinar quién será el siguiente de la serie. Me consta que algunos que ahora me están leyendo esperan (im)pacientemente su turno. Yo la recuerdo, sobre todo, por la manera apasionada que tenía de contarnos historias del Quijote.

Era el antiguo 3.º de BUP (el actual 1.º de BACH), en el que los alumnos de letras tenían una asignatura específica de Literatura (¡bendito el momento en el que las asignaturas de Lengua y Literatura estaban separadas!). Se estudiaba la literatura hasta el siglo XIX. Como se trataba de una clase magnífica, el programa de aquel año fue muy ambicioso. Contábamoscon un amplio programa de lecturas en el que, claro está, leíamos las obras completas y no fragmentos. Pese a las posibles apreturas del tiempo, les planteé la posibilidad de que leyésemos la primera parte del Quijote y ellos aceptaron.

Pocas veces he disfrutado más en unas clases en las que casi todos los alumnos respetaban el ritmo de capítulos diario pautado de antemano. La obra de Cervantes nos servía para degustar lo más excelso de la literatura y también para tratar sobre muchos aspectos de lo humano y sobre nuestra existencia que están allí y que nos afectan todavía. Pero casi todo el mundo olvida que la clase empezaba siempre con un pequeño resumen de lo que habíamos leído. Después de varias intentonas en las que el resumen de leído se tomaba como un mero trámite, designé a Rocío encargada de ese momento tan importante de la clase. El trabajo de Rocío parecía muy obvio: a fin de cuentas, contaba lo que ya sabían todos, todos lo habían leído. No era hermenéutica, no era análisis de un aspecto literario o estilístico. Aparentemente, era un trabajo que entraba dentro de la necesidad y en el que no había nada de extraordinario

Quizás pasase desapercibido a todo el mundo, pero era una delicia escuchar a Rocío, que sabía extractar lo importante para dar una visión general de los capítulos del día, pero también sabía atender a lo (falsamente) anecdótico cuando la situación lo requería. Rocío contaba el Quijote con pasión auténtica, como quien cuenta algún episodio de su vida que hubiera sucedido el día anterior. Creo que ella estaba muy contenta de que llegase su momento, la justicia (literaria, en este caso) que la ubicaba en el sitio que se merecía. En muchas ocasiones, tenía tantas cosas que contar que se atragantaba con historias y anécdotas convirtiendo a Cervantes en algo todavía más vivo.

Como ya decía al principio, Rocío es una de esas personas que pasa fácilmente a los túneles del olvido. No obstante, yo la veo casi todos los días porque trabaja cerca de donde vivo. Sigue con su afición a los pantalones de pata ancha, con esa manera peculiar de andares decididos, con las gafas de sol a manera de diadema. Me pregunto si tendrá hijos, o sobrinos. Si existe algún niño cerca de su vida y hay un libro al alcance de la mano, me imagino a Rocío contando historias y dejando fascinado al mundo de las fantasías que desea que le cuenten —una y otra vez— historias.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Carlos Romo.

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Tengo tantas cosas que escribir… Empezaría por la impresión que me ha causado la versión que ha realizado Pablo Auladell en cómic de El paraíso perdido de Milton. He paladeado cada viñeta, disfrutado con cada dibujo y con cada sombra.

Durante estas últimas semanas, de forma casual, muchas de los libros que he leído, muchas de las películas y series que he visto trataban, de algún modo, sobre la muerte. Y sobre la memoria. Y sobre el recuerdo. Escribo hoy precisamente de esto, un día doloroso con una muerte acaecida hace 41 años. De algún modo, marcó mi vida.

Acabé ayer Ordesa, de Manuel Vilas, que habla, claro, de la muerte y del recuerdo. De lo que perdura y de lo que fallece. De lo que es polvo y se convierte en polvo y de lo que no era polvo y en polvo lo convertimos. Me siento identificado en muchas cosas con Vilas, con su forma de ir y de volver sobre lo mismo, que es lo distinto. Con el hondo sufrimiento de vivir y el dolor como “intensificación de la conciencia”. Y, como Vilas, noto cómo se fue hundiendo la vida con la muerte de mis seres queridos. Sobre todo con esa muerte tan temprana, tan poco prevista, tan injusta. Cuando yo tenía solo 12 años y tendría que haber sido feliz. Pero, desde entones, he contemplado la vida con cierta distancia, como si ella y yo tuviésemos una relación tortuosa porque yo no me fiase mucho de ella. El personaje de Ordesa no acude nunca a los entierros. Yo los evito siempre que puedo. Me aterra pensar el día en que vi levantar un ataúd con unos esquís cruzados encima. Me da un miedo aterrador el silencio y siento todavía un aluvión también de voces acechantes. Qué te pasa. Por qué gritas. Por qué no duermes. Por qué no reaccionas. Tú, que tenías toda la vida de alegrías. Quizás no vuelva a ir nunca más a un entierro. Sabedlo.

Estos días he estado mirando fotos. Algunas no las había visto hasta hace poco, aunque sean antiguas. Y contemplo vidas que ya no lo son. En blanco y negro. Un tenebroso blanco y negro que no me devuelve más que momentos que yo no viví o momentos en los que viví, cuando ahora estoy perdido, perdido como siempre estuve. El blanco y negro. Hace un par de semanas, pude revisitar De repente, el último verano. Una película de Joseph Leo Mankiewicz. Casi nada, Mankiewicz: Carta a tres esposas, Eva al desnudo, Operación Cicerón, La condesa descalza, la huella… Creo que solamente había visto una vez De repente, el último verano. Yo, que soy de ver y ver y ver una y otra vez las películas, solamente la había visto una vez. Y, desde luego, no la había asimilado. Veo las escenas iniciales y me fijo en los fondos de jardín salvaje, cómo luego llevan los fondos de una librería ordenada. Y no hago más que fijarme en las figuras y en los fondos. Qué película, dios. Todas las pasiones soterradas se nos revelan, se nos rebelan. Qué magníficos los actores, Katharine, Elizabeth, Montgomery. Almas atormentadas, cada una a su manera. Qué pensaría Montgomery, qué ideas se le pasearían por la cabeza.

Además de Munro, además de otros relatos, he vuelto a Góngora por una extraña circunstancia que solo puede saber Óscar Esquivias, a él se la confesé el otro día en Twitter. Fue una casualidad. Voy leyendo a trompicones y me encuentro con el verso: «breve flor, hierba humilde, tierra poca» Cómo me gusta, madre mía. Releo pasajes del Polifemo y me siento en mi salsa, cuando comienzo a adentrarme en la caverna del monstruo, ese lugar que es la antítesis del lugar ameno. Y también he leído El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández. Otra vez esa autoficción que me agrada tanto, que ahora parece tendencia narrativa. De alguna manera, siempre ha sido. Tendencia. Otra novela sobre muertes y recuerdo. Y, como él, me pregunto qué derechos tenemos sobre los demás, sobre la memoria de la familia. En qué medida soy egoísta porque sufro por alguien que no soy yo. Y que recuerdo todavía con dolor un 2 de abril, cuando él ya no recuerda ni siente dolor ni sabe ya nada de nada. Él, que me enseñó a construir castillos, a hacer circuitos eléctricos con el Electro-L, a hacer magníficos aviones de papel. 19 años y toda una vida que no lo es. Ya. Entonces, como en la novela, “Sientes que todo empieza a acabar”.

Pero no todo va a ser malo. La memoria me trajo ayer el recuerdo de la serie McMillan y esposa. La veía cuando era pequeño, antes de cualquier atisbo de tragedia (aunque, desde los seis años, viví tragedias en dosis prolongadas e intensas. Se me han quedado en el alma). Una serie de policías, protagonizada por Rock y Susan, que eran Stewart y Sally. Los McMillan. Ellos salvaban mi infancia con historias tontas. No recuerdo ahora casi nada. Solamente que eran historias tontas, con ambientes elegantes. En el que la gente, todavía, sabía resolver los misterios.

La imagen pertenece a un fotograma de De repente, el último verano.


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La historia de hoy es una historia, a la vez, individual y colectiva, algo que imagino que sería del agrado de su protagonista, que se llamaba Ignacio. La clase era de las que todo profesor sueña con encontrarse alguna vez: alumnos interesados, pero no repipis; dispuestos a aprender, pero no a reverenciar sin más al que esté delante de ellos; respetuosos y, por supuesto, alegres. En definitiva, era un grupo de alumnos en el que daba auténtico gusto enseñar.

Como suele ocurrir en estos casos, había un grupito de chavales que tenían unas capacidades intelectuales dignas de elogio, lo que les venía muy bien a ellos, pero también al resto de sus compañeros, que crecían y mejoraban en una clase como esta. Porque no se trataba de personas arrogantes y pagadas de sí mismas. Muy al contrario, eran colaboradores, amables, educados. Y, como he apuntado antes, tremendamente festivos. Ellos favorecían un ambiente en el que se aprendía siempre en un ambiente de sonrisas.

Como digo, este grupo se encontraba Ignacio. La primera sensación podía ser la de un chico con una mirada triste, pero, con el tiempo, descubrías que lo que tenía Ignacio era una mirada profunda. Te miraba e intentaba desentrañar lo que decías no solo en el fondo, sino en la forma; no solo en lo evidente, sino en lo transcendente. Ignacio era un tipo muy inteligente, con un deseo hondo por conocer más y una necesidad enorme de entender las cosas hasta sus últimas consecuencias. Dicho así, podría parecer tenso, pero era relajado, sus dudas las exponía siempre de modo prudente, sus observaciones eran agudas pero calmadas, sus contestaciones siempre acertadas y ambiciosas.

Les daba clase de Lengua y Literatura y, teniendo en cuenta cómo eran, lo que necesitaban y lo que no, en Literatura les pasé un conjunto de textos, no teníamos apuntes. Gracias a su entrega, realizábamos algo tan sumamente impensable en el bachillerato como construir la teoría a partir de los textos literarios de los autores. Daba gusto ver cómo exprimían y degustaban esos textos, cómo deducían y aportaban ideas magníficas.

En Lengua, no había que descuidarse ni un momento. Siempre planteaban alguna pregunta interesante y nunca se conformaban con lo obvio. Y ahí es donde llega la anécdota del título de la entrada. Estaba explicando yo unos conceptos de sintaxis tal y como lo hacía año tras año, cuando Ignacio me hizo la pregunta. No una pregunta, así, sin más ni más, sino la pregunta pertinente, ajustada y perfecta. Todo el que ha dado clase en secundaria es consciente de que algunos contenidos se sustentan en torno a mentirijillas piadosas. A pesar de intentar llegar al máximo de profundidad y de verdad, la escasez de tiempo y las apreturas de tantos y tantos contenidos obligan en ocasiones a la triste simplificación. Durante muchos años explicaba yo algunos vericuetos de la sintaxis pasando de puntillas por algún tema, pero Ignacio, con esa duda elevada por el aire, desmontó la trampa (una trampa, ojo, que aparecía y aparece también en todos los libros de texto) en un periquete. De forma sencilla, clara y meridiana, todo lo explicado dejaba de tener coherencia y sentido. Lo primero que hice fue dar una respuesta contextual y muy general, que ponía un parche pero no reparaba nuestro vehículo conceptual para que durase muchos kilómetros.

Al día siguiente, al entrar por la puerta, me remangué la camisa y pensé: “A tomar por saco, vamos a explicar esto bien de una vez por todas”. Y di la clase del día anterior, pero esta vez con los contenidos de verdad, con sus ángulos y sus verdades, con soluciones que eran un poquito más difíciles pero que reparaban la estima intelectual que todos hemos de tener ante las geniales inquietudes intelectuales de nuestros alumnos. Ellos agradecieron el giro, borraron lo antiguo. Ignacio sonrió satisfecho.

Ignacio quería ser médico. Necesitaba un expediente perfecto porque su situación económica no le permitía ir a cualquier facultad, sino que necesitaba ir a Madrid porque tenía que vivir en casa de un familiar. No podía permitirse el pago de una residencia ni de un piso compartido. Ignacio sacaba en todas las asignaturas dieces. Un diez tras otro, fruto de su esfuerzo y de sus capacidades. Bueno, sacaba dieces en todas las asignaturas, menos en una. Se encontró con una profesora que le calificó con un cinco. Era un cinco imposible. No recuerdo la asignatura (sí a la profesora, claro), pero un alumno no puede sacar dieces en Matemáticas y cincos en Física (o viceversa) siempre y por sistema. Puede haber fallos o desajustes, pero, en este caso, el desajuste no estaba en Ignacio. En una junta de evaluación, algunos compañeros manifestamos nuestras dudas en torno a esas calificaciones. Una vez más, se trataba de profesores que intentan estar por encima de los alumnos y no de alumnos que están por debajo de las asignaturas. Ignacio, con estas notas, se la jugaba del todo, dada la exigencia de notas para ingresar en Medicina.

Al final, Ignacio lo logró. Se fue a Madrid a estudiar Medicina, a disfrutar de su gran conciencia ciudadana, a exprimir al máximo su bicicleta de carretera. Vi una foto de la graduación de Ignacio, con una sonrisa satisfecha del sueño cumplido. Agradezco mucho las miradas como las de Ignacio. Personas de mirada profunda y que, con su forma de ser, te hacen mejorar. Porque ser profesor, además de un trabajo, es un reto que ha de superarse día a día.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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