— Verba volant

Existen tantas sensaciones al correr como personas. Los hay corredores en busca de un hueco libre en el día, sea cual sea la hora; madrugadores impenitentes; abnegados dispuestos a rebajar su volumen de comida rebañando las horas del almuerzo; animosos que exprimen la jornada y concluyen con su momento de entrenamiento. Yo he pertenecido, según las circunstancias, a varios de estos tipos de corredores, pero prefiero, por encima de todo, correr a las primeras horas del día, cuando la madrugada ronda el cielo pero no lo invade: es la sensación de correr hacia la luz, de correr ganando al día. De descubrir la hoja del calendario percibiendo, antes, todos los olores y todos los matices de lo que está recién estrenado.

El otro día, sin embargo, hice una excepción a mi costumbre y salí a correr cuando oscurecía. No me gusta encontrarme, de pronto, con la oscuridad acechando detrás de cada sombra, detrás de cada árbol. Me trae recuerdos funestos de un día de enero, hace años, en la noche de un hospital. Sin embargo, ese día el reflejo de la nieve me devolvía algo de claridad y de compañía. El suelo estaba cubierto de una nieve que ya era hielo. El frío pugnaba por conquistar el espacio entre mi piel y la camiseta térmica. Llegué a mi punto intermedio habitual con una luz diurna todavía aceptable y, al volver, sentí que empezaba una carrera por llegar hacia la luz. Miraba cómo el cielo iba recubriéndose del betún congelado de la noche, pero mis zancadas iban apurando cada resquicio de luz. Se puede decir que, ese día, gané a la noche, a la oscuridad por un pelo. Lo negro cayó cuando yo estaba refugiado en las luces cálidas y artificiales del centro de la ciudad. Al parar, con el contraste entre mi calor y los grados bajo cero, respiré profundamente. Expulsé una bocanada de aire caliente para demostrar que, esta vez, todavía quedaba algo de luz, algo de vida dentro de mí.

(La foto registra el momento de la llegada.)

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Enseñemos a los niños a seguir un buen camino, enseñemos a los niños todo el caudal de belleza que habita en su interior, démosles una buena dosis de autoestima para que recorran el camino de forma más fácil. A fin de cuentas, los niños son nuestro futuro y su risa nos devuelve en presente todos los días pasados, toda la felicidad de cuando éramos como ellos. Todos necesitamos un modelo, a alguien en el que reflejarse primero y proyectarse después.

Desgraciadamente, yo no tuve esa suerte: no tuve a nadie que me viese por dentro, que viese a través de mí todos los recovecos en los que proyectar luz. Me tuve que construir un lugar solitario en el que habitar, en el que aprender de mí. Por eso, decidí hace mucho tiempo que no caminaría nunca a la sombra de nadie. Si fallo o si tengo éxito, viviré –al menos– como creo que debo vivir, como creo que se debe construir una vida (mi vida). Podrán arrebatarme todo lo que poseo, pero no podrán nunca quitarme la dignidad. He aprendido, entre mis luces y mis sombras, que el amor más grande de todos me está pasando a mí. He logrado encontrar el amor más grande de todos en mí, aprendiendo a amarme con toda la dulzura de las caricias del universo.

Si, por los azares del destino, llegas a un sitio solitario y no al lugar con el que tanto has soñado, vuelve a apretar los puños y encuentra tu fuerza en el amor, ahora que sabes que es posible encontrar ese amor. El más grande de todos.

 (Versión prosificada y libremente modificada de “Greatest Love of All”, una canción de Whitney Houston de 1985. Ahora que Whitney se nos ha ido, ahora que somos conscientes de que todo lo que le faltaba nos faltará a nosotros.)

Greatest Love of All

 

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Hoy iba a escribir una entrada sobre alumnos. Iba a escribirla y no la escribo, porque no es algo que afecte a todos los alumnos, sino a una práctica generalizada de unos pocos. Y los que no andan metido en la docencia iban a pensar cosas malas de la misma y no está el horno para bollos.

Iba a decir que, en los últimos años, me han llegado peticiones de retrasar un examen por asistir a una ceremonia de graduación de los amigos. Iba a decir que algún alumno ha aparecido en mi despacho  el día anterior al examen, después de no haberle visto nunca en siete cursos, preguntándome cuál era la bibliografía obligatoria. Hablando de esta última, iba a decir que algún alumno me ha escrito preguntándome por algunos datos “autobiográficos”, aunque me temo que no le interese mucho mi vida, pero sí los libros que tiene que estudiarse. Iba a decir que algún alumno me ha dicho que no era justo que suspendiese un examen, porque, pese a haberlo hecho desastrosamente y suspenderlo, se lo sabía. Iba a decir que un alumno cometió, en una ocasión, más de 60 faltas de ortografía y, al ir a la revisión del examen, no llegaba a comprender por qué había suspendido. Iba a decir que algún alumno manda mensajes de correo electrónico para preguntarme qué medios tiene para aprobar la asignatura, cuando es la única (y última) vez que se presenta a una prueba de la asignatura y saca menos de un dos en la misma.

Iba a decir muchas cosas, pero no las digo. Porque ayer El Parral estaba precioso y es un placer y un lujo llegar a trabajar en esas condiciones, aunque haga frío. Mucho frío.

(La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.)

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¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Es una pregunta habitual que le hacen al corredor que se enfunda la ropa dispuesto a salir a trotar una mañana de invierno, con la nieve cuajada en el suelo y los copos abundantes cayendo del cielo. Lo que no saben muchas personas es que la nieve es uno de los mejores aliados para el corredor asiduo. Cuando se corre sobre la nieve, solo hay que obedecer un par de mandamientos: uno, no pararse (los tejidos del atuendo del corredor conservan muy bien el calor propio, pero aceptan bien pronto el frío que le rodea); dos, prometer una y mil veces que se va a salir a trotar más que a correr, a disfrutar más que a entrenar de forma intensa, a sumar kilómetros más que a apurarlos. A cambio, un suelo mullido (no hay que confundir el correr sobre la nieve que sobre el hielo) que alivia las tensiones en los tobillos, en las rodillas. A cambio, un camino inmaculado que vas inaugurando como si fueses el único ser humano sobre la tierra. En la nieve, todo se magnifica: los sonidos, que son los de la naturaleza; el silencio, que solo es invadido por la respiración a modo de flujo de consciencia; la luz, que ilumina a ciega a partes iguales. A cambio, un encuentro de tú a tú con la naturaleza, con el aire limpio.

¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Sí, avanzar sabiendo que tienes muchos minutos por delante, pero sabiendo, a la vez, que tienes que ir mirando detenidamente los pies. Sí, respirar con ansia pero con prudencia, que el aire tiene que canalizarse, tiene que ser inspirado adecuadamente para que te vivifique y no te rompa. Sí, superar ese momento en el que te quedas atascado, en el que tienes que hacer un esfuerzo adicional, en el que tienes que sacudirte de nuevo las zapatillas para que el agua helada,que ha sido tu compañera, no se convierta en un enemigo peligroso.

Ayer corrí bajo la nieve y, una vez más, volví a casa con la sensación de que merecía la pena, al menos, vivir un poco más para sentir la tierra con unos centímetros de belleza como mediadora del universo.

(Esta entrada es la primera de una serie que se titulará Historias de correr.)

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Son días estos en los que no te dan ni gatos ni liebres. Días en los que abismos sublunares se acentúan más que las grietas personales, más hondas por ser el último escalón del descenso a los infiernos, que ya no tienen galerías, ni ríos ni lagunas para olvidar. Días en los que cambian las formas para no cambiar los fondos (días en los que cambian los fondos para no cambiar las formas, que son suyas de siempre. Suyas propias. Suyas por los siglos de los siglos). Días estos en los que no se sabe si es mejor recordar como recurso fácil u olvidar como función catártica. Días en los que los grados de acercamiento se cuentan con números demasiado grandes como para ser contados. Días sin ayer ni mañana, pero días sin hoy, que era el único eslabón que nos quedaba para estar sujetos al mundo. Días con sus noches, cada vez más cortas, cada vez más largas.

(Imagen de Sergio Bertolini.)

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Llevo muchos días preparando exámenes y corrigiéndolos, poniendo notas de prácticas, configurando hojas de cálculo, mandando correos, dando explicaciones, concertando horas para revisiones y entrevistas, haciendo listados de todas las formas, colores y contenidos. Días en los que las horas se acumulaban delante de la pantalla del ordenador. Días en los que, aunque lo intentase, la cabeza siempre estaba pensando en lo mismo, una y otra vez. Todo ello me ha servido, una vez más, para reflexionar sobre nuestra tarea de la evaluación. El otro día escuchaba una reflexión interesante: la educación (sea del nivel que sea) no puede dedicar tanto tiempo a la evaluación. Sobre todo, porque cuando se lo dedicas a la evaluación (tan necesaria, por otro lado), se lo quitas a otras tareas docentes también necesarias, también importantes.

Sin embargo, es en el momento que acaba el proceso de evaluación (quiero decir que acaba el proceso de ese curso en ese semestre: el proceso de evaluación no se acaba nunca) cuando se asoman todas las dudas a mirar por el balcón. Es el momento de dar mil vueltas retroalimentadas sobre si la evaluación ha reflejado el trabajo realizado, sobre si los procedimientos han sido adecuados. En suma, si puede llegar a existir un paralelismo entre lo que ofreces tú y lo que recogen tus alumnos, entre lo que te ofrecen ellos y lo que tú recoges. Te preguntas, al fin, si todo tiene un porqué. Si algo tiene sentido más allá de una nota, una calificación, un número al que añades uno o dos decimales y que se incorpora a una porción de la vida de un alumno.

Ahora pienso más que nunca, que habría que hacer una evaluación de la evaluación misma. Pienso que olvidamos que el proceso de evaluación ha de ser de los alumnos a los profesores, de los profesores a los alumnos, de los alumnos a su trabajo, de los profesores al nuestro.

Y, una vez acabado todo, volveremos a empezar intentando que sea con el pie izquierdo (al fin y al cabo, soy zurdo). Sabiendo que, al final, todo acabará en el mismo punto, unas décimas más allá.

(La fotografía está reproducida con permiso de su autora, Henar: sexundermyhead.)

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Hace cosa de un mes, escribía sobre una entrada sobre el libro electrónico y la poca previsión de la industria electoral. La tienda de Amazon ya tiene su sección española y muchos españoles han decidido regalar o regalarse un aparato para leer libros electrónicos gracias a que esta tienda vende un magnífico modelo, la última versión de Kindle, por 99 euros. Insisto en lo que comentaba entonces: muchos usuarios se compran el aparato y luego emprenden la búsqueda de libros para comprar. Probablemente, muchos de esos lectores no son conscientes de lo mucho (o lo poco, según se mire) que ha cambiado el panorama editorial español con respecto a ediciones electrónicos. Por decirlo de manera fina, podemos decir que las editoriales españolas no han decidido cambiar su política comercial, sino que las iniciativas de Amazon les han obligado a cambiarla o, al menos, a intentarlo. (Antes de entrar en otros detalles, diremos que, hace meses, en lo que se refiere a la edición en papel, ya podía darse la paradoja de que un libro editado en España costaba más barato comprado desde Estados Unidos (portes incluidos) que comprado en la librería de la esquina.)

Antonio Fraguas (hijo) publicada el otro día en El País un artículo titulado “Guerra abierta por el precio del libro”. Un resumen rápido del mismo podría ser que las editoriales españolas han tenido que espabilar –o, al menos, tienden a pensar que algún día de estos, antes de llorar, tendrán que espabilar– ante la política de precios de la gran tienda en Internet por excelencia. De hecho, leemos hoy, también en El País, que Anagrama decide anticipar en unos días la salida de la última novela de Paul Auster en formato electrónico a un precio inicial y temporal de 11 euros, que será de 15 dos semanas después. Cada uno es muy libre de poner el precio que quiera a un libro, pero ¿no resulta un poco cara una edición electrónica por 15 euros en comparación con los costes que entraña una edición en papel? En definitiva, que me temo que esa guerra de las editoriales será, a la postre, una batalla perdida porque ganará Amazon. Y el triunfo no vendrá de ser un mastodonte que devora todo lo que le rodea, sino de alguien que ha decidido desde hace mucho tiempo hacer las cosas tirando a bien (en los pedidos de libros en papel, un libro puede llegarte de Estados Unidos o Alemania en tres días, como tuve ocasión de comprobar personalmente con un pedido realizado el día 3 de enero que me llegó el día 5, a un precio extraordinario).

Pero todo eso son batallas. Al libro electrónico, para ganar la guerra del negocio, le quedan unos cuantos detalles. Un ejemplo: me decidí estas Navidades a regalar un libro a un familiar. Compré religiosamente el libro, que quedó descargado en tres segundos en mi ordenador. Cuando quise grabarlo para mandárselo por correo electrónico, me di cuenta de que tiene una protección que imposibilita que lo lea alguien desde un dispositivo electrónico que no sea mío. ¿La conclusión? Tuve que descargar una edición pirata para que poder regalársela.

Yo sigo insistiendo: o convertimos el comercio de libros en algo agradable y fácil (además de económico) o, cuando nos despistemos, no encontraremos a nadie en este mundo que quiera comprarlos. Decidirá, simplemente, leerlos.

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Crisis creativa. Parón. Cabeza vacía e inoperante. Estéril. Estoy tan vacío de ideas que ni siquiera he podido hacer una enumeración exhaustiva y, mucho menos, completa. Últimamente, no escribo porque no tengo nada que escribir. No porque no tenga otras cosas en la cabeza –que creo que las tengo–, sino porque no me salen las palabras o las ideas. En el fondo, viene a ser lo mismo. Una opción plausible, aconsejable, sería dejarlo. Son muchos días escribiendo, si es que los días de escribir han sido alguna vez suficientes. Son muchas palabras, muchas frases puestas una tras otra, si es que las palabras son muchas, pocas, demasiadas o insignificantes. Es pensar que se tiene todo dicho y, sin embargo, que se tiene algo más que decir, aunque ahora no sea el momento.

Esa es la esperanza y el madero al que me agarro en la tormenta: pensar que habrá, más allá de la línea extensa del vacío, algo más. Pensar que, si todo estuviera dicho, los días, enfilados uno a uno, no tendrían sentido. Pensar que, si no tienen ni tendrán sentido, tendrá que haber alguien para levantar el cadáver y testificar la muerte, sus causas.

Decía un filósofo del lenguaje que hablar es hacer. Cualquier experto en comunicación sabrá también que hacer es decir. Como no hago porque no digo, mi tarea, a partir de ahora, será decir para demostrar que estoy vivo. Para testificar que, más allá de la nada, hay una nada por contar.

(La fuente de inspiración, en este caso, ha sido esta fotografía, perteneciente a mi galería de Flickr, tomada recientemente cerca de la Catedral en una noche oscura e inhóspita. Todo parecía vacío pero, entre el frío y la oscuridad, alguien había tendido la ropa con la esperanza de que llegaría a secarse. Y alguien tenía encendida la luz. Esperando. Viviendo.)

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Y sientes que la vida es difícil de sujetar. Y te dicen lo que es aplicable a otras cosas: que la tienes que sujetar como si fuese un pájaro: tan firmemente como para que no se escape, tan suavemente para que no se aplaste. Y piensas que la teoría nunca fue tan difícil de aplicar a la práctica. Y hace tiempo que llevas haciendo ejercicios. Y lo intentas. Una, dos, tres veces. Y ves que no la estropeas más, pero que tampoco la arreglas. Intuyes que la vida está ahí, pero tú no la ves. Y piensas en que la es algo así como meterse en un jardín, cuando literalmente tú no tienes ninguno, cuando metafóricamente y cognitivamente es así y punto. Y te hablan del alma de las cosas cuando tú solo percibes contornos. Y te aseguran que las cosas tienen muchas dimensiones, muchos matices, muchos ángulos de visión, pero tú le das una vuelta y otra y siempre te quedan las mismas sensaciones. Intentas vencer las nostalgias, procuras no marcarte demasiados objetivos. Vuelves a entrenar y, para practicar, coges un plato, firme y suavemente. Y, cuando te despistas un segundo, lo ves roto en el suelo, con la matemática exactitud de tus intuiciones.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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