Por Raúl, hace 2 horas y 26 minutos

Diario de un turista 2010 #4

Pulseras todo incluido

Pulseras, todo incluido, castas. El verano, que era el espacio democratizador de la barriga cervecera y las cartucheras y el pecho caído, ha vuelto a la casta de la pulsera. El turista, este año, lleva dos. Eso significa que tiene algún derecho adicional en el ya de por sí inclusivo e incluyente»todo incluido». El turista ahora, más que mirar cuerpos, mira las muñecas de todo el que pasa. Se da cuenta de que el que tiene una pulsera dorada o plateada tiende a la desfachatez y tiende a tener la mano en alto, mientras que otros pasean por las piscinas con la toalla posada como una toga romana, que no les convierte en patricios, ni siquiera en libertos. La pulsera en un resort es el todo y la nada. La correa de un perro sin más amo que lo que consumes y cuánto pagas y, ante todo, cuánto pagaste.

El turista, por otro lado, ha pasado sus primeros días sin casi ninguna alteración, entre el agua salada y dulce, entre la sombra de la palmera y la sombrilla, entre la verdad y la mentira de todos los paraísos y de todos los cocoteros. Ahora, el turista está tumbado y se cubre del sol con una mano, que vuelve a relucir. Con dos pulseras.

Por Raúl, hace 4 días

Diario de un turista 2010 #3

Amanecer en el Caribe

El turista ha llegado sin sobresaltos a su destino. Ha cenado en el hotel y la cama le ha pillado con todo el desfase horario metido en el cuerpo, con un calor pegajoso del que no ha podido desprenderse siquiera con golpes simultáneos de aire acondicionado y ventilador. Ha dado vueltas y vueltas en la cama y, al final, se ha levantado a las tres y media de la mañana. Ha vagado por la nocturnidad de un hotel que, pese a la hora, estaba sombrío pero no muerto. La exploración ha tenido éxito y ha descubierto un bar abierto justo al lado del mar, que había que adivinar más allá de la arena. La temperatura permite ahora que la brisa, al fin, acaricie sin agobios. En el bar, dos hombres borrachos se meten en una conversación existencial con una mujer con un propósito bastante claro y, a la postre, obsceno. Pero la atención del turista, mientras lee a Dickens bajo una luz endeble, se centra en un hombre solitario que permanece rígido en una silla, de la que no se levanta más que para pedir al camarero otra cerveza. El turista ignora si, como él, el hombre sólo lleva despierto un rato o si, por el contrario, está alargando la noche con sus pensamientos inescrutables mezclados con la espuma de la bebida. Cuando ya lleva contadas cinco, sigue levantándose con firmeza y decisión, sin ninguno de los titubeos propios de la ebriedad, sereno después frente a la mano derecha en contacto permanente con el vaso y sujetando el cigarrillo con la mano izquierda e inhalando después el humo como si fuese su tabla de salvación.

Poco más tarde, el turista ha dejado de leer y ha levantado el rostro para que el aire ligero le acariciara la cara. Poco después, se ha producido una situación mágica: cuando parecía que la noche todavía era la reina del devenir horario, las luces artificiales del hotel se han apagado y, a los pocos minutos, el amanecer se hacía visible en la línea de un horizonte perfecto. El turista ha sonreído pensando en la cámara de fotos que tiene a su vera, de la que casi nunca se separa. Y se ha dirigido a la playa para disfrutar de uno de los soles nacientes más bellos que ha contemplado.

Por Raúl, hace 11 días

Diario de un turista 2010 #2

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El viajero ha recordado lo que piensan muchos, que, en las sociedades contemporáneas, hemos cambiado la noción del viaje por la del desplazamiento, medido en horas computables a ritmo constante. Esa visión convierte a los personajes del trayecto en meros traspasadores de provincias, comunidades y fronteras a ritmos vertiginosos. No obstante, este turista no concibe sólo el viaje como destino y es amigo de las horas muertas, rellenas siempre de alguna circunstancia. Le agradan las horas diletantes en las que se empieza sin haber llegado, porque el recorrido es vida, e importa, y conmueve.

Este viajero ha comenzado el viaje contante y sonante con un trayecto en coche hasta Madrid para llegar al aeropuerto. Le gusta llegar con tiempo suficiente a todas partes y ha establecido un margen suficiente en el que los kilómetros no se cuentan como una unidad de longitud sino como una medida de tiempo. Pese a su previsión, el viajero no contaba con la vergonzosa situación del país en el que vive, que pasa por ser de primera y está a la cola de los países con los que ansía codearse: ha sufrido los nervios de encontrarse encarcelado en atascos en una carretera en los que los carriles adelgazaban a ritmo de obras que nunca deberían de coincidir con ciertos meses, con ciertas fechas. Entonces, ha pensado que se puede gozar del viaje como premisa previa que luego puede ser refutada en una conclusión, que es cagarse en la madre de todas las autoridades (in)competentes.

Y, después, ha pensado que su viaje empezaría. Luego. Más tarde. Mucho más tarde.

(Imagen de Luz A. Villa, sobre un deseo de lo que hubiese sido la A-1.)

Por Raúl, hace 24 días

Diario de un turista 2010 #1

Se empieza viajando antes de la partida, con mil proyectos concentrados en una semana, con la ilusoria ilusión de que la vida cambia en esos días, aunque la vida –en el fondo–, acompañe al viajero. Frente a lo que cada día es más frecuente en las sociedades modernas, a nuestro turista le gusta el proceso del viaje. Le agrada llegar al aeropuerto con tiempo, dejar las llaves del coche al encargado de separar la fragmentación en dos mitades y encaminarse a la terminal para dejar pasar el tiempo. El viajero gasta dinero de más en la compra compulsiva de revistas que, al final, terminará por no leer; de galletitas de chocolate y de chicles en el duty free. De momento, el turista todavía está en su localidad de origen. Hoy comprará un botiquín con las medicinas indispensables, aquellas enjundiosas sustancias que le privarán de los posibles dolores del cuerpo y del alma. Entrará en internet para acaparar información con exceso, con sobreabundancia. Y su imaginación proyectará excursiones que le transporten al palacio de sus sueños. El viaje comienza antes de la partida y, pese a todo, nuestro viajero arrastra cierto cansancio anticipado, cierta desgana mezclada con los nervios. De momento, la mayor montaña a la que tiene que enfrentarse es la de la ropa que aguarda pacientemente por lavar y por planchar.

Por Raúl, hace 26 días

Diario de un turista - 2010 #0

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El inicio del viaje empieza siempre antes, cuando la cabeza está más llena de planes que la maleta de neceseres, camisetas y calcetines. El turista siempre ansía llevar más equipaje del que necesita, por puro principio y por la sobreabundancia que le acompaña a lo largo de su concepción de la vida. La ilusión comienza cuando quita el polvo a los pasaportes y los abre para oír ese crujido característico de hojas mancilladas y otras pendientes de los sellos que avalen el paso por los confines del mundo. El turista se cerciora de que ese sobre de segunda mano en el que guarda los dólares no gastados permanece en estado latente. Los billetes, que no sobreabundan, están lo suficientemente gastados como para avalar sus trasiegos por el mundo. El dinero es el salvoconducto para el ingreso en los paraísos, pero no necesariamente para la felicidad. Las circunstancias y la propia desidia imbuyen al turista en un desánimo endémico para convertir los proyectos en algo fijo y tangible que sea sinónimo de equipaje. Mientras tanto, se ha asegurado de comprar unas aletas, unas gafas y un tubo que lo transporten, como por arte de magia, de sus zozobras cotidianas al azul turquesa del océano infinito. Necesita la sensación de coger aire profundamente, oscilar su cuerpo y sumergirse con aleteos breves e intensos a la búsqueda de la vida más allá de su vida. Pero eso queda todavía a unos días de distancia, porque el turista,–de momento– el único trayecto que ha emprendido es el de la navegación por Internet para bucear con delirios por sus sueños.

(Imagen de Mario Pleitez.)

Por Raúl, hace 1 mes y 4 días

De toros y sufrimientos e intensidades, con breves referencias a otros animales de diferentes tamaños

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Esta entrada no pretende realizar un análisis exhaustivo y sesudo sobre el asunto de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, sino un breve acopio de pensamientos varios sobre estas cuestiones. Así que no espere nadie sistema, ni reflexión metafísica.

A lo largo de mi vida, he tenido sensaciones encontradas y contradictorias en lo que a corridas de toros se refiere. A mi padre le gustaban y me fui contagiando el gusto por este espectáculo. Todavía recuerdo el momento emotivo de compartir el pago de una plataforma de televisión de pago para sentarnos mano a mano a degustar la Feria de San Isidro. Con los toros creo que pasa como con el boxeo, por muy diferentes que sean los dos espectáculos: pasados por el filtro de la razón, probablemente sean actividades crueles y sangrientas; pero, con la emoción vibrando y el corazón como órgano rector de las impulsividades, es difícil para muchas personas no sentirse seducidos por la magia de un tipo plantado ante un toro bien juntito y desafiando a todo para crear belleza.

Los años pasaron y dejé de sentir esas emociones.  Probablemente seguía sintiendo esas mismas cosas, pero fui enfocando mi visión también hacia el lado hediondo y dolorido de la Fiesta. No fue deliberado, ni tenía un ideario en mente, ni quise pasar de la apología de algo a su destrucción. Pasó, simplemente. Y un servidor, que iba siempre a más de un espectáculo taurino al año y que era un fijo delante de la televisión, dejó plantado al espectáculo.

Escribo esta entrada tanto por la persona que fui como por la que soy ahora para preguntarme qué es lo que ha pasado ahora, con la prohibición de los toros en Cataluña. Mienten todos aquellos que dicen que no existen cuestiones políticas, porque en esta vida todo es política, por propia esencia y por etimología. No desgajamos nunca nuestras decisiones haciéndolas asépticas, sino que éstas siempre están contextualizadas e insertadas en un marco determinado, sea éste el que fuere. Y no critico esa decisión del Parlament catalán ni dejo de hacerlo. Ha habido una recogida de firmas, se aceptado una moción y se ha realizado una votación. Cada uno ha votado según unos principios, lo mismo que cada uno de nosotros, de haber podido, habría votado esto o lo otro. Se han contado los votos y ha salido lo que ha salido. Y como todas las votaciones que existen en torno a instituciones democráticas, nos gustan más o menos o las creemos bien o malintencionadas.

Pensemos por un momento en que esa decisión se haya debido a cuestiones referentes con el maltrato a los animales. Está claro que la sociedad ha ido incorporando unos sentimientos muy diferentes a los de hace años respecto a los derechos de los animales: recuerdo cómo en las fiestas del colegio de los jesuitas de Burgos, cuando yo debía de tener unos ocho años, nos amenizaron con una pelea de gallos. A nadie le extrañó, del mismo modo que era habitual por parte de alguno de mis compañeros (a mí nunca me gustó) matar a pedradas a perros o gatos, ahogar ratas y otras actividades lúdico-festivas. Hoy alguna de estas prácticas (¿por qué otras no?) están afortunadamente penalizadas.

Supongamos, pues, que hablamos de dolor y de animales. Está claro que la muerte es un hito suficientemente poderoso como para ser esgrimido como argumento, pero no llego a entender por qué esos mismos que deciden lo hacen sólo parcialmente y no luchan por el maltrato a los animales de otras formas e intensidades. Se está en contra de los toros y se esgrime el argumento de si a cualquiera de nosotros le gustaría que le clavaran una puya, unas banderillas y le remataran con un estoque, todo ello aderezado con unos vaivenes a ritmo de capa. La respuesta es obvia. Pero no entiendo por qué no nos preguntan si nos gustaría que nos pusiesen unas antorchas con fuego en la cabeza y, ensogados o no, estuviésemos a merced de una muchedumbre ansiosa de juerga.

En el caso que acabo de apuntar, hablamos de intensidades. Pero hay una cuestión muy tonta que a mí me preocupa sobremanera, que es la cuestión del tamaño. Y la pregunta es muy tonta: ¿cuál es el tamaño que tiene que tener un animal para que nos importe? O igual es cuestión de reinos animales y el asunto es defender más a los mamíferos que a otras especies, no sé. Pero sigo con lo de la pregunta tonta: ¿no sufre una mosca con los envites de un plástico que la espachurra? ¿No le aterra el acorralarla con las cortinas hasta oír un crujido? ¿No es acoso con resultado de muerte el pulverizarla con veneno? Y ahí viene otra pregunta tonta: ¿sufren los insectos con nuestros acosos y veleidades? Y otra más tonta todavía: ¿nos gustaría que hicieran lo mismo a nosotros?

Es un supuesto muy tonto e ingenuo. Lo sé. Pero no puedo evitarlo. ¿Alguien tiene lista la hoja de firmas?

(Imagen de Didier Bier.)

Por Raúl, hace 1 mes y 4 días

Dura lex, sed lex

Duralex

Tenía un amigo que, a la mínima ocasión que se le presentase, ponía una cara muy seria, pasaba luego a sonreír brevemente y luego –moviendo la cabeza– espetaba: «Dura lex, sed lex». Hay que decir que ese amigo mío, en sus años mozos, odiaba el latín. Era una cosa que no iba mucho con él, probablemente por aquello del razonamiento abstracto, o vaya usted a saber por qué: que el mundo es tan ancho como nos lo permite el mundo y nuestra imaginación. Mi amigo ahora gusta de las expresiones latinas. Se ve que le agrada adornar con una pátina de latinajos sus palabras. No sé si será porque habrá ido a cursos intensivos de tan excelsa lengua o, simplemente, éstas le sirven para quedar de puta madre ante sus lectores, ignorantes de su ignorado pasado.

Decía que a este buen hombre, en las atribuciones propias de su cargo, le he oído decenas llenarse la boca con el «Dura lex, sed lex». Lo utilizaba para cualquier cosa, para cualquier momento, para cada situación. Las cosas son así y no pueden cambiarse. Lo repetía de manera tan machacona y reincidente que creía que tenía todos los principios del derecho romano vertebrando su pensamiento, su modo de sentir y hasta su modo de querer. Si cogiésemos una muestra suya de ADN, seguramente las palabras de este brocardo adornarían su estructura como el espumillón acompaña las ramas del árbol de Navidad. Reconozco que yo, en esos momentos, me quedaba absorto y obnubilado ante observaciones e ideas tan implacables. Nunca he sido muy capaz de llegar a distinguir las cosas con tanta claridad, porque a mí el mundo y el pensamiento y las normas no me parecen nunca sencillas y planas, sino complicadas y matizables. Sin embargo, admiraba tal resolución y determinación en las acciones y en los juicios.

Precisamente por todo lo anterior, me ha extrañado mucho algo ocurrido recientemente. El gachó del que vengo hablando, tan persistente en el cumplimiento, en el deber y en los dichos latinos, se salta la normativa (y quiero pensar que, con ella, esos principios sagrados que defiende) justo cuando le conviene, no sé si a cambio de unos eurillos o a cambio de un estatus: en cualquiera de los casos, las palabras escritas en la normativa de incompatibilidades parecen resbalarse de la ley y del derecho para formar parte de ese magma incierto que no es terreno de nadie y, por lo tanto, lo es de todo el mundo. Y me extraña todavía más porque cuando decía estas palabras no tenían ningún sentido, porque en esos casos concretos las leyes no lo eran, sino que eran directrices generales que se podían cambiar si eso era beneficioso para ellos (el diría aquello de «In dubio, pro reo»). En este caso concreto, sin embargo, las cosas podían haber sido muy distintas. A cualquier alma poco cándida y malintencionada se le hubiese podido ocurrir impugnar un proceso en curso, con el consiguiente perjuicio para muchas personas y enmierdando, de paso, a la institución a la que pertenece, aquella a la que ha dedicado sus desvelos.

Si todo esto me hubiese pasado a mí, no hubiese tenido ninguna importancia, ya que el no-sé-donde-firmante que os habla no deja de ser un individuo (en el peor sentido del término) de muy baja catadura moral y dispuesto a cualquier cosa si se deja llevar por esa envidia, por ese odio atávico que lo corroe y que le hace ser tan bajo en sus apetitos éticos.

Pero no entiendo que le ocurra a él, una persona recta, nada aviesa y en perfecta consonancia disonante con el poder. Creo, por tanto, que hay algo lejano y difuso que se me escapa, que no logro entender (quizá porque un día no asistía a la clase donde lo explicaban, quizá porque nunca me lo explicaron). O quizá no, y resulta que el mundo y las personas son tan previsibles como el viejo verde que gira la cabeza para seguir con la vista a la guapa jamona en la playa.

Lo malo que tiene esta entrada es que sé cómo la he empezado, pero no sé cómo rematarla. He estudiado latín, pero no se me ocurre ninguna máxima clásica que remate la peroratio. Que los argumentos ad hominem no son sino falacias. Y que errare humanum est, a lo que alguno ha añadido perseverare diabolicum. Y que esto es un quid pro quo. Y que vale ya. Raúl Urbina dixit.

(Imagen de Ibán. No he podido resistirme a hacer la gracia con el título.)

Por Raúl, hace 1 mes y 6 días

Porque el laberinto es el espejo del mundo

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Porque el laberinto es signo y representación, porque es metáfora y contiene dentro el término real y el imagen. Porque no sólo unas rectas paralelas conducen al infinito ni acogen, por lo tanto, mayor evidencia de finitud. Porque te buscas para no encontrarte o te encuentras porque no te buscas. Porque decides entrar para probar, para ver qué pasa. Porque el mundo es menos bello sin el acoso del Minotauro, sin la ayuda delicada de los hilos de oro. Porque el error y el acierto pueden esperar, agazapados, tras el próximo seto, tras el muro inminente, tras el vericueto suicida. Porque la vida no es sencilla, ni unívoca, ni tenemos el cuerpo preparado para los paraísos unidireccionales.

Porque entras, o te meten. Porque sales, o te sacan. Porque depende de ti y depende de los otros.

Y porque la arquitectura del caos complicado es aún más bella.

Laberinto de la imagen (e imagen del laberinto): Arkville Maze Maquette (Michael Ayrton, 1968). Cortesía Jacob E. Nyenhuis, Michigan, en la web del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (aquí el artículo de El País sobre la exposición).


Por Raúl, hace 1 mes y 13 días

El corazón es el corazón, y la memoria lábil...

Unas nubes en el cielo, demasiado blancas como para ser amenazantes. Bajo ellas, una esfera de ritmos espasmódicos. Luces y luces. Sonidos electrónicos, mezclados a veces con la dulzura de las palabras no evocadas. Las canciones de amor nunca deberían de acompasarse con latidos más rápidos que los de nuestro corazón, por muy taquicárdicos que permanezcamos frente a las transparencias blancas del verano. Porque los bañistas purgan sus delitos levantando la cabeza hacia el origen de las gotas de agua de la ducha y luego se sumergen en el bautismo del agua azul, clorada, ligeramente impregnada del aceite que rezuma en los cuerpos bronceados. Mudamos nuestras pieles, las permutamos por los atávicos tonos oscuros para contrastarlos con un pantalón muy caro, una camisa muy barata y, sin embargo, perfectamente armonizados. Hacia dónde caminan los pasos oscilantes, hacia dónde las miradas sin unas gafas de sol que mitiguen la refulgencia de los rayos sin filtrar.

Y, sin embargo, el corazón es el corazón y la memoria es lábil y, sin embargo, perenne y, sin embargo, perecedera. Las nubes del cielo no amenazan los ritmos de una música que nació para bailar, pero que nunca se compuso para acompasar una triste, pero alegre, tarde de verano.

(La foto de hoy no la ha hecho nadie, porque estaba pintada en el cielo, tras mi ventana.)

Por Raúl, hace 1 mes y 16 días

El peso de las cosas

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ELLA. ¿Qué pesa más cien gramos de incomprensión o un gramo de cariño?

ÉL. ¿Estamos tontos o estamos en un librejo de Paulo Coelho? La respuesta es evidente: cien gramos de incomprensión pesan exactamente noventa y nueve gramos más que un gramo de cariño.

ELLA. ¿Pero no existen momentos en que es más importante una mínima porción de algo bueno que una gran cantidad de cosas malas?

ÉL. No.

ELLA. (...)

ÉL. Si, no te quedes con cara de tonta. Que hay mucho iluminado suelto. Creo que creemos que el peso que le otorgamos a las cosas no coincide con el peso objetivo que tienen éstas, pero la cantidad da el cante.

ELLA. ¿Y eso nos pasa a nosotros?

ÉL. No sé si lo dices por el cariño o por la incomprensión.

ELLA. Lo digo por las dos cosas.

ÉL. Mira, lo primero es que la vida no es un libro de autoayuda. Y lo segundo es que para la vida no hay manuales. Todo lo más, sesudos mamotretos con miles de notas a pie de página cuyos autores fueron proclives a pegarse un tiro o a meterse en una bañera para rajarse las muñecas.

ELLA. Pero nunca hablamos de lo nuestro.

ÉL. ¿Lo nuestro?

ELLA. Sí.

ÉL. Será hablar de lo tuyo, porque a mí todo lo que no sea lo mío me la pela.

ELLA. Hijo, siempre eres rudo, maleducado y tajante.

ÉL. Ya ves. Tengo gramos de incomprensión para dar y tomar. Y el gramo de cariño se me escapó por la ventana. Como diría el hortera de Coelho, es la pluma ligera que se escapa por la ventana.

(Imagen de José María Moreno García.)

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