— Verba Volant

La banda sonora de una película muda y las mechas de un pelo ya demasiado largo. Los sonidos de la actualidad más intempestiva y la búsqueda infinita en un bolso demasiado grande. Las flechas de un cupido en el que el amor linda ya en el personaje. Los delirios de un calor insoportable y las pesadillas del que dice necesitar ocho horas de sueño sin evidencia científica demostrable. Los avances en las teorías sobre la pigmentación de los pellejos y los beneficios y perjuicios de las cremas que los protegen. El sentido del sinsentido y la disputa eterna entre campo y playa. Y un raro alivio cuando unas ondas de aire frío dejan respirar a nuestros cuerpos en estos días insufribles de un verano que solo empieza.

imagen de Linelle Photography.

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El perfil. Disfrutar con lo que se ve pero sin renunciar a conocer lo que se adivina. El perfil es todo y parte, matiz de sugerencias, paleta de muestra de unos colores que se completan en la imaginación. Es la silueta, una perspectiva, aquellas líneas sonrosadas que se volvieron, poco a poco, más oscuras. Digamos que es la cara porque existe el envés, lo visible porque existe algo más allá. Un gesto que se completará, una sonrisa que devuelve una comisura. Agradable. Suave.

El perfil, en medias tintas. El perfil, con todos los ambages para redondear el ovalo. Así, el perfil.

imagen de Hernán Piñera.

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Pilar es una compañera con la que he trabajado intensamente durante seis años. Ahora se jubila y va a dejar entre nosotros un vacío enorme. Digo que Pilar se jubila y a todos nos va a costar asumirlo. No solo por su inmensa capacidad de trabajo, no solo por su eficacia, sino –sobre todo y ante todo– por sus ideas y sus iniciativas, por su ilusión y generosidad.

Yo no sé qué hubiese sido de mí sin tener a Pilar al lado. Estaba siempre dispuesta a echar una mano, a solucionar los problemas y que no se fuesen amontonando. A poner una buena dosis de cordura a lo más volátil y una gran dosis de fantasía a los asuntos más pegados a la obligación y a la rutina. Pilar apaciguaba los ánimos cuando era necesario y es una persona cabal que, cuando da una opinión  sabes que hay que tenerla en cuenta.

Pilar no solo es una compañera, sino una amiga. Se ha ido haciendo querer desde el principio. Tenía un carácter calmado cuando yo estaba nervioso y poseía el nervio que a mí me hacía falta cuando estaba demasiado relajado. En suma, el complemento perfecto.

El otro día entraba en su despacho. Todavía se veían por allí algunas de sus cosas, pero ella ya no lo llenaba con su presencia. Y, en ese momento, me di cuenta de que todos íbamos a estar un poco más solos. Ahora a Pilar le toca disfrutar de la vida en muchas otras dimensiones. Estoy seguro de que escuchará música a todas horas y acudirá a todas las representaciones de ópera que pueda. Pero estoy seguro –también– de que Pilar siempre va a tener una chispa especial en la mirada cuando piense en nuestra querida Universidad de Burgos. Y esa chispa es la que tenemos todos que recordar cuando tengamos alguna duda, algún problema, alguna inquietud. Mil gracias, Pilar. Mil gracias.

Imagen de Fougerouse Arnaud.

 

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Hoy voy a escribir la entrada más dolorosa. Me llaman por la mañana para decirme que se ha muerto Pedro. Uno de mis amigos. De esos amigos que lo son hasta el tuétano, de los buenos de verdad. Y me ha roto el alma en todas sus aristas. Habíamos estado hace muy poco en una celebración grande. Juntándonos para celebrar un buen momento que era también nuestro. Y estuvimos un rato prolongado abrazados, diciendo lo que ya sabíamos pero que a veces es conveniente susurrar en voz alta. De ese día, queda el último libro que compartimos, el libro de Santi que firmamos todos para Javi: haciendo camino. Y, ahora, andando por el camino de la vida, resulta que tú ya no estás.

No son estas las típicas palabras que se dicen cuando alguien se ha ido: Pedro era una persona inmensamente buena, única. Conozco a muy pocas personas a las que no se le puedan poner pegas. Discreto, comedido, fiel a todo y a todos. Nunca vi en él ningún defecto tan típico de muchos otros y, desde luego, tan típico de mí mismo: ningún doblez, ninguna mala leche. Estar con él suponía tener a alguien a tu lado de forma incondicional. Y siempre sin hacerse notar. Sin estridencias.

Pedro se ha ido. Se nos ha ido. A su mujer, a sus dos hijos, a sus padres, a su hermana. A todos esos amigos que le adorábamos porque veíamos en él un ejemplo limpio para poder imitar como personas.

Pedro, amigo, teníamos una cita pendiente. Unos días en Grecia, nuestro objetivo desde el día 26 de mayo. Pero te juro por lo más sagrado que todos los que estábamos allí iremos a ese lugar mágico.

Nos juntaremos y nos abrazaremos muy fuerte y pensaremos en ti. Y dedicaremos todos los minutos del mundo a darte las gracias por haber estado con nosotros y por habernos enseñado el camino de las personas buenas. De las buenas de verdad.

Imagen de Hartwig HKD.

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No hay manera. He intentado escribir cinco palabras para reflejar alguna cosa que no haya dicho, que se me haya quedado en el tintero pero tuviese un poso en el corazón. Y no hay manera. Cinco palabras escritas y borradas al instante. Una frase alambicada que no quería decir nada. Un intento de que los dedos obliguen a la cabeza para entreverar algo de provecho. Fracaso y alarma, miedo a un vacío lleno de cosas obvias. No hay manera de enganchar con la gramática los hilos de los secretos de la vida. Y mira que se pueden poner un par de subordinadas causales o consecutivas o condicionales. Una frase simplísima con sujeto y predicado. Pero no hay manera. Y luego está el dicho ese de no rompas el silencio si no es para mejorarlo o de lo que no se puede hablar es mejor callarse. Pero nada. No hay manera. Te quedaste en el tracto de neuronas después de la iluminación. Y no hay manera de explicar la luz desde esta tiniebla.

Y, además, todo esto –de alguna manera– ya lo había dicho.

 

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“Lo que me salva” es una entrada que escribí hace tres años. Cuando todas las alarmas se disparan, sigo la rutina. Ayer fue uno de esos días. Muy pronto, antes de ir a trabajar, me enfundé un maillot y una camiseta y me puse a dar pedaladas como si no hubiera mañana. Era una sesión de spinning para mí solo, acompañado por la música y el sudor. Intentando ser más potente y más rápido. Nada hay como el cansancio para ver más allá de las nubes. Cuando pensaba que no podía más, decidí continuar, ahora en la cinta de correr. Solo un pequeño “paseo”, me dije. Pero el dedo fue insistente para ir aumentando la velocidad hasta que, tras el agotamiento, mi cabeza logró flotar en un universo de jadeos. Brazos en jarras, cabeza agachada y un intento de poder retener todo el aire que hubiese perdido a mi alrededor. El trayecto de ida y vuelta al trabajo lo hice, como siempre, dando pedales. Mis piernas me decían, cada metro, que no podían más.

Pero ayer era un día en el que todo me sabía a poco. Por la tarde, después de un rato de descanso y otro rato de trabajo, decidí que me tenía que dar el aire. Tocaba ahora ponerse las mallas cortas y una camiseta para enfrentarme a un calor húmedo. No han nada mejor que escaparse por el campo, correr disfrutando de todas las sensaciones. Con la música de la respiración, del viento entre las ramas, de las conversaciones de los paseantes, que quedan como trozos inconexos de otras vidas. Zancada tras zancada, cambiando de ritmos, escapando muy lejos para luego volver, casi por el mismo camino, pero con algo muy distinto por dentro. Es lo que me salva cuando se disparan todas las alarmas.

Imagen de João Campos.

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Asciende y asciende, como un cohete apuntando al cielo. Es un sentimiento con sabor a malta y a ternura y a todo lo imparable. Gira y gira, como un acontecimiento deseado y esperado. Es un corazón suave, con olor a luz y a flotar entre oscuridades poco tenues. Sube y sube, como la libertad tomada de la mano. Es una palabra con sonido susurrante y un caleidoscopio y un destino secreto y compartido. Vuela y vuela, como un cielo que se acerca a la danza de nuestros pies. Es un sueño conseguido y un calor de sudor frío y una manera de estar a salvo. Brilla y brilla, como un sabor poco frecuentado. Es una nube sin tormenta y un asiento en primera fila y un mar que nos mece. Asciende, gira, sube. Y brilla.

(Imagen de Brian Abeling).

 

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Andaba yo pensando el otro día en mis cosas y me di cuenta de algo de lo que no era consciente. Era un cambio importante, sin duda, no buscado, afortunadamente beneficioso. Sin estar nada satisfecho por ello (pero sin darle tampoco la relevancia necesaria), me tenía yo por persona rencorosa y vengativa. Me gustaban dichos del tipo “La venganza es un plato que se sirve frío” o “Si te sientas a la orilla del río el tiempo suficiente, verás pasar a los cadáveres de tus enemigos”. O sea, que me decantaba por un rencor paciente y –quizás por eso mismo– más cruel. El conde de Montecristo era para mí un auténtico manual de supervivencia, aunque ser como el conde de Montecristo es algo imposible porque está por encima de lo humano y, por lo tanto, de la humanidad (y, por lo tanto, de la Humanidad). También es cierto que era la mía una venganza más teórica que práctica, porque no recuerdo nunca poner a afilar los cuchillos ni sentarme a ninguna orilla a esperar nada.

No tenía yo previsto tampoco ningún cambio respecto a rencores y venganzas… hasta llegar a la conclusión de la que hablaba al principio: creo que puedo afirmar que he dejado de ser una persona vengativa. Decir esto no significa que me haya pasado al lado del bienestar pleno con el ser humano y sus circunstancias. Me imagino que tendré enemigos. Desde luego, hay personas en este mundo que me caen como el culo. No son muchas, pero alguna hay. La gran diferencia que encuentro es que antes podía reconcomerme estando pendiente de sus actos y omisiones y ahora lo que piensen y lo que hagan me trae –simplemente– sin cuidado. No busco nada que tenga que ver con esas personas. Si puedo, evito cualquier contacto con ellas, cualquier roce. Intento no saber nada de sus vidas porque todo lo suyo no es mío y, por lo tanto, me es totalmente ajeno.

Y, como decía, nada de esto me hace ser mejor ni peor porque no lo he buscado. Los años y muchas más cosas parecen haberme recubierto de una pintura con propiedades muy especiales que hacen que no me resbale nada de lo que me importan para bien y se deslice sin empapar todo lo que no me importa o lo que me importa para mal.

Así que notaba yo el otro día, dando un paseo, que todo me pesaba menos. Qué alivio…

(Imagen de Henar Domine).

 

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Hoy la cosa va de espías. No sé qué tienen los espías, que nos atrapan: será por su doble vida (ser una persona y la contraria, qué maravilla), el secreto (el suyo, oculto; y el de los demás, siempre desvelado), el doblez (personajes sencillos siendo complejos y complejos siendo simples). Y la tensión, dios, la tensión. El espía cumple a la perfección la máxima de que los malos son los mejores (de hecho, esta entrada me sirve para recuperar aquella serie de entradas que escribí hace ya mucho tiempo) porque, a mí por lo menos, no me gustan nada los espías buenos, sino los del lado contrario y, más todavía, los que descubren en un momento determinado que ya no tienen bando ni más bandera que la de unos principios básicos que son cuestionados y cuestionables.

Me encantan las series de espías. De hecho, ahora mismo estoy viendo tres de forma simultánea: The Americans, Oficina de infiltrados y El mismo cielo. The Americans es una de mis preferidas. Nada menos que una pareja de espías rusos viviendo en los Estados Unidos de la Guerra Fría, viviendo durante años como estadounidenses, con hijos ya norteamericanos y con un agente de la CIA como vecino y amigo. ¿Se puede pedir más? Sí, porque, desde le primer momento, nos ponemos de su parte. De hecho, incluso nos rebelamos ante la mayor frialdad y crueldad de Elizabeth. Dudamos a veces del bando en el que está Philip, más vulnerable, hasta que, pasadas las temporadas, todos (y muy especialmente los secundarios, rusos y norteamericanos) empiezan a colocarse en los ángulos incorrectos. El mismo cielo (The Same Sky) es una serie de factura alemana con una pinta magnífica: para mí, no acaba más que empezar (solo he visto dos capítulos), pero ya apunta maneras. Un espía de la RDA en la Alemania aliada. Cara dulce y aniñada en apariencia pero un fondo oscuro que no sabemos adónde nos llevará. Todo lo que pasa más acá y más allá del muro, con un túnel subterráneo en construcción y unas vidas en proceso de destrucción. ¿Podemos pedir más? Oficina de infiltrados (Le Bureau des Légendes) es una serie francesa de espías ambientada en la actualidad. Podría ser porque habla de islamismo radical y todos sus vértices, pero lo es más porque nos gusta su protagonista, Malotru, un personaje que, aparentando serenidad y profesionalidad, oculta un torrente de emociones que le llevan a tomar decisiones. Y hasta aquí puedo escribir.

El año pasado, ya nos dejábamos cautivar por El infiltrado (The Night Manager), con un Hugh Laurie que no hace de bueno cabrón sino de cabrón y malo y traficante de armas, y un Tom Hiddleston que hace de un impecable Jonathan Pine. Y también por Deutschland 83, otra serie alemana con jovencito de la Stasi infiltrado en la Alemania Federal. Nos pone en tensión, nos cautiva y, por el mismo precio, nos acompaña con una genial banda sonora de la música de aquellos años, que no son un descubrimiento para nosotros, pero sí lo son para Martin Rauch, su protagonista. Y no hablaré de 24, porque ya lo hice en su momento. No la considero una serie de espías,  como tal, pero nos hace replantearnos mil y una veces quiénes son los malos. ¿Seguro que lo sabemos? Solo por el formato, ya les tenían que haber hecho un monumento.

Sí, la vida es un toma y daca entre lo que sabemos y los secretos de los demás. Por eso nos gustan los espías. Entre las películas de espías, hay mil. Por supuesto, Con la muerte en los talones (North by Northwest), porque, por muy a salvo que estemos, un día podemos convertirnos en George Kaplan cuando nos creemos que somos el de siempre. Pero, para mí, nunca ha habido un espía como el de Operación Cicerón (5 Fingers). Porque la dirigió  Mankiewicz. Porque el espía es James Mason. Y porque siempre hay alguien que consigue su sueño… aunque no seamos nosotros.

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Vuelves a ver Carta de una desconocida. Hacía muchos años que no contemplabas esa magnífica historia, llena de sentimientos, de ternura y realidades que te abofetean sin misericordia, contada con sutil maestría. Ves a Joan Fontaine-Lisa Berndle recorriendo la casa de Louis Jourdan-Stefan Brand: Lisa se desliza, casi vuela en un montaje prodigioso, por todas las estancias, por todos los objetos que le devuelven, en su ausencia, todo lo que ama. Por un momento, ingenuos nosotros, nos creemos la historia de ese amor. Porque dos semanas no es nada, pero pueden ser la barrera que separa las palabras de la incomprensión y la villanía, incluso la barrera que nos separa de la muerte.

Y sientes que la vida, afortunadamente, te atrapa bajo el embrujo de Sherezade. Siempre dispuesto a vivir un día más gracias a una historia que desearías que fuese interminable. En permanente estado de suspense, como ese artificio, el cliffhangerque te mantiene en vilo. Porque te enganchas a las ficciones como si no hubiera otra forma de consuelo. Porque, así, vives en todos los puntos cardinales, en todas las épocas y bajo todas las perspectivas.

Cada vez que sientes que la vida te oprime, cada vez que intentas respirar y parece que no hay aire suficiente, una historia te rescata. La casualidad ha hecho que hayas puesto la televisión y estuviese Joan Fontaine viviendo la historia de un amor. El mismo que le causa la muerte. Y así, ha aparecido otro escalón en la subida al paraíso de las ficciones.

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