— Verba volant

Llevo muchos días preparando exámenes y corrigiéndolos, poniendo notas de prácticas, configurando hojas de cálculo, mandando correos, dando explicaciones, concertando horas para revisiones y entrevistas, haciendo listados de todas las formas, colores y contenidos. Días en los que las horas se acumulaban delante de la pantalla del ordenador. Días en los que, aunque lo intentase, la cabeza siempre estaba pensando en lo mismo, una y otra vez. Todo ello me ha servido, una vez más, para reflexionar sobre nuestra tarea de la evaluación. El otro día escuchaba una reflexión interesante: la educación (sea del nivel que sea) no puede dedicar tanto tiempo a la evaluación. Sobre todo, porque cuando se lo dedicas a la evaluación (tan necesaria, por otro lado), se lo quitas a otras tareas docentes también necesarias, también importantes.

Sin embargo, es en el momento que acaba el proceso de evaluación (quiero decir que acaba el proceso de ese curso en ese semestre: el proceso de evaluación no se acaba nunca) cuando se asoman todas las dudas a mirar por el balcón. Es el momento de dar mil vueltas retroalimentadas sobre si la evaluación ha reflejado el trabajo realizado, sobre si los procedimientos han sido adecuados. En suma, si puede llegar a existir un paralelismo entre lo que ofreces tú y lo que recogen tus alumnos, entre lo que te ofrecen ellos y lo que tú recoges. Te preguntas, al fin, si todo tiene un porqué. Si algo tiene sentido más allá de una nota, una calificación, un número al que añades uno o dos decimales y que se incorpora a una porción de la vida de un alumno.

Ahora pienso más que nunca, que habría que hacer una evaluación de la evaluación misma. Pienso que olvidamos que el proceso de evaluación ha de ser de los alumnos a los profesores, de los profesores a los alumnos, de los alumnos a su trabajo, de los profesores al nuestro.

Y, una vez acabado todo, volveremos a empezar intentando que sea con el pie izquierdo (al fin y al cabo, soy zurdo). Sabiendo que, al final, todo acabará en el mismo punto, unas décimas más allá.

(La fotografía está reproducida con permiso de su autora, Henar: sexundermyhead.)

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Hace cosa de un mes, escribía sobre una entrada sobre el libro electrónico y la poca previsión de la industria electoral. La tienda de Amazon ya tiene su sección española y muchos españoles han decidido regalar o regalarse un aparato para leer libros electrónicos gracias a que esta tienda vende un magnífico modelo, la última versión de Kindle, por 99 euros. Insisto en lo que comentaba entonces: muchos usuarios se compran el aparato y luego emprenden la búsqueda de libros para comprar. Probablemente, muchos de esos lectores no son conscientes de lo mucho (o lo poco, según se mire) que ha cambiado el panorama editorial español con respecto a ediciones electrónicos. Por decirlo de manera fina, podemos decir que las editoriales españolas no han decidido cambiar su política comercial, sino que las iniciativas de Amazon les han obligado a cambiarla o, al menos, a intentarlo. (Antes de entrar en otros detalles, diremos que, hace meses, en lo que se refiere a la edición en papel, ya podía darse la paradoja de que un libro editado en España costaba más barato comprado desde Estados Unidos (portes incluidos) que comprado en la librería de la esquina.)

Antonio Fraguas (hijo) publicada el otro día en El País un artículo titulado “Guerra abierta por el precio del libro”. Un resumen rápido del mismo podría ser que las editoriales españolas han tenido que espabilar –o, al menos, tienden a pensar que algún día de estos, antes de llorar, tendrán que espabilar– ante la política de precios de la gran tienda en Internet por excelencia. De hecho, leemos hoy, también en El País, que Anagrama decide anticipar en unos días la salida de la última novela de Paul Auster en formato electrónico a un precio inicial y temporal de 11 euros, que será de 15 dos semanas después. Cada uno es muy libre de poner el precio que quiera a un libro, pero ¿no resulta un poco cara una edición electrónica por 15 euros en comparación con los costes que entraña una edición en papel? En definitiva, que me temo que esa guerra de las editoriales será, a la postre, una batalla perdida porque ganará Amazon. Y el triunfo no vendrá de ser un mastodonte que devora todo lo que le rodea, sino de alguien que ha decidido desde hace mucho tiempo hacer las cosas tirando a bien (en los pedidos de libros en papel, un libro puede llegarte de Estados Unidos o Alemania en tres días, como tuve ocasión de comprobar personalmente con un pedido realizado el día 3 de enero que me llegó el día 5, a un precio extraordinario).

Pero todo eso son batallas. Al libro electrónico, para ganar la guerra del negocio, le quedan unos cuantos detalles. Un ejemplo: me decidí estas Navidades a regalar un libro a un familiar. Compré religiosamente el libro, que quedó descargado en tres segundos en mi ordenador. Cuando quise grabarlo para mandárselo por correo electrónico, me di cuenta de que tiene una protección que imposibilita que lo lea alguien desde un dispositivo electrónico que no sea mío. ¿La conclusión? Tuve que descargar una edición pirata para que poder regalársela.

Yo sigo insistiendo: o convertimos el comercio de libros en algo agradable y fácil (además de económico) o, cuando nos despistemos, no encontraremos a nadie en este mundo que quiera comprarlos. Decidirá, simplemente, leerlos.

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Crisis creativa. Parón. Cabeza vacía e inoperante. Estéril. Estoy tan vacío de ideas que ni siquiera he podido hacer una enumeración exhaustiva y, mucho menos, completa. Últimamente, no escribo porque no tengo nada que escribir. No porque no tenga otras cosas en la cabeza –que creo que las tengo–, sino porque no me salen las palabras o las ideas. En el fondo, viene a ser lo mismo. Una opción plausible, aconsejable, sería dejarlo. Son muchos días escribiendo, si es que los días de escribir han sido alguna vez suficientes. Son muchas palabras, muchas frases puestas una tras otra, si es que las palabras son muchas, pocas, demasiadas o insignificantes. Es pensar que se tiene todo dicho y, sin embargo, que se tiene algo más que decir, aunque ahora no sea el momento.

Esa es la esperanza y el madero al que me agarro en la tormenta: pensar que habrá, más allá de la línea extensa del vacío, algo más. Pensar que, si todo estuviera dicho, los días, enfilados uno a uno, no tendrían sentido. Pensar que, si no tienen ni tendrán sentido, tendrá que haber alguien para levantar el cadáver y testificar la muerte, sus causas.

Decía un filósofo del lenguaje que hablar es hacer. Cualquier experto en comunicación sabrá también que hacer es decir. Como no hago porque no digo, mi tarea, a partir de ahora, será decir para demostrar que estoy vivo. Para testificar que, más allá de la nada, hay una nada por contar.

(La fuente de inspiración, en este caso, ha sido esta fotografía, perteneciente a mi galería de Flickr, tomada recientemente cerca de la Catedral en una noche oscura e inhóspita. Todo parecía vacío pero, entre el frío y la oscuridad, alguien había tendido la ropa con la esperanza de que llegaría a secarse. Y alguien tenía encendida la luz. Esperando. Viviendo.)

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Y sientes que la vida es difícil de sujetar. Y te dicen lo que es aplicable a otras cosas: que la tienes que sujetar como si fuese un pájaro: tan firmemente como para que no se escape, tan suavemente para que no se aplaste. Y piensas que la teoría nunca fue tan difícil de aplicar a la práctica. Y hace tiempo que llevas haciendo ejercicios. Y lo intentas. Una, dos, tres veces. Y ves que no la estropeas más, pero que tampoco la arreglas. Intuyes que la vida está ahí, pero tú no la ves. Y piensas en que la es algo así como meterse en un jardín, cuando literalmente tú no tienes ninguno, cuando metafóricamente y cognitivamente es así y punto. Y te hablan del alma de las cosas cuando tú solo percibes contornos. Y te aseguran que las cosas tienen muchas dimensiones, muchos matices, muchos ángulos de visión, pero tú le das una vuelta y otra y siempre te quedan las mismas sensaciones. Intentas vencer las nostalgias, procuras no marcarte demasiados objetivos. Vuelves a entrenar y, para practicar, coges un plato, firme y suavemente. Y, cuando te despistas un segundo, lo ves roto en el suelo, con la matemática exactitud de tus intuiciones.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Se va un año. Viene otro. Y separamos ambos como si fuesen las porciones de momentos diferentes, como si desgajando pudiésemos objetivar en trozos los logros y las decepciones. Como si las cosas fuesen a cambiar, como si pudiésemos dejar posar todas las decepciones y albergar esperanza en las alegrías, que no pueden ser más que futuras. Como si pudiésemos conservar unos posos de esperanza en latas de recuerdos, como si divisásemos unas líneas de un horizonte oscuro y sempiterno hasta que llegue otro final parcial.

Las divisiones –lo sabemos– son arbitrarias: los países, las zonas horarias, los meses, los calendarios, los valores de las cosas y de las personas. Hoy se acaba algo que no se acaba, comienza otra cosa que no empieza. Y, mientras tanto, solo nos cabe abrir los paraguas para ver cómo llueve en nuestra epidermis. Aunque sea por dentro.

(Imagen procedente de mi galería de Flickr.)

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Hoy, siguiendo la tradición, he vuelto a ver ¡Qué bello es vivir! Si la película la hubiese dirigido cualquier otro que no fuese Frank Capra, la cosa hubiese tan empalagosa que no hubiese habido quien se la tragase. Pero Capra es el maestro de controlar hasta el límite la emotividad de sus películas. Este filme es un derroche de emociones controladas porque está enmarcado en la forma de un cuento tradicional, con un malo muy malo y un mundo idealizado envuelto en la amenaza del capital. Vista a día de hoy, puede ser muchas cosas, pero una muy obvia: una defensa del ser humano por encima de los intereses y las especulaciones. Obviamente, también contiene altas dosis de la moralina típica de muchas películas del Hollywood de la época. Todo un ejemplo de individuos marcados por un destino siempre positivo, pase lo que pase.

A día de hoy, he escrito ya unas cuantas entradas de Nochebuena. Hoy vamos a dejarlo con esta película, con George Bailey, en Bedford Falls, esa localidad inexistente tan cercana a Buffalo. Dejémoslo anclados a las 22.00 de un 24 de diciembre, conscientes de que los ángeles no existen. Y, si existen, nunca tuvieron alas.

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Tenía tantas ganas de componer esta entrada que, al final, se me atragantaba en cada borrador con el que intentaba acometerla. Hoy la escribiré, pase lo que pase. El pasado día 18, Luz Sánchez-Mellado escribía en El País uno de los reportajes que más me ha llegado hasta el tuétano. Se titula “Ansiosos” y es, a mi juicio, el mejor análisis que se ha hecho desde fuera de lo que siente alguien que padece de ansiedad desde bien dentro.

La ansiedad no es, en el fondo, más que un mecanismo de defensa con el que nuestro organismo nos protege ante la eventualidad de cualquier peligro. Se manifiesta, por primera vez de modo casi azaroso. Uno está tranquilamente en su casa, en cualquier sitio, y empieza a sentir un pequeño malestar: su corazón empieza a acelerarse y nota un sudor frío. Parece que le cuesta respirar, que tiene un malestar en la región torácica. Nota una ligera sensación de mareo, posiblemente acompañado de una sensación de desrealización, de que las cosas son y están, pero ni son ni están como parecen. El primer día, piensa que le está dando un ataque cardíaco. Puede que necesite una visita rápida a un hospital. Allí, los médicos descartan que sea una urgencia vital. Le meten una pastilla debajo de la lengua y le reconfortan. “No pasa nada”. Pero sí pasa. Los ataques pueden repetirse. No se sabe con qué frecuencia. No avisan. El cuerpo no le comunica al que lo padece que vuelve a ser lo mismo, porque es lo mismo, pero diferente. Cuando pasa por media docena de ataques, intenta ya situarse sin decir nada. La mayor parte de las ocasiones, llega de noche. Y el que lo sufre intenta mantener una calma imposible en silencio. Intenta relajarse, pero el control de su cuerpo lo tienen las emociones y no las razones. De hecho, procura dormirse aunque no llegue a firmar que de ese sueño logre despertarse.

La noches pasan, a veces, entre sobresaltos, o despertándose en medio de la noche, o demasiado pronto. Una noche tras otra. Cuando llega la mañana, no se tiene tanto la sensación de no haber dormido como la de no haber descansado. El resto del día pasa entre una tensión que, en muchas ocasiones, acaba con dolor de cabeza o con unas mandíbulas en opresión constante. El mal está tan generalizado que se convive con él durante todo el día. En un espejismo vital, se llega a pensar que ese es el estado natural. En medio de situaciones normales, surgen los interrogantes sobre la vida, la imposibilidad de pensar a un medio o a un largo plazo de forma pausada. No se trata de pesimismo, sino de una inecuación entre el futuro y la perspectiva. Algún médico le recetará unos comprimidos, pero se sabe que estos no aliviarán nunca la causa, sino que maniobrarán de forma torticera sobre el efecto. Decide vivir en el quicio, pero a pelo.

El miedo, la sensación de angustia no poseen, en muchas ocasiones, una proporción directa con sucesos vitales concretos; aunque todo el que los padece sabe, que de una u otra manera, estos sucesos vitales actúan como factor desencadenante de una más que posible razón genética. En el artículo, Luz Sánchez-Mellado lo explica de forma magistral: nuestro cuerpo actúa como si se enfrentarse a una amenaza real de peligro. Lo que ocurre, en este caso, es que no hay peligro real a la vista: el cerebro actúa como si tuviésemos a una fiera ante nosotros y tuviésemos que salvar la vida. Pero no hay tigre. Ese estado que nos salva la vida cuando es necesario, nos paraliza y aniquila cuando salta sin que nada lo exija ni nadie se lo pida. La alarma se dispara. El edificio se quema, se calienta, pero no hay llamas. El día a día pasa por sentirse con los nervios a flor de piel, por no ser capaz de controlar las preocupaciones, por preocuparse demasiado por las cosas y darles demasiadas vueltas, por la imposibilidad de estar relajado, por sentirse muy frecuentemente irritable o disgustado y con una sensación de tener el miedo metido en el cuerpo. De vez en cuando, el cuerpo se rompe un poco más, se rasga y se desboca a partes iguales.

Alrededor, la gente no se entera o no se inmuta. O no se da por aludido. Se tiene el convencimiento de que hay cerca un bicho raro, de mal carácter y que se pone nervioso por fruslerías. Todo se achaca más a una forma de ser, que no es, que a una forma de sufrir. Ni se alteran ni se inmutan porque no saben que no existe un tigre, pero el miedo y el dolor son reales como sus garras y como sus dentelladas. La vida se va volcando en pequeñas o grandes obsesiones: cuando no es el trabajo, es el deporte; cuando no es ninguno de los dos, surge siempre otra cosa. Como dice el artículo, son personas a las que, a menudo, les gustó –les gusta– trabajar bajo presión. Lo mismo que su cerebro se vuelve totalmente inoperante en algunas ocasiones, en otras muchas permanece en estado de ebullición constante, del que salen muy buenas ideas y del que supuran también muchas miserias. Como en la afirmación de un médico de urgencias con la que acaba el artículo: ”Nadie sabe lo que es el infierno hasta que no lo tiene dentro”.

Esa es la ansiedad. Quien la probó, lo sabe.

(Imagen de Stathis Stavrianos.)

 

 

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Lara ha quedado con unos amigos para verse un rato por la tarde, antes de que lleguen los agobios de las fiestas y no quede tiempo para casi nada. Ha llegado a la casa de Miguel y de Claudia. Ha dado un beso a las niñas y se ha sentado en el borde del sofá. La tele está puesta y un canal infantil devuelve imágenes de unos dibujos animados que han robado, por unos instantes, la atención de Laura. Claudia ha cogido el mando y ha apagado la televisión, entre las protestas de las niñas y el posterior cese de embelesamiento de Laura. Miguel ha ido a la cocina y ha cogido una botella de champán del frigorífico mientras Claudia saca de la vitrina tres copas de champán. Laura coge la suya, la agarra, al principio, con las dos manos. Luego se da cuenta de que ha dejado marcas en la copa. Cuando Miguel abre la botella, está ya con la copa preparada. La espuma desborda la copa de Laura que, entre tímidamente divertida y apesadumbrada, ve que parte del líquido se ha desbordado y ha llegado a la alfombra. Una vez deshecho el entuerto, llega el momento del brindis. Claudia se pone en pie y Miguel y Laura la imitan. “Por nosotros”, dice. Alzan la copa y repiten “Por nosotros”. Juntan los tres las copas, casi al unísono. Laura debe un poquito y dice “Qué rico”. Luego bebe otro poco, ya sentada, mientras el gas le hace cosquillas en la nariz y el gusto de la bebida le devuelve un agradable sabor seco que no inquieta. Laura, por unos breves instantes, vuelve a caer en la ensoñación. Mientras piensa en un segundo en sus cosas, Claudia le ha hecho una pregunta, que ella no sabe si contestar con un sí o con un no. Claudia se ríe y se lo vuelve a preguntar, pero Laura ha vuelto a perder el hilo. Cuando vuelve a la conversación, pasa un buen rato charlando, hablando de sus amigos. Siempre cae algún dato, alguna malicia, alguna indiscreción.

A los tres cuartos de hora, Laura ha bebido dos copas de champán que le han proporcionado un estado parcialmente eufórico, un leve dolor de estómago y, sobre tod, mucho sueño. Laura dice que se tiene que ir. Le da dos besos a las niñas, se despide de Miguel y de Claudia. En el momento en el que está bajando por el ascensor, Laura nota que se le cierran los ojos. Laura llega al coche y toma el camino hacia su casa. Por el camino, las luces navideñas que adornan las calles vuelven a distraerla, hasta que el coche de atrás pita. Laura mete primera, luego segunda y sigue el camino. Cuando llega a casa, Laura se pone el pijama. Se lava los dientes y toma un poquito de elixir bucal, que le proporciona la dosis última de limpieza que necesita para irse a la cama. Laura se mete en la cama y se duerme. Laura no sabe que, esa noche, tendrá un sueño vaporoso que desencadenará en la pesadilla.

(Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos. Imagen de Melintoc.)

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Para todo lo que quiero decir aquí, es necesario hacer un poco de historia personal. Empecé a enamorarme de la lectura cuando tenía unos diez u once años (unos cuantos menos, si contamos los tebeos de Mortadelo y Filemón, Astérix y El capitán Trueno). Como tantos otros, comencé con sagas literarias de Enid Blyton, pasé por todos los autores de la literatura clásica de aventuras, luego fijé mis obsesiones en la novela policíaca (que, junto con la novela negra, me ha acompañado siempre en mi voracidad lectora) y, poco a poco, fui ampliando mi abanico de lecturas. Tuve la suerte de nacer en una casa con libros y con una familia que inspiró y alentó mi afición. Todo el dinero que recibía por mi cumpleaños y Reyes lo invertía en libros. Cuando esto no alcanzaba, conté con la complicidad de Humi, mi librera (luego me enteré que la librería que regentaba, Granado, tuvo una de las trastiendas más ricas a la hora de combatir la incultura y las prohibiciones en el franquismo), con la que llegué a un pacto: yo cogía el libro que quería y no lo tenía que pagar hasta ir a comprar el siguiente. Con el tiempo, mis queridos libros, mis apreciadas lecturas, lograron cambiar mi visión del mundo, ampliaron mi experiencia, compensaron todo aquello que, por motivos diversos, no había podido vivir. Las estanterías se quedaban cortas, las baldas eran insuficientes, los volúmenes se apilaban.

Cuando la ficción no fue suficiente, llegaron los libros de divulgación, los ensayos, los libros de historia primero, los de psicología y los de filosofía después. Llegó el momento de decidir una carrera y los estudios de Filología Hispánica me exigieron, no sin placer, el ir haciéndome con un gran caudal de literatura clásica hispánica y, a la par, con estudios monográficos sobre literatura y sobre lingüística. El número de libros y lecturas siguió creciendo cuando decidí realizar los estudios de posgrado y la tesis doctoral. Alguna que otra beca alivió mis gastos (o, mejor dicho, los de mis padres y de mi hermana, que hicieron un impagable –nunca mejor dicho– esfuerzo para que no me faltara nunca ni una página de las que yo considerara necesarias). Como todavía no tenía una relación laboral con ninguna institución universitaria y vivía en una ciudad sin muchos recursos bibliográficos, tuve que emprender viajes a otras ciudades de España e, incluso, salir al extranjero para acudir a bibliotecas y adquirir libros en librerías especializadas. Mi campo de investigación era tan estrecho y, a la vez, tan vasto, que necesité de un grandísimo caudal bibliográfico. No fueron pocos los años en los que me llegué a gastar, ya trabajando, más de medio millón de pesetas anuales en libros. Trabajaba en un centro de secundaria en el que te miraban con los ojos torcidos si te gastabas demasiado, con lo que muchos de los materiales pedagógicos que necesitaba también corrieron por mi cuenta.

En conclusión, el no-sé-dónde firmante acumula una librería de unos siete mil volúmenes: un montón de dinero bien invertido, en directa proporción a la satisfacción y los réditos personales y profesionales que me han dado. Todavía me parecen pocos libros, pero diferentes situaciones profesionales y personales acarrearon problemas de espacio y almacenamiento. Amigo como soy de las nuevas tecnologías, decidí hace unos tres años comprarme en Amazon un Kindle (comprado por internet en los EE. UU., ya que hasta solo hace cuestión de unas semanas se puede adquirir en la reciente tienda on line española). Embebecido por la ilusión de la causa y el efecto, pensaba yo (no lo había comprobado previamente) que el caudal de libros disponibles sería enorme, en uno u otro formato. Por la tarde, lo primero que hice es entrar en internet para comprar El asedio de Pérez-Reverte en edición electrónica. Los resultados de Google me mostraban unas cuantas páginas en las que el libro salía gratis a través de una descarga, pero yo no buscaba eso. Perdí algo así como dos horas hasta que descubrí que, simplemente, no podía hacer lo que había sido mi hábito durante años: pagar por el libro que quería comprar. Opté por la descarga gratuita (y no sé aún si ilegal, alegal o vaya usted a saber qué). En los días y semanas siguientes, seguí haciendo el intento. Ante mi extrañeza y mi asombro, la industria editorial española no disponía de ningún mecanismo para que yo pudiera utilizar mi dispositivo (y esto era válido para cualquier otro modelo, para cualquier otra marca) con libros pagados. Me acostumbré a descargar los libros que no leía en papel. Me familiaricé con determinadas páginas, con determinados programas que convertían formatos. Me acostumbré a no pagar por lo que había pagado durante décadas.

Hasta fechas bien recientes, la estrategia editorial española, en lo que se refiere al libro electrónico, ha sido errática en algunas ocasiones y, en otras muchas más, ineficaz o inexistente. Algunos autores tomaron iniciativas honradas y valientes, pero eran tan pocos los que las emprendían que los dispositivos electrónicos de lectura crecieron en un bosque en el que no había casi árboles autóctonos y, a los amigos de la naturaleza, nos obligaron a plantar especies de otras latitudes, a veces saltando una valla y sacando ese pino foráneo del cepellón.

Estando las cosas tal y como están, algunos autores mantienen absurdas posturas negacionistas en las que confunden, por puro odio, por pura ignorancia, el contenido con el continente. Es el caso de Juan Manuel de Prada, en una reacción iracunda de aquel que ve que se le puede acabar el pastel de postre o, incluso, el primer plato. Otros autores son mucho más razonables: algunos de ellos, fueron de los pocos que vieron el problema con suficiente antelación y perspectiva. Es el caso de Lorenzo Silva, que mantiene una actitud lógicamente combativa, pero siempre educada y prudente. El ya puso a disposición de todo el que quisiera algunas de sus obras de manera gratuita; de aquellas que se podían descargar pagando, el coste era más que razonable. De hecho, si vemos ahora los precios de sus libros en formato electrónico en Amazon, comprobamos que los precios son justos y necesarios: toda su serie de libros de Chamorro y Bevilacqua por menos de cinco euros, etc. En otros casos, en otros autores, la diferencia entre el libro en papel y el formato electrónico es tan pequeña que se parece a una tomadura de pelo más que a cualquier otra cosa.

La encrucijada de las editoriales españolas y de los autores llega ahora: convencer a quienes han visto que se puede ver el Cielo gratis para decirles que tienen que pasar por caja con una tarifa reducida. Y ahora llega la pregunta: ¿será demasiado tarde, cuando todos los internautas tienen una librera que ya no se llama Humi y que te deja llevarte un libro sin pagar por este, ni por el siguiente?

(Imagen de Leandro Suárez.)

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Ahora estamos de capa caída, ya lo sabemos. No me extraña que nosotros ciudadanos de a pie, no lo supiéramos, ya que nadie nos lo dijo: se nos procuraron los medios para vivir por encima de nuestras posibilidades y nos invitaron a meternos en la espiral del gasto frenético.

Creímos pertenecer, durante unos cuantos años, al cogollito del mundo que tenía la sartén por el mango y lo hicimos inflándonos de infrastructuras, construyendo aeropuertos, asfaltando mil veces lo ya asfaltado y poniendo, un raíl detrás de otro, muchos cientos de kilómetros de líneas ferroviarias de alta velocidad. En el lado negativo, a muchos les dio por manejar más el prestigio político que la cabeza, por dejar bonito lo que ya estaba y olvidarse de los asfaltos no tan populares ni electorales para esconderlos debajo de la alfombra, por ignorar los bellos trenes en los que se hablaba y se viajaba por precios razonables. La política, la economía, los negocios, se empezaron a erigir sobre papeles, panfletos y revistas, siempre carísimos, siempre gratuitos. Mientras, nunca se pensó con la prudencia. Más que en educación, se invirtió en la periferia: se regalaban libros de texto a los que no los necesitaban (asegurándose, mientras tanto, de que las editoriales se enriquecieran al ritmo de los cambios legislativos) y, a cambio, se permitía (y se permite) a centros presuntamente concertados que cobrasen (cobren) cuotas discriminatorias e ilegales. Se empezó a repartir a diestro y siniestro, empezando siempre por el que más tiene. Los altos cargos, embebecidos con complementos millonarios para sus jubilaciones, siempre proclives al regalito caro, a la cesta navideña abundante a cambio de favores. Se instaló una cultura discriminatoria en la que chorreaban diplomados de ciertas carreras que, durante décadas, fueron los dueños del mundo, desde el litoral hasta la sierra, desde el centro hasta la periferia. Se construyó una sociedad pretendidamente moderna anclada en la estructura atávica de siempre, en la que se simulaba un igualitarismo basado más en el gasto que en el ingreso.

Ahora, llega el momento de empezar a pensar desde el recorte drástico: se van cercenando los subsidios, se recorta en los servicios básicos (esos que los que mandaron, los que mandan y los que mandarán siempre podrán pagar). Se volverá a los días de posguerra, en los que los escolares permanecían con el abrigo en el aula. Se propone pagar por algunos servicios sanitarios (los miopes siempre hemos tenido en España la esquizofrénica necesidad de pagarnos las gafas) sin pensar que unos se los pueden pagar siempre mejor que otros (y “otros” acudirán a servicios de pago e intentarán ahorrarse los duros luego haciendo el gasto duro en la sanidad que pagamos todos).

Después de todo, siempre habrá quien diga que se acabaron las ideologías, que todos son lo mismo. Que da igual lo que sea, porque siempre decidirán otros (esos “otros” eran, no lo olvidemos, los que antes consideramos nuestros amigos: aquellos con los que el líder de turno pensó como sus iguales). Y yo digo que no, que la ideología es, ahora más que nunca, imprescindible. Que no deberíamos permitir que los platos rotos los paguen los de siempre. Que no se pueden pedir muchos esfuerzos al que ya, de por sí, tiene poco. Que no se puede consentir que paguen justos por pecadores.

Ahora, ya lo sabemos, todos estamos de capa caída, con el país arruinado, entre brasas y escombros. Y, si nadie lo remedia, la historia de España en el primer tercio de este siglo será una película que vuelva al estilo neorrealista italiano y la veremos en nuestra casa en una magnífica y enorme pantalla plana.

Imagen de “Plebeian regime”.

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