— Verba Volant

La oscuridad va cortando el día y la soledad llama a mi puerta. Mientras todo se vuelve triste, salgo, como todas las tardes, al bar de siempre, ese que está al otro lado de las vías del tren. Me siento, como siempre, a una mesa para dos, al fondo del local. Y, como siempre, me siento solo, con esa silla vacía delante que muestra de forma gráfica siete maneras de perderte, entre esas luces de neón de resplandor leve.

Hay siempre aquí un espacio para los animales solitarios, seres que contemplan cómo se rompieron sus sueños mientras contemplan el ajetreo de grupos, la alegría de las parejas que viven de forma salvaje y libre. Cuando cierro los ojos, te veo entre las sombras de este bar lleno de partículas de polvo en suspensión y no sé cómo ahogar esa angustiosa necesidad de descargar mi pena.

Veo ahora cuántas veces me he plegado a las mentiras diciéndole a mi corazón que algún día estarías contigo, sentados frente a frente en ese bar con una cerveza cómplice.

Pero creo que estaré bien, que esas luces, ese polvo y la música triste que invade el ambiente de animales solitarios me sostendrán. Adivinaré todas las señales de los sueños que has querido cumplir, de una vida llena y cargada de sonrisas. Escucho esta canción, que adivina lo que pienso y siento que este dolor profundo que habita en mí nunca se va a terminar.

Pero creo que estaré bien, que esas luces, ese polvo y la música triste me sostendrán. Aquí siempre tendré un lugar para recordarte, entre otros animales solitarios, seres que contemplan cómo se rompieron sus sueños.

(Canción prosificada, traducida y modificada a voluntad de «Neon moon”, de Brooks y Dunn, aquí acompañados de Kacey Musgraves).

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Cada vez escribo menos para los demás y más para mí. A veces, ni siquiera para mí. Cada vez hago más fotos que no enseño, que no retoco, de la que no guarda recuerdo más que la galería de imágenes del móvil, que se hace eternamente terminable.

En muchas ocasiones, dejo la vida pasar por mis ojos sin que penetre por ningún poro más allá de la epidermis. En muchas ocasiones, intento no divagar. Me viene una palabra y la dejo escapar, no por clemencia, como a las moscas, no por indiferencia, como a las ideas casquivanas. No sé por qué. No es pereza tampoco. No las pierdo, miro los trazos en el aire. Sonrío y ya. Sufro y ya.

Escribir es un ejercicio de algo que se me escapa. Mostrar es un proceso que se queda estampado en la retina sin alojarse en ningún otro sitio que no sea el mundo de las fotografías perdidas los domingos de mercadillo.

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Bianca entra al museo en el turno de mañana. Son las ocho menos cuarto y va pasando por los controles para empleados que van realizando con cierta desgana sus compañeros de seguridad. Se dirige a los vestuarios para ponerse un uniforme que, desde hace un par de meses, le queda mucho más holgado. En el cuello de la camisa le caben ya dos dedos.

Tres compañeras suyas, entre risas, comentan algo de una cena del día anterior, a la que Bianca no fue. Pese a llevar ya nueve meses como vigilante de sala en los Museos Vaticanos, aún no se ha integrado del todo en las rutinas de ocio de todos los que trabajan allí. Mientras sale junto a ellas, antes de llegar a su puesto, se detiene a hablar con Carlo, que está cerca de ella, también en las salas de arte religioso moderno. Carlo siempre está sonriente, aunque hoy tiene cara de no haber dormido bien, o no haber dormido suficiente.

Carlo y Bianca han charlado mucho sobre sus circunstancias a lo largo de las semanas que han compartido en salas colindantes. Se sienten insignificantes, entre obras maestras fabulosas, pero siempre condicionadas a ser un lugar de paso entre Rafael y Miguel Ángel. La Capilla Sixtina parece el destino al que todo turista se abalanza y la prisa solamente se matiza cuando los miembros del safari turístico en el que se han convertido los museos se detienen ante la sencillez, maestría y, por qué no decirlo, ingenuidad de Rafael. A Bianca le gustó mucho cuando Carlo y ella, al acabar la jornada al poco de empezar, le dijo que Rafael le recordaba a los dibujos de Walt Disney.

Bianca no puede evitar recordar su primer gran trabajo, en la galería de Villa Borghese. Después de acabar los estudios universitarios de Historia del Arte y aterrizar como camarera en una trattoria, siempre había querido trabajar en un museo. Cuando vio que las plazas más codiciadas eran poco accesibles para ella y sus circunstancias, Bianca empezó como vigilante de sala y le pareció el paraíso. Todas las mañanas se enfrentaba a la contemplación y al deleite del rapto de Proserpina. Bianca llegó a conocer cada gesto, cada músculo, cada matiz, sorprendida por cómo conseguía el escultor mostrar la delicadeza del muslo hendido por la mano vigorosa. La galería era, en muchos momentos del día, un remanso de paz, solo revuelta en las horas punta o en los meses de avalancha.

Bianca, empujada por su hermano y sus padres, decidió dar el salto a los Museos Vaticanos pensando que cambiaba de dimensión y categoría. Todo salió bien y quedó por encima de otros aspirantes. Cuando la mujer que se hizo por primera vez de estos museos reunió a todos los vigilantes de sala para contarles su nueva filosofía sobre las exposiciones y las obras, Bianca se contagió de su entusiasmo. Recuerda esa charla con cierta nostalgia, todos los trabajadores vigorizados por la arenga y rematando el acto con un sonoro aplauso.

El primer destino fue la Capilla Sixtina, ni más ni menos. Pero Bianca tuvo pocas oportunidades de dialogar con el genio y las pinturas al fresco. Se sentía ridícula dando palmadas (tanto ruido para exigir silencio) y recordando cada medio segundo que estaba prohibido sacar fotografías. Bianca empezó a notar que la capilla la asfixiaba, la exprimía. Que los turistas manaban por la sala e irrumpían de forma salvaje en la delicada vida del arte para mancillarlo con su interesada indiferencia, con sus voces elevadas, esas que Bianca tenía la obligación de sofocar.

Después de algunos cambios, instalaron a Bianca en la zona de obras contemporáneas. En concreto, Bianca cohabitaba desde hace mucho con el estudio sobre el retrato del papa Inocencio X de Velázquez, de Francis Bacon. El primer día, no pudo evitar quedarse contemplando al papa retratado para dentro, sintiendo, por un lado, un profundo rechazo y, por otro, una extraña sintonía. Fue un ritual que seguía nada más entrar a la sala.

Después, llegó al vacío. Sin apenas percibirlo, Bianca fue asimilando todas las rutinas. Conoce al dedillo el número de pasos que hay desde su silla hasta la pared del fondo. Hace apuestas sobre sí misma sobre el visitante que se detendrá delante de alguno de los cuadros de la sala y, normalmente, no se equivoca. Contempla los mohínes de extrañeza, de rechazo incluso, que a algunos les provoca la obra de Bacon. Ve cómo farfullan críticas a ese retrato hondo, tan modernamente realista y la indiferencia o el desconocimiento de muchos ante las diferentes gradaciones de lo bello.

Bianca pasó a fijarse en cómo iban vestidos los turistas, cargados de libros, audioguías y planos. O, simplemente, libres de toda carga, ligeros en ese camino que conduce a ninguna parte o a todos los sitios. No puede reprimir inventar historias sobre las vidas de todos los transeúntes, como la historia que, adornada mil veces, se ha convertido en un clásico de las conversaciones entre amigos, la de la señora que acude cada martes por la mañana, contempla y siente el silencio del cuadro de Bacon y llora cada vez que se marcha.

Hace un par de semanas, llegó el momento más triste para Bianca. Se dirigió hacia su puesto, en la silla junto a la ventana, sin alzar ni una sola vez la vista para disfrutar de lo que tanto ama. El tiempo ya no pasa girando sobre las obras de arte, sino sobre el cómputo de mujeres sin pendientes, de hombres con cazadora gris o de ancianos con bastón.

De tanto vigilar que no suceda nada, Bianca ha acabado por vaciar su existencia. En su trabajo y en su vida, ha pasado de sentir placer a sentir nervios, y de sentir nervios a sentir miedo. El miedo que ahora le atenaza la garganta cuando, al acabar la jornada, le entran ganas de llorar.

Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.

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Roma, que te ofrece cada día un punto en el universo, o te da la vida

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me gustaría mucho escribir estas líneas como un ciudadano romano y creo, que en cierta medida, tuve muchos momentos de compañía, conversaciones afables, soplos divertidos y confidencias a media voz para que así fuera. Viví pizzas romanas, paseos romanos, deambular romano. Compartí un tiempo y un espacio con algo parecido a serlo. Sin embargo, como ya he manifestado en más de una ocasión, me tengo resignar (he aprendido a hacerlo) a pasar por el mundo, por mi mundo y por el demás, como un turista, ese turista accidental del libro que, por más que pasen los años, creo que constituye, inconscientemente, uno de mis paradigmas vitales, mi religión nada metafísica para soportar este transcurrir. Por lo tanto, en el caso que me ocupa, no soy capaz de poner un adjetivo ni una preposición. Pensé en Roma, de Roma y pronto los descarté. Me dio un amago pedante de romanita, que abandoné de inmediato. Sobre Roma, quizás sí, no lo sé. Dejémoslo en blanco para facilitar(me) las cosas.

Como digo, ni soy viajero, por más que es algo que me gustaría ser y no aparentar, ni soy habitante de ninguna parte. Ni siquiera (y sobre todo) de mí mismo. Y veo y escucho y vivo en ese transcurrir que es ver, asimilar a veces de manera acelerada, escuchar una música y que me suene a algo que ya he conocido y que, de alguna manera, reafirme con mis visitas.

Otra cosa más: ¿cómo poder comprender a alguien como yo, que padece de acromatopsia aguda cuando habla de colores? ¿Cómo expresar los matices que uno siente cuando los demás piensan que mi visión está condenada al barullo o a la injusta escala de grises o a la inexistencia de gradaciones calibradas? Una avalancha de colores es para mí Roma. Lo fue la primera vez que pisé ese bendito/maldito suelo y lo ha sido esta última, que no sé si lo será definitivamente. Unas palabras al salir de la Capilla Sixtina, cuando abandonaba ese paraíso, verbalizaron ese temor, siempre posible cuando dejamos un espacio, un lugar que hemos usurpado durante días. La Capilla Sixtina, el color. El color cotidiano que te inunda de lo que para mí son ocres y no te abandona hasta que te marchas. Y, por supuesto, ese color púrpura que no puedes ver con los ojos de tu tiempo pero te imaginas en esa época en la que te gusta anclarte cuando piensas en cómo dibujar cada palabra. Y esa explosión renacentista, barroca, qué se yo. También el color del ingrediente de cada plato que comí. El color de la ropa elegante que contemplé en los escaparates, a veces sorprendentemente barata, en ocasiones esperablemente cara. El color gris azulado de unas zapatillas Diadora que me enamoraron en el escaparate y que empujaron mi memoria al joven que calzaba esa marca con diecisiete años.

Y esa luz. La luz que se va haciendo intensa y esplendorosa a medida que despunta el día. Nunca he visitado una Roma moteada por las nubes, nunca he visto una lágrima que no procediese del primor de las cúpulas. Roma te abre los ojos porque es una luz que no engaña. Y, con esa luz, contemplas todas las cosas, las de fuera y las de dentro. Esa luz, y el calor, los guardas en tus manos y en tu rostro y en tu pecho y la garantía de visitar la ciudad durante unos días certifica que siempre guardarás una chispa en su interior. Y esa luz también. La luz de los minutos en los que lo completo se cansa para transitar a lo perfecto. La luz del atardecer en Roma, la más bella que he contemplado nunca en una ciudad. Luego, se hace de noche espaciadamente y los puntitos de luz de los bares y restaurantes del Trastévere hacen el resto.

He estado, a lo largo de mi vida, quince días en Roma. Habré pasado por la Fontana que todos conocemos más de siete veces. Nunca lancé una moneda de ninguna de las maneras habilitadas para cumplir los sueños prometidos. El último día, ya solo, me dije que por qué no. Haría una excepción en mis obstinaciones. El destino pareció decirme lo que tiene que ser mi vida: la fuente estaba vacía durante esa mañana. No había agua a la que lanzar mis anhelos. Me quedaban pocas horas para ir hacia el aeropuerto. Y, cuando cogí el tren Leonardo en la estación Términi, me pregunté si, alguna vez, de nuevo, escucharía la cantinela mágica: Prossima fermata, Colosseo.

Roma, concédeme tu luz perpetua

Antonio Portela, Ciudadano romano.

Me doy cuenta ahora de que las entradas romanas que he escrito y algunas que me quedan por escribir debería adscribirlas a mi serie de Diario de un turista. Así lo hice, creo, la primera vez que visité la ciudad.

La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.

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Una tarde de septiembre, te encaminas a Villa Borghese. Dando un paseo, te acercas al edificio de la Galería esperando que se produzca un milagro de última hora y se puedan encontrar entradas de última hora. La suerte os sonríe y el milagro se convierte en un impacto de formas perfectas y leves, con la tensión perfecta del que sabe lo que se hace con un genio impredecible, incalculable. Inmenso.

No se trata de un museo de avalanchas, de esos que ahora proliferan y en los que la gente instagramea para mostrarse en plena felicidad turístico-egocéntrica. Es un lugar que permite andar despacio, pararse y mirar con admiración y con devoción. Reflexionar y comentar el empeine, los labios fruncidos, la vena del gemelo o cada hoja de laurel. Mientras el Barroco te rodea, sientes la sintonía de la belleza subiéndote por la espina dorsal. A veces, te olvidas de mirar hacia arriba para ver los cielos en el techo. A veces, te olvidas de todo lo que no sea el mismo instante de encontrarte con algo que, en el fondo, es parte de todos nosotros y, por lo tanto, de ti mismo. Que te explica con sensaciones y no con razones. Que te asalta desde todos los ángulos que existen y que nunca habías explorado.

Miras y miras. A veces, cuesta decidir el momento de dar la espalda a tanta maravilla y salir de manera definitiva de una sala de la que, con un poco de mala suerte, nunca volverás a disfrutar.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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querido diario dos puntos

en seis días, he pasado de la nada a la luz y al calor. ha sido un calor intenso, es verdad, pero el milagro de la luz que comenzaba con el atardecer ha ido puliendo los grados centígrados hasta transformarlos en una sensación ideal para el paseo, para la divagación, para la charla entre las vistas y las miradas hacia una ciudad bella, justificable por la grandeza de su propia decadencia, o, quizás, por la debilidad de su propio esplendor.

escribo en estas páginas para decirte que he paladeado lo antiguo en plena nocturnidad, recorriendo gradas y galerías, contemplando lo que fue un templo de la sangre y del vigor y de la injusticia y de la fuerza bruta que necesitaba (también) ser astuta. me ha dado la sensación de quedar ensimismado ante la ingeniería encaminada a la crudeza. ahora, con la distancia, la vemos como cierta injusticia poética, puede que como espectáculo narrativo en plena dramaturgia.

toda la ciudad está repleta de columnas y miradas, de vestigios e intuiciones. toda una armonía dispersa y reunida que evita el diecisiete, como me enteré casi el último día, casi en el último momento.

quiero contarte también que una noche perdí todos los medios de transporte, ya avanzada la noche. y recorrí la ciudad a un trote nervioso y rápido. y me encontré en una situación contradictoria, con la prisa del que quiere volver y con la calma necesaria para saberse encontrarse con lo inesperado. así, de repente, me topaba, con ese azar que solo es causalidad, con todo el catálogo de las postales que nunca había divisado con esa luz tenue, con esa soledad que solo pervertía mi respiración. esa soledad que rodeaba a todos los edificios, por la noche que prometía estirarse como cuando todo tiende al infinito.

llegué al hotel en plena ascensión de adrenalina y de incredulidad, con esos ojos cansados que seguían maravillas. ahora —ya— con los ojos cerrados. hay otras cosas que quiero contarte, querido diario, sobre estos días, sobre estos momentos. pero ahora me basta con esto.

La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.

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Es septiembre y (algunos) volvemos. Esto significa, entre otras cosas, que nos hemos fuimos y que no nos hemos quedado. Podemos llamar a este período vacaciones, por ejemplo.

En el tiempo de retorno, los informativos televisivos llenan minutos hablando del estrés de la vuelta, lo mismo que llenaron minutos durante julio y agosto diciendo que algunos no desconectaban. Y todo nos suena —a mí, al menos— a patraña, a serpiente sempiterna de verano.

No hay que darle más vueltas, creo. Volver no es tan malo, al menos en muchos trabajos. Y creo que no tendría que ser traumático. El tiempo vacacional se entiende desde la perspectiva necesaria y agradecida de tener un trabajo. Sin él, la pausa no sería. Y la vuelta a la rutina nos marca un camino al que nos debemos. Nos encontramos con lo de siempre y con cosas nuevas, con pilas de trabajo acumulado y con ilusiones renovadas. ¿Qué tiene de malo? Volver llorando no nos ayuda nada ni en nada. La nostalgia es mucho peor que el recuerdo: entornar los ojos con la queja nos impide la imagen vívida de lo disfrutado.

Hemos estado de vacaciones (algunos, claro) y tampoco entiendo el regodeo en cada instante de de cada día, la necesidad de retratar, fotografiar y narrar cada segundo. No sé si es para enseñarnos o, más bien, para inventarnos un estado de felicidad permanente (que, por supuesto, no existe).

A mí me gusta mirar al pasado con la nitidez de la imaginación y contemplar presente con la nebulosa de la ilusión.

Síndrome, dicen, no me fastidies.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

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Las vacaciones de verano, que iban a ser muy productivas antes de que empezasen y, ahora que están a punto de acabar, se han revelado como un escalón que conduce a un abismo de días vacíos respecto a todas las promesas intelectuales que me había hecho a mí mismo.

Una entrada al día al día, me dije entonces. O, mejor, el desarrollo de las anotaciones precisas para esa historia con la que llevo desde hace unos dos años. Pero las anotaciones continúan y el desarrollo no se desarrolla. Leída alguna al azar, ahora, se convierten en pequeños retazos de algo que ya no existe o que no sé por qué existía, una porción mínima de algo al que ya no le encuentro el sentido.

Leer esas notas significa evidenciar todo lo que ya no recuerdo. O quizás no tanto no recordar, sino olvidar, que no sé si es lo mismo. No recordar como algo orgánico y olvidar como algo predominantemente involuntariamente consciente o voluntariamente volátil. Sea una cosa u otra, significa quedarse sin el pasado que se quiere seleccionar y sobre el que se quiere subrayar, engrandecer o manejar.

Nada es perfecto y menos nuestras vidas, que se encarrillan con demasiada frecuencia a todos aquellos abismos por los que no deseamos precipitarnos. El consuelo que me quedaba ante ese punto de partida era el poder consignar todo aquello por lo que se sufre, delinear todo aquello por lo que transige, silenciar todo aquello por lo que se ama.

Pero de todo ello han quedado apenas unas pocas líneas, unas hojas en formato electrónico que se perderán en la selva de muchas otras, amasadas sin ningún tipo de criterio ni de prelación estética. Sin un Sin una circunspección que las ordene, sin un murmullo dulce que las lea y las aprecie.

En todo esto me encontraba hasta hace unos minutos, cuando he abierto el frigorífico. He tomado un tercio de una porción de tarta de queso que compré ayer el la pastelería Geltoki de San Sebastián. Las únicas salidas de mi ciudad que me he permitido a lo largo del verano han sido cuatro viajes a Guipúzcoa, en los que la rutina, de un modo u otro, ha sido nadar y nadar, pasear, comer, pasear, comer un helado, tomar un pincho y una caña y un pincho. Nunca con ese orden salvo el mar. Casualmente, me topé la última vez con esa pastelería y esa tarta. Y ayer, al iniciar la rutina de evitar la parte vieja, llena de algo que ya no es su esencia, e ir a la plaza Easo para estar en el centro sin estar descentrado, volví al establecimiento para paladear de nuevo esa delicia.

No soy Proust, ya me gustaría. Y la tarta de queso es mucho más reciente en mi vida que esa magdalena en el té. No obstante, yo ahora estoy mojando la tarta con el sabor dulce del salitre del mar y pienso en todo lo que me queda para acabar un verano con poca memoria, mucho olvido, pocas líneas y paciencia. Mucha paciencia.

Me hubiese gustado poner una foto a esta entrada, pero se me ha olvidado.

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Es una foto de un torso masculino. Para ser exactos, no solamente un torso, puesto que el encuadre llega hasta la boca. Es un cuerpo fibroso, en el que se adivinan todos los músculos (llaman la atención los hombros, los pectorales y los músculos abdominales). Sin embargo, los auténticos protagonistas son los brazos, que aparecen retratados en su envés muy cerca del cuerpo, a escasos centímetros, en un momento de máxima tensión. Esta tensión se despliega desde abajo, con unos puños cerrados que se diría que están haciendo mella en las palmas de las manos, hasta cada centímetro de su recorrido, dibujado por todas las venas y arterias que podría mostrar el más detallado manual de anatomía. Todo este aparato circulatorio esta marcado de forma exagerada, desmesurada y desbordante. Cuando se aprecia con más atención la fotografía, se ve que el recorrido de las venas se vislumbra también en los hombros (no tanto, sin embargo, en el cuello, en el que restalla, eso sí, el esternocleidomastoideo).

La imagen desvela tensión, es indudable, pero la boca nos desvela algún detalle adicional en ese cuerpo acostumbrado al deporte o al gimnasio (en todo caso, al ejercicio extremo). Y ahí radica el auténtico valor de la fotografía. Es un cuerpo que refleja, más allá de la tirantez y la presión, un inusitado sufrimiento que no está justificado tanto en el cuerpo como en el temperamento o en el carácter.

(Esta entrada pertenece a la serie Catálogo de fotos que no existen. Por su propia esencia, no va acompañada de ninguna imagen.)

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Canta en mi esquina una canción tierna, aleja todos mis demonios de una tarde inhóspita de verano. Invita a romper todas las reglas y todos los géneros literarios, como si la vida fuese maravillosa y la temperatura fuese la de siempre a estas horas, unos veintiocho grados soportables a la sombra. Con un buen libro entre las manos y la mirada que permanece enmarcada en unas vistas que no permiten vislumbrar el horizonte.

La cantante posee una voz triste y piadosa, como si la vida fuese estupenda y cabalgásemos por la vida y por las olas y por los terrenos irregulares. Como si fuésemos los únicos seres con sangre efervescente, como si fuésemos los únicos en tener la porción más esponjosa del mejor pastel.

Las aguas claras del vaso encima de la mesa se ondulan con el movimiento de las teclas y la venda de los ojos y la melodía fuertemente percudida alude a sociedades secretas, a manos temblorosas, a noches y a tardes y a días y a manos de plata con dientes como dagas.

Los sonidos se copan de flores y voluntades, expresan la sensación y la dificultad de vivir con nosotros mismos, reacios a descansar, proclives a cegarse en la locura y calentar el océano llegando a cada vuelco de la espuma.

La estrofa habla de cantidades de caricias dibujadas en la punta de los dedos y del poder sanador de las caricias, de las cadenas de abrazos y las palabras susurradas. De apoyarse en las paredes llenas de arrugas para entonar las mejores melodías. De las ventanas y de las brisas y del aire y de las ganzúas que abren las puertas de cada secreto.

Las fuentes afloran en todos los desiertos. Y la armónica suena detrás de la guitarra e invita a cancelar todas las citas, príncipes insolentes de toda nuestra maldita felicidad.

Imagen de Natasha Wheatland.

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