Por Raúl, hace 1 día

Objetivar la soledad

Montmartre1

La soledad. Desde el orgullo de la soledad independiente al oprobio de la soledad impuesta, los seres humanos nos encontramos solos. Vamos teniendo pequeñas dosis de soledad impuesta hasta que llega un día en el que nadie nos acompañará al cruzar nuestra última meta. La soledad ha sido enaltecida y envilecida hasta el extremo, pero --paradójicamente-- pocas veces se reflexiona sobre ella desde dentro. ¿Aislamiento o aislacionismo? ¿Hermetismo o nada? ¿Privaticidad o ausencia?

La soledad está colmada de pequeños ritos, guiños hacia el trastorno o la patología. Primero, unas palabras musitadas. Después, una reflexión en voz alta. Una conversación esquizofrénica, por último. El rito de hacerse compañía a uno mismo. El rito de la música y de la televisión, testigos fehacientes del eco que devuelve lo que es uno. El rito más terrible, el protocolo minucioso del sueño. Una cama demasiado grande hace más palpable estar solo que unos miles de kilómetros de desierto. La ausencia de la caricia, de que alguien duerme nuestra duermevela o que alguien vela nuestro respirar acompasado. No hay mayor sintonía que la de dos cuerpos que acompasan su sueño, después de la dura batalla.

En el universo de lo social, la soledad es el estigma. Meditar con uno mismo no es mejor que meditar con otros. Convivir con nuestras pequeñas obsesiones no es mejor que estamparse con los hábitos de los demás. La soledad es una de las cimas abisales de nuestra propia humanidad, quizá la más rotunda y la de más calado. Quizá nuestro laberinto más retorcidamente endiablado. Por eso, la soledad es la coraza que nos protege de la vida y, por eso mismo, la que nos hace zozobrar poco a poco.

(Imagen de John Althouse Cohen.)

Por Raúl, hace 5 días

Mal acostumbrados

Estamos en época de exámenes, así que no me resisto a hablar de ello. Lo haré de manera breve y pausada, cosa aconsejable en mi estado de cabreo supino. No sé qué es lo que no funciona en el sistema universitario o en la mente de algunos profesores y alumnos, pero me encuentro con varias situaciones preocupantes.

Por ejemplo, recibo frecuentemente correos electrónicos en los que se pervierte la ortografía, la gramática y la redacción con total impunidad.

Por ejemplo, los alumnos se amparan en que no pueden asistir a clase por los motivos más variopintos para que se les facilite todo el trabajo. Se ve que los alumnos que cumplen su trabajo como es debido son de una casta inferior. Antes, un alumno decidía ir a clase o no ir. En este último caso, se buscaba la vida sin involucrar al profesor.

Por ejemplo, los alumnos que deciden no asistir a clase te preguntan dónde pueden conseguir los manuales de referencia básicos una semana antes del examen. Juro que no estoy de broma: algunos dicen que son caros y si conozco algún modo de sacarlos más baratos. Otros dicen que es que ahora los ejemplares de la biblioteca están cogidos. Y otros, sin más, deciden que les vas a dejar tu ejemplar y, a hechos consumados, te piden que se los dejes en un momento que ellos tengan libre.

¿Qué le pasa a la Universidad? ¿Qué nos pasa? Y la última: ¿qué fuerzas dedicamos a lo que merece la pena?

Por Raúl, hace 8 días

Objetivar el dolor

Sadness

El dolor. Sensación extrema con la que, de alguna manera, somos conscientes de que estamos vivos. El dolor nos achica, nos encoge en nuestra humilde condición humana para hacernos partícipes de la gran evidencia: que, alguna vez, dejaremos de ser nosotros para pasar a ser ¿nada? El dolor físico, en su intensidad o en su constancia, es tremendo e incontinente. Pocos fármacos son más utilizados y más queridos que los analgésicos, que casi nos sirven de llavero con el que abrir las puertas de la ataraxia. El dolor, si no es crónico, tras su viaje por las meninges, los tuétanos, los tendones o las piezas dentales, pasa. Y, tras él llega la calma. Para mí, existe un dolor mucho más preocupante --por desbordante, por subjetivo--. Es el dolor del alma. El dolor del alma, seguramente, no es sino una variante peculiar del dolor corporal. Seguro que tiene su base en nuestros neurotransmisores o, en todo caso, en algún lugar del andamiaje de nuestra consciencia. Serotonina por allí, serotonina por allá. De todos los dolores anímicos, el más extremos es el dolor de sentirse vivo. Como sucede con el dolor específico y localizado en una parte de nuestro cuerpo, el dolor de sentirse vivo nos hace vivir cada momento desde la conciencia del abismo. Si vivir en la ignorancia supone desentendimiento o, según se mire, felicidad, el centrarnos en el mismo acto de vivir nos devuelve todas las esquirlas de las rupturas anímico-óseas acumuladas en el acto de nuestra vida. Vivir sabiendo y sufriendo que se vive es el acto, quizá, de mayor humanidad, pero también --quizá-- el acto de mayor inconsciencia. En el fondo, resulta de la paradoja de saber que vivimos, de saber justamente qué es la vida, en pleno acto de reflexión existencial.

Vivir duele. Nos duele. Me duele. Entre otras cosas, porque es algo que va más allá de un acto meramente administrativo. Entre otras cosas, porque la conciencia de la vida asume conocer sus extremos. ¿Alguien dijo que el dolor es bueno? Del dolor de vivir nadie sale indemne. En todo caso, sale pertrechado para entrar en combate.

(Con el propósito de que esto gire hacia algún sitio, comienzo una serie que llevará por nombre Objetivización. En ella intentaré hablar de todas las cosas serias que se me pasan por la cabeza y que necesito sacar a flote desde un punto de vista objetivo para no sucumbir. La imagen es de victor_uno.)

Por Raúl, hace 11 días

Salinger muy personal

Guardian 655x1024

Ha muerto Salinger, autor de la magistral El guardián entre el centeno. La lectura de esta novela ha marcado a lectores voraces durante muchas generaciones. Fue un autor capaz de hacer en su momento lo que ahora, quizá fuese imposible: ir a contracorriente, mostrar la vida de un adolescente desde los ángulos más obtusos, dedicar casi el resto de su vida a callar y no a figurar.

Desde el punto de vista más personal, hay dos cosas que no soporto de esta novela, aunque ninguna sea culpa de su autor: la primera, la cantidad de profesores que nos las hemos dado de enrollados con nuestros alumnos «sugiriendo» su lectura --obligada, naturalmente-- aunque luego estuviésemos muy atentos para que no se saliesen un ápice de las líneas que les marcaba el sistema. Y, sobre todo, que el hijoputa de Chapman llevara un ejemplar de la novela cuando asesinó a Lennon pegándole ocho tiros.

Y luego dicen que la literatura no es peligrosa. En cualquier caso, Salinger era muy, muy grande. Adiós, maestro.

Por Raúl, hace 13 días

Por los pelos

Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.

Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada  de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.

Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: «Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos».

Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: «¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.»

Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.

(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero --hoy-- ella manda. Así que, por el momento, no diré «adiós», sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias...)

Por Raúl, hace 15 días

Primeras experiencias con un libro electrónico

Kindle2

Habíamos tratado en el blog el tema del libro electrónico ya en dos ocasiones (1 y 2). Eran estas entradas meras conjeturas sobre algo de lo que no tenía experiencia directa ni conocimiento práctico. La cuestión del libro electrónico, desde que apareció, siempre me ha interesado, no sólo por aquello de estar à la page en la cuestión de la relación de las nuevas tecnologías con la cultura, sino también porque creo que es muy necesario estar atentos a los nuevos formatos en la transmisión de la información.

Ahora que tengo uno, me gustaría contar (sin entrar en cuestiones de detalle, que abordaremos en otra ocasión) las primeras experiencias de lectura con un lector de libros electrónicos. Mi primera sorpresa, pese a conocer las dimensiones, fue el tamaño del aparato una vez que lo tienes en las manos: sorprendentemente fino y relativamente ligero. Mi segunda sorpresa, la calidad de las letras y gráficos en pantalla. Al no tratarse de una pantalla retroiluminada, la apariencia es muy cálida y con gran parecido al papel. Una vez descargados algunos libros (se pueden comprar, claro está, versiones de pago, pero hay muchísimas obras clásicas disponibles en PDF y no sujetas ya a derechos de autor), llega el momento de los primeros manejos, que son muy sencillos e intuitivos: apenas cuatro movimientos te hacen familiarizarte con él. Y, después, lo más importante: sentarse relajadamente y empezar la lectura. Tras unos primeros momentos de adaptación, la sensación es fabulosa: el mejor indicador de esa sensación era precisamente eso, que me mantenía con la sensación habitual de la lectura y no ante un experimento. El soporte había pasado a ser eso, un útil transmisor de palabras. La ficción sigue manejando sus hilos de la misma manera que con la celulosa. Sólo una cuestión se me ha hecho más dificultosa, que es la sensación de avance en la lectura. En el libro, esa percepción es mágicamente táctil; en el caso del libro electrónico, te acabas acostumbrando a la línea de progresión y a los marcadores de lectura, con los que no pierdes nunca la referencia.

En definitiva, ahora que tengo almacenados unas decenas de libros, me siento como aquel que cargaba su mochila de libros para un verano, pero con el peso de uno de ellos. Puedo marcar y hacer anotaciones (aunque, en este caso, el proceso es mucho más fatigoso que ante un libro convencional). Otra de las grandes virtudes (y que creo que va a proporcionar muchas alegrías a todas aquellas personas con deficiencias visuales) es la adaptación del tamaño de letra y el ajuste de los márgenes. En seguida te haces con el formato que resulta más cómodo.

En el campo de las anécdotas, la facilidad para leer en la cama: ya no tienes que sujetar hojas, sino que, placidamente, pulsas un botón. Comodidad absoluta.

Insisto: lo más importante es el no haber sustituido la lectura por otra cosa que no sea la lectura misma. La lectura es cosa que uno siempre tiene entre manos.

¿Miedos? La seguridad de que la tecnología nos arrojará una avalancha de modelos, posibilidades y actualizaciones que irán dejando los modelos obsoletos muy pronto.

Ahora me voy a leer. Tengo unos cuantos libros (sí, libros) esperando.

(Imagen de The Approximate Photographer.)

Por Raúl, hace 19 días

Burbujas

Bubles

¿Qué hace de nosotros seres metidos en la burbuja? El ser humano, social (por naturaleza y porque lo dicen manuales y libros de texto), se inclina hacia la incomunicación, hacia la soledad. ¿Por qué no disfrutamos de cada minuto de nuestra vida? ¿Por qué sufrir? ¿Por qué no convertir la burbuja de la soledad en la burbuja del brindis desenfrenado, la burbuja de la bañera compartida?

Las burbujas, que son paradigma de la fantasía, acaban explotándonos, con la vida, en toda la cara. Y, a diferencia de las pompas del chicle, no queda nada.

(Imagen de Carla Carvalho Tomás.)

Por Raúl, hace 21 días

Pues sí, iba a escribir una entrada

Pues sí, iba a escribir una entrada. Había seleccionado un par de temas suculentos, con enlace abundante, con parafernalia varia. Con fotos bonitas. Luego me ha dado pereza y me iba a poner con el catálogo de las fotos que no existen. Luego la mente se me ha quedado en blanco alpino. Mi corazón no estaba con ánimo para ponerle sesos al caos, así que he querido hablar de los signos, o de las metáforas, o de la vida. Pero me temo que hoy ha sido uno de esos días en los que iba a escribir una entrada. Y, escribiéndola, no la he escrito. Y, no escribiéndola, la he escrito. Porque las apariencias engañan. Porque la verdad y la mentira se encuentran en el mismo cuadrante del mapa de nuestro Universo.

Por Raúl, hace 23 días

Trucos

Mago

En el mundo de la magia, la palabra truco está muy mal vista. Los magos prefieren el término juego para referirse a las ilusiones que muestran ante los espectadores. Por decirlo de una manera rápida, los magos se sirven de trucos para hacer sus juegos. El truco es ese recurso escondido, ese artificio, esa habilidad con la que se consigue la magia. En un espectáculo de ilusionismo, las reacciones de los espectadores son de lo más variadas: siempre existe entre el público un tocapelotas gracioso, alguien que está más pendiente de pillarte en falta que de disfrutar; otros que, después de verse sorprendidos, dicen: «Claro, pero seguro que hay truco». Conozco a algunos espectadores que hacen todo lo posible por chafar el juego poniendo al mago en dificultades. Por último, están todos aquellos que disfrutan con la magia, que se divierten, que apartan sus anhelos racionalistas durante unos instantes para disfrutar de la ficción. ¡Claro que la magia tiene truco! Pero el truco debería ser un recurso importante para el ilusionista y debería quedar oculto para el espectador. Así, éste se preguntará, ante un buen espectáculo de magia: «¿Pero cómo ha hecho desaparecer a la chica?» «¿Cómo ha adivinado la carta?» ¿«¿Cómo ha logrado cortar en tres a su acompañante?» El interés por lo secreto es entendible, pero acercarse al misterio tiene sus peligros. Particularmente, lo que más me gusta de un buen espectáculo de magia es salir contento y sorprendido por lo que he visto. Pese a que, por mi afición a la magia, conozco alguno de sus mecanismos secretos, tampoco intento enterarme de las cosas que no voy a practicar. Prefiero que el misterio ronde a la magia para que ésta lo sea de verdad. Dado que la magia «de verdad» no existe (sí tiene truco, sí), la magia existe en el momento en el que nuestro cerebro queda en suspenso respecto a lo que ha contemplado en el espectáculo.

Como casi todo el mundo sabe, un mago enmascarado (no le voy a hacer el juego de poner el enlace donde se le puedan ver sus tropelías) se ha dedicado a destripar incontables buenos juegos de magia revelando sus «trucos». El programa, a los curiosos, les depara unos minutos de placer: por fin han pillado al mago. Sin embargo, ese «mago» ha roto para siempre la magia de la imaginación. La magia necesita ser pensada, imaginada, comentada, pero nunca revelada. Por eso, ese mago ha conseguido que lo que ha sido una constante lucha del ingenio del mago a lo largo de la historia para satisfacer a los espectadores pase, en ocasiones, al escepticismo o, lo que es peor, al menosprecio.

Los buenos juegos de magia son un alarde de imaginación y de inteligencia. Ese mago enmascarado ha hecho un flaco favor a la magia. No a los magos, que seguirán inventando recursos ingeniosos para cautivar al público o que profundizarán aún más en sus técnicas para que todo quede en el ámbito de la sorpresa. Digo que ha hecho un flaco favor a la magia porque nuestros ojos, ahora, quizá son un poco más sabios, pero seguro que son un poco menos inocentes. Como todo en esta vida, visto el truco, se acabó la magia.

(Imagen de Photomish Dan.)

Por Raúl, hace 25 días

Alfombra

Y te despistas un poco, y dejas de mirar esos ojos en los que bucean estrellas. Y giras un poco la cara, y ese gesto te impide contemplar una sonrisa. Y dejas, por un momento, que tu despiste nuble tu corazón, y te pierdes en los ritmos que conducen hacia la tierra. Y hablas con palabras voraces. Y callas con silencios persistentes. Y te inclinas a recoger, por una esquina, la alfombra que guarda debajo las sombras del desaliento. Y te pones en pie, y caminas, erguido en el dudoso presente. Y te vuelves a caer. La vida, ya se sabe, es una plaza con el pavimento resbaladizo, inestable. Y caminas con el paso decidido, pero te pierdes. Y te pierdes con la insistencia del que no tiene brújula. Y te paras, y piensas. Y le das la vuelta a todo mil y una veces, como las noches sin sueño del sultán. Y te pones los auriculares. Y cierras los ojos. Y te sumerges en el líquido tibio de las notas fugaces. Y sueñas con dormir hasta el final.

← Anterior 01 02 03 04 05 ... 60 Siguiente →