— Verba Volant

Tenía olvidada —o aparcada— la serie de Historias de alumnos, pero me ocurrió ayer algo en el supermercado que me ha hecho «volver», aunque sea solamente de manera esporádica… o con algo de continuidad. No lo sé todavía todavía con certeza.

Como decía, estaba en el supermercado, en la zona del pan, dispuesto a comprar unos panecillos (integrales al 25 %), cuando una señora me preguntó: «¿Eres Raúl, no?». Yo le dije que sí y la miré extrañado, porque, en un principio, no la reconocí. «Soy la madre de Ionut», me dijo. Cuando oí el nombre de Ionut, esbocé una gran sonrisa y me lancé a estampar muy decidido dos besos a su madre. Me llevé una alegría infinita cuando estuve charlando con ella un ratito.

Tuve noticias de Ionut antes de estar con él en clase. Se trataba de una familia que había llegado a España procedente de Rumanía y que tuvimos la suerte de que llegase a nuestro instituto. Decía que supe de Ionut porque era un chico muy especial. Llegó sin saber ni papa de español, pero, a los pocos meses de llegar… ¡era prácticamente el mejor alumno de su clase de Lengua en segundo de la ESO! Por lo tanto, iba sabiendo cosas de él y de su progreso como un alumno magnífico. Tenía una hermana más pequeña, Sorina, a la que, lamentablemente, nunca pude tener en clase. Luego hablaré de esto también.

Cuando tuve por primera vez en clase a Ionut, me causó una maravillosa impresión. Esto intenté disimularlo al principio, porque siempre he tenido un extraño principio: procuro ponérselo «difícil» a los alumnos que tienen fama de «buenos y con buenas notas» de cara a la galería, para que no piensen que lo van a tener fácil gracias a esa reputación ganada en cursos anteriores. Pero era muy difícil no sentir empatía y simpatía por Ionut. Una percepción superficial llevaría a considerarlo solamente como un chico muy educado, respetuoso y siempre dispuesto a realizar con éxito todo lo que se refería a las asignaturas. Pero, a poco que se profundizase en esa cara inicialmente sería, se veía una sonrisa irónica y sostenida a medias que escondía un sentido del humor inigualable. Y, además, era un tipo muy inteligente. Pese a que les encargaba unos comentarios de texto y unos análisis morfológicos, sintácticos y semánticos no siempre fáciles, él salía casi siempre bien parado con aportaciones siempre cargadas de matices.

Dado su origen rumano, le «fiché» para que les hablase del auténtico Vlad Tepes, el personaje que sirvió a Bram Stoker para construir el personaje del conde Drácula. Él daba unas charlas magníficas a mis alumnos de Literatura y les instruía en las glorias (y las crueldades) de ese héroe nacional rumano, cuya vida está cargada de anécdotas curiosísimas. Y, durante un tiempo, me ayudó a hacer una tournée contextual sobre el «bueno» de Vlad. Sus compañeros de otros cursos quedaban embelesados con su gran talento para contar historias.

Podría contar muchas cosas de aquella época. Sus compañeros y sus amigos, si decido que esta vuelta a las «Historias» no sea una excepción, pueden engrosar anécdotas muy jugosas. Pero no me queda otro remedio que hablar de Sorina, su hermana. Le diagnosticaron un cáncer cuando era bien jovencita y pasó por momentos auténticamente malos. Yo no la tuve en clase, pero, además de lo que me contaba una compañera, que era su tutora, podía seguir la evolución de Sorina con las caras de Ionut. Fijándome en su rostro, creo que podía acertar si era el día para hacer una broma sobre algo ocurrido en clase, si decir algo ligero sin que se notase que quería distraerlo a él o, simplemente, callarme. El final, Sorina falleció. Fue uno de los momentos más tristes de mi paso por el instituto. Aunque ya he dicho que yo no la había tenido en clase, se trataba de una chica cariñosa y estupenda. Todo el centro quedó conmocionado por la noticia. El único consuelo que me queda es el haber asistido a uno de los funerales más bellos que recuerdo. Era un funeral de rito ortodoxo, lleno de cantos y salmodias que embargaban el ánimo, el alma. Todavía me sobrecojo cuando lo recuerdo.

Cuando hablaba con la madre de Ionut y Sorina en el supermercado, ella me recordó algunas cosas de aquella época. Charlamos sorprendidos de todo el tiempo que había pasado desde entonces, de dónde vivía y trabajaba ahora Ionut, de los años que iba a cumplir. Cómo pasa el tiempo, decíamos. Con un tono de voz más bajo y ceremonioso, me dijo: «Sorina tendría ahora 25». Porque una madre a la que se le muere un hijo no puede concebir nunca su vida sin la comparación de la realidad con esa trágica ausencia.

Me dijo que Ionut volvería a Burgos este próximo puente y, en ese momento, decidí que Ionut, Sorina y sus padres se merecían esta entrada. Ojalá Ionut la lea y sonría recordando esos momentos tan felices que vivimos en el instituto durante aquellos años. Ojalá Ionut la lea y sea consciente de cuánto le apreciamos a él y cuánto echamos de menos una vida sin Sorina.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Nikita Perederii.

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Escribía el otro día sobre lo que significa no tener un Scalextric cuando uno es pequeño y lo espera con todas sus fuerzas, que no es sino una metáfora sobre lo que ocurre en la vida… si alguien espera un Scalextric.

Visto a toro pasado, el Scalextric es para los que se lo merecen, para los amantes de la velocidad y el éxito, para todos aquellos que esperan algo en la vida y lo obtienen. Ellos piensan que el triunfo procede del mérito y del trabajo, pero no es cierto. El triunfo procede de una razón ignota que se traduce en haber tenido la suerte de que los coches a toda velocidad apretando el gatillo pasasen, un día de la navidad o de su cumpleaños para auparlos hacia algo para lo que estaban predestinados.

No alcanzar esa vida exquisita puede llevar al lloro, al rencor o, simplemente, a la envidia. Habrá alguien que puede pensar que no tener un Scalextric supone, en la vida, mirar un poco de través, con el ceño fruncido, los ojos achinados, un mohín de enfado. Pero no, carecer de Scalextric es una actitud ante la vida que te ha tocado. Enfrentarte a ella más calmado, con un horizonte sin pistas que se montan, sin carreras infinitas. Puede también que sin el sobresalto de derrapar hasta que la vida te arroje a uno de sus confines si sales mal parado.

Querer un Scalextric y no tenerlo te enfrenta, desde muy pronto, al hecho de querer muchas cosas y no obtenerlas, de no esperar demasiado de la vida. También te enseña a que no tener una cosa no significa tener nada. Pronto descubres que hay otras cosas diferentes a las que todo el mundo espera. Incluso, que hay cosas diferentes a las que esperas tú.

La infancia que no es fácil no tiene por qué ser detestable. Yo tuve en mi infancia dos hechos que me conmocionaron. Uno, fue más duradero en el tiempo y yo no era consciente de lo que ocurría. Simplemente, sabía que ocurría algo. Otro, vino de la noche a la mañana años más tarde y yo entonces fui consciente de que lo más terrible que puede llegar en la vida te sacude sin avisar y sin posibilidad de protegerte. Tampoco daremos más detalles.

No tener Scalextric y que la vida te sacuda de forma contundente más de una vez provoca que busques refugio. En la lectura. En los juegos más o menos silenciosos, solitarios. En el paraíso de una imaginación con la que vuelas. En la realidad de una cabeza que te enseña a pensar de forma ordenada para no volverte loco. o que te enseña a desvariar para que el orden no te arañe el futuro. Es fácil sentirse víctima del destino y de las circunstancias, buscar justificaciones para un talante sombrío. Más difícil pero más rentable resulta levantar la vista del suelo y buscar una línea de fuga hacia un horizonte que no se construye con líneas paralelas.

Recuerdo especialmente un día de mi infancia, después del hecho contundente e irreversible. Yo no era consciente de haber entrado en un bucle de pesadillas, de dolor profundo y sordo. Un médico amigo de la familia llegó a casa, me hizo preguntas, me recetó unas pastillas. No sé si ese día o al siguiente o al que sigue al que seguía, me montaron en el coche de una amiga de mi hermana para dar una vuelta. No sé si por propia iniciativa o animado por alguien, abrí la ventanilla y esbocé un grito. En un día de abril, alguien decidió desplazar el techo desplegable del vehículo y me puse de pie (eran tiempos sin cinturón de seguridad, sin medidas estrictas que lo impidiesen). Grité de nuevo, de forma prudente y luego varias veces más, con todas mis fuerzas. Luego me reí con todas mis fuerzas, me senté de nuevo y, mirando por la ventanilla, descubrí que la vida es un viaje muy distinto a la carrera de ese Scalextic que nunca tuve. Un Scalextric que no quiero tener.

Imagen de Pom’.

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Me gusta leer todo tipo de literatura, toda suerte de libros. Alterno lecturas ligeras con páginas más solemnes. Sin coincidir con las épocas del año (no espero necesariamente al verano para el noir, por ejemplo) pero sí con los estados de ánimo, paso alguna vez —de puntillas— por los grandes éxitos, esos libros que están siempre a mano en las librerías y en los escalafones de libros más vendidos. Hoy voy a hablar de cuatro lecturas que han dado y darán unos buenos duros a los libreros y a las editoriales, pero de muy distinto signo. La casualidad ha hecho que leyese estos cuatro libros en tantas de dos a dos. Los cuatro libros pueden considerarse éxitos de ventas, pero su calado literario, su profundidad artística es muy diferente.

Primero me adentré en un autor del que todo el mundo al que le gustan los libros tochos, apasionantes y de fácil lectura me había hablado maravillas. No voy a mencionar ni al autor ni al libro, por aquello de las adivinanzas y de que la imaginación (o las suposiciones) vuelen con entera libertad. Es un autor que me cae mal y bien a partes iguales por razones que no vienen al caso.. o sí vienen al caso, pero no caben en esta entrada. Aunque es un escritor con una buena tanda de novelas exitosas, yo era un lector novel de sus páginas. A medida que pasaba líneas y líneas, horas y horas (que no son tantas, porque el libro se digería rápido), me iba preguntando qué verían los demás en ese libro que no veía yo… o que no veía yo en ese libro que todos los demás veían. Se trata de una novela de intriga. El autor, que es muy inteligente, habla de una protagonista muy inteligente. No sé quién quiere parecer más listo, si el autor o la protagonista. Cuando la novela quiere exponer la inteligencia de la protagonista, creo que se queda corto. Cuando el autor quiere dejar traslucir su propia inteligencia, se pasa cuatro pueblos. Va dejando pistas, pistas y pistas de todo lo que sabe, de todo lo que abarca, de todo lo que esboza y de lo que sabe mucho más. También va soltando miguitas de pan culturales para que los lectores, que las reconocen, se sienten también pequeños dioses del conocimiento compartido. La intriga no me parecía tan intrigante, la composición repetitiva e irónica y juguetona de algunos personajes me parecía cada vez menos irónica y juguetona, pero cada vez más repetitiva. Hay que decir que, fuera del libro, fuera de la escritura, el autor se mueve como pez en el agua. Es un estratega perfecto, una persona afable y amable que establece mil vínculos que creo que son sinceros con sus lectores. Y eso pesa e influye para que su fama transcienda, crezca.

Después de acabar ese libro, el azar hizo que cayese en mis manos Los asquerosos, De Santiago Lorenzo (del que ya hablé aquí en otra ocasión). Empecé leyéndolo con la impresión de que imitaba a Eduardo Mendoza, seguí leyéndolo con la impresión de que leía Robinson Crusoe y luego me di cuenta de que la novela iba mucho más allá, en una reflexión sobre la soledad y la compañía, sobre la supervivencia y los modos de vivir, sobre el silencio y el ruido. Sobre lo que somos por lo que somos y lo que somos en nuestra sintonía o nuestro contraste con los demás. A medida que iba leyendo, me preguntaba por qué no había mucha más gente leyendo Los asquerosos que el libraco de más arriba, qué miedo o qué falta de formación o qué falta de motivación nos llevaba a leer para pensarnos listos con los acertijos en vez de leer para reflexionar sobre nosotros, sobre el mundo. Para penetrar en un modo de escritura diferente, no sé si sublime, quizás no, más arriesgada. Insisto en que esta novela se convirtió en una novela de éxito, muy bien vendida y comentada en los corrillos culturales y literarios. Pero merece más.

Han pasado muchos meses de lecturas variopintas, afortunadas o no, de diferentes calados y diferentes cataduras. Y, en la tercera novela que voy a comentar, volví a caer en las redes, en la trampa del mismo autor del primer libro que he comentado, los mismos personajes (bueno, uno más, que me ha estomagado), los mismos guiños. Fuera del libro, para el libro, las mismas alabanzas a su quehacer, a su maestría para narrar. Escritores amigos que hacen loas. Personajes famosos que hacen loas. Personas anónimas que hacen la ola por cada línea, por cada sugerencia, por cada aporte de esa inmensa inteligencia que desgranan sus páginas. No podía remediar pensar en los razonamientos sobre la lectura del primer libro, para llegar a la misma conclusión: el autor es tan inteligente como para planificar una novela con estrategia, para decir y para eludir, para conectar con los intereses de sus lectores medios. A mí las personas muy inteligentes me cansan porque no estoy a la altura: soy mediocre, de ese montón que se arrastra por la existencia con cuatro ideas obsesivas en la cabeza. Y, gustándome las novelas de intriga y de suspense y de aventuras mil, esta manera de escribir no me engancha.

Justo al acabarla, llegué al cuarto libro del que voy a hablar. Se trata de un libro que no va a ser nada sospechoso de no alcanzar fama y lectores, porque es, ni más ni menos, un semifinalista del premio Planeta. Manuel Vilas, ni más ni menos. Alegría, ni más ni menos. Había disfrutado hacía meses con Ordesa, que me pareció un libro fuera de lo común, estupendo, interesante, agudo, descorazonador y benevolente con una historia que, siendo del autor, acaba siendo la nuestra. Y Alegría, siguiendo la misma senda de la autoficción, siéndolo, no es una segunda parte ni una continuación del primero. Alegría es un laberinto de vivencias que desvelan emociones y que acaban por transmitir sentimientos. Al contrario que el afamado autor del primer y del tercer libro, Vilas me tiene ganado desde el principio, lo reconozco. Me siento muy identificado con la autoficción que no es autocomplaciente ni onanista, sino que, por el contrario, sirve de soporte y de lanzadera de frases brillantes, de reflexiones que se revuelven contra sí mismas y que los lectores, agotados de intentar deducir, precisamos cerrar nuestra voluntad y dejarnos llevar por un torrente de sensaciones.

Frente a los defensores del todo vale, hay libros buenos y malos. Si me apuran, hasta objetivamente hablando. Y, aunque aquí haya hablado de tres autores y cuatro libros que cuentan (y algunos irán sumando) con tantos lectores como para ser considerados éxitos de ventas, no todo vale, no todo es lo mismo. Vaya por delante que a mí me parece estupendo que cada uno lea lo que le venga en gana y que se divierta como le parezca. Sin embargo, en cuanto al color rojo y al negro (y sus derivaciones femeninas), me quedo con Stendhal. En lo demás, ¡viva Santiago Lorenzo!, ¡viva Manuel Vilas!

Imagen de CJS*64.

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Elegir entre un tipo de letra de «palo seco» o una letra con serifas o remates no es un asunto menor, aunque en algunas ocasiones nos pueda pasar desapercibido.

Para comprobarlo, es muy recomendable la exposición «Idoletrías. Garamond vs. Helvética», que organiza el Instituto Cervantes en la «Caja de las Letras» en su sede central de la calle Alcalá en Madrid del 11 de octubre al 4 de enero.

Además de la exposición, resulta muy interesante ver el programa La hora Cervantes de TVE en el que hay intervenciones muy esclarecedoras e interesantes de lo que aporta el mundo del diseño a la cultura, pero también a nuestro contacto con la realidad en el día a día.

Los tipos Garamond y Helvética son dos de los grandes paradigmas de las formas de mostrar las letras. La primera, Garamond, diseñada den el siglo XVI, es la campeona año tras año en su uso en los libros editados en todo el planeta. La segunda, Helvética, paradigma de la modernidad, creada a mediados del siglo XX, máximo exponente gráfico de lectura clara y limpia y, por lo tanto, muy apta para gráficos y carteles.

Esta entrada ha aparecido también en mi blog académico Scripta Manent.

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Lo dije el otro día, Nunca he tenido un Scalextric. Dejamos la historia (mi historia) cuando, un seis de enero, vi en el salón una caja grande con un envoltorio que yo imaginaba ser de un glamuroso Scalextric con el que echaría mil y una carreras y cambiaría al estatus de los niños de mi edad, de todas las edades, que tenían un Scalextric.

Pero el envoltorio, lo dije también, contenía un Ibertrén. Que a cualquier persona le puede parecer la versión en ferrocarril de un Scalextric, pero no lo era. Ni mucho menos. Al rasgar el papel de regalo y contemplar el resultado, puse cara de póquer. Sobre todo porque sabía lo que escondía ese Ibertrén, que no eran sino las ilusiones de mi padre, que había sido ferroviario, para el que los trenes eran lo más. En toda su inocencia y con toda su buena voluntad, pensaba que un Ibertrén era mucho mejor que un Scalextric, qué duda cabe, con esa máquina de Talgo a escala no-sé-cuántos, con todos esas vías, esas traviesas, esa estación.

El Ibertrén no era como el Scalextric porque en el Scalextric se echaban carreras entre dos coches y en el Ibertrén, aunque podía haber más de un convoy, no se trataba de ganar, sino de circular con orden. En el Scalextric, salirse de pista era producto de un chute de adrenalina. En el Ibertrén, una aberración que procedía de un impulso mal contenido.

Yo, por supuesto, no sabía nada de todo eso cuando llevé el Ibertrén a la mesa del comedor. Mi familia me perseguía detrás, emocionados con mi emoción, que ya he dicho que era aparente. Hicimos la mesa todo lo grande que se podía (era misteriosamente prolongable hasta casi el infinito) y todos me ayudaron, con las instrucciones en la mano. Lo primero era montar las traviesas, de una precisión mucho más exquisita que los paneles del Scalextric. Primero fue un circuito sencillo y funcional. El Ibertrén no tenía un mando como el Scalextric, sino un dispositivo con una ruedecita que controlaba la velocidad y alguna cosa más, no recuerdo.

En un arranque de malicia, tendía a acelerar para que el tren descarrilase, pero me di cuenta pronto de que un tren descarrilado acarreaba consecuencias, vagones orillados, catástrofe absoluta. Y empecé a aprender a controlarme.

Luego llegaron las prolongaciones. Alguien de mi familia, no recuerdo quién, ojalá fuese mi hermano, me llevó a Garfe, una tienda de juguetes que hace tanto tiempo que no existe como para evidenciar que ya no vivo en mi tiempo sino en otro. Y allí compramos más vías y más desvíos para que, con un montaje más enrevesado, todo se pareciese más a la simple realidad.

Poco a poco, el comedor de casa pasó a ser un desvío natural de mi habitación cuando me cansaba de leer tebeos o de tirar un machete de caucho durísimo contra el cojín de la cama con un gorro tipo trampero a lo Daniel Boone. A veces estaba acompañado, en alguna ocasión especial, pero, en otras ocasiones, pasaba mucho tiempo solo montando y remontando, modificando recorridos. Un día, alguien, no recuerdo quién, intentó montar las vías demasiado rápido por el método abreviado de abrirlas con un tenedor. Y yo me enfadé mucho. «Se podía haber metido el tenedor en el culo», dije. Y mi madre se enfadó muchísimo. Yo no creía que fuese para tanto, no sé, era una forma de hablar.

El Ibertrén modificó mis deseos de velocidad por mi afán de control. La prisa se convirtió en calma relativa. El Scalextic era para mí caos y el Ibertrén orden. Sin darme cuenta, había pasado del mito al logos. O yo qué sé. No sé si primero era yo y luego el Ibertrén o el Ibertrén me hizo un poquito más yo, no tengo ni idea. No sería justo pensarlo y deducirlo ahora, a toro pasado.

Lo guardo casi todo, todo lo que puedo, pero creo que no conservo nada del Ibertrén en el trastero. Bueno, sí. Durante años, años y años, las luces del árbol de navidad se controlaban con el mando el Ibertrén. Mi hermano, que era un manitas y tenía siempre buenas ideas, utilizo el control del Ibertrén que se había estropeado para encender y regular las luces.

Y a mí, que odio las fiestas de navidad con todas mis fuerzas, se me enciende una chispa de alegría cuando veo el mando que hizo mi hermano. Hace años que no se puede usar, la seguridad ha cambiado y ahora sería peligros. Pero está ahí siempre, para regular y controlar esta puñetera melancolía.

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De niño, nunca tuve un Scalextric. Creo necesario recordar que, cuando yo era niño, tener un Scalextric era un símbolo de estatus. Estaban los que tenían un Scalextric y los que no lo teníamos. Y, los que no teníamos un Scalextric podíamos fastidiarnos, sin más. Pero algunos afortunados contábamos con una alternativa: tener un amigo que tenía un Scalextric. Yo tenía algunos amigos con Scalextric, pero pocos y poco. Quiero decir que no había muchos (o, al menos, el Scalextric no estaba montado en su casa cuando me invitaban a merendar pan con chocolate o bocadillo de chorizo). Y que los amigos que tenían un Scalextric tenían uno muy básico, de esos con forma de elipse, que no permitían grandes derroches de pericia y velocidad.

Los niños que no teníamos un Scalextric vivíamos en inferioridad de condiciones respecto a los que sí lo tenían. Cuando en las fiestas del colegio había «Competición de Scalextric» los vienes o los sábados por la tarde, siempre nos apuntábamos y, como no teníamos práctica, nos eliminaban a la primera de cambio. Perder en la primera ronda era todo un símbolo de ser un perdedor. Yo busqué un triste subterfugio para sobrevivir en esa selva de estatus. Como la pista montada en el colegio era enorme, los «pilotos» necesitaban «ayudantes» cuando el coche derrapaba o salía disparado de su carril por exceso de velocidad. Yo intenté ser un ayudante rápido y eficaz. No solamente incorporaba al coche con rapidez a su punto idóneo, sino que echaba para atrás los pelillos de los contactos eléctricos para que el coche no se atascara. Y, desde ese momento, me convertí en un ayudante experto, colaborador del piloto. Como todos los años y en todas las competiciones participaba, salía y entraba en la sala con fluidez y, en alguna ocasión, con un triunfo, todos los que no estaban dentro pensaban que era un niño con estatus. Los que estaban dentro sabían que no.

Como de niño uno lo espera todo, siempre aguardaba con ilusión a la mañana de Reyes para ver si había suerte. Un año, me las prometí felices: me levanté y vi una caja enorme encima del sofá del salón, una caja en la que, de todos los regalos posibles, solamente podía caber un Scalextric. Yo sabía que era casi imposible, que un Scalextric era muy caro y lejano de nuestros posibles, o de los posibles que tenían los Reyes Magos para casas como la mía, pero no podía ser otra cosa que un Scalextric. Como siempre he sido disciplinado y paciente, dejé este paquete en último lugar. Cuando llegó el momento, rasgué el papel de regalo y me encontré con una caja de Ibertrén. El Ibertrén no era un Scalextric, aunque pudiera parecer su versión ferroviaria. El Ibertrén era un juego en el que se montaban raíles con vías y manejabas un tren (máquina y vagones) a diferentes velocidades.

De la ausencia de Scalextric, de la presencia de Ibertrén y de sus consecuencias para mi vida, siento que tengo que hablar otro día.

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Siempre me han molestado profundamente las personas que se definen como de «Letras» o de «Ciencias». Que no se me entienda mal: creo que lo que (me) ocurre es no tengo nada en contra ni de las Letras ni de las Ciencias y compruebo que hay muchas personas que se declaran incondicionales de uno u otro bando por razones peregrinas y, desde luego, nada consistentes. Los de Letras, diciendo que los de Ciencias son unos borregos e ignorantes que no piensan más que en números; los de Ciencias, diciendo que los se Letras son unos iluminados y pretenciosos que no piensan en una realidad tangible. Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras. Lo único que sé es que, en un momento demasiado temprano de mi vida, tuve elegir una cosa a la que llamaban «Letras», que me obligaba a dejar de lado una asignatura que me apasionaba (Física). Luego escogí una carrera a la que llamaban «de Letras» (Filología Hispánica). Y, de pronto, me encontré metido en los campos de la Lingüística, disciplina a la que creo que nadie con un mínimo de sensatez y conocimiento llamaría «de Letras». Y ese es el laberinto continuo en el que me muevo. Me interesa todo, no solamente una parte, no solamente desde un ángulo, aunque no alcance a conocer casi nada.

«Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido exactamente qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras»

Interesándome todo, me interesa, claro, eso que se llama «cultura general». Pero no esa que los de Letras afirman que poseen ellos y los de Ciencias no, esa que debe consistir en ignorar los principios más básicos de la historia de la ciencia, sino aquella que intenta abarcar todo lo importante. Y hay que ser muy ignorante (es decir, no tener cultura general ni de ninguna otra clase) para pasar por alto tantos siglos de aportaciones esenciales para el ser humano. Tener cultura general no significa tan solo saber de Historia, de Literatura o de Arte, sino conocer unos principios básicos de Biología, de Astronomía, de Física, de Matemáticas.

A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica. En un arranque de locura para mis compañeros de clase, que me veían como un bicho raro, leí con pasión a los trece años la Breve historia de la Química de Asimov, al que he visitado y revisitado muchas veces tanto en sus obras de divulgación como en sus obras de ficción. Y pronto llegó, claro, Cosmos de Carl Sagan, esa maravilla que ha ayudado a abrir a tantas personas las maravillas de la ciencia.

«A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica»

Y precisamente de divulgación científica, de Letras y de Ciencias, va el propósito específico de esta entrada. He tenido la inmensa suerte de poner mi granito de arena para que en la Universidad de Burgos hubiese un curso de verano a favor de la ciencia y en contra de las pseudociencias, esa variante tan peligrosa y que va impregnando, desgraciadamente, algunas conciencias mal documentadas y que llega, incluso, a algunos medios de comunicación que informan muy mal sobre este conocimiento pseudocientífico haciéndolo pasar por «verdadero». El mérito de todo esto lo ha tenido (y tiene) Luis Alfonso Gámez, buen amigo desde entonces, que ha dirigido ya cuatro ediciones de este curso y ha contado siempre con un magnífico cartel de divulgadores y especialistas. Este julio pasado, tuve la ocasión de compartir cartel (y mantel) con algunos de ellos, entre los que se encuentra Daniel Torregrosa, al que conocía por el interesante blog Ese punto azul pálido. Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada. Químico de formación, Torregrosa (Dani para mí) es un magnífico divulgador científico con unos vastos conocimientos sobre todo lo que hemos hablado antes que cabe dentro de la «cultura general».

«Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada»

Y, como divulgador científico, ha publicado un libro indispensable: Del mito al laboratorio, que ya va por su tercera edición. Se trata de un libro delicioso que aborda algunos mitos clásicos y explica sus extensiones en el campo de la ciencia en forma de planetas, elementos de la tabla periódica, etc., etc. Los mitos, que nacieron como elementos cosmogónicos y teogónicos para intentar dar respuesta a las grandes preguntas del ser humano (luego filósofos «presocráticos» como Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Demócrito… dieron el gran paso con fundamentos más sólidos y explicaciones más elaboradas), tienen en este libro la conexión ideal con la ciencia y todas sus derivaciones.

El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee. Se nota, además, algo que, desde un punto de vista personal, aprecio muchísimo: especialmente en algunos de los capítulos (me viene a la memoria, por ejemplo, «Perseo»), la «narración» del mito se realiza con una delicadeza y un interés que va más allá del esquema «Cuento-el-mito-lo-asocio-con-algo-científico-y-ya». La obra, por lo tanto, no es importante solo por lo que cuenta, sino por la atención dedicada a la forma, que recrea el mito y lo vincula de forma muy atinada.

«El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee»

El otro día, en Twitter, ya vimos algunas aplicaciones prácticas que puede tener el libro en el campo de la enseñanza:

Iniciativas como esta, llevadas a cabo por libros como este, harán que los alumnos (todos los lectores, en general) no vean las cosas como de «Ciencias» o de «Letras», sino conectadas. Porque el conocimiento, la cultura general es algo mucho más importante que «las Letras, las Ciencias».

En definitiva: si queréis pasar un buen rato y aprender conciliando campos muy distintos, tenéis que leer este libro… ya.

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Confieso que llevo unos días entre atareado y cabreado. Tengo un trabajo casi siempre gratificante, pero hay momentos en los que hay que temer paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia. Mucha paciencia.

Coincide todo esto cuando estaba leyendo esta mañana algunos artículos del magnífico número de la revista Investigación y Ciencia que dedica su número de diciembre a «Verdades, mentiras e incertidumbres». Por ejemplo tenemos el artículo de Claire Wardle, que habla de las maneras existentes de desinformar en las redes sociales y que pueden acabar en confusión, en caos. Dice, Wardle, por ejemplo, que la conectividad y el uso de la tecnología de las redes no promueve la tolerancia, sino que refuerza de forma más rápida nuestros prejuicios, puesto que tendemos no tanto a razonar como a aceptar como válido todo aquello que coincida con nuestras creencias: el sesgo de confirmación, del que también habla Helena Matute (que también tiene un artículo sobre sesgos cognitivos en este número de la revista). Y es precisamente eso lo que difundimos, nuestros prejuicios y nuestras creencias… aunque sean falsos. Lo malo es que algo no solamente puede ser falso, sino que se puede difundir un contenido inventado o manipulado (desinformación) o una unformación perniciosa, tal y como figura en el gráfico.

Quienes solo buscan incrementar las tensiones existentes comprenden estas tendencias y crean contenidos para enfurecer o agitar a una audiencia específica que actuará como mensajera. El objetivo consiste en que sean los propios usuarios quienes refuercen y den credibilidad al mensaje original a través de su difusión y esto se hace de manera muy sencilla: se crean un contenido para agitar a un grupo de receptores que van actuar, encantados, como mensajeros de una idea que hacen suya. No se trata de información, sino de métodos para socavar nuestra confianza.

«Se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en sus errores»

Además, como explican Cailin O’Connor y James Owen Weatherall en su artículo, «la desinformación más eficaz comienza con semillas de verdad». La ciencia de redes, de hecho, ha estudiado de forma exhaustiva cómo se difunden falsedades o desinformación a través de las redes sociales. Es útil leer también el artículo de Walter Quattrociocchi en la misma revista en octubre de 2016, titulado «La era de la desinformación», en el que se vuelve sobre el concepto del sesgo de confirmación antes apuntado: se crean comunidades homogéneas que se retroalimentan en su propia desinformación o en sus errores ignorando al resto.

En fin, toda una avalancha de información interesante sobre las maneras existentes de generar contenido engañoso y de que una comunidad concreta lo acepte y lo difunda.

Y así ando hoy, entre atareado y cabreado, cuando me he acordado de que las experiencias deportivas sirven también para nuestra vida cotidiana. De la natación en aguas abiertas he aprendido una cosa importante: cuando tienes que nadar y hay mucho oleaje, hay que evitar por todos los medios intentar enfrentarse a la ola dejando que choque contra tu cuerpo (lo único que conseguirás es nadar más despacio o pararte o tragar agua) Si es posible, las olas hay que pasarlas por debajo. Para eso, tienes que ver cómo se acercan, coger un poco de aire y sumergirte hasta que lo agitado pase.

La imagen pertenece a uno de los artículos de la revista y es de Wesley Allsbrook.

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Es esta una tarde con lluvia y sin gimnasio, con letras sin historias. Con demonios y sin balas, con azares sin destinos. Es esta una tarde a la que pronto devora la noche, a la que golpea un viento lleno de gotas y de hojas y de heridas.

Es esta una tarde con fragmentos de recuerdos mal asimilados, de melodías demasiado tristes. Es esta una tarde con esa melancolía que va masticando los minutos, que va rellenando de huecos todo lo que parecían buenas ideas.

Es esta una tarde de rincones sin barrer, de aristas inmensas, una tarde que es guarida de bestias viejas, preparadas para asaltar cualquier rayo de luz entre los coches que deambulan por las calles.

Es esta una tarde llena de opacidades transparentes, repleta de dolor sin saber por qué, de esperanza sin esperar nada. Esta tarde, con letras sin historias.

Con imagen de René Brumoso.

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Esta historia son dos. La primera la he titulado «El bombero pirómano». Pensaba llamarla «Poner la venda antes de la herida», pero vendar parece un acto preventivo que no se ajusta en absoluto a lo que quiero decir, si es que quiero decir algo. Tampoco «El bombero pirómano» es un título adecuado: poner bombero antes que pirómano supone una relación que no se responde a la causa-efecto que quisiera detallar, o no detallar, sino mencionar, o no mencionar, sino aludir, quizás callar. La historia —esta— que trato en este largo principio. Un bombero pirómano sería eso, un bombero que va pegando fuego, estando antes su profesión y luego, después, su ¿afición? ¿devoción? Ni siquiera sé si es lo mismo hablar de incendiario y de pirómano, casi seguro que no. Pero yo me refiero aquí al caso contrario, al pirómano bombero, ese curioso ser, persona, ¿ente?. Un tipo de esos que nos descubren los informativos en las tardes de verano. Primero, la noticia trágica, triste, sobrecogedora. Llamas por todas partes, humo irrespirable a tutiplén, fuego incontrolado e incontrolable, noches de angustia que se extienden, a veces, durante días. Luego, la narración de acciones de personas valientes, armadas de azadas, palas, cubos, mangueras, qué se yo, brigadas de voluntarios que se interponen entre el fuego y la existencia de bosques que se queman, de personas que lo están perdiendo todo, su vida en cenizas. Finalmente, el desenlace, que no es el de la extinción, que siempre llega, siempre tarde: el remate alambicado en el que descubrimos que el que ayudaba a controlar el fuego es el que lo provocó.

La historia de un incendio, que invita a la épica, se trastoca en otra cosa cuando se convierte en esa historia, la del bombero pirómano (pirómano bombero), que no podemos entender. ¿Para qué prender y luego apagar? ¿Una pulsión enfermiza? ¿Un deseo de poder en la malicia con cerilla y acelerantes, ojos fijos en un punto y sonrisa ladeada? Como quien investiga cualquier crimen, lo única manera de conocer el origen de los incendios provocados, de todo en la vida, es acudir al punto de inicio, descubrir el origen y cómo se produjo todo. Entonces, empezamos a verlo claro, siempre hay indicios: una pastilla, un recipiente que albergó la sustancia, la puta cerilla y el papel, que queda siempre, aunque, carbonizado, pese a que no se pueda leer en él esa lista de la compra para un fin de semana en el campo agreste.

La historia se acaba aquí porque no puede seguir de otra manera, no la sabría yo continuar sin poner nombres y apellidos a la magnitud de la catástrofe. Pero no se han quemado tantas hectáreas. No ha sido necesario mucho más ni mucho menos ni nada. Todo olía, desde el mismo principio, a chamusquina.

La segunda historia no tiene título, pero sí adjetivo, que también complementa a la primera, a la del bombero, a la del pirómano: desazonadora, que es una palabra que me ha salido así aunque quería poner otras. Pero esta va bien, sí, le quita el sabor a las cosas de la vida, disgusta un poco, enfada una pizca. Va bien desazonadora, sí. No tiene nada que ver con la otra, no funciona aquí la causa y el efecto del que hemos hablado antes. Esta se refiere al tiempo, se registra aquí porque, sin tener ningún protagonista común, empezó antes del incendio y la he visto dibujar su silueta justo después, a punto de ser atropellado —qué exageración— por un vehículo de dos ruedas mientras yo corría. A la vida le quita un poco el gusto cuando haces algo porque crees que tienes que hacerlo. Mientras a ti te aporta solo la satisfacción de haber colaborado en algo, a otra persona le supone un cambio, seguro que para bien, en una vida (laboral) que necesitaba un impulso. La cosa, aquí, no tuvo desenlace porque no ha habido la ocasión de escuchar, leer quizás, una palabra mágica: gracias.

Y así acaban las historia de hoy. La primera, con la imagen bella del fuego y la imagen fea de la traición. La segunda, con la sensación de ir esquivando la vida para que no te encuentres con ella en todo su esplendor. Faltaría la moraleja, pero os confieso una cosa: siempre he odiado con todas mis fuerzas a Esopo, a Iriarte, a Samaniego. Más, incluso, que a todos los seres angelicales que nos salvan de las llamas. Más, incluso, que todos los que se callan una palabra posible, a veces conveniente, a veces necesaria. Aunque ni yo mismo entienda ni una palabra de todas mis —voladeras— palabras.

La imagen es de Willy Revel.

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