Poner puertas a la epojé (o a la Cátedral de Burgos)

Hoy voy a hablar brevemente sobre epojé y sobre puertas. Y de poner puertas a la epojé. Para ello, me es necesario partir de un tuit que escribí la semana pasada:

Empecemos por las puertas

Seguramente, a las personas que no son de Burgos les hace falta un poquito de contexto: el caso es que la Catedral de Burgos celebra el octavo centenario y, para conmemorarlo, se ha encargado al artista Antonio López que realice tres puertas de bronce que sustituyan a las actuales de la fachada principal, de estilo neoclásico (aquí la noticia en El País).

Y se ha armado el pifostio entre los detractores de la sustitución de las puertas actuales por las de Antonio López, escandalizados por considerarlo un despropósito que supone un quebrando de la armonía, un pegote y/o un despilfarro, y los defensores del cambio amparados en el reclamo turístico, o por la constatación de que un templo de tantos siglos ha ido adaptándose a las distintas épocas y estilos. Entre una y otra facción hay opiniones ligeras y poco fundamentadas, pero también criterios basados en un conocimiento más profundo.

Sigamos con la epojé

Para que entendamos qué es la epojé, tenemos que ir a la época helenística. Tras la muerte de Aristóteles, una serie de cuestiones teóricas e históricas de diversa índole lleva a los pensadores griegos a sentirse perdidos ante un mundo que ya no es muy fácil de comprender y que, además, se ha hecho demasiado grande para ser comprendido. La filosofía se aleja de proyectos tan ambiciosos y sistemáticos como los de Platón y Aristóteles para cobijarse en el campo de la seguridad personal y la felicidad individual. Durante este período, el auténtico desafío es el de dar fórmulas (más o menos) prácticas para desenvolverse en la vida.

No cabe aquí mucho rollo teórico. Resumiremos diciendo que surgirán varias escuelas filosóficas que, ante un mismo problema, optan por diferentes soluciones (estoicismo, epicureísmo, escepticismo) que tendrán un importante desarrollo y continuación también en la época romana. En esa búsqueda de la felicidad, el estoicismo busca la apatía, que es un refugio ante las pasiones; el epicureísmo busca la ataraxia, que es una búsqueda de un placer moderado y que evite extremos y exageraciones; y el escepticismo, que busca la epojé. Ante la inmensa cantidad y variedad de razones que arguyen unos y otros, todos, los escépticos intentan suspender el juicio. Eligiendo una u otra opción o mezclando un poco todas ellas, la filosofía caminó por esta senda hasta Plotino y la filosofía patrística.

La epojé como manera de concebir el mundo

Un servidor, que os da la matraca en este blog tiene un serio problema con el conocimiento y su actitud ante el mundo. No será por darle vueltas y vueltas (los que le conocen mejor sabe que fue profesor de Filosofía no pocos años). Está rodeado de personas que saben muchísimo, que les gusta demostrarlo y que, en algunas ocasiones, lo hacen muy bien (en otras ocasiones lo hacen muy mal y de forma engreída y petulante, pero esa es otra cuestión). Y, además, se encuentra en un mundo que gira (hasta cierto punto) por unas redes sociales en las que la opinión se exacerba y se polariza hasta extremos que le asustan, le cansan o le asustan.

En fin, y ya poniendo la primera persona, me canso de un mundo en el que todo opina y canto mi derecho a la epojé. Quizás sea demasiado ignorante. Puede también que le dé demasiadas vueltas a las ideas o que me incline, en ocasiones, por no darle ni media. Pero tengo poquísimas cosas claras. Y eso, que, como para aquellos griegos, el mundo es demasiado grande para mí, que soy demasiado pequeño.

Poniendo puertas a la epojé

Siendo un ser ignorante, superficial, aburrido, abrumado, anonadado, asustado, embelesado, ciclotímico, inconstante, absorto, deslumbrado, pasmado, seducido y embaucado, tiendo a no saber qué corcho hacer con las puertas.

Entiendo a los que quieren mantener las cosas como están y que temen cualquier atisbo de cambio. Me imagino siendo residente de Les Halles en París ante la perspectiva de que mi barrio fuese a destruirse para construir modernidades. Entiendo a los que piensan que, a veces, es necesario dar un paso e ir un poco más allá, una vuelta de tuerca, porque me fascina el Pompidou.

Pero sí os confieso aquí que, como en el caso de las puertas al campo, si veo que se cierran demasiadas puertas tiendo a rebelarme (y revelarme). Las obras de Kandinsky y Mondrian, dos de mis pintores favoritos, tienen ya más de cien años y parecen tan modernas como para seguir escuchando todavía que ese arte, contemporáneo le llaman, es una mierda al alcance de un niño de cinco años con pintura en mano (o en los dedos). Y me imagino qué hubiese ocurrido con unas puertas «modernas de la muerte» en la fachada principal de la Catedral. Antonio López, sin embargo, es un artista brillante, sereno, egregio, «realista». Y muchos burgaleses que lo atacan querían un Museo de la Evolución modernísimo para que la gente visitase Burgos como quien visita Bilbao. Y pienso: puertas, qué coño… que las cambien.

Pero, si alguien se enfada mucho con lo que escribo, que no me lance piedras ni me llame majadero. En este mundo de (falsas) seguridades (y será este un buen tiempo para reflexionar hasta qué punto podemos estar seguros de algo), yo no sé nada. Y no porque quiera con ello construir un edificio filosófico, como Sócrates. Es, solamente, una manera de (no) mirar el mundo.

La imagen es de Svklimkin.

Profesores de 150 años

De manera casual, me he encontrado últimamente algunos mensajes en las redes sociales escritos por profesores que acaban de llegar a las aulas. No hace mucho que dejaron de ser ellos los alumnos y ahora han pasado al otro lado. Me refiero, claro, a todos los que están en las aulas por vocación y no por obligación.

Entre ellos, afortunadamente, es frecuente encontrar mensajes cargados de ilusiones mezcladas, por supuesto, con ciertas dosis de miedos e inquietudes, propios de quien se enfrenta por primera vez a esa experiencia y que resultan más que comprensibles. Saben que están llenos a partes iguales de sabiduría e ignorancia. Que les queda todo un camino por recorrer siendo conscientes —también— de todas las naves que les condujeron hasta aquí y que, a veces, es necesario quemar.

Sin embargo, reconozco que me llena de estupor leer mensajes cargados de insolencia y de menosprecio hacia quienes son los destinatarios de nuestras enseñanzas. Son mensajes recriminatorios en torno a todas las supuestas ignorancias de los alumnos. Por supuesto, estos neoprofesores están instalados en una presunta superioridad que no emana de una realidad, sino de una descompostura apabullante.

Cuando uno docente entra en el aula, ha de ser muy consciente de que se encuentra ante un conjunto de personas a las que tiene que formar tanto en su colectividad como en su individualidad. No hay mundos perfectos, sino contextos reales. No hay conocimientos ideales, sino circunstancias y situaciones concretas, a veces muy poderosas, a las que un profesor ha de hacer frente, pero no para criticarlas, sino para solucionarlas. No hay seres cargados o no de sabidurías, sino de personas con una capacidad muy elevada para aprender. En vez de manifestar críticas o poner cara de superioridad y de asco, un docente tiene que ir cargado de todas sus ilusiones, de toda su ciencia, de todo su entusiasmo, de toda su humildad y de toda su perseverancia. El proceso de enseñar no surge de la ciencia infusa, sino del contagio. El que comunica con desprecio contagia desprecio. El que comunica desde un pedestal o un púlpito no demuestra su autoridad, sino que se distancia de manera inexorable de aquellos a los que debería tener cerca. La enseñanza no es un campo de minas, sino una tierra que se siembra con proximidad, con humildad y con la sabiduría de quien sabe que no sabe casi nada y que es capaz de aprender mucho en ese proceso de contacto con sus estudiantes.

Hay profesores que llevan toda una vida en el aula y siguen con la ilusión (casi) intacta. El contacto humano con sus estudiantes los va enriqueciendo día a día. Me pongo muy triste, sin embargo, cuando descubro que hay profesores que llevan en el aula muy poco tiempo y parece que llevasen 150 años. Resabiados y malogrados, pesimistas, apocalípticos. Cuando un docente entra en el aula, tiene que respirar ese aire nuevo, remangarse y ser conscientes de que hoy, gracias a su trabajo, gracias a todos esos seres humanos que comparten ese espacio, empieza todo.

La imagen es de Id Aarno.

Historias de alumnos. Carta semipública para Antonio

Tal y como comentaba ayer, me apetecía, por un lado, felicitar a Nerea no tanto por cumplir 37 años como por aglutinar tantos sentimientos y experiencias y tener esa manera tan estupenda de expresarlos. Y, por otro, contestar a un mensaje de correo que me escribió Antonio.

Vaya por delante una cosa: me hace una grandísima ilusión que mis alumnos, actuales, antiguos y remotos, me escriban —en el formato que sea, por la vía que sea— para contarme cosas de ellos, de mí, de cosas pasadas y de las cosas que nos pasan ahora, de lo que piensan que va a pasar y que nos gusta o nos afecta o nos importa.

La casualidad hizo que, unos días atrás, recibiera un wasap de, Ángel, uno de los amigos y compañeros de clase de Antonio. Ángel ha pasado «al otro lado» y ahora es profe. Me hace muy feliz que seamos ahora colegas, filólogos y que coincidamos en reuniones, aunque sea virtuales, para cosas relacionadas con el mundo académico. Y, hace muy poco, Antonio me escribió un correo electrónico, del que voy a hablar (parcialmente, lo que se pueda) aquí y al que daré contestación privada y merecida.

Antes de nada, os convendría recordar quién es Antonio:

Historias de alumnos: el chico al que pilló desnudo la policía en una piscina de madrugada

Decía que había recibido un correo de Antonio. Me dice que ha venido escribiendo a familiares y amigos desde Navidad y que, ahora, me ha llegado el turno a mí. Desveló aquí, naturalmente, solo lo que puedo contar.

Su manera de empezar demuestra que me conoce bien:

Bueno, solo quería saludarte y preguntarte cómo estás, dónde pones las manos y en tu caso, más importante, dónde pones la cabeza.

Antonio sabe mi cuerpo va por un lado y mi cabeza por otro. O, lo más importante, que mi cabeza va a su bola, por mucho que tenga una mente cuadriculada en el sentido más estricto y que tienda a salirse por sus márgenes en su sentido más extravagante.

El correo es un repaso por el cine, por la literatura y por las cosas del presente más inmediato, ese que está a ras de suelo. Antonio es rebelde y díscolo y provocador y me suelta, así de primeras, que ha dejado de gustarle Blade Runner. Él sabe que ese es un golpe bajo, una noticia que solamente puede comunicarse cara a cara. Que esa película, para mí, condensa todas las películas, las vidas, nuestras vidas en todas sus versiones (las de la película, las de nuestras vidas). Pero yo no le voy a contestar que un día, cuando volvamos a coincidir ese cogollito de estrellas de esa clase mágica en la que estuvimos tantas horas, les invito a ver Blade Runner 2049 a todos ellos para convencer a Antonio de que el viaje por los replicantes, que quizás soy yo, que quizás es él, que quizás somos nosotros, sigue mereciendo la pena.

Eso sí, a renglón seguido, me comenta que sigue viendo cine y disfrutando. Quizás no hay nada más hermoso que te digan que he aportado una diminuta semilla para disfrutar un poco más de las ficciones. Antonio y casi todos los que pasaron por mis clases en bachillerato saben lo que es la ficción para mí, una cuestión de principios y de finales, pero nunca de tibiezas, nunca de términos medios. La única manera que tenemos de comprender el mundo o de incomprenderlo y rebelarnos. Una vez más.

Me dice que sigue leyendo a Lorca y que lo hace en voz alta. Que ha descubierto que los libros están hechos para leerlos así, en voz alta. Así, un libro se lee y se escucha y tiene eco. Yo voy a hacer una confesión aquí. Como me leerán pocos, así no se entera casi nadie: encantándome García Márquez, me costó mucho entrar por Cien años de soledad, no me preguntéis por que. Un día, dar clase me salvó (una vez más): leí un pasaje de la novela y las palabras empezaron a cobrar una forma, una sinuosidad y unas sugerencias en las que comprendí, a la vez que ellos, por primera vez, que estaba ante una obra maestra y no solo un nombre ilustre.

Dice Antonio que le gustaría leer más teatro, pero que no logra engancharle. El teatro, si es posible, hay que verlo y escucharlo. Recuerdo, sin embargo, ese maravilloso sucedáneo cuando íbamos repartiendo papeles para La vida es sueño o para Hamlet o para Tres sombreros de copa y la magia cobraba todo su sentido. Éramos nosotros y ellos. Nuestra vida era la suya y la suya la hacíamos nuestra, perdidos en prisiones, en destinos, en venganzas, en intrigas, en juegos de malabares en los que siempre se cae un sombrero.

Y acabo como acaba (casi) Antonio, para contaros lo que hace ahora:

Estoy recogiendo aceitunas en Jaén. Ahorita barriéndolas del suelo. Qué locura.

Qué locura, Antonio, qué locura. Recoger esas perlas, tan deliciosas, con tanto trabajo. Me gusta imaginarte con la espalda doblada, con esfuerzo. Lo mismo que me ha gustado recibir todas tus palabras.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Con imagen de Tomás Hornos.

 
 

Historias de alumnos – Felices 37, Nerea

Historias de alumnos es una de las secciones que más quiero en este blog y una de la que más me inquietan. Tengo tantos alumnos y alumnas por incorporar, tantas cosas que contar, tantos detalles entreverados que insinuar, que, al final, es una sección que tengo siempre en la cabeza y que no llevo a estos papeles volantes.

Sé a ciencia cierta que algunos están esperando su «historia» porque he hablado con ellos, se la he prometido, pero tengo dos que van a ir por delante. Se trata de historias de alumnos de los que ya he contado, de los que ya he hablado.

Y hoy va dedicada a Nerea, de la que dije esto hace dos años (no seáis perezosos y dedicad unos minutos a su historia inicial):

Como adivináis en el título de la entrada de hoy, Nerea cumplió el otro día 37 años. La resta que tengo que hacer para calcular el momento en el que la conocí es cruel porque delata que soy ya mucho más viejo, pero también satisfactoria porque los años han pasado y sigo sabiendo mucho de su vida. Podría haberle mandado un escueto mensaje para felicitarla, pero he preferido hacer —hoy— esto.

En el fondo, la historia de hoy no la cuento yo. Si leéis la entrada que le dediqué, os podéis hacer una idea del aprecio que siento por ella. En el fondo, hoy quiero hablar un poco de ella a través de las historias que nos cuenta.

Muy frecuentemente, Nerea escribe en sus redes sociales. Yo la leo siempre con mucho interés porque me gusta mucho cómo cuenta las cosas. Nos va desvelando pequeños secretos, intimidades, anécdotas, anhelos y fracasos. Destacan especialmente los momentos en los que nos cuenta sus viajes.

Cuando leo a Nerea, siento un pequeño pozo de tristeza por lo que afecta a los sueños no cumplidos, pero también un gusto por la manera en la que ha sabido afrontar su vida. Y, por encima de todo, me quedo con esas lecciones positivas con las que interpreta su presente a partir de su pasado.

Sé que Nerea se lamenta por lo que no ha podido ser y suceder. Pero la veo en las fotos que cuelga de su familia, de sus amigos, del trabajo, las imágenes de esos lugares soñados a los que ha viajado y es fácil adivinar que Nerea es una persona valiente que sabe enfrentarse al día a día. Nunca hay que olvidar el pasado, pero siempre es deseable recorrerlo con los ojos nublados de futuro y proyectarlos luego a un presente al que, si se le pasa lista, cumple de sobras con los objetivos.

Ella no lo sabe (o no sé si lo sabe, la verdad), pero su manera de contar es precisamente eso: un repaso por los dolores, una base de sueños cumplidos y una mirada que siempre se proyecta en el horizonte. Todos somos conscientes de que, mirando al cielo, al mar, a la naturaleza, a una calle, a un edificio, o elevando la vista hacia un rascacielos, esa mirada es, también, una introspección sobre los rincones de nuestra vida, aquellos que nos han habitado y aquellos en los que viviremos. Leer lo que nos cuenta Nerea es tener la sensación de que es una persona en reflexión tensa y serena a la vez, pero siempre perpetua. Leer a Nerea, a veces, es ponerse triste para, de manera casi inmediata, sentir un halo de esperanza. Su manera de escribir, en el fondo, es como su manera de sonreír, siempre sugiriendo, siempre guardándose algo en la recámara.

Yo sé que Nerea me tiene aprecio, que considera valiosos los momentos en los que nos pudimos detener en clase haciendo de la reflexión y la lectura un momento para aprender, pero también para disfrutar. Lo que no sabe Nerea es que yo no tengo ningún mérito, que soy un impostor. Si algún pequeña minucia positiva he tenido como profesor, ha surgido de los momentos en los que me he limitado a ser un espejo. El espejo en el que ellos aprendieron a verse. A proyectarse.

Y así me encuentro hoy, muy feliz por seguir disfrutando de la vida de Nerea en imágenes y en palabras. Ella también ha aprendido en desdoblarse en espejos multicolores para que, con sus ventanas de ficción, nosotros sigamos viviendo nuestras vidas.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La foto se la he robado a Nerea.

Dos tontos muy tontos en la piscina

Aunque la natación es uno de mis deportes favoritos, últimamente no voy mucho a la piscina. Contando que hay un tiempo limitado, es difícil estar dentro del agua mucho más de treinta minutos. Además, tengo mucho lío con varias cosas del trabajo y solo puedo ir a primerita hora de la mañana. La gran ventaja es que el entorno es sanitariamente muy seguro (al menos, inicialmente) y se nada fenomenalmente con el aforo limitado.

Hace unos días, todo marchaba estupendamente. Hice un entreno breve pero intenso, salí de la piscina para ducharme rápidamente para quitarme el cloro y fui al vestuario a cambiarme. Estábamos en la zona común cuatro personas bastante separadas. No obstante, había dos tipos que estaban cambiándose sin la mascarilla puesta y hablando a distancia muy alto (las normas estipulan que solamente se esté en el recinto sin mascarilla cuando te metes en el vaso de la piscina). Estuve esperando un tiempo prudencial hasta que les pedí, por favor, si podían ponerse la mascarilla para hablar. Y allí empezó la fiesta, que contaré de forma muy resumida:

Me llamaron exagerado e histérico. Me dijeron que no era para ponerse así. Yo les contesté que no era ponerse de ninguna manera, sino que se trataba de cumplir con las normas, que para eso estaban. Y ellos dijeron que no pasaba nada. Yo les contesté que no sabía si pasaba o no, pero que si todos cumplíamos las normas seguro que nos iría mejor y saldríamos antes de esta.

Conviene decir que, a todo esto, ni siquiera hicieron el intento de ponerse la mascarilla. Entre sonrisas condescendientes, uno de ellos, a buen seguro miembro destacado de la OMS o del CSIC o inmunólogo reputado, empezó con observaciones negacionistas (cuando le dije que la cosa no estaba para bromas, que morían más de quinientas personas diarias, a él no se le ocurrió otra cosa que farfullar: «Eso dicen» con esas sonrisas que solo tienen las personas muy inteligentes o los gilipollas integrales). Después, dijo que él no tenía coronavirus: que le habían hecho una PCR y le había dado negativa… hace cuatro días.

Tomó el relevo el otro fulano, que dijo que si no estaba conforme con que hubiese personas sin mascarilla en el vestuario me quedase en casa, que no fuera a la piscina. Decía todo esto con un deje de autosuficiencia apestoso. Ante todo este argumentario tan sólido, es obvio que no cabía más lugar a las palabras. Salí del recinto con la sensación triste de que no será fácil que superemos este horror pronto. ¿Tanto cuesta cumplir unas normas que son de lo más razonables y fáciles de seguir?

La entrada se titula «Dos tontos muy tontos», pero lo malo es que la imbecilidad de estos dos esconde aspectos mucho más peligrosos. Por mi parte, volveré a ir a la piscina. Lo que no sé es quién me amparará si están ese par de tipos, que no solamente necesitarían una mascarilla, sino que tendrían que estar cubiertos con un bozal y con siete cursos intensivos para tener dos dedos de frente.

Una capa de pintura

VerbaVolant ha experimentado un pequeño cambio. Desde hace muchos años, había sido fiel a un diseño que estaba dando ya algunos problemas técnicos y ha llegado la hora de cambiarlo.

He cambiado la cabecera, en la que ahora la expresión Verba volant vuela en un azul intenso (nota: me dicen que el fondo de azul no tiene nada, que es morado, pero soy acromatópsico perdido) con alguna entre diminutas estrellas blancas. La tipografía es muy sencilla, ya lo veis, pero espero que sea evocadora.

En cuanto al diseño, para los que no conocéis las tripas de las plataformas de blogs (y de muchas páginas y sitios web), el mío funciona con WordPress. El tema al que he sido fiel durante casi quince años se llamaba Blogum y me gustaba. A medida que WordPress fue cambiando de versiones, este temita era cada vez menos versátil y provocaba descuadres, tipos de letra muy pequeños… Además, un tema actualizado siempre da más garantías de seguridad. Por dentro, todo funciona como siempre.

No soy diseñador profesional de webs, claro, ni pretendo serlo. La labor especializada de los que se ganan la vida con estas cosas está fuera de mi alcance. Sí que intento seguir unos principios básicos, que giran siempre en la tendencia al minimalismo, a la sencillez y a la facilidad de acceso y lectura.

Espero que os guste (he cogido la foto prestada de una web de bricolaje).

Instrucciones prácticas para contar hasta 500

Algunos piensan que no es necesaria ninguna fórmula mágica para contar hasta quinientos. Se trata de un número redondo y par que podemos contar por unidades, por decenas y por centenas en un pispás. A pesar de ello, creo que es conveniente que revisemos la manera que tenemos de contar para llegar hasta ese número.

Quinientos es un número fácil para contar como eso, como un número. Pero a mí me interesa, hoy, saber exactamente cuál es el alcance del número quinientos. Voy a hacer una cosa y os invito a que realicéis este proceso conmigo: contemos a cada persona como unidad hasta llegar a quinientos. ¿Seremos capaces de «nombrar» a quinientas personas conocidas y relacionadas, de alguna manera, con nuestra vida?

Nos contamos a nosotros, eso es fácil: ¡uno! A nuestra familia más directa, que también es muy sencillo. Los que tengan familias muy numerosas, alcanzarán pronto una cantidad considerable. Pero vayamos a las parejas de los primos y de las primas. Igual les ponemos cara, pero no sé si tenemos siempre un nombre para ellos, para ellas. Si tienen hijos, la cosa se complica. ¿Cómo va la cuenta? Insisto: tenemos que llegar a quinientos con sus nombres.

Para llegar, creo que no nos va a dar con la familia. Tenemos que acudir a los amigos. Empecemos a contar, siempre que no sean los que tenéis en Facebook (¿seríais capaces de asegurar que conocéis con caras y nombres a vuestros contactos en las redes sociales o en la agenda de vuestro teléfono? Decía que vayamos a los amigos. ¿Tenéis muchos? ¿Cuántos os salen? Seguramente, tendremos que tirar de memoria para ir rescatando a algunos que teníamos escondidos. Tenemos una ventaja: conocemos a algunos familiares de nuestros amigos, de nuestras amigas: padres, madres, parejas, hijos e hijas. ¿Sabéis todos sus nombres?

Como con los familiares y amigos no alcanzamos los quinientos, podemos seguir por otras vías. Por ejemplo, podemos acudir a los que fueron nuestros compañeros cuando estudiábamos. Esto es un buen recurso, porque nos podemos acordar de Juan Luis, de Joaquín, de Sonia, de Yolanda, de Susana y de Nacho, a los que no rescatábamos hace siglos. Si os pasa como a mí, muy pronto tendréis el reto de intentar acordaros de esas personas que convivieron muchos años con vosotros y a los que ahora no podemos poner nombre.

Si trabajáis, tenéis otro paso ganado. Enumerad los nombres de las personas que trabajan con vosotros. Dependiendo del trabajo, pueden ser muchas. A mí, desde luego, me salen unas cuantas. Si habéis tenido una vida laboral larga y accidentada, os podéis acordar de jefes anteriores (en algunos casos, de toda su familia, pero eso no cuenta ahora), de personas con las que coincidisteis. Seguro que mantuvisteis una gran relación con alguno, que salisteis a cenar en pareja. ¿Os acordáis del nombre de cada excompañero, de cada pareja?

Como soy profesor, tengo vía libre para el filón de los alumnos y de los exalumnos (por supuesto, cuando pongo esto en masculino nunca hay que olvidar el necesario desdoblamiento). Presumo de buena memoria y me van saliendo como churros, con nombres y apellidos, pero mi seguridad empieza a flaquear cuando intento concentrarme.

No sé cómo vais vosotros, pero yo no he llegado a quinientos ni con mucho. Se me ocurre que podemos tirar del vecindario, de los comercios en los que compramos. Porque, de momento, estamos moviéndonos en el mundo «de verdad» y no el de las ficciones televisivas, musicales o literarias, por poner tres ejemplos.

Reconozco mi desesperación. He ido buscando y rebuscando y no he pasado de los trescientos y pico. Me queda un mundo para conseguir el reto.

Si os ha pasado como yo, os dejo que vayamos haciendo excepciones. A los (pongamos) trescientos cincuenta, vamos a sumarles directores de cine (¿cuántos sois capaces de enumerar?), directores de orquesta, novelistas de vanguardia, cantantes de reguetón, premios nobel de Medicina, grandes inventores, tertulianos de La Sexta. Como no alcanzo los quinientos, me estoy acordando de que no había contado a los amigos (y amigas, claro) de mis padres.

No sé. Quizás sea capaz de llegar, aunque lo dudo. Si vosotros lo habéis conseguido, os pido un último favor: a esa lista casi imposible de quinientos nombres con sus caras, sumad veintitrés. ¿Qué por qué? Lo vais a saber enseguida.

Ayer leí en la prensa que habían muerto quinientas veintitrés personas en nuestro país por coronavirus. Quinientas veintitrés personas que tenían caras, nombres y apellidos, que eran hijos de alguien, primos de alguien, parejas de alguien, compañeros de trabajo de alguien, amigos de alguien, amigos de los padres de alguien, que estudiaron con alguien… y que ahora ya no están. Quinientos veintitrés hombres y mujeres.

Cuando, día a día, los medios de comunicación vayan cantando las víctimas como en un bingo, volved a poner la cuenta a cero. A mí, desde luego, me entran ganas de llorar.

Me ocurre a mí, hoy, que necesito poner nombres y caras a los números. Para entender qué coño nos pasa.

La falta que nos hacemos (Una historia de amor, una carpeta, dos canciones y una frase)

Entraba el otro día en la facultad cuando, en un pasillo lateral que comunica con otro edificio, vi a una chica y a un chico sentados en un poyete que recorre todo ese pasillo. Ella tenía una carpeta clasificadora abierta y le estaba enseñando algo al chico. Reían y hablaban, hablaban y reían. Tuve una sensación de envidia sana viendo a esa pareja (tenían toda la pinta de serlo, por su complicidad y su cercanía) con toda la vida por delante. 

Subí al despacho y, como tenía en una reunión en otra dependencia de la universidad, volví a salir y pasaba por la entrada cuando vi que en el poyete estaba esa carpeta, una botella de agua y un vaso de café de plástico. No vi a la pareja por los alrededores, así que cogí la carpeta para entregarla en conserjería. Era una típica carpeta adolescente, forrada con un papel de color vivo, con un par de fotografías pegadas con dos títulos de canciones y el logotipo de Spotify. Pero lo que más me llamó la atención es una banda de texto escrita con una caligrafía exquisita que decía: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Justo cuando llegaba a entregar la carpeta, llegaron los dos corriendo. «Creo que os habéis dejado esto», dije mientras se la daba. «Uy, sí, gracias. Tengo todos los apuntes del examen, menos mal», dijo la chica. Se dirigió al chico y dijo: «¿Ves las que me lías. Tonto?». Por el tono y lo que se adivinaba por debajo de la fortaleza de una mascarilla FFP2, estaba sonriendo. «¡Gracias!!, me dijo también como despedida mientras se alejaban dando un pequeño empujón al chico, al que él contestó removiendo un pelo castaño oscuro que se iba convirtiendo en todos más claros, casi rubio, por las puntas.

Y la historia acabó ahí, mientras ellos atravesaban la puerta más cercana y yo me dirigía, al lado del jardincillo, hacia la otra salida. Mientras iba andando, busqué en el móvil el título de esas dos canciones. Una era «Perdona (Ahora sí que sí)», de Carolina Durante y la otra «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea. Y me imaginé una historia:

Clara y Rodrigo son dos estudiantes de Enfermería. Se conocieron en un grupo de prácticas y, poco a poco, fueron conociéndose un poco más. Disfrutaban de todas las cosas en común y percibían cada vez con más valor las cosas en las que discrepaban, que les ayudaban a ser mejores, más completos gracias a esa perspectiva complementaria.

Rodrigo y Clara pasan tiempo juntos, pero, no enlazan todos los minutos, las horas y los días que les gustaría. Cuando llega el fin de semana, Rodrigo envía wasaps a Clara, que aparecen como no leídos o son contestados con bastante retraso por ella. Rodrigo sufre, se pregunta por qué todos esos eternos intervalos en los que no tiene noticias de ella. Y no le dice nada a Clara porque no quiere ser pesado e invasivo. Hace quince días, un viernes, le envió a Clara el enlace a la canción que el grupo Carolina Durante canta junto a Amaya, «Pido perdón (Ahora sí que sí)», que empieza: «Se me olvida que no me quieres / Sobre todo cuando es viernes / No respondes mis mensajes / No merezco tu atención». Y acompaña el enlace con un lacónico «Así eres».

Clara, que había escuchado la canción, que conocía por Paquita Salas, sonrió y respondió a los pocos minutos con tres emojis carcajeantes y este texto: «Pero qué mal concepto tienes…Yo creo que es más algo así». Y un enlace a «Siempre estaré ahí», de Maldita Nerea, de la que Rodrigo entresacó: «Nos conocemos hace algunos años ya / Somos de esos a los que apenas cuesta hablar / Y, sin embargo,hemos pasado / Muy poco tiempo junto al mar / O disfrutando de una copa en cualquier bar. / No quiero perderte / Acuérdate un poco de mí / Sabes que siempre estaré ahí / Y no dejes de sonreír / Y, por favor, confía en mí».

Rodrigo, como Clara, sonrió de manera cómplice. Escribió «Eso es muyyyyy bonito» y lo acompañó con el emoji de la carita que tiene corazones en vez de ojos.

Pasó el resto del viernes y todo el sábado y el domingo por la mañana y parte de la tarde del domingo. Y, cuando ya era de noche y el día se agota de aburrimiento, de nostalgia y de pereza, Rodrigo recibe otro wasap de Clara: «Solo los dos sabemos la falta que nos hacemos».

Y esta es la invención de una historia de amor entre Clara y Rodrigo, entre Rodrigo Clara, entresacada de una carpeta clasificadora olvidada en un poyete. A la entrada de mi facultad.

La imagen es de Danilo Urbina. Pese al apellido, no tiene nada que ver conmigo.


Confidencias a medianoche entre tres insomnes: un presidente de los EE. UU., Nictálope y un servidor

Como me ocurre con frecuencia, me meto en la cama, leo un rato y, cuando apago la luz, me duermo casi al instante. Sin embargo, algo ocurre al cabo de muy pocas horas que desplaza el sueño y hace que me levante. En esos momentos, suelo ver una película o el capítulo de una serie de televisión. Llevo un tiempo en que, en los intervalos de la noche, visito El ala oeste de la Casa Blanca.

Hace unos días, se produjo una coincidencia estremecedora. Cuando en las horas oscuras del insomnio necesito desengancharme de la ficción, conecto con algún programa de radio en directo o a través de un podcast. Para mí, son las confidencias de medianoche, de las que ya he hablado en otra ocasión. Pero vayamos con esa coincidencia: sintonizo un programa nocturno en la radio y escucho un hombre que está relatando una noche de insomnio a la presentadora, que va enhebrando y articulando con preguntas y apostillas su historia. Llego a mitad de la conversación. El hombre, que se denomina a sí mismo Nictálope (esta palabra contradictoria me transporta a Óscar Esquivias, que ha hablado algunas veces de ella), va contando cosas de su vida. Tiene un poquito más de 40 años, vive solo desde hace un tiempo (rompió con la novia que tenía desde hace tres años) y se siente desamparado en una casa demasiado grande, en una cama demasiado grande, en una vida demasiado grande para él, que se siente cada vez más pequeño. Cuanto más pequeño se siente, menos duerme (cuenta). Y ahí coincidimos Nictálope y yo, a unas cuatro de la mañana que son para él el prematuro inicio de un día demasiado largo y, para mí, un interludio hipnagógico en el que mezclo lo más terso de mis terrores, lo más arrugado de mi realidad y lo mejor planchado de las ficciones.

Hay un momento en el que Nictálope se enrolla demasiado y pierdo el hilo completamente. Se va por las ramas y, al parecer, esto me lleva a sestear durante un par de minutos como un tronco. De repente, pegado casi al móvil, escucho esa coincidencia estremecedora de la que hablaba antes. Nictálope cuenta que está viendo El ala oeste de la Casa Blanca. Está diciendo que, antes de llamar al programa, estaba viendo el capítulo 14 de la tercera temporada, en la que el presidente se cita a escondidas con un terapeuta diciéndole que lleva un tiempo en el que le resulta imposible dormir. Esa escena es justo la que acababa de ver cuando he apagado la televisión para encender la radio.

En esos vasos comunicantes de la oscuridad y del destino, hemos coincidido tres insomnes que, seguramente por motivos muy diferentes, hemos compartido las mismas confidencias. En medio de la noche. Y, no sé por qué, me he sentido tremendamente triste. Busco la luz, pero nunca la encuentro.

Com imagen de Tom Malavoda y con banda sonora de «Insomnia», de Faithless.

Ausencia de nostalgia con un poco de chía

Algo más tarde que de costumbre, empiezo con un vaso de agua fría. Luego voy pelando un kiwi demasiado maduro, demasiado alargado y aplanado. Mientras, tomo la medida justa de leche con la taza y la vierto en el cazo. Echo un poquito de leche también en el vaso que he terminado con una cucharada de chía. No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida. Mientras se calienta la leche, corto un panecillo (10 céntimos en el supermercado) que había sacado de madrugada del congelador e introduzco las mitades en el tostador. Dejo la leche un poquito más en el fuego mientras deslizo la margarina por cada cara del panecillo, echo la leche en la taza (de Astérix, con el lema «Mens sana in corpore sano») y remato la versión sana de las tostadas con un una cucharilla de mermelada. De melocotón, claro.

Como un pequeño cuenco de sopa de pollo con aire asiático que, sobre una base real, un día me inventé. Tienen esos noodles algo de cocina magrebí por una especia que no sé como se llama comprada en Marrakech. Una tortilla con muchas claras, que proceden de una negativa tajante a desperdiciar lo que sobraba de la crema pastelera hecha hace dos días. Tenía elegidos ya tres langostinos, pero decido saltarme todas las normas —soy un rebelde— y me como otros dos más embadurnados en salsa vinagreta. Tres croquetas de jamón realizadas a modo de prueba y con cierto éxito.

Quedaba una micra de roscón de reyes hecha en casa comido entre los días cuatro y cinco. Un poco de gaseosa. Un trocito de turrón de chocolate. Un trocito de turrón de yema. Cada vez me empalaga más. Un breve reposo para tomar una onza de chocolate con cacao casi en estado puro y Coca-Cola. Zero.

Una laminita de queso muy poco curado y bajo en grasa con un trocito de pan.

Y queda un cuarto de hora para acabar el día. Un cuenco minúsculo de ensalada. Un dedo y medio de tortilla de patata hecha ayer. Un plátano (me apetecería otra fruta, pero se están poniendo pochos). En honor a la verdad, es una banana. En honor a la verdad, una banana pocha. Y dejaré pasar un cuarto de hora para tomar un yogur griego natural.

No sé todavía por qué me decidí a incluir la chía en mi vida.