— Verba Volant

Estoy escuchando “Forever Young” de Alphaville y me llama la atención aquello de que “The music is for the sad men”. La música es para personas tristes. La música puede ser para todo, para todos, pero a mí no hay nada que me guste más que escuchar canciones tristes. Me llenan de vacíos, horadan mi plenitud y socavan plácidamente la poca autoestima que me queda en el bolsillo, aquel que se va descosiendo poco a poco cuando tiras de un hilo.

Cuánto tiempo sin escuchar esta canción. Cuánto tiempo para llegar a las contradicciones. En 1984 yo quería ser joven para siempre, pero no sabía nada de lo rápido que pasa la eternidad. No era consciente de que tenía que haber aprovechado para bailar hasta que no me quedasen fuerzas. En tiempos en los que la disyuntiva era morir joven o ser eterno. Épocas en los que se vivía con el impulso de no tener nada por delante. Cuando saltabas, llegabas a la luna.

Pasa un día, una semana, un año y, sin querer, llegas a otro extremo de la vida. La eternidad es ver pasar los días y sobrevivir entre cargas, pesos infinitos. Pensar en la agilidad con la que subes las escaleras, con la que corres y con la que vives… y no darte cuenta de la trampa: antes la agilidad venía de serie, igual que la sonrisa o la lágrima trágica que era sincera pero cándida.

Estoy escuchando a Alphaville y me doy cuenta de todo por lo que he pasado para querer seguir siempre joven de modo eterno. Y conformarme con que me quiten lo poco que he bailado.

 

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"Introspection" by Eddy Van 3000

Hacia mucho que no escribía tan poco. Ahora escribo más para dentro que hacia fuera. A veces, con la trampa de pensar que escribo cuando solo pienso. A veces, con la trampa de pensar que pienso cuando solo siento.

Es hora de buscar culpables, acuso a la introspección. Mirada que podría ser tramposa y ser manifestada, contada, narrada pero que quiero dejar muchas veces exclusivamente para mí. Es una retirada de la vida pública. Parcial, sí; no absoluta. He aprendido a convertir el silencio en valor relativo y a percibir las palabras en valor absoluto con tanto respeto como para no marearlas de significados, como para no malearlas en el escaparate del sinsentido. Compruebo también que en las redes sociales me he convertido en más informativo, lo que quiere decir menos personal y –quizá– muy poco necesario. Aunque casi prefiero informar que sentir en voz alta, sobre todo en el golpe inmediato de los 140 caracteres.

Esta entrada es, en sí misma, la evidencia más grande de las contradicciones. Pero es que retirarse no es renunciar. Dar dos pasos atrás no es escapar. Sigo siendo yo. Y estoy. Quizás encuentre muy pronto una forma de manifestarme contra todo y contra nadie. Quizás no.

Imagen de Eddy Van 3000.

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Lo dijo Noam Chomsky:

“Cuando abordamos un problema, puede que no sepamos su solución, pero tenemos intuición, un conocimiento cada vez mayor y ciertas ideas de qué andamos buscando. Cuando nos enfrentamos a un misterio, sin embargo, sólo podemos quedarnos mirando fijamente, maravillados y desconcertados, sin siquiera saber qué aspecto tendría una explicación”. 

Cómo me gusta la maravilla y el desconcierto.

 

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Fotografía de Anjamation

Vidas, batallas. Rodeado de sombras yo, alma perdida. Con la fragilidad de un papel. Un mundo loco que no quiero perder. Quizás un camino, una senda no tan oscura. Intentando mantener el equilibrio, pero siempre en el alambre. Dicen que descalzo es mejor, que se necesita sentir algo bajo tus pies para no precipitarte. Lo mismo la oscuridad, cuando toda se llena de vida. Una luz entre las rendijas. Sentirte siempre así, cuando la luz se pone y todo comienza. Sujetando tu corazón sin cáscaras ni caparazones. Todo esto es muy extraño. Quietud y movimiento. La cabeza perdida y encontrada. Y los ojos cerca y al final. Estamos aquí. Mientras, algo que nos rodea. Sombras yo, alma perdida. Fuera, el viento helado, repleto de cada minuto esperado. ¿Imaginas todo bajo el imperio de la luz entrecortada? La fragilidad del papel se llena con tus colores para devolver  la belleza con sus matices. Todo es caos dentro de un orden. Convertido en la sempiterna capacidad de asombro. Camino y dos luces. Brillando a la vez que vives.

Para que luego digan. Que escribes cosas raras.

Con imagen de Anjamation.

 

 

 

 

 

 

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"Tobogán", by Raúl Urbina

Querido diario:

Hoy iba a escribir algo triste porque las conversaciones con los demás son para compartir alegrías, vivencias y los diarios, como tú, estáis hechos para compartir los momentos difíciles y las carencias. Pero he estado pensando en voz alta y quiero dejar escritas en tus páginas otras cosas. He buscado una receta perfecta y he visto que necesitaba sal para compensar lo dulce y azúcar para compensar lo salado. Que necesitaba agua para aliviar la cerveza y una cerveza para que la vida no sea solo agua. Que necesito la oscuridad para ver y la claridad para dormir con los ojos abiertos. Sé que necesito escribir y andar, correr y pensar, nadar y decir. Que el deseo es calma y el calor el principio del frío. El que llega después, tan profundo como la ausencia. Que los sentidos están para recibirlos con ansia y guardarlos firmemente con la imaginación de los recuerdos.

Por todo esto, querido diario, quiero decirte que duermo entre sabores y me despierto entre perfumes. Que deseo recorrer el camino hasta que no se note el horizonte. Que quiero adentrarme en el mar hasta que caiga en el quicio del fin del mundo. Y que la felicidad se disfruta en los finos vasos del presente.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr.

 

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puntacanaflickr

Jueves, ocho de la tarde. Gilles Lipovetsky empieza el diálogo con Jesús Ruiz Mantilla. Van a hablar sobre el último libro del filósofo francés, De la ligereza. El español hace un guiño a la catedral de Burgos y califica el gótico como “pesado”. El francés lo niega. Califica el gótico como algo ligero, que alza el vuelo para que miremos el cielo. Y prosigue esta idea y la enlaza con un conjunto de ideas apasionantes.

Yo estoy escuchando y me voy sintiendo identificado (para mal). Me doy cuenta de que pienso (en) la vida como un conjunto de contrapesos que me llevan al fondo. Es una tendencia inevitable hacia el abismo. Por contra, hay una manera de ascender, lo veo. Quizá sea una manera menos trascendental, pero no accesoria. No supone renunciar a unos principios, sino a escalar sobre ellos para quedarse con la esencia. Lipovetsky sigue con su hipótesis. Siendo consecuente con sus obras anteriores, que tanto me han inspirado en años pasados para analizar algunos fenómenos del consumo, con esta obra da un paso más allá con un planteamiento –quizá– más optimista. En un momento, suelta la frase de Paul Valéry: “Hay que ser ligero como el pájaro, no como la pluma”. Y explica la idea de que la pluma es ligera pero queda siempre a merced de los vientos. No es “volante”, sino “volátil”. El pájaro, sin embargo, vuela teniendo el control sobre el viento. Y me doy cuenta de que, en el fondo del mar, ni siquiera era capaz de disfrutar de los bancos de peces, de la flora marina mecida por las aguas. Solo una presión insoportable que, si te descuidas, hace que te explote la cabeza.

Y sigo escuchando ideas sobre la muerte de las utopías sociales y el albur de algunas utopías que son sociales solo desde la individualidad. Peligrosas si son pesadas, estimulantes si son ligeras. Y pienso en lo bien que se puede estar despojado de capas, afilado como una punta de lanza. Hacia el cielo.

(Hace años, escribí una entrada que muestra esa tendencia a la pesadez: “Aeroembolismo en un lugar que se llama alma”. La imagen pertenece a mi galería de Flickr).

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Cuéntamelo todo, by Apetitu

El día de ayer se ha ido para siempre e intento recordar cómo puedo oír tu voz. Veo cómo se mueven tus labios, pero soy incapaz de escuchar nada. El día de ayer se ha ido, pero una melodía ronda por mi cabeza y la respiración se acompasa al ritmo de cada uno de sus versos. Si, ahora parece que te oigo: cántame en voz baja hasta que pueda cerrar los ojos y llenarme de paz. Ahora que el tiempo no puede borrar nuestros recuerdos, acuérdate de mí para que escuche tus susurros en mis sueños. Mi recuerdo contigo será, así, una canción de cuna. Por eso, cántame en voz baja hasta que me duerma.

(Canción prosificada, traducida y modificada a voluntad de “Sing Me to Sleep” de Alan Walker, con imagen de Apetitu).

 

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Bob Dylan

Cada octubre me canso más. Llegan las noticias del nuevo premio nobel de literatura y, con ellas, las noticias infinitas, las opiniones sin fin. No me refiero a las opiniones de personas en general, sino de los “expertos”, porque tampoco está nada mal que, durante unos minutos, se hable de literatura, aunque sea de forma descafeinada y elevada a algo cercano a lo que no tiene que ver con el fenómeno literario y no con la literatura misma.

Premian a un escritor al que no conoce ni su padre y un experto no solo habla de toda su obra, sino de cómo lo conoció. Luego pasará al capítulo que más me gusta, que no es “el escritor premiado y yo”, sino “yo y el escritor premiado”, con un cúmulo de anécdotas. Un burro que no nos dejará ver el bosque.

Podemos dividir en dos la eterna aspiración de los críticos a ser nombrados seleccionador nacional en su categoría de premios. En primer lugar,  el que afirma que el premiado no lo merece para meterse pronto a establecer, como Uribarri en Eurovisión, toda una quiniela geopolítica que solo el conoce y digna de un programa de Iker Jiménez. Sacará a colación unos cuantos argumentos. Seguro que aparece que su prosa, su verso, no tiene la calidez y la calidad suficiente. Él, como profundo conocedor de todo y todos, sacará a colación aquello de “es que fulanito era mucho mejor que el premiado. Y mengano. Y zutano”. Por supuesto, transcribirá un pasaje de la obra del premiado y dirá que es una porquería infinita. Lo gracioso es que, en segundo lugar, estará  también el del polo opuesto y complementario: el que afirma que el premiado lo merece, que ya era hora, por dios, tantos años para llegar a lo obvio. Por supuesto, en perfecta contraposición con el anterior, dirá que su prosa, su verso, su lo que sea tiene una calidad sublime. Él es –también– profundo conocedor de todo y todos. Y sacará a colación un pasaje del premiado apreciando su estilo excelso, su dulzura, su arraigo a la tierra, qué sé yo.

Otro grupo, desgranado del sector crítico, es el de los comentaristas irónicos en las redes. Finas gracietas llenas de sarcasmo. Pues ya puestos, un día se lo van a dar a mi prima. Mi jefa ya va a pensar que es la siguiente. Uno de mis vecinos ya está preparando el discurso del año que viene. Hacen de menos sin hacer de más, aunque hacer de menos ya es desequilibrar una balanza de la que se desconoce cómo está calibrada y el sistema de medidas. Esa tendencia tan fácil a ponerse por encima de alguien siempre a no ser que se lo den a los dos autores (o diez, o cien) que haya leído.

Tenemos, claro está, al de los elogiadores profesionales. No conocían de nada al premiado pero –cosas de la civilización digital– en dos minutos y con Google Translate como instrumento tienen un criterio formado y justificado para alabar los méritos del premiado.

El último grupito del que voy a hablar es aquel, bien nutrido, que se dedica a vituperar a los premiados en años anteriores. Con mucha más razón si son de su propio país y todavía con más razón si había otro contemporáneo que les caía mejor. Como yo aquí hablo de todo y no hablo de nada, no pienso citar ni un solo nombre, pero los sufridos lectores estarán conmigo en que el asunto es difícil y tiene muchas aristas.

La taxonomía es, con total seguridad, mucho más amplia, pero ya digo que me cansa. ¿Que a Dylan le han dado el Nobel? Hay dos verdades simultáneas que pueden romper el sistema categorial de la metafísica desde Aristóteles, pero que son  verdades como puños. Sean (a) “Dylan se merece el Premio Nobel de Literatura” y  (b) “Dylan no se merece el Premio Nobel de Literatura”. Se lo merece aunque no haya escrito un libro en su vida (como si escribir “un libro” fuese algo consustancial al acto de escribir). Y no se lo merece porque seguro que otros escritores “de verdad” están esperando su turno.

Despojadas las razones de la carne, grasa, tendones, venas y arterias, la cosa no deja de ser graciosa. Que sí, que le ha tocado a Dylan, ese que estaba en las quinielas y no pertenece al clan (para bien y para mal). Escuchad a Dylan y disfrutad, que algo bueno tiene. Que sí, que le ha tocado a Dylan, ese que tendría que haber esperado a que se le pudriesen la guitarra y la armónica para haber entrado en el Parnaso. No lo escuches y ponte a leer a tu candidato eterno. Es tan fácil…

A mí, básicamente, todas las polémicas del Premio Nobel, cada año, tienen el mismo efecto en el organismo: me la soplan. Relativamente.

La imagen es de Simon Murphy.

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Sven Years Bad Luck

Creo que todos, más o menos, conocemos el estado catastrófico de las inversiones públicas en la universidad española desde hace años. Mientras las matrículas han subido de precio para el alumnado, las contrataciones y la situación del profesorado cada vez son más precarias, las instalaciones cada vez tienen peor mantenimiento, los equipos y la dotación tecnológica es cada vez más anticuada… En mi universidad, los estudios de radio y televisión de los estudiantes de Comunicación Audiovisual se caen a pedazos y ya solo se pueden utilizar, con pinzas, para dar clase. Los equipos informáticos son obsoletos: tengo compañeros que se pasan media mañana para que les arranque un ordenador, mientras que otros profesores asociados ni siquiera tienen uno y se ven obligados a llevarse el portátil de casa. Algunos tienen que esperar días para tener un despacho en condiciones y, cuando disponen de él, tienen que albergar paciencia infinita para tener mesa y silla propias. El otro día entré en el mío y me encontré con unos nada apacibles 14 grados que no subieron en toda la mañana. En nuestro edificio, de nueva dotación, han pasado semanas hasta que hemos podido tener jabón y toallas de papel en los lavabos y todavía estamos esperando espejos, algo obligatorio según la normativa vigente.

Por las tardes, doy clase en otra facultad y siempre espero con intriga si el monitor, uno de esos de culo profundo que ya no se ven por ninguna parte, se encenderá y, si lo hace, si permanecerá iluminado y en condiciones durante toda la clase. Creo que todavía podemos encontrar unos cuantos de ese tipo en esta facultad y en alguna otra, agónicos y anticuados. Y aquí es donde entra la cuestión de la que quería hablar. Tengo dos monitores (en perfectísimo estado)   en casa y ofrecí uno para lo que fuera menester. Por ejemplo, para poder sustituirlo por esas antiguallas que ya no me funcionan. Recibí una contestación llena de lógica en el fondo y relativa en la forma. Se me dijo que la universidad no necesitaba donativos, sino mejores dotaciones. Es cierto. Las cosas mejorarán cuando las administraciones se den cuenta del papel que ejerce y puede (y debe)  tener la universidad en la sociedad. Pero, mientras esperamos que llegue esa justicia social, yo pensaba en otros países con muy buenos sistemas universitarios y con (todavía) peores condiciones económicas que las nuestras, en los que saben aprovecharse de todos los recursos para salir a flote cada día. Y pensé, también que, en esa espera, quizás pueda haber cosas que puedan mejorar entre todos. Y pensé en la palabra donativo. Yo la hubiese cambiado por donación. En algunas universidades de las que hablo, tienen equipos audiovisuales gracias a esas donaciones. O aumentan sus fondos bibliográficos gracias a ellas. Todo podría ser mejor y, ante todo, más justo, y eso no lo niega nadie. Mientras tanto, llegará un día en que, cuando encienda uno de esos monitores de culo prominente, este dirá basta, hasta aquí hemos llegado. Y, entonces, no sé todavía lo que pasará.

Mañana iré a trabajar a mi facultad y, cuando vaya al aseo, me lavaré las manos y alzaré la vista, con la seguridad de que no podré contemplar ni siquiera un reflejo. Es el espejo donde nos miramos cada día.

La imagen es de Tim Sheerman-Chase.

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Serengeti sunset

Es un error imperdonable, una confusión intolerable. Tantos años de documentales, de clases de ciencias, de taxonomías sin fin, de cazadores y cazados. De animales veloces, bellos, esbeltos. Un guepardo, con andar pausado, divisando y oliendo a la presa. Comienza la carrera: el guepardo arranca, velocidad en estado puro. La sabana africana como marco, como contexto. Al otro lado, una gacela. Así, sin precisión: lo mismo da ocho que ochenta, no te fastidia. Una gacela, dices. Pero qué simplificación de la realidad, que es siempre compleja. Contemplas mi enfado, que pasa del enojo al enfurecimiento. ¿Una gacela? ¿Una gacela dices? Sí, una gacela, ¿no? ¿Así, sin más? Ah, no, ya. Y crees saber la respuesta. Ahí, en ese safari que es fotográfico pero en el que no hago una foto ni nada que se le parezca, incorporado a medias sobre el asiento, ávido de experiencias. Y tú, dispuesto a grabar todo y renunciando, por lo tanto, a vivir el momento presente, que tiene un valor incalculable. Que no tiene por qué estar en otro lugar que en el recuerdo, más vívido ahora. Sí, crees saber la respuesta y sonríes, agazapado en un conocimiento que es enciclopédico. Una gacela Thomson. Una gacela Thomson, dices, no te jode. Thomson. Mi favorita. Aquella cuya foto acariciaba en el primer tomo de Fauna de Félix Rodríguez de la Fuente. Con todas las características. Seguro que ahora estás mirando la Wikipedia, cacho inútil, idiota, incompetente. Qué vergüenza, madre mía. El guepardo todavía está en carrera, ya a punto de llegar cuando te digo qué cuánto crees que pesa el bicho. Y cuánto mide. Y tú dices que no sabes calcular, así, en caliente. Que está muy lejos y que te he arrancado literalmente los binoculares de las manos. Pero que crees que es un bicho relativamente grande. ¿Y entonces?, digo. Pues no sé qué quieres decir. Que si es grande o pequeña, mecagoentodo. No sé, dices. Más bien grande. Pues eso, más bien grande, claro. Como que esta puede pesar casi el doble que la gacela Thomson, indocumentado. Y el pelaje. ¿Ves el pelaje? Porque no te voy a poner a prueba con los cuernos, que parece que no jugaste de pequeño a los juegos de diferencias, de los siete errores, de lo que sea. El pelaje, vamos. ¿Falta algo? No, no lo veo. ¿Algún color? No color, así, color como tal, sin más ni más. La franja oscura. ¿Dónde está la franja oscura? Ah, la franja oscura. No hay. Pues eso. Estás viendo una gacela Grant. Para eso te vienes hasta el Serengeti. Lo mismo querías ver tigres. La gacela Thomson, mi favorita, pequeña y ligera, que guardo en el corazón de mi recuerdo. Si la hubiese visto, hubiese sido una persona muy feliz. Ahora mira cómo se merienda a la otra el guepardo, venga, disfruta y luego se lo cuentas a los amigos. Cometes errores imperdonables, my friend.

Con imagen de Anita Retenour.

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