— Verba Volant

James Mason y Judy Garland en la versión de George Cukor

Ha nacido una estrella (A Star is Born, 2018) es un remake de una película de 1976, que es un remake de una película de 1954, remake a su vez de una película de 1937.

Tengo un ligerísimo recuerdo de la película original, un recuerdo vívido de la versión de 1954 (esta película de George Cukor se encuentra entre mis favoritas), no he visto la de 1976. El viernes pasado, vi la nueva versión, dirigida por Bradley Cooper y protagonizada por el mismo Cooper y Lady Gaga. Como es habitual, me niego a hacer una crítica organizada y pautada de la película. Para eso hay plumas mucho mejores y más capacitadas. Yo, como casi siempre en este blog, hablo de intuiciones y de sensaciones, personales y poco transferibles.

La película me gustó, y eso que iba con el cuchillo entre los dientes para realizar una punción abdominal a la primera de cambio. Bradley Cooper no es, claro está, ni George Cukor ni James Mason (entre otras cosas, porque casi nadie puede ser Cukor y Mason), pero Lady Gaga, no siendo Judy Garland, creo que aporta una interpretación que sobrepasa el marbete de digna para convertirse, a mi juicio, en interesante. Y disfruté con esta historia que es una historia de victorias contada con una derrota o una historia de derrotas contada con una victoria. O, lo más seguro, ambas cosas a la vez.

En un momento de la película, se dice: “Music is essentially 12 notes between any octave, 12 notes and the octave repeat. It’s the same story told over and over, forever. All any artist can offer this world is how they see those 12 notes. That’s it”. Y lo que me interesa es que, así la música procede de esa repetición, el mundo de la ficción (es decir, nuestro mundo), también contiene esa historia contada una y otra vez. Eso es la ficción. Y la vida.

Ha nacido una estrella es, por su propia trayectoria como película, la historia que se repite una y otra vez. Y esto no es un demérito, sino parte de su grandeza. Porque en las canciones, como en la vida, se utiliza un conjunto limitado de notas en diferentes escalas y duraciones para expresar lo ilimitado y lo inexorable. Por que en la vida, como en las canciones, se reproducen variantes infinitas de un mismo modelo que nos afecta a todos, del que hemos bebido todos, que hemos insuflado todos.

A mí me gusta ver la misma historia repetida una y otra vez. Leo poemas que me gustan de modo insistente, veo películas que me apasionan hasta exprimir el penúltimo detalle, escucho las mismas canciones en bucle hasta que descubro que, siendo las mismas, soy yo el que cambio con ellas. Todo esto lo hago de forma compulsiva, enfermiza y perseverante. Siento, así, que voy adivinando las notas de una melodía que me suena demasiado o demasiado poco.

Me gusta la historia que cuenta y recuenta esta película (que son varias películas para la misma historia o la misma película para diferentes vidas, que son siempre la misma). Me siento identificado con el protagonista masculino en sus líneas de declive. Le acompaño en su bajada a los infiernos, en su canto de un cisne que se queda sin voz. Y me apasionan, como metáfora, el albornoz y las zapatillas de Norman Maine.

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Querido diario dos puntos

Hoy necesito escribirte, posar mi mano de manera dulce sobre tus hojas y   sentir que este bolígrafo con el que escribo se desliza y va dejando el poso de mi mano zurda sobre el blanco de la página. Escribo desde una angustia contenida, desde una fortaleza de tristeza con las murallas próximas al derrumbe. Todos tenemos días malos, pero, para mí, desde hace ya muchos años, el ocho de octubre es un día que me trae imágenes cada vez más distantes.

El día 8 de octubre es el día que nació mi madre y, por lo tanto, hoy hubiese cumplido 96 años. No, nunca hubiese esperado que mi madre hubiese vivido hasta casi los cien, pero uno nunca está preparado para para la despedida de un padre, de una madre. Su mente se fue hace más tiempo, pero siempre había algún resquicio de esperanza en su memoria, por remoto que fuese. Era una persona discreta que intentaba pasar desapercibida por la vida. Sufrió con la sombra de las muertes ajenas pero íntimas y próximas durante tantos años que su persona entera acabó desgastándose con la ausencia del latido de su hijo. La veo todavía enmarcada en la ventana del cuarto de estar, sujetando la cortina con la mano derecha, mirando la calle esperando un milagro imposible.

Hoy me vienen a la cabeza muchos recuerdos, infinitos detalles por estar pendiente de todo y con todos. Podría poner muchos ejemplos, pero tus páginas ya encierran algunos de modo exhaustivo. Era una persona que sabía acompañar con el silencio, que daba aliento con las palabras justas…

Dicen que es ley de vida, pero uno nunca estar preparado para estar huérfano, nunca está preparado para que le suelten de la mano y se ponga en difícil trance de vivir sin todo lo que supone una madre. Sin el calor para el desconsuelo, sin el abrazo para el miedo, sin el beso para que desaparezcan todos los monstruos de la noche.

Querido diario dos puntos. Hoy, al desayunar, he cogido una caja de Cola-Cao que simula aquellas cajas antiguas de cuando era pequeño. De niño, siempre pensé que esa mujer que aparecía dibujada en la lata era mi madre. Cuando he inundado de cacao mi taza de leche, he sentido esa proximidad que da el calor de un desayuno con su compañía.

Imagen de Amir Kuckovic.

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Me dijeron que la concepción cristiana legitimó el concepto de seres humanos con principio y final. Y que el final lo determinaba todo, desde el principio hasta todo lo vivido, que no era sino intermedio. Y le dijeron que la concepción cíclica era natural y naturalista. Pero a mí siempre me han cabido todas las dudas y, mezclando y destilando,  siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar.

Aunque me cueste, confieso que, con el tiempo, he renunciado a renunciar. Que no me resigno a que me queden inquietudes y dudas. Y no me conformo con decirle que no al placer. Que no me resigno a pensar como todo el mundo. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche, a sus desarrollos y consecuencias.

En mis sueños, que son pesadillas, sueño que estoy acabado y confundido. Y siento que, al final, me he convertido en lo que no he querido. Es duro de aceptar, pero no me pienso resignar.

Y, aunque siempre acabo dudando si, al final, la vida —mi vida— no es sino una espiral que se empieza a terminar cuando acaba de empezar, confieso que he renunciado a renunciar. No me resigno a pensar como todo el mundo. No me conformo con decirle que no al placer. Y que no me conformo con decirle adiós a la noche. Por eso espero a la madrugada, vigilante, con los ojos abiertos.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “¿Por qué a mí me cuesta tanto?”, de Fangoria y Asier Etxeandía, con imagen de Distant Reality).

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Voy a hablar de forma desordenada y confusa una película que vi hace unas semanas. Me encantó, precisamente, porque me provocó unas sensaciones confusas y desordenadas de lo que es la vida, de sus vaivenes, de sus paramales, de sus parabienes.

Veía la película y veía reflejos. De versos, de canciones, de nombres escritos en piedra. Se trata de un filme que no es ni antiguo ni moderno. O, mejor dicho, es moderno pero no muy moderno. O, mejor dicho, es muy moderno pero, estéticamente, se ha quedado un poco antiguo. Y a mí lo que se ha quedado un poco atrás pero me proyecta hacia delante me gusta. Y, además, significa, se significa y nos revela. Cosas y personas.

Frente a lo que me suele ocurrir la mayor parte de las veces, no pensaba mientras veía. Sentía sin pensar, cosa que casi nunca me ocurre. Maldita cabeza, que siempre me arrastra hacia el abismo. Pero no en esta ocasión. Eran pequeños zambombazos de situaciones, de contradicciones y de sinsabores con tintes de amarguras y mieles.

Le película comienza con un libro y un retrato. O quizás sea mejor decir con un escritor que lo es poco y con una fotógrafa que lo es y, además, lo es mucho. Como los buenos retratos, para mí, son testimonios de almas atormentadas, la historia de este retrato, que serán dos al poco tiempo, también es algo con un significado más allá de los significados. La verdad es que le estoy dando transcendencia a algo que no la tiene. Anécdotas que no lo son, informaciones no condensadas que tienen toda la leche concentrada y dulce, pero que, en ocasiones, se quedan pegadas a la cuchara cuando rascamos el bote.

Es una película en la que sale gente famosa. Bueno, no, no gente famosa, actores famosos. Y están fabulosos en sus papeles que les sacan de cuadro y de quicio. El actor guapo parece que no es guapo. La actriz madura y bella es más madura y bella, pero con una mirada ácida. El actor guapo y maduro es guapo, maduro y va más allá de sus clichés, que suelen ser profundos y aquí son profundamente livianos. Y la actriz guapa es maravillosa porque, enseñando todo, todo lo esconde. Pero eso no lo descubrimos una vez sino ciento, una y otra vez. Pero como los espectadores tendemos a caer presos en el pacto de ficción, no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde.

La película es muchas cosas. Por ejemplo, un accidente. Por ejemplo, un parque y un edificio misterioso al que nunca se entra. Por ejemplo, unas inscripciones con nombres de personas. Por ejemplo, primeros planos. Por ejemplo, ese andar entre la multitud en varias ocasiones, unas para distinguirse, otras para perderse. Por ejemplo, traiciones. Por ejemplo, encuentros. Sensaciones y frustraciones, por ejemplo.

Y una canción. Una canción que, en su dulzura, nos descubre cómo transcurre nuestra vida. Una historia demasiado corta sin héroes en el cielo. Una canción con los ojos fijos que no ven, con la brisa y el agua fría. Una canción que, desde el odio, rescata el amor con su armonía. Y, en el final más triste, rescata una esperanza que, como todas las esperanzas, es posible pero poco probable.

Total, que de esta película quería hablaros. Ya sé que lo he hecho mal. Ahora ya es casi imposible hacerlo así. Sin filtros.

La imagen es de Max Elman.

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Nos conocimos en 2004. Por razones que solo cabe citar aquí de manera resumida. Ingresé en el hospital con un cuadro de hepatitis tóxica por medicamentos. Después de las primeras pruebas, él fue el primer médico que me atendió. Me sorprendió por su eficacia, su profesionalidad y por su amabilidad. Fue sincero desde el principio: la cosa no pintaba bien. Lo dijo de manera delicada y pausada, con el tacto especial que distingue a las personas de bien. Yo reaccioné con calma. Respiré hondo y le dije que quería que todas las noticias sobre la evolución de la enfermedad me las comunicase directamente a mí y que no le dijese nada a mi familia, que prefería filtrarles la información y dosificarla en la medida de lo posible.

A medida que pasaban los días, todo se complicaba un poco más. Los niveles de bilirrubina eran alarmantes. No me dolía nada, pero me encontraba enormemente cansado y, cuando me miraba al espejo, me encontraba a una persona totalmente amarilla (ni siquiera el blanco de los ojos se libraba de esa pigmentación que acabó casi por convertirse en naranja). Y, con la bilirrubina por las nubes, llegaron los picores por todo el cuerpo. Unos picores horrorosos porque no procedían de la superficie de la piel, sino de algo más profundo e incontrolable.

No se podía hacer mucho más que esperar. Me controlaban con análisis, me ponían unas inyecciones de vitamina K que no se las deseo ni a mi mejor enemigo e intentaban calmarme esos picores con medicamentos que no perjudicasen mi hígado. A todo esto, él llegaba todos los días con una sonrisa. Entraba, me pedía que me acercase a la ventana, me controlaba no sé qué en las palmas de las manos y me daba una información muy ligera y breve sobre la enfermedad.

El picor era tan horroroso que prácticamente no me dejaba dormir, así que me dio licencia para que pudiese pasear por los pasillos del hospital por la noche (caminar aliviaba un poco el sufrimiento). En una noche que él estaba de guardia, coincidimos cerca de una sala y me dijo que entrase para charlar un poco. Con cara seria y voz enternecedora, me dijo qué tal estaba. Bien, le dije. De ánimo me refiero, dijo. Vaya. Me volvió a sonreír. ¿Qué se puede hacer? Nada, me dijo. Solo esperar. Y, entonces, yo le pregunté que cuándo podría estar curado. Le pedí detalles y él me fue contando toda una serie de posibilidades, desde la mala-mala hasta la buena, que requeriría, en todo caso, un poco de suerte. Le agradecí esa necesidad sincera, que me llegaba no tanto a la cabeza como al corazón. Él notaba que necesitaba comprender, enfrentarme a la verdad y lo explicó de manera sencilla.

A partir de entonces, repetimos esas charlas nocturnas en alguna ocasión más. Seguía contándome cómo marchaba todo, pero también me iba hablando de otras cosas, se interesaba por cosas de mi vida y, al acabar, me cogía un brazo, lo apretaba un poco y acababa con una palmada en la espalda. Era todo lo que necesitaba para volver a la cama e intentar conciliar el sueño y encontrar la esperanza.

Un día, cuando casi llevaba un mes ingresado, entró con una sonrisa diferente. Los niveles de bilirrubina habían bajado por primera vez. No era algo definitivo, porque seguían superando todos los límites imaginables, pero era un posible comienzo. En otra conversación (en esa ocasión fue vespertina), me habló de nuevo de todo lo que cabía esperar, pero con mucho más optimismo. Tengo que resumir el desenlace: todo acabó con el mejor desenlace posible. 

Aunque no totalmente recuperado, decidió darme el alta. Necesitaba comer, coger peso y fuerzas, respirar, salir de ese círculo cerrado. Volvió a esbozar esa sonrisa contenida. Me agarró de nuevo el brazo y, en este caso, me dio la mano. Y me dijo: “Voy a echar de menos esas conversaciones que teníamos”.

Hace unos años, me enteré de que mi médico estaba enfermo. Y, el otro día, me dijeron que había fallecido. No pude evitar sentir una enorme lástima mezclada por un recuerdo agradecido del médico que, con su sinceridad y buen tacto, supo mantenerme conectado a la vez con la realidad y la esperanza. Se llamaba Federico Sáez-Royuela. Y creo que se merece este recuerdo y otros muchos más. Gracias, Federico.

Imagen de Georges Dowle.

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El otro día escuché algo que me dejó confundido: en una conversación que no hace ahora al caso, un antiguo alumno me habló de las universidades divertidas. Decía que había universidades (y ciudades) que se lo montaban muy bien y que los alumnos se lo pasaban allí de fábula. Y que, claro está, los alumnos acababan marchándose a esas universidades (y ciudades) porque prefieren pasárselo bien. A mí, en ese momento de estupefacción, no se me ocurrió nada para contestarle. Lo tenía tan claro y la división entre universidades divertidas y aburridas era tan diáfana que poco podía decir yo para convencerle de lo contrario. Reconozco que, durante unos días, le he estado dando vueltas al concepto de universidad divertida.

Cuando yo decidí iniciar los estudios universitarios, la cuestión de divertido y aburrido no se me puso nunca a tiro. Empezar la carrera en Burgos era lo único que podía hacer por cuestiones económicas y, cuando tuve opción de elegir para acabar la carrera, tampoco llegué a contemplar la posibilidad de la diversión y el aburrimiento. Elegí Valladolid porque era un buen sitio para estudiar, no me pillaba lejos y otras consideraciones que no cabe pormenorizar allí. Y cuando tuve que elegir una universidad para finalizar mi etapa de posgrado, elegí la Autónoma de Madrid porque me parecía la más adecuada y conveniente.

Me parece auténticamente preocupante utilizar el divertido como criterio para elegir una universidad. Entre las muchas razones que se me pueden ocurrir para elegir para cursar un grado o un máster, la diversión no estaría, desde luego, entre las primeras. A cualquiera con dos dedos (incluso dedo y medio) de frente se le ocurren otros mucho mejores. Los amigos de las universidades divertidas pensarán, por un lado, que soy un carca y, por otro, que soy parte interesada (y aburrida) de una universidad (no divertida). Pero creo que no. Si me preguntan si durante el período universitario es bueno pasárselo bien, diré sin dudar que, por supuesto, hay que pasárselo fenomenal. Puede que alguien prefiera o necesite una abnegación total y una inmersión en los libros y en el ordenador que no le deje ni un momento libre, pero la mayoría de los estudiantes se lo pasan bien durante su período universitario por muchísimas razones. Pero pasárselo bien durante el período universitario y elegir una universidad concreta para pasárselo bien hay un mundo (o dos, o tres).

Me temo que todos aquellos que son amigos del adjetivo divertida para calificar a una universidad tienen varias cosas en mente, pero la excelencia no debe estar entre ellas. A una universidad se acude para estudiar, para aprender, para prepararse académicamente. También, por supuesto, para desarrollarse personalmente, para involucrarse, para hacer amigos, para integrarse y para hacer cosas junto a otras personas en la teoría. en la práctica. Y, dentro de esta última enumeración, no solo queda englobado el divertirse, sino algo mucho más amplio que acoge el divertirse sin ceñirse exclusivamente a ello.

Por supuesto, en cualquier institución educativa el alumnado es lo más importante y se tiene que velar para que se consigan todas las cosas dichas en el párrafo anterior, pero siempre priorizando desde el sentido común. A algunas personas que hablan de las universidades divertidas jamás les he escuchado sacar a colación un tema académico que no sea una queja por las calificaciones o cuestiones similares. Jamás de la altura (o bajura) de nivel de un profesor, jamás de asignaturas apasionantes e imprescindibles en un grado, nunca de maneras de aprender más y de forma más eficaz (que no sean aprobar por la vía rápida, claro).

Temo pensar lo que puede ocurrir de aquí a unos años. Los campus universitarios, si esto se extiende, pueden llegar a convertirse en campamentos de otoño-invierno-primavera donde los estudiantes se lo pasen chachi piruli, enlazando fiesta tras fiesta y con miles de actividades con las que estén entretenidos. Espero que, por encima de todo, nunca un alumno, una familia, un compañero utilicen este criterio para anteponerlo a todo lo demás.

Procuremos divertirnos todos con lo que hacemos, sea enseñar o aprender —sin olvidar que los que enseñamos nunca terminamos de aprender—. Invito al mundo mundial a divertirse y a vivir en felicidad extática, si esto existe o puede conseguirse alguna vez y de alguna manera. Pero nunca olvidemos que no hay universidades divertidas. La universidad, todos los sabemos, es una cosa muy seria. O, al menos, debería serlo.

Imagen de Sidney Wired.

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Todo el mundo conoce las vacaciones de los profesores. Si hablamos, en concreto, de los profesores universitarios, creo que pueden resumirse así de la manera que sigue:

Aunque hay clase en mayo, casi no cuenta porque la mayor parte de nosotros no aparecemos por clase, así que puede contarse como un mes. Junio es mes de exámenes y evaluaciones. Como todos intentamos aprobar a todo el mundo o suspender a todo bicho viviente para no molestarnos en corregir, ya podemos contar otro mes. Eso de que haya reuniones y más reuniones tampoco puede contarse, por supuesto, porque las reuniones de los profesores son interminables cafés (con leche) más pincho de tortilla o montadito de jamón en la cafetería. Van dos. En julio no hay nada que hacer más que reflexionar sobre lo bien que nos lo hemos pasado ya en los dos meses anteriores. Si queremos ajustar materias y planificar con otros compañeros, eso se resume en la cafetería de la que hemos hablado antes. Tampoco hay que tener en cuenta las comisiones de selección de plazas. Como todo es endogamia y cachondeo, decidimos todo nada más empezar y luego nos pasamos las cuatro horas siguientes jugando al parchís. Sumamos ya tres meses. Agosto es nuestro mes oficial de vacaciones, en el que todos nosotros nos juntamos en un resort de lujo de un país remoto a cuenta de nuestra insigne institución. Recibimos correos y correos sobre asuntos académicos, a veces también sobre aspectos administrativos, pero nos los pasamos por el forro porque están llenos de emoticonos. Como nos aburrimos tanto, en algunas ocasiones aparecemos por nuestra facultad hacia el día veintitantos para cachondearnos de todos los curritos que vemos en el camino o para intentar disimular nuestra vida de opulencia de cara a nuestros amigos. ¿Cuántos van? Cuatro, creo. Tradicionalmente, se ha dicho que en la universidad no se empieza hasta el día del Pilar, así que poco importa que las clases del semestre empiecen el día 5 de septiembre. Simplemente, no vamos. Les mandamos un vídeo a todos los alumnos por correo electrónico o les enviamos la dirección de nuestra cuenta de Instagram para que sepan por experiencia ajena lo que es el paraíso. Decíamos que el día del Pilar es a mediados de octubre, pero no tenemos en cuenta la clase de presentación, que suele durar quince días y consiste en un “Hola, pardillos, buenos días. Voy a ser vuestro profesor de la asignatura. Si queréis saber algo más, lo miráis en la guía docente. Nos vemos el día 1 de noviembre. Ah, no, que es fiesta. Pues el día 2. Ah, no, que ya es fin de semana. Bueno, empezamos el 7 de noviembre, para que no haya dudas”. Sumamos y sumamos, y nos salen seis meses. Y eso solo para las vacaciones de verano.

Abro un nuevo párrafo porque me estoy cansando de tanto hablar de descansar. Claro, esas son las vacaciones, pero hay más. El mes de diciembre no cuenta porque acaba el semestre y son las navidades… un mes más. Y luego sumas que si Semana Santa, que si el día del libro, que si el día de la comunidad autónoma, que si el día de San Jordi, que si regalas un libro y una flor y tenemos otro. Van ocho. Luego están todas las fiestas que tiene todo el mundo, pero nosotros también. Como las disfrutamos el doble, sumemos otro mes.

El cómputo total para un año son nueve meses de vacaciones. Y eso que contamos tres meses en los que vamos al trabajo, pero, como todo el mundo sabe, no trabajamos y todo se resume en una rascada continua de nuestras partes bajas.

Por todo lo anterior, aconsejo a mis ocupados lectores que se dediquen en cuerpo y alma a intentar entrar en la universidad. ¡Ah, no, que es un coto cerrado, en plan club de millonarios! Pues os jodéis. Ya estamos nosotros para contaros lo que es la buena vida. Que os vaya bien en vuestra mísera y ocupada existencia.

Firma la presente un ocioso convencido y permanente.

La imagen es de Enrique López.

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Quizás la memoria me falle, pero, casi con toda probabilidad, no había estado tanto tiempo sin escribir en VerbaVolant, más de dos meses. No por falta de ganas, no por falta de tiempo. La razón principal radica en que no he querido escribir mientras pensaba en cosas para escribir. Sigo dándole vueltas a dos proyectos largos de escritura y a un bonito encargo que tengo que acabar próximamente y no me ha parecido bien sacar la navaja de Ockham a pasear —por aquello del Pluralitas non est ponenda sine necessitate—. Y a eso se sumaban varias necesidades de escritura académica a las que hay que dar salida próximamente.

Me he pasado gran parte del verano mirando, observando, apuntando frases e ideas. Intentando destapar razones y buscando conexiones. El cuaderno de campo del entomólogo que hace sus dibujos y realiza anotaciones rápidas que luego cobrarán otra forma y una dimensión mayor. Me lo paso bien contemplando la vida pasar e intentado destapar el ordenado caos que es el orden de nuestra existencia.

No escribo porque no escribo, lo que significa que escribo sin escribir o que, sin escribir, existo. Y ahora que vengan Heráclito y Parménides y nos lo expliquen.

Imagen de Nukamari.

 

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Reconozco que vericuetos es una de mis palabras favoritas. Pocas veces el significado y la forma de una palabra han plasmado todos esos recovecos —otra palabra genial— de forma tan sublime.

La definición de vericueto se mantiene en los diccionarios de la RAE desde el Diccionario de Autoridades en 1739 hasta la actualidad: ” Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad”. Respecto a los vericuetos como palabra, me gustaría reseñar dos cosas: la primera, que el mundo es tan complicado, tan inaccesible o tan encrespado que es una palabra que siempre he visto utilizada en plural. No existe vericueto, porque sería algo único y excepcional, sino que existen los vericuetos. No constantes, pero frecuentes. La segunda, que puede que la acepción de los vericuetos tenga connotaciones negativas (esos áspero, quebrado y dificultad que aparecen en la definición), pero, para mí, los vericuetos tienen algo de reto, de requiebro excepcional, de elevación de lo extraño a categoría de desafío.

El vericueto, obviamente, no es un solamente un lugar, sino también una forma de ser y un estado del alma. Escribí hace ya muchos años una entrada en la que hablaba de Artabán, mi rey mago favorito, que no llegó a Belén porque se perdió por el camino, probablemente embelesado por el proceso y los vericuetos y no por la meta fijada por las estrellas. Y esto pasa constantemente en nuestras vidas, en las que algunos nos negamos a la línea pautada, a la senda fija, y preferimos los meandros —otra gran palabra— que suponen poner al devenir por encima del estar y del ser.

Y todo esto venía a cuento de una anécdota personal sobre vericuetos y a unos vericuetos mostrados en forma de canciones. Pero me temo que, de eso, hablaremos otro día. A veces, es bueno perderse en las palabras. Con las palabras.

 

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