— Verba Volant

Un mono.

Dos camisetas.

Un jersey.

Una camisa.

Un calzoncillo.

Dos fundas de almohada.

Una correa.

Una toalla.

Una servilleta.

Dos pañuelos.

Un par de calcetines.

Una manta,

Una cazuela.

Un bote.

Según sus carceleros, estas eran las pertenencias de Miguel Hernández cuando murió en la cárcel de Alicante un 28 de marzo de 1942 a los 31 años. Murió con todo el sufrimiento y la injusticia. Menos mal que nos dejó tantos textos llenos de belleza como para pensar que, en este mundo perverso, hay personas que permanecen entre nosotros con brillos interminables.

Imagen de Vic.

 

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Iba a hablar de maravillas y excelencias, de esperanzas y consuelos, de las fuerzas para permanecer. De sonrisas, de manos tendidas, de suertes y fortunas. Del todo sin división en partes. De no saber cómo ni por qué.

Iba a hablar de luz, de sentimientos a ras de piel y resquicios hasta el tuétano tuétano. De palabras, truenos, sonidos y abrazos. De sueños con los ojos abiertos de par en par. De rostros, voces, rotos, descosidos. De sentidos.

Iba a hablar de ángeles sin demonios, de plumas y bichos raros, de lugares a los que no perteneces. De controles, de cuerpos y de almas. De personas especiales, singulares e irrepetibles.

Iba a contar historias de locuras sencillas, de trazos curvos inmensamente rectos, de fuegos y temblores, de días sin sus noches respectivas. De calles, ríos y canciones.

Iba a contar esas historias hasta que me quedé en silencio, mecido entre los destellos de un susurro.

 

 

 

 

 

 

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Es todo maravilloso. La fortuna de encontrar en un bolsillo un billete resistente a diez lavados. Es maravilloso todo. La prisa de estar en calma, el camino interminable lleno de guijarros confusos. El punto sobre la i, los puntos suspensivos, el punto y coma, el punto y seguido. Todo maravilloso, en todas sus dimensiones. Salir corriendo por la puerta equivocada. Llorar pensando en las nubes cuando son demasiado blandas. Perseguir el miedo cuando juega contigo a las cuatro esquinas. Fantástico que el aire huela a caramelo de fresa y nata. Fantástico y fantasioso comer a deshora y entre horas. Vivir entre sueños complicados. Perseguir los quiebros de la línea recta, la severidad del ángulo obtuso, los perfiles de las montañas cuando la nieve empieza a derretirse. Perderse en el pasillo de los chocolates en el hipermercado. Fantástico y maravilloso temblar y cantar cuando los ríos llevan agua.

Imagen de Bernie Durfee.

 

 

 

 

 

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(Esta entrada cita una frase de la serie de Juego de Tronos, pero no desvela nada del contenido del capítulo ni de la trama de la misma).

En el séptimo capítulo de la séptima temporada de Juego de Tronos –parece esto una maldición bíblica o, más probablemente una evocación al simbolismo de los números–, aparece en dos ocasiones muy diferentes esta frase, dicha por dos personas distintas: “A veces, cuando intento comprender los motivos de una persona, juego a una cosa: me pongo en lo peor”.

Confieso que había intentado jugar alguna vez a esto, pero algo inconsciente, sin conocer las reglas ni el mecanismo del juego de las tramas y las personas. Ahora que comienza este nuevo curso, siempre se empiezan con ganas nuevas y resabios viejos. Y he pensado sobre esa frase e intentado comprender la mala baba de algunas personas que siempre están vomitando críticas sobre los demás. En ese intento de comprensión, la frase de Juego de Tronos me ha sido muy útil: es incomprensible entender a los que critican siempre a casi todos si no se pone en lo peor. La tarea de descifrar “lo peor” es difícil, pero es terapéutico comprender las causas aunque nos quedemos indefensos ante los efectos.

Ponerse en lo peor puede suponer estar equivocado, pero también estar cerca de la verdad. Y he recordado una investigación de Dustin Wood, Peter D. Harms y Siimini Vazire, “Perceiver Efects as Projective Test: What Your Perceptions of Other Say about You”, en la que se correlaciona la manera de ver a los demás con la felicidad y estabilidad emocional de uno mismo. En suma, la manera de describir a los demás es un signo de cómo nos percibimos nosotros. Si uno tiende a describir a los demás en términos positivos, parece que somos más estables y felices. Si, por le contrario, nos gusta describir a los demás siempre de forma negativa, parece que somos más narcisistas y antisociales. La conclusión de todo esto, desde el lado de “ponerse en lo peor”, es que las críticas sistemáticas hacia los demás no siempre suponen una certeza sobre el criticado, sino sobre la infelicidad, frustración, neurosis u otros trastornos de la personalidad en el que tiende a poner a todo el mundo que le rodea a caldo.

Ahora que me pongo en lo peor, quizás esté entendiendo el proceder de algunos que no dejan títere con cabeza. Por supuesto, ellos son inmaculados en todas sus dimensiones, pero todos los que trabajan a su alrededor parece que no están a la altura. O eso es lo que piensan ellos. De ellos

Referencias:

Wood, Dustin; Harms, Peter D.; and Vazire, Simine, “Perceiver Effects as Projective Tests: What Your Perceptions of Others Say about You” (2010). Management Department Faculty Publications. 78.
http://digitalcommons.unl.edu/managementfacpub/78.

Imagen de Andrés Nieto Porras.

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Me acuerdo de un verano, hace mucho, tendría yo veinte años, en el verano francés en Angles, cerca de La Roche-sur-Yon, cuando la alergia me impedía dormir y, en ese cuarto prestado, tenía a mano todos los libros de Astérix y de Tintín. Recuerdo el sirope añadido al agua de la comida, las tardes de petanca en la plaza del pueblo, la impresión de empezar entendiendo poco de una lengua que, con el paso del tiempo, hablaría regular y con un extraño acento rural. Me acuerdo de un cuenco lleno de rábanos en ensalada, de una bandeja repleta de ancas de rana, de unas sartenes con resquicios que luego serían expuestas a las lenguas de los gatos. Recuerdo los viajes en bicicleta a través de los campos, del Puy de Fou, de los paseos en barca por la Venise Verte. Recuerdo la cerveza con limón, las conversaciones con el abuelo sobre la Segunda Guerra Mundial, la ocupación de los franceses y un vecino alemán del que todo el pueblo sospechaba un pasado avieso y un presente demasiado silencioso. Me acuerdo de las mañanas en las que escribía versos en español, casi siempre romances ávidos de luminosidad. Los tendré guardados, casi seguro, pero no sé dónde estarán. Y recuerdo también poemas escritos en un francés breve, llenos de incompetencia, lacónicos y plagados de sustantivos. Si hay suerte, cayeron alguna vez en el cubo de la basura.

Me acuerdo de casi todo no acordándome de nada. De noches de discoteca cuando estaba de moda salpimentar las canciones inglesas con alguna palabra en español. De  una visita a una farmacia inmaculadamente limpia y de unas pastillas para la garganta. De unas sobremesas que cada vez eran más largas, sobre todo cuando el padre, cargado de amabilidad, llegaba cansado de sus quehaceres en el campo. Del horroroso concurso televisivo Intervilles, de la mala suerte de tener a Claude como pésimo coetáneo, de la costumbre familiar de no lavar los vasos y guardarlos en el frigorífico.

Recuerdo hoy ese verano francés y todavía no sé por qué.

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Mezclar la bruma de tus caderas con la luz, agitar las soledades que se citan en todos los rincones de la imaginación. Son abismos de ingenuidad disueltos en locura, temblores de ojos cerrados cosidos con retales de incertidumbre.

Cien versos llevan hacia ti y ninguno te define en tu intimidad, de la piel hasta los huesos pasando por cada vena. Un mástil y dos velas construida por las palabras. Una lucha por el equilibrio entre un mar incierto. Una música que te calma, que te subleva, que te agita, que te hace beber cada nota hasta la últimas consecuencias.

Un paseo corto hasta el aguacero, una carrera por la vida hasta que se aniquile el ocaso. Un momento de momentos. La joya vendida en la trastienda. Cuello y piel y sonrisa.

Todo va y viene. El dolor del nombre cuando no es el mío. La herida que sana entre todos los dolores.  El deseo de quererlo todo menos la pena, menos la lágrima, menos el frío que quiebre el corazón. Y correr hasta caminar despacio perdiendo el control.

(Imagen de Giannis Angelakis).

 

 

 

 

 

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La música de nuestras vidas. No es la música tuya, ni la mía. Es una sintonía vital colectiva y azarosa, que escucho porque la escuchas tú, porque aparece sin más, que suena en un momento y que te acompaña siempre.

Es la música que suena cuando bailas, cuando besas. O la que escuchas mientras tomas un pincho de tortilla. O la que escuchas en la radio. O la del vídeo cuando está la televisión encendida y destella en la MTV. O la de la película que tanto te gustaba.

La música de nuestras vidas no la escogemos. Tampoco es la que más nos gusta. Ni la que escuchamos con más frecuencia. Es la que está agazapada y te estrangula con un recuerdo, la que te devuelve un momento de alegría intensa, inmensa, la que sonaba tras un adiós estrepitoso.

Es una música hecha en un presente y que sonará también en el futuro, pero de la que solo somos conscientes cuando nos evoca un pasado.

Es la música de nuestras vidas. La que nos elige para siempre. La que suena, a veces, dentro de nuestro corazón.

Imagen de Cees Wouda.

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La banda sonora de una película muda y las mechas de un pelo ya demasiado largo. Los sonidos de la actualidad más intempestiva y la búsqueda infinita en un bolso demasiado grande. Las flechas de un cupido en el que el amor linda ya en el personaje. Los delirios de un calor insoportable y las pesadillas del que dice necesitar ocho horas de sueño sin evidencia científica demostrable. Los avances en las teorías sobre la pigmentación de los pellejos y los beneficios y perjuicios de las cremas que los protegen. El sentido del sinsentido y la disputa eterna entre campo y playa. Y un raro alivio cuando unas ondas de aire frío dejan respirar a nuestros cuerpos en estos días insufribles de un verano que solo empieza.

imagen de Linelle Photography.

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El perfil. Disfrutar con lo que se ve pero sin renunciar a conocer lo que se adivina. El perfil es todo y parte, matiz de sugerencias, paleta de muestra de unos colores que se completan en la imaginación. Es la silueta, una perspectiva, aquellas líneas sonrosadas que se volvieron, poco a poco, más oscuras. Digamos que es la cara porque existe el envés, lo visible porque existe algo más allá. Un gesto que se completará, una sonrisa que devuelve una comisura. Agradable. Suave.

El perfil, en medias tintas. El perfil, con todos los ambages para redondear el ovalo. Así, el perfil.

imagen de Hernán Piñera.

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Pilar es una compañera con la que he trabajado intensamente durante seis años. Ahora se jubila y va a dejar entre nosotros un vacío enorme. Digo que Pilar se jubila y a todos nos va a costar asumirlo. No solo por su inmensa capacidad de trabajo, no solo por su eficacia, sino –sobre todo y ante todo– por sus ideas y sus iniciativas, por su ilusión y generosidad.

Yo no sé qué hubiese sido de mí sin tener a Pilar al lado. Estaba siempre dispuesta a echar una mano, a solucionar los problemas y que no se fuesen amontonando. A poner una buena dosis de cordura a lo más volátil y una gran dosis de fantasía a los asuntos más pegados a la obligación y a la rutina. Pilar apaciguaba los ánimos cuando era necesario y es una persona cabal que, cuando da una opinión  sabes que hay que tenerla en cuenta.

Pilar no solo es una compañera, sino una amiga. Se ha ido haciendo querer desde el principio. Tenía un carácter calmado cuando yo estaba nervioso y poseía el nervio que a mí me hacía falta cuando estaba demasiado relajado. En suma, el complemento perfecto.

El otro día entraba en su despacho. Todavía se veían por allí algunas de sus cosas, pero ella ya no lo llenaba con su presencia. Y, en ese momento, me di cuenta de que todos íbamos a estar un poco más solos. Ahora a Pilar le toca disfrutar de la vida en muchas otras dimensiones. Estoy seguro de que escuchará música a todas horas y acudirá a todas las representaciones de ópera que pueda. Pero estoy seguro –también– de que Pilar siempre va a tener una chispa especial en la mirada cuando piense en nuestra querida Universidad de Burgos. Y esa chispa es la que tenemos todos que recordar cuando tengamos alguna duda, algún problema, alguna inquietud. Mil gracias, Pilar. Mil gracias.

Imagen de Fougerouse Arnaud.

 

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