— Verba Volant

Es una foto de un torso masculino. Para ser exactos, no solamente un torso, puesto que el encuadre llega hasta la boca. Es un cuerpo fibroso, en el que se adivinan todos los músculos (llaman la atención los hombros, los pectorales y los músculos abdominales). Sin embargo, los auténticos protagonistas son los brazos, que aparecen retratados en su envés muy cerca del cuerpo, a escasos centímetros, en un momento de máxima tensión. Esta tensión se despliega desde abajo, con unos puños cerrados que se diría que están haciendo mella en las palmas de las manos, hasta cada centímetro de su recorrido, dibujado por todas las venas y arterias que podría mostrar el más detallado manual de anatomía. Todo este aparato circulatorio esta marcado de forma exagerada, desmesurada y desbordante. Cuando se aprecia con más atención la fotografía, se ve que el recorrido de las venas se vislumbra también en los hombros (no tanto, sin embargo, en el cuello, en el que restalla, eso sí, el esternocleidomastoideo).

La imagen desvela tensión, es indudable, pero la boca nos desvela algún detalle adicional en ese cuerpo acostumbrado al deporte o al gimnasio (en todo caso, al ejercicio extremo). Y ahí radica el auténtico valor de la fotografía. Es un cuerpo que refleja, más allá de la tirantez y la presión, un inusitado sufrimiento que no está justificado tanto en el cuerpo como en el temperamento o en el carácter.

(Esta entrada pertenece a la serie Catálogo de fotos que no existen. Por su propia esencia, no va acompañada de ninguna imagen.)

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Canta en mi esquina una canción tierna, aleja todos mis demonios de una tarde inhóspita de verano. Invita a romper todas las reglas y todos los géneros literarios, como si la vida fuese maravillosa y la temperatura fuese la de siempre a estas horas, unos veintiocho grados soportables a la sombra. Con un buen libro entre las manos y la mirada que permanece enmarcada en unas vistas que no permiten vislumbrar el horizonte.

La cantante posee una voz triste y piadosa, como si la vida fuese estupenda y cabalgásemos por la vida y por las olas y por los terrenos irregulares. Como si fuésemos los únicos seres con sangre efervescente, como si fuésemos los únicos en tener la porción más esponjosa del mejor pastel.

Las aguas claras del vaso encima de la mesa se ondulan con el movimiento de las teclas y la venda de los ojos y la melodía fuertemente percudida alude a sociedades secretas, a manos temblorosas, a noches y a tardes y a días y a manos de plata con dientes como dagas.

Los sonidos se copan de flores y voluntades, expresan la sensación y la dificultad de vivir con nosotros mismos, reacios a descansar, proclives a cegarse en la locura y calentar el océano llegando a cada vuelco de la espuma.

La estrofa habla de cantidades de caricias dibujadas en la punta de los dedos y del poder sanador de las caricias, de las cadenas de abrazos y las palabras susurradas. De apoyarse en las paredes llenas de arrugas para entonar las mejores melodías. De las ventanas y de las brisas y del aire y de las ganzúas que abren las puertas de cada secreto.

Las fuentes afloran en todos los desiertos. Y la armónica suena detrás de la guitarra e invita a cancelar todas las citas, príncipes insolentes de toda nuestra maldita felicidad.

Imagen de Natasha Wheatland.

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Estaban sentados en una terraza, en un bar que se encontraba en mitad del paseo de la bahía. Los dos, un hombre y una mujer, en paralelo, mirando al mar. Tenían los pies apoyados en una especie de cajón acolchado y, entre medias, una mesita sostenía dos vasos con cerveza, un bloque de servilletas y un bol con frutos secos variados. Unas flores distribuidas de forma perfecta en jardineras desprendían un agradable olor que, mezclado con la brisa del mar, aportaba un clima de extraña armonía para los sentidos. La pareja alterna la mirada al infinito con alguna sonrisa cómplice. Parecen enfrascados en una conversación sobre lo divino y lo cotidiano, hablando de esas cosas importantes que solo aparecen en los momentos aparentemente triviales. La mujer alza un poco el cuello y dice algo de un barco que va atravesando la bahía. Él dirige su mirada a ese infinito cercano para contemplar el instante sin que se les escape nada.

Siguen charlando de sus cosas en una conversación pausada y animada al mismo tiempo. La mujer, al cabo de un rato, extiende su mano izquierda, muy cerca del brazo de su compañero. El hombre se inclina hacia la mesa para coger el surtido de frutos secos y hace un ademán de servir unos pocos en la mano de la mujer. Ella cierra la mano y, riendo, dice: «No quiero frutos secos, quiero que me des la mano. Tonto.»

Imagen de Pablo.

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Estaban ayer encendidas las redes por un titular que apareció en varios periódicos, como este de El País: «Uno de cada ocho hombres cree que podría ganar al tenis a Serena Williams» o este de Público: «Uno de cada ocho hombres cree que ganaría a la leyenda del tenis Serena Williams». Ambas noticias se recrean en la denuncia del machismo en el deporte poniendo el grito en el cielo basándose en un dato procedente de una encuesta realizada por YouGov.

Ambos titulares, claro está, son escandalosos. ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que puede vencer a esta magnífica deportista, poseedora de más títulos de Grand Slam que Roger Federer. Creo que ni siquiera al machito más triunfalista se le puede pasar por la cabeza, a no ser que sea jugador profesional de tenis y esté relativamente bien situado el el ranking. Como creo que esa no es la situación de ninguna de las 1 732 personas a las que se les planteó esta cuestión, pienso que es preciso desentrañar este misterio de tintes prepotentes y supremacistas en el que un 12 % de hombres (y un 3 % de mujeres) piensan que pueden ganar a la campeona estadounidense.

Y el misterio, que se prolonga durante la noticia de Público, no dura ni medio segundo en el interior de la noticia de El País. Porque la pregunta que se les planteaba a este buen número de británicos era «Could you win a point off Serena Williams?», es decir, «¿Podrías ganar un punto a Serena Williams?». Las respuestas se desmenuzan y segregan según ideología política, género, región, edad o nivel de estudios. Los resultados, a mi juicio, revelan varias cosas. Una, que un 12 % no tiene ni idea y, por lo tanto, no entra en juego. Y, acudiendo al género, sorprende la diferencia entre las respuestas de hombres y mujeres. En el que las mujeres son, desde luego, más prudentes o menos prepotentes.

Pero la miga está en hacer de esta respuesta un canto contra el machismo imperante. Se es machista contra Serena Williams de forma tristemente frecuente y desde ángulos muy distintos, pero creo que no es el caso de la pregunta de marras. Porque hablamos de un punto. Me hubiese gustado que la pregunta se hubiese planteado respecto a un tenista masculino de primer nivel como Djokovic, Nadal o Federer. Probablemente, hubiese habido más de un flipado que afirmase que era capaz de ganar un punto a estos tenistas, pero nadie con las funciones mentales estables y bien conservadas se atrevería a afirmar que es capaz de ganar un partido ni a Serena ni a ningún tenista de nivel, ni masculino ni femenino. Pero un punto, en un partido de tenis, puede provenir de una devolución demasiado fuerte, un deseo de adornarse intentando poner la pelota en la misma línea o dar a la bola con un efecto endiablado cuyas revoluciones se quedan en el lado de la red que no tocaba.

También se olvida que la encuesta en cuestión, de manera general, es tonta a más no poder. Se compone de otras dos preguntas, además de la de Serena: «¿Alguna vez te has inventado una excusa para evitar ir a una despedida de soltero?» o «¿Piensas que luces más vestido o desnudo?». O, lo que es lo mismo, que no es el colmo de preguntas dignas de un sesudo estudio sociológico, vamos.

El problema es que nos dejamos llevar —nos ocurre a todos— por un titular, alguien lo pone en un tuit sin haber leído la noticia y, por lo tanto, sin haberla digerido, y un conjunto de comentaristas de tecla fácil realizan juicios sobre lo que no existe. Seguimos en el mundo de la caverna, querido Platón. Todo son creencias y conjeturas.

Imagen de Chris Pelliccione.

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Siempre que me han preguntado —y me he preguntado— cuál es el primer recuerdo que tengo de pequeño, me han venido a la mente dos. Uno, muy íntimo y que nunca digo, es cómo jugaba en la casa de mi infancia en un largo pasillo, arrastrándome primero y corriendo a trompicones después. El segundo, que es el que manifiesto en voy alta, es el del día que el ser humano llegó a la Luna. El hecho en sí lo apoyo, además, con unas palabras de mi padre, que me dijo mientras veíamos la televisión: «Fíjate bien, Raúl, que este es un día que vas a recordar para siempre».

El acontecimiento, en sí, es tan importante y el recuerdo emotivo tan fuerte que siempre me ha parecido digno de mención. Siempre me he sentido, pues, muy orgulloso de que el ser humano llegase a la luna y yo estuviese allí para guardarlo como el primer recuerdo de mi existencia en este mundo, que ya se prolongaba hacia el Universo.

Sin embargo, creo que ha llegado el día de reconocer que mis recuerdos no son tales.

En cuanto al primero e íntimo, el del pasillo, porque es totalmente imposible que pueda recordarme a mí mismo reptando por el pasillo. La clave de mi recuerdo se encuentra en una foto, que he rescatado de un álbum familiar, en la que me encuentro exactamente como mi recuerdo: solo, sentado en mitad del pasillo, con un baby pequeño o un babero grande precioso de felpa que me hizo mi madre (ese sí lo recuerdo porque lo he visto mucho más tarde, lo recuperé en su día). En definitiva, el hecho en sí ocurrió y yo solo me he limitado a encajar esa fotografía en la cadena memorística de mi imaginación.

En cuanto al segundo, digno y memorable, tenía yo 1 178 días cuando Neil Armstrong pisó la superficie lunar, lo que supone unos tres años y un poquito que me temo que quizás no sean suficientes para fijar un recuerdo en la memoria. Todo esto aunque vea esas imágenes casi con idolatría y tengan un significado aún más especial para mí. Todo esto aunque reviva las palabras de mi padre para unir todo el amor familiar con ese acontecimiento científico, humano, de primera categoría.

Lo que sí creo a pies juntillas es que yo estuve allí. Creo con fe ciega que mi padre, según me aseguró mil veces, me dijo esas palabras, que acompañan mi vida desde hace tantos años.

En definitiva, la llegada del ser humano a la Luna supuso, para mí, un primer paso como criatura que imagina y recrea, un gran salto para mi humanidad.

(Reflexión muy oportuna hoy, 16 de julio de 2019, día en el que partió la misión Apollo 11 en su viaje hacia la Luna, surgida a partir de la lectura del magnífico libro Nuestra mente nos engaña, de Helena Matute).

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El verano es un momento excelente para leer lo que a uno le da la gana. En el fondo, es algo que hago de forma (im)pertinente en todos los momentos del año, pero la anarquía es el mejor criterio para enfocar esas tardes de piscina después de los entrenamientos y un poco antes del momento de la charla pausada y la cerveza.

Sin embargo, algo distingue mis lecturas de verano. En su mayor parte, son lecturas iniciadas o sostenidas al aire libre, sin paredes opresoras que reconcentran y dirigen la mirada. La lectura se combina con inspiraciones en los dos sentidos del termino y la mirada que se desplaza, según convenga, desde la página hasta el movimiento de todos los que giran alrededor del agua y los rayos del sol.

Aunque también guardo un poco de tiempo y espacio para lecturas profesionales muy gratificantes y que no han de agotarse nunca, los primeros libros que tengo ya en fila son los que comentaré a continuación, no sin antes subrayar que mis lecturas no suelen ser sucesivas sino que, en muchas ocasiones, se superponen y voy cambiando de orientación y de libro y de género según me vaya apeteciendo.

La pasada semana participé en la Universidad de Burgos en un curso de verano en el que tuve la oportunidad de conocer personalmente a muchas personas interesantes. En concreto, de este curso me llevo dos libros a la tumbona: Nuestra mente nos engaña. Sesgos cognitivos que todos cometemos, de Helena Matute (Shackleton Books, 2019, 2.ª ed.) y Del mito al laboratorio. La inspiración de la mitología en la ciencia, de Daniel Torregrosa (Cálamo, 2019, 3.ª ed.).

En poesía, revisitaré, por supuesto, a Ángel González, como siempre. También volveré, una vez más, sobre Pablo García Casado (Fuera de campo. Poesía reunida) y la poesía completa de Benjamín Prado (Acuerdo verbal).

Nunca he sido un lector asiduo de cómics, si exceptuamos a Tintín, Astérix y Mortadelo y Filemón. Una circunstancia fortuita acaecida hace unos meses hizo que leyese unos cuantos cómics o novelas gráficas. Fruto de esa casualidad, estoy con Juego de manos, de Jason Lutes (La Cúpula, 2005).

Un verano no sería tal si no se leyese algo de noir. Y, en este caso, lo que estoy leyendo es Cuervos, de John Connolly (Tusquets, 2013) y me espera impaciente Después de la caída, de Dennis Lehane (Salamandra, 2018).

Como quedé prendado de la Tierra desacostumbrada de Jhumpa Lahiri, estoy ansioso por leer, de esta misma autora, Donde me encuentro (Lumen, 2019).

Y, por último, mi amigo Ignacio Galaz acaba de publicar su segundo volumen de la Literatura universal para lectores curiosos, dedicado a la Edad Media (Cuenta atrás, 2019), así que combinaré mi pasión por ese período literario tan apasionante con el criterio certero y el estilo pausado de Ignacio.

No tendría que decirlo porque es obvio, pero también intentaré, como siempre, volver a reecontrarme con el tiempo, con la memoria y la reminiscencia, lo que no deja ser sinónimo de Marcel Proust.

La imagen es de Transformer18.

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Con días de retraso, hablaré del último libro del reto de siete días en siete libros, pero para eso habrá que esperar hasta el final. Tengo que hablar de más libros, de más cosas.

Hoy he dormido más de ocho horas y el día ha amanecido luminoso. Ayer me desperté a eso de las cuatro y media con la obsesión de que no iba a entrar en el bañador jammer que me había comprado (es un tipo de bañador ajustadísimo —y ajustadísimo es tan literal que se tarda un buen rato en poner, casi centímetro a centímetro—, que llega hasta las rodillas, que comprime los músculos para sacarles el mejor rendimiento y provoca que el agua deslice y ofrezca poca resistencia, dentro de lo posible. Iba a ser el día en el que, por primera vez en mi vida, competiría en un Campeonato de España de natación. Llegamos a Vitoria y, en una piscina preciosa, cumplí uno de los retos que tenía fijados desde los 16 años y del que ya he hablado varias veces. Lo más importante no es que rebajase mi tiempo en el 1500 libres y en los 200 libres, nadados junto a mis compañeros en el relevo 4×200. Fue mucho más gratificante que disfruté muchísimo no solo al finalizar las pruebas, sino durante el tiempo que estaba en la piscina moviendo brazos y piernas. No hay cosa más preciosa que el aire que recoges cuando sacas la cabeza para impulsarte. Un poco más.

Era una manera perfecta de empezar el final de una semana que ha sido criminal, cargada de responsabilidades, llena de trabajos y prácticas. Mientras algunos se acuerdan de las vacaciones de los profesores, yo no logro recordar ni un día de las vacaciones que no haya tenido que sentarme dedicado a mis labores. Volver a la facultad, sin embargo, nunca me resulta traumático: siempre encuentras dificultades, pero también muchos compañeros que te ayudan a superarlas.

Si la piscina me enseña a regular la respiración, a dosificar el aire y a saber mantener un ritmo (¡qué importante es la disciplina, que solamente se logra si se entrena, en el deporte y en la vida!), la ficción me está dando tantos momentos maravillosos que compensan muchos sinsabores.

Iba a hablar del último libro que he leído esta semana (El adversario, de Emmanuel Carrère, que me ha gustado y no me ha gustado a la vez), pero tenía que elegir un libro para acabar con el reto propuesto. Y desfilaban tantos libros como candidatos que a punto he estado de dejar la serie sin un final.

Y me doy cuenta de que no voy a poder de algunos de mis poetas favoritos. Hubiese empezado, sin duda, por Ángel González, mi favorito entre los favoritos. De Góngora, por supuesto. De García Montero y Gil de Biedma, del descubrimiento que me supuso la lectura de Fuera de campo de Pablo García Casado. Y de tantos otros. Y de Cernuda, claro.

Que no figurará Drácula que, es una novela perfecta en todos los sentidos, una obra que siempre está muy por encima de cualquier expectativa. De la conmoción que me supuso la lectura de Frankenstein, en la que no sabía que había ternura, en los sentimientos destilados en las obras de Dickens y de Stevenson, de Twain. Qué injusto resulta resulta saltarse todas esas ficciones. Y las de Galdós y las de Millás, por poner pequeños grandes ejemplos. Me acuerdo ahora del pecado que supone no dedicar unas líneas a las obras de Julio Llamazares.

Me pregunto cómo es posible no hablar de Jardiel Poncela (qué grande como dramaturgo, que deliciosas y desternillantes sus novelas). ¿No dedicaré ni un segundo a las clases en las que llorábamos de risa a las ocho y media de la mañana disfrutando de Miguel Mihura y de los dilemas existenciales del bueno de Augusto?

Hablando de risa, me hubiese parecido indispensable no omitir la novela a la que tengo por más graciosa de todas las que he léido (Terapia, de David Lodge). Hablando de misterio y ficción policíaca, no poder hablar del momento en el que Conan Doyle de Sherlock Holmes se incorporó a mi vida con su obra completa. El disfrute de la crónica hecha literatura en García Márquez o Capote. O esa obra suprema del para mí cada vez más cuestionable Pérez-Reverte que es Territorio Comanche, de la que hablaba Víctor un día. Del día que descubrí a Marta Sanz, de los dos días magníficos que pasé con La invención del amor, de Ovejero. De Rafael Reig y de Miguel Ángel Hernández. Del momento demasiado tardío en el que descubrí a los griegos. Del día que asistí a la representación de El lector por horas. De todas las veces que he redescubierto a Eco en El nombre de la rosa.

Tenía casi decidido que hablaría, como último libro, de Richard Ford, pero luego pensé en Ian McEwan, ese maravilloso Sábado, y lo tuve claro. Luego me acordé de que sería imperdonable no dedicarle ese espacio a la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, que tanto supuso para mí. Me vino a la cabeza todo lo que siento con las narraciones de Auster, de lo que me gusta su manera de contar, y, entre todo lo que me gusta de él, me iba a decidir, definitivamente, por Brooklyn Follies. Con ese final que lo resume todo, dios mío.

Y en esas meditaciones y divagaciones estaba cuando empecé a leer por un rebote del destino a una autora que, de manera imperdonable, desconocía. Cayó en mis manos Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri. Lo empecé sin saber a qué atenerme, fue ganándome como solo lo consiguen las grandes narraciones y lo acabé la semana pasada en la que, para mí, destaca un pasaje esencial:

—Llevan toda la vida en este lugar. Morirán aquí.

—Los envidio por ello —comentó Hema.

—¿De verdad?

—Yo nunca he pertenecido a un lugar de esa manera.

Se refiere a lugares en un libro que trata de personas que nacen en un país y residen en otro, que asimilan parte de algo sin desgajarse de las tradiciones u olvidándose de ellas, de una tierra en la que viven y de la que no proceden, en la que pasan su vida sin un arraigo absoluto. Pero el fragmento, para mí, no se ciñe solamente a territorios geográficos, sino a territorios vitales y existenciales, a mundos personales. Y me conmovió pensar en mí existencia como habitante de esa tierra desacostumbrada que es la vida. Habitante aparente de (casi) un único lugar y con la sensación constante de pertenecer a otros con toda la fuerza que aporta la desubicación, la dislocación. A mí también me da la impresión de que «nunca he pertenecido a un lugar de esa manera».


La imagen es de Marc Surià.

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Como la entrada de ayer fue tan negativa, tenía que quitarme ese sabor amargo con mucho más dulces (y frecuentes) que posee la enseñanza.

Empezar esta entrada con este título no deja de ser una simplificación, puesto que, a lo largo de todos los años que impartí docencia en la Licenciatura de Comunicación Audiovisual primero y luego en el Grado en Comunicación Audiovisual, fueron muchísimos los gallegos que han pasado por mis clases. Y guardo muy buen recuerdo de un buen número de ellos.

Pero, cuando hablo del «comunicador audiovisual que vino de Galicia», me refiero por antonomasia a Luis, uno de los alumnos con los que más he disfrutado en clase. Luis venía a estudiar Comunicación Audiovisual con unos cuantos años de diferencia con respecto a muchos de sus compañeros. Había realizado previamente un módulo de Formación Profesional relacionado con ese mundo y se notaba su experiencia. No obstante, sobresaliendo en madurez respecto a algunos de sus compañeros, destacaba, ante todo, por poseer unos conocimientos muy sólidos y muy bien cimentados sobre el mundo de la comunicación, el periodismo, el cine, las series de televisión… Su opinión no era una más, sino que siempre era poco habitual, fundamentada y razonada. Sabía de lo que hablaba y lo comunicaba muy bien. Formó parte de un grupo que hacía unas prácticas deliciosas, llenas de brillantez y creatividad (un día tendré que hablar de algunas joyas que fueron haciendo muchos de mis alumnos que convertían las prácticas en algo con un valor extraordinario).

Con Luis he hablado mucho dentro y fuera de clase. Hemos mantenido charlas infinitas sobre el oficio, sobre la situación de la universidad en general y de los estudios de comunicación en particular, sobre carreras (él también es corredor) y sobre la deriva de una parte de las nuevas generaciones.

Se me olvidaba decir que la vida de Luis no ha sido fácil. Para costearse los estudios, tuvo que trabajar durante unos años en una gran superficie. Ha sabido lo que es tener que simultanear los estudios y sacar tiempo de donde no lo había. Además, nunca ha sido un alumno de los que rinde pleitesía: el respeto de Luis hay que ganárselo porque no le vale cualquier cosa y, con su mente ágil y brillante, detecta las trampas antes de lo que uno se espera. Me gusta mucho verle ahora en su nueva ocupación, en la que ejerce a las mil maravillas su papel de comunicador y de divulgador. Sabe hacer muchas cosas y las ejecuta con dedicación y sabiduría.

Quizás hable en algún otro momento de algunas cosas relacionadas con Luis. Hoy aprovecho, sin embargo, para cerrar esta entrada con una cuestión de la que hemos tratado él y yo muchas veces. He de decir que él la detectó mucho antes de que yo la viera venir: la peligrosa deriva que estaban tomando los alumnos de Comunicación Audiovisual. Yo era feliz dando clase a futuros comunicadores. A fin de cuentas, crecí en el ámbito de la comunicación porque mi padre era publicitario y he vivido entre cámaras, micrófonos, breafings, eslóganes y diseños. Gran parte de mi actividad investigadora gira en torno a la publicidad y la ficción audiovisual. Pero hubo un momento en el que los alumnos, aunque estaban en primero, empezaron a creer que lo sabían todo y, por lo tanto, se negaban a aprender y a ser corregidos. Lo he hablado también con algunos de mis compañeros comunicadores: llegan a la universidad sabiendo apretar botones con cierta soltura y piensan que la cosa va de eso, de apretar botones y accionar palancas. Según me decía Luis (que, por cierto, aprieta los botones como nadie, pero posee un conocimiento más general y abstracto sobre sus acciones), los chicos que ingresaban en el grado se preocupan por la forma, pero les daba igual el contenido. Y no solo es que les diesen igual los contenidos, es que no conocían ese fondo, ese necesario marco general para hablar de algo. Y es algo que ocurre, en efecto. Llegó un momento en el que les decía: «Sí, vale, has utilizado bien los medios, pero ¿importa más la forma de comunicar que el contenido en sí». Ellos me ponían cara de no entender lo que les decía. En ese momento, decidí tomarme un respiro.

Afortunadamente, hay muchos comunicadores como Luis, con la cabeza bien amueblada y con mucho conocimiento y reflexión para saber lo que hace, cómo lo hace y para qué lo hace. Y, además, tiene un gran sentido del humor.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Estaba el otro día viendo la televisión y, no sé por qué razón, me acordé de Edipo, un alumno que tuve hace unos años en la asignatura de Pragmática en la universidad. Edipo era un chaval de esos que pueden denominarse insustanciales, de sonrisa floja y poco interés por lo que se decía en clase. Iba bordeando la asignatura de manera muy irregular con un trabajo mínimo. En las clases, solamente le gustaba destacar por las monerías que profería, algo quizás entendible en otros niveles educativos y en otras etapas de la vida, no estaba muy en sintonía con los requisitos de alumno que intente superar una asignatura relacionada con la lingüística y que no es demasiado fácil.

Edipo hizo la prueba final y fue uno de los pocos alumnos de su clase que no la superó. Pese a que, como digo, la Pragmática no es una materia sencilla, el trabajo pautado y el tiempo de que disponen para hacer la prueba final hacen que los alumnos que se esfuerzan por entender y aplicar los conceptos de la asignatura suelan superarla sin problemas. A los pocos días, empezaba la revisión de los exámenes.

Recuerdo ese día perfectamente porque fue uno de los más dolorosos de mi vida. Al poco de llegar al despacho, una llamada de un amigo me dice que Pedro, nuestro querido amigo Pedro Torrecilla, había muerto. Era un fallecimiento no esperado, que llegó de repente y nos dejó a todos helados. Yo me quedé sin poder reaccionar, llorando de manera desconsolada en el despacho. Intenté reponerme (dentro de poco empezarían a llegar alumnos para la revisión): fui al baño, me lavé la cara e procuré llevar la mañana de la mejor manera posible.

Entró primero una alumna que había aprobado, pero a la que yo había aconsejado que acudiera a la revisión para explicarle un par de fallos. Luego llegó Edipo. Con esa sonrisa floja que ya he comentado, me saludó y dijo algo que intentaba ser gracioso. Yo le contesté de la forma más cortés que pude y luego le dije que me perdonase, pero quería hacer la revisión de forma breve, puesto que acababa de recibir la noticia de la muerte de mi amigo. Él solo dejó de sonreír una décima de segundo. Acto seguido, como si no hubiese pasado nada, él dijo: «Pues nada, que quería hacer la revisión del examen». Yo le fui comentando los enunciados mal analizados, los errores de conceptos, las aplicaciones incorrectas de la terminología, los aspectos que habían quedado sin explicación. Él, en vez de ir acortando, iba exigiendo más explicaciones. Yo, totalmente roto por dentro, iba aguantando como un campeón. La cosa duró casi una hora.

Para que todo fuese más constructivo, acto seguido le fui dando también algún consejo para la segunda convocatoria de manera que pudiese superarla sin problemas. En ese momento, se rio y dijo: «No, si no me voy a presentar a la convocatoria extraordinaria; me voy de Erasmus el próximo año y pienso convalidar esta asignatura». Se levantó y se fue con esa sonrisa en la cara.

Confieso que es una de las poquísimas ocasiones que he observado una falta de empatía tan grande en uno de mis alumnos. De manera general, esto demuestra también que algunas normativas son enormemente injustas: es difícil de entender que un alumno pueda utilizar el programa Erasmus para «lavar» su expediente de asignaturas que no ha podido superar. La pregunta es inevitable: ¿para qué diantres fue Edipo a la revisión del examen? En todo caso, le imagino caminando por el pasillo, su cara sonriente, sin pensar ni por un segundo en el sufrimiento de los demás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen es de Francisco Martínez.

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Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.

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