— Verba Volant

El otro día escuché algo que me dejó confundido: en una conversación que no hace ahora al caso, un antiguo alumno me habló de las universidades divertidas. Decía que había universidades (y ciudades) que se lo montaban muy bien y que los alumnos se lo pasaban allí de fábula. Y que, claro está, los alumnos acababan marchándose a esas universidades (y ciudades) porque prefieren pasárselo bien. A mí, en ese momento de estupefacción, no se me ocurrió nada para contestarle. Lo tenía tan claro y la división entre universidades divertidas y aburridas era tan diáfana que poco podía decir yo para convencerle de lo contrario. Reconozco que, durante unos días, le he estado dando vueltas al concepto de universidad divertida.

Cuando yo decidí iniciar los estudios universitarios, la cuestión de divertido y aburrido no se me puso nunca a tiro. Empezar la carrera en Burgos era lo único que podía hacer por cuestiones económicas y, cuando tuve opción de elegir para acabar la carrera, tampoco llegué a contemplar la posibilidad de la diversión y el aburrimiento. Elegí Valladolid porque era un buen sitio para estudiar, no me pillaba lejos y otras consideraciones que no cabe pormenorizar allí. Y cuando tuve que elegir una universidad para finalizar mi etapa de posgrado, elegí la Autónoma de Madrid porque me parecía la más adecuada y conveniente.

Me parece auténticamente preocupante utilizar el divertido como criterio para elegir una universidad. Entre las muchas razones que se me pueden ocurrir para elegir para cursar un grado o un máster, la diversión no estaría, desde luego, entre las primeras. A cualquiera con dos dedos (incluso dedo y medio) de frente se le ocurren otros mucho mejores. Los amigos de las universidades divertidas pensarán, por un lado, que soy un carca y, por otro, que soy parte interesada (y aburrida) de una universidad (no divertida). Pero creo que no. Si me preguntan si durante el período universitario es bueno pasárselo bien, diré sin dudar que, por supuesto, hay que pasárselo fenomenal. Puede que alguien prefiera o necesite una abnegación total y una inmersión en los libros y en el ordenador que no le deje ni un momento libre, pero la mayoría de los estudiantes se lo pasan bien durante su período universitario por muchísimas razones. Pero pasárselo bien durante el período universitario y elegir una universidad concreta para pasárselo bien hay un mundo (o dos, o tres).

Me temo que todos aquellos que son amigos del adjetivo divertida para calificar a una universidad tienen varias cosas en mente, pero la excelencia no debe estar entre ellas. A una universidad se acude para estudiar, para aprender, para prepararse académicamente. También, por supuesto, para desarrollarse personalmente, para involucrarse, para hacer amigos, para integrarse y para hacer cosas junto a otras personas en la teoría. en la práctica. Y, dentro de esta última enumeración, no solo queda englobado el divertirse, sino algo mucho más amplio que acoge el divertirse sin ceñirse exclusivamente a ello.

Por supuesto, en cualquier institución educativa el alumnado es lo más importante y se tiene que velar para que se consigan todas las cosas dichas en el párrafo anterior, pero siempre priorizando desde el sentido común. A algunas personas que hablan de las universidades divertidas jamás les he escuchado sacar a colación un tema académico que no sea una queja por las calificaciones o cuestiones similares. Jamás de la altura (o bajura) de nivel de un profesor, jamás de asignaturas apasionantes e imprescindibles en un grado, nunca de maneras de aprender más y de forma más eficaz (que no sean aprobar por la vía rápida, claro).

Temo pensar lo que puede ocurrir de aquí a unos años. Los campus universitarios, si esto se extiende, pueden llegar a convertirse en campamentos de otoño-invierno-primavera donde los estudiantes se lo pasen chachi piruli, enlazando fiesta tras fiesta y con miles de actividades con las que estén entretenidos. Espero que, por encima de todo, nunca un alumno, una familia, un compañero utilicen este criterio para anteponerlo a todo lo demás.

Procuremos divertirnos todos con lo que hacemos, sea enseñar o aprender —sin olvidar que los que enseñamos nunca terminamos de aprender—. Invito al mundo mundial a divertirse y a vivir en felicidad extática, si esto existe o puede conseguirse alguna vez y de alguna manera. Pero nunca olvidemos que no hay universidades divertidas. La universidad, todos los sabemos, es una cosa muy seria. O, al menos, debería serlo.

Imagen de Sidney Wired.

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Todo el mundo conoce las vacaciones de los profesores. Si hablamos, en concreto, de los profesores universitarios, creo que pueden resumirse así de la manera que sigue:

Aunque hay clase en mayo, casi no cuenta porque la mayor parte de nosotros no aparecemos por clase, así que puede contarse como un mes. Junio es mes de exámenes y evaluaciones. Como todos intentamos aprobar a todo el mundo o suspender a todo bicho viviente para no molestarnos en corregir, ya podemos contar otro mes. Eso de que haya reuniones y más reuniones tampoco puede contarse, por supuesto, porque las reuniones de los profesores son interminables cafés (con leche) más pincho de tortilla o montadito de jamón en la cafetería. Van dos. En julio no hay nada que hacer más que reflexionar sobre lo bien que nos lo hemos pasado ya en los dos meses anteriores. Si queremos ajustar materias y planificar con otros compañeros, eso se resume en la cafetería de la que hemos hablado antes. Tampoco hay que tener en cuenta las comisiones de selección de plazas. Como todo es endogamia y cachondeo, decidimos todo nada más empezar y luego nos pasamos las cuatro horas siguientes jugando al parchís. Sumamos ya tres meses. Agosto es nuestro mes oficial de vacaciones, en el que todos nosotros nos juntamos en un resort de lujo de un país remoto a cuenta de nuestra insigne institución. Recibimos correos y correos sobre asuntos académicos, a veces también sobre aspectos administrativos, pero nos los pasamos por el forro porque están llenos de emoticonos. Como nos aburrimos tanto, en algunas ocasiones aparecemos por nuestra facultad hacia el día veintitantos para cachondearnos de todos los curritos que vemos en el camino o para intentar disimular nuestra vida de opulencia de cara a nuestros amigos. ¿Cuántos van? Cuatro, creo. Tradicionalmente, se ha dicho que en la universidad no se empieza hasta el día del Pilar, así que poco importa que las clases del semestre empiecen el día 5 de septiembre. Simplemente, no vamos. Les mandamos un vídeo a todos los alumnos por correo electrónico o les enviamos la dirección de nuestra cuenta de Instagram para que sepan por experiencia ajena lo que es el paraíso. Decíamos que el día del Pilar es a mediados de octubre, pero no tenemos en cuenta la clase de presentación, que suele durar quince días y consiste en un “Hola, pardillos, buenos días. Voy a ser vuestro profesor de la asignatura. Si queréis saber algo más, lo miráis en la guía docente. Nos vemos el día 1 de noviembre. Ah, no, que es fiesta. Pues el día 2. Ah, no, que ya es fin de semana. Bueno, empezamos el 7 de noviembre, para que no haya dudas”. Sumamos y sumamos, y nos salen seis meses. Y eso solo para las vacaciones de verano.

Abro un nuevo párrafo porque me estoy cansando de tanto hablar de descansar. Claro, esas son las vacaciones, pero hay más. El mes de diciembre no cuenta porque acaba el semestre y son las navidades… un mes más. Y luego sumas que si Semana Santa, que si el día del libro, que si el día de la comunidad autónoma, que si el día de San Jordi, que si regalas un libro y una flor y tenemos otro. Van ocho. Luego están todas las fiestas que tiene todo el mundo, pero nosotros también. Como las disfrutamos el doble, sumemos otro mes.

El cómputo total para un año son nueve meses de vacaciones. Y eso que contamos tres meses en los que vamos al trabajo, pero, como todo el mundo sabe, no trabajamos y todo se resume en una rascada continua de nuestras partes bajas.

Por todo lo anterior, aconsejo a mis ocupados lectores que se dediquen en cuerpo y alma a intentar entrar en la universidad. ¡Ah, no, que es un coto cerrado, en plan club de millonarios! Pues os jodéis. Ya estamos nosotros para contaros lo que es la buena vida. Que os vaya bien en vuestra mísera y ocupada existencia.

Firma la presente un ocioso convencido y permanente.

La imagen es de Enrique López.

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Quizás la memoria me falle, pero, casi con toda probabilidad, no había estado tanto tiempo sin escribir en VerbaVolant, más de dos meses. No por falta de ganas, no por falta de tiempo. La razón principal radica en que no he querido escribir mientras pensaba en cosas para escribir. Sigo dándole vueltas a dos proyectos largos de escritura y a un bonito encargo que tengo que acabar próximamente y no me ha parecido bien sacar la navaja de Ockham a pasear —por aquello del Pluralitas non est ponenda sine necessitate—. Y a eso se sumaban varias necesidades de escritura académica a las que hay que dar salida próximamente.

Me he pasado gran parte del verano mirando, observando, apuntando frases e ideas. Intentando destapar razones y buscando conexiones. El cuaderno de campo del entomólogo que hace sus dibujos y realiza anotaciones rápidas que luego cobrarán otra forma y una dimensión mayor. Me lo paso bien contemplando la vida pasar e intentado destapar el ordenado caos que es el orden de nuestra existencia.

No escribo porque no escribo, lo que significa que escribo sin escribir o que, sin escribir, existo. Y ahora que vengan Heráclito y Parménides y nos lo expliquen.

Imagen de Nukamari.

 

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Reconozco que vericuetos es una de mis palabras favoritas. Pocas veces el significado y la forma de una palabra han plasmado todos esos recovecos —otra palabra genial— de forma tan sublime.

La definición de vericueto se mantiene en los diccionarios de la RAE desde el Diccionario de Autoridades en 1739 hasta la actualidad: ” Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad”. Respecto a los vericuetos como palabra, me gustaría reseñar dos cosas: la primera, que el mundo es tan complicado, tan inaccesible o tan encrespado que es una palabra que siempre he visto utilizada en plural. No existe vericueto, porque sería algo único y excepcional, sino que existen los vericuetos. No constantes, pero frecuentes. La segunda, que puede que la acepción de los vericuetos tenga connotaciones negativas (esos áspero, quebrado y dificultad que aparecen en la definición), pero, para mí, los vericuetos tienen algo de reto, de requiebro excepcional, de elevación de lo extraño a categoría de desafío.

El vericueto, obviamente, no es un solamente un lugar, sino también una forma de ser y un estado del alma. Escribí hace ya muchos años una entrada en la que hablaba de Artabán, mi rey mago favorito, que no llegó a Belén porque se perdió por el camino, probablemente embelesado por el proceso y los vericuetos y no por la meta fijada por las estrellas. Y esto pasa constantemente en nuestras vidas, en las que algunos nos negamos a la línea pautada, a la senda fija, y preferimos los meandros —otra gran palabra— que suponen poner al devenir por encima del estar y del ser.

Y todo esto venía a cuento de una anécdota personal sobre vericuetos y a unos vericuetos mostrados en forma de canciones. Pero me temo que, de eso, hablaremos otro día. A veces, es bueno perderse en las palabras. Con las palabras.

 

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Hay obras que te reconcilian con el arte. Es lo que me ha ocurrido recientemente con Muchos hijos, un mono y un castillo, una película documental de Gustavo Salmerón. El que quiera críticas sesudas, dispone muchos lugares para encontrarlas en internet, así como el que quiera conocer detalles de los éxitos y premios que ha obtenido, por lo que me voy a limitar a escribir lo que me apetece (que es lo que suelo hacer siempre).

El arranque de la peli  justifica el título y dice mucho de su recorrido. En un comienzo, lo que se cuenta no nos pertenece: aunque mi familia no era numerosa, conozco a unas cuantas familias con muchos hijos, pero creo que no conocía nunca a ninguna familia que hubiese tenido ni un mono ni un castillo. Esta peculiaridad familiar, que se suma al asunto de unas vértebras sobre el que no me voy a detener para no traicionar la sorpresa de futuros espectadores, se agranda y magnifica con la extraordinaria Julita, la madre de Gustavo Salmerón. Porque esta es una película sobre una familia y una película sobre Julita (o, porque es una película sobre Julita, es una película sobre su familia).

Esta sensación de diferencia y distancia dura solo unos segundos. Casi de inmediato, uno se siente como en (su) casa. Y, no habiendo tenido primates ni castillos, uno aprecia que Salmerón está contando algo muy cercano y que se aproxima mucho a la vida (a nuestra vida, a cualquier vida). Porque la vida es un compendio de sueños que luego se cumplen, un compendio de sueños cumplidos que luego se rompen. Porque los monos y los castillos pueden ser trasuntos de otra cosa en cada familia. Porque la vida tiene que ver con nuestras cosas y con nuestros recuerdos. Con una figura familiar que sirve de anclaje y referente, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Porque construimos una vida y llega un momento en que la tenemos que desmontar. Porque la mudanza es parte de nuestro devenir hasta que no sabemos qué hacer con nuestros recuerdos, que tenían sentido en un lugar y, cuando se trasladan a otro, significan otra cosa y pueden servir para que cualquiera los coja y se los lleve.

No puedo decir más: es una película que necesita una conversación después de verla. Solo un detalle: a veces, unas tostadas de pan un poquito quemado con abundante mantequilla y mermelada son el trasunto del mayor de los placeres. Cuando nosotros no nos atrevemos a sucumbir a los placeres, Julita nos enseña otra perspectiva.

En fin, una película, nunca mejor dicho, sobre cuestiones cervicales. Sobre enseres y sobre familia. Y una reflexión sobre la muerte cuando todavía hay vida. A veces, te tienen que pinchar para sentirte vivo.

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que sigo teniendo muy abandonada. Pero tengo propósito de enmienda

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Me gustaría escribir una novela negra. No gris marengo, ni tirando a oscura: una novela negra. O no sé. Quizás lo que me gustaría escribir es una novela policíaca de esas en las que muere gente a tutiplén, en la que el autor es un dios capaz de decidir sobre la vida de los demás y elegir asesino, arma y lugar, como en el Cluedo, ese juego de mesa que tanto me gusta. Igual lo atrayente, lo atractivo, es el acto de matar sobre el papel y sentirse indemne, impune, salir a flote pese a los tiros, el cadáver que se inundará junto a un coche clásico cayendo de un acantilado.Sí, una novela policíaca mejor. No una en la que echemos la culpa a la sociedad, al sistema o al maestro armero, sino una de esas de gato y ratón. Lo que no me gusta de estas novelas es que suele ganar el gato. Y el gato puede estar adornado o no, puede ser un mastuerzo y profesional que hace bien su oficio o un alma atormentada en busca de un destino. Entonces, la novela no es ni negra ni blanca, ni policíaca. Entonces, se transforma en otra cosa más cercana, pese a lo que pueda parecer  una lectura filosófica. Puestos a pensar, no sé en dónde encajar las novelas de espías. Me gustaría, sí, que aquí se te permite que el bueno-malo sea al final lo que quiera y se pueda ir de rositas. O que le traicione la persona en la que confió, da igual, siempre quedará como héroe en nuestro imaginario sentimental.

Conveníamos en eso, en que me gustaría escribir un roman policier, que en francés queda muy bien. O novela criminal, no sé. Pero en la que no haya policía ni detective profesional. Una novela de esas en las que, como hacía  Hitchcock en sus películas, el protagonista era un sufrido ciudadano que no se espera lo que le espera, lo que el tiempo le depara. Con todos los antagonistas. Y mira que me gustan los agentes secretos, pero solo para verlos, exhibidos en las pantallas. Antagonistas, decía.

Hablaba de una novela de esas, criminal, policier y muertes a mansalva. Pero nada de sangre, pese a lo que decía antes, nada de detalles escabrosos, nada de autopsias. Solo personas que piensan en el mal porque les brota de sus entrañas. No por enfermedad ni por traumas infantiles, sino porque las entrañas, de vez en cuando, son así. Que a veces las cosas se tuercen y acaban como acaban. Mal, para ser aproximados tendiendo a ser exactos. Me gustaría, incluso, escribir una novela de esas y tener las miras literarias muy altas, pero creo que eso solo lo han intentado los pedantes que imitaban al mejor Umberto Eco. Así que paso.

Mientras digo todo lo que me gustaría escribir, me dedico a escribir sobre lo que me gustaría. Y entro en un círculo vicioso con el que me dan ganas de darle a la tecla. Una primera persona del singular. Un presente de indicativo. Una calle oscura, cercana a ese Ocean Drive que experimenté en mis carnes. Un tiempo que sea reconocible como nuestro. Y las caras de todos aquellos que me ven.

Imagen de Alrick Dorett.

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Me decían el otro día que, hace ya algún tiempo, empleé la expresión “perfil bajo” aplicada a alguien de manera negativa. A mí me extrañaba imaginar esas palabras puestas en mi boca, tanto porque esa expresión no me gusta mucho ni en la forma ni en el fondo como por ese contexto negativo de alguien, que por otro lado, no conozco más que de oídas.

Lo primero que hice fue negar la mayor y pensar que era imposible que yo hubiese hablado de “perfil bajo”. Después, me puse en el difícil papel de aceptar algo que no sé si he dicho, pero que seguro que no pienso. Y ahí vinieron docenas de comeduras de coco sobre los perfiles.

Dicen que un neopositivista viajaba en un tren (en los tiempos en los que se viajaba en departamentos frente a frente) y que, no me acuerdo por qué, su acompañante dijo algo así como “Mira qué vaca tan bonita con manchas negras hay en la colina”. El neopositivista se indignó mucho por una afirmación que él consideraba falsa y que le obligó a matizar que lo que realmente creía que su compañero había querido decir es algo parecido a que “Existe algo que la mayor parte de las personas consideran una vaca —y, bajo tu óptica individual y subjetiva estimas bella—, pero de la cual solo has visto una silueta de “vaca” por uno de sus lados ignorando si, realmente, por el lado que no ves existe una correspondencia con tu percepto”. En suma, para el neopositivista su amigo había visto algo, pero, contemplándolo desde una única perspectiva, no podía estar plenamente seguro de que su percepción fuese correcta y ajustada a la realidad.

Y sabemos que Valle-Inclán, en una entrevista justamente famosa, hablaba de que existen tres modos de ver el mundo desde una óptica artística o estética: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. Decía Valle que la mirada de rodillas supone contemplar a los personajes como más que humanos (héroes, dioses o semidioses), como aquellos de los que Homero contaba sus peripecias. La mirada “en pie”, frente a frente, supone contemplar a los personajes como si estuviésemos ante el espejo de nosotros mismos y nuestra condición humana, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Esos personajes son en los que habitan la máxima realidad y la máxima verdad. Por último, la forma de ver el mundo “levantado en el aire” era la que utilizaba nuestro genial escritor  en sus esperpentos para contemplar el mundo desde un plano superior y, no sin ironía, considerar a cualquier personaje, por egregio que fuese desde otra contemplación, como un muñeco.

Pensaréis que estoy dando muchas vueltas para un hecho, aparente de poca importancia, de haber hablado de alguien de “perfil bajo”. Pero no dejo de pensar en que hablar de “perfil” es como considerar a un todo por haber visto una parte, como el amigo del neopositivista con esa vaca que solo podía intuir o conjeturar. Y habla de “bajo” es contemplar a alguien por los suelos, mientras yo estoy “levantado en el aire”. Lo primero lleva a aparejado sesgar y lo segundo cosificar. Cosas que, quizás, hacemos todos en algún momento para hablar de algo de alguien pero con las que nunca conseguiremos un auténtico conocimiento.

Aunque el perfil puede conllevar sutileza o contemplación de lo esencial, es mero contorno que no deja ver sino la mitad. Así que me niego a alguien por lo que no es. Si, además, no conocemos a alguien (en la medida en la que conocer es abarcar y extender hasta lo imposible), todavía peor. En consecuencia, si algún día oías hablar a alguien de una persona de “perfil bajo”, recordadle la historia del neopositivista y la vaca, la historia de la contemplación en el arte según Valle-Inclán.

Imagen de Fernando.

 

 

 

 

 

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Últimamente, me ha dado por las palabras. Bueno, por las palabras me ha dado siempre, que son mi oficio, mi beneficio y mi devoción. Y, si no, que se lo digan al nombre de mis blogs, que se van por las aires o se fijan por escrito. Hoy habla de la palabra esfuerzo y sus acompañantes. Claro que nos esforzamos. Es cierto que alguna vez el esfuerzo es inútil o pequeño, pero nos gusta mucho que sea notable, considerable, gigantesco, ingente o tremendo. A veces, nos esforzamos tanto que el esfuerzo llega a ser titánico. Confieso mi admiración por el esfuerzo denodado.

Pero, sin lugar a dudas, la expresión ligada al esfuerzo que más me gusta es el ímprobo esfuerzo… y lo que ha cambiado su definición. En el DRAE de 1780 define ímprobo esfuerzo como “Lo que cuesta gran trabajo, pero inútil, ó sin fruto”. Por lo tanto, nuestro ímprobo esfuerzo era baldío. No sé si a fuerza de esforzarnos o a fuerza de no resignarnos o a fuerza de convertir el agua en vino, los significados cambian y de inútil pasa a significar excesivo en el DRAE de 1817: “Se aplica al trabajo excesivo y continuado”… y continúa así hasta el DRAE de 2001, en el que un ímprobo esfuerzo se convierte en: “Intenso, realizado con enorme aplicación”.  Por lo tanto, todos los ímprobos esfuerzos han pasado de inútiles a excesivos, y de excesivos a intensos y aplicados. Será que nuestro esfuerzo lo merece.

Por cierto, que ímprobo es algo carente de probidad. Pero ese ya es otro tema.

Imagen de Betsy Streeter.

(Esta entrada aparecerá también en mi blog académico ScriptaManent).

 

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Le escuchaba muchas veces decir la misma palabra, rematar, en infinitivo y en varias formas conjugadas. Es una de esas manías que tenemos todos y que, probablemente, ignoramos: esas derivas léxicas consistentes en repetir algo porque nos gusta o yo qué sé. Era escuchar la palabra y perder ya el hilo de todo lo demás. Preguntarme por el origen (¿de dónde procede esa manía, si por oírla en casa, por haberla leído, haberla copiado en un dictado que le determinaría de por vida), indagar en la razón (¿por qué esa palabra y no otra, sinónima, relacionada?).

De todas las acepciones del diccionario, nunca la empleaba con sinónimo de ‘matar’. Y, con variantes posibles, creo que, si tuviera que apostar, sin duda lo haría por la que tiene que ver con la costura: “Afianzar la última puntada, dando otra sobre ella parra asegurarla, o haciendo un nudo especial en la hebra”. No es, por lo tanto, solamente dar fin, acabar algo, sino aportarle un colofón especial. Me lo imaginaba, entonces, de pequeño, al lado de su madre —me consta que su padre no era sastre y eran tiempos en los no había posibilidad de que un hombre cogiese una aguja si no formaba parte de un oficio—, embebecido con la destreza con los materiales de costura. Probablemente, una mesa camilla en la que hay una lata de Cola Cao con miles de bobinas de hilo, alfileres, imperdibles, quizás docenas botones esperando una oportunidad. Probablemente, una luz de primera hora de la tarde entrando en el ángulo perfecto sobre la prenda de costura.

Acudí a las fuentes de información para conocer más sobre la palabra. Una aparición temprana en el siglo XIII, una palabra que desvelaba todo de él. Usada casi con la misma frecuencia desde el siglo XVI, descuella sin embargo en el siglo XVII, uno de los siglos sobre los que habla, sobre los que va y vuelve con frecuencia. No una palabra anclada en el pasado (no como, por ejemplo, la palabra fetén, de nacimiento mucho más reciente pero objeto de escarnio entre nietas y abuelas): él nunca se permitiría la licencia de ajarse en el tiempo con la piel de las palabras. Pero sí una palabra con la solera suficiente para brillar antes y permanecer ahora. Mi búsqueda arqueológica me llevó al Diccionario de autoridades, que en 1733 ya deja registro de la palabra relacionada con el pespunte y sus anejos. Y, con la ayuda de internet, comprobé que su definición persiste desde 1780 con muy pocos cambios.

Cuento todo esto como si se tratara de una secuencia lógica, pero es una larga historia, llena de instantes, retazos, momentos y altibajos. Una obsesión de él en su uso y mía en su recepción, benévola, ansiosa y casi obsesiva. O quizás no obsesiva, sino enlazada por el amor mutuo a ciertas palabras, como si se tratase de un murmullo. Consciente de que era un misterio de solución imposible, recordé su afición por los anagramas. Y obtuve tramaré y armarte, que casaban muy bien: la trama en lo que tiene de astucia, pero con los hilos muy presentes; y esas armas que parece que parece que me está dando para esgrimir no tanto un arma como una razón al sinsentido. Escuchándole un remata, llego al al atarme y al aterra, pero también al atraer, al amarre, al ararme y al ararte.

Y me doy cuenta de que las palabras son todo menos casualidades. Son milagros nacidos quién sabe dónde y depositados con cariño en nuestra voz.

(Imagen de Juan Ramón Martos).

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Es un solitario que no quiere estar solo, un raro espécimen de los que solo pueden estar en extinción. Empleado de mantenimiento en una empresa desde hace más de veinte años, se dirige a uno de los despachos de la tercera planta. Los ascensores estaban ocupados y ha ido ascendiendo con los pies pesados y el corazón en vilo por las escaleras: la caja de herramientas tiene un peso específico y su vida la acabará cobrando, a buen seguro, exceso de equipaje. Estira un poco la cremallera del mono azul. Esboza un ¿se puede? simultáneo caso a los nudillos en la puerta. Adelante es la voz cantarina que le abre, de vez en cuando, el paraíso. Que me han pasado una incidencia sobre la calefacción. Sí, que no hay manera, que el radiador no calienta. Pues nada, ahora mismo lo miramos. ¿Hace falta que me vaya? Acabo de escribir una cosa y me voy. No, no, no hace falta. Puedo perfectamente.

Abre la caja y despliega una de las bandejas. Coge dos llaves y un destornillador y se pone a la faena. Siente una mezcla de olores, a fresas con nata y un relumbre de colonia. Mientras piensa de dónde procede la extraña combinación, sigue con lo suyo. Es la tercera vez que acude a arreglar ese radiador que se le resiste. O puede que el sea más fuerte que el radiador y esté por encima de las circunstancias. Cualquier excusa es buena para acudir a ese santuario. Maneja otro par de tuercas atronando con un sonido metálico que, por todos los conductos, llega casi hasta el infierno. Pues bueno, creo que ya está. Muchas gracias, a ver si hay suerte, que en esta ala del edificio hace mucho frío. Sí, creo que está solucionado. Se incorpora con un poco de dificultad. Ya de pie, tarda en ponerse totalmente recto todavía unos segundos. Habla de la necesidad de que cambien el sistema, de unas válvulas que no van bien. Antes de salir, se fija en ese póster y en ese calendario de pared que están descuadrados y que rompen la armonía de las fresas con nata en la dulzura solo comparable a vacaciones pagadas durante un mes con el aire de la sierra que tanto le gusta. Un día habrá que poner eso bien, dice. Cuando quiera, le dice. Yo lo intento, pero se caen. Adiós, buenos días, dice mientras sale sonriendo. Ahora puede coger el ascensor.

La imagen es de AleksandraGabriela.

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