— Verba Volant

A mí no me parece que hoy sea 26 de junio. Estaría más de acuerdo con las circunstancias si me dijeran que es un 17 de mayo caluroso, un 22 de mayo, todo lo más. Pero es imposible que hoy, precisamente hoy, sea 26 de junio.

Todavía no ha habido tránsito progresivo hacia el verano, los trámites para acabar el curso siguen siendo infinitos, los estudiantes no han pegado la etiqueta 1 y la etiqueta 2 en las hojas de selectividad, mis pies no han pisado el agua del mar y mis manos no han abrazado el agua intentando avanzar un poco más. No hay en mi ciudad fuegos de artificio ni hay turistas invadiendo las calles y haciéndose selfis delante de la Catedral.

Hoy no es un día propio y efectivo para convertirse, afectivamente, en un 26 de junio a todos los efectos. No encuentro al señor que pinta un paisaje kitsch con spray vivos ni al mago ambulante con su mesa inestable ni al titiretero gracioso y alegre a su pesar.

Noto que algo nos falta para que los días sean como los de antes. Quizás sea una visión catastrofista, quizás me esté haciendo mayor. Pero, lo más seguro, es que algo ronde en el aire que le resta fuerza al avance de los días. Permaneceré atento hoy al calendario, no vaya a ser que le se hayan volado unas cuantas páginas.

Hoy, 26 de junio de 2020, no habrá en mi ciudad dos personas dándose un beso cuando salgan del teatro.

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Esta, indudablemente, es una historia extraña que me ha empujado a salir momentáneamente de mi deliberado silencio.

Parte de un sueño que tuve hace unos días. Era uno de esos sueños plácidos y recurrentes que van merodeando el dormir de manera muy agradable en alguien, como yo, que piensa que no sueña porque no recuerda lo que le acontece cuando pierde la vigilancia sobre sí mismo.

En el sueño, una imagen nítida en blanco y negro de Eugenio y una frase de una canción: «Si te vas, por qué te callas». La canción seguía en mi sueño e iba aportando estrofas sugerentes con una historia triste de amores y fracasos. Lamentablemente, no he conseguido rescatar más que el título y otras imágenes sobre ese vídeo musical y onírico. «Si te vas, por qué te callas» era la manera que tenía Eugenio de rematar cada estrofa. En el sueño, el cantante tiene una voz un poco más grave que la del original, del que os hablaré después. No puedo dar muchos más detalles: está claro que mi cabeza captaba una imagen de Eugenio tocando la guitarra, sentado, en un ligero plano picado, que resaltaba sus facciones y con las sombras matizando hasta los poros. Después, un acompañamiento musical extraño: una persona hacía ruidos fuertes y acompasados con un cartel enorme que hacían de contrapunto a la melodía y le proferían un toque casi violento, de manifestación de la ruptura.

Y no puedo deciros mucho más. Pude rescatar todo esto porque me desperté a las cuatro de la mañana y apunté alguna de las ideas que se iban desvaneciendo de manera rápida. Eugenio es un antiguo alumno de Comunicación Audiovisual, de grandes y variados talentos, al que considero mi amigo, aunque hace mucho que solo sé de él por las redes sociales. Entre esos talentos, esta el de la música. No solo toca varios instrumentos, sino que le gusta oficiar de luthier y construye cachivaches que suenan luego maravillosamente. Es una delicia ver su Instagram para escuchar esas composiciones.

Tengo muchas cosas que contar de Eugenio, al que pongo, en esta ocasión, con su nombre real, pero no lo voy a hacer, de momento. No obstante, voy a considerar esta entrada como una de las partes egregias de mis Historias de alumnos. Y será una historia de alumnos contando algo del futuro. Porque pido, desde aquí, a Eugenio, que haga realidad mis sueños.

Imagen de Joanna Boj.

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Lo habréis comprobado: últimamente no escribo. Y es cierto, no publico entradas desde hace mucho. Es una forma de protección para que el vacío no me duela.

Vivimos momentos difíciles. En principio, hay seres raros, entre los que me cuento, que no tienen inconvenientes poderosos para sentirse necesitados de muchas cosas alrededor. Por lo tanto, sobrevivo bien. O, al menos, eso creía. A medida que pasan días, semanas y meses, todo se vuelve del mismo color.

O quizá no se vuelva todo del mismo color. No, al menos, para mí, si no lo escribo. Si lo plasmo en papel, la escala de grises me acogota la cabeza y sufro. Si lo dejo pasar, si lo vivo entre visillos sin dar cuenta de que miro y cuento, todo sobrevuela lo suficientemente ligero para ser un soplo de aire que no ahoga.

Me limito a vivir. Y no solo. Más allá de eso, me contento con vivir. Y más allá, me congratulo de vivirlo para no contarlo. Eso, es exactamente, el egoísmo existencial con el que me alimento.

Veo las estrellas y no las cuento. Cuento las zancadas y no las pongo de manifiesto. Si no se escucha, todo me suena más fácil.

Y las madrugadas transcurren corriendo, las mañanas trabajando, los mediodías comiendo, la sobremesa soñando, las tardes corrigiendo y leyendo. Los rayos últimos del sol me pillan paseando, el hambre cenando y la noche dejando que todo pase un día más.

Imagen de Camil Tucan.

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Estoy sin carretera y con manta, cargado de un frío interior que hiela el alma. Sin punto de origen ni destino, recluido en el último confín de la indiferencia, la dejadez y la apatía. Sin dar pasos que avancen ni respuestas a todos los interrogantes que ya no me brotan, que ya no me interesan.

Estiro la manta para que cubra los hombros y, entonces, los pies quedan al descubierto. Tapo los pies y empieza, otra vez más, el ciclo imposible. La televisión es un espejo donde miro con los ojos vacíos buscando algo que sea un reflejo de otra cosa. Abandono la ciencia ficción a la mitad, paso al melodrama que no me aguanta ni cinco minutos y aprieto el botón de la tragedia. De momento, solo me quedan las historias de amor.

Me cubro de penas con unos auriculares que me transporten a la verdad, al final, al oscuro lugar del que proviene mi talante natural. Y, hoy, me contento con olvidar.

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No estás seguro, no sabes si estás bien o mal o regular. Si echas de menos la calle o estás a gusto en casa. Si te gustaría tener más tiempo para ti o no disponer de un minuto, que las tareas te acogotasen el cerebro o que las ideas se desplazasen sin moverse, planas, en todo el sentido de la inercia.

No estás seguro de cómo está el mundo por fuera. Si es apolipsis o colapso, si es centro o periferia, si se acomoda a la norma al descontrol. No conoces remedios infalibles ni para la política ni para la ciencia ni para el bienestar interior. Ni eres consciente de si tu cuerpo es una síncopa o un apócope.

No tienes muy claro qué canción escoger, que película elegir, qué libro dejar a medias y cuál exprimir hasta las ultimas consecuencias. No sabes a quién llamar, a quién acudir, ni siquiera estás muy seguro si quieres contemplar qué es lo que les ocurre a otros o permanecer en la más ignominiosa de las ignorancias.

No sabes si vas o vienes, aunque sabes que no vas a ningún lado ni vienes de ningún sitio. Tampoco sabes si irás o vendrás. Ni hacía dónde, ni cómo. Cuándo no depende de ti.

Y así pasan días y días y días. Y tú no estás ni eres. Ni te manifiestas.

Imagen de Bart.

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Leo en la web que se ofrecen muchos cursos de lectura rápida, pero yo no quiero. Yo quiero que me enseñen a leer de manera muy lenta y pausada. Quiero también aprender a pasar las páginas muy despacio, doblándolas con mis dedos. O detenerme en ese tránsito y volver hacia atrás y releer siete veces una palabra que me inspire belleza o ritmo o lo que sea. Deseo con todas mis fuerzas que me enseñen a leer un pasaje y, obnubilado, poder levantar la vista y mirar el espacio que entre las cortinas para sintonizar esas frases con el rayo de luz que entra por la ventana.

Yo no quiero leer y comprender todo de manera eficaz y productiva, no quiero rentabilizar el tiempo que dedico a lo que amo. No quiero apretar el acelerador y que los ojos bombardeen las serifas de las letras, las anulen, les quiten importancia. Quiero ver el grano del papel y pararme antes de empezar un capítulo. Quiero dejarlo todo para comenzar de nuevo.

Lo que más necesito en mi vida es un curso de lectura perezosa, divagadora. No quiero la lectura acelerada.

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Me pregunto si he podido ser yo. Asintomático y alegre, en las poquísimas ocasiones que he salido del confinamiento a la farmacia o al supermercado o a donar sangre porque me lo pidieron. Protegiéndome de los demás, con el miedo en el cuerpo, resulta que todo ha podido suceder al revés de como pensaba.

Me pregunto si he podido ser yo. El causante de transmisión, pasándole la bola a otro y este a otro y este a otro más. Si he podido toser sin protección, aunque no lo piense, aunque no lo pienso. Si una cercanía no deseada ha generado que la cosa se traslade, se pose y traspase hacia los lugares nada deseados, pero propicios.

Me pregunto si, en el caso de que esa bola haya pasado de uno a otro, alguien ha podido quedar afectado gravemente, mermadas sus facultades, encerrado sin sus familiares, sin nada que no sean trajes de pesadilla en mundos de ciencia ficción. O si esa bola ha pesado tanto que ha mandado al mundo de las tinieblas a otro ser humano, agonizando en soledad, velado en la oscura individualidad de la nada, confinado para siempre, fuera de todo nuestro recuerdo.

Me pregunto, cada vez más insistentemente. ¿He podido ser yo?

Reflexión en torno a Mateo, 26:25 con imagen de Irina Souiki.

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Me siento a escribir siempre con buenas ideas, que desaparecen como por arte de magia cuando pulso la primera tecla. En mi cabeza, discurro sobre la soledad y la compañía y me vienen avalanchas de palabras exactas, ajustadas a conceptos precisos, dispuestas en períodos sintácticos llenos de elegancia. Y expreso perfectamente mis sueños y mis anhelos y mis frustraciones y mis realidades.

Bueno, no mis realidades, que no existen. Solo son manifestaciones de algo mediatizado por una percepción que es una manera de ver el mundo. Ni mi realidad ni la realidad, sino algo que está a medias. A veces, cuando quiero contar algo, pienso en un cuadro que me gusta. Y creo que sería un buen recurso describirlo, ponerle lengua a algo que es visual. O, cuando quiero subrayar algo, me siento inclinado a ponerle manifestación escrita a unas notas musicales que me agradan, que me llenan la vida de una felicidad que, como la realidad, tampoco existe, como tampoco existe exactamente la tristeza.

Me siento a escribir y los dedos esperan a la cabeza y la cabeza a los dedos. Y pulso la tecla de retroceso como manifestación de una frustración pequeña. Y selecciono con el ratón oraciones, a veces, otras veces párrafos enteros para mandarlos a la basura, esa metáfora tan bien avenida de papelera que ya no recicla. Otras, más optimista, pulso la tecla de avance de párrafo y dejo en suspensión para más adelante una modificación que no haré nunca. Me siento a escribir sobre cientos de borradores adocenados, sobre miles de notitas olvidadas en alguna parte que no se manifiesta.

Y las realidades, la felicidad y la tristeza ni siquiera llega a la ficción, llena de buenas intenciones, pero ninguna explosión, ningún movimiento tectónico. Ninguna réplica.

La imagen es de Julio César Cerletti .

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Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.

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