— Verba Volant

DJ, by Catrin Austin

Todo va bien cuando no piensas. Mejor no raspar mucho: ¡nada de espátulas! Te dejas llevar, cierras los ojos y pasas por la vida de puntillas, no vayas a dejar una huella demasiado profunda, identificable (indeleble, qué palabra). Aplastas el tedio por la vuelta de la esquina sin levantarte demasiado, sin esforzarte tampoco en dormir, esa bendita posición horizontal. Te limitas a respirar (no demasiado fuerte, intentando no sentir que te puedes ahogar, por fin). Toda va bien cuando te aíslas y no piensas más que en sentir las cosas por encima, resbalando por la rutina: la crueldad de un cielo siempre nublado, tempestuoso. Caminas hacia el terreno conocido, con una precisión digna del maldito GPS, que impide tu tendencia natural al extravío.

Pero hay días. Otras noches en las que todo se derrumba. Un atisbo de lucidez, un quicio de ternura, un encuentro, un giro, un autorreconocimiento en la ronda de sospechosos en la que tú eres el único, mil veces repetido. Entonces, solo entonces, encuentras la salvación. Allí, en la música disco.

Como música de fondo, por supuesto, “Last Night a DJ Saved My Live”, la historia del DJ que tantas veces me ha salvado (en todas sus versiones). Con imagen de Catrin Austin.

 

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Bosque en Burgos

Hoy escuchaba que la vida es un viaje. Ni me había dado cuenta de lo trillado que suena eso. Pero, cuando lo oía, no me sonaba a tópico ni a rutina. Quizás porque lo decía un jovencito que no sabía de lo uno y la otra. La vida era un viaje porque era una aventura. Nada de nuestra vida son los ríos que van a dar en la mar. Cómo nace y cómo acaba ya lo sabemos. Pero no vemos una película porque al final sepamos que dice “The End”, como casi todas. Con una lista de quien la ha hecho posible, aunque eso, mira tú, sí que me gusta. La vemos porque sabemos que algo va a pasar. Por dentro o por fuera. Y que todo puede ser muy monótono. Previsible. Aburrido. Pero, de pronto, una chispa lo cambia todo. No sabemos cuándo ni cómo ni por qué. Cuando el viaje parece que se hace con velocidad de crucero y por una ancha autovía, pronto llega el requiebro, un volantazo, un frenazo o un acelerón necesarios para sortear algún imprevisto. Una montaña rusa que, por mucho que rumiemos en el ascenso, nos sorprende entre alaridos y suelta todo nuestros instintos en una caída casi libre.

El tópico es el viaje y el camino. Un camino que tomamos como los problemas de física en el colegio. Un vehículo (A) que parte de un punto a una velocidad de…. Pero el papel no tiene los vericuetos del sendero, que no es el morir. La vida era un viaje y la vida es un camino. Lo he sabido esta mañana cuando iba corriendo, siguiendo una ruta más que conocida. Un imprevisto me ha llevado a un paraje lleno de hermosura, en el camino no era fácil. Y he tenido que pararme, respirar varias veces, sonreír y aprender a captar lo imprevisible.

La imagen responde a ese momento, pasado por un filtro.

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En ScriptaManent, el blog académico complemento de este VerbaVolant, dedicaré unas cuantas reflexiones sobre la argumentación. Estáis invitados a leer la primera entrada.

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Follow your dramas (cancelled), by Banksy

Hace tanto que no escribía en el blog que casi me olvido. Mientras tanto, solo espero la auténtica noche para sustituir definitivamente el negro por el brillo de las estrellas. Porque, definitivamente, podemos ser  los reyes de la noche.

(Tras pensarlo un poco, creo que esto no es una canción prosificada de la canción de los Italobrothers. Con una obra de Banksy fotografiada por Chris Devers).

 

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"The Moon", by Rebekah

Voy a perder el miedo a perder. Y, poco a poco, voy a aprender a ser la persona en la que me quiero convertir. Voy a tener la razón o, al menos, voy a defender mi derecho a tener una de sus partes. Voy a durar de todo lo que sé, voy a empezar de cero sin fijar ningún final. Voy a subir sin parar y voy a volver a caer. Puede, incluso, que me levante otra vez. Voy a hacerlo todo mal o hacerlo todo bien, pero no voy a continuar, no voy a seguir tal y como estoy. Voy a empezar a perder el miedo a perder. Para no olvidar que existe un hoy y un mañana, voy a matar el tiempo con balas delicadas de fusil. Aunque ya no crea en nada trascendente, voy a ganar el cielo para no tener que soportar la inercia que me hace girar constantemente alrededor del sol. Por eso, voy a cuestionar la gravedad si su ley no me acerca a ti. Mírame volver, mírame soñar. Mírame tocar el fuego con los dedos. Mírame perder el miedo.

(Canción prosificada y modificada a voluntad de “Voy a perder el miedo”, de Fangoria, con imagen de Rebekah)

 

 

 

 

 

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manosyagua

Me ha gustado siempre un fragmento del “Yo confieso”, ese en el que todos los fieles entonan el “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, una repetición intensificada con la que se arrepienten de sus pecados acompañando sus palabras con unos toques en el pecho. Lo recordaba hoy, cuando estaba escuchando Super, el último disco de los Pet Shop Boys, un grupo al que siempre vuelvo. Me gusta esa mezcla de música electrónica y voz dulce. Guardo muchos buenos recuerdos y ahora el modo aleatorio de canciones de este dúo me ha devuelto “It’s a Sin” que gira, obviamente, a este pasaje y al concepto de pecado. Todo lo que deseaba hacer, todo lo que he hecho, todo lo que hago es pecado. No importa dónde, cuándo o con quién. Obviamente, cuando uno escucha la canción, se pone de parte del pecador. Porque los golpecitos en el pecho de los penitentes nunca son demasiado fuertes y ese coro de voces suena demasiado ceremonioso, un momento de de reconocimiento de que se volverá a caer. Una excusa de domingo para reconocer que, en el fondo, todos somos imperfectos. Lo que pasa es que la perspectiva del pecador es la del que se siente expulsado del paraíso y la perspectiva de los fieles es la de la que, pese a todo, saben que siempre les espera el edén. No he podido evitar acordarme de la escena de Blade Runner en la que Roy, obviamente, es el hijo pródigo y Tyrell es el padre. Lo que pasa es que la vida pasa y la película también. Y es inevitable darle un giro nietzscheano a la película y a la vida. Y lo que parece una cosa es otra y el mayor de los pecadores, aquel que se enfrenta con Dios puede llegar a salvar. No a la Humanidad, que es muy grande, sino a un Humano. Humano, demasiado humano. Que quizá no lo sea. Y no será por su culpa, por su culpa. Por su gran culpa. Porque es pecado.

Imagen de Courtney Carmody.

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Inside

“Escribir dentro” no significa no escribir. Más bien, supone todo lo contrario, aunque –hay que reconocerlo– tiene mucho de paradoja. Porque escribir dentro parece no escribir para todo el mundo menos para ti. Y porque escribir dentro es un acto muy similar al silencio. El silencio de no escribir existe porque, aunque escribes, musitas y no hablas. Se puede escribir dentro por muchas razones. Escribes dentro por no decir determinadas cosas y airearlas a los cuatro vientos y esto supone un acto de contención y –casi– una terapia y una lección. Escribes dentro porque lo necesitas, para evitar tu tendencia más verborreica y, sobre todo, lenguaraz.

Pero, sobre todo, escribes dentro como proyecto. Miras a los horizontes que no son el horizonte y escribes. Ves la línea del agua, titubeante, y escribes. Contemplas un color con el que tu daltonismo se aturrulla y escribes. Escuchas una conversación y escribes. Oyes ese sonido tan peculiar, entre espasmódico y contundentemente delicado, y escribes. Acaricias el césped irregular con tus manos y escribes. Adivinas lo que esconde una piel y escribes. Husmeas con ansia el aire de un agosto que está siendo frío y escribes. Y, todo ello, lo guardas. Lo filtras por todos los poros, lo cuelas hasta depositarlo en un cuenco y lo escribes, esta vez sí. Una nota suelta. Una frase. Unas palabras alineadas entre guiones. Paréntesis y corchetes. Lo depositas para que se sofría entre los calores de la pasión y lo dejas macerar con especias y un poco de licor no muy conocido.

No se confundan: escribir dentro no es “escribir para dentro”, porque eso sería un acto tan poco natural como dejar de respirar y es, justamente, lo contrario. Escribir dentro sirve, sobre todo, para escribir antes, durante y después. A la vera de nadie, a solas y sin testigo. Un lugar de paraísos.

Imagen de Astrid Westvang.

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Simetría fallida

Luis ha salido de trabajar y ha entrado en la estación de metro. Nada más bajar las escaleras y enfilar el primer pasillo, ha tenido una sensación extraña: tan solo tres personas en una estación del centro y en hora punta. Cuando ha girado hacia la izquierda para coger la línea que le dejaría cerca de su casa, Luis se ha encontrado totalmente solo. Al llegar al andén, un panel indicaba que el metro tardaría todavía cuatro minutos y cuarenta segundos. Luis se ha puesto a mirar el plano con las líneas que ya conoce de memoria y ha contemplado los anuncios de un espectáculo musical.

El metro, al fin, ha llegado y Luis, dudando, ha entrado por la puerta de la derecha. Se ha sentado en uno de los asientos libres. En frente, una mujer y su hijo, de unos cuatro años, con las rodillas peladas y tomando un helado con las manos invadidas ya de chocolate y vainilla. Justo al lado de Luis, una mujer leyendo, con la pierna izquierda subida y apoyada en el asiento en una postura extraña. Sandalias blancas, cómodas, pedicura cuidada que contrasta con su aspecto informal. Sin poder evitarlo, Luis mira el libro que tiene en sus manos. Una sensación rara inunda su ánimo. Proust, El tiempo recobrado. Es justo el último volumen de la novela (En busca del tiempo perdido) que él empezó a leer ayer por la noche, Del lado de los Swann. Esa noche, Luis no pudo conciliar el sueño: la prosa larga y una amargura que le conectaba con todos los miedos de su infancia. La mujer baja la pierna y sube la otra, en un movimiento extrañamente sincopado. Pasa página y, con un lapicero, subraya una frase. Luis no puede evitar seguir conectado con ella,  invadiendo la intimidad de la lectora. La megáfonía a del tren señala la próxima estación y la muchacha, en la parte superior de la página, escribe de forma rápida pero elefante una frase: “No evites nunca caer en la locura “. El metro frena para entrar en el andén y la chica, antes de levantarse, mira a Luis y sonríe. Luis la sigue con la mirada hasta que sale sosteniendo el libro en su regazo. Las puertas se cierran y el tren sale. Sus ojos marrones eran sorprendentemente claros.

(Imagen «Simetría fallida». Esta entrada es el fragmento número 49 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Pick Me

Tener un blog tiene muchas ventajas, pero una por encima de todas: es tuyo. Mientras tengas esto claro, todo irá bien. Porque tener un blog tiene muchas ventajas, señaladas ya en muchos sitios. También acarrea cosas negativas, pero eso ya es cosa que no cabe aquí (hoy).

Es cierto que uno escribe para que lo lean, pero también que lo que escribe tiene que partir de uno, ser de uno, conformar el “uno”. Los demás son una parte consustancial del todo, pero el yo es un inicio. Siendo tuyo, haces con él lo que te da la gana. Porque eliges, enfocas o proyectas las cosas para que sean lo que quieras que sean. O haces lo que puedes, o haces por poder.

La ventaja de tener algo tuyo es que lo manejas y nadie te lo impone. Ni la actualidad ni las circunstancias, a no ser que tú lo decidas. Por eso, has decidido no ser cáustico. Ni violento. Como es tuyo, eliges. Y eliges, entre todo lo tuyo, todo lo que sea de tu gusto y todo lo que te haga sentir bien. Que un día será otra cosa, diferente y opuesta, pero de la que se saquen lecciones de vida (tu vida, la vida, quién sabe).

Y, como consecuencia, dialogas, narras y cuentas. Lo tuyo. Lo que te interesa por encima de todas las circunstancias. Esa es la ventaja. Las reclamaciones, al saco de las con(s)ciencias.

Imagen de Aftab Uzzaman.

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