— Verba Volant

Con días de retraso, hablaré del último libro del reto de siete días en siete libros, pero para eso habrá que esperar hasta el final. Tengo que hablar de más libros, de más cosas.

Hoy he dormido más de ocho horas y el día ha amanecido luminoso. Ayer me desperté a eso de las cuatro y media con la obsesión de que no iba a entrar en el bañador jammer que me había comprado (es un tipo de bañador ajustadísimo —y ajustadísimo es tan literal que se tarda un buen rato en poner, casi centímetro a centímetro—, que llega hasta las rodillas, que comprime los músculos para sacarles el mejor rendimiento y provoca que el agua deslice y ofrezca poca resistencia, dentro de lo posible. Iba a ser el día en el que, por primera vez en mi vida, competiría en un Campeonato de España de natación. Llegamos a Vitoria y, en una piscina preciosa, cumplí uno de los retos que tenía fijados desde los 16 años y del que ya he hablado varias veces. Lo más importante no es que rebajase mi tiempo en el 1500 libres y en los 200 libres, nadados junto a mis compañeros en el relevo 4×200. Fue mucho más gratificante que disfruté muchísimo no solo al finalizar las pruebas, sino durante el tiempo que estaba en la piscina moviendo brazos y piernas. No hay cosa más preciosa que el aire que recoges cuando sacas la cabeza para impulsarte. Un poco más.

Era una manera perfecta de empezar el final de una semana que ha sido criminal, cargada de responsabilidades, llena de trabajos y prácticas. Mientras algunos se acuerdan de las vacaciones de los profesores, yo no logro recordar ni un día de las vacaciones que no haya tenido que sentarme dedicado a mis labores. Volver a la facultad, sin embargo, nunca me resulta traumático: siempre encuentras dificultades, pero también muchos compañeros que te ayudan a superarlas.

Si la piscina me enseña a regular la respiración, a dosificar el aire y a saber mantener un ritmo (¡qué importante es la disciplina, que solamente se logra si se entrena, en el deporte y en la vida!), la ficción me está dando tantos momentos maravillosos que compensan muchos sinsabores.

Iba a hablar del último libro que he leído esta semana (El adversario, de Emmanuel Carrère, que me ha gustado y no me ha gustado a la vez), pero tenía que elegir un libro para acabar con el reto propuesto. Y desfilaban tantos libros como candidatos que a punto he estado de dejar la serie sin un final.

Y me doy cuenta de que no voy a poder de algunos de mis poetas favoritos. Hubiese empezado, sin duda, por Ángel González, mi favorito entre los favoritos. De Góngora, por supuesto. De García Montero y Gil de Biedma, del descubrimiento que me supuso la lectura de Fuera de campo de Pablo García Casado. Y de tantos otros. Y de Cernuda, claro.

Que no figurará Drácula que, es una novela perfecta en todos los sentidos, una obra que siempre está muy por encima de cualquier expectativa. De la conmoción que me supuso la lectura de Frankenstein, en la que no sabía que había ternura, en los sentimientos destilados en las obras de Dickens y de Stevenson, de Twain. Qué injusto resulta resulta saltarse todas esas ficciones. Y las de Galdós y las de Millás, por poner pequeños grandes ejemplos. Me acuerdo ahora del pecado que supone no dedicar unas líneas a las obras de Julio Llamazares.

Me pregunto cómo es posible no hablar de Jardiel Poncela (qué grande como dramaturgo, que deliciosas y desternillantes sus novelas). ¿No dedicaré ni un segundo a las clases en las que llorábamos de risa a las ocho y media de la mañana disfrutando de Miguel Mihura y de los dilemas existenciales del bueno de Augusto?

Hablando de risa, me hubiese parecido indispensable no omitir la novela a la que tengo por más graciosa de todas las que he léido (Terapia, de David Lodge). Hablando de misterio y ficción policíaca, no poder hablar del momento en el que Conan Doyle de Sherlock Holmes se incorporó a mi vida con su obra completa. El disfrute de la crónica hecha literatura en García Márquez o Capote. O esa obra suprema del para mí cada vez más cuestionable Pérez-Reverte que es Territorio Comanche, de la que hablaba Víctor un día. Del día que descubrí a Marta Sanz, de los dos días magníficos que pasé con La invención del amor, de Ovejero. De Rafael Reig y de Miguel Ángel Hernández. Del momento demasiado tardío en el que descubrí a los griegos. Del día que asistí a la representación de El lector por horas. De todas las veces que he redescubierto a Eco en El nombre de la rosa.

Tenía casi decidido que hablaría, como último libro, de Richard Ford, pero luego pensé en Ian McEwan, ese maravilloso Sábado, y lo tuve claro. Luego me acordé de que sería imperdonable no dedicarle ese espacio a la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, que tanto supuso para mí. Me vino a la cabeza todo lo que siento con las narraciones de Auster, de lo que me gusta su manera de contar, y, entre todo lo que me gusta de él, me iba a decidir, definitivamente, por Brooklyn Follies. Con ese final que lo resume todo, dios mío.

Y en esas meditaciones y divagaciones estaba cuando empecé a leer por un rebote del destino a una autora que, de manera imperdonable, desconocía. Cayó en mis manos Tierra desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri. Lo empecé sin saber a qué atenerme, fue ganándome como solo lo consiguen las grandes narraciones y lo acabé la semana pasada en la que, para mí, destaca un pasaje esencial:

—Llevan toda la vida en este lugar. Morirán aquí.

—Los envidio por ello —comentó Hema.

—¿De verdad?

—Yo nunca he pertenecido a un lugar de esa manera.

Se refiere a lugares en un libro que trata de personas que nacen en un país y residen en otro, que asimilan parte de algo sin desgajarse de las tradiciones u olvidándose de ellas, de una tierra en la que viven y de la que no proceden, en la que pasan su vida sin un arraigo absoluto. Pero el fragmento, para mí, no se ciñe solamente a territorios geográficos, sino a territorios vitales y existenciales, a mundos personales. Y me conmovió pensar en mí existencia como habitante de esa tierra desacostumbrada que es la vida. Habitante aparente de (casi) un único lugar y con la sensación constante de pertenecer a otros con toda la fuerza que aporta la desubicación, la dislocación. A mí también me da la impresión de que «nunca he pertenecido a un lugar de esa manera».


La imagen es de Marc Surià.

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Como la entrada de ayer fue tan negativa, tenía que quitarme ese sabor amargo con mucho más dulces (y frecuentes) que posee la enseñanza.

Empezar esta entrada con este título no deja de ser una simplificación, puesto que, a lo largo de todos los años que impartí docencia en la Licenciatura de Comunicación Audiovisual primero y luego en el Grado en Comunicación Audiovisual, fueron muchísimos los gallegos que han pasado por mis clases. Y guardo muy buen recuerdo de un buen número de ellos.

Pero, cuando hablo del «comunicador audiovisual que vino de Galicia», me refiero por antonomasia a Luis, uno de los alumnos con los que más he disfrutado en clase. Luis venía a estudiar Comunicación Audiovisual con unos cuantos años de diferencia con respecto a muchos de sus compañeros. Había realizado previamente un módulo de Formación Profesional relacionado con ese mundo y se notaba su experiencia. No obstante, sobresaliendo en madurez respecto a algunos de sus compañeros, destacaba, ante todo, por poseer unos conocimientos muy sólidos y muy bien cimentados sobre el mundo de la comunicación, el periodismo, el cine, las series de televisión… Su opinión no era una más, sino que siempre era poco habitual, fundamentada y razonada. Sabía de lo que hablaba y lo comunicaba muy bien. Formó parte de un grupo que hacía unas prácticas deliciosas, llenas de brillantez y creatividad (un día tendré que hablar de algunas joyas que fueron haciendo muchos de mis alumnos que convertían las prácticas en algo con un valor extraordinario).

Con Luis he hablado mucho dentro y fuera de clase. Hemos mantenido charlas infinitas sobre el oficio, sobre la situación de la universidad en general y de los estudios de comunicación en particular, sobre carreras (él también es corredor) y sobre la deriva de una parte de las nuevas generaciones.

Se me olvidaba decir que la vida de Luis no ha sido fácil. Para costearse los estudios, tuvo que trabajar durante unos años en una gran superficie. Ha sabido lo que es tener que simultanear los estudios y sacar tiempo de donde no lo había. Además, nunca ha sido un alumno de los que rinde pleitesía: el respeto de Luis hay que ganárselo porque no le vale cualquier cosa y, con su mente ágil y brillante, detecta las trampas antes de lo que uno se espera. Me gusta mucho verle ahora en su nueva ocupación, en la que ejerce a las mil maravillas su papel de comunicador y de divulgador. Sabe hacer muchas cosas y las ejecuta con dedicación y sabiduría.

Quizás hable en algún otro momento de algunas cosas relacionadas con Luis. Hoy aprovecho, sin embargo, para cerrar esta entrada con una cuestión de la que hemos tratado él y yo muchas veces. He de decir que él la detectó mucho antes de que yo la viera venir: la peligrosa deriva que estaban tomando los alumnos de Comunicación Audiovisual. Yo era feliz dando clase a futuros comunicadores. A fin de cuentas, crecí en el ámbito de la comunicación porque mi padre era publicitario y he vivido entre cámaras, micrófonos, breafings, eslóganes y diseños. Gran parte de mi actividad investigadora gira en torno a la publicidad y la ficción audiovisual. Pero hubo un momento en el que los alumnos, aunque estaban en primero, empezaron a creer que lo sabían todo y, por lo tanto, se negaban a aprender y a ser corregidos. Lo he hablado también con algunos de mis compañeros comunicadores: llegan a la universidad sabiendo apretar botones con cierta soltura y piensan que la cosa va de eso, de apretar botones y accionar palancas. Según me decía Luis (que, por cierto, aprieta los botones como nadie, pero posee un conocimiento más general y abstracto sobre sus acciones), los chicos que ingresaban en el grado se preocupan por la forma, pero les daba igual el contenido. Y no solo es que les diesen igual los contenidos, es que no conocían ese fondo, ese necesario marco general para hablar de algo. Y es algo que ocurre, en efecto. Llegó un momento en el que les decía: «Sí, vale, has utilizado bien los medios, pero ¿importa más la forma de comunicar que el contenido en sí». Ellos me ponían cara de no entender lo que les decía. En ese momento, decidí tomarme un respiro.

Afortunadamente, hay muchos comunicadores como Luis, con la cabeza bien amueblada y con mucho conocimiento y reflexión para saber lo que hace, cómo lo hace y para qué lo hace. Y, además, tiene un gran sentido del humor.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Estaba el otro día viendo la televisión y, no sé por qué razón, me acordé de Edipo, un alumno que tuve hace unos años en la asignatura de Pragmática en la universidad. Edipo era un chaval de esos que pueden denominarse insustanciales, de sonrisa floja y poco interés por lo que se decía en clase. Iba bordeando la asignatura de manera muy irregular con un trabajo mínimo. En las clases, solamente le gustaba destacar por las monerías que profería, algo quizás entendible en otros niveles educativos y en otras etapas de la vida, no estaba muy en sintonía con los requisitos de alumno que intente superar una asignatura relacionada con la lingüística y que no es demasiado fácil.

Edipo hizo la prueba final y fue uno de los pocos alumnos de su clase que no la superó. Pese a que, como digo, la Pragmática no es una materia sencilla, el trabajo pautado y el tiempo de que disponen para hacer la prueba final hacen que los alumnos que se esfuerzan por entender y aplicar los conceptos de la asignatura suelan superarla sin problemas. A los pocos días, empezaba la revisión de los exámenes.

Recuerdo ese día perfectamente porque fue uno de los más dolorosos de mi vida. Al poco de llegar al despacho, una llamada de un amigo me dice que Pedro, nuestro querido amigo Pedro Torrecilla, había muerto. Era un fallecimiento no esperado, que llegó de repente y nos dejó a todos helados. Yo me quedé sin poder reaccionar, llorando de manera desconsolada en el despacho. Intenté reponerme (dentro de poco empezarían a llegar alumnos para la revisión): fui al baño, me lavé la cara e procuré llevar la mañana de la mejor manera posible.

Entró primero una alumna que había aprobado, pero a la que yo había aconsejado que acudiera a la revisión para explicarle un par de fallos. Luego llegó Edipo. Con esa sonrisa floja que ya he comentado, me saludó y dijo algo que intentaba ser gracioso. Yo le contesté de la forma más cortés que pude y luego le dije que me perdonase, pero quería hacer la revisión de forma breve, puesto que acababa de recibir la noticia de la muerte de mi amigo. Él solo dejó de sonreír una décima de segundo. Acto seguido, como si no hubiese pasado nada, él dijo: «Pues nada, que quería hacer la revisión del examen». Yo le fui comentando los enunciados mal analizados, los errores de conceptos, las aplicaciones incorrectas de la terminología, los aspectos que habían quedado sin explicación. Él, en vez de ir acortando, iba exigiendo más explicaciones. Yo, totalmente roto por dentro, iba aguantando como un campeón. La cosa duró casi una hora.

Para que todo fuese más constructivo, acto seguido le fui dando también algún consejo para la segunda convocatoria de manera que pudiese superarla sin problemas. En ese momento, se rio y dijo: «No, si no me voy a presentar a la convocatoria extraordinaria; me voy de Erasmus el próximo año y pienso convalidar esta asignatura». Se levantó y se fue con esa sonrisa en la cara.

Confieso que es una de las poquísimas ocasiones que he observado una falta de empatía tan grande en uno de mis alumnos. De manera general, esto demuestra también que algunas normativas son enormemente injustas: es difícil de entender que un alumno pueda utilizar el programa Erasmus para «lavar» su expediente de asignaturas que no ha podido superar. La pregunta es inevitable: ¿para qué diantres fue Edipo a la revisión del examen? En todo caso, le imagino caminando por el pasillo, su cara sonriente, sin pensar ni por un segundo en el sufrimiento de los demás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen es de Francisco Martínez.

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Tras un breve descanso mental y corporal, vuelvo con las historias de alumnos. No sé por cuánto tiempo, porque se avecinan jornadas muy intensas en la universidad y hay que priorizar empezando por lo importante.

En esta ocasión, me he decantado por un título de entrada de esos que los cursis llaman clickbait y yo prefiero denominar, simplemente, cebo. Me imagino a muchos burgaleses de los de toda la vida sudando, enfurecidos y preparados para soltar unos comentarios asesinos en las redes sociales. Mi pretensión, en efecto, querido lector burgalés, es que tu rostro haya pasado por todos los matices cromáticos, que tu cabeza haya realizado un giro perfecto de 360 grados y que hayas conseguido proferir en palabras que desconocías. Por otro lado, comprendo que, en estos días, con el incendio en nuestra queridísima Nuestra Señora de París los ánimos estén… calientes. Pero no te sulfures demasiado, que la cosa (el título de la entrada, digo) no es para tanto.

Como sé que con la catedral de Burgos no se juega, empezaré diciendo que la catedral de Burgos me parece una maravilla. De hecho, siempre que puedo (y esto, a veces, es al menos cinco o seis días a la semana) me desvío —y me desvivo— para poder pasar por la plaza de Santa María y disfrutar con su belleza.

Pero es que Enrique, nuestro protagonista de hoy, tenía por la catedral un fervor muy particular. Él solía referirse a ella en clase como «La octava maravilla del mundo». Todos lo tomábamos como una manera de hablar que decía mucho a su favor como ciudadano burgense. Pero no. Resulta que un día descubrimos en clase que él estaba convencido de que había ocho maravillas en el mundo antiguo y nuestra catedral se sumaba a los Jardines Colgantes de Babilonia, a la Gran Pirámide de Egipto, el Coloso de Rodas y demás. Como podéis comprobar, Enrique tenía un concepto laxo de lo que significa «mundo antiguo», que para él no se acababa allí por el siglo V (y eso que esas maravillas no habían alcanzado siquiera a la antigüedad romana) sino que continuaba y se perpetuaba en la voluntad del obispo don Mauricio.

Cuando le intenté sacar de su error, puso mil y una caras, frunció el ceño y todos sus signos vitales emanaban un odio monumental (nunca mejor dicho) contra ese profesor (yo) que de forma cruel le había quitado unas ilusiones de su vida. A partir de entonces (fue mi alumno durante varios años), se alternaban las chanzas con el asunto, tanto por su parte como por la mía, aunque su cara siempre expresaba un mejor me río para no llorar.

Era Enrique un tipo contradictorio y particular, que se hacía querer y «odiar» (entre comillas, claro, creo que nunca he odiado a un alumno) a partes (des)iguales. Por un lado, tenía una inocencia infinita. Pero no era una inocencia inocente, era una inocencia anclada en todos los prejuicios de los españolitos, de los castellanos, de los burgaleses. La tradición podía con todo y contra todos. Esto chocaba con mi modo de ser, que siempre ha oscilado entre el orgullo de lo que soy y de dónde procedo y una indiferencia cosmopolita que me hace ser orgulloso de pertenecer a otros muchos sitios, sin restricciones, lenguas ni banderas. Por otro lado, era una persona cariñosa, con necesidad de afecto y atención. Y yo le tenía ese cariño infinito… menos cuando se ponía pesado, que era el 55,67 % de las ocasiones. Conclusión: que todos teníamos mucha paciencia con Enrique, pero le apreciábamos como un buen chaval. Que lo era.

Con Enrique en clase hemos pasado todos muy buenos momentos. Hay anécdotas que no puedo contar: sus compañeros en un determinado curso se reirán cuando canten para sus adentros «Capitán, capitán, capitán…» No me acuerdo, algo relacionado con el capitán Nemo. En una ocasión, cayó en una trampa con la que disfruté durante semanas. Él se reía porque yo había corrido mi primer maratón en algo más de cuatro horas. Estaba preparándome un maratón en San Sebastián y yo era muy consciente de que, si no había imprevistos, iba a rebajar muchísimo esa marca. Él se apostó no-me-acuerdo-qué a que no bajaba de tres horas y media y yo acepté la apuesta doblada… si conseguía hacer menos de tres horas y veinte. El lunes siguiente, Enrique había comprado El Diario Vasco para reírse de mi lentitud, pero se encontró con una marca que no esperaba. El vacile que tuve con él durante el recreo fue mayúsculo y la apuesta se saldó a mi favor de una manera mucho más modesta, por supuesto: le pedí que me grabara en VHS dos de sus películas favoritas.

Porque Enrique era un enamorado del cine clásico, algo muy poco habitual entre los chicos de su generación. Pasábamos muy buenos ratos comentando cosas sobre directores, anécdotas de rodaje, detalles sobre actores poco conocidos. Incluso le invité a colaborar conmigo en un ciclo de cine clásico que realizamos en el instituto y que tuvo tanto éxito que creo que será mejor comentarlo en otra entrada.

De Enrique se podría estar hablando toda una vida: su afición la música, su oscilación de gustos (del cine se paso a la gastronomía), sus viajes con buenos amigos… Veo poco a Enrique. Las dos últimas veces, curiosamente, hemos coincidido muy cerca de la catedral… esa (octava) maravilla del mundo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen pertenece a mi galería de Flickr . Fue tomaba en la catedral en una exposición de Bernardí Roig.

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Para este sexto día hablando de libros, me decanto por uno de los que más me gustó en esa época de infancia en el que se el niño tantea el universo y lo expande e intensifica gracias a las novelas de aventuras.

Hubiese podido escoger otras novelas de Julio Verne. Sin duda, mi favorita es 20 000 leguas de viaje submarino. Por muchas razones, pero, sobre todo, por el maravilloso personaje del capitán Nemo, digno de un análisis mucho más pormenorizado y que apareció también en La isla misteriosa. Pero la novela de aventuras marinas llegó más tarde que la de las estepas siberianas, así que elijo esta y no aquella. O, mejor, elijo las dos, pero solo hablo de una.

Miguel Strogoff, el correo del zar, que tiene el reto de recorrer el camino que dista entre Moscú e Irkutsk en Siberia, lleno de amenazas y de peligros. Y, en su contra, un malo-malísimo antagonista: el malvado y rencoroso Ivan Ogareff. Como es posible que algunos visitantes de este blog no hayan leído la novela, no puedo hablar de ese momento crítico de la obra, donde al correo del zar le privan de algo fundamental para seguir con su misión. La manera de narrar las adversidades, el talante de Miguel para enfrentarse a ellas, la compañía de Nadia en su viaje…

Para mí, Irkutsk fue el símbolo de lo remoto, lejano e inalcanzable. Como anécdota, diré que, en uno de mis viajes a Rusia por motivos académicos, conocí a dos profesoras que eran de esa localidad siberiana. Me parecía imposible estar en sesiones de ponencias y comiendo o tomando un café con personas del otro confín del mundo, ese al que tuvo que llegar Strogoff para cumplir su misión.

Hablando de Julio Verne, aprovecho para mencionar El castillo de los Cárpatos, una novela muy representativa de la narrativa de fines del XIX, en el que, pasado el realismo, se vuelve al interés por lo fantástico. Aquí tenemos una historia con un malo lleno de secretos y una obsesión: una cantante de ópera, que muere aterrorizada en el escenario. A partir de ahí, la narración se desplaza a los Cárpatos, en Transilvania (nada menos). Y, con un toque de obsesión casi vampírica, asistiremos a un submundo de espíritus y apariciones, de melodías y figuras enigmáticas. Los personajes, de algún modo, se han de reconocer a sí mismos en un mundo de espejos.

En suma, me resulta una novela muy interesante por esa recreación de lo misterioso y lo romántico, mezclado con lo moderno de un modo que solamente podremos entender una vez que hayamos acabado el libro.

Y, ya que la cosa va de obsesiones, de personajes enigmáticos y cantantes de ópera, el extra no podía ser otro que El fantasma de la Ópera, de Gaston Leroux. La historia es muy conocida por sus versiones cinematográficas y el musical de éxito continuado, pero aconsejo vivamente leer la novela: tiene algunas variantes, matices y derivas en la historia que son bastante diferentes a lo que sucede en las versiones fílmicas y teatrales.

A veces, uno no sabe los misterios que habitan en el subsuelo de sus vidas, pero la literatura está ahí, muy atenta, para desvelarlos.

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Me apasiona Robinson Crusoe. El libro de Defoe contiene tantas lecturas, tantos modos de enfocar la historia, tantas maneras de ajustarla a nuestras circunstancias personales, que dibuja un bucle infinito que nos conecta con esa experiencia excepcional y dolorosa del náufrago para extrapolarla a lo que significa el sentido de nuestra existencia. Como individuo y como cultura.

Es probable que los lectores jóvenes que se acerquen a esta novela por primera vez se encuentren con algo que no esperaban. Es, por supuesto, una novela de aventuras, pero también se trata de una novela moral, filosófica, reflexiva. Lo que, en principio, podría considerarse una catástrofe personal le sirve a Robinson para sobreponerse, para construirse y construir, como símbolo de la fe en el progreso, en el hombre (blanco). A mí me gusta la obra en todas sus vertientes y en todos sus ángulos.

Reconozco que siempre me han llamado la atención las novelas que enfrentan al héroe contra la soledad y los medios que pone este para asimilarla, para acomodarse a ella o para replicarla. En novelas como Robinson, uno, buscándose a sí mismo, encuentra muchas cosas de sí que no conocía. Y, a veces, si la suerte le acompaña, se encuentra un día de la semana (por ejemplo, un viernes), con el otro.

Robinson (re)construye su existencia y establece una réplica del mundo civilizado en un mundo salvaje porque confía en sus posibilidades como ser humano y en las posibilidades que le ha dado una cultura, que ya es ilustrada. También hay ahí algo de lectura política, por supuesto. Pero a mí me gusta inclinarme por el lado personal de Robinson Crusoe, por ese joven deseoso de aventuras al que el azar, que no es sino el destino, le conduce a la aventura total.

La pregunta en la actualidad es inevitable: ¿cómo sobreviviría una persona de nuestro tiempo en la isla de Robinson? Esto me da ideas para algo que escribiré algún día de forma más pormenorizada.

Aunque el título de esta entrada incluía el título de dos libros, hablar de islas desiertas me empuja a escribir unas poquitas líneas sobre El Señor de las Moscas, de William Golding. Aquí la isla desierta nos sirve como un experimento sociológico y antropológico que ríete tú de Gran Hermano (el televisivo, claro) o de Supervivientes (el televisivo, claro). ¿Qué puede haber más idílico en este mundo que un grupo de jovenzuelos supervivientes de un accidente de avión que hacen de una isla desierta su lugar de vacación? Esta novela, analizada hasta la extenuación en sistemas escolares de otros países, creo que en España ha tenido menos recorrido en los institutos. Yo la utilicé durante muchos años en las clases de Filosofía para conectarla con las teorías de Hobbes, de Locke, de Rousseau. ¿Somos buenos por naturaleza o somos un lobo para nuestros congéneres? Aquí no puedo extenderme mucho para dar la oportunidad de descubrirlo a aquellos que no han leído la novela. Adelanto que podéis esperar juegos, clanes, luchas por el liderazgo, religión totémica incluso. Y ya no digo más.

Escribir sobre islas desiertas me ha llevado a considerar necesario hablar sobre Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.

Los asquerosos es una novela sobre un náufrago que no vive en una isla desierta. Comienza con notas irónicas que me recuerdan a Eduardo Mendoza hasta que va encontrando una voz propia extremadamente peculiar y original. El protagonista, Manuel, huye por un motivo más que justificado a un pueblo abandonado, que es lo más parecido en nuestros días a una isla desierta, puesto que vivimos en un mundo en el que todas las islas desiertas tienen algún turista con un vaso en la mano. Huida y acomodo en nuevo mundo, en una nueva realidad. Diría que Manuel es como Robinson, pero el mismo narrador refuta esa afirmación. Nos dice que tampoco es una escapada mística al campo a lo Thoreau en Walden. En suma, el protagonista se cobija en el mundo rural de la nada primero por necesidad y luego por una convicción. Cuando a la isla del páramo llegan los salvajes —esta vez sí, como en Robinson—, la vida de Manuel se siente amenazada. Y nosotros comprobamos la tensión entre la sociedad en la que vivimos y la sociedad de la que queremos escapar.

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La entrada de hoy iba a ser para Patria, de Fernando Aramburu, un libro magnífico en muchos sentidos. Estupendo en su forma de contar, maravilloso por lo que cuenta, dando sentido auténtico y perspectiva al problema del terrorismo y la convivencia en el País Vasco. Todo narrado desde dentro, sin medias tintas. Una historia de ciudadanos, de paisanos enfrentados que acaba como acaba. Y no digo cómo acaba porque todos sabemos cómo finaliza (o está finalizando) la historia externa del conflicto vasco, pero en esta novela el final también es importante.

Sin embargo, me decanto por un libro que también aborda el problema del terrorismo en el País Vasco. Se trata de El hombre solo, de Bernardo Atxaga, que fue publicado en 1993. Leí esta obra a los pocos meses de ser publicada y me encantó. Me gustó especialmente porque es una novela muy bien escrita, pero, ante todo, porque está narrada desde el punto de vista de un exmiembro de la banda terrorista.

Bajo la apariencia de una novela de una novela de intriga, El hombre solo es mucho más que eso. Ambientada durante la celebración del campeonato mundial de fútbol celebrado en España en 1982, Carlos, el protagonista, trabaja en un hotel de Barcelona junto a otros compañeros de la banda. Alejado de la lucha armada, su máxima ambición es olvidar todo lo pasado y mirar hacia el futuro. Pero no es tan fácil dejar atrás todo lo que uno ha sido, sobre todo cuando reflexiona sobre sí mismo y escucha voces constantes de distintos signos que le recuerdan lo que fue. El destino y las circunstancias le obligan a recuperar todos esos fantasmas del pasado para devolverlos al presente colaborando en una nueva acción de ETA.

La novela hace que conozcamos profundamente a Carlos, a un Carlos que piensa, que argumenta contra su pasado, que lucha, sobre todo, contra sí mismo, contra sus miedos y sus antiguas convicciones. Es muy difícil ponerse en la piel de alguien que ha participado en la lucha terrorista en el bando de los malos, pero todavía es más complicado sentirnos identificados con él. Cuidado, no se trata de una identificación que justifica ni exonera: se trata de acompañar al protagonista en un momento de su vida y activar todas nuestras alarmas existenciales. Porque los seres humanos, aunque estemos amparados en banderas, en insignias y consignas, somos seres perdidos en el vacío. Los hombres estamos solos.

Os invito a leer este libro. No os va a dejar indiferentes.

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Después de dos días de novelas, cambiamos al teatro. Siete días no dan para mucho, aunque haga alguna trampa, así que tengo que hablar necesariamente de Shakespeare. Proust, Shakespeare y Cervantes forman la tríada de mis autores favoritos, si es que es posible elegir, preferir, escalar y escalonar en algo tan íntimo como el ámbito de la pasión literaria.

Llegué a Shakespeare, en general, de manera bastante azarosa. A eso de los 13 años, mi madre accedió a comprarme una colección de cien libros que iban saliendo en los kioskos con una selección de clásicos (en principio, destinados a los jóvenes, pero con títulos que creo que excedían o ampliaban ese marbete). Recuerdo muy bien que, un día, tendría yo 14 años, abrí uno de esos volúmenes multicolores. Este era amarillo y contenía, creo recordar, tres obras: Hamlet, Macbeth y Romeo y Julieta. Empecé por este último, que me gustó mucho. Las otras dos obras las leí en circunstancias muy raras para mí. Yo, que era amigo de encerrarme en mi habitación, alejado de todo gracias a un larguísimo pasillo que separaba mi mundo de todo lo demás, salí a la calle un día de primavera con el libro en la mano. Fui al paseo de la Isla y, en un banco y al calor dulce de un sol que empezaba a florecer, me puse a leer. Entendía muy poco, casi nada, pero me llamaba mucho la atención la manera que tenía Shakespeare de contar esas historias. Había frases crípticas, casi sentencias, que para mí no tenían otro sentido que la belleza. Había pasajes que leía y releía porque me gustaban, conversaciones que encerraban grandes secretos de la naturaleza humana. Pero Shakespeare, por aquel entonces, no pasó de esas sensaciones, que para mí como lector no me habían llenado por completo porque no había llegado a entender hasta las últimas circunstancias, pero que ahora, vistas con perspectiva, eran más que suficientes. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare son, entre otras muchas cosas, sensaciones.

Volví a Shakespeare años después, creo que con 16, en una época en la que creo que era muy fácil sentirse identificado y comprender a Hamlet. Tipo contradictorio con muchos problemas existenciales, marcado por una tarea que no sabe muy bien cómo encarrilar, estigmatizado por una locura que no se sabe hasta qué punto es intencionada, teatralizada, estratégica. Con un amor que acaba mal, enfados, traiciones, secretos y revelaciones. Y, por dentro y por fuera, mucho teatro.

Nunca he visto Hamlet representada en un teatro. Sí la vi en la televisión, en la aclamada versión de Laurence Olivier de 1948. Y, aunque a mucha gente no le guste nada, me interesó muchísimo la versión de Kenneth Branagh que disfruté en el cine en su versión íntegra de cuatro horas. Ese Hamlet atemporal e intemporal, que pertenece a todas las épocas y que asume muchas variantes, con hallazgos inteligentes, como ese maravilloso juego de espejos que tanto juego da en el filme. Y con todos los interrogantes de la obra puestos de manifiesto. Ya había disfrutado de otras adaptaciones y versiones cinematográficas de este director.

Hamlet no solo ha acompañado mi vida como lector, sino que podría decirse que ha acompañado también a muchos jóvenes lectores que pasaron por mis clases. Llegó a ellas casi por azar, a raíz de algo que ocurrió con una lectura del Quijote, y lo hizo para quedarse. Un Hamlet acompañado, leído y comentado, discutido y e interpretado, resulta una auténtica maravilla. Creo que no dejó indiferente a casi nadie y a mí, desde un punto de vista personal, me sirvió para leerlo y releerlo en más de veinte ocasiones. Es, por lo tanto, una de las obras que he tenido más pegadas a mi evolución como lector y como ser humano. Ha cambiado conmigo, y también me ha ayudado a situarme, a comprenderme y a entender mejor esa mezcla de teatro y realidad que reviste nuestras vidas, esos desafíos que no sabemos cómo afrontar si no es con mezclas no conocidas de locura, audacia e ímpetu juvenil.

Sería injusto hacer referencia a las tragedias de Shakespeare y no comentar brevemente a una comedia que incorpora una anécdota muy importante en mi vida y que solo comentaré a medias. Se trata de El sueño de una noche de verano. Es una obra que nunca he leído y he visto representada solamente una vez. Vi algo de su magia en El club de los poetas muertos, en la que el gusto por la representación y el poso de comedia e ilusión juvenil se mezcla casi inmediatamente por la tragedia.

Tuve la suerte, como digo, de ver esta comedia de Shakespeare representada en Burgos en una larguísima representación llena de magia, plagada de sueños e irreales realidades, con el teatro dentro del teatro, con árboles, bosques y hadas. El telón se cerró. Era una noche de verano. Y hasta ahí puedo contar.

En suma, la vida es puro teatro.

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Escribo esta segunda entrada sobre libros siguiendo el reto de «Siete días de libros» y lo hago subrayando que, en los días sucesivos, la elección no tiene ningún orden de preferencia.

Lo hago sobre un libro que me fascina: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. No llegué a la historia por primera vez a través del papel, sino gracias a una reposición de la serie de RTVE dirigida por Pedro Amalio López y protagonizada por el gran Pepe Martín. Tenía 12 años, pasaba parte de los veranos en Madrid y, después de comer y esperando que llegase la hora de bajar a la piscina, me tumbaba en el suelo de la salita y quedaba totalmente absorbido por esta historia de traiciones e injusticia, de venganzas y salvaciones. Llegaron luego, casi simultáneamente aquellas versiones en viñetas de las «Joyas literarias juveniles», que adaptaban textos literarios en formato cómic, que no sirvieron nunca para disuadirme de leer los textos originales sino, antes bien, me dieron magníficas ideas para elegir las historias que me gustaban.

No recuerdo la primera vez que leí el texto original de Dumas. Tendría, probablemente, unos 15 o 16 años. Conocía bien la historia, pero quedé prendado por el ritmo vertiginoso (pese a los dos grandes tomos) que tenía el autor francés para narrarla. Mi parte preferida ha sido siempre la de la fuga del Castillo de If, esos momentos de aprendizaje y preparación que convierten a Edmundo en un auténtico sabio, casi un superhombre. La primera vez, también me gustaba mucho la parte de la venganza metódica, casi cartesiana, pero en sucesivas lecturas he acabado el libro disfrutando más de la primera parte que de la segunda, aunque me agraden mucho las dos. La segunda vez que volví al libro tendría ya unos 30 años. Había comprado una nueva edición cuando era socio del Círculo de Lectores. Abrí el libro y comencé mi relectura en sábado por la mañana y, atrapado de nuevo por la historia, no abandoné la lectura (a excepción de las necesidades vitales imperiosas) hasta que me lo acabé. Tenía miedo de que se tratase de uno de esos libros a los que se vuelve pasados los años y decepciona, pero no lo hizo de ningún modo. Antes bien, me hizo fortalecer algunas intuiciones juveniles y me encandiló con otros muchos aspectos nuevos. Volví a él hace poco, unos dos o tres años y seguí padeciendo y disfrutando de estas aventuras narradas por Dumas y sus colaboradores.

Tener esta oportunidad para hablar espontáneamente de libros me ayuda a comprender algunas cosas. Yo, que creía que tenía un poso vengativo y justiciero, creo que me dejo llevar mucho más por las historias de conocimiento y de liberación. De hecho, me gusta muchísimo el proceso que sigue Alejandro para romper con esa traición inicial y cómo salva su vida gracias a su inteligencia, a su previsión, a su preparación. Me gusta mucho más el Edmundo hombre que se enfrenta al mundo y se libera que el Edmundo-dios que quiere restablecer y compensar un mundo con pesos y balanzas que ya no tienen mucho sentido más que el poético.

Para este segundo libro del reto, he elegido la historia del conde Montecristo, pero he estado a punto de cambiarla varias veces dudando entre dos libros, así que haré referencia a ellos. Son los dos también libros de aventuras. Se trata de El prisionero de Zenda, de Anthony Hope, y de Scaramouche, de Rafael Sabatini. Me doy cuenta de que, como en el caso anterior, son historias vividas antes en las pantallas que en los libros. Otro denominador común entre ambas es que, en esas películas, el protagonista es Stewart Granger, un actor que siempre me ha fascinado y al que tengo que dedicar una entrada un día de estos, porque su nombre me remite también a otro gran libro, Las minas del rey Salomón y a una historia de contrabandistas, Moonfleet, que es una de mis películas preferidas.

¿Qué decir de El prisionero de Zenda? El que no haya leído esta novela, haría muy bien en abandonar la lectura de este mísero blog y empaparse de una historia que figura en torno a la figura del doble, de ese haz y envés de nosotros mismos en los que se refleja lo mejor y lo peor. Gracias a él y a las circunstancias, vivimos lo que no queremos, anhelamos lo que nunca pudimos alcanzar y adquirimos un sentido del deber que nos es ajeno, aunque nuestra vida esté constantemente en peligro.

Y, con Scaramouche, pasa lo mismo. En este caso, es muy aconsejable leer el libro y ver la película (o viceversa) para apreciar las diferencias entre ambos. Tenemos aquí, también, una historia de venganza, de nobles y lacayos, de huidas y teatro… y de cómo entre peleas de espadas uno se enfrenta a algo más que a su enemigo.

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En una red social, me han propuesto el reto de participar en una cadena para hablar de siete libros en siete días y proponer a otra persona que participe en esta cadena a raíz de cada libro del que hable. ¿Cómo decir que no a un reto como este, cuando leer se encuentra en el centro mismo de mi manera de vivir?

Le he dado alguna vuelta al asunto y me ha parecido adecuado ampliar en una entrada del blog algunos detalles relacionados con el libro que escojo cada día. Entre otras cosas, porque en las redes sociales cada vez soy más conciso y menos participativo. Ahí solo anoto y apunto y aquí daré algo más de extensión y de justificaciones.

Cualquier reto en el que haya que escoger siete libros se anticipa ya como un desafío imposible. En su propia imposibilidad, lo haré factible gracias a ciertas dosis reducción y (también) gracias a alguna trampa, que veréis en su momento.

Pero me resulta muy sencillo escribir el primero de la lista: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Proust llegó a mi vida cuando estudiaba cuarto de Filología Hispánica en Valladolid y se instaló en ella para siempre. Hay un hueco siempre dentro de mí para la Recherche. Aún recuerdo cuando comencé la lectura del libro en la traducción de Alianza, realizada por Pedro Salinas. Quedé inmediatamente enamorado y embelesado por una manera de contar, que era la que a mí más me gustaba de entre todas las posibles. Esa sintaxis alambicada y alargada, ese devaneo con las palabras que no es vacío sino, que en sí mismo, completa un mundo y una manera de enfrentarse a él.

Al año siguiente, allá por mi cumpleaños, recibí un regalo inesperado: se trataba de la obra completa de Proust (como sabéis, es una obra compuesta por siete novelas) en francés. La vida me enseñaría, poco después, muchas cosas sobre tiempos recuperados y tiempos perdidos. Yo no había acabado de leer todavía la obra en español, pero la lectura de la Recherche en francés supuso para mí una conmoción y un obsequio para cada uno de los sentidos hasta llegar al intelecto de una forma vaporosa, oxigenada, perfecta.

La manera de concebir el tiempo y, sobre todo, la manera de integrar el tiempo en la vida real y en nuestro sentido existencial supone uno de los mayores logros de la obra. Esa vida dilatada en mil detalles y matices, que parece perdida para siempre, es recuperada por el sentido y el tiempo de la escritura. Nunca perder el tiempo fue una manera tan estupenda de ganarlo. Nunca perderse en el detalle supuso una manera tan excelsa de encontrarlo.

Me maravilla ahora comprobar que, cuando escribo estas líneas, soy mayor que Proust. El novelista francés murió a los 51 años y, sin embargo, aquí estoy yo, incapaz de perder el tiempo y recuperarlo. Menos mal que lo atrapo de vez en cuando gracias a su prosa.

Hace falta que no vuelvo a Proust leyéndolo de parte a parte. Decididamente, tengo que buscar todo un verano para recuperar el tiempo.

La imagen que ilustra la entrada es la última página del último tomo de la obra. Demuestra de forma muy gráfica que, para hablar del tiempo y de la vida, hay que hacerlo corrigiendo mil y un matices. La vida no admite tachones y añadidos. La escritura, afortunadamente, sí.

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