— Verba Volant

Search Results
laberinto

Laberinto

Hoy me toca dormir al filo del amanecer, pensando en cómo corre la vida y se escapa entre todas las derrotas. Hoy toca pensar en una tarde espectacular, llena de inspiración, trazada con el tiralíneas del corazón. Hoy toca pensar en la mañana, que empieza por el recuerdo, y continúa pensando en la gravedad de los cuerpos que niegan todas las leyes racionales. Hoy toca pensar en las presencias y las ausencias, en la inocencia y en las historias que traspasan la verdad. Hoy toca pensar en las sonrisas del sediento, en la fe del aroma de los árboles, de esa tierra mágica con la niebla como frontera. Hoy toca pensar en la manera de atravesar los cuatro puntos cardinales, entre la cautela y la osadía. Entre la noche y ese nombre que se esconde.

Por eso, hoy trato de escribir estas palabras que vuelan. Tratando de ponerme en pie soñando. Intentando buscar la salida de este laberinto que se esconde detrás de tus labios.

(Imagen de Andrey Gatash)

 

 

 

Read More

st

Se apreciaba en el cielo una bandada de pájaros oscilante, de giros inesperados pero sincronizados. Tú tenías un pie sobre la luna y yo sujetaba los cordones de tus zapatos. Un anciano se sentó en la barandilla de la terraza para experimentar la sensación extraña de evadirse de su rutina cotidiana. Emprendiste la marcha por aquel camino que se perdía entre las sombras de los árboles altos y yo te seguía a duras penas, entre trompicones llenos de impulsos emocionados. Una banda de música rompió filas y las trompetas se enfrentaron a los clarinetes entre retazos de saliva. Decidiste dejar de esperar el tiempo y no emprender nunca el camino de retirada, mientras yo contaba los segundos cronometrados de una vida imperfecta junto a ti. Las imágenes, mezcladas entre papel mate y papel con brillo, empezaron a brotar en colores cálidos que se hacían tristes y en colores fríos acunados por mantas esponjosas. Decidiste que nada cambiaría tu sonrisa, que tu hombro izquierdo sostendría para siempre una mancha de nacimiento que se hizo hermosa y yo me limitaba a sostener una lata de atún para una tortilla que nunca llegó a un buen final. Vieron al conductor kamikaze conducir durante unos minutos por el carril correcto, ante la estupefacción de la guardia civil, que le estaba esperando en el lugar equivocado. En un impulso de manos violentas, te quitaste el casco que te aislaba del mundo para agitar tu pelo al viento y yo segmenté mi vida en los momentos en los que tapé con mis manos, sucesivamente, mis oídos, mis ojos y mi boca. Llegaste al cielo, por fin. Y yo me quedé perdido entre el laberinto de tus estrellas.

(La imagen es de Thomas Hawk.)

Read More

Tantos años de estudio y tantas páginas de bibliografía para, al final, descender a lo básico: un grupo de investigadores ha publicado en el número de abril de The Journal of Neuroscience un artículo titulado «Brain Mechanisms Supporting the Modulation of Pain by Mindfulness Meditation» (que he conocido gracias a la noticia de María Valerio en El Mundo) –también he encontrado otro artículo anterior sobre el asunto– en el que sostienen con evidencias que dedicar unos minutos a la meditación tiene efectos analgésicos. Al parecer, la meditación correlaciona muchos mecanismos cerebrales que logran modificar la experiencia subjetiva del dolor.

Descender la intensidad de nuestro ritmo vital, de nuestra respiración y concebir brevemente otra realidad como alternativa es tan viejo como el mundo. Lo han predicado las religiones orientales, pero aparece en todas las culturas y es reivindicado por muchas personas como alternativa al desenfreno de nuestro devenir. En el fondo, es la eterna relación y tensión entre cuerpo y mente. Aunque probablemente es algo que ha costado siempre hacer, parece que en nuestra civilización queda cada vez menos hueco para la nada constructiva: rellenamos todo nuestro tiempo con algo entre las manos, ante nuestros ojos o mediando en nuestros oídos. Los que practicamos deporte sabemos que el momento más delicioso es el de los estiramientos después de una sesión dura de entrenamiento. Los músculos se recolocan en su sitio, el ritmo cardiaco va descendiendo, nuestra respiración deja de entrecortarse, la sudoración va desapareciendo. Y hay momentos en los que dulcemente, con los ojos cerrados y en plena naturaleza, sientes que el mundo de todos los días está un poco más lejos. Ahora sabemos que, además, duele menos. Y solo queda una pregunta: ¿dónde quedaría el dolor si aumentásemos los momentos para relajarnos, para pensar en nosotros mismos?

Os dejo. Se me están cerrando los ojos. Estoy escuchando música. Y no me estoy durmiendo.

(Imagen de H. Kopp Delaney.)

Read More

52 1 PL22 1 Jpg 1024x744

Porque el laberinto es signo y representación, porque es metáfora y contiene dentro el término real y el imagen. Porque no sólo unas rectas paralelas conducen al infinito ni acogen, por lo tanto, mayor evidencia de finitud. Porque te buscas para no encontrarte o te encuentras porque no te buscas. Porque decides entrar para probar, para ver qué pasa. Porque el mundo es menos bello sin el acoso del Minotauro, sin la ayuda delicada de los hilos de oro. Porque el error y el acierto pueden esperar, agazapados, tras el próximo seto, tras el muro inminente, tras el vericueto suicida. Porque la vida no es sencilla, ni unívoca, ni tenemos el cuerpo preparado para los paraísos unidireccionales.

Porque entras, o te meten. Porque sales, o te sacan. Porque depende de ti y depende de los otros.

Y porque la arquitectura del caos complicado es aún más bella.

Laberinto de la imagen (e imagen del laberinto): Arkville Maze Maquette (Michael Ayrton, 1968). Cortesía Jacob E. Nyenhuis, Michigan, en la web del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (aquí el artículo de El País sobre la exposición).


Read More

nieve, hierba

Clara, distinta, extraña. Mirada ausente. A la deriva, Clara no tuvo suerte al elegir la puerta de salida. En brazos de otra soledad, Clara permanece abandonada. Esperaba hacer amigos por la nieve, abrigada por otra lucidez, anhelaba descubrir mundos donde nunca llueve. Deseaba escapar una y otra vez. Para navegar, achicaba penas. Por sus venas recorrieron el firmamento estrellas negras. Nadie quiso preguntar. Clara se vio atrapada, abandonó el trabajo hasta calar con sus huesos en el abismo. Perdida en un camino de ansiedades, en la senda de las ambrosías, Clara languidecía. Clara no dijo nada… y un día desapareció. Dicen que la vieron recorriendo aceras, ajustando el paso a los demás. Dicen que intentaba cualquier cosa por dinero para hincarse fuego una vez más. Esta madrugada, Clara naufragó, tenía el mar de miedo en la mirada, las ropas empapadas, el suelo por almohada. Lentamente, amaneció.

Hoy ha muerto Joan Baptista Humet, que nos ofreció breves pero intensos momentos de música y de pensar en el destino de nuestras ideas. Aunque mi espíritu se siente plenamente identificado con los estados de ánimo de esta humilde prosificación de la letra de Clara, no quiero que penséis que no soy un tipo duro de pelar, así que aquí os dejo otra prosa de una canción a la que tendremos que agarrarnos. Que ya vamos quedando menos.

Bajado el pie del estribo, con células dispersas, disparadas, quizá sea buen momento de deciros que quizá haya que aprender de nuevo a andar, que quizá haya que volver a respirar. Quizá haya que alzar otra verdad, crear nuevas maneras, demoler barreras. Quizá tengamos que conseguir que nos dé tiempo para aventurarnos a soñar. Hay que vivir, amigo mío. Antes que nada, hay que vivir. Hoy estamos en diciembre, va haciendo frío, pero hay que burlar ese jodido futuro que empieza a hacerse muro en ti.

Sea.

Read More

 

Labyrith

-¡Qué hermoso es el mundo y qué feos son los laberintos! -dije aliviado.

-¡Qué hermoso sería el mundo si existiese una regla para orientarse en los laberintos! -respondió mi maestro.

Son palabras de una conversación mantenida entre Adso y Guillermo de Baskerville, tras su primera incursión en el laberinto de El nombre de la rosa. Indudablemente, el laberinto es más un símbolo de nuestra existencia que un mero juego (si es que ambas cosas no son parte de lo mismo). En el epígrafe del «Segundo Día. Noche», ya nos advierte Eco: «Donde se penetra por fin en el laberinto, se tienen extrañas visiones, y, como suele suceder en los laberintos, una vez en él se pierde la orientación». Mi vida, la de hoy en día, es pleno laberinto. Admiro a Guillermo porque, al menos, sabe la teoría: no es un experto en los laberintos, pero, al menos, ha leído un libro donde se trata la cuestión. Quizá un libro sobre laberintos nos sea más útil para andar por la vida que una de esas obras de autoayuda que inundan las estanterías de la librería, en espera del incauto que espera con ellas encontrar la salida.

¿Existen tantas maneras y formas de enfrentarse a la vida como modos de y tipos de laberintos existen? En sus Apostillas, Eco distingue tres tipos de laberinto. El primero es el laberinto griego de Teseo, en el que nadie se pierde porque basta llegar al centro para encontrar la salida: ya se encarga Minotauro de buscarte las cosquillas cuando llegas allí. Y si hay una Ariadna por allí cerca, mucho mejor. El segundo es el laberinto manierista, una estructura arbórea con muchas ramificaciones y callejones sin salida: nuestra estrategia se fundará en el ensayo-error, y eso de tener un hilo a mano para salir seguirá funcionando. El tercer tipo es el laberinto-rizoma, en el que todas las calles pueden estar conectadas entre sí es potencialmente infinito porque cada calle puede conectarse con cualquier otra y no tiene centro ni periferia. Aquí, me temo, no funcionan ni hilos ni leches.

Esto es la teoría. Ya la tengo. Ahora toca averiguar en qué tipo de laberinto estamos metidos. ¿Habrá minotauros y ariadnas? ¿Encontraremos hilos? O, simplemente, la hemos cagado y esto de la vida no tiende salida… ¡Qué hermoso sería el mundo si existiese una regla para orientarse en los laberintos!
(La preciosa foto que encabeza la entrada es de Bruno, al que agradezco que me haya dado su permiso para su publicación en esta entrada)

Read More

Me gusta leer todo tipo de literatura, toda suerte de libros. Alterno lecturas ligeras con páginas más solemnes. Sin coincidir con las épocas del año (no espero necesariamente al verano para el noir, por ejemplo) pero sí con los estados de ánimo, paso alguna vez —de puntillas— por los grandes éxitos, esos libros que están siempre a mano en las librerías y en los escalafones de libros más vendidos. Hoy voy a hablar de cuatro lecturas que han dado y darán unos buenos duros a los libreros y a las editoriales, pero de muy distinto signo. La casualidad ha hecho que leyese estos cuatro libros en tantas de dos a dos. Los cuatro libros pueden considerarse éxitos de ventas, pero su calado literario, su profundidad artística es muy diferente.

Primero me adentré en un autor del que todo el mundo al que le gustan los libros tochos, apasionantes y de fácil lectura me había hablado maravillas. No voy a mencionar ni al autor ni al libro, por aquello de las adivinanzas y de que la imaginación (o las suposiciones) vuelen con entera libertad. Es un autor que me cae mal y bien a partes iguales por razones que no vienen al caso.. o sí vienen al caso, pero no caben en esta entrada. Aunque es un escritor con una buena tanda de novelas exitosas, yo era un lector novel de sus páginas. A medida que pasaba líneas y líneas, horas y horas (que no son tantas, porque el libro se digería rápido), me iba preguntando qué verían los demás en ese libro que no veía yo… o que no veía yo en ese libro que todos los demás veían. Se trata de una novela de intriga. El autor, que es muy inteligente, habla de una protagonista muy inteligente. No sé quién quiere parecer más listo, si el autor o la protagonista. Cuando la novela quiere exponer la inteligencia de la protagonista, creo que se queda corto. Cuando el autor quiere dejar traslucir su propia inteligencia, se pasa cuatro pueblos. Va dejando pistas, pistas y pistas de todo lo que sabe, de todo lo que abarca, de todo lo que esboza y de lo que sabe mucho más. También va soltando miguitas de pan culturales para que los lectores, que las reconocen, se sienten también pequeños dioses del conocimiento compartido. La intriga no me parecía tan intrigante, la composición repetitiva e irónica y juguetona de algunos personajes me parecía cada vez menos irónica y juguetona, pero cada vez más repetitiva. Hay que decir que, fuera del libro, fuera de la escritura, el autor se mueve como pez en el agua. Es un estratega perfecto, una persona afable y amable que establece mil vínculos que creo que son sinceros con sus lectores. Y eso pesa e influye para que su fama transcienda, crezca.

Después de acabar ese libro, el azar hizo que cayese en mis manos Los asquerosos, De Santiago Lorenzo (del que ya hablé aquí en otra ocasión). Empecé leyéndolo con la impresión de que imitaba a Eduardo Mendoza, seguí leyéndolo con la impresión de que leía Robinson Crusoe y luego me di cuenta de que la novela iba mucho más allá, en una reflexión sobre la soledad y la compañía, sobre la supervivencia y los modos de vivir, sobre el silencio y el ruido. Sobre lo que somos por lo que somos y lo que somos en nuestra sintonía o nuestro contraste con los demás. A medida que iba leyendo, me preguntaba por qué no había mucha más gente leyendo Los asquerosos que el libraco de más arriba, qué miedo o qué falta de formación o qué falta de motivación nos llevaba a leer para pensarnos listos con los acertijos en vez de leer para reflexionar sobre nosotros, sobre el mundo. Para penetrar en un modo de escritura diferente, no sé si sublime, quizás no, más arriesgada. Insisto en que esta novela se convirtió en una novela de éxito, muy bien vendida y comentada en los corrillos culturales y literarios. Pero merece más.

Han pasado muchos meses de lecturas variopintas, afortunadas o no, de diferentes calados y diferentes cataduras. Y, en la tercera novela que voy a comentar, volví a caer en las redes, en la trampa del mismo autor del primer libro que he comentado, los mismos personajes (bueno, uno más, que me ha estomagado), los mismos guiños. Fuera del libro, para el libro, las mismas alabanzas a su quehacer, a su maestría para narrar. Escritores amigos que hacen loas. Personajes famosos que hacen loas. Personas anónimas que hacen la ola por cada línea, por cada sugerencia, por cada aporte de esa inmensa inteligencia que desgranan sus páginas. No podía remediar pensar en los razonamientos sobre la lectura del primer libro, para llegar a la misma conclusión: el autor es tan inteligente como para planificar una novela con estrategia, para decir y para eludir, para conectar con los intereses de sus lectores medios. A mí las personas muy inteligentes me cansan porque no estoy a la altura: soy mediocre, de ese montón que se arrastra por la existencia con cuatro ideas obsesivas en la cabeza. Y, gustándome las novelas de intriga y de suspense y de aventuras mil, esta manera de escribir no me engancha.

Justo al acabarla, llegué al cuarto libro del que voy a hablar. Se trata de un libro que no va a ser nada sospechoso de no alcanzar fama y lectores, porque es, ni más ni menos, un semifinalista del premio Planeta. Manuel Vilas, ni más ni menos. Alegría, ni más ni menos. Había disfrutado hacía meses con Ordesa, que me pareció un libro fuera de lo común, estupendo, interesante, agudo, descorazonador y benevolente con una historia que, siendo del autor, acaba siendo la nuestra. Y Alegría, siguiendo la misma senda de la autoficción, siéndolo, no es una segunda parte ni una continuación del primero. Alegría es un laberinto de vivencias que desvelan emociones y que acaban por transmitir sentimientos. Al contrario que el afamado autor del primer y del tercer libro, Vilas me tiene ganado desde el principio, lo reconozco. Me siento muy identificado con la autoficción que no es autocomplaciente ni onanista, sino que, por el contrario, sirve de soporte y de lanzadera de frases brillantes, de reflexiones que se revuelven contra sí mismas y que los lectores, agotados de intentar deducir, precisamos cerrar nuestra voluntad y dejarnos llevar por un torrente de sensaciones.

Frente a los defensores del todo vale, hay libros buenos y malos. Si me apuran, hasta objetivamente hablando. Y, aunque aquí haya hablado de tres autores y cuatro libros que cuentan (y algunos irán sumando) con tantos lectores como para ser considerados éxitos de ventas, no todo vale, no todo es lo mismo. Vaya por delante que a mí me parece estupendo que cada uno lea lo que le venga en gana y que se divierta como le parezca. Sin embargo, en cuanto al color rojo y al negro (y sus derivaciones femeninas), me quedo con Stendhal. En lo demás, ¡viva Santiago Lorenzo!, ¡viva Manuel Vilas!

Imagen de CJS*64.

Read More

Siempre me han molestado profundamente las personas que se definen como de «Letras» o de «Ciencias». Que no se me entienda mal: creo que lo que (me) ocurre es no tengo nada en contra ni de las Letras ni de las Ciencias y compruebo que hay muchas personas que se declaran incondicionales de uno u otro bando por razones peregrinas y, desde luego, nada consistentes. Los de Letras, diciendo que los de Ciencias son unos borregos e ignorantes que no piensan más que en números; los de Ciencias, diciendo que los se Letras son unos iluminados y pretenciosos que no piensan en una realidad tangible. Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras. Lo único que sé es que, en un momento demasiado temprano de mi vida, tuve elegir una cosa a la que llamaban «Letras», que me obligaba a dejar de lado una asignatura que me apasionaba (Física). Luego escogí una carrera a la que llamaban «de Letras» (Filología Hispánica). Y, de pronto, me encontré metido en los campos de la Lingüística, disciplina a la que creo que nadie con un mínimo de sensatez y conocimiento llamaría «de Letras». Y ese es el laberinto continuo en el que me muevo. Me interesa todo, no solamente una parte, no solamente desde un ángulo, aunque no alcance a conocer casi nada.

«Yo, que soy un merluzo, nunca he entendido exactamente qué significa exactamente ser de Ciencias o ser de Letras»

Interesándome todo, me interesa, claro, eso que se llama «cultura general». Pero no esa que los de Letras afirman que poseen ellos y los de Ciencias no, esa que debe consistir en ignorar los principios más básicos de la historia de la ciencia, sino aquella que intenta abarcar todo lo importante. Y hay que ser muy ignorante (es decir, no tener cultura general ni de ninguna otra clase) para pasar por alto tantos siglos de aportaciones esenciales para el ser humano. Tener cultura general no significa tan solo saber de Historia, de Literatura o de Arte, sino conocer unos principios básicos de Biología, de Astronomía, de Física, de Matemáticas.

A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica. En un arranque de locura para mis compañeros de clase, que me veían como un bicho raro, leí con pasión a los trece años la Breve historia de la Química de Asimov, al que he visitado y revisitado muchas veces tanto en sus obras de divulgación como en sus obras de ficción. Y pronto llegó, claro, Cosmos de Carl Sagan, esa maravilla que ha ayudado a abrir a tantas personas las maravillas de la ciencia.

«A mí, que soy un ignorante de casi todo, siempre me ha interesado saber un poquito de lo que está a mi alcance y, por esa razón, me gusta mucho la divulgación científica»

Y precisamente de divulgación científica, de Letras y de Ciencias, va el propósito específico de esta entrada. He tenido la inmensa suerte de poner mi granito de arena para que en la Universidad de Burgos hubiese un curso de verano a favor de la ciencia y en contra de las pseudociencias, esa variante tan peligrosa y que va impregnando, desgraciadamente, algunas conciencias mal documentadas y que llega, incluso, a algunos medios de comunicación que informan muy mal sobre este conocimiento pseudocientífico haciéndolo pasar por «verdadero». El mérito de todo esto lo ha tenido (y tiene) Luis Alfonso Gámez, buen amigo desde entonces, que ha dirigido ya cuatro ediciones de este curso y ha contado siempre con un magnífico cartel de divulgadores y especialistas. Este julio pasado, tuve la ocasión de compartir cartel (y mantel) con algunos de ellos, entre los que se encuentra Daniel Torregrosa, al que conocía por el interesante blog Ese punto azul pálido. Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada. Químico de formación, Torregrosa (Dani para mí) es un magnífico divulgador científico con unos vastos conocimientos sobre todo lo que hemos hablado antes que cabe dentro de la «cultura general».

«Daniel Torregrosa es el máximo exponente de que la dicotomía Letras/Ciencias es perversa y, sobre todo, equivocada»

Y, como divulgador científico, ha publicado un libro indispensable: Del mito al laboratorio, que ya va por su tercera edición. Se trata de un libro delicioso que aborda algunos mitos clásicos y explica sus extensiones en el campo de la ciencia en forma de planetas, elementos de la tabla periódica, etc., etc. Los mitos, que nacieron como elementos cosmogónicos y teogónicos para intentar dar respuesta a las grandes preguntas del ser humano (luego filósofos «presocráticos» como Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Demócrito… dieron el gran paso con fundamentos más sólidos y explicaciones más elaboradas), tienen en este libro la conexión ideal con la ciencia y todas sus derivaciones.

El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee. Se nota, además, algo que, desde un punto de vista personal, aprecio muchísimo: especialmente en algunos de los capítulos (me viene a la memoria, por ejemplo, «Perseo»), la «narración» del mito se realiza con una delicadeza y un interés que va más allá del esquema «Cuento-el-mito-lo-asocio-con-algo-científico-y-ya». La obra, por lo tanto, no es importante solo por lo que cuenta, sino por la atención dedicada a la forma, que recrea el mito y lo vincula de forma muy atinada.

«El libro no solamente es interesante por esta conexión, sino por la inteligencia de su planteamiento y, algo que tiene un especial valor en su lectura, por el gran afán didáctico que posee»

El otro día, en Twitter, ya vimos algunas aplicaciones prácticas que puede tener el libro en el campo de la enseñanza:

Iniciativas como esta, llevadas a cabo por libros como este, harán que los alumnos (todos los lectores, en general) no vean las cosas como de «Ciencias» o de «Letras», sino conectadas. Porque el conocimiento, la cultura general es algo mucho más importante que «las Letras, las Ciencias».

En definitiva: si queréis pasar un buen rato y aprender conciliando campos muy distintos, tenéis que leer este libro… ya.

Read More

Esta será una de las historias más laberínticas de esta serie, quizá por tratar de una de las personas más complejas —en su aparente sencillez— y con las que he tratado. Los laberintos, en algunas ocasiones, no se perciben a simple vista. Uno va andando por un camino, que parece que gira a la derecha y ya, y se encuentra con una sinuosidad que no esperaba, con una bifurcación no anunciada, con un requiebro que, al intentar volver a la casilla de salida, ya no tiene un retorno tan sencillo.

Y así Ada, una chica de la que, si te guiabas solo por las apariencias, era una persona adherida a una sonrisa franca y apacible. Una chica con visos de fragilidad y que destilaba buena educación y eficacia contrastada. Las primeras semanas que tuve a Ada en clase eran esas las características que percibía. Yo, que me suelo congratular de atisbar algunos elementos de la personalidad de mis alumnos que a otros se les escapaban, aquí pinché con el hueso de mi propia miopía. Y las cosas hubiesen seguido así más tiempo —creo que no eternamente, sin embargo— hasta que Ada se desmayó por primera vez. Podía ocurrir en cualquier momento: durante una clase sosegada, durante una excursión hacia las montañas, durante un recreo entre el frío o el calor. Ada se desvanecía y su cuerpo, deshilachado en las sombras del abismo, se tornaba vulnerable, inexorable. Hasta ahí, nada extraño. A fin de cuentas, todo desmayo implica vulnerabilidad y se escapa al control propio y, por supuesto, ajeno.

Pero esos desmayos frecuentes me dieron la oportunidad de fijarme más en Ada durante las clases. Preocupado como estaba por su salud tras sufrir alguno de esos desvanecimientos en clase, intentaba estar atento de manera discreta a sus reacciones durante las lecciones. Y me di cuenta de que la sonrisa de Ada estaba siempre ahí, que no era una sonrisa hacia los demás, sino que se trataba de una sonrisa interior, que brotaba, a la inversa de lo que suele ocurrir, de fuera para dentro. A poco que uno observara, se encontraba en Ada con una mirada perdida hacia ninguna parte, con la cabeza ligeramente inclinada, y esa sonrisa que acaparaba su rostro. La primera impresión podía parecer distracción, pero era evidente que Ada estaba más que atenta. Por lo tanto, todo en Ada giraba en torno a una manera de contemplar y reflexionar sobre el mundo… y ahí es cuando me di cuenta de su absoluta complejidad.

La mirabas esperando un desvanecimiento y estaba tranquila, sonriendo, casi ida, cuando, de repente, realizaba una observación aparentemente sencilla, una reflexión en voz alta sobre la lectura que estábamos haciendo, que suponía el extracto perfecto, la dosis exacta del pensamiento y la forma de expresarse de un autor. Planteaba esas reflexiones como salidas de la nada, de manera espontánea. No por querer demostrar absolutamente nada, sino evidenciando que pensaba absolutamente todo. Y ese era, en efecto, la manera de enfrentarse al mundo de Ada. La calma aparente que desvelaba, en ráfagas, su interior profundo y tortuoso, su inteligencia achispada con la pasión y la curiosidad por las cosas del saber. La paz que se revelaba tormenta y explosión y que disparaba en todas las direcciones dosis de sensibilidad y complicación extremas. Nunca llegué a saber la causa de los desmayos de Ada, pero sí soy consciente de que, gracias a ellos, pude descubrir ese laberinto silente, esa bisectriz que no se notaba a primera vista.

Ada, por otro lado, era una de las personas más educadas con las que me he encontrado. Sabía llevar la contraria sin aspavientos, sabía reconducir el pensamiento de un compañero sin entrar en la confrontación. Como todos los seres humanos del planeta, Ada también tenía sus defectos: creo que pensaba que yo era mucho profesor de lo que soy. Creía ella que yo llegaba a los máximos en mis explicaciones y en mis reflexiones cuando nunca he llegado ni a las mitades. En ese sentido, he de admitir que me sentía agradecido cuando contemplaba esa fe ciega en aquello que yo sabía que era pura medianía. Pero, gracias a esa confianza en mis conocimientos, pensando que eran tan elevados, Ada pudo aprovecharse para despegar mucho más alto que todos mis vuelos, pretendidos o reales.

Mantengo contacto con Ada todavía gracias a las redes sociales. También nos vimos hace (relativamente) poco y, junto con otro compañero que tendrá su lugar en esta serie, estuvimos hablando de los días de entonces y de los de hoy, del pasado, del presente y del futuro. Ella, que estudió Filología, es ahora profesora también. He de decir que mantiene esa sonrisa todavía y que, cuando habla, a veces se le vuelve a perder la mirada en busca de lo recóndito. Pero no se desmayó ni una sola vez. Quizás tengamos que hablar de nuevo de Ada y de su sonrisa y de su mirada perdida.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Ani Hamir.

Read More

Después de la historia de ayer, digna del mejor de los sanvalentines, toca abordar otra mucho más… no sé cómo llamarla. Pongamos la palabra difícil.

Todos los que entráis aquí a leer esta serie ya os imagináis, porque a veces lo habéis vivido en vuestras propias carnes en ese instituto o en cualquier otro instituto de cualquiera de los mundos posibles aunque difícilmente imaginables, que hay historias que, aunque sean ciertas, parecen totalmente inverosímiles. Si añadiese yo algunas de las cosas que sé o que he visto en una obra de ficción, me tacharían de fantasioso o demasiado imaginativo. Pero la realidad es la que es, mucho más cercana a veces a nuestros mejores sueños, mucho más próxima otras muchas veces a la pesadilla que nos priva del aliento.

Hoy voy a contar la historia de Manuel, un chico que llegó en el último curso al instituto. Era bastante frecuente que, en el centro donde trabajé, llegasen muchos alumnos en los últimos años de la enseñanza secundaria. En algunas ocasiones, por motivos evidentes: habían estado en otros centros concertados hasta un nivel determinado y acudían al nuestro para finalizar de manera gratuita. En otras ocasiones, llegaban rebotados de otros centros por diferentes razones. O, simplemente, llegaban al nuestro deseosos de un cambio de aires.

No sé cuál era el caso de Manuel porque no era su tutor, pero me lo imagino. Creo que era uno de esos chicos de colegio de pago que había patinado un poco con las notas y que había recalado en el instituto para ver si un cambio le ayudaba o le fortalecía. Y le vino bien, porque Manuel, sin ser una inteligencia desbordante, fue resolviendo sus cuestiones académicas de forma más que solvente en las dos materias que impartí yo ese año en su curso, Literatura del siglo XX e Historia de la Filosofía.

Como ya ha aparecido muchas veces aquí, es inevitable recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su carcajada, una risa desbordante y contagiosa en una cara muy agradable y simpática. Porque Manuel era un chico educado, sociable y encantador.

Un día estaba yo a la hora del café en un bar próximo y, como solía ocurrir con cierta frecuencia, me senté con alguno de los grupos de alumnos mayores que estaban por allí. Ahora que no nos escucha nadie, pasaba muy buenos ratos en esos momentos de charla distendida y ajena a todo lo académico. Allí estaba Manuel. Hablaba de una de sus aficiones deportivas (practicaba el taekwondo) y, en un momento, dentro de esa conversación normal y entre risas, soltó algo que a él le pareció totalmente normal y que al resto nos puso la carne de gallina. Comentaba que le daba vergüenza que le viesen las rodillas en el gimnasio o en las piscinas, que las tenía demasiado oscuras. Nunca he llegado a calibrar las tonalidades de las rodillas en contraste con otros lugares del cuerpo, pero me imagino que nunca sería tan grave como para ser causa de esa preocupación, que llegaba, según él, al trauma. Pero, como he adelantado en el título de la entrada, lo más preocupante no era el síntoma, sino el «tratamiento» que le daba a su «problema»: para quitar ese oscurecimiento, Manuel se lijaba las rodillas. El remedio, era mucho peor que la enfermedad, porque ese aclarado blanquecino inicial acababa en enrojecimiento y, con el tiempo, derivó en herida permanente. Pero, según me enteré algún día por motivos que no venían a cuento, Manuel prefería unas rodillas heridas, incluso vendadas, que unas rodillas sanas pero oscuras.

En ese momento en el bar, me vinieron mil interrogantes sobre los laberintos en los que nos perdemos los seres humanos. Cuando él se marchó, todos permanecimos un rato sentados. La situación era incómoda. Yo quería hablar, pero me había quedado sin palabras. Lo peor vino después. Sus compañeros no sabían todo el asunto de las rodillas, pero conocían manías mucho más preocupantes de Manuel. Al parecer, el chico tenía la costumbre de estar sentado en la mesa del bar con los amigos, con los compañeros y orinar debajo de la mesa. Con ellos ya lo había hecho varias veces. No se le escapa, sino que era un acto deliberado: se bajaba la bragueta y dejaba desparramar el líquido. Luego, con esa carcajada contagiosa de la que he hablado al principio, Pero no era una travesura ni una gamberrada que hiciese en silencio. Manuel les hacía partícipes de ese acto que le provocaba una risa intensa y desbordada como el orín que corría ya por el suelo.

Y creo que todos nos preguntamos ahora (yo lo sigo haciendo) qué le ocurría a Manuel. Yo aún no he encontrado la respuesta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cobeete.

Read More
A %d blogueros les gusta esto: