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Contrastes

Me gustaría escribir una novela negra. No gris marengo, ni tirando a oscura: una novela negra. O no sé. Quizás lo que me gustaría escribir es una novela policíaca de esas en las que muere gente a tutiplén, en la que el autor es un dios capaz de decidir sobre la vida de los demás y elegir asesino, arma y lugar, como en el Cluedo, ese juego de mesa que tanto me gusta. Igual lo atrayente, lo atractivo, es el acto de matar sobre el papel y sentirse indemne, impune, salir a flote pese a los tiros, el cadáver que se inundará junto a un coche clásico cayendo de un acantilado.Sí, una novela policíaca mejor. No una en la que echemos la culpa a la sociedad, al sistema o al maestro armero, sino una de esas de gato y ratón. Lo que no me gusta de estas novelas es que suele ganar el gato. Y el gato puede estar adornado o no, puede ser un mastuerzo y profesional que hace bien su oficio o un alma atormentada en busca de un destino. Entonces, la novela no es ni negra ni blanca, ni policíaca. Entonces, se transforma en otra cosa más cercana, pese a lo que pueda parecer  una lectura filosófica. Puestos a pensar, no sé en dónde encajar las novelas de espías. Me gustaría, sí, que aquí se te permite que el bueno-malo sea al final lo que quiera y se pueda ir de rositas. O que le traicione la persona en la que confió, da igual, siempre quedará como héroe en nuestro imaginario sentimental.

Conveníamos en eso, en que me gustaría escribir un roman policier, que en francés queda muy bien. O novela criminal, no sé. Pero en la que no haya policía ni detective profesional. Una novela de esas en las que, como hacía  Hitchcock en sus películas, el protagonista era un sufrido ciudadano que no se espera lo que le espera, lo que el tiempo le depara. Con todos los antagonistas. Y mira que me gustan los agentes secretos, pero solo para verlos, exhibidos en las pantallas. Antagonistas, decía.

Hablaba de una novela de esas, criminal, policier y muertes a mansalva. Pero nada de sangre, pese a lo que decía antes, nada de detalles escabrosos, nada de autopsias. Solo personas que piensan en el mal porque les brota de sus entrañas. No por enfermedad ni por traumas infantiles, sino porque las entrañas, de vez en cuando, son así. Que a veces las cosas se tuercen y acaban como acaban. Mal, para ser aproximados tendiendo a ser exactos. Me gustaría, incluso, escribir una novela de esas y tener las miras literarias muy altas, pero creo que eso solo lo han intentado los pedantes que imitaban al mejor Umberto Eco. Así que paso.

Mientras digo todo lo que me gustaría escribir, me dedico a escribir sobre lo que me gustaría. Y entro en un círculo vicioso con el que me dan ganas de darle a la tecla. Una primera persona del singular. Un presente de indicativo. Una calle oscura, cercana a ese Ocean Drive que experimenté en mis carnes. Un tiempo que sea reconocible como nuestro. Y las caras de todos aquellos que me ven.

Imagen de Alrick Dorett.

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Me decían el otro día que, hace ya algún tiempo, empleé la expresión “perfil bajo” aplicada a alguien de manera negativa. A mí me extrañaba imaginar esas palabras puestas en mi boca, tanto porque esa expresión no me gusta mucho ni en la forma ni en el fondo como por ese contexto negativo de alguien, que por otro lado, no conozco más que de oídas.

Lo primero que hice fue negar la mayor y pensar que era imposible que yo hubiese hablado de “perfil bajo”. Después, me puse en el difícil papel de aceptar algo que no sé si he dicho, pero que seguro que no pienso. Y ahí vinieron docenas de comeduras de coco sobre los perfiles.

Dicen que un neopositivista viajaba en un tren (en los tiempos en los que se viajaba en departamentos frente a frente) y que, no me acuerdo por qué, su acompañante dijo algo así como “Mira qué vaca tan bonita con manchas negras hay en la colina”. El neopositivista se indignó mucho por una afirmación que él consideraba falsa y que le obligó a matizar que lo que realmente creía que su compañero había querido decir es algo parecido a que “Existe algo que la mayor parte de las personas consideran una vaca —y, bajo tu óptica individual y subjetiva estimas bella—, pero de la cual solo has visto una silueta de “vaca” por uno de sus lados ignorando si, realmente, por el lado que no ves existe una correspondencia con tu percepto”. En suma, para el neopositivista su amigo había visto algo, pero, contemplándolo desde una única perspectiva, no podía estar plenamente seguro de que su percepción fuese correcta y ajustada a la realidad.

Y sabemos que Valle-Inclán, en una entrevista justamente famosa, hablaba de que existen tres modos de ver el mundo desde una óptica artística o estética: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. Decía Valle que la mirada de rodillas supone contemplar a los personajes como más que humanos (héroes, dioses o semidioses), como aquellos de los que Homero contaba sus peripecias. La mirada “en pie”, frente a frente, supone contemplar a los personajes como si estuviésemos ante el espejo de nosotros mismos y nuestra condición humana, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Esos personajes son en los que habitan la máxima realidad y la máxima verdad. Por último, la forma de ver el mundo “levantado en el aire” era la que utilizaba nuestro genial escritor  en sus esperpentos para contemplar el mundo desde un plano superior y, no sin ironía, considerar a cualquier personaje, por egregio que fuese desde otra contemplación, como un muñeco.

Pensaréis que estoy dando muchas vueltas para un hecho, aparente de poca importancia, de haber hablado de alguien de “perfil bajo”. Pero no dejo de pensar en que hablar de “perfil” es como considerar a un todo por haber visto una parte, como el amigo del neopositivista con esa vaca que solo podía intuir o conjeturar. Y habla de “bajo” es contemplar a alguien por los suelos, mientras yo estoy “levantado en el aire”. Lo primero lleva a aparejado sesgar y lo segundo cosificar. Cosas que, quizás, hacemos todos en algún momento para hablar de algo de alguien pero con las que nunca conseguiremos un auténtico conocimiento.

Aunque el perfil puede conllevar sutileza o contemplación de lo esencial, es mero contorno que no deja ver sino la mitad. Así que me niego a alguien por lo que no es. Si, además, no conocemos a alguien (en la medida en la que conocer es abarcar y extender hasta lo imposible), todavía peor. En consecuencia, si algún día oías hablar a alguien de una persona de “perfil bajo”, recordadle la historia del neopositivista y la vaca, la historia de la contemplación en el arte según Valle-Inclán.

Imagen de Fernando.

 

 

 

 

 

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Últimamente, me ha dado por las palabras. Bueno, por las palabras me ha dado siempre, que son mi oficio, mi beneficio y mi devoción. Y, si no, que se lo digan al nombre de mis blogs, que se van por las aires o se fijan por escrito. Hoy habla de la palabra esfuerzo y sus acompañantes. Claro que nos esforzamos. Es cierto que alguna vez el esfuerzo es inútil o pequeño, pero nos gusta mucho que sea notable, considerable, gigantesco, ingente o tremendo. A veces, nos esforzamos tanto que el esfuerzo llega a ser titánico. Confieso mi admiración por el esfuerzo denodado.

Pero, sin lugar a dudas, la expresión ligada al esfuerzo que más me gusta es el ímprobo esfuerzo… y lo que ha cambiado su definición. En el DRAE de 1780 define ímprobo esfuerzo como “Lo que cuesta gran trabajo, pero inútil, ó sin fruto”. Por lo tanto, nuestro ímprobo esfuerzo era baldío. No sé si a fuerza de esforzarnos o a fuerza de no resignarnos o a fuerza de convertir el agua en vino, los significados cambian y de inútil pasa a significar excesivo en el DRAE de 1817: “Se aplica al trabajo excesivo y continuado”… y continúa así hasta el DRAE de 2001, en el que un ímprobo esfuerzo se convierte en: “Intenso, realizado con enorme aplicación”.  Por lo tanto, todos los ímprobos esfuerzos han pasado de inútiles a excesivos, y de excesivos a intensos y aplicados. Será que nuestro esfuerzo lo merece.

Por cierto, que ímprobo es algo carente de probidad. Pero ese ya es otro tema.

Imagen de Betsy Streeter.

(Esta entrada aparecerá también en mi blog académico ScriptaManent).

 

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Que los museos, hace mucho tiempo, se convirtieron en algo que es difícil definir, pero que no coincide con lo que un aficionado al arte espera, es algo sabido y evidente. Lo que ya no cabe en ellos es esa consagración a las musas a la que se apega la etimología de la palabra museo. Ese elemento etéreo, creador y fundamentador sigue, claro está, en las obras, pero que se queda en ellas y no traspasa a los paseantes que entran en estos recintos, habitáculos de cosas que se exhiben para que no se disfruten desde un punto de vista artístico. La culpa no sé de quién es. Probablemente, la penitencia está en los museos mismos, que fomentan el convertirse en centros de atracción de avalanchas de personas a las que el arte les importa tres cojones.

Me sucedió hace unos días, en el MoMA. ¿Cometí el error de entrar el día de acceso gratuito? Puede que sí (pero también me ocurrió hace unos cuantos años, aunque en menor medida). Me parece bien que se pasee por un museo. Me parece bien que cada uno se pare en la obra en la que le dé la gana. Me parece bien que uno se olvide de la obra y se vaya a tomar un café con dos bolsitas de azúcar. Me parece bien,faltaría más, acudir a un museo para curiosear, sin más (bendita curiosidad, que ha despertado tantas vocaciones). Puestos a que me parezcan bien las cosas, me podría parecer bien incluso esa sospechosa tendencia existente en las multitudes a que a todos les guste la misma obra. En los museos, hay unas cuantas obras que atraen la atención de la masa y hay otros cuantos cuadros magníficos, bellos y sugerentes que pasan desapercibidos. A veces, porque el autor o el cuadro, no es conocido. A veces, porque el cuadro más famoso del autor (y no necesariamente el mejor) le hace sombra.

Centrémonos. Decía que estaba en el MoMA y que había más gente que en la romería del Rocío. ¿Devotos del arte a tutiplén? ¿Ansiosos del día gratis? ¿Aprovechados de un día lluvioso y relativamente frío en NYC? No lo sé, de verdad. Lo auténticamente extraño (y que ahora es lo habitual en los museos famosos, populares y masificados) es que casi nadie miraba, disfrutando y observando, las obras expuestas. Lo único que se percibía era una masa amorfa errante y peregrinante para  ver los cuadros. No, mentira, ni siquiera para ver las obras, sino para  hacer una foto al cuadro en cuestión (como si no encontrásemos imágenes de excelente calidad de esos mismos cuadros en obras impresas y en el todo gratis de internet). No, ni siquiera para hacerse una foto, sino para hacerse selfis con los cuadros. Importa un carajo que la obra esté allí y tú la hayas disfrutado: lo que importa es que tú estés con ella y se lo mandes por WhatsApp a los amigos y lo cuelgues en Instagram y te den 743 likes.

Lo que al principio era indignación, acabó por ser un sentimiento honesto y sincero de cagarme en la madre, padre y demás familiares de los fotografiadores empedernidos, vivos o difuntos. Llegas al quinto piso y allí están los Van Gogh. Algunos, sufriendo en silencio el envite de La noche estrellada. Este cuadro se ha convertido el reclamo indiscutible de las masas en el MoMA. Espero mi turno pacientemente para acercarme, consciente de que poca conversación es posible entre el cuadro y su espectador con tantas interferencias. Repito lo dicho: no veo a nadie mirando el cuadro, sino a personas fotografiando el cuadro y volviéndose a la cámara del móvil para, con cara de gilipollas, sonreír con gesto impostado como diciendo: “Sí, amigos seguidores de las redes sociales (sí, colegas de grupos de WhatsApp), estoy aquí, delante de esto que me dicen que es famoso”. En el momento en el que me encuentro cerca de la primera fila, a punto de llegar, un padre con dos niñas pequeñas se cuela e invade el espacio de todos los demás. Da la espalda al cuadro, sitúa a sus hijas estratégicamente en el encuadre y hace un selfi. Luego otro. Y otro. Y otro. Y otro más. Cuando parece haber acabado, cambia de sitio a las niñas y vuelve a la carga con otro. Y otro. Y otro. Quizás llegó a hacer otros cinco más. En el cabreo monumental que llegó cuando mi habitual prudencia me abandonó para decirle al pavo cuatro cosas, solo encontré a una persona más desesperada que yo: la encargada de la sala, situada a la izquierda del cuadro, que me miraba y, sin palabras, parecía decirme todo. Y allí dejé al cuadro, ahogado en su propia popularidad. Menos mal que, poco después, disfruté de mi querido Mondrian relativamente tranquilo. Nunca me defrauda.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr (lo que me suele divertir en los museos últimamente es hacer fotos a los que hacen fotos).

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Estaña y Eurovisión son dos términos especialmente peligrosos si se ponen juntos. Las experiencias vividas por todos los eurofans de nuestro país en los últimos tiempos (ya unos cuantos años) están frecuentemente sembradas de esperanza, pero acaban en el choque ineludible y contundente de una clasificación adversa. Pese a que seamos multitud los que no seguimos con fervor este concurso de canciones y países en el que la polémica es frecuente, viviríamos en otro país y en otro mundo si no conociésemos algunos pormenores del devenir de nuestros cantantes.

Este año, después de que cantase el gallo en la última edición (basta poner “Manuel Navarro en Google para que le acompañe este lapsus vocal en el resultado de la búsqueda), parece que España está ilusionada con Amaia y Alfred y su canción (algo empalagosa, a mi modo de ver). Y España entera está con ganas de superar trabas y barreras y lograr una buena clasificación.

En este contexto, aparecen unas declaraciones de Edurne, nuestra representante en 2015 y que ocupó los puestos de cola: “Creo que van a hacer un papelón”.

Tengo a Edurne por una persona discreta, educada y bienintencionada, por lo que me extrañó mucho leer este titular, así que leo la noticia entera. Todo en sus declaraciones son elementos optimistas y piropos para la pareja y su canción: “me encantan”, “tienen magia”, “tienen talentazo”, “la canción es preciosa”. Nada pues, de rencor ni envidias, ni malas palabras. Edurne está segura de que participar en Eurovisión es una ocasión de goce y disfrute en una experiencia difícil de olvidar. Esto último se supone también afirmado en el plano positivo, imagino.

Edurne no dice lo que el titular dice que dice (sí, ya sé que esto es un lío). Lo que afirma Edurne es:

“Estoy segura de que van a hacer un papelón increíble”

Así que tenemos que acudir aquí, de forma inevitable, a la palabra papelón y realizar un breve análisis del término. De forma muy sencilla y breve, no es necesario conocer de manera muy profunda nuestra lengua puede deducir que la palabra papelón está compuesta por papel y un morfema derivativo. Este morfema, a veces, tiene carácter aumentativo. Así, un muchacho guapetón sabemos que es muy guapo, del mismo modo que, si es muy simpático, diremos que es simpaticón. Y así lo concibe, al parecer, Edurne. Por eso, afirma que Amaia y Alfred van a hacer un gran papel. Lo que pasa es que, en español, el sufijo –on tiene muchos otros matices (que no cabe analizar aquí). Pero resulta que, en la palabra papelón, no hay nada de aumentativo, como piensa Edurne. El Diccionario de la Lengua Española define papelón en su cuarta acepción –que es la que viene al caso– como “Actuación deslucida o ridícula de alguien”.

Partimos, por supuesto, de que una comunidad de hablantes (o un hablante particular) puede dar el sentido que quiera a una palabra. Una palabra, a través del uso, puede cambiar de significado y puede emplearse con sentidos diferentes. Pero un hablante tiene que conocer también el significado y el sentido que se otorga a una palabra en el conjunto de sus hablantes.

Y, obviamente, hablar de cantantes, eurovisiones y papelones no es lo más adecuado. Lo tenemos que reconocer, a la espera de que Amaia y Alfred hagan un grandísimo papel y que el orgullo patrio brille por esta España que vive cantando… o que vive cuando cantan y ganan sus representantes.

Imagen de Juan Haro Rodríguez.

Esta entrada ha sido publicada primero en mi blog académico ScriptaManent.

 

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La publicidad es un tipo de discurso persuasivo en el que es muy frecuente que se omitan elementos. No es necesario que haya una argumentación completa para que esta llegue al receptor de manera exitosa y eficaz. Esto, que ocurre de modo general en toda la comunicación publicitaria, se consigue plasmar de manera muy inteligente en la campaña realizada por Miami Ad School, una agencia alemana, para el Museo del Louvre.

El lema de la campaña es You don’t have to see it, to know you have to see it (No tienes que verlo para saber que tienes que verlo. Se trata de una bonita paradoja que evidencia que las obras que pueden apreciarse en el Louvre son sobradamente conocidas por el público, por lo que no necesitan ser mostradas más que de forma pixelada en las imágenes de la campaña. Por lo tanto, la campaña se basa en lo que no muestra y todos comprenden: No tienes que verlo [aquí] para verlo [en el Louvre]. Desde el punto de vista cognitivo, entendemos lo que no está por lo que está. O, lo que es lo mismo, es mucho mejor ver la auténtica realidad de lo que ya conocemos que ver una imagen. Sería la elevación por sublimación del Ceci n’est pas un pipe de Magritte (o, visto de una manera más crítica, su reducción al absurdo).

Para juzgar si este reconocimiento es completo por parte de todos los receptores, dejo, además de la Mona Lisa que encabeza la entrada, las imágenes del Juramento de los Horacios,  La Libertad guiando al pueblo y La balsa de la Medusa. Basta con que pinchéis sobre cada imagen.

La información sobre esta campaña me llegó a través de la web Ads of the World.

Esta entrada, publicada primero en ScriptaManent, aparece también en mi blog personal, VerbaVolant.

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R. sabía que tenía que estar haciendo otra cosa. Corregir unas pruebas, estar disciplinadamente realizando de forma secuenciada sus tareas. Una tras otra.

En cambio, abrió la ventana en un día frío, desapacible, no especialmente feo. Un soplo de aire le empujó las mejillas hacia el interior de la habitación. Se puso los auriculares y se encomendó al “descubrimiento semanal” de Spotify. Bingo. Una canción que no conocía de Fabio McNamara. Gritando amor. Que si un día se enfrentaba al destino. Que el cielo abrió su corazón. Que no hay remedio ni solución. Que piensa en ella (en él, no sé) las veinticuatro.

Cerró los ojos para escuchar la canción otra vez más, de manera que las notas se intercalen en cada una de las neuronas. Volvió a la ventana. Se asomó otra vez. Ahora caían unas gotitas de lluvia que el viento introdujo en el interior de su casa. Vaya, el parqué a tomar por culo. Mala suerte.

Se levantó y fue hacia la cocina bailando. Sin ritmo pero sin pausa. Anda que no han pasado años sin saber que existía esa canción. Con la precisión de un cirujano plástico, R. saltó al vacío. Y se quedó sin música. Y sin auriculares.

Imagen de David Burillo.

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Estoy sentado en un sillón mirando la pared. El color amarillo, que tanto me gustaba, ahora está desgastado por el tiempo y por el hastío. Lo pintaría de blanco, pienso. No por la luz y el vigor, sino por que es mucho más fácil igualarlo con el techo, que también necesita una capa de pintura. Pero quién se pone a pintar ahora. No por pintar, sino por los preparativos. Y porque te arrepientes cuando estás en la primera media pared y estás perdido. No hay vuelta atrás. Tampoco estaba tan mal, seguro que piensas. De momento, se está bien aquí sentado, a una distancia prudente de todo. Sé que tengo que regar la planta, esa que está justo al lado del radiador. Hace falta ser espabilado. Se reseca a la primera de cambio. Esta mañana, he metido el dedo en la tierra y estaba totalmente seca, pero me ha dado una pereza enorme volver y echar agua. Esta tarde, he dicho. Y hasta ahora, que es esta tarde y no lo pienso hacer. Es inaudito, pienso. si no me cuesta nada. Me siento mucho mejor con la fascinación que me produce el vientecillo que entra por el agujero de la cuerda de la persiana. Mi mano está mecida por un fino e intenso viento polar que contrasta con el latido de mi corazón, que siento palpitar en el brazo derecho.

Intento reconstruir todo lo que me pasa e intento quitar, como la RAE, todas las letras mayúsculas que sobran por mis resquicios. Sentir para adentro sin sufrir, qué contradicción. Me da miedo que lleguen las ideas en esa avalancha peligrosa que aturde y ciega. Prefiero ideas a pinceladas gruesas para verlas luego de lejos. Se está bien aquí, lejos de multitudes. Hablando alto sin que te oigan. En un ascenso sin cansancio. O ascensión, no sé. Cara a cara con lo otro, con el pasado y una luz que se enciende cuando apago los ojos. Me pesan ahora tanto los párpados, dando por sentado que el océano es demasiado grande. Qué pena que no tenga a mano el móvil para poner música, porque sonaría Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit de Bach para mecerme entre la belleza, como hacía cuando vivía en casa de mis padres, en el que me mecía escuchando música, literalmente. Sonreír con gesto bobo y extático. Pero solo me imagino y me falta alguna nota, que confundo con otras composiciones. Con esos párpados pesados, miro de frente y veo chiribitas, no sé, luces, no sé, pequeñas porciones de luz, como amebas, que se van desplazando lentamente por los párpados hasta que se escapan.

Entono ahora un mantra de insensatez. Discuto conmigo mismo, pero me doy la razón para que no enzarzarme en una lucha dialéctica que, seguramente, me da a cansar. Se me ha dormido una pierna, me cago en todo. No me pienso mover. Pero es que no puedo soportar el hormigueo. Ahora mi pierna izquierda es un alma solitaria, abandonada al pantano del riego sanguíneo. Parece que se pasa, me siento mejor. Me muevo un poco y alcanzo a escuchar el rumor de las risas ajenas que resuenan en la calle. Y me pierdo en esa pared amarilla desgastada por el tiempo y por el hastío.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr. Que no es la pared amarilla, pero sí la de mi corazón.

 

 

 

 

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Me escribe Ricardo. No nos conocemos personalmente. Al parecer, entra de vez en cuando por este blog. Me dice que le gusta leer, sobre todo novelas. Novelas de todo tipo. Empezó con las lecturas típicas del instituto y luego ha continuado él por su cuenta, de forma constante, pero, según me confiesa, también de manera desordenada. El criterio que comenta me gusta mucho. Dice que, en definitiva, lee por impulso. De todas las formas de leer, la lectura por impulso me parece estupenda porque nace de una necesidad, de algo interior que nos empuja. No tiene criterios y quizás, en alguna ocasión, deba dejarse domeñar por un orden para completar alguna laguna o descubrir algo que, por sí mismo, uno no encontraría. Pero esa es la excepción. No le hace ascos a nada y lo mismo se zampa a Poe o a Lovecraft que se desmarca con un Grisham o un Follet. Por sus manos han pasado Dumas, Dickens, Baroja, Cela, Delibes, Chejov…

Ricardo me comenta que, desde hace unos años, también escribe. Primero intentó, como casi todo el mundo, autobiografiarse en una novela demasiado pegada a sí mismo. Él no me lo dice así, pero se deduce de lo que me cuenta. Se quedó en un callejón sin salida y pasó a contar lo que pasaba: por su ventana, por su edificio (se confiesa un fanático de la mirilla de la puerta), por su calle. Me ha pasado algunos fragmentos que, a mi parecer, son bastante buenos. También hace retratos de gente de su trabajo y somete después a esos personajes a unas conversaciones a tres, cuatro o cinco bandas que muestran unos contrastes dignos de elogio. Él dice que es una literatura por prejuicio: primero juzga y luego mete en la brega a todos ellos para jugar al juego que a Ricardo más le gusta, que es el del engaño a medias.

No obstante, después de esta larga introducción, lo que Ricardo me comenta es que quiere escribir literatura fantástica o de ciencia ficción. Que está un poco harto de quedarse a pie de acera o al alcance esa mirilla que está siempre al alcance de su ojo derecho. Que quiere contar lo que no ve, pero que se imagina. O, mejor, lo que se imagina, pero muy distinto a lo que es posible dentro de nuestro mundo o muy lejos de este tiempo o este planeta. El problema, a su entender, es que su cabeza solo le da argumentos para quedarse con lo que tiene próximo, aunque su imaginación quiera volar hacia otros mundos o hacia otras dimensiones. Pero que quiere imaginar un mundo fuera de estas miserias. No para evitarlas, sino para enfocarlas de modo diferente. En suma, me dice que está harto de un realismo de andar por casa. A juzgar por todos los textos que me adjuntado, a mí no me parece que lo que escriba sea, en sentido estricto, realista, pero entiendo que desee proyectarse hacia otras dimensiones narrativas.

Según me comenta, esto no quiere decir que quiera escribir de zombis, de rubias que cabalgan sobre dragones o de seres pequeños con pelos en las plantas de los pies en busca de tesoros. Se confiesa aficionado a algunas series de televisión, pero me confiesa que, en el mundo fantástico, a él le apasionan los vampiros. Los de verdad, no esos vampiros sosos y vaporosos tan en boga en los últimos tiempos. Drácula, para él, es el paradigma de una narrativa bien entendida. Yo pienso, también, que Drácula es una novela fenomenal. De hecho, es una de mis favoritas. Pero pienso, y así se lo diré, que tiene muchos elementos realistas. Me dice que le apasiona Asimov y Philip K. Dick. Bueno, aquí hace un poco de trampa, porque de Asimov ha leído bastantes cosas, sobre todo relatos breves, pero de Dick no ha leído una sola línea, sino que lo ha deglutido en forma de Blade Runner y Minority Report. Me dice que le gustaría escribir sobre un mundo futuro sujeto a leyes, o sobre un mundo futuro sujeto a incertidumbres. Vaya, pienso yo, pero eso parece algo contradictorio. En el fondo, me parece que quiere un fondo ordenado para una distopía que explique el presente y sus contradicciones

Pienso a animar a Ricardo a que explore esas alternativas. Que piense en un persona que ame y a otra que odie y les mande al futuro a que echen un pulso. Que piense en sus peores demonios personales y los focalice en acciones de unos protagonistas que le caigan bien o mal. Pero, que no se vaya muy lejos. Que las entrañas, las filias y las fobias le van a ser muy útiles. Espero con ansia esa nueva línea de exploración de Ricardo. Quizás pueda conseguir lo que yo vivo de forma cotidiana y nunca he sido capaz de narrar: lo que pasa detrás de la mirilla que es un catalejo, lo que pasa detrás de una ventana que es uno mismo. Y sus fantasmas.

(La imagen es de Dean Hochman).

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