— Verba volant

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Contrastes

Y las vidas tienden a caer al vacío como las pinzas cuando se nos escapan de las manos camino del tendedero. Con el objetivo claro y preciso de atrapar un trapo frustrado por nuestra precipitación, por nuestra dejadez, por nuestro tener la cabeza en otra parte. Al final, las pinzas acaban en el suelo del patio con extraños compañeros de lecho: chicles duros por las duras madrugadas, calcetines que decidieron probar suerte siendo impares, pelusas y migas que sobraban.

Y las vidas, como las pinzas, permanecen quietas durante unos segundos, después del rebote en el suelo. Con el consuelo de no haber muerto en el intento. Con la con(s)ciencia de que jamás volverán a sujetar el mundo. Nuestro mundo.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Hace dos días, como todos los jueves, Álvaro salía con su patinete para ir a entrenar con su equipo de baloncesto. Salía de casa con toda la ilusión de disfrutar de una sesión de entrenamiento en la que pondría lo mejor de sí mismo, en la que olvidaría las tensiones de la semana, que ya pesaba sobre la mochila al ir al colegio por la mañana. Álvaro se impulsaba y notaba pasar la vida un poco más rápido esbozando una sonrisa. Eran poco más de las cinco y media de la tarde.

Álvaro llegaba el siguiente paso de peatones. Miró de lejos al semáforo, que estaba en verde. Cuando cruzaba, un vehículo grande se lo llevó por delante. El conductor del todoterreno tenía el semáforo intermitente. Horas más tarde, Álvaro(15 años, millones de ilusiones) moría en el hospital por culpa de todas las heridas.

Podría alargarse y concretarse más la historia. Podría decirse que los padres se alarmaron al ver, hacia las nueve de la noche, que Álvaro no llegaba a casa. Podría decirse que el conductor, al parecer, se puso nervioso cuando vio al chico delante, que se atoró y confundió de manera fatal un pedal por otro, lo que demuestra lo importante que son, a veces, detalles tan grandes como unos pocos centímetros, como unos pocas décimas de segundo. Podría decirse que se intentó todo lo posible para salvar la vida hasta que ya no se pudo continuar.

En el fondo, todas las palabras que digamos sobran. Las calles se han convertido en canales por lo que navegan los automóviles. Los semáforos se han convertido más en una excusa para regular el tráfico que en una necesidad ciudadana en la que los que no son coches deberían de tener todas las prioridades. La congestión del tráfico nos ha hecho conductores más impacientes, poco observadores de lo que ocurre alrededor.

Hoy he leído que ese semáforo traidor que marcaba luces intermitentes para los conductores se pondrá en rojo cuando los viandantes tengan que cruzar. En el fondo, eso ahora no importa. Álvaro tenía 15 años y nunca podrá tener la ilusión de ir a entrenar un jueves a las seis de la tarde, con la semana acumulada de tareas y un campo de baloncesto para disfrutar de dos horas en las que el mundo se congelaba.

Puta miseria: la regulación del tráfico, las intermitencias, las preferencias. Putas ciudades que, un día, dejaron de pensar que lo más importante eran las vidas.

Va por ti, Álvaro. Por todas las canastas que no podrás meter. Por todos los días que te quedaban y que se quedaron en el tintero. Va por ti, Álvaro, allí donde estés.

(La fotografía pertenece a Alberto Urbina.)

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Me he dado cuenta de que casi siempre que he escrito sobre la enseñanza y los profesores lo he hecho para defender y dignificar nuestra labor como docentes: la importante misión no solo cultural sino social que desempeñamos; la gran responsabilidad de formar, de (re)conducir trayectorias académicas, pero también vitales; la poca consideración y recompensa que obtenemos que, para muchos, es la equivalencia a poco trabajo y vacaciones casi perpetuas.

No obstante, creo que nunca he hablado de nuestras múltiples miserias. Como no es cuestión de hacer más evidente lo que ya todo el mundo sabe. Como no está el horno para bollos. Como, en fin, no me apetece, voy a revelar aquí solo una de las mayores lacras de nuestra noble profesión.

Me refiero a ese deseo de quedar de pie por encima de todo y de todos. Acostumbrado como estaba el estamento a ser referencia cultural –y, hasta si se me apura, moral–. Aclimatados al “esto es así porque lo digo yo y no hay nadie a mano para rebatirlo”. Propensos a refutar teorías presuntamente endebles de autores de prestigio con el beneficio de no tener a mano nadie que nos rebata. Adocenados y anclados en muchas de las teorías que nos enseñaron y que aceptamos como válidas de forma demasiado servil hace muchos años, los profesores nos hemos acostumbrado tanto a todas estas cosas que no nos contentamos con quedar en ese lugar elevado y privilegio como colectivo, sino que nos gusta gozar de esa visión, en busca de la devoción, por encima incluso de nuestros compañeros.

Sí, uno de los vicios que es bastante común en muchas profesiones pero que en la nuestra roza lo enfermizo es la crítica hacia el compañero. Desde luego, nunca es una crítica en forma de debate sereno. Casi nunca se produce cara a cara. Se desarrolla, fundamentalmente, en los recovecos de los despachos pero, sobre todo, en el aula y delante de nuestros alumnos. Aprovechamos la mínima para inmiscuirnos en la materia próxima al horario para asegurarnos de que todo lo que decía el presunto compañero carecía de consistencia. Convertimos los minutos de clase en procesos inquisitoriales en los que se juzga el antes, el después o el durante. O, si se puede, el contenido. Sobre todo el contenido. Dirigimos a nuestros alumnos preguntas capciosas  para que nos contesten lo que nosotros nos temíamos. Ponemos el grito en el cielo. Realizamos aspavientos o, lo que es más efectivo, torcemos ligeramente el gesto y esbozamos una sonrisa que esconde una ración triple de sarcasmo. En suma, nos creemos la bomba y, para demostrarlo al mundo –ese mundo que se extiende a unas cuentas docenas de alumnos–, lo hacemos enmierdando lo que nos rodea. Todavía recuerdo con lástima y repelús los comentarios que un lumbreras muy reconocido (sobre todo por sí mismo y su camarillo y no tanto por la comunidad académica en general) que se dedicaba en sus clases a someter a juicio sumarísimo las clases de una profesora mucho más joven y compañera del área. El genio preguntaba de forma tan vehemente que un conjunto de pelotilleros en las primeras filas asentía más por adocenamiento que por responder con la verdad, dado que las teorías que explicaba esta profesora eran bastante más innovadoras que las del “maestro”.

Como (casi)todos hacemos lo mismo, el efecto sobre nuestros alumnos es el contrario al que buscábamos. Cansados de que la pelota caiga en todos los tejados, tienden –con razón–, si son lo suficientemente activos y espabilados, a dudar de todo y, sobre todo, de todos. O, si la cosa pinta mal, se cae en la injusticia más tremenda y cruel de dar la razón al que está equivocado. Por diferentes circunstancias y razones que no vienen a cuento, he conocido unos cuantos casos –para los que busquen sangre, les advierto que no todos afectaban a mi Facultad y, en algunas ocasiones, ni siquiera se referían a nuestra querida Universidad– que ninguneaban todos los modelos de evaluación que no fueran los suyos, propios, magníficos e intransferibles; que descalificaban teorías expuestas en las clases sin haberse detenido a comprenderlas previamente; que afirmaban una cosa en un sitio y la contraria en otro, según su conveniencia; que se pensaban por encima de otros utilizando unos criterios y se ponían por encima de otros más utilizando los contrarios.

Algunos, en lo personal y lo académico, obtienen beneficios de sus miserias:  hay quienes se mueven bien por el terreno y obtienen réditos más o menos importantes. A la larga, sin embargo, lo único que conseguimos es descender en esa categoría sublime del conocimiento a la que aspirábamos. Lo único que conseguimos es bajar un par de pisos para llegar al sótano del referente moral. Lo único que conseguimos es que de nosotros solo quede visible un horario que no responde a las horas que trabajamos en realidad y muuuuuuuuuuchas pero que muuuuuuuuuuchas vacaciones para pensar en cómo quedar de pie en esa partida de bolos que se ha convertido en el centro de nuestra preocupación.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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ELLA. Tengo un serio problema para recordar las caras. Me saluda gente por la tarde y les digo adiós, pero no tengo ni idea de quiénes son.

ÉL. En eso tengo yo ventaja. Paso de saludar y punto. Así me quito de historias.

ELLA. Que no es cosa de broma. El otro día me paró en la puerta del supermercado una señora, que me trataba como si me conociese de toda la vida. Yo le seguí un poco el rollo, a ver si conseguía alguna pista, pero nada. Creo que se dio cuenta. Al despedirse, se la veía un poco borde.

ÉL. Pues mira tú que problema.

ELLA. Pues sí, un problema. Tanto como que el otro día entré en la frutería y me di cuenta de que era la chica que trabaja allí por las tardes.

ÉL. Ahora entiendo por qué te dio las peras medio podridas.

ELLA. He mirado por internet. Y lo que tengo es una enfermedad: se llama prosopoagnosia.

ÉL. Fíjate.

ELLA. Que no te lo tomes a chunga, que es una disfunción cerebral o algo así.

ÉL. Mujer, no todo va a funcionar bien. Recuerda al tipo aquel del libro de Sacks, que confundió a su mujer con un sombrero.

ELLA. Yo estoy preocupada.

ÉL. Estás preocupada ahora que ves que la cosa tiene un nombre raro. Antes pensabas que eras despistada, así que no exageres.

ELLA. No es tan sencillo.

ÉL. Y mira que te has reído de mí por no distinguir los colores. Eso sí que le cambia la vida a alguien: confundir la sangre con el café. O que te pille un tranvía. Pero claro, eso, como mucho, lo llaman daltonismo. Pues no, bonita, también tiene un nombre raro: acromatopsia. Lo tuyo, a fin de cuentas, pasar de la gravedad al simple si te he visto, no me acuerdo. Lo mío es perder los matices que dibujan el mundo para quedarme, solo, perdido, con cuatro míseros pinceles.

ELLA. Ya estamos: tú siempre el que más.

ÉL. No, el que menos. Con tres colores.

(La imagen es de Universallyspeaking, sobre la portada de un libro de Freud.)

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Existen tantas sensaciones al correr como personas. Los hay corredores en busca de un hueco libre en el día, sea cual sea la hora; madrugadores impenitentes; abnegados dispuestos a rebajar su volumen de comida rebañando las horas del almuerzo; animosos que exprimen la jornada y concluyen con su momento de entrenamiento. Yo he pertenecido, según las circunstancias, a varios de estos tipos de corredores, pero prefiero, por encima de todo, correr a las primeras horas del día, cuando la madrugada ronda el cielo pero no lo invade: es la sensación de correr hacia la luz, de correr ganando al día. De descubrir la hoja del calendario percibiendo, antes, todos los olores y todos los matices de lo que está recién estrenado.

El otro día, sin embargo, hice una excepción a mi costumbre y salí a correr cuando oscurecía. No me gusta encontrarme, de pronto, con la oscuridad acechando detrás de cada sombra, detrás de cada árbol. Me trae recuerdos funestos de un día de enero, hace años, en la noche de un hospital. Sin embargo, ese día el reflejo de la nieve me devolvía algo de claridad y de compañía. El suelo estaba cubierto de una nieve que ya era hielo. El frío pugnaba por conquistar el espacio entre mi piel y la camiseta térmica. Llegué a mi punto intermedio habitual con una luz diurna todavía aceptable y, al volver, sentí que empezaba una carrera por llegar hacia la luz. Miraba cómo el cielo iba recubriéndose del betún congelado de la noche, pero mis zancadas iban apurando cada resquicio de luz. Se puede decir que, ese día, gané a la noche, a la oscuridad por un pelo. Lo negro cayó cuando yo estaba refugiado en las luces cálidas y artificiales del centro de la ciudad. Al parar, con el contraste entre mi calor y los grados bajo cero, respiré profundamente. Expulsé una bocanada de aire caliente para demostrar que, esta vez, todavía quedaba algo de luz, algo de vida dentro de mí.

(La foto registra el momento de la llegada.)

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Hoy iba a escribir una entrada sobre alumnos. Iba a escribirla y no la escribo, porque no es algo que afecte a todos los alumnos, sino a una práctica generalizada de unos pocos. Y los que no andan metido en la docencia iban a pensar cosas malas de la misma y no está el horno para bollos.

Iba a decir que, en los últimos años, me han llegado peticiones de retrasar un examen por asistir a una ceremonia de graduación de los amigos. Iba a decir que algún alumno ha aparecido en mi despacho  el día anterior al examen, después de no haberle visto nunca en siete cursos, preguntándome cuál era la bibliografía obligatoria. Hablando de esta última, iba a decir que algún alumno me ha escrito preguntándome por algunos datos “autobiográficos”, aunque me temo que no le interese mucho mi vida, pero sí los libros que tiene que estudiarse. Iba a decir que algún alumno me ha dicho que no era justo que suspendiese un examen, porque, pese a haberlo hecho desastrosamente y suspenderlo, se lo sabía. Iba a decir que un alumno cometió, en una ocasión, más de 60 faltas de ortografía y, al ir a la revisión del examen, no llegaba a comprender por qué había suspendido. Iba a decir que algún alumno manda mensajes de correo electrónico para preguntarme qué medios tiene para aprobar la asignatura, cuando es la única (y última) vez que se presenta a una prueba de la asignatura y saca menos de un dos en la misma.

Iba a decir muchas cosas, pero no las digo. Porque ayer El Parral estaba precioso y es un placer y un lujo llegar a trabajar en esas condiciones, aunque haga frío. Mucho frío.

(La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.)

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Son días estos en los que no te dan ni gatos ni liebres. Días en los que abismos sublunares se acentúan más que las grietas personales, más hondas por ser el último escalón del descenso a los infiernos, que ya no tienen galerías, ni ríos ni lagunas para olvidar. Días en los que cambian las formas para no cambiar los fondos (días en los que cambian los fondos para no cambiar las formas, que son suyas de siempre. Suyas propias. Suyas por los siglos de los siglos). Días estos en los que no se sabe si es mejor recordar como recurso fácil u olvidar como función catártica. Días en los que los grados de acercamiento se cuentan con números demasiado grandes como para ser contados. Días sin ayer ni mañana, pero días sin hoy, que era el único eslabón que nos quedaba para estar sujetos al mundo. Días con sus noches, cada vez más cortas, cada vez más largas.

(Imagen de Sergio Bertolini.)

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Llevo muchos días preparando exámenes y corrigiéndolos, poniendo notas de prácticas, configurando hojas de cálculo, mandando correos, dando explicaciones, concertando horas para revisiones y entrevistas, haciendo listados de todas las formas, colores y contenidos. Días en los que las horas se acumulaban delante de la pantalla del ordenador. Días en los que, aunque lo intentase, la cabeza siempre estaba pensando en lo mismo, una y otra vez. Todo ello me ha servido, una vez más, para reflexionar sobre nuestra tarea de la evaluación. El otro día escuchaba una reflexión interesante: la educación (sea del nivel que sea) no puede dedicar tanto tiempo a la evaluación. Sobre todo, porque cuando se lo dedicas a la evaluación (tan necesaria, por otro lado), se lo quitas a otras tareas docentes también necesarias, también importantes.

Sin embargo, es en el momento que acaba el proceso de evaluación (quiero decir que acaba el proceso de ese curso en ese semestre: el proceso de evaluación no se acaba nunca) cuando se asoman todas las dudas a mirar por el balcón. Es el momento de dar mil vueltas retroalimentadas sobre si la evaluación ha reflejado el trabajo realizado, sobre si los procedimientos han sido adecuados. En suma, si puede llegar a existir un paralelismo entre lo que ofreces tú y lo que recogen tus alumnos, entre lo que te ofrecen ellos y lo que tú recoges. Te preguntas, al fin, si todo tiene un porqué. Si algo tiene sentido más allá de una nota, una calificación, un número al que añades uno o dos decimales y que se incorpora a una porción de la vida de un alumno.

Ahora pienso más que nunca, que habría que hacer una evaluación de la evaluación misma. Pienso que olvidamos que el proceso de evaluación ha de ser de los alumnos a los profesores, de los profesores a los alumnos, de los alumnos a su trabajo, de los profesores al nuestro.

Y, una vez acabado todo, volveremos a empezar intentando que sea con el pie izquierdo (al fin y al cabo, soy zurdo). Sabiendo que, al final, todo acabará en el mismo punto, unas décimas más allá.

(La fotografía está reproducida con permiso de su autora, Henar: sexundermyhead.)

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