— Verba Volant

Archive
Contrastes

Cada uno es como es. Empiezo esta entrada con un topicazo de carácter universal. Esto nos incluye a cada uno de nosotros, con cosas buenas y malas. Y aquí entramos en otro tópico. Y seguimos con otro, como el ese “Nadie es perfecto”. Podríamos seguir así hasta un demasiado extenso, inabarcable, infinito. Creo que me explico y, sobre todo, creo que me entendéis.

La cosa trata hoy sobre esto, pero distinto. Se trata de personas a las que se ajusta la quinta acepción del DLE. Y no tanto por lo que tienen ellos, en sí, sino por lo que tienen con nosotros. Para mí, un zoquete es alguien que tarda en comprenderme y, a la vez, alguien con el que yo no me comprendo… ni me entiendo. No hablo de personas buenas o malas. Y tampoco de personas con las que “no me comprendo” (ni viceversa). Simplemente, son personas muy ajenas a mi modo de ver las cosas y a mis intereses y que, de manera recíproca, les ocurre –casi con total seguridad– lo mismo para la inversa.

Con un zoquete es difícil sacar adelante un proyecto común. Casi cualquier cosa que hagas, digas o pienses será muy diferente al modelo ideal y esperado que tengan ellos en mente. De entre todos, lo que menos puedo aguantar es un zoquete con falta de educación. Conozco a malas personas, sinvergüenzas, hijosdelagrán (también por supuesto, a buenas y buenísimas personas, pero la cosa hoy no va de ellos). A personas con las que, por la razón que sea, he dejado de entenderme o de llevarme bien. Lo asumo y lo sobrellevo o lo llevo, aunque sea mal. El mundo no es perfecto. Ni mucho menos espero tampoco que esté hecho a mi imagen y semejanza. Pero no soporto la mala educación. Ni las maneras rudas.

Así que hoy, como no puedo más, os quería hablar de mi concepción, probablemente errónea y tergiversada, de lo que es un zoquete.

Y como la red está llena de susceptibles, puedo jurar que, si estáis leyendo esta entrada, no os tenéis que dar por aludidos. En este blog son bienvenidos todos, amigos y enemigos, cercanos y distantes. Todos, menos los zoquetes.

(La imagen procede de mi galería de Flickr)

Read More

La ausencia del español en la web de la Casa Blanca con la toma de posesión de Donald Trump encendió todas las alarmas. Se temía que fuera un síntoma de la inquina que tiene al ya presidente a los latinos, pero parece –ojalá– que es solo algo provisional a la espera de los ajustes pertienentes.

No obstante, es más que pertinente preguntarse por el futuro del español en EE. UU. Aunque estoy escribiendo algo más largo y técnico sobre este asunto, dejo aquí algunos datos y reflexiones sobre la política lingüística del español.

El número de hispanohablantes en Estados Unidos no deja de crecer. Datos extraídos de estudios de 2014 estiman que hay 53,3 millones de hablantes de español, que podrían acercarse a 62 millones si tenemos en cuenta los inmigrantes indocumentados de origen hispano. Esto convierte a Estados Unidos en el segundo país en número de hablantes, precedido por México y seguido por Colombia, España y Argentina.

Según análisis recientes, parece que se está produciendo un refuerzo del español en Estados Unidos, y no solo en las capas sociales más bajas. Contamos con grupos bilingües con estudios superiores, que se preocupan por un dominio cualificado del español. Por el otro lado, los inmigrantes recién llegados aportan una vitalidad renovada dentro de la comunidad hispana y un incremento de la demanda del español como lengua extranjera para comunicarse con ellos en el ámbito laboral. A todo ello se añaden los programas escolares para ayudar a los hijos de estos inmigrantes.

Si en generaciones pasadas los inmigrantes parece que querían borrar del mapa el español como muestra de inclusión radical en la cultura norteamericana, ahora existe un orgullo cultural del español como marca de identidad que motiva que la mayor parte de los hispanos quieran mantener viva la lengua entre sus hijos.

No olvidemos que el español en Estados Unidos no fue, por propia esencia, una lengua extranjera: así lo demuestra la historia de muchos estados y queda registrada en los nombres de pueblos, ciudades, ríos y montañas. Además, el español es lengua materna para el 12 % de los estadounidenses. Y crece por encima de cualquier otra como lengua extranjera. Una de las razones fundamentales es la de establecer comunicación con muchos hispanos que no hablan inglés. Cierto es que este tipo de enseñanza deriva en una instrucción rápida en español básico con vistas a la comunicación en el ámbito laboral, legal o institucional.

Hoy en día, tres cuartas partes de todos los hispanos mayores de cinco años hablan español. Sin embargo, también es posible que esta proporción de hablantes de español descienda, porque también es cierto que cada vez es más frecuente el uso del inglés para leer las noticias, ver la televisión, etc. Pero el hecho es que, como hemos dicho más arriba, que casi la totalidad de los hispanos, incluso los nacidos en Estados Unidos, piensa que es importante que las generaciones futuras hablen español.

¿Qué se puede hacer para que el español siga en ese estado de pujanza en el país norteamericano? Si todo funcionaba como hasta hoy, nada. Al margen de pequeñas iniciativas, no existía una política lingüística estructurada para la conservación y/o el desarrollo del español. El estado no va a hacer ninguna concesión que no provenga de intereses económicos y políticos (siempre ha sido así). Por otro lado, en un país en el que no existe una lengua oficial, el español y el inglés no se han enfrentado, sino que han convivido sin excesivos problemas. La población hispana es demasiado grande como para ignorarla. Así lo demuestran los acercamientos en español de los políticos norteamericanos para acercarse a la población latina.

También es cierto que ha existido un recelo frente a lo hispano en algunos de los políticos más conservadores. Y ahí es donde estamos ahora, con un presidente predeciblemente impredicible, que puede cortar esos lazos de convivencia y querer solo un país para (norte)americanos.

La imagen es de Thomas Hawk.

Read More

 

En 2014, critiqué algunas cosas que no me parecían bien de la San Silvestre Cidiana. El año pasado, volví a hacer lo mismo. Llegados a 2017 y una vez corrida la San Silvestre de la edición de 2016, me veo obligado a volver a hablar de ella. Así que, por lo tanto, amigos, amigas, hablemos de la San Silvestre Cidiana, una vez más.

Este año creo que son dignos de reseñar dos cambios: el lugar de salida y el modo de salida en dos turnos (los peques tuvieron la carrera por la mañana). A ello se une algo que ya cambió para bien el año pasado, que es la incorporación de un chip al dorsal para dar algo de coherencia a los resultados de la llegada. Vayamos, pues, a las novedades. Y sí, voy a hablar de ellas.

La primera novedad era el lugar de salida de la carrera. Después de varios intentos para cambiar el lugar de partida (algunos auténticamente disparatados, como el de 2014), se optó por salir desde la Avenida del Arlanzón, en el Coliseum de Burgos. Cuando me enteré, empecé a echar sapos y culebras por la boca: vaya, nos quitan la salida en el centro para tener que ir al quinto pino; vaya coñazo, ir para luego volver por una paralela, vaya, rectas llenas de monotonía. Después de hacer la carrera, lo único que puedo decir es que el lugar elegido es un auténtico acierto: un lugar en el que los corredores nos podíamos mover mucho mejor y de fácil acceso.

La segunda novedad fue el sistema de salida en dos turnos, separados por cinco minutos de diferencia. En el primero, salían los corredores federados y aquellos que habían quedado entre los mil primeros en la edición anterior. En el segundo, el resto de corredores (unos cuantos miles). Algunos críticos decían que esto suponía desvirtuar una carrera que es, a la vez, una fiesta para celebrar el fin de año de forma sana y divertida. Creo que un número de 1.500 corredores no hace una división muy sangrante, puesto que pueden convivir los excelentes corredores con otros de nivel medio. Para mí, lo más importante radica en el hecho de que se pueda correr y este sistema lo consigue. El que quiere hacer una carrera meramente lúdica al ritmo que le da la gana, lo puede hacer como siempre. Y el que quiere ir un poco más rápido y sin tantas aglomeraciones, también puede hacerlo sin problemas. Por lo tanto, creo que es otro acierto.

Una combinación de estas dos novedades, la de salir en una recta muy larga mediante turnos diferenciados, ayuda a que no haya aglomeraciones tan peligrosas como las de años anteriores. Para cuando se llega a la primera curva en la Plaza del Cid, ya cada uno va a un ritmo que hace que la carrera se organice por sí sola. La salida en tandas, además, ayuda mucho a ello porque no hay luchas cainitas en la salida y en el inicio de la carrera. Dejo claro que esta es una opinión sesgada porque yo salí en la primera tanda y, por lo tanto, no sé lo que ocurrió en la segunda. Desde luego, hay un problema: si alguien corre por primera vez o no corrió el año anterior, le toca sufrir la aglomeración supina. Pese a ello, y a la espera de las impresiones de las personas que corrieron en ese grupo, la impresión es, para mí, de lo más positiva.

Otro aspecto muy favorable de este año no ha sido de carácter organizativo, sino de la participación ciudadana en la carrera. Había mucho más público que otros años y a mí me dio la impresión de que era también más participativo, algo que no suele ser la “marca de la casa” en nuestro querido Burgos. Correr así, con muchas personas y entre muchas personas, es una maravilla.

Y acabo con una circunstancia especial que acompañaba a esta edición: el homenaje de los Tragaleguas al gran José Mariscal, “Falio”. Todo un ejemplo en lo personal y en lo deportivo, que no dejará de seguir corriendo, nadando y pedaleando, pero sí lo hará a otro ritmo más pausado por exigencias del guion.

En suma, aquí el Urbina, gruñón, criticón y protestón por naturaleza, se ve en la gozosa obligación de señalar también todo lo positivo de esta carrera. Olé, esta vez (y esperemos que para siempre) con la San Silvestre Cidiana. Enhorabuena a todos y feliz 2017 trotando y brincando.

 

Read More

1.

Entre los dedos lo siento, lo noto por todas partes. Escrito en el viento, volando hacia el interior. Y me alegro por poder contar, a la manera de Benedetti. Viendo siempre tu rostro cuando cierro los ojos y sintiendo en ti todo lo que necesito. Así que, si realmente me quieres, deja que te vea.

2.

Lo oigo en la radio: están escribiendo canciones de amor, pero no son para mí. No puedo evitar el recuerdo de un beso que no es para mí.

Todo es así siempre. Las vidas, como las canciones de amor.

(Canción prosificada, traducida, adaptada y modificada a voluntad sobre las canciones “Love is Around” de Wet Wet Wet y “But not for me” de Chet Baker, con imagen de Santiago Nicolau).

 

 

 

 

Read More

ELLA. El otro día leí una cosa sobre monos.

ÉL. ¿Sobre gatitos muy monos?

ELLA. Pero mira que eres idiota. No, sobre monos. Monos.

ÉL. ¿Ya te ha dado otra vez con los monos?

ELLA. Sí, me apasionan. ¿Sabías que las mujeres se pintan los labios de rojo porque…

ÉL. Sí, ya me lo has contado.

ELLA. Qué borde… Bueno, lo que te decía. Era sobre los orangutanes en Borneo. No te puedes imaginar lo parecidos que somos.

ÉL. Te puedo asegurar que yo no me siento nada identificado con los orangutanes de Borneo.

ELLA. Eso es lo que tú te crees. Déjame que te cuente…

(Entrada perteneciente a la serie Diálogos. Imagen de Louise Goggin.)

Read More

El gato de Schrödinger es una paradoja de la mecánica cuántica que forma parte, con sobrados méritos, de las cosas inexplicablemente explicables. Como ya sabe la mayoría de los lectores, lo que Schrödinger plantea es que, metido en una caja y sometido a unas circunstancias que podéis leer en el artículo vinculado, un gato puede estar vivo y muerto a la vez.

Me gustaría trasladar esta paradoja al campo de la felicidad. La imagen es ya típica: los optimistas ven el vaso medio lleno y los pesimistas, medio vacío: cuestión de perspectiva. Yo siempre he pensado que esto, más que una simplificación, es una mentira. Cuando un vaso tiene exactamente la mitad de líquido en su interior, no se puede (no se debe) ver el vaso medio lleno o medio vacío. El vaso, simple y llanamente, está medio lleno y medio vacío a la vez. Ignorar esta perogrullada, mucho más fácil de entender que los principios de la física cuántica, es de juzgado de guardia. Y luego nos pasa lo que nos pasa.

Por un lado, tenemos a los pesimistas convencidos e irredentos. Siempre contemplarán la realidad desde una óptica de la que es imposible recuperarse. Una inclinación a percibir el lado negativo de todo nos lleva, irreductiblemente, a la desesperación. Ver un vaso que tiene exactamente la mitad de líquido como medio vacío es ignorar la cantidad de líquido impulsor, creador o vivificante.

Por otro lado, tenemos a los optimistas de los mundos imposibles, ingenuos e iluminados, que prefieren ver la felicidad como un valor seguro. La inclinación que nos lleva a la risa floja, al beneplácito acomodaticio. Ver un vaso que tiene exactamente la mitad de líquido como medio lleno supone ignorar la cantidad de aire y de vacío que, a nada que uno se descuide, puede invadir una parcela de su vida, su vida entera o su media vida.

Nos quedan más posibilidades, claro. Porque quizás nos equivocamos al ver el líquido como el elemento positivo o el vacío como algo huero. Todos preferimos el aire mondo y lirondo al veneno refinado. Todos preferimos el agua fresca a un gas lleno de muerte parapetada.

Invito a los pesimistas a que se gradúen la vista de cerca y a los optimistas a que se supervisen su miopía. El vaso está medio vacío y medio lleno a la vez. Y la curiosidad (científica), que mató al gato, también sirve para salvarlo.

La imagen es de Bart.

Read More

Estoy escuchando “Forever Young” de Alphaville y me llama la atención aquello de que “The music is for the sad men”. La música es para personas tristes. La música puede ser para todo, para todos, pero a mí no hay nada que me guste más que escuchar canciones tristes. Me llenan de vacíos, horadan mi plenitud y socavan plácidamente la poca autoestima que me queda en el bolsillo, aquel que se va descosiendo poco a poco cuando tiras de un hilo.

Cuánto tiempo sin escuchar esta canción. Cuánto tiempo para llegar a las contradicciones. En 1984 yo quería ser joven para siempre, pero no sabía nada de lo rápido que pasa la eternidad. No era consciente de que tenía que haber aprovechado para bailar hasta que no me quedasen fuerzas. En tiempos en los que la disyuntiva era morir joven o ser eterno. Épocas en los que se vivía con el impulso de no tener nada por delante. Cuando saltabas, llegabas a la luna.

Pasa un día, una semana, un año y, sin querer, llegas a otro extremo de la vida. La eternidad es ver pasar los días y sobrevivir entre cargas, pesos infinitos. Pensar en la agilidad con la que subes las escaleras, con la que corres y con la que vives… y no darte cuenta de la trampa: antes la agilidad venía de serie, igual que la sonrisa o la lágrima trágica que era sincera pero cándida.

Estoy escuchando a Alphaville y me doy cuenta de todo por lo que he pasado para querer seguir siempre joven de modo eterno. Y conformarme con que me quiten lo poco que he bailado.

 

Read More

"Introspection" by Eddy Van 3000

Hacia mucho que no escribía tan poco. Ahora escribo más para dentro que hacia fuera. A veces, con la trampa de pensar que escribo cuando solo pienso. A veces, con la trampa de pensar que pienso cuando solo siento.

Es hora de buscar culpables, acuso a la introspección. Mirada que podría ser tramposa y ser manifestada, contada, narrada pero que quiero dejar muchas veces exclusivamente para mí. Es una retirada de la vida pública. Parcial, sí; no absoluta. He aprendido a convertir el silencio en valor relativo y a percibir las palabras en valor absoluto con tanto respeto como para no marearlas de significados, como para no malearlas en el escaparate del sinsentido. Compruebo también que en las redes sociales me he convertido en más informativo, lo que quiere decir menos personal y –quizá– muy poco necesario. Aunque casi prefiero informar que sentir en voz alta, sobre todo en el golpe inmediato de los 140 caracteres.

Esta entrada es, en sí misma, la evidencia más grande de las contradicciones. Pero es que retirarse no es renunciar. Dar dos pasos atrás no es escapar. Sigo siendo yo. Y estoy. Quizás encuentre muy pronto una forma de manifestarme contra todo y contra nadie. Quizás no.

Imagen de Eddy Van 3000.

Read More

puntacanaflickr

Jueves, ocho de la tarde. Gilles Lipovetsky empieza el diálogo con Jesús Ruiz Mantilla. Van a hablar sobre el último libro del filósofo francés, De la ligereza. El español hace un guiño a la catedral de Burgos y califica el gótico como “pesado”. El francés lo niega. Califica el gótico como algo ligero, que alza el vuelo para que miremos el cielo. Y prosigue esta idea y la enlaza con un conjunto de ideas apasionantes.

Yo estoy escuchando y me voy sintiendo identificado (para mal). Me doy cuenta de que pienso (en) la vida como un conjunto de contrapesos que me llevan al fondo. Es una tendencia inevitable hacia el abismo. Por contra, hay una manera de ascender, lo veo. Quizá sea una manera menos trascendental, pero no accesoria. No supone renunciar a unos principios, sino a escalar sobre ellos para quedarse con la esencia. Lipovetsky sigue con su hipótesis. Siendo consecuente con sus obras anteriores, que tanto me han inspirado en años pasados para analizar algunos fenómenos del consumo, con esta obra da un paso más allá con un planteamiento –quizá– más optimista. En un momento, suelta la frase de Paul Valéry: “Hay que ser ligero como el pájaro, no como la pluma”. Y explica la idea de que la pluma es ligera pero queda siempre a merced de los vientos. No es “volante”, sino “volátil”. El pájaro, sin embargo, vuela teniendo el control sobre el viento. Y me doy cuenta de que, en el fondo del mar, ni siquiera era capaz de disfrutar de los bancos de peces, de la flora marina mecida por las aguas. Solo una presión insoportable que, si te descuidas, hace que te explote la cabeza.

Y sigo escuchando ideas sobre la muerte de las utopías sociales y el albur de algunas utopías que son sociales solo desde la individualidad. Peligrosas si son pesadas, estimulantes si son ligeras. Y pienso en lo bien que se puede estar despojado de capas, afilado como una punta de lanza. Hacia el cielo.

(Hace años, escribí una entrada que muestra esa tendencia a la pesadez: “Aeroembolismo en un lugar que se llama alma”. La imagen pertenece a mi galería de Flickr).

Read More

Sven Years Bad Luck

Creo que todos, más o menos, conocemos el estado catastrófico de las inversiones públicas en la universidad española desde hace años. Mientras las matrículas han subido de precio para el alumnado, las contrataciones y la situación del profesorado cada vez son más precarias, las instalaciones cada vez tienen peor mantenimiento, los equipos y la dotación tecnológica es cada vez más anticuada… En mi universidad, los estudios de radio y televisión de los estudiantes de Comunicación Audiovisual se caen a pedazos y ya solo se pueden utilizar, con pinzas, para dar clase. Los equipos informáticos son obsoletos: tengo compañeros que se pasan media mañana para que les arranque un ordenador, mientras que otros profesores asociados ni siquiera tienen uno y se ven obligados a llevarse el portátil de casa. Algunos tienen que esperar días para tener un despacho en condiciones y, cuando disponen de él, tienen que albergar paciencia infinita para tener mesa y silla propias. El otro día entré en el mío y me encontré con unos nada apacibles 14 grados que no subieron en toda la mañana. En nuestro edificio, de nueva dotación, han pasado semanas hasta que hemos podido tener jabón y toallas de papel en los lavabos y todavía estamos esperando espejos, algo obligatorio según la normativa vigente.

Por las tardes, doy clase en otra facultad y siempre espero con intriga si el monitor, uno de esos de culo profundo que ya no se ven por ninguna parte, se encenderá y, si lo hace, si permanecerá iluminado y en condiciones durante toda la clase. Creo que todavía podemos encontrar unos cuantos de ese tipo en esta facultad y en alguna otra, agónicos y anticuados. Y aquí es donde entra la cuestión de la que quería hablar. Tengo dos monitores (en perfectísimo estado)   en casa y ofrecí uno para lo que fuera menester. Por ejemplo, para poder sustituirlo por esas antiguallas que ya no me funcionan. Recibí una contestación llena de lógica en el fondo y relativa en la forma. Se me dijo que la universidad no necesitaba donativos, sino mejores dotaciones. Es cierto. Las cosas mejorarán cuando las administraciones se den cuenta del papel que ejerce y puede (y debe)  tener la universidad en la sociedad. Pero, mientras esperamos que llegue esa justicia social, yo pensaba en otros países con muy buenos sistemas universitarios y con (todavía) peores condiciones económicas que las nuestras, en los que saben aprovecharse de todos los recursos para salir a flote cada día. Y pensé, también que, en esa espera, quizás pueda haber cosas que puedan mejorar entre todos. Y pensé en la palabra donativo. Yo la hubiese cambiado por donación. En algunas universidades de las que hablo, tienen equipos audiovisuales gracias a esas donaciones. O aumentan sus fondos bibliográficos gracias a ellas. Todo podría ser mejor y, ante todo, más justo, y eso no lo niega nadie. Mientras tanto, llegará un día en que, cuando encienda uno de esos monitores de culo prominente, este dirá basta, hasta aquí hemos llegado. Y, entonces, no sé todavía lo que pasará.

Mañana iré a trabajar a mi facultad y, cuando vaya al aseo, me lavaré las manos y alzaré la vista, con la seguridad de que no podré contemplar ni siquiera un reflejo. Es el espejo donde nos miramos cada día.

La imagen es de Tim Sheerman-Chase.

Read More