— Verba Volant

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Contrastes

Temblor y nube, desorden y cuidado, oscuridad y entresijo, cuento y mutismo, lloro y esbozo, escucha y ruido.

Súplica y recuerdo, ausencia y papel, abrazo y supervivencia, cerca y quizá, baile y cuadrado, palabras y farol.

Azúcar y deseo, ardor y calma, rocío y nube, frío y matiz, castigo e infinito, navegación e ímpetu.

Eternidad y horizonte. Perfume y sesgo. Color y mixtura. Roce y respingo. Sintonía y candelabro. Acelga y paraíso. 

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Cuando hay cosas claras y evidentes ante tus ojos, pasas directamente, como decía Descartes, a encontrar la primera verdad, la primera sustancia. Renato llegó al “Cogito ergo sum” y un servidor a “Soy un idiota y un impresentable”. Os cuento.

Llegaba hoy a casa con un poquito de prisa porque tenía que acudir a una reunión con dos alumnos en mi facultad. Llego al portal con la bici, saco la llave para abrir la puerta… y un hombre se acerca a mí. Pongo mala cara porque se acerca a mí con una carpeta azul y veo que quiere algo.

Opero, simple y llanamente, con prejuicios. Prejuicios de muchos frentes. La persona no es de aquí. De España, digo. La persona no tiene “buena pinta”. Y “buena pinta” opera aquí como discriminador absoluto, porque no significa que tenga “mala pinta”. Simplemente, no tiene la pinta de lo que un idiota e impresentable puede pensar que es normal.

Antes de que empiece a hablar, acompaño mi cara con un “no tengo tiempo”. Él sigue acercándose insistiendo en hablarme y yo le digo, de forma seca, que llego tarde a trabajar. Lo mejor de todo es que él no toma mi actitud como algo agresivo. Seguramente, esté tan acostumbrado a esas caras y esas contestaciones que las toma por naturales y no típicas de alguien idiota e impresentable.

Cuando habla, me dice “quería preguntarle…” y yo pienso qué tío más pesado, a ver qué quiere pedirme (espero, claro, que me pida dinero, como si pedir dinero fuese un delito si alguien lo necesita).

Me paro, apoyo la bici y espero eso que espero con displicencia “que me pida”. Él, con una sonrisa tan escasa de dientes como llena de dulzura, en un rostro más moreno que el mío y que denota que ha pasado toda una vida con vientos contrarios de todas partes, me pregunta, en un español que se entiende a medias, dónde está la estación de autobuses.

Todo este tiempo es el que necesita un idiota y un impresentable como yo para avergonzarse amargamente de su manera de comportarse, llena de matices discriminatorios. Y no me consuela ni un poco haberme dado cuenta de todo esto. Tampoco contarlo para que algún alma caritativa muestre su  comprensión. Cuando uno es un idiota y un impresentable, se reconoce y punto.

(Espero, por lo menos, que la lección que he recibido me sirva para el futuro: odio a los idiotas e impresentables y, por lo tanto, me cuesta horrores convivir conmigo mismo).

La imagen es de Toni Verdú Carbó.

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La frase de Groucho es bien conocida: “Jamás pertenecería a un club que me admitiera como socio”. Y creo que hay pocas sentencias que se ajusten de modo tan adecuado a la manera que tenemos algunos de estar en el mundo. A mí me pasa constantemente:

 En el mundo académico, soy un tipo raro que le dedica demasiado tiempo al deporte. En el mundo del deporte, soy un tipo raro que se escapa con más frecuencia de la necesaria al refugio de los libros. Esto ocurre, incluso, de manera más específica. En un mundo de lingüistas, me gusta adentrarme constantemente en otros campos anexos, pero contrapuestos para la mayoría. En un mundo de teóricos, me dedico a cosas prácticas. En un mundo de adeptos a los corpus, me afano demasiado en retorcer demasiado los conceptos. En el mundo de los atletas, me dedico a la natación. En el mundo de la natación, me dedico al atletismo. En el mundo de los triatletas, soy una persona que se mete demasiado en el gimnasio. 

Siempre soy una persona a la que le gusta estar en otro sitio, lo que conlleva  permanecer desubicado de forma permanente. Entre los lectores, soy adicto a las series. Entre los adictos a las series, soy lector impenitente. A los puristas les parece que me gusta demasiado la música pachanguera y a los amigos del ritmo fácil les parece que mi gusto por la melodía “culta” es demasiado elevado.

En el mundo de los viajeros, permanezco demasiado estático. En el mundo de los calmados, me muevo demasiado. Entre los amigos de la contemplación y el éxtasis, no paro quieto. Entre los amigos de lo frenético, me quedo demasiado parado. 

En suma y  conclusión, soy demasiado periférico para los centrales y demasiado central para los periféricos. Ni yo mismo soy capaz de saber dónde me encuentro en el mapa de la vida… y ni siquiera sé qué mapa tendría que utilizar para encontrarme. 

Solo hay una cosa en la que coincido con todos, pero todavía no sé lo que es.

La imagen es de Adrian Berg.

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Todo el mundo conoce las vacaciones de los profesores. Si hablamos, en concreto, de los profesores universitarios, creo que pueden resumirse así de la manera que sigue:

Aunque hay clase en mayo, casi no cuenta porque la mayor parte de nosotros no aparecemos por clase, así que puede contarse como un mes. Junio es mes de exámenes y evaluaciones. Como todos intentamos aprobar a todo el mundo o suspender a todo bicho viviente para no molestarnos en corregir, ya podemos contar otro mes. Eso de que haya reuniones y más reuniones tampoco puede contarse, por supuesto, porque las reuniones de los profesores son interminables cafés (con leche) más pincho de tortilla o montadito de jamón en la cafetería. Van dos. En julio no hay nada que hacer más que reflexionar sobre lo bien que nos lo hemos pasado ya en los dos meses anteriores. Si queremos ajustar materias y planificar con otros compañeros, eso se resume en la cafetería de la que hemos hablado antes. Tampoco hay que tener en cuenta las comisiones de selección de plazas. Como todo es endogamia y cachondeo, decidimos todo nada más empezar y luego nos pasamos las cuatro horas siguientes jugando al parchís. Sumamos ya tres meses. Agosto es nuestro mes oficial de vacaciones, en el que todos nosotros nos juntamos en un resort de lujo de un país remoto a cuenta de nuestra insigne institución. Recibimos correos y correos sobre asuntos académicos, a veces también sobre aspectos administrativos, pero nos los pasamos por el forro porque están llenos de emoticonos. Como nos aburrimos tanto, en algunas ocasiones aparecemos por nuestra facultad hacia el día veintitantos para cachondearnos de todos los curritos que vemos en el camino o para intentar disimular nuestra vida de opulencia de cara a nuestros amigos. ¿Cuántos van? Cuatro, creo. Tradicionalmente, se ha dicho que en la universidad no se empieza hasta el día del Pilar, así que poco importa que las clases del semestre empiecen el día 5 de septiembre. Simplemente, no vamos. Les mandamos un vídeo a todos los alumnos por correo electrónico o les enviamos la dirección de nuestra cuenta de Instagram para que sepan por experiencia ajena lo que es el paraíso. Decíamos que el día del Pilar es a mediados de octubre, pero no tenemos en cuenta la clase de presentación, que suele durar quince días y consiste en un “Hola, pardillos, buenos días. Voy a ser vuestro profesor de la asignatura. Si queréis saber algo más, lo miráis en la guía docente. Nos vemos el día 1 de noviembre. Ah, no, que es fiesta. Pues el día 2. Ah, no, que ya es fin de semana. Bueno, empezamos el 7 de noviembre, para que no haya dudas”. Sumamos y sumamos, y nos salen seis meses. Y eso solo para las vacaciones de verano.

Abro un nuevo párrafo porque me estoy cansando de tanto hablar de descansar. Claro, esas son las vacaciones, pero hay más. El mes de diciembre no cuenta porque acaba el semestre y son las navidades… un mes más. Y luego sumas que si Semana Santa, que si el día del libro, que si el día de la comunidad autónoma, que si el día de San Jordi, que si regalas un libro y una flor y tenemos otro. Van ocho. Luego están todas las fiestas que tiene todo el mundo, pero nosotros también. Como las disfrutamos el doble, sumemos otro mes.

El cómputo total para un año son nueve meses de vacaciones. Y eso que contamos tres meses en los que vamos al trabajo, pero, como todo el mundo sabe, no trabajamos y todo se resume en una rascada continua de nuestras partes bajas.

Por todo lo anterior, aconsejo a mis ocupados lectores que se dediquen en cuerpo y alma a intentar entrar en la universidad. ¡Ah, no, que es un coto cerrado, en plan club de millonarios! Pues os jodéis. Ya estamos nosotros para contaros lo que es la buena vida. Que os vaya bien en vuestra mísera y ocupada existencia.

Firma la presente un ocioso convencido y permanente.

La imagen es de Enrique López.

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Quizás la memoria me falle, pero, casi con toda probabilidad, no había estado tanto tiempo sin escribir en VerbaVolant, más de dos meses. No por falta de ganas, no por falta de tiempo. La razón principal radica en que no he querido escribir mientras pensaba en cosas para escribir. Sigo dándole vueltas a dos proyectos largos de escritura y a un bonito encargo que tengo que acabar próximamente y no me ha parecido bien sacar la navaja de Ockham a pasear —por aquello del Pluralitas non est ponenda sine necessitate—. Y a eso se sumaban varias necesidades de escritura académica a las que hay que dar salida próximamente.

Me he pasado gran parte del verano mirando, observando, apuntando frases e ideas. Intentando destapar razones y buscando conexiones. El cuaderno de campo del entomólogo que hace sus dibujos y realiza anotaciones rápidas que luego cobrarán otra forma y una dimensión mayor. Me lo paso bien contemplando la vida pasar e intentado destapar el ordenado caos que es el orden de nuestra existencia.

No escribo porque no escribo, lo que significa que escribo sin escribir o que, sin escribir, existo. Y ahora que vengan Heráclito y Parménides y nos lo expliquen.

Imagen de Nukamari.

 

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Me gustaría escribir una novela negra. No gris marengo, ni tirando a oscura: una novela negra. O no sé. Quizás lo que me gustaría escribir es una novela policíaca de esas en las que muere gente a tutiplén, en la que el autor es un dios capaz de decidir sobre la vida de los demás y elegir asesino, arma y lugar, como en el Cluedo, ese juego de mesa que tanto me gusta. Igual lo atrayente, lo atractivo, es el acto de matar sobre el papel y sentirse indemne, impune, salir a flote pese a los tiros, el cadáver que se inundará junto a un coche clásico cayendo de un acantilado.Sí, una novela policíaca mejor. No una en la que echemos la culpa a la sociedad, al sistema o al maestro armero, sino una de esas de gato y ratón. Lo que no me gusta de estas novelas es que suele ganar el gato. Y el gato puede estar adornado o no, puede ser un mastuerzo y profesional que hace bien su oficio o un alma atormentada en busca de un destino. Entonces, la novela no es ni negra ni blanca, ni policíaca. Entonces, se transforma en otra cosa más cercana, pese a lo que pueda parecer  una lectura filosófica. Puestos a pensar, no sé en dónde encajar las novelas de espías. Me gustaría, sí, que aquí se te permite que el bueno-malo sea al final lo que quiera y se pueda ir de rositas. O que le traicione la persona en la que confió, da igual, siempre quedará como héroe en nuestro imaginario sentimental.

Conveníamos en eso, en que me gustaría escribir un roman policier, que en francés queda muy bien. O novela criminal, no sé. Pero en la que no haya policía ni detective profesional. Una novela de esas en las que, como hacía  Hitchcock en sus películas, el protagonista era un sufrido ciudadano que no se espera lo que le espera, lo que el tiempo le depara. Con todos los antagonistas. Y mira que me gustan los agentes secretos, pero solo para verlos, exhibidos en las pantallas. Antagonistas, decía.

Hablaba de una novela de esas, criminal, policier y muertes a mansalva. Pero nada de sangre, pese a lo que decía antes, nada de detalles escabrosos, nada de autopsias. Solo personas que piensan en el mal porque les brota de sus entrañas. No por enfermedad ni por traumas infantiles, sino porque las entrañas, de vez en cuando, son así. Que a veces las cosas se tuercen y acaban como acaban. Mal, para ser aproximados tendiendo a ser exactos. Me gustaría, incluso, escribir una novela de esas y tener las miras literarias muy altas, pero creo que eso solo lo han intentado los pedantes que imitaban al mejor Umberto Eco. Así que paso.

Mientras digo todo lo que me gustaría escribir, me dedico a escribir sobre lo que me gustaría. Y entro en un círculo vicioso con el que me dan ganas de darle a la tecla. Una primera persona del singular. Un presente de indicativo. Una calle oscura, cercana a ese Ocean Drive que experimenté en mis carnes. Un tiempo que sea reconocible como nuestro. Y las caras de todos aquellos que me ven.

Imagen de Alrick Dorett.

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Me decían el otro día que, hace ya algún tiempo, empleé la expresión “perfil bajo” aplicada a alguien de manera negativa. A mí me extrañaba imaginar esas palabras puestas en mi boca, tanto porque esa expresión no me gusta mucho ni en la forma ni en el fondo como por ese contexto negativo de alguien, que por otro lado, no conozco más que de oídas.

Lo primero que hice fue negar la mayor y pensar que era imposible que yo hubiese hablado de “perfil bajo”. Después, me puse en el difícil papel de aceptar algo que no sé si he dicho, pero que seguro que no pienso. Y ahí vinieron docenas de comeduras de coco sobre los perfiles.

Dicen que un neopositivista viajaba en un tren (en los tiempos en los que se viajaba en departamentos frente a frente) y que, no me acuerdo por qué, su acompañante dijo algo así como “Mira qué vaca tan bonita con manchas negras hay en la colina”. El neopositivista se indignó mucho por una afirmación que él consideraba falsa y que le obligó a matizar que lo que realmente creía que su compañero había querido decir es algo parecido a que “Existe algo que la mayor parte de las personas consideran una vaca —y, bajo tu óptica individual y subjetiva estimas bella—, pero de la cual solo has visto una silueta de “vaca” por uno de sus lados ignorando si, realmente, por el lado que no ves existe una correspondencia con tu percepto”. En suma, para el neopositivista su amigo había visto algo, pero, contemplándolo desde una única perspectiva, no podía estar plenamente seguro de que su percepción fuese correcta y ajustada a la realidad.

Y sabemos que Valle-Inclán, en una entrevista justamente famosa, hablaba de que existen tres modos de ver el mundo desde una óptica artística o estética: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. Decía Valle que la mirada de rodillas supone contemplar a los personajes como más que humanos (héroes, dioses o semidioses), como aquellos de los que Homero contaba sus peripecias. La mirada “en pie”, frente a frente, supone contemplar a los personajes como si estuviésemos ante el espejo de nosotros mismos y nuestra condición humana, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Esos personajes son en los que habitan la máxima realidad y la máxima verdad. Por último, la forma de ver el mundo “levantado en el aire” era la que utilizaba nuestro genial escritor  en sus esperpentos para contemplar el mundo desde un plano superior y, no sin ironía, considerar a cualquier personaje, por egregio que fuese desde otra contemplación, como un muñeco.

Pensaréis que estoy dando muchas vueltas para un hecho, aparente de poca importancia, de haber hablado de alguien de “perfil bajo”. Pero no dejo de pensar en que hablar de “perfil” es como considerar a un todo por haber visto una parte, como el amigo del neopositivista con esa vaca que solo podía intuir o conjeturar. Y habla de “bajo” es contemplar a alguien por los suelos, mientras yo estoy “levantado en el aire”. Lo primero lleva a aparejado sesgar y lo segundo cosificar. Cosas que, quizás, hacemos todos en algún momento para hablar de algo de alguien pero con las que nunca conseguiremos un auténtico conocimiento.

Aunque el perfil puede conllevar sutileza o contemplación de lo esencial, es mero contorno que no deja ver sino la mitad. Así que me niego a alguien por lo que no es. Si, además, no conocemos a alguien (en la medida en la que conocer es abarcar y extender hasta lo imposible), todavía peor. En consecuencia, si algún día oías hablar a alguien de una persona de “perfil bajo”, recordadle la historia del neopositivista y la vaca, la historia de la contemplación en el arte según Valle-Inclán.

Imagen de Fernando.

 

 

 

 

 

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Últimamente, me ha dado por las palabras. Bueno, por las palabras me ha dado siempre, que son mi oficio, mi beneficio y mi devoción. Y, si no, que se lo digan al nombre de mis blogs, que se van por las aires o se fijan por escrito. Hoy habla de la palabra esfuerzo y sus acompañantes. Claro que nos esforzamos. Es cierto que alguna vez el esfuerzo es inútil o pequeño, pero nos gusta mucho que sea notable, considerable, gigantesco, ingente o tremendo. A veces, nos esforzamos tanto que el esfuerzo llega a ser titánico. Confieso mi admiración por el esfuerzo denodado.

Pero, sin lugar a dudas, la expresión ligada al esfuerzo que más me gusta es el ímprobo esfuerzo… y lo que ha cambiado su definición. En el DRAE de 1780 define ímprobo esfuerzo como “Lo que cuesta gran trabajo, pero inútil, ó sin fruto”. Por lo tanto, nuestro ímprobo esfuerzo era baldío. No sé si a fuerza de esforzarnos o a fuerza de no resignarnos o a fuerza de convertir el agua en vino, los significados cambian y de inútil pasa a significar excesivo en el DRAE de 1817: “Se aplica al trabajo excesivo y continuado”… y continúa así hasta el DRAE de 2001, en el que un ímprobo esfuerzo se convierte en: “Intenso, realizado con enorme aplicación”.  Por lo tanto, todos los ímprobos esfuerzos han pasado de inútiles a excesivos, y de excesivos a intensos y aplicados. Será que nuestro esfuerzo lo merece.

Por cierto, que ímprobo es algo carente de probidad. Pero ese ya es otro tema.

Imagen de Betsy Streeter.

(Esta entrada aparecerá también en mi blog académico ScriptaManent).

 

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Que los museos, hace mucho tiempo, se convirtieron en algo que es difícil definir, pero que no coincide con lo que un aficionado al arte espera, es algo sabido y evidente. Lo que ya no cabe en ellos es esa consagración a las musas a la que se apega la etimología de la palabra museo. Ese elemento etéreo, creador y fundamentador sigue, claro está, en las obras, pero que se queda en ellas y no traspasa a los paseantes que entran en estos recintos, habitáculos de cosas que se exhiben para que no se disfruten desde un punto de vista artístico. La culpa no sé de quién es. Probablemente, la penitencia está en los museos mismos, que fomentan el convertirse en centros de atracción de avalanchas de personas a las que el arte les importa tres cojones.

Me sucedió hace unos días, en el MoMA. ¿Cometí el error de entrar el día de acceso gratuito? Puede que sí (pero también me ocurrió hace unos cuantos años, aunque en menor medida). Me parece bien que se pasee por un museo. Me parece bien que cada uno se pare en la obra en la que le dé la gana. Me parece bien que uno se olvide de la obra y se vaya a tomar un café con dos bolsitas de azúcar. Me parece bien,faltaría más, acudir a un museo para curiosear, sin más (bendita curiosidad, que ha despertado tantas vocaciones). Puestos a que me parezcan bien las cosas, me podría parecer bien incluso esa sospechosa tendencia existente en las multitudes a que a todos les guste la misma obra. En los museos, hay unas cuantas obras que atraen la atención de la masa y hay otros cuantos cuadros magníficos, bellos y sugerentes que pasan desapercibidos. A veces, porque el autor o el cuadro, no es conocido. A veces, porque el cuadro más famoso del autor (y no necesariamente el mejor) le hace sombra.

Centrémonos. Decía que estaba en el MoMA y que había más gente que en la romería del Rocío. ¿Devotos del arte a tutiplén? ¿Ansiosos del día gratis? ¿Aprovechados de un día lluvioso y relativamente frío en NYC? No lo sé, de verdad. Lo auténticamente extraño (y que ahora es lo habitual en los museos famosos, populares y masificados) es que casi nadie miraba, disfrutando y observando, las obras expuestas. Lo único que se percibía era una masa amorfa errante y peregrinante para  ver los cuadros. No, mentira, ni siquiera para ver las obras, sino para  hacer una foto al cuadro en cuestión (como si no encontrásemos imágenes de excelente calidad de esos mismos cuadros en obras impresas y en el todo gratis de internet). No, ni siquiera para hacerse una foto, sino para hacerse selfis con los cuadros. Importa un carajo que la obra esté allí y tú la hayas disfrutado: lo que importa es que tú estés con ella y se lo mandes por WhatsApp a los amigos y lo cuelgues en Instagram y te den 743 likes.

Lo que al principio era indignación, acabó por ser un sentimiento honesto y sincero de cagarme en la madre, padre y demás familiares de los fotografiadores empedernidos, vivos o difuntos. Llegas al quinto piso y allí están los Van Gogh. Algunos, sufriendo en silencio el envite de La noche estrellada. Este cuadro se ha convertido el reclamo indiscutible de las masas en el MoMA. Espero mi turno pacientemente para acercarme, consciente de que poca conversación es posible entre el cuadro y su espectador con tantas interferencias. Repito lo dicho: no veo a nadie mirando el cuadro, sino a personas fotografiando el cuadro y volviéndose a la cámara del móvil para, con cara de gilipollas, sonreír con gesto impostado como diciendo: “Sí, amigos seguidores de las redes sociales (sí, colegas de grupos de WhatsApp), estoy aquí, delante de esto que me dicen que es famoso”. En el momento en el que me encuentro cerca de la primera fila, a punto de llegar, un padre con dos niñas pequeñas se cuela e invade el espacio de todos los demás. Da la espalda al cuadro, sitúa a sus hijas estratégicamente en el encuadre y hace un selfi. Luego otro. Y otro. Y otro. Y otro más. Cuando parece haber acabado, cambia de sitio a las niñas y vuelve a la carga con otro. Y otro. Y otro. Quizás llegó a hacer otros cinco más. En el cabreo monumental que llegó cuando mi habitual prudencia me abandonó para decirle al pavo cuatro cosas, solo encontré a una persona más desesperada que yo: la encargada de la sala, situada a la izquierda del cuadro, que me miraba y, sin palabras, parecía decirme todo. Y allí dejé al cuadro, ahogado en su propia popularidad. Menos mal que, poco después, disfruté de mi querido Mondrian relativamente tranquilo. Nunca me defrauda.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr (lo que me suele divertir en los museos últimamente es hacer fotos a los que hacen fotos).

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