— Verba Volant

Archive
Contrastes

Cristina pertenecía a una clase de la que he hablado ya alguna vez en esta serie. Les di clase de Literatura (recuerdo que, antes, la Lengua y de Literatura eran asignaturas distintas) en 3.º de BUP y COU (en el sistema actual, 1.º y 2.º de BACH).

Como clase, funcionaban de una manera fantástica. Apuntaban maneras algunos de ellos en 2.º de BUP (Cristina no estaba aún en mi clase ese primer año), cuando la Literatura era una asignatura común, y despuntaron de forma sobresaliente cuando, en 3.º y en COU, eran asignaturas específicas para la rama de letras. Hablo muchas veces, como sabéis, de la sonrisa como uno de los elementos más característicos de mis recuerdos de las personas. En el caso de Cristina, lo que recuerdo primero es el brillo de sus ojos. Era un brillo colorido en unos ojos preciosos (como soy daltónico, no sé si verdes o color avellana) que procedía de la pasión. Porque la pasión de Cristina era la Literatura.

Ya desde las primeras clases, me asusté de la confianza que ponía Cristina en todo lo que yo decía. Si aconsejaba un libro, se lo leía de un tirón. Si adoraba a un autor o una obra, ella lo colocaba en su balda de propósitos para un estudio calmado y detenido. Si defenestraba a un autor, ella se extrañaba en un principio de esa descalificación para luego entender que, en el mundo de los libros y de la literatura, había que tomar partido, inevitablemente.

El nivel que tenía Cristina para comentar las obras que leíamos sería digno de toda una serie de historias sobre la lectura y las interpretaciones. Se apartaba de lo trivial para centrarse de forma atinada en la esencia. A su edad, ya era capaz de alejarse de las interpretaciones facilonas y ad hoc para dar un paso más, maduro, original y creativo. Tenía la competencia de algunos de sus compañeros, también excelentes, pero Cristina era distinta en su manera de vivir con los textos, de asumirlos, deglutirlos y asimilarlos. En ella, la Literatura era un poso para todo lo demás, el principio y el fin de todas las cosas, el lugar en el que confluían los elementos para entender el mundo.

Se sentaba en la primera fila, justo a mi derecha y no perdía ocasión para detectar un gesto, una afirmación arriesgada por mi parte. Ella se lanzaba en tromba en busca de una verdad que tenía en los libros su esencia y que se vería recompensada mil y una veces.

Yo no fui nunca el tutor de la clase de Cristina, pero hablaba mucho con esa clase de infinidad de cuestiones relacionadas con su presente y su futuro (a veces —también— de su pasado). Llegó el día en el que les pregunté qué les gustaría estudiar y Cristina dijo que Periodismo. Me extrañó en un principio, porque tenía manera de filóloga, pero yo no quería tampoco frustrar una vocación enfocada al mundo de la comunicación y que tenía en la escritura uno de sus puntos fuertes. Por razones que no vienen al caso, volví a plantear la pregunta y, cuando Cristina volvió a decir “Periodismo”, ya no me pude reprimir: “¿Y nunca has pensado en Filología Hispánica?”. Su contestación me dejó pasmado: “Es la carrera que más me gustaría estudiar, pero no me veo capaz”. Cristina tenía en un concepto tan alto aquello que adoraba —y que dominaba— que no se consideraba apta para lo que tendría que ser su destino natural. Creo que no mantuve nunca una conversación privada con Cristina sobre este asunto. Me limitaba a volver a sacar la conversación en clase una y otra vez (si puedo sobresalir en algo sobre los demás, es la de tener una capacidad para ser pesado fuera de todos los límites posibles). Con las valoraciones y el trabajo que Cristina hacía en clase cada día su confianza se fortaleció y sus miedos empezaron a resquebrajarse. A la persistente pregunta ella seguía contestando “Periodismo”, pero lo hacía con esa sonrisa aviesa y malvada de quien tenía ya decidido lo contrario. Era, creo, nuestra broma privada, que era, a fin de cuenta, la más pública de las manifestaciones y declaraciones.

Cristina estudió, afortunadamente, Filología Hispánica y es una filóloga excelente. He tenido ocasión de comprobarlo en carnes muy cercanas a las mías. Cuando mi hijo empezó el bachillerato en el instituto, mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que su tutora (y profesora de Lengua y Literatura) me conocía. Pero esa sorpresa inicial resistió solo dos nombres (el de otra alumna mía que llevaba ya un par de años en el instituto y de la que hablaré un día cuando en la serie trataré sobre el pensamiento de los pulpos) y el de Cristina. No sabía que ella daba clase en el instituto, pero las pistas que me dio mi hijo eran infalibles. Una persona así solo podía ser Cristina.

Cristina era una profesora maravillosa, una espléndida tutora. Sabía llevar una clase con criterio y con inteligencia, con toda la mano dura que supone saber guiar con una mano blanda, con toda la sorna y retranca que solamente utilizan aquellos que tienen ese algo más que se necesita para ser profesor de vocación infinita. Me acuerdo de mi hijo diciendo: “Es que esta profesora sí que sabe…”.

Cristina vive cerca de mi casa y suelo encontrarme con ella con cierta frecuencia. Ha logrado a convencer a Julián, su marido para poner a sus dos hijos nombres de escritores que ella adora. Y nada me hace más feliz que sea ella una de las personas dedicadas a enseñar la Literatura por contagio. De eso se trata. Seguro que, cuando ella entra en clase, sigue teniendo ese extraño brillo en los ojos. Seguro que, en algún momento, preguntará más de tres veces a alguno de sus alumnos qué quiere estudiar. Y encontrará a alumnos que le agradezcan eternamente el no haber estudiado otra cosa que no sea Filología. Aunque ellos no sepan esta historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Svenwerk.

Read More

Después de la historia de ayer, digna del mejor de los sanvalentines, toca abordar otra mucho más… no sé cómo llamarla. Pongamos la palabra difícil.

Todos los que entráis aquí a leer esta serie ya os imagináis, porque a veces lo habéis vivido en vuestras propias carnes en ese instituto o en cualquier otro instituto de cualquiera de los mundos posibles aunque difícilmente imaginables, que hay historias que, aunque sean ciertas, parecen totalmente inverosímiles. Si añadiese yo algunas de las cosas que sé o que he visto en una obra de ficción, me tacharían de fantasioso o demasiado imaginativo. Pero la realidad es la que es, mucho más cercana a veces a nuestros mejores sueños, mucho más próxima otras muchas veces a la pesadilla que nos priva del aliento.

Hoy voy a contar la historia de Manuel, un chico que llegó en el último curso al instituto. Era bastante frecuente que, en el centro donde trabajé, llegasen muchos alumnos en los últimos años de la enseñanza secundaria. En algunas ocasiones, por motivos evidentes: habían estado en otros centros concertados hasta un nivel determinado y acudían al nuestro para finalizar de manera gratuita. En otras ocasiones, llegaban rebotados de otros centros por diferentes razones. O, simplemente, llegaban al nuestro deseosos de un cambio de aires.

No sé cuál era el caso de Manuel porque no era su tutor, pero me lo imagino. Creo que era uno de esos chicos de colegio de pago que había patinado un poco con las notas y que había recalado en el instituto para ver si un cambio le ayudaba o le fortalecía. Y le vino bien, porque Manuel, sin ser una inteligencia desbordante, fue resolviendo sus cuestiones académicas de forma más que solvente en las dos materias que impartí yo ese año en su curso, Literatura del siglo XX e Historia de la Filosofía.

Como ya ha aparecido muchas veces aquí, es inevitable recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su carcajada, una risa desbordante y contagiosa en una cara muy agradable y simpática. Porque Manuel era un chico educado, sociable y encantador.

Un día estaba yo a la hora del café en un bar próximo y, como solía ocurrir con cierta frecuencia, me senté con alguno de los grupos de alumnos mayores que estaban por allí. Ahora que no nos escucha nadie, pasaba muy buenos ratos en esos momentos de charla distendida y ajena a todo lo académico. Allí estaba Manuel. Hablaba de una de sus aficiones deportivas (practicaba el taekwondo) y, en un momento, dentro de esa conversación normal y entre risas, soltó algo que a él le pareció totalmente normal y que al resto nos puso la carne de gallina. Comentaba que le daba vergüenza que le viesen las rodillas en el gimnasio o en las piscinas, que las tenía demasiado oscuras. Nunca he llegado a calibrar las tonalidades de las rodillas en contraste con otros lugares del cuerpo, pero me imagino que nunca sería tan grave como para ser causa de esa preocupación, que llegaba, según él, al trauma. Pero, como he adelantado en el título de la entrada, lo más preocupante no era el síntoma, sino el “tratamiento” que le daba a su “problema”: para quitar ese oscurecimiento, Manuel se lijaba las rodillas. El remedio, era mucho peor que la enfermedad, porque ese aclarado blanquecino inicial acababa en enrojecimiento y, con el tiempo, derivó en herida permanente. Pero, según me enteré algún día por motivos que no venían a cuento, Manuel prefería unas rodillas heridas, incluso vendadas, que unas rodillas sanas pero oscuras.

En ese momento en el bar, me vinieron mil interrogantes sobre los laberintos en los que nos perdemos los seres humanos. Cuando él se marchó, todos permanecimos un rato sentados. La situación era incómoda. Yo quería hablar, pero me había quedado sin palabras. Lo peor vino después. Sus compañeros no sabían todo el asunto de las rodillas, pero conocían manías mucho más preocupantes de Manuel. Al parecer, el chico tenía la costumbre de estar sentado en la mesa del bar con los amigos, con los compañeros y orinar debajo de la mesa. Con ellos ya lo había hecho varias veces. No se le escapa, sino que era un acto deliberado: se bajaba la bragueta y dejaba desparramar el líquido. Luego, con esa carcajada contagiosa de la que he hablado al principio, Pero no era una travesura ni una gamberrada que hiciese en silencio. Manuel les hacía partícipes de ese acto que le provocaba una risa intensa y desbordada como el orín que corría ya por el suelo.

Y creo que todos nos preguntamos ahora (yo lo sigo haciendo) qué le ocurría a Manuel. Yo aún no he encontrado la respuesta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cobeete.

Read More

Esta es la primera vez en la serie en la que cuento una historia relacionada con un alumno universitario. Habrá muchas más, por supuesto, y con vertientes y variedades suficientes. Obviamente, la relación con los alumnos universitarios no es la misma que la que se mantiene en la educación secundaria. De alguna manera, en la educación secundaria conoces muchos más aspectos de los alumnos, te da tiempo a verlos desde muchas perspectivas y, en cierto sentido, tienes más oportunidades de llegar al fondo (o casi al fondo) de sus vidas.

La historia que cuento sucedió en los primeros años como profesor de universidad. Daba clase de “Análisis del lenguaje publicitario”, una de mis asignaturas favoritas. Por primera vez, podía combinar y compaginar aquellas cosas sobre las que investigaba y sobre las que escribía con una pasión que me venía de lejos, ya desde pequeño, puesto que mi padre era creativo publicitario. Pero eso es otra historia que tendrá que esperar.

Como creo que sabéis, acuden a la universidad muchos estudiantes extranjeros con programas de intercambio. El curso en el que se ubica esta historia, acudieron unos cinco estudiantes mexicanos a mi asignatura. Tengo muy buen recuerdo de ellos: algunos de ellos buenos estudiantes (en concreto, dos alumnas brillantísimas), todos ellos muy educados, atentos e interesados en la materia. Bueno, no todos. También estaba el chico mexicano que leía el periódico.

Obviamente, el título de esta entrada no está suficientemente especificado y quiere jugar, en cierto modo, con la duda, la intriga y la indefinición. Me imagino que el resto de los compañeros también leía el periódico, lo mismo que otros alumnos que no eran mexicanos. Es probable que algunos se extrañen de mi fe en la lectura de prensa escrita por parte de los jóvenes, pero hay que subrayar que esto sucedió hace ya unos cuantos años y que, por aquel entonces, el periódico El Mundo repartía de forma gratuita cientos de ejemplares en mi universidad. A la entrada del aulario donde estaban los alumnos de Comunicación Audiovisual había un sinfín de periódicos y, lo primero que hacíamos todos, era aprovecharnos de la gratuidad para leer el periódico en nuestros ratos libres.

Esto de los ratos libres no se aplica al chico mexicano del que hablo, al que llamaremos Alfonso. En una clase de cerca de cien alumnos, él se sentaba al fondo de la clase. Jamás le vi sacar una carpeta, ni una libreta, ni unos folios en blanco. Jamás un bolígrafo o un lapicero. Lo único que hacía, al empezar la clase, era abrir el periódico, siempre atento a sus noticias y nunca a lo que yo decía. En una clase en la que hay tantas personas, suelen ser extraños los momentos de silencio completo, pero, de forma milagrosa, se abrían esos espacios de calma chica justo en el momento en el que Alfonso pasaba las páginas del periódico. También hay que decir que no lo hacía de forma delicada, sino que se deleitaba con el doblez del papel y se enfrentaba a la resistencia de la superficie del material con decisión y rudeza. En resumen, hacía un ruido del carajo.

Yo nunca le dije nada. Le miraba en muchas ocasiones con cara entre neutra y —digamos— amistosa, y él, cuando se daba cuenta, me devolvía la mirada sin hacer acuse de recibo de una posible intención implícita por mi parte. Pasaron las semanas y se acercaba el momento del examen (no estábamos aún en el Plan Bolonia y, por lo tanto, solo había que realizar un trabajo antes de la prueba final). Antes de nada, he de decir que, siempre que he tenido estudiantes del plan Erasmus u otros planes de intercambio, he intentado adaptarme a sus circunstancias. Cuando el idioma es distinto, por razones evidentes. Y, cuando el idioma es común, como era el caso, intentando comprender de qué tipo de estudios procedían (algunos llegaban desde Escuelas de Negocios) para ajustarme a sus necesidades. Eso sí, jamás les regalaba una nota, aunque les facilitase el camino. Es algo que todos los profesores hacemos en la universidad y que es fácil de comprender por cualquiera.

Pero Alfonso, entendiendo de prensa escrita como el más experto, dado su consumo intensivo de periódicos durante horas y horas, sabía poco de todo lo demás, empezando por la educación y acabando por el sentido común. Un día, unos diez días antes del examen, me dice, de forma un tanto brusca: “Escuche, profesor, que cuándo podemos hacer el examen”. Yo le contesté lo único que podía contestarle: “Pues el día del examen, el 15 de junio”. “Es que el día 15 de junio estoy ya en México, profesor”. “¿Y cómo es que estás en México, si estás de exámenes, Alfonso?”. “Es que tomé los boletos del vuelo hace unas semanas, profesor”, me dijo. A lo que yo le pregunte: “¿Y cómo coges los billetes del vuelo antes de los exámenes, Alfonso”.

Para ahorro de líneas y de paciencia por parte del lector, abrevio el diálogo diciendo que hubo otros muchos “Profesor” y otros muchos “Alfonso”. Que a Alfonso se le fue mudando el rostro cuando vio que no iba a regalarle un aprobado que no se merecía desde ningún punto de vista (a todo esto, hay que decir que a ninguno de sus compañeros mexicanos les sucedió lo mismo, dado que cogieron los billetes, lógicamente, en una fecha posterior a los exámenes, salvo una de las alumnas, que me avisó con mucha antelación de sus circunstancias, me había realizado un trabajo excelente —Alfonso nunca entregó el suyo— y con la que quedé para hacerle el examen dos días antes de salir para México).

En ese momento, le dije a Alfonso algunas cosas sobre las clases, los exámenes, las normas elementales de comportamiento y la educación. Creo que no venían en ninguno de los periódicos que había leído durante cuatro meses.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pedro Ribeiro Simões.

Read More

Ahora que la adolescencia y la juventud son un septiembre demasiado lejano, lleno de sonrisas y esperanzas. Ahora que los años de estudiante se difuminan entre se difuminan entre amores, lecturas y trenes que acabaron en una vía muerta.

Ahora que aquellos tiempos evocan una playa o un mercado en África, los viajes interminables de autobús para jugar un partido que yo no ganaba, los ratos muertos en mi habitación para leer un Astérix o hacer flexiones hasta quedar sin aliento.

Ahora que quedan tan lejos las jornadas intensas en la Escuela de Idiomas, las tardes y las noches en Valladolid buscando una buena conversación, una cerveza y unas bravas en la zona de Cantarranas. Ahora que se diluyen las cañas en dos vasos, el zurracapote y las chinchiminas, las sesiones de cineclub, la construcción de las vidas entre sueños.

Ahora que casi llego a fin de mes, que pago (más o menos) las facturas, que ya no escribo cartas ni correos. Ahora que cumplo más años que promesas, ahora que llego pronto a todos los sitos que no me importan.

Ahora que paso las noches de claro en claro y no logro dormir de un tirón, ahora que la noche es un rumor de risa ajena que se aleja por la calle y me congela el corazón.

Ahora que respiro a escondidas y que no me pierdo en las sábanas de la madrugada. Ahora que ya no encuentro en las radio las canciones que me inspiran, ahora que me miro en el espejo y me reconozco a duras penas.

Ahora que veo los telediarios pensando que reflejan un mundo en el que no vivo, ahora que los bares ya no son lugar de encuentro sino de reafirmación y de costumbres.

Ahora que, aunque no tenga edad, me gusta sentir cada momento y dejo que la lluvia me moje el rostro, las mejillas y las gotas se deslicen por el cuello. Ahora que reconozco en mis gestos las manías de mis padres, ahora que me desvisto entre la tormenta. Ahora que todo se vuelve verdad, cuando los palacios se derrumban y solo se adivina la hierba en sus solares.

Ahora que recuerdo un vaso que casi se desmenuza entre las manos, ahora que he aprendido a olvidar las reglas, ahora que respiro con 280 letras a las que le sumo los espacios.

Ahora que las noches sin luz me han enseñado a encontrar en las caracolas el sonido de todos los colores, la estridencia que se apaga entre esa incapacidad mía para distinguir el negro del blanco.

Ahora, en el momento en el que el otoño ilumina mis mañanas. Cuando dejo resbalar el reloj para dejar que el tiempo se detenga. Ahora, que cambio de razones y, como siempre, me niego a vestirme de domingo.

Este texto pertenece a la serie de Canciones prosificadas. Recoge dos canciones de Ismael Serrano, “Ahora” y “Ahora que te encuentro”, que sirven de base e inspiración pero que estas imbricadas y modificadas a voluntad. Imagen de Razi Machay

Read More

Una amiga mía de adolescencia, un poco tonta y demasiado pija, decía que podía conocer a la gente por los zapatos que llevaba. Era, para ella, un conocimiento que discriminaba por la clase social al que pertenecía el portador del calzado. Por aquel entonces, a ella le interesaban los chicos con zapatitos italianos de borlas o los tradicionales zapatos castellanos limpios a rabiar (creo que ahora también, pero no estoy seguro). Yo le solía preguntar si, en consonancia con ese pensamiento, aquellos que llevaban calzado deportivo eran deportistas, pero nunca se dignó a contestarme. Por si acaso, en las tardes de verano yo acudía al centro enfundado en unas chancletas que a ella le hacían rabiar y a mí me hacían pasar mucho frío pasadas las nueve y media.

Años más tarde, el terrible pero brillante Hannibal Lecter recriminaba a la agente Clarice Starling en El silencio de los corderos querer aparentar más de lo que era al intentar vestir bien pero llevar unos zapatos baratos, que denotaban su procedencia de clase. En suma, que en esto de los zapatos tengo yo una lucha esquizofrénica entre quitar la razón a mi antigua amiga pija y dársela a ese monstruo, a veces sofisticado, a veces brutal, que es el doctor Lecter. Y esto es lo que me ocurría con el chico que llevaba siempre limpios los zapatos.

Siempre me dio la impresión de que ese chico pertenecía a otro tiempo. En primer lugar, por el nombre. Todo el mundo le llamaba por su apellido (Rodríguez). Esto, que era muy frecuente en los colegios masculinos cuando era yo pequeño, no lo era en absoluto cuando yo daba clase en ese instituto, en la que todos, hombres y mujeres, habían recuperado la individualidad con su nombre de pila. Se me antojaba siempre viejo por sus ideas, sus prejuicios, su actitud… y por sus zapatos.

Llamaba poderosamente la atención la forma en la que se vestía, siempre con pantaloncitos de pinzas (no sé si alguna vez le vi con pantalones vaqueros) y con unos zapatos clásicos e inmaculadamente limpios. No es que sea yo amigo de la guarrería suprema, pero, al igual que Adolfo Domínguez soltó respecto a la ropa aquello de “La arruga es bella”, a mí en esto de los zapatos, quizás por traumas de la adolescencia, me gustaba siempre un toquecito de polvo, un aderezo de barro en la suela, un cordón ligeramente suelto… No sé, algo que diese la impresión de que uno no estaba preparado para que le metiesen en una caja de pino con los brazos cruzados y los labios sujetos con silicona. Decía que Rodríguez llevaba esos zapatos limpios y clásicos que hubiesen hecho las delicias de mi amiga y que al doctor Lecter, quizás, le hubiese hecho dudar de su procedencia. En cualquier caso, Rodríguez parecía sacado del fémur del mismísimo Cid Campeador: era burgalés a a tope, castellano a tope (sin ser, por supuesto, castellanista) y español a más no poder. Esto no es, por supuesto, un insulto, pero sí una manera muy expresiva y explicativa de su manera de ser.

En sus relaciones con los demás, predominaba la ambivalencia. Siempre tenía una palabra fea y un gesto despectivo respecto a los demás, pero lo mezclaba en ocasiones con una sonrisa en la que no sé si llegaba a reírse de sí mismo o, simplemente, estaba intentando representar un papel en el teatro del mundo del clasismo y el conservadurismo. Me caben dudas, lo reconozco. Las Supernenas, tres amigas inseparables y a las que dedicaré una historia no tardando mucho, que eran de todo menos convencionales, clásicas y clasistas, le tenían aprecio y eran amigas suyas.

No podré olvidar el día en que a Rodríguez se le ocurrió decir durante una de mis clases que el instituto en el que estábamos era una mierda. Una vez más, con ese gesto despectivo y displicente. Apunto brevemente que se trataba de un centro ubicado en un barrio, que nació de una forma más que humilde y cuyo origen, hacía más de cuarenta años, estaba centrado en la formación y la mejora de muchas personas que tenían pocas posibilidades. En suma, un centro humilde. Yo le contesté cuatro cosas. Quizás fueron cinco o seis. Todas explicativas de lo que suponía de bueno estudiar en un centro de esas características, lleno de personas normales pero excepcionales, repleto de buena gente y con vidas llenas de futuro. Creo que acabé con algo que siempre sostengo: “Lo mejor de un centro educativo son sus alumnos”. Y creo también que él se sintió excluido de ese “mejor” al que yo hacía referencia. Él seguía torciendo el gesto, pero, cuando acabé, todos sus compañeros estallaron en aplausos, que eran reivindicativos de su propia procedencia, de su propia excelencia, que no radica en el origen, sino en el presente y, sobre todo, en el devenir, ese destino que puede romper los horizontes y que no admite predeterminaciones.

Pese a todo lo que digo, las relaciones con Rodríguez no siempre eran tirantes. Como ocurría con sus compañeros, entre los dos alternaban las tensiones con las sonrisas y algunos buenos momentos. Lo que ocurre es que, con el curso de Rodríguez, nos fuimos de viaje a París. Y ahí ocurrió algo que nunca podré perdonar. Pero esa será otra historia. Otra historia de alumnos que me hará tener presente lo que significa llevar tan limpios los zapatos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de a.has.

Read More

No pensaba escribir tan pronto de Braulio, pero un comentario de mi amiga Ana, intrigada por el devenir del chico en COU me ha hecho replantearme el asunto y escribir sobre él por segunda y última vez.

De lo que dije ayer y de lo que comentaré hoy se puede deducir muy fácilmente que Braulio es un chico que no me caía demasiado bien y de ahí se pueden derivar varias reflexiones: que a los profesores, en efecto, hay alumnos que nos caen mejor que otros; y que, caigan como nos caigan, tenemos que realizar nuestro trabajo de manera imparcial. De forma más general, esto conduce a otra reflexión que abarca más y, por lo tanto, creo que es más interesante aún: como profesor, por mucho que lo intentes, nunca vas a llegar a todo el mundo ni vas a conseguir grandes logros con todo el mundo. Con mucha suerte, tu trabajo servirá de aliciente a unos pocos y será útil a otros más, pero siempre quedan todos a los que no llegaste, algunos más que no compartieron tu manera de ver las cosas, aquellos que no te comprendieron o a los que tú no supiste explicar bien las cosas.

Como decía ayer, Braulio era una persona que intentaba estar en todos los márgenes del sistema y, por lo tanto, intentaba beneficiarse del centro. De la misma manera que intentó saltarse la Educación Física sin saltar, intentó invadir el terreno del aula con bastante chulería y prepotencia. Creo que en esto soy bastante objetivo: yo era “el profesor novato” y él intentaba utilizar todas sus armas para aprovecharse de la que él creía que sería una circunstancia propicia para mostrar una seguridad que, desde luego, era solo aparente. Y ahí, en COU (el equivalente de 2.º de BACH), es cuando confundió la velocidad con el tocino.

Llamemos a la Educación Física “velocidad” y a la Historia de la Filosofía de COU “tocino”. No por nada en especial, sino porque me parecía que quedaba bien como título y tenía algo de sentido. Braulio (y quizás alguno más en aquella clase) hizo una reflexión rápida: “el tipo este que daba Educación Física y que fue el gilí que me obligó a repetir me da ahora Filosofía. Y de Filosofía no tendrá ni zorra”. Así que, desde las primeras clases, le dio por mostrarse falsamente participativo. No hacía preguntas, sino recriminaciones. No intentaba resolver dudas, sino que procuraba buscar inconsistencias y pasos en falso por mi parte. En suma, intentaba por todos los medios dejarme en evidencia.

Reconozco que tengo una propensión a que me cansen ese tipo de juegos desde el principio. Pero me dediqué, simplemente, a responder brevemente a sus “preguntas” y a aclarar todo lo que no estaba turbio. Lo que me resulta extraño es que él no se cansase pronto de ese juego y que lo alargase durante semanas. Él hablaba, yo le contestaba y agachaba la cabeza para apuntar algo (o hacer como que escribía, no sé). Las clases de Historia de la Filosofía no permitían muchas alegrías de tiempo: el temario era todavía mayor que el que tiene ahora en 2.º de bachillerato y se trataba de una clase de casi cuarenta personas a los que yo no solo tenía que preparar de forma adecuada, sino a los que tenía que intentar encender la chispa del pensamiento agudo, profundo y ágil. Poco a poco, me vi obligado a ser cada vez más cortante con Braulio. Creo recordar que un día, en una de mis contestaciones, fui un poco más explícito sobre el (sin)sentido de la pregunta. E insisto: no es que no recibiese de buen grado las preguntas genuinas e interesantes, sino que me negaba a proseguir ese juego tan poco inteligente de Braulio. No sé si fue esa contestación o que a Braulio le entró en la cabeza que, al parecer, yo sabía más de Historia de la Filosofía que lo que él pensaba (también contribuyó en gran manera las caras de hastío de buena parte de sus compañeros): el chico fue dejando cada vez más aire limpio en clase (“No rompas el silencio si no es para mejorarlo”, frase certera de Wittgenstein) y cada vez le tentaba más mirar la ventana para reflexionar sobre la res extensa y sus circunstancias.

Braulio no era tonto y aprobó. Y yo, sinceramente, me alegré un montón de no tener que volver a verlo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Erik Drost.

Read More

Cuento en estas historias muchas cosas positivas, que me hacen recordar con sonrisas esos momentos buenos de una profesión como la mía, pero, como os podéis imaginar, también ha habido otros muchos casos en los que he vivido momentos desagradables, aunque dignos de ser narrados por otros motivos.

Y en eso consiste, precisamente, el relato de hoy. Era mi primer año como profesor. Como voy repitiendo insistentemente que di clase de Educación Física y siempre añado que tendré que contar por qué, lo hago hoy y así me quito el peso de encima y a vosotros la posible intriga. Como tengo ya unos añitos, hay que especificar que todavía no habían salido promociones de licenciados en Educación Física en otras facultades de España que no fueran las de INEF de Madrid y Barcelona. Muy pronto empezarían a surgir las licenciaturas de Ciencias de Actividad Física y del Deporte, pero la primera promoción de León (por ejemplo) no había terminado todavía.

Yo, con el título reciente de Filología Hispánica, estaba matriculado en los cursos de doctorado de la Universidad de Valladolid y andaba también con los primeros acordes de mi tesina. Me llamaron un día de un centro, del que fui alumno durante cuatro años y con historias derivadas que será preciso extender en algún momento, para decirme que fuese a hablar con el director. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me comentaron que había un puesto disponible de Educación Física. La profesora (que luego fue compañera mía en la entonces Facultad de Humanidades y Educación) quería dedicarse a tiempo completo a la docencia universitaria y había una plaza vacante. Fue inevitable, como es obvio, preguntar por qué no escogían a un licenciado de INEF. La cosa era simple: no había suficientes licenciados para cubrir todos los puestos de trabajo y los candidatos que solían presentar el currículum, monitores de diferentes deportes, no cumplían con el requisito de ser licenciados. El Colegio de Licenciados en Educación Física, para solucionar el problema de manera provisional, proponía conceder la habilitación excepcional a los licenciados que hubiesen sido entrenadores o monitores y/o que hubiesen realizado algún deporte en ligas o competiciones de cierta relevancia. No es que el criterio fuese para echar cohetes, pero a mí, ciertamente, me benefició porque cumplía todos los requisitos (había sido entrenador de baloncesto de varios equipos y jugué varios años al baloncesto en la que era 3.ª división y que correspondería, aunque las cosas han cambiado mucho, a la liga EBA).

No tardé mucho en decir que sí. Por un lado, la actividad física era un campo que me apasionaba (incluso un tiempo llegué a plantearme estudiar INEF y ayudé durante un verano a preparar las pruebas a un amigo) y, por otro, el horario me permitía desplazarme a Valladolid por la tarde para realizar el doctorado. Además, las perrillas que ganaría podrían venirme muy bien para costearme los estudios. Esta decisión fue muy bien acogida por mi familia y por mis amigos, pero causó otro tipo de reacciones entre algunos conocidos. Todavía recuerdo a un compañero de carrera que me dijo que si también me iban a mandar poner la calefacción o me ofrecerían quizás el puesto de conserje. Eran tiempos en los que a la Educación Física muchos la concebían simplemente como Gimnasia (o, mejor “ginasia”) y la consideraban algo menor. Esa visión, que quizás algunos mantengan hoy, era algo que yo no podía concebir. Siempre me he sentido más que orgulloso de esa etapa de mi vida, llena de retos y aprendizajes.

Una vez hecha esta extensa reflexión y justificación, voy al asunto de hoy. Como os podéis imaginar, llegaba yo a la enseñanza lleno de juventud, inexperiencia y con muchos más nervios que seguridades. Todas esas cosas, para bien o para mal, se quitan con el tiempo, pero me tocó una clase de 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) que me trajo por la calle de la amargura. Muchos de los alumnos estaban siempre dispuestos a hacer las cosas difíciles al novato y llegaba yo a casa, tras las primeras semanas de clase, triste y decepcionado. De todos los alumnos complicadillos, Braulio se llevaba la palma. Era impertinente, maleducado, arisco, con ademanes chulescos y en posesión de todas las armas para que un profesor novato se sintiese desamparado. Yo siempre intenté no perder la calma y creo que lo conseguí en todo momento. Tampoco le falté al respeto nunca. Un día, dejó de venir a clase. Había aportado para las primeras ocasiones un justificante (que luego comprobamos que era falso) y luego optó por no aparecer por allí. El tutor conocía el caso y, como no me dijo nada más, yo respiré aliviado y la clase funcionó mucho mejor sin él.

La sorpresa mayúscula llegó en la evaluación final. Resulta que el tío se había presentado a todos los exámenes del resto de asignaturas. En la sala de profesores, se fueron cantando las notas. Todas aprobadas, menos Matemáticas y (creo) Latín. Llegó mi turno. “¿Educación Física?”, preguntó el tutor. Mantuve un silencio de varios segundos y la vista de mis compañeros se enfocó en mí de una manera obsesiva. Se podía pasar de curso solamente con dos asignaturas suspensas, por lo que una calificación negativa en la mía significaba la repetición inmediata. Respiré y dije: “Muy deficiente”. Aunque pueda parecer inconcebible, se encendieron todas las alarmas y algunos me dijeron que me replantease la nota. Yo les contesté que cómo me iba a replantear el caso de alguien que ni había realizado ninguna prueba intermedia ni se había presentado a las pruebas finales. Que le aprobasen otros, si querían.

La discusión fue acalorada y, pese a las implicaciones que tenía para el alumno, creo que Braulio se merecía un muy deficiente con todas las letras. Y, con las miradas atravesadas de algunos, superé ese trago con la sensación de haber cumplido mi deber, pero también con la desazón de constatar que esa persona, por deleznable e irresponsable que me pareciese, era, al fin y al cabo, un chaval petulante que iba a tener que pasar otro año de su vida en 3.º de BUP. Pero él mismo se había cerrado una salida y tenía que apechugar con su actitud y sus decisiones.

Al año siguiente, volvió a estar, naturalmente, en clase. La chulería de Braulio, al parecer, estaba en el código genético del chico y no desapareció, pero fue amainando. Ahora la mezclaba con una sonrisa que quería parecer simpática y con unos ademanes que, a mi parecer, eran tan serviles que evidenciaban un peloteo estridente.

Pero a Braulio, desde luego, no se le volvió a pasar por la cabeza faltar a clase de Educación Física. Todavía le recuerdo realizar todas las actividades propuestas con evidente ahínco. Al año siguiente, fue mi alumno de Historia de la Filosofía (COU-2.º de BACH). Y hay cosas que decir sobre ello, pero hoy ya me he alargado suficiente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Yann Le Couviour.



Read More

El primer curso que di clase de Filosofía en la educación secundaria fue un año mágico. Era mi segundo año en el instituto y ya conocía a la mayor parte de los alumnos por haberles dado clase de Educación Física. Como me informaron de que iba a impartir Filosofía con muy poco tiempo, me veía obligado a preparar las clases con poca antelación, de manera que trabajaba intensamente hasta bastante tarde o me levantaba de madrugada para intentar que todo saliese a la perfección. Nunca me he sentido más fresco y más vivo que en esa tensión tan placentera de prisa que no atenaza el cuerpo sino que lo vivifica.

Bueno, digo sensación placentera cuando pienso en las clases de Filosofía de 3.º de BUP (el equivalente a 1.º de bachillerato) y no tanto al rememorar el primer año de clase de Historia de la Filosofía en COU (equivalente a 2.º de bachillerato): mientras los grupos de tercero eran receptivos y estaban muy motivados, la primera clase que me tocó de alumnos de Historia de la Filosofía en el COU de Letras estuvo plagada de alumnos resabiados (y bastante poco preparados en general, todo hay que decirlo).

El caso es que llegaba como profesor novato, con todos los conocimientos teóricos y ninguna idea concreta de cómo llevarlos a la práctica que no fuera lo experimentado en aquel curso de adaptación pedagógica (el famoso CAP, transformado ahora en máster sacaperras y obligatorio para ejercer la profesión) que había realizado el curso anterior. Me empapé, eso sí, de libros sobre didáctica de la Filosofía, seguí el ejemplo, que he tenido siempre presente, el de Manolo, que fue mi profesor de Literatura y Filosofía cuando era estudiante (tendré que hablar alguna vez de él, claro) e intenté no hacer demasiado caso de algunos compañeros que me invitaban a ajustarme a lo establecido.

Como digo, fue un año magnífico, pleno en todos los sentidos. Las clases eran un territorio de retos y de debates, de ideas frescas que surgían cada día. El mérito, por supuesto, no era mío. Yo solo daba pie a provocar todas esas inquietudes que ellos tenían. Ese curso, quedé marcado para siempre por muchos alumnos que tengo grabados en la memoria. Habrá entradas más que curiosas dedicadas a un buen puñado de ellos. (Por cierto, yo que creía que esta serie iba a tener un recorrido relativamente corto, veo ahora que puede tener muchísima más extensión: a medida que voy escribiendo cada día, me vienen a la cabeza nombres que había olvidado, caras significativas, actitudes interesantes, anécdotas inolvidables. A todo ello —y a la ilusión con la que me leen muchas personas que participaron de aquellos tiempos o que participan de los actuales— es necesario darle salida).

Hoy voy a contar una historia relacionada con Juan Miguel, uno de mis alumnos más queridos. Es difícil olvidar esos ojos llenos de vida, esa voz llena de reflexiones pausadas, esos colores en las mejillas que demostraban que las ganas de vivir le sobraban a raudales, aunque a veces estuviese también cercenado por una extraña melancolía. Juan Miguel, dentro de una clase sobresalientemente participativa, siempre estaba dispuesto a dar un poco más, a elevar el nivel de reflexión, a discutir o matizar un concepto. Estaba en una clase de ciencias y tuvo pensado dedicarse a la ingeniería. De hecho, empezó los estudios de Ingeniería Técnica y, cuando estaba a punto de finalizarlos, decidió que no era lo suyo, que él quería dedicarse al mundo de las letras. Y, dando la vuelta a la inercia de aquellos tiempos y de estos, decidió estudiar Humanidades, donde coincidió con Anne, que también había sido alumna mía y creo también que con un famoso, apreciado y prestigioso escritor burgalés. Pero Anne tendrá su propia historia, y Anne y Juan Miguel tendrán su historia también.

Hoy toca escribir de Juan Miguel con la anécdota que adelanta el título de la entrada, pero la vida de Juan Miguel estaba entrecruzada con otros compañeros suyos, entre los que destaca Julio, que ahora es director de orquesta, y Octavio, que me ha solucionado mil y una veces problemas informáticos y del que adelanto que tenía un gato al que sacaba de paseo por la calle y que le seguía como un perrito diminuto. Tengo muchas ganas de contar una historia que me ocurrió con Julio y Juan Miguel, un día en el que estuvieron en mi casa para discutir cosas sobre el comentario de texto y en el que acabamos por diseccionar las canciones del último disco de Mecano (que, de hecho, fue el último disco de Mecano). Pero tendremos que esperar a otro momento.

Decía que Juan Miguel siempre destacaba en clase por reflexiones profundas y bastante poco previsibles. Su pensamiento era tremendamente original y no estaba mancillado por ideas preconcebidas. Por esa razón, alumbraba siempre los ángulos menos iluminados de lo que podría haber sido una clase llena de evidencias y de rutinas. Era, en suma, un motor generador de pensamiento fresco.

Un día, llegó a la sala de profesores el compañero de Matemáticas. Con una sonrisa autosuficiente, me comenta en plan confidencial que ha expulsado de clase a Juan Miguel. Yo quedé tremendamente extrañado porque Juan Miguel no era en modo alguno impertinente ni maleducado. Muy al contrario, siempre era respetuoso y calmado en sus intervenciones. El profe de Matemáticas me dijo, sin embargo, que era un listo, que siempre quería perder tiempo, que se ocupaba por preguntar por cosas inútiles. Como adelantaba en el título de la entrada, Juan Miguel lo único que hizo es levantar la mano en clase y preguntar por qué existían los números pares y los impares. Mi compañero, que estaba en el difícil trance de explicar las integrales, no podía siquiera imaginar lo genuino y auténtico que supone preguntarse por las cosas más simples.

De hecho, así recuerdo yo siempre a Juan Miguel, intentado comprender lo que otros nunca se han preguntado. Nunca creí que Juan Miguel fuese un listo. Muy al contrario, siempre he pensado que era muy listo. Y sensible.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Sean McEntee.

Read More

Desde que doy clase en la universidad, he tenido a un buen número de alumnos mayores que yo. Sin embargo, como es fácil de comprender, la distancia en edad con los alumnos de la enseñanza media era superior de forma regular, desde la distancia natural cuando comencé a dar clase respecto al grupo de alumnos veteranos (seis años) hasta los los nueve años de los alumnos que entraban en 1.º de BUP (el equivalente a 3.º de ESO). Sin embargo, llegué a dar clase a un alumno mayor que yo y a otros dos que tenían mi misma edad. Es fácil de entender que se trataba de personas con unas circunstancias vitales muy especiales. Ismael destacaba entre todos los demás, como vais a tener ocasión de comprobar.

Ismael llegó al centro de secundaria donde yo daba clase en primero de BUP, aunque no llegó a ser mi alumno hasta un año después. Accedió a la enseñanza secundaria después de haber hecho la mili y era auténticamente curioso ver a un tipo hecho y derecho, con barba de cuatro días, entre jovenzuelos de 14. Pese a la distancia de edad, Ismael no era un tipo que se aislase de sus compañeros. Llegaba al centro y, cuando se iba encontrando con algunos en la larga cuesta, se iba juntando con ellos y hablaban de sus cosas de clase. Pero, claro, también hablaba con ellos de todas sus experiencias vitales… y la de la mili era la menos extravagante de todas. Todavía tengo grabadas las caras de asombro, susto y admiración de sus compis al escuchar las experiencias de Ismael, totalmente fuera de su alcance.

Ismael era un chico auténticamente encantador. Extrovertido, sincero, de habla fácil aunque con cierto tono afectado y pijo. Como decía más arriba, yo le conocí en 2.º de BUP (4.º de ESO), cuando le di clase de Literatura y seguimos viéndonos al año siguiente en 3.º, como alumno de Filosofía (1.º de bachillerato). Pese a que académicamente no era una persona muy potente, su madurez le ayudaba a superar casi todas las asignaturas de forma relativamente cómoda. Daba gusto escucharle cuando participaba en clase, aunque era muy dado a salirse de los temas que se trataban para salirse por la tangente, aunque hay que reconocer que esa tangente era auténticamente divertida. Tenía unas opiniones muy poco convencionales y no era habitual encontrarse en un centro educativo de secundaria de provincias con personas con un horizonte vital tan extenso y pronunciado. A poco que te descuidases, una clase que empezaba con las teorías racionalistas y empiristas sobre el conocimiento podía acabar con las tendencias musicales y de la moda en Londres o en Nueva York.

Porque, en efecto, Ismael era un chico apasionado por el mundo de la música y de la moda. Vestía con un gusto muy especial y todo le quedaba bien. Sin ser empalagoso, elegía su atuendo de forma desenfadada (hoy alguien emplearía la palabra casual), pero pulcramente estudiada: combinaba, por ejemplo, un elegantísimo jersey de lana negro de cuello alto con unos pantalones vaqueros en los que sobresalía (en todos los sentidos del término) un cincurón de Moschino. En los momentos de aburrimiento, sus cuadernos se llenaban de bocetos y diseños (quería dedicarse al mundo de la moda) y estaba al tanto de las tendencias musicales más vanguardistas. Gracias a él, descubrí la música de Moby, comentábamos la evolución de los Pet Shop Boys y adorábamos el “Blue Monday” de New Order en todas sus versiones.

El año de 3.º de BUP en el que, como decía antes, yo le daba clase de Filosofía, llegó una de las anécdotas más divertidas en mi paso por la enseñanza secundaria. Llegó a la sala de profesores el profesor de Educación Física con un enfado monumental. “Joder, el Ismael de los cojones, que se ha negado a hacer Educación Física hoy”, decía. Cuando le preguntamos por qué no quería hacer Educación Física, todos nos temíamos lo peor, que era lo mejor: siempre que se trataba de Ismael, había una historia pintoresca o desternillante detrás. “Pues que tocaba hacer unos ejercicios de suelo en el gimnasio y él se ha negado. Dice que se le manchaba el chándal de Versace, manda huevos”. Aunque no dije nada en voz alta, yo entendía (no disculpaba) a Ismael y me moría de risa pensando en Ismael: el suelo de la sala siempre estaba demasiado sucio. Y el chándal inmaculadamente blanco que llevaba era maravilloso.

En los tres o cuatro años que pasaron desde que Ismael dejó el instituto, me lo encontré varias veces. Había pasado una temporada en Madrid, luego se marchó a Bilbao. Charlábamos un rato en el que lo pasábamos muy bien cuando me iba contando todas sus peripecias vitales. Desgraciadamente, luego le perdí la pista y hace muchísimo tiempo que no sé nada de él. Pero siempre que pienso en Ismael, como con la historia que os cuento hoy, me lo imagino con el chándal de Versace, impoluto, divertido y genial.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Read More

Después de una semana escribiendo de forma motivada y causada por algo mucho más poderosa que el azar, esta tarde lo hago libre, sin ninguna razón, fuera de orden y medida. Que el cuerpo me pide quimera, ensueño y desvarío.

No te preocupes por los vaivenes de las cosas, no te preocupes por lo poco preocupante. Fíjate cuando tengas los nudillos blancos de tanto presionar con el alma todas las situaciones. Atiende a esas palmas sudorosas, que frotas de manera ansiosa cuando te pierden los nervios. Observa con distancia un dolor de cabeza que no es sino el reflejo de un hueco en tu corazón. No pierdas de vista los ojos cuando centellean o cuando se resecan, los párpados cuando caen sin sueño, las lágrimas cuando se derraman sin delirio. No busques donde no hay, no te resignes y no pienses demasiado. Lanza palabras mientras puedas, sonríe mientras lo permita tu habitual tristeza (mal disimulada casi siempre). No esperes a que la mierda te llegue hasta el cuello y empiece a invadir peligrosamente la comisura de los labios. Llegará un momento en el que tu cuello no admita más prolongaciones.

Siempre que quieras pelea, aprovecha para luchar contra tus vacíos, interminables. Intenta conquistar cada hueco de su corazón. Lanza los retos al cielo como un pañuelo vaporoso que cae despacio y mecido por los elementos. No esperes a medianoche para recoger las llamas encendidas del paraíso. Permanece cerca para estrechar una mano, para comenzar una guerra contra las puertas y las paredes. Respira hondo en los intervalos, aprovecha las mesas y ten cuidado con las pinturas. Encuentra tus fantasmas en su reverso, estalla en cada tormenta y no te detengas. Utiliza tus piernas, tus brazos. Puede que las estrellas sean una luz artificial y que, en el horizonte, el muro parezca de ladrillo. Pero queda el cabello enredado, la miel y la sonrisa.

Y, sobre todo y ante todo, pierde la compostura.

(Imagen de Kai C. Schwarzer).

Read More