Por Raúl, hace 17 horas y 51 minutos

Dura lex, sed lex

Duralex

Tenía un amigo que, a la mínima ocasión que se le presentase, ponía una cara muy seria, pasaba luego a sonreír brevemente y luego –moviendo la cabeza– espetaba: «Dura lex, sed lex». Hay que decir que ese amigo mío, en sus años mozos, odiaba el latín. Era una cosa que no iba mucho con él, probablemente por aquello del razonamiento abstracto, o vaya usted a saber por qué: que el mundo es tan ancho como nos lo permite el mundo y nuestra imaginación. Mi amigo ahora gusta de las expresiones latinas. Se ve que le agrada adornar con una pátina de latinajos sus palabras. No sé si será porque habrá ido a cursos intensivos de tan excelsa lengua o, simplemente, éstas le sirven para quedar de puta madre ante sus lectores, ignorantes de su ignorado pasado.

Decía que a este buen hombre, en las atribuciones propias de su cargo, le he oído decenas llenarse la boca con el «Dura lex, sed lex». Lo utilizaba para cualquier cosa, para cualquier momento, para cada situación. Las cosas son así y no pueden cambiarse. Lo repetía de manera tan machacona y reincidente que creía que tenía todos los principios del derecho romano vertebrando su pensamiento, su modo de sentir y hasta su modo de querer. Si cogiésemos una muestra suya de ADN, seguramente las palabras de este brocardo adornarían su estructura como el espumillón acompaña las ramas del árbol de Navidad. Reconozco que yo, en esos momentos, me quedaba absorto y obnubilado ante observaciones e ideas tan implacables. Nunca he sido muy capaz de llegar a distinguir las cosas con tanta claridad, porque a mí el mundo y el pensamiento y las normas no me parecen nunca sencillas y planas, sino complicadas y matizables. Sin embargo, admiraba tal resolución y determinación en las acciones y en los juicios.

Precisamente por todo lo anterior, me ha extrañado mucho algo ocurrido recientemente. El gachó del que vengo hablando, tan persistente en el cumplimiento, en el deber y en los dichos latinos, se salta la normativa (y quiero pensar que, con ella, esos principios sagrados que defiende) justo cuando le conviene, no sé si a cambio de unos eurillos o a cambio de un estatus: en cualquiera de los casos, las palabras escritas en la normativa de incompatibilidades parecen resbalarse de la ley y del derecho para formar parte de ese magma incierto que no es terreno de nadie y, por lo tanto, lo es de todo el mundo. Y me extraña todavía más porque cuando decía estas palabras no tenían ningún sentido, porque en esos casos concretos las leyes no lo eran, sino que eran directrices generales que se podían cambiar si eso era beneficioso para ellos (el diría aquello de «In dubio, pro reo»). En este caso concreto, sin embargo, las cosas podían haber sido muy distintas. A cualquier alma poco cándida y malintencionada se le hubiese podido ocurrir impugnar un proceso en curso, con el consiguiente perjuicio para muchas personas y enmierdando, de paso, a la institución a la que pertenece, aquella a la que ha dedicado sus desvelos.

Si todo esto me hubiese pasado a mí, no hubiese tenido ninguna importancia, ya que el no-sé-donde-firmante que os habla no deja de ser un individuo (en el peor sentido del término) de muy baja catadura moral y dispuesto a cualquier cosa si se deja llevar por esa envidia, por ese odio atávico que lo corroe y que le hace ser tan bajo en sus apetitos éticos.

Pero no entiendo que le ocurra a él, una persona recta, nada aviesa y en perfecta consonancia disonante con el poder. Creo, por tanto, que hay algo lejano y difuso que se me escapa, que no logro entender (quizá porque un día no asistía a la clase donde lo explicaban, quizá porque nunca me lo explicaron). O quizá no, y resulta que el mundo y las personas son tan previsibles como el viejo verde que gira la cabeza para seguir con la vista a la guapa jamona en la playa.

Lo malo que tiene esta entrada es que sé cómo la he empezado, pero no sé cómo rematarla. He estudiado latín, pero no se me ocurre ninguna máxima clásica que remate la peroratio. Que los argumentos ad hominem no son sino falacias. Y que errare humanum est, a lo que alguno ha añadido perseverare diabolicum. Y que esto es un quid pro quo. Y que vale ya. Raúl Urbina dixit.

(Imagen de Ibán. No he podido resistirme a hacer la gracia con el título.)

Por Raúl, hace 10 días

El corazón es el corazón, y la memoria lábil...

Unas nubes en el cielo, demasiado blancas como para ser amenazantes. Bajo ellas, una esfera de ritmos espasmódicos. Luces y luces. Sonidos electrónicos, mezclados a veces con la dulzura de las palabras no evocadas. Las canciones de amor nunca deberían de acompasarse con latidos más rápidos que los de nuestro corazón, por muy taquicárdicos que permanezcamos frente a las transparencias blancas del verano. Porque los bañistas purgan sus delitos levantando la cabeza hacia el origen de las gotas de agua de la ducha y luego se sumergen en el bautismo del agua azul, clorada, ligeramente impregnada del aceite que rezuma en los cuerpos bronceados. Mudamos nuestras pieles, las permutamos por los atávicos tonos oscuros para contrastarlos con un pantalón muy caro, una camisa muy barata y, sin embargo, perfectamente armonizados. Hacia dónde caminan los pasos oscilantes, hacia dónde las miradas sin unas gafas de sol que mitiguen la refulgencia de los rayos sin filtrar.

Y, sin embargo, el corazón es el corazón y la memoria es lábil y, sin embargo, perenne y, sin embargo, perecedera. Las nubes del cielo no amenazan los ritmos de una música que nació para bailar, pero que nunca se compuso para acompasar una triste, pero alegre, tarde de verano.

(La foto de hoy no la ha hecho nadie, porque estaba pintada en el cielo, tras mi ventana.)

Por Raúl, hace 13 días

El peso de las cosas

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ELLA. ¿Qué pesa más cien gramos de incomprensión o un gramo de cariño?

ÉL. ¿Estamos tontos o estamos en un librejo de Paulo Coelho? La respuesta es evidente: cien gramos de incomprensión pesan exactamente noventa y nueve gramos más que un gramo de cariño.

ELLA. ¿Pero no existen momentos en que es más importante una mínima porción de algo bueno que una gran cantidad de cosas malas?

ÉL. No.

ELLA. (...)

ÉL. Si, no te quedes con cara de tonta. Que hay mucho iluminado suelto. Creo que creemos que el peso que le otorgamos a las cosas no coincide con el peso objetivo que tienen éstas, pero la cantidad da el cante.

ELLA. ¿Y eso nos pasa a nosotros?

ÉL. No sé si lo dices por el cariño o por la incomprensión.

ELLA. Lo digo por las dos cosas.

ÉL. Mira, lo primero es que la vida no es un libro de autoayuda. Y lo segundo es que para la vida no hay manuales. Todo lo más, sesudos mamotretos con miles de notas a pie de página cuyos autores fueron proclives a pegarse un tiro o a meterse en una bañera para rajarse las muñecas.

ELLA. Pero nunca hablamos de lo nuestro.

ÉL. ¿Lo nuestro?

ELLA. Sí.

ÉL. Será hablar de lo tuyo, porque a mí todo lo que no sea lo mío me la pela.

ELLA. Hijo, siempre eres rudo, maleducado y tajante.

ÉL. Ya ves. Tengo gramos de incomprensión para dar y tomar. Y el gramo de cariño se me escapó por la ventana. Como diría el hortera de Coelho, es la pluma ligera que se escapa por la ventana.

(Imagen de José María Moreno García.)

Por Raúl, hace 23 días

Plagios. Homenajes. Intertexto

Copias

Como decían los antiguos presocráticos de la Escuela de Elea, «de la nada, nada sale». Y eso vale casi para cualquier cosa, incluida la escritura y, por extensión, cualquier manifestación artística. Toda obra es una pequeña pieza de mosaico de un constructo cultural mucho más amplio en el que aquélla se inserta. Nos lo enseñaron muy bien Bajtin, Kristeva y Barthes.

Y como en esto de los influjos hay grados, formas y maneras, el campo está abierto casi para cualquier cosa, desde el pastiche hasta la parodia, desde la transposición hasta la imitación, hay mucha gente que se excede en el uso de la intertextualidad. Como ya dije en alguna otra ocasión, el estilo, pese a las evidentes influencias, es individual, propio, intransferible. Salvando cualquier distancia y analogía de calidad con este blog, no es lo mismo pintar con el estilo de Velázquez cuando pinta Velázquez o cuando pinta un discípulo de su escuela o –peor todavía– cuando un humilde pintor realiza una copia de una de sus obras en una calurosa tarde de verano en el Museo del Prado.

Desde mi humilde punto de vista, lo peor de todas las triquiñuelas del plagio procede, obviamente, cuando se copia descaradamente sin citar la fuente. Eso es un auténtico robo intelectual.  Como decía al principio, todos nos abastecemos humildemente con la genialidad de los demás. Por eso, no entiendo que, teniendo tantos modelos mucho más excelsos para copiar, alguien deslice sus palabras como si fueran mías. Al copista del Prado nunca se le ocurriría hacer un apaño con las influencias del maestro para hacer pasar lo suyo por original, en el sentido más primordial del término. Picasso nunca se planteó hacer los estudios sobre Velázquez haciendo pasar el origen como suyo, por muy fabuloso y original que fuese el resultado final.

Por eso, hoy vuelvo a estar hasta los mismísimos huevos de encontrarme con ciertas entradas en otros lugares. Igual sus autores piensan que existe una cierta telepatía artística mundial, pero, puestos a copiar, es mejor elegir a otros. Seguro que se lo merecen más.

(Imagen de Zitun.)

Por Raúl, hace 1 mes y 5 días

Me gustan. No soy clasista

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Manteniendo una réplica hacía mí mismo y lo que escribí hace más de un año, hoy digo y proclamo ante todo el que me quiera escuchar:

Me gustan los cantantes y los músicos, porque hablan del amor como si éste hubiera desaparecido; porque afirman que podemos reencontrarnos con otros, con nosotros mismos.; porque puedo escuchar sus acordes y sus ritmos a ritmo frenético y diabólico y olvidar, por un momento, que existo. Me gustan los directores y los actores porque adoro ver representado el mundo que no existe como si existiera; porque amo ver representado el mundo que existe como si no; porque el humo del tabaco se convierte en algo bello fotografiado en blanco y negro; porque convierten los finales en un adiós digno de recordar; porque los títulos de crédito me quitan la sincronía con el inútil ritmo de mi vida. Me gustan los pintores porque poseen el secreto que nunca me será revelado; porque las formas endiabladas consiguen devolver al mundo su forma más auténtica, más perenne, más efímera. Me gustan los escritores porque me encandila pasar páginas para encontrar historias no siempre ejemplares, no siempre felices, no siempre congruentes; porque las páginas crujen al ritmo de la  respiración, bajo una luz, en un sillón, alejado prudentemente del mundo.

Me gustan las personas que sonríen aunque estén tristes. Me gustan las personas que dominan sus miedos, aunque las procesiones vayan por dentro. Me gustan las personas que se enfadan con desenfreno y, sin embargo, son capaces de decir las palabras justas. Me gustan las personas que tienen una voz profunda y bella. Me gustan las personas que van por la calle decididamente hacia algún sitio y, de repente, giran y se dan la vuelta. Me gustan las personas que, en el silencio secreto de su vida, dialogan consigo mismas en voz alta. Me gustan las personas para las que vivir es una aventura. Me gustan las personas a las que les gusta explorar otros mundos más allá del trayecto, más allá del viaje mismo. Me gustan las personas que bucean por sus aristas.

Me gustan las personas tan desinhibidas como para sentir pudor. Me gustan las personas tan pudorosas como para sentirse deshinbidas. Me gustan las personas creativas. Me gustan las personas a las que se les va el santo al cielo.

Me gustan las panaderas que saben envolver la barra recién sacada del horno con desenvoltura. Me gusta la precisión milimétrica del corte de los carniceros. Me gustan las pescateras que quitan las espinas como quien resuelve un problema fácil. Me gustan los conductores de autobús que dicen «Buenas tardes». Me gustan los carteros que empujan ese carrito de facturas y esperanzas como si esperaran algo de la vida. Me gustan los funcionarios que no saben que lo son. Me gustan los profesores viejos a los que la maraña del tiempo no les ha restado la ilusión. Me gustan los vendedores sinceros, que venden porque aportan algo de su sabiduría a los productos con los que comercian.

Y, en fin, puestos a hacer balance, me gusta tanta gente como la que no me gusta. Aunque no se note, aunque no lo diga.

(Imagen de Lammasu.)

Por Raúl, hace 2 meses y 6 días

Crackdown

Trumpet

Y si, hoy tendrías que haber escrito una entrada bonita, una de esas con ternura mezclada con alguna palabra rara. Y sí, sabes que hoy has acabado una de esas series tuyas, todas favoritas, todas obras maestras, todas dejándote un poso de esperanza en que la belleza de las creaciones humanas sean la redención de su inmundicia cotidiana. Y aí, hoy era uno de esos días que hubieses quedado bien con un par de citas selectas, entresacadas no para dar lo mejor de ti mismo, sino para ser el espejo de lo mejor de los demás; que no es lo mismo, que es más mediocre; y, lo peor, que no te explica desde dentro y desde fuera. Y sí, hoy deberías contar a los demás que has visto nuestro planeta en pantalla como nunca lo verías, en el final que es el principio, en eso que es muy difícil de explicar y por eso no lo intentas. Y sí, sabes que podrías haberte dejado vencer por la inercia y poner esa entrada que te mandó la musa de tu blog, pero también eres muy consciente de que son palabras muy especiales que no puedes vaciar aquí y ahora porque sería rebajar su calidad y su sentido. Y sí, sigues dale que te dale rompiendo la delicadeza con música electrónica, cada vez más estridente, cada vez  más agitada, con ritmos que no son los de tu corazón, pero lo aceleran hasta ponerlo a su borde taquicárdico. Y sí, has cumplido con tu obligación, que es gustosa y no impostada. Y sí, prometes escribir sobre todas las cosas que no has puesto hoy porque ser así es mucho más fácil que ser mejor.

(Escrita a este ritmo. Con imagen de Debs Koritsas.)

Por Raúl, hace 2 meses y 19 días

Maniquíes. Maneras

Maniquíes. Contraste

Los he visto esta tarde, armazones sobre los que se sustenta el mundo. En el contraste de las luces que empujan las vitrinas del artificio. Tal y como se esconden en el pozo de los sueños. Sin la explicación de lo que aparentan, aparecen inermes y anhelantes. El escaparate –hoy– se convirtió en el cristal roto por el que vigilamos los tanteos de las figuras hacia la pared de la desesperanza. Expresiones vivas del abrazo imposible, del tránsito entre los baches de un suelo demasiado expuesto a las miradas. Hoy los he visto. Entre la soledad escasa del que mira porque no pierde nada.

Por Raúl, hace 2 meses y 20 días

Bonita entrada

Dibujo de tiza

Hoy iba a escribir una entrada preciosa, llena de dulzura, escrita con técnica impecable y rebosante de buenas ideas. Cuando la he empezado a componer, se ha convertido en algo adocenado y previsible. Por lo tanto, me queda pegarme con las palabras un buen rato. Intentar que salga a flote o, al menos, que sobreviva. Para eso, habrá que esperar a mañana.

(Exclusiva: Chipirón me ha vuelto a hacer un regalo. Como en otra ocasión, ha escrito una entrada que publicaré en breve. Tendrá el espacio que se merece, porque está llena de talento.)

Por Raúl, hace 2 meses y 26 días

Todo se aprende

Instructions

Si es por aprender, todo se aprende: se coge una sonrisa y se transforma en rictus. Se coge una camiseta y se convierte en trapos. Se coge una canción y se escucha, mientras entra por un oído y sale por la oreja. Se coge el futuro y se transforma en una taza de café para despertarse a la nueva vida del nuevo día. Se cogen las ilusiones y se meten en la lavadora para que encojan. Se empieza a escribir y salen, al fin, frases hechas. Se entra en un oasis y se sale en un bar de moda. Se coge un libro y se avanza por sus líneas como la obligación del sol de la mañana. Se coge un papel y se fotocopia para que no le salgan más los colores. Se encienden las mejillas para que no vuelvan a recobrar el color. Se recoge una muestra de terror del mundo y revierte en el juego de las cuatro esquinas que tienen nuestras almas (y nuestras camas). Se coge una porción del cielo y se vende una postal. Se retratan todas las palabras y se regurgitan en identidades falsas. Se coge el nacimiento. Y se le embalsama.

(Imagen de Duane Romanell.)

Por Raúl, hace 3 meses y 2 días

44 - Balance

Hoy cumplo 44 años que, sin serlo, se asemejan bastante a una cantidad redonda, por aquello de la repetición de dígitos. Nunca he aprovechado un 29 de abril para hacer un balance de cuentas, pero creo que la situación de la economía mundial está necesitada de no olvidar el cashflow y cuánto dinerito vital queda en el bolsillo.

Por lo tanto, haré para mí (y para quien quiera acompañarme) un pequeño balance global.

  1. Vivir durante 44 años supone haber pasado en este mundo más de 16.000 días, aunque el primer millar casi no cuenta para eso de la memoria, ya que no guardo ningún recuerdo por debajo de los tres años (puestos a ser estrictos, creo que muchos de los que creo tener posteriores –algunos muy recientes– son inventados).
  2. Dieciséis mil días dan para una valoración global: si ponemos la cosa al 50% y recapacito, creo que al menos ocho mil días han dado  de sí lo justo como para decir que ha merecido la pena vivirlos.
  3. En el polo negativo, diré que estos años me han castigado con tres muertes espantosas. Las dos últimas –las de mis padres_ no dejan de ser lógicas, aunque tristes. A fin de cuentas, mis padres tuvieron el privilegio de sobrepasar los ochenta años y, por lo tanto, brindarnos muchísimas alegrías, aunque su fallecimiento sea un mazazo del que, a unos pocos años vista, todavía no he logrado recuperarme del todo. La primera fue la de mi hermano, con una vida quebrada a los 19 años cuando yo tenía 12. Sin comentarios.
  4. Mi vida académica fue creciendo año a año y mi vida laboral también, aunque bifurcada en dos senderos bien distintos y con satisfacción desigual. He sudado tinta para mejorar y he sacrificado muchos años para conseguir llegar hasta aquí. El currículum, desde mi punto de vista, se hace por medio del esfuerzo y no por medio del mangoneo, el tráfico de influencias, las lamidas de culo ni la puñalada trapera. He sufrido, pero el sufrimiento se ha visto, en mayor o menor medida, recompensado. En cuanto al trabajo, me complace que sea mejor acogido por quienes más estima merecen para mí.
  5. En lo personal, he acogido puntos de felicidad con muchos otros de catástrofe. A lo largo de los años, me he dado cuenta de que la vida escuece más cuantas más llagas tienes.
  6. Cuento con amigos fieles. Sé que los tengo ahí, aunque muchas veces me olvide de ellos y no les frecuente como ellos se merecen.
  7. Desde hace ya unos cuantos años, mi conciliación con todos los elementos que tengo que abarcar a lo largo del día me desborda. He llegado a un punto en el que he tenido que abandonarme y, siendo como soy, el abandono me hace zozobrar todavía más.
  8. En el polo de lo positivo, he visto hechos realidad algunos de mis sueños. He visitado lugares mágicos. Unos cuantos países rodeados de calles que me han hecho deambular por mi existencia y han ampliado mi vida en muchos miles de kilómetros cuadrados. En concreto, haber tenido el privilegio de volver una y mil veces a París y haber disfrutado de su luz y de su lluvia merecen, para mí, toda una vida.
  9. Tengo una familia maravillosa. Existe, y eso es decir ya suficiente. Están ahí, y eso es decir mucho. Nos necesitamos mutuamente, y eso es ya como para estar contento.
  10. Entre los vinculados a mi sangre,  tengo un hijo, lo que equivale a decirlo todo. No hay nada mejor en este mundo que haber engendrado algo tuyo pero distinto, algo dependientemente independiente.
  11. Podría decir muchas cosas más, dulces y amargas. Pero sólo diré lo último: a día de hoy, creo que mi vida oscila entre los dos polos: uno, el de cumplir tantos días vividos como para ser suficientes; otro, el de no tener tantos como para esperar que vengan más. Entre estas dos cosas me ubico y me debato. En mi agenda, los 29 de abril, me recuerdo siempre: «Felicidades, amigo. Ya va quedando menos...», no siendo esta una frase desesperanzada.

Pues eso.

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