— Verba volant

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Contrastes

Hoy iba a escribir una entrada sobre alumnos. Iba a escribirla y no la escribo, porque no es algo que afecte a todos los alumnos, sino a una práctica generalizada de unos pocos. Y los que no andan metido en la docencia iban a pensar cosas malas de la misma y no está el horno para bollos.

Iba a decir que, en los últimos años, me han llegado peticiones de retrasar un examen por asistir a una ceremonia de graduación de los amigos. Iba a decir que algún alumno ha aparecido en mi despacho  el día anterior al examen, después de no haberle visto nunca en siete cursos, preguntándome cuál era la bibliografía obligatoria. Hablando de esta última, iba a decir que algún alumno me ha escrito preguntándome por algunos datos “autobiográficos”, aunque me temo que no le interese mucho mi vida, pero sí los libros que tiene que estudiarse. Iba a decir que algún alumno me ha dicho que no era justo que suspendiese un examen, porque, pese a haberlo hecho desastrosamente y suspenderlo, se lo sabía. Iba a decir que un alumno cometió, en una ocasión, más de 60 faltas de ortografía y, al ir a la revisión del examen, no llegaba a comprender por qué había suspendido. Iba a decir que algún alumno manda mensajes de correo electrónico para preguntarme qué medios tiene para aprobar la asignatura, cuando es la única (y última) vez que se presenta a una prueba de la asignatura y saca menos de un dos en la misma.

Iba a decir muchas cosas, pero no las digo. Porque ayer El Parral estaba precioso y es un placer y un lujo llegar a trabajar en esas condiciones, aunque haga frío. Mucho frío.

(La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.)

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Son días estos en los que no te dan ni gatos ni liebres. Días en los que abismos sublunares se acentúan más que las grietas personales, más hondas por ser el último escalón del descenso a los infiernos, que ya no tienen galerías, ni ríos ni lagunas para olvidar. Días en los que cambian las formas para no cambiar los fondos (días en los que cambian los fondos para no cambiar las formas, que son suyas de siempre. Suyas propias. Suyas por los siglos de los siglos). Días estos en los que no se sabe si es mejor recordar como recurso fácil u olvidar como función catártica. Días en los que los grados de acercamiento se cuentan con números demasiado grandes como para ser contados. Días sin ayer ni mañana, pero días sin hoy, que era el único eslabón que nos quedaba para estar sujetos al mundo. Días con sus noches, cada vez más cortas, cada vez más largas.

(Imagen de Sergio Bertolini.)

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Llevo muchos días preparando exámenes y corrigiéndolos, poniendo notas de prácticas, configurando hojas de cálculo, mandando correos, dando explicaciones, concertando horas para revisiones y entrevistas, haciendo listados de todas las formas, colores y contenidos. Días en los que las horas se acumulaban delante de la pantalla del ordenador. Días en los que, aunque lo intentase, la cabeza siempre estaba pensando en lo mismo, una y otra vez. Todo ello me ha servido, una vez más, para reflexionar sobre nuestra tarea de la evaluación. El otro día escuchaba una reflexión interesante: la educación (sea del nivel que sea) no puede dedicar tanto tiempo a la evaluación. Sobre todo, porque cuando se lo dedicas a la evaluación (tan necesaria, por otro lado), se lo quitas a otras tareas docentes también necesarias, también importantes.

Sin embargo, es en el momento que acaba el proceso de evaluación (quiero decir que acaba el proceso de ese curso en ese semestre: el proceso de evaluación no se acaba nunca) cuando se asoman todas las dudas a mirar por el balcón. Es el momento de dar mil vueltas retroalimentadas sobre si la evaluación ha reflejado el trabajo realizado, sobre si los procedimientos han sido adecuados. En suma, si puede llegar a existir un paralelismo entre lo que ofreces tú y lo que recogen tus alumnos, entre lo que te ofrecen ellos y lo que tú recoges. Te preguntas, al fin, si todo tiene un porqué. Si algo tiene sentido más allá de una nota, una calificación, un número al que añades uno o dos decimales y que se incorpora a una porción de la vida de un alumno.

Ahora pienso más que nunca, que habría que hacer una evaluación de la evaluación misma. Pienso que olvidamos que el proceso de evaluación ha de ser de los alumnos a los profesores, de los profesores a los alumnos, de los alumnos a su trabajo, de los profesores al nuestro.

Y, una vez acabado todo, volveremos a empezar intentando que sea con el pie izquierdo (al fin y al cabo, soy zurdo). Sabiendo que, al final, todo acabará en el mismo punto, unas décimas más allá.

(La fotografía está reproducida con permiso de su autora, Henar: sexundermyhead.)

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Y sientes que la vida es difícil de sujetar. Y te dicen lo que es aplicable a otras cosas: que la tienes que sujetar como si fuese un pájaro: tan firmemente como para que no se escape, tan suavemente para que no se aplaste. Y piensas que la teoría nunca fue tan difícil de aplicar a la práctica. Y hace tiempo que llevas haciendo ejercicios. Y lo intentas. Una, dos, tres veces. Y ves que no la estropeas más, pero que tampoco la arreglas. Intuyes que la vida está ahí, pero tú no la ves. Y piensas en que la es algo así como meterse en un jardín, cuando literalmente tú no tienes ninguno, cuando metafóricamente y cognitivamente es así y punto. Y te hablan del alma de las cosas cuando tú solo percibes contornos. Y te aseguran que las cosas tienen muchas dimensiones, muchos matices, muchos ángulos de visión, pero tú le das una vuelta y otra y siempre te quedan las mismas sensaciones. Intentas vencer las nostalgias, procuras no marcarte demasiados objetivos. Vuelves a entrenar y, para practicar, coges un plato, firme y suavemente. Y, cuando te despistas un segundo, lo ves roto en el suelo, con la matemática exactitud de tus intuiciones.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Se va un año. Viene otro. Y separamos ambos como si fuesen las porciones de momentos diferentes, como si desgajando pudiésemos objetivar en trozos los logros y las decepciones. Como si las cosas fuesen a cambiar, como si pudiésemos dejar posar todas las decepciones y albergar esperanza en las alegrías, que no pueden ser más que futuras. Como si pudiésemos conservar unos posos de esperanza en latas de recuerdos, como si divisásemos unas líneas de un horizonte oscuro y sempiterno hasta que llegue otro final parcial.

Las divisiones –lo sabemos– son arbitrarias: los países, las zonas horarias, los meses, los calendarios, los valores de las cosas y de las personas. Hoy se acaba algo que no se acaba, comienza otra cosa que no empieza. Y, mientras tanto, solo nos cabe abrir los paraguas para ver cómo llueve en nuestra epidermis. Aunque sea por dentro.

(Imagen procedente de mi galería de Flickr.)

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Para todo lo que quiero decir aquí, es necesario hacer un poco de historia personal. Empecé a enamorarme de la lectura cuando tenía unos diez u once años (unos cuantos menos, si contamos los tebeos de Mortadelo y Filemón, Astérix y El capitán Trueno). Como tantos otros, comencé con sagas literarias de Enid Blyton, pasé por todos los autores de la literatura clásica de aventuras, luego fijé mis obsesiones en la novela policíaca (que, junto con la novela negra, me ha acompañado siempre en mi voracidad lectora) y, poco a poco, fui ampliando mi abanico de lecturas. Tuve la suerte de nacer en una casa con libros y con una familia que inspiró y alentó mi afición. Todo el dinero que recibía por mi cumpleaños y Reyes lo invertía en libros. Cuando esto no alcanzaba, conté con la complicidad de Humi, mi librera (luego me enteré que la librería que regentaba, Granado, tuvo una de las trastiendas más ricas a la hora de combatir la incultura y las prohibiciones en el franquismo), con la que llegué a un pacto: yo cogía el libro que quería y no lo tenía que pagar hasta ir a comprar el siguiente. Con el tiempo, mis queridos libros, mis apreciadas lecturas, lograron cambiar mi visión del mundo, ampliaron mi experiencia, compensaron todo aquello que, por motivos diversos, no había podido vivir. Las estanterías se quedaban cortas, las baldas eran insuficientes, los volúmenes se apilaban.

Cuando la ficción no fue suficiente, llegaron los libros de divulgación, los ensayos, los libros de historia primero, los de psicología y los de filosofía después. Llegó el momento de decidir una carrera y los estudios de Filología Hispánica me exigieron, no sin placer, el ir haciéndome con un gran caudal de literatura clásica hispánica y, a la par, con estudios monográficos sobre literatura y sobre lingüística. El número de libros y lecturas siguió creciendo cuando decidí realizar los estudios de posgrado y la tesis doctoral. Alguna que otra beca alivió mis gastos (o, mejor dicho, los de mis padres y de mi hermana, que hicieron un impagable –nunca mejor dicho– esfuerzo para que no me faltara nunca ni una página de las que yo considerara necesarias). Como todavía no tenía una relación laboral con ninguna institución universitaria y vivía en una ciudad sin muchos recursos bibliográficos, tuve que emprender viajes a otras ciudades de España e, incluso, salir al extranjero para acudir a bibliotecas y adquirir libros en librerías especializadas. Mi campo de investigación era tan estrecho y, a la vez, tan vasto, que necesité de un grandísimo caudal bibliográfico. No fueron pocos los años en los que me llegué a gastar, ya trabajando, más de medio millón de pesetas anuales en libros. Trabajaba en un centro de secundaria en el que te miraban con los ojos torcidos si te gastabas demasiado, con lo que muchos de los materiales pedagógicos que necesitaba también corrieron por mi cuenta.

En conclusión, el no-sé-dónde firmante acumula una librería de unos siete mil volúmenes: un montón de dinero bien invertido, en directa proporción a la satisfacción y los réditos personales y profesionales que me han dado. Todavía me parecen pocos libros, pero diferentes situaciones profesionales y personales acarrearon problemas de espacio y almacenamiento. Amigo como soy de las nuevas tecnologías, decidí hace unos tres años comprarme en Amazon un Kindle (comprado por internet en los EE. UU., ya que hasta solo hace cuestión de unas semanas se puede adquirir en la reciente tienda on line española). Embebecido por la ilusión de la causa y el efecto, pensaba yo (no lo había comprobado previamente) que el caudal de libros disponibles sería enorme, en uno u otro formato. Por la tarde, lo primero que hice es entrar en internet para comprar El asedio de Pérez-Reverte en edición electrónica. Los resultados de Google me mostraban unas cuantas páginas en las que el libro salía gratis a través de una descarga, pero yo no buscaba eso. Perdí algo así como dos horas hasta que descubrí que, simplemente, no podía hacer lo que había sido mi hábito durante años: pagar por el libro que quería comprar. Opté por la descarga gratuita (y no sé aún si ilegal, alegal o vaya usted a saber qué). En los días y semanas siguientes, seguí haciendo el intento. Ante mi extrañeza y mi asombro, la industria editorial española no disponía de ningún mecanismo para que yo pudiera utilizar mi dispositivo (y esto era válido para cualquier otro modelo, para cualquier otra marca) con libros pagados. Me acostumbré a descargar los libros que no leía en papel. Me familiaricé con determinadas páginas, con determinados programas que convertían formatos. Me acostumbré a no pagar por lo que había pagado durante décadas.

Hasta fechas bien recientes, la estrategia editorial española, en lo que se refiere al libro electrónico, ha sido errática en algunas ocasiones y, en otras muchas más, ineficaz o inexistente. Algunos autores tomaron iniciativas honradas y valientes, pero eran tan pocos los que las emprendían que los dispositivos electrónicos de lectura crecieron en un bosque en el que no había casi árboles autóctonos y, a los amigos de la naturaleza, nos obligaron a plantar especies de otras latitudes, a veces saltando una valla y sacando ese pino foráneo del cepellón.

Estando las cosas tal y como están, algunos autores mantienen absurdas posturas negacionistas en las que confunden, por puro odio, por pura ignorancia, el contenido con el continente. Es el caso de Juan Manuel de Prada, en una reacción iracunda de aquel que ve que se le puede acabar el pastel de postre o, incluso, el primer plato. Otros autores son mucho más razonables: algunos de ellos, fueron de los pocos que vieron el problema con suficiente antelación y perspectiva. Es el caso de Lorenzo Silva, que mantiene una actitud lógicamente combativa, pero siempre educada y prudente. El ya puso a disposición de todo el que quisiera algunas de sus obras de manera gratuita; de aquellas que se podían descargar pagando, el coste era más que razonable. De hecho, si vemos ahora los precios de sus libros en formato electrónico en Amazon, comprobamos que los precios son justos y necesarios: toda su serie de libros de Chamorro y Bevilacqua por menos de cinco euros, etc. En otros casos, en otros autores, la diferencia entre el libro en papel y el formato electrónico es tan pequeña que se parece a una tomadura de pelo más que a cualquier otra cosa.

La encrucijada de las editoriales españolas y de los autores llega ahora: convencer a quienes han visto que se puede ver el Cielo gratis para decirles que tienen que pasar por caja con una tarifa reducida. Y ahora llega la pregunta: ¿será demasiado tarde, cuando todos los internautas tienen una librera que ya no se llama Humi y que te deja llevarte un libro sin pagar por este, ni por el siguiente?

(Imagen de Leandro Suárez.)

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Ahora estamos de capa caída, ya lo sabemos. No me extraña que nosotros ciudadanos de a pie, no lo supiéramos, ya que nadie nos lo dijo: se nos procuraron los medios para vivir por encima de nuestras posibilidades y nos invitaron a meternos en la espiral del gasto frenético.

Creímos pertenecer, durante unos cuantos años, al cogollito del mundo que tenía la sartén por el mango y lo hicimos inflándonos de infrastructuras, construyendo aeropuertos, asfaltando mil veces lo ya asfaltado y poniendo, un raíl detrás de otro, muchos cientos de kilómetros de líneas ferroviarias de alta velocidad. En el lado negativo, a muchos les dio por manejar más el prestigio político que la cabeza, por dejar bonito lo que ya estaba y olvidarse de los asfaltos no tan populares ni electorales para esconderlos debajo de la alfombra, por ignorar los bellos trenes en los que se hablaba y se viajaba por precios razonables. La política, la economía, los negocios, se empezaron a erigir sobre papeles, panfletos y revistas, siempre carísimos, siempre gratuitos. Mientras, nunca se pensó con la prudencia. Más que en educación, se invirtió en la periferia: se regalaban libros de texto a los que no los necesitaban (asegurándose, mientras tanto, de que las editoriales se enriquecieran al ritmo de los cambios legislativos) y, a cambio, se permitía (y se permite) a centros presuntamente concertados que cobrasen (cobren) cuotas discriminatorias e ilegales. Se empezó a repartir a diestro y siniestro, empezando siempre por el que más tiene. Los altos cargos, embebecidos con complementos millonarios para sus jubilaciones, siempre proclives al regalito caro, a la cesta navideña abundante a cambio de favores. Se instaló una cultura discriminatoria en la que chorreaban diplomados de ciertas carreras que, durante décadas, fueron los dueños del mundo, desde el litoral hasta la sierra, desde el centro hasta la periferia. Se construyó una sociedad pretendidamente moderna anclada en la estructura atávica de siempre, en la que se simulaba un igualitarismo basado más en el gasto que en el ingreso.

Ahora, llega el momento de empezar a pensar desde el recorte drástico: se van cercenando los subsidios, se recorta en los servicios básicos (esos que los que mandaron, los que mandan y los que mandarán siempre podrán pagar). Se volverá a los días de posguerra, en los que los escolares permanecían con el abrigo en el aula. Se propone pagar por algunos servicios sanitarios (los miopes siempre hemos tenido en España la esquizofrénica necesidad de pagarnos las gafas) sin pensar que unos se los pueden pagar siempre mejor que otros (y “otros” acudirán a servicios de pago e intentarán ahorrarse los duros luego haciendo el gasto duro en la sanidad que pagamos todos).

Después de todo, siempre habrá quien diga que se acabaron las ideologías, que todos son lo mismo. Que da igual lo que sea, porque siempre decidirán otros (esos “otros” eran, no lo olvidemos, los que antes consideramos nuestros amigos: aquellos con los que el líder de turno pensó como sus iguales). Y yo digo que no, que la ideología es, ahora más que nunca, imprescindible. Que no deberíamos permitir que los platos rotos los paguen los de siempre. Que no se pueden pedir muchos esfuerzos al que ya, de por sí, tiene poco. Que no se puede consentir que paguen justos por pecadores.

Ahora, ya lo sabemos, todos estamos de capa caída, con el país arruinado, entre brasas y escombros. Y, si nadie lo remedia, la historia de España en el primer tercio de este siglo será una película que vuelva al estilo neorrealista italiano y la veremos en nuestra casa en una magnífica y enorme pantalla plana.

Imagen de “Plebeian regime”.

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Me gustaría decir tantas cosas, que opto por callarme. Me gustaría imaginarme tantos mundos, que opto por vivir en este en el que estamos, orgulloso y miserable. Me gustaría tanto volar, que dejo mis ilusiones en barbecho. Me gustaría tanto hacer justicia, que prefiero olvidarme de las togas. Me gustaría tanto oler la primavera, que olisqueo los maduros, los húmedos y tumefactos frutos del otoño. Me gustaría tanto escuchar las melodías celestiales, que me inclino de forma compulsiva al terruño de la música electrónica, que es la única que se acompasa a mi corazón, demasiado alejado de la calma. Me gustaría tanto ir en busca de nuevos paraísos, que me encuentro de vuelta de todo. Y permanezco así. Y sobrevivo, así, a todas los anocheceres.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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Reconoces que te gustan especialmente esos momentos de invisibilidad en los que nada importa lo que digas o lo que pienses, porque los demás están pensando en cosas importantes. Sonríes pensando que, mientras tú te vuelcas a inframundos exclusivamente personales, el resto de tu país, revertido en nación, o en patria, o en paraíso simbólico de todos los infiernos, ansía que llegue, por fin, el momento de los resultados, esos instantes dilatados en horas en los que se le saca jugo al gráfico de tarta o de barras, en el que se juega con los colores y los grosores, con los signos positivos y negativos asociados a siglas o a acrónimos, frecuentemente oxímoros de sus desarrollos letra a letra. Mantienes la mirada por la ventana, ahora que solo ves, bajo el cielo ya oscuro, dos luces de farolas que emiten una luz discreta y cálida y un cartel azul con letras blancas y rojas que te saca, por un momento del ensueño. Piensas lo reversible que son las almas humanas, asignadas ahora al cómputo del voto. Aquellas que soñaron y se decepcionaron. Aquellas que son tan pertinaces como los aguaceros en los días de primavera, que defienden lo que es solo suyo. Aquellas que se asoman y se asoman, se intentan y no lo consiguen. Aquellas que solo son sueños. Aquellas que no son, que no serán. También le das vueltas a que ese individualismo puede estar reñido con una conciencia profundamente social, que crees que tienes más abajo de la epidermis, por no decir el que te reprocharán que vivas siempre a distancias nunca más lejanas de un metro a partir de tu ombligo.

Sin embargo, por mucho que lo intentes, no puedes evitarlo. Te dejas mecer por una música country que logra que proyectes tus sueños en una carretera tan larga como la vida, en la que los años son ciudades, en la que los meses son estaciones de servicio, en la que las semanas son señales que pasan casi desapercibidas. En la que los días pasan en un recuento trágico, tanto como para seguir sonriendo, a medio camino entre el rictus del tonto que no sabe nada y el de aquel que sabe, más o menos, cómo acaban todas las historias del mundo.

(Imagen de Matthew Fang.)

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