— Verba Volant

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Contrastes

Estoy sin carretera y con manta, cargado de un frío interior que hiela el alma. Sin punto de origen ni destino, recluido en el último confín de la indiferencia, la dejadez y la apatía. Sin dar pasos que avancen ni respuestas a todos los interrogantes que ya no me brotan, que ya no me interesan.

Estiro la manta para que cubra los hombros y, entonces, los pies quedan al descubierto. Tapo los pies y empieza, otra vez más, el ciclo imposible. La televisión es un espejo donde miro con los ojos vacíos buscando algo que sea un reflejo de otra cosa. Abandono la ciencia ficción a la mitad, paso al melodrama que no me aguanta ni cinco minutos y aprieto el botón de la tragedia. De momento, solo me quedan las historias de amor.

Me cubro de penas con unos auriculares que me transporten a la verdad, al final, al oscuro lugar del que proviene mi talante natural. Y, hoy, me contento con olvidar.

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Leo en la web que se ofrecen muchos cursos de lectura rápida, pero yo no quiero. Yo quiero que me enseñen a leer de manera muy lenta y pausada. Quiero también aprender a pasar las páginas muy despacio, doblándolas con mis dedos. O detenerme en ese tránsito y volver hacia atrás y releer siete veces una palabra que me inspire belleza o ritmo o lo que sea. Deseo con todas mis fuerzas que me enseñen a leer un pasaje y, obnubilado, poder levantar la vista y mirar el espacio que entre las cortinas para sintonizar esas frases con el rayo de luz que entra por la ventana.

Yo no quiero leer y comprender todo de manera eficaz y productiva, no quiero rentabilizar el tiempo que dedico a lo que amo. No quiero apretar el acelerador y que los ojos bombardeen las serifas de las letras, las anulen, les quiten importancia. Quiero ver el grano del papel y pararme antes de empezar un capítulo. Quiero dejarlo todo para comenzar de nuevo.

Lo que más necesito en mi vida es un curso de lectura perezosa, divagadora. No quiero la lectura acelerada.

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Me pregunto si he podido ser yo. Asintomático y alegre, en las poquísimas ocasiones que he salido del confinamiento a la farmacia o al supermercado o a donar sangre porque me lo pidieron. Protegiéndome de los demás, con el miedo en el cuerpo, resulta que todo ha podido suceder al revés de como pensaba.

Me pregunto si he podido ser yo. El causante de transmisión, pasándole la bola a otro y este a otro y este a otro más. Si he podido toser sin protección, aunque no lo piense, aunque no lo pienso. Si una cercanía no deseada ha generado que la cosa se traslade, se pose y traspase hacia los lugares nada deseados, pero propicios.

Me pregunto si, en el caso de que esa bola haya pasado de uno a otro, alguien ha podido quedar afectado gravemente, mermadas sus facultades, encerrado sin sus familiares, sin nada que no sean trajes de pesadilla en mundos de ciencia ficción. O si esa bola ha pesado tanto que ha mandado al mundo de las tinieblas a otro ser humano, agonizando en soledad, velado en la oscura individualidad de la nada, confinado para siempre, fuera de todo nuestro recuerdo.

Me pregunto, cada vez más insistentemente. ¿He podido ser yo?

Reflexión en torno a Mateo, 26:25 con imagen de Irina Souiki.

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Me siento a escribir siempre con buenas ideas, que desaparecen como por arte de magia cuando pulso la primera tecla. En mi cabeza, discurro sobre la soledad y la compañía y me vienen avalanchas de palabras exactas, ajustadas a conceptos precisos, dispuestas en períodos sintácticos llenos de elegancia. Y expreso perfectamente mis sueños y mis anhelos y mis frustraciones y mis realidades.

Bueno, no mis realidades, que no existen. Solo son manifestaciones de algo mediatizado por una percepción que es una manera de ver el mundo. Ni mi realidad ni la realidad, sino algo que está a medias. A veces, cuando quiero contar algo, pienso en un cuadro que me gusta. Y creo que sería un buen recurso describirlo, ponerle lengua a algo que es visual. O, cuando quiero subrayar algo, me siento inclinado a ponerle manifestación escrita a unas notas musicales que me agradan, que me llenan la vida de una felicidad que, como la realidad, tampoco existe, como tampoco existe exactamente la tristeza.

Me siento a escribir y los dedos esperan a la cabeza y la cabeza a los dedos. Y pulso la tecla de retroceso como manifestación de una frustración pequeña. Y selecciono con el ratón oraciones, a veces, otras veces párrafos enteros para mandarlos a la basura, esa metáfora tan bien avenida de papelera que ya no recicla. Otras, más optimista, pulso la tecla de avance de párrafo y dejo en suspensión para más adelante una modificación que no haré nunca. Me siento a escribir sobre cientos de borradores adocenados, sobre miles de notitas olvidadas en alguna parte que no se manifiesta.

Y las realidades, la felicidad y la tristeza ni siquiera llega a la ficción, llena de buenas intenciones, pero ninguna explosión, ningún movimiento tectónico. Ninguna réplica.

La imagen es de Julio César Cerletti .

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Me gustaría contemplar otra vez el mundo con sus ojos. Ahora mismo, lo intento, me pongo en su lugar y espero. Nada. Quizás sea una manera, puede que falte algo, un cómo mágico que solo se produce con su mirada, no sé.

Es una manera de ver estrellas sin ver el cielo o una manera de ver más allá de las nubes cuando el cielo está despejado. En cualquier caso, siento que faltan estrellas y nubes, noches y días. Imaginar un lugar donde ha estado, un tiempo por el que ha pasado.

Es una forma de estar sin vivir , una forma sencilla de experimentar algo que es, en sí mismo, bastante complejo. Pero me gustaría, ahora mismo, estar aquí, allí.

Imagen de Makis Siderakis. El texto iba a ser una canción prosificada, pero se ha desviado tanto que ya no lo considero como tal.

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Alguien ha escrito en Twitter una frase que me ha gustado y lo he comentado por ahí. Otro (alguien) me ha dicho que era de Antonio Porchia, que lo ponía en el tuit. Y me ha dicho que tendría que leer a Antonio Porchia, así en general. Yo he dicho que no conocía a Porchia y, acto seguido, otra persona me ha recriminado que no lo conociese. Y otra persona más, que estaba totalmente de acuerdo con las otras, me ha dicho que tendría que leer Voces. Y yo les he dicho que no leo Voces, pero las oigo. Constantemente, entre las paredes del cráneo y que iban y venían en continuo vaivén de hemisferio-plaf en hemisferio-plof.

Se ha sumado otra persona, que ha dicho que menos coñas. Que las Voces de Porchia se leen o se escuchan, pero uno no puede limitarse a oírlas. Yo no he dicho nada, pero he pensado que, cuando se oye para dentro, acabas escuchando esos y otros sonidos y lees en braille en los pliegues de esa nuez un poco grande llamada cerebro.

Cuando tenía ante mí a dieciocho personas dándome lecciones, veía a lo lejos que se aproximaban más y más. Y, entonces, me he acordado de las Voces que oigo en Twitter.

«Sabes tanto de mí y no me comprendes. Saber no es comprender. Podríamos saberlo todo y no comprender nada»

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Hoy quiero contar de forma rápida un conjunto de cosas que me han pasado a lo largo de la semana.

La primera tiene que ver con una árbitra. Estaba viendo un partido del Autocid en la LEB Plata y se daba la circunstancia, afortunadamente nada extraña ya, de que los árbitros fueran dos, como siempre en esa liga, chico y chica. Es una cosa en la que ni siquiera reparo porque no tiene nada que ver con el juego. En todo caso, las primeras veces que ocurría me alegraba pensando que ya era hora de que arbitrasen mujeres en las ligas masculinas.

El caso es que el partido estaba todavía en los prolegómenos del calentamiento y un individuo que tenía delante decía a su amigo de al lado con voz bien alta lo guapa que era la árbitra. Cada uno puede pensar lo que quiera sobre el aspecto físico de las personas que están a la vista y valorar su edad, su estatura, su cabellera o sus orejas. Incluso puede comentarlo a quien quiera, faltaría más, siempre que sea una conversación privada entre personas que quieren hablar de lo que les salga de las narices. Pero el tipo, al que llamaremos ya directamente el idiota, lo dijo con una voz rasgada y un volumen que no venía a cuento.

Todos los idiotas, al parecer, están encantados de reconocerse como tales porque lo de la árbitra guapa lo sacó a relucir alguna vez más. Lo auténticamente vomitivo aconteció cuando lo gritó un par de veces en voz alta a lo largo del partido para que ella lo oyera. Los árbitros están acostumbrados a todo menos a que les llamen guapos. Pero está claro que aquí nadie tenía por qué alegrarse de las ocurrencias de un tipo que tendría que callarse o ser más educado o yo qué sé. Pero es demasiado pedirle estas cosas a un idiota.

La segunda tiene que ver con Twitter. La policía municipal escribía un tuit contando el altercado ocurrido entre unos corredores y un ciclista. Este último debió sacar el candado a pasear por la cabeza de alguno de los corredores y se armó la de dios es cristo. Resulta que la policía, en una frase posterior hablaba de «el conductor». Yo les dije que el tuit no quedaba claro y ellos me respondieron que el que conduce era conductor, cosa obvia que todo el mundo sabe. Y yo les dije que, pese a ello, si dicen ciclista la cosa está más clara. Porque si yo cuento que «Un niño de siete que iba en bicicleta con su madre tuvo un problema por el carril bici. Una anciana iba a cruzar y el conductor no respetó un paso de peatones» la cosa no queda clara. Sin embargo, hubo cinco personas que le dieron un me gusta a la contestación de la policía sobre el concepto de conductor. Un listo incluso me dijo que me habían dado un rasca en toda la boca. Y yo me quedé pensando profundamente en esos cinco «me gusta» y me daba pánico la manera que tienen algunos de entender el mundo.

En resumen, al menos cohabitan en este mundo un idiota y cinco personas de pensamiento leve en este mundo. O, al menos, eso he podido descubrir a lo largo de esta semana. A algunos les parecerá poco, claro, aunque lo de la árbitra «guapa» no sea algo menor. Eso es que no han vivido la historia que ha ocurrido hoy en mi despacho durante cuarenta minutos interminables. Una historia que no contaré porque no tengo palabras.

La imagen es de Olle Svensson.

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ADVERTENCIA: después de escuchar algunas observaciones, la entrada que vas a leer no es exactamente como la que había escrito originalmente. Por un lado, el bueno, le he quitado un poco de sarcasmos; por otro, el malo, he subrayado algún aspecto negativo que me ha señalado Juan Ignacio (Carrasco), que también ha aportado una observación muy oportuna que he incorporado también. Ahí va.

En la puerta del baño de mujeres de la Facultad de Humanidades y Comunicación de mi universidad, alguien ha puesto el cartel que aparece en la imagen de un poquito más arriba.

CIERREN LA PUERTA

POR FAVOR

SALEN OLORES AL PASILLO

Lo veo todos los días antes de llegar a mi despacho por el pasillo y confieso que no me gusta nada. Por lo que alcanzo a saber, no es un mensaje puesto de manera «institucional» por el personal de información y conserjería, de mantenimiento o de limpieza, sino una «alegre» iniciativa de alguna persona escrupulosa.

El mensaje me parece poco adecuado desde todos los puntos de vista. Me pregunto si era necesario un mensaje como este, en el que abundan los detalles. «Cierren la puerta, por favor» me parecería lo correcto. Cualquiera con sentido común entiende que un enunciado como este tiene una razón que no hace falta especificar.

En un mensaje «extendido» como este, que detalla la propagación (y propalación) de olores al pasillo, «por favor» es un elemento que, lejos de resultar cortés, parece displicente y, si se me apura, ejemplarizante: el «universo» de las puertas para fuera, abiertas, sería el de las personas que no son conscientes del daño olfativo para los que circulan por el pasillo; el universo de las puertas para dentro, cerradas, es el de la contención necesaria y el de la buena educación. Pero el mero hecho de extenderlo y detallarlo provoca, a mi juicio, el efecto contrario.

Cuando veo el cartel, todos los días en toda su dimensión, no dejo de pensar que el mensaje me huele muy mal. Y ahora no deja de asaltarme una pregunta: ¿por qué la persona que ha puesto el cartelito ha decidido ponerlo por dentro en vez de por fuera?

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foto abajo izquierdo

Espero siempre con ilusión la llegada de las nuevas ediciones del festival Escena Abierta, un proyecto teatral que organizan la Universidad de Burgos y el Ayuntamiento de Burgos y que llega ya a 21 ediciones con propuestas muy interesantes e innovadoras alejadas del teatro convencional. Escena Abierta explora nuevos acercamientos al hecho dramático y acierta casi siempre. En suma, es vivificador para el panorama cultural burgalés que exista un festival de esta magnitud y calidad, en el que he tenido ocasión de disfrutar con obras auténticamente fascinantes.

Acudí el pasado lunes al Centro Cultural La Estación al estreno absoluto de Diagnóstico con grandes expectativas , una pieza artística de Abajo Izquierdo. En las noticias previas, nos decían que mezclaba psiquiatría y psicología clínica con el mundo del arte, que era una pieza que nos serviría para cuestionarnos los límites de la racionalidad, que nos enseñaría a situarnos frente a la locura y lo artístico. Todo ello, desde la intimidad del artista, en una sinceridad proyectada a partir de las acciones de los personajes. Al final, un psiquiatra o psicólogo clínico emitiría un diagnóstico.

Hay un espacio en el que están distribuidas unas «bisillas» (esas que ilustran la entrada) en las que nos invitan a sentarnos y no sabemos exactamente cuándo comienza la obra, porque hay una serie de problemas técnicos y ajustes que demoran su inicio y que no sabes si forman parte de la obra en sí o no. A la izquierda, hay una urna vertical, estrecha, en la que se encuentra un hombre desnudo. A la derecha, una urna vertical idéntica a la anterior en la que se encuentran unos personajes realizando esos ajustes y que será el ámbito de actuación de los dos personajes, un hombre y una mujer. En el centro, una pantalla para proyectar vídeo. Cuando la obra comienza «de verdad», me encuentro ante un gran dilema ético-artístico. Veo y escucho y no comprendo nada, aunque intento entender. Me digo a mí mismo que soy víctima de mi propia contradicción, porque sé que el arte no está hecho para ser entendido, sino para ser sentido. Pero no puedo evitar intentar sentir sin sentir, sin conseguirlo, y me vuelvo a interrogar para comprender por qué no logro meterme en la obra o, al menos, en el proceso de la obra. Porque la obra son esas dos cosas simultáneamente. Luego llega mi segunda contradicción: pienso que esto es una chorrada mayúscula que se le ocurre a cualquiera. Y revivo los momentos en los que me río de los que están ante una obra pictórica de vanguardia y alguien suelta aquello de «Eso lo hace mi hijo de cinco años». Sigo intentando introducirme en la obra y no pensar que es una puerilidad, cuando llega el momento.

Todo lo que intento comprender para gozar de la experiencia creativa, artística; todo lo que intento deducir mientras aumenta mi impaciencia me lo «explica» el actor de la derecha, que es actor y «autor» a la vez. Nos dice que lo que vemos es lo que él ha sido, que nosotros contemplamos el proceso. Y ahí es cuando abandono definitivamente mi intento de gozar. La explicación en sí misma me decepciona tanto, me deja tan indiferente, me aburre tanto en su aparente profundidad que me agota. Contemplo dilatándose hasta la extenuación ese proceso de experiencia creativa vista desde dentro y desde fuera, con ese «autor» que me parece un Pepito Grillo, explicador poco pertinente porque pienso que, en todo caso, la obra debería explicarse en sí misma.

Abandono muchos detalles (el modo de pintase, de retratarse, de aclararse y oscurecerse, de descubrirse, víctimas sencillas de un universo abarrotado) de ese proceso de tedio y decepción para ir hasta la parte final. En ese momento el «autor» nos habla de la paciencia, de que todo está concebido para que nos sintamos incómodos, para que experimentemos la impaciencia, que resulta una alegoría, parece, de nuestro modo de vivir y resulta algo propio también del proceso artista. Y yo me siento como un lelo, teniendo en cuenta que, justamente en la entrada anterior a esta hablo de la necesidad de la calma en mi vida, en nuestras vidas. Y pienso que no, que no quiero calma, que quiero impaciencia, chispa, que las cosas surjan sin dilatarse demasiado. Porque a mí me gusta detenerme en la calma de las cosas que disfruto, pero no quiero estirar el tiempo para que nadie me demuestre mi propia impaciencia. No es que no admita que me den lecciones, porque agradezco todas y cada una de las lecciones de belleza y de pensamiento y de sentimiento que me han dado los libros, las películas, la pintura, las obras de teatro. ¡El arte y la creación han cambiado tanto mi vida, mis vidas! El proceso me ha recordado a uno de las modalidades poéticas que más odio: las fábulas tipo Samaniego, que me enervan, me sublevan.

Luego llega el momento del diagnóstico. En este caso, le toca emitir el «veredicto» a un psiquiatra de prestigio en mi ciudad (también artista, por cierto) y habla no sé si con sinceridad o para quedar bien, no estoy seguro del todo. Como cada uno se queda con lo que quiere, yo me quedo con lo que creo más sincero de su discurso, una palabra que he empleado antes: «puerilidad». ¿Qué dirán los psiquiatras y psicólogos en días venideros?

A mí, después de ver la obra con su diagnóstico incorporado, todo me resulta un acto absoluto de vanidad pretenciosa. ¿De verdad alguien diseña una obra con un proceso artístico para que se lo diagnostiquen? ¿Hacen falta cuatro días y cuatro profesionales? ¿De verdad es necesario un diagnóstico?

El psiquiatra acaba y es aplaudido en su intento. Luego, el «autor» nos invita a dibujar las sillas en las que estamos sentados. Después proyectan unos cuantos dibujos elegidos y nos los explica, por si no hemos entendido y atendido lo suficiente. No tengo palabras para ese momento, lo confieso. A todo esto, no paro de mirar el reloj. En una cosa tiene razón el autor: es esta una obra para probar nuestra paciencia, para ajustar nuestros nervios a la exasperación.

Para finalizar-finalizar, dice que la obra puede cambiar de signo cada día, que podemos ir otro día a comprobarlo. Yo tengo una sincera curiosidad y me pregunto si todo va a ser tan malo como la experiencia personal que he padecido. Algunas personas de mi alrededor (público, es conveniente decirlo, que sabe a lo que va y conoce lo que es el teatro experimental) esbozan una sonrisa. Una chica próxima susurra: «Ni de coña».

Cuando la obra acaba, ya de verdad, aplaude muy poca gente (otros ya se han ido). Y, yo que soy persona insegura por naturaleza, no me queda otra que preguntarme, sinceramente, si soy tonto, si soy insensible, si soy un tradicional o si me he perdido algo. No he compartido mi experiencia con otros espectadores, pero me gustaría muchísimo saber si le ha gustado a alguien y por qué. No puedo evitar deslindar placer de comprensión y de conocimiento. Lo reconozco.

Como estas líneas pueden resultar un poco duras, he de decir que tiendo a ser benévolo con las cosas que veo, leo y escucho, que me quedo con lo bueno y no me ensaño con lo negativo. Pero, ahora ya sí, me callo.

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