Creíais que esto era el final y descubrís ahora que es sólo el principio: os sentasteis en un pupitre con tres añitos para dibujar, cantar y esbozar ilusiones, y salís con una mochila desgastada por el roce de vuestros sueños, con unas carpetas abarrotadas de apuntes con las esquinas dobladas, con los bolígrafos exhaustos de una escritura volcada en la rutina diaria. Sin embargo, vuestro cansancio, el hastío de asistir a las clases cuando el sol calienta, os impide levantar la vista para recobrar la ilusión por lo que os espera, por todos los inicios de los finales del resto de vuestras vidas.
La rutina, el desayuno apresurado, la subida de escaleras que, a las ocho y media de la mañana se hacen eternas, esas clases de rollos interminables, esconden algunos de los recuerdos que perdurarán en vuestras vidas. Siento deciros esto, pero mañana haréis todas esas cosas todos juntos casi por última vez. El hábito os impedirá ser conscientes de que, a partir de ahora, vuestras vidas se separarán del único modo que sabe la sucesión lógica de los días, de los meses, de los años. Prometeréis reuniones para tomar café, para ir a cenar, para mil cosas. No penséis ni por un momento que esas promesas se cumplirán: cuando salgáis por última vez por esa puerta (¡cuántas veces os la cerraron en las narices por llegar tarde!), nada será lo mismo. Por eso, al acto de mañana yo nunca lo llamo ceremonia de graduación, sino la fiesta de despedida.
Las despedidas no son malas. Son la lógica eterna de la vida, que es un eterno encontrarse y desencontrarse, un cúmulo de inicios y de finales, una metáfora del gran inicio y de la gran meta. Hoy cerráis una bella etapa. Sobre la estructura de vuestros cuerpos, los años os regalarán cicatrices, canas, úlceras, roturas y rupturas. Os iréis llenando de experiencias que os harán más sabios. O más tontos. O más desgraciados. O más felices. O –lo más probable– toda una amalgama de esas cosas que se llaman Vida.
Me siento particularmente orgulloso de haber sido, en algún momento, una parte pequeña de vuestras vidas. Ojalá podáis desbrozar los problemas que os esperan al ritmo del análisis sintáctico: buscad los verbos, los nexos, si los sucesos van juntos o separados, descomponed para comprender, juntad para generalizar... Ojalá podáis enfrentaros a los miles de amaneceres con la perspectiva de una bellas líneas que tratan de amor. Nos hemos reído. Me habéis aguantado. Hemos ido trazando una línea o varias todos juntos, entre los desencuentros y la armonía. Pese a intentarlo, nunca existió la clase perfecta, aquélla que todo profesor desearía haberos regalado. Sin embargo, nos quedan muchos ratos de sonrisas. Nos quedan algunas películas que nos enseñaron a ser humanos, aunque nunca podamos estar seguros de lo que somos. Siempre os quedará la alabanza de Mondrian, incluso aunque sea estúpido.
Ahora todo esto queda muy cercano. Dentro de poco, todo formará parte de un recuerdo. Mañana os juntaréis en un acto bello pero protocolario, rodeado de todos los que os han acompañado en estos dieciocho años. En vuestras casas, en vuestras clases, en vuestras almas. Y a mí ya no me quedará casi nada que decir. Y, como Roy, soy ese replicante que dice sus últimas palabras:
Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Vosotros, sin embargo, sois esa paloma que aletea hacia ese azul infinito.
Hace ya unos cuantos meses hablábamos del espanto de los planes de lectura y ahora tocan las famosas, temibles y horripilantes fichas de lectura. Es costumbre muy arraigada entre el profesorado de Lengua y Literatura en la educación secundaria mandar realizar fichas de lectura de las lecturas obligatorias de libros. A cualquiera que tenga dos dedos de frente se le puede ocurrir que esto de fiscalizar la lectura tiene las consecuencias contrarias a las que los profesores se proponen como principio: el gusto por la lectura.
El profesor de Literatura lucha en muchos frentes y con enemigos de distinta índole y su propósito suele ser bueno. Él sabe de los beneficios de la lectura, la ha disfrutado en sus carnes y quiere inyectar a sus alumnos el antídoto contra la estupidez, pero ha elegido mal sus armas.
Es cierto que hay alumnos que no leen si no se les obliga. Sin embargo, ¿acabarán degustando la lectura por la vía de la obligación?
Es cierto que hay muchos alumnos que, si leen, leen de forma desordenada y con poco criterio. Sin embargo, ¿no es cierto que todos los que amamos la lectura lo hacemos más o menos así y no nos gustan las imposiciones? ¿No es cierto, además, que el poco criterio se lo hemos inculcado nosotros haciéndoles pasar por un sinfín de libros que no merecen la pena, sin ninguna calidad añadida al marchamo «literatura juvenil?
Es cierto que la enseñanza de la Literatura ha de programarse y escalonarse de una forma más o menos seria. Sin embargo, ¿no es menos cierto que el trabajo día a día en una clase con una buena motivación, con buenas recomendaciones y con los estímulos adecuados puede conducirnos a mejores resultados?
No nos vendría mal a los profesores darnos un paseo por dos libros de Daniel Pennac, Mal de escuela y –sobre todo– Como una novela. A muchos estas dos obras les servirían para repensar lo que están haciendo, por muy buena intención que tengan. Bien es cierto que muchos profesores han perdido el gusto por leer, que buscan la lectura como excusa, que se se escudan en su trabajo cotidiano para leer siempre lo mismo («A ver si este libro que ha salido nuevo les gusta a los chicos»), que han perdido horizontes y perspectivas porque ya no leen ensayos sobre su trabajo, que no se actualizan. Pero todas sus frustraciones no se solucionan con las famosas y horripilantes fichas de lectura. He oído excusas de todo tipo para exigirlas, pero a mí siempre me cabe la misma pregunta: ¿qué pasaría si alguien me mandara hacer esa misma ficha de lectura de los libros que leo? Creo que la respuesta entre los amantes de la lectura sería la misma.
En cualquier caso, me imagino la reacción de los alumnos. A fin de cuentas, es una tarea más de las muchas que tienen que hacer en el colegio o en el instituto y, por lo tanto, nunca percibirán la lectura de la Literatura como algo diferenciador, único y especial.
Quememos, entre todos, las fichas de lectura. Hagamos de la lectura un maravilloso vicio sin castigo. No convirtamos los libros en trámites de documentos administrativos.
(Como las entradas sobre estas cuestiones suelen tomarlas mis conocidos –y son más de uno y más de dos los que suelen sentirse aludidos–como ataques personales, diré que el post de hoy lo ha motivado el ver el modelo de ficha de lectura que tiene que hacer mi hijo en su lectura obligatoria de estas vacaciones . La imagen es de José Ramón Vega.)
Me he pasado gran parte del día pegado a pantallas de formatos diversos. En parte, ha sido por vicio (la tercera temporada de Damages lo merece; El secreto de sus ojos lo está mereciendo). En parte, ha sido un día de trabajo con pocas recompensas: apuntes colgados en mi sitio web con un servidor que se resistía de forma contumaz; correos que había que contestar de forma inminente; flecos varios. Definitivamente, el fin de semana se ha pasado sin haber hecho nada relevante, pero también ha impedido el paso de momentos totalmente agradables, excepcionales y extraordinarios.
Lo siento, pero he de decirlo: el trabajo de profesor tiene mucho de esos momentos ingratos, de horas robadas a las historias personales y que no conducen a ninguna parte. No todos los días se escribe un artículo genial. No todos los momentos aportan ideas de relevancia. No hay muchos minutos en los que sirvas realmente para mucho. Pocos instantes para preparar la clase definitiva. El trabajo se convierte en un suma y sigue sin final y sin mucho sentido que no sea el de la supervivencia. Además, es un trabajo que no se nota ni se siente. La mayor parte de la población mundial piensa que nos pasamos la existencia tocándonos la punta del níspero o el equivalente femenino. No hay nada de lo hecho hoy que justifique vehementemente el deber cumplido. No hay sueldo que lo pague. No hay nadie que lo sepa. No hay ninguna agencia de acreditación que valore estos pormenores.
Si uno hace balance, descubre una cantidad ingente de horas, de días y semanas con esfuerzos baldíos. Mientras todos nos imaginan entre vacaciones perpetuas, entre fines de semana interminables, entre días llenos de ocio y tiempo libre, la realidad nos ata muchas veces a una silla y un ordenador para intentar ser mejores en nuestro oficio, para que el engranaje por el que transmitimos conocimientos y competencias no se oxide.
Quizá mañana, al ver unas caras somnolientas, me anime pensando en las conciencias y consciencias que quedan todavía por despertar. Por eso, mañana –cada mañana– es siempre otro y el mismo día.
Estamos en época de exámenes, así que no me resisto a hablar de ello. Lo haré de manera breve y pausada, cosa aconsejable en mi estado de cabreo supino. No sé qué es lo que no funciona en el sistema universitario o en la mente de algunos profesores y alumnos, pero me encuentro con varias situaciones preocupantes.
Por ejemplo, recibo frecuentemente correos electrónicos en los que se pervierte la ortografía, la gramática y la redacción con total impunidad.
Por ejemplo, los alumnos se amparan en que no pueden asistir a clase por los motivos más variopintos para que se les facilite todo el trabajo. Se ve que los alumnos que cumplen su trabajo como es debido son de una casta inferior. Antes, un alumno decidía ir a clase o no ir. En este último caso, se buscaba la vida sin involucrar al profesor.
Por ejemplo, los alumnos que deciden no asistir a clase te preguntan dónde pueden conseguir los manuales de referencia básicos una semana antes del examen. Juro que no estoy de broma: algunos dicen que son caros y si conozco algún modo de sacarlos más baratos. Otros dicen que es que ahora los ejemplares de la biblioteca están cogidos. Y otros, sin más, deciden que les vas a dejar tu ejemplar y, a hechos consumados, te piden que se los dejes en un momento que ellos tengan libre.
¿Qué le pasa a la Universidad? ¿Qué nos pasa? Y la última: ¿qué fuerzas dedicamos a lo que merece la pena?
Se ha hablado en Verba volant sobre la enseñanza, a veces con criterios reformistas; casi siempre con matices positivos. Naturalmente, el que uno lleve veinte años ganándose la vida en el oficio tiene algo que ver con esa visión positiva. La profesión es, vacaciones aparte, muy dura en muchos aspectos y es preciso reivindicar las muchas cosas positivas del oficio de enseñar ante la sociedad. Pero hoy, como es viernes, me ha dado la vena canalla y voy a hablar desde otra óptica menos complaciente. Como suele ocurrir últimamente, me ha venido la inspiración gracias a la magistral Californication (tercera temporada, capítulo 11). en un momento de la serie, oímos a uno de los personajes: «Eso es lo bonito de la enseñanza. Ninguno de nosotros puede funcionar en el mundo real, por eso acabamos aquí». Con los debidos matices, tiene más razón que un santo.
Los profesores somos, en muchas ocasiones, unos entes extraños y escurridizos y no tenemos bien engrasados los mecanismos de funcionamiento en el mundo real. Contamos con varios defectos graves. Por ejemplo, siempre nos sentimos superiores en todo a nuestros alumnos, aunque es la inteligencia uno de nuestros aspectos más queridos. Nos creemos más listos que nuestros alumnos y nos gusta aspirar esa falsa superioridad en cada momento. Nos gusta escucharnos. En ocasiones, nos gusta más demostrar que sabemos mucho a conseguir que nuestros alumnos aprendan. Conozco profesores cuyos alumnos, durante años, han tenido tantas notas ínfimas como aprobados: jamás se han parado en repensar su metodología. Alegan falta de trabajo por parte de sus alumnos (lo cual podría ser cierto), pero si a ellos les hubieran aplicado ese nivel de exigencia a esos años seguirían repitiendo bachillerato. Por regla general, somos malos compañeros. No aplicamos en nosotros mismos los valores que queremos inculcar a los demás. Funcionamos bien, mal o regular en las clases pero somos muy poco hábiles, eficaces y constructivos en el trabajo colectivo. Preferimos los alumnos-mueble a los alumnos talentosos pero diferentes. Alabamos más la sumisión mediocre que un talento obtuso. Atendemos poco a las necesidades de los alumnos excelentes y, sin que sea una paradoja, despreciamos el trabajo con los que más lo necesitan. Nos gusta el cotilleo, el cuchicheo y la delación para salvar el culo cuando las cosas vienen mal dadas. Nos formamos poco. Hay muchos profesores que piensan que la titulación y las enseñanzas que tuvimos en tiempos sumamente pretéritos nos avala para un conocimiento universal o perpetuo. Nos apuntamos a los cursillos de formación (que, la verdad sea dicha, suelen ser muy malos) sólo si nos obligan o si dan puntos, pero somos renuentes a aceptar que nos queda mucho por saber y que hay que actualizarse desde el punto de vista del conocimiento, pero también desde el punto de vista pedagógico. Somos cabezotas y persistimos en el error. Pensamos con frecuencia que nuestras asignaturas son más importantes que las demás. Por supuesto, también pensamos que las impartimos mejor que el resto de los mortales. Y, claro está, nos creemos dueños y señores de nuestros exiguos feudos. Por último, como al resto de los mortales, nos gusta el poder. Algunos pasean su cargo (o lo han paseado) como si hubieran ganado la playa de Omaha en el desembarco de Normandía.
Todo lo dicho, en mayor o menor medida, con un rasero o con otro, es aplicable a todos los niveles de la enseñanza. Y eso es lo grave: educamos para vivir en mundo más allá del nuestro y lo hacemos sentados en la poltrona de nuestro minúsculo e insignificante mundo particular. Así les va. Así nos va.
Esther tiene dieciocho años, lo que significa que cuenta ya con algo de pasado y mucho más futuro. Es la ventaja de tener dieciocho años. La conocí hace dos en una aula repleta de chicos con los que no tenía casi ninguna relación. Era una de los nuevos. Al principio, no me llamó la atención. Era menuda y algo tímida. Soy muy torpe para conocer a los alumnos durante las primeras semanas, así que sólo me daba cuenta de que era de las que cumplían con sus obligaciones. Más tarde, me di cuenta de que cumplía con sus obligaciones y lo hacía siempre bien. Los días fueron pasando y me di cuenta de que, además, siempre planteaba las preguntas justas. Sin destacar ni dárselas de lista, dando en el clavo como un percutor de precisión.
Pasó un poco más de tiempo, pasó de curso y, como en el mundo académico las casualidades no existen, siguió avanzando su camino extraordinario en todas las asignaturas. Sus comentarios de textos eran distintos, respondiéndolos con el asombro que le da a un profesor ver las cosas completas. Sus análisis no sólo eran adecuados, sino que manejaba el bisturí sintáctico resolviendo incluso las cosas difíciles.
Esther no tiene nada de empollona, ni de sobrada, ni de repipi. Es una tía normal, con amigas normales. Se echó un novio que es un buen tipo, algo --mucho-- más vago que ella, pero que va creciendo también a su lado, con ella, entre ellos. Es una mujer que regala siempre con una sonrisa franca. No es de esas que retiene los labios hacia arriba un segundo de más, sino que sus gestos la hacen transparentes.
Un error de fechas casi la aparta de su sueño académico, la carrera de Medicina, pero el mundo, que muchas veces es injusto, le ha devuelto a ella toda su rectitud y se marchará a Valladolid para bregar con los músculos, los huesos y las glándulas. Esther es una de esas personas que quieren ser médicos porque les gusta, sin más, lejana al deseo del escalafón social alto. Te deseo todo el éxito del mundo, aunque sé que el éxito siempre tiene algo que ver con lo que uno se trae entre manos, con lo que uno tiene en su cabeza. Cuando esté muy mayor y muy perjudicado, no me importaría nada encontrarme en el box de urgencias y toparme con ella. Me sentiría muy seguro y tranquilo. Es lo que tiene encontrarse con alguien que se toma en serio lo que hace, que siempre elige de forma ponderada, que tiene una inteligencia poderosa y que sabe aplicarla a todos los rinconcitos de su vida.
Te lo repito, Esther: te deseo toda la suerte del mundo. Sabes dónde dejas buenos amigos. Mientras tanto, tu chico y yo tendremos más que palabras (ya sabes que hay testimonios gráficos) hasta la lejana primavera.
No sé por qué, pero últimamente no escribo más que sobre la enseñanza. No me gusta mucho dar vueltas a estos temas con los que convivo en el día a día, pero últimamente la patata de la educación anda tan caliente que hay que atreverse a meter la mano en las brasas.
Hoy quiero hablar del debate existente en la sociedad sobre la pérdida de respeto a los profesores y la merma de su autoridad. Obviamente, estos dos asuntos son tan serios como para no tomarlos a la ligera. El papel del profesor en la actualidad está viviendo horas bajas, eso nadie lo duda. Los medios de comunicación y la experiencia personal alumbran unos cuantos casos y es un fenómeno que se extiende desde la educación primaria hasta la universitaria. Sin embargo, no me gustan nada las medidas que algunos proponen para solucionar el problema «a la francesa». ¿De verdad el tratar de usted a los profesores o el ponerse en pie cuando ellos entren en clase es una muestra del respeto de los alumnos y de la autoridad de los profesores? Eso me recuerda a los padres que contaban que tenían que tratar a los padres de usted. ¿Eran aquellos mejores padres e hijos? ¿Se solucionaría el problema con la implantación de una ley marcial, con alineaciones --y alienaciones-- de los alumnos en el patio a golpe de silbato?
Quizá el problema del respeto y la autoridad no sea tan sólo algo de nuestro presente; quizá obedezca a todos los presentes de la historia de la educación. Mi padre nació en 1925 y se educó en colegios de Miranda de Ebro y de Vitoria. Recuerdo muchas de las anécdotas que contaba de esos años de colegio, pero la que más me impresionaba era cuando contaba que, el último día de curso, todos los alumnos cogían los tinteros y los estampaban contra la fachada del edificio. ¿Os imagináis el revuelo mediático si ocurriera algo similar en la actualidad?
Tengo la suerte de haber sido respetado por la casi totalidad de mis alumnos en los veinte años que llevo dando clase. También creo tener autoridad en el aula y fuera de ella. Compagino ambas con un trato más que afable con mis alumnos, entre bromas mutuas y en un ambiente distendido, que creo que es el óptimo para aprender. Eso no significa nunca que no sepamos en qué lado estamos profesor y alumno. No hemos perdido en ningún momento la vertical ni la horizontal. El que los alumnos se levanten al unísono cuando yo entro en clase no añadiría ni quitaría ninguna autoridad. El profesor de esa inquietante película que es La ola consigue de sus alumnos esa y otras muchas cosas y, sin embargo, los derroteros llevan hacia otro lado, un autoritarismo de laboratorio.
Es cierto que hay que establecer mecanismos para que no haya faltas de respeto ni de disciplina. Es cierto que hay que crear una conciencia social de lo importante y respetable que es el oficio de enseñar. Es cierto que muchos profesores han pasado por experiencias desagradables que no están incluidas en el título que obtuvo ni en el sueldo que le pagan. Es cierto que tenemos que fomentar el trabajo serio y responsable. En este contexto, un usted y un «A sus órdenes, Mein Herr» son detalles irrelevantes que no conducen a nada.
Y otra cosa, que justifica el título de la entrada: no soy oyente habitual de la radio vespertina, pero el otro día tuve la ocasión de escuchar un programa en el que se hablaba de este tema. Hablaba un fulano que, con voz rasgada y compungida, decía que conocía personalmente a muchas personas que habían tenido que abandonar la enseñanza por culpa de los alumnos. Puede estar en lo cierto, no conozco el contexto. En mi caso, conozco también a compañeros de diferentes latitudes que han acabado de baja y que han abandonado la enseñanza. En esos ejemplos que conozco, se habían dado también otras malas prácticas que no partían de la parte baja del árbol, sino que estaban en la copa. Malos modos, gritos, menoscabo del trabajo de cada uno, insultos, puñaladas por la espalda. Porque --no lo olvidemos-- las faltas de respeto y los problemas de autoridad están en todos los sitios. Buscar sólo en un sitio es errar el tiro.
Estamos en pleno periodo de reforma protestante. Así llamo --con cariño-- a los días de revisión de exámenes en la universidad. Para mi suerte o mi desgracia, algunas titulaciones de letras están bien nutridas de estudiantes en las asignaturas que imparto, por lo que es lógico que «caiga» más de uno --y de dos, y de tres-- en los exámenes de septiembre.
Con el tiempo, la seriedad en el procedimiento y los plazos es mucho más grande que la penuria con la que vivíamos los que estudiamos allá por el año de la polca. Ahora el grado de indefensión del alumno respecto a todas las cuestiones que tienen que ver con sus calificaciones es mucho menor, y es bueno que así sea. Pero en esa lógica interna del sistema se cuelan los mayores disparates.
Uno de ellos es la costumbre que han cogido algunos estudiantes de pensar que todo es lícito: llegar tarde a los exámenes y soltar exabruptos cuando no se les permite la entrada; querer que se les haga el examen otro día porque el día de la prueba fue demasiado pronto; alegar un millón de incompatibilidades no justificadas ni justificables. Esa sólo es la primera capa del pastel, que continúa con súplicas por el aprobado porque se pierde una beca (aunque jamás se haya asistido a clase, ni se haya profundizado en los contenidos, ni se hayan consultado dudas por correo electrónico o en las tutorías). Encima del bizcocho también tenemos la nata de los que quieren sustituir el examen que han hecho mal por «un trabajillo», o los que afirman que es imposible aprobar, aunque nunca lo hayan intentado y las estadísticas globales afirmen, más bien, lo contrario. Y la guinda está en los modales. Entradas avasalladoras en el despacho sin llamar a la puerta ni dar los buenos días; recriminaciones y salidas de tono; disparidad ante lo evidente y enfado ante lo doblemente evidente.
Lo malo es que es una tónica que se está instalando en nuestro sistema y ante la que más de uno se acongoja. En los días en los que uno califica a los alumnos, que son muchos, los profesores estamos sometidos a una gran presión en un acto que es eminentemente interpretativo y en el que creo que intentamos poner la seriedad necesaria y seguir la máxima de «In dubio, pro reo». Como todo sistema tiene sus excepciones, también hay que decir que habrá alguna mala práctica de los docentes, del mismo modo que es cierto, asimismo, que los rebeldes sin causa también abundan en minoría. Pero no sé por qué me parece a mí que los tiempos están cambiando. Si nadie lo remedia, algún día los protestantes invadirán despachos, no se rasgarán sus vestiduras, sino las ajenas y pondrán a sus docentes en la hoguera, practicando un proceso inquisitivo a la inversa.
Encender una cerilla es fácil. Y también tirar la primera piedra. Cuando llegue el momento, que la lancen con delicadeza.
Septiembre es el mes del comienzo de las clases en la enseñanza secundaria y la universitaria (en el caso de los nuevos grados de la UBU, ya han comenzado; para las carreras con los planes de siempre, a finales de mes). Antes de que los alumnos se sienten en sus nuevas clases, los profesores, nos encontramos con nuevos interrogantes y nuevas incertidumbres. Los tiempos han cambiado para todo y la enseñanza no puede quedarse al margen.
Hablé ya hace más de siete meses de mis ideas sobre la educación aplicada a los nuevos tiempos y a las nuevas tecnologías, pero las inquietudes ante este nuevo curso me han obligado a volver sobre ellas. Se debate en todos los ámbitos la necesidad de una enseñanza efectiva, alejada del aprendizaje mecánico y estéril. El mercado laboral está ahora más necesitado que nunca de trabajadores que sean versátiles, eficaces, que sepan resolver problemas e --incluso-- plantear otros nuevos. Por ello, en sus selecciones de personal empiezan a desconfiar de los currículum montados a base de un conocimiento que se ha circunscrito al empleado en dedicar unas cuantas madrugadas a pasar con éxito un examen. Este modelo no garantiza de ninguna manera un conocimiento efectivo, porque lo que se aprende de esa manera suele despejarse de nuestra cabeza con las veintisiete cañas con las que se celebra el bachillerato, la diplomatura o la licenciatura recién estrenados.
La escuela, los institutos, los colegios y las universidades --los centros donde se imparten los ciclos formativos ya han dado el paso hace tiempo-- necesitan un impulso hacia ese conocimiento efectivo. En este contexto, el debatido Plan o proceso de Bolonia nos ha obligado a los profesores universitarios a revisar de manera profunda nuestras herramientas docentes, circunscritas en muchos casos a una clase magistral en la que el magisterio brilla por su ausencia.
Los profesores dogmatizados en esa enseñanza sabionda se oponen al cambio porque piensan que lleva aparejado el mandar un trabajillo, hacer una actividad inútil o valorar que el chaval esté bien sentado y, a ser posible, no se muevea Pero no se trata de que el conocimiento sea poco importante: es el centro de todo y lo será siempre con el espíritu crítico como meta. Se trata, más bien, de los medios para que ese saber sea adquirido. En esa entrada de la que hablaba de la Enseñanza 2.0, con todos sus condicionantes, mencionaba lo importante que es el vehículo por el que se transmite el conocimiento. Que el vehículo es importante lo sabemos todos los que hemos tenido que irnos de vacaciones. Procuramos hacer una revisión de nuestro coche, elegimos el medio de locomoción más adecuado, más veloz (y sí, si es posible, más barato). En la enseñanza, se trata de trazar el recorrido del aprendizaje planificando bien la ruta, teniendo en cuenta los factores, medios y maneras para que el saber sea real y no imaginario. La enseñanza tendente al examen como único vehículo es un engaño similar al que se crea que ha visitado la Polinesia cuando lo que ha visitado es un parque temático en Tarragona.
Los detractores de esta puesta al día también suelen aducir otras razones, que vienen a resumirse que el aprender cuesta esfuerzo y que en la enseñanza no valen los juegos. Estos apocalípticos piensan que la enseñanza enfocada a las competencias es una mariconada que se recume en pasarlo pipa. En el fondo, aprobar sale gratis. Pero lo que se pretende es afinar el punto de mira y disponer de unos instrumentos nuevos, que pueden conllevar más esfuerzo, pero quzás un esfuerzo más placentero y comprensible. Es muy difícil convencer a alguien de la utilidad de empaquetar en la cabeza unos datos sin ton ni son. Esto era rentable en los tiempos en los que las enciclopedias adornaban las estanterías del salón, pero poco eficaz en los tiempos en los que el dato está al alcance del bolsillo.
¿Lo malo para el profesor? Trabajo. Mucho trabajo. Ese mapa de ruta es muy difícil de trazar y hay muchos tramos en obras por el camino. Pero merece la pena, porque la sociedad está necesitada de buenos conocedores y especialistas en todos los ámbitos. Y los profesores somos los intermediarios. Cobramos un peaje, pero el que llega a la meta tiene que valorar si, al final, le ha salido rentable. Somos eso, transmisores. Y ahora hay medios --también teorías-- para transmitir bien nuestras ensezanzas. De tanta enseñanza a base de señales de humo y mapa celeste precopernicano, se nos ha olvidado que quizá, por estos medios, estemos llegando al sinsentido. Algunos, con tanto «contenido», lo están dejando vacío.
Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.
He titulado la entrada «Lectura en clase: el plan» al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear... Todos ellos --y muchos otros-- son factores que conviene no olvidar.
Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados «Planes de fomento de la lectura». Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y --sobre todo-- sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.
Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de «fomento de la lectura» hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe --tristemente-- mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán... pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a «contar cuentos». Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.
Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores, hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: «Seis profesores en busca de autor». Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas... o nacidos precisamente para ese bajo propósito.
Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean... y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando --insisto-- el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.
Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.
No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.
Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie.