
El nuevo espacio europeo para la enseñanza universitaria (sí, el famoso “Plan Bolonia”) va a provocar –de hecho, ya lo está haciendo– un paulatino cambio de rumbo en la educación superior. El sistema de clase magistral, educación vertical y basada exclusivamente en la difusión y aprendizaje de conocimientos (a veces con fundamento, otras muchas sin ton ni son) en la que el profesor es el garante del aprendizaje está evolucionando hacia un tipo de enseñanza mucho más práctica, aplicada y comprensiva, en la que los docentes son más mediadores o canalizadores del conocimiento que ejes centrales sobre los que este se articula. De esta situación nueva conlleva se derivan muchas consecuencias.
Del lado de los profesores, a estos se les acaba el chollo de ir dictando unos apuntes cada vez más trasnochados en una clase en la que se habla para uno mismo o en la que se consigue que los alumnos gasten muchísima tinta, rellenen muchos folios con la inmensa sabiduría del docente y acaben con la mano dolorida. También tiene sus horas contadas el proceso en el que corrige, a lo sumo, un par de trabajos por alumno o curso y una pila más o menos alta de exámenes en los que los alumnos han tenido que demostrar todo lo que saben. Y, por último, el educador tiene que idear un sistema de prácticas suficientemente ponderado y ajustado a un sistema en el que se tienen más en cuenta las competencias que los conocimientos en cuanto tales.
Del lado de los alumnos, les toca un sistema mucho más intensivo y participativo. Se multiplican los trabajos y se segmentan los conocimientos en líneas de fuerza que no concluyen, ni mucho menos, en una prueba “objetiva” al final de un cuatrimestre o de un semestre. Se acaba con el sistema del listo tonto que copia apuntes con letra bonita y se los pasa a los amigos del bar y de la cafetería. Concluye un modo de vida enfocado a jugársela en un par de horas y en el que se demuestra que sabes solo si has ido regurgitando lo que el profesor, en su momento, dijo.
Del sistema en general, se fomenta el trabajo en equipo, se prima el proceso de adquisición de los conocimientos más que estos en sí mismos. Se desarrollan metodologías para que el aprendizaje sea progresivo y para que, de alguna manera, el modo de concebir la realidad y las materias no sean idénticos cuando se entra por un aula en septiembre o en febrero que en febrero o en junio. Y muchas otras cosas.
Por supuesto, habrá muchas voces que digan que todo esto son pamplinas. Lo dicen, por ejemplo, los que no creen en ellas porque son demasiado cómodos o incapaces. Lo dicen, por ejemplo, todos aquellos que, vistas las cosas desde fuera, se fijan en ejemplos que no deberían serlo. Pero, en general, creo que el sistema universitario español va a salir ganando con el proceso. Solo hace falta que se pongan muchas ganas, mucho esfuerzo y que, por último, se tengan fe y confianza en que el futuro puede ser mejor que nuestro pasado.
Y llegamos a la enseñanza secundaria. Fundamentalmente, me refiero a la enseñanza en el bachillerato. Resulta curioso que el sistema sobre el que gira el sistema educativo en educación infantil, primaria, secundaria obligatoria y universitaria gire alrededor de las competencias y esto se ignore casi sistemáticamente en el bachillerato. Sorprende que la mayor parte del sistema sobre el que se estructure este nivel se asiente sobre un examen (o dos, a lo sumo) por evaluación. Y horroriza el que muchos docentes se sustenten en muy pocas calificaciones para dar cuenta, al final del proceso, de los conocimientos de un alumno. Tampoco ayuda mucho, todo hay que decirlo, que el filtro entre la educación secundaria y la universitaria tenga las pruebas de acceso a la universidad de por medio, que tampoco responden a la necesidad de que la enseñanza sea un proceso y no un fin en sí mismos. Pero también es cierto, no hay que olvidarlo, que este proceso selectivo queda reducido a un cuarenta por ciento de la nota final de un alumno.
Por todo ello, creo que hay que finalizar por un entendimiento y comprensión (en todos los sentidos del término) entre la enseñanza media y la universitaria. El sistema educativo español, en su conjunto, tiene que saber qué pretende y por qué lucha y después tiene que actuar en armonizada consecuencia. Docentes y discentes tenemos, a su vez, que bajarnos del burro de la rutina para buscar nuevas fórmulas que aporten la ecuación más perfecta posible. Solo así sabremos que no estamos dando palos de ciego y que el mundo de la enseñanza es algo más que el espacio que media entre las vacaciones y los días no lectivos.
(Imagen de ChemicalSin.)
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