— Verba volant

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Enseñanza

Llevo muchos días preparando exámenes y corrigiéndolos, poniendo notas de prácticas, configurando hojas de cálculo, mandando correos, dando explicaciones, concertando horas para revisiones y entrevistas, haciendo listados de todas las formas, colores y contenidos. Días en los que las horas se acumulaban delante de la pantalla del ordenador. Días en los que, aunque lo intentase, la cabeza siempre estaba pensando en lo mismo, una y otra vez. Todo ello me ha servido, una vez más, para reflexionar sobre nuestra tarea de la evaluación. El otro día escuchaba una reflexión interesante: la educación (sea del nivel que sea) no puede dedicar tanto tiempo a la evaluación. Sobre todo, porque cuando se lo dedicas a la evaluación (tan necesaria, por otro lado), se lo quitas a otras tareas docentes también necesarias, también importantes.

Sin embargo, es en el momento que acaba el proceso de evaluación (quiero decir que acaba el proceso de ese curso en ese semestre: el proceso de evaluación no se acaba nunca) cuando se asoman todas las dudas a mirar por el balcón. Es el momento de dar mil vueltas retroalimentadas sobre si la evaluación ha reflejado el trabajo realizado, sobre si los procedimientos han sido adecuados. En suma, si puede llegar a existir un paralelismo entre lo que ofreces tú y lo que recogen tus alumnos, entre lo que te ofrecen ellos y lo que tú recoges. Te preguntas, al fin, si todo tiene un porqué. Si algo tiene sentido más allá de una nota, una calificación, un número al que añades uno o dos decimales y que se incorpora a una porción de la vida de un alumno.

Ahora pienso más que nunca, que habría que hacer una evaluación de la evaluación misma. Pienso que olvidamos que el proceso de evaluación ha de ser de los alumnos a los profesores, de los profesores a los alumnos, de los alumnos a su trabajo, de los profesores al nuestro.

Y, una vez acabado todo, volveremos a empezar intentando que sea con el pie izquierdo (al fin y al cabo, soy zurdo). Sabiendo que, al final, todo acabará en el mismo punto, unas décimas más allá.

(La fotografía está reproducida con permiso de su autora, Henar: sexundermyhead.)

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En la carrera académica, en la carrera de la vida, llega un momento en el que hay que escoger. La gran pregunta es cómo escoger bien. Ken Robinson, prestigioso profesor universitario británico experto en creatividad, se muestra muy crítico con la manera tradicional en la que se escogen las prioridades educativas.

Para Robinson, la enseñanza ha de servir para intentar mejorar el nivel económico, para intentar comprender mejor el mundo y para dar lo mejor de nosotros mismos. El problema radica en que la educación reglada nació en un contexto muy diferente al nuestro. Si ha quedado desfasada en los dos primeros aspectos, fracasa estrepitosamente, en el último, en la búsqueda de los talentos. ¿Qué tipo de aptitudes se buscan en los sistemas educativos actuales, en nuestros centros educativos? ¿Dónde y cómo buscamos el talento? ¿No tenemos una visión demasiado estrecha y limitada del mismo?

Robinson piensa que este fracaso proviene de un sistema social, productivo y educativo con unas miras en exceso restringidas. A su juicio, una de las claves de esa restricción es la separación contundente entre las letras, las ciencias y las artes: primamos algunas de estas ramas en función de unos supuestos beneficios anclados en claves económicas y sociológicas tremendamente sesgadas. Con esta separación, la creatividad ha ido quedando relegada de la educación para primar otro tipo de valores más inmediatos pero mutiladores de muchas capacidades necesarias para triunfar en la vida, si el triunfo no se ajusta, tan solo a unas cuantas profesiones de “prestigio” inmediato y vinculado a escalas sociales basadas en “lo de siempre”. En su base, una estructura de la educación excesivamente lineal y una jerarquización sumamente rígida han ido primando una serie de disciplinas y estudios y han postergado otros, a los que se consideraba menos productivos desde el punto de vista económico y laboral. El criterio es que nuestros hijos se desenvolverán mejor en el mundo si se atienen a cuestiones “objetivas”, mientras que las disciplinas más “subjetivas” –más personales, si se quiere– están bien como un complemento, pero no son dignas de dedicarles una atención intensiva con réditos productivos. Los éxitos, en ese campo, siempre pertenecen a la excepción y no han sido gestados desde dentro del sistema. Desde hace siglos, la cultura académica se ha empeñado en separar la emoción del intelecto. Estos dos aspectos fueron separados con tal fuerza que nosotros mismos llegamos a ver ambos aspectos como cosas separadas. Tan separadas como para pensar que solo una de ellas es válida para prosperar en la vida. La propuesta de Robinson es la de volver a un sistema en el que volvamos a aprovecharnos de las relaciones entre el arte y la ciencia sin empecinarnos en su separación.

Contemplo con lástima una estructura educativa basada más en los castigos que en los refuerzos, en la memorización más que en la creatividad, en la repetición más que en la asociación, en la represión más que en la dinamización. Un sistema educativo en el que importan más el pasado y la tradición que el vuelco, atrevido pero necesario, hacia un espejo en el que, al final, nuestros jóvenes puedan reflejarse como seres humanos completos.

Y, por eso mismo, creo que, llegados a este punto, es necesario descender hasta una profunda revisión personal y colectiva de nuestro sistema de creencias. Los sistemas educativos, los colegios y los padres –apremiados por los estándares sociales de la permanencia y no de la renovación– contagiamos a la base social de nuestro futuro (es decir, nuestros niños, nuestros jóvenes) con nuestros prejuicios. Y pensamos, demasiado jerárquica y linealmente, que la felicidad y el progreso consisten en la permanencia en nuestro sistema de valores. En algunos casos, negaremos a nuestros hijos, a nuestros alumnos, el descubrimiento del auténtico talento, de esa fuerza elemental que, con esfuerzo y dedicación personal, pero también con el apoyo familiar y una buena estructura educativa, podría llegar a construir las bases del mundo que les va a tocar vivir y que, para bien o para mal, nunca será –ya– el nuestro.

(Texto escrito en Polar, 15, diciembre de 2011, pág. 5. Escribí a finales de marzo otra entrada en la que hablaba de Ken Robinson y la creatividad: “Mirando al mundo andando al revés”. La imagen es de Joël Evelyn & François.)

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Muchas cosas deberían de cambiar en la enseñanza. Pero una de ellas tendría un remedio muy fácil y, para solucionarla, bastaría con utilizar el sentido común y pocas palabras.

(La foto se la saqué a mi hijo un día cualquiera a la vuelta del colegio. Va al colegio andando y recorre, entre ida y vuelta, unos dos kilómetros y medio. Solo falta añadir que los días en los que tiene Educación Física los alumnos no pueden ir con el chándal, sino que tienen que seguir la poco sana costumbre de cambiarse sin ducharse. Mi hijo, además, tiene que cargar con una segunda mochila con toda la ropa de deporte. Creo que no hace falta decir más. Ni menos.)

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En el programa de Redes emitido por TVE ayer, Eduardo Punset siguió charlando con Ken Robinson sobre la creatividad. Aunque algunos de los seguidores de mi cuenta en Twitter ya han visto otra intervención de Robinson titulada “Las escuelas matan la creatividad” (1 y 2), recomiendo a todos los que no la han visto que escuchen con atención esta entretenida y genial charla (Robinson es un gran conferenciante).

La creatividad es uno de los campos que más me interesa y que considero más relacionado con el progreso en el conocimiento y con la constitución misma del ser humano. Me ha gustado la entrevista con Ken Robinson y el programa en general porque explica de manera muy sencilla pero profunda la importancia que tiene la creatividad no solo en el campo científico y artístico, sino en todos los terrenos de acción humana. La creatividad es algo que todos nosotros podemos aplicar en la esfera de nuestro trabajo y de nuestras aficiones. Un ámbito de nosotros mismos que se tiene, pero que también se aprende y se desarrolla. Una oportunidad para aprovechar todo lo que somos y podemos ser o una pérdida tremenda social y un desgaste personal. De todo el programa, entresaco alguna de las frases y reflexiones que me han interesado.

La primera de ellas, es que para desarrollar la creatividad de un niño y lograr entresacar todo su potencial, no hay que manejarse con los prejuicios de los padres ni de la escuela sobre la generalidad, sino que tenemos que partir de la observación de las cosas por las que los niños se sienten atraídos y las que le causan rechazo. Robinson hablaba en la conferencia antes reseñada de un caso de una niña que no podía parar quieta en clase y que acabó siendo una extraordinaria bailarina y en la entrevista con Punset habla de Bart Conner, un niño que tenía extrañas habilidades atléticas que su madre no cercenó sino que favoreció apuntando a Bart a un gimnasio: Bart acabó representando al equipo de gimnasia de EE. UU. en los Juegos Olímpicos de Montreal.

La imaginación y la proyección de futuro es una parte importante de nuestra existencia. Es una cosa que se valora cuando somos niños y que la sociedad, la familia y nuestra propia evolución personal nos hace ir delimitando y mediatizando para potenciar aspectos más racionales y prácticos. Se nos educa también enfocando nuestra vida y no enseñándonos que el fallo y el error es una parte importante de nuestro desarrollo. Como se dice en el programa, “tropezar nos conduce, a menudo, a una gran idea” (o, en otro momento, el fallo te hace ir descubriendo lo que no funciona”.

Pueden establecerse cuatro pasos para ser creativos: el primero, escoger aquello que más nos motiva; el segundo, ser conscientes de que la pasión es el motor de nuestras vidas y el mundo; el tercero, ser conscientes de que no existe mejora sin esfuerzo y sin disciplina; y, por último, arriesgarse. Aquí podemos apreciar que la creatividad no es una idea peregrina y “genial” que llega a nuestra cabecita, sino que, como “proceso de generar ideas originales que aporta un valor”, cada individuo tiene que trabajar con un material básico como punto de partida y debe saber controlar los materiales con los que trabaja, sean esto los que fueren. Y, después, una vez en posesión de esos elementos y herramientas, puedes adoptar una visión diferente (y, por lo tanto, nueva, sea en la combinación que sea) de las cosas.

En el programa, nos hablan sobre la creatividad panaderos, peluqueros, científicos y profesores. Todos ellos tienen en común un conocimiento lleno de pasión y, por lo tanto, lleno de diferencia. Todos ellos tienen una óptica de las cosas distinta a la convencional. Y, como principio y fin, todos están inmensamente contentos desarrollando su trabajo.

Y ahora la pregunta: ¿por qué el mundo está lleno de padres que desean que sus hijos sean, sí o sí, unos adinerados y frustados profesionales después de cursar, sí o sí, unos estudios que nos les conducen a desarrollar su potencial? ¿Y si nos empezamos a fijar, como padres y educadores, en los matices con los que esos niños pueden colorear el mundo?

(Imagen de Etringita.)

 

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La entrada de hoy surge de algunas cuestiones relacionadas con la enseñanza de la literatura y, más concretamente, de la poesía. Hace unos días, mi hijo recibió el encargo de realizar una actividad en la que tenía que buscar un poema relacionado con un tema y utilizar ese poema para dibujar los contornos de una imagen vinculada con el texto. Obviamente, en la asignatura en cuestión se estaban estudiando cuestiones que tenían que ver con la poesía visual y los caligramas.

En el momento en el que vi la tarea, le animé a no reproducir ningún texto previo con los contornos sino a crear entre los dos un caligrama desde cero. Nos pusimos de acuerdo en que trataría sobre el agua y empezamos a toquetear con las autoformas de Word para dibujar una botella. Yo le dije que podíamos trabajar con cilindros de diferentes tamaños y anchuras para dibujarla. Después de unos cuantos tanteos, conseguimos un botella medianamente decente. Después, decidimos estructurar el texto en tres partes: el tapón, la boca de la botella y el resto: pensamos en que se podía “dosificar” el texto en esas cuatro partes. Luego intentamos buscar efectos visuales con la tipografía en el ordenador:  triangulación en la boca y ondulación en las letras del fondo, con algún efecto de color. Luego llegó el texto, en el que jugamos con las palabras relacionadas con el agua y establecimos un paralelismo con las estaciones del año.

¿Para qué todo esto? Fundamentalmente, para pasar un buen rato y para ver que uno se podía divertir con el lenguaje, con los espacios. Y, por supuesto, para que una tarea no fuese eso precisamente, la elaboración de unos deberes con una rutina. Durante un buen rato, la obligación pasó a un segundo plano y el protagonismo se lo llevó el interés por la tarea misma. La respuesta del profesor es que no había que hacer eso. Es decir, no se podía pensar, crear y experimentar, sino que había que copiar, aclimatar y amoldar.

Y aquí es donde quería traer el tema de mi entrada de hoy. En principio,  está más que bien que los alumnos conozcan las tentativas que se han realizado a lo largo de muchos años para experimentar con las palabras y el espacio, para dibujar con el lenguaje y para elevar a la palabra poética y fundirla en otras dimensiones. El problema aparece cuando se hace una actividad y se valora más lo mimético que el trabajo auténticamente creativo. En el fondo, una actividad como la que se pedía está violando los principios mismos por los surgieron los caligramas y otras manifestaciones de poesía concreta y de poesía visual. Quizá un profesor pueda conformarse con la elaboración de una tarea rutinaria, si su propósito es la extraña paradoja de enseñar poesía con la rutina; pero no llego a entender que un alumno haga otra cosa mucho más relacionada en el fondo y en la forma con lo que se pide y le digan que no sirve, que haga lo que ya está hecho. ¿Por qué surgieron los caligramas de Apollinaire y las manifestaciones literarias creacionistas? ¿No surgieron en el embrión mismo de las vanguardias, asociadas e íntimamente ligadas a los avances en otras artes plásticas como la pintura?

Vaya por delante que lo que hicimos durante una hora mi hijo y yo no era, ni mucho menos, una obra maestra. Pero pensamos que experimentar con los moldes formales de un procesador de textos (insisto: juego con estructuras geométricas, color, tipografía, ondulaciones) era algo mucho más interesante que la tarea inicialmente propuesta. No me gustan las preguntas de “literatura ficción” del tipo: “¿Cómo hubiera escrito sus caligramas Apollinaire si los hubiese creado en el año 2011?” Pero seguro que aventurar una respuesta es, en este caso, más que pertinente.

Mal vamos en la enseñanza si no dejamos un pequeño espacio para la iniciativa personal, si no abrimos la mente para alejarnos de lo de siempre, si no estimulamos en vez de penalizar la creatividad.

Porque, en el fondo de los fondos, está la eterna pregunta: ¿qué queremos que nuestros jóvenes aprendan?

(El caligrama que ilustra la entrada es de Guillaume Apollinaire.)

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El nuevo espacio europeo para la enseñanza universitaria (sí, el famoso “Plan Bolonia”) va a provocar –de hecho, ya lo está haciendo– un paulatino cambio de rumbo en la educación superior. El sistema de clase magistral, educación vertical y basada exclusivamente en la difusión y aprendizaje de conocimientos (a veces con fundamento, otras muchas sin ton ni son) en la que el profesor es el garante del aprendizaje está evolucionando hacia un tipo de enseñanza mucho más práctica, aplicada y comprensiva, en la que los docentes son más mediadores o canalizadores del conocimiento que ejes centrales sobre los que este se articula. De esta situación nueva conlleva se derivan muchas consecuencias.

Del lado de los profesores, a estos se les acaba el chollo de ir dictando unos apuntes cada vez más trasnochados en una clase en la que se habla para uno mismo o en la que se consigue que los alumnos gasten muchísima tinta, rellenen muchos folios con la inmensa sabiduría del docente y acaben con la mano dolorida. También tiene sus horas contadas el proceso en el que corrige, a lo sumo, un par de trabajos por alumno o curso y una pila más o menos alta de exámenes en los que los alumnos han tenido que demostrar todo lo que saben. Y, por último, el educador tiene que idear un sistema de prácticas suficientemente ponderado y ajustado a un sistema en el que se tienen más en cuenta las competencias que los conocimientos en cuanto tales.

Del lado de los alumnos, les toca un sistema mucho más intensivo y participativo. Se multiplican los trabajos y se segmentan los conocimientos en líneas de fuerza que no concluyen, ni mucho menos, en una prueba “objetiva” al final de un cuatrimestre o de un semestre. Se acaba con el sistema del listo tonto que copia apuntes con letra bonita y se los pasa a los amigos del bar y de la cafetería. Concluye un modo de vida enfocado a jugársela en un par de horas y en el que se demuestra que sabes solo si has ido regurgitando lo que el profesor, en su momento, dijo.

Del sistema en general, se fomenta el trabajo en equipo, se prima el proceso de adquisición de los conocimientos más que estos en sí mismos. Se desarrollan metodologías para que el aprendizaje sea progresivo y para que, de alguna manera, el modo de concebir la realidad y las materias no sean idénticos cuando se entra por un aula en septiembre o en febrero que en febrero o en junio. Y muchas otras cosas.

Por supuesto, habrá muchas voces que digan que todo esto son pamplinas. Lo dicen, por ejemplo, los que no creen en ellas porque son demasiado cómodos o incapaces. Lo dicen, por ejemplo, todos aquellos que, vistas las cosas desde fuera, se fijan en ejemplos que no deberían serlo. Pero, en general, creo que el sistema universitario español va a salir ganando con el proceso. Solo hace falta que se pongan muchas ganas, mucho esfuerzo y que, por último, se tengan fe y confianza en que el futuro puede ser mejor que nuestro pasado.

Y llegamos a la enseñanza secundaria. Fundamentalmente, me refiero a la enseñanza en el bachillerato. Resulta curioso que el sistema sobre el que gira el sistema educativo en educación infantil, primaria, secundaria obligatoria y universitaria gire alrededor de las competencias y esto se ignore casi sistemáticamente en el bachillerato. Sorprende que la mayor parte del sistema sobre el que se estructure este nivel se asiente sobre un examen (o dos, a lo sumo) por evaluación. Y horroriza el que muchos docentes se sustenten en muy pocas calificaciones para dar cuenta, al final del proceso, de los conocimientos de un alumno. Tampoco ayuda mucho, todo hay que decirlo, que el filtro entre la educación secundaria y la universitaria tenga las pruebas de acceso a la universidad de por medio, que tampoco responden a la necesidad de que la enseñanza sea un proceso y no un fin en sí mismos. Pero también es cierto, no hay que olvidarlo, que este proceso selectivo queda reducido a un cuarenta por ciento de la nota final de un alumno.

Por todo ello, creo que hay que finalizar por un entendimiento y comprensión (en todos los sentidos del término) entre la enseñanza media y la universitaria. El sistema educativo español, en su conjunto, tiene que saber qué pretende y por qué lucha y después tiene que actuar en armonizada consecuencia. Docentes y discentes tenemos, a su vez, que bajarnos del burro de la rutina para buscar nuevas fórmulas que aporten la ecuación más perfecta posible. Solo así sabremos que no estamos dando palos de ciego y que el mundo de la enseñanza es algo más que el espacio que media entre las vacaciones y los días no lectivos.

(Imagen de ChemicalSin.)

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El otro día estaba yo inmerso en una conversación sobre cuestiones de enseñanza (¡hay que ver lo aburrido que somos algunos!). He de decir que intervenía de modo pasivo, asintiendo cuatro o cinco veces, poniendo cara de circunstancias o sonriendo según se esperaba, ya que uno de los participantes tendía a acaparar la charla con opiniones demasiado extremas. Decía, en resumidas cuentas, que una cantidad de suspensos elevada era más indicadora de que un número de alumnos aprendía que lo contrario. Ni que decir tiene que era un profesor que tiende a suspender mucho (ergo sus alumnos aprenden…). Yo no decía ni mu porque, en muchas conversaciones, las opiniones no valen para mucho si no hay alguien dispuesto a escuchar ideas diferentes a las suyas. Pero como este es mi sitio y digo, más o menos, lo que quiero, diré aquí lo que pienso.

Creo que no es de recibo vincular el número de suspensos o de aprobados con el conocimiento de una determinada materia. No se puede afirmar que en las asignaturas en las que hay un elevado número de suspensos los que aprueban saben, del mismo modo que no se puede afirmar que en otras asignaturas en las que aprueban todos los alumnos todos y cada uno acaban con cimientos de saber sólidos. Por extraño que pueda parecer, no creo que la ecuación saberes y número de suspensos esté tan clara. Probablemente, hay profesores con los que solo demuestras algo si pasas la criba (que suele ser tremendamente cerrada). Probablemente, también existen profesores con los que hay más alumnos que aprueban y, “sin embargo”, aprueban. En el fondo, la cuestión es de ángulo y de procedimiento. El asunto radica en dónde ponemos la labor del profesor, si como mero intermediario transmisor entre el saber y los discentes, o como eje que proyecta un camino por el que el alumno va adquiriendo el conocimiento.

En cualquier caso, siempre me molestan las opiniones tajantes, esas del todo o nada. Yo nunca lo tengo tan claro. Como es evidente, he conocido profesores (como alumno y como profesor) de pelaje tan variado como para no poder saber a ciencia cierta de qué lado está la razón. Probablemente, porque la razón no le pertenece a ningún lado de forma exclusiva. Pero sí tengo una cosa bien clara: tiene mucho más mérito conseguir que tus alumnos aprendan con un número de aprobados alto que con un bajo porcentaje de éxitos. La fórmula mágica no está en el aprobar por aprobar o el suspender por  suspender, sino en tener clara toda una cadena de elementos didácticos en las que el aprobado y el suspenso no son un fin, sino solo un instrumento, de los muchos que los profesores tenemos a mano. Lo he dicho: ya me quedo tranquilo.

(Imagen de José Goulão.)

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No me puedo creer la enseñanza de la Educación Física que están recibiendo nuestros mozalbetes. Hace unos cuantos años, mi hijo –él tenía, por aquel entonces, nueve– me comentó que en clase le explicaron cómo se estiraba el psoas. Yo le pregunté qué era el psoas y, lógicamente, no me supo contestar claramente. Después le inquirí que tipo de músculos habían estudiado en Conocimiento del Medio y, comprobando con el libro, vi que estudiaban los básicos (es decir, los normales). El profesor en cuestión pensaba que quizá hablar con una terminología muy especializada le ponía en un pedestal, pero yo creo sinceramente que es muy necesario que las personas conozcan los principios del estiramiento, pero no es totalmente indispensable utilizar palabrejas que, más que ayudar, pueden confundirles (por no hablar de ese desfase entre los conocimientos lógicos y propios de una asignatura con los de otra). También era imprescindible realizar un cuaderno de Educación Física para que los alumnos reflexionasen sobre su actividad. Yo me subía por las paredes cuando veía que mi hijo suspendía el cuaderno de EF (sic), ya que pensaba (y sigo pensando) que, a los nueve años, esta reflexión es muy complicada para un alumno, por no decir que ya estaban hasta arriba de rellenar cosas en cuadernos de otras asignaturas.

A principios de este curso, me encontré con la noticia de que iban a tener un libro de texto de Educación Física en segundo curso de la ESO. Reconozco que me dio mala espina, pero quería esperar el uso que se le daba. Para mi sorpresa, tuvieron un examen teórico de un tema visto en clase. El contenido del mismo hablaba del sedentarismo de la sociedad actual, de la disminución del tiempo dedicado al ejercicio físico de los jóvenes, de los consejos para una vida sana. Todos estos conocimientos los asimilaron sentados desde una silla dentro de una clase, lo que chocaba de bruces con los principios teóricos impartidos y contradecía el principio mismo de la asignatura.

Para contextualizar algo más el problema para aquellos a los que les quede algo lejano, diremos que en la Educación Secundaria Obligatoria los alumnos tienen dos períodos lectivos (que no son de sesenta minutos) de Educación Física. En el colegio de mi hijo no permiten que los alumnos vayan al colegio vestidos con el chándal, sino que tienen que acudir a las clases con uniforme. En principio, tal medida podría ser loable por estética e higiene, pero esta última razón parece casar muy mal con el hecho de que los alumnos se cambian después de la clase para volver a ponerse el uniforme sin ducharse, lo cual convierte la medida en una cerdería y en una inevitable pérdida de un tiempo ya escaso.

Hoy, tras las vacaciones de Navidad, ha vuelto a tener clase de Educación Física y la sesión, me dicen, ha tratado de la coordinación y la flexibilidad. La clase ha consistido en estar sentados en clase leyendo el tema (ni siquiera explicado de forma amena). Que quede bien claro que yo creo indispensable la asimilación de conceptos teóricos sobre la práctica de la actividad física: sin duda una buena transmisión de estos conocimientos es de gran provecho para comprender por qué se hace algo y para que se ejecuta. Pero estoy totalmente convencido también de que un profesor puede impartir esos conocimientos a medida que se desarrolla una clase en el lugar propicio para esta asignatura, que es un patio, un gimnasio o un polideportivo.

Luego nos quejamos de lo que he comentado antes: sedentarismo, inactividad, obesidad infantil y otros muchos asuntos que aparecen en los medios de comunicación y que, lógicamente, nos alarman. Y es que, en estos asuntos, como en otros, el movimiento se demuestra andando.

(Como pequeña añadidura, diré que mis primeros pasos en la enseñanza fueron en la Educación Física, asignatura de la que fui profesor durante tres fecundos años. La imagen es de Antonia Páez Duque.)

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Unicornio

Creíais que esto era el final y descubrís ahora que es sólo el principio: os sentasteis en un pupitre con tres añitos para dibujar, cantar y esbozar ilusiones, y salís con una mochila desgastada por el roce de vuestros sueños, con unas carpetas abarrotadas de apuntes con las esquinas dobladas, con los bolígrafos exhaustos de una escritura volcada en la rutina diaria. Sin embargo, vuestro cansancio, el hastío de asistir a las clases cuando el sol calienta, os impide levantar la vista para recobrar la ilusión por lo que os espera, por todos los inicios de los finales del resto de vuestras vidas.

La rutina, el desayuno apresurado, la subida de escaleras que, a las ocho y media de la mañana se hacen eternas, esas clases de rollos interminables, esconden algunos de los recuerdos que perdurarán en vuestras vidas. Siento deciros esto, pero mañana haréis todas esas cosas todos juntos casi por última vez. El hábito os impedirá ser conscientes de que, a partir de ahora, vuestras vidas se separarán del único modo que sabe la sucesión lógica de los días, de los meses, de los años. Prometeréis reuniones para tomar café, para ir a cenar, para mil cosas. No penséis ni por un momento que esas promesas se cumplirán: cuando salgáis por última vez por esa puerta (¡cuántas veces os la cerraron en las narices por llegar tarde!), nada será lo mismo. Por eso, al acto de mañana yo nunca lo llamo ceremonia de graduación, sino la fiesta de despedida.

Las despedidas no son malas. Son la lógica eterna de la vida, que es un eterno encontrarse y desencontrarse, un cúmulo de inicios y de finales, una metáfora del gran inicio y de la gran meta. Hoy cerráis una bella etapa. Sobre la estructura de vuestros cuerpos, los años os regalarán cicatrices, canas, úlceras, roturas y rupturas. Os iréis llenando de experiencias que os harán más sabios. O más tontos. O más desgraciados. O más felices. O –lo más probable– toda una amalgama de esas cosas que se llaman Vida.

Me siento particularmente orgulloso de haber sido, en algún momento, una parte pequeña de vuestras vidas. Ojalá podáis desbrozar los problemas que os esperan al ritmo del análisis sintáctico: buscad los verbos, los nexos, si los sucesos van juntos o separados, descomponed para comprender, juntad para generalizar… Ojalá podáis enfrentaros a los miles de amaneceres con la perspectiva de una bellas líneas que tratan de amor. Nos hemos reído. Me habéis aguantado. Hemos ido trazando una línea o varias todos juntos, entre los desencuentros y la armonía. Pese a intentarlo, nunca existió la clase perfecta, aquélla que todo profesor desearía haberos regalado. Sin embargo, nos quedan muchos ratos de sonrisas. Nos quedan algunas películas que nos enseñaron a ser humanos, aunque nunca podamos estar seguros de lo que somos. Siempre os quedará la alabanza de Mondrian, incluso aunque sea estúpido.

Ahora todo esto queda muy cercano. Dentro de poco, todo formará parte de un recuerdo. Mañana os juntaréis en un acto bello pero protocolario, rodeado de todos los que os han acompañado en estos dieciocho años. En vuestras casas, en vuestras clases, en vuestras almas. Y a mí ya no me quedará casi nada que decir. Y, como Roy, soy ese replicante que dice sus últimas palabras:

Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Vosotros, sin embargo, sois esa paloma que aletea hacia ese azul infinito.

(El origami del unicornio es de Pablo Noel.)

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Llamas

Hace ya unos cuantos meses hablábamos del espanto de los planes de lectura y ahora tocan las famosas, temibles y horripilantes fichas de lectura. Es costumbre muy arraigada entre el profesorado de Lengua y Literatura en la educación secundaria mandar realizar fichas de lectura de las lecturas obligatorias de libros. A cualquiera que tenga dos dedos de frente se le puede ocurrir que esto de fiscalizar la lectura tiene las consecuencias contrarias a las que los profesores se proponen como principio: el gusto por la lectura.

El profesor de Literatura lucha en muchos frentes y con enemigos de distinta índole y su propósito suele ser bueno. Él sabe de los beneficios de la lectura, la ha disfrutado en sus carnes y quiere inyectar a sus alumnos el antídoto contra la estupidez, pero ha elegido mal sus armas.

Es cierto que hay alumnos que no leen si no se les obliga. Sin embargo, ¿acabarán degustando la lectura por la vía de la obligación?

Es cierto que hay muchos alumnos que, si leen, leen de forma desordenada y con poco criterio. Sin embargo, ¿no es cierto que todos los que amamos la lectura lo hacemos más o menos así y no nos gustan las imposiciones? ¿No es cierto, además, que el poco criterio se lo hemos inculcado nosotros haciéndoles pasar por un sinfín de libros que no merecen la pena, sin ninguna calidad añadida al marchamo “literatura juvenil?

Es cierto que la enseñanza de la Literatura ha de programarse y escalonarse de una forma más o menos seria. Sin embargo, ¿no es menos cierto que el trabajo día a día en una clase con una buena motivación, con buenas recomendaciones y con los estímulos adecuados puede conducirnos a mejores resultados?

No nos vendría mal a los profesores darnos un paseo por dos libros de Daniel Pennac, Mal de escuela y –sobre todo– Como una novela. A muchos estas dos obras les servirían para repensar lo que están haciendo, por muy buena intención que tengan. Bien es cierto que muchos profesores han perdido el gusto por leer, que buscan la lectura como excusa, que se se escudan en su trabajo cotidiano para leer siempre lo mismo (“A ver si este libro que ha salido nuevo les gusta a los chicos”), que han  perdido horizontes y perspectivas porque ya no leen ensayos sobre su trabajo, que no se actualizan. Pero todas sus frustraciones no se solucionan con las famosas y horripilantes fichas de lectura. He oído excusas de todo tipo para exigirlas, pero a mí siempre me cabe la misma pregunta: ¿qué pasaría si alguien me mandara hacer esa misma ficha de lectura de los libros que leo? Creo que la respuesta entre los amantes de la lectura sería la misma.

En cualquier caso, me imagino la reacción de los alumnos. A fin de cuentas, es una tarea más de las muchas que tienen que hacer en el colegio o en el instituto y, por lo tanto, nunca percibirán la lectura de la Literatura como algo diferenciador, único y especial.

Quememos, entre todos, las fichas de lectura. Hagamos de la lectura un maravilloso vicio sin castigo. No convirtamos los libros en trámites de documentos administrativos.

(Como las entradas sobre estas cuestiones suelen tomarlas mis conocidos –y son más de uno y más de dos los que suelen sentirse aludidos–como ataques personales, diré que el post de hoy lo ha motivado el ver el modelo de ficha de lectura que tiene que hacer mi hijo en su lectura obligatoria de estas vacaciones . La imagen es de José Ramón Vega.)

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