— Verba volant

Archive
Enseñanza

3591881969_341f24c1e2

Son días difíciles para todos: exámenes, trámites burocráticos que lo inundan todo, correcciones y revisiones. Si fuésemos ingenuos, pensaríamos que es el final, pero solo es un elemento dentro del proceso de difusión del conocimiento, que nunca debería terminar. De alguna manera, debería ser el colofón de algo y el principio de todo.

En estos momentos –y sin ninguna demagogia– me acuerdo especialmente de los alumnos: momentos de nervios en los que lo arriesgan todo. Bueno, no sé si todo, pero a veces mucho. Un pequeño fallo –suyo, nuestro– y se juegan una beca, un borrón en el expediente. No todo en la vida se reduce a los estudios, pero durante estos días, entre la responsabilidad y la procrastinación, la cabeza a veces no da más de sí, a veces la responsabilidad atenaza, a veces no se saca partido a todo el trabajo, a veces se revela la conciencia de no haber llegado a tiempo.

En estos momentos, es bueno que Ça commence aujourd’hui. Y no lo digo en francés por capricho. Lo digo porque es así.

(Imagen de Antonio Martínez.)

Read More

El otro día estuve en una reunión de un centro de secundaria de mi ciudad. Tuve la ocasión de escuchar planteamientos muy interesantes y de reflexionar, desde otro ángulo, sobre cosas que ocuparon mi cabeza y mi profesión durante años y que, mutatis mutandis, pueden también plantearse en la enseñanza universitaria. Una de las cosas que más me gustó fue una secuencia de varios Power Point en las que los distintos jefes de departamento del centro presentaban a los profesores de cada uno de esos departamentos. En cada profesor se destacaban, en pocas palabras, algunos de los rasgos que ellos subrayan en su tarea docente. Lamento profundamente no tener esas presentaciones para poder detenerme más en cada una de esas reflexiones. Con seguridad, dicen mucho no solo de los profesores en concreto, sino de la enseñanza en general.

Lo que más me extrañó, lo confieso, es ver repetida en más de una ocasión la palabra examen. Por supuesto, esto no quiere decir que esta palabra no sea necesaria en el vocabulario propio de la enseñanza, sino que la palabra misma apareciese como preocupación educativa. En ningún caso se decía por qué aparecía esa palabra y daba la impresión de que examen significaba no un medio sino un fin, de que el examen era la quintaesencia de la educación. Esto, obviamente, crea entre los profesores una falta pátina de profesionalidad entre los padres, ya que el examen es el elemento que conecta con una nota como predominante causa de un efecto. Y me da la impresión de que a los padres les importa eso por encima de (casi) todo. Así, el círculo educativo se cierra aparentemente de forma perfecta.

Pero yo, que soy un iluminado, pienso que ese círculo se cierra de forma perfectamente… falsa. Como decía unas líneas más arriba, el examen es un medio más para conseguir un fin. Y uno de los grandes males de la educación es concebir el examen como un medio casi único. Tengo mis dudas de que esto tenga que ser así. Pongamos un ejemplo personal: a lo largo de mi carrera universitaria, tuve 25 asignaturas. Por razones diversas, casi no tuve exámenes parciales, todo lo que  demostré durante cinco añitos lo hice enfrentándome a unos 30 exámenes como prueba única. Eso es todo. Si fui buen o mal estudiante lo tuve que demostrar sentado unas horas delante de un papel y, a veces, en el caso de las asignaturas “teóricas” (¡esa gran paradoja!) devolviendo lo que antes algunos me habían vomitado. Que conste, en mi defensa, que no me fue nada mal. Pero creo que, como estudiante, esas horas de sentada escribiendo tienen un significado relativo como elemento auténticamente discriminador del conocimiento. ¿Conseguí ser un buen filólogo gracias a estos exámenes?

Ahora, en casi todas las etapas educativas, la evaluación es una evaluación por competencias. No importa tanto que se adquiera conocimiento –así, sin más– como que ese conocimiento se asiente sobre algo, sirva para algo y se proyecte sobre algo. De esta manera, los exámenes ya no deberían ocupan un lugar protagonista en la construcción del conocimiento, sino que deberían ser un elemento más para evaluar. Obviamente, este proceso de evaluación es más costoso para los alumnos, que tienen que estar al corriente de numerosas pruebas prácticas en todas las asignaturas, pero también para los profesores, que tienen que realizar una buena planificación inicial, que tienen que distribuir la carga de trabajo y, además, tienen que invertir un número nada desdeñable de horas en corregir esas prácticas.

La enseñanza, pese a lo que algunos agoreros postulan, ha avanzado mucho en estos aspectos. Y quizá avanzaría más si todos tuviesen muy claro lo que piensan sobre la enseñanza. Porque sus palabras delatan cómo son como profesores. Porque sus palabras son el microcosmos en el que nada el caldo de cultivo de nuestro futuro.

(Imagen de Rhisiart Hincks.)

Read More

Hablar es una habilidad natural de los seres humanos. En mayor o menor medida, todos nosotros somos capaces de comunicarnos por medio de la palabra para transmitir nuestras necesidades básicas y para hacer partícipes de nuestro estado de ánimo, de nuestras emociones y de nuestras inquietudes. Luego –claro está– aparece la mayor o menor capacidad para lograr que esta habilidad se convierta en un arte de persuasión poderosamente eficaz. Aprendemos a hablar en el seno de la vida social: desde el núcleo familiar inicial, pasamos por diferentes escalas a medida que nos relacionamos con nuestros vecinos, con nuestros compañeros de colegio, connuestros colegas… o a fuerza de viajar y de vivir otras muchas experiencias.

La escritura, sin embargo, no es algo natural entre los seres humanos. Lo parece porque vivimos en la ficción de una sociedad con un porcentaje de alfabetización muy elevado. Y aquí es donde llega el problema: la escritura es una realidad cultural desde hace siglos, pero también es una entelequia. En el fondo, siempre lo ha sido.

Desde la óptica de la lectura, la palabra escrita se divulgaba con frecuencia en voz alta ante un auditorio en lecturas colectivas en una práctica que ha durado siglos. Incluso la lectura en silencio fue una innovación que dejó patidifuso a San Agustín, cuando descubrió a Ambrosio pasar las páginas de un libro en plácida lectura silente. El fenómeno de la lectura nunca ha llegado plenamente a la totalidad de la población y siempre ha tenido escalas problemáticas que no vamos a tratar aquí.

Desde el ángulo de la escritura, la cosa es todavía más difícil. Si la alfabetización por medio de la lectura es, aunque inconstante, más o menos fecunda (aunque habría que hablar tanto de los niveles de lectura…), la escritura siempre ha sido mucho más problemática. Sobre todo, porque decir que se escribe como se habla es una falacia (es más, escribir como se habla sería la quintaesencia de un profundo ejercicio de estilística que pocos escritores han conseguido). Escribir supone aprender a escribir, lo que equivale traspasar al código escrito las propiedades del código hablado. Y como casi todo el mundo piensa que esa traslación es más o menos automática, le dedica poco tiempo e interés a este cometido. Aparentemente, se le da mucha importancia a la escritura en la enseñanza. Y sí, instruimos en el noble arte de la caligrafía –que le llevó a Steve Jobs al gusto por el diseño único e irrepetible– mejorando en aspectos psicomotrices, pero no alcanzamos a profundizar lo suficiente en que escribir bien debería de ser algo esencial en una cultura como la nuestra.

A poco que escarbemos en el asunto de la enseñanza de la escritura, descubrimos poco o nulo conocimiento sobre las reglas ortográficas, sintácticas y compositivas del texto escrito de una buena parte de profesiones que necesitan expresarse por medio de la palabra. De entre ellas, el colectivo de los profesores, por su trascendencia, merece unas líneas. En el ámbito de la docencia, muchos parecen ignorar las sabias palabras de Fernando Lázaro Carreter, maestro de tantas cosas: “Todo profesor en español es profesor de español” (por supuesto, esto es traducible a todas las lenguas del ancho mundo). La corrección de la transmisión escrita no es un asunto propio de filólogos, ya que la lengua no es un reducto exclusivo de eruditos, sino patrimonio de todos. Es extraño y abominable ver la cantidad de gente que comete tantísimos errores a la hora de plasmar el objeto de comunicación por medio del canal escrito. No se trata, en este caso, de ser más o menos inteligentes, sino de pasar por el necesario período de aprendizaje. No nos engañemos: el camino, quizás, no es sencillo de recorrer, pero no es tan tortuoso como para abandonarlo. Es frecuente ver exámenes con faltas de ortografía, carteles en los centros escolares sin las tildes pertinentes, páginas web de centros escolares y universitarios en los que la pulcritud sintáctica brilla por su ausencia. Como en la actualidad la maquetación de un texto escrito es tan sencilla, parece que olvidamos que las palabras tienen algo más de lo que aparece en sus alrededores.

Unas cuantas circunstancias personales más o menos recientes me han dejado patidifuso: docentes y profesionales que ignoran los misterios –no tan profundos– de la puntuación, que redactan de forma vacilante e incorrecta, que se inventan grafías… Y no se trata de errores esporádicos, que todos cometemos –yo el primero y mil veces–, ni siquiera de desidia. Se trata de algo que pasa resbalando por el escrito porque los productores del mismo no llegan a convencerse de que la forma y el contenido son dos caras de la misma moneda.

Necesitamos ser comprendidos, necesitamos comunicarnos, necesitamos expresar nuestro pensamiento oralmente… y por escrito. En caso contrario, llegaremos a ese estado de incomunicación que manifiesta Belén Esteban, esa gran comunicadora: “¿Me entiendes?”.

(Imagen de Chuck Patch.)

Read More

Me he dado cuenta de que casi siempre que he escrito sobre la enseñanza y los profesores lo he hecho para defender y dignificar nuestra labor como docentes: la importante misión no solo cultural sino social que desempeñamos; la gran responsabilidad de formar, de (re)conducir trayectorias académicas, pero también vitales; la poca consideración y recompensa que obtenemos que, para muchos, es la equivalencia a poco trabajo y vacaciones casi perpetuas.

No obstante, creo que nunca he hablado de nuestras múltiples miserias. Como no es cuestión de hacer más evidente lo que ya todo el mundo sabe. Como no está el horno para bollos. Como, en fin, no me apetece, voy a revelar aquí solo una de las mayores lacras de nuestra noble profesión.

Me refiero a ese deseo de quedar de pie por encima de todo y de todos. Acostumbrado como estaba el estamento a ser referencia cultural –y, hasta si se me apura, moral–. Aclimatados al “esto es así porque lo digo yo y no hay nadie a mano para rebatirlo”. Propensos a refutar teorías presuntamente endebles de autores de prestigio con el beneficio de no tener a mano nadie que nos rebata. Adocenados y anclados en muchas de las teorías que nos enseñaron y que aceptamos como válidas de forma demasiado servil hace muchos años, los profesores nos hemos acostumbrado tanto a todas estas cosas que no nos contentamos con quedar en ese lugar elevado y privilegio como colectivo, sino que nos gusta gozar de esa visión, en busca de la devoción, por encima incluso de nuestros compañeros.

Sí, uno de los vicios que es bastante común en muchas profesiones pero que en la nuestra roza lo enfermizo es la crítica hacia el compañero. Desde luego, nunca es una crítica en forma de debate sereno. Casi nunca se produce cara a cara. Se desarrolla, fundamentalmente, en los recovecos de los despachos pero, sobre todo, en el aula y delante de nuestros alumnos. Aprovechamos la mínima para inmiscuirnos en la materia próxima al horario para asegurarnos de que todo lo que decía el presunto compañero carecía de consistencia. Convertimos los minutos de clase en procesos inquisitoriales en los que se juzga el antes, el después o el durante. O, si se puede, el contenido. Sobre todo el contenido. Dirigimos a nuestros alumnos preguntas capciosas  para que nos contesten lo que nosotros nos temíamos. Ponemos el grito en el cielo. Realizamos aspavientos o, lo que es más efectivo, torcemos ligeramente el gesto y esbozamos una sonrisa que esconde una ración triple de sarcasmo. En suma, nos creemos la bomba y, para demostrarlo al mundo –ese mundo que se extiende a unas cuentas docenas de alumnos–, lo hacemos enmierdando lo que nos rodea. Todavía recuerdo con lástima y repelús los comentarios que un lumbreras muy reconocido (sobre todo por sí mismo y su camarillo y no tanto por la comunidad académica en general) que se dedicaba en sus clases a someter a juicio sumarísimo las clases de una profesora mucho más joven y compañera del área. El genio preguntaba de forma tan vehemente que un conjunto de pelotilleros en las primeras filas asentía más por adocenamiento que por responder con la verdad, dado que las teorías que explicaba esta profesora eran bastante más innovadoras que las del “maestro”.

Como (casi)todos hacemos lo mismo, el efecto sobre nuestros alumnos es el contrario al que buscábamos. Cansados de que la pelota caiga en todos los tejados, tienden –con razón–, si son lo suficientemente activos y espabilados, a dudar de todo y, sobre todo, de todos. O, si la cosa pinta mal, se cae en la injusticia más tremenda y cruel de dar la razón al que está equivocado. Por diferentes circunstancias y razones que no vienen a cuento, he conocido unos cuantos casos –para los que busquen sangre, les advierto que no todos afectaban a mi Facultad y, en algunas ocasiones, ni siquiera se referían a nuestra querida Universidad– que ninguneaban todos los modelos de evaluación que no fueran los suyos, propios, magníficos e intransferibles; que descalificaban teorías expuestas en las clases sin haberse detenido a comprenderlas previamente; que afirmaban una cosa en un sitio y la contraria en otro, según su conveniencia; que se pensaban por encima de otros utilizando unos criterios y se ponían por encima de otros más utilizando los contrarios.

Algunos, en lo personal y lo académico, obtienen beneficios de sus miserias:  hay quienes se mueven bien por el terreno y obtienen réditos más o menos importantes. A la larga, sin embargo, lo único que conseguimos es descender en esa categoría sublime del conocimiento a la que aspirábamos. Lo único que conseguimos es bajar un par de pisos para llegar al sótano del referente moral. Lo único que conseguimos es que de nosotros solo quede visible un horario que no responde a las horas que trabajamos en realidad y muuuuuuuuuuchas pero que muuuuuuuuuuchas vacaciones para pensar en cómo quedar de pie en esa partida de bolos que se ha convertido en el centro de nuestra preocupación.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

Read More

Este semestre empezamos las asignaturas de Pragmática y de Semiótica en la universidad y, gracias a ellas, están surgiendo importantes temas de debate dentro y fuera de las clases a raíz del papel de estas disciplinas, relacionadas, entre otras, con la Lingüística, la Filosofía del Lenguaje, la Teoría de la Comunicación o la Teoría de la Literatura.

Uno de las cuestiones que aflora en estas conversaciones y debates es la sorpresa de muchos ante unas asignaturas tan técnicas como para ser “de Letras”. En nuestra sociedad, desde hace mucho tiempo, se ha utilizado incluso la valoración de las Humanidades para trivializarlas y, en el fondo, para negarles su sentido último. Se habla, por ejemplo, de la cultura general y de las Humanidades como argumento para la defensa de estas, cuando establecer las Humanidades como generalidad es una manera de dejar su estatus cultural y científico en el barniz. De este modo, parece que los estudios “de Letras” sirven, por ejemplo, para participar en concursos de televisión (siempre que se emitan en La 2) o, como mucho, como glorioso complemento (léase complemento en el sentido de una planta  o sección concreta de El Corte Inglés) de saberes más serios, por aquello de más útiles. Uno, por ejemplo, se dedica a estudiar ADE para prosperar en la vida y luego lee un anecdotario de historia para adornarse en las cenas familiares. Es obvio que la cultura general es eso, general y, por lo tanto, abarca tanto a la Música como a la Física, tanto al Arte como a la Biología. Saber cuatro cosas sobre Mozart no nos hace musicólogos, del mismo modo que tener algún conocimiento sobre cómo funciona una central nuclear nos convierte en un experto al que confiaríamos nuestra seguridad.

No tener en cuenta lo arriba apuntado supone que la sociedad puede que los que aprendemos y los que enseñamos (aquellos que Joubert afirmaba atinadamente que aprendemos dos veces) nos dedicamos durante cuatro año a tratar aspectos tan profundos que nos valdrían para triunfar sin paliativos en cualquier partida de Trivial. No dudamos ni un segundo de que un estudiante de Ingeniería dedica su magín a cosas de enjundia inalcanzable, mientras que un estudiante, por ejemplo, de un Grado en Español (la antigua Filología Hispánica), se dedicará a indagar un poquito de la vida de Lope de Vega, a estudiar el sujeto y el predicado y, sobre todo, a aprender si están bien o mal dichas todas las expresiones del mundo para resolver las dudas a aquellos que no se quieren molestar en mirar un diccionario.

Me preocupa mucho esta visión de las cosas no tanto por la valoración que se puede hacer de nuestro trabajo o de nuestro conocimiento –uno tiene el culo tan pelado que ha optado por la senda del estoicismo abnegado–, sino por el hecho de que, con estas concepciones, estamos intentado deslindar lo importante parcelándolo solamente en algunos campos y negando que cualquier cosa relacionada con las llamadas Humanidades pueda tener un interés útil para la vida. En definitiva, elevando a los estudios humanísticos a la dudosa categoría de florero, contenedor además de flores marchitas o, quizás, artificiales e impostadas.

Los que nos dedicamos al estudio e investigación en las Humanidades seríamos algo así como unos tahúres que dedican toda su vida a intentar dar gato por liebre o, como mucho, a dar una capa de betún a la realidad. Sin embargo, todo aquel que se ha molestado en conocer en profundidad algunas de estas disciplinas, no se sorprende al descubrir que tienen muchos más elementos aplicados y “científicos” de los que podrían esperar algunos. Y, sobre todo, que son útiles y de aplicación directa (o mediata, como muchos otros conocimientos “científicos) en nuestra vida cotidiana.

Muchos de los que vocean con mucho convencimiento y con poco seso, muchos de los que reniegan sin haber reflexionado detenidamente sobre muchos temas, muchos de los que creen que saben sin haber estudiado nada, muchos de los que creen que llegan al conocimiento por su grandísimas capacidades o, quizás, por ciencia infusa, se sorprenderían de lo que pueden llegar a descubrir si, alguna vez, su prepotencia les dejase ver lo que hay más allá del espejo. Y al otro lado.

(Imagen de K3stO.)

Read More

Hoy iba a escribir una entrada sobre alumnos. Iba a escribirla y no la escribo, porque no es algo que afecte a todos los alumnos, sino a una práctica generalizada de unos pocos. Y los que no andan metido en la docencia iban a pensar cosas malas de la misma y no está el horno para bollos.

Iba a decir que, en los últimos años, me han llegado peticiones de retrasar un examen por asistir a una ceremonia de graduación de los amigos. Iba a decir que algún alumno ha aparecido en mi despacho  el día anterior al examen, después de no haberle visto nunca en siete cursos, preguntándome cuál era la bibliografía obligatoria. Hablando de esta última, iba a decir que algún alumno me ha escrito preguntándome por algunos datos “autobiográficos”, aunque me temo que no le interese mucho mi vida, pero sí los libros que tiene que estudiarse. Iba a decir que algún alumno me ha dicho que no era justo que suspendiese un examen, porque, pese a haberlo hecho desastrosamente y suspenderlo, se lo sabía. Iba a decir que un alumno cometió, en una ocasión, más de 60 faltas de ortografía y, al ir a la revisión del examen, no llegaba a comprender por qué había suspendido. Iba a decir que algún alumno manda mensajes de correo electrónico para preguntarme qué medios tiene para aprobar la asignatura, cuando es la única (y última) vez que se presenta a una prueba de la asignatura y saca menos de un dos en la misma.

Iba a decir muchas cosas, pero no las digo. Porque ayer El Parral estaba precioso y es un placer y un lujo llegar a trabajar en esas condiciones, aunque haga frío. Mucho frío.

(La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.)

Read More

Llevo muchos días preparando exámenes y corrigiéndolos, poniendo notas de prácticas, configurando hojas de cálculo, mandando correos, dando explicaciones, concertando horas para revisiones y entrevistas, haciendo listados de todas las formas, colores y contenidos. Días en los que las horas se acumulaban delante de la pantalla del ordenador. Días en los que, aunque lo intentase, la cabeza siempre estaba pensando en lo mismo, una y otra vez. Todo ello me ha servido, una vez más, para reflexionar sobre nuestra tarea de la evaluación. El otro día escuchaba una reflexión interesante: la educación (sea del nivel que sea) no puede dedicar tanto tiempo a la evaluación. Sobre todo, porque cuando se lo dedicas a la evaluación (tan necesaria, por otro lado), se lo quitas a otras tareas docentes también necesarias, también importantes.

Sin embargo, es en el momento que acaba el proceso de evaluación (quiero decir que acaba el proceso de ese curso en ese semestre: el proceso de evaluación no se acaba nunca) cuando se asoman todas las dudas a mirar por el balcón. Es el momento de dar mil vueltas retroalimentadas sobre si la evaluación ha reflejado el trabajo realizado, sobre si los procedimientos han sido adecuados. En suma, si puede llegar a existir un paralelismo entre lo que ofreces tú y lo que recogen tus alumnos, entre lo que te ofrecen ellos y lo que tú recoges. Te preguntas, al fin, si todo tiene un porqué. Si algo tiene sentido más allá de una nota, una calificación, un número al que añades uno o dos decimales y que se incorpora a una porción de la vida de un alumno.

Ahora pienso más que nunca, que habría que hacer una evaluación de la evaluación misma. Pienso que olvidamos que el proceso de evaluación ha de ser de los alumnos a los profesores, de los profesores a los alumnos, de los alumnos a su trabajo, de los profesores al nuestro.

Y, una vez acabado todo, volveremos a empezar intentando que sea con el pie izquierdo (al fin y al cabo, soy zurdo). Sabiendo que, al final, todo acabará en el mismo punto, unas décimas más allá.

(La fotografía está reproducida con permiso de su autora, Henar: sexundermyhead.)

Read More

En la carrera académica, en la carrera de la vida, llega un momento en el que hay que escoger. La gran pregunta es cómo escoger bien. Ken Robinson, prestigioso profesor universitario británico experto en creatividad, se muestra muy crítico con la manera tradicional en la que se escogen las prioridades educativas.

Para Robinson, la enseñanza ha de servir para intentar mejorar el nivel económico, para intentar comprender mejor el mundo y para dar lo mejor de nosotros mismos. El problema radica en que la educación reglada nació en un contexto muy diferente al nuestro. Si ha quedado desfasada en los dos primeros aspectos, fracasa estrepitosamente, en el último, en la búsqueda de los talentos. ¿Qué tipo de aptitudes se buscan en los sistemas educativos actuales, en nuestros centros educativos? ¿Dónde y cómo buscamos el talento? ¿No tenemos una visión demasiado estrecha y limitada del mismo?

Robinson piensa que este fracaso proviene de un sistema social, productivo y educativo con unas miras en exceso restringidas. A su juicio, una de las claves de esa restricción es la separación contundente entre las letras, las ciencias y las artes: primamos algunas de estas ramas en función de unos supuestos beneficios anclados en claves económicas y sociológicas tremendamente sesgadas. Con esta separación, la creatividad ha ido quedando relegada de la educación para primar otro tipo de valores más inmediatos pero mutiladores de muchas capacidades necesarias para triunfar en la vida, si el triunfo no se ajusta, tan solo a unas cuantas profesiones de “prestigio” inmediato y vinculado a escalas sociales basadas en “lo de siempre”. En su base, una estructura de la educación excesivamente lineal y una jerarquización sumamente rígida han ido primando una serie de disciplinas y estudios y han postergado otros, a los que se consideraba menos productivos desde el punto de vista económico y laboral. El criterio es que nuestros hijos se desenvolverán mejor en el mundo si se atienen a cuestiones “objetivas”, mientras que las disciplinas más “subjetivas” –más personales, si se quiere– están bien como un complemento, pero no son dignas de dedicarles una atención intensiva con réditos productivos. Los éxitos, en ese campo, siempre pertenecen a la excepción y no han sido gestados desde dentro del sistema. Desde hace siglos, la cultura académica se ha empeñado en separar la emoción del intelecto. Estos dos aspectos fueron separados con tal fuerza que nosotros mismos llegamos a ver ambos aspectos como cosas separadas. Tan separadas como para pensar que solo una de ellas es válida para prosperar en la vida. La propuesta de Robinson es la de volver a un sistema en el que volvamos a aprovecharnos de las relaciones entre el arte y la ciencia sin empecinarnos en su separación.

Contemplo con lástima una estructura educativa basada más en los castigos que en los refuerzos, en la memorización más que en la creatividad, en la repetición más que en la asociación, en la represión más que en la dinamización. Un sistema educativo en el que importan más el pasado y la tradición que el vuelco, atrevido pero necesario, hacia un espejo en el que, al final, nuestros jóvenes puedan reflejarse como seres humanos completos.

Y, por eso mismo, creo que, llegados a este punto, es necesario descender hasta una profunda revisión personal y colectiva de nuestro sistema de creencias. Los sistemas educativos, los colegios y los padres –apremiados por los estándares sociales de la permanencia y no de la renovación– contagiamos a la base social de nuestro futuro (es decir, nuestros niños, nuestros jóvenes) con nuestros prejuicios. Y pensamos, demasiado jerárquica y linealmente, que la felicidad y el progreso consisten en la permanencia en nuestro sistema de valores. En algunos casos, negaremos a nuestros hijos, a nuestros alumnos, el descubrimiento del auténtico talento, de esa fuerza elemental que, con esfuerzo y dedicación personal, pero también con el apoyo familiar y una buena estructura educativa, podría llegar a construir las bases del mundo que les va a tocar vivir y que, para bien o para mal, nunca será –ya– el nuestro.

(Texto escrito en Polar, 15, diciembre de 2011, pág. 5. Escribí a finales de marzo otra entrada en la que hablaba de Ken Robinson y la creatividad: “Mirando al mundo andando al revés”. La imagen es de Joël Evelyn & François.)

Read More

Muchas cosas deberían de cambiar en la enseñanza. Pero una de ellas tendría un remedio muy fácil y, para solucionarla, bastaría con utilizar el sentido común y pocas palabras.

(La foto se la saqué a mi hijo un día cualquiera a la vuelta del colegio. Va al colegio andando y recorre, entre ida y vuelta, unos dos kilómetros y medio. Solo falta añadir que los días en los que tiene Educación Física los alumnos no pueden ir con el chándal, sino que tienen que seguir la poco sana costumbre de cambiarse sin ducharse. Mi hijo, además, tiene que cargar con una segunda mochila con toda la ropa de deporte. Creo que no hace falta decir más. Ni menos.)

Read More

En el programa de Redes emitido por TVE ayer, Eduardo Punset siguió charlando con Ken Robinson sobre la creatividad. Aunque algunos de los seguidores de mi cuenta en Twitter ya han visto otra intervención de Robinson titulada “Las escuelas matan la creatividad” (1 y 2), recomiendo a todos los que no la han visto que escuchen con atención esta entretenida y genial charla (Robinson es un gran conferenciante).

La creatividad es uno de los campos que más me interesa y que considero más relacionado con el progreso en el conocimiento y con la constitución misma del ser humano. Me ha gustado la entrevista con Ken Robinson y el programa en general porque explica de manera muy sencilla pero profunda la importancia que tiene la creatividad no solo en el campo científico y artístico, sino en todos los terrenos de acción humana. La creatividad es algo que todos nosotros podemos aplicar en la esfera de nuestro trabajo y de nuestras aficiones. Un ámbito de nosotros mismos que se tiene, pero que también se aprende y se desarrolla. Una oportunidad para aprovechar todo lo que somos y podemos ser o una pérdida tremenda social y un desgaste personal. De todo el programa, entresaco alguna de las frases y reflexiones que me han interesado.

La primera de ellas, es que para desarrollar la creatividad de un niño y lograr entresacar todo su potencial, no hay que manejarse con los prejuicios de los padres ni de la escuela sobre la generalidad, sino que tenemos que partir de la observación de las cosas por las que los niños se sienten atraídos y las que le causan rechazo. Robinson hablaba en la conferencia antes reseñada de un caso de una niña que no podía parar quieta en clase y que acabó siendo una extraordinaria bailarina y en la entrevista con Punset habla de Bart Conner, un niño que tenía extrañas habilidades atléticas que su madre no cercenó sino que favoreció apuntando a Bart a un gimnasio: Bart acabó representando al equipo de gimnasia de EE. UU. en los Juegos Olímpicos de Montreal.

La imaginación y la proyección de futuro es una parte importante de nuestra existencia. Es una cosa que se valora cuando somos niños y que la sociedad, la familia y nuestra propia evolución personal nos hace ir delimitando y mediatizando para potenciar aspectos más racionales y prácticos. Se nos educa también enfocando nuestra vida y no enseñándonos que el fallo y el error es una parte importante de nuestro desarrollo. Como se dice en el programa, “tropezar nos conduce, a menudo, a una gran idea” (o, en otro momento, el fallo te hace ir descubriendo lo que no funciona”.

Pueden establecerse cuatro pasos para ser creativos: el primero, escoger aquello que más nos motiva; el segundo, ser conscientes de que la pasión es el motor de nuestras vidas y el mundo; el tercero, ser conscientes de que no existe mejora sin esfuerzo y sin disciplina; y, por último, arriesgarse. Aquí podemos apreciar que la creatividad no es una idea peregrina y “genial” que llega a nuestra cabecita, sino que, como “proceso de generar ideas originales que aporta un valor”, cada individuo tiene que trabajar con un material básico como punto de partida y debe saber controlar los materiales con los que trabaja, sean esto los que fueren. Y, después, una vez en posesión de esos elementos y herramientas, puedes adoptar una visión diferente (y, por lo tanto, nueva, sea en la combinación que sea) de las cosas.

En el programa, nos hablan sobre la creatividad panaderos, peluqueros, científicos y profesores. Todos ellos tienen en común un conocimiento lleno de pasión y, por lo tanto, lleno de diferencia. Todos ellos tienen una óptica de las cosas distinta a la convencional. Y, como principio y fin, todos están inmensamente contentos desarrollando su trabajo.

Y ahora la pregunta: ¿por qué el mundo está lleno de padres que desean que sus hijos sean, sí o sí, unos adinerados y frustados profesionales después de cursar, sí o sí, unos estudios que nos les conducen a desarrollar su potencial? ¿Y si nos empezamos a fijar, como padres y educadores, en los matices con los que esos niños pueden colorear el mundo?

(Imagen de Etringita.)

 

Read More