— Verba Volant

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Enseñanza

Creo necesario realizar dos breves observaciones generales antes de contar esta historia.

La primera, que un profesor no “descubre” a nadie. En el oficio del enseñar, es muy sencillo ver al que ya está descubierto: hay alumnos muy estudiosos, inteligentes y diligentes que, aunque nuestro trabajo les venga bien para aprender y progresar, tampoco nos necesitan demasiado. Por lo tanto, existe un tipo de alumnos a los que, simplemente, se les ve y se les estimula, cosa que puede que no sea muy difícil. Sin embargo, creo que el auténtico reto de un profesor es sacar lo mejor de todos los alumnos y, dentro de esta loable tarea, “destapar” a aquellos talentos que permanecen ocultos por ser tímidos, por tener otra forma de ser o de pensar, por no obedecer a ciegas a todos los paradigmas del sistema. Es en estos casos cuando pienso que el profesor “destapa” y ellos nos descubren todo una gama de maravillas que permanecían ocultas sobre una capa, más fina o más gruesa, de discreción u otros tipos de escondite de talentos.

La segunda, una defensa apasionada de promover las lecturas “de verdad” en la enseñanza secundaria. En este blog he escrito varias entradas sobre este particular y no me voy a extender, por lo tanto, en esta cuestión. Si queremos promover la lectura, hagámoslo con libros dignos de ser promovidos y pongamos todas nuestras ganas, todo nuestro ímpetu y todos nuestros recursos para que los alumnos descubran las grandes maravillas de la literatura. Así me ocurrió durante muchos años con La vida es sueño, que era una de las lecturas fijas para mí en las asignaturas de Literatura en las que tocaba dar el Siglo de Oro. Lo que no puede hacer un docente que se precie es lanzar un libro de ese calibre al aire y esperar que los alumnos, sin más ni más, lo recojan. Las buenas lecturas deben ser acompañadas y disfrutadas entre todo el grupo. Leíamos la obra en clase y desgranábamos sus mil y una maravillas. No puedo extenderme más sobre esto (quizás lo haga en otro momento, no sé). Solamente diré que me sentí muy orgulloso de mis alumnos cuando, a raíz del intento en las redes sociales de rescatar una palabra bella cada año, se postuló la palabra arrebol. Cuando a mucha gente esta palabra no les decía nada y tenían que buscar el significado en el diccionario, yo recibí muchísimos mensajes de alumnos que recordaban los momentos en los me explayaba y me emocionaba con ella, a punto de subirme en la mesa (no sé si alguna vez lo hice: en todo caso, no lo confesaré aquí) con su belleza de forma y significado. En suma, habían conseguido recordar con cariño las palabras y sus matices.

Pero no puedo enrollarme más. Mi hijo me suele criticar por estos vericuetos que le doy a las entradas de esta serie. No le gustan alguno de los títulos que pongo (él quiere que tengan más gancho), ni estos rodeos que a mí me gustan tanto y que veo tan innecesariamente necesarios. Este párrafo, de hecho, es una prueba para comprobar si ha llegado leyendo hasta aquí.

Pero vayamos a la historia de César (que es hermano de Lucía). Conocí a César en una clase de Literatura de 2.º de BUP (el equivalente a 4.º de la ESO). Era una clase llena de chavales muy inteligentes, participativos y, sobre todo, tremendamente dicharacheros. Era muy fácil dar clase a ese grupo porque siempre se sacaban cosas interesantes en un ambiente relajado, incluso divertido. César no pertenecía a ese sector participativo. Por las razones que fueren, que luego iría intuyendo, a él le gustaba permanecer al margen. Ese estar al margen podría parecer sinónimo de desinterés a alguien que no prestase demasiada atención a César. De hecho, yo no lo presté demasiada atención al principio. Pero llegó un gran momento. Íbamos a leer La vida es sueño y tocaba la hora de repartir los papeles de la obra. Había que asignar el papel de Basilio y yo, casi sin pensar, fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Él puso cara de malos amigos y creo que rezó algún tipo de protesta para sus adentros más externos. Leyó y lo hizo muy bien, con la serenidad de un rey que fiaba el futuro en los astros. Llegamos a la siguiente clase y la lectura continuaba. Yo solía variar los papeles. Le asigné a otra chica el papel de Rosaura, a otro chico el de Segismundo y tocaba elegir a otro Basilio. Yo fui mirando por toda la clase y dije: “Emmmm, de Basilio… emmmm, César Pedraza”. Ese día la protesta y la cara de pocos amigos era más que vehemente. Quizás él pensase que lo hacía para molestar y sus compañeros que lo hacía para vacilar, pero a mí me gustó esa manera de leer el primer día. Y fuimos repitiendo la ceremonia durante todas las jornadas que duró la lectura de la obra. El inicio era siempre esa voz de protesta, que se había convertido ya en rutina. Para mí, César se había ganado un sitio de privilegio entre los alumnos de Literatura. Demostraba que sabía de lo que hablaba y, según descubrí poco después, que reforzaba lo que él leía por su cuenta, que era mucho.

Pese a haber sido mi alumno hace ya demasiado tiempo, César y yo hemos seguido manteniendo el contacto. Si llega a leer esto y pongo que le considero mi amigo, seguro que me largará un guasap con alguna palabra gruesa afirmando estar en las antípodas. Porque César es así, protestón por fuera e inteligente, anguloso y rico por dentro. Quedamos de vez en cuando (quizás menos de lo conveniente) y nos tomamos algo siempre en el mismo bar, a petición mía. Hablamos de cine y de series, de libros y de escritura. Nos reímos el uno del otro, de los gustos que tenemos, que en un inicio parecen incompatibles y que luego resultan sospechosamente próximos.

César es una de esas personas que no encajaba bien en el sistema convencional de un instituto. Contaré alguna cosa más de ese discurrir académico, que no llegó a finalizar con éxito. Y, si él me deja manteniendo este seudoanonimato, contaré algo de su historia en la que el talento y la perseverancia que ha tenido en la vida le han cundido mucho más que nuestro trabajo con él como profesores, oculto como estaba bajo la capa de Basilio, ese rey que interpretó hace tantos años y que, para mí, le confirió el linaje de los grandes entre los grandes. Porque, descubriendo a un basilio, a veces, nos descubrimos a nosotros mismos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hernán Piñera.

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Cristina pertenecía a una clase de la que he hablado ya alguna vez en esta serie. Les di clase de Literatura (recuerdo que, antes, la Lengua y de Literatura eran asignaturas distintas) en 3.º de BUP y COU (en el sistema actual, 1.º y 2.º de BACH).

Como clase, funcionaban de una manera fantástica. Apuntaban maneras algunos de ellos en 2.º de BUP (Cristina no estaba aún en mi clase ese primer año), cuando la Literatura era una asignatura común, y despuntaron de forma sobresaliente cuando, en 3.º y en COU, eran asignaturas específicas para la rama de letras. Hablo muchas veces, como sabéis, de la sonrisa como uno de los elementos más característicos de mis recuerdos de las personas. En el caso de Cristina, lo que recuerdo primero es el brillo de sus ojos. Era un brillo colorido en unos ojos preciosos (como soy daltónico, no sé si verdes o color avellana) que procedía de la pasión. Porque la pasión de Cristina era la Literatura.

Ya desde las primeras clases, me asusté de la confianza que ponía Cristina en todo lo que yo decía. Si aconsejaba un libro, se lo leía de un tirón. Si adoraba a un autor o una obra, ella lo colocaba en su balda de propósitos para un estudio calmado y detenido. Si defenestraba a un autor, ella se extrañaba en un principio de esa descalificación para luego entender que, en el mundo de los libros y de la literatura, había que tomar partido, inevitablemente.

El nivel que tenía Cristina para comentar las obras que leíamos sería digno de toda una serie de historias sobre la lectura y las interpretaciones. Se apartaba de lo trivial para centrarse de forma atinada en la esencia. A su edad, ya era capaz de alejarse de las interpretaciones facilonas y ad hoc para dar un paso más, maduro, original y creativo. Tenía la competencia de algunos de sus compañeros, también excelentes, pero Cristina era distinta en su manera de vivir con los textos, de asumirlos, deglutirlos y asimilarlos. En ella, la Literatura era un poso para todo lo demás, el principio y el fin de todas las cosas, el lugar en el que confluían los elementos para entender el mundo.

Se sentaba en la primera fila, justo a mi derecha y no perdía ocasión para detectar un gesto, una afirmación arriesgada por mi parte. Ella se lanzaba en tromba en busca de una verdad que tenía en los libros su esencia y que se vería recompensada mil y una veces.

Yo no fui nunca el tutor de la clase de Cristina, pero hablaba mucho con esa clase de infinidad de cuestiones relacionadas con su presente y su futuro (a veces —también— de su pasado). Llegó el día en el que les pregunté qué les gustaría estudiar y Cristina dijo que Periodismo. Me extrañó en un principio, porque tenía manera de filóloga, pero yo no quería tampoco frustrar una vocación enfocada al mundo de la comunicación y que tenía en la escritura uno de sus puntos fuertes. Por razones que no vienen al caso, volví a plantear la pregunta y, cuando Cristina volvió a decir “Periodismo”, ya no me pude reprimir: “¿Y nunca has pensado en Filología Hispánica?”. Su contestación me dejó pasmado: “Es la carrera que más me gustaría estudiar, pero no me veo capaz”. Cristina tenía en un concepto tan alto aquello que adoraba —y que dominaba— que no se consideraba apta para lo que tendría que ser su destino natural. Creo que no mantuve nunca una conversación privada con Cristina sobre este asunto. Me limitaba a volver a sacar la conversación en clase una y otra vez (si puedo sobresalir en algo sobre los demás, es la de tener una capacidad para ser pesado fuera de todos los límites posibles). Con las valoraciones y el trabajo que Cristina hacía en clase cada día su confianza se fortaleció y sus miedos empezaron a resquebrajarse. A la persistente pregunta ella seguía contestando “Periodismo”, pero lo hacía con esa sonrisa aviesa y malvada de quien tenía ya decidido lo contrario. Era, creo, nuestra broma privada, que era, a fin de cuenta, la más pública de las manifestaciones y declaraciones.

Cristina estudió, afortunadamente, Filología Hispánica y es una filóloga excelente. He tenido ocasión de comprobarlo en carnes muy cercanas a las mías. Cuando mi hijo empezó el bachillerato en el instituto, mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que su tutora (y profesora de Lengua y Literatura) me conocía. Pero esa sorpresa inicial resistió solo dos nombres (el de otra alumna mía que llevaba ya un par de años en el instituto y de la que hablaré un día cuando en la serie trataré sobre el pensamiento de los pulpos) y el de Cristina. No sabía que ella daba clase en el instituto, pero las pistas que me dio mi hijo eran infalibles. Una persona así solo podía ser Cristina.

Cristina era una profesora maravillosa, una espléndida tutora. Sabía llevar una clase con criterio y con inteligencia, con toda la mano dura que supone saber guiar con una mano blanda, con toda la sorna y retranca que solamente utilizan aquellos que tienen ese algo más que se necesita para ser profesor de vocación infinita. Me acuerdo de mi hijo diciendo: “Es que esta profesora sí que sabe…”.

Cristina vive cerca de mi casa y suelo encontrarme con ella con cierta frecuencia. Ha logrado a convencer a Julián, su marido para poner a sus dos hijos nombres de escritores que ella adora. Y nada me hace más feliz que sea ella una de las personas dedicadas a enseñar la Literatura por contagio. De eso se trata. Seguro que, cuando ella entra en clase, sigue teniendo ese extraño brillo en los ojos. Seguro que, en algún momento, preguntará más de tres veces a alguno de sus alumnos qué quiere estudiar. Y encontrará a alumnos que le agradezcan eternamente el no haber estudiado otra cosa que no sea Filología. Aunque ellos no sepan esta historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Svenwerk.

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La historia de hoy trata de Alfonso. Bueno, mejor vamos a llamarle Fonsi, hipocorístico que ahora se asocia a una canción de consecuencias nefastas para la historia de la música, pero que encaja en esta entrada como anillo al dedo. Porque jamás llamé Alfonso a Fonsi, ni en los momentos relajados ni en los serios. Todavía no sabía la razón, pero la he adivinado cuando he pensado en esta entrada.

Era el segundo curso que impartía clase de Lengua y Literatura Castellana en 3.º de la ESO y esa sección A que me llegaba ahora era famosa ya por su trayectoria. ¿No habéis oído esa expresión de “Es una clase muy buena académica, pero muy revoltosa y habladora”? Pues eso es lo que escuché yo a mis compañeros cuando hablaban de la clase de marras. Siempre he procurado no hacer ni puñetero caso a esas valoraciones del grupo o de los individuos. Son tantas ocasiones con las que me esperaba una cosa y me he encontrado la otra (para mal, para bien), que siempre prefería comprobarlo con mis propios ojos cuando llegase el momento. Eso sí, me acuerdo que una compañera dijo “Y ese Alfonso, qué pesado es, siempre de broma e intentando liarla” y, no sé por qué, me quedé con la copla.

Llegué a clase, me presenté, dije alguna parida —imagino que diría alguna, lo contrario me habría extrañado— y, de inmediato, Fonsi dijo algo a media voz con una sonrisilla que es difícil de olvidar. Y yo contraataqué con un “Fonsi, fuera de clase”.

La cosa, en forma de diálogo, sería más o menos así:

—Fonsi, fuera de clase.
—Pero si no he hecho nada.
—Precisamente por eso, Fonsi. Fuera de clase.
—Es injusto, me has cogido manía y no sé por qué.
—En efecto, Fonsi, te he cogido manía y no sé por qué. Fuera de clase.

Y Fonsi puso rumbo a la puerta cabeceando, rezando en voy baja algo referente a las injusticias de este mundo, pero esbozando esa sonrisa de pillete que le ha caracterizado y todavía le caracteriza. Toda la clase reaccionó con bromas dedicadas a Fonsi, que mientras se iba, tuvo que escuchar: “Te ha calado a la primera”, “Hala, ya tienes la primera anécdota del año para contar en casa” y otras muchas cosas más.

Frente a esa expulsión, hay que decir varias cosas. La primera, que era auténticamente extraño que yo expulsase a un alumno. La segunda, que fue una expulsión que procedió del instinto y no estaba basada en nada racional, ni siquiera en nada mínimamente justificado. Y, ahora que lo pienso, también hay una tercera. Creo recordar que ese año entró un nuevo director en el centro que dijo que no se podía expulsar a nadie, que estaba prohibido. No añadiré nada más, pero sí creo necesario subrayar que Fonsi no fue, de ningún modo, una cabeza de turco que emplease yo contra el sistema. Y fue una expulsión que no figuró nunca en el parte correspondiente.

Di esa clase de forma normal y relajada y, al día siguiente, tocó dar clase de nuevo en 3.º A. Fonsi iba a decir algo a su compañera de atrás, y yo le dije: “Fonsi, no te vuelvas y cállate, anda”. “Que no me llames Fonsi, que me llamo Alfonso. Y no estaba hablando”. A lo que yo le dije: “Vale, Fonsi, lo que tú digas, pero cállate, anda”. Se lo dije en un tono neutro que podía querer decir tanto “Te vas a volver a ir de clase cagando leches” como “¿No ves que te estoy vacilando un poco?”. Fonsi, que de tonto no tenía un pelo, entendió perfectamente que se trataba de la segunda opción y con ella nos movimos de forma relajada hasta que acabó 2.º de BACH.

Pero, por muy gracioso que fuese, la historia de la expulsión de Fonsi no puede alcanzar aquí su grado máximo de explicación. El contexto, la situación, el juego que nos dio a lo largo de todos los años, van mucho más allá de lo que cuento aquí.

Como ya viene siendo frecuente en estas historias, hay muchas cosas más que contar de Fonsi a lo largo de esos años de instituto. Porque Fonsi estaba en una clase muy importante para mí (en la que estaba, por cierto, el chico que llevaba siempre demasiado limpios los zapatos) y otros muchos que tendrán su historia de forma más que merecida.

La historia final que voy a contar de Fonsi tiene que ver con un día de despedida. Antes de la fiesta de despedida de los alumnos en el instituto (esa que yo, siempre que fui coordinador o tutor me negué siempre a llamar “Fiesta de graduación” porque no era tal y porque para mí siempre fue más importante en estos actos lo personal que lo académico), tenía la costumbre durante unos años de llevarles a una zona de campo cercana al centro. En una de las horas de tutoría, ya próximos los exámenes finales, nos sentábamos entre la hierba y les explicaba que, además de ese momento de fiesta en la que iban a estar también sus familiares, en el que se dirían discursos y palabras protocolarias, este, probablemente, iba a ser el último momento que iban a coincidir todos. Que se prometerían mil y una quedadas a las que asistirían unos pocos. Que la vida les haría estar aquí y allá, a veces a miles de kilómetros de distancia. Que las vidas, lo mismo que se encuentran, se separan de forma más o menos inexorable. Aunque algunos de ellos sean amigos de siempre, no siempre iban a estar todos. Así que era el momento de que, el que lo quisiera, hablase de cualquier anécdota, que contase algo divertido que había ocurrido en el transcurso de esos años…

En esas intervenciones, se iba saltando de lo trascendental a lo intrascendente (que, en estos casos, a veces es lo más importante) y, entre bromas y algún ataque de timidez, se iban deshilando palabras preciosas de despedida, de recuerdo de los mejores momentos. Lo teníamos fácil, porque muchos pudimos decir “Siempre nos quedará París”. Fonsi comentó, claro está, ese momento en el que fue expulsado nada más entrar en clase, entre las risas de todos. Porque todos ellos sabían que Fonsi era un tipo fundamental y excepcional, divertido y poco convencional, arisco en su misma calidez no siempre reconocida. Cuando nos levantamos y nos íbamos a marcharnos, Fonsi me dijo unas palabras, entre susurros, que yo nunca podré olvidar.

Ahora Fonsi y yo intercambiamos, de vez en cuando, algún guasap relacionado con algún burgalés que dice que hace rap y hace, simplemente, el payaso. Pero eso, quizás, sea otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de The Naked Ape.

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Después de la historia de ayer, digna del mejor de los sanvalentines, toca abordar otra mucho más… no sé cómo llamarla. Pongamos la palabra difícil.

Todos los que entráis aquí a leer esta serie ya os imagináis, porque a veces lo habéis vivido en vuestras propias carnes en ese instituto o en cualquier otro instituto de cualquiera de los mundos posibles aunque difícilmente imaginables, que hay historias que, aunque sean ciertas, parecen totalmente inverosímiles. Si añadiese yo algunas de las cosas que sé o que he visto en una obra de ficción, me tacharían de fantasioso o demasiado imaginativo. Pero la realidad es la que es, mucho más cercana a veces a nuestros mejores sueños, mucho más próxima otras muchas veces a la pesadilla que nos priva del aliento.

Hoy voy a contar la historia de Manuel, un chico que llegó en el último curso al instituto. Era bastante frecuente que, en el centro donde trabajé, llegasen muchos alumnos en los últimos años de la enseñanza secundaria. En algunas ocasiones, por motivos evidentes: habían estado en otros centros concertados hasta un nivel determinado y acudían al nuestro para finalizar de manera gratuita. En otras ocasiones, llegaban rebotados de otros centros por diferentes razones. O, simplemente, llegaban al nuestro deseosos de un cambio de aires.

No sé cuál era el caso de Manuel porque no era su tutor, pero me lo imagino. Creo que era uno de esos chicos de colegio de pago que había patinado un poco con las notas y que había recalado en el instituto para ver si un cambio le ayudaba o le fortalecía. Y le vino bien, porque Manuel, sin ser una inteligencia desbordante, fue resolviendo sus cuestiones académicas de forma más que solvente en las dos materias que impartí yo ese año en su curso, Literatura del siglo XX e Historia de la Filosofía.

Como ya ha aparecido muchas veces aquí, es inevitable recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su carcajada, una risa desbordante y contagiosa en una cara muy agradable y simpática. Porque Manuel era un chico educado, sociable y encantador.

Un día estaba yo a la hora del café en un bar próximo y, como solía ocurrir con cierta frecuencia, me senté con alguno de los grupos de alumnos mayores que estaban por allí. Ahora que no nos escucha nadie, pasaba muy buenos ratos en esos momentos de charla distendida y ajena a todo lo académico. Allí estaba Manuel. Hablaba de una de sus aficiones deportivas (practicaba el taekwondo) y, en un momento, dentro de esa conversación normal y entre risas, soltó algo que a él le pareció totalmente normal y que al resto nos puso la carne de gallina. Comentaba que le daba vergüenza que le viesen las rodillas en el gimnasio o en las piscinas, que las tenía demasiado oscuras. Nunca he llegado a calibrar las tonalidades de las rodillas en contraste con otros lugares del cuerpo, pero me imagino que nunca sería tan grave como para ser causa de esa preocupación, que llegaba, según él, al trauma. Pero, como he adelantado en el título de la entrada, lo más preocupante no era el síntoma, sino el “tratamiento” que le daba a su “problema”: para quitar ese oscurecimiento, Manuel se lijaba las rodillas. El remedio, era mucho peor que la enfermedad, porque ese aclarado blanquecino inicial acababa en enrojecimiento y, con el tiempo, derivó en herida permanente. Pero, según me enteré algún día por motivos que no venían a cuento, Manuel prefería unas rodillas heridas, incluso vendadas, que unas rodillas sanas pero oscuras.

En ese momento en el bar, me vinieron mil interrogantes sobre los laberintos en los que nos perdemos los seres humanos. Cuando él se marchó, todos permanecimos un rato sentados. La situación era incómoda. Yo quería hablar, pero me había quedado sin palabras. Lo peor vino después. Sus compañeros no sabían todo el asunto de las rodillas, pero conocían manías mucho más preocupantes de Manuel. Al parecer, el chico tenía la costumbre de estar sentado en la mesa del bar con los amigos, con los compañeros y orinar debajo de la mesa. Con ellos ya lo había hecho varias veces. No se le escapa, sino que era un acto deliberado: se bajaba la bragueta y dejaba desparramar el líquido. Luego, con esa carcajada contagiosa de la que he hablado al principio, Pero no era una travesura ni una gamberrada que hiciese en silencio. Manuel les hacía partícipes de ese acto que le provocaba una risa intensa y desbordada como el orín que corría ya por el suelo.

Y creo que todos nos preguntamos ahora (yo lo sigo haciendo) qué le ocurría a Manuel. Yo aún no he encontrado la respuesta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cobeete.

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Hoy es 14 de febrero, así que la historia que cuento hoy es la más apropiada. Es el día de la banda sonora de “Historias de amor” de OBK, no porque sea una canción que me guste (en realidad, la detesto), sino porque, probablemente, coincida en el tiempo con el hecho que voy a contaros. Si seguimos la letra de esa canción, probablemente podríamos rastrear muchos de los enamoramientos que acontecieron durante aquellos años.

Antes de empezar, es conveniente que diga que, en esta serie de historias, habrá, con toda probabilidad, muchas historias de amor. Llevar más de 25 años entre jóvenes y adolescentes supone haberlo vivido casi todo: parejas perfectas que duran un día, parejas imperfectas a los que veo ahora ya por segunda vez con un carrito de bebé, parejas destinadas a no conocerse que se conocieron (y vaya si se conocieron), parejas de ahora que ellos ni siquiera se pudieron imaginar entonces, rollos de una noche que duraron una noche y rollos de una noche que duraron cuatro años, parejas que no lo fueron y que, años después, se reencontraron y se amaron.

La historia que cuento hoy tiene algo de anécdota previa que narraré a medias, porque la cosa dará más de sí. Diré que conocí a Clara en 1.º de BUP (el actual 3.º de la ESO). Fui, en ese curso, su profesor de Educación Física. Clara era una chica que se alojaba en una residencia de monjas. No sé si exactamente era novicia, pero parece que su destino estaba enfocado a la vida religiosa. Era una estudiante extraordinaria y, como suele ser frecuente, no muy hábil en las cuestiones deportivas. Pero esa formará parte de otra historia (que podría titularse algo así como “La chica que sacó todo sobresalientes y a la que suspendí una evaluación de Educación Física”. Pero vayamos a la historia de hoy.

Me reencontré con Clara en 3.º de BUP (1.º de bachillerato) como profesor de Filosofía. Olvidada ya la Educación Física, Clara era una de esas estudiantes ejemplares. Inteligente sin ser altiva, brillante sin visos de repelencia. Dedicada, en resumen, a aprender mucho, a no dejar nada en el tintero, a esforzarse por alcanzar mucho conocimiento con excelentes resultados. La asignatura de Filosofía ese primer año exigía tener un pensamiento ordenado, que relacionase conceptos para llevarlos siempre un poco más allá, y Clara lo hacía a las mil maravillas. Ese año, como era habitual en ella, sacó unas calificaciones magníficas.

Empezamos el curso de COU (2.º de bachillerato) y yo me estrenaba como tutor en ese curso (sustituía en esa función a uno de los profesores más veteranos, que no se tomó muy bien el cambio, pero eso es —también— otra historia). Asumía una responsabilidad muy grande para haber llegado hacía muy poco a la enseñanza e intentaba gestionar lo mejor posible todas las contingencias de una clase numerosísima.

Como sé que estáis esperando con intriga el episodio romántico y yo estoy, deliberadamente, dando vueltas y vueltas para postergarlo, lleguemos ya a él. Ese año, llegó a clase un chico nuevo. Decía en alguna entrada anterior que había dado clase en secundaria a chicos con una edad muy similar a la que tenía yo en esos años. Juan José (Juanjo) no llegaba a ser como yo, pero no andaba muy lejos. Como siempre en estos casos, había vivido circunstancias algo peculiares. La fundamental, en su caso, era que había pasado unos años viviendo en Irlanda. Había vuelto a España, a Burgos, y decidió finalizar los estudios para acceder a la universidad. Juanjo era un tipo simpático, de pensamiento ágil y maduro. Era un placer dar clase de Historia de la Filosofía a una mente con una persona con una cabeza tan bien asentada.

Juanjo se sentaba en la parte central de la clase, en la última fila. Uno de esos cambios azarosos que realizaba yo como tutor a lo largo del curso para que los alumnos no se anclaran a un sitio motivó que, en la segunda evaluación, Clara, que siempre era alumna de primeras filas por propia iniciativa, recalase en la última fila, a la derecha de Juanjo. Lo que al principio era distancia entre ellos se convirtió en colaboración. Lo que era solo cooperación, después se convirtió en compañerismo. Lo que era una buena relación entre compañeros, se convirtió en sintonía y simpatía. Yo me alegraba porque veía una evolución sana en Clara, que seguía centrada pero estaba más alegre, más madura, y en Juanjo, que, pese a ser “el nuevo” en la clase se interesaba más todavía en integrarse.

Un día, sonaron las señales de alarma. No las había detectado unas semanas antes. Y eso que atisbé en alguna ocasión una mirada rápida, una sonrisa cómplice entre ellos. Las atribuí, simplemente, a esa manera que tenían de ir conociéndose. Algunos profesores se quejaron de que el rendimiento de Clara había bajado sustancialmente. Uno de los profesores, en modo cotilla, murmuró algo como puesesqueyolaveotodoeldíahablandoconJuanjo. Hablé con ella y, con una cara luminosa y resplandenciente, me dijo que no le pasaba nada. Yo le dije que muy bien, que me alegraba de que no le pasase nada, pero que se pusiese las pilas. En definitiva, nada que no diga un tutor preocupado en esas circunstancias.

Unas semanas más tarde, el bajón de resultados se tradujo en un fracaso académico absoluto. Primero hablé con Clara, que me desveló lo que ya era un secreto a voces. Juanjo y ella, simplemente, se habían enamorado. Y yo, como tutor preocupado pero nada habituado a lidiar con esas contingencias, le dije algo así como que muy bien, que me alegraba… pero añadí que si se lo había pensado bien, que meditara… no sé muy bien qué más le dije ni qué más le tenía que decir.

Al día siguiente, hablé con los dos. Comprobé que la cosa iba muy en serio. A mí, por supuesto, no me importaba la historia en sí (es más, me alegraba), sino el hecho de que Clara no la llegaba a compaginar con su vertiente académica. Los años y los sentimientos le habían hecho cambiar de rumbo vital en un ángulo próximo a los 180 grados y yo lo comprendía, pero, como profesor, intentaba también que mantuviese el ritmo habitual para finalizar ese último curso y enfocar ya su vida como ella quisiese, como ellos deseasen.

Clara no aprobó ese curso. Perdí el rastro de Clara y Juanjo y no sé cómo acabó la historia. Pero todavía recuerdo esa sonrisa cómplice, cuando Juanjo y Clara descubrieron el amor.

(Pequeña observación: mientras escribía esta entrada, estaba escuchando una lista de reproducción de canciones románticas. Cuando escribía las últimas líneas —azares de la vida—, sonada “The Power of Love”, de Jennifer Rush. Acordándome de Clara y Juanjo, me han entrado ganas de llorar. ¡Feliz día de San Valentín, Clara, que sé que me estarás leyendo! Feliz día de San Valentín, amigos, ahora que me estáis leyendo).

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Nick.

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Esta es la primera vez en la serie en la que cuento una historia relacionada con un alumno universitario. Habrá muchas más, por supuesto, y con vertientes y variedades suficientes. Obviamente, la relación con los alumnos universitarios no es la misma que la que se mantiene en la educación secundaria. De alguna manera, en la educación secundaria conoces muchos más aspectos de los alumnos, te da tiempo a verlos desde muchas perspectivas y, en cierto sentido, tienes más oportunidades de llegar al fondo (o casi al fondo) de sus vidas.

La historia que cuento sucedió en los primeros años como profesor de universidad. Daba clase de “Análisis del lenguaje publicitario”, una de mis asignaturas favoritas. Por primera vez, podía combinar y compaginar aquellas cosas sobre las que investigaba y sobre las que escribía con una pasión que me venía de lejos, ya desde pequeño, puesto que mi padre era creativo publicitario. Pero eso es otra historia que tendrá que esperar.

Como creo que sabéis, acuden a la universidad muchos estudiantes extranjeros con programas de intercambio. El curso en el que se ubica esta historia, acudieron unos cinco estudiantes mexicanos a mi asignatura. Tengo muy buen recuerdo de ellos: algunos de ellos buenos estudiantes (en concreto, dos alumnas brillantísimas), todos ellos muy educados, atentos e interesados en la materia. Bueno, no todos. También estaba el chico mexicano que leía el periódico.

Obviamente, el título de esta entrada no está suficientemente especificado y quiere jugar, en cierto modo, con la duda, la intriga y la indefinición. Me imagino que el resto de los compañeros también leía el periódico, lo mismo que otros alumnos que no eran mexicanos. Es probable que algunos se extrañen de mi fe en la lectura de prensa escrita por parte de los jóvenes, pero hay que subrayar que esto sucedió hace ya unos cuantos años y que, por aquel entonces, el periódico El Mundo repartía de forma gratuita cientos de ejemplares en mi universidad. A la entrada del aulario donde estaban los alumnos de Comunicación Audiovisual había un sinfín de periódicos y, lo primero que hacíamos todos, era aprovecharnos de la gratuidad para leer el periódico en nuestros ratos libres.

Esto de los ratos libres no se aplica al chico mexicano del que hablo, al que llamaremos Alfonso. En una clase de cerca de cien alumnos, él se sentaba al fondo de la clase. Jamás le vi sacar una carpeta, ni una libreta, ni unos folios en blanco. Jamás un bolígrafo o un lapicero. Lo único que hacía, al empezar la clase, era abrir el periódico, siempre atento a sus noticias y nunca a lo que yo decía. En una clase en la que hay tantas personas, suelen ser extraños los momentos de silencio completo, pero, de forma milagrosa, se abrían esos espacios de calma chica justo en el momento en el que Alfonso pasaba las páginas del periódico. También hay que decir que no lo hacía de forma delicada, sino que se deleitaba con el doblez del papel y se enfrentaba a la resistencia de la superficie del material con decisión y rudeza. En resumen, hacía un ruido del carajo.

Yo nunca le dije nada. Le miraba en muchas ocasiones con cara entre neutra y —digamos— amistosa, y él, cuando se daba cuenta, me devolvía la mirada sin hacer acuse de recibo de una posible intención implícita por mi parte. Pasaron las semanas y se acercaba el momento del examen (no estábamos aún en el Plan Bolonia y, por lo tanto, solo había que realizar un trabajo antes de la prueba final). Antes de nada, he de decir que, siempre que he tenido estudiantes del plan Erasmus u otros planes de intercambio, he intentado adaptarme a sus circunstancias. Cuando el idioma es distinto, por razones evidentes. Y, cuando el idioma es común, como era el caso, intentando comprender de qué tipo de estudios procedían (algunos llegaban desde Escuelas de Negocios) para ajustarme a sus necesidades. Eso sí, jamás les regalaba una nota, aunque les facilitase el camino. Es algo que todos los profesores hacemos en la universidad y que es fácil de comprender por cualquiera.

Pero Alfonso, entendiendo de prensa escrita como el más experto, dado su consumo intensivo de periódicos durante horas y horas, sabía poco de todo lo demás, empezando por la educación y acabando por el sentido común. Un día, unos diez días antes del examen, me dice, de forma un tanto brusca: “Escuche, profesor, que cuándo podemos hacer el examen”. Yo le contesté lo único que podía contestarle: “Pues el día del examen, el 15 de junio”. “Es que el día 15 de junio estoy ya en México, profesor”. “¿Y cómo es que estás en México, si estás de exámenes, Alfonso?”. “Es que tomé los boletos del vuelo hace unas semanas, profesor”, me dijo. A lo que yo le pregunte: “¿Y cómo coges los billetes del vuelo antes de los exámenes, Alfonso”.

Para ahorro de líneas y de paciencia por parte del lector, abrevio el diálogo diciendo que hubo otros muchos “Profesor” y otros muchos “Alfonso”. Que a Alfonso se le fue mudando el rostro cuando vio que no iba a regalarle un aprobado que no se merecía desde ningún punto de vista (a todo esto, hay que decir que a ninguno de sus compañeros mexicanos les sucedió lo mismo, dado que cogieron los billetes, lógicamente, en una fecha posterior a los exámenes, salvo una de las alumnas, que me avisó con mucha antelación de sus circunstancias, me había realizado un trabajo excelente —Alfonso nunca entregó el suyo— y con la que quedé para hacerle el examen dos días antes de salir para México).

En ese momento, le dije a Alfonso algunas cosas sobre las clases, los exámenes, las normas elementales de comportamiento y la educación. Creo que no venían en ninguno de los periódicos que había leído durante cuatro meses.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Pedro Ribeiro Simões.

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Una amiga mía de adolescencia, un poco tonta y demasiado pija, decía que podía conocer a la gente por los zapatos que llevaba. Era, para ella, un conocimiento que discriminaba por la clase social al que pertenecía el portador del calzado. Por aquel entonces, a ella le interesaban los chicos con zapatitos italianos de borlas o los tradicionales zapatos castellanos limpios a rabiar (creo que ahora también, pero no estoy seguro). Yo le solía preguntar si, en consonancia con ese pensamiento, aquellos que llevaban calzado deportivo eran deportistas, pero nunca se dignó a contestarme. Por si acaso, en las tardes de verano yo acudía al centro enfundado en unas chancletas que a ella le hacían rabiar y a mí me hacían pasar mucho frío pasadas las nueve y media.

Años más tarde, el terrible pero brillante Hannibal Lecter recriminaba a la agente Clarice Starling en El silencio de los corderos querer aparentar más de lo que era al intentar vestir bien pero llevar unos zapatos baratos, que denotaban su procedencia de clase. En suma, que en esto de los zapatos tengo yo una lucha esquizofrénica entre quitar la razón a mi antigua amiga pija y dársela a ese monstruo, a veces sofisticado, a veces brutal, que es el doctor Lecter. Y esto es lo que me ocurría con el chico que llevaba siempre limpios los zapatos.

Siempre me dio la impresión de que ese chico pertenecía a otro tiempo. En primer lugar, por el nombre. Todo el mundo le llamaba por su apellido (Rodríguez). Esto, que era muy frecuente en los colegios masculinos cuando era yo pequeño, no lo era en absoluto cuando yo daba clase en ese instituto, en la que todos, hombres y mujeres, habían recuperado la individualidad con su nombre de pila. Se me antojaba siempre viejo por sus ideas, sus prejuicios, su actitud… y por sus zapatos.

Llamaba poderosamente la atención la forma en la que se vestía, siempre con pantaloncitos de pinzas (no sé si alguna vez le vi con pantalones vaqueros) y con unos zapatos clásicos e inmaculadamente limpios. No es que sea yo amigo de la guarrería suprema, pero, al igual que Adolfo Domínguez soltó respecto a la ropa aquello de “La arruga es bella”, a mí en esto de los zapatos, quizás por traumas de la adolescencia, me gustaba siempre un toquecito de polvo, un aderezo de barro en la suela, un cordón ligeramente suelto… No sé, algo que diese la impresión de que uno no estaba preparado para que le metiesen en una caja de pino con los brazos cruzados y los labios sujetos con silicona. Decía que Rodríguez llevaba esos zapatos limpios y clásicos que hubiesen hecho las delicias de mi amiga y que al doctor Lecter, quizás, le hubiese hecho dudar de su procedencia. En cualquier caso, Rodríguez parecía sacado del fémur del mismísimo Cid Campeador: era burgalés a a tope, castellano a tope (sin ser, por supuesto, castellanista) y español a más no poder. Esto no es, por supuesto, un insulto, pero sí una manera muy expresiva y explicativa de su manera de ser.

En sus relaciones con los demás, predominaba la ambivalencia. Siempre tenía una palabra fea y un gesto despectivo respecto a los demás, pero lo mezclaba en ocasiones con una sonrisa en la que no sé si llegaba a reírse de sí mismo o, simplemente, estaba intentando representar un papel en el teatro del mundo del clasismo y el conservadurismo. Me caben dudas, lo reconozco. Las Supernenas, tres amigas inseparables y a las que dedicaré una historia no tardando mucho, que eran de todo menos convencionales, clásicas y clasistas, le tenían aprecio y eran amigas suyas.

No podré olvidar el día en que a Rodríguez se le ocurrió decir durante una de mis clases que el instituto en el que estábamos era una mierda. Una vez más, con ese gesto despectivo y displicente. Apunto brevemente que se trataba de un centro ubicado en un barrio, que nació de una forma más que humilde y cuyo origen, hacía más de cuarenta años, estaba centrado en la formación y la mejora de muchas personas que tenían pocas posibilidades. En suma, un centro humilde. Yo le contesté cuatro cosas. Quizás fueron cinco o seis. Todas explicativas de lo que suponía de bueno estudiar en un centro de esas características, lleno de personas normales pero excepcionales, repleto de buena gente y con vidas llenas de futuro. Creo que acabé con algo que siempre sostengo: “Lo mejor de un centro educativo son sus alumnos”. Y creo también que él se sintió excluido de ese “mejor” al que yo hacía referencia. Él seguía torciendo el gesto, pero, cuando acabé, todos sus compañeros estallaron en aplausos, que eran reivindicativos de su propia procedencia, de su propia excelencia, que no radica en el origen, sino en el presente y, sobre todo, en el devenir, ese destino que puede romper los horizontes y que no admite predeterminaciones.

Pese a todo lo que digo, las relaciones con Rodríguez no siempre eran tirantes. Como ocurría con sus compañeros, entre los dos alternaban las tensiones con las sonrisas y algunos buenos momentos. Lo que ocurre es que, con el curso de Rodríguez, nos fuimos de viaje a París. Y ahí ocurrió algo que nunca podré perdonar. Pero esa será otra historia. Otra historia de alumnos que me hará tener presente lo que significa llevar tan limpios los zapatos.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de a.has.

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Os hablaba el otro día de Noemí —la chica que leía con la voz de Emma Thompson— y dije que tendría más historias que contar. Hoy toca hablaros de su hermana, Nerea.

Nerea tenía un talento natural para muchas cosas. Era de esas alumnas que combinaba la facilidad para las Matemáticas con una sensibilidad exquisita para el Arte y para la Literatura. He de reconocer que me agradan los alumnos que escogen las letras por convicción y no por salir corriendo al escuchar palabras relacionadas con las derivadas, las funciones o los ejes de de abscisas y ordenadas.

Cuando tuve a Nerea en clase, su manera de comportarse obedecía siempre a un esquema parecido a este: estaba sentada un poco de lado, con la cabeza hacia abajo escribiendo algo (o, probablemente dibujando). Pese a lo que pudiera parecer, siempre escuchaba muy atentamente. Cuando tenía que intervenir o le preguntabas algo, siempre tardaba unas décimas de segundo más de lo esperado para hablar. No se trataba de vestigios de un pensamiento lento, sino, paradójicamente, de todo lo contrario: prefería esperar un instante para que su cabeza diese con la expresión más precisa, el pensamiento más elaborado. No se trataba de responder a lo que el profesor esperaba, sino responder de manera adecuada. Alternaba la cara seria inicial con una sonrisa que se alargaba, primero de manera indecisa para ver si yo estaba de acuerdo con la respuesta, segundo de manera más confiada cuando yo buscaba alguna razón para vacilarla un poco.

(Me doy cuenta de que hablo mucho de las sonrisas de las alumnos. Cuando quiero acordarme de la sensación que me transmitieron, siempre evoco su sonrisa. Es un recurso que no me falla. ¡Qué de sonrisas he vivido y vivo como profesor y qué significativas son! Inevitablemente, será algo que tendré que tratar como monográfico un día).

Decía que Nerea era reflexiva, quizás un poco retraída al principio (y solo al principio). Que no hablase a bote pronto no significaba timidez, sino la búsqueda de un espacio. A veces, un espacio de reflexión. A veces, un espacio para sí misma. Porque era inevitable, como profesor, pensar en qué estaría pasando por la cabeza de Nerea cuando hacía esos trazos sobre el papel. Celoso de la privacidad, nunca me acerqué para indagar qué estaba haciendo. La curiosidad nunca tiene que servir para invadir una necesaria privacidad, que en Nerea era el espacio de su creatividad, de la mente que volaba por todos los espacios.

Tuve a Nerea como alumna más de un curso, pero recuerdo de manera muy nítida las clases de Literatura Universal en bachillerato. La asignatura de Literatura Universal fue, durante unos años, un auténtico paraíso. Desde luego, lo fue para mí, pero creo que también lo fue para mis alumnos. Antes de que entrase como materia para las pruebas de acceso a la universidad, el profesor podía escoger a su antojo las lecturas que conformarían el programa. Entre esas lecturas, yo iba alternando unos libros fijos, que consideraba imprescindibles (Shakespeare, por ejemplo, siempre estaba presente). Y siempre sin libro de texto, por supuesto. El año de Nerea, decidí hacerles un regalo que consideraba único: la lectura de Moby Dick, que nunca habíamos abordado en la asignatura hasta entonces. Yo esperaba que disfrutasen hasta el infinito de la aventura interior y exterior que supone buscar enfermizamente un demonio fuera de uno mismo cuando ese demonio está alojado en nuestro interior. Pero el fracaso fue absoluto. Los alumnos siempre habían estado contentos con las lecturas elegidas, pero la montaña de mar y arpones se les hizo una galerna insalvable. Personalizo en Nerea ese “disgusto”, aunque, como digo, era extensivo a toda la clase. Ella fue la que se atrevió a decir eso que yo considero tan valiente cuando se habla de una obra maestra: “Es que es un coñazo, de verdad”. Yo estaba tan cegado buscando cachalotes en mi vida que no me daba cuenta de que —quizás— no era el momento de ser Ismael y dejar atrás la melancolía haciéndose a la mar y a la aventura. Lo intenté de todas las formas posibles, pero no hubo manera. Luego he leído en más de una ocasión que Moby Dick era una de esas novelas difíciles de digerir para muchos lectores… y ahí estaba yo, empecinándome en el error sin haber sido consciente de ello, sin haberlo previsto, yo que me las daba de listo.

Hablo de la obra de Melville y de la reacción de Nerea porque la considero muy significativa de su pensamiento: no aceptar nada por válido ni por establecido si no pasaba por su filtro de personal autoconvencimiento. Sin embargo, quizás fuese más significativa su pasión por Hamlet. Es una obra con la que siempre han disfrutado los alumnos, pero Nerea pienso que fue una de las personas que más jugo sacó a los personajes. En el fondo, Nerea siempre se ha tenido que debatir en esas dudas interminables, en esos debates interiores con los que comprenderse mejor a sí misma, con los que comprender mejor el mundo, con los que invitar y mostrar a ese mundo y a las personas que lo circundan cómo era ella y cómo se podía concebir el mundo de muchas maneras posibles de ficción y representación.

Nerea tuvo que pasar en esos años por dos trances horribles: la muerte de uno de sus seres más queridos y los problemas de salud de otra de las personas más cercanas de su familia y con la que Nerea mantenía vínculos indivisibles. Sin que ella lo esperase, en los años en los que hubiese podido echar a volar, a Nerea le tocó poner los pies en la tierra. Su madurez y su aplomo fueron admirables. No se resignó a vivir y conformarse con lo que había, sino que asumió perfectamente el papel que le tocaba. Estudió en la universidad una licenciatura propia relacionada con la Restauración (la artística, claro), curso y luego siguió con otros estudios relacionados con cuestiones artísticas y con la moda. Sin abandonar lo que le gustaba y le apasionaba, sí tuvo que madurar antes de tiempo y pautar sus pasiones para combinarlas con sus obligaciones.

A cualquier otra persona, esto le hubiese marcado para mal, pero Nerea es tan fuerte y tan inteligente que ha sabido construir una vida como le ha tocado vivirla. Para disfrutarla y sacarle el máximo jugo. Si la justicia divina hubiera existido, le hubiese ido estupendamente con una tienda de ropa online en la que vendía sus propios diseños, que eran originales y excelentes. Pero no hubo suerte. Nerea vive disfrutando de los viajes que le abren la cabeza y le insuflan aire nuevo y puro, de todas las notas musicales, personas y matices que ha descubierto en su trabajo actual, del afecto de todos los que le reconocen su esfuerzo y su valentía.

Iba a hablar del cariño inmenso que proceso a esa familia, a Noemí, a Nerea y a su madre, pero no va a ser hoy. Solo me gustaría acabar felicitando a Nerea por su reciente cumpleaños, que me ha chivado alguna de sus redes sociales. No le he mandado ningún mensaje porque quizás ella se acerque hasta el final de esta entrada para comprobar que no se me ha olvidado. Y espero que algún día se arme de paciencia, lea esta entrada que escribí hace un tiempo, coja Moby Dick y se lance de nuevo al mar de las palabras para vivir nuevas aventuras.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Elisabeth Tonglet

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No pensaba escribir tan pronto de Braulio, pero un comentario de mi amiga Ana, intrigada por el devenir del chico en COU me ha hecho replantearme el asunto y escribir sobre él por segunda y última vez.

De lo que dije ayer y de lo que comentaré hoy se puede deducir muy fácilmente que Braulio es un chico que no me caía demasiado bien y de ahí se pueden derivar varias reflexiones: que a los profesores, en efecto, hay alumnos que nos caen mejor que otros; y que, caigan como nos caigan, tenemos que realizar nuestro trabajo de manera imparcial. De forma más general, esto conduce a otra reflexión que abarca más y, por lo tanto, creo que es más interesante aún: como profesor, por mucho que lo intentes, nunca vas a llegar a todo el mundo ni vas a conseguir grandes logros con todo el mundo. Con mucha suerte, tu trabajo servirá de aliciente a unos pocos y será útil a otros más, pero siempre quedan todos a los que no llegaste, algunos más que no compartieron tu manera de ver las cosas, aquellos que no te comprendieron o a los que tú no supiste explicar bien las cosas.

Como decía ayer, Braulio era una persona que intentaba estar en todos los márgenes del sistema y, por lo tanto, intentaba beneficiarse del centro. De la misma manera que intentó saltarse la Educación Física sin saltar, intentó invadir el terreno del aula con bastante chulería y prepotencia. Creo que en esto soy bastante objetivo: yo era “el profesor novato” y él intentaba utilizar todas sus armas para aprovecharse de la que él creía que sería una circunstancia propicia para mostrar una seguridad que, desde luego, era solo aparente. Y ahí, en COU (el equivalente de 2.º de BACH), es cuando confundió la velocidad con el tocino.

Llamemos a la Educación Física “velocidad” y a la Historia de la Filosofía de COU “tocino”. No por nada en especial, sino porque me parecía que quedaba bien como título y tenía algo de sentido. Braulio (y quizás alguno más en aquella clase) hizo una reflexión rápida: “el tipo este que daba Educación Física y que fue el gilí que me obligó a repetir me da ahora Filosofía. Y de Filosofía no tendrá ni zorra”. Así que, desde las primeras clases, le dio por mostrarse falsamente participativo. No hacía preguntas, sino recriminaciones. No intentaba resolver dudas, sino que procuraba buscar inconsistencias y pasos en falso por mi parte. En suma, intentaba por todos los medios dejarme en evidencia.

Reconozco que tengo una propensión a que me cansen ese tipo de juegos desde el principio. Pero me dediqué, simplemente, a responder brevemente a sus “preguntas” y a aclarar todo lo que no estaba turbio. Lo que me resulta extraño es que él no se cansase pronto de ese juego y que lo alargase durante semanas. Él hablaba, yo le contestaba y agachaba la cabeza para apuntar algo (o hacer como que escribía, no sé). Las clases de Historia de la Filosofía no permitían muchas alegrías de tiempo: el temario era todavía mayor que el que tiene ahora en 2.º de bachillerato y se trataba de una clase de casi cuarenta personas a los que yo no solo tenía que preparar de forma adecuada, sino a los que tenía que intentar encender la chispa del pensamiento agudo, profundo y ágil. Poco a poco, me vi obligado a ser cada vez más cortante con Braulio. Creo recordar que un día, en una de mis contestaciones, fui un poco más explícito sobre el (sin)sentido de la pregunta. E insisto: no es que no recibiese de buen grado las preguntas genuinas e interesantes, sino que me negaba a proseguir ese juego tan poco inteligente de Braulio. No sé si fue esa contestación o que a Braulio le entró en la cabeza que, al parecer, yo sabía más de Historia de la Filosofía que lo que él pensaba (también contribuyó en gran manera las caras de hastío de buena parte de sus compañeros): el chico fue dejando cada vez más aire limpio en clase (“No rompas el silencio si no es para mejorarlo”, frase certera de Wittgenstein) y cada vez le tentaba más mirar la ventana para reflexionar sobre la res extensa y sus circunstancias.

Braulio no era tonto y aprobó. Y yo, sinceramente, me alegré un montón de no tener que volver a verlo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Erik Drost.

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Cuento en estas historias muchas cosas positivas, que me hacen recordar con sonrisas esos momentos buenos de una profesión como la mía, pero, como os podéis imaginar, también ha habido otros muchos casos en los que he vivido momentos desagradables, aunque dignos de ser narrados por otros motivos.

Y en eso consiste, precisamente, el relato de hoy. Era mi primer año como profesor. Como voy repitiendo insistentemente que di clase de Educación Física y siempre añado que tendré que contar por qué, lo hago hoy y así me quito el peso de encima y a vosotros la posible intriga. Como tengo ya unos añitos, hay que especificar que todavía no habían salido promociones de licenciados en Educación Física en otras facultades de España que no fueran las de INEF de Madrid y Barcelona. Muy pronto empezarían a surgir las licenciaturas de Ciencias de Actividad Física y del Deporte, pero la primera promoción de León (por ejemplo) no había terminado todavía.

Yo, con el título reciente de Filología Hispánica, estaba matriculado en los cursos de doctorado de la Universidad de Valladolid y andaba también con los primeros acordes de mi tesina. Me llamaron un día de un centro, del que fui alumno durante cuatro años y con historias derivadas que será preciso extender en algún momento, para decirme que fuese a hablar con el director. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me comentaron que había un puesto disponible de Educación Física. La profesora (que luego fue compañera mía en la entonces Facultad de Humanidades y Educación) quería dedicarse a tiempo completo a la docencia universitaria y había una plaza vacante. Fue inevitable, como es obvio, preguntar por qué no escogían a un licenciado de INEF. La cosa era simple: no había suficientes licenciados para cubrir todos los puestos de trabajo y los candidatos que solían presentar el currículum, monitores de diferentes deportes, no cumplían con el requisito de ser licenciados. El Colegio de Licenciados en Educación Física, para solucionar el problema de manera provisional, proponía conceder la habilitación excepcional a los licenciados que hubiesen sido entrenadores o monitores y/o que hubiesen realizado algún deporte en ligas o competiciones de cierta relevancia. No es que el criterio fuese para echar cohetes, pero a mí, ciertamente, me benefició porque cumplía todos los requisitos (había sido entrenador de baloncesto de varios equipos y jugué varios años al baloncesto en la que era 3.ª división y que correspondería, aunque las cosas han cambiado mucho, a la liga EBA).

No tardé mucho en decir que sí. Por un lado, la actividad física era un campo que me apasionaba (incluso un tiempo llegué a plantearme estudiar INEF y ayudé durante un verano a preparar las pruebas a un amigo) y, por otro, el horario me permitía desplazarme a Valladolid por la tarde para realizar el doctorado. Además, las perrillas que ganaría podrían venirme muy bien para costearme los estudios. Esta decisión fue muy bien acogida por mi familia y por mis amigos, pero causó otro tipo de reacciones entre algunos conocidos. Todavía recuerdo a un compañero de carrera que me dijo que si también me iban a mandar poner la calefacción o me ofrecerían quizás el puesto de conserje. Eran tiempos en los que a la Educación Física muchos la concebían simplemente como Gimnasia (o, mejor “ginasia”) y la consideraban algo menor. Esa visión, que quizás algunos mantengan hoy, era algo que yo no podía concebir. Siempre me he sentido más que orgulloso de esa etapa de mi vida, llena de retos y aprendizajes.

Una vez hecha esta extensa reflexión y justificación, voy al asunto de hoy. Como os podéis imaginar, llegaba yo a la enseñanza lleno de juventud, inexperiencia y con muchos más nervios que seguridades. Todas esas cosas, para bien o para mal, se quitan con el tiempo, pero me tocó una clase de 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) que me trajo por la calle de la amargura. Muchos de los alumnos estaban siempre dispuestos a hacer las cosas difíciles al novato y llegaba yo a casa, tras las primeras semanas de clase, triste y decepcionado. De todos los alumnos complicadillos, Braulio se llevaba la palma. Era impertinente, maleducado, arisco, con ademanes chulescos y en posesión de todas las armas para que un profesor novato se sintiese desamparado. Yo siempre intenté no perder la calma y creo que lo conseguí en todo momento. Tampoco le falté al respeto nunca. Un día, dejó de venir a clase. Había aportado para las primeras ocasiones un justificante (que luego comprobamos que era falso) y luego optó por no aparecer por allí. El tutor conocía el caso y, como no me dijo nada más, yo respiré aliviado y la clase funcionó mucho mejor sin él.

La sorpresa mayúscula llegó en la evaluación final. Resulta que el tío se había presentado a todos los exámenes del resto de asignaturas. En la sala de profesores, se fueron cantando las notas. Todas aprobadas, menos Matemáticas y (creo) Latín. Llegó mi turno. “¿Educación Física?”, preguntó el tutor. Mantuve un silencio de varios segundos y la vista de mis compañeros se enfocó en mí de una manera obsesiva. Se podía pasar de curso solamente con dos asignaturas suspensas, por lo que una calificación negativa en la mía significaba la repetición inmediata. Respiré y dije: “Muy deficiente”. Aunque pueda parecer inconcebible, se encendieron todas las alarmas y algunos me dijeron que me replantease la nota. Yo les contesté que cómo me iba a replantear el caso de alguien que ni había realizado ninguna prueba intermedia ni se había presentado a las pruebas finales. Que le aprobasen otros, si querían.

La discusión fue acalorada y, pese a las implicaciones que tenía para el alumno, creo que Braulio se merecía un muy deficiente con todas las letras. Y, con las miradas atravesadas de algunos, superé ese trago con la sensación de haber cumplido mi deber, pero también con la desazón de constatar que esa persona, por deleznable e irresponsable que me pareciese, era, al fin y al cabo, un chaval petulante que iba a tener que pasar otro año de su vida en 3.º de BUP. Pero él mismo se había cerrado una salida y tenía que apechugar con su actitud y sus decisiones.

Al año siguiente, volvió a estar, naturalmente, en clase. La chulería de Braulio, al parecer, estaba en el código genético del chico y no desapareció, pero fue amainando. Ahora la mezclaba con una sonrisa que quería parecer simpática y con unos ademanes que, a mi parecer, eran tan serviles que evidenciaban un peloteo estridente.

Pero a Braulio, desde luego, no se le volvió a pasar por la cabeza faltar a clase de Educación Física. Todavía le recuerdo realizar todas las actividades propuestas con evidente ahínco. Al año siguiente, fue mi alumno de Historia de la Filosofía (COU-2.º de BACH). Y hay cosas que decir sobre ello, pero hoy ya me he alargado suficiente.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Yann Le Couviour.



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