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Hoy iba a escribir que recibo por parte de algunas personas un trato que no me merezco. Hoy iba a decir que ese trato no solo es un insulto para mí, sino también y de forma directamente indirecta hacia alguna persona muy relacionada conmigo. Hoy iba a indignarme por las discriminaciones consensuadas o silenciadas, pero siempre tergiversadas. Hoy pensaba que todos los reos tienen derecho a la defensa, máxime cuando jueces y fiscales deberían de contar ahora con otro tipo de argumentos. Hoy pensaba para mis adentros si hay culpables individuales o los resquemores parten de un todo monolítico e indiviso…

En cambio, borro todo lo dicho y lo pensado. Estoy viendo la primera temporada de How I met your mother, una maravillosa serie que me da la oportunidad de congraciarme con la sonrisa y con el mundo. Los veinte minutos mágicos que dura cada capítulo me sirven de terapia contra los agobios y las ansiedades, contra la mala baba, que se sustituye por la buena, que procede de contemplar algo divertido e inteligente, brillante sin ser pedante y siempre, siempre con mucha chispa. Llevo vistos hoy cuatro capítulos (tengo la primera temporada casi recién empezada) que me ayudan a olvidar muchas cosas y, sobre todo, a aparcar los malos pensamientos y centrarme en el humor, que es el eje preferente sobre el que quiero centrar de mi vida, hartito como estoy de hermetismos y silencios.

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Pozo

Alguno de vosotros, seguidores y amigos de Verba volant, os habréis preguntado qué ha motivado esa lentitud en el ritmo de publicación de las entradas. Y aunque no todo tiene en esta vida explicación y sentido, ya que no es sino laberinto, en este caso hay unas cuantas causas. Os advierto que, pese al comienzo más o menos lúdico, la cosa va en serio. Así que os animo a leer hasta el final (¡y no valen lecturas en diagonal!).

La primera es la explicación más explicable: estamos a final de curso y a las montañas de obligaciones se acumulan fuertes precipitaciones en forma de exámenes, correcciones y trabajos. Pero como en esta viña del Señor no todo es trabajo, la cinematografía tiene también la culpa para bien y para mal.

Aunque muy tarde, he empezado a descubrir Lost. Vi algunos capítulos sueltos allá por los inicios de la historia (y hace muchos años de esto) y, por aquello de la fragmentación, no me gustó. Ahora que todo el mundo la ha visto, me ha picado el gusanillo y en ello estoy. Temporada 1. Por otra parte, Breaking bad ha llegado al final de la tercera temporada y he cada vez estoy más convencido que estamos ante una de las grandes entre las grandes. La historia, lejos de empobrecerse, sigue creciendo y, con la última secuencia, uno permanece unos cuantos segundos ante el televisor un poco atontado esperando que nos den un poco más. Este cierre podría suponer un respiro, pero ya ha llegado la tercera temporada de True blood y Californication está al caer, así que la realidad de mis ficciones va a colmarse de sexo, sentimientos y pasiones al límite, horror profundo y sonrisas no solamente ligeras.

Por lo tanto, el trabajo y el vicio (a partes iguales) han ralentizado estas palabras volantes y voladoras. Pero decía que hay otro motivo, que vamos a asociar también con el cine. A los que no hayan visto la película Mujer blanca soltera busca… les será difícil manejar el paralelismo. Y como es mejor contemplar el horror que vivirlo, les diré que circunstancias ajenas a mí pero internas a este blog han vuelto a extender el desánimo. Si hace mucho tiempo había determinadas personas que buscaban y rebuscaban en este blog para verse representados (cuestión que creo superada, o al menos eso creo), desde hace un tiempo percibo (y no son delirios paranoides) algunos gestos nada sanos en algunos lugares. Ya dije en alguna entrada perdida que cada uno tiene su estilo, para bien y para mal. También es obvio que el estilo de cada cual tiene influencias múltiples y variadas, más o menos conscientes. Pero tengo el horror de contemplar que hay quien ha empezado a bucear por la blogosfera por los mares exactos por los que navego; tengo el espanto de percibir que mis palabras, mi estilo y mes querencias frecuentan de manera demasiado aproximada las palabras que tendrían que ser de otros. Me siento desdoblado sin quererlo, dividido en un Dr. Jekyll y Mr. Hyde sin haber pasado por la ingestión de la pócima tramposa. Me encuentro con alusiones y réplicas veladas que yo no he pedido y que no he querido. El mundo es abierto y ancho y libre, y cada cual es amo de sus actos y de sus palabras, pero a mí me gustaría ser amo y señor de las más que modestas líneas que tengo a bien escribir porque me da la gana y que vosotros leéis porque sois buena gente y queréis pasar un rato con ellas. Me gustaría escribir aviesa amargura –por citar una cita inexistente y, por lo tanto, ejemplificatioria– y no encontrarme al cabo de poco con ese pensamiento y palabras estampados en el reflejo de otra pantalla para querer decir no-sé-qué. No creo que mi mundo y sus expresiones sean dignos de tantos seguimientos, apéndices y réplicas. Creo que ni las he pedido ni las he estimulado. Por si fuera poco (y sin que tenga que ver con lo anterior), mi correo se ha visto incomodado por mentes pertinaces que no aceptaban un silencio. Hasta se han permitido el lujo de sentirse ofendidas por no ocupar el lugar de Chipirón, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que soy yo el que decido en mi blog el lugar que ocupa cada uno. Para eso es mío.

Y es lo que tienen las ficciones, amigos. Al final, se funden con la vida.

En definitiva, cada vez que me sentaba ante el ordenador en busca de enlazar una historia con palabras más o menos afortunadas, me asaltaba la obsesión de no querer encontrarme lo que iba a venir después. Así que tenía que explotar y contarlo a mis parroquianos, por aquello de aliviar un poco las penas. Pues eso. E insisto: no son figuraciones mías.

(La imagen es de Ignacio Conejo.)

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Ayer acabé de ver Battlestar Galactica. Tengo que escribir sobre esta serie, pero lo voy a dejar para otro día porque prefiero tamizar las emociones por el filtro de las horas. Pero no puedo dejar de lado la oportunidad de tratar un asunto del que he hablado con frecuencia pero sólo de manera tangencial. Por lo tanto, hoy hablaré, en general, de las series de televisión.

Sí, yo también pertenecía a ese grupo de enamorados del cine que se negaba a ver series de televisión. Era de los que había degustado las excelencias de las mejores películas, desde el cine clásico estadounidense hasta las más arduas y elaboradas excelencias de cine-club. Desde muy pronto, mi padre me llevaba a todas las películas que había en cartelera (y, por aquel entonces, eran muchas y, sobre todo, variadas) y, más adelante, llegaba a ver más de una película diaria entre días del espectador, días de paganini, sesiones cinéfilas, vídeo y –cada vez menos– televisión. En el televisor, por supuesto, me entretuve con las series de televisión teniéndolas siempre por un género menor e intranscendente.

Sin embargo, hace años que tuve la suerte de romper de una vez con ese prejuicio que había aparejado la maldición de haberme perdido alguna de las joyas más importantes del arte cinematográfico. Glorificar el cine y penalizar las series proviene de generalizar hasta el extremo con una perspectiva cicatera con la realidad. Creo que fue Winston Churchill el que, ante la pregunta sobre su opinión sobre los franceses, dijo: “No lo sé. No los conozco a todos”. En el caso que nos ocupa, decir que el cine es mejor que las series televisivas generaliza y, por lo tanto, miente: hay películas extraordinarias y filmes aberrantes, del mismo modo que existen series bazofiescas y otras magníficas.

Creo que una parte del prejuicio procede del que las series provengan de la televisión. Como aquí todo el mundo es de lo más culto y elevado, parece que denostar los productos televisivos proporciona puntos para entrar en el limbo de la cultura. “Es que no veo la televisión” es una expresión que muchos utilizan como azote contra los incultos. Sin embargo, esto no tiene por qué ser cierto. Existe una oferta de canales especializados de pago con prestigio bien ganado, pero, además, la moderna tecnología nos permite disfrutar de estas obras sin publicidad y sin tener que esperar a que sean dobladas al español (de eso hablaremos otro día).

No voy a extenderme mucho con más razonamientos. El que sabe de lo que hablo no necesita más palabrería y el que todavía no lo sabe no lo descubrirá hasta que aparque sus ideas preconcebidas. Sólo me limitaré a dar unas cuantas recomendaciones sin orden de preferencia. El que tenga ganas de descubrir productos culturales de elevadísima calidad, todavía está a tiempo:

  1. A dos metros bajo tierra. El sentimiento de la muerte visto desde casa.
  2. Dexter. De cómo un psicópata nos ayuda a entender nuestros propios actos.
  3. In Treatment. A veces una sala con un terapeuta y sus pacientes nos ayuda a proyectarnos en ellos y en él, que es una persona. Como todos.
  4. Battlestar Galactica. Los humanos buscando la humanidad y, mientras, tanto, perdidos de salto en salto por la galaxia sin saber si lo son. O no.
  5. True Blood. La sangre como vida y la discriminación “racial” en el profundo sur norteamericano.
  6. Los Soprano. Un mafioso en terapia y una manera de comprobar que las cosas no son siempre tan obvias como parecen, precisamente porque son obvias.
  7. Californication. Nunca ser un escritor en crisis y pervertido fue tan divertido para él y para nosotros.
  8. Breaking Bad. Una historia que surge del azar y la desgracia de la vida. Paradójicamente, empieza divertida. Paradójicamente, todo se complica.
  9. Mad Men. El mundo de la publicidad visto desde dentro de los sentimientos de los creadores de sueños.
  10. Rome. La historia de un Imperio acaba siendo la comprensión de un proceso bellamente contado más que un conjunto de datos.
  11. Weeds. Viuda, madre… y traficante de marihuana. Sin comentarios.

Después de ver todas estas y algunas más, creo que he descubierto nuevos mundos, personajes, personas y vivencias. Y, sobre todo, creo que he ganado en sabiduría.

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URB 035

Es asombroso comprobar la cantidad de dimensiones que tenemos los seres humanos. Somos padres, hijos, hermanos, profesores, alumnos, dependientes, clientes, médicos, pacientes, gordos, delgados, buenos ciudadanos, canallas, conductores, peatones, caritativos, miserables, eficientes, despistados, melancólicos, obtusos, crueles, condescencientes… A veces, todas esas cosas en una, que son muchas. Es decir, somos un uno tremendamente complejo y lleno de matices. A medida que van pasando los años, nuestra mochila vital se va cargando de nuevos atributos a la vez que perfila, matiza o niega otros. Al final, nos erigimos en un conglomerado de yoes que nos cuesta asimilar, dada la complejidad. A esto se suma nuestra propia evolución como personas que van echando al debe de nuestras cuentas las canas, las arrugas y demás consecuencias del paso del tiempo.

Dexter Morgan (pinchando aquí podéis ver todas las ocasiones en los que hemos hablado ya de él) es el espejo en el que debemos mirarnos. Lo curioso es que el espejo en el que nos miramos tenga la imagen de un asesino psicópata, algo tan alejado de lo que somos (casi) todos nosotros y de lo que queremos ser. Sin embargo, una mirada hacia Dexter más allá de la superficie nos devuelve una manera bastante precisa de contemplarnos a nosotros mismos. Cuando Dexter reflexiona sobre su existencia parece que está pensando como nosotros. En el fondo, es una manera de volver a Freud, pensador fundamental no tanto por el acierto en sus conclusiones como por lo atinado en sus intuiciones. Hasta el descubrimiento de nuestro lado inconsciente las personas debíamos ser planas, dado que nuestra imagen interior debía de corresponderse con la exterior. De ahí que persistiera en nosotros el complejo de ser raros, dado que nuestros pensamientos muchas veces no se corresponden con nuestras acciones. En nuestra multiplicidad, nos sentimos desconcertados a la hora de intentar comprendernos. Cuando nos interrogamos sobre nuestras acciones en soledad y nuestros pensamientos, nos maravilla la angulación que tomamos con respecto a los demás. En el fondo, no nos damos cuenta de que, por dentro, los demás son también angulados, con aristas poliédricas.

Por eso, cuando ayer escuché a Dexter (en el capítulo 11 de la cuarta temporada) hablar de todas sus dimensiones encasillándolas en vida pública, vida privada y vida secreta, pensé que, una vez más, tenía razón. Todos llegamos a conocer la vida pública y los aspectos privados referidos a nuestra propia vida. En el caso de los demás, difícilmente llegamos a conocer algo de lo íntimo. Pero la clave está en el secreto, oculto e inmanente. A veces, también, para nosotros mismos.

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Bueno, amigos: hemos llegado a nuestra entrada 300. Como ya dije hace unos cuantos días, Chipirón negro me orientó hacia una idea que creo que sirve a las mil maravillas para celebrar la piedra de toque que supone haberos machacado durante tanto tiempo (casi año y medio). Sabedora de mi pasión por la serie In treatment (dentro de poco, aparecerá ya en España bajo el título En terapia), me sugirió que tomase como base para esta entrada un tipo de terapia que aparece en el capítulo 35. En dicho capítulo, el terapeuta acude con su mujer a la consulta de una colega para salvar su matrimonio. Las cosas se estancan y ella sugiere que utilicen una técnica denominada Imago, que consiste, básicamente, en un modo de encauzar el diálogo de pareja por el que se intenta que se reflejen los sentimientos del otro. El ejemplo que aparece en la serie es el siguiente: “Estoy disgustada por lo que pasó anoche”, a lo que el otro dice: “Oigo que estás disgustada por lo que pasó anoche”. Inevitablemente, este reflejo de los sentimientos del otro nos hace asumirlos, objetivizarlos, aunque también nos hace disentir y matizar. Pues bien, mi entada 300 va a ser una terapia de diálogo conmigo mismo. Os pido dos cosas: paciencia y continuidad. Si no tenéis a mano unos pocos minutos, interés, y una fuente de audio, es mejor que paséis de la entrada. Va a ser pausada y pronfunda. ¿Listos? El procedimiento de actuación va a ser el siguiente: acompañaré el texto escrito con un texto grabado. Vosotros tenéis que leer el texto a medida que vais escuchándolo, para contrastar esa dualidad de la técnica Imago. Empezamos:

Imago #1

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Me siento solo. Inmensamente solo en la soledad de las noches, con el miedo metido en el cuerpo. Cierro los ojos para oír voces, para registrar recuerdos, para ver pasar por mis párpados las imágenes de mi vida, de mis seres queridos y de un yo que cuelga de sí mismo. Me arropo para robar un poco de calidez al edredón, para sentir en mi cuerpo algo parecido al calor humano, el calor de mí mismo, derivado a un trozo sintético que es prolongación de mi existencia. Agotado, me siento despertar en el sobresalto de la noche, incorporándome para cerciorarme de que existo, de que hay luz artificial en algún resquicio de la noche, en algún resquicio de mi alma. Me duermo por obstinación y por obligación, insertando la voluntad en la oscura noche, alejando con los varapalos de la insistencia los monstruos que acechan en las tinieblas. Sueño con los días que vendrán. Me despierto y sueño.

Imago #2

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Soy traidor y traicionado a partes equidistantes. Un héroe convertido en villano, un villano convertido en héroe. He inundado mis alrededores de lágrimas y sonrisas a partes iguales. Me he sentido herido con el más afilado de los cuchillos, zaherido en el orgullo de mi vanidad. Me he visto a mí mismo envuelto en muchas cosas que no son, en muchas cosas que no pienso, en muchas cosas que no comparto. He sido prisionero de mi independencia, esclavo de mi destino. He visto derramar vacuidad a mi alrededor y no supe enfrentarme, no supe pronunciar palabras. He oído palabras de injusticia y no supe refrenarlas, he oído las voces vanas del consejo resabiado y no supe escupirlas con mi desprecio. He devuelto todos esos ropajes con villanía y alevosía, con crueldad y estulticia. En el intercambio, no he ganado nada. Golpes y golpes en la cara, en el honor, en el carné de identidad. En el mercadillo de la vida, me han quitado la existencia y se han quedado con el cambio. Culpa suya. Culpa mía.

Imago #3

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Reconozco que me gusta reír, que mi vida ha tenido momentos intensos y que intento curvar los labios con sonrisas. La vida me ha ido propinando golpes muy duros y siempre me he intentado levantar, como el soldado tiroteado que se incorpora para buscar refugio. Me gusta transmitir la alegría que no tengo, la broma que no albergo. Desprendo la vida en capas y me quedo a veces con sus estratos amables. Intento avanzar un paso, aunque retroceda cuatro. Me hago gracia a mí mismo, lo que es sinónimo de afirmar que me doy pena. Voy por ahí borrando las tachaduras, los renglones torcidos de un Dios que se me aleja. Soy el pesimista que no se resigna, el agorero que no triunfa. La nota grave a la que se le escapa siempre la sorna y el retintín. Resabiado pero inocente, malintencionado con la bondad de intentar hacer pasar un rato amable. Gamberro con la inconsciencia del adolescente, niño adulto pataleando por las jugarretas de la vida. Reconozco que la risa es el único condado que se resiste al reino de la infelicidad.

Imago #4

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Soy demasiado duro en mis juicios, demasiado taxativo. Aunque quede un poco feo decirlo, aprovecharé ahora que estoy solo en casa y no me escucha nadie para decir que, además, disfruto con esa rigidez en mis valoraciones. No perdono las tachas ni siquiera en aquellos que han sido mis amigos. Decía alguien que si tenía que elegir entre el camino de la amistad o el camino de la verdad, él elegiría sin lugar a dudas el camino de la verdad. Me parecía ésta una afirmación absurda, pero los designios de mi yo profundo han acabado por comulgar con esta idea. ¿Por qué había de perdonar a mis amigos aquello que no me perdono a mí mismo? ¿Por qué había de consentirles algo que ni yo mismo me permito? Eso me ha ido afirmando en la fortaleza de mis más sólidas amistades y, a la vez, me ha ido obligando a tachar de la lista a aquellos que me han vendido por un plato de lentejas. Con su pan se lo coman. Me acuso de estrangular todo por el pasapuré de la razón y luego verter el resultado por el tamiz de los sentimientos. Tan asquerosamente emocional como para basarme en la razón, tan repugnantemente racional como para dejarme vencer por los sentimientos.

Imago #5

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¿Miedo? Estoy aterrorizado. En el sofá de casa, se me empieza a nublar la vista. Intento enfocar, encontrar un punto de referencia. Empiezo a sentir un frío tan grande por el cuerpo que se me extiende por el alma. Me abrigo en posición fetal y veo llegar el abismo. Lloro con lágrimas incontenibles resbalando por las mejillas, siento el dolor más profundo en el centro de mi corazón acelerado. Intento atrapar la vida a bocanadas de aire irrefrenable, pero la necesidad tiene mayor densidad que el aire. Los desórdenes de mi cuerpo pasean a sus anchas por el infinito y ni siquiera llego a ser consciente de mí mismo. Veo pasar los segundos como si fuesen horas. Los escalofríos son a veces tan fuertes que el dolor de espalda me dura días. La opresión en la cabeza, la de un submarinista en un vertiginoso proceso de descompresión. Poco a poco, la tormenta pasa. El cansancio se pasea por mis huesos de punta a punta. Me quedo dormido, aferrado al sueño, con la esperanza de ver otro amanecer. Hasta que el suplicio vuelve.

Imago # 6

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Soy un enemigo malo de cojones. Impaciente en mi enfado, tremendamente calmo en la espera. Me agazapo y repto. Escondo mi maldad por todas las oquedades. Me gusta contemplar a mis presas desde arriba, esperando que caigan en la telaraña de su propia hijoputez. Siempre caen, los muy cabrones. He visto cosas que no pueden perdonarse, la mejilla se te vuelve aunque quieras proponerla como ofrenda. He visto pasear por sus miradas la maldad, la comparación, el asco. He visto reflejar su ignonimia en tres palabras que no diré, que se me han grabado en el alma, en su más justo centro. Estoy alerta. Estoy al acecho. Pero me temo que ellos caerán, pero no en mis garras, sino presos de su propia mierda.

Imago # 7

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Esta terapia me está rompiendo por dentro. He reflexionado sobre lo dicho y no me gusta. No me gusto. Me gustaría ser ese cuerpo libre de destino. Me gustaría ser esa alma pura no atacada por la pena. He dicho que soy malo y me gusta. Pero me arrepiento. No se puede ir por la vida como acaparador de vicios y pecados. Hago el mal dos mil veces y en el interior de mi silencio pido perdón por ello. Soy la consecuencia de todos mis fracasos, pero no quiero y me rebelo. Chipirón me ha puesto un examen muy duro. Un examen de conciencia que parece el estadio previo a la confesión de los pecados. De todas las culpas. Pero he visto atisbar un retazo de alma limpia, lo que no quiere decir que sea un retazo de alma coherente. Lo he visto pero se me ha escapado. Con lo bonito que era.

Imago #8. Coda

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Aviso a los navegantes. Esto es un ejercicio de estilo. Mi alma no está ni limpia ni sucia. Y mi cuerpo no está ni libre de penas ni exento de condenas. El blog es una expresión del yo, una información del yo, pero también expresión e información del mundo. A muchos les hubiera gustado verme aquí retratado para alabarme o retarme en duelo. Siento decepcionarles. Me he vaciado por dentro tanto como he vaciado mi voz, tanto como he vaciado mis dedos sobre las teclas. Pero cuidado: igual entre mentira y mentira se atisba una porción de realidad, o entre verdad y verdad se dicen cuatro cosas. En los blogs, como en la vida. Si habéis llegado hasta aquí, os doy las gracias y mi enhorabuena por vuestra paciencia. Habéis sido mejores compañeros que muchos, habéis estado más cerca que la mayoría. Pero no lo olvidéis. Esta puede ser la última de estas entradas de palabras voladoras. O tal vez la primera de otras setecientas. Que la palabra os acompañe, pero no la cacéis. Dejad que vuele por la nube de vuestras conciencias y por el gusto de vuestros pareceres. El mundo es bello. A veces. Y muchas gracias, Chipirón. Siempre tuyo. Un saludo (ahora que no nos escuchan).

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Batiburrillo

“¿Tú eres analógico en un mundo digital?”, le preguntan a Hank Moody en un capítulo de Californication. Si McLuhan tenía razón con la ya requetemanida expresión de que “El medio es el mensaje”, los seres analógicos (aquellos que no tenemos, adaptando al “medio” palabras de Ong, una “digitalización” primaria) que habitamos ahora en los mundos digitales estaríamos aquejados de un proceso de disociación paranoide. Nacidos apenas al abrigo de la televisión (los de la quinta del sesenta y seis ya no tenemos casi la radio como modelo esencial de referencia mediática) y reconvertidos al mundo digital a los veintitantos, hemos vivido nuestro periodo de formación con los medios analógicos como modelo de referencia y con la máquina de escribir como vehículo ultramoderno de transmisión fluida de las palabras. Lo mejor -creo- es que esta disociación tiene cura. Sería mucho peor vivir como seres digitales en mundos analógicos. Seríamos entes de ficción. De la ciencia ficción.

(P. S.: Californication es una serie como la copa de un pino. ¿Sexo? No, llamadlo amor)

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Apannosalbal

 Acabo de ver el primer episodio de Los apañaos de Albal, serie que podremos degustar en Internet y de la que se puede ya contemplar el primer capítulo. A mí, por lo menos, me ha hecho mucha gracia…

(Visto en SeriesBlog.es)

… y mañana, la “Fiesta del Chipirón” llega a su punto final: el postre y las conclusiones. Os dejo esto como aperitivo: “Garbanzo negro: ¿por qué haces siempre las preguntas equivocadas?”

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