— Verba Volant

Archive
Tag "Voy a hablar de"

 

En 2014, critiqué algunas cosas que no me parecían bien de la San Silvestre Cidiana. El año pasado, volví a hacer lo mismo. Llegados a 2017 y una vez corrida la San Silvestre de la edición de 2016, me veo obligado a volver a hablar de ella. Así que, por lo tanto, amigos, amigas, hablemos de la San Silvestre Cidiana, una vez más.

Este año creo que son dignos de reseñar dos cambios: el lugar de salida y el modo de salida en dos turnos (los peques tuvieron la carrera por la mañana). A ello se une algo que ya cambió para bien el año pasado, que es la incorporación de un chip al dorsal para dar algo de coherencia a los resultados de la llegada. Vayamos, pues, a las novedades. Y sí, voy a hablar de ellas.

La primera novedad era el lugar de salida de la carrera. Después de varios intentos para cambiar el lugar de partida (algunos auténticamente disparatados, como el de 2014), se optó por salir desde la Avenida del Arlanzón, en el Coliseum de Burgos. Cuando me enteré, empecé a echar sapos y culebras por la boca: vaya, nos quitan la salida en el centro para tener que ir al quinto pino; vaya coñazo, ir para luego volver por una paralela, vaya, rectas llenas de monotonía. Después de hacer la carrera, lo único que puedo decir es que el lugar elegido es un auténtico acierto: un lugar en el que los corredores nos podíamos mover mucho mejor y de fácil acceso.

La segunda novedad fue el sistema de salida en dos turnos, separados por cinco minutos de diferencia. En el primero, salían los corredores federados y aquellos que habían quedado entre los mil primeros en la edición anterior. En el segundo, el resto de corredores (unos cuantos miles). Algunos críticos decían que esto suponía desvirtuar una carrera que es, a la vez, una fiesta para celebrar el fin de año de forma sana y divertida. Creo que un número de 1.500 corredores no hace una división muy sangrante, puesto que pueden convivir los excelentes corredores con otros de nivel medio. Para mí, lo más importante radica en el hecho de que se pueda correr y este sistema lo consigue. El que quiere hacer una carrera meramente lúdica al ritmo que le da la gana, lo puede hacer como siempre. Y el que quiere ir un poco más rápido y sin tantas aglomeraciones, también puede hacerlo sin problemas. Por lo tanto, creo que es otro acierto.

Una combinación de estas dos novedades, la de salir en una recta muy larga mediante turnos diferenciados, ayuda a que no haya aglomeraciones tan peligrosas como las de años anteriores. Para cuando se llega a la primera curva en la Plaza del Cid, ya cada uno va a un ritmo que hace que la carrera se organice por sí sola. La salida en tandas, además, ayuda mucho a ello porque no hay luchas cainitas en la salida y en el inicio de la carrera. Dejo claro que esta es una opinión sesgada porque yo salí en la primera tanda y, por lo tanto, no sé lo que ocurrió en la segunda. Desde luego, hay un problema: si alguien corre por primera vez o no corrió el año anterior, le toca sufrir la aglomeración supina. Pese a ello, y a la espera de las impresiones de las personas que corrieron en ese grupo, la impresión es, para mí, de lo más positiva.

Otro aspecto muy favorable de este año no ha sido de carácter organizativo, sino de la participación ciudadana en la carrera. Había mucho más público que otros años y a mí me dio la impresión de que era también más participativo, algo que no suele ser la “marca de la casa” en nuestro querido Burgos. Correr así, con muchas personas y entre muchas personas, es una maravilla.

Y acabo con una circunstancia especial que acompañaba a esta edición: el homenaje de los Tragaleguas al gran José Mariscal, “Falio”. Todo un ejemplo en lo personal y en lo deportivo, que no dejará de seguir corriendo, nadando y pedaleando, pero sí lo hará a otro ritmo más pausado por exigencias del guion.

En suma, aquí el Urbina, gruñón, criticón y protestón por naturaleza, se ve en la gozosa obligación de señalar también todo lo positivo de esta carrera. Olé, esta vez (y esperemos que para siempre) con la San Silvestre Cidiana. Enhorabuena a todos y feliz 2017 trotando y brincando.

 

Read More

Power, by Saiko Weiss

Afortunadamente, hay muchas personas que han clamado y claman contra las tiranías. Son tantos los desmanes que han cometido (y cometen) quienes antepusieron (anteponen) su voluntad a las necesidades de los gobernados y son tantos los que usaron (usan) su poder, su superioridad o su influencia para imponerse a los demás, que aquellos valientes que, de acción o palabra, se han enfrentado (se enfrentan) a estas personas son dignos de los más cálidos elogios. No tiene que ser nada fácil ir en contra de lo que apela al sentido más conservador de la conservación. Algunos pierden la vida, otros acaban en prisión y otros muchos más acaban sumergidos en una incómodo e injusto ostracismo. Otros, sin embargo, logran que la sociedad cambie, que las costumbres perversas se transformen, que el orden social dé la vuelta hasta cobrar un sentido equilibrado y, desde luego, mucho más digno.

Luego están otros, que llenan sus discursos de diatribas en contra de los tiranos. Que dedican una parte de su existencia y de sus babas a farfullar en contra de esto y de aquello (y, las más de las veces de estos y de aquellos: póngase esto en los géneros que parezca conveniente). Que afirman haber sobrevivido a momentos nefastos en la historia que  es, por supuesto, su historia. Poco importa qué historia sea, porque es la suya y a su amén no hay ninguna confesión inconfesa con la que pueda contrarrestarse. Ellos mismos se ponen, con sus afirmaciones, mil medallas conseguidas en cuatrocientas noventa y siete batallas. Es digno de notar que ganan siempre porque no hay otra versión que la suya y se afanan y ufanan en desmontar cualquier otra arista que no coincide con ese armónico cosmos en el que conviven, tan plácidos.

Son seres, claro está, ejemplares y ejemplarizantes. Una sociedad que se precie de tal no puede prescindir de ellos porque, sobre todo, son grandes contadores de historias. Consiguen proezas y hazañas mil. Por ejemplo, dedican cuarenta líneas a lo que podía explicarse, de forma sencilla, en dos. Por supuesto, sus contribuciones para que perdure el futuro de la cultura han de realizarse empleando un léxico complicado, retorcido. Si es posible, al sentido habrá que llegar a través de mil caminos menos el sentido común. Si es posible, del laberinto solo se podrá escapar manejando la jerigonza.

Son ellos, sí. Nos han hablado tanto de sus luchas contra las tiranías que, en el momento en el que nos descuidamos, nos asaltan con su soberbia, con su lógica perversa, con esa superioridad que no procede de ninguna parte pero que se dirige a unos fines nada inocentes. Y, cuando nos descuidamos, se convierten en los mayores tiranos. Tiranos lanzando toneladas de mierda desde sus catapultas. Tiranos de palabra y obra, de omisión de la verdad y de la decencia.

(La imagen es de Saiko Weiss)

Read More

Abandones classroom

Seré breve para empezar: la división en semestres que ha traído a la universidad el Plan Bolonia es un completo despropósito.

Está claro que el Plan Bolonia ha traído cosas buenas y cosas malas a la enseñanza universitaria española. Las buenas serían mejores si se aplicasen con sentido y realizando una inversión más que necesaria en la enseñanza (por ejemplo, la exigencia –cada vez mayor– de un mínimo de alumnado para cada Grado cuando las cargas de trabajo y corrección impiden realizar una labor medianamente digna).

Entre las malas, voy a hablar hoy de la división en semestres. Semestres que son difíciles de contar, porque solo lo son en el barniz exterior. Sobre todo en el primer semestre (al menos en mi universidad), la situación es nefasta: las clases acaban en diciembre y los exámenes de la convocatoria ordinaria empiezan nada más llegar de vacaciones. Aparentemente, esto podría beneficiar al alumnado, ya que dispondría de un tiempo precioso para estudiar, pero esto solo es un espejismo. El sistema implantado por Bolonia hace que el valor del examen no sea, en nuestro caso, mayor al 40 % de la nota. El resto se reparte en otro tipo de pruebas, prácticas y trabajos. Y esto significa que algunas de estas pruebas se entregan en momentos cercanos a la llegada de las vacaciones de Navidad. El resultado, para los docentes, es encontrarnos un volumen de trabajo muy alto en lo que son nuestras (teóricas) vacaciones. Todos sabemos que en el momento en el que los profesores hablamos de vacaciones el resto de mundo se nos echa encima, pero no conozco muchos trabajos en los que uno tenga que saltarse sus días de asueto para dedicarse a sus quehaceres profesionales. Además, surgen otros problemas: a los alumnos empiezan a surgirles las dudas cuando están estudiando para esos exámenes finales. Y una de dos: o se aguantan con la duda y se la comen con patatas o, de forma lógica, nos la preguntan a los profesores.

Y aquí las cosas no son muy claras: ¿qué profesores son mejores, los que trabajan durante sus vacaciones conculcando sus derechos o los que deciden mantenerse en sus derechos y, con ellos, dejan en ascuas a sus alumnos con notas pendientes, correos sin contestar u otro tipo de inconvenientes para estos jovenzuelos razonable y comprensivamente preocupados y estresados? Cualquiera de las alternativas es mala. Si por una casualidad te da por realizar ese trabajo, algunos alumnos se enfadan por algo tan extraño para ellos como dejar de contestar un día de esos de los de fiestas de guardar porque les tenemos mal acostumbrados. Es extraño el día de vacaciones navideñas en el que no tienes una duda por resolver o una inquietud por calmar. Y tan lógico es inclinarte por la atención a los alumnos como por la prudente distancia y desconexión. Lo malo de todo esto es que nos criminaliza a los profesores por vagos y a los alumnos por pesados cuando ni los unos ni los otros tenemos la culpa. La culpa es de un sistema mal estructurado.

Por último, me toca pensar especialmente en los alumnos. Un sistema en el que los exámenes se realizan antes de las vacaciones supondría un periodo intenso de trabajo, pero les privaría del dudoso deber de alternar la ingesta de mazapán con el Derecho Romano, el traguito de cava con los amigos con la Química Orgánica, pensar en cada campanada con las notas de las doce prácticas no calificadas o ese regalo de Reyes que, ineludiblemente, será el de un conjunto de exámenes como colofón de ese gran momento, la convocatoria ordinaria. Maravilloso, oigan.

(La imagen es de Darkday).

Read More

Estampida, de Domingo Cáceres

Pues sí, voy a volver a hablar de la San Silvestre Cidiana. Lo hice ya una vez y, después de la experiencia de ayer, creo que es conveniente decir un par de cosas.

La razón fundamental por la que escribo esto es por la salida de la prueba: una nueva ubicación a la que nada hay que reprochar, pero una falta total de previsión de algo fundamental que pudo causar serios problemas. Los que llegamos pronto para encontrar un buen sitio para salir estuvimos un buen rato cobijados en un buen ambiente de carrera pero, a medida que se iba acercando la hora de la prueba, fuimos viendo que muchos corredores, en vez de ir colocándose detrás, iban ocupando el lateral de la calle, fuera de la línea recta de salida. La consecuencia es que, en el momento del inicio de la carrera, se formó un embudo en el que no había forma de salir: empujones, avasallamiento, luchas denodadas por intentar ir hacia ninguna parte. El asunto duró un buen rato y fue angustioso al pensar en qué ocurriría si alguien se tropieza y cae. Una vez más, faltó la previsión: todos sabemos que esta no es una carrera normal, que el número de participantes excede con mucho el que suele participar en este tipo de pruebas en Burgos y que algunos no están acostumbrados a saber lo que supone situarse en una línea de meta. Como eso lo sabemos todos, la organización tendría que haber previsto todo esto. Bastaba con haber puesto unas vallas para que los participantes hubiesen ido colocándose en orden para haber solucionado la papeleta.

La otra cuestión no depende de nadie más que de nosotros mismos y, por ello, creo que es batalla perdida. No puedo entender cómo una carrera que es una fiesta puede convertirse en un momento en el que se reparten empujones a diestro y siniestro, se obstaculiza a los que quieren correr muy en serio (que conste que yo no soy uno de ellos). ¿Tan difícil es pensar en cosas sencillas? Oye, que lo mío es disfrutar un rato con los amigos, vamos trotando (o andamos) porque queremos celebrar de esta manera tan estupenda el fin de año. Perfecto. Oye, que somos un grupito de jovencitos/as que casi nunca corremos y hemos quedado y nos unimos a esta tradición. Perfecto. Oye, que cojo el carrito del niño porque me hace ilusión que, desde muy pronto, disfrute de un evento tan formidable. Perfecto. Sin embargo, no es tan perfecto que, asumiendo todo lo anterior, no se tenga en cuenta a todos aquellos que quieren hacer una fiesta de su pasión, de su vicio confesable y quieren disfrutar corriendo. Quizás no haciendo marcas; por supuesto sin batir récords. Si la San Silvestre es una carrera, ¿por qué no dejar correr a los que quieren? La cosa sería tan fácil como no obstaculizar, no entorpecer, no colarse, no correr sin dorsal, no hacer de nuestra fiesta una manera de aguar la fiesta de los demás. Y dejo para el final lo que ya he comentado más arriba: la de los iluminados que no se conforman con lo que hay (les guste o no) y se dedican a encontrar su camino a base de golpes y codazos: les daba igual lo que hubiera a un lado, al otro, delante o detrás. En las primeras centenas de metros se vio de todo y pocas cosas eran bonitas. ¿De verdad disfrutar del sano y aparentemente inofensivo acto de correr, ese que practicamos muchos a lo largo de todo el año, se tiene que convertir una guerra campal?

Como no sería justo que estas líneas no fuesen ecuánimes, hay que decir bien alto y públicamente que la carrera ha ido mejorando mucho: los chips en los dorsales hacen de la llegada algo tremendamente confortable, el recorrido estaba bien pensado en sus líneas generales. Y, detrás de todo, hay un grupo de voluntarios que hacen que, pese a todo, unos miles de personas disfruten del fin de año con algo tan sano y fraternal como es el noble arte de correr.

(La imagen es de Domingo Cáceres).

Read More

He aguantado mucho y creo que no puedo más, así que voy a hablar. Para que no haya ningún malentendido, diré que en muchas ocasiones he sido crítico con el trabajo de la RAE o, mejor dicho, con las estrategias o con las ausencias. Empezando por estas últimas, la tardía y escasa incorporación de las mujeres a los sillones “reales”. Y, en cuanto a las primeras, la estrategia económica de inundarnos con versiones de las obras académicas de una manera más forzada que necesaria o una búsqueda de esponsorización que a veces rodea el vasallaje y conduce a un nada deseado clientelismo (además de las molestas publicidades en la página web, algunos materiales digitales de la RAE solo se pueden consultar si eres usuario de un PC con Windows).

Pero una cosa son verdades incuestionables y otra mentiras que, a base de repetirlas, llegan a asentarse como elementos pertinaces del dogma popular. Una de ellas, muy recurrente, es la de que la RAE “acaba de aceptar palabras como…”. Ayer mismo, en un informativo de Telecinco, Pedro Piqueras nos hablaba de esas rarísimas palabras y un reportero salía a la calle para que los viandantes, llenos de un caudal de conocimiento lingüístico y preocupados como no había visto en mi vida por el estado de salud de nuestro idioma, se alarmasen de que la Academia acabase por rematarlo.

No voy a extenderme porque sería algo muy muy largo. Y me limito a cuestiones que afectan, aunque no solo, al Diccionario, sin mencionar otras que pertenecen a la Ortografía y la Gramática que dejaremos para otra ocasión.

Los viandantes e informantes se escandalizan de que la Academia acepte murciégalo. ¿Qué horror, verdad? Lástima que la palabra “buena”, murciélago, proceda de la espantosa murciégalo. Lástima que en la definición quede muy claro que está en desuso y que pertenece al ámbito vulgar (por lo tanto, no es que “esté bien dicha”, es que quienes la profieren están utilizando un arcaísmo o están utilizando un nivel vulgar de lengua). Lástima también que tengamos como referencia de primera aparición en un diccionario que data de 1607 y que aparezca ya en el Diccionario de Autoridades de 1734. Así que eso de que la RAE “acaba de aceptar la palabra suena a “coña”.

El escándalo continúa con la extrañísima toballa. Otra vez, la etimología nos explica que esta palabra está más cercana a la etimología tobaja, de la que derivó a toballa y luego a toalla. Es tan nueva como para aparecer en la edición del Diccionario de Autoridades de 1739. Y, además, el Diccionario nos avisa de que es una palabra en desuso. Una barbaridad, oigan. Seguro que nos comen los cocodrilos.

El diccionario de la RAE, es cierto, ha evolucionado de un carácter normativo a convertirse en lo que toda obra lexicográfica seria ha de ser, que es un diccionario de uso. No hay ni una sola palabra que empleen los hablantes de este mundo que no exista (o que exista solo porque lo diga una institución). Las palabras, porque existen, son recogidas en los diccionarios. ¿Qué pasa si un alemán oye a un paisano decir almóndiga y quiere saber lo que significa? Es muy sencillo: va al diccionario académico y aquí se le explica que es una palabra que se dice, que se prefiere albóndiga y que el que diga la primera está expresándose de manera vulgar.

Acabemos con otros dos ejemplos. Casi se nos mueren los sufridos españoles cuando se enteraron de la incorporación de amigovio. Saltaron y mordieron preguntándose quién decía eso… olvidándose que el diccionario no es “nuestro” (es decir, de España), sino que es un diccionario depositario de una lengua común en la que “nosotros” somos una pequeña parte. ¿Quién dice amigovio? Pues nada menos que los argentinos, los mexicanos, los paraguayos y los uruguayos. Así, resumiendo, más de ciento cincuenta millones de mortales, que no es “casi” nada. Para escandalizarse más, diré que también acepta el término marinovio, utilizado en Cuba y en Venezuela.

Hay que ser muy tonto, al parecer, para proponer bluyín. ¿Quién en su sano juicio diría esta palabra si todos sabemos que en castellano puro y duro es “pantalón vaquero”? La RAE nos advierte diciendo que es un americanismo. Y, en cuanto a esa adaptación tan horrenda, parece ser la misma del mismo tipo de la que empleamos cuando decimos yogur, champú o espaguetis. Reto a los sabios ciudadanos a que deletreen las palabras originales. El fenómeno de la adaptación es algo normal y natural en la lengua, al menos así lo pienso. Para el que no se lo crea, tiene aquí un gráfico sacado de la magnífica página de Dirae (saquemos un poco pecho y digamos que es una iniciativa privada e individual, mucho mejor que la académica) sobre el uso de bluyín:

Captura de pantalla 2015-11-03 a las 17.45.35

Y podríamos seguir y seguir y seguir. Pero hay una cosa clara: que todos sabemos mucho pero los académicos no saben de nada de nada, oyes.

Entrada de esas en las que Voy a hablar de.

Read More

Distance, by AlmaArte

El otro día me contaron que una fulana –entiéndase el femenino de fulano y no otra cosa– decía a un grupo de adolescentes que no había ni color: que su generación –la de la fulana– era mucho mejor que la de esa muchachada que estaba escuchando por obligación. Cuando lo escuché, pensé que esto ya ha pasado en muchas ocasiones. Yo, que seré de una generación más o menos parecida a la de la fulana, también estuve en un pupitre en el que escuché a un fulano decir que su generación era mucho mejor que la nuestra. Que habían sufrido y luchado. Que a nosotros nos lo daban todo hecho. Que veíamos Un globo, dos globos, tres globos y ellos se reunían en torno a la radio. Que la televisión nos embobaba (cosa que estoy dispuesto a admitir si hablamos de Orzowei). Y seguro que a ellos les dijo algo parecido en un bucle que nos lleva a las historias de caza en torno a una hoguera.

Pero volvamos al principio: la fulana hablaba desde una cátedra, que es la que nos otorga el poder, el derecho de dirimir y decir sin necesidad de dar un puñetazo en la mesa que estamos aquí y por encima.. Y ayer, no sé por qué, me acordé de esta conversación cuando vi a unos doscientos jovencitos (sí, jovencitas también: no repetiré que hablo de chicos y de chicas) de unos diecisiete y dieciocho años. Pensé en lo que para esa fulana era una generación perdida y malograda respecto a su excelsitud. Y vi a chicos que quizá habían estado en una escuela de danza tantas horas desde que eran pequeños que les duelen todas las articulaciones. Vi a chicos que habrán pasado horas y horas delante de un balón o de una pelota sufriendo, sudando y perfeccionándose para ser mejores. Vi a chicos con cinco horas diarias de violín a sus espaldas. Vi a chicos que juegan con la Play porque nosotros se las regalamos y pensé que cualquier fulano hubiese jugado con la Play y la hubiese cambiado gustosamente por la radio. Vi a a chicos que ahora escuchan música en sus teléfonos inteligentes porque los tienen para muchas cosas: para ser adictos quizá, para comunicarse siempre que pueden con sus amigos como nosotros hubiésemos hecho. Vi a chicos que han pasado horas y horas estudiando, a veces con razón y con sentido, a veces porque hay fulanos a los que no se les ha pasado por la imaginación que existen otras formas de evaluar los conocimientos que no sean los exámenes continuos. Vi a chicos que están sufriendo por una mala situación familiar y que intentan, pese a todo, esbozar el mundo con sonrisas. Vi a chicos que sufren por la mirada de una chica (y a chicas que sufren por las miradas de un chico). Vi a chicos que están todos los días en clase y, por timidez o por miedo, nunca se atrevieron a alzar una mano que no demuestra nada…

Y, cuando veía todas esas cosas, pensé que todos ellos son lo mejor que tenemos. Que todos los fulanos de “nuestra generación” somos personas nacidas hace tanto tiempo que nos hemos creído con el derecho a pensar que somos los mejores. Que inundamos nuestro pensamiento con algo tan poco filosófico como los prejuicios constantes e irreversibles. Que somos fulanos indudablemente valiosos, pero que vivimos en un siglo al que no pertenecemos (para todos los bienes y todos los males, nuestro siglo de esplendor ya pasó). Y que tenemos todo el derecho de hinchar el pecho y de pensar que somos la de dios es cristo, pero que todo el futuro lo tenemos en las manos de esa raza que alguna fulana piensa que es una degeneración, una involución de nuestra sacrosanta especie. Y no lo es.

Estos palurdos que alguna fulana ve delante de sus narices son los que escribirán una bellísima canción que quedará marcada en la pauta de nuestro corazón. Los que descubrirán algo en nuestras células que no las convierta en algo tan jodida y perversamente divisible. Los que crearán un sistema para traspasar todas las dimensiones y nos llevarán a un lugar del que escaparnos cuando todo lo que hemos descojonado nosotros se vaya a la puta mierda. Los que, en un momento desesperado y tras cientos de horas de trabajo mal remunerado, tendrán una chispa que encenderá otras formas de energía. Los que analizarán, otra vez, la historia del pensamiento sin olvidar la historia de los pensamientos para desvelarnos a nosotros, ya moribundos, que todo era una jodida mentira.

Entrada de esas en las que Voy a hablar de. Con imagen de AlmaArte.

Read More

Classroom

Sí, amigos, lo voy a hacer. Me han dicho que no me atreva, que de esta no salgo vivo, que me van a romper las piernas cuando me pillen en un callejón oscuro. Pero –ya lo sabéis– no me dejo amilanar por media docena de sicarios apostados en el portal.

Sí, amigos, voy a hablar de profesores. O, mejor dicho, de los profesores. Y, para ser más concretos, en esta ocasión voy a hablar de los profesores de secundaria. Desde luego, voy a empezar por un acto de justicia: hay muchos profesores sobresalientes, geniales, que tienen las mejores cualidades humanas y profesionales para ejercer su magisterio, que han influido decisivamente y para bien en sus alumnos, a los que han encauzado, guiado y aconsejado con sus clases y con su ejemplo. Yo he tenido la suerte de ser alumno de alguno de ellos. Luego –no nos engañemos– está una masa repleta de medianía que ni fu ni fa, ni adelante ni atrás. Que cumple a medias, que se lleva el sueldo a casa a base de aguantar al tiempo y a las circunstancias.

Y luego están ellos. Profesores que no se sabe de dónde han venido ni dónde van. Profesores que realizan su trabajo de modo obtuso, casi escaleno. Por cercanía –no se olvide que yo fui profesor de secundaria durante años–, sé de profesores que jamás hubieran aprobado su asignatura tal y como la imparten si ellos fueran sus propios alumnos con treinta años menos. Sé de profesores instalados en la filosofía del aquí no aprueba ni dios, porque tengo un criterio muy estricto, y que luego de haber hecho de las suyas tienen que abrir la mano en septiembre con un 2,5. Sobre todo, sé de profesores que no llegaron a enterarse nunca de qué criterios de evaluación había que seguir. Ponían notas sin enterarse de legislaciones y normativas.

Todavía recuerdo con repulsión a una profesora en concreto: un alumno de 1.º de BACH, que necesitaba una nota altísima para conseguir su sueño –estudiar Medicina– sacaba siempre nueves y dieces en todas las asignaturas… menos en una. Las calificaciones altas no eran un acto fortuito, propio de la sumisión o de la casualidad, sino producto de una inteligencia sobresaliente. Pero esta profesora insistía en poner cincos raspados, notas que no procedían más que de su mediocridad y su deseo de… dar la nota.

Profesores que suspenden con un 4,9. Y no porque suspender con un 4,9 sea, en sí mismo un acto de injusticia, sino porque –todos lo sabemos– baremar un 4,9 en una prueba (casi) única es algo casi imposible. ¿Por qué en esta pregunta una décima más o una décima menos? ¿Por qué y con que criterio en una pregunta de desarrollo tirar un poquito más abajo, y hasta dónde? Profesores que cuentan “la actitud” como elemento valorativo siempre que sirva para bajar la calificación a los que se les quiere hacer agachar la cabeza o para subírsela a los sumisos y aquiescentes. Profesores dispuestos a ponerse por encima de los alumnos sin sostenerse en su excelencia, sino en su arbitrariedad. Profesores que jamás se cuestionan que, ante un elevadísimo número de suspensos, ellos son arte y parte también de esas calificaciones. Profesores que, con su ejemplo, no ejemplican más que su negligencia.

Profesores que confunden la inteligencia con la experiencia y que no son conscientes de que los alumnos, a ciertas edades, están en pleno período de formación y de maduración. Profesores que no calculan el tiempo, la extensión y la dimensión de sus asignaturas. Profesores que piensan que su asignatura es la fundamental y que descontextualizan, sin más ni más, el acto de formarse, de aprender y, sobre todo, de educar. Profesores que confunden sus frustraciones con su vocación.

Sí, amigos, la enseñanza tiene estas cosas. No nos engañemos. ¿Qué puede hacer alguien (un alumno, una familia, un compañero) si no está conforme? Lo único que puede hacer, si es inteligente, es callarse por los siglos de los siglos. Si alguien levanta la cabeza, si alguien reclama, si alguien decide, en un momento de locura, protestar por un acto injusto, está muerto. Porque, por encima de la mediocridad, está una palabra totalmente alejada de la solidaridad: corporativismo. Porque, en la educación, un profesor no puede nunca equivocarse. Jamás. Porque, en la educación, todo se construye sobre cuatro columnas de verdades ancladas en el fango.

Sí, amigos, es una realidad que existe. Pero que no se entere nadie. Susurremos las verdades y que el mundo fluya, tranquilo, en los mares de la medianía. No vaya a ser que despertemos las (malas) conciencias.

(Imagen de Thomas Hawk)

Read More

Bici ambulancia en Londres

Pues sí, lo siento. Voy a hablar de bicis. Con el pedal en el pie y con el corazón en el pecho. Y sí, probablemente voy a decir cosas que no gusten a los que no les gustan las cosas que digo y que gusten a los que les gustan las cosas que digo. Incluso, pueden darse casos extraños, cruzados e híbridos.

Empezaré por unas palabras que dediqué al blog En bici por Burgos:

Somos peligrosos opresores en las aceras, molestos carcamales en las calzadas y en el carril bici compartido somos cuando podemos. El carril bici se convierte en estercolero, sumidero que no asume, zona que se valla para que no se vaya, lugar de periplo de tacones de aguja y carritos de maleta…
Me siento orgulloso y contento de ir en bicicleta.

Y sí, amigos, sostengo prácticamente todo lo que dije.

¿La bici es un vehículo? Sí y no. Cuando el que opina es un sufrido conductor, que quiere ir a 50 km/h y se encuentra con un ciclista que va a 17, no. Cuando el que opina es un peatón y contempla indignado a un ciclista en una acera, sí. Puede que todos tengan un poquito de razón y nadie la tenga en su totalidad. Si fuese un vehículo, sin más, no existiría la necesidad de hacer carriles para las bicicletas. La misma existencia (o inexistencia) de estos carriles contesta a gran parte de las preguntas y resolvería, de pensarlo bien, gran parte de las dudas. Pregunta: “¿Por dónde deberían ir los ciclistas?”. Respuesta: “Por el carril bici”. Pero no hay… Entonces, llegamos a la cuestión: los peatones dicen que por la carretera; los conductores, no dicen: pitan, se arriman, insultan. Los leguleyos dicen que para eso están las normas, normativas y leyes. Y los ciclistas pensamos que algunas normas están hechas… con el culo.

Y yo me pregunto: “¿Por dónde deberían ir los ciclistas cuando no hay carril bici”? Y sí, me sé la respuesta de lo que pensáis y no os va a gustar la mía, pero la digo (soy ciclista y bocazas): “Por la acera”. Y me dicen: “Está prohibido”. “Eres un botarate”. “Una buena multa y se te quitaban las ganas”. Y yo solo sé que prefiero una multa a un atropello. En los últimos diez días, haciendo lo que tenía que hacer y circulando por donde, según la normativa, tenía que ir, casi me arrollan dos veces. ¿Qué pasa si te arrollan? Que te puedes rozar el brazo, pero también puedes romperte la cabeza. Sí, voy por la acera. Eso sí, estrangularía con el cable de freno a todos aquellos que van por la acera molestando a los peatones, zigzagueando, circulando rápido y a embestidas, con el móvil encendido y guasapeando. Para el que me niegue esta posibilidad y considere que estoy cercano a la más pura barbarie, solo le pondré un ejemplo: ¿qué opción aconsejaría un padre, una madre, a su hijo de quince años para circular en bici por la ciudad?

Cojo la bicicleta todos los días y es mi herramienta básica para ir a trabajar (e ir a muchos otros sitios). Y, por encima de todo, echo de menos por parte de todos un poco de tolerancia. Y soy consciente de que los peatones tienen que ser los reyes de las ciudades. Sin paliativos. No tienen por qué sufrir por nada y por nadie. Todos los años mueren peatones víctimas de algún energúmeno en coche. También todos los años mueren ciclistas víctimas de algún energúmeno… en coche. No conozco ningún caso cruzado ni a la inversa. Y sí, soy consciente de que los ciclistas también causamos accidentes cuando vamos por ahí como los reyes insurrectos del mambo. ¿Tenemos que respetar los semáforos, los cruces, las señales? Sí. Se habla mucho del poco respeto que tenemos los ciclistas a las señales y a las normas. Todavía no he oído soltar espumarajos por la boca en contra de los peatones que hacen lo que les viene en gana.

Me remito a las palabras iniciales para mostrar mi asombro. Hay muchas razones por las cuales los ciclistas quedamos arrinconados. En una calle peatonal puede circular un coche en determinadas circunstancias (residentes, etc.), pero no una bicicleta. En la mayor parte de los lugares no hay un mísero lugar para aparcar las bicicletas (como paradoja, lo hay en sitios en los que no puedes llegar con la bici en bici, sino andando). ¿Que se pone una feria y tenderetes? En el carril bici. ¿Que es otoño y hay que limpiar las aceras de hojas? Al carril bici. ¿Que nieva y es necesario apartar la nieve? Al carril bici.

¿Tanto molestamos si vamos calmados y serenos? ¿No será mejor multar a los animales, sean de la especie que sean? ¿Tanto mal provoca el que hace las cosas con prudencia y educación? La única solución que veo es que no veamos al otro como enemigo. Pero como me sé eso de Thomas Hobbes y que si el lobo y el hombre y tal, solo se me ocurre una: pongamos más carriles para las bicicletas. Si no podemos, hagamos una normativa con velocidades y especifiquemos las actividades molestas.

Y sí, soy consciente de que me va a caer un chorreo y me van a dar por todos lados. Y que los conocidos, cuando me vean sobre el aparato, van a estar vigilantes, expectantes. Pero me siento orgulloso y contento de ir en bicicleta. No soy un hipster, ni un iluminado, ni un retrógado. Soy un tipo al que le gusta ir en bici, respirar sin ahogarme y deslizarme sin importunar. Sí, he hablado de las bicis. ¿Pasa algo?

(Esta entrada pertenece a la serie: “Voy a hablar de…”. Se trata de entradas críticas sobre algún tema más o menos de actualidad o algún acontecimiento digno de hincarle el diente. La imagen pertenece a mi galería de Flickr y está tomada en mi penúltimo viaje a Londres.)

Read More

they-shoot-horses-dont-they

Sí, voy a hablar del Día del Libro. Sí, 23 de abril, día del libro. Día para hablar de libros y de lecturas, de placeres y de sufrimientos, de ideas llevadas a la realidad entre técnica, imaginación y talento. Día de celebración, aunque los dos grandes maestros que fueron Cervantes y Shakespeare pertenecieran a calendarios distintos y los datos digan una cosa y la hoja con números diga otra muy distinta. Es bueno que se hable de libros, aunque la paradoja apareje hablar y no leer, hablar y no escribir. Es como hablar del tiempo, pero más bonito, más hondo, más sentido. Es hablar con palabras altisonantes, esas de las que muchos escritores abominaron.

Pero permitidme que hoy, ahora, hable de obligaciones. Las obligaciones son para las cosas que pueden ser obligatorias. Y las lecturas solo pueden ser opciones. Entiendo que los profesores, sobre todo en algunos niveles, obliguen a leer a los alumnos y tengan buenos propósitos, pero las consecuencias son nefastas. Lo he afirmado en muchas ocasiones y no me canso de repetirlo. Como dijo Pennac, el verbo leer no soporta el imperativo y tiene toda la razón y aporta todas las razones. Leer es un vicio que funciona por contagio, por casualidad, por no sé cuántas cosas azarosas y no calculadas (¿se podrá elaborar una planificación para no planificar planes de lectura?), pero es casi imposible que se contagie por imposición.

Y ahora viene algo peor: si obligar a leer es nefasto, obligar a leer y no acompañar a los alumnos en la obligación es algo indigno. Es como decirle a un urbanita que solo ha visto la naturaleza en un póster con frase hortera de Tagore: “Mira, ahí tienes el K2: lo tienes que subir por cojones. Mira a ver cómo te las apañas”. ¿Qué le pasará al sufrido e improvisado escalador, que no tiene las destrezas, la forma física, la técnica; a él, que no está aclimatado a las alturas, que no sabe cubrirse del sol para que no le deslumbre y no sabe protegerse de las grietas y de las aristas?

¿Qué tiene que ser un profesor de Lengua y Literatura en lo que a esta última respecta? Lo primero, tiene que ser un devoto de la lectura y un conocer profundo de las ficciones. Lo segundo, tiene que ser un inspirador, nunca un mamporrero. Y, por último, tiene que ser un sherpa, por aquello de subir montañas. Todo lo demás son chorradas. Y si no, acabaremos bailando como leemos (y esto solo tendrá sentido si hemos visto Danzad, danzad, malditos). Eso sí, es todo un espectáculo.

(Esta entrada inicia una serie que ya venía cultivando en el blog en alguna ocasión: “Voy a hablar de…”. Se trata de entradas críticas sobre algún tema más o menos de actualidad o algún acontecimiento digno de hincarle el diente. La imagen pertenece a la película citada en el último párrafo.)

Read More