— Verba Volant

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¿Te sientes confundido? ¿Tienes sensación de vértigo? ¿Te zumban los oídos? Quizás te duela la cabeza y te encuentres muy cansado. Si te fijas bien, tienes la piel enrojecida y con picores en la tripa y en la cara interna de los brazos y de las piernas. Ves de forma poco nítida, tienes la piel de gallina y, probablemente, sientas algún calambre y dolor en las articulaciones.

Si estás en casa y en el sofá, no tengo ni idea de lo que te ocurre. Seguro que tienes un serio problema que precisa de atención médica, así que llama al 112.

Si te has metido en el agua, padeces una hidrocución. Seguro que te ha dado el sol a base de bien, o que has realizado mucho ejercicio, o que has comido sin dejar nada en el plato y lo has regado con cerveza bien fresquita. A lo mejor tomas algún psicofármaco para recuperarte de lo tuyo. En ese caso, procura que alguien te saque de los grandes charcos en los que te metes, porque puede que tu corazón, ya entrado en años, no aguante la embestida.

Todo el mundo lo llama “corte de digestión”, pero no lo es. A veces uno confunde las cosas. Quizás porque no las entiende, quizás porque las entiende como quiere. Así que apúntate la palabra, a ti que te gusta hablar haciendo el pino.

Imagen de Óscar F. Hevia.

 

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Acabo de leer el libro Los Cinco y yo, de Antonio Orejudo. Es un libro magnífico, escrito en el sendero más interesante de la autoficción, que nos hace reflexionar sobre la lectura. Sin desvelar mucho del libro, nos hace reflexionar, en realidad, sobre la lectura en tres niveles y sobre la escritura en dos. Por supuesto, es un libro que va más allá de la metaliteratura: sus reflexiones sobre el pasado y sobre el presente, sobre el presente mediatizado por el pasado, sobre el pasado mediatizado por el futuro y otras muchas cosas más lo convierten, de por sí, en una obra merecedora de una lectura atenta. Pero esa triple reflexión sobre la lectura (y su materialización en dos niveles de escritura) es una de las bases de la construcción del libro de Orejudo.

Todos esos niveles están intercalados en un mismo plano de forma muy inteligente. El primer nivel y la base de todos los demás, son los libros de Los Cinco de Enid Blyton. Aunque más joven que Orejudo, pertenezco a esa generación lectora que se formó con los libros de Los Cinco. Escribí, hace ya mucho, una entrada, titulada Thaumasía en la isla Kirrin, en la que hablaba sobre la curiosidad y admiración que me provocaron las novelas juveniles de Blyton. En casa había un par de libros, que empecé por casualidad y, durante unos años, propicié que todos los regalos de cumpleaños y de Reyes fueran completando toda la saga. Nunca he realizado, como Orejudo, una revisión –ni crítica ni acrítica– sobre estas novelas, pero la lectura de Los Cinco y yo ha conseguido reavivar esa chispa lectora juvenil que mantuve durante aquellos años. Luego llegaron lecturas de más “calidad”, pero nunca las consideré “mejores”, sino una evolución lógica de lo que estaba empezado y ya no podría parar.

El segundo nivel de lectura (y el primero de escritura) lo supone una supuesta novela de Rafael Reig, After five. Rafael Reig es un escritor real, amigo de Antonio Orejudo. Todo forma parte del juego literario que establece Orejudo a raíz de esta novela apócrifa: su escrito es una reflexión sobre el libro de Reig, en el que se nos habla de la vida de Julián, Dick, Ana y Jorge después de las novelas: su evolución como adolescentes y su vida como adultos. Como digo, este es el primer nivel de escritura de Orejudo, como creador de esta primera cota sobre la que escala su narración sobre los Cinco. Y un segundo nivel de lectura que se intercala necesariamente sobre el primero: no se trata ya solamente de hablar de las novelas de Los Cinco, sino de hablar de esas conexiones entre pasados y presentes. Orejudo aprovecha para, partiendo de la infancia, hablar de su juventud, de sus inquietudes, de la vocación literaria de ese Toni que está, sin ser una equivalencia exacta, tan cerca de él y de Reig en sus años de universidad. Vemos ese registro del pasado que construye la juventud sobre los cimientos de la infancia. Los Cinco son aprovechados, en este nivel, como argamasa que conjunta la niñez y la juventud como premonición de lo que puede ser el futuro.

El tercer nivel de lectura (y el segundo de escritura) es la novela Los Cinco y yo como tal. Es un nivel que, como los anteriores, asume y abarca los anteriores. Ahora se trata de cómo la lectura de los libros de Los Cinco y la necesidad narrativa que tiene el autor de hablar del libro After five de Reig le lleva a extender ese pasado y ese presente como reflexión intrapersonal, interpersonal y diría que generacional. Sin desvelar nada importante para posibles lectores de la novela, diremos que ese juego interno de narradores y lectores también los convierte, doblemente, en personajes. Y comprobaremos hasta qué punto pueden sus vidas combinarse, intercalarse, mezclarse y confundirse con las de Julián, Dick, Ana y Jorge.

Todos los lectores de Los Cinco tuvimos nuestra casa en la de tía Fanny y tío Quintín. Tuvimos experiencias gastronómicas de platos que nunca habíamos comido en nuestras casas. Tuvimos unas excursiones mágicas y llenas de peligros de la que nuestros cuerpos salieron ilesos, aunque nuestro corazón se agitó al ritmo trepidante de los acontecimientos Descubrimos que las islas y los tesoros estaban más cerca de lo que nos imaginábamos. Mientras aprendíamos a ser personas, supimos gracias a Los Cinco que la vida está llena de pasadizos secretos que servían como vasos comunicantes de nuestras experiencias adolescentes. Lo malo es que, ya de adultos, se nos olvidó todo y los pasadizos secretos los convertimos en laberintos. Pero ahí están las novelas de Los Cinco para recordarnos esa verdad y ahí está la novela de Orejudo para recordarnos que la realidad y la ficción están más unidas de lo que parece. Siempre.

 

 

 

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que tenía muy abandonada. Por su tema, aparecerá también en mi blog académico, ScriptaManent.

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Los profesores de Lengua y de Lingüística nos encontramos en una situación incómoda:

Por un lado, como lingüístas, somos muy conscientes de que no existe nada que sea correcto o incorrecto. Nuestra tarea, en este sentido, es descriptiva o, como mucho, explicativa. Y cuando nos llega una variante rara, un fenómeno extraño, una forma peculiar, nos ponemos más contentos que un muchachito cateto cuando le notifican que ha sido seleccionado para Acapulco Shore. Es más, la mayor parte de la población mundial piensa que a lo largo de nuestros estudios universitarios no hemos hecho otra cosa que aprender a distinguir cosas correctas de engendros incorrectos, pero, afortunadamente, nos dedicamos a estudiar cosas más sugerentes o interesantes.

Por otro lado, como profesores de Lengua, nos encontramos en una posición privilegiada para abordar, con perspectiva, cuestiones sobre el uso del lenguaje en sociedad. Y podemos orientar y aconsejar a los demás –y aplicarnos el cuento– para realizar con éxito esa inserción en la sociedad por medio del lenguaje. En una cultura determinada, todos conocemos cuál es el protocolo para presentar a una persona y sabemos, ademas, ajustarlo a una situación determinada: parece obvio, por ejemplo, que no es lo mismo presentar a alguien en un ámbito formal que en un grupo informal de amistades. Las normas en la mesa también nos son de utilidad. Si asistimos a una comida muy protocolaria, nos ayudará sobremanera saber cómo tenemos qué sentarnos y cómo servirnos del utillaje que se encuentra a nuestra disposición. Como no nos gusta que nos pase como a Julia Roberts en Pretty Woman, es agradable y conveniente tener un consejero que nos enseñe qué copa utilizamos para el agua y cuál para el vino tinto, o qué tenedor nos viene bien para la carne y cuál para los entrantes. Asimismo, agradeceremos que nos hayan aconsejado no chupar la pala del pescado o cómo poner los cubiertos en el plato para indicar que hemos terminado o no. Lo absurdo sería pensar que todas las comidas son de postín y que estamos siempre de cena de rechupete con Isabel II en el palacio de Buckingham. Porque sería igual de incoherente estar de chuletada con amigotes (y amigotas) y menospreciar las chuletillas y el chorizo porque no nos han puesto un bajoplato y criticar la presencia de abundantes servilletas de papel, el porrón o los vasos de plástico. Y depende también de si estamos en China o en España para saber si sorber o no la sopa o cómo acercarnos la comida a la boca.

Esta –creo– es el cometido que debe de tener la ortografía en la sociedad. No para mirar por encima del hombro a nadie, no para menospreciar una variante sobre otra, no para formar parte de una élite (o elite 🙂 ). Se trata, por lo tanto, no de que impere el normativismo porque sí, sino que predomine y gane el sentido común. Como en todas las sociedades, tenemos personas apocalípticas e integradas, pro- y antisistema. Hay lingüistas punki y acomodaticios, modernos y de toda la vida. Personas que al oír la palabra RAE sufren de alteraciones del ritmo cardíaco, sudoración y arrobo, y amantes de la pleitesía extrema y de doblar el espinazo ante cualquier cosa porque la diga alguien con autoridad. La cosa, desde luego, es mucho más compleja y tiene más variantes, pero creo que sirve para esquematizar lo que quiero decir.

Es curioso que en esto de la ortografía seamos tan fieles a lo que nos han enseñado desde pequeños que nos negamos a aceptar cualquier cambio, sea o no razonable. La lengua nos la suda, pero nos negamos a admitir que guion no lleve tilde, por lógicas que sean las razones. O que, por fin, se resuelva la incoherencia que suponía que rió llevase tilde cuando río la lleva también. Que se defienda a capa y espada que las mayúsculas no llevan tilde porque algún profesor mal informado lo dijo en su momento. Tengo unos cuantos conocidos apellidados Saiz que se empecinan en poner tilde a su apellido del mismo que tengo a otros tantos próximos apellidados Díez que mantienen a capa y espada que su apellido lleva tilde. Lo importante, a mi juicio, es tener una base de educación común para saber qué hacer con las palabras y cómo escribirlas. No se trata, como digo, de denigrar al que no lo sabe, sino de que, poco a poco, todos nos podamos sentir cómodos en la escritura, que no es natural en los seres humanos como la palabra hablada y que puede no ser fácil. Como lingüistas, cada uno de nosotros puede ser fonetista, etimologista, encauzador del uso o una evolución o mezcla de todas esas cosas. A la sociedad, eso se la debe traer al pairo. Como profesores de lengua, podemos canalizara algunos conocimientos sencillos que ayuden a las personas cuando se sientan a la mesa del lenguaje escrito.

¿Llevaremos a la cárcel al que encabece un correo electrónico con la fórmula “Estimada colega” y ponga, después, una coma? Está claro que no. ¿Cadena perpetua para el que ponga mayúsculas a la primavera, a los sábados o las mañanas de abril? Ni hablar. ¿Pena de muerte por escribir mal un prefijo o un punto tras un símbolo? Ni de coña. Tomemos la ortografía como un juego de cartas. Expliquemos bien las reglas –que sean pocas y claras, por favor– y, sobre todo, animemos a la gente a jugar. Y también a juzgar y a insubordinarse. La ortografía no tiene que ser un porque sí, sino un algo razonado en su evolución. Pongo un ejemplo de regla absurda en un determinado contexto: nos ponemos a guasapear y, sin emplear ningún emoji, queremos poner la onomatopeya de una carcajada. La ortografía académica nos aconseja separar cada elemento y poner comas (ja, ja, ja, ja). Pero no olvidemos que estamos en el contexto de amigotes y chuletas. Cualquier persona sensata tirará la regla por la ventana y se reirá (jajajajaja). Es certero, eficaz y, sobre todo, rápido y práctico. Eso sí, las comas pueden salvar vidas, como nos recuerda José Antonio Millán en su libro Perdón imposible (nótese la diferencia que hay entre “Perdón imposible, que cumpla condena” y “Perdón, imposible que cumpla su condena”).

Desde hace ya unos años, puede detectarse un declive en el uso de una ortografía ajustada a las normas. Como decía más arriba, no me refiero a personas sin formación, sino a profesionales, profesores incluso, que trabajan con la palabra escrita de forma cotidiana. Lo importante, a nuestro juicio, es conocer las normas elementales de vestir. Y luego, cada cual que se vista como le dé la gana, sabiendo lo que eso representa. Si a nadie se le ocurre acudir a dar una charla a pecho descubierto o a la boda de su hermana en paños menores, estaría bien que supiera cómo puntuar de forma correcta un texto.

Imagen de Jef Safi.

Esta entrada es reproducción de la entrada con el mismo nombre en mi blog académico, ScriptaManent. Dado que su interés es general, he decidido incluirla también aquí.

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Podríamos poner otros ejemplos de música electrónica, dance, house, disco. Pero sí, explica nuestras vidas. Lo primero, porque este tipo de música se ajusta a nuestro corazón acelerado. Un patrón rítmico que ajusta nuestros latidos a medida que nos movemos a un ritmo desenfrenado. O quizás es que nuestro corazón ya estaba acelerado previamente y necesita una vía de escape en una música que se ajuste a él. Lo segundo, porque es extremadamente simple: se limita a impulsos primarios, estribillos repetidos, palabras que, al fin, pueden ser basura o abstracción. Y lo último, porque en una construcción fría, casi de laboratorio, se esconde una necesidad imperiosa de sacar lo que todos llevamos dentro.

Es lo que dice Joe Crepúsculo en esta canción: “Mi fábrica de baile no cabe en tu corazón pequeño”. No es solo una constatación, es una provocación. Un reto. Lo grande frente a lo pequeño, lo dinámico frente a lo estático, la vida frente a estar muerto (en vida).

Por lo tanto, vivamos para bailar, siempre y cuando eso sea equivalente a bailar para vivir.

 

Enlace a “Mi fábrica de baile” en Spotify.

Imagen de Peter Gorges.

 

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Iba a hablar de maravillas y excelencias, de esperanzas y consuelos, de las fuerzas para permanecer. De sonrisas, de manos tendidas, de suertes y fortunas. Del todo sin división en partes. De no saber cómo ni por qué.

Iba a hablar de luz, de sentimientos a ras de piel y resquicios hasta el tuétano tuétano. De palabras, truenos, sonidos y abrazos. De sueños con los ojos abiertos de par en par. De rostros, voces, rotos, descosidos. De sentidos.

Iba a hablar de ángeles sin demonios, de plumas y bichos raros, de lugares a los que no perteneces. De controles, de cuerpos y de almas. De personas especiales, singulares e irrepetibles.

Iba a contar historias de locuras sencillas, de trazos curvos inmensamente rectos, de fuegos y temblores, de días sin sus noches respectivas. De calles, ríos y canciones.

Iba a contar esas historias hasta que me quedé en silencio, mecido entre los destellos de un susurro.

 

 

 

 

 

 

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(Esta entrada cita una frase de la serie de Juego de Tronos, pero no desvela nada del contenido del capítulo ni de la trama de la misma).

En el séptimo capítulo de la séptima temporada de Juego de Tronos –parece esto una maldición bíblica o, más probablemente una evocación al simbolismo de los números–, aparece en dos ocasiones muy diferentes esta frase, dicha por dos personas distintas: “A veces, cuando intento comprender los motivos de una persona, juego a una cosa: me pongo en lo peor”.

Confieso que había intentado jugar alguna vez a esto, pero algo inconsciente, sin conocer las reglas ni el mecanismo del juego de las tramas y las personas. Ahora que comienza este nuevo curso, siempre se empiezan con ganas nuevas y resabios viejos. Y he pensado sobre esa frase e intentado comprender la mala baba de algunas personas que siempre están vomitando críticas sobre los demás. En ese intento de comprensión, la frase de Juego de Tronos me ha sido muy útil: es incomprensible entender a los que critican siempre a casi todos si no se pone en lo peor. La tarea de descifrar “lo peor” es difícil, pero es terapéutico comprender las causas aunque nos quedemos indefensos ante los efectos.

Ponerse en lo peor puede suponer estar equivocado, pero también estar cerca de la verdad. Y he recordado una investigación de Dustin Wood, Peter D. Harms y Siimini Vazire, “Perceiver Efects as Projective Test: What Your Perceptions of Other Say about You”, en la que se correlaciona la manera de ver a los demás con la felicidad y estabilidad emocional de uno mismo. En suma, la manera de describir a los demás es un signo de cómo nos percibimos nosotros. Si uno tiende a describir a los demás en términos positivos, parece que somos más estables y felices. Si, por le contrario, nos gusta describir a los demás siempre de forma negativa, parece que somos más narcisistas y antisociales. La conclusión de todo esto, desde el lado de “ponerse en lo peor”, es que las críticas sistemáticas hacia los demás no siempre suponen una certeza sobre el criticado, sino sobre la infelicidad, frustración, neurosis u otros trastornos de la personalidad en el que tiende a poner a todo el mundo que le rodea a caldo.

Ahora que me pongo en lo peor, quizás esté entendiendo el proceder de algunos que no dejan títere con cabeza. Por supuesto, ellos son inmaculados en todas sus dimensiones, pero todos los que trabajan a su alrededor parece que no están a la altura. O eso es lo que piensan ellos. De ellos

Referencias:

Wood, Dustin; Harms, Peter D.; and Vazire, Simine, “Perceiver Effects as Projective Tests: What Your Perceptions of Others Say about You” (2010). Management Department Faculty Publications. 78.
http://digitalcommons.unl.edu/managementfacpub/78.

Imagen de Andrés Nieto Porras.

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Me acuerdo de un verano, hace mucho, tendría yo veinte años, en el verano francés en Angles, cerca de La Roche-sur-Yon, cuando la alergia me impedía dormir y, en ese cuarto prestado, tenía a mano todos los libros de Astérix y de Tintín. Recuerdo el sirope añadido al agua de la comida, las tardes de petanca en la plaza del pueblo, la impresión de empezar entendiendo poco de una lengua que, con el paso del tiempo, hablaría regular y con un extraño acento rural. Me acuerdo de un cuenco lleno de rábanos en ensalada, de una bandeja repleta de ancas de rana, de unas sartenes con resquicios que luego serían expuestas a las lenguas de los gatos. Recuerdo los viajes en bicicleta a través de los campos, del Puy de Fou, de los paseos en barca por la Venise Verte. Recuerdo la cerveza con limón, las conversaciones con el abuelo sobre la Segunda Guerra Mundial, la ocupación de los franceses y un vecino alemán del que todo el pueblo sospechaba un pasado avieso y un presente demasiado silencioso. Me acuerdo de las mañanas en las que escribía versos en español, casi siempre romances ávidos de luminosidad. Los tendré guardados, casi seguro, pero no sé dónde estarán. Y recuerdo también poemas escritos en un francés breve, llenos de incompetencia, lacónicos y plagados de sustantivos. Si hay suerte, cayeron alguna vez en el cubo de la basura.

Me acuerdo de casi todo no acordándome de nada. De noches de discoteca cuando estaba de moda salpimentar las canciones inglesas con alguna palabra en español. De  una visita a una farmacia inmaculadamente limpia y de unas pastillas para la garganta. De unas sobremesas que cada vez eran más largas, sobre todo cuando el padre, cargado de amabilidad, llegaba cansado de sus quehaceres en el campo. Del horroroso concurso televisivo Intervilles, de la mala suerte de tener a Claude como pésimo coetáneo, de la costumbre familiar de no lavar los vasos y guardarlos en el frigorífico.

Recuerdo hoy ese verano francés y todavía no sé por qué.

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Mezclar la bruma de tus caderas con la luz, agitar las soledades que se citan en todos los rincones de la imaginación. Son abismos de ingenuidad disueltos en locura, temblores de ojos cerrados cosidos con retales de incertidumbre.

Cien versos llevan hacia ti y ninguno te define en tu intimidad, de la piel hasta los huesos pasando por cada vena. Un mástil y dos velas construida por las palabras. Una lucha por el equilibrio entre un mar incierto. Una música que te calma, que te subleva, que te agita, que te hace beber cada nota hasta la últimas consecuencias.

Un paseo corto hasta el aguacero, una carrera por la vida hasta que se aniquile el ocaso. Un momento de momentos. La joya vendida en la trastienda. Cuello y piel y sonrisa.

Todo va y viene. El dolor del nombre cuando no es el mío. La herida que sana entre todos los dolores.  El deseo de quererlo todo menos la pena, menos la lágrima, menos el frío que quiebre el corazón. Y correr hasta caminar despacio perdiendo el control.

(Imagen de Giannis Angelakis).

 

 

 

 

 

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La banda sonora de una película muda y las mechas de un pelo ya demasiado largo. Los sonidos de la actualidad más intempestiva y la búsqueda infinita en un bolso demasiado grande. Las flechas de un cupido en el que el amor linda ya en el personaje. Los delirios de un calor insoportable y las pesadillas del que dice necesitar ocho horas de sueño sin evidencia científica demostrable. Los avances en las teorías sobre la pigmentación de los pellejos y los beneficios y perjuicios de las cremas que los protegen. El sentido del sinsentido y la disputa eterna entre campo y playa. Y un raro alivio cuando unas ondas de aire frío dejan respirar a nuestros cuerpos en estos días insufribles de un verano que solo empieza.

imagen de Linelle Photography.

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El perfil. Disfrutar con lo que se ve pero sin renunciar a conocer lo que se adivina. El perfil es todo y parte, matiz de sugerencias, paleta de muestra de unos colores que se completan en la imaginación. Es la silueta, una perspectiva, aquellas líneas sonrosadas que se volvieron, poco a poco, más oscuras. Digamos que es la cara porque existe el envés, lo visible porque existe algo más allá. Un gesto que se completará, una sonrisa que devuelve una comisura. Agradable. Suave.

El perfil, en medias tintas. El perfil, con todos los ambages para redondear el ovalo. Así, el perfil.

imagen de Hernán Piñera.

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