— Verba Volant

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Cuando en el mundo de la enseñanza muchos quieren desenvolverse en el terreno de las convenciones, hay veces que se topan con seres “extraños” que no responden a ninguno de los mandamientos del ser como los demás. Afortunadamente, no todos los alumnos obedecen a los esquemas de “normalidad” que se esperan de ellos. No parecen excepcionales, sino raros, extravagantes, distintos.

Era lo que le pasaba a Roberto. Roberto es un alumno de los de hace ya muchos años. La imagen que tengo de Roberto hasta que llegó a COU era la de un chico con risa contagiosa, con pinta de andar todo el día despistado. Cuando llegó al último curso del instituto, dio un cambio radical en su aspecto. Se cortó el pelo dejándose los bordes laterales subidos con gomina. El día que le vi, le dije: “Coño, Berengario”. En esa clase, todos sabían que Berengario era un de los extraños monjes de la abadía benedictina en la que se desarrolla El nombre de la rosa. Era una película que había puesto en clase para ilustrar y explicar el tema de la filosofía medieval y, más concretamente, el pensamiento de Guillermo de Ockham. La verdad es que Berengario no era el monje que tenía el pelo cortado así (Berengario es una de las primeras víctimas en la novela y era totalmente calvo). Me refería a Malaquías, el ayudante del bibliotecario, protagonizado por Volker Prechtel. Teníamos confianza suficiente para la broma y Roberto se echó a reír. Siempre de forma cómplice. Siempre pensando en algo más allá. Empezó a vestir de forma más extraña y el colmo de los complementos lo formó una enorme cadena de bicicleta transformada en llavero. Le ocupa media pierna y, desde luego, no parecía un accesorio muy cómodo.

Roberto, como digo, es el prototipo de alumno que no obedece a las leyes de pensamiento que tenemos la mayor parte de nosotros. Tenía una forma de ser y un temperamento que se salían de lo habitual. En definitiva, más tarde lo entendería, era un artista. Roberto contemplaba (contempla) el mundo desde otro prisma, pertrechado de formas que dibuja en su cabeza y con colores que domina como nadie. Tiene que ser difícil poseer una forma tan distinta de ver e interpretar el mundo cuando entras en el baremo de lo de siempre, de lo habitual y de lo trillado.

Roberto se marchó a Salamanca a estudiar Bellas Artes y allí empezó a explotar de verdad su talento creativo. Yo estaba más o menos al corriente de sus avances porque solía encontrarme con sus padres, que me avisaban de las exposiciones de pintura que iba realizando en algunos bares y porque, de vez en cuanto, recibía también noticias directas de cómo le iba en su vida como artista.

Años más tarde, Roberto fue compañero mío en el instituto. Como me ocurrió a mí (y a algún profesor más), traspasó la frontera de alumno a profesor, en su caso para impartir Educación Plástica. La primera y única vocación de Roberto era entregarse totalmente a su arte como pintor, pero todos sabemos que los inicios (y, a veces, los finales) son bastante complicados y que el mercado del arte se mueve por unos márgenes muy estrechos en los que los contactos y la suerte tienen una importancia decisiva. En el poco tiempo que fuimos compañeros, lo pasé muy bien con Roberto. Le llamaba “Pájaro” cada vez que entraba en la sala de profesores y le veía. Pájaro por aquello de su voluntad de echar siempre a volar, que se unía a su sonrisa, siempre llena de travesuras. Durante un curso, años después, también fue compañero mío en la universidad como profesor asociado.

Como digo, Roberto tiene un talento desbordante para la pintura. Alguna vez he escrito algo sobre su manera de concebir el arte. Afronta su lucha contra el lienzo asimilando de forma muy natural la sencillez de los trazos, a veces casi geométricos, con una concepción realista del paisaje y de los espacios. Si hubiese tenido suerte y una chispa hubiese saltado en alguna de las exposiciones en las que ha mostrado sus cuadros, sus obras estarían cotizadas por las nubes. Pero, como decía más arriba, es difícil vivir solamente con el oficio de pintor. Ahora ha vuelto a la enseñanza y coexiste en él su deseo por enseñar y formar desde la óptica de lo distinto y sus ansias de crear incorporando, cada vez, matices nuevos a sus obras.

Por encima de casi cualquier otra cosa, Roberto es una buena persona, que se enfrenta al mundo con iguales dosis de miedo ante lo ignoto y valiente para exhibir esos lados recónditos que tienen los objetos, que tienen las personas. Con un horizonte en el que siempre contemplamos que la realidad siempre nos enseña que hay algo más allá.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. La imagen que ilustra la entrada pertenece a la obra Embarcadero II, de Rodrigo Alonso Cuesta.

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Comienzo el domingo pensando en las contradicciones que tiene nuestra existencia. A lo largo de la semana, he recibido muchos correos, que resumo en dos: un mensaje en el que se me pide que conteste y un mensaje en el que se me ruega que no lo haga. Y, como era de prever, no quiero contestar al correo que busca una respuestas y deseo con todas mis ganas contestar al que no lo espera.

Como me gusta dejarme llevar por las primeras impresiones, no voy a contestar al primer correo. No me apetece: hay algunas cosas que me dan una pereza extrema. Y me encantaría romper el pacto implícito y contestar al segundo porque me parece muy interesante y digno de atención. En definitiva, ocurre como en la referencia al gato de Schrödinger, al que aludí en una entrada de mis historias de alumnos y que compruebo en ese segundo correo que fue asimilado hasta el detalle que podría pasar más desapercibido: el gato está muerto y vivo a la vez, lo mismo que las relaciones humanas. Y mi correo, mi manera de contemplar el mundo y reaccionar frente a él, también.

Me gustaría, incluso, hacer un poco de trampa y contestar a lo incontestable del primero caso. Y no lo haré. Y, en el segundo caso, seguir con una trampa y cumplir en lo que se me confía sin contestar en el correo, pero contestándolo aquí. Y tampoco lo voy a hacer. O bueno, igual sí. Solo dos observaciones:

  1. Gracias de corazón por el mensaje.
  2. Antes que un té, desata tus instintos con un poco de Coca-Cola. Sobre todo, cuando uno está a punto de beber un té verde.

Esta mañana de domingo enlaza con la pasada, en la que decía que estaba leyendo un relato de Alice Munro recomendado por Cárol. Se trataba de “Juego niños”. El viernes por la noche, me mandó un wasap y me preguntó qué me había parecido el cuento. Y yo le contesté: “Inquietante”. A lo que ella me contestó que se le había quedado el corazón como un higo. Son palabras literales y que concordaban exactamente con el estado de mi corazón cuando llegué al final del relato. Y más aún cuando la recomendación de ese relato procedía de una conversación que tuvimos en la que hablábamos de esa puñetera y peligrosa memoria selectiva con la que escarbamos (o no) en nuestro pasado. En esa misma conversación chateada, Cárol me dice: “Si puedes lee ‘Dimensiones'”, un cuento del mismo libro. Y es lo que hice ayer, leer un relato que me resultó igualmente inquietante que el primero, pero al revés. En el primero, estás relajado y luego te da el martillazo. En el segundo, vas recibiendo golpecitos hasta que la sospecha te atiza en la cabeza de manera contundente. Y la historia se remata de una manera más suave. Tan suave, que tienes que pensarla para descubrir dónde está la trampa. Y la trampa está tan escondida que nos descubre lo peligrosos que son algunos personajes y hasta dónde lleva su manipulación.

Pero las lecturas de la semana no han acabado ahí. Sigo disfrutando con Ordesa, de Manuel Vilas, que continúa fascinándome en ese doble proceso de identificación y de segregación. En un momento, dice Vilas: “Son dos verdades distintas, pero las dos son verdades: la del libro y la de la vida. Y juntas fundan una mentira”. Y pienso que resume perfectamente bien mis reflexiones sobre los correos, sobre los gatos y sobre los relatos de Munro.

Y esto enlaza con la novela gráfica El tesoro del Cisne Negro, dibujada por Paco Roca con guion de Guillermo Corral, que he leído a lo largo de dos plácidas tardes de esta semana. Una aventura magnífica que narra una historia real de manera trepidante. A fin de cuentas, los tesoros recogidos del fondo del mar tiene mucho que ver con nuestros sueños. Acabo la novela y me fijo en la última viñeta. Voy a la cubierta del libro, me fijo en una y en otra y las comparo. Y pienso: ahora sí todo tiene sentido.

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Oí hablar de Anne mucho antes de que fuese alumna mía. Recuerdo bastantes menciones a Anne en mis conversaciones con Juan Miguel (el chicho al que le echaron de clase por preguntar por los números impares) y Julio (ahora director de orquesta). Me vienen a la memoria, al menos, dos momentos. En uno de ellos, en un ratito al acabar las clases de la tarde (sí, eran épocas en las que también había horario vespertino), estábamos hablando los tres de algo relacionado con el tema de la memoria y la imaginación (que estábamos analizando en el bloque dedicado a la Psicología en la asignatura de Filosofía). Como era habitual, las clases se prolongaban en observaciones sobre asuntos infinitos. Surgió algo relacionado con la imaginación y la creatividad y Julio me dijo: pues ya vas a ver cuando tengas en clase a Anne, vas a flipar. La segunda vez tuvo lugar en una cafetería. Estábamos hablando sobre arte (más en concreto sobre arte abstracto o, mejor, no figurativo). Yo estaba defendiendo a mi siempre adorado Mondrian y también a Kandinski. Hablábamos de formas y de colores, de nuestras capacidades (a ellos se les daba muy bien la música y ambos se dedicaron luego a ella, Juan Miguel como complemento y afición, Julio, como he dicho más arriba, como devoción y profesión) de nuestras incapacidades. Ahí hablaba yo de mi pasión por el arte y de mi nula habilidad para pintar. Les decía algo relacionado con una forma y con unos colores que tenía constantemente en la cabeza y que era incapaz de llevar al papel. Y Juan Miguel dijo algo parecido a pues Anne seguro que sabría exactamente qué forma es y cómo representarla y combinarla con colores.

He de reconocer que me mostraba entre maravillado y escéptico ante una persona que rondaba los cursos inferiores y a la que, en una ocasión, me señalaron de lejos. Mira, esa es Anne.

Anne llegó a mis clases de Filosofía de 3.º de BUP y empecé a descubrir a qué se referían Juan Miguel y Julio cuando hablaban maravillas de ella. No solo destacaba por sus innegables capacidades, sino, sobre todo y ante todo, por una manera totalmente diferente de ver el mundo y, por lo tanto, de analizarlo e interpretarlo. Sus observaciones siempre tenían una dimensión fresca, original, no trillada por la medianía. Era de natural callado y no era fácil que interviniese mucho en clase. Prefería escuchar y, de repente sonreír. Y, entonces, pensaba yo, que ya había surcado por su mente una idea maravillosa. Esa creatividad la mostraba, sobre todo, en los exámenes y, más adelante, en las conversaciones que teníamos fuera de clase. Me asombraba cada segundo con relaciones que yo no veía, con planteamientos y relaciones que no se me habían pasado nunca por la cabeza. Nada era disparatado, nada era extraño. Con Anne, descubrías que el mundo era un pozo de riquezas sin descubrir por culpa de nuestras mentes cuadriculadas.

Nunca di clase de Literatura a Anne, y bien que lo lamento. Pero era muy frecuente que hablásemos de poemas, de autores, de formas de crear. Yo le retaba a componer textos en los que hubiese, por ejemplo, tres sustantivos que elegíamos en ese momento al azar. Ella, que sabía que yo también escribía, me lanzaba el guante para que entrase en “competición” con ella. No había manera de compararse con sus textos. Cuidaba sus composiciones no solo con una técnica y una imaginación que la situaban fuera de este mundo, sino con una letra preciosa y precisa, escoltando como folio con una funda de plástico e impregnando cada cosa que escribía con una fragancia que hacía de sus poemas una sinfonía para los sentidos.

Creo que Anne se merece alguna entrada más, así que omitiré muchas historias para acabar con una, la que da título a la entrada. Fuimos uno de aquellos años de excursión a San Sebastián con dos clases. Antonio, el profes de Religión y Latín, otros alumnos entre los que se encontraba Anne fuimos recorriendo el Paseo de la Concha disfrutando de un magnífico día de primavera. Atravesamos el puerto y entramos en el Aquarium. Cuando visito las ciudades y los museos, siempre busco un momento para perderme en mí mismo y deambular sin rumbo fijo. Paseaba por las salas del recinto y llegaba a la zona más oscura, en la que había muy poca gente. Delante de uno de los cristales, se encontraba Anne. Me paré desde lejos y estuve un rato mirando lo que ella contemplaba. Permanecía quieta, observando al pulpo que habitaba esa sección del recinto. Me acerqué y, sin decirle nada, me quedé quieto también, intentado imaginar lo que tenía todo eso de fascinante (otras vitrinas estaban llenas de alegría y de peces de colores). Dijo unas palabras en voz alta. No las dijo para mí (probablemente, ni sabía que yo estaba allí), sino como reflexión en voz alta. “¿En qué estará pensando este pulpo?”. No estaba hablando del pensamiento de los pulpos, no de las capacidades cognitivas de los cefalópodos, no del lenguaje y las formas de comunicación de los animales. Anne estaba pensando en ese pulpo como ser individual, recluido en los abismos del recinto, en soledad, oscuridad. Era, en suma, un canto a la introspección. Se quedó un rato más mirando el pulpo. Y luego, lentamente, se marchó.

Anne acabó su andadura por el instituto y comenzó la carrera de Humanidades. Pasó un tiempo en Francia, luego dio clases de español para extranjeros en la universidad y, después, aprobó las oposiciones de Lengua y Literatura. Todavía recuerdo un día en el que quedamos a tomar un café para celebrar su incorporación al delicado y delicioso mundo de la enseñanza. Ella me estaba muy agradecida por unos materiales que le había dejado para realizar la programación que, en el fondo, no tenían ninguna importancia. Con esa sonrisa hermética y amplia, puso encima de la mesa Jerjes conquista el mar, de Óscar Esquivias y un poemario de Pedro Olaya. “Toma, son para ti”.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Karen.

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Tengo que hablar de algunas historias que recordé ayer con Fonsi. Estuve ayer con él pasando un buen rato, tomando un café, recordando anécdotas de aquellos tiempos y contemplando cómo cambia la perspectiva de todo según la persona que lo contemple o teniendo en cuenta el paso del tiempo. Gracias a este encuentro, apareció una historia que estoy seguro que hará las delicias de los seguidores de la serie y que tiene que ver con un chico que veía ovnis y cómo yo una vez invoqué en clase a los extraterrestres desde la ventana.

Pero hoy tocaba, ineludiblemente, hablar de Silvia. La mayor parte de las historias que han aparecido aquí, hasta el momento, son historias de chicos de instituto. Alguna he contado sobre alumnos de la universidad, pero siempre hay que tener mucho cuidado porque están (relativamente) más próximas y siempre quiero evitar el que alguien se pueda sentir aludido.

Pero hablar de Silvia, como vais a tener ocasión de comprobar, es distinto. Silvia fue mi alumna en la asignatura de “Análisis del lenguaje publicitario”. Formaba parte de un grupo de amigos con gran espíritu creativo en el que que se encuentran, al menos, dos personas de las que contaré alguna historia con cierto detenimiento aquí. Es como si conociese a Silvia de toda la vida. Siempre me da la impresión de que hubiese sido alumna ya desde los tiempos de la secundaria (de hecho, vivía en el mismo barrio, es amiga de una de mis mejores alumnas de aquella época y estudió en un instituto muy próximo). De Silvia subrayaría su curiosidad mezclada con el asombro (en suma, la palabra griega thaumasía, de la que hablé hace tiempo). Porque recuerdo a Silvia siempre preguntando. De manera insistente, pero nunca pesada; de forma polémica, en el mejor sentido del término. Con Silvia no valían respuestas comunes y triviales, porque sus dudas nunca lo eran. Podían ir hacia la superficie o hacia el fondo del asunto, pero siempre tenían un sentido profundo. A Silvia siempre le ha gustado el debate en el mejor de los sentidos del término por lo que tiene de confrontación elegante de pareceres para llegar a una conclusión o a ninguna. O a todas las anteriores.

Hablo en el título de la entrada de su espíritu renacentista y de un Leonardo redivivo. También cabría un juego de palabras divertido. Silvia sería una Leonardo “redidiva”. Porque es la reencarnación de la curiosidad, de las ganas de conocer y de la excelencia. Una de las cosas en las que destacaba siempre (y destaca ahora) es por su espíritu interdisciplinar. A Silvia le gusta escribir, le gusta dibujar, le gusta hacer fotos, le gusta cantar. Su interés se extiende a todas las disciplinas, incluidas las científicas. Y esa mezcla muy aglutinada entre el espíritu humanístico y creador y el espíritu científico e innovador (realicemos todos los quiasmos que deseemos) es lo explica la manera que tiene Silvia de enfrentarse al mundo. Todo ese interés, ahora, se ha convertido en su trabajo, que aúna el aspecto científico con su formación como comunicadora y divulgadora.

Quedo de vez en cuando con Silvia (de hecho, nos debemos una llamada para tomar algo y charlar). Su conversación siempre es fecunda, su juicio atinado, aunque nunca convencional ni acomodaticio. Solemos hablar de pelis y de libros, de cosas de la vida y de las peligrosas pseudociencias. Su conversación siempre deja un poso agradable. Con Silvia hablar nunca es una pérdida de tiempo.

Un día, hace unos cuantos años, cuando vi a Silvia y a su amiga Mariola durante un evento en el Teatro Principal dibujando a uno de los ponentes, me vino esa imagen de ella como persona renacentista, interesada por todo. Es algo de agradecer en estos mundos actuales y estrechos, especializados en las evanescencias de la nada. Silvia siempre tiene mil y una maneras de contar. Por eso, hoy tocaba hablar de ella.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Hersson Piratoba.

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Hace once años, publiqué una entrada siguiendo un experimento colectivo muy divertido, que recuperé otra vez hace seis años. Se trataba de la creación de una portada de disco siguiendo unas pautas:

  • El nombre de tu grupo es el título de un artículo al azar de la Wikipedia.
  • El título del disco es una frase perteneciente a dicho artículo o una cita al azar.
  • La portada del disco es la tercera foto de una galería al azar de Flickr.

La casualidad ha hecho que diera con una de esas entradas y he probado a ver qué salía esta vez. Os comunico que el afamado grupo Susono ha sacado su nuevo trabajo: Porque cinco maridos has tenido.

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Dios los cría y ellos se juntan. Ocurre con frecuencia en la enseñanza: hornadas de clases alborotadas y habladoras, secuencia de empollones demasiado serios en pocos metros cuadrados… y grupos de personas sensacionales con los que uno se encuentra auténticamente a gusto. He tenido la suerte de disfrutar en varias ocasiones de una clase en la que coincidían un grupo de alumnos con el que todo era posible.

La historia de Lucía se enmarca en una clase de ese tipo. Algunos de sus compañeros tendrán, de forma más que merecida, su propia historia. Juntos vivimos muchos grandes momentos que, cuando sean aquí reflejados, harán asaltar las dudas sobre si todo lo que cuento aquí es cierto. Ellos y yo sabemos que, aunque se traspasen todas las fronteras de la verosimilitud, las cosas ocurrieron (más o menos) así.

Pero presentemos la historia de hoy. Lucía era una chica introvertidamente extrovertida. Cualquiera que la conozca poco diría que estoy loco si la considero introvertida, pero cualquiera que haya convivido con ella sabe perfectamente a lo que me refiero. La clase en la que estaba Lucía era maravillosamente participativa. Les di clase en varios cursos y me aguantaron en clases de Filosofía y de Literatura. Amiga del chascarrillo fácil pero también de una ironía aguda, decidí asignar a Lucía siempre un papel en las lecturas de obras de teatro que hacíamos en clase.

Hago un inciso muy breve: cualquiera que dude del poder de la literatura en la enseñanza media solamente tiene que acudir a la lectura colectiva y explicada de obras dramáticas para comprobar cómo la fuerza de la ficción llega a los alumnos. Ya hablaremos de ello, si tenemos ocasión.

Decía que Lucía siempre tenía un papel en las obras que leíamos. De forma casi automática, ella sabía que le tocarían papeles que entraban en los registros de Gracita Morales. Bueno, no exactamente del registro de Gracita Morales, sino en el tipo de personajes que representaba la actriz española. Empezó, por supuesto, haciendo el papel de criada en obras de Lope o Calderón y acabó por formar parte memorable de las lecturas de Tres sombreros de copa en los que, aunque fuera primerísima hora de mañana, nos moríamos de risa. No solo hacía gracia en la interpretación de su papel, sino en los comentarios que realizaba sobre él. Lucía sabía (sabe) reírse de sí misma y todos sabemos que los que saben reírse de sí mismos se conocen mejor que todos los demás.

Lucía era la persona perfecta en el engranaje perfecto de un grupo de amigos dispuestos a disfrutar de la vida sublimando lo que significa aprender y, por lo tanto, mejorando lo que significaba enseñar. En esas clases, reflexionábamos sobre lo más bajo y sobre lo más excelso porque ellos nunca se conformaban con haber llegado al final. Siempre querían más, siempre daban una interpretación más, siempre hacían un esfuerzo generoso consigo mismos y con los otros para ser mejores.

Como es habitual, tengo que dejar muchas cosas sobre Lucía y aquellos años para otro día. Sí tengo que decir que estudió fuera de Burgos, que siguió haciendo teatro como aficionada (muchas veces, le dieron papeles para los que ella estaba predestinada). Incluso acabó con una pierna rota en extrañas circunstancias que nunca me ha sabido aclarar.

Cuando acabó la licenciatura, Lucía sintió un vacío que no sabía llenar en este país que no siempre da facilidades para explotar el talento de los que lo tienen y decidió marchar a Chicago para dar clase en un colegio. Al principio, despotricaba contra un sistema de enseñanza en el que acabó sintiéndose cómoda porque era exigente. Su experiencia en Estados Unidos le llevó a explorar el mundo y a sí misma. Al cabo de unos años, cuando el proceso de introspección finalizó, decidió regresar. Creo que Lucía, que echaba mucho de menos lo que dejó cuando se fue, también echa mucho de menos cosas de allí ahora que ha vuelto, enredada en el injustísimo juego de las interinidades.

Lucía, desde hace muchos años, ha pasado a formar parte del reducido grupo de personas a las que considero amigas. Me ha salvado mil y una veces del infierno los abstract con sus traducciones. Nos hemos tomado muchas cervezas con otros compañeros de aquella época para hablar de lo de ahora y de lo de entonces (tenemos, por cierto, una pendiente).

Yo he aprendido tantas cosas de personas como Lucía que solo puedo soñar con seguir intentando desbrozar cosas de mí y procurar entregarme (yo, que soy tan tímido, reservado y distante casi siempre) con lo poco que sé, con lo poco que soy, para que se me pegue todo lo bueno que me han dado personas como ella.

Se me olvidaba: como he dicho, Lucía volverá a aparecer en estas historias, con este o con otro nombre, pero también estará presente su hermano, que también fue alumno mí, al que también considero mi amigo. Una de las personas cuya historia merece la pena contar. Pero eso será otro día. Pero ahora, cuando en Chicago hace tanto frío, tocaba hablar de Lucía.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Vynz100.

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Hoy tengo que hablaros de Noemí. En mi trayectoria como profesor, he tenido como alumnos a varias sagas familiares. En este caso, Noemí es hermana de Nerea, a la que dedicaré una entrada en esta serie. Noemí y Nerea forman parte de una familia a la que he tenido (y tengo) especial aprecio.

Hoy, sin embargo, quiero hablar de la voz de Noemí. O, mejor dicho, de cómo descubrí a una persona a través de una voz. Noemí era una chica callada, muy introvertida. No le gustaba nada intervenir en clase y pasaba tan desapercibida que, en algunas ocasiones, te dabas cuenta de que era inteligente y buena estudiante solo cuando corregías sus exámenes, llenos de unas observaciones atinadas que iban más allá de una asimilación correcta y evidente de la materia.

No obstante, como digo, descubrí auténticamente a Noemí gracias a la lectura. Aunque no le gustaba nada que le preguntasen en clase, un día, por casualidad —o, seguramente, por intentar sacar a Noemí de ese anonimato silente— le mandé leer un pasaje de literatura. Su mirada tímida cambió cuando fijó la vista en el libro. Dudó unos segundos y, dejando atrás sus miedos, se puso a leer. Su voz era mágica, preciosa, con una tonalidad muy parecida a la de Emma Thompson (o, mejor dicho, a la actriz de doblaje que ponía voz a la actriz inglesa por aquella epoca) y llena de matices. Me quedé embobado escuchando esa voz maravillosa y reconozco que me salté unas cuentas explicaciones solo para dilatar esa experiencia sensorial.

Pasó un buen rato, le mandé parar y me puse a hablar de su lectura y de su voz. Podéis imaginaros la poca gracia que le hizo a una persona tan tímida. Como soy de todo menos prudente, subrayaba los elogios con cada muestra silenciosa de Noemí diciendo “Para ya, pesado, que no quiero que hables de mí a toda la clase”. Mandar leer a Noemí fue, a partir de entonces, y durante dos años, una rutina, que ella aceptaba cada vez con más gusto. Creo que pude contribuir un poquito a que ella ganase seguridad, y todos disfrutábamos de un pasaje leído con las pausas perfectas, con la entonación perfecta, con la calma necesaria para poder paladear cada estructura. Como todo profesor pesado, yo seguía con mis alabanzas. Puedo estar equivocado, pero creo que a ella le molestaban cada vez menos. Alguna vez, incluso, creía adivinar que se esbozaba una sonrisa de satisfacción y yo, entonces, me sentía inmensamente feliz por descubrir una porción de esa riquísima personalidad que anidaba en el interior de Noemí.

El último año, en la fiesta de despedida, realizamos un espectáculo en el que se combinaban la música, las imágenes y la poesía. Se trataba de una creación muy ambiciosa que iba en progresión. Encargué a Noemí la poesía que supone el reto más grande y ella lo aceptó con agrado. Sabía que esto suponía leer ante decenas y decenas de personas, muchas de ellas desconocidas. Ella se subiría al escenario y todos estarían pendientes de las palabras que desgranaría con su voz. La lectura de Noemí fue memorable: se enfrentó a alguno de sus fantasmas y los superó con creces; además, muchas de las personas que la escuchamos ese día estuvimos muy cerca de la eternidad con la calidez de esa voz tan parecida a la de Emma Thompson.

Yo aprecio mucho a Noemí y creo que lo sabe. Me aventuro a pensar que Noemí también guarda un buen recuerdo de mí. Quizás hablemos algo más de ella cuando cuente la historia de Nerea.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Theophilos Papadopoulos.

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La vida tiene rotos y descosidos, fracturas y desgarros. ¿Quién no tiene el corazón hecho trizas por mil trescientas cuarenta y siete razones? Los adalides del optimismo sin reparos nos invitan al olvido o a la reparación perfecta, a la expiación sublime o a la reforma sin fisuras, pero los expertos en rotos, fracturas y desgarros sabemos que una restauración inmaculada no es posible lejos del país de la utopía.

Por eso, tenemos que tener en cuenta el kintsugi, una bellísima técnica japonesa para reparar los objetos de cerámica que se han roto y que, utilizada como metáfora, nos ha de ser muy útil para todos los aspectos de nuestra vida.

Cuando algo se rompe —cuando algo se nos rompe— tenemos la posibilidad de dejar los pedazos abandonados hasta que un arqueólogo de las cosas o de las almas los catalogue, podemos recoger esos restos y tirarlos a la basura. Habrá quien intente comprar un objeto nuevo. El manitas intentará arreglar el destrozo para que no se noten las consecuencias. Como nada (ni nadie) es ajeno a la segunda ley de la termodinámica, ninguno de estos métodos es perfecto. Porque lo abandonado no se recupera nunca del todo. Porque lo desechado nos persigue en el recuerdo. Porque lo nuevo no sustituye de forma perfecta. Porque no hay quien consiga el arreglo inmaculado.

El kintsugi, decíamos, aprovecha las grietas de las cosas y de la vida. Esta técnica artesanal japonesa consiste en reparar esas grietas y pedazos con un barniz de oro. La cicatriz, de este modo, permanece plenamente visible y manifiesta. Las cosas (y las almas) dejan bien a la vista de todos los destrozos del tiempo y los subliman. En nuestras vidas, lo imperfecto adquiere ahora el rango de perfección gracias al mejor ejemplo de resiliencia.

Como nos dicen en el artículo de El País, lo roto e imperfecto alcanza tal grado de belleza que es más buscado y cotizado que el objeto original, sin mancha pero menos completo. Porque las heridas de la vida y de las cosas quedan a la vista para enseñarnos que la cicatriz significa superación.

Nuestra naturaleza es frágil, nadie lo duda. Somos vulnerables, es evidente. Valorar lo que se (nos) rompe nos ayuda a saber que, en el fondo, somos irreemplazables. Eso sí, el kintsugi requiere un largo proceso para que todo encaje bajo ese nuevo prisma, para que la paciencia se haga sólida y brille. Más allá de lo nuevo, más allá de lo de antes.

La imagen es de Diego Mir.

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Los delfines han tenido que modificar su modo de comunicarse. Lo cuentan en Yale Environment 360.  Los océanos se han inundado de ruido por culpa de los motores de los barcos (o la explotación de petróleo y gas). En este mundo adverso, los delfines han tenido que simplificar su comunicación con sonidos menos complejos y usando una mayor frecuencia para que se les escuche por encima del ruido.

Como se afirma en el artículo que citamos más abajo, hemos obligado a reducir los complejos patrones de comunicación de los delfines y, por lo tanto, nuestros ruidos conducen a estos bellos animales a disminuir su capacidad de comunicación, la proximidad entre padres e hijos y la cohesión como grupo.

Me temo que muchos de nosotros, como los delfines, nos hemos visto abocados a modificar nuestra comunicación por culpa del ruido con el que hemos invadido nuestro mundo y el de los demás. 

El artículo de Yale Envoronment 360 está basado en el siguiente estudio:

La imagen es de Brian Wilson.

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