— Verba volant

Archive
Comparaciones

Iba a decir que nunca fuimos ángeles, pero ahora nuestra vida no tiene parangón con la comedia. Sería, por lo tanto, más justo  decir que solo los ángeles tienen alas. Que nuestra vida es una gesta, un intento de enlazar sitios recónditos entre cumbres, aventuras y miopías. Nunca fuimos ángeles porque nuestra inocencia solo anida en un lugar ignoto. Porque tenemos sexo. Porque no podemos volar, por mucho que lo intentemos, por mucho que intentemos abrazar las corrientes de aire caliente y procuremos permanecer en un lugar que no nos pertenece. Más pronto, más tarde, se inicia la caída.

Nunca fuimos ángeles porque tenemos demasiado calor para anidar entre el nimbo de los justos, porque tenemos demasiado frío como para no intentar vagar desnudos por el mundo de las tinieblas, entre los que nunca serán nuestras iguales. Solo los ángeles tienen alas. Confiamos en ellos cuando éramos niños, buscando su protección. Pero, como referente, solo tenemos dos certezas: que no tenemos alas; que algún ser alado prefirió privarse de sus apéndices para estrellarse en nuestro suelo. Nuestro bendito, duro y pedregoso suelo.

(Fotografía de Luis Reina.)

Read More

Planteamiento, nudo y desenlace. O inicio in medias res. Dosificar hasta llegar al clímax (narrativo, cerdetes, narativo), secuenciar en varios momentos y dejar reposar al receptor. Y tirar de analepsis, y de prolepsis. Enseñar deleitando o deleitar enseñando o deleitar deleitando, que es una bonita de enseñar otros bosques, otros colores. Cuidar. Curar (catarsis, le llaman). Establecer los personajes como tales, plantear funciones, establecer actantes. Elegir a ayudantes que manden al protagonista al abismo. Elegir oponentes que se levanten como protagonistas. Dibujar una atmósfera a cielo abierto, a puerta cerrada o ambas, mediante la niebla, mediante la tormenta, mediante el misterio. Postular ánimos con los amaneceres, derrotarlos con el ocaso.

Y, mientras tanto, esperar con paciencia la anagnórisis, en la ilusión de que los personajes, al final, entienden su propia historia.

(La fotografía pertenece a mi galería de Flickr.)

Read More

Y las vidas tienden a caer al vacío como las pinzas cuando se nos escapan de las manos camino del tendedero. Con el objetivo claro y preciso de atrapar un trapo frustrado por nuestra precipitación, por nuestra dejadez, por nuestro tener la cabeza en otra parte. Al final, las pinzas acaban en el suelo del patio con extraños compañeros de lecho: chicles duros por las duras madrugadas, calcetines que decidieron probar suerte siendo impares, pelusas y migas que sobraban.

Y las vidas, como las pinzas, permanecen quietas durante unos segundos, después del rebote en el suelo. Con el consuelo de no haber muerto en el intento. Con la con(s)ciencia de que jamás volverán a sujetar el mundo. Nuestro mundo.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

Read More

Existen tantas sensaciones al correr como personas. Los hay corredores en busca de un hueco libre en el día, sea cual sea la hora; madrugadores impenitentes; abnegados dispuestos a rebajar su volumen de comida rebañando las horas del almuerzo; animosos que exprimen la jornada y concluyen con su momento de entrenamiento. Yo he pertenecido, según las circunstancias, a varios de estos tipos de corredores, pero prefiero, por encima de todo, correr a las primeras horas del día, cuando la madrugada ronda el cielo pero no lo invade: es la sensación de correr hacia la luz, de correr ganando al día. De descubrir la hoja del calendario percibiendo, antes, todos los olores y todos los matices de lo que está recién estrenado.

El otro día, sin embargo, hice una excepción a mi costumbre y salí a correr cuando oscurecía. No me gusta encontrarme, de pronto, con la oscuridad acechando detrás de cada sombra, detrás de cada árbol. Me trae recuerdos funestos de un día de enero, hace años, en la noche de un hospital. Sin embargo, ese día el reflejo de la nieve me devolvía algo de claridad y de compañía. El suelo estaba cubierto de una nieve que ya era hielo. El frío pugnaba por conquistar el espacio entre mi piel y la camiseta térmica. Llegué a mi punto intermedio habitual con una luz diurna todavía aceptable y, al volver, sentí que empezaba una carrera por llegar hacia la luz. Miraba cómo el cielo iba recubriéndose del betún congelado de la noche, pero mis zancadas iban apurando cada resquicio de luz. Se puede decir que, ese día, gané a la noche, a la oscuridad por un pelo. Lo negro cayó cuando yo estaba refugiado en las luces cálidas y artificiales del centro de la ciudad. Al parar, con el contraste entre mi calor y los grados bajo cero, respiré profundamente. Expulsé una bocanada de aire caliente para demostrar que, esta vez, todavía quedaba algo de luz, algo de vida dentro de mí.

(La foto registra el momento de la llegada.)

Read More

[Dedicaré un conjunto de entradas a mi viaje a Argentina con motivo de la participación en un congreso de Retórica. Las entradas irán encabezadas por la denominación El mundo es un pañuelo en recuerdo de la divertidísima novela de David Lodge en la que satiriza el mundo intelectual que gira en torno a estos certámenes académicos. También son entradas que aparecerán bajo la etiqueta Diario de un turista, ya que seguiré narrando al estilo de mis entradas dedicadas a los viajes, en tercera persona (aunque ahora el protagonista será "el viajero" y no "el turista" y describiendo y contando hacia el interior.]

El viajero tiene en la maleta unas cuantas camisas y pantalones pero, sobre todo, un conjunto de deseos a medio hacer. Todavía no sabe discernir lo que es el equipaje de mano y la maleta que va a ser facturada, todavía no sabe los papeles que le faltan y los que le sobran, todavía no ha decidido los artilugios electrónicos que necesitará. Tiene claro que se le olvidarán muchas cosas y le sobrarán otras tantas.

Al viajero le espera su destino después de más de treinta horas de viajes en autobús, aviones y escalas. Sabe que la espera puede desesperar, pero también es consciente de que purifica los pensamientos, los abstrae, los recoge en paquetitos de proyectos de futuro. La espera proporciona observación atenta de los demás, sorprendidos en la intimidad bajo la mirada pública. El viajero es anárquico en sus planes y todavía le esperan, en el trayecto, muchas cosas por decidir antes de llegar a su destino. Es una manera de mezclar la prevención y la cautela con la improvisación y el puntito justo de aventura. Ahora mismo, sus pensamientos oscilan entre la previsión de las horas de batería del ordenador portátil hasta el saberse justo vencedor en la batalla de hacerse con el reposabrazos del avión, tenga el compañero que tenga. Y no sabe cuándo respirará otros aires, que han de ser buenos.

Read More

Me gusta esperar a la madrugada atisbando de reojo por la ventana. Me gusta contemplar los giros de los ciclos de la lavadora y compararlos con los interrogantes que nos hacemos sobre el mundo, sobre el destino. Me gusta creer que los pasos de cebra son los intermedios de la calma. Me gusta hacer ejercicio físico hasta sentir que algo se reconstruye por dentro. Me gusta suponer que todos los balcones tienen escondidos, más allá de las cortinas, secretos eternos. Me gusta pensar que las fotos, además de otras muchas cosas, roban un poquito de nuestra alma. Me gusta escribir al ritmo de la música. Me gusta pensar que, quizás, sería bello mantener intactas nuestras esperanzas. Me gusta saborear los sentidos reposados de las palabras.

Me gusta pensar que los infiernos son más horribles sin la presencia de aquellos a los que se ignora. Me gusta alternar la cal con la arena. Me gusta escuchar música con un punto de volumen más elevado de lo que la mayor parte de la humanidad piensa que es normal. Me gusta pensar que los fracasos se puedan saborear como cucharadas de lo que luego serán nuevas experiencias. Me gustan las ciudades, con sus órdenes y sus anarquías, con sus desvaríos y sus excesos. Me gusta pedalear sin pensar en lo que ocurrirá después, cuando vuelva a reinar la calma. Me gustan los paralelismos, las metáforas y los contrastes no tanto por su belleza sino porque son la forma más eficaz de explicar todos los rincones de nuestro mundo. Me gusta pensar que el futuro y el pasado son imposturas que se inventó alguien que nos quiere robar la vida a dentelladas. Me gusta que el verano extienda sus brazos hasta los quicios del otoño. Me gusta intuir que, tras los sueños, se esconden los deseos. Me gusta ir a trabajar en manga corta. Me gusta saber que, tras la calma, vuelven las tempestades.

(Imagen de Marthax.)

Read More

Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

Read More

Hablar sin decir verdades como puños: que las verdades son puños de arena. Callar sin llegar a silenciar: que el vacío también tiene contenido. Buscando la exactitud para no omitir y la imprecisión como avalancha. Pensar en que todos los años de trabajo duro no han servido de destrucción, sino sirvieron de pilar esencial sobre el que se erige el presente. No olvidar que los presentes no son sino resquicios sobre los que se resbala el futuro. Estar todo lo feliz que se puede estar en un mundo invadido por las sombras. Relativizar también la llegada de horizontes que no existen, que son falsos, que muestran la salida del sol pero también el nadir, el ocaso. Mirar hacia atrás y comprobar muchas cosas buenas, sin olvidar tampoco los desplantes, las chulerías y el engreimiento de unos pocos. Mirar el futuro con ojos de presente, con ojos de pasado. Con la mirada reversible del que no sabe lo que le espera, pero sabe que espera, que es sinónimo de esperanza. Contemplar un vestigio de tu futuro soñado y sonreír. Gracias a los hados y a los dados, lo conseguí. Y aquí estoy, soñando una vez más. Sabiendo que mis ojos son miopes. Que no contemplan bien la realidad, que la ven más grande. Desdibujada. Afortunadamente.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

Read More

El turista, pasadas las horas, ha llegado a su destino. Los hombros, las piernas, la cabeza algo alterados por la atención de seguir las migas de pan de la línea frecuentemente discontinua. Toma aire con un par de inhalaciones fuertes que le permiten intercambiar el aire gélido pero importado del climatizador por una corriente pura de aire demasiado húmedo, demasiado cálido. El primer paisaje que ve de su destino no es otro que un poquito más de asfalto y una barrera que solo se abrirá una vez que coloque una pegatina con un código de barras en el parabrisas. El turista da un paseo titubeante por diferentes ubicaciones, por terrenos más o menos alejados del olor del mar. Se percibe algo parecido a la calma, a la serenidad, pero todo es espejismo. Todavía aguarda la tarea de vaciar un maletero del coche para trasladar los bártulos empaquetados en algo que se parezca, siquiera remotamente, a un lugar para dormir, para vivir, durante algunos días. El turista, en ese momento, deja de pensar en el momento presente para retraer sus recuerdos a los días en los que recorrió con prisa y con pausa, con todo lo que tiene de paradoja, toda la costa atlántica francesa. En esos días, mucho más ligero de equipaje, que le condujeron a una ciudades y unos paisajes que, hasta entonces, solo existían en la forzada búsqueda de un tesoro de un libro de texto de francés de secundaria. El momento en el que vio la magia de una maravillosa ciudad de mar en compañía de unos mejillones en el puerto. El instante en el que la luz del amanecer se confundió con un paisaje agreste. El puñado de arena de una playa en la que se luchó por conseguir la liberación. El recorrido en coche por una de las ciudades costeras más bellas del mundo. El turista, después de agitar la cabeza, ve ante sí todo un rompecabezas de telas, cuerdas y barras que hay que ensamblar y ajustar. Entonces, se da cuenta de que las manualidades escapan a su ciencia y a su paciencia. No obstante, con la rodilla hincada en la hierba, se afana a dar porrazos a una piqueta para sujetar el que será el edificio de su mundo.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

Read More