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Los delfines han tenido que modificar su modo de comunicarse. Lo cuentan en Yale Environment 360.  Los océanos se han inundado de ruido por culpa de los motores de los barcos (o la explotación de petróleo y gas). En este mundo adverso, los delfines han tenido que simplificar su comunicación con sonidos menos complejos y usando una mayor frecuencia para que se les escuche por encima del ruido.

Como se afirma en el artículo que citamos más abajo, hemos obligado a reducir los complejos patrones de comunicación de los delfines y, por lo tanto, nuestros ruidos conducen a estos bellos animales a disminuir su capacidad de comunicación, la proximidad entre padres e hijos y la cohesión como grupo.

Me temo que muchos de nosotros, como los delfines, nos hemos visto abocados a modificar nuestra comunicación por culpa del ruido con el que hemos invadido nuestro mundo y el de los demás. 

El artículo de Yale Envoronment 360 está basado en el siguiente estudio:

La imagen es de Brian Wilson.

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Dices que has llegado al final de uno de tus ciclos vitales, que te cansas de casi todo y de casi todos. Que la vida, cada cierto tiempo, llega a uno de esos puntos críticos en los que esperas que algo se anule, se rompa, se convierta, se transfigure o se transforme.

Afirmas que la vida se constriñe y no te deja respirar con los pulmones a pleno funcionamiento. Que necesitas personas que te aporten algo nuevo, estimulante, interesante y no sean portadoras de sus miserias, infortunios y estrecheces.

Declaras que necesitarías más de un año sabático para quitarte de encima toda la monotonía, la rutina, la reincidencia con tintes de alevosía. Para desprenderte de todos los ropajes, de las cosas respetables para quedarte solo con las importantes. 

Explicas que el mundo gira de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de arriba a abajo y de abajo arriba sin que medie ningún control por tu parte. Y que, en esos giros, te falta el punto de referencia indispensable para situarte. Y que te hartas de lo provinciano, de lo ajustado a las normas de lo de siempre una y otra vez y otra vez más y otra, del porque sí, de lo inexorable. Del tribunal de los hechos inapelables.

Esperas que llegue ese momento en el que todo estalle por los recovecos cerebrales y emocionales, en el que casi todo se convierta en nada y la nada edifique un todo que englobe los nuevos paradigmas.

Imaginas un mundo en un viaje infinito hacia grandes ciudades, hacia paraísos naturales, hacia playas sin fin. Hacia líneas de horizonte nuevas en los que los puntos cardinales sean —ahora— los lugares en los que los ángeles custodios velen por la serenidad de tu alma.

Tu vida ahora está llena de algo frío, indeterminado con todas las determinaciones, que va conquistando tu interior, que ha llegado a conquistar los huesos y está acercándose peligrosamente al corazón. En tu vida, ahora, notas que el calor irradia solo parte de tu superficie, pequeños territorios que sucumben al asedio de lo terrible.

Pero la existencia, lo sabes también —tan bien—, está llena de momentos. Es posible que la clave esté al alcance de la mano. Basta con que realices un giro perfecto y  actives un pequeño mecanismo que expulse parte del frío que pueda alojar tu interior. Pon la mano en tu pecho y verás como, poco a poco, el calor vuelve a conquistar los territorios perdidos. Al menos, de momento. La vida es eso, algo que se resume, de momento. De momentos.   

Imagen de Hernán Piñera.

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Me gustaría que me ayudaras a levantarme, tras esta noche llena de susurros. Que nos pusiésemos a hablar de todo y de nada en particular. Lo que pasa es que estás harta de escucharme y tú mantienes la voz en vilo después de haber protegido el aire con tu melodía. Ahora, en silencio, todo parece tan profundo, tan ignoto, tan extraño, que necesito que las voces llenen este vacío de madrugada. Sé que es difícil, que las palabras salen con cuentagotas cuando la garganta está constreñida, pero necesito que hablemos de todo y de nada en particular.

Necesito que me salves. Que me salves de la tierra, del cielo y de todos los venenos. Que busques un poco de aire, que me insufles ese aliento lleno de esperanza. Y quiero que me salves de ver el bosque cuando solo quiero ver árboles. 

Quiero que soples las nubes que anuncian tormenta, que enternezcas las temperaturas del otoño. Que la tristeza no se confunda con el blues. Que ilumines el camino con siete piedras blancas. Que la lluvia sea tenue, lo suficiente para que nos refresque y no nos cale hasta los huesos.

Deseo que me recuerdes todo lo que hemos callado, todos los augurios de las estrellas cuando dejan de brillar, cuando relucen con el alma enfurecida, cuando titilan en momentos sublimes y cuando tiritan en un universo que las dejó olvidadas en lugares demasiado alejados de los mundos habitables.

Te ruego que des la vuelta a todos mis conceptos, que las ideas salgan de ronda con distintos embozos, que las palabras se envíen, se derriben, se vuelquen, se perviertan y se rediman. Que me ayudes a encontrar el olor de los sinónimos y el sudor de las paráfrasis. Que las metáforas se conviertan en la torre, el faro de mi vida, que lo que se calla apuntale todos los edificios.

Me gusta que necesite, que quiera, que desee y te ruegue melodías en voces afónicas, temperaturas dignas de lluviosos climas tropicales, estrellas que se se oscurecen, titilan y tiritan. Metáforas. Faros. Olor de sinónimos y sudor de las paráfrasis. Vistas abiertas a todos los edificios… cuando solo quiero ver árboles.

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James Mason y Judy Garland en la versión de George Cukor

Ha nacido una estrella (A Star is Born, 2018) es un remake de una película de 1976, que es un remake de una película de 1954, remake a su vez de una película de 1937.

Tengo un ligerísimo recuerdo de la película original, un recuerdo vívido de la versión de 1954 (esta película de George Cukor se encuentra entre mis favoritas), no he visto la de 1976. El viernes pasado, vi la nueva versión, dirigida por Bradley Cooper y protagonizada por el mismo Cooper y Lady Gaga. Como es habitual, me niego a hacer una crítica organizada y pautada de la película. Para eso hay plumas mucho mejores y más capacitadas. Yo, como casi siempre en este blog, hablo de intuiciones y de sensaciones, personales y poco transferibles.

La película me gustó, y eso que iba con el cuchillo entre los dientes para realizar una punción abdominal a la primera de cambio. Bradley Cooper no es, claro está, ni George Cukor ni James Mason (entre otras cosas, porque casi nadie puede ser Cukor y Mason), pero Lady Gaga, no siendo Judy Garland, creo que aporta una interpretación que sobrepasa el marbete de digna para convertirse, a mi juicio, en interesante. Y disfruté con esta historia que es una historia de victorias contada con una derrota o una historia de derrotas contada con una victoria. O, lo más seguro, ambas cosas a la vez.

En un momento de la película, se dice: “Music is essentially 12 notes between any octave, 12 notes and the octave repeat. It’s the same story told over and over, forever. All any artist can offer this world is how they see those 12 notes. That’s it”. Y lo que me interesa es que, así la música procede de esa repetición, el mundo de la ficción (es decir, nuestro mundo), también contiene esa historia contada una y otra vez. Eso es la ficción. Y la vida.

Ha nacido una estrella es, por su propia trayectoria como película, la historia que se repite una y otra vez. Y esto no es un demérito, sino parte de su grandeza. Porque en las canciones, como en la vida, se utiliza un conjunto limitado de notas en diferentes escalas y duraciones para expresar lo ilimitado y lo inexorable. Por que en la vida, como en las canciones, se reproducen variantes infinitas de un mismo modelo que nos afecta a todos, del que hemos bebido todos, que hemos insuflado todos.

A mí me gusta ver la misma historia repetida una y otra vez. Leo poemas que me gustan de modo insistente, veo películas que me apasionan hasta exprimir el penúltimo detalle, escucho las mismas canciones en bucle hasta que descubro que, siendo las mismas, soy yo el que cambio con ellas. Todo esto lo hago de forma compulsiva, enfermiza y perseverante. Siento, así, que voy adivinando las notas de una melodía que me suena demasiado o demasiado poco.

Me gusta la historia que cuenta y recuenta esta película (que son varias películas para la misma historia o la misma película para diferentes vidas, que son siempre la misma). Me siento identificado con el protagonista masculino en sus líneas de declive. Le acompaño en su bajada a los infiernos, en su canto de un cisne que se queda sin voz. Y me apasionan, como metáfora, el albornoz y las zapatillas de Norman Maine.

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Voy a hablar de forma desordenada y confusa una película que vi hace unas semanas. Me encantó, precisamente, porque me provocó unas sensaciones confusas y desordenadas de lo que es la vida, de sus vaivenes, de sus paramales, de sus parabienes.

Veía la película y veía reflejos. De versos, de canciones, de nombres escritos en piedra. Se trata de un filme que no es ni antiguo ni moderno. O, mejor dicho, es moderno pero no muy moderno. O, mejor dicho, es muy moderno pero, estéticamente, se ha quedado un poco antiguo. Y a mí lo que se ha quedado un poco atrás pero me proyecta hacia delante me gusta. Y, además, significa, se significa y nos revela. Cosas y personas.

Frente a lo que me suele ocurrir la mayor parte de las veces, no pensaba mientras veía. Sentía sin pensar, cosa que casi nunca me ocurre. Maldita cabeza, que siempre me arrastra hacia el abismo. Pero no en esta ocasión. Eran pequeños zambombazos de situaciones, de contradicciones y de sinsabores con tintes de amarguras y mieles.

Le película comienza con un libro y un retrato. O quizás sea mejor decir con un escritor que lo es poco y con una fotógrafa que lo es y, además, lo es mucho. Como los buenos retratos, para mí, son testimonios de almas atormentadas, la historia de este retrato, que serán dos al poco tiempo, también es algo con un significado más allá de los significados. La verdad es que le estoy dando transcendencia a algo que no la tiene. Anécdotas que no lo son, informaciones no condensadas que tienen toda la leche concentrada y dulce, pero que, en ocasiones, se quedan pegadas a la cuchara cuando rascamos el bote.

Es una película en la que sale gente famosa. Bueno, no, no gente famosa, actores famosos. Y están fabulosos en sus papeles que les sacan de cuadro y de quicio. El actor guapo parece que no es guapo. La actriz madura y bella es más madura y bella, pero con una mirada ácida. El actor guapo y maduro es guapo, maduro y va más allá de sus clichés, que suelen ser profundos y aquí son profundamente livianos. Y la actriz guapa es maravillosa porque, enseñando todo, todo lo esconde. Pero eso no lo descubrimos una vez sino ciento, una y otra vez. Pero como los espectadores tendemos a caer presos en el pacto de ficción, no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde.

La película es muchas cosas. Por ejemplo, un accidente. Por ejemplo, un parque y un edificio misterioso al que nunca se entra. Por ejemplo, unas inscripciones con nombres de personas. Por ejemplo, primeros planos. Por ejemplo, ese andar entre la multitud en varias ocasiones, unas para distinguirse, otras para perderse. Por ejemplo, traiciones. Por ejemplo, encuentros. Sensaciones y frustraciones, por ejemplo.

Y una canción. Una canción que, en su dulzura, nos descubre cómo transcurre nuestra vida. Una historia demasiado corta sin héroes en el cielo. Una canción con los ojos fijos que no ven, con la brisa y el agua fría. Una canción que, desde el odio, rescata el amor con su armonía. Y, en el final más triste, rescata una esperanza que, como todas las esperanzas, es posible pero poco probable.

Total, que de esta película quería hablaros. Ya sé que lo he hecho mal. Ahora ya es casi imposible hacerlo así. Sin filtros.

La imagen es de Max Elman.

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El otro día escuché algo que me dejó confundido: en una conversación que no hace ahora al caso, un antiguo alumno me habló de las universidades divertidas. Decía que había universidades (y ciudades) que se lo montaban muy bien y que los alumnos se lo pasaban allí de fábula. Y que, claro está, los alumnos acababan marchándose a esas universidades (y ciudades) porque prefieren pasárselo bien. A mí, en ese momento de estupefacción, no se me ocurrió nada para contestarle. Lo tenía tan claro y la división entre universidades divertidas y aburridas era tan diáfana que poco podía decir yo para convencerle de lo contrario. Reconozco que, durante unos días, le he estado dando vueltas al concepto de universidad divertida.

Cuando yo decidí iniciar los estudios universitarios, la cuestión de divertido y aburrido no se me puso nunca a tiro. Empezar la carrera en Burgos era lo único que podía hacer por cuestiones económicas y, cuando tuve opción de elegir para acabar la carrera, tampoco llegué a contemplar la posibilidad de la diversión y el aburrimiento. Elegí Valladolid porque era un buen sitio para estudiar, no me pillaba lejos y otras consideraciones que no cabe pormenorizar allí. Y cuando tuve que elegir una universidad para finalizar mi etapa de posgrado, elegí la Autónoma de Madrid porque me parecía la más adecuada y conveniente.

Me parece auténticamente preocupante utilizar el divertido como criterio para elegir una universidad. Entre las muchas razones que se me pueden ocurrir para elegir para cursar un grado o un máster, la diversión no estaría, desde luego, entre las primeras. A cualquiera con dos dedos (incluso dedo y medio) de frente se le ocurren otros mucho mejores. Los amigos de las universidades divertidas pensarán, por un lado, que soy un carca y, por otro, que soy parte interesada (y aburrida) de una universidad (no divertida). Pero creo que no. Si me preguntan si durante el período universitario es bueno pasárselo bien, diré sin dudar que, por supuesto, hay que pasárselo fenomenal. Puede que alguien prefiera o necesite una abnegación total y una inmersión en los libros y en el ordenador que no le deje ni un momento libre, pero la mayoría de los estudiantes se lo pasan bien durante su período universitario por muchísimas razones. Pero pasárselo bien durante el período universitario y elegir una universidad concreta para pasárselo bien hay un mundo (o dos, o tres).

Me temo que todos aquellos que son amigos del adjetivo divertida para calificar a una universidad tienen varias cosas en mente, pero la excelencia no debe estar entre ellas. A una universidad se acude para estudiar, para aprender, para prepararse académicamente. También, por supuesto, para desarrollarse personalmente, para involucrarse, para hacer amigos, para integrarse y para hacer cosas junto a otras personas en la teoría. en la práctica. Y, dentro de esta última enumeración, no solo queda englobado el divertirse, sino algo mucho más amplio que acoge el divertirse sin ceñirse exclusivamente a ello.

Por supuesto, en cualquier institución educativa el alumnado es lo más importante y se tiene que velar para que se consigan todas las cosas dichas en el párrafo anterior, pero siempre priorizando desde el sentido común. A algunas personas que hablan de las universidades divertidas jamás les he escuchado sacar a colación un tema académico que no sea una queja por las calificaciones o cuestiones similares. Jamás de la altura (o bajura) de nivel de un profesor, jamás de asignaturas apasionantes e imprescindibles en un grado, nunca de maneras de aprender más y de forma más eficaz (que no sean aprobar por la vía rápida, claro).

Temo pensar lo que puede ocurrir de aquí a unos años. Los campus universitarios, si esto se extiende, pueden llegar a convertirse en campamentos de otoño-invierno-primavera donde los estudiantes se lo pasen chachi piruli, enlazando fiesta tras fiesta y con miles de actividades con las que estén entretenidos. Espero que, por encima de todo, nunca un alumno, una familia, un compañero utilicen este criterio para anteponerlo a todo lo demás.

Procuremos divertirnos todos con lo que hacemos, sea enseñar o aprender —sin olvidar que los que enseñamos nunca terminamos de aprender—. Invito al mundo mundial a divertirse y a vivir en felicidad extática, si esto existe o puede conseguirse alguna vez y de alguna manera. Pero nunca olvidemos que no hay universidades divertidas. La universidad, todos los sabemos, es una cosa muy seria. O, al menos, debería serlo.

Imagen de Sidney Wired.

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Quizás la memoria me falle, pero, casi con toda probabilidad, no había estado tanto tiempo sin escribir en VerbaVolant, más de dos meses. No por falta de ganas, no por falta de tiempo. La razón principal radica en que no he querido escribir mientras pensaba en cosas para escribir. Sigo dándole vueltas a dos proyectos largos de escritura y a un bonito encargo que tengo que acabar próximamente y no me ha parecido bien sacar la navaja de Ockham a pasear —por aquello del Pluralitas non est ponenda sine necessitate—. Y a eso se sumaban varias necesidades de escritura académica a las que hay que dar salida próximamente.

Me he pasado gran parte del verano mirando, observando, apuntando frases e ideas. Intentando destapar razones y buscando conexiones. El cuaderno de campo del entomólogo que hace sus dibujos y realiza anotaciones rápidas que luego cobrarán otra forma y una dimensión mayor. Me lo paso bien contemplando la vida pasar e intentado destapar el ordenado caos que es el orden de nuestra existencia.

No escribo porque no escribo, lo que significa que escribo sin escribir o que, sin escribir, existo. Y ahora que vengan Heráclito y Parménides y nos lo expliquen.

Imagen de Nukamari.

 

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Reconozco que vericuetos es una de mis palabras favoritas. Pocas veces el significado y la forma de una palabra han plasmado todos esos recovecos —otra palabra genial— de forma tan sublime.

La definición de vericueto se mantiene en los diccionarios de la RAE desde el Diccionario de Autoridades en 1739 hasta la actualidad: ” Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad”. Respecto a los vericuetos como palabra, me gustaría reseñar dos cosas: la primera, que el mundo es tan complicado, tan inaccesible o tan encrespado que es una palabra que siempre he visto utilizada en plural. No existe vericueto, porque sería algo único y excepcional, sino que existen los vericuetos. No constantes, pero frecuentes. La segunda, que puede que la acepción de los vericuetos tenga connotaciones negativas (esos áspero, quebrado y dificultad que aparecen en la definición), pero, para mí, los vericuetos tienen algo de reto, de requiebro excepcional, de elevación de lo extraño a categoría de desafío.

El vericueto, obviamente, no es un solamente un lugar, sino también una forma de ser y un estado del alma. Escribí hace ya muchos años una entrada en la que hablaba de Artabán, mi rey mago favorito, que no llegó a Belén porque se perdió por el camino, probablemente embelesado por el proceso y los vericuetos y no por la meta fijada por las estrellas. Y esto pasa constantemente en nuestras vidas, en las que algunos nos negamos a la línea pautada, a la senda fija, y preferimos los meandros —otra gran palabra— que suponen poner al devenir por encima del estar y del ser.

Y todo esto venía a cuento de una anécdota personal sobre vericuetos y a unos vericuetos mostrados en forma de canciones. Pero me temo que, de eso, hablaremos otro día. A veces, es bueno perderse en las palabras. Con las palabras.

 

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Hay obras que te reconcilian con el arte. Es lo que me ha ocurrido recientemente con Muchos hijos, un mono y un castillo, una película documental de Gustavo Salmerón. El que quiera críticas sesudas, dispone muchos lugares para encontrarlas en internet, así como el que quiera conocer detalles de los éxitos y premios que ha obtenido, por lo que me voy a limitar a escribir lo que me apetece (que es lo que suelo hacer siempre).

El arranque de la peli  justifica el título y dice mucho de su recorrido. En un comienzo, lo que se cuenta no nos pertenece: aunque mi familia no era numerosa, conozco a unas cuantas familias con muchos hijos, pero creo que no conocía nunca a ninguna familia que hubiese tenido ni un mono ni un castillo. Esta peculiaridad familiar, que se suma al asunto de unas vértebras sobre el que no me voy a detener para no traicionar la sorpresa de futuros espectadores, se agranda y magnifica con la extraordinaria Julita, la madre de Gustavo Salmerón. Porque esta es una película sobre una familia y una película sobre Julita (o, porque es una película sobre Julita, es una película sobre su familia).

Esta sensación de diferencia y distancia dura solo unos segundos. Casi de inmediato, uno se siente como en (su) casa. Y, no habiendo tenido primates ni castillos, uno aprecia que Salmerón está contando algo muy cercano y que se aproxima mucho a la vida (a nuestra vida, a cualquier vida). Porque la vida es un compendio de sueños que luego se cumplen, un compendio de sueños cumplidos que luego se rompen. Porque los monos y los castillos pueden ser trasuntos de otra cosa en cada familia. Porque la vida tiene que ver con nuestras cosas y con nuestros recuerdos. Con una figura familiar que sirve de anclaje y referente, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Porque construimos una vida y llega un momento en que la tenemos que desmontar. Porque la mudanza es parte de nuestro devenir hasta que no sabemos qué hacer con nuestros recuerdos, que tenían sentido en un lugar y, cuando se trasladan a otro, significan otra cosa y pueden servir para que cualquiera los coja y se los lleve.

No puedo decir más: es una película que necesita una conversación después de verla. Solo un detalle: a veces, unas tostadas de pan un poquito quemado con abundante mantequilla y mermelada son el trasunto del mayor de los placeres. Cuando nosotros no nos atrevemos a sucumbir a los placeres, Julita nos enseña otra perspectiva.

En fin, una película, nunca mejor dicho, sobre cuestiones cervicales. Sobre enseres y sobre familia. Y una reflexión sobre la muerte cuando todavía hay vida. A veces, te tienen que pinchar para sentirte vivo.

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que sigo teniendo muy abandonada. Pero tengo propósito de enmienda

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