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James Mason y Judy Garland en la versión de George Cukor

Ha nacido una estrella (A Star is Born, 2018) es un remake de una película de 1976, que es un remake de una película de 1954, remake a su vez de una película de 1937.

Tengo un ligerísimo recuerdo de la película original, un recuerdo vívido de la versión de 1954 (esta película de George Cukor se encuentra entre mis favoritas), no he visto la de 1976. El viernes pasado, vi la nueva versión, dirigida por Bradley Cooper y protagonizada por el mismo Cooper y Lady Gaga. Como es habitual, me niego a hacer una crítica organizada y pautada de la película. Para eso hay plumas mucho mejores y más capacitadas. Yo, como casi siempre en este blog, hablo de intuiciones y de sensaciones, personales y poco transferibles.

La película me gustó, y eso que iba con el cuchillo entre los dientes para realizar una punción abdominal a la primera de cambio. Bradley Cooper no es, claro está, ni George Cukor ni James Mason (entre otras cosas, porque casi nadie puede ser Cukor y Mason), pero Lady Gaga, no siendo Judy Garland, creo que aporta una interpretación que sobrepasa el marbete de digna para convertirse, a mi juicio, en interesante. Y disfruté con esta historia que es una historia de victorias contada con una derrota o una historia de derrotas contada con una victoria. O, lo más seguro, ambas cosas a la vez.

En un momento de la película, se dice: “Music is essentially 12 notes between any octave, 12 notes and the octave repeat. It’s the same story told over and over, forever. All any artist can offer this world is how they see those 12 notes. That’s it”. Y lo que me interesa es que, así la música procede de esa repetición, el mundo de la ficción (es decir, nuestro mundo), también contiene esa historia contada una y otra vez. Eso es la ficción. Y la vida.

Ha nacido una estrella es, por su propia trayectoria como película, la historia que se repite una y otra vez. Y esto no es un demérito, sino parte de su grandeza. Porque en las canciones, como en la vida, se utiliza un conjunto limitado de notas en diferentes escalas y duraciones para expresar lo ilimitado y lo inexorable. Por que en la vida, como en las canciones, se reproducen variantes infinitas de un mismo modelo que nos afecta a todos, del que hemos bebido todos, que hemos insuflado todos.

A mí me gusta ver la misma historia repetida una y otra vez. Leo poemas que me gustan de modo insistente, veo películas que me apasionan hasta exprimir el penúltimo detalle, escucho las mismas canciones en bucle hasta que descubro que, siendo las mismas, soy yo el que cambio con ellas. Todo esto lo hago de forma compulsiva, enfermiza y perseverante. Siento, así, que voy adivinando las notas de una melodía que me suena demasiado o demasiado poco.

Me gusta la historia que cuenta y recuenta esta película (que son varias películas para la misma historia o la misma película para diferentes vidas, que son siempre la misma). Me siento identificado con el protagonista masculino en sus líneas de declive. Le acompaño en su bajada a los infiernos, en su canto de un cisne que se queda sin voz. Y me apasionan, como metáfora, el albornoz y las zapatillas de Norman Maine.

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Voy a hablar de forma desordenada y confusa una película que vi hace unas semanas. Me encantó, precisamente, porque me provocó unas sensaciones confusas y desordenadas de lo que es la vida, de sus vaivenes, de sus paramales, de sus parabienes.

Veía la película y veía reflejos. De versos, de canciones, de nombres escritos en piedra. Se trata de un filme que no es ni antiguo ni moderno. O, mejor dicho, es moderno pero no muy moderno. O, mejor dicho, es muy moderno pero, estéticamente, se ha quedado un poco antiguo. Y a mí lo que se ha quedado un poco atrás pero me proyecta hacia delante me gusta. Y, además, significa, se significa y nos revela. Cosas y personas.

Frente a lo que me suele ocurrir la mayor parte de las veces, no pensaba mientras veía. Sentía sin pensar, cosa que casi nunca me ocurre. Maldita cabeza, que siempre me arrastra hacia el abismo. Pero no en esta ocasión. Eran pequeños zambombazos de situaciones, de contradicciones y de sinsabores con tintes de amarguras y mieles.

Le película comienza con un libro y un retrato. O quizás sea mejor decir con un escritor que lo es poco y con una fotógrafa que lo es y, además, lo es mucho. Como los buenos retratos, para mí, son testimonios de almas atormentadas, la historia de este retrato, que serán dos al poco tiempo, también es algo con un significado más allá de los significados. La verdad es que le estoy dando transcendencia a algo que no la tiene. Anécdotas que no lo son, informaciones no condensadas que tienen toda la leche concentrada y dulce, pero que, en ocasiones, se quedan pegadas a la cuchara cuando rascamos el bote.

Es una película en la que sale gente famosa. Bueno, no, no gente famosa, actores famosos. Y están fabulosos en sus papeles que les sacan de cuadro y de quicio. El actor guapo parece que no es guapo. La actriz madura y bella es más madura y bella, pero con una mirada ácida. El actor guapo y maduro es guapo, maduro y va más allá de sus clichés, que suelen ser profundos y aquí son profundamente livianos. Y la actriz guapa es maravillosa porque, enseñando todo, todo lo esconde. Pero eso no lo descubrimos una vez sino ciento, una y otra vez. Pero como los espectadores tendemos a caer presos en el pacto de ficción, no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde.

La película es muchas cosas. Por ejemplo, un accidente. Por ejemplo, un parque y un edificio misterioso al que nunca se entra. Por ejemplo, unas inscripciones con nombres de personas. Por ejemplo, primeros planos. Por ejemplo, ese andar entre la multitud en varias ocasiones, unas para distinguirse, otras para perderse. Por ejemplo, traiciones. Por ejemplo, encuentros. Sensaciones y frustraciones, por ejemplo.

Y una canción. Una canción que, en su dulzura, nos descubre cómo transcurre nuestra vida. Una historia demasiado corta sin héroes en el cielo. Una canción con los ojos fijos que no ven, con la brisa y el agua fría. Una canción que, desde el odio, rescata el amor con su armonía. Y, en el final más triste, rescata una esperanza que, como todas las esperanzas, es posible pero poco probable.

Total, que de esta película quería hablaros. Ya sé que lo he hecho mal. Ahora ya es casi imposible hacerlo así. Sin filtros.

La imagen es de Max Elman.

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El otro día escuché algo que me dejó confundido: en una conversación que no hace ahora al caso, un antiguo alumno me habló de las universidades divertidas. Decía que había universidades (y ciudades) que se lo montaban muy bien y que los alumnos se lo pasaban allí de fábula. Y que, claro está, los alumnos acababan marchándose a esas universidades (y ciudades) porque prefieren pasárselo bien. A mí, en ese momento de estupefacción, no se me ocurrió nada para contestarle. Lo tenía tan claro y la división entre universidades divertidas y aburridas era tan diáfana que poco podía decir yo para convencerle de lo contrario. Reconozco que, durante unos días, le he estado dando vueltas al concepto de universidad divertida.

Cuando yo decidí iniciar los estudios universitarios, la cuestión de divertido y aburrido no se me puso nunca a tiro. Empezar la carrera en Burgos era lo único que podía hacer por cuestiones económicas y, cuando tuve opción de elegir para acabar la carrera, tampoco llegué a contemplar la posibilidad de la diversión y el aburrimiento. Elegí Valladolid porque era un buen sitio para estudiar, no me pillaba lejos y otras consideraciones que no cabe pormenorizar allí. Y cuando tuve que elegir una universidad para finalizar mi etapa de posgrado, elegí la Autónoma de Madrid porque me parecía la más adecuada y conveniente.

Me parece auténticamente preocupante utilizar el divertido como criterio para elegir una universidad. Entre las muchas razones que se me pueden ocurrir para elegir para cursar un grado o un máster, la diversión no estaría, desde luego, entre las primeras. A cualquiera con dos dedos (incluso dedo y medio) de frente se le ocurren otros mucho mejores. Los amigos de las universidades divertidas pensarán, por un lado, que soy un carca y, por otro, que soy parte interesada (y aburrida) de una universidad (no divertida). Pero creo que no. Si me preguntan si durante el período universitario es bueno pasárselo bien, diré sin dudar que, por supuesto, hay que pasárselo fenomenal. Puede que alguien prefiera o necesite una abnegación total y una inmersión en los libros y en el ordenador que no le deje ni un momento libre, pero la mayoría de los estudiantes se lo pasan bien durante su período universitario por muchísimas razones. Pero pasárselo bien durante el período universitario y elegir una universidad concreta para pasárselo bien hay un mundo (o dos, o tres).

Me temo que todos aquellos que son amigos del adjetivo divertida para calificar a una universidad tienen varias cosas en mente, pero la excelencia no debe estar entre ellas. A una universidad se acude para estudiar, para aprender, para prepararse académicamente. También, por supuesto, para desarrollarse personalmente, para involucrarse, para hacer amigos, para integrarse y para hacer cosas junto a otras personas en la teoría. en la práctica. Y, dentro de esta última enumeración, no solo queda englobado el divertirse, sino algo mucho más amplio que acoge el divertirse sin ceñirse exclusivamente a ello.

Por supuesto, en cualquier institución educativa el alumnado es lo más importante y se tiene que velar para que se consigan todas las cosas dichas en el párrafo anterior, pero siempre priorizando desde el sentido común. A algunas personas que hablan de las universidades divertidas jamás les he escuchado sacar a colación un tema académico que no sea una queja por las calificaciones o cuestiones similares. Jamás de la altura (o bajura) de nivel de un profesor, jamás de asignaturas apasionantes e imprescindibles en un grado, nunca de maneras de aprender más y de forma más eficaz (que no sean aprobar por la vía rápida, claro).

Temo pensar lo que puede ocurrir de aquí a unos años. Los campus universitarios, si esto se extiende, pueden llegar a convertirse en campamentos de otoño-invierno-primavera donde los estudiantes se lo pasen chachi piruli, enlazando fiesta tras fiesta y con miles de actividades con las que estén entretenidos. Espero que, por encima de todo, nunca un alumno, una familia, un compañero utilicen este criterio para anteponerlo a todo lo demás.

Procuremos divertirnos todos con lo que hacemos, sea enseñar o aprender —sin olvidar que los que enseñamos nunca terminamos de aprender—. Invito al mundo mundial a divertirse y a vivir en felicidad extática, si esto existe o puede conseguirse alguna vez y de alguna manera. Pero nunca olvidemos que no hay universidades divertidas. La universidad, todos los sabemos, es una cosa muy seria. O, al menos, debería serlo.

Imagen de Sidney Wired.

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Quizás la memoria me falle, pero, casi con toda probabilidad, no había estado tanto tiempo sin escribir en VerbaVolant, más de dos meses. No por falta de ganas, no por falta de tiempo. La razón principal radica en que no he querido escribir mientras pensaba en cosas para escribir. Sigo dándole vueltas a dos proyectos largos de escritura y a un bonito encargo que tengo que acabar próximamente y no me ha parecido bien sacar la navaja de Ockham a pasear —por aquello del Pluralitas non est ponenda sine necessitate—. Y a eso se sumaban varias necesidades de escritura académica a las que hay que dar salida próximamente.

Me he pasado gran parte del verano mirando, observando, apuntando frases e ideas. Intentando destapar razones y buscando conexiones. El cuaderno de campo del entomólogo que hace sus dibujos y realiza anotaciones rápidas que luego cobrarán otra forma y una dimensión mayor. Me lo paso bien contemplando la vida pasar e intentado destapar el ordenado caos que es el orden de nuestra existencia.

No escribo porque no escribo, lo que significa que escribo sin escribir o que, sin escribir, existo. Y ahora que vengan Heráclito y Parménides y nos lo expliquen.

Imagen de Nukamari.

 

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Reconozco que vericuetos es una de mis palabras favoritas. Pocas veces el significado y la forma de una palabra han plasmado todos esos recovecos —otra palabra genial— de forma tan sublime.

La definición de vericueto se mantiene en los diccionarios de la RAE desde el Diccionario de Autoridades en 1739 hasta la actualidad: ” Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad”. Respecto a los vericuetos como palabra, me gustaría reseñar dos cosas: la primera, que el mundo es tan complicado, tan inaccesible o tan encrespado que es una palabra que siempre he visto utilizada en plural. No existe vericueto, porque sería algo único y excepcional, sino que existen los vericuetos. No constantes, pero frecuentes. La segunda, que puede que la acepción de los vericuetos tenga connotaciones negativas (esos áspero, quebrado y dificultad que aparecen en la definición), pero, para mí, los vericuetos tienen algo de reto, de requiebro excepcional, de elevación de lo extraño a categoría de desafío.

El vericueto, obviamente, no es un solamente un lugar, sino también una forma de ser y un estado del alma. Escribí hace ya muchos años una entrada en la que hablaba de Artabán, mi rey mago favorito, que no llegó a Belén porque se perdió por el camino, probablemente embelesado por el proceso y los vericuetos y no por la meta fijada por las estrellas. Y esto pasa constantemente en nuestras vidas, en las que algunos nos negamos a la línea pautada, a la senda fija, y preferimos los meandros —otra gran palabra— que suponen poner al devenir por encima del estar y del ser.

Y todo esto venía a cuento de una anécdota personal sobre vericuetos y a unos vericuetos mostrados en forma de canciones. Pero me temo que, de eso, hablaremos otro día. A veces, es bueno perderse en las palabras. Con las palabras.

 

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Hay obras que te reconcilian con el arte. Es lo que me ha ocurrido recientemente con Muchos hijos, un mono y un castillo, una película documental de Gustavo Salmerón. El que quiera críticas sesudas, dispone muchos lugares para encontrarlas en internet, así como el que quiera conocer detalles de los éxitos y premios que ha obtenido, por lo que me voy a limitar a escribir lo que me apetece (que es lo que suelo hacer siempre).

El arranque de la peli  justifica el título y dice mucho de su recorrido. En un comienzo, lo que se cuenta no nos pertenece: aunque mi familia no era numerosa, conozco a unas cuantas familias con muchos hijos, pero creo que no conocía nunca a ninguna familia que hubiese tenido ni un mono ni un castillo. Esta peculiaridad familiar, que se suma al asunto de unas vértebras sobre el que no me voy a detener para no traicionar la sorpresa de futuros espectadores, se agranda y magnifica con la extraordinaria Julita, la madre de Gustavo Salmerón. Porque esta es una película sobre una familia y una película sobre Julita (o, porque es una película sobre Julita, es una película sobre su familia).

Esta sensación de diferencia y distancia dura solo unos segundos. Casi de inmediato, uno se siente como en (su) casa. Y, no habiendo tenido primates ni castillos, uno aprecia que Salmerón está contando algo muy cercano y que se aproxima mucho a la vida (a nuestra vida, a cualquier vida). Porque la vida es un compendio de sueños que luego se cumplen, un compendio de sueños cumplidos que luego se rompen. Porque los monos y los castillos pueden ser trasuntos de otra cosa en cada familia. Porque la vida tiene que ver con nuestras cosas y con nuestros recuerdos. Con una figura familiar que sirve de anclaje y referente, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Porque construimos una vida y llega un momento en que la tenemos que desmontar. Porque la mudanza es parte de nuestro devenir hasta que no sabemos qué hacer con nuestros recuerdos, que tenían sentido en un lugar y, cuando se trasladan a otro, significan otra cosa y pueden servir para que cualquiera los coja y se los lleve.

No puedo decir más: es una película que necesita una conversación después de verla. Solo un detalle: a veces, unas tostadas de pan un poquito quemado con abundante mantequilla y mermelada son el trasunto del mayor de los placeres. Cuando nosotros no nos atrevemos a sucumbir a los placeres, Julita nos enseña otra perspectiva.

En fin, una película, nunca mejor dicho, sobre cuestiones cervicales. Sobre enseres y sobre familia. Y una reflexión sobre la muerte cuando todavía hay vida. A veces, te tienen que pinchar para sentirte vivo.

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que sigo teniendo muy abandonada. Pero tengo propósito de enmienda

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Me gustaría escribir una novela negra. No gris marengo, ni tirando a oscura: una novela negra. O no sé. Quizás lo que me gustaría escribir es una novela policíaca de esas en las que muere gente a tutiplén, en la que el autor es un dios capaz de decidir sobre la vida de los demás y elegir asesino, arma y lugar, como en el Cluedo, ese juego de mesa que tanto me gusta. Igual lo atrayente, lo atractivo, es el acto de matar sobre el papel y sentirse indemne, impune, salir a flote pese a los tiros, el cadáver que se inundará junto a un coche clásico cayendo de un acantilado.Sí, una novela policíaca mejor. No una en la que echemos la culpa a la sociedad, al sistema o al maestro armero, sino una de esas de gato y ratón. Lo que no me gusta de estas novelas es que suele ganar el gato. Y el gato puede estar adornado o no, puede ser un mastuerzo y profesional que hace bien su oficio o un alma atormentada en busca de un destino. Entonces, la novela no es ni negra ni blanca, ni policíaca. Entonces, se transforma en otra cosa más cercana, pese a lo que pueda parecer  una lectura filosófica. Puestos a pensar, no sé en dónde encajar las novelas de espías. Me gustaría, sí, que aquí se te permite que el bueno-malo sea al final lo que quiera y se pueda ir de rositas. O que le traicione la persona en la que confió, da igual, siempre quedará como héroe en nuestro imaginario sentimental.

Conveníamos en eso, en que me gustaría escribir un roman policier, que en francés queda muy bien. O novela criminal, no sé. Pero en la que no haya policía ni detective profesional. Una novela de esas en las que, como hacía  Hitchcock en sus películas, el protagonista era un sufrido ciudadano que no se espera lo que le espera, lo que el tiempo le depara. Con todos los antagonistas. Y mira que me gustan los agentes secretos, pero solo para verlos, exhibidos en las pantallas. Antagonistas, decía.

Hablaba de una novela de esas, criminal, policier y muertes a mansalva. Pero nada de sangre, pese a lo que decía antes, nada de detalles escabrosos, nada de autopsias. Solo personas que piensan en el mal porque les brota de sus entrañas. No por enfermedad ni por traumas infantiles, sino porque las entrañas, de vez en cuando, son así. Que a veces las cosas se tuercen y acaban como acaban. Mal, para ser aproximados tendiendo a ser exactos. Me gustaría, incluso, escribir una novela de esas y tener las miras literarias muy altas, pero creo que eso solo lo han intentado los pedantes que imitaban al mejor Umberto Eco. Así que paso.

Mientras digo todo lo que me gustaría escribir, me dedico a escribir sobre lo que me gustaría. Y entro en un círculo vicioso con el que me dan ganas de darle a la tecla. Una primera persona del singular. Un presente de indicativo. Una calle oscura, cercana a ese Ocean Drive que experimenté en mis carnes. Un tiempo que sea reconocible como nuestro. Y las caras de todos aquellos que me ven.

Imagen de Alrick Dorett.

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Me decían el otro día que, hace ya algún tiempo, empleé la expresión “perfil bajo” aplicada a alguien de manera negativa. A mí me extrañaba imaginar esas palabras puestas en mi boca, tanto porque esa expresión no me gusta mucho ni en la forma ni en el fondo como por ese contexto negativo de alguien, que por otro lado, no conozco más que de oídas.

Lo primero que hice fue negar la mayor y pensar que era imposible que yo hubiese hablado de “perfil bajo”. Después, me puse en el difícil papel de aceptar algo que no sé si he dicho, pero que seguro que no pienso. Y ahí vinieron docenas de comeduras de coco sobre los perfiles.

Dicen que un neopositivista viajaba en un tren (en los tiempos en los que se viajaba en departamentos frente a frente) y que, no me acuerdo por qué, su acompañante dijo algo así como “Mira qué vaca tan bonita con manchas negras hay en la colina”. El neopositivista se indignó mucho por una afirmación que él consideraba falsa y que le obligó a matizar que lo que realmente creía que su compañero había querido decir es algo parecido a que “Existe algo que la mayor parte de las personas consideran una vaca —y, bajo tu óptica individual y subjetiva estimas bella—, pero de la cual solo has visto una silueta de “vaca” por uno de sus lados ignorando si, realmente, por el lado que no ves existe una correspondencia con tu percepto”. En suma, para el neopositivista su amigo había visto algo, pero, contemplándolo desde una única perspectiva, no podía estar plenamente seguro de que su percepción fuese correcta y ajustada a la realidad.

Y sabemos que Valle-Inclán, en una entrevista justamente famosa, hablaba de que existen tres modos de ver el mundo desde una óptica artística o estética: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. Decía Valle que la mirada de rodillas supone contemplar a los personajes como más que humanos (héroes, dioses o semidioses), como aquellos de los que Homero contaba sus peripecias. La mirada “en pie”, frente a frente, supone contemplar a los personajes como si estuviésemos ante el espejo de nosotros mismos y nuestra condición humana, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Esos personajes son en los que habitan la máxima realidad y la máxima verdad. Por último, la forma de ver el mundo “levantado en el aire” era la que utilizaba nuestro genial escritor  en sus esperpentos para contemplar el mundo desde un plano superior y, no sin ironía, considerar a cualquier personaje, por egregio que fuese desde otra contemplación, como un muñeco.

Pensaréis que estoy dando muchas vueltas para un hecho, aparente de poca importancia, de haber hablado de alguien de “perfil bajo”. Pero no dejo de pensar en que hablar de “perfil” es como considerar a un todo por haber visto una parte, como el amigo del neopositivista con esa vaca que solo podía intuir o conjeturar. Y habla de “bajo” es contemplar a alguien por los suelos, mientras yo estoy “levantado en el aire”. Lo primero lleva a aparejado sesgar y lo segundo cosificar. Cosas que, quizás, hacemos todos en algún momento para hablar de algo de alguien pero con las que nunca conseguiremos un auténtico conocimiento.

Aunque el perfil puede conllevar sutileza o contemplación de lo esencial, es mero contorno que no deja ver sino la mitad. Así que me niego a alguien por lo que no es. Si, además, no conocemos a alguien (en la medida en la que conocer es abarcar y extender hasta lo imposible), todavía peor. En consecuencia, si algún día oías hablar a alguien de una persona de “perfil bajo”, recordadle la historia del neopositivista y la vaca, la historia de la contemplación en el arte según Valle-Inclán.

Imagen de Fernando.

 

 

 

 

 

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Últimamente, me ha dado por las palabras. Bueno, por las palabras me ha dado siempre, que son mi oficio, mi beneficio y mi devoción. Y, si no, que se lo digan al nombre de mis blogs, que se van por las aires o se fijan por escrito. Hoy habla de la palabra esfuerzo y sus acompañantes. Claro que nos esforzamos. Es cierto que alguna vez el esfuerzo es inútil o pequeño, pero nos gusta mucho que sea notable, considerable, gigantesco, ingente o tremendo. A veces, nos esforzamos tanto que el esfuerzo llega a ser titánico. Confieso mi admiración por el esfuerzo denodado.

Pero, sin lugar a dudas, la expresión ligada al esfuerzo que más me gusta es el ímprobo esfuerzo… y lo que ha cambiado su definición. En el DRAE de 1780 define ímprobo esfuerzo como “Lo que cuesta gran trabajo, pero inútil, ó sin fruto”. Por lo tanto, nuestro ímprobo esfuerzo era baldío. No sé si a fuerza de esforzarnos o a fuerza de no resignarnos o a fuerza de convertir el agua en vino, los significados cambian y de inútil pasa a significar excesivo en el DRAE de 1817: “Se aplica al trabajo excesivo y continuado”… y continúa así hasta el DRAE de 2001, en el que un ímprobo esfuerzo se convierte en: “Intenso, realizado con enorme aplicación”.  Por lo tanto, todos los ímprobos esfuerzos han pasado de inútiles a excesivos, y de excesivos a intensos y aplicados. Será que nuestro esfuerzo lo merece.

Por cierto, que ímprobo es algo carente de probidad. Pero ese ya es otro tema.

Imagen de Betsy Streeter.

(Esta entrada aparecerá también en mi blog académico ScriptaManent).

 

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