— Verba volant

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Comparaciones

[Dedicaré un conjunto de entradas a mi viaje a Argentina con motivo de la participación en un congreso de Retórica. Las entradas irán encabezadas por la denominación El mundo es un pañuelo en recuerdo de la divertidísima novela de David Lodge en la que satiriza el mundo intelectual que gira en torno a estos certámenes académicos. También son entradas que aparecerán bajo la etiqueta Diario de un turista, ya que seguiré narrando al estilo de mis entradas dedicadas a los viajes, en tercera persona (aunque ahora el protagonista será "el viajero" y no "el turista" y describiendo y contando hacia el interior.]

El viajero tiene en la maleta unas cuantas camisas y pantalones pero, sobre todo, un conjunto de deseos a medio hacer. Todavía no sabe discernir lo que es el equipaje de mano y la maleta que va a ser facturada, todavía no sabe los papeles que le faltan y los que le sobran, todavía no ha decidido los artilugios electrónicos que necesitará. Tiene claro que se le olvidarán muchas cosas y le sobrarán otras tantas.

Al viajero le espera su destino después de más de treinta horas de viajes en autobús, aviones y escalas. Sabe que la espera puede desesperar, pero también es consciente de que purifica los pensamientos, los abstrae, los recoge en paquetitos de proyectos de futuro. La espera proporciona observación atenta de los demás, sorprendidos en la intimidad bajo la mirada pública. El viajero es anárquico en sus planes y todavía le esperan, en el trayecto, muchas cosas por decidir antes de llegar a su destino. Es una manera de mezclar la prevención y la cautela con la improvisación y el puntito justo de aventura. Ahora mismo, sus pensamientos oscilan entre la previsión de las horas de batería del ordenador portátil hasta el saberse justo vencedor en la batalla de hacerse con el reposabrazos del avión, tenga el compañero que tenga. Y no sabe cuándo respirará otros aires, que han de ser buenos.

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Me gusta esperar a la madrugada atisbando de reojo por la ventana. Me gusta contemplar los giros de los ciclos de la lavadora y compararlos con los interrogantes que nos hacemos sobre el mundo, sobre el destino. Me gusta creer que los pasos de cebra son los intermedios de la calma. Me gusta hacer ejercicio físico hasta sentir que algo se reconstruye por dentro. Me gusta suponer que todos los balcones tienen escondidos, más allá de las cortinas, secretos eternos. Me gusta pensar que las fotos, además de otras muchas cosas, roban un poquito de nuestra alma. Me gusta escribir al ritmo de la música. Me gusta pensar que, quizás, sería bello mantener intactas nuestras esperanzas. Me gusta saborear los sentidos reposados de las palabras.

Me gusta pensar que los infiernos son más horribles sin la presencia de aquellos a los que se ignora. Me gusta alternar la cal con la arena. Me gusta escuchar música con un punto de volumen más elevado de lo que la mayor parte de la humanidad piensa que es normal. Me gusta pensar que los fracasos se puedan saborear como cucharadas de lo que luego serán nuevas experiencias. Me gustan las ciudades, con sus órdenes y sus anarquías, con sus desvaríos y sus excesos. Me gusta pedalear sin pensar en lo que ocurrirá después, cuando vuelva a reinar la calma. Me gustan los paralelismos, las metáforas y los contrastes no tanto por su belleza sino porque son la forma más eficaz de explicar todos los rincones de nuestro mundo. Me gusta pensar que el futuro y el pasado son imposturas que se inventó alguien que nos quiere robar la vida a dentelladas. Me gusta que el verano extienda sus brazos hasta los quicios del otoño. Me gusta intuir que, tras los sueños, se esconden los deseos. Me gusta ir a trabajar en manga corta. Me gusta saber que, tras la calma, vuelven las tempestades.

(Imagen de Marthax.)

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Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

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Hablar sin decir verdades como puños: que las verdades son puños de arena. Callar sin llegar a silenciar: que el vacío también tiene contenido. Buscando la exactitud para no omitir y la imprecisión como avalancha. Pensar en que todos los años de trabajo duro no han servido de destrucción, sino sirvieron de pilar esencial sobre el que se erige el presente. No olvidar que los presentes no son sino resquicios sobre los que se resbala el futuro. Estar todo lo feliz que se puede estar en un mundo invadido por las sombras. Relativizar también la llegada de horizontes que no existen, que son falsos, que muestran la salida del sol pero también el nadir, el ocaso. Mirar hacia atrás y comprobar muchas cosas buenas, sin olvidar tampoco los desplantes, las chulerías y el engreimiento de unos pocos. Mirar el futuro con ojos de presente, con ojos de pasado. Con la mirada reversible de el que no sabe lo que le espera, pero sabe que espera, que es sinónimo de esperanza. Contemplar un vestigio de tu futuro soñado y sonreír. Gracias a los hados y a los dados, lo conseguí. Y aquí estoy, soñando una vez más. Sabiendo que mis ojos son miopes. Que no contemplan bien la realidad, que la ven más grande. Desdibujada. Afortunadamente.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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El turista, pasadas las horas, ha llegado a su destino. Los hombros, las piernas, la cabeza algo alterados por la atención de seguir las migas de pan de la línea frecuentemente discontinua. Toma aire con un par de inhalaciones fuertes que le permiten intercambiar el aire gélido pero importado del climatizador por una corriente pura de aire demasiado húmedo, demasiado cálido. El primer paisaje que ve de su destino no es otro que un poquito más de asfalto y una barrera que solo se abrirá una vez que coloque una pegatina con un código de barras en el parabrisas. El turista da un paseo titubeante por diferentes ubicaciones, por terrenos más o menos alejados del olor del mar. Se percibe algo parecido a la calma, a la serenidad, pero todo es espejismo. Todavía aguarda la tarea de vaciar un maletero del coche para trasladar los bártulos empaquetados en algo que se parezca, siquiera remotamente, a un lugar para dormir, para vivir, durante algunos días. El turista, en ese momento, deja de pensar en el momento presente para retraer sus recuerdos a los días en los que recorrió con prisa y con pausa, con todo lo que tiene de paradoja, toda la costa atlántica francesa. En esos días, mucho más ligero de equipaje, que le condujeron a una ciudades y unos paisajes que, hasta entonces, solo existían en la forzada búsqueda de un tesoro de un libro de texto de francés de secundaria. El momento en el que vio la magia de una maravillosa ciudad de mar en compañía de unos mejillones en el puerto. El instante en el que la luz del amanecer se confundió con un paisaje agreste. El puñado de arena de una playa en la que se luchó por conseguir la liberación. El recorrido en coche por una de las ciudades costeras más bellas del mundo. El turista, después de agitar la cabeza, ve ante sí todo un rompecabezas de telas, cuerdas y barras que hay que ensamblar y ajustar. Entonces, se da cuenta de que las manualidades escapan a su ciencia y a su paciencia. No obstante, con la rodilla hincada en la hierba, se afana a dar porrazos a una piqueta para sujetar el que será el edificio de su mundo.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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El turista, al fin, ha cogido el coche de madrugada, ha escogido un disco de música que le permita escuchar su música favorita durante unas cuantas horas seguidas y se ha tomado todo el tiempo del mundo para ajustar el asiento y los espejos retrovisores. Ha metido la marcha atrás, ha respirado fuerte y ha visto en el navegador del coche un panorama de seis horas de conducción hasta su destino. No le cuesta conducir durante muchas horas. Al contrario, un viaje largo le ayuda a mirar la carretera de manera que su viaje no sea solo por el exterior sino que le permite indagar, un poco, en los recovecos que las prisas suelen dejar en la penumbra. La calma se la brinda, paradójicamente, una música escuchada a un volumen un poquito más alto del normal y con unas melodías que no se pueden imaginar ni siquiera los que piensan que le conocen bien. Aunque ahora ya no puede apretar tanto el acelerador como le gusta, no puede evitar sonreír a medida que el navegador va reduciendo sus expectativas de llegada. Tiene muy a mano una Coca Cola de la que se beneficia en las rectas, más bellas si son interminables. El turista sabe que, en el fondo, las huellas y los caminos, ahora con forma de carretera, son una forma de simbolizar el trazado de una vida. Ahora, con el volante a la altura perfecta, piensa y vuelve a sonreír. Quizá piense en todos los preludios, en todos los vaticinios de los amaneceres, cuando el sol todavía no amenaza con la crueldad de su luz, con la malicia de intentar conocer todas las cosas.

(Fotografía tomada de mi galería de Flickr.)

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Vivir supone, quizá, saber jugar las cartas que un día nos repartieron. Vivir supone, quizá, esperar al momento del descarte para que la nueva oportunidad te propicie conseguir una buena mano. Vivir quizá suponga saber jugar con nuestros compañeros de mesa, adivinar sus gestos y sus reacciones; reconocer el momento de echar un farol, asimilar que te puedes encontrar rivales débiles y peligrosos. Vivir supone interiorizar que, quizá, no sepas si ahora toca acercarte a las veintiuna, o si eliges falta o pasa si juegas a la ruleta. Quizá suponga, también, jugártela una vez a la ruleta rusa. Y puede que vivir sea todo un ejercicio de funambulismo en días ventosos. El problema del funambulista es asumir con consciencia plena que se asoma al abismo todos los días. Lo que no sabemos nosotros, quizá, ni tampoco el equilibrista, es que el abismo sabe esperar.

(Imagen de Wiros.)

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puede que fuera a escribir una entrada sobre el estilo una entrada sobre la forma de encajar las palabras los sintagmas y las frases para que todo resultara elegante pero no empalagoso una entrada con la forma como fondo una entrada reflexiva pero directa honda pero no extensa puede que hubiese puesto ejemplos de la vida cotidiana que es la maestra de nuestros actos pero también la discípula de nuestros olvidos puede que hubiese soltado alguna frase gruesa alguna ironía algún chascarrillo con gracia mediana pero hoy no es día para formas como fondos sino para fondos como formas como maneras de encauzar un fin de semana largo y encajarlo entre las cuatro paredes que suponen nuestro universo más cercano o entre las olas de un mar que no acariciará mis pierdas como paraíso más recóndito puede que me apetezca insistir sobre los recuerdos y sobre los olvidos sobre los pensamientos que flotan entre los vaivenes de nuestro cerebro sobre los trazos y los calcos de los paseos por los cuerpos y puede que las semanas lleguen a convertirse en porciones inferiores a los siete días y puede también que los meses se reduzcan o se extiendan más con voluntades que con las matemáticas perfectas de un calendario puede que hoy sea un día que precede a la amenaza segura de lluvia que antecede a lo que no será desde el ángulo obtuso de mi experiencia puede que hoy sea un día para dejar sacar las ideas dejando la correa larga para que correteen un poco y se cansen para que reciban el aire de las tardes tristes puede que hoy sea una tarde sin minutos mañana sea un día sin horas y pasado un fin de semana pero también puede que sea una manera de contemplar el tiempo desde una perspectiva vertical demasiado cicatera tiempos vendrán para sustituir a los de hoy y a los de mañana para reemplazar los segundos y recargarlos con el peso de la dulzura porque puede que en el fondo la dulzura sea una forma de decir fondos y una forma de esperar que lleguen los puntos y las íes

(Imagen de Shirin K. A. Winiger.)

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Levantarse de la cama sin tránsito aparente hacia la vigilia. Mirar por la ventana y contemplar un cielo templado que mantiene aún sus dudas. Abrir una ventana y comprobar que existen todavía chorros de frescura por disfrutar. Acercar la cara a un aire que te devuelve caricias. Pasear por la casa sin titubeos. Enfrentarse a la invasión de sabor de un zumo de naranja recién exprimido. Sentir las proteínas de la leche mezclada con un cacao que evidencia que lo amargo puede quedar revestido de dulzura si se procesa del modo conveniente y necesario. Fregar sin ninguna prisa. Prestar atención a los detalles que, otros días, pasan desapercibidos. Abrir el correo electrónico y contemplar unos cuarenta mensajes todavía no mancillados con la vista, todavía no invadidos con la respuesta necesaria. Respirar hondo y percibir que las mañanas transmiten el dolor de todo lo necesario y el encanto de todas las cosas que (todavía) no existen.

(Imagen de Alejandro Groenewold.)

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