— Verba Volant

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Reconozco que vericuetos es una de mis palabras favoritas. Pocas veces el significado y la forma de una palabra han plasmado todos esos recovecos —otra palabra genial— de forma tan sublime.

La definición de vericueto se mantiene en los diccionarios de la RAE desde el Diccionario de Autoridades en 1739 hasta la actualidad: ” Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad”. Respecto a los vericuetos como palabra, me gustaría reseñar dos cosas: la primera, que el mundo es tan complicado, tan inaccesible o tan encrespado que es una palabra que siempre he visto utilizada en plural. No existe vericueto, porque sería algo único y excepcional, sino que existen los vericuetos. No constantes, pero frecuentes. La segunda, que puede que la acepción de los vericuetos tenga connotaciones negativas (esos áspero, quebrado y dificultad que aparecen en la definición), pero, para mí, los vericuetos tienen algo de reto, de requiebro excepcional, de elevación de lo extraño a categoría de desafío.

El vericueto, obviamente, no es un solamente un lugar, sino también una forma de ser y un estado del alma. Escribí hace ya muchos años una entrada en la que hablaba de Artabán, mi rey mago favorito, que no llegó a Belén porque se perdió por el camino, probablemente embelesado por el proceso y los vericuetos y no por la meta fijada por las estrellas. Y esto pasa constantemente en nuestras vidas, en las que algunos nos negamos a la línea pautada, a la senda fija, y preferimos los meandros —otra gran palabra— que suponen poner al devenir por encima del estar y del ser.

Y todo esto venía a cuento de una anécdota personal sobre vericuetos y a unos vericuetos mostrados en forma de canciones. Pero me temo que, de eso, hablaremos otro día. A veces, es bueno perderse en las palabras. Con las palabras.

 

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Hay obras que te reconcilian con el arte. Es lo que me ha ocurrido recientemente con Muchos hijos, un mono y un castillo, una película documental de Gustavo Salmerón. El que quiera críticas sesudas, dispone muchos lugares para encontrarlas en internet, así como el que quiera conocer detalles de los éxitos y premios que ha obtenido, por lo que me voy a limitar a escribir lo que me apetece (que es lo que suelo hacer siempre).

El arranque de la peli  justifica el título y dice mucho de su recorrido. En un comienzo, lo que se cuenta no nos pertenece: aunque mi familia no era numerosa, conozco a unas cuantas familias con muchos hijos, pero creo que no conocía nunca a ninguna familia que hubiese tenido ni un mono ni un castillo. Esta peculiaridad familiar, que se suma al asunto de unas vértebras sobre el que no me voy a detener para no traicionar la sorpresa de futuros espectadores, se agranda y magnifica con la extraordinaria Julita, la madre de Gustavo Salmerón. Porque esta es una película sobre una familia y una película sobre Julita (o, porque es una película sobre Julita, es una película sobre su familia).

Esta sensación de diferencia y distancia dura solo unos segundos. Casi de inmediato, uno se siente como en (su) casa. Y, no habiendo tenido primates ni castillos, uno aprecia que Salmerón está contando algo muy cercano y que se aproxima mucho a la vida (a nuestra vida, a cualquier vida). Porque la vida es un compendio de sueños que luego se cumplen, un compendio de sueños cumplidos que luego se rompen. Porque los monos y los castillos pueden ser trasuntos de otra cosa en cada familia. Porque la vida tiene que ver con nuestras cosas y con nuestros recuerdos. Con una figura familiar que sirve de anclaje y referente, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Porque construimos una vida y llega un momento en que la tenemos que desmontar. Porque la mudanza es parte de nuestro devenir hasta que no sabemos qué hacer con nuestros recuerdos, que tenían sentido en un lugar y, cuando se trasladan a otro, significan otra cosa y pueden servir para que cualquiera los coja y se los lleve.

No puedo decir más: es una película que necesita una conversación después de verla. Solo un detalle: a veces, unas tostadas de pan un poquito quemado con abundante mantequilla y mermelada son el trasunto del mayor de los placeres. Cuando nosotros no nos atrevemos a sucumbir a los placeres, Julita nos enseña otra perspectiva.

En fin, una película, nunca mejor dicho, sobre cuestiones cervicales. Sobre enseres y sobre familia. Y una reflexión sobre la muerte cuando todavía hay vida. A veces, te tienen que pinchar para sentirte vivo.

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que sigo teniendo muy abandonada. Pero tengo propósito de enmienda

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Me gustaría escribir una novela negra. No gris marengo, ni tirando a oscura: una novela negra. O no sé. Quizás lo que me gustaría escribir es una novela policíaca de esas en las que muere gente a tutiplén, en la que el autor es un dios capaz de decidir sobre la vida de los demás y elegir asesino, arma y lugar, como en el Cluedo, ese juego de mesa que tanto me gusta. Igual lo atrayente, lo atractivo, es el acto de matar sobre el papel y sentirse indemne, impune, salir a flote pese a los tiros, el cadáver que se inundará junto a un coche clásico cayendo de un acantilado.Sí, una novela policíaca mejor. No una en la que echemos la culpa a la sociedad, al sistema o al maestro armero, sino una de esas de gato y ratón. Lo que no me gusta de estas novelas es que suele ganar el gato. Y el gato puede estar adornado o no, puede ser un mastuerzo y profesional que hace bien su oficio o un alma atormentada en busca de un destino. Entonces, la novela no es ni negra ni blanca, ni policíaca. Entonces, se transforma en otra cosa más cercana, pese a lo que pueda parecer  una lectura filosófica. Puestos a pensar, no sé en dónde encajar las novelas de espías. Me gustaría, sí, que aquí se te permite que el bueno-malo sea al final lo que quiera y se pueda ir de rositas. O que le traicione la persona en la que confió, da igual, siempre quedará como héroe en nuestro imaginario sentimental.

Conveníamos en eso, en que me gustaría escribir un roman policier, que en francés queda muy bien. O novela criminal, no sé. Pero en la que no haya policía ni detective profesional. Una novela de esas en las que, como hacía  Hitchcock en sus películas, el protagonista era un sufrido ciudadano que no se espera lo que le espera, lo que el tiempo le depara. Con todos los antagonistas. Y mira que me gustan los agentes secretos, pero solo para verlos, exhibidos en las pantallas. Antagonistas, decía.

Hablaba de una novela de esas, criminal, policier y muertes a mansalva. Pero nada de sangre, pese a lo que decía antes, nada de detalles escabrosos, nada de autopsias. Solo personas que piensan en el mal porque les brota de sus entrañas. No por enfermedad ni por traumas infantiles, sino porque las entrañas, de vez en cuando, son así. Que a veces las cosas se tuercen y acaban como acaban. Mal, para ser aproximados tendiendo a ser exactos. Me gustaría, incluso, escribir una novela de esas y tener las miras literarias muy altas, pero creo que eso solo lo han intentado los pedantes que imitaban al mejor Umberto Eco. Así que paso.

Mientras digo todo lo que me gustaría escribir, me dedico a escribir sobre lo que me gustaría. Y entro en un círculo vicioso con el que me dan ganas de darle a la tecla. Una primera persona del singular. Un presente de indicativo. Una calle oscura, cercana a ese Ocean Drive que experimenté en mis carnes. Un tiempo que sea reconocible como nuestro. Y las caras de todos aquellos que me ven.

Imagen de Alrick Dorett.

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Me decían el otro día que, hace ya algún tiempo, empleé la expresión “perfil bajo” aplicada a alguien de manera negativa. A mí me extrañaba imaginar esas palabras puestas en mi boca, tanto porque esa expresión no me gusta mucho ni en la forma ni en el fondo como por ese contexto negativo de alguien, que por otro lado, no conozco más que de oídas.

Lo primero que hice fue negar la mayor y pensar que era imposible que yo hubiese hablado de “perfil bajo”. Después, me puse en el difícil papel de aceptar algo que no sé si he dicho, pero que seguro que no pienso. Y ahí vinieron docenas de comeduras de coco sobre los perfiles.

Dicen que un neopositivista viajaba en un tren (en los tiempos en los que se viajaba en departamentos frente a frente) y que, no me acuerdo por qué, su acompañante dijo algo así como “Mira qué vaca tan bonita con manchas negras hay en la colina”. El neopositivista se indignó mucho por una afirmación que él consideraba falsa y que le obligó a matizar que lo que realmente creía que su compañero había querido decir es algo parecido a que “Existe algo que la mayor parte de las personas consideran una vaca —y, bajo tu óptica individual y subjetiva estimas bella—, pero de la cual solo has visto una silueta de “vaca” por uno de sus lados ignorando si, realmente, por el lado que no ves existe una correspondencia con tu percepto”. En suma, para el neopositivista su amigo había visto algo, pero, contemplándolo desde una única perspectiva, no podía estar plenamente seguro de que su percepción fuese correcta y ajustada a la realidad.

Y sabemos que Valle-Inclán, en una entrevista justamente famosa, hablaba de que existen tres modos de ver el mundo desde una óptica artística o estética: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. Decía Valle que la mirada de rodillas supone contemplar a los personajes como más que humanos (héroes, dioses o semidioses), como aquellos de los que Homero contaba sus peripecias. La mirada “en pie”, frente a frente, supone contemplar a los personajes como si estuviésemos ante el espejo de nosotros mismos y nuestra condición humana, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Esos personajes son en los que habitan la máxima realidad y la máxima verdad. Por último, la forma de ver el mundo “levantado en el aire” era la que utilizaba nuestro genial escritor  en sus esperpentos para contemplar el mundo desde un plano superior y, no sin ironía, considerar a cualquier personaje, por egregio que fuese desde otra contemplación, como un muñeco.

Pensaréis que estoy dando muchas vueltas para un hecho, aparente de poca importancia, de haber hablado de alguien de “perfil bajo”. Pero no dejo de pensar en que hablar de “perfil” es como considerar a un todo por haber visto una parte, como el amigo del neopositivista con esa vaca que solo podía intuir o conjeturar. Y habla de “bajo” es contemplar a alguien por los suelos, mientras yo estoy “levantado en el aire”. Lo primero lleva a aparejado sesgar y lo segundo cosificar. Cosas que, quizás, hacemos todos en algún momento para hablar de algo de alguien pero con las que nunca conseguiremos un auténtico conocimiento.

Aunque el perfil puede conllevar sutileza o contemplación de lo esencial, es mero contorno que no deja ver sino la mitad. Así que me niego a alguien por lo que no es. Si, además, no conocemos a alguien (en la medida en la que conocer es abarcar y extender hasta lo imposible), todavía peor. En consecuencia, si algún día oías hablar a alguien de una persona de “perfil bajo”, recordadle la historia del neopositivista y la vaca, la historia de la contemplación en el arte según Valle-Inclán.

Imagen de Fernando.

 

 

 

 

 

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Últimamente, me ha dado por las palabras. Bueno, por las palabras me ha dado siempre, que son mi oficio, mi beneficio y mi devoción. Y, si no, que se lo digan al nombre de mis blogs, que se van por las aires o se fijan por escrito. Hoy habla de la palabra esfuerzo y sus acompañantes. Claro que nos esforzamos. Es cierto que alguna vez el esfuerzo es inútil o pequeño, pero nos gusta mucho que sea notable, considerable, gigantesco, ingente o tremendo. A veces, nos esforzamos tanto que el esfuerzo llega a ser titánico. Confieso mi admiración por el esfuerzo denodado.

Pero, sin lugar a dudas, la expresión ligada al esfuerzo que más me gusta es el ímprobo esfuerzo… y lo que ha cambiado su definición. En el DRAE de 1780 define ímprobo esfuerzo como “Lo que cuesta gran trabajo, pero inútil, ó sin fruto”. Por lo tanto, nuestro ímprobo esfuerzo era baldío. No sé si a fuerza de esforzarnos o a fuerza de no resignarnos o a fuerza de convertir el agua en vino, los significados cambian y de inútil pasa a significar excesivo en el DRAE de 1817: “Se aplica al trabajo excesivo y continuado”… y continúa así hasta el DRAE de 2001, en el que un ímprobo esfuerzo se convierte en: “Intenso, realizado con enorme aplicación”.  Por lo tanto, todos los ímprobos esfuerzos han pasado de inútiles a excesivos, y de excesivos a intensos y aplicados. Será que nuestro esfuerzo lo merece.

Por cierto, que ímprobo es algo carente de probidad. Pero ese ya es otro tema.

Imagen de Betsy Streeter.

(Esta entrada aparecerá también en mi blog académico ScriptaManent).

 

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Le escuchaba muchas veces decir la misma palabra, rematar, en infinitivo y en varias formas conjugadas. Es una de esas manías que tenemos todos y que, probablemente, ignoramos: esas derivas léxicas consistentes en repetir algo porque nos gusta o yo qué sé. Era escuchar la palabra y perder ya el hilo de todo lo demás. Preguntarme por el origen (¿de dónde procede esa manía, si por oírla en casa, por haberla leído, haberla copiado en un dictado que le determinaría de por vida), indagar en la razón (¿por qué esa palabra y no otra, sinónima, relacionada?).

De todas las acepciones del diccionario, nunca la empleaba con sinónimo de ‘matar’. Y, con variantes posibles, creo que, si tuviera que apostar, sin duda lo haría por la que tiene que ver con la costura: “Afianzar la última puntada, dando otra sobre ella parra asegurarla, o haciendo un nudo especial en la hebra”. No es, por lo tanto, solamente dar fin, acabar algo, sino aportarle un colofón especial. Me lo imaginaba, entonces, de pequeño, al lado de su madre —me consta que su padre no era sastre y eran tiempos en los no había posibilidad de que un hombre cogiese una aguja si no formaba parte de un oficio—, embebecido con la destreza con los materiales de costura. Probablemente, una mesa camilla en la que hay una lata de Cola Cao con miles de bobinas de hilo, alfileres, imperdibles, quizás docenas botones esperando una oportunidad. Probablemente, una luz de primera hora de la tarde entrando en el ángulo perfecto sobre la prenda de costura.

Acudí a las fuentes de información para conocer más sobre la palabra. Una aparición temprana en el siglo XIII, una palabra que desvelaba todo de él. Usada casi con la misma frecuencia desde el siglo XVI, descuella sin embargo en el siglo XVII, uno de los siglos sobre los que habla, sobre los que va y vuelve con frecuencia. No una palabra anclada en el pasado (no como, por ejemplo, la palabra fetén, de nacimiento mucho más reciente pero objeto de escarnio entre nietas y abuelas): él nunca se permitiría la licencia de ajarse en el tiempo con la piel de las palabras. Pero sí una palabra con la solera suficiente para brillar antes y permanecer ahora. Mi búsqueda arqueológica me llevó al Diccionario de autoridades, que en 1733 ya deja registro de la palabra relacionada con el pespunte y sus anejos. Y, con la ayuda de internet, comprobé que su definición persiste desde 1780 con muy pocos cambios.

Cuento todo esto como si se tratara de una secuencia lógica, pero es una larga historia, llena de instantes, retazos, momentos y altibajos. Una obsesión de él en su uso y mía en su recepción, benévola, ansiosa y casi obsesiva. O quizás no obsesiva, sino enlazada por el amor mutuo a ciertas palabras, como si se tratase de un murmullo. Consciente de que era un misterio de solución imposible, recordé su afición por los anagramas. Y obtuve tramaré y armarte, que casaban muy bien: la trama en lo que tiene de astucia, pero con los hilos muy presentes; y esas armas que parece que parece que me está dando para esgrimir no tanto un arma como una razón al sinsentido. Escuchándole un remata, llego al al atarme y al aterra, pero también al atraer, al amarre, al ararme y al ararte.

Y me doy cuenta de que las palabras son todo menos casualidades. Son milagros nacidos quién sabe dónde y depositados con cariño en nuestra voz.

(Imagen de Juan Ramón Martos).

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Me gustan los primates. En cuanto tengo oportunidad, veo o leo cosas relacionadas con estos primos nuestros que tanto nos ayudan a entender muchos de nuestros comportamientos. Siento mucho interés por los chimpancés y los bonobos. A estos últimos los descubrí más tarde que a los chimpancés, pero me fascina la de cosas que nos vinculan. Cuando leo Yo, mono, de Pablo Urralde siento que está hablando de mí. Entre otras cosas, porque está hablando de todos nosotros. Pero reconozco que me fascinan los gorilas. Me gusta su apariencia, su mirada, su manera de moverse. Si no fuese tan cuadriculado, abandonaría mi pantalla por defecto del iPad para poner una imagen que me encanta en la que sale un gorila con su cría.

La casualidad hace que viese ayer un documental sobre unos gorilas, aunque yo me fijo especialmente en los fragmentos dedicados a uno un concreto. Está enfadado. Según dicen en la televisión, se siente el responsable de la manada. Al parecer, este gorila ha seguido su rutina diaria buscando alimento durante horas. Luego ha fabricado el lecho en el que va a dormir durante la noche. Y está cansado, pese a su vigor, pese a su apariencia. Por lo que dicen, el gorila desprende un olor que supone una advertencia para todo el que quiera acercarse, para todo aquel que quiera oponerse. De repente, escucha algo. El narrador explica que ha detectado un movimiento. En la imagen, ahora se ve al gorila enfadado, a punto de cargar contra alguien, que no se ve, pero que se intuye. Por su bien, sería mejor que ese oponente se retire a una zona alejada y segura. Pero lo fascinante de los gorilas es que tan grandes, tan fuertes, tan aparentemente hostiles, raramente atacan: advierten, se mueven, ponen cara de pocos amigos. Es cierto que es mejor saber a lo que se atienen los que se acercan a los gorilas, incluso los que permanecen cerca de ellos. No se sabe si el peligro ha desaparecido o el gorila se ha cansado, pero ahora el gorila está a otra cosa. Se aleja un poco de la manada con cara cansada, triste, quizás harto de pasar por la rutina de todos los días. De pronto, mira hacia donde está el cámara y esboza algo parecido a una sonrisa. Reconozco que, con su sonrisa, yo me he sentido un poco más feliz.

 

Imagen de Thomas Hawk.

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En el mundo de la docencia, siempre se tiende a premiar la respuesta rápida. Un profesor lanza una pregunta a los estudiantes y se establece una situación en la que estamos deseando que haya una respuesta lo más pronto posible. Si después de la pregunta hay unos segundos de silencio, el profesor, probablemente, intentará llenarlo con alguna “repregunta”, alguna observación, alguna pista, alguna conminación. Cuando alguien levanta la mano o, simplemente, da una respuesta, todos respiramos tranquilos. No nos conformamos, obviamente, con cualquier respuesta, pero una respuesta más o menos válida nos sirve para retomar la explicación.

Aunque esta respuesta inmediata pueda ser interesante, no estimula un aspecto que considero esencial en la educación: la capacidad de pensar en un problema de manera profunda. Dada la evidencia de que profundidad e inmediatez no son en absoluto sinónimos, quizás deberíamos plantearnos, como docentes, hacer preguntas para que sean respondidas a lo largo de la clase, en la clase siguiente, la semana próxima. Y algunas solo podrán responderse a lo largo de una vida.

Puede ser interesante dedicar parte de nuestro tiempo reflexivo a pensar en problemas que se nos han planteado sin intentar quitarlos rápido de nuestra cabecita. El problema, en este caso, debe ser un reto y no una molestia. Tal y como plantea William Deresiewicz (he sacado la referencia de aquí), el primer pensamiento no tiene por qué ser el mejor. Es más, casi siempre es algo que ya se ha escuchado en otra parte y, por lo tanto, un elemento que tiende a lo convencional. Lo interesante es dejar al cerebro el tiempo suficiente para asociar, corregir y, por supuesto, encontrar los matices, los distintos ángulos de enfoque, tan necesarios en cualquier problema que se nos plantea.

Premiar la respuesta rápida es gratificar (casi) a cualquier precio. Y, ese premio inmediato conduce también a una forma de vida enfocada a objetivos a corto plazo. Tenemos que cambiar esta manera de concebir la enseñanza. Sin duda, la respuesta rápida es útil para determinadas cuestiones, pero los grandes problemas necesitan, más bien, de reflexiones profundas.

Imagen de Maritè Toledo.

 

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Son casualidades, sin duda. Las tres novelas que he leído últimamente. Una serie de ficción televisiva. Nada de elecciones conscientes, ni de afinidades entre ellas. Ni un hilo conductor común. Todas ellas giraban sobre la autobiografía y su manera de utilizarla y de rebasarla, de jugar al juego sin que se note, sin que moleste. Y, a la vez, sin esconder nada ni avergonzarse de lo que no es censurable en ningún momento.

Puestos a contar una historia, qué mejor que contar la tuya. La vida de uno no es interesante, qué duda cabe, pero sí lo es el acontecer de cada uno, esa deriva de los seres humanos con lo que tiene de común y lo que posee de extraordinario. Lo identificable en todos y lo que descubres porque alguien lo cuenta. Y percibes que es tuyo o te lo apropias.

Si el género biográfico siempre me ha parecido un imposible, el género autobiográfico bien entendido me parece lo deseable. Sin que sea necesariamente literal. Sin que tenga la obligación de alegoría. Un punto medio entre contar lo cierto e inventar lo probable, todo experimentado en carne propia, con el corazón o con la imaginación.

Aunque todos somos, en cierta medida, un personaje respecto a los demás, la autobiografía, la autoficción, tendría que ser el instrumento para deshacernos de los atavíos y mostrar un gran teatro del mundo, sí, pero con desnudos sugerentes. Ese gran teatro del mundo, sí, pero en el que los cómicos de Hamlet cuenten una historia en la que todos nos veamos representados. Le damos la vuelta así al dobladillo del personaje y, a la inversa, lo convertimos en la carne y el hueso.

Escribir autobiografía no significa escribir autobiografía de forma explícita. Nada peor que escribir autobiografía diciendo lo que hacer y lo que pretendes. Tampoco significa escribir autobiografía mintiendo y achacando las historias al vecino, a un amigo, al maestro armero. Significa escribir con lo que te sale y expresar con lo que conoces. Inventar lo justo para que sea cierto. Acertar incluso cuando das rodeos para evitar contar lo que ya se sabe. O lo que no.

Me gusta escribir de lo que conozco, aunque lo ignore todo. La ficción se convierte, entonces, en la aventura de cómo reconocernos.

Imagen de Shawn Harquail.

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¿Te sientes confundido? ¿Tienes sensación de vértigo? ¿Te zumban los oídos? Quizás te duela la cabeza y te encuentres muy cansado. Si te fijas bien, tienes la piel enrojecida y con picores en la tripa y en la cara interna de los brazos y de las piernas. Ves de forma poco nítida, tienes la piel de gallina y, probablemente, sientas algún calambre y dolor en las articulaciones.

Si estás en casa y en el sofá, no tengo ni idea de lo que te ocurre. Seguro que tienes un serio problema que precisa de atención médica, así que llama al 112.

Si te has metido en el agua, padeces una hidrocución. Seguro que te ha dado el sol a base de bien, o que has realizado mucho ejercicio, o que has comido sin dejar nada en el plato y lo has regado con cerveza bien fresquita. A lo mejor tomas algún psicofármaco para recuperarte de lo tuyo. En ese caso, procura que alguien te saque de los grandes charcos en los que te metes, porque puede que tu corazón, ya entrado en años, no aguante la embestida.

Todo el mundo lo llama “corte de digestión”, pero no lo es. A veces uno confunde las cosas. Quizás porque no las entiende, quizás porque las entiende como quiere. Así que apúntate la palabra, a ti que te gusta hablar haciendo el pino.

Imagen de Óscar F. Hevia.

 

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