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Deporte

 

En 2014, critiqué algunas cosas que no me parecían bien de la San Silvestre Cidiana. El año pasado, volví a hacer lo mismo. Llegados a 2017 y una vez corrida la San Silvestre de la edición de 2016, me veo obligado a volver a hablar de ella. Así que, por lo tanto, amigos, amigas, hablemos de la San Silvestre Cidiana, una vez más.

Este año creo que son dignos de reseñar dos cambios: el lugar de salida y el modo de salida en dos turnos (los peques tuvieron la carrera por la mañana). A ello se une algo que ya cambió para bien el año pasado, que es la incorporación de un chip al dorsal para dar algo de coherencia a los resultados de la llegada. Vayamos, pues, a las novedades. Y sí, voy a hablar de ellas.

La primera novedad era el lugar de salida de la carrera. Después de varios intentos para cambiar el lugar de partida (algunos auténticamente disparatados, como el de 2014), se optó por salir desde la Avenida del Arlanzón, en el Coliseum de Burgos. Cuando me enteré, empecé a echar sapos y culebras por la boca: vaya, nos quitan la salida en el centro para tener que ir al quinto pino; vaya coñazo, ir para luego volver por una paralela, vaya, rectas llenas de monotonía. Después de hacer la carrera, lo único que puedo decir es que el lugar elegido es un auténtico acierto: un lugar en el que los corredores nos podíamos mover mucho mejor y de fácil acceso.

La segunda novedad fue el sistema de salida en dos turnos, separados por cinco minutos de diferencia. En el primero, salían los corredores federados y aquellos que habían quedado entre los mil primeros en la edición anterior. En el segundo, el resto de corredores (unos cuantos miles). Algunos críticos decían que esto suponía desvirtuar una carrera que es, a la vez, una fiesta para celebrar el fin de año de forma sana y divertida. Creo que un número de 1.500 corredores no hace una división muy sangrante, puesto que pueden convivir los excelentes corredores con otros de nivel medio. Para mí, lo más importante radica en el hecho de que se pueda correr y este sistema lo consigue. El que quiere hacer una carrera meramente lúdica al ritmo que le da la gana, lo puede hacer como siempre. Y el que quiere ir un poco más rápido y sin tantas aglomeraciones, también puede hacerlo sin problemas. Por lo tanto, creo que es otro acierto.

Una combinación de estas dos novedades, la de salir en una recta muy larga mediante turnos diferenciados, ayuda a que no haya aglomeraciones tan peligrosas como las de años anteriores. Para cuando se llega a la primera curva en la Plaza del Cid, ya cada uno va a un ritmo que hace que la carrera se organice por sí sola. La salida en tandas, además, ayuda mucho a ello porque no hay luchas cainitas en la salida y en el inicio de la carrera. Dejo claro que esta es una opinión sesgada porque yo salí en la primera tanda y, por lo tanto, no sé lo que ocurrió en la segunda. Desde luego, hay un problema: si alguien corre por primera vez o no corrió el año anterior, le toca sufrir la aglomeración supina. Pese a ello, y a la espera de las impresiones de las personas que corrieron en ese grupo, la impresión es, para mí, de lo más positiva.

Otro aspecto muy favorable de este año no ha sido de carácter organizativo, sino de la participación ciudadana en la carrera. Había mucho más público que otros años y a mí me dio la impresión de que era también más participativo, algo que no suele ser la “marca de la casa” en nuestro querido Burgos. Correr así, con muchas personas y entre muchas personas, es una maravilla.

Y acabo con una circunstancia especial que acompañaba a esta edición: el homenaje de los Tragaleguas al gran José Mariscal, “Falio”. Todo un ejemplo en lo personal y en lo deportivo, que no dejará de seguir corriendo, nadando y pedaleando, pero sí lo hará a otro ritmo más pausado por exigencias del guion.

En suma, aquí el Urbina, gruñón, criticón y protestón por naturaleza, se ve en la gozosa obligación de señalar también todo lo positivo de esta carrera. Olé, esta vez (y esperemos que para siempre) con la San Silvestre Cidiana. Enhorabuena a todos y feliz 2017 trotando y brincando.

 

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Runners, by Marco

Esta tarde se celebra la Nocturna de Modúbar, una carrera preciosa en la que se contará con 2.500 participantes en las modalidades de carrera, senderismo y canicross. La he corrido en las dos ediciones pasadas y no dudé en apuntarme (tampoco es cuestión de dudar mucho porque, el mismo día en el que se abre la inscripción, las plazas se agotan a las pocas horas). Otros años he entrenado más. En esta ocasión, una molestísima alergia al cloro me ha dejado fuera de la piscina durante mucho tiempo y me ha impedido también prepararme en condiciones para la carrera, ya que casi no podía respirar. Si a eso le sumamos todos los días de lluvia que hemos sufrido (me gusta correr con calor, con frío, con nieve… pero nunca lloviendo), la cosa se ponía cada vez más difícil.

El caso es que la semana pasada, cuando iba entrenando 16 kilómetros a un ritmo lentísimo , pensé que no iba a correr. Que para hacerlo mal no merecía la pena. Que quería hacer la prueba, al menos, a menos de 5 minutos el kilómetro. Que el ácido láctico me iba a atenazar las piernas e iba a estar dolorido durante la prueba y dos días después. Todo eran excusas que me lo ponían muy fácil. Un pequeño tirón en un abductor apareció cuando ya quedaban pocos kilómetros para llegar a casa: pensé que lo tenía claro. Bajé un poco un ritmo –que ya era muy lento– y noté que podía seguir corriendo. Y, en ese momento, decidí que, por supuesto, participaría en la Nocturna. He corrido algún que otro maratón, muchos medios maratones y unas cuantas carreras más cortas y no me he retirado nunca. Y ahora no voy a abandonar antes de empezar. Si corro despacio, ya lo haré más rápido a la siguiente. Por lo tanto, esta noche me enfundaré la malla y la camiseta, me ataré unas zapatillas razonablemente nuevas, me pondré el frontal para iluminar las sombras de la noche y disfrutaré de un gran momento. Y pondré con imperdibles un dorsal que me empuje, un día más, a seguir. Porque no correr no es una opción.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr. Imagen de Marco.)

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Estampida, de Domingo Cáceres

Pues sí, voy a volver a hablar de la San Silvestre Cidiana. Lo hice ya una vez y, después de la experiencia de ayer, creo que es conveniente decir un par de cosas.

La razón fundamental por la que escribo esto es por la salida de la prueba: una nueva ubicación a la que nada hay que reprochar, pero una falta total de previsión de algo fundamental que pudo causar serios problemas. Los que llegamos pronto para encontrar un buen sitio para salir estuvimos un buen rato cobijados en un buen ambiente de carrera pero, a medida que se iba acercando la hora de la prueba, fuimos viendo que muchos corredores, en vez de ir colocándose detrás, iban ocupando el lateral de la calle, fuera de la línea recta de salida. La consecuencia es que, en el momento del inicio de la carrera, se formó un embudo en el que no había forma de salir: empujones, avasallamiento, luchas denodadas por intentar ir hacia ninguna parte. El asunto duró un buen rato y fue angustioso al pensar en qué ocurriría si alguien se tropieza y cae. Una vez más, faltó la previsión: todos sabemos que esta no es una carrera normal, que el número de participantes excede con mucho el que suele participar en este tipo de pruebas en Burgos y que algunos no están acostumbrados a saber lo que supone situarse en una línea de meta. Como eso lo sabemos todos, la organización tendría que haber previsto todo esto. Bastaba con haber puesto unas vallas para que los participantes hubiesen ido colocándose en orden para haber solucionado la papeleta.

La otra cuestión no depende de nadie más que de nosotros mismos y, por ello, creo que es batalla perdida. No puedo entender cómo una carrera que es una fiesta puede convertirse en un momento en el que se reparten empujones a diestro y siniestro, se obstaculiza a los que quieren correr muy en serio (que conste que yo no soy uno de ellos). ¿Tan difícil es pensar en cosas sencillas? Oye, que lo mío es disfrutar un rato con los amigos, vamos trotando (o andamos) porque queremos celebrar de esta manera tan estupenda el fin de año. Perfecto. Oye, que somos un grupito de jovencitos/as que casi nunca corremos y hemos quedado y nos unimos a esta tradición. Perfecto. Oye, que cojo el carrito del niño porque me hace ilusión que, desde muy pronto, disfrute de un evento tan formidable. Perfecto. Sin embargo, no es tan perfecto que, asumiendo todo lo anterior, no se tenga en cuenta a todos aquellos que quieren hacer una fiesta de su pasión, de su vicio confesable y quieren disfrutar corriendo. Quizás no haciendo marcas; por supuesto sin batir récords. Si la San Silvestre es una carrera, ¿por qué no dejar correr a los que quieren? La cosa sería tan fácil como no obstaculizar, no entorpecer, no colarse, no correr sin dorsal, no hacer de nuestra fiesta una manera de aguar la fiesta de los demás. Y dejo para el final lo que ya he comentado más arriba: la de los iluminados que no se conforman con lo que hay (les guste o no) y se dedican a encontrar su camino a base de golpes y codazos: les daba igual lo que hubiera a un lado, al otro, delante o detrás. En las primeras centenas de metros se vio de todo y pocas cosas eran bonitas. ¿De verdad disfrutar del sano y aparentemente inofensivo acto de correr, ese que practicamos muchos a lo largo de todo el año, se tiene que convertir una guerra campal?

Como no sería justo que estas líneas no fuesen ecuánimes, hay que decir bien alto y públicamente que la carrera ha ido mejorando mucho: los chips en los dorsales hacen de la llegada algo tremendamente confortable, el recorrido estaba bien pensado en sus líneas generales. Y, detrás de todo, hay un grupo de voluntarios que hacen que, pese a todo, unos miles de personas disfruten del fin de año con algo tan sano y fraternal como es el noble arte de correr.

(La imagen es de Domingo Cáceres).

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En el reciente campeonato mundial de natación de Kazán, una nadadora sobresalió sobre las demás. No es la más rápida, no es la que posee una técnica más perfecta, pero deslumbró por encima de todas y nos cautivó en las series de clasificación y en las finales de los 200, 400, 800 y 1.500 metros libres: cuatro medallas de oro a las que se suma una prueba de relevos. En las carreras de fondo, quitó la razón a Jon Urbanchek, que vaticinaba que las pruebas de 800 y 1.500 libres desaparecerían de la competición porque eran aburridas. Creo que todos los espectadores que estábamos frente al televisor disfrutamos cada largo que nadaba Ledecky, en pruebas en las que no competía contra las demás, porque les sacaba una ventaja abrumadora, sino solamente contra sí misma. Cada brazada era un portento de voluntad, de fuerza, de energía.

Tal y como afirmaba Diego Torres, el éxito de Ledecky se basa en un un el entrenamiento duro y el sentimiento de satisfacción por el trabajo bien hecho. Es una persona normal pero con una cualidad que tienen los deportistas de fondo y que los distingue de todos los demás: el gusto por la monotonía y la repetición. Cuando todo el mundo duerme, Ledecky se mete en el agua a las cinco menos cuarto de la mañana. Simplemente, le gusta sentir que es “la primera persona del mundo en despertar”.

Y puede que ese sentimiento de ser única siendo normal, de ser como todos siendo excepcional sea parte de un éxito. Pero, para mí, la auténtica maravilla reside en una de sus declaraciones tras la victoria en los 1.500 libres: le preguntaron que en qué pensaba cuando nada. Y ella contestó que piensa en mantener el ritmo y sobre todo, por encima de todo, “Me concentro en el sonido del agua”. Y eso no es solo deporte, sino una manera de vivir. No son brazadas: simplemente, es magia.

La imagen es de Raul Lieberwirth.

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Nadador

Fue en verano, aunque no recuerdo el año. Un amigo celebraba una fiesta en su casa y, en una salita, había un televisor encendido. Se celebraba un campeonato de natación (creo que un campeonato mundial, pero podía haber sido también un europeo). Con la furiosa música de la fiesta de fondo, tres personas nos quedamos embobadas disfrutando durante poquito más de quince minutos de la magnífica actuación de Vladimir Salnikov, uno de los grandes nadadores de las carreras de fondo.

Desde ese momento, emocionado, albergué una ilusión, que mantuve en secreto muchos años. Nunca fui a unas clases de natación: aprendí yo solo, a duras penas. Hasta los trece años no supe meter la cabeza en el agua para nadar. A partir de los catorce, me mataba con la razón y con mi propia incapacidad. Pero, algún año más tarde, después de ver a Vladimir Salnikov en una piscina (no sé por qué fue él, podía haber ocurrido con algún otro nadador más rápido, con alguno más famoso, con alguno más carismático), fui a la piscina. Nunca había nadado más de dos largos a crol seguidos. Ese día, hice cinco. Al día siguiente, 15. Al día siguiente, llegué a los 30. Y, al siguiente, conseguí llegar a los 40. Desde ese verano, siempre nadé –muy despacio y muy mal– todos los días durante muchos minutos, horas en algún caso.  Y, mientras tanto, en mis tardes de piscina mis ojos seguían embobados y envidiosos las brazadas de los que se desplazan en el agua con elegancia.

Han transcurrido años (muchos años) con toda esa rutina hasta que llegó un momento, bien pasados los cuarenta, en el que decidí que aspiraba a dar un paso más y hacer lo que nunca había conseguido: aprender a nadar bien. Entre azares y voluntades, me puse en contacto con un club de natación. Y, desde ese momento, meterme en una piscina cobró un nuevo significado: sigo haciendo las cosas muy mal, pero sé lo que tengo que hacer para mejorar. El agua es ahora un momento de entrenamiento ilusionante para enfrentarme con mis pocas destrezas e intentar vencer a mis miedos e incapacidades. A fin de cuentas, soy una persona mediocre en todos los sentidos del término y en todos los ámbitos, pero tengo fuerza de voluntad y capacidad de sufrimiento. Por si fuera poco, he conocido a un grupo de personas maravillosas en este club de natación (el Club Natación Tizona). Algunos son grandes campeones y con todos ellos siempre tienes algo de lo que aprender, alguna lección que apuntarte para el deporte y para la vida.

Ayer llegó otro momento importante para mí. Después de tantos años arrastrando mis ilusiones, competí en una piscina como nadador máster. Combatiendo mis miedos, no fui el peor. Y, aunque lo hubiese sido, había ganado mucho con el intento. Aunque nadé muchísima menos distancia, ayer, después de tantos años, volví a ver e imaginarme al gran Vladimir Salnikov. Nuestro equipo quedó campeón y todos los componentes conseguimos puntos para la victoria. Y, salvando todas las distancias y todos los años pasados, conseguí verlo mucho más cerca dentro de mi voluntad.

Imagen de Tsutomu Takasu.

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Flexibility

Toda mi vida (laboral) he trabajado como profesor. Lo que no todo el mundo sabe es que, por distintas y azarosas razones, mi primer empleo fue el de profesor de Educación Física. Muy lejos de pensar, como algunos compañeros de carrera me decían, que esto de dar “gimnasia” –así llamaban de forma despectiva a la asignatura– era una rebaja profesional, a mí me pareció la mejor manera de empezar a ganarme la vida.

Hoy no toca, sin embargo, hablar de todos esos beneficios, de las razones y las motivaciones (hablaré en otra ocasión de todo esto), sino de los contenidos. Uno de los aspectos básicos que había que transmitir a los alumnos era la existencia de unas cualidades físicas básicas, a las que se unían las cualidades o habilidades psicomotrices. Y viene esto a cuento por lo siguiente: a medida que pasa la vida, de las cuatro cualidades físicas básicas (la fuerza, la resistencia, la velocidad y la flexibilidad), nos empeñamos en fortalecernos y entrenarnos para las tres primeras. Nos gusta ser veloces y resistentes y fuertes. Creemos que ahí residen los pilares esenciales, en el deporte como en la vida.

He practicado deporte toda mi vida y he competido de forma intensa. Y durante años me ejercitaba para ser más fuerte, más resistente… y por ir manteniendo toda la velocidad que me permitiesen mis brazos y mis piernas. Desde hace unos meses, he empezado a compaginar el entrenamiento intenso en todas esas manifestaciones con una sesión semanal de gimnasio en la que, sin desdeñar otras cualidades físicas básicas y habilidades psicomotrices (el equilibrio, por ejemplo) la flexibilidad forma parte esencial del entrenamiento. Porque me he dado cuenta de que la flexibilidad es una de esas cualidades con las que nacemos y que vamos perdiendo, centímetro a centrímetro, hasta que no nos queda nada. Y hay que seguir luchando por ser flexible. Tanto en el deporte como en la vida.

(Imagen de Ashley Harrigan)

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Runner, de Sw Swann

Frente a otros muchos aficionados, a mí no me molesta que correr se haya puesto de moda: ahora en cualquier lugar “civilizado” te encuentras corredores hasta en la sopa. Ni siquiera me molesta que, para el noble arte de correr, se calcen unas zapatillas por encima de sus posibilidades y de sus tiempos y de sus kilos o que, antes de correr dos minutos seguidos, tengan un aparato GPS, pulsómetro, altímetro, brújula y la biblia-en-verso. No, no me molesta que corran al ritmo de una música que llevan dentro de un teléfono listísimo embutido con una funda en su brazo. No me molesta que se haya puesto de moda ni que el que empezó a correr hace dos días dé lecciones de ritmos y de isquiotibiales. No me molesta, sino que me agrada, que ahora haya mil y una carreras, solidarias y no, de montaña y de asfalto, nocturnas y por la mañanita bien temprano.

No me molestan todas estas cosas porque correr es mucho mejor que cualquier otra cosa. Porque correr enseña a perseguir objetivos a medio o largo plazo, pero nunca ofrece su golosina a la primera de cambio. Porque correr te pone en contacto con el suelo pero te invita a mirar el cielo cuando llegas a una meta. Porque, antes o después, correr provoca darle la vuelta a muchas rutinas en la vida cotidiana. Porque correr te conduce a muchos más sitios que a los que se piensa antes de comenzar.

Eso sí, hay una cosa que no soporto. Que me supera. Que me revienta. Y es que me cambien el nombre y el oficio. Y que algunos gilipollas no sean lo que tienen que ser y sean simplemente… runners.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr. Imagen Sw Swann.)

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Reservoir - Central Park NYC

El turista ha cogido un avión y se ha ido a la ciudad esperada, a la ciudad soñada. Apenas le ha dado tiempo a llegar al hotel, cambiarse de ropa y emprender una nueva aventura en un nuevo lugar. Al turista, que tiene un sentido de la orientación nulo, le encantan ciudades como esta, divididas en cuadrículas de calles y avenidas. El turista intenta refrenar el pecado tantas veces advertido, pero no lo consigue y levanta la vista. Por todas partes la verticalidad acecha. Por todas partes el brillo del sol se mitiga con las aristas. El turista creía estar preparado para todo, gracias a una nutrida avalancha de información de realidades y ficciones, pero empieza a experimentar una sensación extraña, una sensación de estar en la realidad de una ficción o en la ficción de una verdad como un templo del siglo XX, lleno de mitología conocida, cercana. Sin saber muy bien por qué, el turista va acelerando el paso por una avenida famosa y ancha. Ve cosas a su alrededor, pero no se para. El turista sigue y sigue andando, sin paradas para hacer fotos, sin miramientos para su cuerpo maltrecho de tantos kilómetros hacia arriba, hacia abajo. El turista llega a ese parque esperado y encuentra piedras conocidas, puentes más que vistos, esplendor de una hierba en la que brotan niños, paseantes, enamorados. Pero el turista quiere llegar a un punto concreto y continúa avanzando. De repente, se da cuenta de que tiene que girar un poco hacia la izquierda y subir. Y lo encuentra. El turista encuentra ese lago bordeado por esa pista de tierra que ha visto tantas veces. Y se pone a correr, cargado entre mochilas y cámaras, con un sol de justicia mortificando su paso.

Después de esa experiencia inicial, dos días después, el turista vuelve. Ahora lo hace ya de forma oficial, con el atuendo adecuado. Sale desde el hotel para hacer la carrera de su vida. El turista casi nunca corre escuchando música, pero esta vez elige sus canciones favoritas mientras sus piernas le llevan de calle en calle, realizando un recorrido mágico. Vuelve a llegar al lago y corre. Corre alrededor como si la vida se fuese a desvanecer si no lo hace. Corre como en casa, como en los sueños que se hacen realidades. A medida que sus pies se deslizan por la tierra, el turista siente un nudo en la garganta. Sabía que tendría que llegar un momento en el que la emoción aflorase, en el que todos los recuerdos se aglutinasen en un momento de realidad mágica. El turista tose, se seca los ojos y coge aire de nuevo, muy fuerte. Para seguir corriendo por todas y cada una de las ficciones.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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CrossAlpino2014SierraDemanda

Esta entrada, probablemente, la entiendan y la sientan como suya todos los que practican algún deporte y, sobre todo, los que practican uno de esos deportes solitarios y solitarios que son los deportes de fondo. Trata sobre el éxito y la superación. Y sobre ganar. Y sobre no perder. Y sobre sufrir. Y sobre poner el cuerpo y la mente al límite.

Esta mañana se ha disputado el IV Cross Alpino de la Sierra de la Demanda. A lo largo de mi vida como amante del atletismo de fondo, las he pasado canutas, tanto en los entrenamientos como, sobre todo en las competiciones, pero nunca como hoy. Corrí esta misma prueba el año pasado y, aunque es cierto el perfil era un bastante menos exigente y tenía menos kilómetros (nos tres menos), hice un tiempo razonable. Hoy acabarla me ha llevado algo así como una hora y veinte minutos más que le año anterior. He sufrido con cada una de las subidas (largas, interminables). Mis piernas se han bloqueado en cada bajada. Me he resbalado mil y una veces y, en más de una ocasión, he visto que casi me iba hacia el abismo. He metido los pies en el barro profundo, negro. Mi cabeza ha chocado de forma nada alegre contra la rama de un árbol. Lo pongo en primera persona, pero seguro que han sufrido cosas parecidas la mayor parte de los corredores. Porque esto del atletismo de fondo es solitario, sí, pero estás rodeado de gente. Personas que te dan conversación. Personas que te animan. Compañeros que te dan una palmadita en la espalda. Espectadores que mienten de forma piadosa para asegurarte que ha pasado lo más duro. Y tú intentas hacer lo mismo. Sufres como un perro pero intentas reservar también palabras de ánimo. Esbozas una sonrisa cuando podrías parecer derrotado. Y, sobre todo, sigues, sigues y sigues. Y te alegras de que todos sigan. Te alegras de que nadie se parece, de que nadie se lesione. Te juntas en grupitos temiendo los momentos en los que te encontrarás solo.

Hoy, como decía, ha sido una carrera dura. Los que no practican deportes como este podrán pensar que solo ganan los ganadores, porque lo contrario parecería una paradoja, un contrasentido. Pero no es cierto. Hoy han ganado todos aquellos que estaban dispuestos a dejarse el alma desde la línea de meta. Hoy han ganado todos los que han llegado a la meta (también, de alguna manera, los que lo han intentado pero se han tenido que retirar). Hoy ha ganado la compañera que, cuando dos corredores a su grupo con cara de sufrimiento, ha esbozado una sonrisa y ha dicho “Oye, ¿y si nos presentamos ya que vamos a estar un rato juntos? Yo me llamo Gema”. Hoy ha ganado con todos los honores el primero, faltaría más, pero lo ha hecho con todos los galones el que ha llegado el último. Ha ganado todo aquel que ha traspasado la línea de meta y, aunque unos metros antes ha pensado que no volvía hacer una locura en su puta vida, ha esbozado una sonrisa. Después de unos minutos o unas horas, ha ganado el que está pensando en la siguiente.

Porque, para ganar, no se trata de ganar. Y no, no es un tópico. Los que competimos como aficionados tenemos solo las metas que nos marcamos. Tenemos las ilusiones que se van plasmando en cada calentamiento, en cada línea de salida que traspasamos. Unas veces lo hacemos bien y estamos contentos. Y otras veces, más que contentos, estamos orgullosos. Estamos orgullosos de no haber vencido la tentación de la desidia o el abandono. Cuando todo se ha puesto en nuestra contra, estamos orgullosos de seguir más allá de lo que podía nuestro cuerpo. Y, cuando estamos en la zona de meta, vemos a todo un conjunto de cuerpos extenuados, pero de mentes valientes. Va por mí, claro. Va por todos nosotros.

(Esta entrada pertenece a la serie Historias de correr)

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Pues sí, he estado a punto de arrepentirme, pero lo voy a hacer. Voy a hablar de la San Silvestre Cidiana, la que se corre en Burgos, mi ciudad (y no precisamente para bien). Eso sí, voy a intentar ser breve.

Esta carrera, con la que muchos burgaleses quieren celebrar el año, poco a poco, va convirtiéndose en un pequeño-gran desastre. ¿Razones? Las hay exteriores e interiores.

Entre las exteriores, está nuestro querido ayuntamiento y algún que otros responsable más. Que más de siete mil personas (el número va creciendo cada año) quieran convertir las calles en un acto de celebración deportiva para despedir el año no es poca cosa. Y, como no es poca cosa, hay que poner empeño en que “la cosa” salga bien. Entre otras muchas tareas que corresponden al ayuntamiento, está la de autorizar un recorrido con una salida y una meta, claro está.

La salida nos ha ido sorprendiendo año a año con variantes. La de este año, ha sido –si cabe– todavía más desastrosa que en años anteriores. ¿A quién se le ocurre poner a correr a siete mil personas empezando en un puente? A un idiota no, porque lo entiende a la primera. El atasco, unido a otras cuestiones que comentaré más abajo, hizo que no se deshiciese un embrollo descomunal hasta pasar el vericueto de Puente de Santa María – Plaza de Vega – Calle Progreso – Calle San Pablo… hasta pasar el puente. Correr, hasta allí, era un imposible. No hablo ya de correr como un acto deportivo, sino de correr con unos principios mínimos de seguridad. ¿Cómo nos podemos alarmar de que no se abran puertas de seguridad en recintos en los que se celebran determinados eventos y podamos meter en un embudo a miles de personas? No pasa nada… hasta que alguien se caiga. Entonces empezarán las risas.

La meta es la de todos los años y el sistema de llegada es claramente insuficiente. No decimos nada porque somos buenos y nos conformamos con cualquier cosa. Pero llegar a una meta y entrar por un sistema de vallados que discurren a un ritmo muy dispar no es la mejor manera de organizar una llegada. No vamos a pedir, claro está, que se haga un cronometraje perfecto y un sistema de calificación infalible, porque no se trata de eso. Pero sí se trata de poner un poco de orden al (tremendo) caos.

Entre las exteriores (con una responsabilidad “interior” también evidente) es el sistema de carrera. Sí, estamos todos de acuerdo: no es una carrera al uso, es una fiesta deportiva. Sí, lo pillamos: es una celebración. Todos sabemos esas cosas. Pero también sabemos que una carrera es para correr. Más deprisa, más despacio… pero correr. Por lo tanto, hay que respetar al que corre. Aquí influyen varias cosas: la primera, la del grupo de “listos” que corren sin dorsal, frente a los tontos que decidimos contribuir con muy pocos euros. La segunda, la de que todo acto social requiere un respeto a las reglas. Si hablamos de un recorrido, hablamos de un tramo que va, sencillamente, desde el principio hasta el final. Cuando yo salí a correr, en la línea de salida no habría más de doscientas personas por delante. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme a seguramente más de un millar después. La costumbre de ir colándose y salir en medio del trayecto es casi esperpéntica. A todo ello se une el grupo de personas que no tienen ningún tipo de criterio. Sí, ya lo he dicho antes: no somos tontos y sabemos lo de la fiesta, etcétera. Pero es lógico pensar que el que no vaya a correr (más o menos rápido, pero a correr y no otra cosa) pueda hacerlo. En el trayecto te encuentras a tipos que corren con un perro (y, desde luego, no hacen canicross), a otros que van con un carrito de niño, a otros que van casi andando en grupo en fila de veintisiete… ¿Caben todas esas personas en una San Silvestre? Por supuesto que sí. Pero cualquiera que tenga dos dedos de frente comprenderá que todas esas personas tienen que ir por detrás de los corredores. Com decía, todo acto social tiene unas normas. Y no es precisamente edificante ni formativo el que, para correr, valga cualquier cosa. Estas circunstancias no convierten la San Silvestre en una fiesta del deporte, sino en una patochada.

Lo que no puede ocurrir es que, año tras año, nos sintamos orgullosos por algo de lo que tendríamos que avergonzarnos. Si es un acto tan importante, la San Silvestre debería contar con medios, con estrategias, con ideas nuevas. No vale con ir sumando participantes cada año, sino en ir planificando cada metro.

(Como pequeño dato curioso, diré que, casi a mi lado en la meta, estaba un individuo con zapatos, vestido de calle y con anorak , sin una dota de sudor, que tenía pinta de no haber corrido ni un solo metro…)

Y, por supuesto, que todo el mundo se lo pase bien. Que todo el mundo disfrute. Que se disfrace, que ría. Que los niños y las familias, se animen. Que sea una fiesta, pero organizada. Que sea una fiesta, pero del deporte.

Menos mal que prometí que iba a ser breve… ¡Feliz 2014!

(Imagen de BMclvr.)

 

No es cuestión de co

 

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