Por Raúl, hace 13 días

Los pintores asiáticos tienen orejas

Tukta 019 B

Los conocí el otro día. Son un grupo de artistas de Bali, Camboya, la India y Tailandia y tienen en común su gran pasión: la pintura. No se llevan ni un euro por su actividad y, como me ocurre con todos los asiáticos, yo no soy capaz de distinguir a uno de otro físicamente. Elsa, Duanpem, Jintara, Panlan o Tukta empuñan el pincel con brío y una organización sin (aparente) ánimo de lucro pone en venta cada uno de sus cuadros por unos cuatrocientos dólares. Y el catálogo de obras crece y crece sin parar. Reconozco que a mí no me gustan todas y cada una de sus creaciones, pero pienso, no obstante, que alguna es más que destacable. Me apasiona verlos pintar y seguro que a vosotros os pasará lo mismo. Nunca había visto nada igual. Y es que, amigos, es lo que tiene el arte: aquí no importan las razas, ni el color, ni la rugosidad de la piel, ni las orejas grandes o pequeñas. El talento es el talento.

Por Raúl, hace 1 mes y 2 días

Entelequia

Amor ciego

Entelequia: cosa irreal. Esa es la primera línea del nuevo mensaje de Chipirón negro. Aprovecho la circunstancia y el mensaje para comentar una cosa que me ha ocurrido esta mañana. Algunos de los alumnos que siguen mi blog me han preguntado si Chipirón negro existía de verdad. Les he dicho que sí. También les he dicho que suele comentarme, en privado, entrada por entrada. Se han puesto a especular: que si es mujer o no (han concluido que, obviamente, tenía que ser una comentarista femenina), que si me conoce o no (han concluido que sí, pero han aceptado también que puede ser una persona especialmente perceptiva de las formas de ser y los estados de ánimo de quien escribe). Me han preguntado si yo le contesto a los mensajes y les he dicho que no. Si quiero decirle algo, se lo digo aquí, en primera página. Como ella se merece. Y, entonces, Yago ha comentado algo que me ha parecido importante: «Es que si la contestas, igual desaparece para siempre». Veloz como el rayo, he apuntado esta observación: ya sabemos que los calamares sueltan tinta para huir de sus presas. Chipirón negro quizás haga lo mismo.

En cualquier caso, como si nos hubiera oído, esta tarde he recibido otro mensaje suyo con la definición que abre la entrada. Entelequia. Es una palabra bonita y una palabra con trampa. «Cosa irreal», dice la tía. Una rápida consulta al diccionario os llevará a saber que también es una «realidad plena alcanzada por algo». Yo creía que todas las palabras simples tenían un significado complicado (paz, por ejemplo) y que todas las palabras complicadas tenían un significado muy simple (a bote pronto, se me ocurre esternocleidomastoideo). Pero esta palabra es real e irreal a la vez. Esa sí que es una entelequia. Hace unas semanas, Chipirón negro me mandó un enlace a la foto que encabeza la entrada. Me decía: «¿Quién está más ciego de los dos, garbanzo negro? Uno, con la venda en los ojos, mirando al frente -es decir, a la nada-; la otra, mirando fijamente, complaciente al otro y, por eso, desdibujada. Qué vida, Garbanzo negro. Esto no lo entiendes ni tú, que te las das de listo». Conectando estas palabras con el mensaje de hoy y sabiendo que uno de nuestros temas preferidos en Verba volant es el de la ficción como realidad y la realidad como ficción, descubrimos que todo son entelequias. El amor es real e irreal, el mundo es verdadero y ficticio y la mejor manera de bucear en el sentido último de la vida es alejarse lo más posible de ella para entenderla a través del arte, que lo explica mucho mejor que los documentales de La 2 (no hablemos de los informativos: son el paradigma de la ficción en prime time).

Y Chipirón negro acaba su mensaje de hoy: «¿Emociones o pasiones? ¿Conoces tú la diferencia? Yo te demuestro horizontal y verticalmente que existen las emociones, que todos las tenemos. Seguro que tú eres de los incautos que creen en la existencia de las pasiones. Y las pasiones, Garbanzo negro, son entelequias. Como todo el mundo sabe. Menos tú, que eres tan listo».

Por mi parte, sólo tengo que decirte una cosa, Chipirón negro. Que tienes toda la razón: que las pasiones son entelequias (reales e irreales) que en la foto que encabeza la entrada chocan la realidad con la mentira (siendo la mentira verdad y verdadera la mentira). Y que todo es irreal como la vida misma. Menos tú, Chipirón negro. Y yo también tengo mi corazoncito encerrado en una urna de cristal. Para que las entelequias no lo coman en pedacitos. Y para que no lo ataquen las quimeras.

(Imagen reproducida con el permiso de Marcelo)

Por Raúl, hace 1 mes y 3 días

La creatividad y los trastornos cerebrales

Birth & Death, de Morgan Fox

¿Cómo desenravelar -y desenredar- un bolero de Ravel sobre un lienzo? ¿Alguien conoce el secreto para pintar una migraña? ¿Ayuda padecer una afasia progresiva a desarrollar la creatividad artística? ¿Qué secreto esconde la zona posterior derecha del neocórtex? ¿La demencia prototemporal es un pasaporte para la excelencia pictórica? Un artículo del NYT nos desvela la relación existente entre ciertas enfermedades cerebrales y la expresividad pictórica de quienes la padecen. La visita a esta página , la lectura detenida de las patologías degenerativas o dementes de sus creadores y la contemplación simultánea de sus obras quizá nos revele aspectos sobre los que merece la pena reflexionar. Desde una óptica un poco lejana y extrema, diré que el arte se debe juzgar como tal, sea realizado con unas facultades, con otras, con una enfermedad o trazando líneas con el dedo gordo del pie. Pero la paradoja de que una enfermedad que retrae el cerebro en muchas tareas sobredimensione la creatividad de los pacientes no deja de ser una feliz y entrañable paradoja. Me gusta eso de que las creaciones humanas salgan de nuestro hemisferio izquierdo, que utilicemos el lado sano de nuestra cabeza (también que saquemos el lado insano a pasear, en ocasiones), pero me gusta mucho mucho que haya una parte tan desconocida de nuestro yo que sea capaz de desmoronarse y erigirse a la vez. Es el colmo de la paradoja hecha arte. Por eso, quiero dejar aquí constancia de mi admiración por el cerebro de todos esos artistas a los que no tenemos que ver con pena, sino con sincera y enferma admiración.

(La obra Birth & Death es de Morgan Fox, enferma de Alzheimer)

Por Raúl, hace 1 mes y 9 días

El silencio y la muerte

El triunfo de la muerte

Ayer fue un gran día. Una visita al Museo del Prado me permitió comprobar que hay ocasiones en que los museos son museos, que hay momentos en los que estos egregios edificios no son los parques temáticos en los que las administraciones, la sociedad, los individuos queremos convertirlos. La cola de la visita gratuita auguraba malos presagios pero, una vez diluida la multitud en la inmensidad, las dos horas de plácida visita me permitieron que las obras y yo nos mirásemos frente a frente, de tú a tú. Y tener una conversación privada con los maestros de tu imaginación es un lujo por el que hay que dar las gracias. Hacía mucho que no tenía el privilegio de que Velázquez me hablase de su aire con susurros siendo yo, pobre de mí, protagonista de su propia obra; Goya me explicó el expresionismo (y el impresionismo) diciéndome de que esos movimientos no son un invento del siglo XIX (llegó a confesarme que era una leyenda urbana); Ribera, que se puede dialogar con el contraste y la oscuridad en tensión magnífica. Pero reconozco que yo, cuando voy al Prado, mantengo las conversaciones más delicadas, de esas de las que fuera de un museo sólo se toman con una caña por delante, con El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo (pinchando sobre la imagen, podréis verla en su máxima resolución) . También es cierto que, siempre que lo veo, he tenido la suerte de mirar de nuevo la muerte en silencio. Como habrá que hacerlo cuando la muy puta invada nuestro destino.

(Esta entrada reconforta, después de un día horrible de julio, que me llevó a dudar de la existencia de las obras maestras)

Por Raúl, hace 2 meses y 2 días

En torno a lo grande y a lo pequeño

Lo grande y lo pequeño

Lo que tiene la realidad es que es grande y pequeña a la vez. En un día como hoy, valdría poner como ejemplo los resultados de las campañas electorales. Pero este es un blog que deja este tipo de análisis a personas más sesudas y capacitadas, y prefiere quedarse con algo más modesto: lo grande y lo pequeño. Sin más. Y una pequeña (o gran) casualidad ha hecho que en un mismo periódico destaquen como noticias cuestiones referentes a lo grande y a lo pequeño.

Empecemos por lo minúsculo. ¿Cabe una vida en seis palabras? Eso es lo que intenta explorar Smith, una revista electrónica en la que los lectores intentan desgajar sus vidas en seis palabrejas: «Naked is colder than I remember», dice uno. ¿Queda su vida representada de ese modo? El yo, la memoria, la desnudez y el frío. No está mal. Decir que una vida cabe en seis palabras es tanto como decir que cabe todo o que no cabe nada. Depende de lo grande que sea una vida y depende de lo grandes que sean las palabras, y viceversa. Yo no colaboraré con mi aportación, porque soy muy vago y porque Monterroso me parece un timo. A bote pronto, se me ocurre «Estoy hasta los cojones de todo», pero resultaría una boutade y un reflejo de un estado de ánimo deseablemente pasajero. «Me encantan las patatas fritas tostaditas» sería una banalidad muy propia de mi espíritu superficial e intranscente. «Temo al espejo que me juzga» sería una reiteración, porque lo digo constantemente, y un plagio, porque lo dijo ya Ramón Gómez de la Serna. Ese sí que era el maestro de lo breve con sus infantiles y profundas greguerías (¿acaso infantil y profundo no son palabras sinónimas?). «El beso es hambre de inmortalidad», decía Ramón. No está mal para contar una vida. Dicen que Wittgenstein, el genio de la filosofía del lenguaje (ingeniero, y lógico, y jardinero, y maestro de escuela, y escritor analítico en plena guerra, en las trincheras, y de Oxford, y de Cambridge. Todo encerrado en seis íes), acabó su participación en este cochino mundo con estas palabras: «Mi vida ha sido muy feliz». Y estas seis pequeñas palabras son tan grandes que lo mejor va a ser que pasemos a las cosas grandes.

Raul Vincent Enriquez se va al extremo opuesto, ya que se dedica a reflejar en grande lo pequeño. Este fotógrafo y vídeo-artista se ha puesto a la tarea de retratar en una pantalla gigante en pleno Manhattan a la gente corriente, monda y lironda con el lema I in the Sky. Yo no me he paseado por Times Square en mi puñetera vida (y mira que tengo ganas), así que no me hago la idea. Con lo grande no me manejo. Me dicen que el Universo tiene quince mil millones de años y siempre pido que me lo traduzcan. Pero una pequeña vida a lo grande es lo más. Es sentirse como la china que come bombones en Los Ángeles de Blade Runner en ese hipotético 2019. Ya me veo yo invitando a la gente a darse un garbeo por los orbes galácticos entre lluvia ácida, mundos decrépitos y replicantes más humanos que los humanos (Humano, demasiado humano....).

Y como no hay cosas grandes sin ser pequeño, escojo la foto que cerrará la entrada. Con seis palabras: «Qué guapo era yo de pequeño» (o qué chulito...). «La realidad, simultáneamente grande y pequeña». En seis palabras. Pero Jesulín, ya lo sabemos, era más listo: lo lograba en dos: «Im Prezionante».

De pequeño, en San Sebastián

Por Raúl, hace 2 meses y 23 días

Óleo con tres colores y fondo de tristeza superada

Mondrian. Composición en rojo, azul y amarillo

Un día, cogí una pequeña libreta con hojas de cuadrículas grandes y, en este pequeño mundo ordenado, pensé en la tristeza: escribí alegría. Calculé mal el espacio, y sólo apareció escrito alegría. Sin pretenderlo, sin controlarlo, los trazos no fueron grafías, sino una pequeña cuadrícula amarilla en la parte inferior derecha de la página. Algo desconcertado, intenté pensar en otra sensación que revelara estados de ánimo y pensé en la desesperación. Como por arte de magia, mi mano zurda fue perdiendo afásicamente las nociones lejanas de la caligrafía y escribió paciencia. Y el resultado fue un manchón azul, en forma geométricamente perfecta. Me senté con la espalda recta, bien apoyado, concentrado en mi tarea. Sonreí con la autosuficiencia de quien se sabe dueño de su destino y pensé en el orgullo. En ese momento, mi mano se lanzó en un acto reflejo hacia el papel y, con exactitud, se dispuso a escribir dignidad. Estuve a punto de conseguir mi propósito, pero un gran cuadrado rojo quiso que se quedase en dignidad. Una amiga mía, de nombre evocador (se llamaba Amanda), se acercó y me dijo: «Estás ensamblando un Mondrian, pero sin talento: olvidas que los colores no son palabras. Y te dejas el color de los trazos negros». Con una mirada que no miraba a ningún sitio, le dije: «Amanda, ahí te equivocas de parte a parte: el negro es la ausencia de color; sólo queda en el pozo oscuro de mi recuerdo». Contemplé mi redacción apresurada y quedé satisfecho. Como le ocurría a Mondrian, he ido eliminando el color verde de mi diccionario vital. Pero descubrí que las palabras no se cortaban, sino que se prolongaban. Y que las líneas llegaban hasta ninguna parte. O hasta el infinito.

Por Raúl, hace 2 meses y 27 días

Sexo puro y duro

Chanach en el metro de Londres

Pues sí, debemos estar enfermos o tontos. Resulta que en el Metro de Londres se ha retirado de los espacios publicitarios un cartel que anuncia una exposición de Lucas Chanach «el Viejo» porque puede herir sensibilidades y susceptibilidades morales. Además de enfermos o tontos, creo que también somos unos guarros de tomo y lomo. ¿De verdad alguien se siente herido en sus débiles carnes al ver una desnudez de hace cientos de años? ¿Hay que aplicar al pie de la letra la normativa (no ofrecer anuncios con representaciones explícitas de figuras desnudas o semidesnudas) en este caso? ¿El arte tiene que estar vestido? ¿La publicidad no sugiere voluptuosidades sin enseñarlas? ¿Aparecen estas últimas en el Metro de Londres? Hace muchos años, un grupo de prohombres protestó por unos anuncios de pañales porque aparecían unos niños desnudos bailoteando. Está visto que ven lo que no vemos. ¿Algún grafitero se ofrece a pintar unos breves pantaloncitos y un top a la Venus? A mí, que soy un guarro de tomo y lomo (y, además, estoy enfermo y tonto), seguro que me excita mi sensibilidad mucho más. Viva la indecencia.

Por Raúl, hace 5 meses y 6 días

Grafitis: ¿basura o arte?

Grafitis en la ribera del Arlanzón

Los grafitis inundan nuestras paredes, nuestros bancos, nuestras papeleras... incluso nuestros monumentos. El asunto no es nuevo: nos los encontramos ya en los templos egipcios con inscripciones «esculpidas» por los romanos. Por eso, no creo que sea, como se dice, un testimonio de la decadencia de los tiempos, como no sea por aquello de la sobreabundancia. Lo que sí que es cierto es que en la actualidad están inmersos en la cultura del hip-hop, que no es precisamente la nuestra (me refiero, claro está, a los que estamos lejos del hip-hop por gustos, por incomprensión... y -glup- por edad). Los hay invasores, molestos y agresores para la vista (la escena de los disidentes de La vida de Brian castigados por los romanos a repetir la pintada mil y una veces es de antología)... Algunos analfabetos se limitan, incluso, a estampar una firma apresurada. Pero hay algunos -pocos, quizá- que deleitan la vista en lugares escondidos y que casi no molestan. Los de la foto están agazapados en las paredes de la ribera del Arlanzón, casi pegando al estadio El Plantío. Con los árboles, casi no se ven desde La Quinta. A mí me gustan.

Por cierto, hay incluso grafitis que no manchan... y la RAE ya aceptará la palabra grafiti en su vigésima tercera edición, o sea que entrarán en el reino de los cielos.

Por Raúl, hace 5 meses y 23 días

Discutiendo sobre obras maestras…

En el Louvre viendo la Gioconda...

 

¿Qué son los clásicos? ¿Qué son las obras maestras? ¿Existen o las «construimos»? ¿Las disfrutamos o las contemplamos como trofeos de caza de la humanidad devenidos en objetos de culto? Viene todo esto a una visita al Louvre este verano. El Louvre es un museo que me fascina por algunas cosas (evidentemente) pero que me espanta por otras muchas. He estado allí dentro muchas horas en mis viajes a París, que intento que sean frecuentes. Y siempre acabo fascinado y horrorizado a partes iguales. No me parece malo que un museo sea popular. Tampoco me parece demasiado horrible que se utilicen ciertas obras «fetiche» como guía para el paseante. Pero todo se convierte en estupor cuando nos damos cuenta de que nadie mira, nadie observa. ¿Alguien ha podido llegar a la Gioconda y gozarla con calma y serenidad? El visitante llega a la Gioconda, pero el cuadro no llega a él. La obsesión en el Louvre pasa por «hacer(se) una foto». Casi tengo que llegar a las manos con unos japoneses que, absolutamente enajenados, daban codazos a mi hijo (nueve años...) cuando contemplaba lo más plácidamente posible una esfinge. Todo por una foto. ¿Lo importante del arte es el arte? ¿Lo importante del arte somos nosotros-con-él? Le decía a mi hijo: «Alberto, si quieres ver la Mona Lisa, te compraré un póster»... Mirad la foto que da pie a la entrada y poned al lado vuestra propia experiencia.

El tema de los clásicos y las obras maestras es apasionante. Merece la pena invertir unas horas, que nunca serán baldías, en la lectura del libro colectivo ¿Qué es una obra maestra? (Crítica, 2002). ¿Existen las obras maestras desconocidas, como en el relato de Balzac? Y los clásicos, ¿existen los clásicos, aquellos de los que hablaba Italo Calvino y que, interpretando las sabias palabras de Dámaso Alonso, son los que «tienen algo que decir, y lo dicen todavía al corazón del hombre»? Alguna de estas cosas queda en el corazón. Pero me temo que no están en las salas más vistas del Louvre. Quizá las encontremos en los recovecos de la sala vacía de histéricos turistas, en el silencio ocioso de nuestra lectura, en la magnífica Silhouette de Kenny G, que tengo la inmensa fortuna de escuchar en estos momentos. Vayamos a los museos de paseo, enseñemos las fotos a nuestros amigos. Pero mantened el recuerdo de las obras en la memoria: es mucho más fiable que nuestro disco duro.