Por Raúl, hace 4 meses y 16 días

Primavera. Arrugas.

Margaritas

La primavera ha explotado en las impensables mangas de camisa de un Burgos demasiado áspero, demasiado frío y, este año, demasiado lluvioso.  Como todo en esta vida tiene sus inconvenientes, el polen de las gramíneas nos hace arrugar la nariz y envilece el humor vítreo de nuestros ojos hasta provocar el estornudo, la irritación. Caminamos con los ojos entornados ante un sol que nos vivifica y que nos hace daño mientras la vida explota desde los pies hasta la cabeza hasta romper en el requiebro de un cielo demasiado explícito como para creérnoslo.

El bucle de la primavera ha vuelto a cumplir remolonamente el ciclo de las estaciones para llegar hasta nuestra frente. La primavera, que es la estación del renacer, nos ha encontrado hoy con una nueva arruga ante el espejo. Hemos mirado fijamente y nos hemos dado cuenta que renacer es ir muriendo. Y, todo lo demás, pamplinas.

Por Raúl, hace 4 meses y 23 días

Viviendo deprisa por dentro

Stress

Vivimos deprisa. Tan deprisa como para hastiarnos si no mantenemos firme el pie en el acelerador. Tan rápido como para mantenernos en la nube de apresuramiento que no nos deja bajar la intensidad. Vivimos deprisa por dentro y por fuera. Hemos sido educados para la respuesta rápida, para avivar el ritmo, para ser productivos, para subir rápido. Vivimos tan deprisa como para no saber lo que es vivir de otro modo. Y, cuando nos apalancamos en esa nebulosa, llegan el estrés y la ansiedad (o la ansiedad y el estrés).

Siempre he pensado que es bueno vivir con cierta tensión. La tensión nos obliga a estar alerta, a no perder los reflejos. Nos ayuda a esquivar los golpes y nos enseña a canalizar el chute de adrenalina que necesitaremos en las situaciones salvajes de nuestra no tan civilizada vida. Quizá la clave no consista en evitar el estrés sino en aprender a vivir con él. La solución, en efecto, pasa por no conectar nuestro nervio vital con el pasado ni con el futuro. Pasa por superar los momentos del presente dosificando las dosis y aprendiendo a vivir el día a día acolchándolo con intervalos de calma.

Todavía recuerdo cuando, hace años, intentaba sentarme en semipenumbra en el suelo de mi habitación, con las piernas cruzadas e intentando pausar la respiración mientras cerraba los ojos. No conseguía dejar la mente en blanco ni un mísero minuto. Desde ese momento, me convencí de que algunas personas podían vivir con calma y otras no seríamos nunca capaces de vivir serenamente. Entre los motivos recónditos, probablemente anida un perfeccionismo más o menos insano y un autoanálisis inmisericorde.

Creo que es muy difícil vivir en el mundo actual sin estrés. Anular el estrés sería algo así como volver al mundo calmado de antaño, ese mismo mundo que perseguimos en los días de vacaciones, en los momentos de asueto. Vivir permanentemente en ese mundo no es posible en el mundo de hoy. Todo lo que nos queda es saber vivir con el aliento detrás de la nuca sabiendo que nunca será posible parar del todo, pero sabiendo que ese motor nos puede arrojar al vacío. De nosotros, de nuestro aprendizaje vital, depende que no caigamos en el precipicio.

(Es muy interesante el artículo de Inmaculada de la Fuente en El País, «Vivir en paz es posible». La imagen es de Anna Gay.)

Por Raúl, hace 5 meses y 4 días

Haciendo test para calcular nuestros años, nuestras vidas

Sombrerillo

Hoy he dedicado algo así como una hora a hacer el gamba (reconozco ser un experto). Así que he enfilado un sitio web en el que distraerme con alguna chorradilla y he recalado en éste para llegar a las siguientes conclusiones:

  • Pertenezco a ese grupo de hombres que ha ampliado, sustituido o desplazado las obsesiones propias de su sexo (excepción hecha de nuestra obsesión general y principal, en la que todos coincidimos), especialmente en el cuidado de su cuerpo.
  • Soy del club de los eternos inmaduros, que se niegan a crecer. Esta negación no es la de un espíritu joven, sino la de un puñetero crío.

Lo más divertido, ha sido ponerme a hacer test en los que no creo. He hecho uno sobre mi esperanza de vida y otro sobre mi «edad interior». Eso sí, juro que no he hecho trampa en las respuestas y he intentado todo lo sincero que se puede ser en un test. ¿Los resultados? Buenos y malos. Buenos, porque mi esperanza de vida es de 84 años, lo que indica que soy un tipo más o menos sano en sus hábitos (ya veréis lo que nos reímos mañana como se me caiga un pedrusco en la cabeza). Malos, porque tengo la edad interior de un ancianillo. El resultado del test no lo dice en clave negativo, ya que dice que en mi interior habita la sabiduría (si alguien quiere verla, que esté atenta al pedrusco. Si me da en plena cocorota, podrá ver la sabiduría en persona).

¿Conclusión? Que entre la esperanza de vida y la sabiduría de los cojones llevo vividos más años de los que tengo, por lo que me quedan menos de los que me dicen (pedrusco excluido). Y yo, preocupado.

(Imagen de J. Star.)

Por Raúl, hace 5 meses y 5 días

Vacaciones...

URB 109-1

Ya he descubierto la razón de la sequía de entradas que sufre este blog últimamente.

De la nada, nada sale.

Desde hace unos cuantos días, he parado radicalmente cualquier tipo de actividad pseudoacadémica o pseudointelectural. No sólo lo necesitaba mi cabecita, sino también mi cuerpo. El ritmo enloquecido al que estoy atado desde hace ya años me ha ido provocando el trazado de una espiral en la que, poco a poco, me iba quedando sin salidas. La cosa –es cierto– tenía sus cosas buenas. El estado frenético de  intentar llegar a todo provocaba una vorágine de ideas efervescentes unas veces y latentes otras que llegaban desde muchos puntos a la vez y que estallaban en la pantalla o en el papel de una manera u otra.

Ahora me he obligado a parar. Lo debería de haber hecho hace mucho tiempo, pero cuando uno entra en la espiral acaba resbalándose por las curvas hasta llegar a un fondo infinito. Esta parada técnica, al contrario de lo que pensaba, no ha refrescado mi cabeza, sino que la ha vaciado más de lo que estaba (que ya es decir). Al contrario de lo que pensaba, la sensación resultante no es negativa en el plazo corto de unas vacaciones cortas.

Lo que queda ahora es el miedo de lo que pasará cuando cuerpo y mente decidan el retorno. Lo del cuerpo es una asignatura que he ido abandonando por muchas razones difíciles de explicar en pocas palabras sin entrar en detalles minuciosos. El deporte ha sido para mí uno de los elementos vitales. Me sostenía por dentro y por fuera. Lo de la mente es cosa del oficio. Tendré que buscar para mi profesión el equivalente al asiento con bolitas de los taxistas, feo pero efectivo.

Mientras tanto, seguiré intentando juntar palabras, aunque los esfuerzos sean baldíos.

Por Raúl, hace 5 meses y 7 días

Sonría. Más, por favor. Más (por favor). Dios le dé a usted muchos años de alegrías

Payaso01

Que la sonrisa era beneficiosa para el estado de ánimo ya lo sabíamos. Que nos ayudaba también a fortalecer tropecientos músculos del rostro, también. Pero ahora vienen unos investigadores de la Universidad estatal de Wayne (con resultados publicados en la revista Psychological Science, según leo en Los Angeles Times) y nos dicen que, cuanto más larga (la sonrisa), más esperanza de vida tendremos. El estudio ha sido realizado utilizando imágenes de jugadores de béisbol y entre los rancios y los de sonrisa extra-XL hay ni más ni menos que siete años de diferencia.

Total, que vives más años y encima te lo pasas bien. Que le den por saco al payasete triste.

(Imagen de Oryctes.)

Por Raúl, hace 5 meses y 12 días

El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad.

ÉL.- Acabo de escribir un libro y me queda lo más difícil: tengo que buscar citas de la Biblia y de Shakespeare para encabezar cada capítulo.

ELLA.- ¿Las citas son necesarias?

ÉL.- No.

ELLA.- ¿Entonces?

ÉL.- Quiero que el libro parece bueno. Las citas son la pátina de grandeza.

ELLA.- Yo creía que lo más importante del libro era su contenido.

ÉL.- No, qué va. Eso era antes. Ahora importa que tenga una buena sobrecubierta. En la solapa tiene que poner que actualmente vives en la costa sur inglesa, que tienes mujer (si eres hombre, claro). Y dos hijos.

ELLA.- Lo que más me irrita es la cara de esas fotos. Parece que ser escritor significa ser felices. Yo os imaginaba atormentados.

ÉL.- Eso de la felicidad y el tormento depende de los euros que te adjudiquen con el porcentaje de ventas. Por eso muchos poetas tienen cara de mala leche.

ELLA.- Oye, volviendo a eso de las citas. ¿Me lo estás diciendo en serio?

ÉL.- Totalmente en serio.

ELLA.- Y, ya puestos, por qué no Cervantes.

ÉL.- Porque es español. Habrá escrito una novela cojonuda, pero lo que mola es poner a Shakespeare en inglés como si te supieras las Complete Works de carrerilla. En el caso de la Biblia, no es necesario. Como la gente no la ha leído, no vas a cascar la edición trilingüe.

ELLA.- Siempre he pensado que las citas eran algo así como la virtud de fagocitar el talento de otros.

ÉL.- ¿Y eso quién lo dijo? A mí no se me habría ocurrido. Ja, ja.

ELLA.- Pues no lo he copiado de nadie.

ÉL.- No te lo crees ni tú. Tu mejor amigo es Oscar Wilde. Que te conozco.

ELLA.- Mira, yo tengo muy mala memoria para los chistes y para las frases egregias. Siempre que escucho algo que me gusta intento retenerlo para soltarlo luego en una reunión o en una cena, pero soy incapaz.

ÉL.- Largo se hacía ya, muy largo el cuento tuyo.

ELLA.- ¿Qué?

ÉL.- Nada, son cosas de Benvolio y Shakespeare. Es que estoy haciendo prácticas. En el momento que te descuides, te soltaré que el exilio del mundo no es sino la muerte, una muerte con otro nombre.

ELLA.- Sí, eso lo dice Romeo.

ÉL.- ¡Joder que tía!

ELLA.- Oye, tienes un cerebro más abigarrado que ocho personas durmiendo en seis metros cuadrados.

ÉL.- No lo pillo.

ELLA.- Pues no te pienso revelar mis fuentes. Y, para que te enteres, el arte es la mentira que nos permite comprender la verdad.

ÉL.- ¿Y quién dijo eso?

ELLA.- Picasso, que también queda muy mono. Y también Blas. Y punto redondo.

(Hoy he pasado de poner foto en la entrada. Como diría Henry James, I'm sorry.)

Por Raúl, hace 5 meses y 16 días

Gente salada. Gente dulce

URB 083-1

ELLA.- No sabía que tenías hambre.

Él.- Me muero por comer algo.

ELLA.- Puedes comer unos trisquis.

Él.- No, no. Necesito algo dulce. Un pepito de crema.

ELLA.- Pues no creo que sea nada bueno eso, seguro que tiene aceite de palma, grasas saturadas, mierdas de esas.

ÉL.- Pues no creo que los trisquis sean mucho mejores. Lo que pasa es que, en el mundo, hay gente salada y gente dulce. Yo pertenezco a los dulces, pese a mi carácter.

ELLA.- Sí, es cierto. Yo soy más de salado. Me pirro por las mezclas de frutos secos. Como no soy dulce, siempre dejo los fragmentos de frutas escarchadas.

ÉL.- Yo, sin embargo, es lo primero que me como. Se ve que eso de lo dulce y lo salada tiene algo de genético.

ELLA.- Seguro que sí. Bueno, ¿al final no vas a comer algo?

ÉL.- No, no. No tengo tiempo. Además, es una guarrada ponerse a comer en el trabajo.

ELLA.- Pero si tienes hambre...

ÉL.- Ya sabes que yo mezclo el hambre con la gula, el vicio con las ganas de comer.

ELLA.- Creo que se podría llegar a conocer mucho a una persona por sus gustos en la comida, por sus ganas de comer y por su avidez.

ÉL.- Sí, sí. Yo también lo creo. Pero, al final, ¿qué es mejor, lo dulce o lo salado?

ELLA.- Depende.

Por Raúl, hace 5 meses y 18 días

Vidas y biografías

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Del mismo modo que me gusta saber cosas sobre la vida de escritores y artistas, no creo más allá de lo razonable en las biografías. Me resulta muy difícil pensar que un conjunto de documentos, anécdotas, dimes y diretes lleguen a explicar la interioridad de las personas. Imaginemos por un momento que alguien decidiera escribir una biografía tras nuestra muerte. ¿De qué papeles se tendría que fiar? ¿De qué hechos relatados? ¿De qué personas?

Pensaba esto hoy cuando me he encontrado con el poema «Cuando leí el libro» del gran Walt Whitman:

Cuando leí el libro, la célebre biografía,
Me dije: «¿Es ésto entonces lo que el autor llama una vida de hombre?
¿Escribirá alguien así mi vida una vez muerto yo?
Como si algún hombre conociera realmente algo de mi vida,
Cuando de hecho a menudo yo mismo pienso que poco o nada sé de mi vida
Salvo vagas nociones, débiles y difusas imágenes,
Que persigo constantemente para poder exponer aquí».

La foto que encabeza la entrada, un hueco de mi biografía.

Por Raúl, hace 5 meses y 23 días

Macho, macho man

¿Cómo nos prefieren ellas: machos, metrosexuales, alguna otra variedad?

Depende de dónde hayan nacido ellas. Lisa DeBruine y Ben Jones han realizado una investigación (la noticia, en Público) según la cual las mujeres prefieren a hombres prototípicamente «machos» en países más subdesarrollados, dejando el campo abierto a la metrosexualidad en países más desarrolladas. La cosa tiene su fundamento en nuestra disposición genética, según la cual las hembras (sean de la especie que sean; en este caso, las mujeres) buscan siempre una pareja con posibilidades para la procreación y, posteriormente, para el cuidado y protección de la familia. Así, dependiendo del contexto social en el que se habite, priman más unas cualidades masculinas que otras en la atracción que sienten por nosotros.

¿La solución para nosotros? El mimetismo estratégico, es decir, el desarrollar más unas cualidades u otras según el hábitat. Y, si somos viajeros, la metamorfosis. Aunque, ahora que lo pienso, y dado que estamos en crisis, ¿qué tengo que hacer ahora, dejarme la barba de tres días o aplicarme con fruición al depilado pectoral y a las cremitas? Qué mundo, Dios, qué mundo...

Como no podía ser de otro modo, la animación gráfico-musical tenía que ser ésta:

Por Raúl, hace 5 meses y 26 días

Diálogo sobre diálogo y más

Tired

ELLA. No sé quién dijo que lo más complicado de escribir un diálogo es que cada personaje hable de manera distinta, que se note que cada cual tenga su propia individualidad.
ÉL. Hija, hablas como una enciclopedia. En cualquier caso, debe de ser difícil. Tienes razón.
ELLA. El mismo que dijo lo de la individualidad decía que, además, la opinión del autor podía estar en un personaje, pero también podía encontrarse en la suma de las opiniones destiladas por cada uno. Algo así como el perspectivismo.
ÉL. «Opiniones destiladas», «Perspectivismo». Te ha quedado de puta madre.
ELLA. ¿Estás pasando de todo o, simplemente, intentas ser un contrapunto? Hubo otro que dijo que una de las lacras del diálogo era que el autor hiciera trampa de personaje, que sólo servía como contrapunto para construir al otro.
ÉL. «Lacras». «Contrapunto». Te vas superando.
ELLA. Me da la impresión de que me oyes pero no me escuchas. No sé la manía que tenéis los hombres de desviar la atención cuando os dicen cuatro palabras seguidas.
ÉL. Es que hablas demasiado. Así de simple.
ELLA. ¿Pero cómo quieres construir una realidad compleja en la que uno se evade? ¿Cómo quieres que un diálogo no lo sea de besugos y derive en una conversación?
ÉL. Iba a subrayar alguna expresión, pero no lo hago porque luego te enfadas. ¿No sería más fácil que me digas lo que quieres que te diga?
ELLA. Mira, ese no es un defecto del diálogo novelístico, sino del diálogo entre las personas. No quiero que me digas lo que quiero escuchar. Quiero que me digas algo que no sea una expresión que me invite a quedarme callada.
ÉL. Vale, nena. ¿Qué quieres que hagamos esta noche? ¿Alguna guarrería?
ELLA. ¿Ves? Pasas del cachondeo a la obscenidad. ¿Es un estereotipo o todos los hombres sois iguales?
ÉL. Calla, calla. Que empieza el fútbol. Y otra cosa: no sigas trabajando. Te vas a acabar poniendo enferma.

(Imagen de Camil Tulcan.)

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