— Verba volant

Archive
Contrastes

Ayer (día 3 de noviembre) abro el buzón. Como de costumbre, propaganda, pero, también, una carta de mi entidad bancaria. Me extraña ver una, ya que recibo todas las notificaciones a través de la aplicación correspondiente por internet. Sin duda, algo importante, pienso. Y, en efecto, es importante: ¡una comunicación de descubierto! ¡Mi cuenta en números rojos! Solo leer el encabezamiento, me pongo al lado de Papandreu y estoy a punto de pedir el rescate y la benevolencia de Alemania y Francia. Sudo. Me enfrento duramente a mi destino: la cárcel, sin duda; el embargo; risas y miradas de través de los vecinos: “No, si ya decía yo que no parecía trigo limpio…”; el escándalo social.

Todo este sofoco lo vivo en la zona de buzones. Subo con dificultad las escaleras. Entro en caso y me pongo a leer más despacio. El crimen es de una semana: el descubierto es del día 7 octubre y la carta está fechada el día 14. Por lo tanto, la recibo más de quince días después. Y el monto del delito asciende a… ¡0,19 euros! (Y, por cierto, la situación la había regularizado yo hacía muuuuchos días, al verlo en internet).

Ignoro lo que ha costado el inicio del proceso, pero tengo por segura una cosa: no somos más tontos porque no queremos. Y, las entidades bancarias, ocupan un lugar destacado en la escala.

Read More

“Todos queremos tener en la vida algún tipo de significado. Parece que, cuanto más lo buscamos, envejecemos más y es más difícil encontrarlo. Y algunos de nosotros buscamos en lugares equivocados. Pero si nuestras vidas no tienen sentido, ¿qué podemos dejar para las personas que nos importan? ¿Qué dejaré yo?” (Dexter, S06E03)

Quitando capas a las cebollas de la vida, te quedaste con las manos vacías y los ojos llenos de lágrimas. Preguntando, te quedaste sin respuestas y, lo peor de todo, de tanto preguntar te quedaste sin preguntas. Te quedaste privado de los quicios de los signos de interrogación y de la facilidad de atribuir los efectos a sus causas. Ahora que se hace tarde y que llegan el viento, las gota de lluvia y el frío, solo pides al cielo que tu interior no se contagie, aun más, de los fenómenos meteorológicos.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

Read More

[Dedicaré un conjunto de entradas a mi viaje a Argentina con motivo de la participación en un congreso de Retórica. Las entradas irán encabezadas por la denominación El mundo es un pañuelo en recuerdo de la divertidísima novela de David Lodge en la que satiriza el mundo intelectual que gira en torno a estos certámenes académicos. También son entradas que aparecerán bajo la etiqueta Diario de un turista, ya que seguiré narrando al estilo de mis entradas dedicadas a los viajes, en tercera persona (aunque ahora el protagonista será "el viajero" y no "el turista" y describiendo y contando hacia el interior.]

El viajero tiene en la maleta unas cuantas camisas y pantalones pero, sobre todo, un conjunto de deseos a medio hacer. Todavía no sabe discernir lo que es el equipaje de mano y la maleta que va a ser facturada, todavía no sabe los papeles que le faltan y los que le sobran, todavía no ha decidido los artilugios electrónicos que necesitará. Tiene claro que se le olvidarán muchas cosas y le sobrarán otras tantas.

Al viajero le espera su destino después de más de treinta horas de viajes en autobús, aviones y escalas. Sabe que la espera puede desesperar, pero también es consciente de que purifica los pensamientos, los abstrae, los recoge en paquetitos de proyectos de futuro. La espera proporciona observación atenta de los demás, sorprendidos en la intimidad bajo la mirada pública. El viajero es anárquico en sus planes y todavía le esperan, en el trayecto, muchas cosas por decidir antes de llegar a su destino. Es una manera de mezclar la prevención y la cautela con la improvisación y el puntito justo de aventura. Ahora mismo, sus pensamientos oscilan entre la previsión de las horas de batería del ordenador portátil hasta el saberse justo vencedor en la batalla de hacerse con el reposabrazos del avión, tenga el compañero que tenga. Y no sabe cuándo respirará otros aires, que han de ser buenos.

Read More

Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

Read More

La “constelación familiar” es una terapia creada –y sin evidencia científica comprobada– por Bert Hellinger que tiene su fundamento en elementos culturales de procedencia inconsciente y que podría considerarse una variante de algunas de las teorías del inconsciente colectivo de Carl Gustav Jung. Según este pensador alemán, muchos problemas psicológicos esconden sus razones en conflictos, hábitos y normas familiares registradas y asimiladas por un individuo y que influyen poderosa, aunque no de forma voluntaria, en su con(s)ciencia.

Más allá de los elementos en los que se basa esta teoría como terapia, me ha parecido interesante la forma de estudiar la familia desde el punto de vista de la teoría general de sistemas. Me resulta muy curioso, por ejemplo, que algunos integrantes de estas constelaciones se unen con el objetivo de reducir el sentimiento de otro de los miembros y surgen implicaciones muy interesantes como la arrogación, mediante la cual algunos miembros se apropian del derecho o de la responsabilidad de otra persona del grupo en aras de un supuesto equilibrio.

Particularmente, al margen de los beneficios terapéuticos que pueda tener comprender este funcionamiento, a mí me interesa mucho más el comprobar el daño que puede hacer, a su vez, tomar las relaciones como clanes y querer encajar con calzador a individuos procedentes de sistemas diferentes a un sistema tomado como el único válido, incluso aunque se perjudique el equilibrio mismo del clan al que se pertenece. Por ejemplo, la táctica de exclusión del sistema es contradictoria en sí misma, ya que beneficia al sistema del clan originario, pero genera, a su vez, un sistema viciado en el que algunos individuos del mismo clan pueden salir perjudicados. Lo curioso del comportamiento humano es que hay muchas personas para las que ese sistema es tan poderoso que no son capaces de individualizarse y, por lo tanto, tener la autonomía suficiente para corregir los problemas. En definitiva, creo que la asunción de ese sistema de constelaciones puede ser positivo para la permanencia del clan en cuanto tal en su forma originaria, pero no es necesariamente el mejor para los individuos que lo integran. A veces se alcanzan mayores logros con la defensa de la individualidad que con la asunción del gregarismo, sobre todo cuando este conduce a la ignorancia del otro y a la negación de los derechos de los que no pertenecen a la constelación pero interactúan con gente de su órbita.

Somos animales de costumbres y las costumbres crean culturas, pero también somos seres individualizados que debemos saber asumir muy bien los roles de nuestra actuación para ir en beneficio del progreso, para no convertir las relaciones en rebaños. Solo así brilla la humanidad de los individuos por encima de la dudosa luz de generalizaciones que, por serlo, cercenan la raíz misma que les da sentido.

(Imagen de SantiMB.)

 

 

Read More

Todavía no sé si es posible escribir dos entradas bajo un mismo título, una que trate sobre lo injusto que es el mundo y los grandes hijos de puta que lo habitan y otra que sea la brisa, el aire fresco por el que se mueve, a veces (tan pocas veces) el universo. No sé si se puede, por un lado, entrar en el desacuerdo radical en contra de la injusticia y, por el otro, entrar a valorar lo sublime y gozoso (y sí, puede que paradójico) que supone tener un bello trabajo encima de la mesa. Ignoro si es prudente, incluso, tratar de establecer una separación nítida entre los bajonazos que te pegan, que te han pegado y que te pegarán, sin duda, y los vaivenes de las pequeñas alegrías que, de vez en cuanto, se convierten en palabras. Quizás la metodología no aconseje tender desde el cero de los mismos rostros con el infinito de los ojos que miran más allá, siempre más allá, con la ilusión de pensar que la vida es mucho más que esto. Y puede ocurrir, también, que la ignorancia de saber ir más allá no llegue a solucionar nunca la dicotomía entre los indoctos que poseen todas sus seguridades y la serena y firme postura de llegar al término último a través del interrogante. No sería de extrañar que la vida  sea una entrada con dos variantes, dos vertientes anguladas de un tema que, por ser opuesto, es oportunamente igual. Y distinto. E inconmensurable. Todavía no sé si es acertado intentar partirse en dos, pero a veces es justo y necesario para demostrar que, tras los vericuetos de la injusticia, de los malos modos, de la mala baba y el rencor acumulado, quizás el tesoro más preciado sea desviar la mirada. Llegar a lo profundo. Lo que todavía nadie ha conseguido es ajustar todos estos términos para escribirlos en una entrada. Se corre el peligro, puede, de acudir al verbo violento; se puede caer, si uno no lo remedia, en lo edulcorado. Pero, a lo mejor, las cosas se mueven sobre estos dos ejes, que igual son uno, que igual son opuestos. Y lo malo de intentar escribir, así, una entrada es que uno necesita decantarse. Y prefiere, sin duda, lo segundo.

(La foto es mía y el reloj, de mis padres.)

 

Read More

Esta entrada está protegida. Para verla escribe la contraseña:


Read More

Hay señales de que los espejos desfiguraron nuestros rostros, de que nos dijeron palabras para esconder los hechos evidentes, de que las miradas al tendido cuentan con el peligro de un ojo peligroso, sesgado y acechante. Hay indicios claros de que el cielo es menos azul de lo que dicen los mapas, de que las carreteras desmenuzan el asfalto en partículas diminutas que socavan las esperanzas de un trayecto rectilíneo y uniformemente acelerado. Hay pequeñas pistas que nos dicen que de algunos laberintos no se sale indemne, ni aunque uno lleve todos los ovillos de lana, que nos insinúan que el terror permanece, también, más arriba de la hoja de la guillotina, que nos muestran la verdad puesta al sol durante tanto tiempo que se reseca en algo de textura similar a la mojama.

Hay visos de que seguimos bajo el yugo de la vigilancia exhaustiva, de que la única especie en riesgo de extinción es la única que no nos esperamos, de que alguien piensa que la única manera de perder el tiempo es comenzar siempre y cada vez desde el kilómetro cero. Hay posibilidades de que esto no sea sino una broma macabra con la que alguien se está riendo sin batir mandíbulas.

Hay señales. Con eso basta.

Read More