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El Kindle 2, de Amazon

Hace un año, publiqué una entrada titulada “¿Serán aparatejos como Kindle los sustitutos del libro?” Como estudioso de los nuevos fenómenos comunicativos -¡qué pedante suena eso, por Dios!-, sigo bastante de cerca estos asuntos desde hace años. El lector de libros electrónicos de Amazon, tiene ahora una nueva versión, llamada Kindle 2. Una auténtica preciosidad. Los puristas del papel estarán ya a punto de abordar mi página, pero creo también en la estética de la electrónica. El Kindle es bonito. El iPhone es precioso. Los Mac, la quintaesencia de la elegancia útil. Tampoco soy sospechoso de pertenecer a las sagas de los deseñosos de lo añejo. Uno es filólogo y ha tenido entre sus manos libros maravillosos, los ha palpado, los ha olido. Ha pasado por sus páginas y ha acariciado más lomos de papel que nalgas de mujer (no sé si para bien o para mal de los libros y de las mujeres). Y me he deleitado horas y horas con la lectura de esos aparatos llamados libros. Sin embargo, en esto del libro electrónico soy un echado para adelante. Desde luego, creo que a los medios de prensa escrita les quedan dos telediarios en su formato y concepción actual. Ya he dicho por ahí que antes las enciclopedías en voluminosos volúmenes engalanaban el salón y nuestros deberes escolares; luego el paso fue la enciclopedia en CD-ROM, luego en DVD… y luego la Red, la Red y la Red. Con toda la actualización, con ninguna discriminación por parte de los que no saben distinguir la información del conocimiento. Leo en El País un interesante análisis sobre los interrogantes que caen en España sobre los libros electrónicos y lo que más me preocupa es que en España el vacío sobre el libro electrónico llena todos los anaqueles de la estantería digital, por más que tengamos un lector de estos libros de cuño español: Papyre. Decía más arriba que el libro es un aparato, cosa que parecemos olvidar. Y que lo que es normal y tradicional antes era novedoso. Fue novedoso el formato en cuadernillos cortados y encuadernados, fue novedoso el papel, fueron novedosos los diversos sistemas de escritura, fue novedosa la imprenta. El objeto tradicional libro es tradicional ahora. Pese a la estima que suelo tener por todos las opiniones de José Antonio Millán, todo un experto en el tema, no estoy de acuerdo con él en la matización que hace a los libros de en el artículo citado antes. Según Millán, los libros de texto no desaparecerán porque las teorías cognitivistas dicen que se aprende mejor sobre el papel. ¿Se ha aprendido siempre en las escuelas con libros de texto? ¿Han cambiado los libros de texto? En los libros electrónicos se puede subrayar, se puede “pasar página”, se puede ampliar la letra… y se pueden llevar todos de todas las materias, más diccionarios, más atlas, más enciclopedias… en tan sólo 260 gramos. Creo que, poco a poco, cuando estos aparatos bajen de precio y el mercado español esté menos obsesionado por el posible pirateo análogo al cinemotográfico y musical, el futuro estará ahí. Y, además de los libros técnicos, la literatura gris y otras cosas, leeremos a Cervantes, a Shakespeare y a Proust en un Kindle por poco dinero, sin que esto signifique que el papel desaparezca de la faz de la tierra. ¿Por qué no?

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Alguien con quien hablar

Lo digo muchas veces, pero no me canso de repetirlo: me gustan las bibliotecas. Siento sensaciones inigualables cuando cojo un libro que ha sido cómplice de otros suspiros, desvelos y reflexiones, pero reconozco que me siento inmensamente feliz cuando me encuentro, ingenuamente, el primero de esa deseada larga lista. Cada vez que acudo a una biblioteca pública, me acerco al rincón de las novedades y me deleito con el estreno de una interesante compañía. Ayer me ocurrió esto cuando acudí a la biblioteca de mis queridos Burgostecarios (aunque sería más correcto poner un femenino colectivo, dado que son casi todo lúcidas mujeres) y me encontré el libro Alguien con quien hablar de Ángel Gabilondo. Me gusta Ángel Gabilondo porque es todo lo sesudo y ameno que se puede ser cuando profundiza en cuestiones metafísicas y es todo lo profundo y ameno que se puede ser cuando emprende las cuestiones desde una óptica muy humana (que también es metafísica). Todavía no he hecho más que pasar páginas, escoger fragmentos, en las caricias preliminares que requiere un libro de estas características. Por lo menos, ahora tengo Algo con lo que hablar. Espero que me conteste.

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mainblanche

Si me preguntáis cómo he llegado hasta el(los) tema(s) de la entrada de hoy, confieso que no podría dar cuenta de ello. Me pasa como cuando llegas a casa y no recuerdas haber cogido el coche ni tampoco una parte mínima del trayecto. He llegado a un mismo magacín en Internet (Slate), pero en dos ediciones distintas: la francesa y la estadounidense. En las dos aparecen dos artículos interesantes que tienen que ver con los hijos y los padres que paso a glosaros (a mi manera, claro). Dedicaré la entrad de hoy al primero de ellos.

Alan E. Kazdin (profesor de la Universidad de Yale), escribe un interesante artículo titulado “La lecture n’est pas élémentaire”  que trata sobre el eterno problema de incitar a nuestros tiernos infantes a la lectura. El artículo parte de presupuestos mínimos: la situación de la lectura en la escuela es tan preocupante que se trata ahora, al menos, de alcanzar unos mínimos sin los cuales es imposible comprender el mundo (si somos ambiciosos) y de comprender las materias que estudia y mejorar el acceso a determinados puestos de trabajo (si acudimos a los mínimos de los mínimos). Teniendo en cuenta que las estadísticas sobre la capacidad de leer correctamente (entendiendo lo que se lee, claro) son preocupantes, parece que no está de más incidir en las estrategias que puedan mitigar este gran problema social.

Aunque la comunicación por medio del lenguaje sea un aprendizaje natural en los seres humanos, la lectura y la escritura no lo son. Por lo tanto, el proceso de aprendizaje de ambos es más dificultoso que la comunicación oral. Leer no es sino un conjunto de capacidades espefícicas que se unifican en el acto global de la lectura. Por consiguiente, el conocimiento de todos esos componentes específicos va a aportarnos unas vías de solución más eficaces al problema. Estos componentes son: el vocabulario (conocer el sentido del mayor número de palabras), la comprensión (establecer vínculos entre la experiencia humana y lo que aparece en la página escrita), la conciencia fonológica (identificar y manipular las unidades del lenguaje oral como palabras, sílabas, juegos de sonidos, rimas); la descodificación (poder descomponer las palabras para encontrar los fonemas constituyentes y para reconocer las palabras que nunca se habían visto antes), y la soltura para leer de manera rápida, precisa y con la entonación adecuada.

¿El mecanismo para alcanzar todo esto? Para Kazdin, el juego y la implicación de la lectura con la vida cotidiana. Todas las competencias específicas básicas que pueda ir adquiriendo el niño desde que es un bebé son una responsabilidad que debe iniciarse en el seno familiar para luego desarrollarse y complementarse en la escuela. 

Leer a los niños en voz alta desde que son pequeños, dejar que los niños tengan libros al alcance de sus manos, vincular la lectura a una rutina que se repita a determinadas horas del día, escoger lecturas interesantes y dejar al niño poder escoger los libros que se van a leer, jugar con los sonidos y las rimas, cantar y jugar con palabras y frases inventadas…

Con el tiempo, la escritura será una aliada de la lectura. El error (ese mágico y despreciado don humano) le hará comprender las letras y los fonemas de cada palabra. Aunque el niño ya lea en el cole, los padres debemos seguir acompañándole en sus lecturas y tendremos que ser cómplices también de ejercicios de escritura divertidos. Podemos también hacerles partícipes de lo que estamos leyendo nosotros. Incitemos a nuestro hijo a seguir la lectura de una serie de libros o de tebeos con un mismo personaje o tema para que él mismo sea partícipe de su proceso de lectura y haremos de la lectura de nuestros hijos un proyecto a largo plazo.

¡Los diccionarios! ¿Cómo vamos a inculcar la necesidad de utilizarlos si los niños no nos ven hacerlo a nosotros? Tengamos siempre uno a mano y molestémonos en consultar con él los significados sobre los que recaiga alguna duda. Un poco más allá, podemos enzarzarnos con nuestros hijos en juegos en los que el diccionario sea protagonista de nuevas experiencias que vayan más allá de la lectura monda y lironda. Y, más allá todavía, juguemos con las palabras mismas, con sus sonidos, con sus rimas, con sus raíces… No hagamos de la lectura una lección (entre otras cosas, porque nosotros ni sabemos de eso ni es nuestra función), sino un momento de intimidad con las palabras y las páginas escritas.

Regularidad más que ritmo acelarado lleno de frenadas que nos hagan desbarrar. Búsqueda de momentos apacibles y divertidos… Incidencia en la lectura en una lectura en voz alta habitual y amena, incidencia en la pronunciación para que los niños relacionen adecuadamente los sonidos.

Le lectura, qué duda cabe, es una de nuestras asignaturas más difíciles. Como padres y como seres humanos. Pero tiene una metas tan útiles, tan gratas y tan placenteras que merece la pena hacer un esfuerzo… siempre que sea un esfuerzo divertido y metódico. Muchas veces nos quejamos como padres de cosas de las que tendríamos que haber sido protagonistas. Cuando llega el momento de las quejas, quizá deberíamos volver la vista atrás, no vaya a ser que nos hayamos dejado alguna tarea pendiente…

(Imagen de Mainblanche)

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Blood Nose, de Steve Kay

A vuelto la moda de la sangre (si es que alguna vez había dejado de estar presente). La sangre es un símbolo de muchas cosas pero, por encima de todas, es imagen pura y nítida de la vida, por serlo también de la muerte. El personaje que mejor encarna este imaginario de la sangre es el vampiro, un no-muerto que vive a perpetuidad si no hay estaca a mano que lo remedie. El relato vampírico suele estar lleno de elementos mesiánicos y sexuales entremezclados con el anhelo de trascendencia y ha estado presente desde hace siglos en muchas culturas. Tuvo su investidura en la categoría de mito cultural con el Drácula de Bram Stoker (nunca hubo una novela más moderna, con todos los adelantos de la época mezclados con la atávica sociedad anclada en el Medievo), aunque existen magníficos precedentes, que pueden deleitarnos en la magnífica antología que Círculo de Lectores editó hace ya unos años. La literatura y el cine, desde muy pronto, siguieron el reguero de esta sangre maldita con mayor o menor fortuna, pero también con mayor o menor distorsión del mito original. La deformación ha llegado hasta tal punto que casi todos creemos saber muchas cosas sobre el Drácula auténtico (el Drácula “auténtico” que conocemos, no Vlad Tepes, el Drácula auténtico, héroe nacional por su lucha contra la invasión otomana: un buen ejemplo de que a veces es más auténtica la ficción que la realidad) pero siempre descubrimos ángulos originales si volvemos al noble valaco de Stoker.

Me gustan los vampiros, aunque nunca haya sido mucho del género del terror por el terror, del mismo modo que me ha gustado 007, aunque no me suelen gustar esas películas de acción que agitan demasiado el Martini en los cócteles del efecto especial. Y he seguido los relatos de vampiros con interés, aunque no con exceso de preitesía. Lo he seguido desde las grandes obras maestras hasta obras menores y he encontrado cosas interesantes incluso en éstas últimas. Me seduce, por ejemplo, la ducha sangrienta del inicio de la saga de Blade, aunque no creo que aporte mucho más al género. He leído algunas cosas de Anne Rice y viendo algunas secuencias de la película Entrevista con el vampiro sentí que podía haber sido una obra maestra, aunque le faltó un poco. Me gustó ver de lejos la crueldad de la condesa húngara Erzsébet Bathory leyendo la biografía novelada (Ella, Drácula) de Javier García Sánchez.

Aunque no me gusta seguir el hilo de las modas, confieso haber descubierto hace pocos meses la tetralogía vampírica de Stephenie Meyer. Cuando escucho o leo la expresión “fenómeno literario” me echo a temblar, porque creo que los mayores fenómenos literarios son Cervantes, Shakespeare o Proust, por citar tres evidencias, que suelen calificarse de otras maneras más alejadas de las técnicas de mercado. No obstante, empecé Crepúsculo y su lectura me resultó entretenida, siempre que uno tenga sus neuronas adormiladas en tardes de diciembre. Ahora estoy con Luna nueva, y creo que hasta aquí hemos llegado. Este “fenómeno”, que ahora es mayor porque lo vemos en las pantallas de cine, es bastante representativo de lo que es la cultura mediática contemporánea. Los vampiros protagonistas de Meyer son vegetarianos. Y buenos. Y castos. Es decir, el sinónimo de lo poco atrayente de un vampiro y lo más lejano a su quintaesencia para aproximarse de forma ñoña al arquetipo (de la misma forma que, según escuché ayer en una radio escolar de nuestra ciudad, una profesora corregía a una niña de infantil por decir que el cazador mató al lobo en el cuento: parece que es mejor educar a los niños con la mentira que con la verdad, aunque sea cruel). A mí me gusta más lo vampíricamente correcto que el desvío pacato de los pilares de la maldad y sus vicisitudes.

Sin embargo, tenemos otro acercamiento al mundo del vampiro que guarda ciertos paralelismos con una “dulcificación” del vampiro pero que no lo eximen de su pasado glorioso. True Blood es una serie de televisión ambientada en el ambiente sureño estadounidense y esa “sangre verdadera” no es sino la imagen de marca de una sangre falsa (sintética, fabricada en Japón) y diferenciada en grupos sanguíneos que se sirve en los bares a temperatura ambiente (37 grados centígrados, claro está). El sur profundo de Bon Temps ya no lo es tanto de su pasado esclavista como de su presente anclado en el mismo pasado de siempre: el de las convenciones, los noches en el porche, la tartita de la abuela, los conocidos del pueblo siempre (al que no ha llegado todavía Starbucks) y la discriminación racial, ahora centrada en los no-muertos. Pero en True Blood vemos la autenticidad de las historias de vampiros de siempre: la autenticidad de la sangre, de la tensión, de la intriga, de la perversión, del sexo y de la violencia que emanan por encima de esos convencionalismos y se sublevan en ellos. Me gusta ver el poder de seducción de los vampiros y, llegado ya al ecuador de la serie, se me están poniendo los dientes largos.

Los vampiros han resucitado. ¡Vivan los vampiros!

(Imagen de Steve Kay)

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 Libros

Radio Nacional ha realizado un conjunto de programas radiofónicos (que también se pueden escuchar en línea) en los que se realiza una interesante visión de la lectura a partir de 80 libros. Por otro lado, cien escritores en español escogen los libros que han cambiado su vida (aquí la lista completa; por cierto, con errores muy graves de transcripción). El verano es la estación del año de la playa y de la sombrilla, de la piscina y de las gafas de sol, de la radio y del apartamento en la costa. De la horchata, del helado de combinaciones imposibles (y no me refiero a esto) y del granizado de limón. Pondría que del café con hielo, pero soy de una rara estirpe de elegidos que odia el café (sí, también su olor) y que prolonga su infancia a base de Cola Cao. El verano también es, una vez más, el tiempo de la música escuchada con más reposo y más hondura… y de la lectura. En la sombrilla, en el solaz del apartamento, con una horchata a mano. El verano es -también- la estación mágica que nos acerca a la ficción. A la vida.

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Wordle K

Decíamos que las palabras forman nubes. La lectura es nuestra manera de acumular palabras y experiencias en esas nubes que, henchidas de términos, acaban por pesar tanto en nuestra cabeza como para que un día decidamos que se derramen por nuestras manos hacia la pluma, hacia el lápiz o hacia el teclado. Se transforman, entonces, en formaciones nebulosas dirigidas hacia el papel o hacia la pantalla. Surgidas de nuestro universo, de nuestros miedos, de nuestras alegrías, de nuestras emociones. Con todos los defectos y virtudes de haberlas bebido, deglutido y expulsado. Con el inmenso placer -teñido de vergüenza- de que sean compartidas con otros. Con la ilusión de pulsar la a, la m, la o y la r y que alguien adivine que hablamos de sentimientos y con la intención e pulsar la o, la d, la i y la o y que alguien piense que hablamos desde la frustración y del rencor. Con la ingenuidad de que las crean nuestras y exclusivas, o con la excesiva condescendencia de pensar que son prestadas y totalmente ajenas. Recibimos las palabras para ordenarlas en un nuevo caos. Contamos las mismas historias de siempre con nuevos medios para convertir los mismos argumentos en la piel de nuestro relato. Con la impotencia de no ser Shakespeare y con la altivez de pensar que somos diferentes. Con la debida cautela y el factor de protección necesario y con la temeridad de estar demasiado expuestos al sol, que cuartea el cutis de nuestras frases. Contamos las historias de nuestra soledad para no sentirnos solos. Y contamos las historias de nuestra felicidad para crear ficciones. La ficción de que los demás crean que somos felices.

(La imagen procede de la libertad que me he tomado de hacer con Wordle la nube de palabras del Sr. K, ejemplo de cómo se escriben historias)

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 El infierno, por Marina Núñez

Decía el otro día Arturo Pérez-Reverte que, a diferencia de otros (como Javier Marías, al que puso de ejemplo), él no quiere ser el autor de las lecturas que le apasionan: el prefiere ser el personaje. Tanto en el cine como en la literatura, esta es la auténtica visión, la visión del niño que quiere mimetizarse con sus personajes favoritos, meterse en el centro de la historia y que la vida suspenda sus tediosos vaivenes por la tensión narrativa de la auténtica aventura. Quizá la diferencia entre el adulto y el niño sea que el primero prefiere dirigir, manipular, administrar, mientras que el segundo quiere vivir, desarrollarse, expandirse. A mí me gusta la postura del niño. Por aquello de la ficción, pero también por aquello de la inmadura madurez y la responsable irresponsabilidad. Me gustan las historias y la imaginación. Y ser un personaje de una historia en la que la densidad vital sea tan grande que no haya promedio certero entre la rentabilidad, la equidistancia y la aburrida monserga del vivir pausado. Vivir gracias a la vida de las historias y no vivir gracias a la historia de la vida. Es una ficción, lo sé. Es una fruslería ñoña, lo reconozco. Pero si no sientes así la vida corres un peligro. Que la vida te atrape a ti, te apriete con fuerza entre sus manos y seas, tú mismo, una ficción. Como en Tron. Como en El show de Truman. Prefiero ser la estrofa triste de una vieja canción de amor.

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Seeds

Nuestras vidas son los ríos narrados que van a dar al mar, que es contar nuestro sentido al final. O, lo que es lo mismo, nuestra vida es la vida única e irrepetible del argumento ya contado. Lo decía Borges en el cuento titulado “Los cuatro ciclos”: “Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.” A nosotros, los que habíamos nacido en el siglo del cine, parecía aguardarnos la esperanza de que fuera distinto, pero es lo mismo. Siempre lo mismo. Jordí Balló y Xavier Pérez escribieron La semilla inmortal, en la que devolvían a nuestros corazones toda la historia del cine y, por lo tanto, toda nuestra historia, amarrada a un número muy reducido de argumentos que eran modernos porque son clásicos. Siempre hemos buscado tesoros; hemos tenido un hogar (interno o externo) al que intentar retornar; nos hemos esforzado por crear nuevas patrias o impelidos a extendernos por nuevos territorios. Y nos hemos topado tanto con benefactores desconocidos como con malignos destructores, que nos han tentado y con los que -a veces- hemos pactado. Hemos buscado la venganza templada o sedienta de humores sanguíneos con tanta fuerza como la que hemos derrochado buscando en el amor la sensación prohibida, el sentimiento que nos redime o la seducción incansable. Ebrios de poder, intentamos desdoblarnos en múltiples seres, pero también conocernos a nosotros mismos. En el camino, hemos intentado crear vidas desde la humanidad o desde el artificio. Y lo mismo nos da por escalar hacia el cielo que nos empecinamos en descender a los nuestros infiernos.

Mira que lo decía Platón en un bello pasaje del Fedro, del que Balló y Pérez extraen el título de su libro: “se plantan y se siembran en ella [en el alma] discursos unidos al conocimiento; discursos capaces de defenderse a sí mismos y a su sembrador, que no son estériles, sino que tienen una simiente de la que en otros caracteres germinan otros discursos capaces de transmitir siempre esa semilla de un modo inmortal, haciendo feliz a su poseedor en el más alto grado que le es posible al hombre.” (Platón, Fedro, 276e-277a). Algunos científicos se enorgullecen de haber logrado que germine una semilla de palmera de hace 2.000 años. Pobres incautos. No saben que esa semilla, como nuestras vidas, germinó en el momento de ser contada. Del brote, de los frutos, todavía no sabemos nada. Somos una historia ya contada. Pero hay una pequeña pega: al final, no sabemos cómo va acabar.

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Tablarasa

Voy a cometer el pecado de ser poco original y escribir la entrada que no debería en el día que no quiero escribirla, pero mi cerebro es tan asquerosamente cuadriculado que no es capaz de resistir este acto de deliberada decisión o deliberación decisiva (sin poder resistir, además, a la tentación de acabar esta serie de Verba volant con el número perfecto). Menos mal que voy a intentar escribirla en toda su anarquía, desorden y desenfreno. Tal y como salga de mi cabecita enferma.

Una de las anécdotas. Mi hijo, con diez años, no tendrá mañana su libro de regalo por una sencilla razón: no se lo ha merecido. Y no ha sido un castigo, sino una privación por protestar, criticar, encabritarse y un sinfín de cosas más que suceden en una librería, en el acto de la elección, y en voz baja. La lectura es un privilegio y él no contará con él mañana. A él le preocupa y a mí no, porque tendrá siempre un libro cuando quiera. Afortunadamente, los libros que quiera. Cuando se lo merezca.

Otras anécdotas, revestidas de homenaje, dedicadas a mi paso por las bibliotecas. El blog de Burgotecarios es la máxima expresión de que la biblioteca es un sitio de encuentro, sano e incluso divertido. Y muy limpio por fuera y por dentro. También es cierto que, como en todos los sitios públicos, el polvo se entremete por los rincones, los lomos y las estanterías y el aire se vicia, pero las bibliotecas me han proporcionado muchas horas de tranquilidad, serenidad y sabiduría. Voy a poner tres ejemplos. Uno, la primera vez que pisé la biblioteca de la Facultad de Teología. A los dieciocho años, y con algún enchufe que otro, un bibliotecario reticente me dejó completamente solo en una sala que frecuenté durante semanas y semanas. Al principio, por investigar. Al final, por vicio. El vicio de navegar por historias, libros y vericuetos que me han llevado a tener este conocimiento disperso, raro y de una deficiencia endiablada que me ha conducido a querer saber todo y no abarcar nada de nada. Otro, la biblioteca de lo que era el Departamento Filología en la Universidad de Valladolid, ahora trasladada a otros parajes para mí ignotos. Tuve la suerte de obtener una beca con la que obtener un poco de dinerillo a cambio de trabajar en el Departamento unas horitas (Pedro, compañero, amigo, bloguero insigne, ya estaba por allí), pero el sueldecillo lo tenía que haber pagado yo: una llave a mi disposición y mediodías y mediodías encerrado solo entre libros que mejoraron mucho lo que yo debería de haber sabido. Y el último, la biblioteca del Centro Georges Pompidou de París. Otra beca, en este caso de una entidad de ahorro, me dio la posibilidad de realizar una estancia bastante detenida en París para realizar mi tesis doctoral: las horas que pasé en esa modernísima biblioteca, que difería tanto de las que disponíamos entonces a nuestro alcance en Burgos, los fondos especializados y el descubrimiento del francés como extensa lengua literaria me llevaron a vericuetos sin los cuales no sería lo que soy. Esta biblioteca me proporcionó anécdotas como la de La chica del Pompidou (algunos comentarios se me han hecho en privado sobre esta entrada: los escribiré en la continuación que desde ahora he prometido).

La coda, irá dedicada a lo obvio, a los libros. Y a mi relación con Cervantes, y a mi relación con Shakespeare, murieran en la fecha o en el día que murieran ambos, con un calendario u otro, y a mi relación con Proust. Si tuviese que sacrificar mis lecturas a tres autores, elegiría a Cervantes, Shakespeare y Proust sin dudarlo ni un segundo. No voy a cometer la osadía de hablar de ellos, sino de mi relación con ellos. A Proust lo empecé a degustar tarde, con veinte años. Lo empecé a leer en la traducción española, pero me regalaron todos los tomos de En busca del tiempo perdido en francés y quedé seducido para siempre por su estilo. Con Cervantes tuve problemas: una equivocada y temprana elección del Quijote a los doce años acabó en fracaso, pero la edición de Martín de Riquer, a los dieciséis, me permitió descubrir al maestro de lo simple en lo simple, de lo complicado en lo sencillo. Cervantes, además, me atrapó para siempre en una de sus obsesiones, que ya son mías: las fronteras inexistentes entre la realidad y la ficción. Shakespeare fue una maravilla temprana: la inconsciencia me arrastró a leer algunas de sus obras a los catorce años y ya no he parado desde entonces. Hamlet ha pasado por mis manos, mis ojos y mis sueños en todas las etapas de mi vida lectora. Siempre disfruto, siempre aprendo, siempre me arrodillo.

Y sólo nos queda el silencio. ¡Qué deliberado acopio de palabras malgastadas tiene esta entrada! Lo mejor, las páginas que nos quedan por leer, los libros que quedan por escribir, por descubrir. Y el sueño de poder conseguir decir las cosas mejores con las palabras más bellas. ¡Quién tuviera ese don, ese privilegio!

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Cartel roto

Traducir es una de esas labores envidiables y necesarias a la par que mentirosas. Damos por supuesto que hemos leído un libro, una película, aunque hayamos recorrido el sendero de la ficción gracias a un sherpa, un sufrido y abnegado compañero de travesía que nunca suele salir en la foto y que pocas veces llega a clavar la banderita que atestigua que hemos llegado a la cima. La traducción es una de esas imposibilidades que han de materializarse para que nuestros viajes por la ficción alcancen mayor recorrido, gracias a la dulce alquimia de una tarea condenada al fracaso.

María Reimóndez es una de esos sherpas de palabras y de textos. Pero, harta quizá de que los autores se lleven todos los méritos, de que salgan en la foto guapos, retocados, rutilantes, ha decidido romper la barrera de lo que tiene que ser su abnegado oficio. Al traducir al gallego El curioso incidente del perro a medianoche, originalísima novela de Mark Haddon, Reimóndez rompe las reglas de juego honesto de la traducción para volcar sus obsesiones e ideas -en las que hoy no nos vamos a meter- sobre la discriminación sexual, esa cosa que los ignorantes confunden con el “género”. Amparándose en la ambigüedad genérica del inglés, la traductora opta sibilinamente por lo que ella quiere, opina o prefiere (mientras, el autor, consultado por la editorial, piensa que Raimóndez no tiene razón). Si me pongo a pensar en un experto en biología marina traduciendo Moby Dick o en un entomólogo que trasladase del alemán a nuestra lengua La metamorfosis, me pongo a temblar. Un trabajador social sería un paseante difícil por los Tiempos difíciles de Dickens y un parroquiano con prejuicios tendría solamente dos opciones ante Henry Miller: rendirse o mentir.

Me permito la osadía de introducir un hipertecnicismo utilizado en el ámbito de la teoría de la traducción, lo que se denomina invariante traductológica, para dejar más claro (o más oscuro) el asunto: si alguien se encarga de traducir un manual de instrucciones de una televisión del inglés al español, la regla básica consistiría en que todas las operaciones indicadas en el manual original pudiesen ser ejecutadas con idéntica o mayor facilidad leídas en el idioma de destino (algo, por desgracia, bastante poco frecuente…). Un traductor podría corregir, cambiar, optar. Pero la traducción debería de ser una manipulación silente. Todo lo demás son mapas trucados que impiden a los lectores llegar a su destino para perderse en el mapa conceptual de quien venía a servirnos y no a ser servido.

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