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Cine

Cartel Atroz

Todos los que me conocen saben que me gusta mucho hacer el oso. Pero no todos saben que ahora tengo motivos más que suficientes para decirlo de manera mucho más ajustada a la verdad. Hace ya un tiempo, mi amigo Fran Álvarez me pidió una colaboración que a mí me pareció un regalo: sobre una idea de Celia Arroyo, Fran había escrito unas páginas de un guión y él quería que yo, de alguna manera, le diese “proporciones” al oso, el protagonista de la historia. La idea era tan divertida y estaba tan bien planteada desde un principio que para mí fue un auténtico placer sentarme por las noches en la cama con el portátil en las rodillas (es una costumbre que adquirí entonces y que mantengo todavía para los momentos de inspiración), escuchar los compases del viento tras la ventana y ponerme en la piel de un oso que se niega a ser un juguete.

Este proyecto ha supuesto para mí muchas cosas. Una, la de plantear el desarrollo de una historia para ser vista y escuchada, acostumbrado como estaba a planear mis historias para ser leídas. Otra, la de trabajar como pieza de un gran conjunto, habituado como estaba a ser el responsable único de mis dislates. Estas dos cuestiones me han enriquecido tremendamente y me han enseñado todavía más vericuetos del complejo acto de escribir ficciones.

He empezado esta entrada desde el ámbito de lo personal para que conozcáis las circunstancias, pero quiero dejar bien claro que este proyecto tiene otros protagonistas de mucho más relieve. Dafne Cinema es una asociación cinematográfica que cuenta con un nutrido currículum de realizaciones dignísimas de consideración. Muchas de pequeño formato, pero todas ellas grandes. Y ha sido capaz de convertir esta historia de un oso en Atroz, un corto ambientado en la España de los años 50 en la que un oso de peluche nos cuenta sus vivencias desde dentro. La producción está cuidada hasta en el más mínimo detalle (es una caracterísitica “marca de la casa” de los proyectos en los que anda metido Francisco Álvarez, el director de Atroz) y hay muchas cosas dignas de reseñar en este trabajo. No las voy a contar, porque no quiero destripar las entrañas del oso y del argumento, así que es mejor que os animéis y acudáis al estreno del cortometraje. Tendrá lugar en el Centro Cultural de Caja de Burgos de la avenida de Cantabria el sábado, 4 de abril a las 20,30. El estreno tendrá muchos puntos divertidos, como la llegada de los actores y los técnicos en automóviles clásicos populares al lugar de la proyección a las 20,00. Espero que no me maten por desvelarlo, pero el oso tiene ya diseñado el vestuario que lucirá para la ocasión.

Atroz es una historia para niños y para mayores. La visión de pequeños y grandes, seguramente, completará el sentido de una historia que nació hace unos años para brotar ahora, en la primavera de 2009. ¡Ah, casi se me olvida! Laura Sánchez está genial en el papel de Luna. Y otra cosa: después de ver el corto, descubriréis que ser un oso de peluche no es ninguna broma.

Os dejo el teaser, para que vayáis abriendo boca. Os espero el sábado. ¡No faltéis!

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bertayluis

Aunque el título de esta entrada podía haber pertenecido a mi serie de Fragmentos para una teoría del caos, Berta y Luis no son míos (desgraciadamente), sino que pertenecen a una extraordinaria idea que podría englobarse en unos “Fragmentos para una teoría del Cosmos”. Acabo de ver el corto Berta y Luis, de David Castro González y he pasado cerca de una hora disfrutando de los quince minutos de la obra y los entretenidos extras con lo que está acompañado el DVD. Me ha sorprendido porque es divertido, es imaginativo, está magníficamente contado (y rodado) y muestra un talento multidisciplinar y desbordante. Cuando pienso en la cantidad de películas basura que desgastan nuestros minutos de vida en la televisión, me lamento doblemente por el hecho de que los grandes creadores de ideas no tengan una presencia más digna en los medios de comunicación. El cine grande, aunque sea en pequeño minutaje, merecería que muchísimas más personas lo disfrutaran. El cine, como visión de la realidad más real que la propia realidad, ocupa un hueco insustituible en mi formación, mi deformación y mi devoción. Me gusta intercalarme como espectador (con una intromsión en el mundo del guión que contaré próximamente) en las historias que cuentan que cuentan bien y de un modo distinto al que estamos acostumbrados. Por cierto, no se busque aquí un trabajo “de autor” en el sentido peyorativo del término. Para ser “autor”, basta con tener una buena concepción del mundo y unos buenos rudimentos técnicos, y no es preciso tener que pasearla con alardes complicados y a paso majestuoso. Berta y Luis son dos tipos que se encuentran (en muchos sentidos) y nosotros nos sentimos un poco más felices encontrándonos con ellos. Os invito a encontraros con ellos. Serán los 7 euros mejor gastados desde hace mucho tiempo. Os lo aseguro.

Hasta ahora, sólo conocía a David Castro en una esfera relacionada pero ajena a ésta. Ójala sea Berta y Luis el principio de una gran amistad.

Os dejo aquí el tráiler de Youtube, pero no os conforméis con él. Conseguid la historia completa.

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roy

Los pecados se cuentan por veces. Todavía recuerdo las mañanas de misa y confesión semanales en el colegio de La Merced de los jesuitas. No es una leyenda urbana el que muchos de nosotros acaparáramos la fila del padre Hernando, que era más bien sordo, comprensivo con nuestros pecados adolescentes y benévolo en la penitencia. Cuando nos tocaba otro, cuyo nombre omitiré, la pregunta machacona e insistente era: “¿Cuántas veces?”. Desde entonces, he venido siempre en relacionar el número y el pecado, a veces sin ton ni son. Y uno de mis pecados confesables es el cine (ahora ampliado por el maravilloso mundo de las buenas series televisivas). No me contento con ver cine, sino que tengo la sana -y quizá, sin embargo, pecaminosa- de ver las películas que adoro una vez y otra. La palma se la lleva la que, para mi humilde criterio, es la mejor de todas: Encadenados, de Alfred Hitchcock, que mis ojos han visitado más de cincuenta veces. O Historias de Filadelfia, de Cukor, que ha llegado a mis retinas más de cuarenta. Son un pecador de películas, un pecador de ficciones, un pecador convulso e irredento de pecados a miles.

Dentro de poco, comenzaré una vez más una de las más maravillosas aventuras por las que puede pasar un cinéfilo. Blade Runner rebasará la frontera de las treinta visitas (bien es cierto que en sus diferentes versiones, matizadas a lo largo de los años). Realizaré el viaje en excelente compañía y con un buen propósito. Me acompañarán en este nuevo intento cuarenta extraordinarios alumnos que comprobarán lo difícil que es saber lo que nos hace humanos sin que haya algún hijo de puta que, confundiéndonos con un replicante, intente “retirarnos”. Toda una lección para los que se creen dioses (de la biomecánica, o de lo que sea). Toda una lección para los cazadores que alguna vez son cazados. Toda una lección para las víctimas más perfectas, con sentimientos más humanos que los humanos. Conoceré a alguien que ha visto brillar rayos-C más allá de la Puerta de Tannhäusser, naves más allá de Orión. Alguien que sabe que nuestras lágrimas desaparecerán con la lluvia. La caza empieza y a vida será -una vez más- más oscuramente hermosa gracias a unos fotogramas. Y seguiré pecando. Lo juro.

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Blood Nose, de Steve Kay

A vuelto la moda de la sangre (si es que alguna vez había dejado de estar presente). La sangre es un símbolo de muchas cosas pero, por encima de todas, es imagen pura y nítida de la vida, por serlo también de la muerte. El personaje que mejor encarna este imaginario de la sangre es el vampiro, un no-muerto que vive a perpetuidad si no hay estaca a mano que lo remedie. El relato vampírico suele estar lleno de elementos mesiánicos y sexuales entremezclados con el anhelo de trascendencia y ha estado presente desde hace siglos en muchas culturas. Tuvo su investidura en la categoría de mito cultural con el Drácula de Bram Stoker (nunca hubo una novela más moderna, con todos los adelantos de la época mezclados con la atávica sociedad anclada en el Medievo), aunque existen magníficos precedentes, que pueden deleitarnos en la magnífica antología que Círculo de Lectores editó hace ya unos años. La literatura y el cine, desde muy pronto, siguieron el reguero de esta sangre maldita con mayor o menor fortuna, pero también con mayor o menor distorsión del mito original. La deformación ha llegado hasta tal punto que casi todos creemos saber muchas cosas sobre el Drácula auténtico (el Drácula “auténtico” que conocemos, no Vlad Tepes, el Drácula auténtico, héroe nacional por su lucha contra la invasión otomana: un buen ejemplo de que a veces es más auténtica la ficción que la realidad) pero siempre descubrimos ángulos originales si volvemos al noble valaco de Stoker.

Me gustan los vampiros, aunque nunca haya sido mucho del género del terror por el terror, del mismo modo que me ha gustado 007, aunque no me suelen gustar esas películas de acción que agitan demasiado el Martini en los cócteles del efecto especial. Y he seguido los relatos de vampiros con interés, aunque no con exceso de preitesía. Lo he seguido desde las grandes obras maestras hasta obras menores y he encontrado cosas interesantes incluso en éstas últimas. Me seduce, por ejemplo, la ducha sangrienta del inicio de la saga de Blade, aunque no creo que aporte mucho más al género. He leído algunas cosas de Anne Rice y viendo algunas secuencias de la película Entrevista con el vampiro sentí que podía haber sido una obra maestra, aunque le faltó un poco. Me gustó ver de lejos la crueldad de la condesa húngara Erzsébet Bathory leyendo la biografía novelada (Ella, Drácula) de Javier García Sánchez.

Aunque no me gusta seguir el hilo de las modas, confieso haber descubierto hace pocos meses la tetralogía vampírica de Stephenie Meyer. Cuando escucho o leo la expresión “fenómeno literario” me echo a temblar, porque creo que los mayores fenómenos literarios son Cervantes, Shakespeare o Proust, por citar tres evidencias, que suelen calificarse de otras maneras más alejadas de las técnicas de mercado. No obstante, empecé Crepúsculo y su lectura me resultó entretenida, siempre que uno tenga sus neuronas adormiladas en tardes de diciembre. Ahora estoy con Luna nueva, y creo que hasta aquí hemos llegado. Este “fenómeno”, que ahora es mayor porque lo vemos en las pantallas de cine, es bastante representativo de lo que es la cultura mediática contemporánea. Los vampiros protagonistas de Meyer son vegetarianos. Y buenos. Y castos. Es decir, el sinónimo de lo poco atrayente de un vampiro y lo más lejano a su quintaesencia para aproximarse de forma ñoña al arquetipo (de la misma forma que, según escuché ayer en una radio escolar de nuestra ciudad, una profesora corregía a una niña de infantil por decir que el cazador mató al lobo en el cuento: parece que es mejor educar a los niños con la mentira que con la verdad, aunque sea cruel). A mí me gusta más lo vampíricamente correcto que el desvío pacato de los pilares de la maldad y sus vicisitudes.

Sin embargo, tenemos otro acercamiento al mundo del vampiro que guarda ciertos paralelismos con una “dulcificación” del vampiro pero que no lo eximen de su pasado glorioso. True Blood es una serie de televisión ambientada en el ambiente sureño estadounidense y esa “sangre verdadera” no es sino la imagen de marca de una sangre falsa (sintética, fabricada en Japón) y diferenciada en grupos sanguíneos que se sirve en los bares a temperatura ambiente (37 grados centígrados, claro está). El sur profundo de Bon Temps ya no lo es tanto de su pasado esclavista como de su presente anclado en el mismo pasado de siempre: el de las convenciones, los noches en el porche, la tartita de la abuela, los conocidos del pueblo siempre (al que no ha llegado todavía Starbucks) y la discriminación racial, ahora centrada en los no-muertos. Pero en True Blood vemos la autenticidad de las historias de vampiros de siempre: la autenticidad de la sangre, de la tensión, de la intriga, de la perversión, del sexo y de la violencia que emanan por encima de esos convencionalismos y se sublevan en ellos. Me gusta ver el poder de seducción de los vampiros y, llegado ya al ecuador de la serie, se me están poniendo los dientes largos.

Los vampiros han resucitado. ¡Vivan los vampiros!

(Imagen de Steve Kay)

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Gladiator

Ayer descansé. Quiero decir que descansé de escribir entradas en Verba volant, no que descansase de verdad. En realidad, fue un día ajetreado, triste. Inmerso en el estudio de las ficciones, cuando aterrizas en la realidad te das cuenta de que estás en un gran auto sacramental. Devoto como soy de las comedias de nuestro barroco, no alcanzaba yo a ver las alegorías de Calderón y sus personajes. Quizás los autos sacramentales tengan razón y los seres reales con nombres y apellidos no sean más que trasuntos, prototipos, concreciones de unos personajes bien delineados, bien definidos.

Pese a mi natural tendencia a enrollarme, hoy intentaré ser breve. Voy a hablar de películas. O, mejor de una película: Gladiator. Cuando un director ha tenido entre su producción algunas obras maestras indiscutibles (Los duelistas, Blade Runner, Alien, Thelma y Louise, nada menos), puede perdonársele haber tenido unos cuantos fiascos. Gladiator es una obra sublime. No voy a detenerme en un análisis de la narración cinematográfica ni en la batalla inicial, una de las mejores filmaciones de rifirrafes bélicos. Hoy voy a detener mis palabras en Máximo. Máximo Décimo Meridio, un hombre que dedicaba todos sus esfuerzos a defender lo suyo con toda su capacidad, con toda su valentía, lo que viene a ser el equivalente de decir que intentaba realizar su trabajo de la forma más brillante, pensando siempre en el emperador (Marco Aurelio), en su patria (Roma) y en su familia. El argumento es tan conocido como la historia de la humanidad: confianza, rivalidad, traición y muchas cosas más. Después de esquivar el asesinato rastrero,  se ve obligado a seguir batallando en las arenas, defendiendo ahora su vida en aras del espectáculo, pensando ahora en sobrevivir con el único hálito de poder encontrar la paz interior. “La muerte nos sonríe a todos, así que devolvámosle la sonrisa”. Y, como hacía Máximo para animar a los legionarios, una última frase: “¡Fuerza y Honor!”. O, lo que es lo mismo, la máxima expresión de que los autos sacramentales eran trasunto de la vida. O, lo que es lo mismo, la máxima expresión de que las películas -aunque sean de romanos- explican el mundo.

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Tennisball

«Aquel que dijo ‘Más vale tener suerte que talento’, conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control. En un partido, hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y, durante una fracción de segundo, puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte, sigue hacia delante y ganas, o no lo hace y pierdes.»

Así comienza Match Point, película dirigida por Woody Allen. Y se me ocurren varias cosas: la primera, que en los partidos de tenis el jugador afortunado que logra ganar un tanto gracias a este punto de suerte, pide disculpas a su rival. La segunda, se me insinuó cuando se acercaba el final de la película. Hay veces que la pelota cae de tu lado de la red; crees que has perdido el punto; lamentas y saboreas -somos un poco masoquistas- la derrota; y la vida -la suerte, el sino, el hado- pone la victoria de tu lado. Pero para eso hay que esperar al final. Del partido. De la vida. De la película.

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Philadelph

El American Film Institute ha lanzado una lista con las cien mejores películas de la historia del cine divididas en diez categorías: el 10 Top 10, tal y como lo denomina esta institución. Entre los filmes elegidos como mejores comedias románticas se encuentran las excelentes Luces de la ciudad de Chaplin (1931), Annie Hall de Woody Allen (1977), Sucedió una noche de Capra (1934), Vacaciones en Roma deWyler (1957) o Historias de Filadelfia y La costilla de Adán, ambas de Cukor (1940 y 1949). Es una gloria bendita que el cine nos haya regalado tal cúmulo de sonrisas, tal cantidad de sentimientos agradables (y agridulces) y tal porción ingente de minutos en los que hemos conseguido vislumbrar una realidad poco frecuente en nuestras vidas pero perenne en las ansias de nuestro corazón. Un antiguo alumno y ahora amigo, tuvo unos desagradables episodios de transtornos obsesivo-compulsivos con poca fortuna en su tratamiento hasta que un psiquiatra le ofreció la píldora perfecta: comedias y musicales del mejor cine clásico. Una tarde relajada, una pantalla (si es posible de cine, mejor) y una de estas películas es el mejor cóctel de fármacos para superar nuestros laberintos, nuestros miedos. Algunos dirán que esto es evasión, pero no, amigos, no. Es inmersión. Inmersión en el mejor de los mundos posibles. El de la ficción. El de nuestra imaginación.

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 El infierno, por Marina Núñez

Decía el otro día Arturo Pérez-Reverte que, a diferencia de otros (como Javier Marías, al que puso de ejemplo), él no quiere ser el autor de las lecturas que le apasionan: el prefiere ser el personaje. Tanto en el cine como en la literatura, esta es la auténtica visión, la visión del niño que quiere mimetizarse con sus personajes favoritos, meterse en el centro de la historia y que la vida suspenda sus tediosos vaivenes por la tensión narrativa de la auténtica aventura. Quizá la diferencia entre el adulto y el niño sea que el primero prefiere dirigir, manipular, administrar, mientras que el segundo quiere vivir, desarrollarse, expandirse. A mí me gusta la postura del niño. Por aquello de la ficción, pero también por aquello de la inmadura madurez y la responsable irresponsabilidad. Me gustan las historias y la imaginación. Y ser un personaje de una historia en la que la densidad vital sea tan grande que no haya promedio certero entre la rentabilidad, la equidistancia y la aburrida monserga del vivir pausado. Vivir gracias a la vida de las historias y no vivir gracias a la historia de la vida. Es una ficción, lo sé. Es una fruslería ñoña, lo reconozco. Pero si no sientes así la vida corres un peligro. Que la vida te atrape a ti, te apriete con fuerza entre sus manos y seas, tú mismo, una ficción. Como en Tron. Como en El show de Truman. Prefiero ser la estrofa triste de una vieja canción de amor.

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Seeds

Nuestras vidas son los ríos narrados que van a dar al mar, que es contar nuestro sentido al final. O, lo que es lo mismo, nuestra vida es la vida única e irrepetible del argumento ya contado. Lo decía Borges en el cuento titulado “Los cuatro ciclos”: “Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.” A nosotros, los que habíamos nacido en el siglo del cine, parecía aguardarnos la esperanza de que fuera distinto, pero es lo mismo. Siempre lo mismo. Jordí Balló y Xavier Pérez escribieron La semilla inmortal, en la que devolvían a nuestros corazones toda la historia del cine y, por lo tanto, toda nuestra historia, amarrada a un número muy reducido de argumentos que eran modernos porque son clásicos. Siempre hemos buscado tesoros; hemos tenido un hogar (interno o externo) al que intentar retornar; nos hemos esforzado por crear nuevas patrias o impelidos a extendernos por nuevos territorios. Y nos hemos topado tanto con benefactores desconocidos como con malignos destructores, que nos han tentado y con los que -a veces- hemos pactado. Hemos buscado la venganza templada o sedienta de humores sanguíneos con tanta fuerza como la que hemos derrochado buscando en el amor la sensación prohibida, el sentimiento que nos redime o la seducción incansable. Ebrios de poder, intentamos desdoblarnos en múltiples seres, pero también conocernos a nosotros mismos. En el camino, hemos intentado crear vidas desde la humanidad o desde el artificio. Y lo mismo nos da por escalar hacia el cielo que nos empecinamos en descender a los nuestros infiernos.

Mira que lo decía Platón en un bello pasaje del Fedro, del que Balló y Pérez extraen el título de su libro: “se plantan y se siembran en ella [en el alma] discursos unidos al conocimiento; discursos capaces de defenderse a sí mismos y a su sembrador, que no son estériles, sino que tienen una simiente de la que en otros caracteres germinan otros discursos capaces de transmitir siempre esa semilla de un modo inmortal, haciendo feliz a su poseedor en el más alto grado que le es posible al hombre.” (Platón, Fedro, 276e-277a). Algunos científicos se enorgullecen de haber logrado que germine una semilla de palmera de hace 2.000 años. Pobres incautos. No saben que esa semilla, como nuestras vidas, germinó en el momento de ser contada. Del brote, de los frutos, todavía no sabemos nada. Somos una historia ya contada. Pero hay una pequeña pega: al final, no sabemos cómo va acabar.

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Cine con intermitencias

Me había ocurrido antes, probablemente desde que era muy pequeño, pero no me di cuenta hasta unos nefastos primeros días de julio de de 1997: habían muerto James Stewart y Robert Mitchum. Parecerá ingenuo y sensiblero, pero era la constatación inefable de que los grandes estaban cayendo para no volver a aparecer. Ya no habría héroes a medio camino entre la debilidad y la fortaleza (El hombre que mató a Liberty Valance, Caballero sin espada, La ventana indiscreta, ¡Qué bello es vivir!) ni grandullones engreídos con gran maldad (o inseguridad) a flor de piel (La noche del cazador, Cara de ángel, El cabo del terror).

Y, desde ese año fatídico, he sido testigo consciente de esa demolición de los actores que construyen mis sueños. En 1998, desapareció Frank Sinatra, menospreciado a veces como actor: quienes recuerden su papel secundario en De aquí a la eternidad o su egregia interpretación de un drogadicto en El hombre del brazo de oro tendrán mucho que callar. En 1999, Stanly Kubrick, a mitad de camino entre la genialidad y el narcisismo, al que le dio por parir, ni más ni menos, Senderos de gloria, Espartaco o La chaqueta metálica (lo siento, menciono estas porque son mis preferidas). El siglo acababa en 2000 con Alec Guiness y Walter Matthau, el constructor de puentes sobre el río Kwai y el mejor comediante del robo (El quinteto de la muerte) , el mejor amigo canalla de la historia (Primera plana). En 2001, cayó Jack Lemmon, el amigo decente de Mattahau, el mejor representante de la clase media americana, del hombre normal capaz, como todos los hombres mortales en caso de desequilibro persecutorio, de enfundarse unas faldas y echarse en los brazos de un vejete en Con faldas y a lo loco, o de agazaparse en su gabán esperando que sus superiores saliesen de su vida, sus amores y su Apartamento. En 2002, Frankenheimer, el hombre que llevó a Burt Lancaster a criar pájaros como metáforas de libertad en El hombre de Alcatraz. Especialmente insoportable fue 2003: Gregory Peck, la elegancia sutil del periodista de Vacaciones en Roma o el abogado sereno y pertinaz de Matar a un ruiseñor. Y, sobre todo, Katharine Hepburn: lloré su muerte tanto como he disfrutado sus películas. El terremoto femenino de La fiera de mi niña, de La costilla de Adán, de Historias de Filadelfia… La única que me ha llegado a parecer la mujer más bella de la tierra sin serlo, la única que cautivaba por cada gesto, por cada poro de su piel. Marlon Brando en 2004 (no se puede decir lo que ya está dicho). Robert Wise en 2005, con West Side Story como logro (y con Sonrisas y lágrimas como tedio lacrimógeno). En 2007, ni más ni menos que Jane Wyman, la joya de Días sin huella y tantas otras; Deborah Kerr, en la playa del deseo de Burt Lancaster, en el amor condenado de una cita en el Empire State (Tú y yo, el melodrama lacrimógeno convertido en obra maestra); Glenn Ford, abofeteado y abofeteador, en la justa correspondencia que media entre amor y odio de Gilda y padre putativo (el San José de nuestro mundo contemporáneo) de Supermán. Llevamos unos meses de 2008 y se nos ha caído Richard Widmark: El beso de la muerte, Vencedores o vencidos. El mejor malo, el bueno más arrogante. Y una sonrisa tras la que no sabes si te espera la muerte, la seducción o la inteligencia.

Eso, para que luego Platón nos dijese algo de unos esclavos en una caverna que miran fijamente una pared con reflejos. Para que luego nos diga ese griego sabiondo que, mirando esos reflejos, los esclavos no contemplan la auténtica realidad, que esa realidad está fuera. Si miramos allí, al mundo real, todos estos genios están muertos. Si estamos al abrigo de los maravillosos reflejos de la pantalla, seguimos contemplando la verdad (la auténtica) y nuestros sueños. Una vez más. Y, en la esclavitud de nuestra mirada, conseguimos nuestra libertad.

(Imagen de movimente)

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